Genealogía de la literatura III- Amor- (San Juan de la Cruz)-El templario y la mujer del río

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También puede ser una simple necesidad, sin más. Pero no una necesidad esencial, sino un modo de empleo, un uso que nos reporta una pequeña plenitud, un alivio, un sentido ligero.

“Cuando latió ese ímpetu de la sangre, fue desmedido, llama del amor viva en esa ternura de herir tu alma en su más profundo centro; cuando ya no eras esquiva rompí esa tela dulce de la seda perfumada; la mano blanda y el toque delicado, la lámpara de fuego en la caverna del origen, oscura y ciega hasta llegar de repente a esa luz; cuando la luz, esa textura de la divinidad abierta, ese calor, el refugio y el seno de fulgor; cuando el secreto de morar en esa sabrosa humedad de cristal, allí quedo quieto, allí sigo vivo”.

El manuscrito se halló en el convento Carmelita de Medina. Se lo debo a una herencia inesperada. Santa Lucía San Martín Viera lo vio como una devoción a Dios, como los versos de una humilde entrega a Dios. Las líneas fueron arracimadas en el centro de la hoja. La letra rugosa, apagada por los siglos guarecida allí.

La responsable del museo me guiña un ojo casi cuatrocientos años después de que Santa Lucía transcribiera esas frases del caballero templario Fabien de Guillaunne.

En 1628 una mujer de estatura diminuta y cuerpo ágil recorrió durante diez años los restos de los castillos, ermitas y abadías de los Templarios que tres siglos atrás quedaron destruidos y disgregados por la persecución interminable de la Iglesia Católica. En el Archivo Real de Bibliotecas, elaborado casi doscientos años más tarde por Don Juan Encina Rodriguez de Pereda, quedará registrado en un solo volumen algún dato de ese itinerario: Archivo general de la historia del dance. Santa Lucía hallará en su tiempo permisos y miedo, cambiará el título de sus pesquisas y mezclará lo hallado con otra tradición para que no se sepa de su verdadera intención; reunirá dinero para viajar disimulando su secreto fin, y recorrerá esas poblaciones enfundada en su hábito sin dejar de preguntar por el destino de los bienes saqueados, de los tesoros arrancados a los Templarios, y en su apogeo, destruirá ese libro, del que sólo dejará en pie algunos versos como ese transcrito sin saber la razón.

A veces la vida puede ser el empeño de un párrafo y unos versos.

A la directora del museo, que amablemente toma un café conmigo en una agradable cafetería acristalada junto al edificio principal, le fascina esa historia. Me cuenta que nunca tuvo excesiva vocación de historiadora, de ratón de biblioteca, pero que durante años buscó algo más sobre Santa Lucía y ese misterioso libro mencionado en un manuscrito con distancia, con pudor, tal vez con cierta fascinación. Lo hará de pasada, como si supiera de él demasiado y fuera peligroso en exceso para la época. Pero Santa Lucía dejará escrito ese título y el nombre de Fabien de Guillaunne, Caballero Templario. Del sagrado amor que nos acerca a Dios. Tratado general del amor sublime y sus principales enseñanzas.

Ella me seduce en ese intervalo soleado en el patio del museo. Lo hace de dos formas distintas. En un principio me mira con sus grandes ojos verdes y susurra un saber que yo desconozco con cierta erudición excesiva de la que comprende estoy interesado. Dice que el cuerpo fue tabú para el catolicismo medieval, y que esas prohibiciones llegarán hasta nuestros días. Habla de cuerpo y carnalidad, de cópula y éxtasis, y me provoca un estremecimiento. La segunda seducción es inconsciente, sin dirección verdadera ni finalidad precisa. Un hálito de esa posible lectura imaginada en común .

Un caballero templario al final de sus días, en una Abadía alzada sobre un risco montañoso en una sierra fría a gran altitud sobre el nivel del mar. Lo verá en invierno. Mirará esa soledad de un puñado de viejos caballeros incapaces de regresar a sus vidas antiguas, compartiendo espacio en una ruinosa construcción cubierta de nieve. Escribir junto a una vela encendida de noche a veces.

mano que escribe

La directora del museo sabe que me está regalando una historia y un sentido.

Fabien de Guillaunne desparecerá de la faz de la tierra unos diez años después de escribir ese tratado y ese párrafo rescatado por Santa Lucía San Martín Viera. Santa Lucía, siglos después, querrá verlo como a un hombre espiritual, un templario de una pieza, pero sentirá curiosidad por sus propios tormentos espirituales. Un estremecimiento le recorrerá la espina dorsal, palpitará algo en su interior, algo que quema, una saciedad que se busca incluso para una monja acostumbrada a la austeridad, la soledad y el recogimiento. Querrá saber en qué consiste ese ardor que en ocasiones ha sentido enrojeciendo las mejillas, humedeciendo ese secreto resguardado de todo bajo los ropajes. Habrá conocido sin duda a San Juan de Yepes, eso se sabe. Tal vez incluso habrá leído esos versos que tan bien recuerdo. El viejo Templario será una especie de horizonte impreciso. Querrá saber algo, como ella, la directora del museo, como Santa Lucía, como yo mismo. Algo de esa sagrada unión del espíritu a través de la carne. De esa llama de amor viva, de la herida inflamada que anhela la saciedad.

Nadie le dirá a Fabien que escriba sobre lo que ha aprendido. Eso me reafirma en ciertas ideas. Fabien no sabe nada de la inmortalidad ni del autor. No tiene ninguna idea preconcebida. Será Dios o él mismo -en ocasiones creerá en ese diablo que insufla a su mente lo que el cuerpo cumplió y ya no puede cumplir- quien halle ese camino de la escritura sin saber porqué, ese origen del que nadie sabrá con exactitud. Pero recibirá esa imagen, como la furiosa coronación de venas y piel le habrá ofrecido muchos años atrás el atisbo de divinidad que jamás encontró en la guerra, aunque fuese a causa de una divinidad contra otra, aunque escriba también un tratado sobre las cruzadas y las heridas más frecuentes de los soldados en la batalla y sus razones de mortalidad o de supervivencia. Pero en esa corola henchida de sangre, y en la profundidad de la unión y sus ardientes embestidas perdidas, encontrará un sentido para escribir de otra forma, para acercarse a Dios tal vez, a la divinidad.

¿Acaso San Juan no lo verá? ¿No lo contará cuatrocientos años después de esa manera, como si terminara de sumirse en un éxtasis de sedosa carne rosada y en la expulsión creadora?

La escritura será actividad de vejez y de oración. Eso diré a la directora bajo ese sol cálido y sensual de la mañana.

Los autores no tenían identidad entonces. Para Guillaunne será una necesidad de la memoria y de la existencia. Un alambique que destila y revive, que le trae de algún modo esas antiguas emociones. Una explicación ante la inminencia de la muerte, de la desaparición, aunque crea en el otro mundo, en el cielo y sus cantos de sirena. Cree pero duda. Muchas muertes sangrientas a su espalda. Santa Lucía habrá escrito que se supo poco de Fabien de Guillaunne. Apenas que vivió dos Cruzadas y desapareció más de una década. Que fue hombre valiente, generoso y con fama de bondad. Que luego, sin saber cómo, tanto tiempo después, apareció con otros quince Templarios y se instaló en un castillo-abadía del Maestrazgo, ya viejo, herido, dolorido y roto. Que los Templarios creían en Dios, incluso en su sanguinario Dios de la guerra. En el Dios del amor se sumirá Guillaunne.

Nunca sabré si el sentido de su vida fue esa escritura final, es decir, si todo lo hizo y vivió para escribir en su celda a esa edad avanzada, para convertir la carne vivida en verbo, en trascendencia, y por eso no regresó jamás a sus tierras del interior, a la familia, para quedarse allí con sus viejos compañeros de armas y fe; o si la escritura fue un accidente del tiempo, de toda una vida, algo añadido sin más como cualquiera de sus otras vivencias y hechos, sólo una recuento de la existencia consciente; o la invención de un verbo que se transformara en sagrada carne.

Tampoco sé si Santa Lucía inventó esos afanes para el Templario, si fue verdad que halló entre las ruinas de una muralla y una torre tantos siglos después ese manuscrito. Si de los estremecimientos sensuales de esa lectura, la descripción de esos hombres de fe y de guerra, se despertó en ella algo inesperado o incluso desconocido para que del Verbo surgiera la sangre. Pero podría ser otra cosa: un rezo aliviador. Y acaso en verdad quiso dotar a su estremecimiento divino y turbador de una historia, de una ficción, en el mismo sentido que le empujó a recopilar las historias del Dance en un archivo general y recorrer de cabo a rabo los principales templos de los Caballeros tanto en España como en el Sur de Francia, aunque el Dance fuera una tradición de una zona muy concreta de Aragón. Entonces ¿por qué los Templarios y sus ruinas y restos? ¿Y si en verdad fuese una necesidad por un motivo concreto, una intuición, unas sensaciones imperiosas, una anhelada saciedad que la obligó a inventar mediante palabras?

MR0115No lo sabemos porque ni Santa Lucía ni Fabien Guillaune pensaban del mismo modo que nosotros el hecho de escribir. O quizá sí. Y lo cierto es que la Directora del Museo habla de la historia más vívida de todas las contadas en esas representaciones poéticas de los pueblos. Caigo en esos labios que susurran en voz baja, sensuales, los pormenores de esa historia. La vida juzgada de la mujer del río.

Dice la Directora que en el Dance todos los nombres son pronunciados, bien por el mote o los apellidos en caso de cierto abolengo o consideración social, y ese nombre, el de la mujer, no. Santa Lucía recordará ese suceso de un modo distinto a otros. Estoy tentado de decirle que eso no es más que una suposición, pero su premisa me agrada. Dice que el motivo de su recorrido por los antiguos refugios templarios no será por el Dance. O que tal vez sí, pero única y exclusivamente por esa historia que la habrá estremecido al oírla en alguna representación del vulgo o en un libro prohibido. La curiosidad de ese relato de la mujer del río será la razón de justificar mediante la recopilación de una antigua e inocente tradición su propia turbación. De inventarse un Archivo General y una necesidad de recorrer las ruinas de los templos Templarios. Por esa historia que incluso puede que inventase o agrandara ante otra mucho más insignificante que la aparecida en su recopilatorio capaz de sugerir por completo esa trama.

-Algo despertó en su interior que la llevó a inventarse un disimulado plan de búsqueda. En aquella España del siglo XVII tenía que ser difícil hallar textos de ese tipo, y creyó que la excomulgación de los Templarios y su demonización posterior debía esconder un secreto relacionado con la aventura de la mujer del río y el Templario que escribió ese libro relatada en un antiguo dance. Tal vez fuera una especie de superstición tan sólo.

Al final Santa Lucía sabrá que para esa mujer y también para el Templario existirán dos clases de personas: los que alguna vez llegaron a conocer ese amor del que los dos escriben, cada cual con su experiencia o su intuición, y los que jamás lo encontraron ni lo encontrarán. Santa Lucía creerá que ese ardor, ese amor incomprensible para su existencia, físico, de cambios de temperatura y sutiles roces reprimidos al instante por el rezo y la súplica, o incluso apretando el cinturón del hábito y estrujando la carne, cortando la respiración sin dejar de orar en voz alta, esos delirios posteriores y esa quemazón desconocida, las mejillas sonrosadas y el tic reiterativo de morderse levemente el labio, es Dios. Lo mismo que pensó San Juan de la Cruz, y tal vez así sea, a estás alturas ya no lo sé. Y eso es lo que le digo a la directora del museo, mientras apura su cerveza fría y coquetea con la idea de esa sexualidad sagrada hablando de otros.

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Y después el Templario dirá que tal vez haya que escribir algo sobre ese amor o esa pasión, acerca de esa especial perseverancia que significa el único objeto posible de la vida. Dirá que esa luz podrá ser otra cosa, pero nunca algo como lo que él vivió. Pero en él no descubro que consistencia sostiene el acto de escribir todavía. Tampoco del todo en ella, en Santa Lucía, al rescatar esa historia.

Una mujer que habita un río socorre a un peregrino hambriento y sediento, herido en la espalda y con los pies despellejados de andar descalzo. Ese hombre se recupera y permanece en su casa. La mujer del río y el peregrino se aman con los cuerpos y el alma. Nace una luz que construye un refugio en medio del bosque, tal vez en medio de toda la tierra. Viven esa luz que nace de la unión de un hombre y una mujer, allí, solos. Se puede imaginar cómo hacen el amor una y otra vez durante todo ese tiempo. La mujer del río siente esa saciedad que la une a la naturaleza y a la belleza de cuanto le rodea. El hombre adquiere la sumisión a la hembra diosa y se arrodilla ante ella cada noche para agradecerle la santidad de la cópula. Gozan y los niños del pueblo a veces los espían en esa desnudez entrelazada. El rumor se extiende y hay amenazas. El hombre no posee la fortaleza de la Diosa y teme porque otras veces ha tenido razones por las que temer, ha sentido la muerte muy cerca. Teme también la muerte de ella, esa vida que acaricia con las manos, que contempla amanecer tras amanecer, y sufre. Un buen día desaparece y ella se despierta con el frescor del alba, y al buscar su cuerpo amado y deseado el hombre ya no está. Lo busca por todo el pueblo, por los bosques de la contornada y las masías. Ella clama a Dios como una demente todas las noches para que le devuelva a su hombre, llamándolo por caminos y abruptos acantilados, elevada sobre riscos o sumida en la frondosa protección del bosque. De él no sabe identidad ni nombre verdadero, sólo que es el tercer hijo de una familia noble. Dirá que para el amor sólo bastan los ojos, las manos, el corazón y el cuerpo. Que no hacía falta en esa luz conocer otra cosa. No podrá soportarlo y otro día de verano terminal, tres meses después de que el hombre haya partido, ella saldrá a buscarlo y su destino final nunca se conocerá.

El Templario inventa un sentido que me es familiar, algo que me corresponde, y al descubrir eso, siento una enorme cercanía. Habrá descubierto esa gracia incomprensible, ese aliento que lo empuja a la vigilia junto al candil y el ventanal enrejado. Esa felicidad de él allí, envuelto en la manta. La habitación caldeada por el brasero y la luz de la vela. El silencio absoluto que le hará cerrar los ojos y ver ese amor, esa luz, una vez más. Y la palabra destino no sé con exactitud qué significa a estas alturas. No sé si es la razón esencial de la escritura. La palabra destino se acerca a algo amable al menos. Fabien de Guillaunne está instaurando algo de su dos perseverancias constantes, complementarias, por qué no, pero distantes en el tiempo, jamás encontradas en un instante presente. O tal vez me equivoque, y en la felicidad quiso escribir, o algo similar, y en la vejez no entendió otro mecanismo posible para que todo continuase. La vida y la sinuosa felicidad de ese cuerpo, la textura y el sabor, la variación y el olor impregnado en su alma, la felicidad del amor, esa luz. Y luego la oración por haber alcanzado eso que en el fondo revela todo. Y la oración será la escritura. En él lo sé. La oración será la escritura de la vejez y el desamparo, la justificación del tiempo transcurrido. Y siempre será una oración con palabras. Incluso con palabras antiguas.

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La directora apura medio vaso de un trago y yo admiro sin saber la razón exacta esa sed. Me hace pensar sin remedio en su posible deseo y el modo de saciarlo; no un deseo sexual tan sólo, sino en un deseo general dispuesto a apurar la vida. La imagino de repente en sus conferencias o trabajando en su despacho. Intento comprender en qué consiste la vida de una directora de museo, guapa y elegante, con aire juvenil y desenfadado, con una erudición deslumbrante. El tiempo ha modificado muchos roles y todavía no logro atisbar el contenido de la existencia que me rodea por completo.

-El Templario morirá según las crónicas del archivo con setenta y un años. Es una edad muy avanzada para la época, y mucho más para la dura existencia de un Templario…

A esas alturas del invierno la vida será dura en el Maestrazgo, pienso en silencio. De un modo insistente, sin alivio para Fabien, los huesos crujirán a menudo y los dolores musculares, las viejas heridas, los golpes recibidos, las noches acumuladas a la intemperie o los días eternos sobre el caballo acercándose a tierras infieles, habrán dejado un poso de perpetuo malestar, achaques insalvables y una secreta resistencia al dolor. Seguro que a esa edad no podrá levantar su pesada espada de batalla, forjada casi cuarenta años atrás por su padre antes de emprender la primera Cruzada. El Templario temblará por las mañanas nada más despertarse y le costará alzarse del catre a causa de los infinitos dolores. No estará enfermo, solo acumulará las heridas del tiempo y el desgaste en su esqueleto y sus músculos. No va a escribir sobre el amor, no sabe que eso sea un tema en sí mismo; intuye una gracia, una delicada gracia que le llega del cautiverio presunto, el que lo alejó de la cristiandad durante una década y rompió cualquier motivación para la guerra. Creerán que fue liberado por comerciantes que pagaron su rescate, o quizá por un contingente cristiano que abriría brecha en alguna ciudad del norte de África. Escribirá una carta antes de subirse al barco que lo conducirá hasta el puerto de Génova. Contará que está vivo y a salvo, que vuelve de regreso, pero no volverá. Romperá con cualquier lazo familiar, cualquier posesión o afecto antiguo. Su vida ya es otra. Tendrá un nombre en los labios: Shelide. Y el nombre no lo escribirá durante mucho tiempo, sólo lo pronunciará con la boca húmeda y el cuerpo estremecido. Sabrá por entonces de la higiene, de la formación de los jardines árabes, de los exquisitos manjares de la comida infiel, de la importancia de los perfumes y los aceites en el amor. Tendrá en la cabeza un ritual rico y complejo. En cierto modo le dirá a su viejo amigo el templario Guillermo de Navas que esos rituales le ayudarán a medir el tiempo, a resistir a la decadencia con su recuerdo. Habrá sobrevivido al fango y a la sangre. A la destrucción de hombres y tierras, de casas y ejércitos. Habrá perdido tantas batallas como las habrá ganado. Lo que ha visto no es nada en comparación con lo que sucederá después. Aún faltará la muerte, pero siente que tiene tiempo, que aún está lejos.

Le costará al Templario escribir ese nombre años: Shelide. Se lo quiero decir a la directora del museo mientras decide enseñarme el ala principal del centro cultural, donde se hayan los manuscritos antiguos. Quiere explicarme esta mujer decidida, valiente y culta, el origen de cada uno de esos libros. También la breve anotación hallada en el Archivo de Novoa. El libro existió, de eso no le cabe ninguna duda. La mujer me dice que daría lo que fuera por encontrar completo el manuscrito de Fabien de Guilleunne y poder hojearlo. Piensa que alguna copia debería existir en algún lugar, en alguna biblioteca no localizada, tal vez en una casa solariega, al fresco del sótano o a cobijo en un altillo destinado a los libros viejos y olvidados.

El Templario escribirá por fin el nombre de la mujer árabe que lo acogerá durante diez años. Una mujer libre por circunstancias azarosas y un templario prisionero. Y en su muerte desconocida que uno intuye será de vejez, el Templario dolorido y roto no se levantará de la cama, y en los maitines alguien irá a buscarlo para hallar su frialdad cadavérica y una sonrisa en la que estará esa mujer que le enseñó todo. Y ese texto sobre el amor sagrado y sublime será el punto de partida de Santa Lucía. Lo afirmo y ella ríe, porque sabe que ninguno de los dos podemos saberlo. Pero aún así lo digo. Santa Lucía se deleitará con todo eso que aprendió de la vida el Templario, lo que vivió con la mujer árabe, lo sentirá; también todo lo que el Templario le enseñó a su amante; y al tiempo se pensará en su lugar, y comprenderá a su vez a la mujer del río saliendo en una búsqueda desesperada y fanática del hombre al que ama. Será esa desnudez del Templario y la mujer árabe. Será la historia de la mujer del río. Y San Juan de Yepes tendrá en otro momento ese mismo libro en sus manos, el pergamino rugoso y ennegrecido, ilegible en algunas partes. También San Juan de la Cruz sumido en ese asomo de divinidad aprehendida por el Templario.

La directora esboza una sonrisa irónica desde su púlpito de tablillas e incunables. Intuye de qué hablo. Entonces comprendo que está con nosotros, que sabe lo que quiero decir. Cómo funciona esta imaginación que rueda en el aire como un soplo fresco y luminoso, que diseña lo que puede ser y lo que tal vez nunca sea.

Y ella dirá que hay otro nombre. Quizá la razón de que Santa Lucía escriba de verdad. El Templario lo sabrá en un largo invierno de nevadas y frecuentes tormentas. Santa Lucía no explicará la razón, pero será ella misma quien la invente. La directora cree con seguridad que no hay ningún antepasado o historia conocida y cercana que le sirva de modelo. En ese instante lo dice. La fascinación por el manuscrito del Templario Fabien de Guilleaunne será su propia fascinación de juventud.

-La clave para mí era el Archivo de Novoa, su veracidad, su existencia probada. Encontré una copia digitalizada en internet de ciertas partes del índice. El profesor Sanchez Alejo, catedrático de literatura medieval, había colgado en el año 2008 el Archivo Novoa casi al completo, luego lo retiró. Viajé a Granada en cuatro ocasiones el año pasado para entrevistarme con él. Un hombre amable, tal vez algo distante, pero me ayudó…

Pienso en los motivos que la empujan a contarme esta historia lejana. Lo pienso sin que haga falta una respuesta. Del Archivo de Santa Lucía quedarán un puñado de páginas copiadas por Fray Ernesto de Calenda. Del libro de Fabien de Guilleunne apenas rastro a no ser en la recopilación de Santa Lucía, y según los comentarios de la religiosa a su vez en algún poema de San Juan de Yepes. Ella sonríe y dice que no pudieron ser amantes Santa Lucía y San Juan, como si adivinara esa idea que en verdad me ha surgido. San Juan de Yepes no tuvo jamás en su mano pergamino alguno del manuscrito de Fabien de Guillaunne, sino que oyó en el mismo dormitorio que Santa Lucía la historia del templario y la mujer del río que ella introdujo como una historia más del Archivo del Dance. Le reconozco su habilidad para desentrañar mis pensamientos y se ríe. Y entonces le cuento lo que me ha sobrevenido al mencionar a Santa Lucía y a San Juan de Yepes. Los he imaginado en el antiguo monasterio de Mérida. Le invito a que imagine a San Juan de la Cruz que llega de madrugada y solicita cobijo. Según la versión que continúa la directora, San Juan no tiene ni idea de la existencia del texto de Fabien. Será ella, tal vez unas noches después de su llegada, quien le contará la historia y le recitará algunos párrafos de los que escribió el Templario. Aunque le comento que tal vez esté equivocada y ambos leyeron el manuscrito de Fabien de Guillaune y por eso se van a encontrar. Ella me responde que ese es argumento de escritor, pensar que es el texto lo que inicia la acción, aquello que empuja al amor carnal imaginado entre Santa Lucía y San Juan. Ella se adelanta a mi historia de nuevo, y da por hecho que mi invención está guiada por la sensualidad literaria de pensar en dos escritores que se han leído uno al otro, o se han inspirado o les ha impresionando lo escrito por el otro. Y además están poseídos por esos éxtasis intermitentes, por ese recogimiento sólido y ascético. Una monja de unos cuarenta años que sabe del talento y la pasión del poeta, delgada y menuda. Un hombre escuálido y arrebatado, dotado de una enorme fuerza interior.

-El lenguaje les pertenece -afirmo-, y el lugar de ese lenguaje es sensual, profundo, alcanza una posibilidad de trascendencia.

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-Santa Lucía entró en el convento de Santa Catalina al inicio de la primavera de 1626. Eso lo sabía Sánchez Alejo. Había visto un registro de la época con su nombre verdadero y la fecha de adscripción a las distintas órdenes religiosas a las que perteneció. Haciendo caso a la partida de nacimiento con las preocupaciones que suponen las actas de la época, debía tener treinta años cuando entró por primera vez en un convento, en las Carmelitas Descalzas de Santa Teresa. Santa Lucía leyó textos de Santa Teresa en su juventud, por eso eligió las Carmelitas. Una mujer que había vivido tres décadas antes de hacerse monja en la época era toda una vida. Le pregunté el porqué de ese encierro tan tardío para una religiosa a Sánchez Alejo pero se encogió de hombros. Razones de miseria inesperada tal vez, dijo; o de orfandad, o quizá de vergüenza pública….

Fabien de Guillaunne, dedicará su obra a una mujer llamada Doña Encarnación de Vera LLoris. Esa es la mención que hace Santa Lucía en su pequeña introducción. La directora del museo frunce el ceño y me pregunta como sé eso. No podré decírselo de repente, intento jugar como ella conmigo. El nombre me sobreviene y lo pronunció sin más, nítido y fresco. Y le digo que una misteriosa mujer llega a ese monasterio templario unos tres años antes de que Fabien comience a escribir Del Sagrado amor que nos acerca a Dios. Vuelve a preguntarme curiosa pero continúo mi historia. Le cuento que el viejo Templario escribirá ese nombre, sin más alusión, en una hoja apergaminada. Que temblará al hacerlo, pero sabrá que salvo Cristóbal Melliéres y Argón, nadie en ese encierro sabe leer. Y uno imagina la dificultad no sólo de escribir ese nombre y lo que vendrá a continuación, sino de inventar incluso el hecho de escribir. El mundo posee una oscuridad incierta en ese invierno. Si existe algo parecido a un libro, Fabien de Guilluanne no lo sabe. Tiene que crear de la nada ese sagrado vínculo con el lenguaje. De la nada en verdad.

-Escribió ese nombre y recordó a esa mujer… -continúo-.

Esa mujer llegará buscando a su amor tres años antes. Fabien sabrá que será el aprendizaje final que le conducirá al libro, el recorrido que lo llevará junto a Shelide a emprender ese esfuerzo, esa rebelión personal. El sentido está allí, en ella y en esa escritura que tiene que inventar, que no posee lectores ni aspira a ellos, que desaparecerá seguro, y aún así, en esa desesperanza, lo hará. Le cuento entonces que la fascinación de Santa Lucía cuatro siglos más tarde, y la de San Juan, vienen de esa mujer, o incluso de la mujer infiel de la que nunca sabrán. La directora del museo se ríe a carcajadas. Duda de lo que le estoy contando, pero no me importa. La historia está aquí, ha llegado a mí. Le digo que busque, que lo haga. Encontrará ese nombre y esa respuesta.

Afirmo indirectamente que el manuscrito de Fabien de Guilleunne existió.

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El 26 de septiembre del año 1292, a las seis y cuarto de una oscura y lluviosa mañana, el sacristán Álvarez Mena, plebeyo y sirviente del templo, se alzará de la cama asustado y confuso, se vestirá la pieza de fieltro y lana, la saya gruesa y rugosa, se calzará los pies embutidos en telas sobre las sandalias cubiertas, se echará a temblar mientras se persigne, descenderá los escalones del primer piso y se detendrá en la entrada del monasterio para volver a escuchar los golpes en la puerta. Cuando abra la ventanilla del portalón, con sumo cuidado de no exponer el cuerpo a cualquier pendencia, asomándose con cuidado entre los barrotes de hierro y tratando de que la voz sea firme y segura, al preguntar quién anda a esas horas de la madrugada por la montaña oirá una voz de mujer que pide misericordia y cobijo temporal. Pensará que aquello no puede ser, que tal vez haya gato encerrado y sea una trampa. Dudará unos segundos cuando la mujer le diga que hace mucho frío. Regresará al ala de dormitorios y pensará en el caballero Templario que le de mayor confianza, en el más fuerte, o en ese que, por la cercanía que pueda haber entre ellos o bien por considerarlo quizá más valiente o más hábil con la espada ante un posible ataque, considera el más conveniente para esa misión. Será Don Fernando Guillén quién reciba la visita inesperada. Don Fernando, que duerme muy poco desde hace años y tiene ojeras profundas y una expresión triste en el rostro, estará dispuesto en unos minutos. El sacristán dirá que es una mujer. Que hay una mujer allá abajo aporreando la puerta y pidiendo ayuda, y Don Fernando se cubrirá con la manta y bajará junto al sacristán. Oirá la voz de mujer. Se asomará después a la sala inferior de la torre y no verá nada extraño salvo a la mujer cubierta de arriba abajo por una túnica raída. Sabrá que es hembra por la voz y el tamaño del cuerpo. Dirá al sacristán que prepare el fuego y algo de comer, y correrá con dificultad el enorme pestillo de la puerta, todavía inseguro ante la idea de que la presencia inesperada sea un ardid. No vera otra cosa al principio que una mejilla femenina medio cubierta por la capucha marrón. No la verá, pero sentirá que es una mujer que se adentra en un monasterio templario olvidado de la mano de Dios.

Me muestra el manuscrito con cierta solemnidad. La miro de reojo, su perfil aniñado, la nariz pequeña, los labios gruesos. Una edad indefinida pero todavía sensual, de piel viva. Algunos papeles envejecidos, como ahumados, protegidos por una cristalera. Parte de la obra de Santa Lucía ante sus ojos.

-En ese pequeño volumen de allá, en la esquina, está la historia incompleta de Fabien de Guillaunne y la misteriosa mujer. También las alusiones al libro Del sagrado amor que nos acerca a Dios. He leído esas palabras mil veces… no son para tanto…

Y entonces pienso que tal vez le falte esa imaginación que a mí me sobra, y que si leyera esas palabras, por breves y sutiles que fueran, por indirectas y enrevesadas que fuesen las menciones, vería esa historia como la veo. Existe una intuición extraña en los escritores que se asemeja a la verdad en ocasiones en la armonía de la narración y la escritura. Algo inexplicable que me lleva a admirar ese pequeño texto y a no tener en cuenta el comentario de la directora del Museo.

Veré a la mujer congelada que posará las manos sobre el fuego, y al Templario Don Fernando y al sacristán observando su pelo mojado y enmarañado desde la mesa. Veré la escena posterior, la que sucederá apenas unos días después, cuando lave sumisa y agradecida los pies de todo los caballeros en el refectorio una noche fría de diciembre. Los rostros conmovidos de esos ancianos guerreros. Comprenderé porqué Fabien de Guillaunne. Por qué será él el elegido a pesar de que la encuentren y la vean todos desnuda un mes más tarde de su llegada, saliendo de la choza donde la cobijaron para meterse a seis grados bajo cero en el interior de la fuente del jardín. Fabien sabrá eso que ella sabe cuando poco después le cuente su historia. La razón de esa locura de introducirse en la pila de agua desnuda cuando afuera, en la sierra, se helaba la tierra. Comprenderá el sentido de aliviar con el hielo el ardor insoportable. Dirá que esa mujer se lanzó al monte, a una persecución infructuosa y terrible por culpa de un hombre asustado, de un amor huido, de una vida perdida. Ella hablará del amor de Dios del modo en que Fabien llegó a conocer ese sentimiento allá en tierras infieles. Entenderá lo que es la congoja de la mujer que habla de ser saciada de amor, del amor perdido. Que habla del dolor de la pérdida y del sinsentido de vivir sin esa figura masculina o divina de la que los otros templarios dudarán. Sabrá que no es importante que exista ese hombre que busca o que no exista, y con eso y su propia experiencia bastará para entenderla. El dolor del amor que desaparece repentinamente de la noche a la mañana. Como la directora del museo y yo comprenderemos cuatros siglos después el éxtasis de los poemas de San Juan o las pocas páginas rescatadas de Santa Lucía en las que se habla de la mujer del río y el Templario.

Es posible que Santa Lucía hubiese encontrado algo en ese monasterio medio derruido del Maestrazgo. Que hubiera elegido algo más de lo que escribió y sobrevivió hasta permanecer en ese museo. Si así fue, quizá pensará que una historia así tenía que vivirse para justificar una vida, pero para ella era demasiado tarde. De todas formas es posible que el encuentro con San Juan de Yepes en Mérida le ayudase a otorgar a esa historia una dimensión distinta capaz incluso de justificar su virginidad eterna.

-¿Y cómo sabes que fue virgen?

-Porque sino no hubiese entendido esa extraña pureza…

Fabien escribirá de esos días, del año y medio aproximado en el que la mujer del río se alojó allí hasta emprender otra vez la búsqueda del misterioso hombre desaparecido, pero lo hará mirando el antiguo esplendor que vivió con Shelide. Sentirá de nuevo el dolor desmesurado que sufrió la mañana de su partida, la sensación física de romperse en pedazos, de notar como el estómago se le desgarraba y que la única salida a ese insoportable infierno era la muerte. En cuanto fue consciente de que no volvería a verla ni a tocarla ni a tenerla entre sus brazos, la negrura lo destrozó, lo postró sobre la cubierta del barco, con las lágrimas cayéndole del rostro, la boca abierta y un grito sordo surgiendo de su garganta. Sus compañeros pensaron que se trataba de la emoción ante el regreso a España, pero era justo lo contrario. Shelide, su amor, su Sherezade, la mujer que amaba y veneraba, quien le había enseñado la plenitud de los rituales del amor y la sublime complejidad del placer, el éxtasis de dos cuerpos desnudos y entrelazados por la piel y el alma.

Ya viejo comprenderá que mirar el cuerpo desnudo de la mujer del río, abrasada de amor por ese hombre, será el acicate, el despertar de aquello que no se olvidó pero que tal vez nunca quiso ser contado. Revivirá la angustia de Shelide frente a su cuerpo en esa última noche, cuando ya saben que el barco partirá al amanecer, que aquella va a ser la última noche de amor juntos. A eso de las seis de la mañana detendrán el fragor del deseo incendiados, sudoroso y saciados. Se besarán entonces lento, mucho rato, abrazados. Y conforme el día claree a través de la ventana de la torre ella empezará a gemir y a llorar sin descanso. Le faltará el aire, no podrá hablar. Fabien tendrá que marcharse.

La historia de un cautiverio que se tornó paraíso en las inmediaciones de un jardín árabe con hermosas balaustradas y vistas al mar mediterráneo. Y la antigua culpa de la captura y el fracaso, la primera miseria del encierro en prisiones inhumanas en las que se hacinaban los cristianos vencidos, que luego adquirió por un azar, por una fortuna provisora y limpia, el remordimiento de la herejía ante la relación carnal, frente a la cópula y la sensualidad, y además con una infiel, hasta que eso se diluyó y alcanzó la luz de todas esas noches y días junto a Shelide, para sufrir en su regreso a la cristiandad años después la rotura del corazón, la fragmentación imposible de unir el alma anegada por la ausencia irreversible y completa, y será menos terrible esa renuncia ante las palabras de la otra mujer en ese monasterio veinte años después. La comprenderá. Tendrá ganas de regresar a ese jardín árabe y a ese dormitorio junto al mediterráneo. Se dirá después que ya está viejo y ajado, que su cuerpo, y probablemente el de Shelide, ya no podrán vivir jamás ese delirio. Se dará cuenta de que lo único que le queda es escribir.

Quizá escribiendo perderá el miedo agazapado durante décadas al describir como Shelide lava su cuerpo, como se despoja de los velos y muestra su belleza, o le acaricia sobre la cama sus músculos y cicatrices para anticipar el amor; saboreará ese goce como en ese tiempo transcurrido, despojándolo en la escritura de aquello sórdido y oscuro que lo llevó a acallar esa pasión, a esconder esa vida perdida. Rescatará frente al pergamino y la pluma lo sagrado de ese amor carnal que supo único y espléndido patrimonio de pocos, sólo de esa mujer misteriosa que primero le dijo que había en él algo que la conmovía y la asustaba. La misma que luego le amenazó con la muerte, con el tajo de la cimitarra y el encuentro con el cielo cristiano desnudando sus harapos y obligándole en una vergüenza desolada a meterse en la bañera de agua caliente delante de ella y de los dos guardias armados que custodiaban la salida de la habitación. Esa extrañeza de pensar que el cuerpo magullado y herido, endurecido y flaco de todas esas batallas y los eternos caminos a caballo, podía despertar algo en esa mujer. Escribiendo entenderá porque Shelide sintió esa atracción por el enemigo terrible frente al que morían los hombres de su reino, la razón de esa primera vez en la que recorrió con los dedos cada una de las cicatrices de su cuerpo limpio después de meses sin agua y sin apenas comida. Algo de la muerte y la sangre, algo de la dominación y la pasión por lo opuesto. Luego ella sobre la cama al llegar la primavera deseosa de ser adorada, sin guardias ni vigilancia, en la torre, en el secreto de la alcoba, sin entenderse en sus idiomas extraños, sólo interpretando los gestos, las muecas, las caricias de los cuerpos. Sabía que otros cristianos morían desnutridos y apaleados en agujeros infectos, que contraían enfermedades y eran asesinados sin piedad lejos de su tierra. Apuró esa supervivencia, su indefensión. Se hizo humilde sin que lo hubiese sido nunca porque estaba perdido. Porque también sintió esa fascinación que llegó destruir el odio acumulado de generación en generación contra ese Islam que amenazaba Europa y deseaba la muerte de los cristianos. Porque el tacto de su mano en esas heridas le ofreció un brillo inesperado y desconocido a pesar de la vergüenza y el miedo. Escribirá a su vez como la mujer del río le contó que el hombre se quedó a su lado en esa pequeña casa de tierra húmeda tres largos años, y un buen día desapareció.

Fabien de Guilleunne escribirá después de que esas dos mujeres se hayan evaporado para siempre, con lágrimas en los ojos, que el sentido de la vida fue poco, y que si halló algún placer capaz de hacerle olvidar las penurias de la existencia, del largo camino, estuvo en ella, en Shelide, que le enseñó además a no olvidar en qué consistió esa fascinación, esa alegría. Y no sólo fue la carnalidad, la sensualidad y la imaginación erótica que tuvo que aprender, el deleite de las pieles y la entrega, del dominio y la posesión, de ese deseo doloroso de apurarse, de comerse, tembloroso y fiero, sino también la comprensión de la plenitud y su sentido, la luz de sentirse unido a alguien, algo que comprendió al desaparecer el centro de ese inmenso amor. Amor quizá extraño para la solemnidad de los rituales de Jesucristo, pecaminoso y sensual, pero tan intenso y deslumbrante que quizá llegara a pensar que ese era el más elevado y feliz de los sentimientos humanos, toda vez que no tuvo hijos y que nunca los tendría. Hubiera dado la vida si Shelide se lo hubiese pedido, pero ella le pidió otra cosa, y respetó su decisión. Tal vez eso fuera el acto de amor más verdadero que jamás cumpliera en su vida, y eso lo aprendió escribiendo.

Sabrá escribiendo que, cuatrocientos años más tarde San Juan de Yepes conocerá lo que él vivió. También le sucederá a Santa Lucía, y seguramente, ochocientos años después, esa directora de museo y yo mismo, podemos afirmar que conocimos a su vez algo del sagrado amor que nos acerca a la luz, a Dios, aunque digamos divinidad en vez de Dios, o trascendencia, incluso aunque utilicemos otras palabras más pragmáticas o técnicas, menos heroicas y solemnes. Al mirar sus ojos, al cruzar la mirada frente al expositor de cristal que protege los incunables y pergaminos, siento la llama de un amor perdido, pero un amor de esa dimensión trascendental, de ese éxtasis sublime.

El monje saldrá al patio interior alguna de esas noches en las que su cuerpo dolorido y viejo no pueda evitar el latido de la cadera, el fuego de la llaga húmeda que surja de los muslos, el color del vello que atisbará en la postura de la mujer sobre la cama. Dirá Shelide sin saberlo. Olerá el frescor de los árboles y el jardín cristiano tratando de recrear el perfume de aquel otro jardín mediterráneo enterrado, y la desnudez fragante de Shelide y su sudor afrutado y dulzón, rendida de placer y amor entre sus brazos. Anhelará la aspereza inquietante del falo hinchado de sangre, su calor y su dulzura estrellada contra la sangre encendida de la mujer.

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Entonces, poco antes de que salgamos del museo y nos despidamos seguro para siempre en las inmediaciones del vivero, acude una frase de otro escritor que admiro. La vida de Santa Lucía no está en esos textos rescatados, ni siquiera en la totalidad del libro o los libros que escribió a lo largo de su vida de sesenta y dos años según el archivo de defunciones del Monasterio de Mérida, aunque hubiesen llegado intactos e íntegros hasta nosotros, pero sí el apogeo de esa vida. Y Fabien de Guillaune tuvo que sonreír al pensar que había rescatado algo de ese amor perdido. No exactamente el brillo de los cuerpos empapados en sudor, entrelazados en esa pureza sanguínea, o la sublime música en los labios de placer de Shelide contra su oído, no esa pericia desbordada y ese calor, tampoco las hambrientas expulsiones seminales, constantes y desbocadas de amor y deseo, en las que la sensualidad y la intimidad con la mujer árabe le descubrió el fulgor de la cópula y las posibilidades santificadas de la piel de los amantes sumida en lo sagrado. Pero rescatará la esencia de todo ello, el amor que lo atará para siempre a Shelide, la magnitud desinteresada y gloriosa de una loa eterna, de un proyecto de fertilización y continuidad que halló en el placer y la satisfacción su inmensidad. Verá a su vez a la mujer que veinte años después se desnudará noche tras noche en esa cabaña junto al jardín, a unos pocos metros del limite de la muralla para que él la admire y la comprenda, sin que se toquen, sólo ella y su feminidad divina, hasta provocarle lágrimas de felicidad. Fabien pensará que el dios de esas tardes húmedas del mediterráneo en las que la poderosa masculinidad de la madurez despiadada abrió el secreto del mundo en su mojada calidez, que los gritos mirándose a los ojos y esa unión exacerbada de los músculos, la piel y la sangre, de los flujos y la saliva, sobre la sedosa caricia de la cama, en el fresco dormitorio de la torre, se parecerá al amor de Dios que le contaron de niño, a eso que tendría que perdurar de la existencia, y a su vez que la única manera de hacerlo en su vejez será mediante la escritura. Y sabrá que el Dios de Shelide y el suyo será el mismo, que estará allí entre los dos sin conflicto ni distancia. Dirá que Dios está en esa mujer del río que se marchó un año y medio después de llegar al monasterio, que le confesó que la saciedad sólo podía alcanzarle en el desprendimiento y la entrega a ese hombre perdido. Que dentro de ella el volcán clamaba el alivio de la ocupación y la semilla, el embiste amoroso de la dureza sanguínea conmovedora que la hizo elevarse y alcanzar una especie de santidad y de sentido que había perdido si él no estaba. Él, tal vez tan humano como divino, una máxima, afirmó ella, de la grandeza de lo humano a pesar de sus miserias. Él que había pasado a representar lo divino no por su condición de hombre sino por la entrega común de sus rezos y confesiones. Fabien no sabrá de ese autor, sino que se acercará a Dios en esa consagración del espíritu que volverá a reencarnarse en esa gloria de los muslos femeninos y las nalgas encaramadas sobe la fertilidad de su sexo. Negará en su soledad de poco antes de morir que esa carne sea el pecado exigido por la iglesia, que haya algo que no sea trascendente y sagrado en esa unión que durante muchos años celebró con Shelide. En su modestia intuirá la nula importancia de la duración o la falta de sustancia de esa negación del cuerpo que el cristianismo convertirá en su batalla contra el miedo a lo femenino. Preferirá expresar la delicia de la Diosa, la necesidad del amor y la dulzura para la paz de la tierra, lo cercano a la divinidad de ese amor. Explicará como en esa sumisión existirá a su vez la reivindicación de la fuerza masculina, su equilibro, su respeto y su rezo diario por el sentido. Verá una vez más las lágrimas de la mujer del río, las suyas y las de Shelide aquella tarde nublada de abril en la que el barco con algunos de los últimos cruzados prisioneros, supervivientes de las matanzas, del encierro y el desastre, de la sangre y la derrota, saldrá del puerto para adentrarse hacia Italia, tal vez Génova. Esas lágrimas encontrarán la solidificación del corazón y la expresión de esa pena inconsolable ante la divinidad vivida y escindida, evaporada al instante conforme el barco se aleje de la costa hasta postrarlo en un dolor insoportable. Será como la vida que se le va a ir escapando día a día y que tratará de retener con la escritura de aquello que lo hizo precisamente sentirse vivo.

Y no será la guerra, ni las oraciones, ni siquiera la amistad con Don Fernando o Don Cristobal de Melliéres, o el apacible discurrir de la existencia con los templarios. Tal vez algo de la infancia sí, algunos lugares y encuentros, pero siempre será lo otro. Lo otro vivido y pensado, sentido en una incomprensible eternidad. Lo otro que al final, de la manera que sea, pretenderá ser escrito.

Copyright Jimarino

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Llama del amor viva

(San Juan de la Cruz)

____________________________________________________________________________________________________________________________

 

¡Oh llama de amor viva,

que tiérnamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Pues ya no eres esquiva,

acaba ya si quieres,

rompe la tela deste dulce encuentro.

¿Oh cautiverio suave!

¡Oh regalada llaga!

¡Oh mano bendita! ¡Oh toque delicado,

que a vida eterna sabe,

y toda deuda paga!

Matando, muerte en vida la has trocado.

¿Oh lámpara de fuego,

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con extraños primores

calor y luz dan junto a su querido!

¿Cuan manso y amoroso

recuerda en mi seno,

donde secretamente solo moras:

y tu aspirar saboroso,

de bien y gloria lleno,

¡cuan delicadamente me enamoras!

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. canas dice:

    Extraordinario texto.Enhorabuena

  2. carlosmonsivas dice:

    La verdad es que tras un largo tiempo ausente por enfermedad, y también porque pensaba que los cambios de formato estaban destinado a evitar los comentarios de los lectores, el pasado fin de semana leí a conciencia las tres genealogías que has escrito. Si hace cuatro o cinco años ya, me quedé en Los Perros de la lluvia porque creí haber encontrado un lugar de literatura excelso y a un escritor soberbio y sumamente interesante, regresar con la lectura de estos textos, no sólo confirma todas las expectativas que puse alguna vez en ti, sino tu talento narrativo y el enorme potencial que posee tu literatura.
    Intentar encontrar el origen del hecho de escribir, de la ficción, en esos tres ensayos narrativos, ha sido un itinerario tan espléndido como Cinco Itinerarios para una novela futura. Incluso diría que esa ambigüedad común a la buena ficción literaria me ha abierto caminos que pensé cerrados para acercarme a la raíz de la escritura y nuevas ideas que sin duda, van a llenar mis próximas pesquisas.
    Valoro especialmente no sólo la calidad de tu escritura, sino la profunda solidez argumental, el maravilloso curso que siguen las tres historias; la emocionante aventura de acercarte a Pavese y a Flaubert; reencontrar el origen de la ficción en la herencia, en el Padre; o la fabulosa aventura del amor capaz de mezclar con una prosa deliciosa los destinos de San Juan de la Cruz, la mujer del río y el Templario, a Santa Lucia, con este presente nebuloso donde todo se confunde.

    No es por nada, pero si tus Genealogías de la literatura van a seguir, tienes ahí un libro completo, tan instructivo para acercarse a las raíces y el origen de lo literario, como apasionante en su recorrido. El sector está mal de todas formas, pero los tres ensayos narrativos son una joya.

    Siento haber estado ausente tanto tiempo mediante el correo electrónico y mis comentarios, pero nunca me he marchado de esta página, y ha sido un placer poder adentrarme en esas Genealogías deslumbrantes por fin bien de salud.

    El lunes un compañero lector al que aprecio mucho me preguntó si era posible contactar contigo. Le dije que sí. espero que no te haya molestado

    Un abrazo muy muy fuerte, Jimarino.

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