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Kafka-Roberto Calasso (K.)
Una historia de escritores, de buscadores de mitos. Supongo que como siempre. De escritores que escriben para vivir y viven para escribir inmersos en las leyendas de un arte milenario, en el sustrato de un saber que queda contenido en el olvido desmesurado del presente o en esa infantil creencia en el progreso ilimitado que acontece en el mundo; mitos que sin embargo mantienen una pulsión, un aliento necesario incluso hoy, una finitud construida de metáforas eternas, de saber encriptado, siempre a punto de alcanzar sus claves, sus códigos, siempre a punto. Roberto Calasso escribió sobre Kafka un libro llamado K.
Al principio hay un puente de madera cubierto de nieve. Nieve espesa. K. levanta la vista hacía el “aparente vació de allí en lo alto”.
Las palabras de Kafka poseen una exactitud y una precisión extraordinarias en su aparente extrañeza. Calasso –como Canetti unas décadas atrás- nos invita a leer literalmente las frases que Kafka escribió, algo que despoja a la lectura de sus obras de parte de su simbología más obvia, que transforma en cierta medida los textos. Hay un proceso de ahondamiento en la relación entre la biografía y la literatura final despojada de pistas, ofrecida como texto autónomo de ficción. Utiliza dos de sus obras mayores para su extenso ensayo: El proceso (1914) y El castillo (1922), aunque después vendrán alusiones constantes a sus cuentos; La condena, En la colonia penitenciaria, La metamorfosis, El desaparecido, El fogonero, entre otros. Ambas novelas no sólo son obras maestras de la literatura de todos los tiempos, no sólo se erigen como mitos duraderos de este noble arte, sino que de alguna manera anticiparon la venida de un mundo terrible -una cosa distinta es la capacidad humana para la felicidad, o esa ilusión que nos empuja hacia ella, la eterna construcción secreta y constante de las líneas de fuga que alivian la oscuridad, algo que no desmiente la dureza del adjetivo terrible-. El aparente vacío fue la expresión más exacta de un mundo sin Dios sumido en el caos de un equilibrio tan precario como extraño, similar a las afueras del castillo, el mundo al que K. se acerca siguiendo una invitación a trabajar de agrimensor, una invitación que se va transformando en una ironía, en una peripecia absurda, en un juego de laberintos en el que nada se encuentra, en el que apenas hay esperanza o resquicio para la luz, y siempre ese sentido del humor negro que envuelve a la muerte, quizá el único lugar lúcido en el que se libera la tensión humana.
Pero volviendo a ese escritor y a su historia, contaré que hay escritores que escriben viviendo y viven escribiendo, que se ganan la vida con la literatura. De igual forma otros muchos viven de un cuento repetido, de una ausencia de esa mística tan particular de la ficción, de una excepción a la regla, falsos como los monederos de Gide. Hay escritores secretos, bien por decisión propia, bien porque no pudieron encontrar un lugar donde escribir, o mejor, donde reproducir lo escrito. Delleuze afirmaba que las ideas son capaces de remover la existencia, que menospreciamos la importancia de la idea. El mundo científico adolece de esa extensión de la generalidad, de la asociación, de la emocionalidad de la inteligencia, de ahí su finitud, su misterio ausente, su imposibilidad para alcanzar siquiera un intento de verdad completa, su dependencia del presente y de los objetos y mecanismos de fuerza, de las circunstancias temporales y espaciales. El universo de los hombres parece desposeído de cierta humanidad, aunque no pueda ser cierto
Este escritor de la historia es un escritor a medias secreto, a veces ruidoso, cuando es posible en ciertas épocas de su vida; otras silencioso como una serpiente, sibilino y discreto como ese William Burrouhgs que disimulaba sus adicciones y su inteligencia vistiendo elegante y mostrándose educado.
Kafka solo nombra un número mínimo, limitado, de elementos de la existencia que ordenaba quizá porque percibió la decadencia, como una especie de salvación posible, de oración mínima para reunir fuerzas, a veces en un intento de alcanzar esos espacios potenciales de la ciencia donde la energía se concentra para expresar una totalidad posible. Un mundo sin Dios exige de una fe humana. Cuando comienza a escribir El castillo, obra incompleta, Joyce ya ha publicado el Ulysses y Proust En busca del tiempo perdido. Todo lo que ve es percibido como una potencia descomunal a la que no podemos asirnos, un sinsentido que mantiene sin embargo un orden, una especie de negrura terrible que apenas deja resquicio para una luz posible, pero la vida continúa como en círculos concéntricos que se van extasiando en sí mismos, encaramándose, dotados del sentido de la copia y la reproducción. Toda la energía había pasado de ser humana a convertirse en centro, en aquello que se nombra como elemento central; me refiero a la taberna, al campamento militar, al castillo, al tribunal, a la diligencia, a una oficina, a una mísera habitación en la que la metamorfosis sucede. Es algo así como el fin de la aventura, la capitulación del individuo frente a la preeminencia del espacio.
Este escritor de la historia que vive para escribir y escribe para vivir se gana el sustento en un centro de poder similar a los descritos por Kafka, multinacional compleja, con aristocracia, jerarquía y círculos de poder y territorialización complejos y constantes, a veces incomprensibles para alguien ajeno e incluso para quienes lo viven. Cómo marca sus consignas y sus afianzamientos el poder resulta un proceso extraordinario; igual sucede en otros lugares, y aunque éste escritor tenga sus propias palabras o haya inventado un lenguaje, un lugar en el que cualquier vocablo descubre su propia identidad y se lanza a explorar el mundo de lo humano, su constante es el conflicto.
El lenguaje puede ser totalizador, manipulador, construido para imponerse. Todo lenguaje que no sea libre en su intención, o que no tenga otra guía que la naturaleza de lo espontáneo o lo exacto, es un lenguaje que pudre, que atraviesa la humanidad, que funda nudos de imposibilidad. Este escritor percibe esa imposibilidad que organiza el mundo, una imposibilidad de sueños ideados además por otros. Esa no es una frustración hecha en verdad de la materia creadora de lo humano, sino una construcción impuesta por la mentira, la servidumbre y la manipulación.
Calasso escribió sobre Kafka afirmando que lo invisible tiene una tendencia burlona a presentarse como visible, casi como si se distinguiese de todo el resto sólo por la vía de circunstancias particulares, como cuando se disipa la niebla y se hace visible el paisaje. El punto en el que se instala El castillo es siempre la elección, el misterio de la elección, su oscuridad impenetrable. Es como si aconteciera el simulacro de libertad que nos atañe a todos. Es incluso como la pretensión de ser escritor sumido en el seno de su organización, construyendo de libertad ficticia o temporal o sesgada su pequeño espacio de movimiento. La elección atormenta e insufla al tiempo valor, una especie de fuerza interior. Lo mismo sucede en El Proceso, aunque en esa novela, la elección deja de ser un paso adelante, y el estado se transforma en el terrible ser condenado, en verdad otra forma de elección fijada aún más desoladora e insostenible.
Siguiendo a Kafka y Calasso, la impresión es que el poder, representado en El proceso por el tribunal, tiene la potestad de castigar, de condenar en esa novela, y en El castillo, la representación del vacío de allí arriba, de ese lugar todopoderoso y misterioso, de ese rincón oscuro en el que se suceden los actos y se reproducen tanto lo ocurrido en su seno como en aquellos lugares donde extiende su ámbito de acción -que a veces parece abarcar la totalidad de lo existente-, ese mismo poder es el que se encarga de elegir. La agudeza de Kafka dibujó en dos novelas aparentemente humorísticas, absurdas, dos formas de poder que terminarían por encontrarse en la primera guerra mundial y extenderían sus efectos hasta la creación de las democracias europeas tras la segunda guerra y, sin embargo, sólo eran expresiones complejas y extraordinarias del mundo interior de Kafka, de su prodigiosa capacidad de extraer literatura de sí mismo. El símbolo, la metáfora, incluso en el caso que nos trae entre manos, dos obras literarias de Kafka que para ser comprendidas según insiste Calasso es necesario leerlas con literalidad, lograban unificar en sus páginas la expresión de la realidad, la anticipaban, la construían en el fondo.
Nuestro mundo contemporáneo, el que atisbamos constantemente regido por la incertidumbre, la oscuridad, la incomprensión o la imposibilidad de asimilar cuanto sucede, está lleno de ecos del universo de El castillo. Los totalitarismos, en cierto modo, aunque mezclasen otras cuestiones en su origen, estaban hechos de la materia del descomunal Tribunal que condena a Joseph K. La condena es siempre cierta y sus efectos terribles e inevitables. No existe además posibilidad alguna de una absolución completa, lo que hace todo aún más aterrador. La elección no deja de ser igual de desoladora e inexorable, con la diferencia de que en uno de los casos permite una ligera ilusión de libertad. Ser elegidos sin embargo, ahora y tal vez siempre, no deja de ser un terrible juicio incierto, probablemente sin escapatoria.
El escritor del relato está obligado a argumentar propuestas que deben ser aceptadas por estamentos sin rostro en alturas desconocidas. Su poder se limita a aceptar o rechazar desde la base, al principio del proceso, y a elaborar posteriormente con palabras aquello que sostiene el negocio que le encomiendan. Sus palabras se adaptan al lenguaje imperante dentro de la organización, en esos periodos en los que pertenece a quienes le contratan. Jamás ha visto las caras de aquellos de los que dependen las autorizaciones de los estamentos más elevados, sino los rostros furiosos de mandos intermedios, de centrales cercanas. Todo funciona como un engranaje caótico que gira en torno a premisas que llegan desde un lugar incierto de Madrid, centro de poder inasible que decide tantos los cambios como las modificaciones a lo largo y ancho de la pirámide. Las decisiones caen sobre los empleados incomprensibles e inexorables. Él continua escribiendo incesantemente cuando sale de la oficina después de diez horas de trabajo. La literatura le permite utilizar esas palabras que escapan a la rigidez del lenguaje de la empresa: las palabras de la poesía, la novela, el cuento o el ensayo le pertenecen sean cuales sean sus repercusiones; las otras no, aquellas que reciben organismos como riesgos particulares, centro empresas, inversiones, o intervención general, nudos de energía autoritaria acumulada y vigilancia en las que pululan cadenas de orden y rigor siempre dudosas, y que exigen unos puntos y comas determinados, un vocabulario establecido de antemano, unas normas de uso. Cuando regresa a la literatura sea leyendo o escribiendo, las palabras cobran su vida necesaria. Lamenta que exista un mundo en que las palabras son de otros y no espontáneas, siempre podridas y asociadas, agenciamientos del lenguaje explotadores, tenebrosos, hechos de servidumbre y esclavitud, que carecen de relación con lo primigenio, con las leyendas, con la comunicación, la metáfora, el símbolo o la libertad. Incluso aunque la historia de la literatura sea una tradición, su propia evolución establece los mecanismos por los cuales las líneas de fuga pueden llegar a producir la ruptura, el estallido, el acto creador, la verdadera identidad de un espíritu y su enorme capacidad iluminadora.
Todo es público por simpleza, por ocultamiento, y en realidad falsamente público.
Calasso vuelve a insistir en la lectura exacta de las palabras de Kafka, y lejos de lo que una parte de la crítica apuntó sobre el autor checo, sus novelas principales como El proceso y El castillo, están lejos de la sensación de lo fantástico, de lo visionario o de lo extraordinario. Kafka maneja los detalles insignificantes desnudándolos de toda simbología y eliminando aquello que no tiene trascendencia en ellos. Teniendo en cuenta la extraordinaria argumentación de Calasso es posible que Kafka posea rasgos de un escritor antimetafórico dada la cercanía de su literatura respecto a su mundo onírico e inconsciente. Lo sobrenatural en apariencia es provocado precisamente por aquello que no se explica, el peso –la condena, la elección- que puede recaer sobre un personaje anodino del que sabemos poco. Casi toda la obra de Kafka sucede en una especie de vida psíquica. Los referentes a la realidad son tan mínimos que establecen una dirección aparentemente confusa, que él afirma sin remedio y que revierten en la llamada vida psíquica. Es como si todo fuera potencialidad, o mejor la potencialidad misma que se agazapa en la mente humana y queda reflejada en los textos. Es difícil hacerse una idea concreta de quien es Gregorio Samsa más allá de su transformación en La metamorfosis.
Si una de las claves fundamentales de las novelas extraordinarias del siglo XIX era la evolución de los personajes en el transcurso de una narración novelesca, los cambios, las sutiles variaciones o las repercusiones en ellos de los sucesos que acontecen en la historia, para Kafka el instante inicial no es más que un momento de potencialidad que jamás se sacia por completo, las fuerzas del espíritu que chocan irremediablemente con estamentos que superan con desmesura la breve e insignificante intención humana de desarrollarse. Esa es precisamente su grandeza y su enorme originalidad, un mundo que al escritor aplastado diariamente por las palabras impuestas y los modelos que acuden desde las alturas le recuerda irremediablemente a cuanto le rodea: un universo construido en torno a mercados financieros, sean primarios o secundarios, donde cientos de lugares similares emiten señales de su consistencia y su evolución para captar fondos con emisiones de deuda interminables, participaciones constantes que oscilan desprecio e insolencia, como si la humanidad fuera una enorme vaca lechera que otorga réditos a aquellos que no se esfuerzan pero mantienen la abundancia del dinero. Todo es un conjunto interminable, casi infinito de potencialidades humanas que se desperdician, por eso, ese escritor, tal vez comprenda que Kafka fue el más exacto narrador del siglo XX y XXI por muchas razones, incluso cuando la desnudez de su prosa, esa especie de minimalismo a veces hasta anodino, le produzca una cierta monotonía, un sonsonete discreto que temporalmente abandona de vez en cuando.
Pese a la ilusión de la democracia, esa pretendida y ficticia tabla rasa de igualdad, fraternidad y libertad, Kafka planteaba una oposición crítica tozuda, fuera por la presencia autoritaria de un padre que marcó sus pasos o por la vida en una sociedad burguesa y estable, tan bien representada por Thomas Mann al inicio de La montaña mágica. Cosas inamovibles, dirían durante varias generaciones aquellos hombres y mujeres que abrazaron el capitalismo burgués en el Imperio Astro-Húngaro o en la gran Prusia. Para Kafka el totalitarismo no era un lugar, sino mas bien un estado anímico, psíquico, que pertenecía irremediablemente al espíritu del hombre, y por añadidura a las organizaciones cada vez más complejas que generaba incluso en sociedades democráticas. La verdadera dimensión de su mirada hacia la existencia democrática con todos los matices que uno quisiera objetar en el periodo en el que Kafka escribe la ofrece El castillo. La autoridad de ese lugar de allá arriba en lo alto, lugar vacío, nunca podría aceptar otra cosa que sus propios código, códigos dictados por muy pocos hombres desconocidos que deciden los destinos de todos, hasta dejar a K. en la novela sumido en una especie de delirio, en una impostura. Su realidad, al diferir de la marcada por el poder de allá arriba, se convertía en una neurosis. Lo que se debe de hacer tiene poco que ver con un acto moral, sino más bien con un ímpetu, una insistencia, una norma social.
Cuando ese escritor argumenta operaciones de riesgo bajo la luz intensa de los focos blanquecinos, cuando negocia en lujosos despachos de dirección de empresas con nombres impronunciables y rostros que van cambiando diariamente, utiliza palabras fijadas, establecidas, impuestas, y lo único que le queda es el ritmo, esa especie de latido que lo acompaña desde muy joven, su propia música interior que marca la prosa y sus gestos sea cual sea su función. La exactitud de sus frases tiene poco que ver con un acto de libertad cuando se construyen para el argumento ante la invisible dirección.
El capitalismo democrático no posee en realidad ningún consenso, sólo acuerdos aparentes, un envoltorio de pacto; ni siquiera establece mecanismos de participación directa, tan sólo el voto a los representantes en listas cerradas o la asociación inofensiva, o el derecho a la pataleta en forma de huelga o de manifestación sin que se acepte bajo ningún concepto modificar las reglas del juego, tan sólo mecanismos de contención esporádicos, fugaces, espejismos de libertad o participación limitados; es un engranaje oscuro en la mayor parte de sus organizaciones a pesar de su apariencia de claridad y justicia, un engranaje perverso, jerarquizado hasta límites insospechados, asimétrico, un espacio de infelicidad y dominio, cuyo único sentido de pervivencia es la subsistencia que por aceptar sus condiciones integra a dos tercios de las poblaciones occidentales opulentas por lo menos hasta ahora, por una necesidad de supervivencia del sistema.
La decadencia de la cultura europea fue retratada por tres excelentes novelistas: Kafka, Beckett y Thomas Mann. La decadencia de la Europa actual no sólo es un imparable proceso de deterioro económico y de mala gestión política, sino un elaborado menoscabo hecho de ceguera e intereses de poder. El diagnóstico de la crisis es terrible por sus consecuencias de peso sobre la ciudadanía anónima y pone en cuestión ante el despropósito la propia legitimación de las democracias europeas al exigir una liberalización económica –por otra parte largo tiempo consolidada- y un empobrecimiento general de las mayorías reduciendo los mecanismo de corrección de desajustes de los que disponían hasta la fecha los distintos gobiernos nacionales cada cual en la medida de sus posibilidades. No se habla del fin de los Estados de Bienestar, sino que el poder esboza la denominación fin de los Estados Asistenciales perversamente, englobando en esa frase una reducción drástica de derechos, acompañada a su vez por un incremento del poder en manos de muy pocos que dejan a los representantes políticos un margen de gestión reducidísimo –los despojan prácticamente de cualquier posibilidad de gestión real-, y utilizando un lenguaje eufemístico destinado a ocultar la tremenda injusticia.
Los políticos sugieren a los funcionarios de El castillo y El proceso. Casi toda la creatividad económica y cultural esta en manos de grupos industriales, de organizaciones económicas o financieras: la incapacidad de las sociedades europeas para alcanzar una senda de crecimiento es un problema eminentemente cultural o de utilización del potencial humano, transformado de la noche a la mañana en un problema de costes e incentivos por aquellos que modifican el lenguaje. De igual forma este escritor que sobrevive entre focos y argumentos, descubre que su libertad no es más que un suspiro de unas horas a lo largo de extensas jornadas sometido a una rigidez que poco o nada tiene que ver con la democracia; sabe que su creatividad se encuentra constantemente aplastada por la insistencia feroz de unos pocos que aplican las directrices auspiciados por la jerarquía, ejecutadas sin escrúpulos ni control, protegidos por ellas, que ejercen sus neurosis avalados por la ley imperante, y caen sobre él como le sucede a K. ante las reglas desconocidas que emanan del mundo de allá arriba, convertido finalmente en una especie de loco, en un ser racional tachado de incongruente ante la maquinaria poderosísima e incesante que emana del castillo. Es como culpar al esclavo de falta de imaginación, aunque ahora la palabra esclavo o esbirro se transforme en trabajador o en desempleado, y la palabra amo es una especie de eufemismo que sugiere emprender. Un emprendedor en nuestros tiempos es aquel que dirige su potencial creativo e intelectual a cubrir una necesidad humana por la cual obtiene réditos: canaliza su enorme fortaleza hacia una cosa, un producto, un servicio o varios: en el fondo un reduccionismo intolerable, y en nuestras sociedades, lleno de asimetría. La influencia o el premio por el esfuerzo siempre está relacionados con el poder que acompaña al acto en sí mismo. Esa es la clave del universo actual sino lo fue a lo largo de toda la historia, con la diferencia de que, ahora, los discursos del poder se extienden a mayor velocidad, su difusión es más sutil y constante, la competencia es día a día más feroz para la mayoría, que no para los que detentan alturas incuestionables, y lo que se pone en juego es la supervivencia de una pirámide de derechos en la que participa la mayor parte de la humanidad.
Para los teóricos de las conspiraciones toda crisis es provocada. La idea es exagerada sin duda, pero en verdad toda crisis es un proceso complejo que implica a una buena parte de los estamentos que conforman las sociedades, y cuya responsabilidad mayor deviene de esos círculos de poder que en ocasiones, incluso de manera inconsciente y ciega, motivados por su maximización de beneficios y rédito, empujan al mundo hacia la parálisis y el desastre acompañados de cientos de millones de ciudadanos que juegan a lo mismo aunque esas masas cumplan las directrices a cambio de migajas. Kafka afirmaba que cuando una circunstancia ha sido considerada largo tiempo, puede llegar a suceder que ésta se resuelva de modo fulminante, siquiera sin poseer ninguna razón lógica o un aura de verdad, como si el aparato de la autoridad no tolerase por más tiempo la tensión, la dilatada exacerbación de la cuestión irresuelta y por eso procediera a liquidar adoptando una decisión sin la ayuda de los funcionarios.
Un mundo de esbirros, de esbirros que ofrecen sentido común y sentido de la supervivencia. Eso es. Una élite que opera en el silencio e impone un discurso; unos políticos que lo repiten hasta la saciedad sin ofrecer demasiada resistencia. Una pirámide de esbirros que inconscientes van estableciendo el discurso, la cultura, el método y los límites.
El escritor llega a casa tarde, fatigado, lleno de las palabras del poder, del lenguaje de la organización. Cuando se sienta frente al ordenador, en una silla acolchada de cojines, con el teclado en un aparador Louis XIV lujosísimo que heredó de la familia de su mujer, observa la pantalla en blanco y ninguna palabra libre, creadora, surge. Oye las voces de algunas personas que lo aman, ese susurro que habla del deporte y el aire libre, pero el aire libre es el paisaje veloz y devorador de una gran ciudad, sus avenidas lineales y sus hileras de coches interminables, y el deporte en general es una excusa de adictos a la endorfina, simplones de la imagen y adalides de la escasez, salvando toda esas excepciones que él respeta: hasta Murakami hizo un buen libro sobre la maratón, y sabe que su antiguo compadre Mimi se salvó de las adiciones por sus carreras de una hora por el río, o su hermana encuentra un equilibrio en medio de la incertidumbre para alcanzar algo de lo que desea, gente que hace compatible la normalidad del esfuerzo físico con la capacidad intelectual de pensar y alcanzar palabras propias.
Este escritor no tiene tiempo de salir a la calle a hacer deporte, porque las exigencias de literatura, reducidas a horarios intempestivos y nocturnos o de madrugada, son insaciables, ni tampoco encuentra que ese aire del verano le ofrezca alguna posibilidad de hallar sus palabras anheladas. Decide servirse un gin tonic con hielo, tal vez una copa de vino blanco muy frío, hasta sentir que la ebriedad ligera le despeja de imposiciones la imaginación y surgen unas cuantas palabras, no muchas, sometido, dolorido, la espalda en tensión, el cansancio aflorando, la inutilidad del gesto entre los labios.
¿Para qué escribir? ¿Qué clase de resistencia a pesar de Delleuze y Guattari, a pesar de todo lo que ha leído y sabe, lo que ha oído, le ofrece ese acto tan fatigoso de mirarse a sí mismo frente al espejo y construir un mundo de ficción, y encontrar las palabras libres de la literatura de entre la inmensidad de imposiciones del lenguaje del poder que atraviesan el universo? Esa es la batalla interminable, inútil y estéril, perdida de antemano, una ilusión futura, una línea de fuga que se abre seguramente para perderse en la nada, pero que en su extensión encuentra una diminuta justificación.
Pero el asunto central de El castillo y El Proceso es la escritura, en la medida en que Kafka sólo quiso hablar de sí mismo a través de las palabras de la literatura. Esa es la clave. La historia no es importante en esas novelas en verdad, lo es la escritura. Es el lugar (como afirma Calasso con una exactitud deslumbrante) de la espera de una concesión o del retraso de una diligencia interminable. Caminos tortuosos a un tiempo. Sabe que al llegar K. a esa aldea en la que aguarda que le otorguen el trabajo de agrimensor prometido, éste está condenado a permanecer allí, a la espera. Todo cuanto haga será alinear sus experiencias, jamás desarrollar su potencial, y sus decisiones no modificaran un ápice nada, están sometidas al azar del poder inasible, a las decisiones de sus mecanismos. Acepta su destino porque comprende con cierta rapidez que cualquier acto de rebeldía excesivo o incluso cualquier intento de forzar la situación no será más que una expresión de la desesperación.
Qué motivo podría haberme arrastrado hacia esta tierra desolada sino el deseo de permanecer aquí.
La tierra desolada es al tiempo la tierra prometida por una carta de la que K. llega en un punto del relato a dudar de su existencia, esa nota que le propuso un trabajo inalcanzable en cuanto llega a la aldea, ser agrimensor en el seno del Castillo.
El sentimiento de resignación es similar al que expresa la religión. Es una especie de aceptación de aquello que nunca podremos modificar pese a que nos esforcemos, al tiempo que un alivio que nos permite eximirnos de la responsabilidad o la culpa derivada de esa impotencia. Los discursos sobre la voluntad son tan falaces como aquellos que sólo se encomiendan al destino, al azar o a la suerte. K. sabe que no puede emigrar, sino aceptar. Aceptar es en sí mismo el inicio de la religión, porque para aceptar uno debe encontrar un sentido, un símbolo de aquello inalcanzable, una metáfora que nos permita afrontar nuestra insignificancia. Todo el universo es asimétrico, y a la vez sumido en un caos, en un azar incontenible, imprevisible. Aquella hermosa canción de Antonio Vega, Lucha de gigantes, expresaba la fragilidad ante un mundo descomunal, hablaba de la misma sensación que siente K. ante la complejidad inasible, azarosa e inescrutable del castillo y sus mecanismos de poder. Aún a pesar de la literalidad que pretende Calasso para leer a Kafka, en verdad una lectura mucho mas fiel a la exactitud de su escritura, uno no puede dejar de vislumbrar con su imaginación las ramificaciones de semejantes símbolos, las infinitas sucesiones de analogías e imágenes que nos permite su idiosincrasia particular, lo que sabemos a través del la novela y trasladamos al mundo en que vivimos.
Tengo la sensación de que Kafka atisbó con una lucidez extraordinaria los efectos de la decadencia, aunque fuera de un modo inconsciente, literario, incluso en ocasiones subterráneo, como su frecuente escritura nocturna e insomne. Si el castillo representaba la figura nebulosa de un poder omnipresente y desconocido que caía sobre K. y contra el cual el individuo no tenía absolutamente ningún poder de resistencia, el tribunal de El proceso distinguía asombrosamente bien los mecanismos de castigo y sus ramificaciones eternas con forma piramidal, la culpa humana que conceden los grandes nudos de poder a aquellos que dependen de él. Si las normas de un mundo inaccesible caían sobre K. y convertían su aventura humorística y en cierto modo absurda en un infierno de imposibilidad, el tribunal se aproximaba a la vida normal para asimilarla y engullirla, extendiendo su influencia a la totalidad de la vida, para dirigirla y aplastarla cuando lo creyera necesario.
Nunca tribunal alguno perteneció a la vida normal, siempre cualquier condena no es más que un intento de usurpar su propia imagen reflejándola en el espacio incontrolable que sin embargo desea dominar e incluso dirigir.
Tanto El proceso como El Castillo se construyen en el mundo imaginario, humorístico y original de Kafka. Es curioso como la rareza, la extrañeza que producen desde la primera frase la mayor parte de los textos mayores de Kafka esté construida desde el autismo y, sin embargo, por una fascinante magia, se convierten sin apenas esfuerzo en paradigmas de tantas y tantas realidades. Como si se hubieran escrito uno para el otro, un libro para dialogar incesantemente con el opuesto, para entrelazarse, ambos reflejan la angustia que se apoderaría en mayor o menor medida de cualquier individuo del siglo XX y el siglo XXI. Nada escapa a esa mirada tan particular, nada queda fuera de esos dos universos absolutamente construidos de ficción, ni siquiera la capacidad humana para la esperanza y la búsqueda de la felicidad.
Desde la terrible indefensión del ser humano ante la inmensidad del poder desplegado en la tierra, hasta la inhumanidad de las grandes burocracias, de los totalitarismos utópicos, las matanzas, el desprecio por el hombre y su vida expresado por doquier a lo largo del siglo XX, la imposibilidad de la comunicación real y sincera entre seres humanos, la figura terrible de los esclavos y los esbirros, la ausencia de sentido en casi todo, la ceguera general del mundo y sus habitantes, su cobardía, la imposibilidad de alcanzar otra utopía que la mera supervivencia, la frustración inevitable de los espíritus libres frente a las barreras infranqueables de los límites impuestos por el poder y sus voceros, la incongruencia de ese poder sin rostro, articulado en torno a un orden inaccesible y autónomo a través del egoísmo y las expresiones de privilegio y circunstancia, todo ello, todo escrito en un puñado de páginas, construido con una economía de medios encomiable, llena de humor negro, fascinante en su incoherencia que tan a menudo despierta la asociación de elementos o cosas imposibles de asociar a simple vista, todo, absolutamente todo, estaba en esas novelas de Kafka escritas entre 1912 y 1923.
Otro día más ese escritor decide dejar de escribir. Bartleby acucia en medio de una hilera de palabras manipuladas, de pequeños respiros y sueños esporádicos, auroras de luz que duran apenas segundos, una sexualidad constante que convierte la naturaleza en una inseminación furiosa. Ese escritor vuelve a componer informes similares, retahílas interminables de argumentaciones guardadas en archivos o en servidores, utilizando el lenguaje de esa organización que le paga, hasta que un día un texto se transforma. Es inevitable, es escritor. Uno de esos textos anodinos parece estar escrito de otro modo. Las frases se han alargado sin que él se diera cuenta, el vocabulario ha perdido cierta burocracia y las palabras resuenan con cierta exuberancia. Defiende tal vez una propuesta que emocionalmente le hace sentirse implicado más allá de lo profesional por la razón que sea. Tal vez se trate de un riesgo a conceder a una bella mujer o a un buen hombre al que cree correcto ayudar. Sin darse cuenta esa emocionalidad se ha transformado en metáfora y ha cruzado la barrera de las redes para ofrecer una argumentación para una propuesta distinta a las habituales. Tal vez sea hasta un enunciado narrativo sutil entre los pliegues de frases hechas y dichos repetidos. Es un acto inconsciente, pero es un acto libre que transforma ligeramente el entorno, por mínimo que sea su efecto y sin dejar de respetar las normas; no deja de ser una respuesta a la tiranía y a lo descomunal sin pretensiones. Y lo hace sin querer, y cuando dos días después alguien lo llama por teléfono y se presenta como el Director de Área, y al preguntar por él alza el auricular y siente un ligero temblor, ese escritor sabe que ha roto algo, pero todavía no comprende exactamente qué es lo que ha hecho después de meses sin escribir literatura, sin abrir una sola puerta de ficción, qué pretende ese hombre desconocido de voz ronca y autoritaria, en qué consiste lo que comienza a revelarle.
Ese escritor ha rellenado miles de páginas. Si algo sabe es precisamente que la escritura literaria posee la posibilidad del río, que es en ocasiones corriente espesa y otras clara como esos pasajes fluviales donde las rocas y los ramajes purifican el agua en los cauces. Sea como fuere, las palabras del Director de Área le sorprenden porque él no pasa de tener un rango medio, su importancia es relativa, escasa. ¿Por qué otorgar mensajes de importancia a una argumentación cuyo sentido no es el lenguaje en sí mismo, sino un hecho económico que responde a la actividad de la organización para la que trabaja? El reproche del jerarca encorbatado y artificialmente solemne, que parece arrastrar las frases y las palabras como si su voz llegara de un lugar de ultratumba donde nada está vivo, no es por la operación planteada, por su concepción técnica o la conclusión del análisis de riesgo, ni siquiera por los datos que el escritor ha defendido o por la seguridad del crédito que se pretende asumir; no hay una crítica profesional a la actuación del escritor, ni un error, ni una incongruencia. Lo que subyace en toda esa charla es el miedo del Director de Área a perder el control, la autoridad, a perder la estructura de lo simple y lo que debe ser frente al argumento de la literatura, frente a las palabras libres que con cuentagotas, apenas asomando en el contexto indirecto de un mero informe profesional, surgen. Kafka expresaría con otras palabras esta idea; en el ámbito del castillo, el lugar de allá arriba, ni benévolo ni maligno, sólo un espacio donde se emite todo lo que existe, en el que se articula la existencia, hablaría de la barrera inexorable que debe separar la mente que formula el deseo y la aparición del objeto del deseo. El significado de esa situación, aunque sea en el espacio insignificante de una propuesta entre miles, es la impotencia de la organización. Una sola partícula minúscula construye una línea de fuga, una inercia cuyo destino es improbable y por eso peligroso, aunque responda al acto de un solo hombre entre miles.
Esa figura de autoridad, situada en un altura consciente, ha sentido la vitalidad de otras palabras y tiene que reprender esa actitud para defender su sentido, su privilegio profesional, su estatus social y económico, su lugar en la empresa, pero en el fondo para protegerse de sí mismo, de eso humano que sigue permaneciendo dentro de su corazón, en sus actos incongruentes, en su ceguera y en su miedo, en su dolor. Es imposible que él racionalice su propia intervención pues vive inmerso en una fe. Entonces le dice al escritor que él, Director de Área desde hace cinco años, emblema y símbolo del poder en la provincia, va a enseñar a escribir a alguien que lleva más de treinta años viviendo en el mundo libre de la literatura. En verdad, un acto que mezcla la soberbia con la inocencia del desconcierto temporal, un gesto de autoridad que pretende borrar una luz, un hecho que dentro de unas horas se le habrá olvidado pero que, inconscientemente, ha significado algo para su anodino discurrir diario.
Calasso describe a K. como un modesto agrimensor que trabaja tranquilamente en una mesa de dibujo. Al releer el texto no se atisba ni un sólo brillo heroico en él. No pretende ayudas especiales, ni una salvación posible, ni quiere extender su propia salvación al mundo, ni protesta ni asume. Es su deseo, la potencia incontrolable del deseo humano lo que asusta en el fondo a los funcionarios del Castillo, a todos los esbirros que representan y defienden sin saber exactamente porqué las premisas de allá arriba, a esas gentes que se cruzan en su camino misteriosas ante él y le piden que renuncie. Lo único que no se puede dominar es el deseo humano, la imaginación, aquello que nada puede detener salvo la muerte y está lleno de potencia. Un hombre libre, K., que de igual modo pretende escapar de la opresión constante del poder evita caer al tiempo en la benevolencia de quienes nunca tendrán escrúpulos, de las normas sin alma, del egoísmo sin dirección. Calasso apuntaba con acierto la siguiente frase:
El deseo es lo desconocido y sobre lo desconocido no podemos tener ninguna pretensión.
Añadiría que sobre lo desconocido no se pude ejercer ni la brutalidad ni el poder en la medida en que es imposible comprender su sentido. Lo que más altera a los funcionarios (y a los chivatos, a los esclavos, a los esbirros, a los cobardes, a los mediocres), lo que más escandaliza a quienes defienden las máscaras imaginarias del poder, de lo que debe ser, de lo inamovible e incuestionables, es el deseo, el potencial tremendo y desconocido que todo hombre guarda en su seno, incluso cuando lo único que pretende es la libertad, o el goce, o la posibilidad de sobrevivir. Es curioso como la consciencia de que un puñado de hombres, o mejor, una multitud de hombres y mujeres tratando de hallar una lógica de alguna forma podría hacer caer esa especie de superstición sobre lo que debe ser sin más, sobre lo necesario, el mensaje interminable y omnipresente que emana del castillo y extiende su mensaje hasta perder su sentido y termina por apoderarse de la voluntad y la vida de todos, altera por su potencialidad el equilibrio de lo establecido. Lo intolerable que evoca el texto, o al menos a ese escritor que vuelve a sus páginas y relee los párrafos de la novela y siente auténtica compasión no ya por ese hombre, K., perdido en una burocracia sin lógica que convierte la realidad en un fantasmagórico paisaje del vacío, es que todos esos personajes insignificantes que aparecen encerrados en un mundo que jamás ganarán, que nunca en la vida lograrán alcanzar siquiera por asomo, renunciando al deseo, a la vida en sí misma, conformándose con lo poco que les queda, ese aire torvo y desafiante en su infelicidad que guardan esos aldeanos con los que el protagonista tiene que enfrentarse, llenos de posturas equívocas, ignorantes y al tiempo gozosos de serlo, desconfiados, como le sucede a todos los funcionarios que se cruzan en su camino, o con los delatores que denuncian la digresión del personaje, es que la actitud lógica y en cierto modo razonable de K., despierta en toda esa gente una sospecha, un reproche, una burla o una insoportable condescendencia, simple y únicamente porque K. desconoce las reglas imperantes en el castillo, incluso aunque ellos tampoco las conozcan más allá de su insignificante cotidianidad.
La imaginación de Kafka desplegada en El castillo dota de una particular simbología a todo el pensamiento conservador que en su cobardía general, lleno de miedo y de descreimiento en la imposibilidad de cambio (como si agitar cualquier pequeña bandera pudiera remover los estratos marinos y destruirlo todo) condena a aquellos que se expresan de otro modo, a los que anhelan algo distinto, pequeñas variaciones posibles de un guión que no es inamovible, que no es fijo, sino que está hecho de superstición y miedo.
La razón por la que K. apenas consigue ayuda en su deambular por las afueras del Castillo, el motivo exacto por el que sólo recibe pequeñas muestras de simpatía, gestos condescendientes e incluso dotados de cierta generosidad, jamás apoyo real ni información esencial, ni siquiera ánimos en su proceso de búsqueda, es porque él no emana del poder, de él mismo no emana nada que pueda transformar fehacientemente en apariencia la vida de los otros, y sin embargo, guarecidas en su seno, están todas las posibilidades que todas esas gentes podrían utilizar y escoger para alcanzar otro lugar mejor.
El escritor lee a Kafka y trata de comprender la rabia que le ha obligado a callar ante una afirmación ridícula expresada por ese hombre erigido superior por razones que carecen de toda lógica humana o profesional. Cuando avanza entre las frases, con esa particular puntuación propia de la prosa kafkiana, entre esas veladas y mínimas alusiones al espacio, a los objetos, como si cuanto imaginara ante esas palabras fuera un hecho simbólico, una especie de límite psíquico donde encerrar el espacio asfixiante e irónico, patético tan a menudo, en el que se mueve K., atisba sin remedio otras expresiones que comienzan a apoderarse de su propia autoestima, como si la losa que cae sobre él se aviniera más ligera: no cambia nada en verdad, cambia su actitud, esa sensación de derrota, de humillación, que a veces tiene que ver con el orgullo y en muchas otras ocasiones con el sentido común -y tal vez esta vez haya algo de orgullo en su herida-, pero a poco que piense, en el fondo, responde a una imposibilidad de aceptar la ignorancia y la prepotencia sin más, también a la impotencia para modificar el entorno aunque su inteligencia o sus aptitudes reflejen otra forma de hacer las cosas, de alcanzar un lugar de respeto y colaboración entre seres humanos que viven sujetos a iguales objetivos, hasta que la abrumadora impresión de indefensión, de odio y sumisión sin argumentos, se transforma en una venerada forma de burla.
El discurrir humorístico y a menudo absurdo de K. por las inmediaciones del castillo comienza a emprender ese destino fantasmagórico y de vigilia que siempre anunció a Kafka como a un escritor cerrado y oscuro, siendo sin embargo un irónico transformador de la existencia, una especie de médium entre la luz y las tinieblas del hombre contemporáneo. A K. no lo echan, pero nadie le abre una puerta, y la penumbra que envuelve el castillo cae sobre él transformando el sueño de trabajar allí como agrimensor en una pesadilla del punto sin retorno, del lugar al que todos, de una u otra forma, terminamos conduciéndonos. Ni siquiera el amor de Frieda deja de ser otra cosa que una forma más de aceptación, una aceptación que además no tiene ninguna recompensa interior y por supuesto tampoco exterior. No tiene forma de regresar de donde viene, y eso es lo que le revela a su amante recién conocida. Toda posibilidad de regreso, afirma Calasso, se ha cerrado para él. A partir de cierto punto ya no hay vuelta atrás. Hay que llegar a ese punto: un paso más allá de ese lugar sin retorno comienza la historia de K., tal vez la historia que todo hombre cruza y sufre, la línea que Kafka atravesó como nadie en su literatura.
Los diarios de Kafka en las fechas en las que compone El castillo, e incluso en algunas notas halladas en el cuaderno donde escribió esa historia, revelan un punto en el que el escritor afirma lo siguiente: “la escritura se me niega”. Para un autor tan inaccesible en su biografía como él, un hombre anónimo que murió en el mismo silencio en el que había nacido, semejante premisa articulaba en torno al siglo XX –y por supuesto al XXI- una expresión del sinsentido, y de esa frase sobre la escritura negada un esbozo sobre aquello que no podía realizar, tal vez en ese afán que guió en verdad a todos los escritores de todos los tiempos pero que quizá alcanzó a convertirse en una constante ya en el siglo XX, cuando las grandes preguntas sobre el sentido de la literatura asomaban en su imparable proceso de decadencia.
Cuando algo es importante para una sociedad, cuando reporta beneficios a sus actuantes, cuando sirve para alcanzar estatus o importancia, pierde su naturaleza conflictiva. Cualquier arte o actividad que deje de ser significativa para una comunidad o sociedad, comienza a plantearse en su propio seno las razones de su sentido, como algo inevitable. Algo bien asentado en un engranaje cumple su función sin demasiadas complicaciones; es esa pieza que chirría o que se desajusta esporádicamente, es la que percibe la oscuridad del proceso final, del objeto de ese proceso en el que participa, la que plantea inmediatamente una especie de examen de su propia razón y de la coherencia general. Son impensables los espacios vacíos de Beckett sin las intuiciones de Kafka, como si uno hubiese atisbado el abismo y necesitara una continuidad, incluso aunque alrededor, lo único que queda sea el silencio. Kafka comenzaba un baile imposible con toda la historia de la literatura que había existido antes que él.
Entonces ese escritor que atisba con una sonrisa la petulante ignorancia de hombre al que se le otorga el poder por sumisión y no por valía, comprende que la existencia no tiene ningún orden real, que el caos sume en el miedo a cientos de millones de seres humanos que aceptan y aceptaron la historia por una inercia (uno de los pecados capitales para Kafka junto con la impaciencia), empuñándola en el fondo con sus decisiones, hundiéndose en los más variados y exuberantes abismos de imposibilidad, cobardía, derrota y miseria. El escritor acaricia con sus dedos huesudos las hojas de los libros de Kafka, siente en sus yemas que para estar vivo necesita la piel, el amor, el deseo, que cada paso que da K. hacia el inflexible destino fijado para él por Kafka es un último gesto de rebeldía y supervivencia sin aspavientos, hecho para sí, cuyo sentido tal vez sea exhalar un suspiro y nada más. En la imposibilidad de modificar un ápice la existencia fijada de antemano, ante la inconsciencia de pretender que quienes les rodean sean conscientes de semejante proceso, el escritor comprende a K., y sobre todo se acerca a Kafka. Lo único que echa de menos en sus páginas es alguna alusión más concreta a la felicidad, a la capacidad ilimitada del ser humano para adaptarse a cualquier medio por hostil que éste sea, al posible cumplimiento y la satisfacción surgida de ese cumplimiento, que envuelve las decisiones interiores del hombre hasta hacerle soportable la banalidad.
Tal vez la oscuridad de Kafka sea demasiado profunda, tautológica y excesiva para su frágil inteligencia. Que a ese señor de voz ronca y ademanes autoritarios se le noten los cabellos teñidos con tinte para disimular su vejez incipiente, que ante sus ojos inyectados en sangre sólo se atisbe el vacío de un discurso irreal que no le pertenece, una mala copia de la ley o los Reglamentos, que ante su cobardía ejerza el poder como equilibrio con un despiadado gesto de asco, que ante lo que no puede controlar surja la intolerancia, la ira y el malestar, que en sus movimientos nerviosos, histéricos, que se notan tras el auricular, su cambio de ánimo sólo pueda atisbar la mayor infelicidad concebida por cualquier ser humano, le provoca al escritor una sensación de compasión, una inmensa compasión ante aquellos que lo derrotarán tarde o temprano, que caerán sobre él con los dientes afilados, como el castillo caerá sobre K. inexorable hasta convertirlo o bien en uno más de todos esos aldeanos o campesinos o funcionarios que va a frecuentar o ha visto ya, o en un funcionario inmerso en la particular cosmología incomprensible del lugar de allá arriba en lo alto, cumpliendo su ley sin resquemores, o tal vez en un cadáver sin aire ni tumba.
El alivio de la religión, atisbado en el poder de las iglesias a lo largo de los siglos, adquiere ahora una nueva forma de sumisión aún más refinada y terrible, que alimenta de igual forma la ausencia de la metáfora religiosa y no posee una dimensión divina o espiritual. Todo cuanto cae sobre el escritor, de igual forma que las circunstancias que oprimen hasta la risa patética a K., es la sociedad. Semejante Dios, como anunció Dostoievski y años más tarde Kafka, significaba la extinción de la inmortalidad, de la trascendencia, de la inmortalidad del espíritu. El coste serían los terribles acontecimientos y matanzas sucedidos en el siglo XX y los que vendrán tal vez en estos inicios del siglo XXI.
Cuando Kafka escribió sobre el secretario Bürgel ni el escritor ni el superior que lo llama desde las sombras de un despacho lujoso, con la superioridad de barro de unos galones concedidos por la servidumbre a la organización, habían nacido y, sin embargo, a través de esos personajes creados para la literatura el escritor llega a comprender la esencia del hombre mediocre, del mediano aplaudido que en un sinfín de rincones en el seno de las sociedades contemporáneas pretende aplastar la figura del hombre libre por una reminiscencia constante del miedo. No existen los hombres libres por completo ni probablemente tampoco los hombres mediocres sean su totalidad más allá de fijar dos extremos utilizados como paradigma. Todo es gradación en el universo, complejidad, cúmulo de circunstancias, como excepciones a la regla que están más cerca de la enfermedad mental o el genio que de la vida.
En El castillo, Bürgel habla de una crueldad de los funcionarios hacia las partes y hacia sí mismos, con toda la ambigüedad que se respira en esa frase. Añade que tal crueldad es también la suprema consideración, al reflejar en su constancia inexorable la necesidad de una férrea ejecución y actuación del servicio. La necesidad conlleva a simple vista una especie de sadomasoquismo. Todo lo oscuro que contiene semejante declaración de principios, forma parte del mundo en que vivimos examinando cualquier lugar hacia el que miremos, tal vez complicado el asunto por una masiva renuncia a los espacios de intimidad en pos de un mundo de masas intoxicadas por una maquinaria publicitaria ensordecedora, ciega y carente de consistencia que, sin embargo, en su desmesurado afán por imponerse, genera los gustos multitudinarios, guía las corrientes vitales y empuja a los seres humanos hacia el cumplimento de rituales civilizados que rozan lo ritual, lo maquinal. El proceso despoja a su vez de intimidad a los actos compartidos con otros semejantes, como si existiera, o debiera existir, una dualidad al menos en todas las caras de la existencia. Kafka tuvo el sentido del humor suficiente como para escribir esas palabras en boca del secretario Bürgel, mientras lo describía estirando los brazos y bostezando, mostrando como dice Calasso, un desconcertante contraste entre la vulgaridad de ambos gestos y la gravedad inconmesurable de sus palabras acerca de la esencia del castillo.
El escritor siente que el mundo que lo rodea está hecho de demasiados Bürgel, incluso de funcionarios aun menos conscientes y lúcidos que el secretario, que muy pocos Kafka esbozan esa sonrisa irónica que alivia esa sensación de peso, al menos en el seno de organizaciones empresariales anónimas, multinacionales construidas en torno a la ambición de unos pocos, al sufrimiento a menudo de muchos a cambio de una ilusión de libertad y subsistencia, y a la mediocridad de la mayor parte de la humanidad. Los únicos que saben lo que pueden entresacar de ese tipo de organizaciones humanas son los accionistas, cuyo interés no depende de su esfuerzo directo ni de su conocimiento. La sociedad anónima es una perversión, al igual que la preeminencia de lo financiero sobre la economía real se convierte a su vez en una perversión intolerable en nuestro presente. Pero la figura de Brügel no es sólo una descripción de los hombres que en el transcurso de los años siguientes dominarían el mundo, si es que en alguna ocasión dejaron de hacerlo, sino a su vez, puso de manifiesto una realidad nueva, un entorno vital en el que el orden social era capaz de superponerse por completo en mayor o menor medida a cualquier orden espiritual o cosmológico, al individuo. En pocas palabras, representaba el triunfo de una existencia sin sentido sobre cualquier imagen simbólica, religiosa o humana de la existencia, despojaba de heroísmo a los actos de los hombres al arrancarles de cuajo la trascendencia, la inmortalidad y el misterio, desprendía en su bostezo toda la poderosa maquinaria del poder incomprensible y ciego, desterraba de un plumazo con ello cualquier posible sueño de inmanencia, condenados en nombre de un desconocido reglamento a fagocitarnos una y otra vez en un universo sin metáforas.
El castillo no es solo una excelente novela incompleta, sino que se ha convertido con los años en un acto de rebelión incondicional. Por fortuna, el mundo seguirá siendo mundo mientras los hombres sigan siendo hombres, y cualquier expresión totalizadora chocará eternamente con un sinfín de actos de fuga que en uno de esos incendios inesperados prende la mecha en otra dirección.
La mirada del humano primitivo al enfrentarse al misterio de la naturaleza y los astros, al misterio de su propia existencia, a la inmensidad de cuanto contemplaba, su necesidad de sentirse protegido y de dotar de contenido a la vida, breve, en el fondo animal e insignificante casi siempre, es a todas luces un acto de negación contra las limitaciones, un hecho que empujó el desarrollo, la imaginación, la técnica necesaria, que permitió al hombre imponerse a las condiciones fijadas por la naturaleza, un prefería no hacerlo que siempre flota alrededor de las decisiones de ese escritor que se resiste a aceptar la realidad constituida de múltiples fantasías de hombres mediocres, por instituciones aún más mediocres e interesadas, consistentes en satisfacer la inmensa necesidad de poder de aquellos que no logran entresacar otra cosa de sus vidas, erigidas a partir de su decepción como una forma de dominio y servidumbre, como una triste justificación.
La diferencia entre ese escritor y el Director de Área se halla principalmente construida no por el rango profesional que uno y otro detentan, con su consiguiente efecto sobre su propia relación humana y sus cuentas bancarias, sino en la distancia que media entre el vacío existencia de uno y otro, aunque la victima en apariencia sea el escritor o K. El perdedor absoluto del envite sin embargo, salvando las posibles circunstancias inesperadas que acontezcan, siempre será Bürgel, el Bürgel que se cree protegido por un orden férreo y unos usos establecido sin importarle la moralidad de la misión, el origen, o el motivo de que así sea, obligado al mismo tiempo a justificar a menudo entre los demás razonamientos tan frágiles como castillos de naipes. Kafka se refería al miedo de quien se ve obligado a sostener lo que es insostenible por su falta de verdad.
La argumentación demasiado exuberante del escritor provocó que el suelo de ese otro hombre se tambaleara, simple y únicamente porque tal vez, quien sabe, lo hizo estremecerse inconscientemente al leer palabras libres entre pliegos de anodinas argumentaciones, palabras de la literatura que lo agitaron, que lo obligaron a imponerse, como si cualquier desempeño fuera una sola cara, no contuviera en sí mismo nuestro propio rostro verdadero.
Pero K. no se revela ni desea cambiar ese orden, esa es la verdadera dimensión del acto rebelde que ejecuta con su empecinamiento para que el castillo cumpla aquel contrato propuesto. Es un acto individual, libre y decidido desde la humanidad. Nos recuerda al Bartleby de Melville pero con un grito de afirmación. No se trata de alterar nada de cuanto está hecho, sino de que alguien permita que K. respire y pueda desarrollar aquello para lo que fue requerido. Kafka daba una vuelta de tuerca en la historia del hombre rebelde. Se empeñaba en el que mito tuviera un lenguaje propio, en apariencia común, sin embargo capaz de abrir de improviso puertas del conocimiento y la consciencia hasta entonces nunca visitadas por los hombres, tal vez intuidas desde luego, pero nunca escritas en la ficción. El lenguaje común, el lenguaje del Director de Área que afirma su necesidad de imponer sus criterios de escritura en el ámbito de sus funciones, es el lenguaje de los siervos, algo que no tiene nada que ver con el potencial económico ni con el estatus social, sino con la calidad humana, la inteligencia y la decadencia.
Lo fascinante es la sucesión de reflejos constantes sobre nuestro propio mundo, siempre desde la poesía de un espacio de ficción cerrado en si mismo, enigmático y válido únicamente en el ámbito de la propia literatura. Los arcontes, eso funcionarios que juzgarán finalmente a Joseph K. en El proceso viven ocupados en algo que solamente para ellos es manifiesto, respecto a lo cual, cualquier hecho externo es un potencial contratiempo. Todo lo que sucede fuera de ese lugar en el que viven se reproduce como un contratiempo, algo similar a un hecho irrelevante, consecuencia de algo ajeno a ellos, que se limitan a recibir a los imputados y sus expedientes, y a aplicar aquello para lo que están hechos y dirigidos. Calasso, con su finura intelectual avanzaba un ápice más, definía esos arcanos como seres humanos que se presuponen soberanos y autosuficientes al ejercer un poder encomendado, pero continuamente son atraídos hacia algo extraño y refractario, que se les resiste y quieren dominar. Siempre temen, aunque no lo digan, que un grano del mundo exterior penetre en las regiones inaccesibles en las que habitan, allí donde sólo viven ellos, y los aniquile como un virus inmenso que todo lo arrastra. Todos los esclavos de espíritu, por muy elevada que sea su situación, terminan por temer que algo los libere de su esclavitud, en definitiva, que se les despoje de su importancia.
Este escritor de alguna forma está harto de esperar acontecimientos que no dependen de él. Cualquier literatura en el siglo XXI está hecha de esa espera desesperada y terrible, extenuante e incierta. Nada tiene el sabor que tenía de tanto reproducirse incesantemente en el imaginario colectivo. La esencia de K. o de Josehp K., protagonistas de El castillo y de El proceso respectivamente, está hecha precisamente de esa espera que tan bien interpretó Beckett en una buena parte de su obra. Sin llegar a ser un síntoma de la desesperación de Kierkegaard, la expresión resulta cuanto menos sombría. El mundo ya no nos pertenece, si es que alguna vez nos perteneció, y ahora somos demasiado conscientes de ese hecho. Tal vez esa constancia sea el único síntoma de madurez que el escritor respeta, el único que le resulta insostenible de cargar, terrible de sostener entre sus dedos frágiles. La misma expresión de terror asoma ante los ojos del Director de Área acostumbrado a la esclavitud con mayor encono a cambio de un estatus o una representación que él creyó adecuada o admirable. Es el mismo terror de todos, cada cual en sus círculos sin conexión con el resto de círculos humanos, siempre con el temor y la superstición de que todo concluirá si uno se descuida, como si descuidarse fuera la cuestión fundamental que conduce a la extinción, o como si de ello dependiera la ruina y o el éxito.
Joseph K. aguarda una sentencia que lo libere de la angustia, de la culpa, de la ignorancia de haber hecho algo que desconoce y por lo que es acusado. K. espera concienzudamente que alguien cumpla la promesa que lo llevó hasta las inmediaciones del castillo para convertirse en agrimensor. Como dice Calasso, hagan lo que hagan su vida es extenuante, pertenece a esa vasta ciudadanía agonizante que patalea y opta por un partido político nacional, abraza causas más o menos justas o injustas, y se arremolina en las plazas públicas, las playas, los lugares de veraneo, los supermercados y las calles de cualquier ciudad. Están hacinados ahí afuera, incapaces de conocer su destino, creyendo que la voluntad les bastará, o la aceptación o la resignación o el cumplimiento de un improbable e incomprensible deber, una ley impuesta que simplemente por miedo jamás dejarán de acatar. La masa sin límites se extiende invisible e interminable ante los ojos de los poderosos, y atañe a casi todo, a esa mayoría que nunca construirá nada que afecte al mundo. En la torre del castillo y en el tétrico edificio donde se van a celebrar las ceremonias del poder, se asientan todos aquellos que deberían responder a las encrucijadas del destino, que deberían dirimir qué es justo y qué no lo es, pero no tienen respuesta. Pertenecen a un engranaje ciego, obcecado, donde la salvación solo parece ser la ley, misteriosa ley de usos y costumbres, de insistencias y presiones, ley al fin y la cabo, como una conciencia que en este caso es limitada y representativa de una forma única y exclusiva de poder y dominio. Aguardan la chispa y temerosos de que esa especie de brasa inesperada haga arder un círculo nuevo insisten en construir otro aún más opaco y oscuro.
Kafka elevó con sus personajes la potencia de la escritura, amplió sus horizontes, dibujó nuevos paisajes fantasmagóricos, retrató como nadie la metafísica de la historia sobre el hombre. Lo bueno es que la muerte anónima y silenciosa de ese escritor checo que apenas publicó en vida, le sirve a ese escritor, que seguirá buscando palabras libres si es posible. Tal vez un día la chispa surja de él mismo o de cualquier otro como él, y la autoridad se disipe en nuevas cobardías insostenibles.
El escritor, en su próxima argumentación no cumplirá nada de lo exigido. Su sentencia es reconstruir el mundo y lo hará con palabras sea cual sea la repercusión del gesto, y cada palabra debe poseer la fuerza de esa libertad aunque sea en el disimulo y la brevedad de un parpadeo, arrancadas las palabras manipuladas, los ensordecedores alientos del poder: a la busqueda de palabras primigenias, de reconstrucciones de esos lugares en los que la prosa o el verso hacen aletear el subconsciente hermoso de lo posible, la potencia positiva de la creación humana, aunque la batalla esté perdida, aunque tenga que rehacer su vida en otro lugar. No hay aceptación posible cuando se trata de eso que es esencial en cualquier hombre. La libertad de otro es la nuestra, dirá ese escritor. Todo cuanto soy son mis palabras y mis afectos. Lo mejor es imaginar el rostro del Director de Área, de ese hombre compungido por el miedo y la deshonra cuando ya no sirva, y sus huesos terminen olvidados en cualquier rincón insignificante, donde su nombre sea exactamente igual a los demás. Ninguna mediocridad puede sobrevivir más allá de la concesión temporal de los amos. Eso lo sabía extraordinariamente bien Kafka.
El escritor lee en los diarios de Kafka una curiosa teoría sobre El Quijote de Cervantes. Hay algo en ese texto que facilita una cercanía profunda, que le ofrece algunas de las claves de ese extraño demiurgo que habitó la literatura y la experiencia numinosa, como si en sus ojos, cuando mira una fotografía suya, hallara una especie de reflejo familiar. Como siempre en esas palabras hay algo triste y al tiempo humorístico, como si esa mezcla fuera la combinación exacta, como si Kafka hubiera medido todas las palabras para alcanzar ese efecto tan particular. Escribía que Don Quijote era sólo un títere encargado de sufrir los fantasmas de Sancho Panza, el que recibía las consecuencias de los riesgos y los fantasmas del otro. Sancho Panza se sentaba en silencio, se escondía detrás de muros y árboles, fingía ser práctico y con los pies en la tierra, y reflexionaba sobre lo que había acontecido. Miraba a aquel personaje escuálido y convulso, observaba con ojos atentos la irrisoria figura, los golpes recibidos, la insostenible ternura de un ser desvalido y al tiempo valiente como pocos, lanzando al mundo de la España del Siglo de Oro y a la literatura tal vez por una necesidad del propio Sancho de reírse, de respirar y tratar de atisbar los límites de su propia locura, de su asombro y sus miedos frente al mundo. Don Quijote era capaz de hablar de libros de caballería sin avergonzase, de teología, de amor galante, de justicia y consumir su cuerpo y su alma en todo ello. Sancho Panza sólo lo miraba de reojo, lo seguía en un segundo plano, observaba cuales son las consecuencias de esas pasiones que ardían en el anciano caballero. Nunca se jactó de ello, de lo que hicieron. Para muchos, Sancho Panza se limitó a escribir una novela.
Cuando las luces se apagan y el piso queda a oscuras, el escritor mira las hojas del libro y encuentra ese alivio que necesita para afrontar esa noche larga y oscura, para acercarse al día de nuevo y soportar las pulsiones, la irracionalidad de cuanto le rodea, la figura del Director de Área, la esencia del castillo, la oscuridad del tribunal, la ausencia de deseo poderoso, la renuncia, tal vez hasta el futuro. Sin embargo, como le ha sucedido cientos de veces, las palabras de la literatura alivian algo, modifican por un instante la realidad, transforman el eco ensordecedor en una suave música que lo reconforta. ¿Por qué escribe? Se vuelve a decir entre las sombras del cuarto mal ventilado, intoxicado de humo en pleno verano caluroso. De nuevo Kafka, como si albergara en su seno todo el saber gnóstico, la espesura de la raíz y el origen, susurra su mito. Tal vez siga escribiendo finalmente por ello.
Durante largo tiempo, en la parte más prolongada de su historia, el mito fue para los hombres la fuente primera del saber. Después se convirtió en una serie de historias engañosas y vanas, cuyo significado se reducía a entender la forma en que los hombres habían vivido en el pasado. Las fuentes del saber eran otras. Lo que antes contaba el mito ahora se demostraba y aplicaba. Pero alguien se dio cuenta de que una parte del saber del mito había permanecido cerrada en el interior del nuevo saber. No tiene importancia, pensó la mayoría. Sabemos un poco menos acerca de nuestro pasado. Pero ¿qué importa el pasado cuando tenemos frente a nosotros la inmensidad del presente? Sin embargo, algunos insistían. Se habían dado cuenta de que aquella parte inaccesible del mito trataba de las “sentencias finales del tribunal”. Ningún texto hablaba de ellas precisamente porque esas sentencias “no son publicadas”. Nació así, en algunos, la esperanza de que a través de los mitos se pudiera llegar a conocer algo que de otro modo no se hubiera descubierto. Para la mayoría no fue más que una vana ilusión. Pero no podían probar que lo fuese, porque les faltaban sentencias recientes del tribunal que pudieran contraponer a las antiguas. Mientras tanto, el mundo seguía desarrollándose en procesos y sentencias siempre provisorias. Sustraída toda realidad, toda autenticidad, todo era un amasijo de apariencias y postergaciones.
Copyright Jimarino
(Todas las fotografías de la Sierra de Gúdar (Teruel) por cortesía del fotógrafo francés Michel Lavigne)
La sierra amanece envuelta en la niebla y deja sobre los hierbajos y las hojas de los árboles, sobre el césped y la piedra, un rastro de humedad, una frescura que al respirar inunda los pulmones e irrita las fosas nasales, provocando un picor doloroso para quien no está acostumbrado. Nos contemplan mil años de historia desperdigada entre muros vetustos y piedras cuadradas, talladas a mano, y el campanario viejo, que se alza mudo, y esos caminos empedrados, que suspiran por los pasos de campesinos y mulas y carros de antaño. Soñamos hace algunos años con este paisaje, con un rincón como éste: una casa de dos pisos, planta baja y vivienda, y una luminosa buhardilla con apertura en el tejado gracias a una amplia cristalera incrustada entre las viejas tejas, y ventanales con vista a las montañas. Aquí se puede respirar, a pesar de la historia que asciende como vapor de agua, que impregna cada poro de mi piel y me recuerda que en este lugar, hace años, siendo un niño, un adolescente, fui feliz, y que entonces tenía sueños, una imagen de la vida futura espléndida, llena de posibilidades, y aunque uno siente nostalgia por la existencia que no pudo ser, no me quejo de haber sobrevivido y regresado, a pesar del invierno gélido y silencioso, a pesar de los fantasmas de la memoria que van poblando cada esquina, cada pedazo de muro. Aún me queda algo de aire, de hecho, pienso que antes era menos consciente del aire, y ahora, cuando subo a la montaña y contemplo la inmensidad del valle -Helene apoya su cabeza sobre mi hombro y siento como el viento mueve sus cabellos, que se pegan a mi rostro-, estoy seguro de estar vivo, sin ruido, sin el incesante parloteo de quienes no me interesan: ella y yo, solos, contemplando la inmensidad de las laderas y los ribazos, atentos a los movimientos de las aves que giran alrededor de los picos, o al paso cansino de un vecino que arrastra un carro con cebada para los animales, de los pastores que recorren las veredas con sus ovejas hambrientas.
Camino por los senderos serpenteantes y retorcidos junto a ella, que me estrecha por la cintura y trata de sonreír al paso, a través de las hileras de arbustos y hierba con firme de tierra seca que delimitan los cauces y los terrenos de cultivo. Creo que es feliz, pero se contiene, tal vez porque sabe qué es lo que quedará al final.
Sucede algo similar con Bellochi, que se acerca en coche hasta aquí dos veces al mes, y comienza a parlotear y evita mi mirada tan sólo para no verme como era antes, como soy ahora. A veces Helene y yo nos miramos en el espejo de la cómoda, el mismo que nos ha contemplado durante veinte años, que reflejó los cambios verano tras verano, y ella me acaricia el rostro y descubre el paulatino deterioro con una esperanza de belleza que concibe como cierta. Las canas son notorias en mis cabellos; se han hecho duros y blancos, muy erizados, aunque acabo de cumplir treinta y ocho años, y mis ojeras se esfuerzan por darle un aire sufrido a mis facciones aniñadas. El mentón antaño redondeado, se ha endurecido de un modo excesivo, y mis manos son largas y huesudas; manos de filósofo, que solía decir mi abuelo, las que yo quería, esas manos huesudas de dedos finos y estirados, ligeramente torcidos, como una ironía que me anuncia el tiempo que se disipó, y lo que queda, desde luego, hay que devorarlo. Y entonces llega esa pregunta, que como juego alguna vez expresé al abrigo de una conversación entre amigos, y escucho esas respuestas que en este instante bailan en la memoria, irresponsables, y sonrío con cierta condescendencia, y algo dentro de mí recibe luz en esos momentos en que la oscuridad parece ser la única respuesta. Bellochi se empeña en pronunciar su lista de quehaceres, en vista de un agotamiento irrenunciable y voraz del tiempo de existencia: pretendía la fama, porque en el fondo, palabras textuales, fue lo único que buscó, aunque supo vivir con su media fama, sin reproches, satisfecho, no menos suculenta e interesante que la completa. Inma optaba por viajar, como Nati, recorrer de punta a cabo el mundo, ora en barco, ora en avión o piragua, el amazonas, el desierto, el cañón del Colorado, la estepa rusa, la Provence francesa, y las ciudades colosales, se llenaban sus bocas de París y Nueva York y Berlín y Londres y Praga y Marraquesch, y las enlazaban con aventuras que siempre terminaban bien. Ahora ellas piensan en sus pequeñas, desmienten su heroico pasado de sexo drogas y rock & roll aunque mantienen ese empecinamiento particular de la rebelión a pesar de todo. Viajar, ya lo hice, como un castigo, o como dice Bellochi, como un viaje inconexo; porque mi viaje y el suyo fueron viajes desnudos, sin paracaídas ni salvaguarda, directos al corazón de la podredumbre humana, esparcida por doquier hubiera guerra o hubiese paz en cualquier parte del mundo. Y Jean hablaba de un final apoteósico, pero alejado de la fama, más bien una excelsa dedicación a la exaltación de los sentidos, hasta el karma del exceso, sin más: mujeres, vino y libertad, disponer de tiempo y dinero para gastar en un maremagno de desconcierto, hasta que el corazón dejara de latir y el cerebro se apagase. Pienso ahora en Reinaldo Arenas y su afán por concluir su obra como si fuera lo único que importara, entre la memoria y el esfuerzo. O en Fitzgerald y su Último magnate, o tal vez en un Musil tembloroso, ardiendo entre las páginas de su hombre sin atributos, o en el agotamiento físico y espiritual de un Hemingway borracho y decrépito vencido por la vida, hasta situar el cañón de su escopeta de caza sobre la boca y apretar el gatillo. Cualquier respuesta valía para expresar que algo de la existencia se iba apoderando de todos en el mismo instante en que conversábamos, segundo a segundo agotábamos algo de nosotros, y al pensar en un tiempo acelerado, que produjera un suspiro tan sólo y permitiera fijar la conciencia en esa fugacidad, surgía una vez más esa imaginación precisa, ese carpe diem que fijaba el único sentido posible.
Suelo levantarme muy temprano, porque al ver nacer el día -primero sombras oscuras que acompañan el bullir de la tetera y un frío intenso, despacio una luminosidad creciente que se mezcla con el vapor de la cafetera y la ilusión de extender las páginas del libro que termino de empezar-, tengo la sensación de que gano algo, de que arranco un suspiro más, deseando empaparme de ese amanecer que en el fondo, a pesar de la calma, anhelo. Con sólo mirar los ojos llorosos de Helene cuando contempla el espejo de la cómoda y trata de sostener por un momento la idea de que puedo marcharme sin más, de que puedo desaparecer como se marchitan las hojas de los árboles en otoño y quedan sepultadas en la tierra desmenuzadas y polvorientas, me arrebata una tristeza inmensa que nada tiene que ver con el egoísmo. La consciencia de la vida, o mejor del fin de la misma, se fue diluyendo en un deseo profundo e insistente por unirme a un paisaje, a una manera de vivir que en la ciudad resultaba imposible. Pero esa conciencia me sirvió de acicate y a la vez de motivo. Si los hombres supieran por un instante que el día siguiente puede ser el último, todo cambiaría de la noche a la mañana, y sin embargo es una posibilidad que esta ahí, quieta, que existe, que acto seguido caiga una maceta de cualquier balcón sobre la cabeza de un transeúnte confiado, o que una mala maniobra del automóvil pueda provocar el accidente que finiquite una vida, o quizá una enfermedad misteriosa viva ya en el cuerpo de un ser humano y esté devorando los órganos vitales, anunciando el fin irremediable
-Podemos elegir casi todo.- Diría optimista Mario, al que hace tiempo no veo, pues anda por otras montañas enfrascado en su trabajo, en sus nuevas esperanzas.
Desde la ventana que da al viejo castillo derruido -sus piedras fueron utilizadas a principios de siglo para construir nuevas casas, en una afrenta revolucionaria contra el poder feudal, un gesto de justicia, ignorancia y brutalidad inaudito, sobre el que he pensando muchas veces-, el día surge de nuevo imprevisible y se llena de matices y colores, del sonido de los grillos y los pájaros que van poblando de vida las calles desiertas. He tratado de imaginar una caravana de aldeanos provistos de carretillas, ascendiendo y descendiendo ordenadamente el camino que rodea la iglesia y sube hasta el pico, los he visto arrancando las piedras del monumento, destruyendo los muros, y luego, con la carretilla cargada, descender despacio por el sendero empedrado. Es uno de esos actos subversivos que siempre me han fascinado, que irremediablemente, a pesar de la figura de mi abuelo, que aparece de fondo y niega una y otra vez aquel atentando contra el patrimonio cultural de la Sierra -¡por Dios, arrancar las piedras de un castillo construido en el siglo XV!- me ha recordado a otras grandes revoluciones de la historia de la humanidad. Cuenta la leyenda que fue Ramiro Avisavientos, en mil ochocientos noventa y tres, quién fuera abuelo de Ramón Avisavientos, héroe de guerra republicano durante la guerra civil española en la sierra, muerto al cobijo de una iglesia abandonada en un pequeño pueblo cercano a Madrid después de asesinar por venganza al falangista que violó y fusiló a su esposa, sacó a golpes de su casa a Federico Montseny, el hijo del antiguo marques de la Villa, hombre poderoso y brutal, lo arrastró por el suelo del brazo, ya medio muerto, y junto al pregonero convocó al pueblo a una reunión de urgencia. Deseaba el ajuste de cuentas de la humillación y la miseria después de años de carencias y dureza. La historia fue repetida en un apellido, de igual forma que ahora el airado reproche civil ante un tiempo de sinvergüenzas y avariciosos, de ruido y mentira, tendrá una respuesta: energías humanas que van cobrando sus piezas en un juego de causa-efecto fascinante. Aquella revuelta fue el símbolo de un final, organizado por entero desde allí, un sitio demasiado alejado y abrupto como para que pudiera ser reprimido con la dureza exigida, y se aceptó después en la capital de provincia el reparto de tierras, y nadie puso pegas a la destrucción del castillo. Se acabó el antiguo régimen, y con ello el hambre, se aseguró la supervivencia de todos en un nuevo estadio que permitió al menos la subsistencia y el desarrollo; se hizo a lo grande, y que mejor modo de festejarlo que destruyendo el monumento, como una exégesis del hombre rebelde, tan menospreciado por el poder ciego, tan corriente sin embargo a lo largo de la historia.
Desde hace algún tiempo, suelo prestar atención a las pequeñas cosas, como si fuera posible llevármelas a ese estado sin contenido que me espera, a ese largo sueño sin memoria, que tarde o temprano me empujará hacía la negrura, a pesar de la esperanza de Helene, y siento que en todo ello hay un afán secreto de alcanzar alguna sabiduría, y pienso en ello como síntoma, porque antes, años atrás, nunca tuve semejante curiosidad. Es importante conocer esos cambios, determinarlos, a poder ser aislarlos de lo demás, para saber o reconocer qué es lo importante. No ha muerto en mi el amor, que se expresa de múltiples maneras, no sólo en Helene, a la que quiero más y mejor, a la que considero parte de un recorrido necesario como si hubiese sido destinada a acompañarme, sino que pervive en los rostros familiares, en los libros que repaso a menudo a solas en la buhardilla polvorienta, en el recuerdo de aquellos que me acompañaron y tuvieron que marcharse por la fuerza o por la inercia, tantos cadáveres, en el brillo que a veces se atisba en los seres humanos cuando una ilusión de futuro, de alegría, inunda la insatisfacción. No anhelo el amor infatigable y superficial de la seducción, ni siquiera los años salvajes sin nombres, poseído por la ebriedad de un sentimiento sin dirección ni rostros, como solía decir Jean cuando hablaba de lo que haría si supiera que al día siguiente todo fuese a terminar, en un afán de regresar a la antigua promiscuidad de nuestra adolescencia infatigable; por el contrario, cada minuto a su lado eterniza la vida, la hace, en cierto modo, inmortal. Lo único que echo de menos es el deseo, otra forma del amor igual de intensa, el deseo salvaje y arrebatado de perder la identidad, de echarla por tierra y obviar el yo en las fauces de otro, de gozar y sufrir en el mismo instante en que se detiene el tiempo para expresar el anhelo más eterno del ser humano: la fantasía de la continuidad imposible. Por eso aguardo con impaciencia que lleguen las nueve o las nueve y media, para poder oír desde la buhardilla el crujir del catre, sus pasos por la habitación, y entonces dejó mis papeles y periódicos, mis libros o mis escritos, y me precipito escaleras abajo sólo para desearle los buenos días y sentir el calor de su cuerpo. Y cuando tarda, recorro sigiloso el pasillo, y desde el marco de la puerta la contemplo extasiado dormir desnuda. Hay algo eterno en esa imagen que me sumerge de lleno en la sensualidad y en la historia del arte, en las visiones femeninas de todos los maestros, en los desnudos espaciados de asombro ante la belleza, algo similar al eco que oscila frente al empecinamiento de los cínicos por perdurar. Es como si todo naciera del deseo, la Venus frente al espejo que sueña el pintor Diego Velazquez, las cabezas rodando de los aristócratas franceses, la esperanza de que la servidumbre, el odio, la avaricia y la mentira se desintegren en el mismo instante en que Helene se estremece en la cama y Sophie suspira a kilómetros de esta sierra por aquel deseo interminable y eterno que me une a ella, Courbet se extasía ante las durmientes y estas palabras alcanzan la luz, antes de la cálida tarde en la que negrura lo envuelva todo y yo desaparezca.
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No existe ni un sólo cartel o indicación, nada que anuncie la tumba de uno de los escritores más importantes del siglo XX. Lourmarin es un pueblo típico de la Provenza francesa, cuidado, construido en piedra duradera, tan elegante y apacible. Apenas hay edificios nuevos más que en las afueras del centro urbano, y aún así son discretos, acordes con la belleza del paisaje y la extensión montañosa delimitada por campos de lavanda coloridos y rectangulares. La luz de la mañana es tan intensa que ciega los ojos. Caminamos despacio sobre un sendero empedrado escoltado de hileras de gravilla irregulares. Albert Camus fue un hombre tan consecuente en vida como ese modesto camino que se bifurca en un quiebro a las afueras de la población y desciende con una moderada pendiente hacia la carretera. A poco más de un kilómetro se levanta la muralla del cementerio.
Los cabellos rubios de Sara brillan bajo el sol. Su rostro ligeramente hinchado no ha borrado la belleza de su mirada, la limpieza de la cara, los labios carnosos y esos ojos llenos de bondad. Mientras caminamos le cuento que rara vez he mitificado demasiado a la muerte y sus iconos. Con una sonrisa intento explicarle que la única tumba que quise ver a mis diecinueve años fue la de Jim Morrison en el Pére Lachaise de Paris y la decepción que sentí al observar el deterioro del mausoleo, la cabeza esculpida arrancada del sitio para evitar el constante sufrimiento, los grupos de jóvenes bebiendo cerveza y fumando marihuana en las inmediaciones, abandonando los rastros de su presencia en forma de cascotes y colillas, fue inmensa. Preferí el paseo solemne y silencioso entre los setos, la mirada extraviada frente a la tumba de Sara Bernhardt o de Oscar Wilde.
Sara me provoca una ternura conmovedora, despierta el deseo de abrazarla, de acariciar sus mejillas y el cuello. Su voz es apenas un susurro suave. Su cuerpo grande y ancho me hace pensar en un refugio.
La primera vez que la vi fue en aquel Paris nocturno de mediados de los noventa, en la encrucijada de senderos sin luz, de túneles en los que me adentraba sin saber exactamente el destino ni las posibilidades: ella a punto de casarse, tan joven. Me subí a un deportivo de color negro y cristales ahumados y pensé que se equivocaba con aquel tipo guapo y espigado, tocado por una ligera alopecia, que conducía rápido y brusco por callejuelas estrechas. Ebrios nos cogimos por un instante de la mano esa velada en el asiento trasero del coche. La miré a los ojos y sentí todo lo que había sido y sería. El contacto con aquellos dedos huesudos y fríos me produjo uno de esos instantes eróticos jamás cumplidos, con ese esplendor de lo que perdura porque jamás se apuró, sin oscuridad en verdad, más bien como un reflejo de un enamoramiento fugaz e intenso frente a esa figura sublime de la época que contradice la anchura actual. Su boca tembló apenas, su olor impregnaba el vehículo. Cuando salimos del automóvil esa noche en las inmediaciones de la Place de la Bastille para adentrarnos en los subterráneos del barrio me sobrevino una profunda decepción. Helene me preguntó si me sucedía algo pero no conté nada; fue uno de esos suspiros de rara trascendencia en los que nos sentimos capaces de modificar el destino por un impulso, un sentimiento impetuoso de amar otra cosa o a otra persona sabiendo que no sucederá.
Aquel matrimonio primerizo duró apenas seis meses. De la alegría de esa fiesta de despedida en discotecas del Paris oscuro a las que no podría volver, quedó un infierno de silencios, maltrato psicológico y una culpabilidad inmensa e inmerecida. Aquel muchachote alegre y divertido deseó convertirla en una sumisa esclava de tardes de domingo aburridas y desahogos seminales al antojo de la erección. Más tarde sobrevino un viaje de estío a Valencia tras su separación, una estancia en mi casa de tres semanas y una cierta recuperación. Se enamoró de quien menos le convenía otra vez: Bellochi emanaba sus encantos perversos, su lucidez retorcida, y ella era demasiado inocente para un espíritu tan atormentado. Algo sucedió en aquel verano que volvió a trastocar su frágil equilibrio construido con los mimbres de un divorcio doloroso, un padre prematuramente muerto e ilustrado, de una biblioteca sublime, y del rumor otoñal de la casa en Le Bois de Vincennes, cerca de donde Rousseau y Diderot caminaron alegres trescientos años atrás dejando un rastro de solemnidad y presagio. La imaginación vuelve a provocarme pensamientos impuros. Sé que se quedaron a solas varias veces en el viejo apartamento de Bellochi, un mausoleo de la antigua gloria familiar en Embajador Vich, donde mi amigo guardaba un ejemplar de El extranjero firmado por el mismísimo Albert Camus en 1953. Quizá él le propuso alguna de sus oscuras maniobras sensuales, o tal vez una bestialidad física a la que su fragilidad no pudo responder. Nunca lo sabré. No dijo nada, tan cauta y aniñada como siempre, se limitó a fruncir el ceño y a apretar los labios. A su lado recuerdo sus dudas perpetuas, que aparecen en ese instante cuando hablamos de sus dos hijos: Céline tiene dos años y medio y Robert apenas trece meses.
Camus posee una coherencia que empequeñece a cualquiera que se compare con él. Sus hallazgos fueron literarios, y al tiempo apuntó antes que nadie las barbaries de ciertas expresiones filosóficas a las que se opuso sin importarle las consecuencias. Mientras empujo la puerta del cementerio una extraña emoción me sobreviene. Ayudo a Sara a entrar, sujetando el grueso portalón de madera para que pueda pasar el carro de los niños. Helene y Raoul caminan detrás, a unos veinte pasos. Sé que a pocos kilómetros de aquí murió Albert Camus en un accidente de coche, y entre los restos del vehículo hallaron intacto el manuscrito de la que sería una nueva vuelta de tuerca en su literatura, obra desgraciadamente incompleta: El primer hombre. A Camus le fascinaba La Provenza por muchas razones, aunque él fuera francés nacido en Argelia: Pied Noir pobre y sensual. El mediterráneo lo llenaba de esa luz necesaria para no olvidar que antes que intelectual u hombre de letras era un ser humano impregnado de la sensualidad del mar y la tierra. Su mezcla de vitalidad e inteligencia quedó retratada en las hermosas páginas dedicadas a su infancia, en esa novela que sobrevivió a ese amasijo de hierro y chapa en el que halló su muerte, un camino literario renovado que retomaba asuntos biográficos y que a tenor del resultado, abrían una senda maravillosa para las letras francesas y europeas.
Sara me observa de reojo caminar hacia su tumba, buscar conmovido entre los mausoleos y las pequeña lápidas una inscripción.
Tiempo después me resultará complejo explicarle a alguien la sensación que siento al detenerme frente a una tumba de tierra poblada de plantas de lavanda, cómo me agacho y leo en una pequeña piedra, mal esculpido, su nombre: Albert Camus; de qué modo arranco un pequeño hierbajo y lo dispongo entre las páginas de mi diario de viaje. Un ritual sencillo y austero como su sepulcro. Camus hubiera preferido ese descanso al propuesto por Napoleón Sarkozy, empeñado en enterrarlo junto a los grandes de Francia en el Panteón de París, expresión en verdad de un deseo propio de grandeza soñado para sí mismo sin rigor ni razones de peso. Sé que la familia se negó, respetando la voluntad del escritor.
Cuando Helene llega a la altura de la tumba siento esa mezcla de admiración que yo había expresado con el pequeño gesto de guardar la ramilla de lavanda surgida de la tierra gruesa. Comprendo que para algunos suceda algo parecido frente al sepulcro de Antonio Machado en Collioure. Todavía me estremece esa anécdota que contaba Maria Zambrano, recuerdos del viaje aciago, de la huida ante el avance de las tropas franquistas por carreteras polvorientas. El vehículo en el que viajaba su familia encontró a Don Antonio caminando por los caminos irregulares hacia Francia, envejecido, dolorido y roto, junto a una hilera interminable de refugiados que buscaban la frontera. El padre de Maria Zambrano, amigo del poeta, le invitó a que subiera con ellos y evitara una caminata a pie. Don Antonio esbozó una de sus afamadas sonrisas, se quitó el sombrero empapado de sudor y le contestó que él quería llegar a Francia junto a su pueblo. A estas alturas, le digo a Sara, la historia puede parecer inocente, incluso un cierto gesto de altanería propio de un aristócrata de espíritu como fue Machado, sin embargo, en boca de Maria Zambrano, me pareció un gesto auténtico, una descripción precisa de la enorme humanidad del poeta, de su hermosa resistencia, que no pudo aguantar muchos kilómetros más allá, muerto en plena marcha, en Collioure, aguardando un milagro que salvara a la República. A Raoul, como a muchos franceses con cierta sensibilidad hacia España, le impresiona el relato. Su proverbial ironía queda inerme ante la nobleza de la actitud, frente a lo consecuente del gesto en relación a las idea del poeta: quizá he logrado imprimirle la misma emoción que en boca de la Zambrano me hizo llorar de rabia e impotencia sin saber exactamente porqué. Raoul nació aproximadamente treinta años después de la muerte de Antonio Machado, en la Bourgogne y, sin embargo, se siente conmovido por ese relato de emigración y derrota, lo mismo que me sucede a mí ante la huida de Sandor Marai o frente a la lectura de El mundo de ayer de Sweizg o con los personajes de Vida y destino de Grossman, ante los emigrados de Sebbald o los protagonistas de Sefarad de Muñoz Molina. Un siglo de hogares destruidos que no me afecta directamente pero que me emociona aun cuando jamás haya vivido algo similar.
El optimismo del mundo contemporáneo espanta ante la facilidad que puede tener la destrucción y la miseria para apoderarse de todo en un abrir y cerrar de ojos, por el frágil equilibrio que contiene una absurda pretensión de eternidad. Quizá por eso Camus me resulta tan cercano. Muchas veces, cuando algún titular del periódico me altera el ánimo, pienso al instante en qué es lo que pensaría él al respecto, no con la fe de escuchar a un gurú decadente o ufano, tan corriente en nuestros tiempos, voceros sordos, sin influencia profunda, sólo expulsando a gritos opiniones ruidosas, manipuladas, sino como cabal y libre reflexión sobre el destino del mundo, tan necesaria, tan ausente a nuestros alrededor por el estremecimiento de la banalidad y la censura de lo mediocre.
Sara sonríe ahora. Reímos los cuatro frente a la modesta tumba de Albert Camus, bajo un sol mediterráneo que nos inunda de una luz cálida y vital. Ella encontró a su príncipe azul en ese hombre extraño y afable, mitad genial en medio de lo anodino, empeñado en alcanzar un destino que le pertenezca mientras yo me cruzo de brazos y le ofrezco a Helene una vida estéril llena de obligaciones silenciosas, a ella, que sostiene la frágil armonía, el suelo que se tambalea ante las viejas adicciones y mis suspiros de esperanza; siempre fue así, siempre estuvo a mi lado. Quizá ya no tengo fe en el destino, como muchos otros conscientes. De los inconscientes no hablo, de esos prefiero callar porque no suelo perder el tiempo con lo que me es indiferente.
La luz es tan intensa que quema los ojos. Mi empeño en no llevar gafas de sol me ofrece como resultado una mirada achinada débilmente azul y un halo blanco que envuelve el paisaje. Lourmarin suena como las antiguas canciones de Edith Piaff o las primeras de Gainsbourg. Camus debe sonreír envuelto por el día veraniego y transparente en La Provenza mientras Raoul descorcha una botella de espeso tinto de Bourgogne en un plácido cementerio medio abandonado, donde sobre la tumba de A. Camus los reflejos del sol provocan un hermoso espejismo.
Lourmarin, Marzo de 2011
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SERVIDUMBRES DEL ODIO
Hace un mes, releyendo las Crónicas de Albert Camus, correspondientes al periodo 1948-1953, encontré este extracto de una breve entrevista que concedió en la navidad 1951 al periódico Les Progrés de Lyon. La sensación que me sobrevino, como suele ser habitual al leer la mayor parte de las reflexiones camusianas sobre su tiempo, o ante sus maravillosos ensayos, El mito de Sísifo o El hombre rebelde, fue la de comprender que ciertas palabras del premio Nobel de literatura están hechas de algo eterno, que sus presagios y afirmaciones, demasiado a menudo, dibujan el color de otras épocas y no sólo la suya con una certeza y un valor extraordinarios. De alguna forma, con las respuestas que Camus dio al entrevistador, tuve la sensación de que no sólo quedaba retratado aquel año 1951 y los acontecimientos infaustos sucedidos las tres décadas anteriores, sino que nuestro propio universo renqueante parecía adherirse como un guante a sus diagnósticos. Quizá ahora habría que sustituir a la prensa, cuyo poder ha quedado reducido tal vez en exceso por otros medios de comunicación masivos aún más banales y ensordecedores, o tal vez las formas de poder han perdido sus máscaras y son ahora más invisibles y al tiempo más desnudas y discretas, pero su definición de la servidumbre, el odio y la mentira, mantienen la triste vigencia que él les concedió en este texto. Ojalá generaciones nuevas de políticos a los que probablemente no les dejarán llegar al poder jamás, se impregnasen de la transparencia, la humanidad y la valentía de sus ideas. Por si acaso, transcribo sus palabras a la espera de recoger algún fruto venidero. Valen la pena.
(1951) Entrevista a Albert Camus. Le progés de Lyon.
-¿Le parece lógico comparar las palabras “odio” y “mentira”?
Albert Camus:-El odio es en sí una mentira. Hace el silencio, instintivamente, en torno a toda una parte del hombre. Niega lo que, en cualquier hombre, merece compasión. Miente, por lo tanto, esencialmente sobre el orden de las cosas. La mentira en cambio es más sutil. Cabe mentir sin odio, por simple amor a sí. Por el contrario, todo hombre que odia se detesta en cierto modo a sí mismo. No hay pues, un nexo lógico entre la mentira y el odio, pero hay una filiación casi biológica entre el odio y la mentira.
-En el mundo actual, presa de las exasperaciones internacionales, ¿no adopta a menudo el odio la máscara de la mentira? Y la mentira, ¿no es una de las mejores armas del odio, la más pérfida y quizá la más peligrosa?
Albert Camus: -El odio no puede adaptar otra máscara, no puede privarse de esa arma. No se puede odiar sin mentir. Y, a la inversa, no se puede decir la verdad sin reemplazar el odio por la comprensión, que no tiene nada que ver con la neutralidad. Un noventa por ciento de los periódicos, en el mundo de hoy, mienten más o menos. Y es porque son, en diferentes grados, portavoces del odio y la ceguera. Cuanto más odian, más mienten. La prensa mundial, con algunas excepciones, no conoce hoy otra jerarquía. A falta de cosa mejor, mi simpatía recae en los raros que mienten menos porque odian mal.
-Rostros actuales del odio en el mundo, ¿los hay nuevos, propios de las doctrinas y las circunstancias?
Albert Camus: -El siglo XX no ha inventado el odio, por supuesto. Pero cultiva una variedad particular que se llama odio frío, maridado con las matemáticas y los grandes números. La diferencia entre la matanza de los inocentes y nuestros ajustes de cuentas es una diferencia de escala. ¿Sabe usted que en veinticinco años, desde 1922 a 1947, setenta millones de europeos, hombres, mujeres y niños, fueron desarraigados, deportados o asesinados? En eso se ha convertido la tierra del humanismo, a la que, pese a todas las protestas, hay que seguir llamando la innoble Europa.
-¿Importancia privilegiada de la mentira?
Albert Camus: -Su importancia proviene de que ninguna virtud puede aliarse con ella sin perecer. El privilegio de la mentira estriba en vencer siempre a quien pretende servirse de ella. Por eso los servidores de Dios y los amantes del hombre traicionan a Dios y al hombre por razones que ellos creen superiores. No, ninguna grandeza se ha fundado jamás sobre la mentira. La mentira permite a veces vivir, pero nunca eleva. La verdadera aristocracia, por ejemplo, no consiste sobre todo en batirse en duelo. Consiste sobre todo en no mentir. La justicia, por su parte, no consiste en abrir ciertas prisiones para cerrar otras. Consiste sobre todo en no llamar mínimo vital a lo que apenas basta para mantener una familia de perros, ni emancipación del proletariado a la supresión radical de todas las ventajas conquistadas por la clase obrera desde hace cien años. La libertad no es decir lo que sea y multiplicar la prensa amarilla, ni instaurar la dictadura en nombre de una futura liberación. La libertad consiste sobre todo en no mentir. Allá donde la mentira prolifera, la tiranía se anuncia o se perpetúa.
-¿Asistimos a una regresión del amor y la verdad?
Albert Camus: En apariencia hoy todos aman a la humanidad (les gusta sangrante, como los chuletones) y todos están en posesión de una verdad. Pero eso no es sino una suprema decadencia. La verdad pulula sobre sus hijos asesinados.
-¿Dónde están “Los justos”de la hora presente?
Albert Camus: En las cárceles y los campos de concentración, en su mayoría. Pero en ellos se encuentran también los hombres libres. Los verdaderos esclavos están en otras partes, dictando sus órdenes al mundo.
-En las actuales circunstancias, ¿no puede ser la Navidad un motivo de reflexión sobre la idea de tregua?
Albert Camus: ¿Por qué esperar a Navidad? La muerte y la resurrección son de todos los días. De todos los días, la injusticia y la verdadera rebelión.
-¿Cree usted en la posibilidad de una tregua? ¿De qué tipo?
-Albert Camus: La que obtendremos al final de una resistencia sin tregua.
-Ha escrito usted, en el mito de Sísifo: “Sólo hay una acción útil, la que reharía al hombre y a la tierra. Yo no reharé nunca a los hombres. Pero hay que hacer como sí”. ¿Cómo desarrollaría usted hoy esta idea, en el marco de nuestra entrevista?
-Albert Camus: Yo era entonces más pesimista que ahora. Es cierto que no reharemos a los hombres. Pero tampoco los rebajaremos. Al contrario, los levantaremos un poco a fuerza de obstinación, de lucha contra la injusticia, en nosotros y en los demás. Nadie nos ha prometido el alba de la verdad, no hay un contrato, como dice Louis Guilloux. Pero la verdad hay que construirla, como el amor, como la inteligencia. Nada nos ha sido dado ni prometido, en efecto, pero para quién acepta emprender algo y arriesgarse, todo es posible. Esa es la apuesta que hay que hacer en estos momentos. Cuando nos sofocamos bajo la mentira y cuando estamos acorralados. Hay que hacerla con tranquilidad, pero irreductiblemente, y las puertas se abrirán.
Volumen 3. Obras completas Albert Camus. Alianza Editorial. 1996
(Prólogo para la recopilación del libro Cinco itinerarios para una novela futura, constituido por textos editados entre el año 2008 y 2010 en diversas publicaciones literarias, algunos de ellos reproducidos en este blog: Los Milagros de Dostoiesvki, Proust y la memoria, La montaña mágica: Una novela de Europa, Richard Ford y la literatura norteamericana y finalmente Instrucciones para la literatura salvaje.)
* * * * *
Elegir estos cinco itinerarios no deja de ser una opción dotada de cierta subjetividad aunque haya elementos críticos y argumentos de cierta solidez que me permiten establecer un punto de partida o al menos una unidad temática y un desarrollo riguroso del planteamiento. Examinados uno a uno los narradores convocados estoy convencido de que podría haber añadido o incluso sustituido algún autor por otro de igual envergadura y valor. No en vano la ilusión y la riqueza de la literatura permite compaginar genios opuestos, o incluso dejarse llevar por cuestiones más frívolas como la empatía superficial, el mero gusto estético, la preferencia o el interés individual de cada cual.
Empezar en el siglo XIX el trayecto para alcanzar una novela del futuro no es algo baladí ni excluyente. Si la novela moderna nació con Don Quijote de la Mancha, Tirant Lo Blanc, Gargantúa y Pantagruel y Tristram Sandy, no es menos cierto que fue en el siglo XIX cuando el género adquirió su consideración artística, cuando la prosa narrativa se hizo adulta, poderosa, y alargó su preeminencia hasta los inicios del siglo XX. El periodo de declive posterior debería ser explicado en otro lugar distinto de la crítica literaria por la complejidad de los factores implicados en el proceso. A lo sumo surgirán en estas páginas pinceladas al respecto que responden a una obsesión personal expresada con cierta torpeza o guiada tan sólo por la intuición, como una razón que en el fondo escribe junto a la propia tradición y acompaña el empeño de los autores por salvaguardar el tesoro de la biblioteca de Babel a través de la literatura. Toda vida contiene en sí misma su extinción, tal vez sea esa la única verdad exacta y sostenible con dignidad al respecto.
Aún así, cualquier recorrido posee un trayecto alternativo al menos. Escoger a Tolstoi y a Dostoiesvski para iniciar este viaje me parece sin embargo una línea prioritaria y la asumo con mayor seguridad que el resto de opciones tomadas. Un siglo racional en apariencia, surgido tras la revoluciones del XVIII, necesitó en su día de una lógica narrativa adecuada al momento histórico. El arte alcanzó sus cotas más elevadas de prestigio y recorrido social, y aquella vieja dignidad se alargó hasta las guerras mundiales del XX. Lo que viene después es confusión, es una marginación paulatina de las artes y la filosofía frente a la preeminencia obsesiva y fácilmente transformable en producto de las ciencias y la técnica. La omnipresencia del mercado en todos los ámbitos de la vida está irremediablemente unida al avance imparable de los medios tecnológicos que facilitan la comunicación a lo largo y ancho del planeta. Los motivos de esa prolongada derrota, lenta e incluso detenida en ocasiones por actos de resistencia esporádicos, se escapan de nuevo a la crítica literaria. Asoma el abismo, pero no su origen.
El XIX fue el siglo de los novelistas, y en la lista canónica caben pocas dudas a no ser la preferencia personal. Indiscutibles fueron Stendhal, Balzac, Melville, Dickens, Flaubert, Tolstoi, Dostoiesvki y Henry James, con una lista de hermanos aventajados algo más modestos pero llenos de enjundia: Conrad, Oscar Wilde, Lewis Carroll, Conan Doyle, Mark Twain, Victor Hugo, Stevenson, Maupassant, Turgeniev, Dumas, Chesterton, Kipling, Chejov… La novela se convirtió en el ocio de las clases pudientes y la burguesía, de los que detentaban el poder. Su discurso fue inteligible –no por ello simple-. Lo popular alcanzó ese grado de perfección que algunos nostálgicos utilizan ahora en el siglo XXI sin comprender la evolución de la palabra, la llegada de la televisión, el ordenador e internet, el caos de la sobreabundancia de información sin criterio, la nebulosa crítica que todo lo envuelve mezclándose con los mecanismos de masas y la fuerza descomunal del marketing, la publicidad y la propaganda. El término popular ya no pude existir en las mismas condiciones que lo hicieron surgir en esa época. Es una incongruencia en un siglo azotado por innumerables líneas de territorialización y desterritorialización controladas tal y como las expresó Delleuze y sus secuaces hace ahora unos treinta años. Una cosa muy distinta es situar la palabra popular en el contexto de la literatura o hacerlo en el ámbito social. Coincido sin embargo en que aquellos novelistas fueron accesibles a un gusto mayoritario y lo alimentaron con un genio indiscutible.
Ezra Pound afirmaba que el arte era la consecución, el desarrollo de un destino prefijado, la atención de un individuo o varios -nunca una mayoría- que recogen en un momento concreto del tiempo y el espacio una herencia de la sabiduría y el talento de toda una historia contenida tras ellos. Mediums de un discurso, de un proceso intermitente, nunca lineal, que avanza y retrocede en periodos similares, que surge y desaparece como los fuegos fatuos o los geiser humeantes. Empezar por Dostoeivski y Tolstoi es anunciar el intento de la novela total que Balzac esbozó en sus obras mayores. Pero la totalidad de Dostoievski y Tolstoi, pese a sus diferencias estéticas, aspiraba a la presencia de Dios, algo inusitado y ambicioso, por encima de los intentos de perfección formal de Flaubert o incluso de las parábolas de la divinidad de Melville. La inteligencia se hallaba en Rusia, a eso me refiero al mencionar a Pound, y era una inteligencia capaz de ser comunicada al resto del mundo con garantías, a todos los seres humanos que tuvieran los ojos abiertos y los oídos dispuestos a escuchar ese mensaje literario. En la oposición estética e ideológica de ambos genios, más de ciento cincuenta años después, encontré la propia evolución del mundo, del arte, y de la literatura por supuesto, de los planteamientos humanos que marcarían el siglo siguiente, el terrible escenario que surgió frente a los sueños de la razón llegados desde la ilustración.
Todo hecho histórico o social posee un largo periodo de fragua, de composición, en el que se intercala incesantemente todo aquello que lo conforma, casi siempre algo imposible de diseccionar hasta el final por sus ramificaciones, entrelazado no sólo con razones políticas o económicas como la historia e incluso la vida moderna se empeñan en afirmar, sino unido irremediablemente a procesos espirituales, culturales y filosóficos, que modifican incesantemente la percepción humana y su capacidad de generar ideas, de crear. Tolstoi y Dostoievski anhelaron en el fondo alcanzar esa capacidad de transcribir como Dioses la complejidad de lo humano, no sólo esos aspectos en apariencia corrientes y fácilmente asequibles a la comprensión de los hombres, sino aquello que conformaba su trascendencia, su resistencia. Lo sagrado y lo profano, hálito de cualquier obra de arte en su batalla por pervivir, por alcanzar la inmortalidad improbable, es lo que latía constante en cualquiera de los intentos artísticos de ambos autores rusos, por encima de la perfección formal de su propio arte o incluso de su ideas sociales, que en el caso de Tolstoi siempre chocaron con la realidad. Es curioso que la ambición de Dostoievski por encontrarse a Dios le diera la idea más terrible y probablemente esencial, junto con el psicoanálisis freudiano, del siglo posterior: Si dios ha muerto todo está permitido.
El segundo itinerario parte de Marcel Proust por varias razones de peso. Tras Dostoievski y Tolstoi la novela aún albergó una última ambición desmesurada por comprender el mundo, ahora un universo en el que Dios titubeaba. Los Dioses de Proust y Joyce son humanos: Dios desaparece del cuadro y la fe en la capacidad del hombre ambiciona una religión laica, distinta, hecha de arte y palabra, y al tiempo totalizadora. Ninguno de los dos genios literarios de principios de siglo rastrean la imagen del Dios antiguo, ya no la desean e incluso no la necesitan, poseen la soberbia de creer que puede existir un orden accesible a la capacidad de comprensión de los hombres y se puede expresar en el artificio literario. Desean una totalidad distinta en la que la inteligencia emocional, el lenguaje, la ficción, la memoria, esos elementos esenciales propios del género novelesco, rastrean los significados esenciales de la vida.
El espectacular desarrollo científico y técnico empujó a la novela a desprenderse de lo sobrenatural o lo religioso y a dirigir su particular sabiduría hacia una concepción más pragmática de lo humano. El mito cedía ante el empuje de lo científico.
La insatisfacción de Proust después de más de quince años inmerso en las páginas de En busca del tiempo perdido o la extraña frustración de Joyce que pasó a escribir cada vez textos más y más ininteligibles, renunciando tal vez al esplendor de esa universalidad tan propia del Ulysses, fueron finalmente la condena de la novela como forma de conocimiento ante sus límites, la reducción de una tradición que sucumbía a la tecnificación del mundo, a su velocidad productiva, tan poco apta para la lectura reflexiva y la sabiduría humanista. Kafka, el tercero en discordia, como una imagen de la trinidad bíblica de comienzos de siglo, diseñó en sus obras el dibujo de la pesadilla humorística, la fragilidad de la identidad y los esfuerzos humanos imposibles por sobreponerse a la magnitud de la historia y sus absurdos. El camino sólo podía comenzar a ser decadente. El acto de resistencia había comprendido su impotencia: sólo podía concebir su existencia en sí mismo.
Ante el tercer itinerario las dudas se acumularon. Envueltos en esa anécdota de la veracidad mitificada en la que en una noche parisina Joyce y Proust se encontraron y fueron incapaces de entablar una mínima conversación, y no sólo eso, sino que expresaron posteriormente su malestar por la actitud del otro, la notoria antipatía que se profesaron en ese breve encuentro, hallé una diferencia metafórica esencial respecto a la relación que unió a Tolstoi y a Dostoiesvki sin que llegaran a verse físicamente jamás, que se refería sin remedio al propio destino de la literatura. La distancia de Proust y Joyce establecía una especie de renuncia a cualquier espíritu colectivo y se ofrecía ante mis ojos como una evidencia de la decepción que se presagiaba. La totalidad anhelada quedaba expuesta a una relativización de todo cuanto podía contemplar y comprender la novela.
Escoger a Thomas Mann tiene una lógica y al tiempo un reflejo irracional, subjetivo. Un comentario de Harold Bloom en su Canon occidental me hizo rebelarme contra una de sus ideas que me parecía imprecisa. Pese a su admiración por el autor de La montaña mágica y La muerte en Venecia, consideraba a Thomas Mann como un escritor que no podría sostenerse ante la mediocridad creciente, a los gustos menores que preveía en los lectores futuros. Creía que no tardaría muchos años en ser incomprensible para la mayoría. Pertenecientes a esa época surgían ante mi tres autores que podían haber sustituido éste itinerario; William Faulkner, Jorge Luis Borges y Samuel Beckett. Todos ellos con sus diferencias estéticas presagiaban y marcaban un nuevo paso desde la novela total del XIX, pasando por el esplendor agnóstico de Proust y Joyce, y la religiosidad laica de Kafka, hacia una literatura de lo humano consciente de su modestia y sus límites.
Los esfuerzos de los existencialistas franceses y sus antecesores o incluso el brillante surgimiento norteamericano -los primeros empeñados en reinventar una cartografía intelectual para la novela, y los segundos un nuevo escenario de asuntos y personajes, ampliando los horizontes esenciales y temáticos-, quedaban ligeramente por debajo de los tres primeros: Beckett con su negación de lo posible, con su descripción desangelada, minimalista y terrible de un mundo sin Dios en el que la belleza pierde trascendencia, Faulkner con la renovación técnica heredada de Joyce y sus desolados paisajes humanos, y Borges desde la literatura fantástica y esa intelectualización del misterio y el secreto a través de los siglos de literatura acumulados en cada una de las bibliotecas eternas donde la sabiduría humana inaccesible se acumulaba incesante, en verdad silenciosa. Thomas Mann fue el itinerario elegido por una sencilla razón: la novela tenía un origen europeo a pesar de Melville y Henry James (el más europeo de los autores norteamericanos), y la literatura europea, con el paso del tiempo, había escogido una senda intelectual, casi filosófica, muy afín a la evolución tremenda que supuso la aparición de las novelas mayores de Mann. Había una segunda razón fundamental que me empujó a decidirme por La montaña mágica frente al Aleph, El ruido y la furia o Molloy, expresión de la esencia literaria del alemán. Esa novela no sólo era la historia fascinante de Hans Castorp durante los años transcurridos en un balneario Suizo, sino la particular visión de la decadencia cultural y espiritual europea que conduciría irremediablemente a las dos guerras mundiales, una experiencia que entroncaba directamente con los presagios de Dostoievski, y que de alguna manera recogía la hondura de Proust en En busca del tiempo perdido y en parte la renovación formal de la novela de Joyce, anunciando la futura decadencia no sólo de la historia de Europa, sino de las formas elevadas de arte a todos los niveles, anticipando, o al menos esa fue la relación que establecí en las dos lecturas que realicé de La montaña mágica, los trágicos sucesos históricos posteriores, o incluso diagnosticando el vacío actual de las democracias occidentales. Su obsesión por los ideales artísticos y sus procesos de decadencia, me permitía, lejos de lo que afirmaba Harold Bloom, alcanzar un horizonte en el que la literatura debía volver a descubrir lo sagrado para su supervivencia, y de alguna forma, con ello, la posibilidad de albergar un futuro. Para los suspicaces adalides de la ligereza: ese retorno de lo sagrado tenía que ser irónico a partir de cierto momento, humorístico teniendo en cuenta que la terrible consciencia de los límites exigen del humor para ser soportada.
Los dos últimos itinerarios están hechos de subjetividad e intuición, guiados en el fondo por dos premisas básicas que abren no el futuro posible que Thomas Mann nos legó sino el futuro a corto plazo, como una premonición de la decadencia avanzada y unas señales de la posible resurrección. Hay extraordinarios novelistas entre Thomas Mann y los dos pasos finales de este viaje. Desde el terrible descenso a los infiernos de impotencia de Céline, la literatura filosófica de Albert Camus, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Andre Gide, y Malraux, la capacidad lúdica de Julio Cortázar, Georges Perec y Raymond Queneau, la prosa sugerente, elíptica y majestuosa de Margarite Duras, Claude Simon , Margaritte Yourcenar o Julien Gracq, la profunda reflexión psicológica y mitológica de Henry Bauchau, pasando por algunos maestros de la novela centroeuropea, Robert Walser, Hrabal, Kundera, Herman Broch, Böll, Günter Grass y Thomas Bernard, los italianos fabulosos, Italo Calvino, Alberto Moravia, Sciascia, Lampedusa, Buffalino y Tabucchi, la impresionante armada japonesa con Kenzaburo Oé, Mishima, Tanizaki o Kawabata, los numeroso autores que conformaron el boom latinoamericano, los islotes geniales e inclasificables de Vladimir Nabokov, Elias Canetti o Clarice Lispector, los rusos aplastados por el horror soviético, Mihail Bulgakov, Alexander Solzhenitsyn, Boris Pasternak y Vassily Grossman, los españoles Juan Goytisolo, Miguel Delibes, Antonio Muñoz Molina, Julián Rios, Juan Benet, Javier Marías, Álvaro Pombo, Miguel Espinosa o Enrique Vila-Matas, los británicos Virginia Woolf, Malcom Lowry, Georges Orwell, Lawrence Durrell, John Banville o Kazhuo Ishiguro, los premios Nobel Isaac Bhsevich Singer, Imre Kertesz, J.M. Coeetze, Gao Xingjian, José Saramago, Naguib Mahfuz y Orham Pamuk, el extraordinario Amos Oz, hasta las excelencias de la narrativa norteamericana contemporánea, había ejemplos de nivel que podía haber utilizado como sendero, pero voy a tratar de explicar el motivo del recorrido emprendido.
La velocidad del mundo casa mal con la reflexión de la literatura, con su pausa, con el tiempo que cualquier individuo puede obtener para desarrollar potenciales espirituales más hondos. Elegir a Richard Ford fue homenajear de alguna forma a una literatura directa y ágil, hecha de acción y osadía, de narración pura, popular en su esencia, como la norteamericana, no por sus similitudes sino por sus diferencias. Richard Ford y la literatura norteamericana es un reconocimiento a la preeminencia de la cultura de los USA frente al resto del mundo a partir de la segunda guerra mundial. Podría afirmar que Ford no es el mejor de todo los escritores vivos norteamericanos, pero si que posee una calidad indiscutible y abre nuevos horizontes para la novela, estableciendo puentes con la literatura europea y el siglo XXI. La lista de narradores norteamericanos sobresalientes del siglo XX era tan extensa que necesitaba cerrar el proceso de hegemonía con un autor todavía vivo al que aún le quedaban algunas novelas para iniciar el siglo futuro. La trilogía de Boscombe adquirió a mis ojos un elemento simbólico necesario para generar mito literario, y de alguna forma guardaba en su seno la literatura de Scott Fitzgerald, Upton Sinclair, Wallace Stegner, Henry Miller, Truman Capote, John Dos Passos, Harper Lee, Katherine Mansfield, John Cheever, Jack Kerouack, Carson McCullers, James Sales, William Styron, Don de Lillo, Paul Auster, Joyce Carol Oates, Cormac McCarthy, Flannery O´Connor, Roth, Toni Morrison o Norman Mailer entre otros. El domino aplastante de la ficción norteamericana, de la mala y de la buena, casi siempre por razones extraliterarias, a lo largo del siglo pasado requería de un autor yanquee para establecer un recorrido y una continuidad para el itinerario. Parte de la salvación de la literatura futura estaba en algunos párrafos de Cormac McCarthy de La carretera o de No es país para viejos, pero Ford establecía vínculos profundos en su propia evolución literaria, con la Europa creadora del género novelístico.
El itinerario queda cerrado con Roberto Bolaño, a quien me siento unido por razones sentimentales y afectivas tal vez subjetivas en exceso. Sin ser el mejor autor de fin de siglo, nos legó al menos tres o cuatro novelas de una envergadura descomunal, de una ambición incuestionable y un talento exquisito, que no sólo representaban la evolución de los grandes escritores del boom latinoamericano, sino que desarrollaban los potenciales adquiridos por todos ellos encaminándose hacia una literatura futura similar a una de esas hogueras en el desierto mccartianas reconfortantes y necesarias. Bolaño, aparente escritor de ficciones de aventuras, escribía en el fondo novelas literarias esencialmente en las que el verdadero diálogo, o el diálogo profundo, no se establecía a través de los mecanismos de la acción narrativa sino a través del conocimiento de los grandes clásicos de la literatura universal, con la ficción y sobre todo con sus padres literarios, ese recorrido fascinante por una literatura inmensa surgida a partir de los años sesenta en el continente suramericano: principalmente con la irrupción inicial de Jorge Luis Borges, y posteriormente la retahíla de ilustres autores como Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, José Donoso, Jorge Amado, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Lezama Lima, Augusto Roa Bastos, Monterroso, Pablo Neruda, Alvaro Mutis, Ernesto Sábato, o Carlos Fuentes entre otros. Heredero de una tradición tan brillante como inusitada por el número de autores sobresalientes en un periodo tan corto de tiempo y situados en un continente, Bolaño encarnaba con su éxito de público el ejemplo de una literatura rica en matices y profunda en su diálogo con la tradición, más preocupada por el contenido y la estructura, por la cartografía, que por la estética, que conectaba extraordinariamente bien con las nuevas generaciones de lectores, incluidos el público lector más exigente o la crítica literaria más elitista. El viaje de Bolaño, de alguna forma, abría los territorios delleuzianos que podían establecer las coordenadas del género en el siglo XXI, fijando una línea de fuga construida con la herencia de numerosos autores y literaturas, con el beneplácito de ventas considerables e incluso mitificaciones exageradas que a pesar de sus exabruptos y falsificaciones podían venir bien para establecer un horizonte de salvación.
Fuera como fuere, este itinerario no deja de ser absolutamente personal y discutible. Lo que me empujó a cumplirlo fue simplemente la sensación de exterminio, de decadencia que ya atisbaron en su día consciente o inconscientemente Beckett o Faulkner: el agotamiento de una sabiduría particular y excelsa de lo humano guarecida en la novela, heredera de la extraordinaria mitología griega y romana, que siempre entroncó con la alta cultura europea y con el deseo de conocer, de saber, de experimentar, de crear e imaginar de los hombres. La mística de la extinción escondió siempre en su seno a mi juicio a la belleza, desde ese punto de vista tan particular expresado en alguna ocasión por Pascal Quignard o a través de la deslumbrante narrativa de ese último escritor soberano, solitario y sublime, que es Pierre Michon, una idea llegada desde Dostoiesvki, autor con el que comenzaba este recorrido particular: la belleza exige de trascendencia para poder ser admirada y comprendida, y esa trascendencia requiere la creencia de la posible inmortalidad del alma frente a la decrepitud del cuerpo físico, del cuerpo social y las civilizaciones.
Aviso sin embargo que todos estos textos son narrativos, pequeños relatos de un viaje, nunca corpus teóricos excesivos ni principios de la teoría literaria. Mi visión es humana, literaria y lectora. Tengo la sensación de que la supervivencia exige una especialidad de lectores y no de estudiosos, algo que atraiga y no que espante. De alguna forma escribimos en un mundo que abandona paulatinamente la palabra escrita para alcanzar una cultura ajena a Gutenberg, a la imprenta.
Ante los que consideren que la premisa escogida es subjetiva les doy la razón. Pero quiero advertir de que en cada relectura, lejos de buscar el aislamiento, he tratado de encontrar las ramificaciones de lo clásico, de la tradición literaria, con respecto a las pasiones e intereses del hombre, enlazando en la medida de lo posible las obras maestras de la novela con el presente o incluso el futuro, algo nada novedoso, pero sí olvidado por una buena parte de la crítica universitaria, que se asemeja a menudo a las burbujas de jabón con las que juegan los niños.
Frente a los que consideren este intento como una distorsión poco puedo decirles, quizá expresar un aviso entristecido; intuyo que en esa distorsión, en esa extensión de los efectos de la literatura en los seres humanos por encima de la búsqueda de una complejidad cerrada en sí misma y en sus códigos de territorialización que se aíslan en un silencio sin respuesta, haciéndose ininteligibles para los profanos, se encuentra la resistencia de un arte fabuloso, vivo y constante, que sólo desde el amor que profeso a la novela me sirve para preguntarles si su reducción monacal y su élite solitaria puede ser compartida e intercambiada, participar por tanto del mundo futuro.
Una cuestión de supervivencia al fin y al cabo.
Toulon, 17 de marzo de 2010
Copyright Jimarino
La primera vez que vine a Paris no pisé la ciudad. Hace ya tanto tiempo que olvidé cómo fue esa llegada, la manera en que contemplé con los ojos cerrados este esplendor lluvioso. Quizá fuera con Verlaine o Baudelaire, arrebatado en las tabernas mugrientas que bordeaban el Sena, otoñal el espacio y lírico el disfraz, bohemia deshecha y ajados espectros de la vida; o con Hemingway y el desventurado Fitzgerald entre la retahíla de americanos enamorados del Paris canalla y bendito; seguro con el puterío bohemio y decadente, con esa pasión de arte inocente tan propia de Miller, tan artificioso como efectivo a cierta edad, con su Anaïs Nin erótica y esa June a la que gocé en sueños tantas veces, a la que puse cara otras cientos entre las efigies de Clichy que me llevé a la boca. Miller, tal vez… O quizá fuera con Toulouse Lautrec, con Manet y Caillebotte, o al cerrar los ojos contemplando las fotografías de Brassai, o con la música de organillo y piano que me llegaba desde Saint Germain de Prés, o en los pliegues ensoñadores y tristes de las notas de Satie. Todo Paris se construyó con los mitos del amor, el arte y la literatura: se hizo lenta en el paladar de mis sueños. Se lo digo a Michon y vuelve a reírse. Abre la boca, le tiemblan los labios por un instante.
-Cuando bajé de un tren en la Gare D´Austerlitz yo tenía veinte años y una máquina de escribir portátil, una Olivetti de cuerpo rojo y teclas blancas. Me sentía embriagado y enamorado, dispuesto a construir con los hilos de mi imaginación la realidad de Paris, prejuicioso antes de verla. Le había prometido a Amparo años atrás que viajaríamos a esta ciudad juntos, se lo dije entre susurros nocturnos a Carmen mientras le cogía la mano y me acercaba a su cuerpo de bailarina, pero no pudo ser.
Dar un paso desde la altura del vagón hasta el suelo suponía enfrentar la existencia mitificada de la capital con el duro cemento del andén. Pensaba que todo sería extraordinario, que el mundo alcanzaría a cumplir mis anhelos como un cielo estrellado cubre la soledad de la noche. Avanzaba con los tacones alzados y la mirada segura convencido de lo posible. Karine tenía los ojos verdes y el cuerpo menudo, de gimnasta fibrosa, duro como una piedra. Me cogió del brazo y fue arrastrándome entre la multitud de viajeros que correteaban por las inmediaciones de la estación. Austerlitz era un nombre sonoro que evocaba las novelas de Tolstoi y Stendhal. El rugido de las locomotoras, tan distintas a las antiguas, me trajo sin remedio a Proust y a Flaubert, pero era Karine quien me sonreía emocionada ante la expresión asustada y expectante de mi rostro, era ella quien me arrastraba por esas calles y me besaba.
A pocos kilómetros de la Gare D´Austerlitz nos alojamos en un hostal mugriento a las pocas horas de bajar del tren. Junto a la inmensidad de las líneas de metro que atravesaban el subsuelo de la ciudad, llenas de bautizos sonoros, entre la belleza de los barrios parisinos que recorrimos durante horas incansables de caminatas y conversaciones, recuerdo su lengua, suave, embadurnada de nicotina y vino. También las cucarachas diminutas que encontré en la cocina del pequeño apartamento en el que vivimos algún tiempo. Leía entonces La peste de Albert Camus. Karine y La peste, y aquel vello púbico enmarañado y punzante, y su cuerpo extraño, fino al tacto, sus pequeños pechos y esos pezones morados tan desmesurados formaron mi particular educación sentimental de la ciudad real; la dureza de sus habitantes, que se movían agitados y poseídos por la velocidad incesante, expresaron la tristeza de la lluvia, el encuentro irremediable con la inexorable mutación del tiempo. Sin embargo, algo resistió a la desilusión de que aquella capital no fuera tal y como la había soñado. Quizá en esa esencia se hallaba la verdadera resistencia del espíritu a doblegarse ante la inercia del universo, la capacidad humana de alcanzar un lugar distinto a pesar de las fuerzas de la historia que nos anegan. Fui reconstruyendo despacio otro Paris que no era ni el presente ni tampoco aquella fantasía de mis mitos literarios o mis iconos cinematográficos.
Recuerdo la extraña felicidad de despertar bajo un edredón y aspirar el olor de Karine. Volvería amarla si pudiera regresar a ese cuarto que llenamos de trastos y memoria, a ese rincón donde deseamos con fervor ser otra cosa: ella una mujer segura y enamorada de un español ufano y enfático que parloteaba incesantemente de literatura, y yo un escritor a punto de iniciar la obra de mi vida en un Paris reconvertido donde paseaba despreocupado y feliz como Jean Paul Belmondo y Jean Segber en A bout de Souffle. Amaría a Karine una vez más para recordarla mejor aunque todo hubiese cambiado -revivir el ritual necesario, el puñado de acciones y gestos que logran otorgar a la existencia y a sus hechos su necesaria realidad, su sólida raíz- y regresar así a ese Paris de cortinas rojas, de noches lluviosas, que me recibió hace tantos años. En el fondo era yo mismo quien recibía a esa ciudad, quien reinventaba con la furia de los ojos plenos de esperanza el recorrido que otros harían siguiendo mis pasos. Tan iluso y perdido, y a la vez tan extasiado por los cantos de sirena.
Michon me observa divertido. Luego su rostro se ensombrece y examina su copa silencioso como si flotara algo inconveniente en el vino.
-Durante años sólo creí posible escribir para vivir. Arroyos de palabras que iban impregnando la experiencia de la vida, todas las metáforas reunidas en el silencio de una hoja en blanco que trataba de garabatear con una expresión solemne y el empecinamiento de lo que nos hace estar convencidos. Me arrepentí muchas veces de haber nacido con esta maldición que no asegura además el talento, por la dificultad de dejar una huella, una brisa insignificante que arrastrase una hojarasca diminuta donde por un instante hubiese podido hallar una ráfaga auténtica y perdurable de lo humano. Amé demasiado poco, hice el amor siempre con la espátula y la tabla de colores, como si interpretara en vez de vivir, rara vez con el alma henchida de fugacidad, con la levedad del amor que se recuerda o la intrascendencia del tiempo que se dilapida. Ahora, a veces, me atormenta la idea de que, al contrario de lo que creía, el dispendio fue excesivo y la ceguera demasiado prolongada. Debo reconocer que en ocasiones me consuela lo infantil del mundo, la maraña de hombres y mujeres aspirando a esa continuidad imposible a través de mecanismos e ingenios mucho más simples y terriblemente alejados de la verdad. La ilusión de la vida eterna me provoca carcajadas. Enfermo de trascendencia era infeliz. Al final no hice nada que me conviniera. El mundo no necesita literatura, o si la necesita, no se da cuenta. Prefieren las malas novelas, los argumentos grotescos, las palabras sin sentido, las mentiras mal construidas. Pienso en el sexo, en su banalización constante. No hay sentido del humor al acudir la expresión compungida de un orgasmo, ni siquiera hay risa en una inesperada caída o en el torpe ademán de una imperfecta postura animal. Lo banal choca con una sorprendente solemnidad de película ñoña, pretende una absurda perfección imposible entre los seres humanos como si toda ceremonia tuviera que tener unos códigos estéticos concretos y fijados y un ritmo siempre medido. Se contempla mucho más que se toca: contemplación como el reflejo de un gran escaparate en el que pasean las ninfas y su séquito de imberbes apolíneos, y en esa representación de la sensualidad queda estéril el verdadero erotismo, la fertilidad del deseo. Sombras en un mundo de luces encendidas. Tengo la molesta sensación de que se hace el amor en verdad cuando uno naufraga y luego, cuando se halla el asidero, el sexo se evapora, parece un recuerdo amargo de una época rota o desconsolada. Se tiene miedo a la deriva, al inevitable caos humano, y se aspira al orden regido por una fuerza ciega y descomunal que delimita la libertad para evitar la exhuberancia y el abandono, un orden hecho de tedio y responsabilidad, de ocupaciones incesantes y estériles tan menudo, de datos económicos y orgullos nacionales, de sentimientos convencionales domeñados, convencidos de que aceptar la irracionalidad de lo establecido, obedecer a lo imperante en cada momento nos salvará, inconscientes de que las leyes de la tierra se mueven más rápidas que nosotros afectando a nuestro estado sin remedio, y la supuesta seguridad de la vida siempre está expuesta a ser destruida por el ímpetu de las distintas voluntades de poder que pugnan entre sí para imponer sus designios. La historia reciente de Europa está llena de catástrofes de ese estilo.
Al recordar las alegres esperanzas de un tiempo animo a Michón a seguir bebiendo más vino y ese elixir que alimentó la imperfecta eternidad de nuestros pasos: los jugos de Celine, el olvido de los golpes de la existencia que nos fueron educando y limitando hacia el extraño optimismo de las letras, a apurar las copas de Poe, la potencia oscura y terrible de Dostoiesvky. Pronto será el elixir de Michon, convertido en un faro capaz de iluminar la oscuridad de las tormentas, en un refugio de calma lleno de humanidad trasmutada en literatura sublime. Le empujo a beber no sólo el vino y las letras, sino su propia prosa elevada y sanguínea que en apariencia no sirve al mundo. Le pido que beba y escupa toda esa capacidad una y otra vez para no dejarme huérfano. En ese instante recuerdo haberle dicho a Karine que la única literatura que me interesaba era aquella que alimentaba la vitalidad, el hambre de vivir, que esa era una forma de encontrar sentido a la enfermedad de la lectura y así transformarla en una potencia sanadora.
La voracidad de Michon me hace pensar que él marcaría ese teléfono guardado tantos años en la memoria, que buscaría en esta ciudad a esa mujer. Que trataría de seducirla una vez más arrebatado por el ímpetu de la sensualidad perdida a fin de retener por un instante aquello que fue, y luego escribiría la relación de ese cuerpo inolvidable con el presente y su transformación en el tiempo, describiría las nuevas texturas, la evolución de los colores y los gestos, la metamorfosis de las palabras, como si alcanzara a descubrir en los brillos de un rostro cambiado por los años aquello que le fascinó en las pinturas de Greuze, eso mismo que a mi me hechizó cuando irrumpí hace muchos años en la vieja casa museo de Courbet donde se exponían copias de sus pinturas más conocidas, cuando miraba El origen del mundo en esa sala con suelo de madera, oyendo bajo mis pies el fragor de las aguas del río, y al mirar el rostro de Helene extasiada ante la vagina velluda ligeramente entreabierta, coronada por esos muslos rotundos y hermosos, no pude pensar en otra cosa que en el deseo de aprovechar la soledad del museo para gozar de su cuerpo frente al cuadro, como si el arte no hiciera otra cosa que alimentar e inspirar la vida, nada más y nada menos.
Karine tendrá ahora cuarenta años, dos hijos y unas bonitas piernas. Quizá viva en el VI eme arrondisment de Paris, cerca del barrio chino, a doscientos metros de la Butt aux Caille, en un piso igual que el de entonces, con las paredes empapeladas de rojo y las cortinas encarnadas, las lámparas granates, con una cocina exactamente igual en la que veinte años atrás encontré dos cucarachas diminutas correteando despavoridas a la búsqueda del calor del horno y su prudente oscuridad.
Flaubert y sus máscaras, afirma. El formalista severo, austero, místico en ese deambular por los recovecos del lenguaje. No es para tanto, responde, y bebo más Borgoña suave, ligero al paladar, en copa histórica en forma de campana invertida con grabado, abarrotada de un caldo casi rosado. Pierre alza su copa y dice que carga con su corazón roto en pedazos, que así se planteó la vida desde aquellos lejanos días en Cards, como una premonición de la elegancia espiritual que La Bella Lengua podía ofrecerle como contrapartida a su condición social, a su vida heredada de campesino. Una parábola como otra cualquiera del dolor y su esperanza, de los sueños convertidos en un posible simulacro de superación espiritual. El que ríe ahora soy yo ante la absoluta veracidad de lo que expresa. Es curioso el poder de la literatura, su esfuerzo por engrandecer y ampliar los horizontes, y como contrapartida el orgullo peligroso que otorga, ese soplo iluminador que insufla la consciencia de las palabras y el eco que provocan, a veces la inevitable desilusión de que no puede facilitarnos nada más, y otras la imperiosa necesidad de seguir creciendo a pesar de los límites de cada cual. Tiene el corazón lleno de verbo, de palabras y sintaxis perfecta y eso es lo que pretendo decirle con esa sonrisa.
Amanece en Paris y crece esa luz particular, extraña a menudo, única. Desde las alturas se vislumbra el empedrado mojado, árboles de un verdor intenso agitados suavemente por el viento, agua que corre abundante por las calles, que humedece los jardines frondosos y exuberantes, que alimenta el musgo que se adhiere a las paredes de piedra. La paleta de grises y verdes es tan amplia que haría las delicias de cualquier pintor atento. Michon mira a lo lejos antes de apurar la copa entera de un trago.
Crece la luminosidad sobre Les Invalides, brilla su cúpula dorada de repente, una furiosa lámina aurífera en un paisaje de apagadas sombras. A lo lejos se vislumbra la figura alargada e inmensa, envuelta entre nubles de algodón ensuciadas, de La Tour Eiffiel. También la silueta de la Tour Montparnase, con esa negrura de los tiempos en sus cristales ahumados, en su cuadratura solemne ¡Paris amanece! Mi Paris de aire nace lleno de sus mitos.
A pocas manzanas de este rincón, a la orilla del Sena, Corinne se agitaba con los ojos cerrados y las caderas contraídas sobre mi rostro, agarrada al cabezal de hierro forjado que golpeaba al ritmo de su cintura la pared: ella se enardecía en ese redoble. Fueron tiempos lejanos, de eso hace ya trece años, pienso, pero aún oigo sus gritos, la suavidad de sus enrojecidas mejillas cuando todo cesaba y se quedaba boca arriba sobre la cama respirando plácida, o cuando rencorosa se atrevía a culparme de sus desgracias e infiernos con los puños apretados y el mismo resuello animal de sus delirios carnales. El tiempo ha disipado la profundidad de ese amor, los rituales que cumplimos para fundar una sociedad afectiva y un hogar mugriento, lleno de la oscuridad de esa época. De cada historia guardamos unos momentos, supongo que a los gritos y la desesperación de un final la memoria se empeña en dibujar lo idílico y perdurable de la alegría, la dichosa agitación del cabezal marcando la pared, la juventud que encerrábamos en nuestros cuerpos y el transcurrir desde la placidez a la furia destructiva. Sin embargo no logro traerla hasta este balcón con la nitidez que deseo pese a estar tan cerca del estudio en el que vivimos. Apenas sobreviven fogonazos que surgen incontrolables entre la marea de luz que nos va inundando. Cuando revelo esas imágenes tiene el color sepia de lo antiguo e inalcanzable. Michon susurra que soy un sentimental. Desde luego prefiero lo sentimental a lo inhumano. Todo literatura. Bebo, y él bebe en abundancia a mi lado
Seis y media de la mañana. Crece el murmullo de la ciudad que el parque cercano amortigua. Llega en sordina, con una intensidad discreta sin estridencias ni brusquedades: un claxon que rompe el rumor de las hojas, un motor revolucionado en exceso entre el fragor de los setos y un clamor lejano bajo el agua. Acude la mañana con aura fantasmal que nos recuerda donde estamos; en un balcón de una onceava planta, en mitad de Paris, reflejados en los espejos de la barandilla y en los charcos que forma la lluvia ante la inmensa vista de una ciudad interminable. Podría enumerar un recorrido a ciegas desde allí, observando los tejados, las cúpulas majestuosas, y los edificios hacinados. Paris no cesa nunca, siempre hay algo que mirar en el intervalo de segundos en el que uno alza la cabeza. La lluvia es fina y fría, constante como agujas en la piel. Paris no se acaba nunca, huele a mausoleo y a teja de pizarra, a antigüedad digna y a parque de atracciones. Su aliento enreda la pálida lámina de este amanecer inesperado en el que los nombres sagrados se cruzan en cada calle, en cada esquina, en los edificios que surgen tras la niebla otoñal, en el influjo secreto de los ásperos despertares. Que se joda Nueva York. Es como un bebé ruidoso ante la majestuosa pátina marmórea de una gran dama de gruesos muslos y labios carnosos que susurra al oído sus encantos interminables mientras resista la dureza de la piel, que dice a gritos que sólo hay una literatura y viene de Paris. El café del Dôme en Montparnasse dibuja junto al Coupole y el Rotonda, con sus estufas circulares de hojalata que calentaban las mesas de la calle invernal, la construcción final del mito, la suave ironía del ceño fruncido de Unamuno recostado en la butaca subiéndose el cuello del abrigo y apretando la bufanda contra la barba blanca. Ahí estuvo la inteligencia y el arte del siglo XX, en los ojos saltones de Picasso y Derain burlándose de los transeúntes anodinos, la estirada dignidad pagana tan similar al gesto de un barman de hotel de lujo en la Riviera que desprendía el solemne Tristan Tzara, la mirada azul y perdida, casi llorosa pese a ser entonces un joven enérgico y fanático, de Ezra Pound, organizando definitivamente su destino entre los pliegues de un Côte du Rhone barato o un pastisse envenenado de poesía antigua, frente al manuscrito imposible de La tierra Baldía, Elliot chispeante y distinguido, tan rico como tacaño.
Surge la luz de la primavera como esta bruma luminosa que cae sobre nosotros; aún veo el rostro perplejo de Sandor Marai a la intemperie de una calzada observando el antiguo esplendor perdido allá por el año 46 cuando sus esperanzas comenzaban a quedar exterminadas, lo mismo que la risa contagiosa de Hemingway ensañándose inconsciente frente a Scott Fitzgerald ya borracho, dormido con la oreja pegada al frío mármol de la mesa, o las copichuelas diminutas exigidas para el disimulo alcohólico de Faulkner, de paso en ese café, de paso en la vida a no ser por su escritura de hierro forjado. Está Joyce, viviendo del préstamo, jamás de su arte, siempre escoltado por el Pound que iniciaba sus cantos y sus revoluciones imposibles.
Michon brinda por mi mitología cultural del fin. Todas las invasiones son bárbaras y terribles, y arrasan con los tiempos buscando el exterminio y la extinción. Becket hojea furibundo unas páginas del Eclesiastes mientras guiña el ojo a una muchacha juvenil a la que se le atisban los muslos turgentes al estirar las piernas sobre la silla. Todos los libros están enterrados en las catacumbas, en los sótanos, en los rincones más recódnitos de esta cuidad; todos los libros y todas las mujeres pérdidas o aquellas a las que nunca pudimos hallar. Un laberinto del que apenas atisbamos reflejos esporádicos, sublimes visiones baudelerianas entre los tugurios del desastre, el amor que se fue extraviando, los mapas secretos que se construyen diariamente sobre la vieja cartografía de Paris. Michon asegura que él muchas veces ya no ve el antiguo recorrido de las calzadas, ni el aroma putrefacto de las calles empedradas, ni siquiera el esplendor de los reyes antiguos, que a lo sumo contempla inquieto el devenir de los días del terror, esos viejos alaridos de Saint-Just y compañía aspirando al ilimitado reino de la felicidad futura, al borde de la pesadilla, aquel extasiado miedo que sucedió a la libertad. Como si este tiempo y ese ruido que ensombrece la esperanza de la luz en este amanecer hubiesen ya vencido.
Copyright Jimarino

HOMENAJE A GONZALO ROJAS
(… y también a Antonio Tello, a Olvido, a Miguel Ariño y a Carmen Chupito, a Daniel Tangofino Ariño y a Arurora Navarro, a Tchebe y Mateo, a Nacho Cagiga y a Gabi García, a Nanou y a Alex, a David Turksma, a Enrique Vila-Matas y a Pierre Michon, a Ivan Ferreiro y a Carlos Monsivas, a Ricardo Menéndez Salmón porque la luz es más antigua que el amor, a Jean Paul Roma y a su futuro niño, a Mario Cerro y a Sabina Espósito, a Jako, mi brother en su regreso, a Fer y Helena en los alicantes de viento, a Alicia Sánchez y a Sandra Elorriaga por los ritmos de la tres, a Paco Membrado, Rafeta Claver y Josete Ots, de la resistencia, a Ana Luisa Ramírez y a Juanucho, mi padre espiritual, a Carmen Ramírez, a Jesús Sangrila, para que el Dios de las letras y las artes le ayude contra los molinos de viento, a Cesar Gaviero y a la hermosa Infinito Rojo, cuyos talentos siguen sorprendiéndome el alma cada vez que me asomo a sus ventanas, a Riki Javier que anda sin libertad, a Zaxanaercis, a Chantal y a Michel Lavigne, a David de las motos, a Eddy y a Francisco Machuca… a todos los que cruzan estos caminos y aullan junto a los perros de la lluvia… a los que se quedaron en el camino y a la memoria de Jose Antonio Labordeta, Manuel Monterde y Enrique Morente. Feliz Navidad a todos los que me acompañan… )
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Creo que ganaremos, aunque tú no lo veas
en esa tierra que te alimentó,
en la tierra que saldrá de tus entrañas
para abrazar el alma, alma de Vallejo
y Huidobro, alma de viajeros incansables
y pájaros de palabras, Canto general,
Trilces doradas en un París lluvioso.
Lo sé, creo que ganaremos,
y lo haremos porque no hay otro modo,
por que el camino es tan antiguo
que hasta Dante supo de él
entre las malezas de los bosques
provenzales, y su canto
extraño y sólido llegó hasta Pound, y los
ecos de lo inservible en apariencia
llevan siglos buscando su lugar,
y no hay otra manera, lo sé,
y por eso creo que ganaremos,
seré partícipe de esos triunfos
tan efímeros que alcanzarán al final
la gran victoria del hombre; el tiempo es todavía,
todavía creo que ganaremos,
como suele ganarle el mar a la tierra
cuando los titanes
retan a los dioses del espíritu,
cuando caen sus pies de barro
ante la dignidad de los ojos que lloran,
de los labios que besan y ríen,
ante los que piensan que la lava
nunca alcanza el calor
de un sueño.
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*Copyright Jimarino
Siempre fui de Fitzgerald, de toda su obra esparcida como una maldición a lo largo de sus años perdidos, de Fitzgerald y contra Hemingway, tan zafio y vulgar, tan macho y rudo, y al tiempo falso, tramposo, con ese bigote que siempre me produjo urticaria, con esas venganzas viriles que flameaban en sus ojos entre la mediocridad de su obra en general, a excepción de un puñado de cuentos, juicio sumario que no suelo aceptar, no hablo de lo que no me interesa. Soy de Fitzgerald por El Gran Gastby, por Suave es la noche y El Crack-Up, por los cuentos de Pat Hobby y por El último magnate, y sobre todo por Las cartas de amor y de guerra, la correspondencia reunida entre Zelda Fitzgerald y Francis Scott. Soy de Fitzgerald por ese hermoso testimonio de su hija muchos años después. Lo soy por su debilidad y su talento, por su patetismo ocasional tan humano, por Vila-Matas y por La Provenza y la Côte D´Azur, esos rincones hermosos que cada verano visito feliz aguardando a que el año cambie de destino, sintiendo como Fitzgerald no pudo, como no puedo.
En mil novecientos treinta, finalizando el verano, Zelda comenzó a escribir esta carta desde la clínica Prangis, en Nyon, Suiza
Querido Scott:
Acabo de escribir a Newman pidiéndole que venga. Me dices que has estado pensando en el pasado. También yo lo he hecho, durante las semanas que llevo sin dormir más que tres o cuatro horas, envuelta en vendas, enferma e incapaz de leer.
Mi querido Fitzgerald, o ese querido Scott que encabeza las hermosas cartas de Zelda siempre tuvo la dirección cariñosa y amorosa de una mujer que comprendió el amor demasiado tarde y lo perdió, dirigido a la persona que la acompañó la mayor parte de su vida. Detesté a la madre de Scott llenándole la cabeza a su hijo de todo aquello superficial y estúpido que rodea al éxito, esos aires de grandeza que tanto lo confundieron a lo largo de su existencia. La filosofía del fracaso y el éxito yanquee siempre me produjo ardores de estómago, no sirve para vivir salvo que seas un excelso triunfador, e incluso en ese caso, y conociendo la biografía de Fitzgerald, bastaría para alcanzar una simple parábola al respecto: genera insatisfacción. Detesté su éxito por improductivo e infértil más allá de unas cuantas novelas y relatos memorables, esa extraña tendencia a ser moderno que sólo fue útil en su prosa. Odié su mala suerte cuando el genio rondaba a su alrededor, sus imprecisiones y banalidades, sus pérdidas de tiempo constantes y la época en la que le tocó vivir. Soy de Fitzgerald por sus monumentales borracheras de fragilidad y miedo, por sus amaneceres durmiendo en parques, patios y salones, meado, encima de vómitos, tembloroso y tierno como un niño que comete un leve pecado. Y sin embargo, en medio de toda esa debilidad, admiré su humanidad extraordinaria, la fuerza que a pesar de los desplantes y el dolor, aun cargando sobre sus espaldas la enfermedad de Zelda y los remordimientos que le provocaba, la desgracia de un mal de ojo prolongado y feroz que lo arrastró desde las alturas hasta el abismo, siguió brillando, siguió construyendo su paraíso postrero, su pequeño rincón de alivio.
Leo los testimonios de Gerald Muyphy sobre los desplantes y excesos de Fitzgerald y me cuesta creerlos, aunque todo parece cierto. Dos niños adultos acostumbrados a ser mimados por la vida perdían el rumbo entre la exuberancia del mediterráneo francés, visitando ruidosos las casas de los americanos expatriados que correteaban felices y frívolos en esos años veinte por las campiñas y los secretos de la Riviera. En qué momento se truncó aquella hermosa pareja, donde piso mal y se precipitó al vacio de clínicas psquiátricas, a ese alcholismo decadente y devorador, a la falta de dinero constante, se convirtió hace unos años en una obsesión. Buscaba mi propia mística de la extinción, el momento de agotarme, y trataba de rastrear las pistas en el genio de Scott y su mujer.
Zelda recordaba en esa carta los días pasados, a los periodistas y los vestíbulos de hoteles de lujo habitados por trajes lujosos envueltos en pieles carísimas, el brillo del sol en las cristaleras y el polvo irritante que llenaba los muelles a finales de la primavera. Era el New York de edificios blancos, aquella ciudad feliz que los recibió como triunfadores, que convirtió al pequeño ambicioso de Fitzgerald en una celebridad como deseaba su madre, que pobló de guiños y perfumes el encanto del muchacho seductor con los ojos azules más hermosos de la costa oeste. Fueron los tiempos de los combinados de absenta -hoy prohibida en su gradación antigua por el insostenible celo saludable de la Unión Europea-, la bebida de Baudelaire y Verlaine, brebaje de Rimbaud que los norteamericanos infantilizaron mezclándola con sus ginger ale y sus bebidas gaseosas. Llamaba a su puerta Vanity Fair y Smart Set. El mundo literario parecía un trampolín hacía la buena sociedad que Mrs. Fitzgerald soñó e inculcó empecinada a su hijo. Una pareja tan hermosa, llena de glamour, obsesionada por la moda y la frivolidad, por las flores que poblaban por doquier los salones. Bebían ginebra y hablaban de moral, cuenta Zelda. Discutían bajo los lilos de madrugada, con la luna fijada en el cielo como si por primera vez estuviese allí sólo para ellos. Entonces Scott soportaba el alcohol con relativa entereza y paseaba de corro en corro desperdiciando el encanto del éxito y la belleza fijada en su rostro, atildado y hermoso como un Dios, tocado por la varita de la modernidad y la fortuna.
Había acertado de lleno. Estuvo en el momento justo y el lugar adecuado para que sus primeras pinceladas literarias que contaban mediante la ficción su propia existencia emergieran del silencio del escritor secreto y se convirtieran en la literatura del presente. Zelda relataba una noche en la que se bañaron desnudos pasadas las cuatro de la mañana, supongo que en una piscina privada, y describía esas fiestas del millonario John Williams, a las que asistían actrices que al emborracharse hablaban francés con los morritos contraídos y los ojos chispeantes. Ella presumía de los besos insignificantes que regaló, de los flirteos con hombres afilados y risueños que caían rendidos a sus pies, de las coqueterías de Fitzgerald con las mujeres, de los aplausos que el hecho de existir les concedía.
Fui de Fitzgerald porque el glamour de las fiestas que yo viví resultó mas mugriento y solitario, pero a pesar de todo comprendí aquella alegría desmesurada que intoxicó sus vidas en los años mágicos. Porque descubrir los antros del Carmen o las calles abandonadas entonces, salvo al anochecer, de Malasaña, surgía como un torbellino de novedad ebria que leyendo esas cartas que Zelda y Scott se escribieron no lo fue tanto, y quedó como algo grisáceo y empobrecido, pero aún así reconocible el sentido que les otorgó Fiztgerald. Bebían whisky contemplando las colinas de arcilla roja de Georgia, en los hermosos lechos fluviales de rodadas de Alabama. Se emborrachaban despreocupados sobre los alerones de un moderno aeroplano a la luz de la luna acompañados de la felicidad en persona. Se preocupaban de los vestidos y los trajes, de la respetabilidad de las personas, aunque luego en la intimidad les importaba un pimiento la existencia de los otros, la nada cotidiana de millones de seres humanos en esa época exuberante llena de aplausos. En aquellos tiempos primerizos no había aparecido todavía en sus vidas Hemingway y su maldad, su ciega vanidad, ni siquiera atisbaron de lejos que en el reflejo de las estrellas durante las noches de cocktailes que ingerían a litros estuviera escrita la negrura del futuro, el fin de su historia de amor y del mundo que inventaron, aquellas cartas y el rumor alocado de un tiempo que quedaría exterminado sin remedio.
Voy siguiendo sus pasos en esa larga carta de mil novecientos treinta que a estas alturas, con la historia viva todavía y el destino cumplido, me fascina y me estremece. Cambian de casa, a la calle 59. En ese momento surgía algo extraño entre ambos, una tensión que jamás desaparecería, como si toda la felicidad compartida no pudiera repetirse y ese vértigo los empujara al dolor, al sufrimiento de no lograr vivir ya la existencia por primera vez. Eran tan jóvenes. Scott y Zelda discuten en ese piso y él rompe con sus puños afeminados la puerta del cuarto del baño. Una astilla salta y se clava en el ojo de Zelda. La astilla se quedó para siempre en algún lugar entre el globo ocular y el cerebro. Una ligera cicatriz anunciaba el ocaso aunque estaba lejos. Siguieron paseando despreocupados por Central Park, comían en los mejores restaurantes de la ciudad, dilapidaban dinero a espuertas, sin freno, y continuaron celebrando la existencia de fiesta en fiesta. Todo parecía continuar en la misma dirección, pero la astilla en el ojo de Zelda fue ensombreciendo el futuro sin que se dieran cuenta. Vorágine de alcohol y risa, la alegría de los felices años veinte reflejada en su vacío, en todos los espejos que iban revelando la verdad de la vejez y el fracaso. Había que aprenderlo todo decía Fiztgerald, pero aquella premisa fue demasiado lejos.
Días de vino y rosas a punto de partir hacia Europa, la vieja Europa sangrienta que les diría a la cara que antes de ellos hubo cientos, esa Europa que miraría a los ojos con astilla de Zelda para perderla para siempre.
¿Por qué esa fascinación tan insostenible y terrible? ¿De dónde llegó la gracia de Hemingway para apoderarse de tantos asuntos y tantas personas? Fiztgerald planeaba su Tender is the night entre las brumas de una borrachera perpetua. A veces cedía a la tentación del trabajo, como si en vez de ser un escritor de relativo éxito todavía, menguado por las circunstancias adversas que ensombrecían el mundo y abandonando aquellos felices años veinte, un pasado que dolía, fuese en verdad un bebedor profesional que de vez en cuando escribía. Hemingway falsificó hasta el momento en que se conocieron en una mugrienta taberna de Paris. Fitzgerald lamentaba su insignificancia, dubitativo y perdido en medio de una novela y una realidad que lo superaba, y Hemingway tendía a agrandar sus méritos a las primeras de cambio. Esa fue la diferencia, el encuentro entre un escritor asentado y económicamente abastecido que comenzaba a naufragar y había ido perdiendo autoestima y prestigio, y la llegada de un pobretón americano que soñaban con alcanzar los lugares privilegiados de Sherwood Anderson y el propio Fitzgerald con la mayor celeridad posible, ganar dinero y fama, y convertirse en el escritor más admirado de su generación.
Ernest fue inventando a su antojo los pormenores de aquella larga amistad, de igual forma como actuó con la mayor parte de los asuntos de su existencia, empeñado en generar a su alrededor un aura mítica, una esencia que resultase atractiva y fascinante, y lo hizo a conciencia, al tiempo que Fitzgerald estiraba de todos los hilos que su brillante carrera literaria anterior le había permitido guardar para convertir a Hemingway en un escritor célebre, para ofrecerle lo mejor de sí mismo, editar sus textos en las mejores condiciones y ayudarle por encima de sí mismo. Quizá en su euforia, Scott encontró los lamentos de su titubeante deriva, aquella imposibilidad de afrontar Suave es la noche que iba alargando la escritura año tras año, que lo dejaba vacío y sin esperanza. Fitzgerald tardaría nueve años en concluir la novela. En ese tiempo su hada se extinguió, la ruina planeó por todas y cada una de las cosas que había construido. Zelda comenzó a sufrir sus virulentas recaídas e iniciaba su peregrinaje interminable hasta el día de su muerte de psiquiátrico en psiquiátrico, con Scott tras ella, somnoliento, ebrio, siempre próximo al abismo. Es asombroso como en ese descenso hacia los infiernos pudo encontrar fuerzas para concluir una novela de la envergadura de Tender is the Night, cómo logró aunar sus últimos suspiros creativos para que esa obra viera finalmente la luz. El paseo por el purgatorio de Fitzgerald tuvo brillantes resurrecciones que a menudo coincidían con sus raros periodos de abstinencia, o con las ausencias prolongadas de Zelda, en esos momentos en los que huía y dejaba de enfrentarse a la amargura de ver desintegrarse el presente y confrontarlo con ese pasado majestuoso reflejado en los ojos perdidos de su mujer, y cuando eso sucedía, su escritura no solo mantuvo esporádicamente la fuerza antigua, sino que alcanzaba a brillar con una profundidad y una fuerza conmovedoras.
Nada pudo salvarla, ni siquiera la inmensa fe en el amor que Fitzgerald salvaguardó hasta prácticamente el final de su vida. Mientras esto sucedía la fama de Hemingway creció hasta convertirle en pocos años en el escritor más popular de su tiempo, y ni siquiera Suave es la noche, o la publicación con éxito de Las memorias de Alice B. Tokklas de Gertrud Stein, en las que criticaba a Hemingway abiertamente, pudieron modificar un ápice su ascenso vertiginoso.
Ernest era un escritor instalado en su tiempo, inteligible para sus contemporáneos, con el suficiente rigor estético y el dominio de sus recursos literarios como para perpetuar por algún tiempo su primacía. Había logrado además justificar su proceso creativo e imponía sus criterios literarios anunciando el devenir de un nueva forma de expresarse en literatura. Scott era un autor supuestamente de otra época, un escritor cuyo éxito parecía una cuestión de modas en esos años veinte consumidos que como como un pecado capital desaparecieron con el crack del 29 y las miserias de la década posterior, y que terminarían definitivamente enterrados en el fragor de la segunda guerra mundial.
Es curioso que parte de la crítica considerara Suave es la noche como una novela romántica con cierta tendencia a lo trágico, construida con los mimbres del pasado, siendo un terrible descenso a los abismos, una extraordinario relato psicologico y vital de la derrota, compuesto con una maestría literaria sublime y llena de una modernidad narrativa a estas alturas incuestionable. Hemingway siguió ensañándose con Scott en cuanto tenía la oportunidad, hasta que su muerte dejó ese aire de leyenda que sólo la desaparición violenta produce en escritores de cierto nivel. Pero ni siquiera entonces, sumido en una de su fases depresivas, pudo cerrar la boca. Scott siempre creyó haber tenido un amigo, y de alguna forma, se obsesionó, como le sucedió a tantos, por la figura de Hemingway, con quien competía a su juicio, sin la menor posibilidad de triunfo, por convertirse en el mejor escritor norteamericano de su generación.
Ernest negó una y otra vez la ingente cantidad de sabios consejos literarios y la ayuda que Fitzgerald le proporcionó durante esos primeros años tan duros, tan dificil para él a mediados de los años veinte asomar la cabeza en el mundo literario. De alguna forma, sí se puede apreciar en la correspondencia cruzada entre ambos autores que tuvo gestos amistosos con Scott; que a su particular manera se preocupaba por el viejo amigo, y en cierto modo atendió a su plegarias aunque fuera desde la compasión y la distancia, pero fueron muchas más las innumerables referencias negativas que le concedió, la burla incesante hacia el otro que compartía sin pudor con amigos comunes, la insolidaridad manifiesta que mostró hacia Scott y su ensañamiento crítico, desmedido e incomprensible, en un afán de borrar su ayuda y su influencia, algo que daría para un estudio psicológico profundo.
Pasan los años y sigo siendo de Fitzgerald por la extraña vigencia de su obra, por la fascinación que sigue generando a su alrededor Gatsby o los personajes de Suave es la noche. Incluso releyendo el Crack-Up, esos textos que Hemingway tachó de patéticos e indignos de un escritor con las posibilidades literarias de Fitzgerald, siento la cercanía, una afinidad y una empatía irremediables hacia él. Era mucho más fuerte de lo que creía Hemingway sin duda, y sus desgracias acumuladas entre 1930 y 1940, año de su muerte, no pudieron mitigar su existencia literaria posterior, el hechizo que todas las generaciones ulteriores han sentido hacia él. Es posible que se sigan celebrando los famosos concursos de parecidos con Hemingway en los ríos de Alabama y de Missouri, o que su barba blanca sea un icono de la literatura norteamericana, una especie de cliché como la imagen del Che Guevara respecto a la revolución cubana, pero tengo la sensación de que han quedado como reflejos de una fama desmesurada ganada en su época, rastros superficiales que no acompañarán con provecho a su literatura, por otra parte algo ajada, envejecida prematuramente incluso en sus obras más alegóricas –y tramposas- como El viejo y el mar. Debo reconocer que no soporto Por quien doblan las campanas, y que Fiesta o Paris era una fiesta no me provocan otra cosa que el gusto turístico y sociológico, cierto desdén por la masculinidad exacerbada y la testosterona, y un regusto a olvido, sensaciones dispares poco halagüeñas y tremendamente alejadas de la relectura cercana de Suave es la noche o Hermosos y malditos, o de la conmovedora correspondencia entre Scott y Zelda. Es como degustar la sinfonía patética de Tchaikovsky frente a una anodina tonadilla de los Bee Gees.
El vencedor del combate para dirimir al mejor escritor norteamericano de la época se lo llevó de carrera Hemingway mientras estuvo vivo. Fue una lucha desigual entre un hombre pagado de sí mismo, tendente a la megalomanía y obsesionado con su superioridad, competitivo en el peor sentido de la palabra, con unas excelentes dotes para venderse y medrar, y un enorme atractivo personal, frente a un Scott envejecido precozmente, castigado en exceso por su adicción al alcohol, inseguro y destructivo hasta el suicidio, y desequilibrado como un gato al que le arrancan los bigotes. Ernest devoró en vida a Fitzgerald.
La fascinación de Scott hacia Hemingway siempre me resultó un misterio. Alargó sus efectos desde la primera época en que se conocieron a finales de los años veinte hasta prácticamente meses antes de la muerte de Fitzgerald. Incluso cuando percibió la decadencia literaria de Hemingway no se atrevió a concebir siquiera su evidente superioridad. De alguna forma se enfrentaba contra la moda y la corriente de su tiempo, que solventaba la comparación dedicándole a Fitzgerald el sambenito de pasado y a Hemingway el aplauso del presente y el futuro. Conforme el alejamiento físico y espiritual entre ambos crecía, curiosamente al ritmo con el que Hemingway aumentaba su celebridad, el hundimiento de uno engrandecía las virtudes del otro. Sin embargo, al comparar sus dos literaturas con cierto rigor, alejados del fragor del éxito, la distancia entre ambos me resulta sideral a favor de Fitzgerald.
El ganador del futuro fue Fitzgerald, y por un elevado número de puntos, y si por algún milagro la historia de la literatura progresa hacía alguna parte, sigue su curso natural, sin duda él será el campeón del reino de los pesos pluma, el gran escritor americano de los años veinte y treinta, el sobreviviente más destacado de una época gloriosa, con serias posibilidades de perdurar por los siglos de los siglos. En un texto de hace unos días, firmado por Manuel Rodríguez Rivero en las páginas del diario El país, comentaba que El Gran Gatsby había incrementado desmesuradamente ventas en Estados Unidos en el transcurso los últimos meses, que por alguna razón, la situación económica del país había hecho recuperar a lo grande la vigencia de la novela, por otra parte materia de los planes de estudio en colegios e institutos desde mediados de los años cincuenta. Es hermoso que el tiempo genere alguna justicia, sobre todo al examinar con detalle las distintas fases de trato vejatorio que Hemingway cometió contra el que fuera su amigo del alma durante los años franceses, contra ese escritor que le socorrió como si fuera un hermano, que se comió el orgullo y el rencor de la competencia entre ambos, la rivalidad literaria que irremediablemente surgió al intercambiar su obra frecuentemente aguardando el juicio crítico del otro. Es verdad que no fue por bondad o una generosidad desmedida, sino más bien por problemas mentales graves que el alcohol fue complicando. La autoestima de Fitzgerald a partir de cierto momento, su fragilidad emocional unida a sus circunstancias personales, le obligaron a buscar un referente, a confiar su futuro a alguien, y aunque éste nunca asumió el papel que Scott esperaba, Ernest se convirtió para Fitzgerald en un símbolo de lo que un escritor debía hacer en contraposición a sus innumerables dificultades para seguir escribiendo, así como un albacea de lo que él consideraba su larga despedida.
He leído con suma atención que durante la génesis final de Suave es la noche, Fitzgerald hizo todo lo posible para que el estilo de Ernest quedará erradicado del texto. El esfuerzo debio ser descomunal en un momento en el que su literatura era considerada por la crítica y los lectores como un rastro pasado de rosca de otra epoca, además, ambientada en una década que la mayor parte de los norteamericanos, sumidos en la Gran Depresión posterior al Crack del 29, deseaban olvidar como si se tratase de un tormento. El rudo Hemingway, con sus héroes de baratillo, con sus machos en celo y su capacidad para convencer hasta al demonio, se imponía como influencia estilística en el entorno de la literatura norteamericana. De alguna manera, Scott resistió, incluso podría afirmar que consiguió lo impensable, como si todavía quedase en él a pesar del deterioro físico y anímico, de su mermada capacidad de concentración, algo del orgullo de aquel escritor brillante que a pesar de la insistencia de sus contemporáneos fue mucho más que un cronista de la vida del Jazz y los felices años veinte.
Es inevitable a estas alturas para mí, comparar aquel exceso vital, esa corriente de estremecedora libertad y vida que surgió al amparo de esos maravillosos años veinte con mi propia época. Tengo grabadas en la memoria las fiestas que de una punta a otra de Estados Unidos celebraban la existencia banal y alegre de una sociedad enriquecida y despreocupada, de una juventud que anhelaba otro lugar y que abrazaba la noche y el exceso, y al hacerlo, veo reflejado, aunque tenga un tono más sobrio y mugriento, esos años ochenta y comienzos de los noventas que a ritmo de la ilusión de una febril libertad largo tiempo aguardada y de un mundo a celebrar se cobraron vidas enteras entre espasmos, adicciones y absurdos. A veces miro al cielo buscando alguna razón por la que sigo vivo, por la que a estas alturas mantengo todavía la cabeza sobre los hombros y los brazos, y aunque las adicciones sobrevuelan como una tentación sin más peso sobre mi existencia que el acicate de desconectar algún día de la misera realidad, aguardo que la nube se disipe y no me obligue a aferrarme a todo aquello que probé, viví y sufrí. Trato de comprender a Fitzgerald, entiendo el miedo descomunal que debió surgir alguna de esas noches de insomnio y alegría, la mirada conmovida ante la descomunal extensión del cielo y el destino de las estrellas, el vacío ante la evidencia de que había alcanzado lo que soñó sin darse cuenta, en un suspiro, con excesiva rapidez, tal vez demasiado pronto.
Fuera como fuese, a Fitzgerald lo devoró su fama y la ceguera de la crítica de su tiempo, aunque él tuviese la mayor parte de la culpa respecto a los malentendidos. Incluso después de muerto tuvo entre sus más fervorosos detractores a su amigo del alma, ese escritor que situándose tres o cuatro escalones por debajo en el canon, era para él, el referente de la literatura del futuro, la entereza de la masculinidad aireada en su resistencia al alcohol, sus conquistas sexuales y su poderosa capacidad de trabajo, convencido Scott, además, de que Hemingway sobreviviría a sus escritos y a sus desvelos. El ensañamiento de Ernest contra Fitzgerald se incrementó sin saber por qué tras la desparición del segundo. Su desprecio fue excesivo, innoble, virulento y mezquino, indigno de un ser humano cuerdo. Conforme la decadencia física y el alcoholismo de Ernest se fueron apoderando de su afamado encanto, de su cuerpo antes atlético y ahora vacío e hinchado como un globo sonda, y las depresiones se hacían más frecuentes al tiempo que su literatura exhalaba pompas de whisky, vino y ron, y quedaba exhausta, moribunda en una repetición de sí mismo, la fama de Fitzgerald crecía y crecía tras su muerte.
Desde 1941 hasta la década de los cincuenta, el viejo amigo común de ambos, y editor exclusivo de las obras de Fitzgerald y las primeras de Ernest, Max Perkins, se dedicó con empeño a recuperar la memoria de ese autor que había sido olvidado incluso en la última década de su vida, alguien de quien se dijo en sus necrológicas que no había pasado de ser un cronista social con ínfulas que se disiparon a las primeras de cambio, un escritor a quien muchísima gente ya creía muerto a finales de los años treinta en plena depresión económica y ante la ausencia de su literatura. Alejados del contexto de esos felices años, con el fondo oscuro y salvaje de la segunda guerra mundial a punto de estallar, y la posterior hegemonía absoluta norteamericana tras la guerra a pesar de los empeños de la URSS por fingir ser una potencia de igual nivel, la literatura del viejo Scott, “el pobre Scott” como llegó a escribir en Las nieves del Kilimanjaro Hemingway, resurgió de sus cenizas para alcanzar un status sólo igualado por el maestro absoluto de las letras norteamericanas del siglo XX, William Faulkner. De repente la crítica seria de los USA y de Europa descubrió que tras el autor de El Ruido y la furia, había un puñado de escritores memorables, y entre ellos, quizá en algún lugar más destacado que el resto, se encontraba Fitzgerald. El Gran Gatsby había dejado de ser una crónica de la derrota de un advenedizo en el mundo de los ricos, para convertirse en una obra maestra, llena de matices y profundas relaciones sobre la vida y la muerte, un relato novedoso de un tiempo inolvidable que no sólo hablaba a los lectores de los años cincuenta de la misma forma que podía haberlo hecho con los de los años viente o treinta, sino que era capaz de generar mitos universales y atemporales, alcanzar ese estado tan complejo y dificil para cualquier literatura, que permite a una novela perdurar y erigirse como símbolo y metáfora para varias generaciones. Hasta El último magnate, obra póstuma inacabada que no pudo ver editada Fitzgerald en vida, parecía, a pesar de sus imperfecciones, un presagio del escritor que hubiera podido ser Scott caso de que su cuerpo enfermo hubiese soportado alguna embestida de más, con esporádicas iluminaciones que recordaban a su escritura más hermosa y profunda. La envidia de Hemingway aumentaba a la par que su decadencia se agudizaba, las enfermedades derivadas del alcoholismo fueron minando su resistencia y su energia, y aquellas antiguas depresiones que lo hundieron sin remedio durante la mayor parte de su vida, y que sólo el alcohol aliviaban, se fueron convirtiendo en infiernos permanentes. Se moría de ira, no alcanzaba a comprender como el pobre Scott, el afeminado y miserable bebedor, el hombre que jamás pudo resistirle una borrachera, aquel que se había puesto en ridículo tantas veces a su lado, el hombre que lo había admirado y había corregido con maestría sus primeros textos, hasta dejar la esencia del mejor Hemingway en aquellos años viente, lejos de quedar enterrado en la memoria de los escritores perdidos, se erigía como el claro triunfador de la década por encima de él mismo.
Me hubiera gustado escuchar a Hemingway en un arrebato de sinceridad expresar algo más de su admiración por Fitzgerald, que sólo confesó al propio Scott de un modo tímido en relación a Suave es la noche, ese texto que, definió en público como una novela romántica y de otro tiempo, con polillas y polvo, y que, sin embargo, crecía en su cabeza y mejoraba con los años como los recuerdos esenciales y hermosos de una existencia. Es difícil ser tan mezquino. Una y otra vez aprovechó cualquier oportunidad a su alcance para denigrar a Ftizgerald, lo despreció, lo envidió sin que se notase, lo dejó que se pusiera en ridículo, lo abandonó porque quizá no había otra forma de soportarlo, lo ninguneó para que nadie supiera de su verdadera aportación en sus inicios literarios, y finalmente, o al menos eso quiero pensar, cuando aquella mañana del año 61, veraniega y luminosa, se pegó un tiro con su escopeta de caza, debió recordarlo, al menos en ese reflejo terrible del último de sus pozos negros anímicos, ya impedido y roto en pedazos, que tuvo la decencia de considerar que había sido amigo del mejor escritor de su generación, de alguien que le fue fiel a lo largo de toda su vida, que siempre le admiró con sinceridad, y que se mostró, a pesar de sus extravagancias y excesos, dispuesto a ayudarlo y a defenderlo, aunque a menudo no acertara con el modo de hacerlo.
La historia de amor de Zelda y Scott Fitzgerald me fascinó durante años. Primero porque antes de leer Suave es la noche supe que se trataba de una novela con extensas referencias biográficas, y asocié irremediablemente a los personajes con la pareja literaria. Más tarde, profundizando en la construcción de la novela, leí que los personajes protagonistas de la obra fueron un trasunto de Zelda y Scott, pero también del millonario Gerald Murphy y su esposa. Pienso que a partir de entonces, en una segunda relectura, e incluso recientemente en una tercera, la novela cobró mayor importancia a mis ojos al considerar que se trataba de ficción, de una interpretación desde el prisma de la novela de aquellos años de auge y decadencia que quedaron retratados extraordinariamente bien en el texto. De alguna forma, el libro cobró una dimensión metafórica mayor al interpretarlo desde una óptica meramente literaria y alejándome de la tendencia adolescente inicial que guiaba mis lecturas hasta convertir la biografia en la materia prima principal de cualquier autor que admirase. Me resulta inevitable creer en la superioridad de la gran ficción sobre cualquier otra forma de conocimiento y reflejo del mundo, no puedo evitarlo aun cuando los tiempos pregonen otro tipo de voceros y otros argumentos para atrapar la realidad.
Una buena parte de los textos de Scott terminaron por retratar y guardar en su seno no sólo la esencia de un tiempo destruido sino la eterna insatisfacción surgida entre los deseos y sueños del hombre y la terrible y destructiva tangencia con la vida corriente. Eran seres humanos traicionados por los caprichos de los Dioses, hombres deseosos de alcanzar cimas divinas condenados a caer una y otra vez como Sísifo. Toda su literatura vivió intoxicada por el drama terrible de su existencia a pesar de todo, fue el pálpito de una larga percepción de la derrota, o quizá fuera al contrario, y el hecho mayúsculo en su caso de desear ser escritor, en el fondo, englobó todo los sucesos de su vida, convirtió el devenir de sus pasos en una novela en la que adentrarse cómplice es atisbar el vértigo y el cansancio de vivir.
Fitzgerald, a finales de los años treinta, estaba ya roto en pedazos tanto en su interior como físicamente. Su historia estaba construida del brillo pasado, de aquella Zelda tan hermosa con la que paseaba de salón en salón cogido de su brazo, esa mujer fascinante que logró eclipsar a todas a pesar de los flirteos posteriores de Scott y de su desgraciada enfermedad. Hemingway solía decirle a Fitzgerald que la desdicha de su vida, aquello que había destruido por completo su talento, su energia y su futuro, había sido precisamente conocer y enamorarse de esa mujer. Durante años, no sólo se lo expresó a él, sino que fue lanzando al aire el rumor de la aniquilación paulatina que Zelda fue perpetrando en la vida del Francis Scott, de cómo un hombre hecho y derecho se había convertido en una piltrafa humana, alcoholizado y arruinado, olvidado para la historia de la literatura. Solía contar como anécdota ingeniosa que una noche de juerga en Francia, cuando se disponían a mear a la intemperie de un camino, Fitzgerald le enseño a Hemingway su sexo y le preguntó si le parecía pequeño. Ernest contaba esa humillante escena a las primeras de cambio, una historia apócrifa con la que pretendía mostrar su superioridad. Lo imaginé muchas veces humillando con el relato a Scott, su rostro iluminado por una furia renovada y un gesto solemne, como si en verdad buscara mostrar esa compasión insoportable, la carcajada en los labios y los ojos oscuros chispeando de gozo.
-Esa mujer castró a Fitzgerald en todo su ser. Le había dicho que con ese pene tan pequeño resultaba imposible satisfacerla. Eso me dijo el pobre Scott hace muchos años, allá en la Côte D´Azur.
Aquella historia, como la mayor parte de las que Hemingway contaba para su mayor gloria, no eran más que falsos rumores construidos en torno a su persona, dirigidos a empequeñecer a los otros y engrandecer así su figura. Zelda y Fitzgerald se amaron hasta el día de su muerte.
Releyendo las cartas de amor y de guerra, descubro una datada en el año treinta y ocho, cuando ya ambos llevaban tiempo sin verse y morirían sin volver a encontrarse jamás. La carta, escrita por Fitzgerald, hablaba de un viaje que Zelda tenia previsto a California, donde él sobrevivía a duras penas humillado por la apabullante maquinaria de Hollywood, a punto de concluir el único guión de su puño y letra que sería filmado, Three camarades, película basada en el best seller de Eric Maria Remarche. Scott compartía su vida con otra mujer desde hacia tiempo, pagaba a duras penas con lo poco que obtenía las carísimas clínicas en las que Zelda era internada, y sin embargo seguía insistiendo en mantener el contacto con su mujer. La carta concluía con una nota.
Oh, Zelda, esta tenía que haber sido una carta muy fría, pero es eso lo que siento por ti. Una vez fuimos una sola persona y siempre será un poco asi.
Entre las razones de aquel odio visceral de Ernest por Zelda los biógrafos han barajado distintas hipótesis. Lo cierto es que Zelda nunca soportó la vanidad de Hemingway, su exhibicionismo obsceno, esa valentía exagerada que mostraba hacia todo. Lo consideraba un advenedizo machista y ruidoso, hueco como una flauta. Para Hemingway, Zelda era una mujer demasiado inteligente y compleja. En su simpleza argumental, en su ceguera hacia todo lo que no fuera ensalzarse a sí mismo y sus logros, nunca vio en ella otra cosa que una mujer oscura y caprichosa. Tuvo la fortuna de ver como los brotes esquizofrénicos de Zelda le daban la razón. Criticaba abiertamente el lastre que cargó a sus espaldas hasta el día de su muerte Fitzgerald, la nostalgia irremediable que su amigo Scott siempre sintió por ella y por aquel mundo que compartieron.
Entre las cartas de Zelda y las notas de los pocos amigos que le quedaron a Fitzgerald a partir de su proceso de decadencia, se habla a menudo del encanto de Scott ante las mujeres. Zelda decía que cuando no traspasaba esa barrera de la ebriedad salvaje, Fitzgerald resultaba tremendamente atractivo para el sexo opuesto, capaz de conquistar a cualquiera. Era la antítesis del macho Hemingway, pero ese aire desvalido y frágil que le acompañó media vida resultaba interesante a los ojos de las mujeres. Ernest propagó el rumor a principios de los años treinta de que Scott era impotente y que por esa razón Zelda había buscado acumular uno tras otro amantes hasta volverse loca. Quizá el juicio más verdadero sobre Ernest y su tendencia a adornar su existencia fue el que expresó en algunas cartas Zelda a su marido. El problema fue, que a mediados de los años treinta, a la señora Fitzgerald nadie podía hacerle demasiado caso en su estado. La verdad, es que aunque en el presente la realidad pareció darle la razón a Hemingway, toda la correspondencia entre Zelda y Scott que se publicó años después de la muerte de ambos terminó por destruir los testimonios maliciosos de Ernest sobre la pareja. La sensación que me dejaron sus cartas la primera vez que las leí, o al releer las que consideré más esenciales para preparar este texto, me hicieron comprender que la historia de amor entre Zelda y Fitzgerald duró toda la vida, extendió sus efectos a la practica totalidad de lo que los dos vivieron, y no por su fracaso inevitable, ni por la distancia que la esquizofrenia de Zelda y el alcoholismo de Scott provocó entre ellos, como si fueran pólvora y mecha a punto de la explosión cada vez que se encontraban, mermó un ápice su pasión y su afecto. No fueron, desde luego, una pareja al uso, pero en el fondo, el amor no suele esconderse a menudo en las relaciones convencionales. Los sentimientos de aprecio, la unión que fraguaron durante años fue fructífera e intensa incluso en los peores momentos o en el transcurso de la larga separación postrera desde finales de 1938 hasta diciembre de 1940, y acompañó su existencia hasta el final de sus días.
Es difícil dirimir quién comenzó a a caer primero en esa espiral de desgracias que a partir del éxito de la década de los veinte condenó a los dos en el decenio posterior. Ellos fueron hermosos y malditos, héroes y víctimas de una época y unas circunstancias. Se enzarzaron en la nueva concepción del mundo que se vivía, en una vorágine de adicciones y vida alegre que fue devorándolos. Los comentarios de Zelda a Scott a raíz de la escritura de Suave es la noche fueron un acicate formidable para la pobre autoestima de Fitzgerald. La obra, aunque sin malas críticas unánimes ni mucho menos, fue recibida con frialdad. Scott ya no era el escritor de moda, y aquel libro complejo, estructurado con una originalidad incomparable a esas alturas, aun cuando guardaba la mayor parte del imaginario literario de Fitzgerald y algunas de sus mejores páginas, pasó desapercibida. Con sus defectos y sus virtudes, la novela alcanzaba momentos de una potencia literaria extraordinaria, y mantenía en sus más de seiscientas páginas la ilusión de un hombre que lograba resucitar entre las frases, que otorgaba la vida a un puñado de personajes memorables, que reconstruía la esencia de una época inolvidable, y de alguna forma anunciaba el cierre de una década y la comprensión inicial de un abismo que se avecinaba sin remedio. Quizá la frívola despreocupación que celebraron en los años veinte los llevó a ser castigados con el peso terrible de lo que acontecería en el mundo poco después de la muerte de Fitzgerald. Sin embargo, se amaron y celebraron una de las historias de amor más hermosas y terribles de la literatura, convirtieron sus vidas en el drama que el propio Fitzgerald siempre atisbó en su obras, se fueron hundiendo como maderos pesados en el agua y quedaron arrastrados por los acontecimientos históricos que acontecieron, por la crisis bursátil y el colapso económico mundial, por la llegada del fascismo y el nazismo, por el fin irremediable de los buenos tiempos y la inocencia, y en todos y cada uno de eso días en los que naufragaban, siempre, siempre, pensaron uno en el otro.
Fitzgerald falleció de un ataque de corazón la víspera de la navidad de 1940, acompañado por la que era entonces su amante, Sheila Graham, en su apartamento. Llevaba tiempo preparando El último magnate, la obra inconclusa que nos legó. Había recuperado en cierto modo breves instantes de sobriedad para poder afrontar el reto de concluir la novela. Sheila Graham dejó posteriormente testimonio de aquellos últimos tiempos a su lado, de las circunstancias que propiciaron su despido de Hollywood por presentarse borracho a una reunión, del modo en que extrajo fuerzas de flaqueza para poder terminar la novela, de esa muerte silenciosa y triste, como si fuera una luz que se va apagando, del que fuera el mejor escritor norteamericano junto a William Faulkner de esas décadas.
Las escasas necrológicas que la prensa le otorgó los días siguientes a su muerte siempre hablaron de lo mismo, de un escritor tocado por una varita mágica que se había extinguido sin llegar a alcanzar el techo que se esperaba de él.
Hay dos hechos, sin embargo, que me parecen reseñables y que de alguna manera terminaron por rescatar su obra del olvido y desautorizar el proceso de demolición emprendido por Hemingway. En primer lugar la figura de Max Perkins, la persona a la que tanto Ernest como Scott utilizaron durante los años en que la relación entre ambos se había destruido para saber uno del otro. Max no dejó testimonio de sus preferencias, pero sus actos y ciertos esfuerzos que llevó a cabo tras la desaparición de su viejo amigo Fitzgerald, me empujan a pensar que no sólo consideraba a Scott como alguien más cercano, fiel y querido, sino que, además, confiaba ciegamente en su obra por encima de la de Hemingway. Perkins hizo todo lo posible para que, paulatinamente a lo largo de la década de los cuarenta, la literatura de Fitzgerald fuera reeditada y el nombre de Scott reivindicado como uno de los más grandes de la literatura contemporánea. Las razones del empeño fueron una mezcla de emociones en torno al autor de El Gran Gastby: una confianza ciega en alguna de las obras que Fitzgerald dejó escritas y el afecto personal que sentía por el que fuera su escritor estrella junto a Sherwood Anderson en los años viente.
Conforme he ido acumulando información sobre este increíble editor más he deseado conocerlo y más admiración me ha causado. Desde la correspondencia intercambiada con Fitzgerald en la época de bonanza y sus ayudas posteriores incesantes, una lucha empecinada destinada a que terminase Suave es la noche para convertirla en la novela más importante de los años treinta, su esfuerzo por rescatarlo una y otra vez del desastre y reivindicar con una fe ciega el poder de su literatura, me hacen considerarlo sin duda como uno de los editores del siglo XX más honestos y comprometidos de cuantos he sabido. Probablemente, sin Max, sin su amistad y su cercanía, sin su confianza, los lectores hubiesen recuperado del infierno a un autor de la envergadura de Fitzgerald, pero el proceso hubiese sido a buen seguro más lento, y el camino mucho más tortuoso. Perkins poseía dos cualidades fundamentales para su oficio, estaba lleno de conocimientos literarios y era un hombre modesto, algo raro en este mundillo. Su figura engrandecia la ya de por si majestusoa colección de historias y relatos que Scott fue escribiendo a lo largo de su malograda existencia.
El otro factor esencial de esta conjugación de astros que años más tarde pondría las cosas en su sitio fue la pasión literaria de Fitzgerald, que superaba con creces a su deseo de éxito, e incluso a su alcoholismo crónico o el valor de su propia vida. Si Fitzgerald hizo algo durante el transcurso de su existencia fue escribir y escribir hasta alcanzar la maestria en un puñado de obras memorables. Es cierto que sus precarias condiciones de supervivencia y su salud a partir de cierta época, su menosprecio a sí mismo y su desconfianza respecto a su persona, hicieron que diera luz textos que en otras circunstancias se hubiesen quedado guardados en un cajón, pero la fe en el poder de su narrativa, un poder efímero que se marchaba y regresaba, que se perdía y era hallado por momentos, en ese destino de escritor que a pesar de la repercusión siempre estuvo vivo como un remordimiento y una obligación, le empujó a resistir dolores y pesadillas, la humillación del olvido forzado, tristezas y ruinas, y a emprender como un último suspiro El último magnate. Fitzgerald no fue otra cosa que un escritor, uno de esos auténticos que sólo inclinaron la pluma finalmente ante la muerte.
Cuando uno repasa los improperios lanzados, la ira del todopoderoso Hemingway de los años cuarenta y cincuenta, y esas alusiones incesantes a la falta de entrega, a lo diletante del caracter de Scott, a su ambición burlada, no puede por menos que enfrentar esos comentarios al grueso de la obra que nos ha llegado de Fitzgerald. En cuarenta años, a pesar de la desgracia, nos dejó miles de páginas literarias de primer orden, y unas cuantas sublimes, lo que contradice con su evidencia la acusación de Ernest acerca de que Scott en vez de escribir prefería beber. Las dos pasiones de Fitzgerald, o las tres si incluimos su desmesurado amor por Zelda incluso en los peores momentos, combatieron durante una década por imponer su preeminencia. El alcohol y la literatura terminaron por hacerse amigos ante la imposiblidad de un pacto de equilibrio, y aunque es cierto que los grados etílicos ingeridos fueron disminuyendo la capacidad de Fitzgerald a pasos agigantados, mermando su salud y destruyendo cualquier atisbo de esperanza posible, la literatura surgió hasta el final de sus días, las palabras continuaron brillando en el horizonte de sus ojos azules tan claros, casi grises, siguió sonriendo cuando una página memorable surgía ante sus ojos y mantuvo el criterio necesario para guardar el nivel de calidad que trató de imprimir a toda su obra a lo largo de su extencia.
A Fitzgerald le preocupaba la literatura, se obsesionaba con la calidad, con el sentido de lo que escribía, investigaba, leía, trataba de continuar en pie como escritor y tal vez eso le permitó vivir y escribir cuarenta años. Detrás de su resurrección y posterior consagración, tras las películas que se realizaron en los años sesenta y setenta sobre sus novelas, después del éxito universal de algunas de sus obras maestras, leídas en medio mundo e intactas en el centro del canon literario del siglo XX, no se encontraba el azar o el capricho, sino el empecinamiento consciente y constante de un hombre desgraciado que siempre miró de frente a su profesión de escritor.
He tratado de leer la mayor parte de los textos y documentos acumulados en torno a una amistad que se fraguó intensa y feliz en apenas un año y medio en Francia, y que luego se convirtió en una obsesión para Ernest y Fitzgerald. ¿Cómo es posible que el gran triunfador en aquel presente de los años treinta y cuarenta, el escritor que ganó el premio Nobel de literatura en 1954 y salía victorioso del reto que silenciosamente se fijaron al pretender ser los mejores escritores de su generación, pudo haber sido tan mezquino y desagradecido con el vencido?
Fitzgerald admiró hasta su muerte la figura literaria y personal de Heminwgay. Acerca de su literatura, hay pruebas de suficiente peso como para que Ernest hubiese reconocido que en lo mejor que escribió, sus primeros escritos a mi juicio, tuvo detrás la inestimable opinión, la sesuda corrección y el consejo de Fitzgerald, que no sólo se ocupó de él en la medida de sus posibilidades a finales de los años 20, cuando él era un escritor de éxito, consagrado y con relaciones literarias estrechas, sino media vida, de difundir la obra de Hemingway, sino que participó activamente en los procesos de corrección de las iniciales recopìlaciones de cuentos y de las dos novelas primeras de Hemingway Fiesta y Adiós a las armas. En la relación de Fitzgerald con él se percibe más la propia incomodidad de Scott con su propio ser que una rivalidad personal y enconada –Scott casi siempre habló en terminos exagerados positivamente de Ernest-. Lo fascinante a mi entender es la postura del otro, su increíble engreimiento y la distancia que marcó a propósito entre él y Scott, su proceso consciente de distorsión de la realidad a su favor, sus comentarios despectivos y falsamente compasivos, su desprecio en ciertas épocas por su obra, y su crucifixión posterior tras su muerte.
Hay una anécdota de finales de los años 20 que me parece importante. En una reunión en casa de Gertrud Stein en Paris, un apocado Fitzgerald había dejado todo el protagonismo al insaciable Hemingway. Stein también hizo lo suyo por Fitzgerald, ese muchacho americano bien parecido y famoso que llegó a Francia en el año 28. Fue en casa de Gertrud donde Hemingway conoció y sedujo nada más y nada menos que a Ezra Pound y comenzó a labrarse su reputación literaria. Ernest, como solía hacer muy a menudo, debió ofender en público a Fitzgerald. La admiración de Scott por su amigo era de tal envergadura que incluso en términos literarios, donde Scott albergaba cierta seguridad, no era capaz siquiera de reprocharle nada o de enfrentarse abiertamente a él. En aquella ocasión fue Gertrud Stein la que le dijo a Hemingway en presencia de Fitzgerald y ante sus impertinencias, a parte de todo el mundo, que a su entender, la obra de Scott perduraría, “sería leída en el futuro”, y la suya no estaba hecha más que de añagazas y superficialidad, una literatura construida para sus contemporáneos sin más, que se iría diluyendo conforme su presencia física se disipara. En la gira que la propia Gertrud Stein realizó por Estados Unidos en el 34 aprovechando su repentina fama como gran dama de las letras americanas del exilio, Steín, a contracorriente y a pesar de que Fitzgerald era ya un escritor olvidado, siguió con buen tino argumentando que Francis Scott Ftizgerald era el mejor escritor norteamericano de su generación, muy por encima de las dotes comerciales y el famoso estilo Hemingway, que se impondría por doquier a lo largo de esa década y la siguiente hasta ganar el premio Nobel por ello.
Tengo la sensación de que Hemingway percibió desde un principio que jamás llegaría a alcanzar los logros literarios de Scott Fitzgerald incluso aun cuando él fuera convertido, a veces pienso que por razones extraliterarias, en el nuevo profeta de las letras futuras. En su fuero interno, cada vez que se hallaba frente a un texto de su viejo amigo no podía evitar pensar que no lograría siquiera aproximarse a su talento, que por mucha fama y éxito que le rodeara, Scott siempre fue mejor, siempre llegó más lejos y con sus obras ensombrecían cuanto pudiera hacer Ernest. La prueba mayor de ello fue que jamas reconoció la enorme ayuda que Fitzgerald le otorgó en sus primeros tiempos. De esta enfermiza comparación, y a pesar de sus bravuconadas y sus salidas de tono, nos queda la sensación de inferioridad frente al otro, que se intensificó tras la desaparición de Fitzgerald y ante los esfuerzos de Wilson y Max Perkins para reeditar y engrandecer la obra de Scott, de ahí su incesante proceso de desmitificación, sus constantes comentarios negativos, sus juicios arbitrarios y virulentos contra el autor de El Gran Gastby.
En algunas cartas halladas tras la muerte de Hemngway se puede apreciar la fascinación que fue sintiendo a lo largo de los años por Suave es la noche, fascinación que nunca confesó en público, y que ni siquiera expresó con claridad a Fitzgerald. A Hemingway le faltaba mucha humanidad a pesar de defender causas justas en la década de los cincuenta por medio mundo como para poder escribir obras de la importancia de El Gran Gatsby y El último magnate, estaba a años luz de la profunda sensibilidad de Scott en Suave es la noche, e incluso su presunta revolución estilística, uno de los motivos fundamentales por el que se le concedió el Nobel, quedó como un asunto insignificante años después ante el resurgir crítico de Fitzgerald, frente a la complejidad estructural y formal de las obras de su amigo, al lado de la perfección estética y la profunda inteligencia narrativa de Scott. Partiendo de esa enorme derrota, que debió planear toda su vida a pesar de los aplausos del presente, nacieron en verdad todos los hartazgos y exhabruptos contra Scott que, a lo largo de los años, no cesaron. Tal vez envidiara incluso la coherencia de su amor por Zelda, o su manera de perder, su extraño mimetismo con el tiempo que les tocó vivir, su debacle interior que a la larga conformaría una parte importante del mito Fitzgerald.
Hemingway repudiaba el alcoholismo lleno de debilidad y de extravagancias de Fitzgerald, y en muchas ocasiones lo trató de memo y afeminado, de bebedor inútil. Es curioso como el destino se cebó con Ernest, alcholizado practicamente desde los años cuarenta hasta el día de su muerte. Tal vez su ensañamiento con la fragilidad de Fitzgeral ante el alcohol no fuera otra cosa que el pavor de verse retratado en el otro, que no fuera en verdad más que una percepción de sí mismo que censuraba y que a la postre terminó por arruinar su literatura y su salud, con repeticiones innecesarias, textos prescindibles y una constante vuelta a los asuntos y temas que le interesaron cuando comenzó a escribir. El alcohol que tanto exasperó a Hemingway al ver reflejado sus efectos en Fitzgerald, terminó por apoderarse de él, como si una extraña maldición se hubiese ceñido a su figura, como si debiera pagar en el fondo por todo lo malo, mezquino y terrible que cometió contra su amigo, por el enseñamiento con el que arruinó del todo la frágil autoestima de un hombre sensible y complejo, de un escritor auténtico y deslumbrante que pasados los años se convertiria en uno de los más importantes del siglo de la literatura universal.
Soy de Fiztgeral por todas estas razones, quiza porque sé que Zelda murió quemada en un incendio accidental que aconteció en la clínica Highland donde estaba recluida, porque sé que ambos escribieron un barrunto de sus años mágicos durante la fatídica década de los treinta, cuando el declive asomaba a sus vidas, quizá porque nunca pudieron abandonar el recuerdo de aquella época; Zelda Save me the waltz, y su marido Tender is the night. Porque quizá Hemingway jamás pudo llegar a amar otra cosa que a si mismo, y Fitzgerald, sin embargo, poseía una humanidad y un amor inmensos que sólo el alcohol una y otra vez estropeaba. Tal vez porque ante la ruina de Scott y el triunfo desmesurado e injustificado de Hemingway, injustificado no sólo en términos literarios, sino bajo un juicio moral, me encuentro siempre más cerca del primero, de su silencioso intento de redención al comenzar El último magnate, de su desgraciada historia de auge, cima impensable y caída abrupta en el dolor, el olvido y la derrota. Soy de Fitzgerald porque él entendió algo más de todo lo que había vivido y no hizo falta volarse la tapa de los sesos con una escopeta al comprender que toda su existencia había sido una farsa, una tragicomedia insoportable al igual que todas. Porque siempre me perderé entre las obras del “pobre Scott” con la fascinación del lector exigente, y tengo la sensacion de que las obras de Hemingway quedarán polvorientas y amarillas en el fondo de la biblioteca, sin más concesión a su recuerdo que los concursos de dobles que año tras año se celebran en Estados Unidos. Quizá porque durante el tiempo que he dedicado a revivir la obra y la biografía de Fitzgerald lo he sentido más cerca que nunca hasta el punto de aproximarme a su dolor con una tristeza que hice propia y que me ha afectado hasta causarme esporádicas depresiones. Tal vez porque Hemingway representa a mis ojos algunas de las actitudes que más detesto en un ser humano pese a sus innegables, aunque sobrevalorados, registros literarios, y Fitzgerald vuelve a reconciliarme con la idea de justicia, una idea que quizá en los tiempos venideros no exista para los escritores presentes y futuros, pero que en su caso, se cumplió.
Me queda un regusto agradable a pesar del viaje a los infiernos de Fitzgerald vivido en este último mes. Cuando afirmo que soy de Fitzgerald, tengo la sensación de que el tiempo puso a cada cual en su sitio, y que, le pese a quien le pese, el mejor novelista americano de los años viente y treinta inmediatamente detrás de William Faulkner, y con permiso de unos cuantos nombres que se me ocurren, no fue Hemingway, sino Francis Scott Fitzgerald. Aquella vieja rivalidad injustificada tuvo al justo vencedor literario.
En cierto modo me aferro a ese triunfo que tal vez logra recordarme que aún es posible, que la materia de lo literario es capaz de reconstruir de las cenizas y los fantasmas, de las huellas de una historia partícular y hermosa, abierta al mundo y capaz de comprenderlo, el camino de esos elefantes con pies de plomo que son amenazados por el olvido. Cuando Fiztgerald escribió El Gran Gatsby alimentaba ya su superioridad sobre la literatura de Hemingway sin ni siquiera conocerse. La diferencia entre Scott y Ernest resultaría tan sencilla –y tan compleja a un tiempo- de explicar como afirmar cual es la distancia sideral entre El Quijote y las novelas de caballería que leía el personaje de Cervantes. Cuando Hemingway estaba balbuceando la revolución de un estilo, Fitzgerald hacia unos cuantos años que había expresado la riqueza de su literatura reflejada en ese personaje mítico de Jay Gatsby. En el fondo todo lo que surgía entre las páginas de esa hermosa obra tenía una apariencia de realidad que escondía una verdad metaliteraria. La grandeza de Gatsby no es otra que englobar en su esencia una tradición que se relacionaba directamente con obras tan fundamentales como Don Quijote o Madame Bovary. Era una novela sobre el poder de la literatura, que como la mayor parte de las novelas que adoro cuestionaba y guardaba en sus seno un diálogo con los siglos de escritura a sus espaldas. Gatsby proyectaba su grandeza en la realidad del mismo modo que un escritor – Fitzgeral o cualquier otro de envergadura- proyecta sus sueños y fantasías en sus libros, con la diferencia de que trataba de cumplirlos, de construirlos con elementos tangibles, de edificar su propio paraiso en vida con acciones reales cargadas en verdad de literatura, como un arquitecto sueña en sus planos y luego ejecuta ladrillo a ladrillo el fruto de su imaginación. Un viejo sueño imposible de escritores: conseguir que las palabras escritas cobren vida física. Esa sería al fin y al cabo la clave que definiría la distancia entre Fitzgerald y Hemingway.
Escribió Vargas Llosa en uno de sus magníficos ensayos literarios que Gatsby poseía la aptitud para confundir los deseos con la realidad, una aptitud que lo distinguía de la inmensa mayoría de los seres humanos y de muchos escritores de escaso rango. Algo de literatura de nuevo, una de esas metáforas que obligan irremediablemente a ser leídas.
Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacía el pasado.
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FRANCIS SCOTT FITZGERALD
Francis Scott Key Fitzgerald (Saint Paul, MInnesota, 24 de septiembre de 1896-Hollywood, California, 21 de diciembre de 1940. Es uno de los más importantes novelistas norteamericanos del siglo XX. Vivió la época dorada del jazz y los prodigiosos años viente, donde se convirtió en una figura pública conocida. Su carrera de escritor comenzó a menguar en el transcurso de la década posterior hasta morir en el olvido. Las distintas reediciones de sus obras a lo largo de los años cuarenta, tras su muerte, rehablitaron su obra hasta convertirlo en uno de los escritores fundamentales de la literatura norteamericana. Murió de un ataque al corazón la víspera de la navidad de 1940 en compañía de su amante Sheila Graham.
Bibiliografia
Novelas
- A este lado del paraíso (This Side of Paradise) (1922)
- Hermosos y malditos (The Beautiful and Damned) (1922)
- El gran Gatsby, (The Great Gatsby) (1925)
- Suave es la noche, (Tender Is the Night) (1934)
- El último magnate, (The Last Tycoon – originalmente The Love of the Last Tycoon) – (publicado póstumamemente, 1942)
Otras obras
Colecciones de cuentos y novelas cortas:
- Flappers y filósofos o Jovencitas y filósofos, (Flappers and Philosophers) (1920)
- Bernice a lo garçon o Berenice se corta el pelo (Bernice Bobs Her Hair) (1920)
- Cabeza y hombros (Head and Shoulders) (1920)
- El palacio de hielo, (The Ice Palace) (1920)
- Día de mayo (May Day) (1920)
- El pirata de la costa, The Offshore Pirate (1920)
- El curioso caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button) (1921)
- El diamante tan grande como el Ritz , The Diamond as Big as the Ritz (Novela corta, 1922)
- Cuentos de la edad del jazz, (Tales of the Jazz Age) (1922)
- Sueños de invierno (Winter Dreams) (1922)
- Dados, nudillos de hierro y guitarra (Dice, Brassknuckles & Guitar) (1923)
- Todos los hombres tristes, (All the Sad Young Men) (1926)
- The Freshest Boy (1928)
- Crazy Sunday (1932)
- A New Leaf (1931)
- The Fiend (1935)
- Toque de Diana, Taps at Reveille (1935)
- Regreso a Babilonia (Babylon Revisited and Other Stories) (1931)
- Historias de Patt Hobby (The Pat Hobby Stories) (1962)
- Los relatos de Basil y Josephine (The Basil and Josephine Stories) (1973)
- The Short Stories of F. Scott Fitzgerald (1989)
- The Bridal Party
- The Baby Party
Otras obras
- Los vegetales, o de presidente a cartero The Vegetable, or From President to Postman ( obra de teatro, 1923)
- El crack-up (The Crack-Up) (ensayos e historias, 1945)
ERNEST HEMINGWAY
Ernest Miller Hemingway (Oak Park, 21 de julio de 1899- Ketchum, 2 de julio de 1961). Escritor y periodista estadounidense y uno de los más famosos novelistas y cuentistas del siglo XX. En vida se convirtió en un fenómeno mediático con una repercusión pública tremenda. Le fue concedido el Premio Pulitzer en 1953 por la novela El Viejo y el mar y al año siguiente ganó el Premio Nobel de Literatura. Se suicidó disparándose un tiro en la cabeza con su escopeta de caza en julio de 1961
Bibliografia
Relatos
- Tres relatos y diez poemas (Three Stories and Ten Poems) (1923)
- En nuestro tiempo (In Our Time) (1925)
- Hombres sin mujeres (Men Without Women) (1927)
- El ganador no se lleva nada (Winner take Nothing) (1933)
- La quinta columna y los primeros cuarenta y nueve relatos (The Fifth Column and the First Forty-Nine Stories) (1938).Novelas
-
NOVELAS
- The Torrents of Spring (1926)
- Fiesta (The Sun Also Rises) (1926)
- Adiós a las armas (A Farewell to Arms) (1929)
- Verdes colinas de África (Green Hills of Africa) (1935)
- Tener y no tener (To Have and Have Not) (1937)
- Por quién doblan las campanas (For Whom the Bell Tolls) (1940)
- Al otro lado del río y entre los árboles (Across the River and into the Trees) (1950)
- El viejo y el mar (The Old Man and the Sea) (1952). Premio Pulitzer en 1953 y Nobel en 1954.
Otras
- Hombres en guerra (Men at War) (1932); antología
- Muerte en la tarde (Death in the Afternoon) (1982).
Obras publicadas póstumamente
- The Wild Years (1962); recopilación
- París era una fiesta (A Moveable Feast) (1964); novela
- Enviado especial (By-Lines) (1967). Artículos periodísticos para el Toronto Star entre 1921 y 1924
- Islas en el golfo [o Islas a la deriva] (Islands in the Stream) (1970); novela
- The Nick Adams Stories (1972)
- 88 Poems (1979)
- Selected Letters (1981)
- Un verano peligroso (The Dangerous Summer) (1985); pensado originalmente como un relato para la revista Life en 1959
- El jardín del Edén (The Garden of Eden) (1986); comenzada en 1946, Hemingway trabajó en esta novela durante quince años
- True at First Light (1999).
Cuenta mi madre que uno de los momentos más emocionantes de su vida sucedió en 1975 si no se equivoca en el año. En la plaza de Jorcas, un pueblecito insignificante y modesto de Aragón, atrapado en un valle montañoso de laderas y quiebros de las Sierra de Gúdar y Teruel, se arremolinaba la gente en la plaza expectante por ver a José Antonio Labordeta. Mi abuelo materno había sido admirador de la poesía de su hermano, Miguel Labordeta, poeta poco conocido de una calidad extraordinaria, que murió joven y se perdió entre las brumas del franquismo ensordecedor. José Antonio tenía un disco grabado en Francia entre cuyas canciones se encontraba El Himno a la libertad. Música clandestina en una época oscura llena de ilusiones futuras. Aquel vinilo ahora rallado y polvoriento fue durante años hilo musical discreto entre las paredes de mi casa. Yo nací en 1972, y francamente tardé años en entender porque mis progenitores adquirían ese aire solemne cada vez que aquellos versos que llegué a aprender de memoria surcaban los vientos del salón surgiendo de aquel viejo tocadiscos color crema de los años setenta.
Mi madre me confesó años después que nadie esperaba aquella reacción, aunque todo lo sucedido, aseguraba, poseía un aire nebuloso en su memoria, una especie de mitificación inevitable. Mi padre, tesorero de aquella mítica comisión de fiestas que inició la recuperación de las celebraciones estivales a lo largo y ancho de la sierra, hasta extenderse como la pólvora años después por todas las poblaciones cercanas, y al igual que el resto de los que dirigieron aquella extraordinaria iniciativa cultural y lúdica en una España inquieta que ya atisbaba el final del régimen y se nutría de expectativas y sueños dorados, sabían que había una lista de canciones prohibidas por la delegación del gobierno, una lista que caía como una losa sobre el repertorio del cantante. Ella no recordaba cuanto tiempo permaneció sobre el escenario o si cantó cinco o diez canciones, sólo percibió ese hermoso cosquilleo que desde el interior de la plaza milenaria inundaba los corazones: veía a los jóvenes alborotándose a la orilla del tablado, se escuchaba el rumor incesante de los asistentes, la mirada torva de los que todavía defendían lo indefendible y de los que condenaban la llegada de Don José Antonio -un rojo de mierda-, por entonces tan joven, con ese bigote eterno y ese vozarrón tan ronco y terrible. Entonces sucedió, me dijo mi madre, y fue como si la luz del atardecer se convirtiera en furia solar de mediodía. Pasó que aquellos acordes sencillos y poderosos anunciaron el inicio del Himno a la libertad. Labordeta se pasaba por el forro la lista y las prohibiciones y entonaba esa letra que todos aguardaban, y aquella maraña de gentes comenzó a alzar los brazos y a ponerse en pie, unieron las manos en el aire y entonaban juntos, imagen tan hermosa en labios de mi madre, y tan distinta a casi todo lo que acontece ahora, no sólo por la estética del instante, sino por la enorme necesidad del momento, por esa espiral de energía que anunciaba el cambio inminente.
Sonaron esas palabras antes de que la guardia civil reaccionara a tiempo.
Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad…
Por Dios!. Mi tía Magdalena, beata lúcida y algo anticlerical desde que el padre León le sugiriera sin éxito que le cediera las mejores tierras que poseía para fervor y gloria de la Diócesis turolense en 1958, se llevó las manos la cabeza en el balcón de la casa de la plaza. Mi abuela se puso a rezar a todos los santos conocidos que recordaba. Mi abuelo paterno se quito la gorra, y mi madre y mi padre tan jóvenes entonces, se sumieron en ese reconfortante orgullo de pertenecer a esa fiesta, a ese hartazgo que expresaba su triunfo frente al escenario, a ese hermoso himno que despertaba la ilusión de otra vida, que reconciliaba a los perdedores de la guerra, a mi abuelo materno, poeta y concejal del frente popular en 1933, sus sufrimientos y represalias, su existencia silenciosa y fragmentada en imposibles revelaciones, a todos lo que habían soñado con otro lugar y otro mundo, con los silenciados y los apartados, y se entrelazaba todo ello con esa juventud ilusionada que comenzaba a corear la letra mágica, con esa claridad estrepitosa y magnífica que retaba al presente cuando el futuro pareció en ese instante una realidad.
El concierto fue cancelado poco después, o al menos es lo que mi madre contó, y a mi padre y al resto de miembros de la comisión de fiestas los fueron enviando junto a Don José Antonio Labordet a un reservado. Se interrogó al cura del pueblo, quien aseguró sin titubeos que todos esos muchachos eran gentes de buenas familias cristianas y sin malicia.
A veces pienso que yo mismo inventé esta historia, pero me gusta contarla de vez en cuando y mi madre no suele censurarme, forma parte del imaginario familiar. Pensé muchas veces en mi padre, tan modesto y discreto, pasando unas horas en compañía de ese hombre entonces mucho menos conocido de lo que luego sería. Fue valiente José Antonio, de eso estoy seguro al menos.
Durante años desfiló por esa plaza mayor en la que yo caminaba todos los veranos, entraba en las casas, se paseaba por la tasca del pueblo y charlaba con las gentes que se encontraba a su paso. Tenía ese don de llegar al mocerío, ese interés sincero por los ancianos y sus vidas, conocía su tierra de primera mano y siempre agradeció a este pequeño pueblo, a Jorcas, el haberle permitido cantar cuando entonces todo eran dificultades.
Después su éxito creció, llegó a dejar temporalmente su plaza de profesor de historia en un instituto y, sin embargo, regresaba a la Sierra de Gúdar, volvía cada verano a ese lugar al que dedicó una hermosa canción sobre un atardecer nublado y una mujer que lo miraba cantar entre los rostros del público.
Unos días después de la muerte de Labordeta, mi padre me dijo que la primera vez que actuó en Jorcas, lo hizo subido en un remolque improvisado envuelto en la bandera cuatribarrada de la corona de Aragón. Hace unas horas descubrí la fotografía en un periódico aragonés y ese detalle que mi viejo reveló me llenó de orgullo. Todavía hoy en día, en el transcurso de las fiestas de la Virgen de Agosto, fiestas que ya nada tienen que ver con aquellas de los años setenta y las primeras de los ochenta, en la fachada lateral del ayuntamiento puede leerse esa frase memorable de una de su canciones: Esta tierra es Aragón.
De niño aprendí muchas de su letras y aún hoy en día sigo recordándolas: Somos, Esta tierra es Aragón, Arremojate la tripa, el Himno a la libertad, Banderas rotas. Labordeta fue esencial en el aquel proceso de aprendizaje, más que nada porque había sido importante para todos los que me rodeaban, y el recuerdo de niño poseía una admiración y un afecto inolvidable. Tenía esa dignidad compleja de definir, esa mirada serena y plácida que rara vez se agachaba. Recuerdo su sonrisa, incluso siendo muy niño la recuerdo, esa sonrisa entre los bigotazos, esos gestos que luego extendió de pueblo en pueblo en aquel maravilloso programa Un país en la mochila. Años más tarde descubrí que era un lector empedernido de poesía, que además ejercía de poeta de tanto en tanto, algo previsible oyendo sus letras.
Cuando se transformó en un personaje afamado de la televisión me pareció que aquel quizá era otro José Antonio Labordeta, hasta que un viejo conocido de un pueblo cercano, miembro de la Chunta Aragonesista, el partido fundado entre otros por el cantante, me informó una tarde de los esfuerzos personales de este hombretón, maño inconfundible, por poner en el mapa a su comunidad, su empeño por batallar en esa infausta legislatura de comienzos de los noventa contra la intolerancia , la prepotencia y el vacío, el ingente trabajo realizado junto a su gente para convertir a la Chunta Aragonesista en un partido clave de la región y alcanzar esa posición de bisagra necesaria para influir en muchas alcaldías o en el propio gobierno de la comunidad.
He leído tantas cosas en los periódicos tras su muerte que me han recordado su proverbial bondad. Muchas tardes me senté frente al televisor en otra época de mi vida simplemente para sentir esa humanidad contagiosa en sus paseos por los rincones de España, y lo hacía porque necesitaba otro discurso a mi alrededor, otra actitud, aunque fuera en las forzadas representaciones del fraudulento mundo televisivo, incluso a pesar de las críticas de algunos maliciosos que denunciaban cierta falta de espontaneidad en sus actitudes o que insistían sin posibilidad de saberlo en que preparaba como si se tratase de un actor cada uno de sus encuentros con los lugareños. Para mí seguía siendo el mismo tipo sencillo y afable que caminó tantas veces por el antiguo empedrado de Jorcas, el mismo hombre campechano y cercano que se colgaba la guitarra al hombro y desafiaba las tormentas de verano encaramado al escenario que desde aquel viejo remolque oxidado terminó por alcanzar un rango digno, tablado de madera y hierro, con una altura suficiente para ese aragonés ilustre.
Ayer mismo me adentré en You Tube buscando imágenes del viejo profesor. Entre las grabaciones guardadas encontré un concierto multitudinaria de Labordeta. Finalizaba la actuación anunciando como despedida El Himno a la libertad. Se trataba de un recital reciente, ya alejado del origen de aquellos versos que alimentaron la ilusión de mi madre en 1975 y de los conciertos en la plaza de Jorcas en los que tantas veces le oí cantar esa canción. Me emocionó volver a escuchar esa melodía, el viejo Labordeta con escasos cabellos canosos, las ojeras oscuras bajo las cejas pobladas, el gesto adusto y solemne, ciertas arrugas, con sus sempiternas gafas ovaladas y su bigote blanco, entonaba de nuevo esa hermosa letra que tal vez no sería aconsejable olvidar, porque no se hizo contra el franquismo solamente, sino a favor de toda la libertad que diariamente, en cualquier parte del mundo, en cualquier democracia imperfecta, tiranía o infierno que podamos imaginar, nos quitan, nos devoran, nos comen sin que podamos alzar la voz o responder mordiendo. Tchebe entró en ese momento en la habitación y le dije que escuchara esa canción que conocía, que viera las imágenes a mi lado. Lo sucedido después volvió a reafirmarme en algunas ideas sobre esa bella trova y ese hombre fascinante. Una francesa sin raíces españolas, que llegó aquí, a este país canalla, en 1994, escuchaba esa melodía con los labios temblorosos y el rostro demudado, y entonces me acordé del año 1999, si no me equivoco el penúltimo verano en el que Labordeta pasó por Jorcas con su guitarra y su vozarrón. Fue una despedida quizá inconsciente de la que ahora me doy cuenta. La fatiga se aproximaba, y aunque tardó en llegar aún, debimos interpretar aquel regreso como el inicio de un adiós. José Antonio Labordeta vino a tocar a esa plaza en la que había cantado durante más de una década para despedirse de una de las personas de aquella antigua comisión que había muerto joven y en circunstancias desgraciadas, alguien a quien deseaba homenajear en el lugar donde se conocieron, un pueblo en el que en aquellos setenta mediados forjó de alguna manera su carrera pese a las dificultades, un rincón perdido en el mundo donde entonó el Himno a la libertad y vivió esa presunta detención, esa alegría inmensa, ese sentimiento extraordinario que mi madre me revelara muchos años después.
Ese año pasaba el verano en compañía de Tchebe y de una vieja amiga suya, Coco. Les había hablado tanto de Labordeta que tenía cierto temor al concierto, tarde de sábado que amenazaba lluvias, cuando ya las fiestas patronales se habían convertido en excursiones alcohólicas y puramente lúdicas, sin aquellas antigua intención cultural, inquieta y rebelde en cierta manera. Los años habían transcurrido, España era por entonces ya un país supuestamente rico a nuestros ojos, los cantos a favor de la libertad habían perdido fuerza amortiguados por el fluir del dinero, la vida se adormilaba en un paulatino proceso de aburguesamiento consumista y cutre, antiguo, demasiado obvio y obsceno frente a nuestra vecina Francia y a la Europa de primer orden. El tiempo nos dio la razón a los incrédulos desgraciadamente, y lo peor es que quizá nos la siga dando a nuestro pesar, pero ese es otro cantar y no quiero ser agorero. Escuchar a Labordeta tantos años después, situarlo en el mismo escenario no ya con los ojos de aquel niño impresionado, sino con la mirada del joven a punto de inclinarse ante la bestialidad del mundo, susurrando de reojo la vieja rebeldía y aceptando las convenciones y la mediocridad a la fuerza, suponía para mí un reto, contemplar cómo todo había ido cambiando al paso de mi derrota, y tener eso ojos franceses a mi lado me provocaban una ligera tensión, como si Labordeta fuera mi padre o yo mismo, y yo respondiera con mi dignidad de su música.
Estoy viendo su corpachón y esa mirada franca, la guitarra colgada de un cinta sobre el hombro y sus dedos gordezuelos rasgando las cuerdas. Pienso en la extraña sensación que se produjo, con la amenaza de tormenta veraniega una vez más sobre las cabezas de los espectadores, repitiendo aquella vieja maldición de los nostálgicos. Qué demonios tenía ese hombre para que todos guardaran silencio en esa plaza siempre bulliciosa en fiestas, para que las miradas quedasen fijas en él, en su guitarra agarrada como un martillo, en su paso algo torpe por el escenario. Era la antítesis de la rock and roll star y sin embargo su dignidad provocaba ese silencio inmenso cargado de respeto. Cuando casi una hora después de comenzar el recital rascó las cuerdas con esos acordes y cantó El himno de la libertad, la expresión de Tchebe contuvo una emoción que a la fuerza tenía que ser ajena al origen de su letra y su intención de aquellos años setenta mediados, y no obstante le estaba diciendo a gritos algo, estaba apelando a su dignidad, y lo mismo le sucedía a Coco, que chapurreaba español con un acento terrible y con la boca abierta oía ese toque de guitarra basto y poco virtuoso, esa voz profunda que parecía llegar de las rocas de la pedriza, de la seca piedra caliza de las Peñaroyas como un eco de otro tiempo. Incluso Esta tierra es Aragón quedo en el tarareo gabacho al menos unas semanas después de aquellas largas vacaciones inolvidables. Supongo que el estío del año 99 fue memorable en aquel recorrido feliz por el Maestrazgo y las sierras de Teruel, Javalambre y Gúdar, por los baños desnudos en esos ríos de aguas heladas y los paseos despreocupados, por esas fiestas patronales deliciosas que aún entonces guardaban alguna esencia del tiempo perdido y su origen, o quizá todavía la guarden para el mundo aunque yo ya no lo vea, pero de todas aquellas semanas, de la tristeza de nuestra vieja amiga Coco por entonces y la memoria fértil de Tchebe, 1999 quedó encuadrado en esa hermosa tarde de música y poesía que nos regaló José Antonio Labordeta un 14 de agosto, como un eco memorable de la dignidad humana reflejada en el rostro de ese hombre y de todos los poetas, algo que les hacía pensar a las dos en Brel y en Brassens, en el viejo Moustaki, en Leo Ferré o en Aragón. Coco se rió a carcajadas con la historia del mono y el Juez que Labordeta contó a mitad de concierto con la sonrisa en los labios. Se la oí en otros conciertos pero no me importó.
Once años después, hace apenas unos días, cuando Tchebe volvió a escuchar el Himno a la libertad sabiendo que Labordeta había muerto, sus ojos se llenaron de lágrimas, las mismas lagrimas que inundaron el corazón de mi madre tantos años atrás, la misma sensación de hermandad y rebelión que siempre sentimos en el Aragón desierto de sierras escarpadas y secas, de pueblo vacíos y soledades dignas, esa esencia que Labordeta, de puro amor, siempre expresó en todas partes como si fuera un embajador sin título de una tierra que amaba.
Años más tarde vendría la televisión y sus espectaculares legislaturas en el parlamento. Se hizo aún más famoso, no sólo en el entorno antifranquista de los setenta o en ese Aragón que siempre lo tuvo presente, sino para toda España. Fue memorable aquel momento democrático en el que ante el pataleo y la burla incesante de aquel partido popular en mayoría absoluta y con el rumbo atrofiado, que boicoteaba su intervención mientras intentaba una y otra vez hablar, su cabreo ante aquel simulacro de congreso, propició su enfado airado, ese a la mierda ante los insistentes gracioso para dar la vuelta al mundo catódico de la noche a la mañana. Quizá demasiado poco para un luchador de su envergadura, pero lo cierto es que su figura creció, y lo hizo alejada del exabrupto de esa tarde ruidosa. Lo hizo con sus textos de beduino en el congreso y con su literatura, con sus libros de poemas, con todas esas canciones que nos fue dejando a lo largo de tantas décadas.
Ahora, a veces Tchebe canta El himno a libertad a Mateo y tratamos de que posea ese sentido universal y eterno que igual valdría para Aragón o la España del franquismo, para la Cuba de Castro o frente a los sucios tejemanejes de la extrema derecha norteamericana, para los especuladores del populismo barato y falso, o para los aprovechados y los corruptos de las democracias vencedoras, para los tiranos de tantos y tantos países, hecha para todos esos seres humanos que por alguna razón sienten o puedan llegar a sentir que su libertad queda coartada por el ruido ensordecedor de la estupidez, la maldad o la historia de los vencedores. Otras entona los conmovedores versos de Banderas rotas, de todas esas banderas que como las suyas y las de otros muchos antes, y tristemente como las que se quebrarán en el futuro en el incierto devenir del mundo, se alzaron entusiastas para quedar rotas por la vida.
Me cuentan que en algunas de sus reuniones con parlamentarios, silenciosas y discretas, logró unificar a gentes de ideas y mundos opuestos, que hasta el infausto Jiménez Losantos le hizo un hermosa necrológica en su inefable programa de nada y miseria, y que en más de una ocasión mentó en público que el abuelo le ofreció la posibilidad de leer y gratis a la mayoría de los escritores latinoamericanos del boom; que aquellos que compartieron sus ideas en Aragón se citaron con todos los demás en esa capilla ardiente en la que 65.000 personas dejaron sus huellas y el cariño hacia un hombre irrepetible que siempre quiso ser recordado como un árbol caído, como un pájaro herido, como un hombre sin más.
Un viejo amigo de mi padre que asistió hace algo más de un año a uno de sus últimos conciertos en Teruel, le contó que, en una conversación posterior al recital, Labordeta expresó ante un grupo de personas cercanas las ganas que tenía de volver a Jorcas a cantar antes de que todo desapareciera, como si el círculo de aquellos comienzos ilusionantes, aquellos años en la ciudad de Teruel en los que animó e hizo revivir la triste vida cultural de una capital de provincias pequeña y aburrida, algo que fijó su destino en medio de la casualidad para empujarle junto a su voluntad y su bondad hacia lo que luego terminó por convertirse, tuviera que cerrarse en el pequeño pueblo que vio nacer a buena parte de mis antepasados, ese lugar en el que tantas veces fui feliz.
No volví a verlo en vivo después del año 1999, y eso que en mi primera y fallida novela sobre la educación escribí un capítulo acerca de esa noche en la que acabó en el cuartelillo entre los verso del Himno a la libertad y esa joven y esperanzada comisión de fiestas, tal vez porque su presencia siempre fue importante incluso cuando me alejaba de sus pasos tozudo, envuelto en mi vida maldita y en mis deslices autodestructivos.
Los tiempos cambian pero él me hacía pensar que algo podía quedar de toda esta velocidad ciega, era como si saber que al abuelo estaba vivo me diera tranquilidad, me ayudara a situar las cosas de la existencia en su justo lugar. Ahora siento algo más de de orfandad, y quiero recordar sus paseos por las calles de Jorcas, su voz llenando el vacío en aquella sierra pelada y en extinción que durante los estíos recuperaba la magia de otro tiempo habitado, su guitarra colgando del hombro, su sonrisa a los muchachos en los que tanto confiaba, sus trayectos por los pueblos de España con una mochila a cuestas y ese a la mierda que en verdad representaba a una mayoría de la ciudadanía española en ese momento harta de mentiras y manipulaciones, de prepotencia y cinismo. Me quedo con esa frase que solía decir en público y en privado, como si no hubiera diferencia en el ámbito de una y otra existencia, que se sentía un extraño entre parlamentarios, que no servía para ser diputado porque siempre trataba de decir la verdad.
A mi padre le queda un compadre menos y a mí me desaparece un tío abuelo que adoraba. Nací en Valencia y sin embargo siempre sentí como propia a esa tierra aragonesa tan sobria y resistente. Hoy en día, ante la realidad de la Comunidad Valenciana siento un irreprimible deseo de adquirir la nacionalidad aragonesa para alejarme de todos los Gürtel y sus secuaces, de la maligna influencia del endiosamiento y la soberbia, de la triste corrupción aplaudida, o de ese ruidoso circuito de Fórmula 1 que ensordece las miserias de la capital del Turia. Esta ciudad, como dice Tchebe, ya no es lo que era, ya no guarda casi nada de lo que fue. Tal vez sea el momento de convertirnos en sobrios aragoneses, y Labordeta siempre será una de esas razones que justifican el cambio hasta que haya una posibilidad de regresar -porque regresaremos-, quizá porque en aquel Viento niebla polvo y sol, y donde hay agua una huerta, y al norte los pirineos, en esos límites que siempre fueron Aragón, encontré la calida sencillez de un pueblo austero y silencioso, a veces modesto hasta la exasperación, o incluso distante a ojos superficiales, que de alguna forma se apoderó de mí para reflejarme donde se hallaba mi verdadera tierra.
Su lista de acompañantes, amigos y compañeros de viaje es inmensa, tantos que en los homenajes acontecidos tras su muerte los nombres se me arremolinan inasibles y me cuesta desentrañarlos, gentes con las que cantó, personas a las que acompañó o le acompañaron en cientos de causas y actos sociales, muchas personalidades famosas de la canción y la política, otras anónimas que como yo siempre mantuvieron esa memoria hermosa, esa agradable anécdota resguardada en el baúl de los recuerdos, una vida de diferentes caras y prismas, unidos siempre bajo una misma personalidad arrolladora y solemne, sincera y llana como pocas, que hizo de Aragón su bandera y de la libertad una lucha constante, obcecada y terrible. Miro entrevistas, leo palabras sobre él, artículos, textos biográficos y necrológicas emocionadas, y siempre me queda esa misma sensación de haber conocido a la misma persona, ese rostro familiar, esa sonrisa cercana y afable.
Ayer domingo luminoso en la sierra, Lucía, una vieja amiga de José Antonio Labordeta desde sus comienzos en los años setenta, que estuvo en el homenaje principal que se celebró al día siguiente de su muerte en Zaragoza , enumeró algunas de sus anécdotas memorables que compartió a su lado con el rostro solemne, y de repente, a todos los que estábamos a su lado nos contagió esa tristeza y esa alegría irremediable que desprendían sus palabras. De alguna forma algo de él continua vivo en el silencio de esas calles que anochecen en cuanto llega el otoño y se preparan para la dura soledad del invierno. Lo bueno es que en el estrépito del verano, entre esos niños que el 15 de agosto de todos los años alboroten en la plaza, o junto a esos muchachos ideando el amor entre los ramajes del río, o con esos que charlan sobre la roca, con los que beben sus primeras cervezas escondidos en los portales, junto a eso ancianos que con los años a cuestas cuidan apacibles de los huertos de las veredas del río, frente a la iglesia del siglo XVII o a lado de la Ermita de San José, quizá al final del camino de las Palomas, donde antaño en fiestas se alineaban los coches formando un par de kilómetros de cola a cada lado, junto al ayuntamiento donde siempre rezará ese lema de Esta tierra es Aragón, entre los matojos de secano de la Pedriza o en el tejado de los pajares agujereados, en la tasca de piedra con sus bancos de madera, en los chorros del Gamellón o en la corona de la Muela, cuando lleguen las tormentas del atardecer y el trueno ahogue el fragor de la vida, quizá se oiga entre los cientos de fantasmas de la historia allí reunidos esa guitarra bronca y sonora, la risa contagiosa y la mirada serena, los acordes del viejo himno, la ilusión de levantar alguna bandera que perdure, algún canto perdido que nos diga de dónde venimos y a donde, tal vez, deberíamos ir.
Va por usted, Don José Antonio, para que se arremoje la tripa en cuanto llegue la calor, para que veamos un horizonte hermoso que ponga libertad, para que nada de lo esencial muera y evitar preguntarnos aquello que usted rezaba de vez en cuando: a veces me pregunto que hago yo aquí.
Rosana-Banderas Rotas
Biografía
José Antonio Labordeta nació en Zaragoza en marzo de 1935, fue cantautor, escritor, poeta y político. Editó 16 discos aunque él siempre reconoció que le costó años saber el número exacto. Dice no saber donde se hallan la mayor parte de los manuscritos de sus obras literarias. Murió en Zaragoza, el 19 de septiembre de 2010. A su homenaje asistieron 65.000. personas.
Discografía
Andros II |
1968 |
Cantar y callar (EP, discolibro en la edición de Fuendetodos) |
1971 |
Cantar y callar (LP) |
1974 |
Tiempo de espera |
1975 |
Cantes de la tierra adentro |
1976 |
Labordeta en directo |
1977 |
Que no amanece por nada |
1978 |
Cantata para un país |
1979 |
Las cuatro estaciones |
1981 |
Qué queda de ti, qué queda de mí |
1984 |
Aguantando el temporal |
1985 |
Qué vamos a hacer |
1987 |
Trilce |
1989 |
Tú, yo y los demás |
1991 |
Canciones de amor |
1993 |
Recuento (Labordeta en directo) |
1995 |
Paisajes |
1997 |
30 canciones en la mochila |
2001 |
Con la voz a cuestas (discolibro de poemas y canciones propios y de otros autores) |
2001 |
Vayatrés |
2009 |
Bibliografía
Sucede el pensamiento |
1959 |
poesía |
Las Sonatas |
1965 |
poesía |
Mediometro |
1970 |
cuento, incluido en Papeles de Son Armadans |
Cantar y callar |
1971 |
poesía |
Treinta y cinco veces uno |
1972 |
poesía |
Tribulatorio |
1973 |
poesía |
Cada cual que aprenda su juego |
1974 |
dos relatos breves |
Poemas y canciones |
1976 |
antología |
Método de lectura |
1980 |
poesía |
Con la voz a cuestas |
1982 |
memorias |
Aragón en la mochila |
1983 |
libro de viajes |
Jardín de la memoria |
1985 |
poesía |
El comité |
1986 |
novela |
Diario de náufrago |
1988 |
poesía |
Mitologías de mamá |
1992 |
novela |
Los amigos contados |
1994 |
memorias, escritos varios |
Monegros |
1994 |
poesía |
Un país en la mochila |
1995 |
libro de viajes |
Tierra sin mar |
1995 |
ensayo |
Banderas rotas |
2001 |
memorias, ensayo |
Dulce sabor de días agrestes |
2003 |
antología poética |
Cuentos de San Cayetano |
2004 |
cuentos |
En el remolino |
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Robert Capa
No sé exactamente de qué manera, pero todo termina por alcanzar algún sentido. Tal vez somos nosotros quienes deseamos con tanto fervor que algunas de las cosas que vivimos lo tengan y así concebimos el orden, la metáfora que nos guía.
Hace algo más de un mes acudí a un entierro. Llovía a mares y me uní, a primera hora del atardecer, a la comitiva que recorría el camino de tierra del cementerio municipal de Valencia. Acompañaba a mi padre. Lo hacía porque a estas alturas tengo la sensación –sin ápice de culpa, sólo con la suavidad del agradecimiento- de que le debo un centenar de cosas, miles de inquietudes, alguna visión del mundo rabiosa y esa pequeña dignidad que me suele quedar ante lo descomunal del universo. Caminábamos despacio. Sostenía el paraguas que nos protegía del aguacero y en ese insignificante gesto deseaba poder ofrecerle todo el consuelo posible. Me sucede algo similar cuando un pequeño triunfo asoma en el paisaje yermo de mi existencia y lo primero que pienso es en llamarlo aunque esté a cientos de kilómetros de su casa.
Hace muchos, muchos años que dejé ese hogar alegre y, sin embargo, siempre he sabido que podía volver, regresar con la mochila cargada de dolores, emociones y nuevas derrotas. Eso es impagable en un mundo como el nuestro, tan despiadado e incomprensible. También sabía que la muerte de su viejo amigo lo dejaba huérfano, sin más interlocutor que yo en medio del tiempo vencido, de las alegrías esporádicas, de la ilusión por el pequeño Mateo y sus cuitas, sumido en el descubrimiento de internet o ante la exasperación frente a la crispación de esta pobre democracia, esa inmoralidad de los viejos tiempos autárquicos tratando de apoderarse del presente, de la poca paciencia y la impericia de este país para calmarse y decidir emprender algo juntos sin acritud. Mientras avanzábamos pegado uno y al otro, pensé en la cantidad de cosas hermosas que me había dejado y en la aguda necesidad de decírselo, de que lo supiera. Su fragilidad era en el fondo mi propia historia; una fragilidad rocosa, insistente y decidida, una fragilidad capaz de sobreponerse, de avanzar, de construir y enseñar, pero llena de esa inteligencia que duda, que evoluciona, que es capaz, a pesar de la edad a sus espaldas, de resistir. Deseaba decirle que él había convertido la paternidad en algo sagrado, que sus defectos se habían hecho avisos, sus miedos pequeñas valentías, sus extravagancias un modo de vida, sus pesquisas una guía para mis sirenas. En ese instante, sujetando su pequeño cuerpo, pensé que todo guardaba un profundo sentido, que mis defectos eran cosa mía, que lo que me quedaba bueno nacía de él y que el tiempo había cobrado una razón lógica en ese paseo. Es difícil romper la incertidumbre entre los seres humanos, alcanzar el interior de los otros. Lo es también entre un padre y un hijo.
En agosto de 2008 colgué en este blog un poema llamado Cartografías. Es uno de esos pocos poemas escritos por mí que me satisfacen, y ante su relectura suele desaparecer ese rubor que asola mi rostro cuando me enfrento a la posibilidad de compartir mi escasa poesía. Cuando nos detuvimos frente al nicho del viejo amigo, mediada la ceremonia triste y desconsolada la familia que se aferraba a mi padre como naúfragos en esas escasas maderas que contienen alguna incierta salvación, le noté un temblor que recorría sus brazos. Entonces sentí de nuevo esa necesidad de explicarle en qué consistía mi existencia, este confuso despropósito de sueños incumplidos y vitalidad ciega. Deseaba describirle en qué medida su presencia había sido un regalo irreemplazable, único. En ese momento recordé el breve poema que había escrito hacía un par de años, también los largos paseos compartidos a su lado por la Sierra de Gúdar, la ayuda desinteresada ofrecida sin precio en muchos momentos aciagos de mi vida, la extraña sensación de imaginar una existencia en la que él no estuviera. Aquellos versos, construidos desde las premisas delleuzianas que tanto me obsesionaron algún tiempo, hasta que comprendí que ese mundo filosófico, esquemático y profundo, era en verdad extraño a los elementos emocionales que tantos años atrás me empujaron a amar la literatura, que no me servía para describir pasiones lectoras cuya esencia guardaba relación con hechos sentimentales y poco o nada tenía que ver con conceptos filosóficos, acudieron a mi memoria. Que más tarde llegara a afirmar que la lectura era un goce, una pulsión, un placer estético, moral e intelectual, desmesurado que apaciguaba mi sed, el hambre o la insatisfacción, que me permitía adentrarme en otros mundos y en mi propia vida, y reconocer sin prejuicios ni titubeos que Don Quijote fue siempre humano, era una cuestión aparte respecto a las coordenadas estéticas que conformaron la composición de Cartografías. Esos versos, sin embargo, habían llegado hasta ese instante tan sólo para que pudiera decirle en unas palabras todo lo que había guardado de su mundo en mi alma, esas cosas a las que no pensaba renunciar a pesar de los pesares: la belleza de un sentido, de una lucha, una expresión modesta de su enorme humanidad aprendida durante años.
Entonces recité el poema en su oído, y él, que conocía aquellos versos desde entonces sonrió. Murmuró Cartografías: se sabía esas palabras de memoria porque sin yo intuirlo siquiera fueron importantes para encontrar algún sentido a su existencia, como si el premio hubiera sido en el fondo descubrir que tras las máscaras de su hijo mayor surgía su propia continuidad, distinta y tal vez imperfecta, pero impregnada del hálito con el que quiso insuflar de verdad a todo cuanto hizo. Fue consciente de que era un poema sincero y mi pequeño homenaje a la paternidad, a la figura de la paternidad que a lo largo de mis treinta y cinco años había conformado la relación con él, o con esa especie de padre conocido en otros, leído o entrevisto por casualidad, que constituye en su complejidad lo que yo más admiro del sentido de la paternidad.
Soy consciente de aquello que afirmaba ufano mi querido Oscar Wilde: que sólo la mala poesía es sincera. Pero nuestro admirado Wilde dejó a la posteridad no sólo una sólida obra literaria sino un sinfín de boutades del estilo. Nadie es perfecto. Creo de todas formas que el concepto de sinceridad debería ser desmenuzado a la Wittgestein antes de pronunciar semejante sentencia. En verdad, lo único que había deseado era escribir un buen poema que me sirviera para expresar uno de mis mundos ideales, aunque esta vez el espacio, el lugar, los personajes, eran reales como el paraguas que sostenía bajo la lluvia protegiendo a mi padre, y no sólo a él como persona, sino lo que representaba a mis ojos: la dignidad del sueño, la capacidad de apretar los dientes y aspirar a la dignidad, la entereza de una ilusión de justicia, la necesidad de moral en un mundo amoral, la fuerza que guardé en ese instante y que llegaba desde su catalejo antiguo con el que oteaba el horizonte, de su afán por insistir en mis improbables sirenas en las que nadie creía.
El verano pasado, el resultado de las sesiones musicales con tres fanáticos, David Turksma, Thierry Gedigier y Daniel Ariño, músicos de vocación y de fe que frecuentaban de tanto en tanto mis poemas, dejó una canción de apenas un minuto y medio en la que Cartografías se arrancó de encima las premisas racionales y alcanzó a mostrarse ante mis ojos como un poema breve del que me sentía muy cercano al contrario de lo que me sucede con la mayoría de mis versos. No he tocado en todo el tiempo transcurrido desde su escritura hasta ahora ni una sola coma, ni he cambiado media palabra, algo tan inusual teniendo en cuenta mis eternas dudas.
En el pequeño impasse de tiempo entre finales de agosto y principios de septiembre del 2009, pasando unos días en ese paraíso tan querido de la Sierra de Gúdar, en Teruel, el equipo que formábamos aquella hermosa expedición tomó la decisión de hacer un vídeo en torno al poema y a esa canción compuesta meses atrás. El resultado fue el Videopoema Cartografías. Debo confesar que tardamos un par de días en precisar la idea, y cinco horas de grabación que forman parte de mis recuerdos más hermosos y divertidos de los últimos tiempos. El poema quedó guardado en la memoria de los que participamos, y apenas visionado en formato DVD por un puñado de amigos que lo celebraron.
Si la idea fue adentrarme en la paternidad a través de la palabra poética, el videopoema terminó por reafirmar el sentido de los versos. En febrero de este año, por una casualidad, un compadre nos habló de la posibilidad de distribuirlo en algunos festivales y de participar en algún posible premio. Sostengo la alegría de haber conseguido, junto con las personas que participaron en su creación visual, que la pequeña pieza se haya visto en unos cuantos rincones del mundo. Es posible que técnicamente el vídeo no pueda ganar una competición cinematográfica, así que asumo el destino del mismo y no quiero entrar en mayores valoraciones, al fin y al cabo, primero fue un poema –un homenaje-, y el resultado posterior no es otra cosa que la posibilidad de alcanzar a un público que jamás leería poesía. Pienso que Cartografías alcanza a representar a través de los versos, las imágenes y la música, una digna metáfora que me apetece compartir.
Para colgar el poema en agosto del 2008 utilicé una fotografía de Robert Capa en la que aparecía Ernest Hemingway y su hijo, la misma que encabeza estás notas. A pesar de la escopeta, la imagen representó a mis ojos esa poética de la paternidad respirada. Sólo espero que mi padre sepa la razón de éste impulso, el porqué de esas palabras que en el fondo son suyas, esta ilusión de construir un pequeño regalo a los padres pacientes que como el mío siempre estuvieron dispuestos a buscar a nuestro lado a las sirenas.
Al final todo termina por alcanzar un sentido.
Transcribo el poema una vez más.
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CARTOGRAFÍAS
(La literatura moderna no puede ser otra cosa que Cartografía. Delleuze)
A Miguel Ariño, mon père…
En estos lugares se brilla poco. Todo oscuro, imperfecto y ronco.
Mi padre mira a lo lejos;
guarda su catalejo antiguo, el rumor de otro mundo.
A mí me quedan sus palabras, los ojos azules clavados en mi rostro,
la eterna sonrisa del barquero que me conduce por el lago
y la sensación de alcanzar alguna orilla en la que reposar tus vestidos.
Esto es un viaje alucinante al murmullo de la nada,
a la quietud de estar a punto y no llegar,
de conocer y derramar la poesía en el influjo de esas caderas de aire.
Otea el horizonte una vez más, padre, quizá encontremos
por fin a las sirenas.
Copyright Jimarino2008
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CARTOGRAFÍAS

























































































