Un cuento japonés-Homenaje a Yanusiro Kawabata

portada definitiva

Hace ya seis años que participé en un particular homenaje a Kawabata para La maison du Japón en Paris. Los derechos son ahora míos, así como la curiosa edición que por entonces ideó el pintor Kyo Tazuko.  

A la memoria de ambos: Un cuento japonés.

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Un cuento Japonés
UN CUENTO JAPONÉS

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           Una mañana cálida de primavera en la Casa Blanca de Kyo, el maestro pintor Tazuko habló de una posibilidad de plenitud entre la pintura y el amor. Los alumnos abandonamos al instante los pinceles y prestamos atención a las palabras del maestro. Todas las miradas se fijaron en su rostro, en sus movimientos en la tarima. Parecía que hablaba consigo mismo en voz alta, conmovido por un pensamiento inaccesible a nosotros que surgía con una claridad diáfana mientras su voz ronca nos envolvía. Nos despertó del letargo de la pintura aunque costase entender al principio lo que nos contaba. Habló de una consciencia más elevada capaz de unificar esos dos aspectos fundamentales de su vida, una especie de tangencia completa que muy pocas veces se daría en la existencia así, entre esas esencias humanas, con esa concordancia y esa armonía. Nos pedía que estuviésemos atentos. Creí distinguir en sus palabras un recuerdo vívido e intenso, una nostalgia irrenunciable que veneraba un tiempo pasado y lo transportaba hasta el aula iluminada por los rayos del sol. Nos avisaba.

          -El proceso es largo e inesperado, y ese instante, fundamental para el dibujo, el color, los sentidos y el espíritu. No es una plenitud única a lo largo de una existencia desde luego, pero sí esencial, singular, merecedora de ser vivida consciente. Una diminuta cima que cualquier hombre, y sobre todo un artista, no debería pasar por alto.

            Fue a los veinticinco años cuando conocí a Kinuko, en una posada a orillas del lago Fujigoko. Al amanecer estábamos exhaustos, enrollados entre las sábanas húmedas, con los cuerpos enlazados. La luz azulada y pálida del día evocó el fulgor de ciertas pinturas que me fascinaban. El frescor del aire procedente del bosque y las corrientes del lago convocaba a través de los ventanales una gozosa expresión de vida. Me conmovió toda esa belleza sentida, tan inesperada.

           Al cabo de unos minutos tumbados con los cuerpos distendidos y la respiración entrecortada, Kinuko se apartó de mí con suavidad, alzó los ropajes de la noche mojados, se irguió con ligereza sobre los almohadones y se tapó la cara con las dos manos. Dejó que la mirase un buen rato en silencio hasta que le pedí que se descubriera y abriera los ojos.

              Tazuko nunca nos explicó esa extraña vergüenza del amor al amanecer.

           -Te he elegido entre todas las esencias del verano, el lago y el bosque ¿No me crees?

              -Si. Pero en el amor hay otras cosas.

              Su rostro despejado adquirió un calidez cercana. Noté el alivio ante esa culpa de la entrega. Una mujer así, desnuda sobre la esterilla acolchada, tan blanca la piel, los labios gruesos y rosados, los senos amplios y el vello oscuro del sexo en la azulada anchura de los muslos, merecía algo más.

              -No estás segura… ¿no es cierto?

              -No, no. Lo estoy. También yo elegí.

              Su risa fue aniñada, pícara.

              Al cabo de un rato nos dormimos una media hora.

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         Al despertar Kinuko se hallaba boca abajo. El sol iluminaba su cuerpo. La sala austera y limpia me pareció el centro del universo.

             Tal y como nos había revelado Tazuko, la mano debía ser como la de la pintura en el cuerpo de una mujer. La palma, la muñeca y los dedos, tenían que poseer esa flexibilidad del trazo. Dibujar las curvas y las aristas, la silueta y los pliegues, la mancha y la linea ligera, con las yemas.

             Primero contemplé otra vez su sueño. Oí la respiración lenta y apacible. Percibí el complejo aroma de la piel. Luego cerré los ojos y traté de dibujarla con el tacto en el aire tal y como Tazuko nos había explicado, sin tocarla.

             -La plenitud no es sólo física. Es una plenitud de todos los sentidos. Todo lo que aprecian los sentidos se ejercita como el trazo o la sombra.

             Desde hacía mucho tiempo, desde que esas palabras pronunciadas con voz ronca y segura llenaron mis oídos, había ejercitado cada uno de mis sentidos con la misma ambición y entrega con la que perfeccioné las técnicas del dibujo. Tocaba como si dibujara. Había acariciado telas, sedas, flores, pieles, formas geométricas, durezas, piedras, frutas, preparándome consciente para esta plenitud. El perfume de las pieles y el de los aceites. El olor del aire al paso por el bosque. El aroma de la tierra húmeda y la comida. El sabor de cada alimento, del sake o la pulpa. La vista y la pintura. Tazuko insistía en que no se podía pintar sin mirar, que había que mirar mucho y bien, en profundidad, para poder dominar el trazo y aprehender la perfección del mundo, para pintar más tarde incluso a ciegas.

           Todo lo que sabía surgió ante ese cuerpo iluminado por el día cálido. Acaricié como si pintara. La textura de la piel se deshacía en mil sentidos y referencias hasta confirmar sin remedio que en realidad había elegido bien. La dulzura de ese tacto erizaba toda mi piel. Al tacto le acompañaba el resto de sentidos con una complejidad plena y extraordinaria.

            Ella respiró de otro modo surgiendo del sueño sin que se notase. Olí su espalda. El cuello emanaba un intenso perfume florido que se entremezclaba con el aroma del sudor dulzón tras el amor nocturno. Imaginé el gusto antes de estirar la lengua y posarla sobre los hombros. La otra mano gozaba del tacto de la piel blanca.

         -¡Existe el tacto del color!.-Nos gritaba Tazuko cuando los ejercicios que proponía no eran cumplidos con el rigor necesario por los discípulos.

      –El tacto tiene color. El color tiene sabor. El olfato tiene color. El tacto posee sabores…

        Me pareció que ella coronaba ese proceso de plenitud por sí sola. Otorgaba el sentido a ese largo aprendizaje. Había sabido apreciar, como los maestros del dibujo, la perfección inesperada de ese rostro luminoso. En sus ojos la alegre chispa del placer que comprendía la esencia de la vida. Era algo esencial sobre el placer.

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           Horas antes, en el primer contacto visual, surgió el perfumado aliento de su cuello, el sonido de los ojos claros, la textura inesperada de los párpados, el brote espontáneo de luz en el rojo de los labios. La mano sobre la mía. La mano besada en el jardín de la posada, a pocos metros del lago. La calidad del sabor apreciado después y anticipado. Y aún así algo incompleto en mí.

           Tazuko me hubiese dado alguna respuesta de no haber muerto el año anterior.

         A pesar de ser muy temprano, y sin mover la mano posada con levedad sobre las nalgas redondas de Kinuko, me serví una copa de sake. Esa sensación de malestar interrumpió la armonía de los sentidos ante la desnudez femenina.

           Podía haber contado a Kinuko, cuando entre las brumas del anochecer pronunció mi nombre sumida en el placer, que durante años me preparé para esa noche a conciencia. Interpreté las imperfecciones de otros cuerpos de mujer para llegar a la perfección que a esas horas del día me permitía esa pintura de los sentidos sobre su belleza fatigada reposando sobre la esterilla. El sake calentó mi cuerpo mientras la miraba. Jamás olvidaría el trazo de su figura sobre la blancura del colchón.

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            Fui niño separado de su madre. Alguna vergüenza inconfesable la expulsó de mi infancia. Mi padre no pudo enseñarme nada. Todo lo que tuve de niño se lo debía a Tazuko, no sólo mi profesión o ese instante de deleite y sabiduría con Kinuko, sino casi toda la percepción del mundo, lo que llegué a comprender del hecho de existir. Gracias a él pude apreciar con cuenta gotas, de vez en cuando, ese conocimiento pequeño, insignificante tal vez, pero lleno de una totalidad que me ha servido hasta esta vejez inminente. Me libré gracias al maestro de la vergüenza de la orfandad, y aprendí un arte cuya dimensión y sentido era capaz de abarcarlo todo. Tazuko hablaba de esa totalidad de los sentidos para que pudiésemos entrelazar la vida con la pintura. Ebrio de pintura, alcohol y mujeres, hasta su muerte. La existencia como una celebración de lo que se puede sentir por encima del dolor de la decadencia y la pérdida.

            Mis recuerdos poseían la luminosidad del jardín en las cercanías del Monte Fuji. El olor de esa primavera intensa que surgía espléndida tras el frío invierno. Tazuko me contaba los ciclos de las plantas y las flores. Luego dibujábamos pequeñas cosas de la naturaleza, apenas formas sesgadas, apuntes, esbozos. Me enseñó a escribir. Dejé de preocuparme por las palizas de mi padre, por la ausencia de mi madre. Tazuko insistía en apreciar la realidad de las cosas separadamente, con cada uno de los sentidos, y más tarde me ofrecía la posibilidad de sentir con todos ellos a la vez. A veces el aire frío que llegaba de las montañas nevadas cargado de perfumes; otras la irresistible plenitud de una rara flor recogida tras nuestras largas caminatas por el bosque. El eco de una voz inesperada. Una figura esbelta junto a un arco del templo.

              -Distingue esa flor de todo. Hazlo con todos los sentidos. Comprende por qué es distinta, por qué es tal vez mejor. Su sombra y su luz. Su contenido, su aroma y sus sutilezas. Consigue diferenciar esa variedad de otras por el tacto, con los ojos cerrados…

          Durante años, al llegar el atardecer, Tazuko se despertaba somnoliento y silencioso. La cercanía que expresaba por las mañanas, su conversación constante, sus enseñanzas, enmudecían a las cuatro de la tarde. Una vez me quiso explicar que la vida poseía dos esferas, dos ciclos que se entremezclaban sin remedio. Aseguraba que comprender ese tránsito era de alguna forma dominar el arte de la pintura. No sólo se trataba del dibujo y la maestría del color. La técnica era una necesidad irrenunciable que costaba años desarrollar y dominar, pero lo esencial para una artista era entender ese tránsito entre la luz y la oscuridad, sus interacciones, el contacto continúo de los conceptos. La belleza de la luz atravesada por las sombras.

            Sus tardes tras la siesta eran las horas de sombra. Si por la mañana dibujaba la naturaleza, la luz, la espléndida geometría clara de las cosas visibles y su esencia luminosa, por la tarde, tras beberse una botella de sake en silencio nada más levantarse, sentado en una silla de madera, mirando la evolución del atardecer, sus colores particulares, se metía en la cabaña y sin decir nada pintaba cuadros completamente diferentes. A mí me gustaban mucho más esas pinturas del ocaso sin saber porqué. A menudo cuerpos de mujer. Otras olas gigantescas o sombras monstruosas. A veces escenas de terribles leyendas que conocía. Esos cuadros apenas se vendían, tan sólo los compraba un coleccionista de Tokio que nos visitaba todas las primaveras en la cabaña del lago y se llevaba fascinado, haciendo reverencias una y otra vez, la mayoría de las pinturas. En el mercado de las flores, sin embargo, dos veces al mes, sus obras de la mañana alcanzaban cotizaciones elevadas, y solía regresar los viernes, justo a la hora de la siesta, con la bolsa llena de monedas.

             En cuanto anochecía, casi todos los días, visitaban a Tazuko amigos que llegaban desde otras partes de Japón para pasar un rato con él; a menudo mujeres hermosas a las que pintaba sumido apenas en la luz de las velas y los candiles de aceite.

        Soseki le dijo un día que se quedaría ciego pronto. Tazuko le contestó entre carcajadas que entonces pintaría de verdad con todos los sentidos.

           Cuando se trataba de amantes rompía su silencio y me pedía que bajara al pueblo. Había una casa muy grande cerca de la plaza principal, donde una mujer entrada en años, amiga de Tazuko, me preparaba en una sala lienzos y tintas para pintar durante toda la noche. Tazuko venía a recogerme a distintas horas. Según decía, nunca podía precisar cuando acudiría a por mí porque, como sucede con un cuadro, a veces la creación no daba más que para una hora, o por el contrario, su sentido podía alargarse días enteros. Kotoko, su amiga, cuidaba de mí con esmero, y solía recordarme la suerte que había tenido con la decisión de adoptarme tomada por el maestro Tazuko.

             En ocasiones, podían pasar incluso tres o cuatro días hasta que Tazuko recorría los cuatro kilómetros que separaban la cabaña de la casa de Kotoko. Cuando regresaba a la cabaña con él sentí muchas veces deseos de que me contara lo sucedido en mi ausencia. Me chocaba que al llegar a la orilla del lago todo pareciera en orden, dispuesto tal y como yo lo había dejado al irme, como sino hubiese sucedido nada más allá de la pintura. Esa curiosidad se agudizó conforme crecía. Me resultaba algo misterioso.

             La mirada de Tazuko alcanzaba la plenitud de la completa comunicación diurna y el hermético silencio de sus noches. Eso lo apreciaba en sus ojos.

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             En ese instante, al admirar la belleza de la redondeada nalga uniéndose al muslo, el asomo turbador del vello oscuro en medio de esa blancura, recordé todo ese misterio anhelado.

           Al acariciar la sedosa carne que contemplaba con esa lentitud del dibujo iniciado por los dedos, pensé como aguardaba a veces la llegada del día para tener las palabras de Tazuko, y otras cómo se agotaba el mediodía, se aproximaba la siesta, para contemplar la hermosa, oscura y turbadora pintura de mi maestro al atardecer, para imaginar en qué consistirían las veladas de amistad, amor, ebriedad y pintura de Tazuko.

             A veces notaba la piel erizada al pensar que durante dos días Tazuko se había encerrado con alguna de sus amantes. A partir de cierta edad estuve tentado de espiarlo alguna vez. Comprender por qué de esas noches, entre las pinturas y los lienzos acumulados, surgían hermosos desnudos fragantes de posturas sexuales y colores, otras oscuros trazos de un muslo, un pecho, unos hombros o un rostro, entre las telas que guardaba en los estantes centrales de la cabaña. Cuando sus amantes pasaban apenas unas horas de la madrugada en el estudio, al día siguiente no había dibujos ni pinturas, a lo sumo una hoja manchada por unas pocas líneas, una nube de carboncillo sin forma, a veces tan sólo una tenebrosa nada expresada en un sólo lienzo que nunca comprendía.

             Las piernas de Kinuko se entreabrieron. Entre los ligeros rizos oscuros surgió una perlada gota que pareció brillar con los rayos de sol que caían sobre su cuerpo.

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            Tazuko decía que las mujeres no eran hermosas por su aspecto o su fisonomía exterior tan sólo. Que era necesario desconfiar de los adornos o de la figura, de la vanidad o la confianza sin más. La belleza no era una creencia para él, sino una existencia. El conjunto debía poseer una armonía de todos los sentidos, y él nunca había logrado una comunión completa, seguramente porque esa mujer que anhelaba pintar, poseer y cuidar, no había llegado todavía, o como a veces afirmaba desanimado, porque esa mujer desearía a un hombre mucho más perfecto, armonioso y profundo que él.

              -Eso hay que comprenderlo tarde o temprano.

          Esa gota anunció el temblor de los labios y el suave gemido. Los brazos se estiraron sobre la cama ávidos del deseo de pintarla. El cuerpo se había distendido en un sólo gesto, en esa amplitud de extenderse. Pude tranquilizarme justo en ese momento después de la inquietud sobrevenida con las primeras luces del día. No había nada extraño en esa vergüenza surgida con la luz. Comencé a experimentar esa alegría de apoderarme de la pintura, de sentirla dentro y creer que podía expresarla. El alma de Kinuko se adhería a la belleza del cuerpo, al tacto de su piel, a su olor, a su respiración entrecortada. Necesitaba acercar la lengua a esa perlada suavidad rosada y entreabierta.

             Ella entonces habló.

          -No estoy acostumbrada a este centro incesante. A que alguien me mire, me huela y me toque, que me saboreen de éste modo. No estoy acostumbrada a esa forma de amor. Todavía me intimida, debes perdonarme…

          Bebí más Sake para apurar ese instante. Las palabras surgidas del duermevela. El rostro de kinuko oculto entre su brazo y los cabellos negros derramados sobre la almohada.

          Kinuko no sólo me había entregado su deseo, su cuerpo. Con esa confesión había llegado a eso que Tazuko mencionaba con un brillo en los ojos: a la completa entrega de lo femenino. Entrega de su inaccesible interior que, en ocasiones, muy pocas veces, para la mayoría nunca -se lamentaba-, permitía alcanzar esa esencia del origen, nos era concedida.

           -Un asunto de la creación misma…

           Muy suavemente me acerqué a ella y la moví ligeramente, con cuidado, para que se diera la vuelta. Si la blancura del cuerpo, de espaldas, era deliciosa, sublime en esa luz, asomaron entonces las curvas del vientre, los pechos temblorosos cayendo hacia el lado, la ligera protuberancia del sexo y la tenue mancha enmarañada de vello, con su perlada gota surgida, acompañada de un leve flujo trasparente y espeso. También el complejo dibujo de las rodillas y el pie pequeño de una hermosura delicada. No tardé ni un segundo en perder esa rudeza inexplicable que creí entrever en mi manera de acercarme a ella durante la noche.

               La pintura nunca debía ser afrontada desde la ebriedad completa o la turbación excesiva de los sentidos.

              -La pintura es calma y armonía. Es el reflejo de la suave contemplación, aunque la inspire un sentimiento profundo y arrebatador. La emoción contenida que debe controlarse para crear, para construir, sin que se desborde ni se oculte su esencia.

               La miré largo rato. Cualquier detalle de su cuerpo acentuaba la singuralidad que había percibido el día anterior a simple vista, tras intercambiar unas cuantas frases sin importancia en el jardín. Ella se ruborizó ante la insistencia de mis ojos. Una mezcla de placer secreto, de adoración deseada, de centro del universo, y una vergüenza ante el desafecto sabido y tantas veces admirado, a punto de ser descubierto. Una vergüenza de ser menos de lo que ese hombre ve. La distancia entre la libertad y la intimidad en el placer. En esa postura, la sensación de desnudez, de apertura y exposición, era mayor. Del rubor pasó a una ligera osadía cuando abrió sus labios y los humedeció con la lengua despacio, con mucha delicadeza. Luego separó con suavidad, apenas una imperceptible distancia, los muslos, como si quisiera darme sin que se notara el secreto de sí misma.

            -Si sigues mirándome, este cuerpo dejará de sorprenderte con el paso de los días. Dejarás de mirarlo y adorarlo así. Pero no me importa.

         De no ser por el vello adulto del sexo y sus pechos su figura despertaba un recuerdo de infancia. Las niñas bañándose desnudas en el río. Su inocencia abarcaba la totalidad del equilibrio. La avaricia infantil de la noche había dado paso a una sensación de plenitud sexual que la dulzura de su rostro sin embargo deseaba desmentir. Era una apelación al cuidado y a la pureza, a pesar de la intensa luz que revelaba la totalidad de su piel. El ombligo hundido quedo fijado ante mis ojos. Lo acaricie con el dedo índice. Luego lo rodee con la lengua.

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              Tazuko murió una noche fría de diciembre. Guardo los cuadros de aquella larga fiesta de cinco días en un baúl de madera que he llevado a cuestas a todas partes. La mujer que lo acompañaba se fue por la mañana temprano al notar el cuerpo frío que descansaba a su lado. Escondí durante años los cuadros que pintó en esas horas y no quise mostrarlos a nadie. Tenía la sensación de que guarecían un secreto que debía descubrir antes de exponer las pinturas al público.

           Tal vez fuera una mujer como Kinuko, o ella misma. El viejo pintor murió extasiado de la belleza que buscó toda la vida. Lo percibí ante la hermosura de los dibujos, en la seguridad del trazo, en el color de cada una de las partes de esa mujer que pintó.

             Tenía veinticinco años cuando Kinuko permaneció a mi lado todo el verano, cuarenta y cinco días completos, en aquella posada junto al lago Fujigoko. Había comprendido algo que ahora sé con certeza. Algo sobre la belleza de la vida y la pintura, sobre su sentido.

              Tazuko no paró de beber sake a lo largo de toda su existencia, a veces en cantidades ingentes. Quise llegar a todo eso a través de esas últimas pinturas del maestro, del olor que de repente sentí en el vientre de Kinuko, seguro similar al que dejó la mujer que abondonó el cuerpo sin vida de Tazuko en la cabaña del lago después de esos cinco días de amor, en su memoria, en cada pintura cumplida.

               La pintura estaba en ese sueño nocturno y en la luz del día.

               Recuerdo que, después de acariciar cada pliegue y cada rincón de su cuerpo esa mañana, cogí un pincel y empecé a pintar a Kinuko como si no hubiera otra cosa que hacer en la vida.

               Pintar siempre fue para Tazuko una forma de amor.

            Durante cuarenta y cinco noches y cuarenta y cinco días de verano pinté para atrapar el alma de Kinuko.

               Cuando todo cesó, comprendí porque Tazuko había muerto esa noche.

Copyright Jimarino

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  Un cuento japonés (1)

7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Diana dice:

    Cada vez que las Bellas Durmientes duermen su sueño narcótico en el Palacio, sueñan con este relato.
    Abrazo.

    1. jimarino dice:

      Merci Diana; me alegran mucho tus palabras,y son hermosas.
      Qué gusto tenerte por aquí…y además estoy mucho mejor.
      Un abrazo.

  2. carlosmonsivas dice:

    Lo mejor es reconocer que el cuento es tuyo, hermoso y lleno de belleza y sabiduría, y al tiempo sentir en la prosa el ritmo de Kawabata, que parezca de verdad un cuento japonés.
    Llevo tiempo sin aparecer,pero ha sido un placer leer en mi aparatillo electrónica tanta literatura en 20 páginas

    Un fuerte abrazo Jimarino

    1. jimarino dice:

      Querido Carlos;

      Otra vez por aquí después de tanto tiempo.
      Te agradezco como siempre el comentario, sobre todo porque la intención del cuento es ese homenaje a la literatura de Kabawata en un momento de mi vida lleno de cierta sensibilidad japonesa…si por asomo te he podido recordar al maestro japonés el sentido del cuento está cumplido. También es una intensa metáfora sobre el arte y la sensualidad de la vida, o es lo que he pretendido.
      Espero que estés bien y una vez más gracias por tu presencia aquí…

      Un abrazo.

  3. M.Antonia dice:

    Felicidades, muy hermoso tu libro

    1. jimarino dice:

      Muchísimas gracias Maria Antonia, por haber leído el cuento y por el comentario. Un abrazo

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