Juan Goytisolo-El origen de la escritura

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El escritor y el espejo. Copyright Jimarino.

         Tal día de julio como hoy, hace exactamente quince años, salí corriendo de la plaza de Yamaa el Fna mareado a causa del hachís, embriagado por un extraño té de menta perfumado de especias que me había preparado un anciano cuenta cuentos. La plaza estaba abarrotada de turistas y mi carrera despavorida provocó un cierto revuelo, algún pisotón y muchos empujones. Hassan me había dicho a la cara que la escritura, al contrario que la narración oral, exigía desnudarse por completo, transformar el latido, la intuición profunda, la carne, la emoción y el pensamiento, en signos gráficos que representaran esa totalidad imposible que somos. Cada palabra, un esfuerzo por fijar su significado.

         Después de la espantada, me adentré en la Kasbha con la intención de hallar la casa en la que vivía Juan Goytisolo. Tenía entonces mi Monique Lange particular, toda la esperanza intacta y muchas ganas de comerme el mundo. Quizá fueran el cannabis y las especias que espolvoreó el cuenta cuentos, pero lo cierto es que sus palabras me habían inquietado.

         -Tendrás que ver el sol cara a cara. Es posible que te quedes ciego. Hay un espejo y una Diosa que baila sobre las olas y te llama. Ella es el origen de todo. Debes tener en cuenta que cuando la Diosa detenga ese movimiento las palabras habrán terminado. Por eso cuento historias en esta plaza, porque renuncié a ese esfuerzo cuando dejé de ver.

       No encontré a Juan Goytisolo. Durante casi una hora caminé por las callejuelas empapado en sudor. Me había perdido y ya era de noche. Marraquesh me sirvió de mucho.

       Hace unos días leí unas declaraciones de Goytisolo en las que aseguraba que desaparecida la libido y con ella la escritura, se dio cuenta de que había dicho todo lo que tenía que decir. Su cuerpo no daba para más.

         Llevo demasiados años intentando encontrar sentido a este oficio maldito. Esta mañana tenía tiempo y aire, el calor húmedo sofocaba, la luz era intensa. Un escritor que utiliza la libido para escribir, que escribe gracias a la libido. El placer de la lectura que surge ante algunos textos se asemeja a la excitación sexual. Recuerdo las imágenes de Bolaño. El pasillo es un campo de batalla. Las frases se derriten bajo el calor sofocante del mediterráneo, quizá me esperan las palabras que busco, el destino que anhelo. Me he levantado envuelto en una pátina de delicioso placer sensual y sudor fresco.

          Es posible que los escritores tengan que desnudarse para llegar al alma de otro ser humano y así generar el interés suficiente que lleve a leer sus textos. También es cierto en este siglo XXI que demasiado a menudo las mitificaciones se generan por banalidades, reiteración y malentendidos. Es un grito sordo y una necesidad de que las palabras resuenen; apenas se oyen en el ruido ensordecedor del mundo presente. La desdicha cotidiana nubla esos caminos luminosos que la literatura y la libido suelen conceder. El pasillo se me hace eterno en este naufragio de fuego. Hay una relación entre el sexo del escritor y su escritura, entre el sexo de la escritora y su escritura. Quizá seamos pervertidos, lascivos, adoradores de Dioniso y Baco, o queremos serlo. Una escritora a la que admiro me concedió una respuesta divina a una de las cartas que le envié.

                 Escribo con el coño. Escribe con la polla.

                          F.J .

          Quedan pocos segundos para que me siente delante de mi escritorio y comience a llenar una hoja en blanco. Es posible que acuda la misma frustración frecuente, pero esta vez avanzo por el pasillo convencido de que la escritura está dentro de mi cuerpo, camina plena en ese delirio sensual de la literatura.

         Hoy no debo contar una historia, sino adentrarme en la vida. El collar me protege con su semilla de la tierra, lo mismo que el espejo vela mis pasos. Tan insignificante que un hombre cualquiera, un escritor por ejemplo, vaya a rellenar de grafías una hoja en blanco, y sin embargo, cuánta tradición milenaria a la espalda, cuántos siglos de libido y literatura.

       Le expresé en una carta a la escritora que su literatura me parecía muy erótica sin serlo. No había escenas sexuales explícitas en sus novelas. Ella volvió a fascinarme con su respuesta. Lo llamó el origen de todo. Era una imagen de su coño. El coño de la escritora. Espero que me perdone y nadie llegue a reconocerla.

         Al cuenta cuentos ciego de la plaza de Yamaa el Fna y a la escritora salvaje les debo acercarme al origen de mi escritura. Tal vez entendí mal eso de desnudarme. De todas formas ya lo dijo Juan Goytisolo: desaparecida la libido se evapora la escritura.

         Señora F.J., a su estilo, y acompañando su deliciosa y aniñada vagina literaria, le muestro con humildad y mucha vergüenza el origen de mi escritura.

(Copyright Jimarino2017)

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El origen del mundo. Copyright Jimarino

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 El origen de mi escritura. Copyright Jimarino 

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