La Paulonia-Historia de Genji-Transformación

De no ser por la literatura lo más seguro es que jamás hubiese sabido lo que es una Paulonia, o tal vez sí, por una casualidad quien sabe, y al final, todas estas paradojas, suposiciones, e itinerarios erráticos posibles entre la voluntad -que suele ser tantas veces casualidad- y el azar -a menudo fruto del empeño de uno mismo- pertenecen a la literatura.

Un científico diría que la Paulonia es un árbol de las Escrofulariáceas. Un botánico añadiría una descripción más precisa, con vocablos científicos y sobrias y exactas disecciones. Personalmente, me acercaría al diccionario, y con cierta picardía expresaría a mi modo lo ambiguo de la definición leída: se trata de un árbol con hojas grandes, opuestas y acorazonadas. Y aún así, sobria y bella acepción que además posee exactitud: la hoja de la Paulonia tiene en efecto una curiosa forma de corazón. También mencionaría que posee flores azules, casi violetas, perfumadas y dispuestas en panojas, cáliz de cinco divisiones, tubo de la corola largo y encorvado. El botánico seguro iría más lejos, y hablaría sin pudor ni titubeos de que tiene su limbo oblicuo y laciniado, cuatro estambres y caja leñosa. El poeta clásico escribiría un verso de éste estilo: Paulonia de semillas, corazón y cuerpo de campana. Un historiador contaría que el nombre europeo de ese árbol, Paulonia, se le concedió en honor a la princesa Ana Pavlovna, hija del zar Pablo I, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Pero a mí me faltaba saciar una curiosidad que acudió al instante. El diccionario hacía mención a un nombre que irremediablemente fue inventado en el periodo posterior a la muerte de la princesa Ana Pavlovna, y en la traducción española de un libro japonés escrito en los primeros años del siglo XI se utilizaba esa palabra reciente. Me pregunté cual era el nombre antiguo de ese árbol, cómo lo nombraban en la época en que Mursaki Shikibu escribió La historia de Genji. Llegué al nombre originario, cuya transcripción en letras occidentales era la siguiente:

pao tong shu.

泡桐属

Y entonces me di cuenta de que el nombre de Ana Pavlova me era además muy familiar, también por razones literarias.

Me hallaba por entonces sumido en un periodo personal desolado y triste, buscaba a menudo la soledad de mi cabaña situada al final de la amplia terraza de la casa. Bebía mucho. Durante algunos días imaginé la Paulonia a través de las palabras que había leído. El proceso de conocimiento convivió con una especie de intensa ebriedad, también con una soledad demasiado ruidosa. Por circunstancias que no vienen a cuento me quedé sólo en casa cuatro días con sus cuatro noches consecutivas. Decidí incluso no pisar el interior de la vivienda, si no dormir, beber, comer y vivir por completo en el interior de la cabaña de seis metros cuadrados. Había logrado memorizar la definición de la Paulonia al pie de la letra, e incluso el párrafo que la describía en La historia de Genji. No es que estuviese todo el día dedicado por entero a ese árbol que no había visto en vivo jamás y del que sólo sabía por ese puñado de palabras que a menudo pronunciaba para retenerlas más tiempo en mi memoria, sino que más bien, la descripción acudía de vez en cuando, y se entrometía entre los párrafos de otros textos, se inmiscuía sin saber cómo en el paisaje despejado y apacible de la terraza vacía, se reflejaba a veces en mi propia imagen atisbada de refilón al anochecer en el cristal del ventanal.

Aquel árbol había empezado a construir en mí una mitología particular que, sin remedio, ofrecía una consciencia de cuanto me rodeaba diferente, incluso, más por una representación personal que en realidad por causa racional alguna. Terminó por erigirse en una especie de templo del cambio, de ritual verbal destinado a la modificación y al avance, después de años postrado en un mundo emocional demasiado bajo y en cierta medida apacible. Había sido un proceso lento y a la larga, sin que me diera cuenta, quizá por llegar tarde, o ya con la enfermedad y la tristeza crónica impregnada en el alma, exterminador.

En el árbol de la Paulonia percibí el rastro de una transformación. Un hálito de vida nueva que fue surgiendo con la propia imagen creada a partir de las palabras. Podía recrear en el espacio de apenas cincuenta metros que veía desde mi refugio al árbol completo, ver su copa ligeramente abombachada, sus panojas o campanas blandas violetas, a punto de emitir un timbre reverberante y agudo al unísono. Tal vez las hojas caducas de la Paulonia ofrecían un símbolo de la propia edad, de la madurez otoñal que incluso en esa temperatura todavía cálida o en la fortaleza del cuerpo -del tronco- esbelto y en cierta medida liso, surgía como una señal, una llamada, una ligereza sólida que anhelaba alguna salida.

Diaria de la langosta. Agosto de 2015

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Gloria Estela Bonilla Velez dice:

    GRACIAS

    Le gusta a 1 persona

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