Ricardo Piglia no murió de enfermedad

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      En realidad Ricardo Piglia no murió de esa larga enfermedad que le atormentó los últimos años de su vida, aquella que si no recuerdo mal le hizo reclamar ayuda económica a causa del elevado coste de las medicinas del tratamiento. No hace mucho, poco después de la muerte de Juan Goytisolo, leí un texto muy triste sobre sus padecimientos económicos finales, su afán por asegurar la vida de aquellos que lo cuidaron en esos años terminales y mantener la dignidad. Revisando el documental que La 2 de televisión Española emitió en Imprescindibles, me hirió la vejez y la pobreza de las ropas con las que se vistió para recoger el Premio Cervantes, esa corbata mal anudada sacada de un museo de los años setenta u ochenta, esa camisa verdosa descolorida, la chaqueta antigua, demasiado grande para los hombros de un anciano, esos pantalones de al menos dos o tres tallas por encima de lo conveniente, que caían como un saco sobre sus zapatos sin lustre. Los escritores nunca se hicieron ricos con la literatura, salvo algunas raras excepciones y por motivos poco o nada literarios, pero esa austeridad de Goytisolo me resultó excesiva, no por él, sino por el boato de la ceremonia y el lujo de todo cuanto le rodeaba. Todos esos Ministros y Subsecretarios de Estado, grandes personalidades, el Rey de España y la Reina, y los académicos, y la plana mayor de la Cultura Oficial, se habían puesto sus mejores galas, lucía el blanco reluciente entre los fracs y los elegantes trajes a medida, brillaba el oro de las casacas y las fajas, los botones, el mármol del recinto, y el agasajado caminaba hacia su sitio después de cumplir un hermoso discurso, profundo y lleno de ideas originales, con aires de decaído vagabundo, de anciano fatigado aparecido en la plaza vacía de un pueblo de montaña perdido. Siendo muy joven me acuerdo de cuanto me afectó que al poeta Gabriel Celaya el Estado tuviera que pagarle los gastos médicos y concederle una pensión asistencial porque no tenía dinero para comer ni abonar el alquiler de su piso. La nueva Ley de Pensiones de Montoro, salvo que haya habido algún cambio reciente, obliga a los potentados escritores a elegir cobrar derechos de autor o pensión, algo increíble en un mundo en el que tanta gente adinerada se jubila con ingresos variados y abundantes procedentes de diferentes pagadores sin tapujos ni vergüenza. La miseria de los escritores, una vez transcurrió ese periodo de mitificación que me hizo asociar por culpa del bromista de Flaubert a la literatura con un sacerdocio, siempre me dejó frió y confundido. La locura patética de Leopoldo María Panero. El hígado de Bolaño frente a 2666. El alcoholismo de Lowry, Faulkner o Fitzgerald. El anonimato de Kafka. La hipocondría de Proust. El parche en el ojo del glucémico Joyce y la ceguera de Borges. Toda esa miseria y con qué entusiasmo hemos sostenido y trasmitido esta tradición. 

    A pesar de todo, antes, creía en esa mística, me sentía capaz de protegerla.

    Ricardo Piglia contrajo esa enfermedad porque empezaba a sentirse muy sólo. Murió de soledad. La enfermedad más común de todos los escritores que todavía creen en la magia y no la encuentran a su alrededor.

Copyright Jimarino

 

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

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    ________________________________

  2. Diana dice:

    Hola Jim. Casi debería presentarme de nuevo, ¿o no? Se me hace que si me parara frente a vos hoy y habláramos, apenas sabrías quién soy. Es verdad: la soledad consume. Y va contra todo deseo de salud alentarla. Pero no siempre es posible rescatar de ella a quien siente profundamente la angustia de conocer lo peor del ser humano. El mundo actual se regocija en impulsar lo peor de nosotros y el escritor es un ser demasiado lúcido y sensible para soportarlo. Claro que hablo de los verdaderos hombres de letras, no de esos nuevos “autores” que hoy escriben por encargo.
    Quizás tengas algún recuerdo de una princesa pagana y apasionada que aún vive donde Saint Exupery aterrizó de emergencia y conserva el hábito anticuado de escribirse cartas con seres vulnerables que sobrevuelan las ruinas de este planeta.

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