Afrodita-Atenea-Elisabeth Costello (Coeetze)- De nuevo, el amor (Doris Lessing)

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Uno imagina ese surgir inesperado. Debe ser mirando la playa vacía al atardecer. La luz declina en una suave cadencia. Esas mismas playas medio desiertas en las que vi pasar las horas contemplando un cuerpo femenino, bronceado de horas y ocio, de amor y aprendizaje. De esos instantes adivino la imagen.

Hay un ligero viento y las olas se arremolinan en la orilla, ascienden un metro, a veces dos, y lanzan su dentellada espumosa contra la arena. Sentado sobre la toalla, a solas, espero, así quiero verlo. Cierro los ojos e imagino ese mundo de caos y desorden, oscuro, habitado por materia inerte y vida lenta.

La Diosa del deseo tiene que brotar desnuda de la espuma burbujeante del mar. Me cuesta vislumbrar esa concha en la que debe ir montada, pero no su cuerpo, los pechos henchidos, luminosos, los pezones ligeramente violetas, anchos sobre la cima, el vello oscuro, enmarañado, los muslos blanquísimos, la linea de los hombros huesudos sosteniendo frágiles el peso de la suavidad materna. No veo la concha marina, es imposible, y sí sus pies. Tampoco esas representaciones pictóricas del mundo posterior, timoratas, ligeramente aniñadas, sino una figura mucho más sensual, segura de sí misma, de cabellos oscuros y frondosos deslizándose hasta el final de la espalda, los gestos nada recatados, obviando esa ridícula visión estática, púdica y mística.

Ella, que nace del mar, es sensual, sexual, carnal como la espuma que le acaricia repentinamente los pies cuando pisa la arena.

No abro los ojos todavía, porque sé que ella quiere para vivir una isla grande y hermosa, no la pequeña Citera. Su nacimiento es un delirio, una danza ambiciosa y física, un juego de deseo, de afilado deseo que expresa en cada uno de sus movimientos. Busca el origen de algo, como su antecesora, Eurínome. Cada vez que pisa, esa sensualidad construye, por lo menos en los momentos de su génesis. Surgen la hierba y las flores conforme avanza desnuda hacia el interior de la duna. Entonces abro los ojos y ya no está. Ha desaparecido. El día se difumina y la luna vigila el destino de las cosechas y la oscuridad.

Cuando camino hacia la pequeña casa de madera, a apenas treinta metros de la orilla, los pies me pesan. Esta soledad pesa incesante aunque sea elegida o así lo crea en el espejismo de voluntad de haber escogido este reducto, esta espera. El rumor del mar se ha ensordecido. Se aguarda la magia, pero es difícil que acuda a esta playa, y sin embargo es un lugar ideal para ello. Espero a esa mujer. Después de tantos meses de hacerlo, sin moverme, quieto, escribiendo sobre ello, tratando de erradicar lo otro, todo lo demás. Esperarla porque ese es el destino que deseo.


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Pienso en Afrodita de nuevo. En lo que no sé, ese periodo entre su salida del mar desnuda, inocente todavía, hermosa y llena de esa sensualidad espontánea, ajena a su poder, y la otra, la que en el Olimpo de los Dioses, entre las diosas más sensuales y hermosas, posee el ceñidor mágico que complementa su belleza.

¿Que es un ceñidor? ¿Cómo complementar la belleza para hacerla aún más irresistible?

Es una Diosa todavía joven pero ya no posee la inocencia. No la tiene en ese lugar de intrigas y deseos exacerbados. Sabe lo que es el placer y los espasmos de la creación: de esa violencia nace la vida. Los dioses enarbolan caprichosos sus falos y violan. El matriarcado cedió. Ella es la protegida del Dios terrible. Su poder da miedo hasta al propio Zeus, su padre. Porque aunque yo la vi salir del mar, los dioses masculinos se disputaban su parentesco tal vez para asirla y protegerla, para hacerla suya o simplemente disponer de su belleza; estos dioses sin alma, acostumbrados al incesto. Otros dijeron que nació de un sexo seccionado en plena eyaculación, del semen de Urano.

Una fascinación engendró a esa belleza. Cronos lanzó el sexo de su revuelta al mar. En esa espuma que acarició los pies de Afrodita. Pero también se habla de su padre, Zeus, o él quiere que sea así, no va a aceptar que el origen del mundo sea femenino, que Eurínome, que la propia Afrodita, surja del mar sin su mediación todopoderosa, que luego sea inseminada por un baile, por un baile y una serpiente ansiosa de poseer. Así que habló de Dione, hija de Oceáno y de Tetis, hermosa ninfa marina. También pude ver esa avaricia masculina.

Uno imagina a Zeus cuarentón, fornido y ancho de espaldas, nervudo, de piernas musculadas y vello pálido, abriendo esos muslos, adhiriéndose a esa humedad del sexo, expulsando a gritos su placer para engendrar a esa Diosa. Los hombres prefirieron esa imagen. Otro sometimiento más, aunque hermoso.

 En enero hace frío aquí. El mar está agitado y su rumor es inalcanzable, casi vuelve loco, como el del viento. Esta soledad es propicia para los mitos. Porque yo espero a esa diosa que tiene otro nombre. Y como la otra, es de carne y hueso, de piel y músculos. Pero tengo que pensar en otra cosa, en esta escritura lenta que me aproxima al fin de año, al invierno, a los nuevos 365 días que llegan. Tengo que esperar a que esa torre en la que vive se desmorone. Que el suelo ceda bajo sus pies, que el deseo rompa los cerrojos y la haga volar hasta aquí, o salir del mar de repente.

Ella no es como Afrodita pero posee el mismo poder inconscientemente. Pienso en su cuerpo, en su placer, en su belleza. En sus ojos y sus labios. Esta Afrodita mantiene todavía algo de inocencia. Me siento como un fauno atisbando la orilla a la espera de las ninfas. Tal vez por eso, porque Zeus hizo lo que hizo; entregar a Afrodita, su presunta hija, a Hefesto, un dios herrero y cojo. Un Dios mediocre pero laborioso. Silencioso y obstinado, concentrado en su nada cotidiana. Esos son buenos esbirros, jamas creadores de nada que agite o inquiete. Por eso él para la deliciosa Afrodita, pensó Zeus, para contener el poder de ese ceñidor mágico indescriptible, para someter esa furia salvaje, ese recuerdo de aquel día en que yo la vi surgir del mar en un remolino poderoso y posar los pies sobre la arena húmeda y traer la vida.

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Pienso en la propia espera. Anochece y desde la ventana se atisba la negrura inquietante del mar, el tenue brillo lunar en la superficie metálica, la soledad azulada de este paisaje. Pienso en Hefesto cuidando de los tres hijos de Afrodita. Ese hombre apagado, sin brío, sumido en el hollín de la herrería, impregnado del sabor a óxido y ceniza de las virutas y las chispas, el cuerpo fornido ennegrecido de fuego, frío en su sueño y en su despertar. ¿Cómo iba a soportar Afrodita a un hombre así?

Zeus y Hefesto se equivocaron. Aplastar la rebeldía no era más que una forma de despertarla, sobre todo para una diosa como ella. Esconder la sensualidad de ese cuerpo lo puso de realce, la hizo abrazar el viento, alcanzar el oleaje de nuevo, anhelar aquella antigua posesión. Esos hijos, dicen, son de Ares, un Dios impetuoso, borracho y pendenciero, dios de la guerra, de cuerpo ancho y musculado, saturado de heridas. Veo al mismísimo Zeus reflejado en ese cuerpo de hombre, y a ella, Afrodita, deseándolo incansable en la tardes aburridas de lluvia.

¿Cuánto duró? ¿Cuánto tiempo transcurrió así ella, gozando cuando Hefesto se ausentaba, atravesando el bosque y llegando hasta la orilla del mar para revivir su propio nacimiento entre sus brazos?

Esa fascinación. Ella lo dijo: un hombre, un hombre que sabe como estrechar mi cuerpo, como estremecerlo, que penetra en mí y me recuerda al soplo que me engendró, con el que luego engendré al mundo, que riega de semilla todo lo que soy, que se deja engullir por mi sexo y recibe toda esa humedad en éxtasis, que adrede extiendo sobre su piel, abierta de piernas acaricio todo su cuerpo con mi vagina, impregno su vientre, su torso, sus nalgas, su espalda, su pelo y su cara…

A estas horas de la noche el silencio me devora. ¿Por qué buscar esta soledad en esta playa invernal para que transcurra el fin de año? Aún no lo sé, aunque en el fondo sé que la espero, la espero a ella, pero no sé como va a encontrarme si no dije a nadie a dónde iba, sino sabe en qué consiste todo este viaje. Pienso en el peligro, en dar ese paso por el cual nos adentramos en otra existencia e irremediablemente pasamos a formar parte de ella. Como fue entre Afrodita y Ares.

Una noche, la diosa y el dios de la guerra yacieron durante dos horas, quedaron desnudos y fatigados, entrelazados, y les sorprendió la oscuridad durmiendo. Fue en el palacio de Ares en Tracia. Era hermosa aquella desenfrenada cópula y sus plácidos repliegues hasta la ternura del sueño, la espalda de ella contra el cuerpo cálido de él, la respiración entrecortada y el olor del sexo impregnando el dormitorio.

Alguien los espió, porque su límite siempre fue el día. Como una maldición, Zeus les dejó gozar del secreto y la oscuridad para que se amaran, cuando comprendió que contener la furia de Afrodita era una locura, y lo hizo para que las apariencias dotaran a ese matrimonio con Hefesto de cierta dignidad. Al fin y al cabo era su hija.

Estos dioses masculinos siempre velando por la moralidad femenina, incumpliéndola sin embargo cuando se trata de ellos, de sus posesiones y deseos. Esa moralidad del miedo, esa necesidad de saciar y al tiempo constreñir el poder de la mujer. Hefesto nunca supo nada hasta ese momento. Afrodita cumplió el mandamiento sin titubeos. Las noches, a menudo, eran de Ares, y antes de que surgiera en el cielo la primera claridad, regresaba a su lecho y dormía junto al herrero. Así durante mucho tiempo ¿Por qué romper aquella norma, por qué hacerlo? Tal vez porque el deseo es inasible, incontenible en ciertos estadios, jamás sometido, sólo apaleado, ensordecido, retenido en los cobardes o en los voluntariosos.

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Escribo sobre el deseo, en esa trilogía en la que llevo enfrascado desde comienzos del 2011. Terminé Eclipses en octubre de este año. Empecé otra novela una semana después, de título provisional, Lo extraño, aunque finalmente se llamará La luz. Espero a través de esa novela otras respuestas, el regreso de algo. Vine aquí para obtener esa soledad necesaria para construir ese delirio del amor sensual, esa esperanza en la trascendencia de los actos humanos. La espero a ella, en la soledad de esta fría casa de madera que las estufas de aceite no logran nunca calentar en condiciones, agazapado entre una chaqueta de lana gruesa, con los dedos congelados, la mesa de despacho revuelta, llena de libros, la luz tenue, la soledad afilada, capaz de punzar la imaginación. Esos libros que me son ahora necesarios para escribir sobre el deseo: los cuentos de Pavese, El amante y El arrebato de Lol V. Stein de la Duras, De nuevo, el amor, de Doris Lessing, Elisabeth Costello de Coeetze, El artista del mundo flotante de Ishiguro, Las solidaridades misteriosas de Pascal Quignard, Madame Bovary de Flaubert, El origen del mundo de Pierre Michon, Antigua Luz de John Banville, la hermosa y profunda poesía de Antonio Tello.

Afrodita se durmió, sí, y Ares no despertó tampoco. Helios se levantó y vio que ella había roto su promesa a Zeus de regresar antes de que el día llegara. No hizo falta pedirle permiso a Zeus para contarle a Hefesto el adulterio desconocido de su mujer, la visión de esos dos cuerpos desnudos y hermosos sobre el lecho, la belleza de ese acoplamiento intuido, esos pechos y caderas y muslos entrelazados, los dos amantes reposando.

Tengo en la cabeza a ese marido que la retendrá para que no venga. Será como Hefesto tal vez, incapaz del cambio hasta sentir la inminente pérdida. Eso será. Aunque más sutil. Yo no soy Ares, sino otro hombre. El marido no es Hefesto, pero no puedo evitar ensombrecer su imagen. Es el rencor que me produce la torre de cristal construida para ella, que en apariencia ofrece la luminosidad de la libertad al dejar pasar las distintas luces del cielo, porque permite ver el vuelo de los pájaros, la caída de la lluvia o el esplendor de la primavera. Son los hombres tibios los que me enervan, es mi propia tibieza ocasional lo que me subleva. También es esa carne viva que extrae todo lo feliz que puedo tener y que ahora ha desaparecido. ¿Cómo es posible que la piel tenga esa ramificaciones, que extienda su beatitud avariciosa hacia todo? Los labios húmedos, el temblor de las mejillas, el instante del roce.

Ese Hefesto contemporáneo no puede tejer una red a golpe de martillo. No es un Dios ni es fuerte, aunque tejerá otra red sino la tiene ya tejida. Yo espero, tal vez pensando que ella no vendrá, atrapada en ese bronce fino, como un hilo de araña, irrompible, echándole las culpas, tal vez sin razón, a él.

El Hefesto antiguo tejió aquella red y la ató secretamente a los postes y los laterales de su lecho. Fingió, cuando Afrodita regresó por fin aquella mañana feliz del sueño entre los brazos de Ares, arguyendo que había arreglado unos asuntos en Corintia, que necesitaba marcharse unos días a Lemnos, su isla favorita, que estaba cansado de tanto trabajo. Ella lo imaginó inocente y risueño en una taberna cualquiera junto al mar, con esos amigos desconocidos. Su sonrisa reveló todo lo que eso suponía. No le acompañaría dijo, y él, Hefesto, lo sabía.

Al día siguiente el herrero salió de esa casa, y ella hizo llamar inmediatamente a Ares, que no tardó mucho tiempo en entrar en ese dormitorio. Ares, tan infiel y salvaje, pero enamorado de ese cuerpo sublime, de esa diosa que se agitaba sobre su falo y sus caderas, con la que copulaba como sólo pueden hacerlo los Dioses, en un frenético deambular por la pérdida y el desahogo. Afrodita se despojó de su túnica, ofreció su desnudez a esa luna y a esa noche hecha para ellos, pensando que la restricción diurna de Zeus se había acabado después de ser violada, que era un tabú que desobedecía por primera vez, y una vez hecho, nada podría trascender, nada estaría prohibido para gozar de ese amor. Ares comprendió lo ilimitado de ese cuerpo. Ilimitado deseo en esas caderas, en cada una de las partes de la piel. Ella le enseñó cómo hacer el amor a una mujer, cómo gozar hasta la extenuación. Al echarse en la cama hambrientos, jadeantes, no pasó nada extraño. El deseo cobró su ritmo, la dureza y la calma quedaron atrapados en ese amasijo gozoso carne. Duró la noche de nuevo hasta el alba. Duró en medio de sueños y cálidos abrazos, una y otra vez la posesión extendiendo esa trascendencia del amor físico, ese bienestar de la exhibición amorosa apurada, de la palpitación satisfecha del deseo. No se dieron cuenta de buena mañana como la red los envolvió sin rozarlos siquiera, los atrapó desnudos sin posibilidad de escapar. Hefesto regresó a tiempo de sorprenderlos, avergonzados de su desnudez, asustados, pudorosos tal vez de sus sexos saciados, de sus músculos entumecidos y doloridos por el esfuerzo desmedido de la noche y el amor. Y luego Hefesto llamó a todos los dioses para que los vieran allí echados, para que atisbaran la clase de mujer con la que se había casado, y llegó a reprocharle a Zeus tanta humillación.

Pensaré en la vergüenza misteriosa del deseo cuando es expuesto. En el origen de que algo así pueda incluso producir ese pudor, esa culpa hasta en una diosa. Lo haré recordando la obscenidad del sexo. A ella desvestida, agitada como una hiena, a mí mismo roto, lamiendo, horadando en la dicha de ese interior sangrante, delicado como el terciopelo. Trataré de saber porqué las diosas no quisieron contemplar la vergüenza de Afrodita, al hermoso Ares y a la bella diosa envueltos y desnudos, atrapados en el dormitorio de Hefesto. O porqué los dioses, sin embargo, algunos, quisieron ser Ares y tener en su lecho a una mujer como Afrodita, y en silencio la desearon, la contemplaron arrebatados, ufanos y risueños, dispuestos a ser los próximos sin importarles las consecuencias. Los celos de Poseidon ante la constancia de que Ares había tenido entre sus brazos ese cuerpo y había poseído esas caderas e inseminado esa vagina, lo hicieron simpatizar con Hefesto, humillado por Zeus.

Así fue, Zeus iracundo grito a Hefesto, le reprochó haber llegado a ese punto de patética indignidad al airear la infidelidad de su esposa. No deseaba ver a su presunta hija en esa lid y se desatendió del asunto. Condenó a Ares a devolver a Hefesto por su adulterio toda la dote que el herrero dio a Zeus al aceptar el matrimonio con Afrodita. Poseidon se ofreció a hacerlo en caso de que el veleidoso Ares se olvidara de su compromiso. Hefesto no quería el amor ni el deseo de Afrodita, sino que estuviese allí, quieta, encerrada, y ante la imposibilidad de cercenar su pasión, su ímpetu de vida, quiso a cambio una compensación material, sólo pensaba en aquello que podía servirle para su trabajo y su bienestar. Sin dignidad, se lamentaba de su miseria a fin de ser resarcido, utilizaba la vergüenza para trasladar esa culpa a Afrodita. Para retenerla. Entonces comprendí que Hefesto podía ser mezquino y cobarde, que incluso en toda su avaricia, era capaz de renunciar a Afrodita por dinero, pero que al tiempo la amaba, la amaba con la clara confusión de saberse incapaz de retenerla.

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Ella, la que espero, la que no llega en esta noche oscura, ese deseo que es el de todas las mujeres que he conocido, que acude en esta larga vigilia que me hará cruzar al año 2013, no hubiera elegido jamás a un amante como Ares. De eso estoy seguro. Ese Ares que no pagó su deuda con Hefesto, que abandonó a su suerte a Afrodita.

Ella limpió su virginidad en el mar, en la Isla de Palos. Su virginidad tal vez fuera algo similar a la inocencia que atisbo en esa otra Afrodita que he visto surgir del mar. Una vez abiertas las apetencias del cuerpo, la inocencia es una cuestión del amor o de la voluntad.

¿Qué hizo Afrodita una vez renovada su virginidad? ¿Cómo afrontar de nuevo el destino en esa casa, en la herrería de Hefesto? Eso me atormenta, aunque sepa que ella no es una diosa, ni tampoco posee esa crueldad, esa falta de escrúpulos. Los actos planeados y no realizados, este silencio que va alcanzando la madrugada hacia un nuevo año, esa extraña cadencia de las olas nocturnas que bañan la orilla y dejan su rastro de terrible naturaleza en el ambiente, me conducen a Hermes. He escrito una novela para eso, como una confesión del Dios. La literatura tuvo su origen en las metáforas de los dioses, y su esplendor en su transformación en religión, en religión de usos y rituales, de costumbres, tabúes y sacrificios. La literatura fue también la declaración de amor de Hermes. Es esa novela que vive en mi: La luz.

Hefesto nunca fue capaz de saciar a Afrodita. Saciar en el sentido más amplio de la palabra. La quiso tener, pero no supo como hacerla feliz. Veo a Poseidon como un Dios débil y celoso. Pero ella le agradeció que pagase a Hefesto la dote que el herrero antes entregó a Zeus, y fue así como le dejo que la gozase, con frialdad, sin la pasión de Ares, y tuvo con él dos hijos. El amor entre Poseidon y Afrodita es un amor desprovisto de la posesión. Sólo fue el sueño cumplido y estático de un hombre-dios.

A Hermes sí le dio una noche entera. Era la concesión al poeta, la declaración de las palabras, la construcción de un sueño verbal capaz de obtener a cambio la entrega completa de Afrodita. Pero las palabras no son suficientes, se acercan, acarician el sentido, pero lo que buscan es la vida, la anhelan, la quieren cumplir, tal vez por eso aquel exceso, Afrodita deslumbrante extrayendo la furia de Hermes, para concebir más tarde a Hermafrodita, un Dios con dos sexos. El deseo unificaba en un sólo ser su poderosa magia, las palabras podían ser las mismas.

Pero Afrodita fue, como todos los mitos griegos, un compendio de mitos antiguos, prehelénicos, de rituales y herencia con las que se fue conformando la sociedad de aquel tiempo. Su presencia, su historia, fue inventada por hombres, hombres asustados y temerosos de ese poder femenino, de su belleza. Tal vez la Diosa no fue tan ligera como se nos ha presentado, sino que buscó entre las distintas edades del hombre a uno que fuera capaz de llenar todo su origen. Por eso Dionisio y el hijo que tuvieron, Príapo. Pero Dionisio era inconstante y veleidoso, risueño y divertido, jamás alguien de fiar. La confesión de Hermes no pudo durar demasiado tiempo: una noche, no fue ese Dios capaz de embriagarla más días. Tampoco lo fue Ares, que al final no hizo nada más allá de otorgarle la violencia y el placer del cuerpo, para traicionarla después, para ofrecerle más tarde su insaciable virilidad sin contenido ¿A quién buscaba Afrodita en ese proceso? Hefesto no era suficiente tampoco. Ella necesitaba ser adorada primero, pero no una adoración vanidosa pienso ahora, sino una adoración entregada a ella, a su poder de creación, a su llegada a este mundo, y que esa adoración tuviera el deseo y el ímpetu de saciar su vacío y su deseo a un tiempo, su capacidad creadora incesante y maravillosa.

El propio Zeus, feroz y turbado, no podía soportar las tentaciones de Afrodita, su insoportable hermosura, tampoco resistirse a los encantos de ese ceñidor mágico que misteriosamente volvía locos a los hombres y a los dioses. Cómo conseguir esa humillación de la que Hefesto no pudo sacar partido por su mezquino comportamiento.

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Este año no hay uvas ni compañía. Sólo este latido interminable de las palabras que fluyen, que surgen, que acuden frente a la negrura del mar a pocos metros ¿Qué hombre podría cautivar a esa mujer hasta hacerle respirar su aire, hasta conseguir que permanezca a su lado, que se quede, y que lo haga convencida? Ahora estoy seguro de que Afrodita también amó la belleza. Que la torpe telaraña de Hefesto y la interminable historia de su lascivia no fueron más que trampas de lo masculino. Esa mujer aguardaba más de la existencia. Y no hay que olvidar que antes fue una diosa iniciática, antes del reino de los hombres, en otras culturas, antes del patriarcado intolerable, de la dominación de siglos. Por eso la espero. Porque aunque estuviese en esa decadencia que llegará de la vejez y el silencio, necesitaría esa figura surgida del mar. Esa sensualidad inconsciente, hermosa, palpitante de vida incontenible.

Elisabeth Costello acude en mi ayuda en estas sombras. La deseo, o tal vez anhele el deseo que me produce pensar en ella. Porque creo que lo entiende así, en esa disertación que la escritora imaginaria de Coeezte regala a su hermana religiosa. Porque ella es así, incluso Afrodita tal vez lo sea:

Nada nos obliga a hacerlo, ni a mí ni a María (la madre de Cristo). Pero lo hacemos igualmente movidas por el desbordamiento, la efusión de nuestras humanidades: dejamos caer la ropa, nos descubrimos, descubrimos la vida y la belleza con las que estamos bendecidas.

La belleza. Seguramente en Zululandia, donde tienes tanta abundancia de cuerpos desnudos que mirar, debes admitir, Blanche, que no hay nada más humanamente hermoso que los pechos de una mujer. Nada más humanamente hermoso, más humanamente misterioso, que la razón por la cual los hombres quieren acariciar sin cesar, con pinceles, cinceles o manos, estas bolsas de grasa extrañamente curvadas y nada más humanamente atractivo que nuestra complicidad (me refiero a la complicidad de las mujeres) con su obsesión.

Las humanidades nos enseñan humanidad. Tras la noche secular del cristianismo, las humanidades nos devolvieron nuestra belleza, nuestra belleza humana. Eso es lo que nos enseñan los griegos, Blanche, los griegos correctos. Piensa en ello.

Tu hermana.

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Porque no sabemos. Porque las tinieblas son esa extraña y terrible distancia entre lo interno y lo externo. Porque tal vez esa diosa tenía en sus manos el origen y esa constancia quedó grabada en nosotros de modo inconsciente para fijar su preeminencia. El castigo de Zeus fue de nuevo una lección para nosotros. Ese Dios-hombre quería divertirse, burlarse, y pensó que la mejor manera era hacer que Afrodita se enamorase de una belleza masculina mortal, de Anquises. Podía ser cierto para Afrodita que amar no fuera sólo una trascendencia entre dioses, sino también un gozo seductor y lleno de belleza que celebraban los mortales. Zeus volvió a menospreciarla ignorante. La belleza no sólo era una cualidad asociada intrínsecamente a lo femenino, sino que ella podía ademas apreciarla en los hombres. El deseo quizá tuviera mayor intensidad en aquellos que envejecían y desaparecían.

Ella entró en el palacio del rey Anquises y se hizo pasar por una princesa frigia, llevaba una túnica roja y admiró la hermosura de ese hombre mortal, joven, que no era un dios. Lo hizo desde la carne. Acarició todo su cuerpo, quedó fascinada de su torso, de sus duras curvas, de su vientre endurecido, de su falo enhiesto que supo saciar hasta dejarlo exhausto. Anquises amaba a las mujeres, así que esa noche la amó con todo lo que era. Yacieron en un lecho de pieles de oso y de león, en esa suavidad de la naturaleza domada. Así domaron su deseo, hasta que con las primeras luces del alba, al confesarle Afrodita que ella era una Diosa, Anquises se estremeció y le pidió que le perdonara la vida. Ella se sentía tan agradecida que lo calmó asegurando que no tenía nada que temer. La había hecho feliz. Tan sólo debía guardar el secreto, sólo eso. El secreto de la diosa, de su cuerpo, de su amor.

El año nuevo ha nacido igual de triste y nublado que el anterior, la misma falacia repetida, el sonsonete de la decadencia ofrecido como una pronta recuperación. Tal vez no quiera volver al mundo, sino quedarme aquí, aunque no sé cómo hacerlo, cómo guardar esta casa, esta escritura, esta soledad que espera. Hay demasiadas cosas de allá afuera que ya no puedo soportar. De todas formas no creo que Afrodita fuera tan mezquina, tan celosa, tan cruel. Ella no lo es. No atisbo maldad alguna, sólo el peso de su historia, de su herencia, el miedo a quedar flotando sin rumbo en el aire, un temible pavor a la soledad. No sé qué puedo ofrecerle en este duermevela constante, en este insomnio, con los ojos enrojecidos. Me recuerda a muchos finales de año vividos, a aquel vértigo deslumbrante del deseo y la ebriedad, a aquella esperanza de construir otra existencia tan distinta a la que llevo. Ya no me pregunto por el lugar en el que se esconden los sueños.

¿Qué detalle se me escapa de ella para no retenerla? No la siento capaz de hacer lo que Afrodita le hizo a Esmirna, la hija del rey Thías de Asiria, después de que su padre se jactara de que Esmirna era la mujer más hermosa de la tierra, más bella incluso que ella. La diosa hizo que la hija se enamora de su padre, y que se metiera en su cama una noche en la que su aya le había emborrachado y no se daba cuenta de lo que hacía. Afrodita los castigó con el incesto y esa carnalidad lasciva y perversa de la avaricia sexual, con un incesto que alumbraría a un hijo, y el rey enfurecido la expulsó del palacio y del reino, la quiso matar. Fue Afrodita, por esa extraña solidaridad que tarde o temprano aparece, quien arrepentida de su venganza infantil le salvó la vida transformándola en un árbol de mirra que la espada de su propio padre partió en dos mitades. De ese árbol surgió Adonis, el niño del que Perséfone se enamoró, por el cual litigó frente a Zeus contra Afrodita, que reclamaba tenerlo a su vez. Fue Calíope, la musa, la que decidió que Adonis dividiera el año en tres partes, dos dedicadas cada una de las diosas, y una tercera, destinada a reponerse de la insaciable avidez sexual de sus madres y amantes.

Los dioses son vengativos, crueles, complejos y caprichosos como los hombres. Cuando Anquises cometió la indiscreción de confesar que había copulado con una diosa, Zeus quiso vengarse y le lanzó un rayo mortal. ¿Por qué Afrodita evitó que muriera, amortiguó el efecto de aquella terrible ira? ¿Qué había en Anquises para conmoverla, aunque después de aquello el mortal ya no pudo apenas mantenerse en pie ni por supuesto amar a las mujeres como las había amado antes, y ella terminó por olvidarse de él?

Guardo la esperanza de que el rayo de Zeus no condene mi destino. Que eso que Anquises consiguió de la diosa sea lo que yo consiga de ella.

¿Y por qué Afrodita lo abandonó para siempre cuando él ya no pudo colmar su deseo, entregarle el suyo?

El destino, tal vez otro soplo de dioses con un nombre concreto, decidió que a Afrodita se le asignara un único deber divino: hacer el amor.

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Escribe Coeetze en Elisabeth Costello que el problema del hombre es creer que puede llegar a ser divino cuando en realidad apenas llega a experimentar un simulacro de divinidad posible dos o tres veces en toda una vida, y eso con suerte, y además está condenado a extinguirse, a morir, a desaparecer, a notar la vejez y la podredumbre del cuerpo. Es mortal, condición fundamental que nos diferencia de los dioses. Y sin embargo podemos imaginarlos, eso es, e incluso inventarlos. De hecho estamos convencidos de que a veces nos envidian.

Trato de pensar en esos raros instantes de divinidad. Surge luminosa la paternidad, el crecimiento de algo propio que anhela el mundo, lo investiga, lo cuestiona. Ese desarrollo de una parte de uno mismo que nos reconoce, pero no somos nosotros tampoco. Revivo la sensación que provoca una melodía, un párrafo que sabemos insuperable. Un puñado de palabras que han rescatado un soplo de vida de forma inesperada y perfecta, nos hemos acercado a ello, aunque sea tan sólo por un instante, un hecho incomprensible. Algo del misterio ha sido revelado al leer o al escribir pero no sabemos exactamente qué. Esa es una sensación de divinidad extraña, fugaz. Veo el cuerpo de ella desnuda, estremecido de deseo, el momento preciso en el que los espasmos anticipan ese placer retenido, esa muerte súbita entrelazado a otra carne, ese intento desesperado de ahondar en otro, de alcanzar su esencia aunque sea en la brevedad imposible de ese tiempo dedicado al éxtasis. Hace mucho que ella es ese anhelo de divinidad, como supongo que lo fue Afrodita para Anquises. Es la burla de los dioses. Somos demasiado poco.

Cuando amanezca es posible que haya vivido un nuevo eclipse. No sé cuantos aguantará el corazón, tampoco estas palabras que compulsivamente se acumulan y deben ser escritas. No hay más sentido en todo ello, hacerlo, avanzar en ese recorrido para el cual nací, sin que importe el resultado, el objeto, la repercusión. Siempre esas palabras que tratan de articular aquello que debo rescatar. No tiene sentido la vida de otra manera, al menos para mí. No lograría rescatar el nacimiento de Afrodita si no tuviera la necesidad de escribirlo, y al tiempo, sino hubiese experimentado el esplendor de contemplarla salir del mar, envuelta en el oleaje de la olas, dar un salto hasta la orilla, observarla avanzar en el atardecer rojizo.

Porque ella tal vez no quiso seguir haciendo el amor eternamente como le insistieron las Parcas. Cuando se puso a tejer un telar y Atenea la sorprendió hilando y cosiendo, se enfureció de tal modo que la amenazó con despojarla de su poder, de la influencia de las Parcas. Ella obedeció y no realizó jamás ningún trabajo manual.

¿A qué se debió el enfado de Atenea? Hefesto hubiera preferido a esa hilandera silenciosa que apaciguaba su ansia envuelta en fina lana. La Atenea virgen, generosa, ocupada en la música, en los objetos de alfarería, el arado y el rastrillo. La yunta de los bueyes, la silla de montar, el carro y el barco. Esa Atenea sólo preocupada por la vida práctica, en hacer de la existencia algo mejor, más cómodo, sin deseo. La que enseñaba las artes femeninas y los números. Esa Atenea que produjo la civilización en cierto modo, de espaldas a la sensual Afrodita, llena de misericordia y orden.

Cuando pienso en ella también veo a Atenea, y esa es la diferencia después de tantos años aguardando algo que rompiera la monotonía de la vida. Hefesto se enamoró perdidamente de ella. No era tan inocente como creíamos. Casado con Afrodita quiso alcanzar a la otra diosa porque no temía ni su poder ni a su sensualidad siempre secreta. La Atenea bondadosa era la imagen de la madre todopoderosa, de aquel matriarcado antiguo sumido en el orden femenino. En cierto modo, pienso, Atenea es esa Afrodita saciada que anhela la intimidad del calor, del hogar, la que facilita el trabajo y construye, aunque esa castidad tan empecinada no pueda ser ni natural ni transparente.

A estas alturas de la vida ya no tengo miedo a las construcciones del amor, sólo siento a veces su imposibilidad. El paso de Afrodita a Atenea es un camino largo y tortuoso, que no debería solaparse, ser una sustitución de una por la otra. Las mujeres como Atenea, en verdad, siempre anhelan a esos hombres libres, despreocupados, que abrazan la existencia como un soplo, sin dejar su rastro. En realidad su seducción es la sublimación de su sexualidad expresada en un sueño de redención, de doma. Atenea tuvo que sentir algo cuando Hefesto le hizo un juego de armas exclusivo para ella. Por primera vez, el dios-herrero aceptó como pago el amor. No la temía Hefesto, como ese marido no teme a ella. Los siglos acompañan esa imagen, porque es la que yo retengo de ese hombre que impide que ella venga hasta esta playa.

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Hefesto pide un amor sin sensualidad, para el que cree estar preparado, un amor de orden y contención. No es bueno, los dioses nos lo han dicho. No puede retener a Afrodita y el rencor crece en él, y entonces sabe que Atenea está en la sala contigua a donde él fragua el acero y el hierro, e intenta ser esos otros dioses en su repentina valentía: Ares, Zeus… Lo intenta, y la llama, y cuando ella entra intenta violarla. El trayecto de ese arrebato de violencia va desde la imaginación de los antiguos griegos hasta ese marido que anhela la masturbación y el sosiego en vez de la tormenta del deseo. Se ha borrado esa posibilidad de alcanzarla a ella de otra forma. La eyaculación de Hefesto, infértil, inútil e impotente, se derrama sobre el muslo de la diosa. Atenea desprecia el deseo, también la maternidad por tanto, aunque luego se erigiera diosa de la maternidad. A Atenea le da asco el semen de Hefesto sobre su muslo, coge un trozo de lana y se limpia, lanza el hilo al suelo y la madre tierra fertilizará a Erictonio. Ni siquiera en su feminidad maternal puede haber deseo o placer.

Ha sido con De nuevo, el amor, de Doris Lessing, cuando me doy cuenta de nuevo de esa oportunidad de los libros, de la literatura, de ofrecer su experiencia, su consuelo, su belleza, cuando más lo necesitamos. En un momento de esa hermosa novela, Sarah, la protagonista, se pregunta por la condición de Afrodita y la de Atenea. El viaje del libro es llenar esa especie de punto muerto que separa definitivamente la sensualidad y su relación con la vida, respecto a la vejez y la muerte posterior, intervalo nebuloso en el que se aplaca la sed hasta ese periodo final que es el sueño plácido de Atenea. Aún vivo en el deseo como para acercarme a esa Diosa que, en palabras de Doris Lessing, afirma esa renuncia a la angustia del amor, a la inquietud perpetua del deseo y sus consecuencias.

Interesante imaginar a Afrodita y Atenea discutiendo la pequeña historia de Julie…

…No obstante, si Julie no era una “mujer del amor”, entonces ¿qué era? Había personificado la cualidad, reconocible para cualquier mujer a primera vista, e inmediatamente sentidas por los hombres, de la seductora y descarada feminidad que inmediatamente convierte en irrelevante cualquier argumento basado en la moralidad… Ese sería probablemente el argumento de Afrodita. Pero la mujer que había escrito los diarios (Julie), ¿de cual de las dos era hija?

“De verdad, Julie…”

“…si te permites amar a este hombre, será peor para ti de lo que fue con Paul. Puesto que este no es el guapo muchacho que sólo podía verse a sí mismo cuando se reflejaba en tus ojos. Rémy es un hombre, aunque sea más joven que yo. Con él saldrán a la superficie todas mis posibilidades como mujer, para una vida de mujer”. ¿Y luego, Julie? Un corazón roto es una cosa, y ya has pasado por ello. Pero una vida rota es otra y puedes decir que no. No dijo que no. Y quién era, qué Julie era la que le dijo a la otra: Bien querida, no te imagines que si te decides por el amor no vas a pagar por ello. Puesto que no era la hija de Atenea la que decía: “Compón tu música. Pinta tus cuadros. Pero si es esto lo que eliges, no vivirás como vive una mujer. No puedo soportar esta no vida, no puedo soportar este desierto.

En la novela de Doris Lessing, Julie, esa mezcla de Atenea y Afrodita, se suicida. Su muerte ofrece un espejo a la propia vida de Sarah, aunque sea por oposición. A sus sesenta y algunos años, de la protagonista surge la pregunta acerca de la construcción de lo femenino, también la relación del enamoramiento con la felicidad o la infelicidad, pero no me convence. Me sabe a poco eso que llamamos enamoramiento, una fase estúpida del amor, nebulosa, mitificadora, y la novela, de alguna forma, oscila más alrededor de ese sentimiento que de la palabra amor o deseo. Eso pienso ahora. Y tal vez no me convence porque soy un hombre, mortal, cuya decadencia sobrevendrá despacio en los próximos años, pero el gozoso aleteo, el latido poderoso de aquellos dioses que acuden para burlarse de lo que muere en nosotros, sigue vivo, buscamos esa dominación del cuerpo femenino amado sin darnos cuenta de que nuestra ceguera no deja ver la verdad: nunca será nuestra por completo Afrodita, se nos escapa su complejidad, y nos aferramos a Atenea, tan calma y fiel, tan aburrida en el fondo. Seremos Anquises asustados ante la diosa, seremos ese mortal afortunado que fue castigado por revelar el secreto, o Hefesto tratando de retener lo inasible del deseo.

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¿Y qué sucedería si Afrodita se liberase de todos esos dioses, si se marchara de la casa del dios-herrero, si decidiera liberarse de las ataduras de la herencia e incluso de la imposición de Atenea y de las Parcas que le prohibieron tejer, dedicarse a otra cosa que no fuera el amor?

Siempre atisbo en ella ese punto de rebeldía. Esa especie de aliento que impulsa a Afrodita hacia la felicidad. ¿Que dios se va a atrever a irrumpir en su existencia y situarse a su lado en un equilibrio posible? ¿cómo olvidará su propio pasado, las cadenas del Olimpo, las cuitas y las conspiraciones de los dioses, como superará el dolor, la mezquindad, la dureza del reino divino masculino para ofrecer finalmente una posible alianza, sin perder por ello la pasión, la identidad, sin perecer de ausencia y de nostalgia? ¿o tal vez será un mortal quien ofrezca la sinceridad de su finitud?

Recojo las maletas, los libros, los papeles. El día es avanzado y el sol ilumina la orilla del mar. Vine aquí hace muchos años para descubrir que la sensualidad estaba en este aire y no podía alcanzarla. He buscado cada vez llegar a ese deseo que se me ha escapado hasta comprender algo de Afrodita. La decisión es mía ahora que sé que la torre de marfil se ha derrumbado. Mi pasado pesa. La construcción de toda una vida es una losa que posee fogonazos de felicidad esporádica, muy rara, aquello que resiste el envite del tiempo y dibuja la posibilidad de perdurar. Se puede adorar a Afrodita y a Atenea, ellas son esa fuerza de lo femenino que funda y crea. He encontrado en esa mujer que espero, que ahora me espera, la solidez de ese viaje que puede ser el último.

¿Quién seré yo? ¿Hermes y su verborrea? ¿Poseidon y su vanidad temerosa? ¿Hefesto y su mezquindad hecha de frustración e inmovilidad? ¿Zeus iracundo y fálico? ¿Ares el guerrero salvaje y sensual? ¿o tal vez un mortal como Anquises, que comprende que la única trascendencia es el deseo, y ese deseo está en ella, y de ella nacerá la nueva vida, la sensualidad gozosa de un camino difícil pero lleno de esa antigua alegría?

Ella lo tiene todo. Es esa mujer libre que surgió del mar. Es la diosa del amor que habita en ella, pero también la diosa de la paz que ilumina el día, que bendice la calma. Es el deseo irreprimible de la posesión, pero a su vez la protección de nuestra finitud de hombres. Es Atenea cuando sonríe y Afrodita cuando se despoja de la ropa y extiende los brazos hacia mí.

Debería escribirle.

Sólo si soy capaz de afrontar el destino a tu lado borrando huellas, marcas, trazos y trayectos, expresando el suspiro de sinceridad que todo lo envuelve, abrazando tu sensualidad y tu calor, la fuerza de esa expresión, compartiendo eso que los dioses nos legaron, aquello que era divertido y trascendente, levantando los tejados que nos cubran de la intemperie, cambiando lo cuadros antiguos por nuevos, los pasos ya dados por otros, dejando salir eso que llevo dentro tantos años y que grita por escapar, mereceré tu presente.

Afrodita puede ser ese otro Homero que cientos de años después vague por las tabernas de las islas griegas contando su historia, la historia del amor. Atenea, tal vez, sea capaz un día de dar rienda suelta al instinto sexual que durante siglos cercenó para conceder la paz: una paz frustrante al final, carne de psicoanálisis.

En ti puede darse ese deseo que concede la maternidad y la trascendencia. Eso lo sé. Ten fe. Un día lo sabremos. Si soy capaz de romper el tejido de Hefesto, el castigo de Zeus, la cínica actitud de Poseidon, la palabrería de Hermes, la violencia sexual de Ares.

Tener fe. Como siempre, sólo soy un hombre lleno de cadenas que ha llegado a comprenderlas. Pero he visto a Afrodita naciendo del mar, y es el origen, es el tuyo, es esa extraña felicidad que me inunda cada vez que recuerdo ese momento, es la valentía que intenta construir de las cenizas del tiempo. Atenea nunca será una diosa del amor aunque llegue a escribir sobre ello. Mi castigo, tal vez sea no el rayo de Zeus, sino la infelicidad de cualquier decisión, sea cual sea, aunque toda mi felicidad esté en ella. En esa mujer que no llegó esta noche. En esa mujer que ya destruyó el tiempo heredado para encontrar otro, otra vida que le pertenezca.

Arranco el coche y la casa queda atrás. Es mi destino.

Los dioses tiran los dados.

Copyright Jimarino

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CARMEN RAMÍREZ (1953-2013)

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          La muerte no se entiende, a lo sumo se soporta, se afronta, o se pacta con ella, como en aquella extraordinaria película de Bergman. No entiendo esta muerte, pero sí su vida. Supongo que los años dan forma a un afecto, que llegamos a establecerlo de modo intuitivo, sin pensar en ello. A nuestra Carmen la he pensado y la he sentido mucho en estos dos días transcurridos desde su desaparición. En realidad, sin que me diera cuenta, ha estado estos últimos años siempre por aquí, entrando y saliendo, dejando sus maravillosas pinturas, su arte irrepetible. Mi casa tiene muchas cosas de ella, cuadros, muñecas, estuches, objetos de arte que han ido llegando sin que me diese cuenta. No era amiga de excesivas confidencias, tal vez por la edad que me separa de ella, o porque mi relación siempre fue más fluida con su hermana Ana Luisa. Carmen parecía no estar a veces, pero me doy cuenta de que me ha dejado huella, mucho más de lo que pensaba, que la voy a echar de menos, que su muerte no la entiendo ni la entenderé nunca, que de alguna forma, guardo algo de ella que no podré arrancarme así como así, incluso en esa suave distancia de una amistad ligera pero no por ello menor.

     Así es la vida es un libro maravilloso escrito por Ana Luisa Ramírez e ilustrado por Carmen. Cada cierto tiempo me acuesto con mi pequeño Mateo y antes de que se duerma lo leemos. Cuando era niño los dibujos de Carmen le fascinaban. Hemos recorrido cada uno de los cuadros que poseo de ella maravillados, hemos mirado cada página de este libro, que ahora se me antoja ya fundamental sino lo fue siempre, cientos de veces, y nunca dejamos de descubrir un detalle más. Supongo que por eso ofrecer este pequeño homenaje que tal vez debí haber cumplido antes, pero los seres humanos somos así, nos damos cuenta de las cosas esenciales demasiado tarde.

     El viernes, en Viena, se fue alguien a quien yo amaba. Y soy muy malo para estas cosas, para cabronas necrológicas y despedidas miserables e inesperadas.

     Que seas muy feliz en tu cielo de arte, objetos, colores y niños. Sé que se te concederá en esa sombra de la muerte toda la luz de la vida. Quiero creerlo. Que mucha gente te quiso y mucha gente te recuerda y seguirá haciéndolo. Dejo esta pequeña isla en el tiempo de la red, con tu nombre y algunos dibujos.

       La muerte no se entiende. Ahora mismo ni la soporto.

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Eclipses (Una novela del deseo)- Proust-Kenzaburo Oé

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Extracto de la novela Eclipses, que ya navega sola, que ya es desde octubre un soplo, un deseo…  Gracias a la inestimable ayuda de Carmen Ariño y a la reencarnación de la abuela Carmen, ambas ávidas lectoras de éste imposible… también a Diana, por su sinceridad cercana… a Daniel Ariño, por esas cosas que sólo puede decir él. 

  

           Cuando leyó Una cuestión personal de Kenzaburo Oé, tras revisar un texto del amante acerca de la novela futura, tuvo una aguda sensación de simpatía y cercanía por ese personaje literario que miraba los mapas de África y soñaba con emprender un largo viaje que lo alejara de su vida cotidiana. Oé logró entresacar toda la fascinación por la huida que se percibe vulgarmente como un gesto de irresponsabilidad, pero que tal vez esconda en su complejidad una especie de deseo ancestral de ser nómada, de extender las posibilidades de la existencia ilimitadamente, de tratar el camino como una aventura y no como un guión prefijado. Huir no siempre es escapar, aunque a veces lo pueda ser. La responsabilidad final de ese personaje en la novela le ayudó sin lugar a dudas a afrontar el verdadero recorrido que debía cumplir. Ante el hijo monstruoso, incluso antes, frente a ese parto violento, sin amor, dolorido por la insatisfacción y la monotonía de lo cotidiano, por la angustia de envejecer y aceptar lo que contiene en su eco sordo una existencia prevista de antemano, se hallaba sin duda una respuesta coherente a la derrota de todos. Era ese momento de la existencia en que comprendemos que no podemos cambiarlo todo. Es una idea terrible que depende del grado de madurez y de sensibilidad de cada cual para expresarla. Los posibles caminos se limitan por una mezcla de experiencias y decepciones acumuladas. Conocemos nuestros gustos en mayor o menor medida, en función de lo que hayamos profundizado en nosotros mismos. Lo esencial ha quedado retratado a poco que prestemos atención a lo que sucede o ha sucedido a nuestro alrededor. Todo se construye demasiado difícil y, fruto de esa conciencia, atisbamos la marea sin aire, la vela que no se hincha, el avance lentísimo y anodino, la dificultad de hallar otra corriente vital que nos empuje hacia otra parte. Percibimos los trayectos como algo ya pisado bien por nosotros o por los demás. No vemos nuevos itinerarios sino líneas en mapas demasiado rayados y dirigidos. Los actos, las cosas, las emociones, ya no nos son nuevas. Entregaríamos algo de nosotros mismos porque una parte de lo que tratamos de acometer tuviera un sabor nuevo, pero hay demasiada memoria, demasiado acumulado detrás como para vivir esa ilusión. Hemos perdido el ojo crítico, el ojo despierto que atisba la sutiles variaciones y sólo entrevemos un paisaje tras otro que nos recuerda a lo ya visto aunque sea en lugares que nunca visitamos. Es un sabor similar en el cuerpo amado, desnudo entre nuestros brazos, fruto de los cientos de espejos acumulados que contemplamos durante años. Lo mismo sucede con el sabor, la memoria lo disgrega, busca orígenes, comparaciones. Y el olor, exactamente igual. El tacto se ha endurecido y aquella antigua percepción de texturas de la infancia ya no nos sorprende.

         Pero los procesos son aún más complejos y menos evidentes, no poseen la rapidez de un párrafo, siquiera la sinuosidad veloz de una intuición.

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         Todo fue lento, fue dejando una extraña huella en su recuerdo, huella antigua de todo lo existido, hasta que el silencio fue aliviando el dolor como un zumbido inevitable y constante al que los seres humanos se van acostumbrando. Lo extraordinario de los afectos es que de igual manera que exageran el lugar donde crecen, a la persona que convoca esos sentimientos, desarrollan su dependencia y su existencia en torno a nuestra propia identidad, como si el amor no fuera una cuestión de química tan solo, sino de poesía, de metáfora y exageración, hasta construir y convertir lo que tenemos delante de la mirada en un paraíso personal. Semejante intensidad, remite, diluye sus efectos y se transforma, dejando un rastro distinto, una especie de melancólica renuncia que permite aceptar el adiós, la despedida, que supera el duelo y permite continuar.

        El amante recomendaba para entender el amor la historia de la literatura. Una lectura extensa en el tiempo, recurrente, amplia a lo largo de los años. El narrador apuntó mucho de esos autores mencionados por el otro para saber. Escribió sus nombres, buscó sus libros, comprendió de qué estaba hecha la magia de la literatura. Había que adentrarse en En busca del tiempo perdido al menos una vez cada década, a ser posible más veces, para seguir enriqueciendo su enorme sabiduría con la experiencia del tiempo. Esa obra era el latido del tiempo. No había pedantería en su consejo. Más bien parecía un eco impreciso de todo lo que era necesario comprender tras experimentar un vacío semejante.

         Después de su desaparición el narrador ha tratado de seguir sus consejos con provecho.

        En busca del tiempo perdido es uno de esos libros de literatura que el narrador ha leído poseído por la fiebre, por el entusiasmo y el placer, y no tardó demasiado en comprender la magnitud de su valor. De repente le sobrevino un profundo pesimismo respecto a lo que había sido su actividad principal durante toda la vida. Ese libro tuvo un efecto desmitificador sobre cualquier planteamiento científico. El reflejo de la exactitud, de la medición, la hipótesis y la prueba, no dejaba de ser una referencia sesgada aunque cumpliera parámetros universales. Proust era tan poderoso como los grandes científicos del siglo XX que admiraba, y había llegado muchos años antes. Ese siglo había destruido la preeminencia de los mitos como forma de sabiduría por una nueva superstición numérica. La ciencia ocupaba el lugar de los mitos y reducía el espacio de la literatura. Los teoremas sustituían a los cuentos. La medición a la palabra. La hipótesis a la invención. No sabía si en verdad la literatura había alcanzado un límite o por el contrario había sido victima de esa nueva superstición. El mundo adquirió esa pátina racional y positivista que lo iba a llevar a dos guerras mundiales, al desarrollo tecnológico más espectacular de la historia de la humanidad, a las catástrofes de todo un siglo terrible, y a uno nuevo que comenzaba con el corazón latiendo despacio, el aliento entrecortado y el futuro oscurecido.

        Igual que sucediera con los ilustrados en el siglo XVIII, el sueño de la razón científica iba a generar monstruos incluso más terroríficos que los sueños de la razón ilustrados. Voltaire era un optimista luminoso mientras que Kafka, dos siglos después, se adentraba en las tinieblas, en el espacio de la pesadilla y la locura. El humanismo tenía bastantes siglos de ventaja respecto a la ciencia y tal vez entendió de antemano que aquel camino tampoco iba a llevarnos a ninguna parte, y que cualquier desarrollo científico toparía eternamente con el misterio de la vida, con la idea de Dios, irresolube a pesar de los esfuerzos, y seguramente con la mala utilización que el hombre siempre hizo de aquello que le otorgaba poder fuese la invención que fuera. La constancia fue para el narrador una especie de intuición fugaz. Sus contemporáneos sabían más que Proust, pero la sabiduría, sin saber exactamente porqué, estaba en las páginas de su obra, en ese libro, y eso es lo que comprendió y le hubiese gustado decirle a él. Darle las gracias por ello. La esencia de lo humano guardaba en su seno todo su desarrollo, y era posible que los complejos universos del lenguaje humano, no sólo el lenguaje verbal sino todos, el matemático incluso, estuvieran guarecidos ya en nuestra propia genética, que adentrándonos en el origen tal vez lográsemos desentrañar la expansión, y no al contrario, como suelen hacer los científicos, examinar la expansión para acercarse al origen, a la explicación, a la teoría.

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      Aceptar el proceso por el cual vamos perdiendo aquello que insufló vida a la existencia es un aprendizaje doloroso; un proceso hacia dentro, jamás hacia fuera. Creemos que es el exterior el que nos permite esa especie de felicidad intensa e irreal, y al final todo, absolutamente todo, esas emociones que transforman el eco de lo que hacemos en una especie de latido constante y una esencia que palpita en nosotros es interior. En ocasiones hasta siente que cada paso del presente está prefijado por un mapa y unos códigos inasibles inscritos en sus entrañas. Nada ocurre alejado de nuestra mente y nuestra alma, aunque el narrador no puede afirmar con pleno convencimiento que existe eso que llamamos espíritu, o el alma, o el arrebato doloroso o entusiasta que nos obliga a actuar, a agitarnos, a perder el norte y abrazar el sur.

      Los procesos por los cuales se construye toda esa materia tal vez sean tan sólo impulsos de energía, chispazos de química cerebral traicionera.

        Le hubiera gustado decirle a ese hombre que seguramente todo existió en su cabeza, sobre todo teniendo en cuenta lo que sabe de ella a esas alturas.

 

       Esta historia, sus constantes, sus lugares y ambientes, sus actos de amor, su sexualidad incendiada y el dolor que provocó en ambos, al fin y al cabo, piensa que fue elaborada por la mente de él, por el rostro que él quiso erigir en torno a una pasión.

 

        Albertine fue una de las grandes creaciones imaginarias de Proust, y alcanzó ese punto de fuga tan intenso y verdadero de las obras de arte, una especie de reflejo universal que logra dibujar en el eco de las palabras la línea en la que se entrecruzan la verdad y la imaginación literaria. Hasta sentir la pérdida que supuso dejar de verla, dejar de saber de su existencia y su camino, y entonces leer La fugitiva con manos temblorosas, no comprendió en que consistía exactamente la literatura.

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      La banalización del mundo no afecta a esas grandes expresiones del espíritu mientras haya al menos una persona que las reviva, que las recree en su imaginación, en su pensamiento, y aunque uno no pueda jamás cumplir ese proceso de la ciencia, de hipótesis, prueba y conclusión, la exactitud con la que algunos escritores fueron capaces de crear un espejo de la existencia comenzó a producirle un silencioso respeto. Como algo inevitable, a veces incluso en apariencia prescrito, no cree que pueda cambiar su modo de mirar y, sin embargo, sí que se siente capaz de llegar a construir una especie de solemne reconocimiento al arte elevado y sincero. De la misma forma, de la admiración y los celos que tuvo hacia ese hombre, fue aprendiendo a saber quién era, a otorgarle una dimensión distinta a su figura y al efecto que tuvo en la vida de ella.

       Todo descubrimiento esencial es en realidad azaroso, hecho de oportunidad y atención desde luego, pero guiado finalmente por la casualidad.

       Deja escrito en esas páginas del cuaderno que van llegando a su fin. Siente la conclusión de un largo proceso de vaciado y conocimiento, algo que sólo puede expresar por escrito, que tal vez sea imposible de comunicar a las personas más cercanas. Pero sabe que a pesar de la breve satisfacción, lo alcanzado es incompleto, imperfecto, inasible en su totalidad. A lo sumo le permite acercarse a los procesos por insistencia hasta que logran revelar algo, tan poco, tan escaso en medio de las emociones y sentimientos que constantemente nos explican y nos afectan. Ahora sabe que no fue sólo una historia sexual, que fue mucho más, tal vez porque él, sobre todo él, el amante, o tal vez él solamente, quiso construir una metáfora del amor más intensa para ella, para todo lo que compartían.

        Aquel poema que escribió concluía con un verso que el narrador no ha logrado olvidar, que a veces le reconforta, le hace borrar de un plumazo el rastro de su cobardía y su imposibilidad:

 

                                   …no pudimos vivir de deseo

Copyright Jimarino

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Marguerite Duras- Ecrire (escribir)

 

                 El pasado mes de agosto, mi suegra, como saben conocida escritora francesa, y yo, iniciamos a las nueve y media de la mañana un largo peregrinaje alcohólico y literario hasta Hyéres, hermosa ciudad de la Côte D´Azur, a apenas cuarenta kilómetros de Saint Trôpez y Port Grimaud. Nos aguardaba allí a las once un viejo amigo de Chantal, Monsieur Frédéric Chellin, también escritor y director de la prestigiosa y elitista revista de Aix-en-Provence Litteratures.

      Entre las diez menos cuarto y las diez y treinta y cuatro, en un agradable café con vistas a la bahía, bebimos tres Campari con hielo, dos Ricard bien fríos escarchados de cubitos y una copa deliciosa de rosé de la región. Cuando me dispuse a subir al coche mi somnolencia y el sopor etílico eran tan notorios que estuvimos a punto de cancelar la excursión. La promesa de un baño marino sumidos en ese aire cálido atraía como si las sirenas silbasen desde el pliegue final de las olas. Aún así nos atrevimos finalmente a viajar, tal vez porque esa era la última oportunidad del verano para encontrarse con Fredéric.

       Tardé una barbaridad de tiempo en recorrer los doce kilómetros desde Le Mourillon hasta Hyéres, concentrado en no salirme de la vía y atento a los colores y la luz del mediterráneo que pugnaban por despistarme. Todo mi espacio visual se llenó de nubes cristalinas que flotaban ingrávidas frente a mis pupilas dilatadas. Llegamos tarde y medio borrachos, como era de esperar. Chantal me dijo que, por un instante, había pensado en aquel viaje que casi un siglo antes celebraron Fitzgerald y Hemingway. Insultamos con vulgaridad ebria al machote de Ernest y volvimos a brindar para pasmo de Fréderic con un Campari nada más sentarnos en una terraza de la plaza principal de la ciudad tras los saludos de rigor. Los dos empeñados en ser Fitzgerald escribiendo ante el asombro de Monsieur Chellin, pero con aquella vieja resistencia a la bebida del otro, así que los papeles no estuvieron claros en ningún momento y propiciaron una absurda discusión ventilada con otra ronda más.

       Semejante ebriedad a las once y media de la la mañana tenía un motivo, no se crean que somos alcohólicos sin más. No en vano, mi suegra es una atractiva señora de sesenta y cinco años, con pasiones deportivas en cuanto tiene la ocasión, autora apreciada por la crítica, con ocho libros publicados, muy bien conservada para su edad hasta el punto de que muchos, al mirarla de espaldas, la toman por una treintañera de buen ver, y que, además, escribe como los ángeles. Denota respetabilidad por doquier, ese ha sido parte de su destino, ese aire suficiente y burgués. Yo tengo peor diagnóstico, pero guardo con bastante elegancia las apariencias a poco que me esfuerce. Quiero decir, en resumidas cuentas, que teníamos una buena razón para semejante exceso mañanero.

         Le dijimos a Fredéric que por el camino interminable en coche -una temeridad que no acabó con nuestros huesos en una comisaría de la police français por mi matrícula española- habíamos hablado largo y tendido del panorama literario mundial y nuestras últimas lecturas, aunque a veces el discurso fuese un balbuceo y un pesado regusto a alcoholes de graduación respetable. Sobre todo, y a partir de cierto momento, de Franzen y su Libertad, que nos había fascinado, aunque la escritura de Jose Dónoso (yo El lugar sin límites, y ella, casi en éxtasis, El obsceno pájaro de la noche) situaban a la literatura norteamericana en esos lugares privilegiados de la narrativa pura, y al chileno en ese lugar sagrado de los artistas de las letras, punto de partida que nos permitió divagar un buen rato. Fredéric se limitó al poco a soltar con su sobriedad habitual una sonora carcajada.

         -Dos gallos incendiados -afirmó-, cacarean en este corral-.

        Se calló de inmediato ante el desdén que mostramos sin tapujos mi suegra y yo. Al fin y al cabo Fredéric bebía zumo de frutas del bosque natural, sin azúcar ni conservantes, y siempre fue un tipo bastante soso.

      -¿Porqué esa distancia?.- Se repetía Chantal por lo bajo.- Entre Michon y Phillipe Roth, entre Juan José Saer y Paul Auster? ¿Y porque a pesar de todo nos gustaba tanto Libertad de Franzen? ¿y tanto El lugar sin límites o El obsceno pájaro de la noche?

      Vargas Llosa nos había decepcionado a ambos con El sueño del Celta; escrita con una torpeza inusual en un autor de su rango. Chantal se había cansado de mi querido Vila-Matas sin saber exactamente la razón. Tras aquel flechazo de un par de años atrás que la llevo a enamorarse de Don Enrique el sentimiento se había convertido en una ligera decepción. Habló de Sebald y de Quignard, que mantenían el tipo. Yo le dije que me había fascinado la escritura de Elifried Jelinek, pero no su insoportable mala ostia.

         -Premios Nobel, premios Nobel.- Murmuró Fredéric sin añadir nada más.

        El sol era bochornoso a medio día. Se intensificaba el calor con el alcohol que habíamos tragado. Mi suegra pidió de buenas a primeras un Sauterne mientras esbozaba una teoría sobre las técnicas literarias utilizada por Döblin en Berlin Alexanderplatz. Aseguró que era impecable la escritura, pero el libro le había resultado frío y desagradable, muy lejos del Ulysses de Joyce a pesar de la insistente comparación de la crítica literaria alemana.

       -Suis d´accord ma belle mere… esa Alemania que tanto nos irrita, que tanto ha perjudicado a éste continente…

       Luego acudió a mi mente la fascinante lectura de Gracq y la fijación por varios pasaje de su novela Los ojos del bosque. Me fascinaba la historia del teniente francés. Su soledad humana, los paseos por ese bosque húmedo y extenso, aguardando la guerra. Ese hombre que visitaba a la hermosa y desinhibida joven que habitaba la casa del pueblo. Les confesé que había tenido exuberantes sueños eróticos leyendo la novela, e incluso recordado pasajes sensuales de mi vida enterrados gracias a la magia de esa escritura, a ese sutil recorrido del lenguaje por las fibras y resortes de la memoria y sus ecos agazapados, adentrándome en esos bosques frondosos que fijaban la frontera, en la hermosa historia imposible entre un oficial del ejercito y una hermosa lugareña en un village evacuado. Había leído en éxtasis esa prosa clásica, hipnótica, precisa y al tiempo poética, que se encaramaba a mis ojos y me cegaba con su ritmo y su belleza. Otra prosa excelente para la salud. Los paseos del oficial hasta el secreto cálido de ese caserón. La hoguera encendida, el olor del café y el té, del pan. El cuerpo desnudo de la jovencita que contrastaba con la rudeza alcohólica de los soldados hacinados en el búnker, aguardando una cercana batalla que nunca llegaba. La sensualidad de esa soledad de la espera en el refugio, su decadencia de óxido y humedad, ese ambiente masculino, obsceno, que enseguida quedaba exhausto, anegado ante los despertares sensuales del teniente y la muchacha en el dormitorio, contraste sublime. Tuve la sensación de enamorarme de ella, de gozar de sus pechos y sus caderas, de esos actos de amor gozosos, de esa extraña libertad en medio de una guerra, de la desnudez y la alegría sexual y vital de la chica. Fueron gozosos momentos de lectura.

      Chantal me guiñó un ojo. De alguna forma la vida nos ha construido a través de la literatura con semejanzas que combaten la diferencia generacional y cultural: ella francesa, sumida media vida en el mundo editorial y elegante de la Francia literaria, y yo un español hijo de la democracia, en un país embrutecido y teniendo que lidiar diariamente con el sector más antropológicamente salvaje y obsceno de los existentes en el mundo contemporáneo a pesar de su aparente sofisticación. Nos unía, pensé de repente, Proust y Virginia Woolfe. También Marcel Schwob e Italo Calvino. Cesare Pavese y Onetti. Baudelaire tan a menudo, tan afín a nuestra negrura disimulada, y Apollinaire y Camus, y Bolaño. Últimamente. Bolaño. Donoso ocupaba muchos de nuestros recientes pensamientos.

     -El lugar sin límites-. Repetí de repente, que me remitía a una novela corta magistral de Onetti. No llegué a pronunciar el título cuando Chantal gritó: Los adioses.

      Pero sobre todo nos une ese viaje de la mano de Fredéric. Hyres, los lugares en los que a finales de los años setenta Marguerite Duras paseó su diminuto cuerpo y su cara abarrotada de hermosas arrugas.

      Marguerite, Marguerite. Pasión desde diciembre del pasado año para mí. En tres meses leí y releí toda la literatura que guardaba en mi biblioteca de la Duras, compré las obras que me faltaban traducidas al español, y me empeñé en leer en francés L´amour y La Douleur. Esa misma Duras que a mis diecisiete años consideré falta de interés, prosa demasiado femenina según mi notas -imbécil que fui-, la que amaba mi querida hermana o Helene, aquella de la que dije que escribía novelas demasiados breves para mis gustos monumentales de entonces, en un estilo demasiado minimalista, casi ausente; la misma a la que menosprecié por los títulos de sus obras.

    Dios, la adolescencia, a estas alturas, casi me parece una enfermedad a superar, aunque tal vez será por está madurez que se avecina intolerable y terrible. Ya no lo sé. Pero allí estábamos, con Fredéric, en Hyéres, bebiendo como cosacos y a punto de la santa ebriedad despreocupada y expansiva, por ella, por Marguerite. A pesar de las burlas inocentes de Vila-Matas, que años después de mis exabruptos contra ella me harían concebirla como una abuelita entrañable, inocente y famosa. Ella, que ahora sé que fue la gran dama de las letras francesas con permiso de Simone de Beauvoir, Nathalie Sarraute o aquel fenómeno moderno y fugaz que fue Françoise Sagan; mi Marguerite, a mis ojos de letras por encima de la académica Marguerite Yourcenar.

       Fredéric se reía, él, el mayor especialista que conozco de la vida y milagros de la Duras, capaz de cumplir desde la terraza donde seguíamos Chantal y yo liquidando alcoholes como si estuvieran de rebajas el recorrido diario de aquella pequeña fuerza de la naturaleza en aquellos lejanos días de 1979, en Hyéres. Se reía porque mi suegra quiso conocerla durante treinta años sin suerte. La siguió como si Marguerite fuera un gurú ofreciendo el paraíso, lo hizo desde sus artículos de prensa, sus películas, sus guiones memorables, sus obras de teatro o todas esas novelas que nos regaló. No se perdió nada de ella, e incluso en el año 1994, cuando comenzó a publicar regularmente sus propios libros, estuvo a punto de aceptar el encargo de escribir su biografía, que una conocida editorial parisina planeaba por entonces, proyecto que llevo a cabo cuatro años más tarde Laura Adler. Mi suegra hubiera escrito una biografía a mi juicio mucho más literaria y vibrante; el libro de Adler siempre me pareció frío, lleno de datos sin alma para un corazón como el de la Duras.

     Cuando pudo conocerla, ese día en que la cercanía llegó a ser un roce vanidoso y posible, en la entrega de un conocido premio literario en Lyon, Marguerite se murió. Yo sólo era esa mañana en Hyéres un advenedizo que regresaba al redil. Aquel antiguo diletante, cargado de furia, que hizo pasar a la gran escritora europea de las letras contemporáneas por sus ojos enrojecidos de jovencito díscolo como un pluma fugaz sin atender a esa voz en verdad, a esa extraordinaria y sublime voz. Porque si estábamos borrachos era por ella, siguiendo aquellos rituales que tanto le costó abandonar a pesar de la vejez y la enfermedad. Campari en los tiempos de Los caballitos de tarquinia, con esa maravillosa novela sobre el amor en el sopor del verano italiano. Vino siempre. Porque aquel dolor de la anciana Marguerite aferrada a la botella siempre fue nuestro dolor sin saber exactamente la razón; el miedo a esa vida despiadada y terrible, la necesidad de traspasar con la santa ebriedad las barreras del miedo y el silencio. Siempre igual, ebriedad, dijo Chantal, tan sobria en ese instante de desnuda borrachera, y Fredéric contó como la vio entonces, como la sintió en esos lejanos días de 1979.

        Y entonces, cuando Frederic comenzó a hablar, y se interrumpía de vez en cuando para mirarnos con cierto desprecio, comprendí que tenía miedo, miedo a que no pudiéramos seguir el relato más importante de su vida. Los ojos de Chantal se cruzaron con los míos, y entonces me di cuenta en ese instante de que habíamos atravesado esa barrera imperceptibe que nos situaba en un lugar de letras alcoholizadas, entre esos nombres pronunciados hasta la saciedad con la solemnidad y el respeto de lo que se admira con las entrañas; ya éramos uno a partir de ese momento, no como la antigua camaradería que nos suele acompañar en nuestros desmanes lectores, sino junto a Marguerite en esos mediodías ebrios con las gafas de sol puestas y los vasos recogiendo los rayos de sol. Fue un gesto cómplice y al tiempo individual. Una especie de salto a otra dimensión, a otro tiempo. Todos los libros de Marguerite estaban ya en nosotros como recién leídos. Yo con la premura del lector tardío, casi posterior, con el filtro de las tradiciones, casi siempre insuficientes para una prosa como la suya: mi suegra extasiada de aquella persecución que la hizo leer a la Duras de la A a la Z desde los años sesenta, leerla en los libros y en las revistas, en la prensa, escucharla en la radio, ver sus películas, tratar de conocerla, vivir como si lo hiciera por ella. Cada cual con esas palabras, con el efecto de sus novelas y sus imágenes, de sus ensayos y sus artículos de actualidad, seducidos por ella, la gran alcohólica, la gran escritora, la lolita sensual que devino mujer de apasionado deseo, de muchos amantes y decenas de cópulas desesperadas, la gran mujer que supo envejecer a pesar de la tercera persona vanidosa y extraña y del éxito final, aquella explosión de los años ochenta que El amante provocó convirtiéndola en una celebridad mundial mas allá de las fronteras de Francia, calificativos que sabíamos sin mediar palabras que Fredéric rechazaría, ese Fredéric y su amable sobriedad, su cultura suave como los colores de los jardines con palmeras que bordean la carretera de Hyéres, con esa cordialidad constante y esa bondad reconocida tal vez en todas partes, por nosotros desde luego allí, en ese cruce del tiempo en la Côte d´Azur, en esa terraza iluminada por el sol. Fredéric era prácticamente abstemio, y eso era una diferencia de consideración.

       Supongo que Chantal tuvo que decirlo en ese momento degustando a la Duras.

    -Te faltó el abismo querido Fredéric, siempre lo mismo-. Eso pronunció mi suegra, a punto de la carcajada.-El abismo para entender por completo a Marguerite-.

       Nuestro rezo fue literario, sin excesos ni parafernalia a pesar del alcohol. Prosiguió mi suegra excitada como un devoto ante sus iconos.

        -En un jardín no se está sólo. Pero en una casa, se está tan sólo que a veces se está perdido. Ahora sé que he estado diez años en la casa. Sola. Y por escribir libros que me han permitido saber, a mí, y a los demás, que era la escritora que soy. ¿Cómo ocurrió? Y, ¿cómo explicarlo?. Sólo puedo decir que esa especie de soledad de Neuphle la hice yo, fue hecha por mi. Para mí. Y que sólo estoy sola en esa casa para escribir. Para escribir libros que yo aún desconocía y que nadie había planeado nunca.

        Chantal chascó la lengua, brillante y feliz. El párrafo entero es de la Duras, memorizado, como todo ese libro, Ecrire, reconstruido en su prodigiosa memoria, lleno de resortes que producen su salida exacta, sus palabras extraídas como rollos de papel ante el tirón del lenguaje, de una sola palabra a veces. En ocasiones pienso que vio en ella algo más que su extraordinaria literatura.

      La luz caía sobre la mesa. Me veía reflejado en sus gafas de sol mientras Chantal alzaba la cabeza y afirmaba que un escritor siempre necesita un lugar, aunque se trate de un viajero inconsolable o de un alma sin raíces, siempre necesita el espacio de la escritura si es escritor. Cuatro paredes, una puerta tal vez, que en ocasiones es el cielo, el mar, el desierto, puertas naturales en el fondo, una ventana por la que mirarse a sí mismo, con persianas que propicien el encierro necesario cuando se convocan las palabras de la literatura.

     Es ahí donde ella encuentra esa soledad de la escritura, también la de la vida, igual de inexorable y terrible pese a la compañía de los afectos, del amor y la amistad, tan llena de la misma luz. Sus ojos húmedos me fascinaron de repente, tal vez vi su rostro de joven entre la vejez controlada de ahora, ante el deterioro irremisible de la piel y la carne que he visto avanzar despacio con los años en ella.

   Pronunció todas esas palabras con una solemnidad que celebró el jolgorio alcohólico que nos embriagaba sin alardes. Esta sagrada borrachera de Duras y alta graduación.

    Ahora estaba sola, mi suegra, sin Fredéric y sin mí, tal vez con la Duras en esa casa de Neuphle a la que me llevó una vez, hace unos años, en una de mis frecuentes visitas a Paris: primero la Rue San Benoit y más tarde el peregrinaje hasta Neuphle.

    El hecho de la escritura es una pregunta solitaria a uno mismo, sin importar la repercusión. Es hallar nuestro libro desconocido, el poema del que nada sabemos y que debe brotar porque está ahí, agazapado en algún lugar de nosotros. Entre cuatro paredes, siempre, ventanas cerradas o medio cerradas, una puerta que franquea la salida al exterior cuando todo es demasiado insoportable, cuando necesitamos el alimento de afuera, tal vez las voces de los niños, las risas de los amigos, el beso delicado u obsceno de los amantes.

    -Hay hombres y mujeres de un sólo libro, o de una sola idea, pero eso no es importante, lo importante -añadió, provocando un cierto pasmo en el bonachón de Fredéric-, es que la soledad de la escritura esté siempre ahí, que la necesitamos siempre, aunque no escribamos.

     -Rulfo.-Dije de repente.

     -Rulfo.-Asintió Chantal.

 

           El sol cubría Hyéres. La luz del mediterráneo rompió esa soledad que se instalaba en el rostro de mi suegra, su sonrisa todavía aguantó la alegría en el movimiento de los labios y el gesto del cuerpo removiéndose en su silla. De repente se estremeció sobre su asiento. Las palabras hacía tiempo que se habían arremolinado en torno a un vocabulario esencial, porque llegar a la esencia de una palabra es un esfuerzo sobrehumano, y se llega a pocas lo largo de toda una vida intentándolo, a unas cuantas que terminamos por dominar después de años acercándonos a ellas. Estaba buscando en ella misma a Marguerite, aquello que la unió a su imagen y a sus libros, a su mundo de ficción. Buscó la soledad que acompañó siempre a la Duras de las primeras novelas. Sin esa soledad no se escribe, incluso en la desapacible sensación de no hacerlo se encuentra la pulsión inconexa o fragmentada de la soledad: a veces fructifica en el papel y la tinta, otras difumina la intención de hacerlo aunque persiste esa escritura, su objeto al menos.

         -Es una separación de los demás, nada aristócrata aunque pueda parecerlo superficialmente, absolutamente ausente la mistificación o el exceso, en su justa medida, sino una separación que también es propia, en la que la experiencia cede, la compañía se disipa, y entonces se anhela esa soledad de la escritura, aunque sea mentalmente. Me pasa en un museo, en mis clases, en cenas con amigos, en los viajes con Michel o Milena. Es un instante inevitable, imprevisible, en el que la soledad me sobreviene; es el lugar de la literatura que llevo dentro, también del diálogo con el tiempo, con los otros escritores.

         Apuré la tercera copa de rosado provenzal y y me acudió un deseo imperioso de insultar a Fredéric, a su tibieza vital, sin saber porqué, pese a ser alguien tan bueno y cercano, que siempre estuvo allí, desde que colaboré en su revista dos años atrás, en todos mis viajes a La Var que cumplo irremisiblemente cada verano y guardo una cita para él, para recibir su hospitalidad y hablar de libros. Es un extraño sentimiento de encono, a pesar de que es un lector fabuloso que me ha descubierto numerosos autores franceses, canadienses y belgas, ecos de esa lengua maravillosa que toda mi vida he adorado. Este es un lugar terrible en verdad, egoísta sin pretenderlo, de alguna forma cruel. Si se quiere escribir de verdad, ese aislamiento puede llegar a convertirse en rencor. Muchas veces, en períodos insostenibles, escribir es lo único que ha llenado mi vida, escribir y el amor, como si ambas pulsiones tuvieran una dinámica similar siendo tan distintas, y han sido las únicas que jamás me han abandonado. Escribir es más una forma de deseo que una forma de amor, y en eso estaría de acuerdo conmigo nuestra querida madame Duras.

        Marguerite dijo que la escritura nunca la abandonó. El amor si, aunque sustituyera un amante por otro, decenas de veces, el amor sí. Sin poder explicarlo ni afrontarlo, el amor se le fue, volvió, de otra manera, pero una parte de aquel antiguo enamoramiento se evaporó para no volver.

 

         A pesar de todo Frederic no cesaba de darnos detalles, anécdotas, hechos, ajeno a la ligera antipatía que me sobrevenía. Quizá sabe más de aquello externo que rodeó a Marguerite a lo largo de su vida que nosotros. Puede admirar a la Duras e incluso a Chantal, -a mi apenas me ha ha leído, solo ese puñado de colaboraciones en su revista en el 2010 y el 2011-, pero aseguró que esa extraña mística que mi suegra y yo ensalzamos sin darnos cuenta nunca le pareció convincente, que siempre le resulto lo más flojo y accesorio de la Duras.

     Esa fue su venganza, su demostración de que su agudeza nos adivinaba. Chantal le respondió que desde que el hombre tuvo la facultad del lenguaje, siempre quiso contar, y que la lengua escrita además, siempre fue no sólo un modo de contar sino un lugar en el que expresar algo más íntimo, algo más esencial.

      -La excusa es contar. Contar es el medio en que hacemos inteligible aquello que nos parece innombrable e inexplicable. Contando llegamos a algo, es una iluminación de nosotros mismos que adquiere, en función del talento y la habilidad, una esencia universal, que se asemeja a los fuegos de artificio. Siempre estamos a punto y nunca llegamos, pero hemos visto esa luz de repente, sobre todo leyendo, y a veces escribiendo.

     Marguerite en mis labios, como una degustación sonora del misterio, de repente. En su soledad necesitaba escribir. La oí decirlo a mi lado: un fantasma me susurraba a la oreja esas palabras. Puedo decir lo que quiera, pero nunca descubriré, aunque viva mil años, porqué se escribe ni cómo se escribe.

 

     De la terraza bañados por el sol, Fredéric nos lleva a rastras, ruidosos, tambaleantes, hasta un bodega del centro de la ciudad que Marguerite, en su breve estancia en Hyéres, solía frecuentar. Nos dice que el local ha cambiado mucho. Pasamos al tinto Côte Provence entre las sombras húmedas de la madera que cubre los muros y la ligera humedad que nos recibe.

        A menudo mi suegra me sorprende. Tanta contención que lleva un tiempo aflorando en forma de exceso, a su edad. La veo un día de repente dar un portazo a su vida burguesa y tranquila, a sus bienes acumulados, a su marido, perdiendo el norte en la maraña de carreteras comarcales de la hermosa Europa, buscando huellas de un continente que desaparece, o al menos su esencia, su historia. Su pesimismo es una forma de rebeldía que a cierta edad cobra una forma más lúcida y al tiempo más virulenta.

      -La soledad siempre tuvo un significado claro para ella: o la muerte o el libro. Tal vez también el whisky, eso significaba…

     Su lengua se soltó entre las sombras que nos envolvían. Fredéric quizá se sintió alguna vez así. De repente tuve la sensación de que la escritura fue para ella el lugar de la pasión. De la pasión fugaz e intensa de la vida, de su efímero fulgor, de lo que nos sostiene. Que sucede lo mismo en el amor apasionado; la obscenidad del éxtasis cobra a veces una trascendencia muy superior de lo que creemos, y esa obscenidad es a la vez la desnudez de la literatura, su falta de pudor, aunque una cosa se haga con palabras y alma, y corazón y razón, y la otra se construya con la piel, la lengua, la hermandad, la saliva, los flujos, los humores del cuerpo.

    Marguerite, eso pensó mi suegra alzando la mirada, escribía por deseo, no por amor. Una razón de ser, oímos en sus labios húmedos. Lo que te obliga a apretar un cuerpo desnudo contra ti, a sentir el sexo pleno, saciado, la saliva, el sudor, a morder, siempre fue una razón de ser que había que concluir, como un libro. Tan insatisfactorio al terminar, tan necesario como un libro. La Duras aseguraba que nunca había hecho un libro que no fuera ya un razón de ser mientras se escribía, y eso sucedía, fuese el libro que fuera.

      Creyó que escribía pero nunca pudo acercarse a ello desde un punto de vista intelectual -era demasiado poderosa e inasible la idea-, aunque participara tan a menudo de la vida política y cultura de su tiempo. Tuvo una fugaz iluminación cuando Lacan escribió un artículo al leer El arrebato de Lol V. Stein. No debe saber lo que ha escrito. Porque se perdería. Y significaría la catástrofe. Para ella, esa frase se convirtió en una especie de identidad esencial, en un derecho a decir absolutamente ignorado por las mujeres…

    -Lacan.- Dije mojándome los labios con el vino tinto. -Ahora, eso esencial, mi querida suegra, me parece algo también ignorado por los hombres, qué curioso…

       Tengo la sensación de que Chantal siempre me ha ocultado a mí y a su hija, a su marido, a muchos de los que la han conocido, a sus lectores más fanáticos, el contenido de su esencia; esa misma que a Marguerite le pareció descubrir en las palabras de Lacan, en aquella larga entrevista memorable de dos horas que la Duras y el psicoanalista más famoso de su tiempo celebraron en un café de París, simplemente porque él había quedo absolutamente conmovido y seducido por El arrebato de Lol V. Stein.

      Fredéric intentaba seguirme a duras penas cuando dije en mi francés de andar por casa, ebrio e inconexo por el alcohol ingerido y los efectos del cambio de temperatura entre el sol abrasador de la terraza y la oscuridad de la bodega, que Marguerite casaba mal con los tiempos que vivimos. Que en España tan sólo se leía una parte reducida de su obra; El amante, El amante de la China del norte, algunos textos secundarios, que muchos de sus libros estaban descatalogados. Que me parecía demasiado grande para que toda su escritura no estuviese editada en bolsillo, intolerable que no se estudiase más, que no se hablara de ella demasiado; un derroche que sus películas no se encuentren por ninguna parte. Tenía la sensación de que los tiempo estúpidos y analfabetos la borraban.

      De nuevo hablé de las traducciones: muy difícil traducir sus silencios, sus desmanes con la sintaxis, sus palabras fundamentales que tal vez no encuentran correspondencia en otros idiomas. En Francia se celebraban aniversarios de su obra. Le Monde editó un especial hace un par de meses. Se anunciaba una nueva biografía, se reeditan textos sobre ella. También textos escritos por ella.

 

         La Marguerite que se casó con Robert Antelme es muy distinta a la viejecita encabronada que disfrutaba las mieles del triunfo y el dinero tras la publicación en el año 84 de El amante, a esa mujer endiosada, tal vez hasta demasiado pagada de sí misma que hablaba de ella en tercera persona. De esa Marguerite antigua que vio como su marido regresaba destrozado de los campos de concentración alemanes medio muerto, con el cuerpo y el alma destrozados, y odió, y expresó ese odio una y otra vez con la misma precisión y talento con el que narró el amor o el deseo.

         El deseo. Esa historia sexual y salvaje de “L ´Homme assis dans le couloir” era igual que su odio ante lo que un país, una nacionalidad, una raza como ellos decían, había destruido en Europa, lo exterminado en una comunidad humana religiosa como la judía. No podía perdonar, de la misma forma que no podía evitar sentir fascinación por la violencia del falo, por la explosión virulenta de la eyaculación, por las luces del deseo entre los brazos de una carne y un sexo húmedo. Esa violencia era la suya, aunque vivieran muchos años y se olvidara aquella pasión por otras.

        -El deseo se mantuvo siempre en su escritura.

       Y mi suegra sonrió, porque tal vez también estuvo alguna vez de ese modo entre sus manos. Por un instante la veo desnuda por el bosque, años atrás, con un hombre, otro hombre distinto a su marido y a todo lo que conozco, un hombre salvaje, con el sexo henchido, persiguiendo la eternidad de esa cópula, de ese ritual sagrado hasta que le falta el aire, para luego alcanzar la soledad de la escritura, para escribir, para vivir tal vez.

      -Hallar en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi todo, y descubrir que solo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea del libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Un inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible de superar. Creo que la persona que escribe no tiene ni idea respecto al libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, es cómo nace la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales, la ortografía, el sentido.

 

         A veces pienso que todo lo llevo al territorio de mis pasiones, pero en verdad con Marguerite es casi inevitable, lo mismo que le sucede a mi suegra. Los años de exceso, la sensación de libertad acumulada para alcanzar una soledad posible, debieron ser comunes, salvo la distancia generacional de cada época, con los abismos de la Duras y posteriormente, unas décadas después, con los de mi suegra. El espacio de lo oscuro. Esa negrura que siempre necesitamos para alcanzar una luz. Luz que ella expresó. La Duras, que quedó respirando en ese limbo, como ausente, como si toda su obra no fuese otra cosa que un profundo psicoanálisis de sí misma destinado a ofrecer una solución de alegría y paz a los demás.

       ¿Por qué sus infiernos me apaciguaron tanto al releerlos hace unos meses, alejado ya hace mucho de mis lugares siniestros, de mis adicciones y mis tristezas?

      Ella dijo una vez que en la vida llega un momento, y creo que es fatal, al que no se puede escapar, en que todo se pone en duda: el matrimonio, los amigos, sobre todo los amigos de la pareja, los otros también. Lo único que no ponía en duda era la maternidad, la paternidad. El hijo. Los hijos.

     -El hijo no se pone en duda. Y esa duda de todo lo demás crece alrededor de uno. Esa duda está sola, es la de la soledad. Ha nacido de ella, de la soledad. Ya podemos nombrar la palabra. Creo que mucha gente no podría soportarlo, que digo, huirían. De ahí quizá que no todo hombre sea un escritor. Si. Eso es, esa es la diferencia. Esa es la verdad. No hay otra. La duda, la duda es escribir. Por tanto, es el escritor, también. Y con el escritor todo el mudo escribe. Siempre se ha sabido.

     Todo el mundo que la lee. Y esa soledad es la potencia del deseo. Fredéric me miró cuando dije esto. La soledad como potencial deseo, el lugar en el que se entremezcla ese deseo necesario para la escritura. La duda también. Porque la duda es poner todo en jaque, revolverlo todo, hasta lo cómodo o confortable. Pienso en ese día triste en el que los lectores no escriban con Marguerite, no se adentren en esa soledad -en ese deseo y esa duda-. Frederic me acusó de pesimista pero yo le pedí que mirase a su alrededor.

 

         El bodeguero sirvió otra ronda de vinos. Fredéric aceptó al primer alcohol de la mañana, adujo que ya era hora de violar sus preceptos, de trasgredir ese fascinante autocontrol. Ese orden en sus quehaceres trastoca su admiración por la Duras, precisamente una mujer muy ordenada, obsesionada con que la cama estuviese hecha o las cosas de la cocina cada una en su sitio. Sé que Chantal pensó: ¿como es posible que se adentre en Moderato Cantabile, en Ecrire, en Ojos azules caballos negros, en Los caballitos de Tarquinia o en El dolor, y sea tan sumamente metódico, tan timorato hacia lo que es incontrolable, tan ajeno a esa oscuridad necesaria para su luz?

      Hemos hablado tantas veces de esa oscuridad cada vez que las novelas que leíamos eran capaces de despertar esa fascinación terrible, desmesurada. Porque en el fondo, o al menos es lo que pienso, comprendíamos como Marguerite que llevar a cabo un libro es un acto difícil, tanto como la vida cotidiana. La dificultad de una novela exige de una especie de fe, a no ser que uno sea un inconsciente o un ignorante. Cualquier atisbo de creación conlleva un esfuerzo. La escritura tiene además componentes muy estrictos: la soledad que tanto llenaba los labios gruesos de la Duras, pero también el dominio de la sintaxis, el encuentro con el modo de contar, el contacto real de esa escritura con la emoción y la idea, la extraña inconsciencia con la que se celebran los puntos de vista de la narración hasta conformar algo sólido. Un camino tortuoso y difícil, hasta el punto de que Marguerite solía decir con una leve amargura en el rostro que si no hubiese escrito se habría convertido en una incurable del alcohol.

      Bebía mucho, eso es cierto, tal vez porque no se puede escribir siempre, porque el estado de ansiedad que genera la escritura requiere de pausas, de silencios, otras veces de vida necesaria alrededor. Ella decía que temía ese estado práctico: estar perdido sin poder escribir más. Era ahí donde aseguraba que se bebía de verdad. Como uno está perdido y ya no tiene nada que escribir, que perder, uno escribe. Mientras el libro está ahí y grita que exige ser terminado, uno escribe. Está obligado a mantener el tipo.

       Marguerite no podía soltar un libro siempre antes de que estuviese completamente escrito, o eso decía; sólo y libre de ti, que lo has escrito. Le resultaba tan insoportable como un crimen. Cualquier humor al respecto me resulta cínico. Chantal diría que no hay muchos escritores así, que abarquen esa especie de mística del escritor con tal sinceridad, naturalidad, coherencia y calma. ¿De donde viene la obsesión de los textos?.

      Por eso tal vez Lacan quiso conocer a la mujer que había compuesto El arrebato de Lol V. Stein, porque su extrañeza y su curiosidad fueron monumentales: sintió que todo lo allí escrito llegaba de un lugar profundo, un abismo arrebatador y verdadero, con una escritura que parecía una especie de lámina sutil capaz de adentrarse con su silencio hasta rozar muy de cerca la totalidad de un sentido, de una locura. Marguerite no creía posible que un escritor de verdad pudiera quemar su manuscrito. O bien lo que estaba escrito no existía para los demás -no tenía esa necesaria pretensión de alcanzar el sentido que pudiera ser comprendido por los otros- o no era un libro.

      Uno siempre sabe lo que no es un libro: el mundo está lleno de novelas que cubren estanterías de librerías y no son libros.

        -¿Cómo te defiendes tú del miedo, hijo?.-Dijo de repente Chantal.

      Su sinceridad alcohólica me suele provocar pasmos. Retrocedí al instante ante esa pregunta; tenía la frase de Marguerite acerca del miedo, también el eco de Lowry o los cuentos de Pavese en la cabeza. Pero me vino de Marguerite, tal vez porque ahora el Campari volvía a brotar de la mesa para pavor de Fredéric.

       Fredéric convierte el miedo del escritor en una organización ficticia, en una voluntad conmovedora. Yo no sé lo que hago para convertir ese vértigo, que se parece a todos lo miedos humanos, pero que encima posee un doble peso. Miedo al papel en blanco, a no ser, no llegar a escribir lo que deseo, lo que necesito, lo que me devora por dentro y tiene que salir.

     Al no contestar, mi suegra prosiguió afirmando que tal vez se defendió del miedo con una respetabilidad distinta a la de Fredéric, pero no por ello menos ficticia. Las cosas nos defienden relativamente de ese miedo, pero no bastan. Los objetos, las casas, lo tangible. Los hijos, aunque provocan otros miedos. La nada.

      -La Duras solía contar que cuando se acostaba se tapaba la cara. Tenía miedo de sí misma. No sabía cómo ni porqué. Y por eso bebía alcohol antes de dormir. Para olvidarse, a sí misma. Enseguida el alcohol, escribía, me pasa a la sangre y luego uno duerme. La soledad alcohólica es angustiosa. El corazón se nota, si. De repente late muy deprisa sino llega el sueño.

      Fredéric, al que había animado el vaso de tinto, sacó de su pequeño bolso Ecrire. Entonces leyó en voz alta, quizá para acallarnos, cansado de esa complicidad que lo dejaba fuera frente a su excursión, sugerida por él, tras los pasos de Marguerite en esta bella ciudad de Hyéres, en la Côte D´Azur, a orillas de la Provenza.

 

      Cuando yo escribía en la casa todo escribía. La escritura estaba en todas partes. Y cuando veía a los amigos, a veces no acertaba a reconocerlos. Hubo varios años así, difíciles, para mí, si, diez años quizá, quizá duró diez años. Y cuando amigos incluso muy queridos acudían a visitarme, también era terrible. Los amigos nada sabían de mí; me apreciaban y acudían por gentileza creyendo que hacían bien. Y lo más extraño era que no me importaba. Eso hace salvaje a la escritura. Se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y siempre lo reconocemos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. El del miedo a todo, distinto e inseparable de la vida misma. Uno se encarniza. No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que lo que se escribe. Es algo curioso, sí. No es sólo la escritura, lo escrito, también los gritos de las bestias de la noche, los de todos, los vuestros y los míos, los de los perros. Es la vulgaridad masificada, desesperante, de la sociedad. El dolor; también es Cristo y Moises y los faraones y todos los judíos, y todos los niños judíos, y también lo más violento de la felicidad. Siempre. Eso creo.

 

 

      Nos quedamos sobrios, apagados. El jolgorio dio paso a una suave caída. Cuando Fredéric propuso ascender hasta la parte alta de Hyéres, por los barrios que se adhieren a la montaña y ascienden hacia el castillo, salimos disparados. Necesitábamos el aire, el extraño rumor del aire cálido, del sol, para recuperar cierta entereza. La ebriedad era intensa y confortable, una suave ceguera que erizaba la sensibilidad, me cegó los ojos. Casi me tambaleaba entre los escalones de piedra que cubrían algunos pasajes. Me sorprendió la resistencia de mi suegra, que se cogía al brazo de Fredéric para sostenerse, pero en el rostro no se le notaba nada, al contrario; su disimulo era conmovedor. Me puse a su altura al imaginar a la Duras con medio litro de Campari en la sangre subiendo la cuesta. Igual o peor que yo tal vez.

     -La escritura tiene ese reverso. Su luz siempre nos hace ir muy lejos, a veces la oscuridad. Hasta que uno la remata. Otra vez Marguerite en la luz. De repente todo cobra un sentido relacionado con la escritura, es para enloquecer. Dejamos de conocer a la gente que conocemos y creemos haber esperado a quienes no conocemos. Sin duda se trataba simplemente de que ya estaba cansada de vivir, un poco más cansada que los demás. Era un estado de dolor sin sufrimiento. A veces es estremecedor leerla, hijo. No sé si tú podrías llegar a entenderla Fredéric, con tu optimismo eterno. Ella decía que no intentaba protegerse de los demás, en especial de quienes la conocían. No era algo triste. Era desesperación, la que he sentido tantas veces en mi vida. Eso lo escribió Marguerite cuando estaba embarcada en el trabajo más difícil de su vida: el amante de Lahore, escribir su vida. Mientras escribía El vicecónsul.

    -Se pasó tres años para terminar el libro.- Contó de repente Fredéric, sin hacer caso al comentario de Chantal sobre su actitud vital. Marguerite no podía hablar de él porque la menor intrusión en el libro, la menor opinión objetiva, habría borrado todo su sentido. Otra escritura, corregida, habría destruido la escritura del libro y mi propio conocimiento del libro; dijo. Esa ilusión que tenemos -y que se ajusta- de ser la única persona que ha escrito lo que hemos escrito, sea nulo o maravilloso.

     Le pregunté a Fréderic, que parecía conocerlo todo sobre la biografía de Marguerite Duras, porqué ella mintió sobre la veracidad de lo sucedido en El amante, porque lo hizo, sabiendo además que una historia mucho más cercana a la verdad, salvo que el personaje del amante era europeo y no un chino, ya se hallaba en Un dique contra el pacífico. Fredéric se encogió de hombros.

      -No lo sé… vanidad, tal vez un juego, una venganza inconsciente. La Duras estuvo diez años casi olvidada por la crítica. Sus escarceos con el cine la habían apartado de establishment literario. Se dio cuenta pronto de que sus nuevos lectores leían El amante como si fuera un texto biográfico, escandaloso, sensual. La película que se hizo después ofrecía una imagen de un chino hermoso como un Dios. La verdad había perdido sordidez, ya no era una especie de prostitución ideada por la madre y el hermano mayor para conseguir el dinero del amante millonario, sino una sensual y espléndida exhibición del deseo femenino, del amor físico entre un hombre y una mujer…

      Cuando vi esa famosa entrevista con Pivot, quise entender la burla de Marguerite, sólo cuando el público la aclamaba comprando masivamente su libro, tomando El amante como una vivencia real de la autora, vio la posibilidad de ajustar cuentas con su larga existencia como escritora. Eso lo pensé en la ebriedad fatigosa de nuestro paseo, cogidos ahora Chantal y yo del brazo de Fredéric. Una especie de revancha. Una solicitud de engaño, de distancia y de burla, tal vez harta de demasiadas cosas. La Marguerite que vendió millones de copias de esa novela, exploraba la mentira de los tiempos, tal vez por primera vez en su vida. No sé si de modo consciente, pero lo cierto es que entrevió ese lugar de falsedad en el que participó, y que nada tenía que ver con la verdad de la ficción. Era una escritora de ficción, y por tanto escribía novelas, sin embargo aceptó el reto de mantener una verdad imperfecta de su biografía -deliciosa de su extraordinaria literatura- adornada, dulcificada, inclinada hacia una de sus pasiones, el deseo, la sensualidad, hasta convertir una historia miserable en una especie de reivindicación del amor carnal. Podía ser lícito; los escritores son despreciados, o empezaban a serlo por entonces: inventores de mentiras, de ficciones, en un universo de realidad inamovible. Palabras libres, insignificantes, en medio de la dictadura del lenguaje de masas, mediático, manipulador y obsceno. Demasiado poco un escritor. La palabra realidad había cobrado una forma terrible, tiránica y preeminente, como sucede hasta ahora. La búsqueda de la realidad objetiva es una especie de lucha perdida de antemano como sabe la historia de la literatura, que, sin embargo, alcanza con una mediocridad insostenible una preeminencia desesperante en nuestros días.

    Chantal añadió algo. Palabras de la Duras otra vez, mientras sudábamos en la ascensión, nos deteníamos ante un hermoso mirador y veíamos como la ciudad de Hyéres descendía extensa hasta el límite de mar.

        -Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sin sentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y de otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. Un libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación: su separación , la separación del libro soñado, como el último hijo, siempre el más amado…

      Estas palabras que acabo de pronunciar me hacen llorar, no sé por qué.

    -Eso es lo que escribió Marguerite después de ese párrafo. Su consejo me fascina por su ambigüedad y al tiempo por su exactitud: escribir a pesar de todo, pese a la desesperación. No; con la desesperación. Qué desesperación, no sé su nombre. Escribir junto a lo que precede al escrito es siempre estropearlo. Y sin embargo hay que aceptarlo; estropear el fallo es volver sobre otro libro, un posible otro de ese mismo libro.

     Mi suegra se detuvo y miró el horizonte. Estábamos a pocos metros de una casa en la que Fredéric nos aseguró que Marguerite Duras pasó varias horas aquel año que estuvo en Hyéres. Su sonrisa era enigmática, como si ocultara una parte del relato a propósito. Es su pequeña venganza, aunque no nos interesase saber qué hizo allí la Duras. Chantal se tambaleaba, la ebriedad era de alguna forma ya incontrolable.

A veces pienso que guarda en ella toda la contención de una vida, agazapada, sólo aireada en su enrevesada ficción, en sus mundos literarios, tan alejados a menudo de su propia realidad que describe en una especie de enigma que a menudo me cuesta desentrañar. El rastro está ahí, tal vez en esa borrachera mañanera, en ese físico fibroso y ágil a pesar de la edad que le antecede, que podría fatigarla sin excusa, en las sombras de sus ojos cuando alza la vista y trata de esbozar una sonrisa alegre entre la respiración entrecortada.

      Aún recuerdo sus palabras una noche fría de Noviembre, en su balcón de Paris, los dos arrebujados bajo una manta, de madrugada. Atacados de insomnio. Ninguno podía explicar porqué a las tres de la mañana, a cinco grados bajo cero, estábamos allí, encendiendo un pitillo tras otro. Fue ella quien trajo el vino, la manta y una par de cojines, y entre aquella humareda que se entremezclaba con la niebla sobre la ciudad congelada, me contó palabras que luego leí en Marguerite, y que me permitieron de alguna manera comprenderla, quizá incluso comprender una parte de mí llena de desasosiego. Me dijo, como si fuera la Duras quien le susurraba al oído, que se está solo frente a una novela que va a comenzar, que ese instante en el que empieza a crecer en uno mismo es similar al primer sueño de la humanidad. Nunca pudo encontrar algo similar a esa sensación, a excepción de la emoción de la maternidad y esa ilusión parecida proyectada en el futuro de ese feto que llevó en su vientre, o en el deseo, en la sensualidad de un amante deseado con toda el alma, alargado ese anhelo largo tiempo hasta ser degustado finalmente.

        Es estar sola en la escritura aún yerma. Escribió Marguerite Duras.

     Cuando me preguntan porque atisbo esa diferencia tan enorme entre lo que creo entender por literatura y esas novelitas cualquiera que se leen incesantemente sin saber el motivo, remaches de muy poca calidad que mal imitan la tradición narrativa del siglo XIX sin su pausa ni su profundidad ni su precisión, y lo hacen tal vez con la necesidad de zaherir a esa extraña consciencia de pertenecer a una tradición de siglos, de agujerear la escasa confianza en el futuro o en las posibilidades de una escritura de esa índole, fuerzas que a menudo me vencen hacia el desánimo, me someten aunque no viva de esto ni lo haya hecho nunca más allá de un puñado de euros, algún premio, y de colaboraciones esporádicas que alientan la ilusión de seguir, pienso en Marguerite. Podría burlarme como otros ilustres lo hicieron de su ensimismamiento, de su extraño ritmo, de esa sintaxis imposible, rota, a veces tan ambigua que exige tomar partido, de su solemnidad excesiva tal vez. Pero no lo hago, como no lo hice esa noche con mi suegra, en esa pose de ambos tan mitificada e incluso estereotipada, dos humanos congelados en un balcón de Paris en plena tempestad de invierno, insomnes, trascendentes hasta el patetismo. Pienso en esas palabras que todavía me acuden, incluso en sueños alguna vez, frente a la insistencia de las masas por borrar la magia.

 

         La escritura ha existido siempre sin referencia alguna o bien es… Sigue siendo como el primer día. Salvaje. Diferente. Salvo la gente, las personas que circulan por el libro, nunca las olvida uno en el trabajo y el autor nunca las echa de menos. No, estoy segura, no, la escritura de un libro, el escribir. Pues es siempre la puerta abierta hacia el abandono. El suicidio está en la soledad de un escritor. Uno está solo incluso en su propia soledad. Siempre inconcebible. Siempre peligrosa. Si. Un precio que hay que pagar por haber osado salir y gritar.

 

       En pleno inicio del siglo XXI, este oficio, este sacerdocio, parece extraño, ajeno al devenir del mundo. Exige una pausa consciente, casi necesaria, un sentido del tiempo espaciado, ruidoso y al tiempo sordo, inocente. Requiere lectores atentos que ahora no tienen tiempo. Soledad, que a pesar de que no se ha ido ni se irá nunca, o de que incluso es más incierta y desolada que nunca, parece sin embargo hecha de ruido incesante, de excesiva compañía. Todo parece comunicado pero cuesta mucho encontrar esa comunicación profunda de la que hablaba Duras. Por qué seguir, dijo mi suegra, llena de furia. Por qué seguir a estas alturas, ella sobre todo, por edad, por tener todas las necesidades cubiertas, por tener tiempo disponible, por qué seguir con ello.

       El universo de lectores futuros parece una barco improbable al que nos aferramos como lo haría la Duras si tuviera que empezar a escribir ahora, como susurra Michon, como lo piensan muchos otros. Dónde reside la necesidad de esta trascendencia salvaje que vive constantemente en las obras maestras de Cormac McCarthy o Coeezte.

      Marguerite escribía todas las mañanas. Sin horario alguno. Nunca. Puro arrebato. Puro deseo apresurado, aunque luego sus correcciones fueran interminables, constantes. Toda su vida fue así, a excepción de lo referido a la cocina, en la cocina siempre supo cuando había que ir para que tal cosa hirviera o tal otra no se quemara. En los libros, más tarde, también lo sabia. Podía jurarlo: nunca mintió en un libro, eso dijo. Ni tampoco en su vida. Excepto a los hombres ¿Cómo les mintió a los hombres? ¿En qué?

      Quedó la carcajada de Chantal en el aire. ¿De qué modo lo hacía? Y ella volvió reír, como si supiera en verdad que clase de mentiras cumplió con ellos en medio de su deseo, de sus arrebatos amorosos. No me lo confesó ni a mí ni a Fredéric, porque sería rebelar tal vez algo insoportable.

        Entonces, si no hay respuesta, necesito cambiar de tercio. Sé que a la Duras también le mintieron esos amantes y amores acumulados; Mascolo, sobre todo Gerard Jarlot, todo ellos escritores inferiores a ella, mucho mejor Antelme, que siempre fue modelo de hombre de una pieza, de una ética irreprochable, como Camus. Y entonces les cuento que cuando voy a una librería pienso siempre en unas palabras que ella escribió. Esas en las que les reprochaba a los libros, en general, es eso: que no son libres. Que se ve a través de la escritura que están fabricados, están organizados, reglamentados, diríase que conformes. Una función de revisión que el escritor desempeña con frecuencia consigo mismo. El escritor, entonces, se convierte en su propio policía. Entiendo, por tal, la búsqueda de la forma concreta, es decir, de la forma más habitual, la más clara y la más inofensiva. Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Eso me gustaba cuando ella lo escribía. Libros pudibundos. Incluso jóvenes. Libros encantadores, sin poso alguno, sin noche.

      Chantal miró de reojo a Fredéric y a sus novelas impecables, tan asépticas. Dicho de otro modo, escribió la Duras: libros sin auténtico autor. Libros de un día, de entretenimiento, de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento. Y cuando Marguerite se refería al dolor profundo de toda la vida no era para referirse a libros dramáticos, desoladores, sino porque es común ese duelo, incluso hasta para los más inconscientes e ignorantes. Se refería a esa verdad irrefutable que, además, es origen del pensamiento, aquello que debemos pensar para llenar eso, la profunda tristeza que simplemente por su finitud y sus interminables despedidas conlleva vivir. Ese dolor.

 

       No sé qué es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos. Y cuando no hay nada, lo sabemos como sabemos que existimos, no muertos todavía.

 

       Me fascinó esa escritura de Ecrire, ese hermoso testamento de frases precisas, de palabras necesarias, cumbre de su lenguaje, decía la Duras, espacios donde todo se eleva para hablar lo más rápido y preciso posible de todo lo que puede hablarse con las palabras de la literatura. Ni siquiera en sus sombras, en sus ocultamientos o amabilidades hacia sí misma encuentro algo en verdad reprochable.

 

        Cada libro, cada escritor, tiene un pasaje difícil, insoslayable. Y debe optar por dejar este error en el libro para que siga siendo un verdadero libro, no una falsedad. La soledad no sé en qué se convierte luego. Aún no puedo decirlo. Creo que esa soledad se torna trivial, a la larga se convierte en algo vulgar, y que es un gran acierto. …algunos escritores están asustados. Tienen miedo de escribir. Lo que ha ocurrido en mi caso, quizás haya sido que nunca he tenido miedo de ese miedo. He hecho libros incomprensibles y han sido leídos.

 

 

        Fredéric habló de las razones por las que Marguerite necesitó a partir de cierto momento el cine, más allá del interés que mantuvo por ese lenguaje artístico a lo largo de toda su vida. Hiroshima mon amour entre los dientes, todas esas palabras esparcidas en esa cama de hotel, entre la desnudez de los amantes. El cine era una proyección de las obsesiones de la escritura que compartía con un grupo. En el fondo la soledad de la literatura, ese proceso de ahondamiento de sí misma que la llevaba a adentrarse en cada una de sus novelas y sus obras, quedaba ligeramente aliviado al compartir con los actores, con las personas con las que habitualmente filmaba, sus obsesiones.

      Chantal asintió, reconocía esa superioridad de la biografía que Fredéric, con tan sólo un vaso de vino tinto y toda una vida dedicada a los milagros de la Duras, expresaba. Tanto mi suegra como yo nos acercamos a la esencia de sus libros de ficción o sus obras de teatro. Entrevemos al autor en cada uno de los pliegues de las hojas rellenadas por la tinta, en la endiablada sintaxis, en los diálogos y gestos descritos para cada uno de sus memorables personajes. Pero él conoce esa exactitud, la buscó, rastreó por los fondos de su legado, vio una a una todas las películas, habló con quienes la conocieron, hasta dejar en el aire esa vida que nunca se atreve a afrontar, y de la que guarda cientos de libros y documentos en un enorme estante de su biblioteca. Siempre nos dice que no se atreve, tal vez como me ha sucedido a mí a lo largo de los meses en los que le he dado vueltas a la posibilidad de afrontar un texto sobre ella. No saber quién era en verdad, si fue el amor o el deseo lo que la empujó a mantenerse en pie, si la escritura tuvo esa pureza cristalina, si su existencia no fue otra cosa que un prolongado engaño, o una especie de sinfonía desafinada que sólo las notas de palabras en cada una de las partituras que fueron sus libros expresaran en realidad su esencia. Cómo hacerlo en medio de toda esa complejidad, en sus ambigüedades y secretos, conocer una vida tan larga, tan rica, tan variada, y más tarde tan falsificada por su literatura sin desearlo, por aquel coqueteo impensable que a partir del año 84 la convirtió en una celebridad no sólo en Francia, donde ya gozaba de prestigio y reconocimiento, sino en todo el mundo, fingiendo que aquella novela, El amante, era un hecho acontecido, tal vez porque el público lector se lo pidió una y otra vez hasta que decidió burlarse, aprovechar esa ingenuidad molesta e insistente, a menudo tan ignorante.

        Si hizo cine fue para intentar escapar de esa soledad. Porque ella sabía que la soledad siempre está acompañada de cerca por la locura. La locura no se ve, o al menos no siempre se ve. La Duras escribió que cuando se extrae todo de uno mismo, todo un libro, forzosamente se está en un particular estado de cierta soledad que no se puede compartir con nadie. No se puede hacer compartir nada.

        -Uno debería leer sólo el libro que uno ha escrito, enclaustrado en el libro.- Continua Chantal

      Hay algo en ella de Dostoiesvki, aunque su estilo, su modo de componer, sea tan diferente.

         -¿Por qué de Dostoiesvki?.- preguntó de repente Fredéric.

       -Para la Duras -respondió mi suegra- el enclaustramiento en el libro posee una aspecto profundamente religioso. Ella nunca pronunció palabras como las de Fiodor por la sencilla razón de que escribió en la segunda mitad del siglo XX y no en el XIX. Dios estaba ya desaparecido del mapa; el maná era la tecnología, la ciencia, el progreso material y científico. Y sin embargo, los hombres seguían haciendo lo mismo, tratando de escribir, tratando de contar, tratando de ahondar en sí mismos. La escritura es una fe en el fondo, sino carece de sentido. Por eso me gustan los escritores como Duras, los que sin boatos ni alardes, sin excesos, plantean el hecho literario como una trascendencia interior.

    -Lee Ecrire, Fréderic, lee esas páginas..-Animé en esa última ascensión. El libro manoseado, subrayado hasta la saciedad, lleno de pliegues en las puntas, de anotaciones a bolígrafo.

      -Uno debe leer sólo el libro que uno ha escrito, enclaustrado en el libro. Esa frase tiene un aspecto religioso pero no lo experimenté en el acto, pude pensarlo después (como lo pienso en este momento) con motivo de algo que podría ser la vida, por ejemplo, o la solución a la vida del libro, de la palabra, de gritos de aullidos sordos, silenciosamente terribles de todos los pueblos del mundo…

          … todo escribe a nuestro alrededor eso es lo que hay que llegar a percibir…

        -En pocas palabras, hay que creer en la trascendencia del alma, en la posibilidad de que perdure; esa era la idea terrible de Dostoievski, la que se le planteaba frente a los movimientos utópicos que tenían como fin los condicionantes materiales de la vida sin prestar atención a la inmortalidad del alma. Y eso es una forma de locura, porque siempre será un misterio humano. ¿Qué es los que queda de los muertos? (Y no hablo de su presencia física, eso desaparece, el cuerpo se convierte en huesos que se transforman a su vez en polvo, el olor muere, el rastro se evapora), pero ¿qué queda de eso muerto que es intangible? ¿De qué esta hecho el recuerdo? ¿A dónde van las palabras y los gestos trascendentes?

 

      La ebriedad remitió conforme Fredéric nos hizo regresar a buen paso hacia el centro de la ciudad y paseábamos despreocupados por las calles de Hyéres. Una hora después de la última copa ingerida, el sopor era evidente. Fredéric anunció una comida en uno de los restaurantes en los que comió Marguerite treinta años atrás, que ahora, nos confirma, por supuesto tiene otro nombre, otro dueño, otros camareros.

 

        Aquel año lejano de 1979, Marguerite se dedicó de lleno al cine. Tal vez necesitó salir de sí misma, encontrarse con la complicidad constante de la gente del cine. Faltaban pocos años para que El amante, escrito en tres meses según sus palabras, viera la luz y su existencia sufriera una nueva modificación brutal, un cambio que borraría las huellas de la antigua Marguerite o las amplificaría hasta la deformación, que la convertiría en una mujer famosa, teatral y provocadora, y a veces en alguien insoportable.

      Fredéric se reía mientras nos servían los primeros platos en el restaurante. Por un momento se le ocurrió imaginar que pensó ese Gerard Depardieu salvaje y sensual, tan jovencito, frente a la tremenda y ácida energía de la Duras, los dos subidos en ese camión para filmar una historia hermosa y entrañable. Una Duras que no aceptó que la maquillasen, que salió en la pantalla con sus arrugas y sus excesos de alcohol cubriéndole los ojos. Qué exposición de esa lúcida vejez que, aunque no lo fuera, siempre nos pareció prematura al tener en el imaginario sus fotografías antiguas, su belleza imprecisa. Imaginé que, ambos buenos bebedores, tragaron alcoholes de alta graduación juntos, incluso que ella coqueteó por gusto con ese joven por entonces fuerte y atlético, ruidoso y obsceno, que mostraba su cuerpo desnudo en cualquier película en la que le pagasen, pero esa sensación, de alguna forma, nos pertenecía más a Chantal y a mí. Las brumas en la mirada de mi suegra reflejaban ese sufrimiento de años que siempre he percibido en su rostro. Aspira al punto de liberación que tal vez se persiga a lo largo de toda una existencia, una salida honrosa a sus pulsiones, a su ímpetu vital, pero cuando cree hallar el lugar de fuga, se contiene, respira profundamente y se detiene.

         Marguerite insistía en que la liberación se producía siempre cuando la noche iniciaba su dominio. Cuando todo quedaba quieto afuera, el trabajo, el eterno movimiento de la vida. Entonces gestaba ese lujo nuestro, de los escritores, ese instante de calma que nos pertenece, similar a mis madrugadas eternas, a esas cinco de la mañana en las que salto de la cama y la ciudad duerme y no se oye nada y todo el aire tiene esa pureza de lo novedoso, de lo vacío que hay que rellenar, milagro de la escritura en la sombra, tan a menudo la noche todavía viva, clareando tan despacio.

       La Duras escribía de noche, porque tal vez sus borracheras monumentales no le permitían madrugar. Era la afilada vida de oscuridad y misterio lo que la seducía para el acto de la escritura. Aunque decía con cierta ironía que un escritor podía escribir a cualquier hora.

       -No sufre sanciones de reglas, horarios, jefes, armas, multas, insultos, policías, jefes y más jefes.

           -… ni las gallinas cluecas de fascismos futuros.

           Fascinante definición de los esbirros.

 

 

 

          El día acabó al atardecer. La luz declinaba en la costa dejando un rastro rojizo en el horizonte. El interior del coche se fue oscureciendo y el alcohol se evaporó hacia un prolongado silencio. Una ruta más de Marguerite cumplida, como aquel trayecto inolvidable con Chantal hasta la casa de Nuephale, en aquella ocasión con una ebriedad aún más intensa y cierta luz en los ojos. Buscábamos su rastro. Mi suegra logró trasmitirme en esa insistencia en el itinerario la necesidad de acercarme a los lugares -tan importantes- de la Duras, tal y como ella buscó a esa mujer fascinante a lo largo de tantas décadas sin saber por qué, ella, tan poco mitómana más allá de su amor por la literatura y ciertas obras. El silencio acompañaba la noche hasta que le pregunté porqué fue Hiroshima Mon amour, y un poco antes Moderato Cantabile el punto de inflexión que la convirtió en la gran dama de las letras francesas. Es verdad que antes surgió Un dique contra el pacífico, y Los caballitos de Tarquinía, pero Hiroshima mon amour fue diferente. Alain Resnais filmó sus palabras y la experiencia se sostiene si uno se siente cómplice de ese lenguaje, de ese ritmo particular, las frases cortas como aleteos de olas a la orilla del mar, el adjetivo doble, reiterativo, exacto.

         -¿Por qué a partir de Hiroshisma?

         -Porque supo lo que era follar.

     La respuesta de Chantal flotó en el aire, se esparció como un remolino de duda que asomaba en el cielo, a orillas de la luna llena que surgía entre las montañas del interior. Esta Provenza de noche posee la misma fascinación. Los ojos azules caballos negros. Mi suegra repiqueteó en la guantera, se sacó un cigarrillo Vogue del bolso y fumó. Dejó de fumar hace treinta años pero su nueva revolución tiene aires de revival, de excesos, de reto a la contención de su existencia, a esa familia que la adoptó tras el matrimonio, burguesa, elegante y distante como los búhos

       -Cuando una mujer hace el amor como Marguerite gozó con Gerard Jarlot, como él la amó a ella, es posible cualquier cosa.

        Tuve ganas de reír escandalosamente. La señora bien conservada de 65 años miraba el horizonte y comenzó su risa. No le pregunté, lleno de pudor, por que tal vez a ella le pasó lo mismo. Alguien le ofreció ese deseo tan intenso que recordarlo duele, tan imperioso para ella que tuvo el don de extraer la voz, las palabras, la autoestima, el eco, aunque significara en algún momento la derrota o el dolor más absoluto. Pero ese conocimiento era suyo, y tal vez Jarlot, ese hombre seductor y mujeriego, de una sola novela a la que ella dio su toque y su ayuda para ser editada, escritor mediano de prensa y demasiado atraído por el erotismo como para establecer alguna literatura perdurable, despertara a esa bestia, a esa inmensa mujer que escribió Ecrire.

        Siempre vuelvo a Ecrire, en ese periodo en el que ya Marguerite parecía tan a menudo una caricatura de sí misma tal vez, una especie de icono televisivo y periodístico, una imagen detenida, un personaje de ficción, de su propia ficción. Ecrire es la síntesis de todo ese camino, escrito dos años antes de su muerte. Tal vez ese hombre que tanto daño le hizo alentó esa fuerza, ese aliento entrecortado que nos susurra; La Douleur, El amante, El arrebato de Lol V. Stein, Moderato Cantabile, El Vicecónsul, El amante de la china del norte, Indian Song. Ese hombre que la penetró, la poseyó, la arrebató quizá como a uno de sus personajes para hacer de ese deseo algo trascendente, ese aliento, para amplificar aquel antiguo y eterno deseo de escribir, siempre escribir.

       Estoy seguro de que Chantal se regocija en alguno de esos actos imposibles de su vida que, a pesar de todo, la trajeron aquí, puede que más muerta que viva a veces, otras expectante ante la palabra justa, esa que la hace una escritora conocida aunque siempre oculte su nombre.

 

       Nadie puede

 

       Hay que decirlo: no se puede.

 

      Y se escribe

 

      Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada.

 

      Se puede hablar de un mal de escribir.

 

    No es sencillo lo que intento decir, pero creo que es algo en lo que podemos coincidir, camaradas de todo el mundo.

 

    Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir. Al contrario.

 

     La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez.

 

    Es lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo. Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida.

 

    Si se supiera algo de lo que se va a escribir antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría a pena.

 

    Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos -sólo lo sabemos después. Antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. Pero también la más habitual.

 

    La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, excepto eso, la vida.

 

 

    Mi suegra apagó el cigarrillo antes de entrar en el parking. Nos esperaba lo familiar en esa hermosa casa con vistas a la bahía de Toulon. Aquello que encierra y acoge a un tiempo. Ese lugar en el que se nos reconoce y sin embargo estamos solos. Me miró de repente antes de apagar el motor y salir del coche.

    -Tal vez ese último párrafo sea lo que diferencia a los grandes escritores del resto, pero no hay que reflexionar, lo sabes.

     -Sonreí y asentí con la cabeza. Tenía ganas de darle las gracias a Jarlot y de paso beberme otra copa más, aunque no resultase decoroso, en compañía de esta escritora a la que le brillan los ojos con las palabras y el alcohol. Como a Marguerite, como a mí, en ese instante en que uno comprende que esta locura de escribir no tendrá fin hasta la muerte, aunque no se escriba físicamente, no se manche de tinta la hoja. Que esa soledad hay que celebrarla. Y no es mística. Es la evidencia de que las palabras esenciales siempre esconden un secreto inaccesible, pero siempre buscado, siempre anhelado.

     -¿Otra copa?

     Marguerite dirá que sí.

 

 Copyright Jimarino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cinco itinerarios para una novela futura

 

 

         El tiempo transcurre muy rápido, tanto que a veces uno no percibe la dimensión de los años, sus ecos impredecibles y esas reverberaciones inesperadas, la medida de las experiencias y vidas acumuladas en cada uno de esos períodos de trescientos sesenta y cinco días que cayeron uno tras otro, ahora tan fugaz y lejano su sentido, desde hace poco aún más, incansables despliegues de mariposa dejando una presencia insignificante, algo demasiado cotidiano y frágil, en ocasiones doloroso.

             Hace dos años, tal vez algo más de lo que pienso, de modo inconsciente, nacieron estos Cinco itinerarios para una novela futura. Primero con Bolaño, por supuesto, en un texto muy lejano en la memoria, lleno de aquel regreso a la literatura que desde 1995 había abandonado, cumpliendo a conciencia ese aire de Bartleby enfebrecido, hastiado y melancólico, tal vez perplejo ante la vida nueva. Quizás fuese Bolaño y aquel texto, Instrucciones para la literatura salvaje, lo que me concedió otro lugar, otro ánimo. Él y su poema sobre Perec a su vez. Yo había paseado como Roberto de la mano de esos niños de letras día tras día sin saber qué hacer, y entonces leí ese breve poema: Un paseo por la literatura, y me hizo escribir, de otra forma, alejarme de ciertas obsesiones que debían desaparecer, encontrar la senda que justificase la razón por la que seguía creyendo en el futuro de la novela y en la historia de la literatura. Esa breve introducción al mundo de Bolaño se hizo algo más amplia, y aún así, me parece el texto más cercano y sencillo, más que el resto, aunque sea el último paso del itinerario, tal vez el más difícil de comprender y expresar.

         Gracias a Bolaño descubrí Shangrila, esa revista maravillosa que desde hacía varios años mantenía un proyecto cultural sólido y atractivo  en torno al cine y la literatura. Colaborar con ellos, o mejor, que me invitaran a hacerlo, supuso recuperar la antigua pasión de ser editado que entre 1989 y 1995 se convirtió en una parte de mi vida fundamental, y que luego quedó sorda, inútil, convertida en un prolongado silencio consciente y voluntario, casi empecinado, que sólo determinadas circunstancias, a partir del año 2006, dejaron exhausto y sin sentido para recuperar alguna luz posible.

      Cinco itinerarios para una novela futura sólo podía editarse con ellos, en Shangrila ediciones, por muchas razones. Tal vez porque aquel texto de Bolaño terminó en las páginas literarias de su revista, porque de repente me sentí en una casa, en un hogar del que voluntariamente me había despedido tantos años atrás, sometido a una presión vital y a un exceso que necesitaba de otro aliento. Eso fue, o al menos es lo que creo. Instrucciones para la literatura salvaje fue el comienzo.

         De forma desperdigada, una o dos veces al año, los textos sobre novelistas y poetas contemporáneos fueron provocando esa extraña pulsión narradora, construyendo en silencio ese libro que guardo todavía con algunos capítulos por concluir, Vidas de papel, esbozando los cuatro itinerarios restantes entre toda esa maraña de lecturas y vivencias acumuladas. Cada autor un periodo de mi existencia; primero la lejana juventud a estas alturas, la magia de aquellos mitos iluminadores que flotaban en el recuerdo; después las relecturas que desde el 2008 acumulaban fantasmas y nuevas visiones como si esta edad que llega, los cuarenta airosos, y este rostro que sobrevive y esta voz que no termina nunca de apagarse, tratara de recuperar lo esencial, reuniera fuerzas para expresar esa energía, esa queja, rastreara interminable entre la vieja memoria y las antiguas literaturas engullidas.

        Cuando en el transcurso de las navidades del año 2010 y los inicios del 2011 Los milagros de Dostoievski puso a prueba mis nervios, no sólo por la lectura febril de Fiodor, sino por la dificultad de afrontar con dignidad a un autor de semejante envergadura, por ese acompañamiento tolstiano que me vi obligado a cumplir para hallar un espejo donde comparar su valor o sus ideas con garantías, esa especie de supervisión desde la literatura del otro, comprendí que esos cinco itinerarios escritos; Instrucciones para la literatura salvaje, Roberto Bolaño; Richard Ford y la literatura norteamericana, de la mano de Richard Ford; La montaña mágica: una novela de Europa, con Thomas Mann y El Tiempo literario y la memoria, a través de En busca del tiempo perdido de Proust, no habían sido otra cosa que un ejercicio de lectura convertido en escritura destinado a buscar lineas de fuga hacia el presente, un intento de actualizar aquello que me fue tan útil en las primeras décadas de mi vida, un ajuste de cuentas con un tiempo y una existencia que se me antojaba perdida, naufragada en un mar agitado de voracidad y confusión. En definitiva, se trató de rastrear un horizonte de la literatura futura desde el pasado, buscar los elementos que debía guardar en su seno la novela para seguir ofreciendo esa verdad deliciosa y placentera, de una belleza estética deslumbrante, ese lugar de sabiduría que durante siglos había acompañado a la humanidad como un acto de inteligencia y civilización.

      Todas mis premisas para cada uno de los itinerarios que se separaron del resto de Vidas de papel, un libro tal vez más literario y menos ensayístico, aunque todo lo que escribo termine por convertirse irremediablemente en literatura, no expresaban más que un agudo temor ante la extinción, el esfuerzo de un lector lleno de fe como yo por hallar lo perdurable de la novela, aquello que mantiene su vigencia a pesar del mundo en el que vivimos, eso que hace de cada libro un acto nuevo y al tiempo lleno de tradición, una profundidad humana y espiritual fabulosa por encima de otros ocios inocuos y otras artes; eso que me sigue sirviendo, a lo que me costaría demasiado renunciar.

        Podrá reprocharse a Cinco itinerarios para una novela futura -y eso es algo que asumí desde el primer momento en que escribí en marzo del 2011 el prólogo, al comprender la unidad del recorrido- cierta subjetividad, o una insistencia en el gusto, pero al afirmar el motivo del libro en esa breve introducción, la que inicia la obra, creí ser capaz de sostener con argumentos, con cierta lógica, la pasión con la que había leído y releído las novelas de cada uno de esos cinco autores que conforman el texto, y sobre todo sus ramificaciones constantes e inevitables hacia mi presente y el futuro de la literatura y el mundo. Había hallado la cartografía en la que se sostenía todo ese periodo, parte de mi juventud, hasta esa temida madurez que, al final, no era para tanto. Y en esos itinerarios se hallaba además toda la esperanza y la fe en la supervivencia de la novela, en todo aquello que seguimos considerando ineludible y delicioso de este arte antiguo.

           Para el lector habitual de Los perros de la lluvia, la orientación de los cinco textos que conforman el libro será familiar. Notas y líneas narrativas, autobiografía, ficción y obsesiones a veces, de esa literatura que sigue iluminando pasajes de lo humano, rescatando esas hojas muertas que caen de los árboles en los bosques de libros, palpitando de vida y palabras, que construyen la convivencia y la resistencia de los hombres ante la historia, con sus silencios y sus ecos: eso buscaba, eso quise hallar en cada uno de esos nombres y lugares de la historia de las letras donde creo que vale la pena detenerse para coger impulso.

        Cinco escritores y sus reflejos literarios, más de cien autores mencionados en las páginas del libro; un homenaje a Tolstoi y al siglo XIX literario en Los milagros de Dostoiesvki, también a Balzac, Stendhal, Dickens, Henry James, Herman Melville y Gustave Flaubert; un recorrido por la memoria literaria a través de En busca del tiempo perdido de Proust, con Joyce y Kafka de fondo y Vargas Llosa y Onetti como maestros de ceremonia en El tiempo literario y la memoria; una historia de la decadencia de la cultura europea, con Thomas Mann rodeado de los espectros de Jorge Luis Borges, William Faulkner y Samuel Beckett, en Una novela de Europa; una historia necesaria de la literatura norteamericana en el siglo XX contada de la mano de Richard Ford y su trilogía de Frank Bascome en Richard Ford y la literatura norteamericana; y una cartografía de futuro construida con los huesos literarios de nuestro querido Roberto Bolaño en Instrucciones para la literatura salvaje.

       Espero que les guste. Este país tiene ese hálito de las viejas venganzas impregnado en su sangre, y la cultura, por razones enconadas y áridas, se desangra en un sordo y prolongado suicidio provocado. Comprar el libro supone no sólo leer esos cinco itinerarios que rastrean el futuro de la novela y sus posibilidades todavía a mi juicio abiertas y vigentes, sino colaborar con una editorial independiente, valiente y llena de un profundo amor por la cultura literaria y cinematográfica.

     Tanto en los distintos links disponibles en esta pagina, como directamente en la web de la editorial                  http://shangrilaediciones.com/pages/bakery/swann-libros-1-66.php pueden adquirir el libro. Los puntos de venta físicos en los que se puede encontrar Cinco itinerarios para una novela futura se detallan en la página web de la editorial                                http://shangrilaediciones.com/pages/puntos-de-venta.php

                  Mientras tanto seguiremos por aquí, últimamente he brindado en abundancia con Marguerite Duras. Pronto dejaré sus sombras de letras en esta desvalida cartografía: me he enamorado de ella.

marcel schwob-Petronio/Lucrecio (Vidas imaginarias)

               El Petronio de Marcel Schwob es sensual a pesar de su fealdad tuerta, críptico como un jeroglífico, sobrio a la vez. Nació en tiempos de faranduleros que vestían ropas verdes, tal vez en las largas migraciones del teatro del hambre, con los ojos enrojecidos de curiosidad, cargando la miseria y transformándola en luz extravagante, como si avecinara la edad media en esa época temprana del hombre, a punto de extinguirse por la corrupción y la inhumanidad aquel esplendor heredado de los griegos y extendido en Roma, un mundo muerto que no reviviría en las letras hasta el exilio de Dante siglos después, que no resurgiría finalmente hasta el Renacimiento, aunque la vida fuera siempre vida y nunca deje de serlo. Petronio vio con los ojos nublados de cansancio el eco de esos animales monstruosos, la voz engolada de los enanos, la suave cadencia de las bailarinas, el eco de los músicos que parecían recoger la luz, el fuego y el color de la existencia sin rumbo en la armonía hecha de diapasón, silencio y nota, hijos de los que nada pueden perder y anhelan alcanzarlo todo con el espíritu, aunque sea espíritu de supervivencia, de festiva iluminación.

         El mundo era el mismo de todas formas. La mirada de Petronio avanzando por la tierra era similar a los ojos de Marcel Schwob rasgando con la pluma el papel o la mía inquieta frente a la pantalla que parpadea. Mundo de sextercios o euros, de libertos o financieros. Fuera como fuese, la misma ambición y el mismo color sangriento, la expresión desolada en los ojos de los desheredados y arrastrados, de los cojitrancos, los vagabundos y los inflados vencedores, esos altos funcionarios de entonces que aspiraban al poder municipal, a la llamarada impetuosa y distante del éxito y la corrupción. Rapsodas y poetas entonaban sus lamentos en los ligeros vientres de las ciudades, vientres de arena húmeda, de oscuras conspiraciones y lúbricas expresiones de la fascinación. Imperio fálico aquel, dominado por la hombría y la violencia a pesar de todo, a pesar de los rapsodas y los titiriteros, y los pintores que ocupaban esos barrios que olían a mezcla de tierra y hierbas, a alcohol y linimento.

            Cuando leo cada frase del Petronio de Schwob intuyo la ciega fascinación de Borges, que siempre volvió a este relato y a todos los que Schwob dio existencia en Vidas Imaginarias, hasta pensar que Petronio no fue aquel procónsul, y más tarde ese ufano cónsul de Bitinia, sino ese observador fascinado por la agitación del mundo exterior que miró desde las oquedades de su palacio, envuelto en riquezas y placeres hasta quedar condenado a la vida elevada. Era el universo fascinante de una provincia enriquecida, donde toda la exuberancia de Roma pasaba con cuentagotas, despacio, para ser asimilada. Como no escribir después el Satyricon y recordarlo entre la niebla del exilio y la desgracia, hasta quedar exhausto en un suave despojarse. Pero Marcel, inventando, tal vez extasiado ante esa prosa coloquial, esa picaresca que luego Fellini convirtió en deslumbrante imaginación de la lascivia y la decadencia de esa civilización perdida, escribió otro destino, para Borges más verdadero, para mí a su vez también, como si su alma hubiese intervenido en ese milagro y quedara reflejado en su escritura para cobrar otra dimensión más veraz que la Historia.

           Gracias a este periodista francés descreído y brillante, poco antes de su amor desgraciado y su muerte temprana, atisbamos la infancia elegante de Petronio. Jamás dos veces la misma ropa en el fragor del año. La casa sumida en la limpieza absoluta, con el deambular de ramajes atados barriendo, y mujeres y hombres recogiendo restos. Era un lugar distante del mundo a pesar de sus ventanas, las mismas desde las que Petronio se parapetaba para ver pasar la fascinante farsa de la tierra. Roma era el centro del universo, y aunque él estuviera en provincias, aquel reguero residual guardaba ese caos, esa humanidad hacinada que iba y venía de las capitales del imperio hacia los lugares recónditos que las circundaban. Buena comida en la mesa, deliciosos manjares acumulados durante años por esclavos sollozantes y campesinos empobrecidos.

          En ese palacio que a veces he visto en sueños, esa estructura sólida de la antigua arquitectura romana, quizá algo tosca en comparación a otros ostentosos edificios del imperio, pero no exenta de belleza, de sencillez efectiva en las líneas rectas, de sensualidad en las circunferencias y los círculos y los bordes inesperados, se guardaban objetos de todos los consulados romanos, delicadas joyas asiáticas, figuras africanas de marfil o madera, emblemas de otros pueblos bárbaros, flotaban perfumes exóticos, brillaban con la luz del sol cristales embellecidos por la mano del hombre. Los viajes del padre cobraban forma en ese museo, en todo lo que se guarecía entre los muros de los jardines cercados de verjas: animales de todas partes, extraños ojos de reptil, monos y mamíferos pequeños, sonoros pájaros cantores. Era difícil la sorpresa ante ese pedazo de tierra recogido allí año tras año y trasladado a ese lugar, a no ser esa mirada exterior por la ventana que Petronio cumplió curioso a partir de cierto momento de su vida.

          Schwob lo vio vivir en esa molicie, en el entusiasmo menguante de tenerlo todo al alcance en ese rincón, envuelto en el fragor de los bosques cercanos, en el pachulí exótico, en el olor de las maderas al otro lado, en la brisa del mediterráneo a pocos kilómetros, en el eco de las telas sedosas y las obras de arte. Pero él buscaba en toda extensión plana de exuberancia algo distinto.

           No en vano se hizo amigo de aquel esclavo, eso lo cuenta Marcel, con cierto aire sensual. Amigo y compañero de juegos. Siro le enseñó cosas desconocidas siendo joven. Tal vez fuera un artista de los de ahora, mensajeros del hambre silenciosa, de gestos para jugar y modelar en el aire de los bosques, esas palabras sin ruido que nunca repercuten en nada. El caso es que Petronio quedó fascinado por sus manos embrutecidas de trabajo, por ese ingenio desmesurado que llevaba a Siro a atisbar la realidad de otro modo, y se la mostraba generoso, a él, al mismísimo Petronio intocable que vagaba sin entusiasmo entre su melancolía. Petronio comprendió que en Siro y en todo aquello que pudo mostrarle, se hallaba algo distinto a todo lo visto y leído, al tiempo de los antiguos y sus imaginaciones improbables. Pronto se dio cuenta de que sus enormes diferencias poseían una sed, y entonces surgió la poesía en medio de esa planicie deslumbrante que él no veía. Palabras entre sus dedos, que surgían ante cada una de las maravillas que Siro le ofreció.

        Marcel Schwob vio en Siro una especie de iluminación inconsciente. Y así fue como le regaló a Petronio aquellas vidas de gladiadores destruidos y rasgados de cicatrices, de perdedores impenitentes sin más luz que el subterráneo deseo, lugares oscuros de humeantes vapores, prostitutas con defectos físicos innombrables alcanzado el cénit en el entramado opaco de las ciudades secretas, soldados exiliados, viviendo la pobreza de los sextercios escasos, desvanecidos entre tanta taberna y tanto vino, y ese dolor del cuerpo tras todas esas penurias de las campañas militares contra los bárbaros, con esos golpes y heridas lejanas recibidas allí en las fronteras con Renania o en la Galia conquistada; videntes maquilladas con polvos y pinturas africanas, que ofrecían la providencia y el destino por monedas, mirando fijamente a los ojos; vagamundos -como escribió Schwob- que guardaban una historia entre los labios, y luego esa otra imagen que se entrelazaba sin remedio con todo lo oscuro y subyacente en el esplendor de las ciudades; los misteriosos niños adoptados que entraban y salían de casas de senadores, siempre jóvenes y frescos, eternamente; las mujeres hermosas que por las mañanas paseaban por los jardines y al llegar la noche eran despojadas de identidad en las tabernas y los baños públicos, en esa parte de la ciudad que el padre de Petronio jamás frecuentó. Aquel mundo imaginado, apenas atisbado entre las cortinas lujosas de las ventanas del palacio, existía, estaba lleno del eco del otro, de su decadencia abarrotada de grandes palabras, y él lo mantuvo en la retina, participó a veces, se sumió en esos baños y vapores junto a las esclavas, aprovechó la insaciable respetabilidad de esas mujeres con dos rostros, el día plácido y la noche de goce, en el latido de aquella pederastia aceptada por los tribunos y los ciudadanos ilustres, vio a las mujeres llorar de deseo y placer, a los hombre golpear, asestar puñaladas, envenenar, fornicar hasta la sangre y el abandono, así fue, con Siro de la mano, adentrándose en lo que ni siquiera ahora se ve pero existe; imagen del poder real, imagen oscurecida del verdadero anhelo de los poderosos, de su lascivia y su inmoralidad, imitado por ese río secreto de la masa, como una copia decadente sin glamour pero sin dejar de ser pretensión de copia.

           Tuvieron que llegar los treinta años y aceptar esa libertad plena, y luego recoger en los labios las palabras que transformaban toda esa realidad, tenerlas entre los dedos, degustarlas y pensar que valía la pena escribirlas. Las historias de buscavidas y libertinos coparon sus silencios, tenía la materia prima del mundo, el secreto de aquella interminable hilera de desheredados que habían sido destronados del imperio, arrastrados por sus extensiones interminables, sumidos en la luz y las sombras de otro reino secreto al que podía llegarse en cualquier momento.

               Las ideas le acudieron al reflejar lo que había visto de la mano de Siro. Tal vez el criado muriera o fue liberado después ante semejante concentración de sabiduría, porque desapareció algún tiempo. Guardaba la esencia de una vida real y desconocida que abrió la mente y el alma, los ojos de Petronio. El pueblo ignorado surgía ante su mirada y no se diferenciaba de las tribunas en las que él había hallado el poder desde la descendencia de su padre y su familia. La misma miseria, pero extendida entre miles y miles de seres humanos sin domicilio ni rostro. Observó de nuevo, desde la ventana, regresado de nuevo al Palacete tras años de ausencia, ese recorrido incesante de gentes, sumido en su arte muerto, desde las palabras de su padre que le sugirió que se desprendiera de todo lo humano para alcanzar su rango.

         ¿Cómo hacerlo si uno quiere vivir en las palabras, que las palabras reflejen un suspiro sostenible de la existencia, de lo humano? Bajo los cuadros exquisitos y esos bellos objetos que gozaba en silencio, miraba ahora la ventana y enseguida volvió a ver a los enanos y a los saltimbanquis, a esas mujeres sin destino mas hermosas, y luego escribía porque ahora conocía el misterio de muchos de esos itinerarios. Porque la vida estaba en todas partes. En ese palacete, desde luego, en los honores acumulados por su padre, en su triste historia de cónsul defenestrado por envidias y secretos en los que no participó por desgana, despojado del vicio de la mentira y de la ambición, pero también en esos rostros arrugados y envejecidos, en esas barbas canosas tan abundantes, en las cicatrices terribles de los cuerpos guerreros, en la deformidad que anhelaba el espectáculo cruel como sustento y el aplauso discreto como supervivencia. Sabía ya como como eran los mesones infectos cubiertos de chinches y cucarachas, escribió sobre las peleas nocturnas que llenaban de cadáveres las noches oscuras en las ciudades, de las muertes inesperadas, de la sangre y el deseo. El deseo. Y ahí, entonces, se sintió hermanado con otro hombre al que nunca conoció, un poeta que vivió el deseo, aunque Petronio sufriera mucho de desamor, aunque fuese ligeramente bizco, algo tuerto, pequeño y delicado como una mujer.

           Y entonces pensó en Lucrecio, poco antes de alejarse junto a Siro, Siro que había vuelto, que no murió, y que ante la condena a muerte que fijó Nerón para Petronio a causa de las mentiras intoxicadas y pérfidas de Tigelino, decidió acompañarle, ayudarle a sobrevivir en aquel mundo en el que antes anduvo sumido como mero espectador.

          Se fueron. Durmieron al aire libre, se entremezclaron con las catervas de artistas sin techo, comieron pan ázimo y aceitunas pasadas y blandas como bizcochos demasiado mojados, inventaron la magia ambulante, escucharon la historia de los viejos tercios militares en boca de soldados abandonados a su vejez impotente, alejados de todo, a punto de la pobreza pese a sus honores y sus muertos, y la sangre que salpicó sus ojos y sus músculos ahora reblandecidos y curtidos de grietas. Había escrito todos los libros de aquel Satyricon envenenado y en ese instante en que esa vida de paso se convirtió en su habitat presente, tal vez en su futuro, dejó de escribir.

          Quizá debió hacer al revés, porque Petronio vio, escribió y luego vivió. El propio Marcel Schwob hubiera dicho muchos siglos después que era mejor lo contrario, ver, vivir, y finalmente escribir.

          Empezar a vivir fue más fácil de lo que Petronio había pensado. Caminó por sendas empedradas y polvorientas durante meses, se ofreció en ciudades y pueblos, sobornó con lo que guardaba, junto a Siro fueron traicionados varias veces, pero no les importó demasiado. Petronio pensaba en Lucrecio constantemente, mientras bajaba día a día un peldaño más en esa sociedad que contempló desde las ventanas de su palacete perdido. Buscaba algo en ese poeta que había imaginado y al que nunca vio, y por primera vez en su vida se dio cuenta de que estaba siendo protagonista de sus pasos, y a la vez sintió que le faltaba un impulso fundamental: el deseo.

          Creyó que, a lo sumo, había llegado a atisbar simulacros de deseo en los brazos de Siro, en los lugares mórbidos y decadentes en los que se adormiló desnudo y se embadurnó de aceites perfumados. Le faltaba algo esencial por vivir. El ojo se le fue afeando, parecía cerrarse aún mas, y el sano perdió el brillo y ganó negrura.

             Desapareció un buen día, eso escribió Marcel Schwob, y Siro lo buscó, tal vez pensado que había encontrado algún rincón donde detenerse, y lo hizo durante varias noches, y luego creyó que se había ido en busca de aquel poeta del que tanto hablaba, con quien soñaba a menudo, pero no fue así. Sodomizado y ardiente cayó sobre las tumbas de un cementerio abandonado en las cercanías de la provincia, con una ancha hoja de acero clavada en el cuello, desangrado, con los brazos extendidos, como una crucifixión de cristo venidero, yaciente, con el ojo sin brillo, que atisbó el final con su descenso cromático, abierto, afirmando en su mirada aterrorizada que vio el mundo sin conocer finalmente a Lucrecio.

 

       Pero Petronio, y eso Marcel Schwob lo sabía, no pudo haber conocido jamás a Lucrecio, porque murió mucho antes, tal vez cien años, y de como supo de él no podemos llegar a explicarlo con lógica, y tampoco adivinar porque lo buscó.

         Tal vez fuera porque a aquel visionario de la decadencia absoluta le faltaba el brillo de la alta cultura asociada a esa gran familia que superó a la suya en honores y riquezas, porque Petronio no contempló como Lucrecio los pórticos engalanados y gigantescos de esa mansión junto a las montañas, y no conoció esa distancia hacia el mundo, o que en vez del universo lumpen de los desheredados y el vulgo que sobrevivía a duras penas, su espacio, la vida, fuera para Lucrecio durante algunos años la alta política o la veleidosa sofisticación de la Roma Imperial.

         El contacto de Lucrecio con la existencia fue distante, visionario y abstracto. Lo vio todo desde la elegancia y el recogimiento. Conoció a Memnio, eso cuenta Schwob. Lo conoció a pesar de adentrarse en otro de los lugares hermosos de la tierra, en el brillo de los bosques, de la naturaleza ajena a los hombres, creada durante siglos de crecimiento espontáneo y vital; esa luz, esas estrellas, la edad eterna de los arboles gigantescos, la suave luminosidad rasgada de las montañas solitarias donde el ser humano no había llegado. Cada día, el niño Lucrecio atisbaba las infinitas posibilidades de esa naturaleza esencial que contaba más siglos que el hombre. El hombre fue objeto de desprecio ante la sosegada independencia de la familia, y así lo vio: desprecia al hombre y a sus conquistas, sus cuitas y a sus conspiraciones y triquiñuelas. Tal vez por eso Petronio quiso conocerlo sin saber que había muerto tantos años atrás, porque había visto todo de la condición humana, mientras el otro atisbaba el brillo de lo eterno, la placidez, que fue a veces cruel, de la naturaleza y sus luces y sombras.

         Un día recorrieron tal extensión de bosque que llegaron a un círculo despejado en el que apareció un cielo como un pozo azul. Fue el calor después de kilómetros de hojas verdes y reflejos fugaces de un sol inexpugnable. Un círculo mágico que debió convocar con su esplendor inesperado la religión en él. La paz en su espíritu conmovido por la inmensidad de lo creado, su insignificancia ante ese claro, junto a los ojos extasiados de Memmio, tan absorto y fascinado como él. Después de contemplar esa belleza, Lucrecio comprendió que la totalidad percibida en la naturaleza había colmado sus anhelos. Tenía la religión, la moral y el eco de la vida en sus manos, y no sabía que hacer con todo ello. Entonces cogió a Memmio del brazo y le dijo que hablaran con su padre.

           Así fue como, poco después, todavía joven, marchó a Roma y decidió estudiar elocuencia.

           

         Nada dice Marcel del destino de Lucrecio en la capital. Sabemos de su larguísimo poema fragmentariamente, Sobre la naturaleza de las cosas. Nunca olvidó las palabras de aquel guardián adusto de la familia que, con los cabellos encanecidos y el rostro severo, le dijo que lo que debía aprender en verdad era a despreciar los hechos humanos. Tal vez por eso nada hizo cuando el viejo murió, ni tampoco cuando Memmio desapareció seducido por la gloria o quien sabe si por la muerte misma o quizá por el amor. Lucrecio regresó con ciertos honores desconocidos, volvió a ese mismo lugar en el que dejó a su familia, esta vez sólo, acompañado de una hilera larga de esclavos y sirvientes que recorrieron detrás de su carromato los senderos empedrados y serpenteantes que ascendían hasta el bosque. Parecía un comitiva fúnebre, silenciosa giraba y se retorcía a la altura de ladera, oscilaba en los gestos fatigados y sudorosos. Subida a un caballo, al final de la caravana, unos campesinos vieron a una hermosa africana envuelta en un vestido de paño de una pieza, de color blanco intenso. Barbara, bella como aquel claro iluminado que contempló su amigo en la juventud, y tal vez malvada.

           Ya había escrito Lucrecio que los hombres no debían temer a los Dioses ni a la muerte. Quizás había contemplado la fugacidad de la belleza en esa mañana soleada tras la caminata con Memmio, y tomado la decisión de irse para luego volver sin ataduras humanas, colmada la curiosidad, comprobadas las palabras de su padre. Y era ateo no por su escepticismo ante los dioses, sino tal vez por ese extraño secreto de la religión que siempre acompañó al hombre y del que se aprovecharon todas las iglesias y templos posteriores. Había aprendido mucho de los libros y también de la vida, aunque siempre como un espectador ajeno a todo ello. Vio las guerras salvajes, la sangre manando por las calles ensordecidas de odios, la corrupción de cualquier forma de poder y gobierno humana, y estaba perdidamente enamorado.

         Después de contemplar lo que él consideró la única imagen posible de Dios, de negar que todo lo demás pudiera acompañar a esa masa informe de seres humanos que había visto a lo largo y ancho de Roma y sus cercanías, se dio cuenta de que la vida estaba hecha de deseo, el mismo deseo que Petronio no se atrevió jamás a alcanzar a no ser quizá en esa muerte violenta. Lucrecio era poderoso, de complexión fuerte, seguramente capaz del ejercicio físico extremo y la posesión, o así lo veo a través de los ojos de Schwob. Era culto y silencioso, pero su cuerpo poseía el brillo de la musculatura henchida, la suavidad de la piel endurecida sin cortes ni excesos, sino más bien hecha de caminatas y de esfuerzo gozoso, constante y apacible. Y era feliz a su vuelta al palacio, porque algo había colmado toda su existencia.

               El deseo. Ser deseado y desear como acontecía en el lecho, en el dormitorio nocturno en el que la mujer africana se adentraba para el amor, como si el eco salvaje de todo lo natural quedase exprimido en aquella cópula incendiaria mirando a las estrella colarse por el ventanal. Ruidosa y ebria tras el vino, la mujer agitaba sus caderas y montaba la verga insuflada de sangre, y Lucrecio perfeccionaba aquella contención y esa explosión posterior postergada para el placer durante horas, y comprendió que aquella vulva enrojecida, que ese sexo por el cual se introducía noche tras noche, días tras día, era el origen de la vida y lo único humano que podía interesarle.

        Fueron los días de vino y rosas, en el esplendor de aquellos rituales físicos de la reproducción. Adentrarse, pegarse a esa piel para sentirse uno, anhelando en el fondo, de modo inconsciente, la imposible continuidad de lo humano en la inseminación abundante que surgía como el fruto salvaje de la naturaleza ¿Donde estaba la cultura cuando ella abría las piernas y él contemplaba aquella inmensidad desconocida donde nacía la existencia misma, y admiraba los pliegues sedosos, la suavidad, la humedad desbordante que luego apuraba con su sexo, con su lengua, con los ojos, hasta el sueño, hasta quedar exhaustos, ella con la cabellera desparramada de rizos negros sobre la almohada y él respirando entrecortadamente, el corazón latiendo aprisa, y entonces Lucrecio pensaba en la muerte sin miedo.

 

      Marcel Schwob tal vez no se atreviera a llenar de palabras ese vértigo. Porque era el mismo vértigo que a veces acontece en una existencia, el vértigo del amor y el deseo fundidos en el cuerpo. Lucrecio apretaba contra sí los senos endurecidos, brillantes como el metal, cubría su boca de otra oscura que sabía a frutas del bosque, a bayas y a hierbas, sabor similar a ese de antaño, cuando adquirió el hábito de ponerse entre los labios ramillas y hojas perfumadas al lado de Memmio mientras paseaban.

        Se amaron. Se amaron con esa verdad furiosa de la carne, en una comunión salvaje y al tiempo establecida por los siglos, llegada hasta nosotros, con la sensación de que sólo se puede amar una o dos veces así a lo largo de una vida. Eso pensaba él en esos frecuentes espasmos sobre la piel humedecida, en el fragor de los labios húmedos, en la ascensión y la caída de las erecciones y los gemidos, ante el éxtasis impenetrable de esa mujer que se agitaba entre sus brazos, que gritaba excesiva en el placer y arañaba y mordía sus hombros, arrancaba de él la inseminación desbordada. Y ella aprendió palabras de amor que no eran solo la entrega de la piel, la pericia de las piernas entreabiertas, la aspereza irresistible de su lengua sobre el glande y los testículos del amante. Lucrecio el poeta y la bella africana bajo la luna.

          Un día Lucrecio vio el cuerpo exhausto y desnudo de su amante, su piel oscura contrastando con la suavidad blanca de la sabana teñida de flujos, se sumió en ese olor del sexo detenido en silencio, contemplando esa sensualidad del deseo, y entonces pensó que nunca podría poseerla por completo. Siglos después de esa escena de inquietud al amanecer, Virginia Woolfe escribió El estanque para hablar de todo ello con su fabulosa intuición, y yo, casi cien años después de la muerte de la inglesa, compuse aquel cuento titulado La balsa, y tal vez ambos vimos mientras escribíamos a Lucrecio contemplando la desnudez de ese cuerpo inasible que había penetrado y besado durante toda la noche, esa herida misteriosa que había lamido y acariciado hasta sentir el sueño, cayendo como la oscuridad, sin avisar, inconsciente al final, incontenible después de un tiempo largo. Los lamentos del deseo se habían exacerbado quien sabe si impulsados por una caricia que anunciaba la decadencia, al agudizarse las fantasías y anhelar los sentidos otras mayores y más variadas. Era capaz de degustar el placer cada segundo, de cerrar los ojos y adentrarse en esas texturas y en ese perfume de la carne caliente entre los brazos, recordar cada beso, cada gesto y postura, pero no lograba alcanzar ese interior hasta su esencia anhelada.

          Lucrecio se perdió tal vez, y la Africana no se lo perdonó. La esclava poseía la sangre real de aquellos antiguos reinos sometidos por el poder de Roma, su orgullo incontenible, su dignidad arrebatada pero viva. El poeta con el que Petronio soñó se sintió tan poderoso que se rodeó de la humanidad en lugares oscuros y viciados durante algún tiempo. Lo vieron -como Petronio sería visto años más tarde- adentrarse en lumpanares con tres o cuatro mujeres al tiempo, y afilar su potencia y anhelar algo más, fuera con efebos rubicundos o con suaves adolescentes femeninas sin vello en el sexo, con mujeres ardientes de otros, con las que se encontraba en la discreción de mesones alejados de los centros urbanos, amantes experimentadas, refinadas en la infidelidad y el secreto de alcobas contratadas por horas, de secretos innombrables. Era un amante ávido y resistente, adorado por su sexo y sus silencios, por esa pasión con la que achispaba el ánimo de las mujeres y las hacía aullar de gozo. Y cuando regresaba de sus descensos a esos rincones que su viejo años atrás le pidió aprender a despreciar -alejarse y despreciar a los hombres y a los hechos humanos-, él se acercaba a la africana y pese a querer amarla ya no podía contener el semen. Era capaz de fornicar durante horas sin expulsar una gota de semilla pero ante ella, ante su desnudez magnífica y conocida, ante el amor, se derramaba sin llegar a penetrar su sexo como tiempo antes.

          La amante comenzó a esconderse, a agazaparse en las habitaciones y los cuartos solitarios de aquella casa de montaña muriendo despacio. Al tiempo se volvió altiva, recelosa, soberana, y se fue alejando de él , como si cada afrenta de Lucrecio fuera un motivo de retiro, una expresión de la extinción del amor sexual y sentimental que ambos se tuvieron. Ya no se tocaban en los largos pasillos de la mansión, jugaban al gato y el ratón con amargura, y las noches transcurrían en vela, con los ojos abiertos y la distancia sin deseo.

Pero él seguía deseándola, en cada uno de los escasos momentos en que lograba entreverla en la bañera, o cuando la desnudez de ébano surgía del agua enjabonada, o al acostarse, en el momento que ya el sueño inundaba el rostro de esa mujer y él contemplaba ese mismo cuerpo que había gozado durante años, y lloraba desconsolado, sobre todo en esa raras ocasiones en las que lograba aproximarse y ella lo rechazaba y escapaba a otro dormitorio o se escondía de su deseo guareciéndose en el inmenso jardín del palacio en plena noche. A veces, ella no podía escabullirse, y su insistencia la retenía frente a él. La africana surgía de entre las sombras y el duelo se producía. Lo que antes fue dulzura se transformaba en Lucrecio en una violencia que arrancaba las ropas y anhelaba apoderarse de esa desnudez, pero esa bestialidad quedaba rota en el momento en que se miraban a los ojos, y entonces él se derramaba otra vez a pesar del anhelo de abrir esa cadera que antes apretó contra sí extasiado. Entonces Lucrecio huía, huía avergonzado, humillado, y anhelaba encararse a la lasciva obscenidad de los hombres, y allí era poderoso, entre muslos desconocidos y sexos entreabiertos que poco o nada le importaban, fueran amantes ocasionales, prostitutas, lo que fuera, daba igual mientras se tratase de actos sin emoción, sin amor, y regresaba después saciado, colmado de desahogo para atisbar el deseo en la africana y nunca cumplirlo.

          Un día vio caer un rayo sobre una extensión lejana del bosque por la ventana y aquella visión terrible de la luz y la electricidad rasgando el cielo y quemando inexorable la frondosa vegetación, lo devolvió a la vieja biblioteca de su padre. Se adentró en las sombras de la fría sala, hojeó pergaminos y copias, y cuenta Marcel Schwob que releyó con sumo interés un libro de Epicuro. Eran las antiguas palabras del padre soñando otra vida ajena a los hombres, viviendo su encierro y su exilio de la humanidad con la poderosa maquinaria del dinero y la distancia. Entendió que la variedad del mundo era tan excesiva que resultaba inútil seguir manteniendo ideas sobre lo que no podía llenarse, lo que siempre sería refutable, enmascarado o superado, despreciado o simplemente ignorado.

          Se dio cuenta de que lo único verdadero que había vivido eran los momentos en los que pudo fundir sus átomos -descubierto ese concepto además por él- con la naturaleza de aquella loca contemplación junto a Memmio, o en todas esas imágenes del deseo que guardaba proyectadas hacia ella, junto a su amante africana, en ese instante en el que las lagrimas se precipitaron, como antes lloró toda la ausencia de su cuerpo contra el de ella, hasta fundirse ambos en un anhelo inolvidable, en un deseo de la media naranja de la que nos separan al nacer. Un reminiscencia tal vez del embarazo, o su propia mística de la pieza que falta, de la imagen robada, fruto de esa cercanía en la que el feto nace entre los fluidos cálidos de la madre, en el refugio del vientre, en esos pliegues, en esa piel entrelazada que al final se disemina y se escurre en la salida terrible y magnífica a través del útero, en el descenso hacia el exterior entre los labios carnosos y suaves de la vagina.

            ¿Por qué con ella esa diferencia? ¿Porqué con la africana el deseo que trascendía la mera cópula, los excesos de la sangre caliente y la química de los átomos? ¿Por qué era ella la elegida para ese esplendor que no había podido recuperar y que le hacía perder pie día tras día? Todos los movimientos del mundo expresaban sin remedio un caos, una hilera interminable de fuerzas, atracciones y repulsiones constituyendo no sólo la fisonomía particular de su cuerpo, su fortaleza o su inmenso deseo hacia ella, los rituales del acoplamiento, sino la historia, las guerras y conjuras, la sangre vertida de hombres por hombres debida a millones de causas a cual más inútil y enferma.

          Entonces pensó una vez más en Memmio, y se acordó otra vez de la plenitud que vivió con su amante africana, y ni corto ni perezoso cogió un bastón y el papiro de Epicuro, y creyó poder recorrer el mismo camino extenso hasta llegar a ese claro, y tal vez deseó echarse sobre la hierba como entonces y mirar el cielo, y luego leer y seguir contemplando ese pozo eterno de luz azul.

           Había llegado a la mitad del camino de la vida, como Scwhob cuando escribió sus vidas imaginarias, aunque luego murió pronto, sin avanzar más en ese proceso, como Dante expulsado de aquella ciudad poderosa, anhelando revivir a Beatriz, como todos eso hombres descubiertos en la nada de pensar que cada movimiento humano es un justificado error.

          Lucrecio miró cada piedra, cada rama de los árboles, cada tronco y hoja e insecto, se empapó de los colores durante horas, contempló conmovido los cambios en el cielo sin importarle la hora de regreso y las primeras luces apacibles del atardecer, y sintió las variaciones del sol y pronto la llegada de la noche, y comprendió que él y todo lo que conocía era pequeño e insignificante, y desaparecería sin remedio, y sin embargo los días serían por los siglos de los siglos iguales a ese cielo azul que apareció ante sus ojos en el claro, e iguales en esa noche estrellada y tibia que borraba los caminos y oscurecía el espacio circundante hasta dejarlo en la penumbra absoluta. Era un conjunto de átomos anhelando algo imposible, pero que continuaría eternamente sin él y sin ella, y entonces sintió de repente que, tal vez, lo único que no podía concebir era la muerte de su amante africana, la muerte de su deseo hacía ella, aquello que no soportaría sobrevivir, y lloró, como no lo había hecho nunca a no ser de niño, porque su padre no tuvo razón y había hechos humanos que permitían trascender algo de nosotros mismos. Haberla poseído, acariciar con sus dedos su entrega y su amor, tratar de hacerlo en su imposibilidad de entonces, era lo único brillante y continuo que guarecía en sus manos junto a la visión de ese claro, lo que aseguraba una inseminación futura, un esplendor, adentrarse de nuevo en el origen del mundo, y tenía que ser en su sexo, en el de esa africana a la que amaba, única y exclusivamente en el de ella, donde había ardido como un fuego fatuo, en el lugar en el que se había sumido, agitado en una imperiosa y frenética cópula que respondía y comprendía a todas a la vez por un sólo sentimiento incomprensible e incontrolable: el amor.


           Pudo afirmar con el rostro mojado mientras caminaba a tientas por los senderos oscurecidos, perdiéndose, guiándose por la estrella del norte con dificultad, que la muerte provocaba una tristeza injustificada por el cadáver, sin embargo, el muerto dejaba de sufrir, y era la vida la que recibía y guardaba hasta el fin del duelo el pesar, la ausencia, pero aún así no podía comprender su existencia sin ese deseo que lo ataba a ella, y que pensaba duradero incluso cuando su cuerpo ya no pudiera dedicarse al amor y la piel no fuera dura sino floja y arrugada, y pese a ello se sentía capaz de seguir deseando eso en ella. Alcanzaba a comprender la insignificancia, pero no podía aplicarla a la inmensidad de ese sentimiento que lo ataba a la africana. Pobre Lucrecio, que, sin embargo, sí conoció aquello que Petronio no pudo percibir más que por intuición, a ráfagas decadentes y sin demasiado valor. La carne y su amor desnudo, la trascendencia de la carne, su comunión con el pálpito de la naturaleza y con su propia extinción: la enormidad del amor.

           Y a pesar de su espléndida visión, al llegar ante el portalón enorme de madera y a esos arcos ennegrecidos por el tiempo, al contemplar la calma del paisaje y el bosque recorrido detrás suyo, a punto de hacerse de día, siguió temiendo a la muerte y la vida, por ella y por su amor.

           Quiso expresarle esa misma mañana recién nacida a su amante, que quemaba hierbas en un recipiente de barro en la cocina, que había comprendido algo fundamental y que, con paciencia, de nuevo, podrían recuperar ese esplendor. Volvería a desearla como la había deseado, y recuperaría la virilidad a su lado, la fuerza de acariciarla y besarla, de penetrar su vagina y adentrarse en ese ritual del acoplamiento, de la carne abierta, los sexos enardecidos, la felicidad de esas cópulas extasiadas de amor. Pero no lo hizo. Los ojos de ella, que también habían pensado el fin del esplendor, de otro modo, ante el dolor por la huida de Lucrecio, en el desamparo absoluto de sentirse desatendida, vacía, con el sexo infértil, sin ser llenado, con el semen desperdiciado entre las sábanas o en otras vaginas y anos desconocidos, odiaba, odiaba por primera vez en su vida, como si el amor inmenso que Lucrecio guardaba en sus manos fuera el objeto de su dolor y su sufrimiento más agudo, pero sonreía sin saber porqué.

          Sirvió el brebaje de hierbas en dos tazas y aguardó a que Lucrecio bebiera. Él debió pensar en ese momento en un Petronio futuro que iba a morir apaleado, con un filo de acero incrustado en el cuello, o tal vez en el esplendor fugaz de aquella Virginia Woolf que soñó en un estanque todas las muertes de los de antes, el amor a orillas del agua, la interminable sucesión de actos que conducían a ese momento de la escritura a lo largo de los siglos, frente al símbolo eterno de la naturaleza reflejado en esas aguas apacibles, o en aquel texto sobre el deseo que yo escribiría cientos de años después, en el que no supe como expresar que la grandeza de todo el deseo era su contacto con el amor. Y Lucrecio bebió, y al instante se le nubló la vista y olvidó todas las palabras griegas de Epicuro, y sintió un compulsivo deseo de embriagarse, de embriagarse hasta morir, y vio ese cuerpo querido delante suyo y le pido a la africana que se desnudara para él, y ella cumplió.

        Esa misma noche Lucrecio murió envenenado, porque había conocido la muerte, y la muerte, como la vida, estaba en aquel deseo que el brebaje hizo resistir en él hasta que todo se apagó.

Copyright Jimarino 

Tres generaciones y una literatura-Mi hermano del alma

A Daniel Ariño

Mi hermano siempre tuvo un gusto exquisito para la estética del arte. Como espectador adivina siempre esas películas perdurables que a veces se cruzan en nuestra retina para ofrecer esperanza en un lenguaje tan poderoso y maltratado. Como lector perezoso que es, selecciona con una intuición asombrosa lo que lee -ahora me pide todo McCarthy de repente, todas sus novelas resguardadas en mis abarrotadas estanterías de libros-, lo desmenuza, lo digiere y lo convierte en acervo eterno y recurrente, en conversación interesante sostenida de guiños y lucidez. En música no exagero si afirmo que es uno de los especialistas mas avezados y exactos de este país, que siempre me alimenta de sonidos novedosos, me ofrece la renovación de mi variada discoteca, me otorga el pulso de lo nuevo y bueno para no perder el tren del futuro.

Mi hermano del alma hizo esta fotografía hace apenas un mes, en la boda de mi hermana. Tal vez fuera la contrapartida de aquel cuento que escribí en 1998, premiado varias veces pero aún así secreto, incomprendido. El relato quedó titulado con aquel Mi hermano del alma que tanto me unió a él. Es un cuento sobre la tristeza.

Él llamó a esta foto Tres generaciones, porque fue su mirada a esos tres nudos vitales que entrelazan a esta antigua familia sin abolengo, pero de alguna forma llena de milagros, y también porque somos importantes para él: nuestro padre, su hermano mayor, y el pequeño Mateo, su encantador y hermoso sobrino, mi hijo.

La fotografía, sin saber la razón, se la envié al día siguiente de recibirla a mi amiga Diana de Concordia. Ella expresó con una precisión extraordinaria lo que le sugería la imagen. De alguna forma me dio claves que, con el peso sentimental de la misma, había obviado. Pienso que es una buena fotografía, y aunque esa sensación pueda deberse al componente afectivo que me ata a su significado, me quedo con la belleza de su mirada. La guardaré toda la vida. Nos retrató en un momento hermoso; un viernes por la mañana de asueto, con la fatiga de la semana en mi rostro, la tensión ante un futuro oscuro; la alegría del pequeño por tener a su papá y a su abuelo en un día inusitado, y por no ir a la guardería; el lógico entusiasmo de mi viejo por el matrimonio civil de mi hermana pequeña, que está en la foto sin que aparezca, contemplando ese instante.

Hace ahora catorce años escribí un texto sobre mi hermano que comenzaba así.

He perdido la sonrisa de aquel niño rechoncho que solía caminar pegado a mí esbozando una sonrisa bonachona, el mismo que alardeaba de ser el futbolista del barrio que más aguantaba el balón.

Mis recuerdos de infancia están en su rostro, en sus ojos, similares a los de entonces. Lo estaban hace catorce años y ahora. Es imposible no tener deseo de acariciar esas mejillas en el presente barbudas y fieras, y recordar la piel suave del niño, sus miedos, la expresión de temor inconsolable. Estaban a nuestro lado los viejos amigos, aquellos que nos acompañaban entonces. Los nombres bailan en su íntima expresión de melancolía. Los rateros nos robaban las canicas y él sentía pánico ante ellos, se refugiaba bajo los faldones de la abuela Carmen, como Oskar, el protagonistas de El tambor de hojalata, que solía esconderse tras las faldas largas de su abuela y descubría aquel particular olor turbador e inolvidable.

Sus miedos fueron siempre una especie de Bestia de la selva, por eso hemos hablado tantas veces de aquel relato de Henry James, uno de los mejores de la historia de la literatura junto al Bartleby de Melville.

No sé porque situé a mi hermano en la encrucijada de una despedida en aquel instante del cuento, cosas de la ficción literaria.

Estoy atado a él de por vida, y no sólo por esta fotografía que vuelve a renovar ese lazo en sus ojos. No se puede ser consciente y parte implicada, pero él lo consigue con la distancia de sus egoísmos y sus exabruptos autodestructivos. Ambos los fuimos, autodestructivos, pero llenos de amor. Autodestructivos como perros mojados huyendo de la vida o abrazándola sin protección.

No sé exactamente cual es la diferencia entre él y yo, aunque sí percibo la suya con respecto a la mayor parte de la gente que trato.

Es un milagro. Él es un milagro lleno de existencia palpitante. Le cuesta levantar su enorme corpachón en la penosa medida de los tiempos analfabetos, pero ahí sigue, aguardando que acuda para escucharle. Tal vez perdió algo de aquel brillo, pero eso nos sucede a todos. El caso es que escribí aquel cuento, pensé en su risa, pero retuve mucho más su tristeza crónica, estética. La tristeza no fue enfermedad, sino genio, aunque eso lo supiera después. Una tristeza desconsolada y enorme, como si en sus ojos se hubiese detenido la del mundo.

A veces se le toma por alguien ensimismado y ausente, pero en realidad lleva en sus entrañas la irracionalidad de cuanto sucede a su alrededor, los desmanes del hermano mayor, los temores de su pequeña Carmen; la historia de mi padre y los antepasados, que generación tras generación construyeron un intento de dignidad; las lágrimas de mi madre y su miedo al poder, a la dictadura asesina y despiadada que tanto apaleó a mi abuelo hasta su muerte -murió asustado y rabioso el 23 de febrero de 1981-. Esos ojos de mi madre están en él. Los ojos a los que aterroriza el discurso menguante, regresivo, del presente, esos señores que azotan los derechos de otros y gimen mirando al cielo divino, auspiciados por el dinero y las iglesias contemporáneas.

Todo eso estaba en él cuando escribí ese cuento, y él tiene ese gesto de rabia que le hace apretar la mandíbula cuando oye los lamentos.

En esa fotografía, mi padre, como dijo Diana, esta en el suelo, tiene los pies en el suelo. Esa es una constancia que siempre alivió mis vuelos, aunque hace años que soy yo quien sostiene tal vez los últimos aspavientos alados de mi viejo, quien recoge la herencia de aquella vieja lucha.

Cuando a los dieciocho años me enamoré de esa mujer más alta que yo e insistí en marcharme a Madrid para ser poeta, mi padre siguió con las plantas de los pies pegados a las baldosas. Luego recogió sin rencor ni ensañamiento mis pobres cenizas. Él está en ese lugar de la solidez, de las suelas de los zapatos desgarradas de tanto caminar, jamás separadas de la superficie de la tierra.

Recuerdo el relato que me hizo de la muerte de Juan el largo, y el cuento que escribí con todo ello, Los testigos, y comprendo porque está ahí. Sabe más de la injusticia que yo, que empiezo a percibirla de verdad ahora. Puede que yo tenga palabras más hermosas, pero él supo, a través de esa vivencia confesada una tarde fría de abril en la sierra, junto a la chimenea del salón, gracias al suicidio de Juan el largo y a las razones de aquella muerte acontecida en 1958 en las calles apacibles del pueblo donde nació, donde suelo ir en cuanto puedo aunque sean sólo unos días, por la propia historia de mi abuelo, su padre, que ejerció algún tiempo como Juez de paz allí, en qué consistía la ceguera, la crueldad y la sumisión de las masas frente al poder. Ese suicidio marcó su vida, hizo aparecer el miedo a lo que es más fuerte y terrible que nosotros, hacia aquello que puede no sólo aplastarnos o matarnos, sino destruir el alma, nuestro entusiasmo. Al fin y al cabo Juan no fue más que un suspiro de dignidad y libertad exterminado, un ejercicio de voluntad suicida encaminado a aliviar el sufrimiento, ese sufrimiento que termina con la resistencia del hombre por insoportable, obsceno y demoledor.

El pequeño Mateo, así lo vio mi hermano, se eleva unos metros, pero no pierde el contacto con la arena de esa playa, ni con la línea del mar, ni con el abuelo, tal vez porque sabe que mi gesto de preocupación, esa expresión desolada en una altura limitada e inútil, pero altura a pesar de todo, no lleva a nadie a ninguna parte. Es como si viera en Mateo una síntesis de siglos acumulados, una especie de lugar intermedio donde no vive ni el romanticismo desesperado ni la preocupación entristecida e inmóvil.

Hay días, al sentarme frente a él, en los que el aire se hace irrespirable. Todas las ventanas y puertas del apartamento están cerradas, como si la vivienda, amplia y agradable, imitara su estado de ánimo decaído o él pretendiera que así fuera; apenas entra luz por la rendijas de las persianas, que llenan de puntitos cuadrados el suelo, la mesa y nuestras caras, y el humo de los cigarrillos queda retenido en la habitación y el pasillo como una tercera presencia que uno termina por sentir encima hasta la asfixia.

Un día mi hermano desapareció. Lo hizo durante mucho tiempo. Se perdió en alguno de sus lugares idílicos, se escondió entre las nubes y sombras que habíamos construido juntos. Lo hizo porque el hermano mayor ya no podía ayudarle, embadurnado hasta las cejas por el mundo. Se fue porque el padre que pisa el suelo ya no lograba protegerlo. Porque el abuelo represaliado murió el día 23 de febrero del año 1981 y no llegó construir nada sólido para nosotros, porque Juan el largo se suicidó ante la intolerancia y el desprecio de un pueblo, porque este país no podrá cambiar jamás.

Cuando volvió a aparecer, en su rostro habían surgido las arrugas, los dientes amarilleaban en exceso por el tabaco, en sus ojos siempre había alegría entre las lágrimas.

Su regreso fue como aquella memoria del ángel que escribí en forma de verso, un arrebato místico, una especie de luz que nunca ha dejado de brillar. Desde sus ideas más solidas y extraordinarias, hasta sus planes más extravagantes -ese hacerse camionero en Noruega, sus discos de slam en español y francés jamás concluidos, los viajes a lugares exóticos que siempre planea y una y otra vez pospone, sus innumerables amores virtuales, un mundo de mujeres solas, incomprendidas, cansadas de hombres ruidosos según su teoría, sus salidas nocturnas incendiando la ciudad de fantasmas perdidos, sus improperios a la banalidad y el engaño-, eso que define todo lo que él es, conforma aquello a lo que un hombre debe agarrarse cuando cae. A veces al mirarlo contemplo esa esencia que siempre me protege cuando el vuelo se alza en exceso, cuando olvido que mi situación en esa fotografía, en esas nubes improbables mirando hacia otro lado, no es más que un deseo de salir corriendo, la inminente posibilidad de desplomarme. Él confía en Mateo, y lo hace en el eco de esa sabiduría de origen impreciso, que comprende que el lugar no está en el aire intoxicado donde yo me sumí media vida, pero tampoco en el paso firme de mi padre asustado por el tiempo terrible que le tocó vivir, por la desconfianza ante el futuro que nos sobreviene con sus nubarrones imprecisos.

Estamos hechos de la misma materia. Todos.

Celebraremos hoy, tal vez mañana, que Bodas en casa de Hrabal, por fin, se ha vuelto a reeditar, como llevamos años pidiendo los dos a voces. Así me lo han confirmado algunos de los maravillosos lectores de este blog, como si fuera un triunfo colectivo, ante esa novela que mi hermano adoró a los cuatro vientos, de la que tanto hemos hablado. Por fin Hrabal. Un pequeño triunfo. La fiesta con mi hermano será una de esas melancólicas reuniones de vicios y memoria que siempre nos acompañaron y nos acompañarán, entre la risa divina que formará siempre el reto que él ponga a los absurdos del mundo y los hombres, a la barbarie y a la miseria que nos quieran echar por encima de la cabeza, y lo hará abriendo sus ojos verdes, mirando los míos y diciendo basta.

La valentía de mi hermano reside en todo lo que ama y en lo que le sirve para sostenerse. Es la valentía que halló en la esencia de esa literatura que relee constantemente y a la que es capaz de llamar sin rubor literatura de la verdad. El se ríe con Faulkner y Joyce. Con lo que no entienden de Faulkner los analfabetos funcionales mi hermano suele rezar en silencio. Faulkner y Onetti, cuenta. Onetti y Cormac MacCarthy. Dostoiesvki y las brumas de Tolstoi. Proust y la llama de la Duras entre los dedos, y la ilusoria supervivencia de Malcom Lowry, a quien quisimos parecernos hace mucho en nuestras citas alcohólicas ahogadas de palabras.

Tal vez toda mi literatura se la deba a mi hermano.

A ese momento en que aquella monja inhumana del colegio religioso al que íbamos lo paseó clase por clase después de mearse, con apenas cinco años, por todos los pasillos, hasta llegar al aula de su hermano. Y yo vi ese dolor, esa humillación, esa bestialidad disfrazada de piedad, y lloré de rabia. Porque era un niño de ocho años y no supe qué hacer, pero reconocí el verdadero rostro de la crueldad, del horror, del miedo y la venganza en los ojos de esa mujer; la humillación de mi hermano por aquella hija de Dios, por aquel efluvio de bondad religiosa que desde entonces siempre fue la imagen injusta y miserable de la Iglesia oficial todopoderosa ante mí, siempre al lado del poder a lo largo de la historia de este país. Y yo entonces, que no supe reaccionar ni pude gritar, me oriné también, y las risas de mis compañeros no fueron más que el dolor del individuo ante los rebaños domesticados, pero fue un dolor lleno de rabia, lleno de odio hacia lo que representaba esa mujer, a su autoridad en ese lugar.

 Fotografía cortesía de Gabriel García

Mi viejo amigo Gabriel, ahora en Paris trabajando tras la crisis que diezmó sus posibilidades aquí, me dijo no hace mucho que los enfrentamientos vienen de lejos, de siglos atrás. Los reconoció Blanco White en el exilio. Goytisolo y Santos Juliá. Un encono que acude desde todos las pasajes de nuestra historia. Desde el franquismo que fue no sólo una dictadura sino una representación radical, no erradicada del todo, de la filosofía de una parte de España que nunca ha dejado de tener el poder ni de reivindicarlo como un derecho y no como una responsabilidad. De aquellos muertos que no han sido enterrados. De todo lo que jamás se ha cumplido ni cerrado en nuestro devenir. Él sabe mucho de esa cosas. Me hace pensar. Como Severine, que estudió nuestro triste destino como país durante siglos hasta sentir un escalofrío. Como esos franceses lúcidos que frecuento en mis viajes y que siempre se asombraron de lo que aquí sucede o sucedió, sea bueno o malo. Veo a Gabriel frente a sus libros, en esas conversaciones que tiene de noche, cuando la ciudad duerme y él se queda a solas en un país extranjero para ganarse la vida en vez de disfrutar de nosotros, de Valencia, de su amante, de su existencia perdida de momento, conversaciones con esos autores que lo miran de reojo y lo acompañan para decirle de donde viene y porqué está en ese agradable apartamento de Paris, tan lejos de su casa.

En esa fotografía se pierde mi mirada y no encuentra ninguna dirección sólida. La de mi pequeño es segura sobre la barra metálica. Mi padre nos vigila a ambos, aguardando sujetarnos con su vejez a cuestas, con sus piernas doloridas y sus ojos azules tan tristes. No hemos olvidado nada o eso espero. Los siglos de la familia flotan en ese cielo, en esas líneas rectas que conforman el cielo, el mar y la arena de la playa. Mateo tal vez busque un navegar más plácido que mis vuelos con caída. Estoy a punto de caerme ante tantos nombre muertos, tantas palabras sin sentido, tantas vidas desaparecidas entre mis dedos, tanta incertidumbre ante el futuro.

Una vez mi hermano nos salvo la vida. Hace muchos años de eso. Esa escena la escribí en Mi hermano de alma. Un momento clave en el que descubrí su enorme fortaleza, no sólo física, sino espiritual. Fue capaz de abandonar el papel del hermano pequeño agazapado en el camal del mayor y se transformó en una especie de ángel vengador, que con una fiereza desconocida, mítica y salvaje, nos salvó a todos, a mí y mis amigos, a esos inocentes que, al contrario que él, no comprendimos hasta que punto al mal hay que combatirlo porque existe. Lo hizo para luego deshacerse, languidecer, desplomarse como un pesado fardo en el suelo días después. Pero en su grandeza de aquella noche aciaga en la que nos defendió de la agresividad y lo imprevisto, encontré siempre una resistencia, una fuerza.

Sé que está, siempre está. En el mismo lugar, con la misma risa.

Se ríe de aquellos hombres que creen avanzar veloces por encima de todo, surcar triunfadores y ufanos el mundo. Lo hace de mí y mis pretensiones huidizas. De las conversaciones ridículas que atrapa al vuelo por doquier, en los cafés y en los bares nocturnos, en los mercados y en los centros comerciales, entre amas de casa insatisfechas y ejecutivos de medio pelo, en las cafeterías elegantes del centro de la ciudad donde se confabulan los grandes negocios o en los bares de barrio obrero, entre los inmigrantes o en las charlas de los paraninfos universitarios. Se ríe de él, de su gravedad y su debilidad, de sus exabruptos románticos, de sus dolorosas profundidades. Se ríe de los ministros y los dirigentes europeos expulsando como marionetas eufemismos que en verdad anuncian el fin de los estados de bienestar. De mis pesares anímicos y mis quebraderos de cabeza. Lo hace con un risa humana, serena, llena de amor. No concibe sino es riendo la ambición sin sentido ni la materia convertida en fin. No es la risa cruel de aquellos que celebran el deterioro y el exterminio, eso no lo puede permitir. Es un ángel humano, grueso y violento, que planea incesante en mi subconsciente para recordarme donde estuve, de dónde vengo, qué lugares fueron importantes, dónde está lo esencial. Es como cuando lee los cuentos completos de Virginia Woolf y es capaz de entresacar la modernidad de su técnica literaria, la profundidad de sus descripciones psicológicas, sus aciertos como narradora, y lo enfrenta sin titubeos, mediante la burla, ante cualquiera de esas malas novelas que todos conocemos. No hay manera de superarle en esa farsa, en ese juego en el que la risa asciende hasta el espíritu y lo llena de inteligencia. Se ríe entre las palabras de Ezra Pound de los libros de autoayuda, baratos prospectos de la banalidad contemporánea. En el gesto rabioso de esos perdedores que nunca lo fueron y a los que siempre defendió.

En una ocasión amamos a la misma mujer, hace mucho tiempo, y yo se la arrebaté por capricho. Durante años no tuvo rencor, pero me ha echado en cara ese gesto más de una vez. El frívolo ángel negro surcaba los mares de su éxito insignificante creyéndolo inmenso e inagotable, pobre iluso, engrandecido, gigante ante ese firmamento de estrellas que pensé duradero e interminable, quitándole el amor para disfrutar de mi ligereza inconsistente entonces. Su gravedad se encontró siempre con cierta tendencia mía a la profusión y a la levedad. Lo curioso es que a simple vista siempre pareció que yo vivía y él contemplaba. Pero no me odió. Ni siquiera en los peores momentos. Siguió amándome incluso cuando lo abandoné, cuando no fui consciente de su dolor.

Luego me callé. Desparecí. Al inicio -y él lo sabe- de toda su demolición humana, toda su grandeza destruida y posteriormente reconstruida a duras penas. Sabe que mi alma, como si fuéramos siameses, es la suya, y viceversa. Mi hijo es su hijo. Mi padre lo es de ambos. Los lugares que yo le relaté, los paraísos y los infiernos que pude contarle, son suyos, como le pertenece la memoria de todas esas mujeres amadas que construyeron mi alegría y que él sólo vio de lejos en su prolongada enfermedad de tristeza, hoy en día libre de nuevo de todas esas tormentas, recuperado y lúcido como un Cristo hablando de amor en los templos de los mercaderes.

Me río de las burlas que puedan hacerle los guerreros de la actividad. Él se ríe con la suavidad de la brisa del mar que acompaña a la fotografía. Sus ojos retratan la absurda comparsa de movimientos incesantes, de estupidez, entre las brumas de la confusión. Hace tiempo que espero algo heroico de él sin comprender que lo que debería hacer es reconocerlo en su grandeza quieta, en su inmóvil contemplación de la existencia.

Su mayor recompensa tal vez ha sido su victoria sobre mí, y no porque esa alegría acuda a través de mi derrota, sino como un premio al presagiar hace mucho la derrota de mi mundo a su pesar. Él tenía razón, incluso ante aquellos que se mofaron de su postración insostenible, de su inmenso corazón.

Un buen día aquella mujer a la que los dos amamos, pero que yo le arrebaté sin piedad, una mujer que yo perdí después, a la que siempre quise volver a ver para decirle cara a cara que lo sentía, que me conoció en una época insensata y que ella valía mucho más de lo que pensé, para decirle que entonces yo no era más que una veleta hinchada de vanidad y viento estéril, volvió a aparecer. No hace mucho de esto, tal vez unos meses antes de que la fotografía en la que fijó a esas tres generaciones que le importan surgiera de sus ojos. Ella le dijo que entonces, hace ya tantos años, se equivocó. No debió haberme elegido a mi sino a él. Tenía razón.

Enciende una lamparilla, con cuidado, como si el interruptor fuera tan delicado que pudiera romperse en caso de apretarlo con fuerza. Obstinado, insiste en esa parsimonia que denota torpeza; abre un cajón, se mueve lento, muy pesado, mientras voy despidiéndome de él, en silencio, contemplando sus gestos, sus movimientos, por última vez, o al menos así lo creo. No volveré, quiero decirle, pero las palabras no salen de mi boca, se ahogan en mi garganta y me limito a observarle con atención. Es como si intuyera que el viaje siguiente va a ser a ninguna parte y que él aceptará la soledad sin más explicaciones, porque en toda su enorme fragilidad existe una dureza rocosa, propia del enfermo mental, una voluntad de hierro que sólo concluirá con la desesperación, algo que ahora veo lejano y que, por el contrario, se me antoja un problema más mío, o de Miguel y Carmen, que suyo. Deja sobre la mesa un grueso álbum de fotografías.

-Ya lo he visto otras veces.- Le digo cortante. Pero él insiste: -Vamos tete, que he organizado las fotos de otra forma-.

Sé que ese es su último intento, y que debió hacer algo parecido con mi padre cuando le dijo que se marchaba. Imagino la escena; Miguel y él en la cocina, mientras oigo como me pide que acerque la silla para poder ver juntos las fotografías, cientos, casi miles, suyas, de toda la familia junta, de sus viejos amigos, en diferentes lugares y momentos de la vida.

-Fíjate en ésta, que cara tenías. Y aquí, mira, que pelos llevaba yo. Mira la mamá, qué guapa, qué joven ¿no crees?

-Muy guapa, Tangofino, muy guapa. Igual que tú.

No se puede tener todo, y yo tuve una familia que se me fue escapando como el agua que fluye por los ríos, resbalando entre los límites del cauce por una ley inexorable. Se le caen las lágrimas y me contagia ese estado de postración a pesar de la entereza con la que yo había planeado esta última visita. Algo me desgarra las entrañas; Miguelón tan joven, al lado de mi madre, que parece llenar de luz la foto y augura la tiniebla de su desaparición.

Toda la dureza de Tangofino va perdiendo fuerza en esa cocina que ilumina con suavidad una lámpara de bombilla blanca, y sólo queda un espeso silencio conforme pasa las páginas, páginas que ha dividido por capítulos y que encabeza con un titulo escrito con rotulador negro, acompañado de unas fechas.

                             LA FELICIDAD DE LAS MARIPOSAS (1984-1987).

-Buenos tiempos ¿Te acuerdas del viaje a la playa? ¿Del restaurante junto al mar donde comíamos sardinas fritas y habas con jamón? Mira Carmen, qué pequeñita, lo mayor que se ha hecho…

Hace mucho que no le oía decirme hermano de ese modo, con ese cariño, y mientras lo dice me pasa la mano por el hombro; no pronuncia esas palabras pero las oigo; no te vayas hermano, no te vayas, no me dejes tú también. Y entonces me señala un capítulo, me avisa antes de pasar la página.

-Ahora viene el mejor de todos, mira, mira como se llama…

                              MI HERMANO DEL ALMA

                                           (1986-1990)

                           * * * * * * * * * * * * * * *

Y sigue vivo. Sigue vivo para esperarme.

Dentro de unos días viajaré hasta donde está, allá perdido en sus lugares elevados y sus actos sociales, para filmar un cortometraje sobre él. Será Mi hermano de alma diez años después de escribir ese relato. Dijo que sí. Mi hermano insiste en que sí mientras sus fotografías siguen inundando de alegría el espacio de mi existencia. Mateo cuenta a todo el mundo que Tito, mi hermano del alma, es el más fuerte. Mi padre sigue buscándolo entre las sombras de su cuarto lleno de humo y música para hallar consuelo. Mamá mira de reojo todas las escenas que hemos vivido juntos y celebra su presencia.

La historia de una familia que le debo a los ojos de Diana y de mi hermano. Tres generaciones, una literatura y un hombre colgado del aire.

El ojo de mi hermano es lo que me retiene. Su voz es el eco de lo que no puede derrotarse.

Una vez me dijo que la escritura debía ser el lugar de la valentía, y él estuvo muchos años sin escribir. Ahora llena cuadernos de palabras sagradas y yo, tal vez, deje de hacerlo.

Cosas de los ángeles.

De los ángeles y de la literatura.


Vida de poetas-El bosco

Flaca y de hermosos ojos negros, Blanca guiña un ojo ante el retrato de Julio Cortázar reflejado en mi rostro. De un modo parecido conocí a Jesús, a su hermano, sobre el césped de Blasco Ibáñez, la facultad de Ciencias económicas y empresariales a mi espalda y la de Psicología enfrente, bajo un sol agradable de primavera, con los cuentos completos de Cortázar zumbando en el aire. Escapaba de un examen incómodo, de una tensión nerviosa que alimentaba la ansiedad y el desconcierto. Me sentía lleno de desamor y confusión, sumido en un agudo periodo de renuncias. Blanca siempre llegó después, como un presagio que oscilaba en torno a la serpiente, oscuridad tras la blanca nobleza del hermano mayor, aunque se asemejaban. Ella era más hermosa y menos accesible.

La Facultad de Ciencias Económicas sigue oscilando en ese destino improbable en el que me equivoqué, porque yo estaba con Cortázar y Borges entonces, y aquellas palabras tuvieron que haber alumbrado otro camino mejor, y no me refiero sólo a mí, sino para el mundo. Qué lumbreras económicas alientan el universo, qué ojos más agudos avistaron todo lo que sucedería, qué soluciones más brillantes observamos envueltas en trajes Armani, maletas de Vouitton y chaquetas de Dior allá por los templos del mundo contemporáneo. Ellos no son los sabios de este mundo aunque lo parezcan, eso es algo que no deberíamos olvidar jamás.

El camino de Blanca y su hermano Jesús tampoco fue demasiado ejemplar a simple vista: los dos están muertos. A Jesús le dediqué dos poemas y una vez más, después de su muerte, representamos en su honor Los arrancacorazones, una obra de teatro exterminada, perdida, de la que siento pánico incluso con sólo referirme a ella. La escribimos a dos manos en un mugriento piso del Carmen en el año noventa y tres, a pocos metros del estudio en el que mi querida Amparo copulaba con su viejo pintor por esas fechas, nada importante ahora: hoy el tipo será un cincuentón envejecido prematuramente, con barba blanca y calvo como una bola de billar, y no creo que haya llegado a convertirse en Picasso -tampoco yo parezco Tolstoi-, y seguramente hace mucho que no ve a Amparo, ni la toca, y el tiempo lo cura todo y hace años que me trae sin cuidado su destino. Sin embargo queda rencor en los sentimientos traicionados, en lo que no terminó de morir de forma natural, aunque la importancia en el presente sea ridícula y nos resulte indiferente el destino de los implicados. Pero el sentimiento perdura sin rostro, se transforma en un ronroneo vulgar, en una carcajada exagerada, a veces en un exabrupto, y misteriosamente sigue doliendo. Aprendimos algo cuya esencia no podemos olvidar. Como llamar ciencia a la Economía y ver a los ministros del ECOFIN alardeando como gallos soluciones de rigor impecable que, sin embargo, no llevan a ninguna parte. Hoy toda Europa está en recesión mientras Alemania esboza esa mueca de triunfo, esa expresión indiferente de granjera empecinada, tozuda y austera, que comienza a dirigir un corral que se asemeja al espacio de una película de terror para nosotros, con los rostros contraídos y una sed insostenible.

A Jesús y a Blanca los arrastró el tiempo, como a nosotros nos arrastrará el poder en los próximos años. Un poder sin rostro ni alma ni nombres, gestionado por un puñado de peleles que representan con su solemnidad ridícula una sinfonía del futuro tan negra que me asusta ver a mi hijo crecer.

A ellos, a Jesús y a Blanca, ya no los puedo ver salvo cuando releo los cuentos de Cortázar, llenos de anotaciones y la memoria de entonces. Y no puedo hacerlo demasiado tiempo porque me duele, porque ver esas pocas fotografías que guardo me destruye.

A estas alturas las razones de la supervivencia siguen siendo hermosas, se anteponen sin duda al declive general de cuanto veo, de cuanto oigo, a la tristeza de un país dividido, con un Juez probablemente condenado por razones judiciales, pero juzgado de ese modo por la apisonadora política de un partido y unos intereses que, estén o no estén gobernando, dominan el cotarro. Y tantos ciegos aplauden, y tantos voceros lanzan sus consignas. Ni siquiera fueron capaces de condenar una autarquía que nos maniató durante cuarenta años al atraso y al autismo, a la corrupción. La corrupción no llegó con la democracia, sino desde la historia de España, agudizada por décadas de dictadura construida a base de insectos parasitarios. La indignación da paso a un especie de construcción de un héroe que tal vez no merezca ese apelativo, pero la metáfora siempre fue poderosa, eso es algo que el poder nunca comprendió del todo a pesar de dominar durante siglos nuestros destinos. Cada retroceso en sus privilegios se dio por una metáfora creada a gritos para las masas, misteriosamente asimilada por todos. Sólo me falta confiar en las masas aunque sea tan difícil.

Hoy en día -tal vez nunca pero hoy menos-, las multitudes no se parecen en nada a aquel poeta kamikaze, huérfano de padre y madre, diez años mayor que yo, que desde los diecisiete años tuvo que mantenerse a flote y cuidar de una hermana pequeña. Uno se hace poeta por diferentes razones, incluso deja de serlo temporalmente, y vuelve a recuperar el brío por motivos inaccesibles. Esto se lo susurraría a varias sirenas que conocí. Un poeta viene y va, se deshace y se reconstruye, vomita y desaparece, se esconde y aparece cuando uno menos lo espera, a veces en la vida y otras en la prosa, en un informe médico o profesional, en un argumento legal, pero nunca se es poeta por voluntad propia, como mucho uno se esfuerza en ser corrector de poesía o afilador de poemas, nunca poeta, que se asemeja más aun estado de ánimo, a un spleen ante la existencia o a una iluminación pasajera, a una emoción hecha de palabras esenciales que acuden inesperadamente. Observando el panorama general a veces parece que ser poeta es una cuestión de vanidad, pero no debemos hacer caso al presente. Hay que dirigirse al futuro. Esos poetas oficiales se irán deshaciendo con los años, quedarán muy pocos, y si existe un futuro posible no está ni estará jamás en ellos.

Jesús fue poeta por necesidad que no es poco, o al menos es lo que solía decirme. Por la misma razón yo leí por necesidad, y escribo y escribiré porque el impulso de hacerlo siempre fue mayor que el de no hacerlo, incluso a pesar de la existencia presente o del desánimo que a menudo me envuelve. Tres meses sin estar aquí, en esta página que se llamó Los perros de la lluvia en honor a un tiempo exterminado. Tres meses en los que el tiempo ha ido transcurriendo y he pensando en escribir muchas cosas, y he escrito otras y me he ido de viaje y he sufrido y he amado de nuevo y mi hijo crece y el mundo se vuelve loco y a un señor que hizo lo que en cualquier país europeo se había hecho muchas décadas atrás, condenar una dictadura que no fue blanda, sino terrible y duró cuarenta años, o que se pasó de la raya investigando la red de corrupción más grande de la democracia española, impensable en Alemania, en Dinamarca o Suecia, tanto por el montante de dinero sisado y el número de personas implicadas -desgraciadamente muchos de ellos no serán ni siquiera juzgados- lo inhabilitan once años.

No tengo ninguna simpatía personal por el Sr. Garzón, pero su persecución política me aterra. Tal vez de su martirio nazca esa metáfora necesaria, esa es la esperanza frente a muchas cosas, incluida esa reforma laboral que nos hace retroceder muchas décadas, que nos sitúa en un estadio de media esclavitud teniendo en cuenta la situación real del mercado de trabajo español. No se prima la creación de empleo, sino la facilidad en el despido y la insistencia en el desequilibrio, y se argumenta que será útil para los reajustes empresariales (de nuevo un eufemismo que expresa la legalidad absoluta de la reducción de costes basados en el empleo, no en el incremento de productividad necesario que implica a todas las partes del proceso económico) y para evitar el absentismo laboral (para generar el miedo que nos acerque a la inclinación, a la mediocridad, al sí señor y a la delación del igual), que degrada el trabajo y lo convierte en una especie de mendicidad mal pagada y forzosa, y que contradice numerosos estudios económicos recientes sobre la rigidez del mercado laboral español, anunciándose a su vez con un impacto inmediato -hasta el 2013 los más optimistas- negativo. Pero dicen que es por los parados y por el futuro de este país.

Jesús nació para mí aquella tarde de primavera soleada en la que en una terraza comenzamos a hablar de literatura. Tras las dos horas de charla ininterrumpida me dijo que haberse encontrado por casualidad conmigo, leyendo tumbado en el césped de Blasco Ibañez un libro de Julio Cortázar, le había parecido una señal poderosa para anunciar algo. Creía en esas cosas, en esos misterios que la novela y el cuento siempre albergaron como si supieran de la vida más que nosotros mismos, eso que se olvida cuando nos parece que toda la realidad es única y la expresa el señor De Guindos o la señora Merkel.

Me cuentan que en una población griega un grupo de ciudadanos ha tomado un hospital y lo han declarado de su propiedad. Soy pesimista, pero hay gestos que incendian el optimismo enseguida, porque poseen esa fuerza que provocó que a mediados del siglo XIX los grupos políticos obreros comenzaran a reivindicar sus derechos y a exigir su entrada en los parlamentos. La lucha de todos esos hombres y mujeres durante décadas provocaron un hálito de dignidad en las masas europeas, en las condiciones de trabajo, en el destino de los pueblos, y junto con los terribles desastres de la primera y la segunda guerra mundial y el miedo patológico del poder occidental al comunismo soviético, se produjo en Europa la mayor concentración de integración y bienestar social habido y por haber en la historia de la humanidad. Europa brilló como lugar de los derechos humanos y la integración a pesar de los defectos que podamos encontrarle a cualquier régimen. Hoy me parecen logros soberanos, y esas batallas que nos concedieron a todos nosotros la posibilidad hasta ahora de construir vidas más o menos dignas es la respuesta de este presente al futuro, y nació de un puñado de metáforas sobre la justicia y la libertad.

Un grupo de jóvenes de mi ciudad -una ciudad somnolienta y banal en vista de lo que aquí ha sucedido y el resultado y las tibias reacciones civiles ante semejante expolio- se acercan a la calle Colón, símbolo de la opulencia comercial y burguesa de la ciudad, y se enfrentan a la brutal policía y a la delegada del gobierno enarbolando libros. Cuidado. Tenemos libros. Aún oigo las voces de todos esos que repiten lo que oyen, que todos son perroflautas y antisistema violentos. Que salen a la calle manipulados. Se sale a la calle porque nos da la gana, porque no protestamos ante la derechos que ganan unos libremente sino ante la reducción bestial de derechos de la ciudadanía, los trabajadores y todas las clases sociales que no pintamos nada en esta sociedad, la inmensa mayoría voten a quien voten. Por eso salimos. Por eso salen. Porque la apisonadora política no puede tener respuesta en el parlamento ante su mayoría. Porque por lo menos ante el deterioro y la injusticia podremos expresar el desacuerdo en la calle o donde nos apetezca. Cuidado. Tenemos libros. Es hermoso aunque puede que no trascienda. Poesía y literatura, como me dijo Jesús el día que me citó en su casa la tarde siguiente a nuestro primer encuentro para comenzar a escribir algo juntos, nada que ver con la forma de desprestigio que a veces se entrelaza por culpa de algunos y con razón a esas palabras. Sabía mucho de letras, y precisamente fue él, el poeta de mi generación, sobre todo cuando miro el sombrío panorama de vendedores de humo e imagen, de amiguetes cogidos de la mano odiando al otro, de abominables desiertos silenciosos, el deterioro general de la cultura y el espíritu, la suave cadencia de los días desaparecidos.

Cuanto más sabemos más terrible parece el mundo, tal vez por eso hay tantos optimistas natos. Me acuerdo de mucha gente, cada vez más, como si los fantasmas del tiempo empezaran a anunciar un declive. Entonces no comprendía del todo en qué consistía la consciente decadencia de Jesús, la pendiente afilada y destructiva que remitía a cada una de sus genialidades. Guardo poemas suyos, demasiado pocos, apenas una docena, tan extraordinarios desde hace años, que al releerlos me duele algo, pero son poemas que me obligó a destruir y a silenciar. No puede existir una poesía más que la del instante, la que provoca ese arrebato, ese vértigo, esa construcción del presente. Los poetas pueden llegar a creer que lo que construyen es sólido como las columnas de los templos, pero basta que una generación cambie de palabras para que esa realidad quede convertida en polvo inasible e incomprensible. Tal vez presto mucha más atención desde que conocí a Jesús a los poetas que buscan esa palabra primigenia y eterna que flota para siempre en el inconsciente colectivo, que aletea en cualquier identidad, comprensible a pesar de su extrema dificultad de ser fijada. Esa poesía que sólo leen unos pocos, los guardianes de una larga tradición; una tribu extraña, construida de viejos mitos que ya no importan y sin embargo son esenciales.

Jesús poseía ese aliento. Podía haber escrito como entonces otros exitosos autores de nuestra generación un aliento poético de sexo drogas y rock and roll, pero prefirió buscar otras palabras. Quedaron selladas pero de alguna forma las guardé. Como me sucede ahora, cuando no tengo nada que contar tan a menudo, cuando el silencio terrible se instala entre mí y la hoja en blanco, cuando creo que es mejor no hacerlo -preferiría no hacerlo-, no ponerme a teclear o a alzar el bolígrafo sobre la fina lámina de celulosa para construir las letras, y entonces pienso en él.

¿Cómo traicionarlo? No puedo.

Un día mi querido amigo y extraordinario poeta Antonio Tello me contestó a un correo desolador que le escribí que la obligación del escritor era ética -con toda la hermosa y libre ambigüedad de la palabra ética-, generar un universo verbal de ficción alimentado por un compromiso ético y estético sumido en una tradición de siglos y guiado por esos sentidos fundamentales que a lo largo de las décadas construyeron la historia de la literatura para ofrecer o revelar un conocimiento esencial de lo humano que ayudara al escritor y a los lectores a valorar la justicia y a aspirar a la libertad en el mundo. Lo demás es el espacio de la historia, y la historia, afirmó, es un campo yermo de cadáveres. De qué escribir en un mundo sordo, eso es lo que Jesús habría dicho esbozando una sonora carcajada. Escribir para uno, para ti, para cuarenta, pero escribir porque es necesario. Lo mismo hubiese dicho Bolaño, y seguramente Borges o esos desesperados de la escritura que para no morir siempre construyeron otra frase más.

De Blanca me enamoré perdidamente y su hermano no dijo nada. Fue un breve periodo de transición entre la antigua vida salvaje y el apacible descenso que sobrevino después. Aquella cantante, con un grupo de música formado exclusivamente por mujeres, harapienta y dolorida como un gato callejero, esbozaba lamentos profundos en las cavernas de lo oscuro. Tal vez fuera normal, su destino se truncó desde niña y eso deja un poso inevitable. Alguna vez, cuando nos despertábamos de buena mañana helados y veía mi casa agradable, austera pero agradable, me contaba que ella, desde los ocho o nueve años, jamás había vivido desayunos alegres o en armonía, que pese a los esfuerzos de su hermano por alcanzar la normalidad, por escapar de la pobreza y la miseria, el frío y la inseguridad habitaron en su corazón y en su paisaje. Pero no odiaba a nadie, eso esa cierto. Su rabia era interior, sin dirección. Luego descubrí que toda mi luz le cansaba, que extraer la alegría de mí, la fuerza de ese equilibrio que me propuse ofrecerle entre las brumas de mi propia reencarnación no era suficiente. Que vivir de ese modo le hubiese cansado. Alejado de los dos, toda mi furia adolescente, mis adicciones reiteradas, mi relación afilada con la muerte que me acompañó tanto tiempo, se fue disipando, mostrándose como exabruptos ruidosos sin contenido, retazos de aquel muchacho incapaz de aprehender de alguna forma consistente el mundo.

Porque acaso no se pueda elegir ni siquiera a través del mito. Porque para llegar a ese extremo en el que alguien se suicida, es necesario que las circunstancias aprieten hasta ese punto, porque vivir es un vacío y una plenitud, lo que sucede es que a algunos el vacío les llegó demasiado pronto, y el esplendor al que aspiraron siempre se convirtió tarde o temprano en un pasaje desolado a su alrededor ¿Que iba a hacer un chaval de apenas diecisiete años, que no terminó en un hospicio porque cumplió los dieciocho pocas semanas después de la muerte de sus padres y un viejo amigo de su madre le preparó un contrato de trabajo que justificara medios para poder cuidar de su hermana pequeña, en medio de un mundo descomunal, inmenso, ruidoso como el mar agitado, inasible como el cielo? Sobrevivir, y lo hizo durante treinta y tres años.

En mil novecientos noventa y tres, con viente años, yo canturreaba aquella mítica canción, Loser, de Beck, como si fuera el resumen de mi existencia.

I´m a loser baby, why don´t you kill me?

Ahora prefiero Gagnants perdants de Noir Desir. Puedo aceptar que no me llamen ganador, no ser más que un alma silenciosa que trata de defender su voz, pero jamás aceptaré que somos perdedores, que Jesús perdió. Hemos perdido, pero no somos perdedores.

Cada fornicio traidor de Amparo me había estremecido de arriba a abajo y la vida promiscua posterior, aquel exceso de vacío entre labios sin nombre y noches de absoluta inconsciencia de las que apenas nada recuerdo, me habían dejado en una encrucijada sin pasos que dar, sin caminos que recorrer. El día en que mi pintora cerró las puertas de nuestro infierno y yo quedé helado y destruido frente a una autovía ensordecedora me di cuenta a mis diecinueve años que el mundo ya no vendría hacía mi, que probablemente mi destino como estrella del pop o mi futuro literario nunca serían el soñado, que la existencia estaba delante de mí y que debía pelear con uñas y dientes por ella, acercarme a sus entrañas oscuras y sufrir los mordiscos de los lobos para avanzar unos pasos, que nada iba a ser como imaginé, que todo era un panorama yermo y construir algo sería una cuestión de apretar la mandíbula y subir las mangas de la camisa y tener paciencia. Hoy tendría que darle las gracias, de corazón. Su desamor trajo toda la insatisfacción que necesitaba para adentrarme en el mundo. Ella fue la metáfora de mi crecimiento posterior, de mis cartografías, aquello doloroso que me impulsó a la felicidad una y y otra vez a pesar de todo lo amargo que me sucedió, de todos los límites que crucé, de esas veces en las que me asomé al abismo y a la muerte, de lo que aprendí sobre el amor en esos años posteriores de asombrado desamor, de cómo ensamblé las escaleras, los pasadizos, los recovecos de mis refugios y las ventanas donde asomarme para respirar.

Escribimos Los arrancacorazones en apenas dos meses. La compañía de teatro que iba a interpretar la pieza nos aplaudió a rabiar cuando Jesús y yo ensayamos la primera representación. Yo no sabía nada de teatro, o mejor, ni siquiera sabía escribir, pero Jesús me hizo partícipe y a menudo protagonista.

Como Bergman unos años antes había explicado al anunciar su retirada del cine, Jesús sentía que a sus treinta años la estética moderna lo había convertido en alguien fuera de moda, en un eco de otra época y otro tiempo, y aseguraba necesitar mi contacto con el presente, aquella vida falsamente glamurosa que además terminaba de perder al separarme de mi pintora. Ella no fue la persona más importante de mi vida ni mucho menos, quedó muy por debajo de ese grupo de gente que amé y me amó. Pienso que fue incluso menos importante que Lena años atrás en su exhibicionismo discreto, en la sensualidad que a mis doce o trece años aprendió el sentido de la seducción corriendo detrás de ella y su tristeza, viéndola aparecer desnuda y fantasmal en las sombras de los pasillos de aquellos viejos caserones, anunciando el placer sin recibirlo ni darlo, o en todas las mujeres que he amado después, en esa dualidad del amor esbozado en Helene y en Sophie, pero Amparo tuvo ese don, ese mensaje demoledor: me reveló el fin del sueño, de una posibilidad. Su marcha fue como agujerear el globo hinchado de ilusiones del que colgaba y me elevaba unos metros por encima del suelo, esa fuerza interior que consideraba que creyendo y deseando uno edificaba el destino, que pisando fuerte con aquellas botas de piel de serpiente atadas a los tobillos como una segunda piel en invierno y verano podía dibujar esas huellas y ese recorrido que me llevara donde quería.

Amparo fue el final de la inocencia, y por eso me marcó tanto. Jesús llegó justo después, y fue la primera consciencia de la terrible experiencia de vivir, incrustada sin remedio en la maravillosa intensidad vital, emocional e intelectual de estar vivo.

Se puede pensar que suicidarse es una especie de renuncia. Que sólo se suicidan los desesperados, los locos o los enfermos. A veces es verdad, pero después de pasar algún tiempo al lado de mi viejo amigo tengo mis dudas. Cuando recibí tiempo más tarde la noticia de su suicidio, cuando ya hacía mucho que no lo veía, muchos meses después de que Blanca se fuera a Berlín en julio del año 94, después de que él decidiera trasladarse a Barcelona, pensé que había mucha gente viva que continuaba de pie por una renuncia. Hoy en día estoy más convencido de ello que nunca. La vida está sobrevalorada; es el signo de nuestro estúpido tiempo.

Ayer leí un fragmento de la carta que Stephan Sweizg dejó escrita antes de envenenarse con su mujer en Brasil en plena segunda guerra mundial y me di cuenta de hasta qué punto Jesús era consciente de lo que era la vida:

Prefiero, pues, poner fin a mi vida en el momento apropiado, erguido, como un hombre cuyo trabajo cultural siempre ha sido su felicidad más pura y su libertad personal. Su más preciada posesión en esta tierra”, argumenta antes de desear a todos sus amigos que “vivan para ver el amanecer tras esta larga noche”.

Conforme escribíamos Los arrancacorazones comprendí que estaba aprendiendo más en unos días de lo que había podido aprender en años. Sus lecturas fueron tan enriquecedoras que muchos de los autores que él fue descubriéndome son ahora lugares indiscutibles de mi biblioteca, y libros que de una y otra forma me cambiaron la vida, me ayudaron a seguir, a comprender, a continuar vivo y mantener la esperanza y las uñas afiladas. No sé cómo pudo leer tanto en tan poco tiempo. Tal vez en esas bibliotecas públicas que por inútiles y por falta de presupuesto cerrarán una tras otra a lo largo de los próximos años, en un proceso de ajuste que no afectara a lo superfluo y banal, a los que más poseen, sino al resto, a todo lo que es justo y esencial. Porque Jesús no tuvo dinero en toda su vida. Porque de Malcom Lowry o Joseph Conrad, o Stevenson o Melville, de Dostoievski o Tolstoi, de Margarite Duras, de Faulkner o Sábato, de Onetti, Proust o Virginia Woolfe, de Joyce, jamás hubo libros en su casa. Nunca poseyó más que un reducido puñado que ocupaba una estantería diminuta al lado de un sillón con los muelles rotos y el mullido medio deshecho, la mayor parte de esos libros regalados o robados, sin embargo, y pese a no tenerlos físicamente, fue una de las personas que mejor valoró esas novelas, las leyó como si devorara el tiempo, como si le hablarán directamente al alma de su propia vida y de lo que contemplaba, le sirvieron para vivir intensamente, para pensar en cómo vivía, le permitieron alcanzar ese estado de sabiduría increíble que le permitió escribir su poesía silenciosa y su filosofía de la extinción. Nunca lo menosprecié porque se matara. Las razones para vivir son la mismas que sirven para afrontar la muerte. Eso lo dijo Camus y, francamente, no hay demasiadas personas que tengan el coraje de guiarse de ese modo para vivir lo más posible o para suicidarse antes de tiempo cuando ya no podemos seguir defendiendo la dignidad y la libertad.

A Blanca también le gustaba leer, y mucho. No poseía ese brillo intelectual que asomaba en los ojos de su hermano cada vez que hablábamos de nuestras novelas preferidas, pero leía, de otro modo, como una especie de oración interior que escupía en cada uno de los conciertos de su grupo, en aquella época en la que gozó de cierta fama en el mundillo musical independiente.

Reconozco que verla esa primera vez subida a un escenario, esa noche en la que su hermano me invitó a uno de sus conciertos en un antro del antiguo barrio del Carmen, cerca de donde habíamos escrito y ensayado Los arrancacorazones, fue la razón más importante para sentirme atraído por ella. Fina, de huesos largos y delicados, piel muy blanca, pechos pequeños, casi masculinos, y una figura fibrosa y endurecida, alargada como un cristo. Me sentí pequeño ante su vida, falsamente autodestructivo ante su fuerza, burgués en el fondo a pesar de mi supuesta amoralidad, aficionado ante sus terribles abismos y adicciones, y débil ante la oscuridad majestuosa y bella que desprendía esa mujer. Desde el principio supe que yo no iba a ser el hombre de su vida, así que me tomé su ofrecimiento como un modo de recordar algo memorable, de adentrarme en una personalidad irrepetible. Ella no me necesitaba y yo me propuse no necesitar a nadie tiempo atrás, así que todo fue relativamente intenso, apasionado y fácil. Ella permitía esa distancia, la gozaba incluso, la marcaba con un ímpetu deslumbrante. Me enamoré de ella aún así. Me enamoré de un modo adulto por primera vez en mi existencia, de su particular forma de actuar que tanto nos fascinaba a mi y a Jesús, de su relativa fama en la ciudad, de su descaro y de como hacía el amor, como si fuera la última vez, como si todo cuanto besaran sus labios fuera a exterminarse al día siguiente; de su obscenidad sensual y sutil, de su negrura tierna, de sus juegos malabares frente al corazón y sus excesos.

La imaginé muchas veces subida en una cuerda floja, en un trapecio. Ser estable con su pasado no era cosa fácil, no debemos olvidarnos nunca de ello. La infancia decide casi siempre nuestro equilibrio futuro. Podemos aprender inglés o informática, hacernos economistas, ingenieros o abogados despiadados, pero nuestro equilibrio lo marcará la infancia. También nuestra felicidad y nuestras tristezas, nuestros abismos y nuestros destinos incluso a pesar de esos avatares destructivos y terribles que acontecen en toda vida. Es como si la niñez eligiera por nosotros al nacer.

Yo siempre vi en Blanca, a pesar de todo lo negro, una tremenda vitalidad, y lo mismo me sucedía ante las imponentes carcajadas de Jesús. Pero miré mal, o equivoqué la mirada. Lo importante es que alguien que se suicidó puede enseñarte muchas cosas que sirven para vivir, o darte una cartografía posible, unas señales en el mapa desconocido y enigmático que tenemos que desentrañar con nuestros pasos y decisiones. Tal vez Blanca tuviera un mal viaje y no quisiera morir, ya no lo sé. Había pasado casi un año y medio desde la última vez que la contemplé desnuda, más de un año desde esa tarde en Madrid en la que la vi con vida por última vez para despedirnos y me dijo que era un buen chico y un buen escritor, y que debía tener esperanza. Que las diosas de Blanca y su universo de brujas deslumbrantes y agoreros del tiempo perdido me dieran esperanza es algo que no he podido todavía olvidar. Así es la vida, como diría mi querida amiga Ana Luisa.

Cada vez que abro mi colección de cuentos completos de Julio Cortázar, esa edición de Alfaguara que me entregó mi padre primero, y después, cuando una desvergonzada amiga de mi viejo compadre Jacobo se la llevó para no devolvérmela, fue un celebrado regaló de Helene, tengo la sensación de abrir el cajón donde guardo nuestros experimentos literarios, la obra de teatro de Los arrancacorazones, esa carpeta donde todavía me quedan un puñado de poemas de Jesús que releo con los ojos cerrados. El tiempo todavía sigue doliendo en alguna parte de mi piel, es como si lo hubiese traicionado sobreviviendo, renunciando, recomponiendo mi rincón de laberintos y pasadizos, y anhelo la vejez para reconciliarme con todas las épocas extinguidas. Se acercan los cuarenta a pasos de gigante y tengo la hermosa sensación de que a pesar de todo aún me quedan algunas cosas por apurar. Cuando veo la triste imagen de los triunfadores ahora ya desvelados y ufanos, o la sonrisa satisfecha de ministros y consejeros y señores elegantes hablando de nuestro destino, cuando observó el deterioro de la cultura, cuando cae la noche y esa tristeza bordea los ojos de la gente que me cruzo por la calle y oigo el exabrupto y el grito, la desesperación, cuando leo que en Europa hay ciento trece millones de personas viviendo bajo el umbral de la pobreza, o que la Generalitat Valenciana no paga a las farmacias ni a los colegios ni a las guarderías mientras se descubre el agujero de Emarsa y Camps pasea su inocencia y sus trajes, cuando observo la mueca de hastío que esboza Sarkozy expresando la grandeur siendo tan sólo decadencia, cuando los periódicos asustan y los hombres claman sin vergüenza que son ellos los sabios, pienso que aún puedo reconstruir una o dos veces más mi vida, y si lo pienso para mi, soy capaz de traspasar esa esperanza a toda la gente que conozco y que merece la pena. Tengo la sensación de que la sabiduría ahora mismo está proyectada en el secreto y en el futuro, es silenciosa, tranquila, los lectores son porteros de edificio, empleados de medio pelo, putas de bar de carretera, que los escritores de verdad apenas susurran, que los hombres que cambiarán el mundo están inventando las nuevas metáforas del futuro, que mi pequeño Mateo alienta con su generación una esperanza de transformación, que Garzón será recordado como una especie de Dreyfus machacado por el conservadurismo español que nunca soportó perder el poder después de ejercerlo durante siglos, que esta crisis no es más que un invento y mi compadre Pierre seguirá vendiendo su frutas y verduras bio, y Mario actuará por fin en teatros de verdad y la literatura maravillosa volverá a servir a mucha gente en un futuro cercano, que la vida dará un vuelco o al menos alcanzará ese equilibrio que en algunos momentos de la historia nos ayudó a seguir.

Blanca se lanzó de un cuarto piso en uno de aquellos edificios ocupados del Berlín de la reunificación. Era como si decidiera morir en medio de la historia, o donde la historia celebraba la victoria de los ganadores. A veces la veo planeando como esta Europa perdida, agitando las nubes y tratando de proferir su largo réquiem. Tal vez lo hiciera intoxicada de todas esas drogas que los dos tragamos como caramelos para niños enfermos, los niños engañados que fuimos, ahora sin paraísos consistentes, aunque a ella se le cayera la infancia demasiado pronto y esos engaños fueron pasto de la miseria y la derrota, o tal vez llegó a pensar que ya nada valía la pena, que el recorrido había sido demasiado veloz e intenso, como un relámpago, y su hermano muerto ya no la protegería y la tierra que pisaba se derrumbaría tarde o temprano como caen los castillos de arena construidos por los hombres a la orilla de la playa cuando suben las mareas, y era mejor la dignidad del vuelo que el envejecimiento triste de la desesperanza y la derrota. No puedo saberlo, y durante algún tiempo aquello me atormentó. Pero tal vez, como si a veces los ángeles que nos protegen -rumor de tiempo, viejos trovadores, almas lúcidas encendidas de destellos, la inteligencia y la luz- extendiera sus alas de vez en cuando, llegados como un fragor inesperado, como un pliegue y una chispa, los escucho, los oigo. A Jesús diciendo que la batalla de la literatura era una contienda futura, que ya todo estaba casi perdido, que había que alimentar la hoguera, la llama, y a Blanca extendiendo sus brazos y decidiendo volar como Hrabal, como Walser envuelto en la nieve. Y en sus voces encuentro aquello que tengo que salvar, aquello que todavía me enciende y me obliga a respetar al prójimo, a odiar despiadadamente a los que convierten estos falsos paraísos en infiernos anunciados, a los que engañan a los inocente, a los que pisan a los otros para impulsarse más alto, a los esbirros que masacran la libertad y la dignidad.

Hemos perdido sin remedio por si alguien piensa lo contrario. El espectáculo ha terminado, no queda nada en los inicios del nuevo siglo que sea consistente, que nos una y, sin embargo, no somos perdedores, en cada uno de los abrazos que damos, bajo la piel y en el corazón, entre las brumas de los que construyeron para nosotros un rumor en la historia, una victoria del alma frente al mundo, en todas las canciones y los versos y las novelas hechas de furia y libertad, está el rumor de aquello que debe perdurar, el aliento enfurecido de los que nunca ganaron pero jamás fueron perdedores, como un aviso para navegantes, como un viento silencioso que se cuela entre los pliegues de la mentira y los naufragios, para que entre los restos que nunca recogerán los imbéciles y los esclavos quede esa materia prima de lo humano, aquello que nunca se doblega, el límite que hace ante la injusticia alzar la cabeza, ante la tiranía buscar otras palabras, frente a los límites hallar otro itinerario, ante el absurdo encontrar el sentido, frente al dolor y la mentira acariciar con los dedos erizados el amor y la verdad, aliviar el pesar de vivir.

Jesús siempre me habló de aquellos grupos de desheredados que huían de las hambrunas y las pestes en el medievo, que recorrían Europa con sus troupes de prestidigitadores, poetas, músicos, harapientos vagabundos del hambre y la picaresca. Él solía decir que de ellos nació el arte que le gustaba, que de ellos llegó esa extraña resistencia de los hombres ante los infortunios, la imaginación encendida de los derrotados frente a la derrota despiadada. Se nutría de esa esperanza, y una vez me confesó que tal vez el mundo se iba a poner mucho peor de lo que todos esperaban, y que si yo lo deseaba, lleno de confianza en mí, formaría conmigo una de esas pandillas de inventores de aire, de mercaderes de arena y limpiadores de nubes, de prestidigitadores del tiempo, que a mi lado él podía creer, reinventarse, empezar de nuevo. Ahora me toca a mí comenzar a reunir a todos esos perros de la lluvia que aullarán en las noches de invierno, se lo debo, a él y a mi hijo, al hombre futuro que se negará a ser carne de cañón, aderezo maltrecho en una escenario que no le pertenecerá, masa ruidosa sin alma ni voz, anónimo despojo del poder en su crecida intolerancia, en su dureza orgullosa, que no creerá a los amos ni respetará a los esclavos, aquel que entone las canciones que aliviaran la oscuridad futura, los que conviertan en polvo las indecencias de éste presente, los que alumbren alguna vez un mundo de luz y no estos templos de mercaderes.

Soplemos con fuerza a las brasas para que se mantengan.

Copyright Jimarino

Una casa griega y la leyenda de los santos escritores

                Sé que era una casa oculta entre la abrupta pared de un acantilado y el pliegue de un fino brazo natural de tierra. Una recóndita cala griega de arena blanca y lámina azul.  Soñé con ella muchas veces. Escribí hace muchos años sobre esa casa y el acantilado, y el pliegue natural y la cala de arena blanca, y en ella sucedió una traición y luego lo olvidé todo.

                En 1926 el millonario norteamericano G.Brenan y su mujer Melissa se instalaron allí algún tiempo. Viajaron desde Saint Trópez hasta Grecia pensando que les convendría cambiar de aires. Eran amigos de los Fitzgerald, testigos ocasionales de su fiesta permanente en los salvajes años de la Riviere y la Provenza. Es posible que Scott paseara alguna vez por esa orilla de madrugada o que se quedase dormido en la playa más de una noche, borracho como una cuba, mascullando sus revoluciones literarias. No sabemos si fue el propio mister Brenan quien mandó construir la casa de madera en aquella época feliz o si ya estaba alzada antes de su llegada y se limitó a reparar las maderas en mal estado y a aislar los muros y el tejado para el invierno, a ampliar el salón y alargar el balcón hasta que rodeara por completo toda la superficie de la fachada.

                Cuentan que Lawrence Durrell y Henry Miller gritaron catorce años después a bordo de una barcaza de remos que aquel era un rincón maravilloso para morir, a unos cincuenta metros de la valla, en un amanecer oscuro y ebrio de mar calmo. Los dos se equivocaban sabiendo lo que ocurrió después.

                Ese elegante americano que se enamoró perdidamente de Zelda, que la vio perder paulatinamente su esplendor en un apagado rumor de locura y silencio mientras Scott se bebía las bodegas de Francia tratando de mantener a duras penas su obra y la fama descomunal conseguida años atrás, vio como una fría mañana de febrero del 29 su esposa se subía a una barca de pescadores con varias maletas y se alejaba para siempre de la playa sin decir siquiera adiós. Gerald Brenan no pudo soportar la soledad que sobrevino después, las noches llenas de estrellas que una detrás de otra fueron llenando el espacio de la cala, la compañía constante del mar y el deambular ocasional de los pescadores que traían provisiones una o dos veces por semana, el recuerdo de Zelda y de Melissa, las antiguas fiestas en la Côte D´Azur, el brillo de una época exterminada.

                -Todos estaban destinados al fracaso.-Eso es lo que dijo Ernest Hemingway con una media sonrisa en el rostro una mañana soleada bajo la tenue luminosidad de la sala principal de la Biblioteca Pública de Nueva York, frente a un buen número de periodistas congregados para cubrir la presentación de su nuevo libro. Ernest conocía ese rincón al menos en fotografía, sin que hayamos podido confirmar que llegase a visitar la cala alguna vez. 

                 Y esa casa construida para albergar un amor profundo y una utopía de distancia quedó abandonada en 1938, poseída por la crueldad hermosa de los dioses griegos, por las narraciones de Homero que alguna vez, quien sabe, cientos de años atrás, tal vez se acercara a esa playa antigua para buscar la existencia de un poema o el inicio de una aventura. Como me sucedió a mí en esa novela interminable que nunca llegué a concluír, cuando conté que Ricardo Rey se volvió loco tratando de escribir en una hoja la misma palabra una y otra vez, incapaz de comenzar nada que fuera duradero, abandonado por su mejor amigo, por su hermano del alma, también por ella, la mujer de su vida, en un descenso prolongado a los infiernos. Castigo de santos escritores.

                En ese lugar siempre surgirá la aventura, la literatura.

                Cuando Henry Miller viajó a Grecia en 1940 oyó hablar de un americano alcohólico que vagaba desde hacía años por las islas contando historias. Decían que vestía con harapos y lucía una larga barba blanca que le llegaba hasta el inicio del vientre. Durrel nunca creyó aquel relato de pescadores, y pensó que se trataba de un mito, de una leyenda heredada de la antigua literatura griega. Lo que no entendía es porque los isleños se empeñaban en afirmar que aquel hombre era norteamericano.

                -Prefiero los mitos a la historia, desde luego, y los cuentos que se transforman en mitos a los cuentos sin mas.- Eso le respondió Miller, con el pitillo sobre el labio inferior ligeramente torcido y el sombrero protegiéndole el rostro de un sol intenso de mediodía en Corfú, vestido de blanco y sudando ligeramente. Miraba al Colosso de Marussi a los ojos.  

                Al final convenció a Lawrence para emprender su búsqueda. Alquilaron un pequeño barco de motor con una barca de remos, y una madrugada de septiembre de 1940 comenzaron a bordear la costa y acercarse a las islas. Si el americano vivía, Henry tenía que encontrarlo. Fue una especie de pálpito inexplicable, una intuición similar a otras que habían ido conduciendo su existencia desde Nueva York hasta Europa. Estaba convencido de que aquel hombre les contaría hermosas e increíbles historias, que quizá lo hallarían en alguna de la tabernas costeras de muros blancos y húmedos, celebrando la santa ebriedad -pensó en la leyenda del Santo Bebedor de Roth-, la locura de una existencia desperdiciada, reclamando a gritos la atención de los lugareños, retándoles en el fondo, acechando con deseo el paso de las mujeres por los caminos polvorientos y pedregosos.

                Victor Lazslo, de origen húngaro y fortuna oscura acumulada durante la segunda guerra mundial, alquiló una gran embarcación de vela en el verano de 1951, y aunque nadie lo ha podido confirmar, se cree que en los camarotes del barco viajaban Miller y Blaise Cendrars, atraídos, más de diez años después de que Miller animara a Lawrence Durell a acompañarle, por la leyenda del norteamericano. Esta vez el trayecto no duró tan sólo un fin de semana, sino que durante diez días recorrieron islas, costas, rincones paradisíacos y hermosos tan sólo accesibles a pie o por el mar. Comían junto a la orilla en pequeños restaurantes costeros, dormían en el barco, hablaban incansables de mitos y leyendas, siempre atentos a cualquiera que pudiera decirles algo sobre el misterioso americano. Se detenían en cada pueblo alzado sobre la arena del mar o encima de escarpados y abruptos acantilados, en cualquier lugar donde pudieran atisbar unas casas, un pequeño puerto pesquero.  Jamás encontraron al legendario vagabundo.  

                La historia de la literatura nació a menudo de largos viajes por el mediterráneo.

                Aquella casa quedó extraordinariamente descrita en un texto de 1932 que durante algún tiempo se le adjudicó a Lawrence Durrell, hecho que él negó pocos meses antes de morir, reconociendo que sin duda le hubiese encantado escribir algo así. Aquel manuscrito me lo entregó una fría mañana de febrero en Barcelona el propio Enrique Vila-Matas, plastificado con sumo cuidado, guarecido del aire y el polvo, del tiempo, en una urna transparente y aislante. Me dijo que durante décadas, esa hoja envejecida había pasado de escritor en escritor, con una lista ilustre de propietarios ocasionales, y que a él se la había dado una tarde de primavera en Paris el mismísimo Julien Graq. No podía explicarme la razón exacta por la que me entregaba a mí el dichoso manuscrito. Simplemente se había dejado llevar por la intuición de que debía hacerlo en esa cita prevista entre ambos con casi tres semanas de antelación debido a su apretada agenda. Reconoció que apenas me conocía, y que siempre pensó en entregárselo a Roberto Bolaño, que no sólo sabía de la existencia de aquel escrito, sino que lo deseaba con fervor. Le había dejado leer el texto al menos en tres ocasiones, y cuando creyó convencido que ya no le hacía falta y decidió entregárselo a su amigo éste se murió. Llevaba dos años pensando qué hacer con el documento cuando leyó un artículo mío sobre Fitzgerald y su tormentosa relación con Hemnigway y creyó que aquello era una señal. Supongo que por eso me dio el manuscrito.

                No supe qué decirle en ese momento, emocionado porque me hallaba delante de unos de los escritores vivos que más admiro, y me concedía el honor de poseer por algún tiempo semejante presente del que había oído hablar en varias ocasiones. Pero acepté el regalo. Sólo me puso una condición. A partir de un momento –lo sabría- sería necesario que entregara, tal y como él había hecho, a otro escritor esas hojas.

                Gracias a las palabras sin autor guardadas durante más de setenta años pudimos hacernos una idea de cómo era en realidad la hermosa valla blanca que surgía de la arena, el armazón de madera que sostenía unos metros sobre el suelo la casa, la estructura del balcón que envolvía todos los muros o las escaleras que ascendían desde el pequeño porche hasta la entrada, detalles sobre la decoración, los muebles, o acerca de la forma del tejado. También supimos la historia de una mujer, cuyo nombre no se revelaba en el escrito, cumpliendo desnuda cada mañana temprano un paseo desde la casa hasta la orilla del mar. Los ventanales eran amplios y orientados para recibir con plenitud la luz. Las salas grandes y luminosas durante todo el día. Las cortinas de gasa blanca y fina oscilaban a causa de las leves corrientes procedentes del mar.  No había exceso de lujo, sólo objetos exóticos, tapices y cerámica oriental por todas partes, botines procedentes de viajes lejanos. Desde cualquier punto de la vivienda se podía ver el mar a pocos metros. En el porche se acumulaban media docena de hamacas y tumbonas, también un par de confortables sillones de esparto con cojines en el respaldo y en el asiento alienados junto a la pared. Se hablaba de un gato que maullaba a menudo al llegar la medianoche encaramado a la barandilla, y de un escritor que trataba desesperadamente de escribir una novela.  

                Durante años, muchos escritores supieron de aquel relato y lo buscaron afanosamente. Bastaba con que cualquiera empezara a escribir con cierta pretensión literaria para que de una u otra forma la historia de la casa, el americano y la hermosa mujer que se bañaba desnuda con las primeras luces del alba día tras día, apareciera, casi siempre por causalidades, en boca de un tercero o en una novela olvidada que se abría esparciendo polvo, en un documental sobre cierto escritor o en cualquier conversación inesperada sobre literatura, y el rumor sobre la existencia de manuscrito crecía y crecía entre el gremio de escritores sin que nadie se atreviera en verdad a hablar abiertamente del asunto.

                En un texto hallado en el año ochenta y dos entre el legado de Vladimir Nabokov, se descubrió que el autor ruso estaba al corriente de la extraña historia de la casa en una cala griega, aunque dudaba de que el documento que yo guardé tantos meses en un cajón de mi escritorio existiera.

                “Se trata de una especie de vellocino de oro de los escritores de ficción, de un mapa del tesoro secreto, de una leyenda acumulada que sostiene una tradición en sí misma sin que necesite un cuerpo físico. Un invento útil, un soplo de trascendencia que nos une ”

                Cuando leo esas palabras suelo sonreír.  Haber tenido en mis manos semejante texto, y creer en realidad que se trataba del famoso escrito de 1932, fue como flotar en el mullido de un nube, como sentirse elegido por una magia irremediable concedida por los dioses de las letras, por una leyenda hecha carne, sangre, tinta y papel, incluso aun cuando pueda pensar en ocasiones que Enrique me tomó el pelo, o que a él se lo tomó Julián Graq, y así sucesivamente.  La tentación de continuar ese ritual asomó muchas veces con una fuerza desmesurada y pensé maliciosamente en falsificar parte de la leyenda misma, añadir algo que la hiciera más trascendental y poderosa, participar de un modo más heroico en su continuidad para establecer una relación mayor con mi persona que la mera posesión temporal. Algo guardaba ese manuscrito sin embargo que impedía mentir sin saber exactamente en qué consistía esa prohibición. La tentación asomaba pero una voz impredecible aseguraba que la literatura debía ser auténtica, que uno no podía transformar las leyes de un arte como ese así como así incluso aunque con ello publicitara mejor nuestra tradición, que en realidad era necesario escribir bien y ser honesto.  

                Durante el tiempo que poseí el manuscrito sucedieron cosas inexplicables, pequeños detalles que cambiaron mi existencia y que sería demasiado largo de contar en estos breves apuntes.  Pero hay un hecho que no puedo pasar por alto, la historia que Pierre Michon me contó una madrugada fría de noviembre en el XIIIem de Paris, coronando la ciudad ebrios en el balcón de la casa de un viejo amigo suyo, Phillipe Sollers.

                Tal y como le conté a mi suegra, Chantal A., la fascinante historia de esa casa en Grecia, el recorrido fabuloso del texto desde 1932 hasta nuestros días, los detalles guardados, la mitología alrededor de ese vagabundo americano que contaba historias, la figura sensual de la mujer que se acercaba a la orilla, de todo lo sucedido en torno a ese lugar, con sus viajes  y visitantes y buscadores ilustres que nombré a conciencia, mi propia escritura inconsciente de los hechos iniciada a principios del año 1998, me estaba comenzando a pesar demasiado, y contemplaba desde hacia unas semanas la posibilidad de traspasar el texto a otro escritor. 

                Mientras le relataba esas sensaciones imperiosas de desembarazarme del documento no percibí en mi obsesiva exposición como el rostro de Chantal, escritora de éxito en Francia a su vez, se transformaba, como sí, a pesar de no dar crédito a la famosa historia misteriosa, a la posibilidad de que en realidad el manuscrito existiera y estuviera en manos del marido de su hija, la aproximaba a un secreto conocido por todos los escritores de ficción desde los años treinta hasta ahora. Por un instante apareció en su mente la famosa racionalidad gala y me interrumpió bruscamente.

                Había hablado hacía apenas cuatro semanas en Montpellier con Pierre Michon y Pascal Quignard sobre el asunto precisamente. Pascal estaba convencido de que todo era una invención de Henry Miller, pero Michon no estaba del todo seguro y aseguraba que Fitzgerald mencionó el manuscrito en el transcurso de una conferencia en la universidad de Princenton en 1937, a la que asistieron apenas quince alumnos ante el mito derrumbado, atravesado por el tiempo, naufragando en un mar de alcoholes de alta graduación, es decir, unos tres años antes de que Lawrence Durrell y Miller se subieran al barco para buscar al misterioso norteamericano que contaba historias, y unos catorce años antes de que Lazslo, Cendrars y el propio Miller volvieran a buscarlo.  Pascal Quignard dijo que podían ser ciertas esas palabras de Fitzgerald, pero ¿acaso el vagabundo más antiguo de la literatura, o al menos así habíamos deseado verlo la mayor parte de los escritores a lo largo de los siglos, no había sido otro que el mismísimo Homero ciego que recorría las islas contando las hazañas de la Odisea, leyenda apócrifa pero sugestiva que nos alimenta? ¿O no era verdad que con un poco de imaginación podíamos asociar ese manuscrito y al americano que supuestamente lo había escrito con Moby Dick y el Capitan Ahab de Melville?

                Saber que Chantal A. conocía a Pierre Michon me hizo proferir un aullido animal que la asustó. La miré fijamente a los ojos y le dije que necesitaba ver a Michon lo antes posible, que había sido él precisamente el escritor en el que había pensando para traspasar el texto guardado, y al alejarme de la sala para buscar a Helene entre la sombras del dormitorio, no percibí la mueca de dolor que por un instante ocultó la alegría natural de mi suegra. A pesar de todo su escepticismo, por un instante, creyó convencida que yo había decidido concederle el honor de poseer, como todos los nombres ilustres anteriores que lo hicieron, el famoso manuscrito griego de 1932.

                Su decepción fue menor que el asombro provocado por la historia que le conté. El propio Enrique Vila-Matas me había ofrecido ese texto, un escritor que ella adoraba, al que coquetamente, en alguna ocasión, me había comentado amaba en secreto, o mejor, de quien se había enamorado a través de sus palabras, de sus historias.

                Fue una suerte que apenas una semana después Michon acudiera a una conferencia en Le Halle, que surgiera escuálido y solemne de entre la masa y mirara con sus ojos miopes –o al menos eso me pareció- por encima de la gente acumulada en el salón de actos y me viera. Una hora después, gracias a la mediación impagable de Chantal, cenábamos en un agradable restaurante judío de Les Marais. Entre hummus y bolitas de carne y salsas aromáticas Michon relató su encierro. Era un hombre agradable, nada terrible a pesar de mi turbia imaginación y del respeto excesivo que mostré hacia él y su solemne e impresionante literatura. Monstruo vivo que exhalaba carcajadas gozosas de literatura. Entonces contó esa historia, la de Antonin Artaud, y yo le dije que el manuscrito estaba en mis manos y había decido entregárselo a él por muchas razones. Primero porque lo consideraba un maestro, y segundo porque yo apenas tenía tiempo para escribir, y consideraba un despilfarro que siguiera en mis manos sí dudaba de mi condición de escritor. Sus ojos se humedecieron de repente. Alzó la copa de vino, bebió un trago lento y largo, y cuando abandonó la copa sobre la mesa me contó que veinte años atrás, a mediados de los años ochenta, poco tiempo después de publicar Vidas minúsculas, recibió una carta de un sacerdote de Aix-en Provence, de nombre Bernard Ferrand.

                -Este sacerdote era muy anciano –dijo-, un hombre muy sabio. En los años cuarenta, en plena guerra, había editado un libro de poemas hoy imposible de hallar.

                Se encontraron en un café de Le Cours Maribeau. Lo reconoció enseguida, flaco, diminuto sobre la silla, muy viejo en comparación con la juventud que ocupaba la terraza aprovechando el buen tiempo de un mes de mayo luminoso. Se miraron por unos segundos. Michon encendió un cigarrillo y el sacerdote le confesó que Vies minuscules había sido una experiencia estética deslumbrante. Michon agachó la cabeza y se sentó frente a él.

                -Hace muchos, muchos años, fui a visitar a Antonin Artaud al psiquiátrico donde estaba recluido. Cuando le pregunté por el secreto de su profunda obra, por esa especie de oscuridad lúcida y terrible que planeaba en toda su literatura y en sus ensayos, Artaud dijo que el oscuro era él, que sus textos estaban llenos de una luz heredada, de un secreto ajeno guarecido misteriosamente en su mente confusa. Existía un manuscrito dijo, un manuscrito que él había leído, del que incluso podía recitar de memoria pasajes enteros, rezar esa hermosa prosa que en Grecia, en 1932, un vagabundo americano dejó escrita sobre una casa junto a la orilla del mar, en una cala perdida, rodeada por un brazo de tierra y un abrupto acantilado. Tenía la intuición de que en verdad el americano no había compuesto esas frases en el año que todos fijaban como origen, sino que había encontrado un pergamino algunos años atrás en Atenas, datado varios siglos antes de Jesucristo, y se había limitado a traducirlo al inglés, adaptar ciertas descripciones a su época y a transcribirlo en la hoja de papel que circulaba desde hacía años de escritor en escritor. Me aseguró que Cervantes había tenido en sus manos el texto original, y que incluso Shakespeare llegó a guardarlo egoístamente más de un lustro. Habló emocionado de otros propietarios ilustres; Flaubert, Tolstoi, Dostoiesvki, Proust e incluso Joyce.

                Poco antes del amanecer, cuando bajamos a la calle para despedirnos ebrios y fatigados, a pocas manzanas de la cúpula de Les Invalides, saqué de la carpeta que había arrastrado conmigo toda la noche el supuesto texto de 1932. Los ojos de Pierre se iluminaron ante el papel plastificado. Tardó unos segundos en reaccionar. Se sentó en un banco del puente. De lejos parecíamos dos clochard enfundados en abrigos oscuros, yo con un gorro de lana, y él con una gorra de sport marrón claro, las bufandas apretadas alrededor del cuello, los rostros impresionados. Nada más comenzar a leer las primeras líneas del texto Michón empezó reír, primero con suavidad, enseguida carcajadas que resonaron a través de las aguas del Sena. Quise que me dijera si sabía algo sobre el escritor norteamericano vagabundo, sobre aquella casa que construyó o rehabilitó Brenan, sobre el misterio de esas palabras que había guardado algún tiempo, pero se fue alejando alzando la mano a modo de despedida, sin dejar de reír.

                -Adiós, Jimarino, adiós.

                Le grité que me dijera por qué se reía. Se lo pregunté varias veces. Michon se daba la vuelta y alzaba el brazo,

                -Lo sabía. Lo sabía. Me lo dijo Hugo Clauss. También Claudio Magris. Y Tabucchi. E incluso Günter Grass.

                -¿Qué te dijeron?

               Comenzó a llover. Oí algo de un secreto. La tromba de agua ensordecía sus palabras, ya situado a unos veinte metros de donde estaba empapándome… Letras… El futuro. Un lugar en el mundo. Las carcajadas continuaban… Nuestra casa.

                -¿Nuestra casa?

              Se borró de repente. Tuve la sensación de que la niebla que cubrió en pocos minutos el puente lo había arrastrado hacia L´Ille Saint Louis. Ya no podía ver su figura enjuta, su paso cansino. Inmediatamente pensé a qué escritor le entregaría más tarde el manuscrito. Luego que sucedería si uno de eso escritores que iban a poseerlo decidiera destruirlo o guardarlo para siempre a pesar de su extraño influjo, jamás traspasarlo. O tal vez Michon sabía quien era el misterioso vagabundo norteamericano que quiso escribir en Grecia una novela y decidió dárselo personalmente si es que aún vivía. O puede que incluso ya supiera de la existencia del pergamino griego. Al fin y al cabo, yo estaba convencido de que ya no iba a necesitar ese texto. Mis palabras languidecían. El tiempo había borrado su insistencia, el afán por contar. Necesitaba tiempo tal vez, pero la energía había mermado. En cuanto regresara a España tenía pensado llamar a Ricardo Menéndez Salmón para preguntarle como conseguía mantener la calma y las fuerzas para seguir contando. O mejor al propio Vila-Matas, que tuvo la deferencia conmovedora de entregarme personalmente el famoso manuscrito ¿De donde sacaba la energía ese hombre? Al compararlo conmigo, me sugería el esplendor de una ballena en alta mar, retozando sobre la superficie de las aguas, frente al insignificante navegar de una araña de río.

           Tal vez había perdido el secreto de este arte, eso que permite creer que vale la pena seguir escribiendo.

                El agua empapaba mis cabellos, caía por mi rostro y me mojaba los labios. Recordé muchos días en los que me había calado hasta los ojos de lluvia, días de amores secretos, de tardes de infancia en la sierra, ebrios de vino y deseo adolescente, las manos finas y heladas de Lucía, huella de los centenares de festines eróticos posteriores, de las ramificaciones de los sentidos expresados en todas esas vidas que nunca cumplí reunidas en un nombre que no fue demasiado importante pero definió a todos los demás; me acordé de las fiestas perpetuas, de los insomnios y los saludos al sol con la garganta seca, todo esos años borrados, el rastro efímero y confuso de lo escrito a lo largo de casi tres décadas. Entonces pensé que tal vez la lluvia podía limpiar algo de todas esas cosas que habían ido ensombreciendo la literatura que guardaba mi existencia. No era nada importante en el fondo. Una impresión fugaz de haber tenido el manuscrito, de haber compartido el mismo texto que otros tantos tuvieron por un tiempo. Pero esa impresión dejó una huella más profunda de lo que creí en un principio. Me di cuenta al examinar el efecto que me produjo más tarde una propuesta oída en los últimos meses; se pedía que, ante el probable impago de la deuda griega, el gobierno heleno podía vender algunas islas. Me sentí indignado hasta el punto de que, tras leer la noticia, me puse furioso y comencé a gritar que aquello no era posible. Mi mujer me miró sorprendida, como si la noticia no fuera motivo para esa ira tan impetuosa y visible.

                -No entiendes lo que eso significa.- Dije en voz baja, apenas un susurro que no oyó nadie.-Eso sería entregar nuestra única tierra libre, nuestro único lugar sagrado-.

                Michon se había evaporado por ese puente y nunca más volví a verle. Mi suegra hace meses que no viaja hasta Valencia, según parece está recorriendo la vieja y agujereada Europa en una roulotte con su nuevo amante. En una postal me confesaba que tal vez había perdido el gusto por escribir y prefería beber y morir despacio, leer y hacer el amor mientras el cuerpo resistiera los envites del tiempo.

                -La culpa es de Beckett. Queda ya poco por decir…

                Entonces pensé en una frase de Bauchau –un frase que tal vez inventé, no estoy seguro a estas alturas-. 

                -Lo mejor sería perderse en una isla griega, vivir en una casa junto a la orilla, escribir una palabra tan sólo en una hoja de papel día tras día, adquirir el ritmo del mar y finalmente desvanecerse como las olas.

                En ese instante me pregunté porqué demonios había vuelto escribir un texto como éste. En voz alta, a solas, sin que nadie me oyera, me acordé de todos los títulos de libros que inconscientemente otros escritores me habían robado a lo largo de toda mi vida.

                Porque leer es una vida absolutamente maravillosa. 

Copyright Jimarino

                         

Kafka-Roberto Calasso (K.)

 

 

 

               Una historia de escritores, de buscadores de mitos. Supongo que como siempre. De escritores que escriben para vivir y viven para escribir inmersos en las leyendas de un arte milenario, en el sustrato de un saber que queda contenido en el olvido desmesurado del presente o en esa infantil creencia en el progreso ilimitado que acontece en el mundo; mitos que sin embargo mantienen una pulsión, un aliento necesario incluso hoy, una finitud construida de metáforas eternas, de saber encriptado, siempre a punto de alcanzar sus claves, sus códigos, siempre a punto. Roberto Calasso escribió sobre Kafka un libro llamado K.

 

                Al principio hay un puente de madera cubierto de nieve. Nieve espesa. K. levanta la vista hacía el “aparente vació de allí en lo alto”.

 

                Las palabras de Kafka poseen una exactitud y una precisión extraordinarias en su aparente extrañeza. Calasso –como Canetti unas décadas atrás- nos invita a leer literalmente las frases que Kafka escribió, algo que despoja a la lectura de sus obras de parte de su simbología más obvia, que transforma en cierta medida los textos. Hay un proceso de ahondamiento en la relación entre la biografía y la literatura final despojada de pistas, ofrecida como texto autónomo de ficción. Utiliza dos de sus obras mayores para su extenso ensayo: El proceso (1914) y El castillo (1922), aunque después vendrán alusiones constantes a sus cuentos; La condena, En la colonia penitenciaria, La metamorfosis, El desaparecido, El fogonero, entre otros. Ambas novelas no sólo son obras maestras de la literatura de todos los tiempos, no sólo se erigen como mitos duraderos de este noble arte, sino que de alguna manera anticiparon la venida de un mundo terrible -una cosa distinta es la capacidad humana para la felicidad, o esa ilusión que nos empuja hacia ella, la eterna construcción secreta y constante de las líneas de fuga que alivian la oscuridad, algo que no desmiente la dureza del adjetivo terrible-. El aparente vacío fue la expresión más exacta de un mundo sin Dios sumido en el caos de un equilibrio tan precario como extraño, similar a las afueras del castillo, el mundo al que K. se acerca siguiendo una invitación a trabajar de agrimensor, una invitación que se va transformando en una ironía, en una peripecia absurda, en un juego de laberintos en el que nada se encuentra, en el que apenas hay esperanza o resquicio para la luz, y siempre ese sentido del humor negro que envuelve a la muerte, quizá el único lugar lúcido en el que se libera la tensión humana.

               

                Pero volviendo a ese escritor y a su historia, contaré que hay escritores que escriben viviendo y viven escribiendo, que se ganan la vida con la literatura. De igual forma otros muchos viven de un cuento repetido, de una ausencia de esa mística tan particular de la ficción, de una excepción a la regla, falsos como los monederos de Gide. Hay escritores secretos, bien por decisión propia, bien porque no pudieron encontrar un lugar donde escribir, o mejor, donde reproducir lo escrito. Delleuze afirmaba que las ideas son capaces de remover la existencia, que menospreciamos la importancia de la idea. El mundo científico adolece de esa extensión de la generalidad, de la asociación, de la emocionalidad de la inteligencia, de ahí su finitud, su misterio ausente, su imposibilidad para alcanzar siquiera un intento de verdad completa, su dependencia del presente y de los objetos y mecanismos de fuerza, de las circunstancias temporales y espaciales. El universo de los hombres parece desposeído de cierta humanidad, aunque no pueda ser cierto

 

                          Este escritor de la historia es un escritor a medias secreto, a veces ruidoso, cuando es posible en ciertas épocas de su vida; otras silencioso como una serpiente, sibilino y discreto como ese William Burrouhgs que disimulaba sus adicciones y su inteligencia vistiendo elegante y mostrándose educado.

 

                           Kafka solo nombra un número mínimo, limitado, de elementos de la existencia que ordenaba quizá porque percibió la decadencia, como una especie de salvación posible, de oración mínima para reunir fuerzas, a veces en un intento de alcanzar esos espacios potenciales de la ciencia donde la energía se concentra para expresar una totalidad posible. Un mundo sin Dios exige de una fe humana. Cuando comienza a escribir El castillo, obra incompleta, Joyce ya ha publicado el Ulysses y Proust En busca del tiempo perdido. Todo lo que ve es percibido como una potencia descomunal a la que no podemos asirnos, un sinsentido que mantiene sin embargo un orden, una especie de negrura terrible que apenas deja resquicio para una luz posible, pero la vida continúa como en círculos concéntricos que se van extasiando en sí mismos, encaramándose, dotados del sentido de la copia y la reproducción. Toda la energía había pasado de ser humana a convertirse en centro, en aquello que se nombra como elemento central; me refiero a la taberna, al campamento militar, al castillo, al tribunal, a la diligencia, a una oficina,  a una mísera habitación en la que la metamorfosis sucede. Es algo así como el fin de la aventura, la capitulación del individuo frente a la preeminencia del espacio.

 

 

                Este escritor de la historia que vive para escribir y escribe para vivir se gana el sustento en un centro de poder similar a los descritos por Kafka, multinacional compleja, con aristocracia, jerarquía y círculos de poder y territorialización complejos y constantes, a veces incomprensibles para alguien ajeno e incluso para quienes lo viven. Cómo marca sus consignas y sus afianzamientos el poder resulta un proceso extraordinario; igual sucede en otros lugares, y aunque éste escritor tenga sus propias palabras o haya inventado un lenguaje, un lugar en el que cualquier vocablo descubre su propia identidad y se lanza a explorar el mundo de lo humano, su constante es el conflicto.

               El lenguaje puede ser totalizador, manipulador, construido para imponerse. Todo lenguaje que no sea libre en su intención, o que no tenga otra guía que la naturaleza de lo espontáneo o lo exacto, es un lenguaje que pudre, que atraviesa la humanidad, que funda nudos de imposibilidad. Este escritor percibe esa imposibilidad que organiza el mundo, una imposibilidad de sueños ideados además por otros. Esa no es una frustración hecha en verdad de la materia creadora de lo humano, sino una construcción impuesta por la mentira, la servidumbre y la manipulación.

 

                Calasso escribió sobre Kafka afirmando que lo invisible tiene una tendencia burlona a presentarse como visible, casi como si se distinguiese de todo el resto sólo por la vía de circunstancias particulares, como cuando se disipa la niebla y se hace visible el paisaje. El punto en el que se instala El castillo es siempre la elección, el misterio de la elección, su oscuridad impenetrable. Es como si aconteciera el simulacro de libertad que nos atañe a todos. Es incluso como la pretensión de ser escritor sumido en el seno de su organización, construyendo de libertad ficticia o temporal o sesgada su pequeño espacio de movimiento. La elección atormenta e insufla al tiempo valor, una especie de fuerza interior. Lo mismo sucede en El Proceso, aunque en esa novela, la elección deja de ser un paso adelante, y el estado se transforma en el terrible ser condenado, en verdad otra forma de elección fijada aún más desoladora e insostenible.

 

                Siguiendo a Kafka y Calasso, la impresión es que el poder, representado en El proceso por el tribunal, tiene la potestad de castigar, de condenar en esa novela, y en El castillo, la representación del vacío de allí arriba, de ese lugar todopoderoso y misterioso, de ese rincón oscuro en el que se suceden los actos y se reproducen tanto lo ocurrido en su seno como en aquellos lugares donde extiende su ámbito de acción -que a veces parece abarcar la totalidad de lo existente-, ese mismo poder es el que se encarga de elegir. La agudeza de Kafka dibujó en dos novelas aparentemente humorísticas, absurdas, dos formas de poder que terminarían por encontrarse en la primera guerra mundial y extenderían sus efectos hasta la creación de las democracias europeas tras la segunda guerra y, sin embargo, sólo eran expresiones complejas y extraordinarias del mundo interior de Kafka, de su prodigiosa capacidad de extraer literatura de sí mismo. El símbolo, la metáfora, incluso en el caso que nos trae entre manos, dos obras literarias de Kafka que para ser comprendidas según insiste Calasso es necesario leerlas con literalidad, lograban unificar en sus páginas la expresión de la realidad, la anticipaban, la construían en el fondo.

             Nuestro mundo contemporáneo, el que atisbamos constantemente regido por la incertidumbre, la oscuridad, la incomprensión o la imposibilidad de asimilar cuanto sucede, está lleno de ecos del universo de El castillo. Los totalitarismos, en cierto modo, aunque mezclasen otras cuestiones en su origen, estaban hechos de la materia del descomunal Tribunal que condena a Joseph K. La condena es siempre cierta y sus efectos terribles e inevitables. No existe además posibilidad alguna de una absolución completa, lo que hace todo aún más aterrador. La elección no deja de ser igual de desoladora e inexorable, con la diferencia de que en uno de los casos permite una ligera ilusión de libertad. Ser elegidos sin embargo, ahora y tal vez siempre, no deja de ser un terrible juicio incierto, probablemente sin escapatoria.

 

 

                El escritor del relato está obligado a argumentar propuestas que deben ser aceptadas por estamentos sin rostro en alturas desconocidas. Su poder se limita a aceptar o rechazar desde la base, al principio del proceso, y a elaborar posteriormente con palabras aquello que sostiene el negocio que le encomiendan. Sus palabras se adaptan al lenguaje imperante dentro de la organización, en esos periodos en los que pertenece a quienes le contratan. Jamás ha visto las caras de aquellos de los que dependen las autorizaciones de los estamentos más elevados, sino los rostros furiosos de mandos intermedios, de centrales cercanas. Todo funciona como un engranaje caótico que gira en torno a premisas que llegan desde un lugar incierto de Madrid, centro de poder inasible que decide tantos los cambios como las modificaciones a lo largo y ancho de la pirámide.  Las decisiones caen sobre los empleados incomprensibles e inexorables. Él continua escribiendo incesantemente cuando sale de la oficina después de diez horas de trabajo. La literatura le permite utilizar esas palabras que escapan a la rigidez del lenguaje de la empresa: las palabras de la poesía, la novela, el cuento o el ensayo le pertenecen sean cuales sean sus repercusiones; las otras no, aquellas que reciben organismos como riesgos particulares, centro empresas, inversiones, o intervención general, nudos de energía autoritaria acumulada y vigilancia en las que pululan cadenas de orden y rigor siempre dudosas, y que exigen unos puntos y comas determinados, un vocabulario establecido de antemano, unas normas de uso. Cuando regresa a la literatura sea leyendo o escribiendo, las palabras cobran su vida necesaria. Lamenta que exista un mundo en que las palabras son de otros y no espontáneas, siempre podridas y asociadas, agenciamientos del lenguaje explotadores, tenebrosos, hechos de servidumbre y esclavitud, que carecen de relación con lo primigenio, con las leyendas, con la comunicación, la metáfora, el símbolo o la libertad. Incluso aunque la historia de la literatura sea una tradición, su propia evolución establece los mecanismos por los cuales las líneas de fuga pueden llegar a producir la ruptura, el estallido, el acto creador, la verdadera identidad de un espíritu y su enorme capacidad iluminadora.

                   Todo es público por simpleza, por ocultamiento, y en realidad falsamente público.

 

 

                Calasso vuelve a insistir en la lectura exacta de las palabras de Kafka, y lejos de lo que una parte de la crítica apuntó sobre el autor checo, sus novelas principales como El proceso y El castillo, están lejos de la sensación de lo fantástico, de lo visionario o de lo extraordinario. Kafka maneja los detalles insignificantes desnudándolos de toda simbología y eliminando aquello que no tiene trascendencia en ellos. Teniendo en cuenta la extraordinaria argumentación de Calasso es posible que Kafka posea rasgos de un escritor antimetafórico dada la cercanía de su literatura respecto a su mundo onírico e inconsciente. Lo sobrenatural en apariencia es provocado precisamente por aquello que no se explica, el peso –la condena, la elección- que puede recaer sobre un personaje anodino del que sabemos poco. Casi toda la obra de Kafka sucede en una especie de vida psíquica. Los referentes a la realidad son tan mínimos que establecen una dirección aparentemente confusa, que él afirma sin remedio y que revierten en la llamada vida psíquica. Es como si todo fuera potencialidad, o mejor la potencialidad misma que se agazapa en la mente humana y queda reflejada en los textos. Es difícil hacerse una idea concreta de quien es Gregorio Samsa más allá de su transformación en La metamorfosis.

                Si una de las claves fundamentales de las novelas extraordinarias del siglo XIX era la evolución de los personajes en el transcurso de una narración novelesca, los cambios, las sutiles variaciones o las repercusiones en ellos de los sucesos que acontecen en la historia, para Kafka el instante inicial no es más que un momento de potencialidad que jamás se sacia por completo, las fuerzas del espíritu que chocan irremediablemente con estamentos que superan con desmesura la breve e insignificante intención humana de desarrollarse. Esa es precisamente su grandeza y su enorme originalidad, un mundo que al escritor aplastado diariamente por las palabras impuestas y los modelos que acuden desde las alturas le recuerda irremediablemente a cuanto le rodea: un universo construido en torno a mercados financieros, sean primarios o secundarios, donde cientos de lugares similares emiten señales de su consistencia y su evolución para captar fondos con emisiones de deuda interminables, participaciones constantes que oscilan desprecio e insolencia, como si la humanidad fuera una enorme vaca lechera que otorga réditos a aquellos que no se esfuerzan pero mantienen la abundancia del dinero. Todo es un conjunto interminable, casi infinito de potencialidades humanas que se desperdician, por eso, ese escritor, tal vez comprenda que Kafka fue el más exacto narrador del siglo XX y XXI por muchas razones, incluso cuando la desnudez de su prosa, esa especie de minimalismo a veces hasta anodino, le produzca una cierta monotonía, un sonsonete discreto que temporalmente abandona de vez en cuando.

 

 

 

 

                Pese a la ilusión de la democracia, esa pretendida y ficticia tabla rasa de igualdad, fraternidad y libertad, Kafka planteaba una oposición crítica tozuda, fuera por la presencia autoritaria de un padre que marcó sus pasos o por la vida en una sociedad burguesa y estable, tan bien representada por Thomas Mann al inicio de La montaña mágica. Cosas inamovibles, dirían durante varias generaciones aquellos hombres y mujeres que abrazaron el capitalismo burgués en el Imperio Astro-Húngaro o en la gran Prusia. Para Kafka el totalitarismo no era un lugar, sino mas bien un estado anímico, psíquico, que pertenecía irremediablemente al espíritu del hombre, y por añadidura a las organizaciones cada vez más complejas que generaba incluso en sociedades democráticas. La verdadera dimensión de su mirada hacia la existencia democrática con todos los matices que uno quisiera objetar en el periodo en el que Kafka escribe la ofrece El castillo. La autoridad de ese lugar de allá arriba en lo alto, lugar vacío, nunca podría aceptar otra cosa que sus propios código, códigos dictados por muy pocos hombres desconocidos que deciden los destinos de todos, hasta dejar a K. en la novela sumido en una especie de delirio, en una impostura. Su realidad, al diferir de la marcada por el poder de allá arriba, se convertía en una neurosis. Lo que se debe de hacer tiene poco que ver con un acto moral, sino más bien con un ímpetu, una insistencia, una norma social.

 

 

                 Cuando ese escritor argumenta operaciones de riesgo bajo la luz intensa de los focos blanquecinos, cuando negocia en lujosos despachos de dirección de empresas con nombres impronunciables y rostros que van cambiando diariamente, utiliza palabras fijadas, establecidas, impuestas, y lo único que le queda es el ritmo, esa especie de latido que lo acompaña desde muy joven, su propia música interior que marca la prosa y sus gestos sea cual sea su función. La exactitud de sus frases tiene poco que ver con un acto de libertad cuando se construyen para el argumento ante la invisible dirección.

 

 

                     El capitalismo democrático no posee en realidad ningún consenso, sólo acuerdos aparentes, un envoltorio de pacto; ni siquiera establece mecanismos de participación directa, tan sólo el voto a los representantes en listas cerradas o la asociación inofensiva, o el derecho a la pataleta en forma de huelga o de manifestación sin que se acepte bajo ningún concepto modificar las reglas del juego, tan sólo mecanismos de contención esporádicos, fugaces, espejismos de libertad o participación limitados; es un engranaje oscuro en la mayor parte de sus organizaciones a pesar de su apariencia de claridad y justicia, un engranaje perverso, jerarquizado hasta límites insospechados, asimétrico, un espacio de infelicidad y dominio, cuyo único sentido de pervivencia es la subsistencia que por aceptar sus condiciones integra a dos tercios de las poblaciones occidentales opulentas por lo menos hasta ahora, por una necesidad de supervivencia del sistema.

                       La decadencia de la cultura europea fue retratada por tres excelentes novelistas: Kafka, Beckett y Thomas Mann. La decadencia de la Europa actual no sólo es un imparable proceso de deterioro económico y de mala gestión política, sino un elaborado menoscabo hecho de ceguera e intereses de poder. El diagnóstico de la crisis es terrible por sus consecuencias de peso sobre la ciudadanía anónima y pone en cuestión ante el despropósito la propia legitimación de las democracias europeas al exigir una liberalización económica –por otra parte largo tiempo consolidada- y un empobrecimiento general de las mayorías reduciendo los mecanismo de corrección de desajustes de los que disponían hasta la fecha los distintos gobiernos nacionales cada cual en la medida de sus posibilidades. No se habla del fin de los Estados de Bienestar, sino que el poder esboza la denominación fin de los Estados Asistenciales perversamente, englobando en esa frase una reducción drástica de derechos, acompañada a su vez por un incremento del poder en manos de muy pocos que dejan a los representantes políticos un margen de gestión reducidísimo –los despojan prácticamente de cualquier posibilidad de gestión real-, y utilizando un lenguaje eufemístico destinado a ocultar la tremenda injusticia.

                             Los políticos sugieren a los funcionarios de El castillo y El proceso. Casi toda la creatividad económica y cultural esta en manos de grupos industriales, de organizaciones económicas o financieras: la incapacidad de las sociedades europeas para alcanzar una senda de crecimiento es un problema eminentemente cultural o de utilización del potencial humano, transformado de la noche a la mañana en un problema de costes e incentivos por aquellos que modifican el lenguaje. De igual forma este escritor que sobrevive entre focos y argumentos, descubre que su libertad no es más que un suspiro de unas horas a  lo largo de extensas jornadas sometido a una rigidez que poco o nada tiene que ver con la democracia; sabe que su creatividad se encuentra constantemente aplastada por la insistencia feroz de unos pocos que aplican las directrices auspiciados por la jerarquía, ejecutadas sin escrúpulos ni control, protegidos por ellas, que ejercen sus neurosis avalados por la ley imperante, y caen sobre él como le sucede a K. ante las reglas desconocidas que emanan del mundo de allá arriba, convertido finalmente en una especie de loco, en un ser racional tachado de incongruente ante la maquinaria poderosísima e incesante que emana del castillo. Es como culpar al esclavo de falta de imaginación, aunque ahora la palabra esclavo o esbirro se transforme en trabajador o en desempleado, y la palabra amo es una especie de eufemismo que sugiere emprender. Un emprendedor en nuestros tiempos es aquel que dirige su potencial creativo e intelectual a cubrir una necesidad humana por la cual obtiene réditos: canaliza su enorme fortaleza hacia una cosa, un producto, un servicio o varios: en el fondo un reduccionismo intolerable, y en nuestras sociedades, lleno de asimetría. La influencia o el premio por el esfuerzo siempre está relacionados con el poder que acompaña al acto en sí mismo. Esa es la clave del universo actual sino lo fue a lo largo de toda la historia, con la diferencia de que, ahora, los discursos del poder se extienden a mayor velocidad, su difusión es más sutil y constante, la competencia es día a día más feroz para la mayoría, que no para los que detentan alturas incuestionables, y lo que se pone en juego es la supervivencia de una pirámide de derechos en la que participa la mayor parte de la humanidad.

 

 

                Para los teóricos de las conspiraciones toda crisis es provocada. La idea es exagerada sin duda, pero en verdad toda crisis es un proceso complejo que implica a una buena parte de los estamentos que conforman las sociedades, y cuya responsabilidad mayor deviene de esos círculos de poder que en ocasiones, incluso de manera inconsciente y ciega, motivados por su maximización de beneficios y rédito, empujan al mundo hacia la parálisis y el desastre acompañados de cientos de millones de ciudadanos que juegan a lo mismo aunque esas masas cumplan las directrices a cambio de migajas. Kafka afirmaba que cuando una circunstancia ha sido considerada largo tiempo, puede llegar a suceder que ésta se resuelva de modo fulminante, siquiera sin poseer ninguna razón lógica o un aura de verdad, como si el aparato de la autoridad no tolerase por más tiempo la tensión, la dilatada exacerbación de la cuestión irresuelta y por eso procediera a liquidar adoptando una decisión sin la ayuda de los funcionarios.

 

                Un mundo de esbirros, de esbirros que ofrecen sentido común y sentido de la supervivencia. Eso es. Una élite que opera en el silencio e impone un discurso; unos políticos que lo repiten hasta la saciedad sin ofrecer demasiada resistencia. Una pirámide de esbirros que inconscientes van estableciendo el discurso, la cultura, el método y los límites.

 

 

                El escritor llega a casa tarde, fatigado, lleno de las palabras del poder, del lenguaje de la organización. Cuando se sienta frente al ordenador, en una silla acolchada de cojines, con el teclado en un aparador Louis XIV lujosísimo que heredó de la familia de su mujer, observa la pantalla en blanco y ninguna palabra libre, creadora, surge. Oye las voces de algunas personas que lo aman, ese susurro que habla del deporte y el aire libre, pero el aire libre es el paisaje veloz y devorador de una gran ciudad, sus avenidas lineales y sus hileras de coches interminables, y el deporte en general es una excusa de adictos a la endorfina, simplones de la imagen y adalides de la escasez, salvando toda esas excepciones que él respeta: hasta Murakami hizo un buen libro sobre la maratón, y sabe que su antiguo compadre Mimi se salvó de las adiciones por sus carreras de una hora por el río, o su hermana encuentra un equilibrio en medio de la incertidumbre para alcanzar algo de lo que desea, gente que hace compatible la normalidad del esfuerzo físico con la capacidad intelectual de pensar y alcanzar palabras propias.

                Este escritor no tiene tiempo de salir a la calle a hacer deporte, porque las exigencias de literatura, reducidas a horarios intempestivos y nocturnos o de madrugada, son insaciables, ni tampoco encuentra que ese aire del verano le ofrezca alguna posibilidad de hallar sus palabras anheladas. Decide servirse un gin tonic con hielo, tal vez una copa de vino blanco muy frío, hasta sentir que la ebriedad ligera le despeja de imposiciones la imaginación y surgen unas cuantas palabras, no muchas, sometido, dolorido, la espalda en tensión, el cansancio aflorando, la inutilidad del gesto entre los labios.

                ¿Para qué escribir? ¿Qué clase de resistencia a pesar de Delleuze y Guattari, a pesar de todo lo que ha leído y sabe, lo que ha oído, le ofrece ese acto tan fatigoso de mirarse a sí mismo frente al espejo y construir un mundo de ficción, y encontrar las palabras libres de la literatura de entre la inmensidad de imposiciones del lenguaje del poder que atraviesan el universo? Esa es la batalla interminable, inútil y estéril, perdida de antemano, una ilusión futura, una línea de fuga que se abre seguramente para perderse en la nada, pero que en su extensión encuentra una diminuta justificación.

               

               

 

                Pero el asunto central de El castillo y El Proceso es la escritura, en la medida en que Kafka sólo quiso hablar de sí mismo a través de las palabras de la literatura. Esa es la clave. La historia no es importante en esas novelas en verdad, lo es la escritura. Es el lugar (como afirma Calasso con una exactitud deslumbrante) de la espera de una concesión o del retraso de una diligencia interminable. Caminos tortuosos a un tiempo. Sabe que al llegar K. a esa aldea en la que aguarda que le otorguen el trabajo de agrimensor prometido, éste está condenado a permanecer allí, a la espera. Todo cuanto haga será alinear sus experiencias, jamás desarrollar su potencial, y sus decisiones no modificaran un ápice nada, están sometidas al azar del poder inasible, a las decisiones de sus mecanismos. Acepta su destino porque comprende con cierta rapidez que cualquier acto de rebeldía excesivo o incluso cualquier intento de forzar la situación no será más que una expresión de la desesperación.

 

                Qué motivo podría haberme arrastrado hacia esta tierra desolada sino el deseo de permanecer aquí.

                La tierra desolada es al tiempo la tierra prometida por una carta de la que K. llega en un punto del relato a dudar de su existencia, esa nota que le propuso un trabajo inalcanzable en cuanto llega a la aldea, ser agrimensor en el seno del Castillo.

 

 

                El sentimiento de resignación es similar al que expresa la religión. Es una especie de aceptación de aquello que nunca podremos modificar pese a que nos esforcemos, al tiempo que un alivio que nos permite eximirnos de la responsabilidad o la culpa derivada de esa impotencia. Los discursos sobre la voluntad son tan falaces como aquellos que sólo se encomiendan al destino, al azar o a la suerte. K. sabe que no puede emigrar, sino aceptar. Aceptar es en sí mismo el inicio de la religión, porque para aceptar uno debe encontrar un sentido, un símbolo de aquello inalcanzable, una metáfora que nos permita afrontar nuestra insignificancia. Todo el universo es asimétrico, y a la vez sumido en un caos, en un azar incontenible, imprevisible. Aquella hermosa canción de Antonio Vega, Lucha de gigantes, expresaba la fragilidad ante un mundo descomunal, hablaba de la misma sensación que siente K. ante la complejidad inasible, azarosa e inescrutable del castillo y sus mecanismos de poder. Aún a pesar de la literalidad que pretende Calasso para leer a Kafka, en verdad una lectura mucho mas fiel a la exactitud de su escritura, uno no puede dejar de vislumbrar con su imaginación las ramificaciones de semejantes símbolos, las infinitas sucesiones de analogías e imágenes que nos permite su idiosincrasia particular, lo que sabemos a través del la novela y trasladamos al mundo en que vivimos.

 

 

 

                Tengo la sensación de que Kafka atisbó con una lucidez extraordinaria los efectos de la decadencia, aunque fuera de un modo inconsciente, literario, incluso en ocasiones subterráneo, como su frecuente escritura nocturna e insomne. Si el castillo representaba la figura nebulosa de un poder omnipresente y desconocido que caía sobre K. y contra el cual el individuo no tenía absolutamente ningún poder de resistencia, el tribunal de El proceso distinguía asombrosamente bien los mecanismos de castigo y sus ramificaciones eternas con forma piramidal, la culpa humana que conceden los grandes nudos de poder a aquellos que dependen de él. Si las normas de un mundo inaccesible caían sobre K. y convertían su aventura humorística y en cierto modo absurda en un infierno de imposibilidad, el tribunal se aproximaba a la vida normal para asimilarla y engullirla, extendiendo su influencia a la totalidad de la vida, para dirigirla y aplastarla cuando lo creyera necesario.

                Nunca tribunal alguno perteneció a la vida normal, siempre cualquier condena no es más que un intento de usurpar su propia imagen reflejándola en el espacio incontrolable que sin embargo desea dominar e incluso dirigir.

 

 

                Tanto El proceso como El Castillo se construyen en el mundo imaginario, humorístico y original de Kafka. Es curioso como la rareza, la extrañeza que producen desde la primera frase la mayor parte de los textos mayores de Kafka esté construida desde el autismo y, sin embargo, por una fascinante magia, se convierten sin apenas esfuerzo en paradigmas de tantas y tantas realidades. Como si se hubieran escrito uno para el otro, un libro para dialogar incesantemente con el opuesto, para entrelazarse, ambos reflejan la angustia que se apoderaría en mayor o menor medida de cualquier individuo del siglo XX y el siglo XXI. Nada escapa a esa mirada tan particular, nada queda fuera de esos dos universos absolutamente construidos de ficción, ni siquiera la capacidad humana para la esperanza y la búsqueda de la felicidad.

                Desde la terrible indefensión del ser humano ante la inmensidad del poder desplegado en la tierra, hasta la inhumanidad de las grandes burocracias, de los totalitarismos utópicos, las matanzas, el desprecio por el hombre y su vida expresado por doquier a lo largo del siglo XX, la imposibilidad de la comunicación real y sincera entre seres humanos, la figura terrible de los esclavos y los esbirros, la ausencia de sentido en casi todo, la ceguera general del mundo y sus habitantes, su cobardía, la imposibilidad de alcanzar otra utopía que la mera supervivencia, la frustración inevitable de los espíritus libres frente a las barreras infranqueables de los límites impuestos por el poder y sus voceros, la incongruencia de ese poder sin rostro, articulado en torno a un orden inaccesible y autónomo a través del egoísmo y las expresiones de privilegio y circunstancia, todo ello, todo escrito en un puñado de páginas, construido con una economía de medios encomiable, llena de humor negro, fascinante en su incoherencia que tan a menudo despierta la asociación de elementos o cosas imposibles de asociar a simple vista, todo, absolutamente todo, estaba en esas novelas de Kafka escritas entre 1912 y 1923.

 

 

 

 

                Otro día más ese escritor decide dejar de escribir. Bartleby acucia en medio de una hilera de palabras manipuladas, de pequeños respiros y sueños esporádicos, auroras de luz que duran apenas segundos, una sexualidad constante que convierte la naturaleza en una inseminación furiosa. Ese escritor vuelve a componer informes similares, retahílas interminables de argumentaciones guardadas en archivos o en servidores, utilizando el lenguaje de esa organización que le paga, hasta que un día un texto se transforma. Es inevitable, es escritor. Uno de esos textos anodinos parece estar escrito de otro modo. Las frases se han alargado sin que él se diera cuenta, el vocabulario ha perdido cierta burocracia y las palabras resuenan con cierta exuberancia. Defiende tal vez una propuesta que emocionalmente le hace sentirse implicado más allá de lo profesional por la razón que sea. Tal vez se trate de un riesgo a conceder a una bella mujer o a un buen hombre al que cree correcto ayudar. Sin darse cuenta esa emocionalidad se ha transformado en metáfora y ha cruzado la barrera de las redes para ofrecer una argumentación para una propuesta distinta a las habituales. Tal vez sea hasta un enunciado narrativo sutil entre los pliegues de frases hechas y dichos repetidos. Es un acto inconsciente, pero es un acto libre que transforma ligeramente el entorno, por mínimo que sea su efecto y sin dejar de respetar las normas; no deja de ser una respuesta a la tiranía y a lo descomunal sin pretensiones. Y lo hace sin querer, y cuando dos días después alguien lo llama por teléfono y se presenta como el Director de Área, y al preguntar por él alza el auricular y siente un ligero temblor, ese escritor sabe que ha roto algo, pero todavía no comprende exactamente qué es lo que ha hecho después de meses sin escribir literatura, sin abrir una sola puerta de ficción, qué pretende ese hombre desconocido de voz ronca y autoritaria, en qué consiste lo que comienza a revelarle.

 

 

 

                Ese escritor ha rellenado miles de páginas. Si algo sabe es precisamente que la escritura literaria posee la posibilidad del río, que es en ocasiones corriente espesa y otras clara como esos pasajes fluviales donde las rocas y los ramajes purifican el agua en los cauces. Sea como fuere, las palabras del Director de Área le sorprenden porque él no pasa de tener un rango medio, su importancia es relativa, escasa. ¿Por qué otorgar mensajes de importancia a una argumentación cuyo sentido no es el lenguaje en sí mismo, sino un hecho económico que responde a la actividad de la organización para la que trabaja? El reproche del jerarca encorbatado y artificialmente solemne, que parece arrastrar las frases y las palabras como si su voz llegara de un lugar de ultratumba donde nada está vivo, no es por la operación planteada, por su concepción técnica o la conclusión del análisis de riesgo, ni siquiera por los datos que el escritor ha defendido o por la seguridad del crédito que se pretende asumir; no hay una crítica profesional a la actuación del escritor, ni un error, ni una incongruencia. Lo que subyace en toda esa charla es el miedo del Director de Área a perder el control, la autoridad, a perder la estructura de lo simple y lo que debe ser frente al argumento de la literatura, frente a las palabras libres que con cuentagotas, apenas asomando en el contexto indirecto de un mero informe profesional, surgen. Kafka expresaría con otras palabras esta idea; en el ámbito del castillo, el lugar de allá arriba, ni benévolo ni maligno, sólo un espacio donde se emite todo lo que existe, en el que se articula la existencia, hablaría de la barrera inexorable que debe separar la mente que formula el deseo y la aparición del objeto del deseo. El significado de esa situación, aunque sea en el espacio insignificante de una propuesta entre miles, es la impotencia de la organización. Una sola partícula minúscula construye una línea de fuga, una inercia cuyo destino es improbable y por eso peligroso, aunque responda al acto de un solo hombre entre miles.

                Esa figura de autoridad, situada en un altura consciente, ha sentido la vitalidad de otras palabras y tiene que reprender esa actitud para defender su sentido, su privilegio profesional, su estatus social y económico, su lugar en la empresa, pero en el fondo para protegerse de sí mismo, de eso humano que sigue permaneciendo dentro de su corazón, en sus actos incongruentes, en su ceguera y en su miedo, en su dolor. Es imposible que él racionalice su propia intervención pues vive inmerso en una fe. Entonces le dice al escritor que él, Director de Área desde hace cinco años, emblema y símbolo del poder en la provincia, va a enseñar a escribir a alguien que lleva más de treinta años viviendo en el mundo libre de la literatura. En verdad, un acto que mezcla la soberbia con la inocencia del desconcierto temporal, un gesto de autoridad que pretende borrar una luz, un hecho que dentro de unas horas se le habrá olvidado pero que, inconscientemente, ha significado algo para su anodino discurrir diario. 

 

               

 

                Calasso describe a K. como un modesto agrimensor que trabaja tranquilamente en una mesa de dibujo. Al releer el texto no se atisba ni un sólo brillo heroico en él. No pretende ayudas especiales, ni una salvación posible, ni quiere extender su propia salvación al mundo, ni protesta ni asume. Es su deseo, la potencia incontrolable del deseo humano lo que asusta en el fondo a los funcionarios del Castillo, a todos los esbirros que representan y defienden sin saber exactamente porqué las premisas de allá arriba, a esas gentes que se cruzan en su camino misteriosas ante él y le piden que renuncie. Lo único que no se puede dominar es el deseo humano, la imaginación, aquello que nada puede detener salvo la muerte y está lleno de potencia. Un hombre libre, K., que de igual modo pretende escapar de la opresión constante del poder evita caer al tiempo en la benevolencia de quienes nunca tendrán escrúpulos, de las normas sin alma, del egoísmo sin dirección. Calasso apuntaba con acierto la siguiente frase:

 

                El deseo es lo desconocido y sobre lo desconocido no podemos tener ninguna pretensión.

 

                Añadiría que sobre lo desconocido no se pude ejercer ni la brutalidad ni el poder en la medida en que es imposible comprender su sentido. Lo que más altera a los funcionarios (y a los chivatos, a los esclavos, a los esbirros, a los cobardes, a los mediocres), lo que más escandaliza a quienes defienden las máscaras imaginarias del poder, de lo que debe ser, de lo inamovible e incuestionables, es el deseo, el potencial tremendo y desconocido que todo hombre guarda en su seno, incluso cuando lo único que pretende es la libertad, o el goce, o la posibilidad de sobrevivir. Es curioso como la consciencia de que un puñado de hombres, o mejor, una multitud de hombres y mujeres tratando de hallar una lógica de alguna forma podría hacer caer esa especie de superstición sobre lo que debe ser sin más, sobre lo necesario, el mensaje interminable y omnipresente que emana del castillo y extiende su mensaje hasta perder su sentido y termina por apoderarse de la voluntad y la vida de todos, altera por su potencialidad el equilibrio de lo establecido. Lo intolerable que evoca el texto, o al menos a ese escritor que vuelve a sus páginas y relee los párrafos de la novela y siente auténtica compasión no ya por ese hombre, K., perdido en una burocracia sin lógica que convierte la realidad en un fantasmagórico paisaje del vacío, es que todos esos personajes insignificantes que aparecen encerrados en un mundo que jamás ganarán, que nunca en la vida lograrán alcanzar siquiera por asomo, renunciando al deseo, a la vida en sí misma, conformándose con lo poco que les queda, ese aire torvo y desafiante en su infelicidad que guardan esos aldeanos con los que el protagonista tiene que enfrentarse, llenos de posturas equívocas, ignorantes y al tiempo gozosos de serlo, desconfiados, como le sucede a todos los funcionarios que se cruzan en su camino, o con los delatores que denuncian la digresión del personaje, es que la actitud lógica y en cierto modo razonable de K., despierta en toda esa gente una sospecha, un reproche, una burla o una insoportable condescendencia, simple y únicamente porque K. desconoce las reglas imperantes en el castillo, incluso aunque ellos tampoco las conozcan más allá de su insignificante cotidianidad.

                La imaginación de Kafka desplegada en El castillo dota de una particular simbología a todo el pensamiento conservador que en su cobardía general, lleno de miedo y de descreimiento en la imposibilidad de cambio (como si agitar cualquier pequeña bandera pudiera remover los estratos marinos y destruirlo todo)  condena a aquellos que se expresan de otro modo, a los que anhelan algo distinto, pequeñas variaciones posibles de un guión que no es inamovible, que no es fijo, sino que está hecho de superstición y miedo.

                La razón por la que K. apenas consigue ayuda en su deambular por las afueras del Castillo, el motivo exacto por el que sólo recibe pequeñas muestras de simpatía, gestos condescendientes e incluso dotados de cierta generosidad, jamás apoyo real ni información esencial, ni siquiera ánimos en su proceso de búsqueda, es porque él no emana del poder, de él mismo no emana nada que pueda transformar fehacientemente en apariencia la vida de los otros, y sin embargo, guarecidas en su seno, están todas las posibilidades que todas esas gentes podrían utilizar y escoger para alcanzar otro lugar mejor.

 

 

                El escritor lee a Kafka y trata de comprender la rabia que le ha obligado a callar ante una afirmación ridícula expresada por ese hombre erigido superior por razones que carecen de toda lógica humana o profesional. Cuando avanza entre las frases, con esa particular puntuación propia de la prosa kafkiana, entre esas veladas y mínimas alusiones al espacio, a los objetos, como si cuanto imaginara ante esas palabras fuera un hecho simbólico, una especie de límite psíquico donde encerrar el espacio asfixiante e irónico, patético tan a menudo, en el que se mueve K., atisba sin remedio otras expresiones que comienzan a apoderarse de su propia autoestima, como si la losa que cae sobre él se aviniera más ligera: no cambia nada en verdad, cambia su actitud, esa sensación de derrota, de humillación, que a veces tiene que ver con el orgullo y en muchas otras ocasiones con el sentido común -y tal vez esta vez haya algo de orgullo en su herida-, pero a poco que piense, en el fondo, responde  a una imposibilidad de aceptar la ignorancia y la prepotencia sin más, también a la impotencia para modificar el entorno aunque su inteligencia o sus aptitudes reflejen otra forma de hacer las cosas, de alcanzar un lugar de respeto y colaboración entre seres humanos que viven sujetos a iguales objetivos, hasta que la abrumadora impresión de indefensión, de odio y sumisión sin argumentos, se transforma en una venerada forma de burla.

 

 

 

                El discurrir humorístico y a menudo absurdo de K. por las inmediaciones del castillo comienza a emprender ese destino fantasmagórico y de vigilia que siempre anunció a Kafka como a un escritor cerrado y oscuro, siendo sin embargo un irónico transformador de la existencia, una especie de médium entre la luz y las tinieblas del hombre contemporáneo. A K. no lo echan, pero nadie le abre una puerta, y la penumbra que envuelve el castillo cae sobre él transformando el sueño de trabajar allí como agrimensor en una pesadilla del punto sin retorno, del lugar al que todos, de una u otra forma, terminamos conduciéndonos. Ni siquiera el amor de Frieda deja de ser otra cosa que una forma más de aceptación, una aceptación que además no tiene ninguna recompensa interior y por supuesto tampoco exterior. No tiene forma de regresar de donde viene, y eso es lo que le revela a su amante recién conocida. Toda posibilidad de regreso, afirma Calasso, se ha cerrado para él. A partir de cierto punto ya no hay vuelta atrás. Hay que llegar a ese punto: un paso más allá de ese lugar sin retorno comienza la historia de K., tal vez la historia que todo hombre cruza y sufre, la línea que Kafka atravesó como nadie en su literatura.

 

 

                Los diarios de Kafka en las fechas en las que compone El castillo, e incluso en algunas notas halladas en el cuaderno donde escribió esa historia, revelan un punto en el que el escritor afirma lo siguiente: “la escritura se me niega”. Para un autor tan inaccesible en su biografía como él, un hombre anónimo que murió en el mismo silencio en el que había nacido, semejante premisa articulaba en torno al siglo XX –y por supuesto al XXI- una expresión del sinsentido, y de esa frase sobre la escritura negada un esbozo sobre aquello que no podía realizar, tal vez en ese afán que guió en verdad a todos los escritores de todos los tiempos  pero que quizá alcanzó a convertirse en una constante ya en el siglo XX, cuando las grandes preguntas sobre el sentido de la literatura asomaban en su imparable proceso de decadencia.

                Cuando algo es importante para una sociedad, cuando reporta beneficios a sus actuantes, cuando sirve para alcanzar estatus o importancia, pierde su naturaleza conflictiva. Cualquier arte o actividad que deje de ser significativa para una comunidad o sociedad, comienza a plantearse en su propio seno las razones de su sentido, como algo inevitable. Algo bien asentado en un engranaje cumple su función sin demasiadas complicaciones; es esa pieza que chirría o que se desajusta esporádicamente, es la que percibe la oscuridad del proceso final, del objeto de ese proceso en el que participa, la que plantea inmediatamente una especie de examen de su propia razón y de la coherencia general. Son impensables los espacios vacíos de Beckett sin las intuiciones de Kafka, como si uno hubiese atisbado el abismo y necesitara una continuidad, incluso aunque alrededor, lo único que queda sea el silencio. Kafka comenzaba un baile imposible con toda la historia de la literatura que había existido antes que él.

 

 

                Entonces ese escritor que atisba con una sonrisa la petulante ignorancia de hombre al que se le otorga el poder por sumisión y no por valía, comprende que la existencia no tiene ningún orden real, que el caos sume en el miedo a cientos de millones de seres humanos que aceptan y aceptaron la historia por una inercia (uno de los pecados capitales para Kafka junto con la impaciencia), empuñándola en el fondo con sus decisiones, hundiéndose en los más variados y exuberantes abismos de imposibilidad, cobardía, derrota y miseria. El escritor acaricia con sus dedos huesudos las hojas de los libros de Kafka, siente en sus yemas que para estar vivo necesita la piel, el amor, el deseo, que cada paso que da K. hacia el inflexible destino fijado para él por Kafka es un último gesto de rebeldía y supervivencia sin aspavientos, hecho para sí, cuyo sentido tal vez sea exhalar un suspiro y nada más. En la imposibilidad de modificar un ápice la existencia fijada de antemano, ante la inconsciencia de pretender que quienes les rodean sean conscientes de semejante proceso, el escritor comprende a K., y sobre todo se acerca a Kafka. Lo único que echa de menos en sus páginas es alguna alusión más concreta a la felicidad, a la capacidad ilimitada del ser humano para adaptarse a cualquier medio por hostil que éste sea, al posible cumplimiento y la satisfacción surgida de ese cumplimiento, que envuelve las decisiones interiores del hombre hasta hacerle soportable la banalidad.

                Tal vez la oscuridad de Kafka sea demasiado profunda, tautológica y excesiva para su frágil inteligencia. Que a ese señor de voz ronca y ademanes autoritarios se le noten los cabellos teñidos con tinte para disimular su vejez incipiente, que ante sus ojos inyectados en sangre sólo se atisbe el vacío de un discurso irreal que no le pertenece, una mala copia de la ley o los Reglamentos, que ante su cobardía ejerza el poder como equilibrio con un despiadado gesto de asco, que ante lo que no puede controlar surja la intolerancia, la ira y el malestar, que en sus movimientos nerviosos, histéricos, que se notan tras el auricular, su cambio de ánimo sólo pueda atisbar la mayor infelicidad concebida por cualquier ser humano, le provoca al escritor una  sensación de compasión, una inmensa compasión ante aquellos que lo derrotarán tarde o temprano, que caerán sobre él con los dientes afilados, como el castillo caerá sobre K. inexorable hasta convertirlo o bien en uno más de todos esos aldeanos o campesinos o funcionarios que va a frecuentar o ha visto ya, o en un funcionario inmerso en la particular cosmología incomprensible del lugar de allá arriba en lo alto, cumpliendo su ley sin resquemores, o tal vez en un cadáver sin aire ni tumba.

                El alivio de la religión, atisbado en el poder de las iglesias a lo largo de los siglos, adquiere ahora una nueva forma de sumisión aún más refinada y terrible, que alimenta de igual forma la ausencia de la metáfora religiosa y no posee una dimensión divina o espiritual. Todo cuanto cae sobre el escritor, de igual forma que las circunstancias que oprimen hasta la risa patética a K., es la sociedad. Semejante Dios, como anunció Dostoievski y años más tarde Kafka, significaba la extinción de la inmortalidad, de la trascendencia, de la inmortalidad del espíritu. El coste serían los terribles acontecimientos y matanzas sucedidos en el siglo XX y los que vendrán tal vez en estos inicios del siglo XXI.  

 

 

                Cuando Kafka escribió sobre el secretario Bürgel ni el escritor ni el superior que lo llama desde las sombras de un despacho lujoso, con la superioridad de barro de unos galones concedidos por la servidumbre a la organización, habían nacido y, sin embargo, a través de esos personajes creados para la literatura el escritor llega a comprender la esencia del hombre mediocre, del mediano aplaudido que en un sinfín de rincones en el seno de las sociedades contemporáneas pretende aplastar la figura del hombre libre por una reminiscencia constante del miedo. No existen los hombres libres por completo ni probablemente tampoco los hombres mediocres sean su totalidad más allá de fijar dos extremos utilizados como paradigma. Todo es gradación en el universo, complejidad, cúmulo de circunstancias, como excepciones a la regla que están más cerca de la enfermedad mental o el genio que de la vida.

                En El castillo, Bürgel habla de una crueldad de los funcionarios hacia las partes y hacia sí mismos, con toda la ambigüedad que se respira en esa frase. Añade que tal crueldad es también la suprema consideración, al reflejar en su constancia inexorable la necesidad de una férrea ejecución y actuación del servicio. La necesidad conlleva a simple vista una especie de sadomasoquismo. Todo lo oscuro que contiene semejante declaración de principios, forma parte del mundo en que vivimos examinando cualquier lugar hacia el que miremos, tal vez complicado el asunto por una masiva renuncia a los espacios de intimidad en pos de un mundo de masas intoxicadas por una maquinaria publicitaria ensordecedora, ciega y carente de consistencia que, sin embargo, en su desmesurado afán por imponerse, genera los gustos multitudinarios, guía las corrientes vitales y empuja a los seres humanos hacia el cumplimento de rituales civilizados que rozan lo ritual, lo maquinal. El proceso despoja a su vez de intimidad a los actos compartidos con otros semejantes, como si existiera, o debiera existir, una dualidad al menos en todas las caras de la existencia.  Kafka tuvo el sentido del humor suficiente como para escribir esas palabras en boca del secretario Bürgel, mientras lo describía estirando los brazos y bostezando, mostrando como dice Calasso, un desconcertante contraste entre la vulgaridad de ambos gestos y la gravedad inconmesurable de sus palabras acerca de la esencia del castillo.

                El escritor siente que el mundo que lo rodea está hecho de demasiados Bürgel, incluso de funcionarios aun menos conscientes y lúcidos que el secretario, que muy pocos Kafka esbozan esa sonrisa irónica que alivia esa sensación de peso, al menos en el seno de organizaciones empresariales anónimas, multinacionales construidas en torno a la ambición de unos pocos, al sufrimiento a menudo  de muchos a cambio de una ilusión de libertad y subsistencia, y a la mediocridad de la mayor parte de la humanidad. Los únicos que saben lo que pueden entresacar de ese tipo de organizaciones humanas son los accionistas, cuyo interés no depende de su esfuerzo directo ni de su conocimiento. La sociedad anónima es una perversión, al igual que la preeminencia de lo financiero sobre la economía real se convierte a su vez en una perversión intolerable en nuestro presente. Pero la figura de Brügel no es sólo una descripción de los hombres que en el transcurso de los años siguientes dominarían el mundo, si es que en alguna ocasión dejaron de hacerlo, sino a su vez, puso de manifiesto una realidad nueva, un entorno vital en el que el orden social era capaz de superponerse por completo en mayor o menor medida a cualquier orden espiritual o cosmológico, al individuo. En pocas palabras, representaba el triunfo de una existencia sin sentido sobre cualquier imagen simbólica, religiosa o humana de la existencia, despojaba de heroísmo a los actos de los hombres al arrancarles de cuajo la trascendencia, la inmortalidad y el misterio, desprendía en su bostezo toda la poderosa maquinaria del poder incomprensible y ciego, desterraba de un plumazo con ello cualquier posible sueño de inmanencia, condenados en nombre de un desconocido reglamento a fagocitarnos una y otra vez en un universo sin metáforas.

                El castillo no es solo una excelente novela incompleta, sino que se ha convertido con los años en un acto de rebelión incondicional. Por fortuna, el mundo seguirá siendo mundo mientras los hombres sigan siendo hombres, y cualquier expresión totalizadora chocará eternamente con un sinfín de actos de fuga que en uno de esos incendios inesperados prende la mecha en otra dirección.

                La mirada del humano primitivo al enfrentarse al misterio de la naturaleza y los astros, al misterio de su propia existencia, a la inmensidad de cuanto contemplaba, su necesidad de sentirse protegido y de dotar de contenido a la vida, breve, en el fondo animal e insignificante casi siempre, es a todas luces un acto de negación contra las limitaciones, un hecho que empujó el desarrollo, la imaginación, la técnica necesaria, que permitió al hombre imponerse a las condiciones fijadas por la naturaleza, un prefería no hacerlo que siempre flota alrededor de las decisiones de ese escritor que se resiste a aceptar la realidad constituida de múltiples fantasías de hombres mediocres, por instituciones aún más mediocres e interesadas, consistentes en satisfacer la inmensa necesidad de poder de aquellos que no logran entresacar otra cosa de sus vidas, erigidas a partir de su decepción como una forma de dominio y servidumbre, como una triste justificación.

                La diferencia entre ese escritor y el Director de Área se halla principalmente construida no por el rango profesional que uno y otro detentan, con su consiguiente efecto sobre su propia relación humana y sus cuentas bancarias, sino en la distancia que media entre el vacío existencia de uno y otro, aunque la victima en apariencia sea el escritor o K. El perdedor absoluto del envite sin embargo, salvando las posibles circunstancias inesperadas que acontezcan, siempre será Bürgel, el Bürgel que se cree protegido por un orden férreo y unos usos establecido sin importarle la moralidad de la misión, el origen, o el motivo de que así sea, obligado al mismo tiempo a justificar a menudo entre los demás razonamientos tan frágiles como castillos de naipes. Kafka se refería al miedo de quien se ve obligado a sostener lo que es insostenible por su falta de verdad.

                La argumentación demasiado exuberante del escritor provocó que el suelo de ese otro hombre se tambaleara, simple y únicamente porque tal vez, quien sabe, lo hizo estremecerse inconscientemente al leer palabras libres entre pliegos de anodinas argumentaciones, palabras de la literatura que lo agitaron, que lo obligaron a imponerse, como si cualquier desempeño fuera una sola cara, no contuviera en sí mismo nuestro propio rostro verdadero.  

 

 

 

 

 

                Pero K. no se revela ni desea cambiar ese orden, esa es la verdadera dimensión del acto rebelde que ejecuta con su empecinamiento para que el castillo cumpla aquel contrato propuesto. Es un acto individual, libre y decidido desde la humanidad. Nos recuerda al Bartleby de Melville pero con un grito de afirmación. No se trata de alterar nada de cuanto está hecho, sino de que alguien permita que K. respire y pueda desarrollar aquello para lo que fue requerido. Kafka daba una vuelta de tuerca en la historia del hombre rebelde. Se empeñaba en el que mito tuviera un lenguaje propio, en apariencia común, sin embargo capaz de abrir de improviso puertas del conocimiento y la consciencia hasta entonces nunca visitadas por los hombres, tal vez intuidas desde luego, pero nunca escritas en la ficción. El lenguaje común, el lenguaje del Director de Área que afirma su necesidad de imponer sus criterios de escritura en el ámbito de sus funciones, es el lenguaje de los siervos, algo que no tiene nada que ver con el potencial económico ni con el estatus social, sino con la calidad humana, la inteligencia y la decadencia.

 

 

 

                Lo fascinante es la sucesión de reflejos constantes sobre nuestro propio mundo, siempre desde la poesía de un espacio de ficción cerrado en si mismo, enigmático y válido únicamente en el ámbito de la propia literatura. Los arcontes, eso funcionarios que juzgarán finalmente a Joseph K. en El proceso viven ocupados en algo que solamente para ellos es manifiesto, respecto a lo cual, cualquier hecho externo es un potencial contratiempo. Todo lo que sucede fuera de ese lugar en el que viven se reproduce como un contratiempo, algo similar a un hecho irrelevante, consecuencia de algo ajeno a ellos, que se limitan a recibir a los imputados y sus expedientes, y a aplicar aquello para lo que están hechos y dirigidos. Calasso, con su finura intelectual avanzaba un ápice más, definía esos arcanos como seres humanos que se presuponen soberanos y autosuficientes al ejercer un poder encomendado, pero continuamente son atraídos hacia algo extraño y refractario, que se les resiste y quieren dominar. Siempre temen, aunque no lo digan, que un grano del mundo exterior penetre en las regiones inaccesibles en las que habitan, allí donde sólo viven ellos, y los aniquile como un virus inmenso que todo lo arrastra. Todos los esclavos de espíritu, por muy elevada que sea su situación, terminan por temer que algo los libere de su esclavitud, en definitiva, que se les despoje de su importancia.

 

               

 

 

                Este escritor de alguna forma está harto de esperar acontecimientos que no dependen de él. Cualquier literatura en el siglo XXI está hecha de esa espera desesperada y terrible, extenuante e incierta. Nada tiene el sabor que tenía de tanto reproducirse incesantemente en el imaginario colectivo. La esencia de K. o de Josehp K., protagonistas de El castillo y de El proceso respectivamente, está hecha precisamente de esa espera que tan bien interpretó Beckett en una buena parte de su obra. Sin llegar a ser un síntoma de la desesperación de Kierkegaard, la expresión resulta cuanto menos sombría. El mundo ya no nos pertenece, si es que alguna vez nos perteneció, y ahora somos demasiado conscientes de ese hecho. Tal vez esa constancia sea el único síntoma de madurez que el escritor respeta, el único que le resulta insostenible de cargar, terrible de sostener entre sus dedos frágiles. La misma expresión de terror asoma ante los ojos del Director de Área acostumbrado a la esclavitud con mayor encono a cambio de un estatus o una representación que él creyó adecuada o admirable. Es el mismo terror de todos, cada cual en sus círculos sin conexión con el resto de círculos humanos, siempre con el temor y la superstición de que todo concluirá si uno se descuida, como si descuidarse fuera la cuestión fundamental que conduce a la extinción, o como si de ello dependiera la ruina y o el éxito.

                Joseph K. aguarda una sentencia que lo libere de la angustia, de la culpa, de la ignorancia de haber hecho algo que desconoce y por lo que es acusado. K. espera concienzudamente que alguien cumpla la promesa que lo llevó hasta las inmediaciones del castillo para convertirse en agrimensor. Como dice Calasso, hagan lo que hagan su vida es extenuante, pertenece a esa vasta ciudadanía agonizante que patalea y opta por un partido político nacional, abraza causas más o menos justas o injustas, y se arremolina en las plazas públicas, las playas, los lugares de veraneo, los supermercados y las calles de cualquier ciudad. Están hacinados ahí afuera, incapaces de conocer su destino, creyendo que la voluntad les bastará, o la aceptación o la resignación o el cumplimiento de un improbable e incomprensible deber, una ley impuesta que simplemente por miedo jamás dejarán de acatar. La masa sin límites se extiende invisible e interminable ante los ojos de los poderosos, y atañe a casi todo, a esa mayoría que nunca construirá nada que afecte al mundo. En la torre del castillo y en el tétrico edificio donde se van a celebrar las ceremonias del poder, se asientan todos aquellos que deberían responder a las encrucijadas del destino, que deberían dirimir qué es justo y qué no lo es, pero no tienen respuesta. Pertenecen a un engranaje ciego, obcecado, donde la salvación solo parece ser la ley, misteriosa ley de usos y costumbres, de insistencias y presiones, ley al fin y la cabo, como una conciencia que en este caso es limitada y representativa de una forma única y exclusiva de poder y dominio. Aguardan la chispa y temerosos de que esa especie de brasa inesperada haga arder un círculo nuevo insisten en construir otro aún más opaco y oscuro.

                Kafka elevó con sus personajes la potencia de la escritura, amplió sus horizontes, dibujó nuevos paisajes fantasmagóricos, retrató como nadie la metafísica de la historia sobre el hombre. Lo bueno es que la muerte anónima y silenciosa de ese escritor checo que apenas publicó en vida, le sirve a ese escritor, que seguirá buscando palabras libres si es posible. Tal vez un día la chispa surja de él mismo o de cualquier otro como él, y la autoridad se disipe en nuevas cobardías insostenibles.

 

 

 

                El escritor, en su próxima argumentación no cumplirá nada de lo exigido. Su sentencia es reconstruir el mundo y lo hará con palabras sea cual sea la repercusión del gesto, y cada palabra debe poseer la fuerza de esa libertad aunque sea en el disimulo y la brevedad de un parpadeo, arrancadas las palabras manipuladas, los ensordecedores alientos del poder: a la busqueda de palabras primigenias, de reconstrucciones de esos lugares en los que la prosa o el verso hacen aletear el subconsciente hermoso de lo posible, la potencia positiva de la creación humana, aunque la batalla esté perdida, aunque tenga que rehacer su vida en otro lugar. No hay aceptación posible cuando se trata de eso que es esencial en cualquier hombre. La libertad de otro es la nuestra, dirá ese escritor. Todo cuanto soy son mis palabras y mis afectos. Lo mejor es imaginar el rostro del Director de Área, de ese hombre compungido por el miedo y la deshonra cuando ya no sirva, y sus huesos terminen olvidados en cualquier rincón insignificante, donde su nombre sea exactamente igual a los demás. Ninguna mediocridad puede sobrevivir más allá de la concesión temporal de los amos. Eso lo sabía extraordinariamente bien Kafka.

 

 

                El escritor lee en los diarios de Kafka una curiosa teoría sobre El Quijote de Cervantes. Hay algo en ese texto que facilita una cercanía profunda, que le ofrece algunas de las claves de ese extraño demiurgo que habitó la literatura y la experiencia numinosa, como si en sus ojos, cuando mira una fotografía suya, hallara una especie de reflejo familiar. Como siempre en esas palabras hay algo triste y al tiempo humorístico, como si esa mezcla fuera la combinación exacta, como si Kafka hubiera medido todas las palabras para alcanzar ese efecto tan particular. Escribía que Don Quijote era sólo un títere encargado de sufrir los fantasmas de Sancho Panza, el que recibía las consecuencias de los riesgos y los fantasmas del otro. Sancho Panza se sentaba en silencio, se escondía detrás de muros y árboles, fingía ser práctico y con los pies en la tierra, y reflexionaba sobre lo que había acontecido. Miraba a aquel personaje escuálido y convulso, observaba con ojos atentos la irrisoria figura, los golpes recibidos, la insostenible ternura de un ser desvalido y al tiempo valiente como pocos, lanzando al mundo de la España del Siglo de Oro y a la literatura tal vez por una necesidad del propio Sancho de reírse, de respirar y tratar de atisbar los límites de su propia locura, de su asombro y sus miedos frente al mundo. Don Quijote era capaz de hablar de libros de caballería sin avergonzase, de teología, de amor galante, de justicia y consumir su cuerpo y su alma en todo ello. Sancho Panza sólo lo miraba de reojo, lo seguía en un segundo plano, observaba cuales son las consecuencias de esas pasiones que ardían en el anciano caballero. Nunca se jactó de ello, de lo que hicieron. Para muchos, Sancho Panza se limitó a escribir una novela.

                Cuando las luces se apagan y el piso queda a oscuras, el escritor mira las hojas del libro y encuentra ese alivio que necesita para afrontar esa noche larga y oscura, para acercarse al día de nuevo y soportar las pulsiones, la irracionalidad de cuanto le rodea, la figura del Director de Área, la esencia del castillo, la oscuridad del tribunal, la ausencia de deseo poderoso, la renuncia, tal vez hasta el futuro. Sin embargo, como le ha sucedido cientos de veces, las palabras de la literatura alivian algo, modifican por un instante la realidad, transforman el eco ensordecedor en una suave música que lo reconforta. ¿Por qué escribe? Se vuelve a decir entre las sombras del cuarto mal ventilado, intoxicado de humo en pleno verano caluroso. De nuevo Kafka, como si albergara en su seno todo el saber gnóstico, la espesura de la raíz y el origen, susurra su mito. Tal vez siga escribiendo finalmente por ello.

 

 

                Durante largo tiempo, en la parte más prolongada de su historia, el mito fue para los hombres la fuente primera del saber. Después se convirtió en una serie de historias engañosas y vanas, cuyo significado se reducía a entender la forma en que los hombres habían vivido en el pasado. Las fuentes del saber eran otras. Lo que antes contaba el mito ahora se demostraba y aplicaba. Pero alguien se dio cuenta de que una parte del saber del mito había permanecido cerrada en el interior del nuevo saber. No tiene importancia, pensó la mayoría. Sabemos un poco menos acerca de nuestro pasado. Pero ¿qué importa el pasado cuando tenemos frente a nosotros la inmensidad del presente? Sin embargo, algunos insistían. Se habían dado cuenta de que aquella parte inaccesible del mito trataba de las “sentencias finales del tribunal”. Ningún texto hablaba de ellas precisamente porque esas sentencias “no son publicadas”. Nació así, en algunos, la esperanza de que a través de los mitos se pudiera llegar a conocer algo que de otro modo no se hubiera descubierto. Para la mayoría no fue más que una vana ilusión. Pero no podían probar que lo fuese, porque les faltaban sentencias recientes del tribunal que pudieran contraponer a las antiguas. Mientras tanto, el mundo seguía desarrollándose en procesos y sentencias siempre provisorias. Sustraída toda realidad, toda autenticidad, todo era un amasijo de apariencias y postergaciones.

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