12
May
09

el erotismo 2ªparte-(los desnudos de Modigliani)

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Amedeo Clemente Modigliani nació en Livorno en 1884, y murió de meningitis tuberculosa en París, el 24 de Enero de 1920. Desarrolló su labor artística tanto en el ámbito de la pintura como de la escultura. Vivió una vida salvaje, bohemía y libre y murió en la miseria. Su relación con la escuela de París e importantes pintores de su época reividicaron la magnitud de su obra años después de su muerte. Hoy en día está considerado como uno de los pintores más importantes del siglo XX.
Todos los poemas pertenecen al poemario En torno al erotismo  (Octubre 2008-Marzo 2009). Copyright Jimarino

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VI

Entre tus genitales, sus funciones

internas y el erotismo,

se encuentra el hallazgo de tu inteligencia

(o esa poesía o esa mística),

la que desvela esas telas

y saca la lengua de madrugada,

la que impulsa el sentido de esta danza,

del vaivén y la sombra,

del misterio que nos queda por vivir,

lo que da sentido a esta muerte lenta.

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VII

(SPLEEN)

No pudimos vivir de deseo

y pronunciamos aquella maldición

al despedirnos.


“Nunca te acariciarán el alma, ni quedarás

exhausto de la plenitud de esta dicha,

ni correrá la sangre por tus venas hasta

mi garganta, jamás verás el resplandor

de morderme ni la humedad que nos baña.

No respirarás el aire de mi pecho

ni yo el viento de tu cálido abrazo,

no te dejarán sin palabras,

no te arrancarán los ojos y el sentido

cuando el ritual se celebre.

Nadie te hará gozar de no tener nombre,

de la llama que nos quema anónima.

Nunca serás una prolongación de tu sexo

extendido hasta erizar la noche.

Raro será el viento que te empuje hasta elevarte,

no hallarás nunca más mujeres ni hombres de aire

con quienes hacer el amor sea volar

(volar de Girondo, volar de Bataille)

No serás una identidad rota de circos y luces,

una identidad de pura piel y tacto,

ni caricia ni beso largo en el centro

de tu goce; nunca volverás a ser el roce

de este amor sagrado.”


Teníamos razón al despedirnos…

pero no pudimos vivir de deseo.

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XI

Entre una y otra muerte

te apremio a divertirnos.

Quizá esta fascinación es poco

para tu asombrosa herencia,

o nada para tu quietud apacible

que no ceja de moverse.

Pero así es,

entre el día de hoy y tu muerte

sólo tendrás un puñado

de simulacros súbitos

de espasmos plácidos,

o esa ficción de la maternidad.

Soñemos pues con las danzas,

en cada beso que te entrego

todas las muertes serán fascinantes.

Ya lo sabes;

Entre una muerte y la otra

te apremio a divertirnos.

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XII

Dejémoslo claro esta noche:

Tu reproducción no me interesa

más allá de tu absoluta entrega.

Yo prefiero el ritual,

aunque disimule,

aunque te diga que esto

es lo que crees.

Quiero dejarlo claro:

todo tu ser no me interesa

en el futuro,

es la pura ceremonia

lo que incendia,

es la invención que construimos

ciegos lo que arde,

es el largo gemido

que expulsa el presente.

Lo fértil espanta:

es la humanidad que gira

y el frío que nos corroe:

quiero morir en ti,

nada más;

la vida está ya en otra parte.

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XV

Cuando ella le miró a los ojos

sintió el silencio,

un eco sordo

y la punzada fina.

El espantapájaros saltó hacia delante

con el pulso tierno

y sus pasos quedaron flotando

en el aire de la tarde.

Fue entonces cuando mordió

su cuello junto al mar,

pero les faltaba el sentimiento

de una violencia elemental

y aquella sangre sabía

demasiado dulce,

demasiado aguada.

No tenemos el aliento que anima,

los movimientos de este compás

cuyo nombre pronuncias;

todo lo que hay entre tú y

y yo es falta de violencia.

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XIX

El erotismo siempre es

nuestro problema,

ya lo sabes;

surge de la brumas

del equilibrio

para acuciarnos,

ensombrece la luz,

enciende la oscuridad a su vez.

Ese misterio inflama

incluso lo anodino

de su consecuencia,

a pesar de la dirección

equivocada.

Tarda en surgir,

y lo hace por error,

o por incoherencia;

pero ahí está, incólume,

inaccesibles a los dos.

Cada uno de sus ecos

me conduce a ti

y a la vez me aparta

de la corriente.

El erotismo siempre

es nuestro problema.

Quizá nos falte

la auténtica

imaginación de la extinción.

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III

Todo lo que lo desea el alma

desnuda es cierto,

posee el don de nuestra coherencia.

Surge de lo que no podemos tocar,

de los labios que no hablan

y del silencio que es ruido ensordecedor.

Abre los ojos ante las apariciones

y teme a los suspiros contenidos.

Desnuda sobre una cama de pétalos

sueña con llegar a la santidad

de una masturbación frenética

que relame húmeda el alma.

Así somos dioses,

así somos polvo de eternidad.

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XVII

(JURAMENTO DE LA SIRENA ETERNA)

Podría vivir dentro

de ti.

Por eso bebo tu semen,

tu continuidad.

La engullo en la certeza

del tiempo,

en la seguridad

de que no me

olvidarás jamás

modigliani

24
Abr
09

W.H. AUDEN-Fragmentos de un poema no escrito (1ªparte)

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EXTRACTOS (VARIACIONES) DEL POEMA EN PROSA DE W.H. AUDEN, UN POEMA NO ESCRITO (1959)

La verdad del poeta (como la verdad del auténtico escritor)
difiere por completo de los pronombres personales.
El poeta finge el “yo”, el “tú” y el “él” de manera
inconsciente, pero en su sinceridad se halla la verdad,
jamás en su biografía ( a lo sumo hay que pedirle
que la veracidad parezca auténtica, exigirle que la haya vivido,
que sea una experiencia asimilada de su yo velado).

A cualquier poema escrito por otra persona, lo primero que
le exijo es que sea bueno (quien lo escribió tiene una
importancia menor); a cualquier poema escrito por mi, lo primero
que le exijo es que sea genuino, reconocible, lo mismo
que mi letra, como algo que ha sido escrito, para bien o para mal,
para mi. (En lo tocante a sus propios poemas, las preferencias
del poeta y las de sus lectores a menudo se solapan pero rara
vez coinciden.)

Pero este poema que ahora me gustaría escribir tendría que
ser no sólo bueno y genuino: si ha de satisfacerme, también
debe ser verdadero.
Leo un poema de otra persona en el que se despide de su
amada entre lágrimas: el poema es bueno (me conmueve
como lo hacen otros poemas buenos) y genuino (reconozco la
“letra del poeta”). Luego, en una biografía, descubro que, por
las mismas fechas en que lo escribió, el poeta estaba harto
de la muchacha pero fingió llorar a fin de evitar una escena y
no herir sus sentimientos. ¿Afecta este dato a a mi apreciación
de su poema? En absoluto; nunca conocí a su autor
personalmente y su vida privada no es asunto mío. ¿Afectaría a mi
apreciación si yo hubiera escrito el poema?. Asi lo espero.

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RESPUESTA DE W.H. AUDEN AL SENTIDO DE LA POESIA. ENTREVISTA DE 1965


Me abstengo de expresar mi sentido de la poesía en público, más que nada por que este mundo es tan frágil y paradójico que uno puede llega a ofender a otro de un modo inaudito por acercarse a una teoría estética o por defender un valor amado completamente ajeno a esa otra persona. Lo más increíble es ofender a alguien que ni siquiera ha cruzado dos palabras contigo por el sentido de un poema, o desilusionar a un lector porque descubre en tu biografía que sueles tomarte una copa de vino en el desayuno. Todo lo que sé de poesía (y de literatura, y de vida) lo he dicho en mis poemas. La mayor parte de mis verdades estan precisamente en mis elaboradas mentiras.

Cuando escribo nunca miento. Sólo soy palabra, tiempo, espacio, pronombres, ritmo, donde yace y se expresa mi experiencia, mi yo, mi memoria y mi deseo, mi tradición… lo que todo cambia y siempre permanece, lo que soy, el rostro que busqué y el que encuentro en cada uno de mis momentos, el que se transforma pasado mañana sin perder mis rasgos, sin dejar de ser yo…

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17
Abr
09

el erotismo I

el éxtasis de Santa Teresa. Gian Lorenzo Bernini. (1647-1651)

el éxtasis de Santa Teresa. Gian Lorenzo Bernini. (1647-1651)

La obra Éxtasis de Santa Teresa es la obra más conocida del escultor y pintor Gian Lorenzo Bernini, realizada entre 1647 y 1651 por encargo del cardenal Cornaro, para ser colocada donde iría su tumba en la Iglesia de Santa María de la Victoria de Roma. Esta considerada una de las obras maestras de la escultura del alto barroco romano.

Todos los poemas pertenecen al poemario En torno al erotismo  (Octubre 2008-Marzo 2009). Fotografías de diversas vistas de ka escultura de Bernini Éxtasis de Santa Teresa.

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IX

En el fondo, entre tú y yo,
entre este aliento y esos ojos,
tu labio sobre mi labio,
la cadera apoyada en mi pecho
-miríada de luz
y el aleteo de tu ser
gozando-,
entre tú y yo
sólo hay un abismo
que tratamos de recorrer,
sólo hay la distancia insalvable
de lo discontinuo
que atravesamos en este ritual,
sólo aire que abrazar,
sólo esta aspereza que palpita
-la hinchazón masculina
y la humedad de Eva-,
sólo miedo y tensión,
sólo lo sagrado del suspiro,
buscando, afanoso,
la continuación a esta extinción
sin sentido,
en este roce milagroso,
en ese suspiro que anuncia
el hermoso espasmo.

23

I

Ante la desnudez del espantapájaros
(la verga henchida
en el fondo blanco;
sus dientes afilados
que amenazan)
la santa llena de pavor
mira hacia otro lado.

Vista de la voluptuosidad,
ignora la unidad que existe
entre su mística de santos
y la carne que palpita
en el instante del prepucio.

Son las pasiones inconfesables
de las hadas, que se frotan
las vaginas en la quietud
de un dios enorme
que devora lo sagrado.

Dios y falo
surgen de la aurora de su éxtasis.
Si el espantapájaros penetra
la savia terminará
convertido en un icono
clavado en la cruz

(y ella cantará silencios
con las manos plenas
de semen)


********

XX

Todo tu trance
es un enigma;
los ojos enrojecidos
y los labios crepúsculo,
la caida de la lluvia
sobre el lecho,
inepxugnable a lo real:

(El aire se frota
con tu cuerpo
en la arena esparcida
y silba)

No lo sabes
pero es tu yo más intenso,
se halla en la cima
construido de iconos
y escenas perdidas,
de tardes de noria
que expresan
la mística.

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XIII

Si te dijera que tu abismo
es la savia que bebo,
que tu oscuridad
me estremece de gozo,
que caer sobre la negrura,
-esa muerte de piel-
es el sentido,
que cuando aleteas
vomito humo,
que este abismo es cierto
sentido,
y es la muerte,
la muerte vertiginosa,
la fascinación de ti,
la fascinación de tu cuerpo.

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V

Aprobación de la vida.

Sin ello no palpita el límite,
no susurra el alba
y pierde textura la noche.
Quizá no sirva para nada,
o quizá sea sólo malestar.
Pero la aprobación de la vida sí;
erotismo para ser algo más
o algo menos en la frustración.

Para besar los labios que encienden
el sentido.
Para gozar de lo oculto
y lo extraño,
para aceptarlo todo.

No hay mas remedio.

Erotismo para morir antes
y saber de la muerte.
Para gozar,
cuando nada existe como es,
cuando no hay senderos
ni niebla que se disipe.

Ser carne es un peso:
habrá que convertir la piel
en temblor para hallar luego la calma.
Calma de recordar que fue así
cuando ya no se puede ser.

La aprobación de esta vida
requiere la intervención
de otros sabores;
sirenas y espantapájaros
arrodillados, devorados,
almas que comer en la desnudez.
Silencios, silencios apacibles
para morir de éxtasis sin él.

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XVIII

Poesía es ese instante
en el que te poseo,
el río que nos arrastra
hacia la corriente
que nos une,
la hermosura de tu paso
firme sobre la cama,
el segundo en que te sientas
sobre mis ojos
para la oración y el éxtasis.

(De los poemas Copyright Jimarino)

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04
Abr
09

marcel proust y el amor – (La fugitiva-En busca del tiempo perdido)

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(Este texto fue editado en el nº 29 de la Revue Français de Litterature et Pshicologie, con el título, Proust et L´amour. Febrero de 2009. Copyright Jimarino2008.)

Que Albert Proust fuera un auténtico burgués, maniático y extravagante, que no tuvo un trabajo remunerado en toda su vida, no es algo que deba alejarnos de su espléndida literatura. Al fin y al cabo, dedicar la mitad de su existencia a escribir “À la recherche du temps perdu”, una de las obras maestras de la literatura del siglo XX, es algo al alcance de muy pocos. El mundo esta lleno de enormes esfuerzos en materias y empleos variopintos que apenas nos dejan como fruto poco más que un testimonio discreto de su esencial esclavitud, o malos o buenos actos disipados tras las muerte de sus testigos sin evidenciar nada del sentido de su trayecto a no ser ese hermoso –y animal- fin de la reproducción, o de finales anodinos cuyos rastros se suman a otros múltiples y sólo guardan en su seno una razón cuando se corresponden con los de una mayoría pareja que los respalda y acompaña, hasta que la moda se disipa. Es una crueldad afirmar esto, pero tras los cadáveres quedan a lo sumo unas cuantas fotografías amarillentas, ciertos recuerdos reflejados en los objetos y alguna memoria que durará unos cuantos años. A veces no importa la repercusión de una existencia (no todos alcanzan la fama o la mención de la posteridad) sino su autenticidad, eso que W.H Auden definió “como la obligación de cualquier sujeto de hacerse su propio rostro”. Proust, al menos, nos ofreció un riquísimo testimonio de su visión de la vida, o mejor, de cómo creía él que debía vivirse esa fantasía extraña, dolorosa y maravillosa a la vez que es la vida, y lo hizo con inmenso talento, con una fuerza verbal y una hondura intelectual difícilmente superable que espero pueda seguir ejerciendo su influencia y su encanto por los siglos de los siglos.

Acercarse a Proust parece una osadía a causa de su mala fama. Los clichés lo acosan por doquier. Tiene el dudoso mérito de haber escrito la frase más larga de la historia de la literatura; detenta fama de farragoso y enrevesado, se le achacan defectos variados, muchos referidos a su lentitud –que él mismo se encargó de propiciar con aquella frase en la que definió su obra como un trozo de turrón indigerible- y, sin embargo, su literatura es transparente, llena de hermosas subordinadas, es cierto, pero clara y limpia, precisa y poseída por un ritmo endiablado que no desfallece en ninguna de las miles de páginas que nos legó. Lo mejor sería zambullirse en él sin prejuicios, sean favorables o críticos. Aproximarse a los ingentes sentidos que trató y a las aportaciones literarias y humanistas que palpitan en su literatura en este espacio, es para mí como tratar de explicar el enigma de las pirámides en quince minutos, o como si nos viéramos empujados a esbozar una teoría de la relatividad en el rincón de una noticia periodística, una osadía. En busca del tiempo perdido, título que él llegó a detestar hasta el día de su muerte, que a veces le sugería todo el sentido de su obra y otras le hacía calificarlo de pesado y pretencioso, de estéticamente perezoso y feo, es uno de esos monumentos verbales que poseen la misma fuerza iluminadora que emana de las grandes ideas de la historia de la humanidad, y sus hallazgos, para quien se adentra expectante y atento a sus enseñanzas, son, en general, muy enriquecedores, pero esta sería otra cuestión, y tiene mucho de nostalgia, así que la deshecho por ahora.

Hace algo más de quince años escribí un poema sobre alguien que desapareció de mi vida bruscamente. El poema regresó a mí por una casualidad a principios de febrero pasado a través de un curioso correo que terminó por obligarme a recuperar un mundo perdido de mi memoria de un modo abrupto, extraño. No es que quiera revelar nada personal, de todas esas exhibiciones ya sabe mucho el mundo contemporáneo, esta tierra impúdica que ni siquiera conoce en general la ficción como tamiz de la biografía; sería un inconveniente añadir nada más a ese anodino y aburrido relato de la insignificancia humana, pero si me agradan los datos esporádicos, casi dietarios, que abren las puertas de la auténtica vivencia común, del espacio que nos une en el presente y a lo largo de la historia y los siglos. Pienso en un buen número de poetas que adoro, o en ciertos lugares de la red donde la biografía o la sensibilidad conspiran para buscar su lenguaje auténtico. Se trata de espacios personales o incluso autobiográficos cuyo sutil y delicado lenguaje, su hermosa construcción, o ese tránsito en el tiempo eterno de las palabras, permiten lo común y no la obscenidad de la confesión o la creencia en un yo más activo o intenso que el resto (o más convencido de la importancia de unas vidas sobre otras). Pues bien, recibí un correo anónimo mientras leía La fugitiva de Marcel Proust, el sexto volumen de En busca del tiempo perdido, también titulado en algunas ediciones antiguas como Albertine desaparecida. En ese e-mail estaban transcritos unos versos que tardé en reconocer. Es más, el desconocido remitente había escrito al final del poema, entre paréntesis, lo siguiente.

(Jimarino.Poemas de la lluvia. Abril de 1994)

Antes de saber que era mío, leí el poema con atención. No sabía de donde venía, sólo que guardaban en su interior algo que me era muy familiar. Después, cuando llegué a la revelación de su autoría, y supe del título del poemario al que pertenecía y la fecha de composición, sentí una extrañeza indescriptible.

El equipaje que pasará la aduana del tiempo
ya no está, lo guardo efímero,
intangible en este lecho del cuerpo.
Cada vez que tú suspires yo te oiré,
aunque no lo sepa, aunque no lo creas.
Naciste en la construcción de mis mitos,
en la vida misma que seré.
Aunque no bese tus labios,
mis puestas de sol alcohólicas enlazarán
con todos tus amaneceres perdidos.

Las cosas que guardo de ti
ya no existen pero sé dónde encontrarlas.
Son la caricia de ese aire que vendrá,
la reencarnación de cientos de amores
que te serán ajenos, la ilusión
del tiempo desvanecido,
ese pequeño suspiro tuyo y mío
que a cientos de kilómetros coincidirá.

Tal vez te vea en algún cruce fronterizo
o aparezcan esos ojos oscuros iluminando
tu rostro olvidado en una calle de Paris,
o será en la risa perdida, oída por casualidad,
que reconoceré entre las brumas
de los años venideros que viviré.

Has llegado a mi lugar más sagrado
aunque te marches, ya estás
en este olvido forzado,
en las cosas que jamás recuperaré,
aunque cruce cientos de fronteras
y estas aduanas del tiempo me dejen desnudo
bajo la aurora construida
de tu aliento que no volveré a beber.

(Jimarino.Poemas de la lluvia. Abril de 1994)

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El extraño interlocutor que surgía de las sombras y esbozaba opiniones en su correo sobre mis poemas, que sabía mucho acerca de los mitos que alimentan cualquier intento literario, y que para colmo era capaz de relacionar mi propia biografía con mis excesos verbales y esa redundante manera de repartir nostalgia, de convertirla en un sepulcro apolillado, me conocía muy bien, yo diría que demasiado bien, o al menos, poseía información sobre este espantapájaros profunda, muy antigua, esa que queda en los resto de cada uno de los versos escritos, la que asoma a veces en el silencio, en las pausas, en cada una de las imágenes metafóricas que me embriagan.

Pero no sólo ocurrió el misterio del reencuentro posible con los años, sino que, de alguna forma, sus comentarios, amplios –el correo tenía al menos seis hojas-, llegaban hasta mis raíces presentes, como si esos ojos que escribían hubiesen estado pendientes de mí constantemente, siguiendo mis pasos, la esencia de los hechos importantes, los condicionantes sufridos o mis intimidades mejor protegidas.

Durante días leí y releí aquellas palabras, y después abría La fugitiva de Proust, hasta llegar a tener una curiosa sensación de que el bueno de Marcel, con su enorme inteligencia literaria, era capaz de aglutinar en su obra todos los significados del amor y del tiempo, incluido los míos, por supuesto, y absolutamente toda la parafernalia de ambos conceptos, que se relacionan de igual forma que la velocidad y el tiempo en física. Proust poseía el don de desentrañar la mística del amor, su ficción y su verdad reproductora. Mezclaba lo sagrado con lo banal, lo evidente con esas sutilezas que suelen escapársenos cuando menos lo esperamos y truncan nuestro destino amoroso bien por nuestra culpa, bien por la del amante o por impericia mutua. Manejaba con habilidad el sentido de la incomunicación, el silencio que estropea el afecto o el exceso de palabras que lo ensordecen. No creo que exista ninguna novela en la historia de la literatura que posea tanta información acerca del amor como En busca del tiempo perdido, pero no como un mero relato ajeno de personajes o sus peripecias, marcado por la distancia de la trama, sino como un análisis profundo, escrito, sin embargo, con la amenidad de un texto literario consciente de su enorme potencia estilística, cuyo aliento emana directamente de nosotros, los posibles lectores, por el agudo sentido proustiano de la exactitud (o su extraordinario intento).

Es una lastima en ocasiones –aunque sea a menudo una virtud humana- que nos aburramos con la repetición, pero es evidente que si pudiéramos estar leyendo constantemente a Proust con la misma intensidad que la primera vez, o con el afán de esas relecturas que desean adentrarse desde un punto de vista crítico en su obra, probablemente evitaríamos algunos errores que determinan nuestro destino. Pero no podemos ser Proust y sólo tenemos una vida, inconscientemente trágica y cómica a la vez. Incluso él escribió estás palabras a André Gide sobre sí mismo:

“Por más incapaz que sea de obtener algo para mi propio beneficio, y aunque no sepa ahorrarme el menor trastorno, estoy dotado (y ése es sin duda mi único don) del poder de procurar muy a menudo la felicidad de los demás y de aliviarles de los dolores y las penas que tienen. No sólo he reconciliado a personas enemigas entre sí, sino también a amantes; he curado a inválidos al tiempo que sólo soy capaz de agravar mis propias enfermedades; he puesto a trabajar a los vagos sin dejar de ser yo un vago […] Las cualidades (y si le digo todo esto es porque en cualquier otro respecto tengo una paupérrima opinión de mí mismo) que me otorgan estas posibilidades de éxito cuando actúo por el bien de los demás, junto con una cierta diplomacia, una acusada capacidad de olvidarme de mí mismo y una concentración exclusiva en el bienestar de mis amigos, son cualidades que no se encuentran a menudo en una misma persona […]”.


Aquel correo que recibí me pareció poseer un rostro, unas facciones nítidas que venían de lugares anhelados en otro tiempo, lloradas durante muchos meses, quizá algún año, después malditas y denostadas a propósito, más tarde olvidadas, enterradas, sólo aparecidas en lo ajeno a su ámbito, en ciudades europeas lejanas o en algún rincón revisitado por una casualidad inesperada. Tardé mucho en responder. Entonces releí otro párrafo de La Fugitive de monseiur Proust:

Yo era incapaz de resucitar a Albertine porque lo era de resucitarme a mí mismo, de resucitar mi yo de entonces. La vida, por su hábito, que es cambiar la faz del mundo mediante trabajos incesantes infinitamente pequeños, no me dijo al día siguiente de la muerte de Albertina: “Sé otro”, pero, en virtud de unos cambios demasiado imperceptibles para permitirme darme cuenta del hecho mismo del cambio, lo renovó casi todo en mí, de suerte que mi pensamiento estaba ya habituado a su nuevo dueño –mi nuevo yo- cuando se dio cuenta de que había cambiado y mi pensamiento estaba apegado a este nuevo yo. Mi cariño por Albertina, mis celos, estaban adscritos a la irradiación, por asociación de ideas, de ciertos núcleos de impresiones dulces o dolorosas, al recuerdo de mademoiselle Vinteuil en Montjouvain, a los dulces besos de la noche que Albertina me daba en el cuello. Pero a medida que estas impresiones se habían ido debilitando, el inmenso campo que coloreaban con un tinte angustiosos o dulce fue tomando tonos neutros. Una vez que el olvido se fue apoderando de algunos puntos dominantes de sufrimiento y de placer, la resistencia de mi amor quedó vencida, ya no amaba a Albertina. Intenté recordarla.

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La memoria es literaria, no periodística o biográfica (biográfica como enunciación lineal de los hechos de una vida). Proust lo sabía muy bien. Sucede a menudo que algunos viejos amigos que se reúnen después de mucho tiempo separados se acercan a la realidad común del pasado que les unió de un modo distinto. Se cuentan anécdotas, hechos fundamentales de forma desigual, o son diferentes los recuerdos de cada cual, o simplemente existen vivos en algunos y en otros se difuminaron, o se piensa que los acontecimientos alcanzaron otro desarrollo, o tuvieron otra textura y un ritmo disímil. Las pasa a los amantes que llevan largos años juntos y contestan a la pregunta ajena de cómo se conocieron o en qué circunstancias fraguaron su amor. Se han mezclado las fechas, las metáforas del amor difieren. Se establecen mecanismos emocionales disparejos para acercarse a un hecho tan común como el nacimiento y la fragua de su relación, pero es inevitable.

Que la memoria sea literaria y no periodística no significa que no sea verdadera, al contrario, guarda las esencias del estilo, la adecuada mirada subjetiva y auténtica de cada cual ante un hecho, produciendo las infinitas voces ante un mismo suceso, la riqueza que surge de la realidad reinterpretada por cada cual y tamizada por el paso del tiempo. Negar esta verdad sería darles la razón a los dioses mentirosos y manipuladores de nuestra época. Sostengo la opinión proustiana convencido de que los caprichos de la memoria individual, esa literatura propia que entronca de algún modo misterioso con el sentido de la otra, de la Literatura como arte, encierra mucha más verdad en su seno que la realidad sesgada o afirmada como dogma o calificada de única, que esa exactitud que argumentamos infalible y no es más que fruto de nuestra corta perspectiva, llena de nuestros prejuicios y circunstancias, enturbiada y miope, partes de lo vivido o visto sin matices ni careos.

Al insistir en la condición literaria de la memoria, me refiero, por supuesto, a la enseñanzas de Proust. Marcel escribió en abundancia sobre los mitos y tretas del recuerdo, sobre sus sinuosos caminos, sus vulgaridades y extravagancias. Lo hizo desde esa repetidísima escena de la magdalena por ejemplo, tan ridiculizada como inaccesible para los bufones, y llenó toda su extensísima obra de memoria, de la búsqueda del tiempo perdido. Pero insistir en el término memoria a través de la obra de Proust requeriría otro texto, un acercamiento distinto. Sólo quiero retener esa idea fundamental; su memoria era literaria, poética.

La realidad posee una prosa simple, realista en el mal sentido de la palabra, incapaz de adentrarse en la esencia de su propia existencia, de su verdadero eco o suceso o efecto o acto, como quieran llamarlo, tan común al hombre contemporáneo, especialista en creerse las mentiras de la realidad y tan pocas veces la verdad de las mentiras.

Después de leer el párrafo trascrito anteriormente en varias ocasiones, me di cuenta hasta qué punto ese correo venía no del pasado en sí, sino de un presente en el que imaginaba acudía el pasado, o del presente de ese interlocutor anónimo que acababa de reconocer que a su vez su intento de comunicar conmigo no arrancaba tan sólo del influjo del pasado sino del efecto de ese pasado en su vida presente, provocando el nacimiento de un tiempo intercalado que contradecía la linealidad de la existencia humana.

Hay muchos escritores extraordinarios que han hablado en ocasiones de la materia de sus obras mencionando el verbo desenterrar como origen primigenio de su literatura. Determinadas particularidades de una existencia, una vivencia inusual o la lectura de un texto que, por ajeno que nos sea, provoca la aparición de un mundo vívido y escondido, agazapado entre la vida posterior, surgido milagrosamente de su enterramiento, como un hilo bajo tierra que estiramos para descubrir que hay al final de la cuerda, actúan de exorcismo. Existen hilos a través de los cuales, inconscientemente, tiramos del tiempo. A veces un olor que nos sorprende, o la visión de un paisaje familiar. En todos esos casos de memoria inesperada actúa lo poético como resorte, un juego que es en realidad la esencia de la verdadera poesía, aunque la poesía como arte literario utilice la palabra como medio o ritual exclusivamente. Esta poesía que alimenta la remiscencia termina por abarcar a la verbal, hace tañer las teclas y tensa los cables para producir la música, la asociación de ideas que nos traen al presente el espacio perdido.

En el fondo, y Proust lo sabía, no somos más que un frasco de poesía guardada, atrapada entre clichés y apariencias, disminuida por un afán patético de voluntad, de éxito, de solemne y orgulloso recorrido vital, definidos y marcados por ese aroma poético que queda encerrado entre los pobres límites de nuestro lado racional o consciente, o por las limitaciones de la vida, algo común a la mayoría de las personas. Quizá disfrutemos de cosas no por el hecho de hacerlo, sino por la poesía que algo o alguien nos inculcó, puede que en la niñez (o incluso en el útero materno), como si el paso real o el acto amado, no fueran en el fondo más que rastros de aquel antiguo sueño o esa lejana impresión poética; de la primera vez en la que descubrir era adentrarse en la sombra del silencio con un puñado de palabras o gestos, o por imitación o intuición.

La poesía es una esencia del alma o de la mente humana, me es indiferente que nos refiramos a un sentido o al otro. La magia de nuestra consciencia engloba la definición científica del cerebro y sus usos o la poética/religiosa del alma. Ambas están hechas de una poesía que, como dije, contiene a la verbal, a la artística, y a la vez a todas las formas de poesía existentes que llenan nuestra cotidianeidad. Poesía como acicate emocional que dota de sentido al ser humano, que lo hace trascender. Hasta el hombre más primitivo la tiene, la tuvo. Me refiero al significado de ciertos objetos o conceptos o entes que nos traen a seres queridos desaparecidos físicamente, que nos remiten a momentos felices, a tiempos pasados, que dotan al instante vital de un sentido que trasciende el mero hecho fisiológico o sensitivo; al valor de una pieza de Bach o Jean Sibelius, esa matemática del tiempo y el sonido que intercalada produce intensas emociones; al eco del mar en nuestro oído cuando nos acercamos y surge aquella primera emoción de verlo, o ese redescubrimiento que nos trajo contemplarlo desde la amistad, el amor o la soledad incendiada de sensibilidad, sentir como las olas lamen la orilla; recordar de repente unas palabras pronunciadas que nos cambiaron la faz del camino que habíamos contemplado; también el efecto de ese poema escrito que trastocó algo aceptado que era erróneo y lo convirtió en respeto y admiración por la obra humana, en conocimiento sobre nosotros mismos, o ese color del crepúsculo que nos acompañó hace mucho y en cuya primera visión descubrimos la poesía de la vida, que nos llega de su finitud y lo que evoca.

Ese correo era un acto presente. Lo contesté, finalmente, quince días después. Alabé el poema con cierto rubor, porque me gustó y además lo había perdido, como muchos de aquella época. No conté nada de mi vida actual, sólo respondí a lo que ella me escribió (porque era ella, estaba seguro). Dos días después, tras su respuesta, emprendí un viaje. Crucé dos o tres veces la atmósfera que describí en los antiguos versos, me quedé desnudo tratando de reencontrar ese camino, y descubrí que, en el aire que respiraba se hallaba desde hacia décadas, irremediable, ese aliento perdido.

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Proust continuaba escribiendo sobre esa Albertine huida. Primero provocaba el peso de la ausencia, que iba dibujando su verdad en las emociones del narrador. Albertine se marchaba por sus razones, pero él descubría en ello su verdadero valor, incluso el sentido de la palabra amor, hasta entonces algo incomprensible, incluso menospreciado al no haber reconocido ese sentimiento en él. Llegaba a concluir que, poco antes de la marcha de Albertine -ciego, nublado por su presencia insistente, diaria, al pasar ella días enteros alojada en su casa compartiendo todo su tiempo y su misterio a su lado- había pensado dejarla, rechazarla. Al desaparecer, su partida le ofrecía un rastro que, en cierta medida, hería su orgullo y le revelaba el enorme peso de su soledad anterior, el intenso valor de esa compañía que no había valorado por cercana y constante. De esa constancia inesperada, de esa herida por la marcha no anunciada, surgía el amor, o quedaba desenterrado (revelado). Un sentimiento amoroso que estaba más relacionado con la emocionalidad del sujeto que lo experimentaba que con el objeto amoroso en sí (Albertine huida); más con la memoria que con la posible verdad o esencia real de la amante. Pero el dolor del amante despechado suele ser un huracán de ira que todo lo arrastra. Y eso nos desnuda.

Trató de espiarla, sumido todavía en los intolerables pesares del adiós, maquinando su vuelta sin perder su estúpido orgullo; espiándola en secreto a través de su viejo amigo Saint Loup. Tenía que saber la razón de su partida, dónde estaba, convirtiendo despacio el peso de su ausencia en un intento desesperado de recuperarla o bien ensuciarla, de adaptarse al hecho de que quizá jamás volvería, o barajar las posibilidades de su regreso.

El narrador de Proust recibía poco después otra noticia demoledora. Un telegrama le anunciaba que Albertine había muerto al caerse de su caballo y golpearse contra un árbol. La constancia del adiós definitivo era ya un hecho evidente. Con su muerte, Albertine desaparecía definitivamente de la faz de la tierra, del espacio posible del narrador, y lo que a primera vista podía suponer el fin del sufrimiento, extinguido el objeto del amor después del abandono, comenzaba en verdad a erigirse como un sagrado lugar de dolor, que adquiría formas de amor distintas o de una emocionalidad más compleja, penetrante y difícil de dirimir.

En el rencor de los amantes desengañados siempre queda la esperanza de la reconciliación. De alguna forma, el amor mantiene en su odio ante la ruptura la idea del regreso y la vuelta de lo perdido. Tras la muerte, cualquier anhelo de reconstrucción es inútil.

Proust ha pasado a la posteridad a través de esa imagen amanerada y frágil que emanan sus fotografías, también a través de los cientos de anécdotas y extravagancias que se dijeron de él cuando al final de su vida se convirtió en un escritor relativamente célebre que apenas salía de casa y que pasó los últimos catorce años de su existencia en la cama, tratando de terminar “À la recherche du temps perdu”. Se le recuerda interviniendo en cuestiones banales en los periódicos de la época, o enfundado, en esas escasas ocasiones en las que se dejaba ver, en un grueso abrigo que no se quitaba ni siquiera en la mesa. Es famosa su ligerísima dieta en ese periodo de encierro, la debilidad y los ataques que acuciaban su cuerpo. Pero, a pesar de su escasa salud, o de esa tendencia a esconderse después de haber llevado durante los años de juventud una agitada vida social, poseía una lúcida y vigorosa inteligencia. Tuvo, además, el tesón de concluir los sietes volúmenes de su obra literaria antes de morir a los cincuenta y un años, y lo hizo dedicado a ello hasta el último día de su vida. Las circunstancias de su deceso le jugaron una mala pasada y eliminaron el drama embellecedor, algo negativo en cuanto nos acercamos con el mito puesto a escritores de otras épocas: murió de un resfriado mal curado que cogió en una de su raras salidas. Invitado a una fiesta, se envolvió en tres abrigos y dos mantas, y embozado como un justiciero decidió partir. No se encontraba demasiado bien, así que se marchó pronto de la celebración, y aguardando la llegada de un taxi bajo el frío polar que azotaba esa noche París atrapó frío. Horas más tarde murió de un absceso pulmonar, había estado garabateando sus cuadernos sobre la cama casi hasta el último suspiro. Un final tragicómico sin duda, poco digno de la magnitud de su novela.

Leyendo más detalles sobre su compleja biografía, que años antes, cuando yo era un jovencito seducido por la mística del exceso, encontré insustancial y sin valor, tuve la sensación de que Marcel Proust fue un tipo valiente, aunque muchos de sus conocidos más superficiales lo consideraran un diletante que pasaba sus días protegiéndose de la vida exterior, o bromeaban sobre su terrible pavor al frío y acerca de sus excesos con la ropa a partir de cierta edad, o lo tildaban de pusilánime que no tuvo ni oficio ni beneficio conocido. Además de valiente, nos legó una de las obras cumbre de la creación humana de todos los tiempos.

Tengo el convencimiento absoluto de que La fugitiva, esté donde esté, sea el mes próximo, en la década siguiente o ya de viejo, cuando la lágrima sea fácil y el entusiasmo comedido, me traerá a la memoria ese viejo poema o el rostro antiguo –y el nuevo- de la mujer que me envió el correo, que me devolvió mis propias palabras tanto tiempo después. Un ejercicio de magia atemporal, de realidad virtual, que no necesitará de máquinas para su vívida intensidad.

Albertine muere en la novela, y los cambios que provoca en la percepción emocional del narrador poseen una lucidez conmovedora, una riqueza de matices psicológicos que no admiten resquicios. De alguna manera, incluso aunque no hayamos sufrido un amor truncado que ha terminado de desaparecer, o aunque no sea nuestra la experiencia de la muerte de un amante ya despojado antes de su importancia o de su vigencia en vida a causa del desamor o la infidelidad o de algunas de esas causas que truncan las relaciones de pareja, el pequeño descenso abismal iniciado por Proust hacía el vacío ensordecedor de la ausencia resulta tan brillante como eterno y familiar a cualquier ser humano. Ejercer el derecho al olvido, o mejor, escoger el sendero del olvido, requiere de cierta precisión emocional. El narrador de Proust comienza a asimilar la noticia de su muerte, pretende organizar sus pasos sumido en esa constancia: Albertine, definitivamente, no está, y jamás podrá recuperar su presencia. Ya no existe la esperanza del amante despechado que ha convertido la dependencia emocional en rencor. La muerte borra esa perspectiva. Pero el fantasma, y no me refiero al físico, a la aparición sobrenatural, sino a la imagen que extrapolamos del pasado y nos acompaña en el presente con toda su complejidad sentimental, el peso de esa memoria antigua que acude, la facilidad humana para igualar distintos hechos, sucesos, pensamientos y sentimientos en un momento concreto del tiempo, surge por doquier.

El primer afán de la mente humana ante la desaparición de un ser al que queremos o quisimos, después de eliminar el posible malestar por circunstancias, malentendidos o desilusiones, es el de celebrar las bondades del finado. Necesitamos vivir esa tristeza para poder desquitarnos el peso del duelo. Es una especie de desahogo necesario. A partir del instante en que comienza a remitir ese sentimiento, nos protegemos y surge el olvido, paulatino, demoledor y constante. El olvido borra y entierra aquello que nos inquieta o nos molesta. Pero no ejerce su papel con mucho rigor. Nos engaña, nos asegura que va destruyéndolo todo pero en realidad esconde alguna parte, como cuando limpiamos la casa y con disimulo escondemos un puñado de borra bajo la alfombra, basura que aparecerá en algún momento posterior.

El narrador de Proust iniciaba ese trayecto, pero al encontrarse con alguna jovencita hermosa por casualidad en el transcurso de sus paseos por el parque, terminaba por pensar en Albertine. Porque en cualquier fiesta o recepción a la que acudía, alguien que sabía de su antigua historia de amor, lanzaba un recuerdo evocador sobre ella que abría la caja de Pandora. O al acudirle una sonrisa femenina inesperada en cualquier calle revivía la risa de Albertine echada en la cama con las mejilla sonrosadas por el amor.

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Cerca del final de La Fugitiva, el narrador viaja a Venecia con su madre. Hemos ido acompañando el viaje sentimental de ese hombre desde la terrible noticia y el duelo posterior, hasta su largo y frágil proceso de olvido, su ceremonia de desembarazamiento de Albertine. No la ha olvidado, pues sabe que el olvido utiliza artimañas para hacernos creer que su eficacia es incuestionable sin serlo, sino que ha preferido asumir su desaparición cambiando la percepción que tenía de ella, de su amor, de la misma forma que, cuando se enamoró, transformó esa percepción que tenía anteriormente de la persona amada, hasta convertirla en otra con los rasgos que inspiró aquella, hasta adaptarla poco a poco a su propia vida.

Lo observamos caminar por esa Venecia hermosa y decadente que nos remite sin remedio a la personalidad de ese escritor envejecido inventado por Thomas Mann, Gustav Von Aschenbach, envuelto por la decrepitud majestuosa de la ciudad italiana. En ese instante el texto resurge como un fuego que nos confunde al igual que al narrador. Hay un telegrama inesperado que recibe en el hotel en el que se aloja y en el que comparte comedor y espacio con aristócratas y burgueses europeos venidos de Inglaterra, de Francia, y de otras partes de Italia.

“Querido amigo: me crees muerta, perdóname, estoy bien viva; quisiera verte, hablarte de casamiento ¿Cuándo volverás?. Cariñosamente, Albertine.”

Proust escribió sobre el efecto de ese telegrama inesperado que rompía todo el proceso de olvido de la siguiente forma:

La muerte actúa sólo como la ausencia. El monstruo ante cuya aparición se estremeció mi amor, el olvido, había acabado en efecto, como yo creí, por devorarlo. Esta noticia de que Albertina vivía no sólo no despertó mi amor, no sólo me permitió comprobar hasta que punto había avanzado en mi retorno hacía la indiferencia, sino que le hizo sufrir instantáneamente una aceleración tan brusca que me pregunté, retrospectivamente, si ante la noticia contraria, la de la muerte de Albertina, no había exhalado, a la inversa, mi amor, rematando la obra de su partida y retardado su declinación. Si, ahora que saberla viva y poder reunirme con ella me la hacía de pronto tan valiosa, me preguntaba si las insinuaciones de Francisca, la ruptura misma y hasta la muerte (imaginaria, pero cruel), no habían prolongado mi amor; hasta tal punto los esfuerzos de personas ajenas, y hasta el destino por separarnos de una mujer, no hacen sino unirnos más a ella.

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Hojeando una vez más La teoría de los sentimientos, de Carlos Castilla del Pino, he vuelto a encontrar, como suele suceder cuando comparo los hallazgos emocionales de la psiquiatría con las grandes obras de la literatura, un paralelismo extraordinario con las elucubraciones de La fugitiva, que se articula en torno a los sentimientos y conducen a un camino coincidente, a un rincón parejo de conclusiones y descripciones sentimentales. Todo pensamiento humano es emocional, o viene dado por la emoción. Los teóricos del tercer ojo oriental, o los adalides de la voluntad, obvian lo incontrolable de la emoción humana y los problemas del yo para domeñar sus efectos. Quizá pensar bien no sea en el fondo llenarse de conocimientos, sino lograr dirigir con la mayor dignidad posible las consecuencias de la emocionalidad en nuestra parte racional, o minimizar la virulencia de esas transferencias. Los libros de autoayuda, aun cuando puedan servirle a alguien, carecen de valor científico y de profundidad a causa de esa circunstancia; somos animales sentimentales antes que racionales. Lo mismo le sucede a ciertas formas de meditación orientales que pretenden anular el deseo humano o las exigencias del yo consciente para dejar fluir libremente los pensamientos y las emociones hasta que no tengan efecto en nosotros (siempre he sentido que el destino de estos saberes orientales, tomados al pie de la letra, nos conducen al estado de la ameba).

La muerte física es el súmmum de la desaparición, pero mantiene elementos comunes con otras formas de extinción sentimental. El telegrama recibido en Venecia entroncaba directamente con el correo electrónico. El narrador de Proust, después de dudar, decidía coger un tren y regresar a Paris (luego no lo hará, al descubrir un malentendido en el telegrama que no revelaré.) y yo me subí en dos aviones y me adentré en un viaje en el tiempo. Volví a ver los rostros que se habían perdido reflejados en unos ojos y, de golpe y porrazo, recordé el poema y su sentido, el lugar exacto en el que fue escrito, incluso la estación del año. La memoria, con todas sus trampas y peligros, con ese acicate del ocultamiento y la revelación con la que juega, con sus hilos que estiramos por azar, aclarando en ese desenterramiento los caprichos del subconsciente y los hechos del pasado, me había traído ese gesto casi olvidado, ese cuerpo que en otro tiempo se deslizó entre mis manos, esa voz sonora e inolvidable, esa mujer a la que perdí. Y me di cuenta de lo mentiroso que es el olvido, tal y como Marcel Proust, casi cien años atrás, ya sabía.

No fue para Proust una osadía indicarnos que el amor es un hecho social y temporal a la vez que un sentimiento instintivo y primario. Nos enamoramos y perduramos en ese emoción cuando al instinto se le acompaña de circunstancias favorables, cuando se mezclan elementos comunes que construyen la alianza, cuando la metáfora tiene el don de nacer de lo coincidente y desarrollarse en lo que se comparte de antemano, sean gustos, niveles educativos parejos, pasiones, mundos originarios o espacios o secretos compartidos. Lo siento por los defensores del romanticismo filosófico o de la pasión inexplicable, pero nuestro querido Marcel, bastante años antes de que la psiquiatría o la psicología alcanzaran un cierto progreso, ya manejaba estas ideas. No creo, de todas formas, que creyera desde luego en los amores únicamente sociales, ni en los casamientos por interés: nos dio pruebas de que detestaba ese tipo de amor como solía detestar lo impuesto y lo insincero. Sin embargo, concebía con absoluta seguridad cómo el nacimiento del nexo entre los amantes surgía entre las brumas imprecisas de un ambiente y no por combustión espontánea (o eso no lo consideraba amor, sino masturbaciones compartidas), con la promesa de compartir ciertos valores comunes y una idea del mundo similar. La dependencia emocional, física o económica que genera engendros de desequilibrio y dominación no le parecía algo comparable al amor, era otra cosa. El sexo, a su juicio, unía lo que es irreconciliable en el amor, en ese universo de la ficción del deseo y el erotismo instantáneo, pero dudaba que resistiera al suspiro y al deshogo de su razón de ser, a esa simulación de la muerte súbita que es el orgasmo. El erotismo que alcanzaba para él una extensión en el tiempo se nutría de algo más que del deseo; lo necesitaba como causa necesaria, sin duda, como forma de unión sagrada, pero requería de una relación cultural y afectiva más compleja.

El recorrido de monsieur Proust a lo largo de las trescientas cincuentas páginas de La fugitive, aglutinaba en torno a la reflexiones del narrador todas las fases del enamoramiento y el proceso de truncamiento y sus repercusiones. La extinción es una tramposa precursora de la eternidad y sólo el tiempo suaviza sus efectos. Todo lo que no muere no puede extinguirse por completo, pero es curioso que la muerte, a menudo, no haga cesar nada, y por el contrario deje la sensación de no haber concluido algo, prolongando la memoria que llega precisamente de la vida anterior.

Hice ese viaje porque de alguna forma deseaba cerrar un círculo abierto, una resonancia inacabada del tiempo que a pesar de los años no había logrado arrancar del todo de mi memoria. No contaré detalles de esos días, no sería algo fundamental y probablemente las cosas sucedidas no tengan interés alguno. El trayecto inesperado tuvo un regusto de lo vivido sin apurar, de lo que fue importante y se disipó, de aquello que no perdí jamás del todo, que sólo ocultó el olvido, y quedó agazapado bajo el disimulo de cualquier lugar presente. Volví a ver esos ojos que hablaban de los años intensos y de la esperanza futura y eran otros ojos. Sentí que Proust y mi vida se confundían en esa primera imagen que casi no se había modificado. Lo imperceptible del cambio no estaba en las posibles trasmutaciones físicas. De nuevo el poema inconsciente tenía razón, había aprendido antes que la verdadera experiencia (o quizá hubo una experiencia sutil, en el fondo borrada) el sentido de ese equipaje que se guardaba intangible en el cuerpo y ya no estaba disponible físicamente. Era esa sensación de mezclar lo inasible y su contrario, y eso que había pensado que ese encuentro podría cambiar mi vida, qué extraño. Que el pasado renacido en la memoria y rescatado en ese trayecto en avión podía modificar mis pasos, hacer revivir los antiguos sueños y trasladarlos al presente.

La ilusión surgía de algún lugar del tiempo y extendía sus efectos hacia otra dirección. Entonces recordé otros versos que escribí en 1996, viviendo de otra forma, con otra persona.

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Lo malo del olvido es que reinventa
los colores del otoño, el dibujo de las olas,
la arena empujada por el viento y el rastro
del cielo que sangra al atardecer…
Sólo la extinción es verdadera, sólo aquello
que se consume alcanza una verdad.

Proust había hecho revivir mi propio sufrimiento antiguo, el mío y quizá el de todos los seres humanos ante el amor truncado. Se hubiera reído con ciertas torpezas que cometí y que llenaron las escenas de esas semanas anhelando recuperar a mi Albertine; el sudor frío que sentí al bajar del avión y hallar ese rostro guardado celosamente en la memoria, protegido del paso del tiempo, similar en su modo de sonreír, de mirar, allí, en un aeropuerto desconocido, en otra vida. Yo era otro al iniciar ese viaje, y ella también. Quizá me conocía por el pasado, porque estoy hecho de hermosa y positiva nostalgia que se construye con el ímpetu y su anhelo de seguir acumulándose en el presente.

Y Proust regresó con todo su esplendor a mi lado.

En realidad, la añoranza de una amante, los celos supervivientes son enfermedades físicas como la tuberculosis o la leucemia. Sin embargo, entre los males físicos se pueden distinguir los causados por un agente puramente físico y los que sólo actúan sobre el cuerpo a través de la inteligencia. Sobre todo si la parte de la inteligencia que sirve de hilo de transmisión es la memoria –es decir, si la causa ha muerto o se ha alejado- , por cruel que sea el sufrimiento, por profundo que parezca el trastorno producido en el organismo, es muy raro, pues el pensamiento tiene un poder de renovación o más bien una incapacidad de conservación que no tienen los tejidos, que el pronóstico no sea favorable. […]

Era ésta ahora lo que Albertina fue en otro tiempo: mi amor por Albertina no había sido más que una forma pasajera de mi devoción a la juventud. Creemos amar a una muchacha y no amamos, ¡ay!, en ella más que esa aurora cuyo rojo resplandor refleja momentáneamente su rostro. Pasó la noche. […]

Pero entonces pensé: me interesaba Albertina más que yo mismo; ahora ya no me interesa porque he pasado cierto tiempo sin verla. Mi deseo de que la muerte no me separara de mí mismo, de resucitar después de la muerte, no era como el deseo de no separarme jamás de Albertina, era un deseo que seguía durando. Pero ¿sería que me creía más importante que ella, porque cuando la amaba me amaba más a mí mismo?. No; era porque, al dejar de verla, dejé de amarla, y no dejé de amarme a mí porque mis lazos cotidianos conmigo mismo no se habían roto como se rompieron los que me unían con Albertina. Pero ¿y si también se rompían los lazos que me unían con mi cuerpo, conmigo mismo…? Desde luego ocurriría lo mismo. Nuestro amor a la vida no es más que un viejo vínculo del que no sabemos desprendernos. Su fuerza está en su permanencia. Pero la muerte que la rompe nos curará del deseo de la inmortalidad.


Vuelvo a mi existencia, sin anhelar mucho más. Regresé. Supongo que sustituir la felicidad imaginada del pasado por la pacífica decadencia de avanzar a ciegas sea una herencia de la experiencia. Tal vez, contemplar desde la butaca desde la que cierro los libros el verde intenso del jardín, la caseta de madera húmeda por las lluvias, envuelto en las suaves melodías de Satie, mientras oigo pasos familiares detrás de mí, no se parezca mucho a lo que soñé en las antípodas del tiempo. Entonces quería un hermoso cadáver triunfal a los envites de la mortalidad por su don o su osadía, retar a los príncipes alicaídos y a los rostros exprimidos de falsa solemnidad. Quizá ofrecí demasiada resistencia a los Dioses y no quedó de mí más que este ritmo cadencioso que el mundo se empeña en alterar. Me castigaron, pero sigo vivo de todas formas, y me agrada el grito y la agitación de vez en cuando.

Me hubiera gustado decirle otra cosa pero no surgió. Nuestro mundo ha muerto, te digo ahora, ha muerto en su recorrido antiguo y estará vivo en el tiempo recobrado. Creo que nuestro querido Marcel Proust hubiera esbozado una de sus leves sonrisas, se hubiese arrebujado bajo el grueso abrigo y esperado alguna palabra más. Pero eso es todo, y estas son las respuestas inexplicables que dan un sentido: mi pequeño acto poético es una renuncia, aunque posee cierta sofisticación. Estoy construyendo el futuro y, en cierta manera, entre mis agradecimientos destacados, le debo algo a Marcel. El tiempo recobrado no es más que el tiempo de la escritura, o ese edificio nuevo que construyo con mis viejas baldosas, quizá ya demasiado marcadas.

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MARCEL PROUST

Nació en Auteuil, el 10 de Julio de 1871. Proust es el hijo mayor del doctor Adriane Proust famoso médico en su época que escribió numerosos libros sobre medicina, higiene y vida saludable, y Jeanne Weil, la nieta de un antiguo ministro de Justicia. En toda su vida no tuvo un empleo conocido. Frecuentó en su juventud la vida mundana del Paris de su tiempo. Vivió una existencia holgada en lo económico por herencia familiar, pero su salud fue siempre delicada, con recaídas constantes y ataques de asma. La muerte de su madre, con la que mantenía una relación estrechísima, agravó su salud y lo sumió en recurrentes depresiones. Pasó los últimos catorce años de su vida recluido en su casa tratando de concluir su obra maestra En busca del tiempo perdido. En 1919, después de que Andre Gide rechazara en Gallimard el primer volumen de su libro, Por el camino de Swan, gana el Gouncourt con A las sombra de las muchachas el flor, aunque hay pruebas de que movió todos sus contactos y amistades para obtener el afamado premio literario.

Murió en París, el 18 de noviembre del año 1922, siendo ya un escritor reconocido e influyente. Su novela En busca del tiempo perdido es uno de los libros más importantes de la historia de la literatura. Virginia Woolf dejó de escribir durante meses cuando leyó por primera vez la novela, aseguraba que no valía la pena añadir nada más después de una obra de esa envergadura. Amable y reservado, Proust, sin embargo, nunca confió demasiado en el valor de su literatura.

Hay una anécdota conocida acontecida en una recepción en el Hotel Ritz de Paris. Coincidió en la mesa con James Joyce, sin que el uno ni el otro hubiesen leído sus respectivas obras maestras. Apenas hablaron. A Proust le molestaron los cigarrillos que Joyce fumaba con frecuencia y encontró poco adecuadas las ropas que vestía el irlandés para asistir a un evento como aquel. Joyce aseguró que Proust era un tipo rarísimo, que sólo le preguntó por cuestiones banales, y que además, no se quitó el abrigo que llevaba en toda la cena.

Esta enterrado en el cementerio Pere-Lachaise de Paris, al igual que Oscar Wilde.

Obras

  • Los placeres y los días (1896)
  • La Biblia de Amiens, traducción libre de la obra de John Ruskin: The Bible of Amiens (1904)
  • Sésamo y Lys, traducción libre de la obra de John Ruskin: Sesame and Lilies (1906)
  • En busca del tiempo perdido (1913)
    • Por el camino de Swann (1913)
    • A la sombra de las muchachas en flor (1919)
    • El mundo de Guermantes I y II (1921–1922)
    • Sodoma y Gomorra I y II (1922–1923)
    • La prisionera (póstuma, 1925)
    • La fugitiva (póstuma, 1927)
    • El tiempo recobrado (póstuma 1927)
  • Parodias y misceláneas (1919)
  • Crónicas (1927)
  • Jean Santeuil (póstuma, 1952)
  • Contra Sainte-Beuve (póstuma, 1954), ensayo.

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20
Feb
09

el espantapájaros y el vampiro

Matisse

Matisse

a A.G., in memoriam, que me atormenta en las noches de invierno, febrero extinguido tal noche como hoy, que me hace ser mejor para no ser otra vez el vampiro que heló su sangre, que me hace merecedor del silencio….

a Nacho Vegas, él sabe porqué…

**********************************************************************

Todos los días pienso
en esas noches de incendio,
en el rastro que dejamos
quebrado en los andenes,
en el manto de la oscuridad
que cayó sobre nosotros,
en esos perros de la lluvia
condenados…

…y entonces escucho el eco
de las musas, el aliento
que impregnó la llama
del espantapájaros,
su triste rumor,
la caída de ese otoño
que trasmutó al vampiro
en aire espantado,
en tiempo detenido.

Porque esas tardes aspiré
cegado los caballos blancos
y el galope de los ángeles,
saltaban como perros mojados,
alabando la piel del demonio,
de nuestra inconsciencia…

(…pintamos de rojo los muros,
se impregnó el aliento del suave
murmullo de las hadas.)

Apenas conocía el tiempo,
los lamentos de las sirenas
y el peligro de bordear las farolas,
pero ella me siguió
como los pájaros en bandada,
extendió sus alas
en mi pecho y me acerqué
para morderla.

Fue inutilidad de los colmillos
en su piel de escarcha,
bebí su sangre al igual
que el vino de los cuerpos,
el esplendor de lo sagrado
en esos pechos santificados.

La hice correr en la cuerda
floja, henchido de la ira,
así quiso cogerme de las manos
para beber de los abismos,
para rompernos en la cima,
en las copas de los árboles,
mientras danzábamos aquel
vals que nos partió de aurora…

(…pero no veía nada,
y tú, ciega, tampoco:
ahora te digo tú en esta bruma
con los ojos enrojecidos
de heladas venas
que fundieron el vidrio.)

En el frío atelier de pintura
acrílica, lienzos sudorosos,
sumidos al calor
de nuestra miseria,
abrazados, helados,
bebí tus pezones,
lamí tu ingle,
mi veneno y mi salvación,
extinguiéndote.

El suspiro empaña este silencio,
palpita el subconsciente
con los remordimientos de los peces,
sordos, mudos, apenas
vida de segundos
que anochecen, el olvido
que pudo con ello,
con el destino
y la corona de espinas
que clavé en tu frente.

Nuestro amor estaba hecho
de furia, de labios y dientes,
de respirar entrecortado
y yacer envueltos en la sal
de los mares,
tan salada tu savia,
tan espeso mi desdén
por la ceguera.

Sin miedo ni al tiempo
ni a las nubes de Estigia,
colgados de este infierno
turbio, de este delirio
quemado, de espesura
y hogueras de azufre.

Luego te gocé
desde el origen del mundo
y la voluptuosidad,
te devoré sin rencor
en el viento que agitabas,
de puente en puente,
conversando de la Comedia
hasta llegar al Leteo…

…y al correr entre los muertos
tus ojos se ensombrecieron
con la hiel de mi dolor,
te enseñé las agujas de sangre,
a pincharte en esas venas
y a gozar del artificio
hasta sentir el control
vacío, la dirección
rota en las esquinas.

Un día sonó el teléfono
y vi tu rostro en el cielo,
sentada en el alfeizar
de la ventana me mirabas
con la risa de las sombras:
-¿Dónde está ese vampiro?
¿A dónde fue mi desvelo,
la rabia de esta ausencia,
la muerte que me diste?

El sonido de su voz
anda por la hilera del paseo,
en los tejados
de los edificios húmedos,
en mis manos temblorosas
que lloran y lloran
el agua que expulsé,
en el semen que bebiste
bajo la brisa que acarició
tus hermosos cabellos.

-¿Dónde estás, espantapájaros,
sin alma, sin mí, sin nada?
¿A dónde vas con ese rencor,
a dónde lloras éste silencio?
¿Cuál es el eco de esa melodía
triste, que fue siempre el vals
de los gatos sin dueño?

En su libertad la oí volar
arrojada desde la ventana,
albatros de alas extendidas
y torpes en una defenestración
ilustre que ocupó las noticias
de la nada desgarrada
y su imagen de nieve.

-¿Dónde estás angel turbio,
qué tiniebla te espera?
¿Sabes que me voy
por tu nombre y tu vida,
por no ser el despojo
de esta dependencia,
la costilla de tu bilis
y la dura piedra en la que lloras
este tiempo vedado,
la rotura, el desconsuelo…?

Y voló hasta aplastarse,
voló como el pájaro que fue,
que se había ido
entre los ramajes espesos
de selvas perdidas,
voló y voló
hasta romperse el cráneo
sobre la losa gris
y expulsar el vómito de sangre
feroz sobre la línea
pintada, que recogí
como la espuma
de las olas entre mis dedos…

(…que quedó en aquella calle
para siempre, para verte
por las noches,
cuando a solas aparezco
por el tiempo de la nostalgia,
cuando el deseo se hace vampiro
y muere el espantapájaros.)

Todos los días pienso
en esas noches de incendio,
en el rastro que dejamos
quebrado en los andenes,
en el manto de la oscuridad
que cayó sobre nosotros,
en los perros de la lluvia
condenados….

Copyright Ariño2008

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

07
Feb
09

baudelaire y el espantapájaros-(Las flores del mal)

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El poeta Charles Baudelaire se me apareció en sueños, o quizá yo aparecí en los suyos. Calvo, febril, con la nariz aguileña y el rostro aterrado, abrió la boca. Sudaba en abundancia. Decía haber escapado del infierno seduciendo a los demonios. Me hubiera gustado reconfortarle el cuerpo con alguna esperanza, pero, francamente, su aspecto me produjo una sensación desagradable, un convencimiento de que su largo naufragio se hallaba próximo a llegar a su fin. Había oído hablar cientos de veces sobre él. Sabía de sus Flores del mal, me había embriagado con ellas, y confié ciegamente en otra época de mi vida en Los paraísos artificiales. No era necesario que se presentase pero lo hizo. Estaba pálido y sus ojos brillaban, afirmaba todo el tiempo: me equivoqué, amigos, me equivoqué. Sus viejas ropas de dandy estaban ajadas y ennegrecidas, costras de mugre y lamparones cubrían su antigua elegancia. Había soñado tanto, había deseado con tan inmensa fuerza abrazar tal número de espejismos, a excepción de los que tal vez le hubieran salvado. No creía en el progreso ni en la felicidad, quizá porque nunca fue feliz. Lo intentó a su manera. Es imposible vivir en contra de la inercia de los tiempos, de la extensión del mundo que a todos nos contiene. Aquel fue el primer gran fiasco del final del romanticismo. El hombre ya no podía resistir el progreso ni apelar al pasado, ni a lo primitivo, ni siquiera aferrarse a su condición humana. La civilización crecía por doquier. Mi estimado Charles Baudelaire decidió abrazar la negrura, hasta besó las nalgas peludas de Satán tratando de buscar otra religión posible. Estaba roto de dolor. Sollozaba como un niño, culpable, arrepentido de haber dejado a su paso tanta miseria, toda esa desolación.

Le dije que me hablase. Me invitó a subir por las escaleras estrechas y polvorientas que llevaban a su buhardilla. Vivía en la miseria absoluta, rodeado de chachivaches ruinosos, sin apenas comodidades ni lujos. La sala desnuda se iluminó tenuemente cuando abrió las cortinas. Una mesa, un catre austero y dos sillas eran su único mobiliario. Ya no le quedaba ni su afamada vanidad, sólo fiebre, una fiebre enorme que se apoderaba de su alma. Nadie a su lado. Esa soledad monstruosa que tanto temió le había vencido.

-Cuénteme cosas, monsieur Baudelaire. ¿Sabe usted que en el futuro usted será uno de los poetas más grandes de la historia de la literatura?

- ¡Por Dios, no me haga daño! No me cuente historias para niños, no las merezco. Cada vez que pienso en el futuro de mi arte me atenaza este spleen insoportable. No soy nadie, nadie ni nada. Un pozo de dolor y enfermedad. Me estoy volviendo loco, sólo siento deseos de morir, de morir en silencio, de encontrar la paz que jamás hallé.

-Se lo aseguro. Usted será una celebridad. Tendrá imitadores, admiradores, se hablará de sus versos, de sus virtudes como ensayista. Se dirá que es usted el primer crítico literario moderno, que inventará un género, que consumó el último suspiro de los románticos como nadie para revelar el simbolismo, que inventó usted la poesía del futuro y fue capaz de conceder al verso una fuerza expresiva distinta. A usted se le nombra incesantemente, señor Baudelaire. Se ha ganado la inmortalidad.

-No se burle de mí, joven. Mi vida ha sido un fracaso. Perdí todo, y lo peor es que si naciera de nuevo, creo que volvería a perderlo. No estoy hecho para vivir, a pesar de mis arrebatos. No soy capaz de vivir. No sea cruel conmigo.

Desistí de halagarle. De alguna forma no quería importunar su frágil equilibrio, sólo saber quien era este hombre fabuloso y oscuro, este personaje irrepetible, lleno de los miedos y las pasiones de un mundo extinguido, ese dandy que en el fondo inspiró a tantos otros, esa imagen aterrorizada; mezquino, peligroso y poco fiable, que revolucionó la poesía de su tiempo, que ganó al destino la eternidad sin saberlo, con un puñado de ejemplares editados de las Flores del Mal, hoy libro de texto imprescindible en todos los países francófonos, objeto de culto pese a los ciento cincuenta años transcurridos, referencia de poetas y filósofos, de la belleza y la extinción de una raza. Decidí sacar mi libreta y hacerle preguntas antes de que se fuera, antes de que la fiebre le adormeciera o provocara alguno de sus virulentos ataques.

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-Señor Baudelaire, ¿qué le ocurre? ¿se encuentra bien?

-…¡Oh Muerte, vieja capitana, ¡es la hora!, ¡levemos el ancla!. Nos aburre esta tierra, ¡oh Muerte! ¡Aparejemos! Si el cielo y el mar son negros cual la tinta ¡nuestro corazones tú sabes que están llenos de rayos!…

Aquellas exclamaciones eran la última parte de su último poema El viaje. No se le entendía bien, balbuceaba en ocasiones. Un hilillo de baba le colgaba del labio, barbudo el mentón y la barbilla. Los ojos hinchados, como si tuviera una visión lejana y horrible en un lugar alejado de mí y de aquel cuartucho.

-…¡Derrama tu veneno y que él nos reconforte! Hasta tal punto el fuego nuestros cerebros quema, que queremos rodar al fondo del abismo, ¿qué importa Infierno o Cielo? ¡al fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo!…

-Hermosas palabras. Si supiera usted que muchos las sabrán de memoria, que se deleitarán con El vampiro y El albatros tantos años después.

-Dios, cállese buen hombre. No me hace feliz este dolor y sus lisonjas. Marcharse a lo desconocido me alivia; allí ya no habrá ninguna conspiración. El dolor se hará cristal. No soy nada ni nadie, jugué a lo que no debía ¿Sabes usted que yo escribí que no existe en todo hombre, y a todas horas, dos postulaciones simultáneas: una hacia Dios y otra hacia Satán? ¡La invocación a Dios, o espiritualidad, es un deseo de ascender de grado; la de Satán, o animalidad, es un gozo de rebajarse!. Maldita sea para que sirvió mi entendimiento, mis versos, ese deleite en las palabras. Lo dilapidé ¿me comprende? Lo hice extinguirse entre lo estéril y no dejé nada…

-No es cierto, monsieur Baudelaire, usted no se ha extinguido… se dice de usted que fue alguien atormentado. Que tuvo una obligación moral apremiante y destructiva que se identificaba con su necesidad de ser mandado, castigado o querido. Dicen que su genio surgió de una insoportable tensión, ¿me oye?. Que siempre vivió bajo la mirada autoritaria de su padrastro, y a la vez ante los ojos amorosamente recriminatorios de su madre. A usted le confundieron, y era demasiado sensible e inteligente. Se sintió perdido, eso es lo que cuenta. Le faltó afecto, y eso le impidió apreciar la posibilidad de la racionalidad del deber moral y descubrir por usted mismo qué era la virtud, si es que se puede definir. Usted veía a su madre perderse en la alcoba secreta e inexpugnable de su padrastro con sólo ochos años. El señor Aupikc le observaba con sus ojos terribles y sin decir una sola palabra lo expulsaba del paraíso de los senos maternos. Le robaron a su madre, señor Baudelaire. Eso cuentan de usted…

-Madre… ¡Cuánto sufrimiento inútil le he provocado!. Me hicieron ver que la sujeción a la moral tenía que ver con la vida ordenada, con la higiene y la limpieza, con la realización de un programa de trabajo, con la paz familiar y hogareña, con la supresión de todo excitante del alma, con la oración confiada que se dirige a Dios, pero era demasiado inteligente y orgulloso para aceptar eso sin más, ¿me comprende, verdad?. Yo era Charles Baudelaire, y esas cosas eran insignificancias para el poder de mis palabras. Era un mundo mediocre y enfermo, donde no cupe desde el principio, desde que murió mi padre y Jacques Aupick fornicara con mi madre encerrados en la alcoba, y yo la imaginaba gozar de su verga, perder la identidad entre sus brazos peludos, entre su inmenso cuerpo. Tuve que buscar otra cosa, ¡por Dios!. No entiendo porque me castigaron tanto por ello…

-Le entiendo, le prometo que le entiendo.

-No sé si me comprende. Es difícil explicar ese deleite por la trasgresión, suponer con altanería que fui completamente libre y lúcido en el momento de acariciar la falta, y luego sumirse en las delicias de saborear el castigo físico, para después aguardar el perdón. Los hombres no perdonan. Mi madre sí lo hizo durante algunos años, pero los hombres no lo hacen. Soy un farsante en el fondo. Toda mi rebeldía no es más que un deseo encubierto de caer a los pies del castigo, arrodillarme y sufrir dolor, para luego anhelar el imposible perdón. Le puedo asegurar que, en ocasiones, tengo la sensación de que nada pudo ser de otro modo, aunque fuera tan poco y tan horrible. Eso me alivia, pero dura un instante, luego me atormentan mis fantasmas, esta enfermedad pecaminosa que me corroe por dentro. Tengo delirios y fiebres, ¿sabe?. Aunque la visión más grande que viví fue la que todas las generaciones posteriores que vengan tras mis pasos sentirán con fuerza. Sobre todo cuando la mentira de Dios se disipe, cuando llegue un ser humano que pueda vivir sin Dios, comprenderán que el vacío de la radical insatisfacción de los deseos humanos no se puede llenar con nada, ni con arte, ni con amor, ni con amistad y odio, con nada. Los que intenten negarlo fanáticos sufrirán igual que los que abracen la herejía y la rebeldía eterna como sino. Será igual. En cuanto Dios desaparezca de nosotros, algo por otra parte inevitable, porque no existe, porque no está en este infierno, nada habrá para llenar nuestra desesperada condición

-Creo comprenderle, señor Baudelaire. A veces me sobreviene una ansiedad enorme que hace inútil el placer que acude a mis manos. Entonces pienso en el goce sin más, en gozar, en romper el límite, en olvidarme y perder el sentido. Mi parte racional logra vencer en ocasiones a la tendencia de dejar que la ebriedad sea toda mi existencia, me limita, pero no puedo evitar caer en las tentaciones del cuerpo y del alma, en el deseo sin dirección. El placer cumplido alimenta aún más el deseo, usted lo sabe. Obliga a dar un paso más allá, a buscar nuevos objetivos aunque sean incomprensibles.

-Veo que no es usted como muchos de los que me cruzo por las calles de Bruselas.

-Soy de otro tiempo, monseiur Baudelaire. De un tiempo en el que todo el mundo que haga un pequeño esfuerzo llegaría a comprenderle.

-En los tiempos en los que he vivido esas cosas no estaban tan claras. Piense que existía una moral muy rígida e hipócrita, que las enseñanzas de la Iglesia flotaban como losas sobre la vitalidad. Yo tuve que elegir. Recé a Satán para concitar las iras de quienes seguían a Dios para afirmar su individualidad única e irrepetible frente al ser supremo. Necesitaba escandalizar sus almas pacatas y miserables, aniquilar sus excusas. Ninguno de ellos fue mejor que yo, pero eso lo sé ahora, a punto de irme. Yo fui castigado como los ángeles caídos.

Le oí sollozar. Se llevó las manos sucias a la frente y luego se revolvió los escasos cabellos que cubrían su cabeza. Me miró acto seguido, suplicándome alguna respuesta a lo que terminaba de pronunciar, pero yo no pertenecía a esa batalla interior. La mía era distinta, aunque tuviera puntos en común. A mí no me pesaba el Dios inventado por los hombres, sí la culpa y el remordimiento, pero en relación a asuntos menos sagrados. Buscar lo sagrado era una necesidad espiritual muchos más libre, menos influenciada o rota, aunque pesara lo suyo.

-Yo creí que el diablo afirmaba una diferencia y una singularidad auténtica, que era el patrono de los desterrados y los malditos, el sabedor del lugar donde se encuentran los tesoros ocultos, el conocedor de los enigmas que la ciencia se empeña en descifrar. Yo cultivé su amor por inercia, por odio a lo que significaba mi padrastro, por rencor a esa salvaje cotidianeidad del mundo.

Nos callamos unos minutos. Me pidió tabaco y yo saqué de la cajetilla un cigarrillo. Le sorprendió aquella perfección del papel prensado por máquinas, el color anaranjado del filtro.

-¿Qué cosa demoníaca es esto, señor?.

-Monseiur Baudelaire, esta es una de las químicas con las que nos matamos en el siglo XXI.

-¿El siglo XXI? ¿Quién demonios es usted? ¡Un enviado del abismo o del cielo?… maldita sea. Aún quedan unas hora para que el día se haga por completo…

-Ni una cosa ni la otra, señor. Soy un admirador de su poesía.

-Mi poesía ya no existe muchacho No queda absolutamente nada de ella. Fue como el amor de las mujeres. Mujeres. Arrastran al hombre al abismo de la brutalidad, ahogan su inteligencia y sus ansias de elevación. La tendencia irreprimible a la mujer que es objeto de voluptuosidad constituye una manifestación de la inclinación del hombre a ese mal que le priva de la voluntad, que nubla todo posible esfuerzo…

-Es usted un radical, señor Baudelaire…

-¿Un radical? ¿Acaso no sabe que tengo sífilis, que aquella maldita mujer me condenó a morir sumido entre terribles sufrimientos, y no sólo me refiero a lo físico, sino incluso a la locura?. La ira, los celos, la pasión no correspondida, las lagunas de la miseria y la entrega sensual.

-Eso estaba ya en usted, señor Baudelaire, antes de conocer a Jeanne Duval…

-¿Cómo sabe su nombre? ¿la conoce acaso?

-Ya es famosa, monsieur Baudelaire. Si le digo la verdad, aún reconociendo en usted a un espíritu elevado y a un poeta extraordinario, mi generación le considerará a veces un misógino insoportable. Esa parte de usted ha envejecido, o no la supo exprimir como otras de sus obsesiones. Las mujeres son lo único sagrado que hay en el mundo, las mujeres en el sentido de su relación con la vida, el erotismo y la maternidad. Son la inteligencia serena que guardamos como única esperanza. De hecho, ya compartimos ese deseo que usted menciona de elevación, lo sagrado nos roza a ambos sexos por igual. Necesitamos de la excitación porque ya no creemos en otra cosa, pero ellas poseen la maternidad y el futuro. Hasta la mujer más estúpida que pueda imaginar, será mejor que el hombre más estúpido, sabe más de la naturaleza de la creación. Debería usted comprenderlo. Ya no son sólo belleza para contemplar o cuerpos con los que gozar -nunca fueron sólo eso-, o una voluptuosidad estática. Se liberaron de un yugo pesadísimo, de nuestra fuerza física, y entonces descubrimos que usted y otros mucho peores estaban equivocados. La voluptuosidad, mi querido poeta, está en usted, no en ellas. Lo mismo que ellas, en otra época más gloriosa suya, pudieron sentir esa voluptuosidad que usted deplora en su físico, en su persona, en sus versos o en su inteligencia.

-Es usted un tipo curioso. Pero esas ideas no las concibo.

-Usted mismo escribió lo siguiente señor Baudelaire, acuérdese, ya lo intuía: El ángel femenino es belleza, paz, norte y salvación.

Esbozó una sonrisa alegre, como si hubiera recordado algún buen momento de su existencia.

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-Tiene razón hijo, eso lo escribí hace mucho.

-Me hubiera gustado que pudiera leer a Bataille.

-¿Bataille? ¿no se referirá el banquero? Semejante mequetrefe…

-No, por Dios, monseiur Baudelaire. A Georges Bataille. Él reconoció lo que usted aportó, se lo aseguro, y escribió un hermoso libro llamado El erotismo. Todo lo que usted apenas intuyó en las relaciones con lo femenino, él lo llevo tan lejos como pudo.

-Hummm…. Curioso ese Bataille. ¿Y no le condenaron?

-No. Ya no condenaban a nadie por eso entonces.

-Pudiera ser que la identificación que yo hice del mal con el contacto sexual, y del bien con la idealización de la relación absolutamente casta y espiritual fuera un error, me remitiera sin remedio a mi educación católica, al sentido de la culpa y a la pena que sentí cuando siendo un niño me internaron en aquel lugar infernal. Oscilar entre una cosa y otra quizá no sea una negación, el deleite carnal y el amor puro son compatibles, se rozan, se entrecruzan, lo sé, pero a mi siempre me atormentó ese juego de lo prohibido y lo permitido….

- Usted escribió que la voluptuosidad única y suprema del amor radica en la certidumbre de hacer el mal, y que tanto la mujer como el hombre saben de nacimiento que el mal se encuentra en toda voluptuosidad. Era una gran frase, solo erró una palabra. No era el mal. La voluptuosidad es una búsqueda de lo sagrado, de la continuidad del ser humano discontinuo que desea perpetuarse y creer que en la reproducción su vida podrá seguir su ritmo indefinidamente, y para acercarse a ello deleitoso, hombres y mujeres alumbraron el ritual de la sexualidad, del erotismo. Un gran gesto de la inteligencia humana, tan poco proclive a la brillantez. Casi lo consigue; usted inspiró a Bataille, se lo aseguro. También a Nietzsche, que fue un filósofo alemán extraordinario…

-Nietzsche… ¿Era romántico?

-No señor. Filósofo.

-Siempre pensé que copular era la aspiración de entrar en otra alma, pero en verdad, el artista no sale jamás de sí mismo. Preferí siempre los placeres sensuales a distancia, se lo aseguro, aunque me ruborice contarlo. Ver, palpar, respirar la carne de la mujer. Preferí mirar a hacer: hacer es demasiado cansado y frustrante, exige algo de atleta no de poeta. Esos vicios aliviaban mi voluptuosidad,y realizaba una posesión simbólica, lejana, por así decirlo.

-Quizá por eso toda su vida fue simbólica y no verdadera señor Baudelaire. Debería usted haber amado. Le falto algo de tangencia.

-¡Amar, amar! ¡Se les llena la boca con el amor, maldita sea! Amar es una ficción, una invención humana. Amar es fornicar, es procrear aunque lo llenen de sonoros y cursis adjetivos ¿Qué me dio amar a Jeanne Duval, o a Madame de Sabatier, o Marie Daubrun, siendo la tres tan distintas? ¡Dígamelo usted, muchacho! ¿Qué me queda de tanto amor?

-Le dio magníficos poemas, señor Baudelaire, poemas que son inmortales…

-¿Inmortales?… sigue usted burlándose de mí impunemente, amigo. Yo no tengo ninguna devoción por el amor, prefiero a las prostitutas ¿sabe?. La simpatía por las fulanas es la que expresa en verdad la relación vedada y culpable con el amor. Se rebelan no sólo contra la empalagosa e hipócrita forma del amor institucional burgués sino también contra la natural forma espiritual de ese amor. Destruyen no sólo la organización moral y social del sentimiento, sino también las bases mínimas de ese sentimiento. La puta es fría en medio de las tormentas de la pasión, es y se mantiene espectadora por encima de la lujuria que despierta, se siente solitaria y apática cuando otros están arrebatados y embriagados; es, en suma, el doble femenino del artista. ¿Qué le parece mi definición? Se parecen a mí, que me prostituyo, porque sé cómo ellas vencen sus más sagrados sentimientos y qué baratos venden sus secretos. Rameras como yo, querido amigo, esas son las únicas mujeres que me interesan, aunque no ejerzan por dinero

-Es una lastima monsieur Baudelaire que sea usted tan tozudo.

Chascó la lengua e hizo un gesto de desagrado. Un sabor extraño debió sentir en el paladar, porque abrió la boca y su rictus se contrajo en una mueca mohína. Se puso de pie y avanzó hasta la sucia ventana del cuarto. Frotó con la manga de la chaqueta el vidrio y miró hacia el exterior.

-Siempre he vivido dolor con las mujeres. Debo reconocer que en ello tengo gran parte de culpa, o quizá toda. He vivido en el filo de su dualidad, una dualidad inventada por mí; las vi a todas ellas como agrupadas en dos bandos. La mujer-demonio encendía la sensualidad y el deseo. Verla era desnudarla, gozarla, contemplarla y apurar su esplendor. Esas mujeres me atormentaron porque jamás fui un buen amante. Soy un degustador de lo voluptuoso, pero no sé entregarme en verdad a la concupiscencia y al deseo por completo. Ese ha sido uno de mis innumerables problemas. La mujer-ángel siempre me inspiró la idea de la paz y ese hogar que en alguna otra reencarnación he debido disfrutar para admirarlo tanto. Pero la mujer ángel me inspira un recuerdo espiritual que no me complace; me aburre, querido amigo. No puedo gozar carnalmente, ni siquiera con la mirada, con ese tipo de mujer, me siento sucio, a punto de manchar esa pureza, siempre me supuso una especie de incesto, así es. Es enfermizo gozar de la desnudez de la hermana o de la madre, esa trasgresión no me alcanza, pues eso me sucedió con algunas de las mujeres que me ofrecieron otra vida; no poseían nada demoníaco, nada que encendiera mi alma, y todo quedó en sosiego, y a mí, por desgracia creo, el sosiego se me escurre como el agua sucia que cae de los tejados de Paris los días de lluvia

-¡Qué desgraciado es usted, señor Baudelaire¡ ¿Cómo es posible su lucidez y al mismo tiempo su recorrido hacia el abismo, su infelicidad?

Rió con una carcajada estremecedora, los ojos casi transparentes y el rostro abotargado, enrojecido. Encontré en el modo de agitarse y mirarme con fijeza algo maligno que surgía de las cenizas de su alma. Ardía por dentro, pero su deterioro físico provocaba escalofríos. Sin embargo, algo en su interior hacía brotar ese genio reconocible, esa chispa divina que siempre hallé en sus poemas.

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-Ja, maldito idiota. ¡Juego espantoso donde es necesario que uno de los jugadores pierda el gobierno de sí mismo! Le contaré algo, joven. Cierta vez preguntaron delante de mí en que radicaba el placer mas grande del amor. Uno respondió, naturalmente, en recibir; y el otro; entregarse. Éste decía ¡placer de orgullo! Y aquel: ¡voluptuosidad de humillación! Todos estos asquerosos hablaban como La imitación de Cristo. Por Dios, joven ¿ No sé da cuenta que ese es un terreno de vencedores y vencidos, de verdugos y víctimas, de dominadores y dominados?

Se aproximó, después de guardar unos minutos de silencio, con los ojos cerrados, apoyada la espalda en la pared, a la pila de la cocina. Abarrotada de platos, tanteó entre los desperdicios con los dedos erizados. Sacó dos vasos empañados. Abrió un diminuto armario que había a sus pies. Al agacharse le crujieron los huesos y se tambaleó mareado. Cogió una botella. Sirvió cuatro dedos en cada vaso y me ofreció uno.

-No tengo otra cosa con la que agasajarle. Prácticamente no como. Esto me reconforta. Paraísos artificiales. Pero sólo me reconforta. ¿Así que usted viene del siglo XXI?. Siempre pensé que nos extinguiríamos antes, fíjese.

-Hemos estado a punto de hacerlo varias veces, señor Baudelaire.

-El siglo XXI, maldita sea, qué cosas. No he creído en el progreso, pensé que se destruiría a si mismo de ambición y de avaricia. El progreso es la mentira de los que tienen o pueden alcanzar el poder. Eso pienso.

-Es probable que tenga usted razón, pero menosprecia la capacidad humana para seguir anhelado la avaricia y la ambición. Se recompone para querer más. Sobrevive para seguir intensificando la fiebre.

Esbozó una sonrisa triste y dio un sorbo al licor. Se contrajo su cara unos segundos, lanzó un hálito ruidoso y al mirarme me pareció que sus ojos volvían a brillar.

-Nada más absurdo que el progreso, puesto que el hombre, como lo prueban los hechos cotidianos, es siempre semejante e igual al hombre, es decir, se encuentra, le pese a quien le pese, siempre en estado salvaje. ¿Qué representan los peligros del monte y la pradera, comparados con los choques y conflictos cotidianos de la civilización? Que el hombre abrace a sus víctimas en el bulevar o alancee a su presa en selvas desconocidas, ¿no es siempre el hombre eterno, es decir, el más perfecto animal de presa?.

-Seguramente tiene usted razón.

-No necesito que me lo diga, joven. Sé que es verdad, sé que esa idea es bella y además brillante.

Apuró de un trago la copa y volvió rellenarla enseguida. Dio un par de pasos por el cuartucho, observó los objetos que le rodeaban y luego se sentó en una silla.

-Estoy cansado, ni siquiera puedo mantenerme en pie mucho tiempo. Mi sentido de lo estético, como puede ver, ha perdido su razón de ser, su pulsión. Eso es lo que me duele, no haber sido coherente hasta el final ni con lo que me parecía sagrado. ¿Sabe porque fui un dandy?. Por lo mismo por lo que amé en el fondo a las prostitutas y a Satán, y a la mística y el ocultismo, porque socialmente era un signo apto, externo, de una individualidad que se rebelaba contra la grotesca exaltación de lo burgués, contra el mal gusto apestoso de la aristocracia advenediza, contra todo lo que supusieron las ridículas monarquías, contra el ingenuo hombre de bien regido por esa moral de tenderos que es el utilitarismo. Ja, yo era un dandy, muchacho. Un autentico dandy, o al menos quise serlo con todas sus consecuencias.

-El mundo no ha cambiado mucho en ese aspecto, señor Baudelaire. Es verdad que tenemos sus poemas y los de otros muchos, el arte y la música, y han quedado restos de belleza que seguimos apurando con deleite, pero los tenderos siguen siendo los reyes de la tierra, sabe. Tenderos y reyezuelos y horteras y ostentosos idiotas hinchados de mal gusto. Lo mismo. Pero si me lo permite, a estas alturas ya debería saber que a ese poder, que a esa sociedad que le ninguneó y que usted detestaba, le importa un comino que fuera un bohemio o que se vistiera con pieles de vaca sin curtir. Esa provocación, estoy seguro que ha podido llegar a darse cuenta, no les afecta un ápice. A ellos, sólo les interesa su bolsillo y su influencia, que nadie inquiete su apacible recorrido.

-Me sorprende, muchacho, con sus salidas. No es tan tonto como creí a primera vista. A mí me costó mucho llegar a esas conclusiones, pero aún así, mi devoción por la estética me obliga a no perder la compostura bajo ninguna circunstancia, por eso lamento tanto mi estado y no salgo a la calle más que para lo imprescindible. Dejarme caer es reconocer una derrota de manera física, real, aun cuando es posible que la haya reconocido, lleno de pesadumbre, hace años en mi cabeza. ¡Pero que nadie lo note, Dios!. Ser un hombre útil, me resultó toda mi vida algo bastante odioso y, sin embargo, cuanto remordimiento tragué por lo contrario, por ser un inútil para mis congéneres. La bohemia me permitió ejercer de otra cosa, es verdad que vacía y elitista, seguramente tan inútil y estúpida como la utilidad que odié, pero formaba parte de algo que estaba vivo, no de las palabras de maestros que estaban muertos. Era como un modo de empleo.

-No le llevó a ninguna parte…

Llenó de ira dejó el vaso en la mesa.

-¿Qué importa que no me llevara a ninguna parte? ¿Acaso la vida tiene alguna dirección real, joven, a no ser la muerte?. Crear, saber y matar, eso es lo importante. El resto está hecho para el látigo. Los otros hombres son pecheros y jornaleros, buenos para las caballerizas, es decir, para ejercer lo que se llaman profesiones. El especialista acabará con el saber esencial y con lo sagrado del ser…

-¿Sabe usted que eso lo dijeron hombres muy inteligentes a principios del siglo XX?.

Abrió los ojos exageradamente. Aguardaba que añadiera algo más, pero me callé. Quise hablarle de Husserl y de sus discípulos, pero enseguida me pareció un asunto demasiado largo de contar. Yo deseba saber más cosas del poeta, no interferir en sus reflexiones.

-El drama no es nuestro, amigo, nos lo provocaron. Intenté ejercer de otra cosa, pero me fue imposible. Yo estaba hecho para la belleza. ¿Qué consideración merece el artista en una sociedad regida por la utilidad y entregada al trabajo? El trabajo acabó con la esperanza de los antiguos pintores que adornaban las cuevas en la prehistoria. También con el gozo de lo natural. La negrura de lo voluptuoso tiene que ver con las prohibiciones, supongo que se habrá dado cuenta. El mundo moderno nos expulsa, es un mundo de trabajadores silenciosos que toman sobre sí la tarea de dominar científica y técnicamente la naturaleza, que se justifica en función del trabajo y el ejercicio profesional, y que destierra el ocio improductivo del campo de los signos de distinción social. Ya no somos ni seremos nada, eso es lo que he aprendido con el progreso..

-Sabe que han llegado a afirmar que el individuo debe estar activo para poder superar el sentimiento de duda e impotencia. Es algo así como decir que para evitar querer verlo todo es mejor estar ciego ¿no le parece?

-No me extraña, y seguro que lo dijo algún esclavo de otras cosas, de todas, menos de sí mismo. Pero a decir verdad, aunque le duela, es probable que tuviera razón, muchacho. Puede que el que estuviera equivocado fuera yo visto el resultado. Esclavizarse de uno mismo, cuando la miseria asoma en el alma, le aseguro que no es plato de buen gusto, sino una visión horrenda, terrible. Aquí, en estos tiempos, mueren niños y ancianos trabajando en condiciones execrables en talleres, en fábricas, en las minas del norte. Eso es civilización ¿sabe usted?, y nosotros, los poetas, escoria que hace soñar. Un poema, aquello a lo que dediqué casi toda mi vida, vale muy poco en comparación con un mendrugo de pan para la mayoría. Nunca pude soportar el dolor de los niños, aunque alguien me haya tenido por un hombre endemoniado. Se lo confieso. El sufrimiento de los niños me produce una compasión inmensa que se transforma inmediatamente en odio. Un odio que me surge desde el estómago y recorre mi garganta llenándome la boca de bilis. Me hubiera gustado ser soldado y además dedicarme con toda mi alma a matar. Matar a los que son intocables ¿me comprende?. A los que deciden en nombre de Dios y la Ley que los niños y los poetas mueran.

-Qué curioso que todas las ideas que usted ha ido desgranándome aquí, en este cuarto, fueran después grandes movimientos bien filosóficos o artísticos, bien sociales o humanistas. Ha sido usted alguien muy lúcido, monsieur Baudelaire, se lo aseguro.

-¿Lúcido yo? Por Dios, joven, no siga por ese camino. He visto como mis barbas se me quemaban ya cuando olía y me ahogaba con el humo. Estos son fogonazos esporádicos. Le voy a decir en verdad que se escondía tras mi decisión de pertenecer a esos bohemios que usted menosprecia. He podido ver algo con estos ojos, he podido sentirlo con estas manos deterioradas y envejecidas, olerlo con esta enorme nariz que afea mi rostro, degustarlo con estos labios sin sangre. En adelante, el arte tendrá que venderse, adecuarse a los tiempos y a los que tiene el dinero y los medios. Como no se muestre la utilidad moral de una obra instaurada, no disfrutará de ningún predicamento ni será reconocida por hermosa y magnífica que sea. Los dueños de nuestro futuro son los tenderos por fin. Lo consiguieron, joven. Se acabó, mi querido muchacho, y si en el siglo XXI de donde usted viene todavía hay artistas que pretendan descubrir el secreto de la existencia, pensaré que están locos o son estúpidos o que mienten como bellacos. La única verdad posible es la de los comerciantes, se lo aseguro. Todo lo que se salga de ese contexto, a partir de ahora mismo, de hoy, de este treinta de agosto de 1866, estará condenado al silencio a no ser por un milagro. Por eso me hice dandy. Porque todavía creo, fíjese que vana ilusión, en el arte por el arte, arte que habla de arte y de belleza, de vida, no de utilidad.

-Me pregunto de dónde le viene esa conmovedora inocencia, señor Baudelaire. Cómo desde el infierno de azufre y soledad, de miedo y terror, de remordimiento y dolor, usted mantiene intacta esa creencia en la inocencia. No se lo tome a mal, pero usted es tan terrible como un ángel que aletea encima de una nube y, sin embargo, siempre quiso lo espantoso como rostro. Cuando veo sus fotografías observo como posa. Suelo pensar que se le nota la pose, su intención de parecer diabólico y maligno. Mire, yo tampoco tengo ambiciones, ni propósitos gloriosos, ni fines, si le digo la verdad. No quería hablar de mí mismo, pero me veo obligado a ello. El presente pretende ser eterno a mis ojos, despilfarro lo que tengo y me gasto a mí mismo como el perfume contenido en un abrazo destapado cuya fragancia a nadie ha de deleitar: usted me definió. Pero no lo digo, no muestro esa absoluta indolencia que me domina. Me disipo, y descubro entre los rostros que me cruzo una sensación parecida. No necesito provocar a nadie para respirar en vivo el vacío. Es una pelea inútil.

-Es una opción, mi querido joven, pero yo tuve que inventar mi alma, aunque estuviera hecha de retazos de otros y de jirones de mi espíritu. Allá cada cual con sus premisas…

-Usted escribió esta frase, ¿qué le parece?: la vida no posee más que un encanto verdadero: el encanto del juego. Pero, ¿y si nos resulta indiferente ganar o perder? ¿Sabe usted que hasta el gran Anton Chejov la utilizó como modelo de uno de sus magníficos cuentos, o que los existencialista franceses, en los años cuarenta, se empeñaron en desentrañar su alma y al hacerlo, trataron de establecer una nueva filosofía de las circunstancias del ser?

-No sé de que me habla ¿Chejov? ¿Qué diantre son los existencialistas franceses?. Es usted muy raro. Yo sólo deseaba inspirar el terror que deben provocar los seres superiores y demoníacos, ¿comprende?. No ser nada, no alzar la voz, disimular, me pareció siempre algo propio de individuos débiles y asustadizos.

-Y si le dijera que el mundo engulle a los que quieren mover un ápice las cosas hacia otro lugar, o que, en el fondo, su resistencia, o la mía, o la de cualquier poeta, importa menos que un comino.

-¡No me arranque de cuajo mi vanidad, muchacho. Yo estoy hecho de eso, sólo de eso…

-De eso y de sus maravillosas palabras, señor Baudelaire… no lo olvide. Dio a la poesía una especie de sentido psíquico. Superó a los románticos porque ahondó en sus excentricidades, en sus límites barrocos y artificiales. Usted se dirigió al alma al componer versos, no al corazón. Quiso alcanzar el “yo” profundo en el que se debate la angustia del ser humano, su pasado, su presente, lo descomunal del mundo y su futuro. Intentó conmover no a través de lo sentimental, sino directamente en el centro de esa sensibilidad y extrañeza interior común a los mortales, en esas regiones oscuras del espíritu donde se licua lo vivido y la verdadera condición de nuestro destino. Usted ha sido un mago…

-¿Un mago? Suena demasiado solemne, no creo que pasara de ser un prestidigitador del tres al cuarto. Eso sí. Creo en la poesía, siempre creí en ella, aunque no podría explicar porqué. Esta hecha de conjuros, de redención, de todo lo invisible y lo tangible a un tiempo, de su mutación en espíritu mediante su ritmo. Yo era de los que pensaban que la naturaleza estaba allí, delante de nuestros ojos, para ser maleada por el genio, para ser reducida a precisas palabras, y aunque muchos no se lo crean, al rigor de la métrica y la rima. He escrito y reescrito más de cien veces algunos de mis poemas, porque en la creación que gestaba cada uno de ellos, en esa inicial mezcla de las imágenes, y luego en su estructura y en la elección de las palabras, hasta hallar su música secreta, su ritual descubierto, estaba mi único poder ilimitado. ¡Ah, si me hubieran dejado hacerlo, estaría todavía allí sin preocuparme de otras cosas, seguramente hoy no sería la miseria que soy!.

-Pero tampoco le bastaba. Yo leí en Los paraísos artificiales algo suyo al respecto. Usted escribió: La poesía, como los otros paraísos artificiales, sólo logra sumir al sujeto en un estado de embriaguez, en el que el transcurrir del tiempo resulta más llevadero. Esta es la receta: Hay que estar siempre ebrio. Nada más: ese es todo el asunto. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que os fatiga la espalda y os inclina hacia la tierra, tenéis que embriagaros sin tregua. Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como queráis. Pero embriagaos…

-Lo leyó usted… son hermosas palabras, joven, debo reconocerlo. Pero dígame ¿sirvieron de algo? ¿se puede construir una sociedad con hombres embriagados? ¿para quién escribía en el fondo?. Se lo diré. Para mí. Para los pocos que yo podía intuir falazmente como semejantes. Nadie me hizo caso, nadie. Fíjese, yo mismo dudo ahora del consejo, aunque fuera mío y tan bellamente escrito. La embriaguez, por Dios ¿Cuántos ejemplares deben quedar de Los paraíso artificiales que no hayan sido maniatados, pisados, escondidos o quemados, ¿cien? ¿veinte? ¿diez?

Bebió el segundo vaso y con torpeza caminó de nuevo hasta la barra de madera de la cocina. Se sirvió otra copa, mientras que yo ni siquiera había probado el licor. El alcohol comenzó a afectarle al sistema motriz, se desplazaba por el cuartucho con cierta lentitud cansina, con titubeos al posar la planta de los pies en las tablas del suelo.

-No tengo público, y aunque usted me diga que más de un siglo después mis versos son estudiados, admirados o aprendidos de memoria en la escuela, no le creo. No me dirigí jamás a las masas, y esa fue una parte esencial de mi fracaso. Yo buscaba a una minoría elevada, superior en espíritu e inteligencia, no al individuo vulgar y corriente, aficionado a las novelitas lacrimógenas, con final edificante y feliz; ni a los que adoraban cualquier espectáculo banal que los entretuviera con mentiras y sandeces. Yo rocé la truculencia, a la vez que pretendí dotarla de belleza, de refinamiento. Lo normal es que las Flores del mal fuera un poemario tachado de pornográfico y diabólico, que se dictara irremediable ese rechazo de la buena sociedad, su posterior prohibición. ¿Cómo soportar sus miserias arrojadas a la cara?. En eso fui valiente, joven, les dije a todos ellos la clase de simios enfermos que eran. Hablé de mis miserias sin tapujos para que encontraran todas las suyas.

-Hubo quienes hallaron su voz, monsieur Baudelaire. No le sonarán los nombres, pero así fue; Rimbaud, Verlaine, Lautreamont, Mallarmé, Pessoa, Oscar Wilde, Remy de Gourmont, Bataille, Cioran, Chejov, Sartre…, usted influyó en cientos de movimientos estéticos y en la literatura de muchos países, por todas partes donde haya inteligencia y sensibilidad, donde se aplauda el riesgo artístico y el eco de lo inmortal, no se olvide… sí que lo consiguió.

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Su sonrisa me produjo una ternura repentina. Había algo plácido en ella, una emoción agradable que surgió de mis palabras y que inundó de luz la sala a sus ojos. El alcohol se disipó en ese gesto conmovido que le llevó a agachar la cabeza, a mirar al suelo y dejar perder la vista en algún recodo de la puerta de entrada. Esos nombres no le decían nada, pero sonaron hermosos en mis labios por la admiración que despertaban en mí, y alimentaron su alma por un instante como si lo hubiera adivinado en su corazón toda la vida, que su empeño resistiría, como si intuyera un pedazo de inmortalidad flotando en el aire, entre el polvo de los escasos muebles.

-Señor Baudelaire ¿se encuentra bien?

-Sí, sí, por Dios, muy bien. Me pregunto sólo si esa idea de la decadencia que he defendido toda mi existencia, en contra del progreso y de la vida, o quizá con la vida, aunque fuera a través de esa vida oscura al borde del abismo, en verdad ha podido despertar todo eso que dice. Me resulta inimaginable, se lo aseguro. Llevo años sólo, o quizá toda mi existencia. Es increíble que usted hable de gentes que me acompañarán en el futuro. No lo entiendo. Cuando me he perdido aterrado en esta ciudad que crece y crece, y destruye a su paso mis huellas más amadas, anula el sentido de la vida que quise defender, y he pensando que yo no pertenecía a ninguna clase social, a ningún colectivo, ni siquiera los distinguía a ellos, a los transeúntes que a cientos me iba cruzando en las plazas y avenidas, llenos de ojos indiferentes a los sentimientos de los otros. Adentrarme en esa multitud siempre me produjo un desasosiego inmenso, porque suponía experimentar en la propia piel la indiferencia de todo cuanto me rodea, la terrible sensación de que pasara lo que pasase nadie haría nada por mi, nadie me reconocería. La soledad en medio de la masa pienso que es aún más acongojante que la soledad del aislamiento físico, o al menos eso intuyo, tampoco lo sé a ciencia cierta. Me perdía por las callejas del viejo Paris, que conocía como la palma de mi mano, alguna noche, buscando tan sólo una mirada que significase un diminuto intercambio posible, humano, y le aseguro que muchas de esas veladas he regresado aquí sin hallar en verdad ninguna. ¿sabe cómo se llama eso, joven?… no se lo diré.

-Supongo que ya lo dijo en sus textos. Las ciudades han crecido mucho en mis tiempos, señor Baudelaire. Paris le provocaría ahora un terror mayúsculo… usted es de la noche, de lo que no se mueve, de la oscuridad y el misterio, de lo sagrado y lo voluptuoso, no puede evitarlo, incluso cuando no se haya atrevido a vivirlo, cuando a veces no ha sido más que un farsante como usted mismo cuenta. El alba, el día, erizan su sensibilidad.

-La luz del sol destruye al vampiro, joven. Estoy ya destruido. Este día aspira al día completo, no a la noche jocosa, no a la noche del ritual y la pasión, de lo oscuro y lo cálido. Perdí.

Se sentó sobre el borde de la cama, mirando el día que nacía. Era el 31 de agosto de 1866. Yo sabía muchas cosas de ese día, pero no las dije. Buscó mis ojos por un instante y alzó su tercera copa casi mediada.

-¿No bebe?

-Hoy no, monsieur Baudelaire. Siempre bebí por alegría, rara vez por tristeza, y además quiero saberlo todo de usted.

-Hay poco que saber, se lo prometo. Debería beber. El vino es amigo de los miserables, de los asesinos, de aquellos cuya vida se ve truncada o frustrada en la posibilidad de realizar altas apetencias. Sin embargo, el vino es también para el pueblo que trabaja y merece beberlo. En el cuerpo del marginado trapero posee la facultad de aumentar desmesuradamente su personalidad y de encender su conciencia emotiva. Transmite esperanza, juventud, vida y orgullo al solitario, y hace más amable el paraíso que atraviesan juntos los amantes ¡A los amantes embriagados, cómo gozan! Ahora bien, esta forma de intoxicación no deja de ser una de mis Flores del mal, tan inútiles en el fondo, tan afectadamente perversas. La búsqueda directa del placer, y eso lo sabrá usted, porque parece conocerme muy bien, es incomparable con el disfrute de los goces superiores del arte, ya que el acceso a la creación pasa ineludiblemente por el sufrimiento. Me gustó el hachís y el opio, algunas hierbas alegres, leyó usted Los paraísos artificiales, pero no fueron más que curiosidades que pusieron a prueba la fortaleza de mi espíritu. Constituyen la encarnación ficticia de Satán, la evasión a través del fingimiento de la vida demoníaca, que atenta contra la dignidad de la lucidez, pero, fui tan feliz intoxicado, vagando entre versos y visiones, gozando de la libertad de lo inconsciente. Debilidades hermosas, joven, hermosas y, con mesura, reveladoras. Y aunque afirmo lo anterior, aunque me haya oído ahora negar esos paraísos de irrealidad, le juro que si volviera a nacer me adentraría salvaje y desnudo una vez más en ellas, esas drogas serían de nuevo mi alimento, porque esta vida no permite demasiados lugares sagrados. Ya le dije que la sexualidad no fue cosa que se me diera bien. Entiendo que haya hombres, y según dice usted en su tiempo mujeres, que sustituyan la locura de la embriaguez por el placer absoluto de la carne, o mezclen ambas para deleitarse en la totalidad de la inconsciencia erótica. Lo entiendo, porque si encima se embriagan ligeramente, y gozan y gozan perdidos, tal vez encuentren ecos de ese tiempo pasado y de su gloria desaparecida que albergaba el sentido de lo humano. Me parece magnífico. Yo viviría cien veces de la misma forma, tan sólo cambiando esas múltiples derrotas vividas por algún triunfo, o saltando algunos detalles que no pude vencer; me hubiera gustado ser un amante excepcional, o un auténtico asesino, un criminal capaz de crear valores al destruir, poesía de ese deicidio, pero también de esconder entre las manos el arma con la que degüello y quito la vida para acariciar una hermosa y tersa piel de mujer. El criminal es el auténtico poeta que cambia el mundo. Sus crímenes se hacen dignos al ser reales, sólo hay que elegir crímenes dignos de llamarse como tales, no minucias y vanos dolores ajenos…

-No siga por ahí, señor Baudelaire, suele perderse. Los criminales, debe reconocerlo, suelen ser pésimos poetas… a mi no tiene que escandalizarme, le conozco demasiado bien.

-Es usted muy agudo, joven. ¿Cómo dice que se llama?

-No tengo nombre. Me llaman el espantapájaros.

-Vaya esperpento de identidad, amigo..

-Y poeta como usted, cuando la poesía ya esta muerta tal y como usted la concibió. Y encima con ese sambenito. Se lo puedo explicar. Yo sólo me quedo quieto mientras las corrientes de viento pasan a mi lado. Cuando veo a alguien que amo o que me parece verdadero, le espanto los malos augurios, soplo con fuerza y me agito terrible para que siga, para espantarle el sufrimiento. El mundo pasa a mi lado sin tocarme, pero yo tengo una utilidad eterna, ¿sabe?. Justo esa cualidad que le falta a usted. Por eso, en la tristeza del espantapájaros, en su aspecto desvalido y ridículo, hay una fuerza inmensa.

-Es una excelente respuesta, joven. Pero mis imágenes son otras. Escuche; el crimen pasional consuma su maldad con el beso necrofílico. Esa es una imagen auténtica. La exaltación de la voluptuosidad adquiere los rasgos de un verdadero culto; yo rezo a la vagina convirtiéndola en algo divino, en un Dios majestuoso mas lleno de Satán. La vagina rezuma y yo la bebo. No puedo poseerla porque no tengo fuerzas, pero el zumo que surge de los labios de ese sexo me provoca una humillación llena de deleite y un éxtasis sagrado. Sólo quiero que me engulla esa vida dulce y húmeda, entrar con la cabeza erguida de donde salí, perderme allí dentro, en lo primigenio, buscar de nuevo el vientre materno, no la otra, la fe vulgar y sobria, la que huele a excrementos anodinos y a humo e incienso, a dióxido y a metal. Ja, ja. ¿Ha oído bien, espantapájaros? ¿Me ha oído bien?.

-Estoy aquí.

-No veo, maldita sea. Mis ojos ya no ven. Se ha hecho la negrura. La lujuria me arrebata y a la vez me acerca a la muerte que anhelo. Siempre lo mismo.

Se puso a llorar desconsolado. Le cayeron las lágrimas, mojaban sus mejillas, sus labios. Baudelaire se recostó sobre el catre, tan delgado y envejecido que me produjo compasión. Estuve tentado de acercarme y poner mis manos sobre sus hombros, pero no pude. Algo me lo impidió. Siguió hablando, entre sollozos.

-Yo deseaba que Dante viniera a verme como acudió Virgilio a él. Que alguna Beatriz hermosa y virtuosa le mandara buscarme, perderme en su rostro blanquísimo, en su piel y en sus brazos acogedores. Mi Beatriz fue una puta/diosa que me escupió en la cara. Que se rió de mi impotencia y mi mezquindad, de lo pequeño de mi alma en el fondo. Elegí, sí, pero el precio que pagué por ello fue excesivo, joven. Debe usted decírselo a los de su tiempo. Sólo soy un hombre, nada más. Y he sufrido y he gozado y me marcho. No pude ser tan virtuosos como Dante. Lo intenté a veces, pero no lo creí, no pude. Nadie me paseó por el infierno, no aprendí nada de mi éxodo, de mi dolor, de mi pena. Seguí sintiendo, pensando,que tras ese exceso hallaría algo válido, pero no fue así. Mis Flores del mal son lo único que queda de estos despojos. Y amanece. La vida esta ausente, no estamos en el mundo.

-Eso lo dijo un poeta muy famoso después de usted, supongo que lo pensó nada más terminar de leer El viaje.

-El viaje… ¿De verdad que esta frase la dijo otro como homenaje a mí?

-Dentro de unos años lo dirá, monsieur Baudelaire.

-El viaje fue mi larga despedida, pero aún no me he ido. La vida esta ausente, no estamos en el mundo… ¿es brillante, no cree?.

Asentí. Yo sabía que en una hora bajaría la escalera miserable que habíamos subido y caminaría con torpeza, dolorido y exhausto por las calles de Bruselas. Se caería al suelo y un amigo lo llevaría a Namur un par de días más tardes. Que se alojaría muy enfermo en esa casa desconocida. Qué sufriría, poco después, un ataque de afasia muy grave. Que su madre viajaría de Paris a Bruselas para estar a su lado, allí, y en la casa de salud de San Juan y Santa Isabel, regentada por religiosos, gritaría sumido en sus delirios noche tras noche. El 2 de julio su madre dispondría todo para ingresarle en la clínica hidroterapéutica del doctor Emilie Dumas. Ya casi no podría moverse ni escribir. Que pasaría un año paralizado y mudo, observando la vida como un triste vegetal. El 31 de agosto, justo un año más tarde de esta aparición, moriría en brazos de Caroline Archimbaut-Dufays, su madre . Quizá fuera el reencuentro con el amor, pero no se lo dije.

Mientras me despedía, sin pronunciar una sola palabra acerca de mis pensamientos, se puso a reír. Ya estaba en el rellano cuando me miró alzando su mano y llamándome espantapájaros repetidas veces: espere, espantapájaros, espere, por favor. Tengo unos versos que regalarle.

-Adelante, le escucho.

-Son los versos en los que me hubiera gustado vivir, se lo aseguro, los que me empujaron a creer en todo lo que me rodeaba, a aguantar los envites de la vida, su enorme e injustificado sufrimiento.

Sonreía, de alguna forma supe cual sería ese poema, y aquella exaltación de la vida que surgió de sus labios borró de una vez la impresión que me produjo su triste destino que acudiría en cuanto yo me alejara para siempre de allí.


“Desde este tiempo, igual que los profetas,

amo tan tiernamente el desierto y el mar;

desde entonces me río en los duelos y lloro en las fiestas,

y encuentro un gusto suave al vino más amargo;

tomo muy a menudo lo hecho por mentiras,

y, con los ojos en el cielo me caigo en los agujeros.

Pero la voz me consuela diciendo: “Conserva tus sueños;

¡los cuerdos no los tiene tan bellos como los locos”



-Es hermoso señor Baudelaire. Muy hermoso.

Pareció erguirse, solemne, con una sonrisa en el rostro, como si sus palabras le hubieran infundido una esperanza reconocible, familiar a mis ojos; alcanzó a mirar hacia al cielo, leí en sus labios el sonoro au revoire que el viento borró de mis oídos, y en ese instante me pareció que su figura crecía de tamaño, que su rostro se despejaba de brumas iluminado por la risa, hasta que la niebla del amanecer se dipuso entre nosotros y fue haciendo desaparecer su silueta, entonces, ya despierto, me marché.

Copyright jimarino2008
Nota bibliográfica: Este texto no podría haberse escrito sin la lectura atenta de Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos, de Charles Baudelaire. Tampoco puedo obviar mi pasión por elartículo “Baudelaire o La dolorosa complejidad moral” escrito por Enrique López Castellón (P.P.P. Ediciones, año 1988), ni por el magnífico ensayo de Jean Paul Sartre, Baudelaire, editado por Alianza bolsillo, o las excelentes reflexiones sobre el poeta de mister Geroges Bataille, extraidas de su libro La literatura y el mal. Le debo muchas horas además al deleite de Las Flores del Mal, espejo y escondite de toda la fuerza poética y humana de Charles Baudelaire, convertidas ya en rezo de mi memoria.
Dedicado a mi queridísima Carmen Ariño: sé que conoce bien la razón…


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BIOGRAFÍA

Charles Pierre Baudelaire, nació el 9 de abril de 1821 y murió el 31 de agosto de 1867. Fue poeta, crítico de arte y literatura, y traductor. Su vida exagerada lo convirtió en icono eterno del poeta maldito. Estudió en el Collège Louis-le-Grand. Su infancia y su adolescencia le marcaron profundamente- La muerte de su padre y el matrimonio posterior de su madre con Jacques Aupick propiciaron su contradictorio código moral. Odiaba a su padrastro tan intensamente que su vida se guió inconsciente por un deseo constante de oponerse a él y a sus premisas. Los enfrentamientos eran continuos. Decididos a poner freno a su carrera literaria, y con la intención de que abandonara sus propósitos, sus padres lo enviaron a la India en 1841. Pero abandonó el barco y regresó a París en 1842, más dispuesto que nunca a dedicarse a la literatura. Con la intención de solucionar sus problemas económicos, empezó a escribir críticas en la prensa nacional. Sus primeras publicaciones importantes fueron dos cuadernillos de crítica de arte, Los salones de Paris (1845-1846), en los que analizaba con agudeza las pinturas y los dibujos de artistas contemporáneos franceses como Honoré Daumier, Edouard Manet y Eugène Delacroix.

Sus primeros trabajos editados llegaron en 1848, cuando aparecieron sus traducciones del escritor estadounidense Edgar Allan Poe. Animado por los resultados, e inspirado por el fervor que le unía a su obra, Baudelaire continuó traduciendo sus relatos durante nueve años. En 1842 alcanzó la mayoría de edad y heredó la fortuna de su padre, lo que le permitió irse de casa y disfrutar de una vida de lujo. Las grandes sumas de dinero que gastó en su apartamento del Hôtel Lauzun y su estilo de vida decadente le dieron fama de excéntrico, e inmoral y le hicieron endeudarse para el resto de su vida. La vida bohemia y el dandysmo fueron dando forma a su idea del mundo, y por añadidura a la expresión de su arte. Escribió muchos de sus mejores poemas en ese periodo libertino y audaz. La obra magna del poeta fue Las Flores del mal, que vio la luz en 1957 provocando un escándalo a su alrededor. Libro de extraordinaria poesía, hirió a la sociedad de su tiempo a causa de su descarnado erotismo y sus flirteos con lo maligno. Pese a una tímida respuesta de ciertos círculos literarios, el libro fue prohibido algún tiempo, y sólo se permitió su reedición posterior eliminando varios de los poemas aparecidos en la edición original, censura que no se levantó hasta 1949. Escribió Los paraísos artificiales (1860) para rebelar sus experiencias con las drogas, admirado por la obra del escrito inglés Thomas de Quincey Confesiones de un comedor de opio inglés, otra vuelta de tuerca más en su proceso de hostigamiento contra la moral imperante.

A partir de 1864 y hasta 1866, Baudelaire vivió en Bélgica. En 1867, aquejado de parálisis, regresó a París, donde tras una larga agonía murió el 31 de agosto.
Hoy en día Baudelaire se erige como el poeta más importante de la literatura francesa y uno de los más destacados de la literatura de todos los tiempos. Poseía un sentido clásico de la forma, obsesionado por la precisión, sus versos guardan una exactitud deslumbrante en el uso del lenguaje y un gran talento musical. Su originalidad, que causaba tanto asombro como malestar, le hace merecedor de un lugar al margen de las escuelas literarias dominantes en su época, lo elevan por encima de su tiempo, hasta alcanzar nuestro días con una sorprendente vigencia. Su poesía es para algunos la síntesis definitiva del romanticismo, el salto necesario que anunciaba el simbolismo, y con ello la poesía moderna. Baudelaire fue un hombre dividido, atraído con idéntica fuerza por lo divino y lo diabólico. Sus poemas hablan del eterno conflicto entre lo espiritual y lo sensual, entre el spleen y la alegría de lo sagrado. Diseñó como nadie había hecho hasta entonces el mapa de una vida oscura, la experiencia interior humana convertida en oraciones donde lo insignificante compartía espacio con los grandes temas poéticos. Emocional y profundo, sórdido y obsesivo, ahondó en el alma humana con una originalidad rara vez superada. A pesar de su tendencia exagerada a buscar lo miserable jamás renunció a la belleza y a la verdad, lleno de su afamada ira provocadora. La mayor parte de su obra poética se editará tras su muerte.

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Obra

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17
Ene
09

cartografías III- (el espantapájaros y Dédalo)

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A Severine Lavigne y Mateo, son inseparables ya, entre sí y de mí,
A Miguel Ariño y Aurora Navarro, por ser tan inmensos
A mis hermanos del alma, Carmen y Tangofino,
A los que esperan lo que llega con el amor que les tengo; a Mario y Sabina, a Jako y Anita, a Chantal y Michel, a Noemi Bloit y a David Turksma, a Ana Luisa y Juan, a Pope, a Manu, a Inma, a Fer y Helena, a David de los madriles, a Josete Ots, a Manolo Monterde y a Gloria Patricia, a Nacho Cagiga, a Jean Romá, a Eddy Sanchis, a Nanou, a Alex, a todos los que olvido y que sé que están aunque ellos no lo sepan…

CARTOGRAFÍAS III

Te diré que fui feliz en las fotografías
-lo verás-.
Que ante el mar siempre guardé silencio,
que grité en las montañas desnudas
y me espanté de los olvidos.

Te diré que los besos alimentaron mis lunas
-lo sabrás-.
Que cada labio que rocé alcanzó una marca
de vuelo junto a las estrellas, me otorgó
el aliento de aguantar a la intemperie la penumbra.

Te diré que fui un espantapájaros dichoso
-lo dirás-.
Que moví mis brazos al cielo y la tierra
amedrentando a los augurios dolientes
y abrazando las corrientes de aire inmenso.

Te diré que tuve buenos momentos
-los tendrás-.
Que la risa y la ebriedad me dieron un don,
que mirar fue siempre insistir y recrear,
perder una razón del miedo sordo.

Te diré que los días amanecen solos
-lo sabrás-.
Pero aún así, estar es ser algo en el cosmos,
existir es dar luz a otro ser,
a otra vida que corretea paralela a tus cielos.

Te diré que he vivido lo que pude
-tú lo harás-.
Que en cada lugar escapé de las trampas,
que gasté la suelas de las botas caminando
y vi los tatuajes en el cuerpo de las sirenas
hasta quedar exhausto de resurrección.

Te diré que tengo lugares de donde soy
-lo sentirás-.
Que hay paisajes que me quemaron de belleza,
rincones que serán tuyos,
que descubrirás tú sólo en los caminos
que surjan, en la rara distancia de este azar.

Te diré que me abrazaron algunos amigos
-serán tus abrazos-.
Que te aguarda el corazón de mis hermanos,
la caída de la tarde primaveral,
el otoño lluvioso y las tormentas de verano
llenas de agua y fresca levedad.

Te diré que el lunar de tu madre lleva la fortuna
agazapada en su seno
-lo comprobarás-.
Que cada palabra suya, ronca y severa,
será un destornillador que deshaga entuertos
y sagradas tempestades de la nada.

Te diré que pienses por ti mismo
-lo harás-.
Que los caminos que escojas sean al menos tuyos,
que cada paso que des viva en tu pecho
hasta construir una biografía verdadera.

Te diré que he gozado de las palabras
-y no fue mucho-
Que mueras por tus causas y palpite el oleaje
de la vida en las veredas y los ríos,
que sientas esta tierra entre la manos
merecedora de la alegría.

Te diré que ha valido la pena
-y lo creerás-.
Que ha valido la pena ser aire empujado,
violencia encerrada y lengua enhiesta,
que todo el discurrir de mi semilla
ha sido alimento de tu alma.

Te diré que durarás cien años y yo moriré
-lo soportarás-.
Que mis objetos muertos y los mapas que abandonaré
serán tus mapas y tú dibujarás las líneas
de tus itinerarios de hombre solo,
en un mundo asombroso de soledad.

Te diré que pienso en ti sin conocer tus ojos,
-lo entenderás-.
Que cada día que pase seré el aliento de tu aliento,
el corazón que palpita en tu pecho,
sobrecogido por tu miedo y tus derivas rotas.

Te diré que en cada naufragio hay un asidero
-te darás cuenta-.
Que será el amor de las sirenas o el mistral del deseo,
la aparecida luz de las palabras o el fluir de las imágenes,
las oraciones que inventes para velar el tiempo.

Te diré que siempre estaré contigo
-lo sentirás-.
Que pase lo que pase este río corre a tu lado
aunque desemboque ciego,
que esta historia que despreciarás
será la historia de tus antepasados.

Te diré que las nubes cubren el cielo
-lo sufrirás-.
Que cuando nada te alivie y duela la vida,
que cuando más sólo duermas tu tristeza,
más cerca de ti estará el espantapájaros
y ese día nuevo que alumbrará la ceniza.

Te diré que sólo escribo para no morir vacío
-lo alcanzarás.-
Porque hasta tú vienes de la literatura de mis sueños,
del dibujo que quise gritarle a las lunas,
de la llama que atrapé de niño al imaginar
despierto inventar una aurora de palabras.

Copyright Ariño2008
04
Ene
09

el silencio de los hombres

Francis Bacon

Francis Bacon

Los hombres se vuelven silenciosos
como lenguas cortadas,
como guitarras sin cuerdas.
Escupen improperios
sin ruido.
Miran de reojo las lágrimas
que caen sobre la tierra.

Hay hombres que no llegan
a eso porque nacieron sin alma,
nacieron rotos,
empujados al espanto
desde las llamas.

Pero los otros,
los que miraban,
los que fueron capaces
de otear el horizonte
y dibujar cartografías,
se vuelven silenciosos
porque el dolor
les corroe las laringes,
porque las celdas
son indestructibles,
porque los barrotes
no se doblan y tienen miedo.

Los hombres estúpidos alardean
del absurdo,
se pavonean por los corrales
agujerados de insignificancia,
pronto silenciosos.

Los hombres se vuelven silenciosos
por el zumbido de los motores
y la ausencia de esperanza.
Hombres que lloran en silencio,
sin lágrimas.
Silenciosos agachan la cabeza:
No inventaron nada,
no cambiaron nada.

Silenciosos, otros se venden
y son aplaudidos,
y al final,
pese a todos,
se vuelven silencio.

Se les ama a ratos,
como esteras de portal.
Se les pide,
se rompen en trozos
descubriendo el oro y la quimera.

Se desgañitan en habitaciones al vacío
para volverse silenciosos,
para ser silencio.
Los hombres se vuelven silenciosos
en el eco de los morteros
y en las ráfagas de amianto.

Las mujeres les aplauden
mientras se pelean por las guirnaldas
y el cacareo,
gritones y ruidosos,
silenciosos más tarde.
Incluso cuando cuentan historias
o dibujan su pecho
terminan por llegar al silencio.

Silenciosos cabecean
por las esquinas,
se muerden enfurecidos
de silencio o se derraman
como las frutas
maduras en el suelo.

Se vuelven silenciosos
porque no pudieron vivir,
porque no pudieron ser otra
cosa que sucedáneos,
que imitadores de porcelana.

Porque se quedaron en comparsas
de los mercaderes
y los mensajeros.
Porque,
por cada hombre
que habla de viejo
hay cientos de millones
que lloran sin que caiga
una sola gota de agua.

23
Dic
08

la benévolas (jonathan Littell) – Auschwitz y la crisis de la humanidad europea

hitler

SHANGRI-LA Ediciones

Este texto se publicó originariamente en la carpeta MEMORIAS DE AUSCHWITZ de SHANGRI-LA Ediciones. Se puede descargar completo el especial en la página indicada.

LAS BENÉVOLAS

Antecedentes

Las benévolas fue uno de los acontecimientos literarios del año 2006 en Francia. Lo normal en estos tiempos es desconfiar del halago repetido o la publicidad, no vano, el mundo de las letras se articula en torno a un puñado de grupos editoriales predominantes que apabullan con su capacidad mediática y que ofrecen en general obras literarias mediocres o mediáticas como reclamo. A veces se les cuelan joyas, o se dedican empujados por un extraño remordimiento a sacar a la luz textos deslumbrantes, maravillas literarias que guardaban escondidas, o premian a un autor excelente cuyo destino parecía incierto y su devenir oscuro. El equilibrio surge entonces, se alzan voces distintas que borran de un plumazo afirmaciones categóricas de la crítica y se adentran en un terreno farragoso en el que proclaman el valor, el sentido de esta desprestigiada historia de la literatura. Las benévolas no merece atención por sus valores extra literarios, esos pasarán, se evaporarán como llegaron, desaparecerá de las librerías enterrada por el sinfín de novedades, y será en las ediciones de bolsillo, en un tiempo posterior (o en alguna reedición futura), cuando comenzará a ofrecer esas otras virtudes que esconde, las que motivan -y no ninguna otra razón- un artículo sobre la novela.

Con Las benévolas se dan algunas paradojas de gran interés. La editorial que adquirió en español los derechos no destaca demasiado por sus elecciones artísticas, a pesar de un intento discreto de dignidad literaria en los últimos tiempos, pero apostó fuerte por el libro con una promoción inaudita que provocó un aluvión de ejemplares apilados a la entrada de los centros comerciales y las librerías de todo el país. Aunque tampoco es tan grave, Jonathan Littell, además, con su particular narración de los hechos, era objeto de escándalo allá donde fuera, y un espléndido polemista. Tuvo la fortuna de contar con el beneplácito de los periódicos, que en varios casos, pocos días antes de que la traducción española viera la luz, se encargaron de lanzar portadas en los suplementos culturales con su figura juvenil. Se le reconocía un discurso agudo y coherente, y surgía lleno de aparente importancia en lugares que no correspondían a un escritor novel. Me interesaron sus comentarios acerca de la novela, las ideas y las motivaciones que le inspiraron. Su tono era ligeramente irónico, mostraba una justa incomodidad después de las docenas de entrevistas realizadas, pero era capaz de argumentar esa actitud y describir el entorno en el que construyó las Benévolas con inteligencia.

Todos los comentarios surgidos en torno a la obra que por mi cercanía a Francia había ido recibiendo, quedaron olvidados al leer la charla que Jesús Ruiz Mantilla publicó en el Babelia del 27 de octubre del pasado año. Algo me decía que me encontraba frente a un escritor atípico para el panorama literario actual. Su negativa a recoger el premio Gouncourt, el gran galardón literario y comercial del país vecino, su desprecio por el marketing literario (aunque cumpliera sus obligaciones), acerca de si escribiría o no otra novela (algo que ya ha hecho, y según me cuentan con menor tino y repercusión), el modo en que ventilaba las preguntas incómodas del periodista sobre ideas acumuladas en torno a él y su obra, su forma de expresar juicios acerca de la profesión de escritor o de la literatura en general, todo aquello, a pesar de la enorme publicidad dilapidada a su alrededor, me intrigaba. Aseguraba haber escrito el libro por una necesidad íntima de hacerlo, ajeno por completo al resultado cualesquiera que hubiese sido, y aunque es indudable que alguien debió echarle una mano para poder acceder a un tribuna pública tan amplia como la que tuvo ( a ese respecto, un viejo amigo me reveló que el padre de Jonathan Littell es un conocido escritor norteamericano de novelas de espionaje que reside en Francia desde hace años), la verdad es que, después de leer la novela, uno encuentra justificable su celebridad y termina por aplaudir su recorrido.

Las Benévolas fue a juicio de la crítica europea una de las novelas del año 2007 (aunque se editó en Francia en el 2006), pero no por su impresionante escalada en las listas de los más vendidos, sino por razones literarias. Junto a Vassily Grossman con Vida y destino, dio una agradable sorpresa editorial.

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LAS BENÉVOLAS Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

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Las Benévolas no tiene como argumento principal Auschwitz, aún así, el campo de concentración juega un papel importante en la historia, quizá más como refuerzo de peso a las indagaciones que Jonathan Littell trató de seguir, hasta convertirse en una de las partes fundamentales del texto.

Los escritores revisionistas o los testimonios biográficos referidos a la humanidad de los verdugos que vivieron aquel horror, siempre estuvieron lastrados por la propaganda y la auto justificación miserable, o invalidados por una ínfima calidad. Los verdugos, aunque ganen, desconozco porque ley literaria, suelen expresar bastante mal las argumentaciones que les empujaron a cometer sus atrocidades, se envuelven en justificaciones mal construidas, disimulan la culpa con el peso de una verdad que hace chirriar la posible literatura de sus páginas. Se puede ser un cínico con talento, y tenemos algún ejemplo afamado y evidente en nuestras propias letras, pero hay que ser demasiado agudo y talentoso como para disimular por completo esa mala conciencia sin que afecte al valor de la obra.

Jonathan Littell no escribió tan sólo la historia de un verdugo, ni la de un asesino –esa idea que tanto nos tranquiliza acerca de lo incomprensible, de lo ajeno, para definir comportamientos que nos aterrorizan por la indefensión que nos provocan- ni una detallada descripción de la masacre, aunque la masacre, la ceremonia de la muerte, surja enorme desde las fauces del relato. Se podría hacer un recorrido de aquello que pudiera deslumbrar al lector por su horror, pero sería, en cierto modo, desvirtuar el sentido de la novela o quedarnos con lo que la hace detestable para algunos o bien extraordinaria para otros, sin profundizar en sus verdaderas intenciones.

Nos adentramos en un viaje alucinante –y a menudo alucinógeno- hacia el corazón de las tinieblas. En eso, Littell entronca más con Joseph Conrad que con cualquier escritor bélico en el que piensen, aunque se decide sin duda no por la sutileza del retrato sugerido, o de la descripción emocional del ambiente maligno y perturbador, sino por el retrato directo y sin tapujos de la barbarie, de la forma más descarnada y salvaje posible. En esta diferenciación podríamos encontrar parte de los mecanismos novelísticos y narrativos utilizados por el autor para reforzar la veracidad del narrador, El Doctor Maximiliene Aue, y también algunos de sus excesos

Si en Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline, el médico escritor utilizó su propio desastre humano, su irremediable desilusión llena de cadáveres y de dolor, de guerras, de sufrimiento y despojos, como mecanismo de exorcismo de sus fantasmas y sus fracasos, y para ello echó mano del francés más expresivo que pudo para lograr revolucionar la lengua literaria de su tiempo y ofrecer un relato terrible sobre el siglo XX mediado, las Benévolas no alcanza la capacidad trasgresora de Céline, no posee su fuerza verbal y sobre todo se construye desde una cierta frialdad que pone a menudo los pelos de punta. Céline fue testigo directo de aquel descenso a los infiernos, y está lleno de lo que cuenta. Jonathan Littell escribe con la distancia de los que nacieron mucho después de que todo sucediera.

Con Las benévolas nos aproximamos despacio hacia las tinieblas y en esta ocasión no desde una sufrida justificación vital de los acontecimientos, ni siquiera desde un punto de vista interesadamente moral, sino desde la desnudez alejada de los hechos, despojados esta vez de emocionalidad, sin juicios. Tampoco creo que Littell pretendiera simular las hazañas de aquella revuelta literaria que ideara el malévolo y genial Céline, sino más bien se limitó a construir un relato coherente con un aparente clasicismo narrativo que lo emparenta más con Tolstoi que con el primero.

gen10La Segunda Guerra Mundial provocó la escalofriante cifra de 26,6 millones de muertos según coinciden las estadísticas más repetidas. En la primera parte de Las Benévolas, Tocata, el narrador nos propone un resumen de las intenciones que insuflan lo que vamos a leer. Sus cálculos sobre el número de muertos por minuto en esos cinco años aciagos, al compararlos con otras catástrofes humanas y sus víctimas acontecidas a lo largo de la historia, congelan la sonrisa. Maximiliene Aue nos va a contar una parte de su vida, y en general lo hará con una desafecto intolerable al que no estamos acostumbrados. Sin embargo, esa realidad está ahí, en nosotros, a nuestro alrededor incesantemente, como una expresión de lo que el hombre olvida a conciencia para poder vivir, de su extrema capacidad para cumplir sin pensar, para ocultar el remordimiento y lo que surge escabroso de cualquier biografía, obviando de un plumazo nuestra reprimida animalidad en aras del equilibrio emocional o anímico, o en nombre de esa extraña palabra llamada sociedad.

“Y además no es algo ajeno a vosotros: ya veréis como no es algo ajeno a vosotros”

“Nos pasamos tiempo y tiempo en este mundo arrastrándonos como orugas, a la espera de la mariposa espléndida y diáfana que llevamos dentro. Y, luego, el tiempo pasa, la ninfosis no llega, seguimos siendo larvas; comprobación desalentadora; ¿cómo manejarla? Por supuesto siempre queda la opción del suicidio. Pero, a decir verdad, el suicidio no me tienta gran cosa”.

La evolución interior del individuo a lo largo de los siglos ha sido tan escasa que aterra el futuro. De alguna forma, el esfuerzo más reseñable quizá se haya producido en el seno de la convivencia, pero nada más que en ciertas partes del mundo, y en función de pactos sociales a menudo sesgados, injustos y de origen perverso, así como de una durabilidad limitada, que parten de la prohibición de lo humano para asegurar que la violencia y el caos no anulen la continuidad del modelo. El ser humano siempre ha sido capaz de transgredir las normas, sobre todo si se le ofrecen justificaciones para despertar sin miedo esa animalidad que se esconde en nosotros, esa visión que oculta la atracción de lo sagrado para que no veamos exactamente de qué estamos hechos. Si hay algo que se ha agudizado en nuestro tiempo es el miedo, un miedo inmenso y desconocido, una sensación de que, tras nuestra existencia cotidiana, tras la animosa civilización que emanan la prensa, la radio y la televisión, detrás de los escaparates que ofrecen la calma de una vida sostenida por la ficción, el consumo y el dinero, no hay más que un miedo que acude desde nuestra propia esencia, y la perseverancia protectora y cerrada de los insignificantes espacios que alcanzan a poseer los hombres como refugio parece insuficiente. El mundo se define como globalizado, pero el apego a la cueva con la evidente ceguera que conlleva, augura pocas virtudes futuras a no ser que una nueva generación recupere la inteligencia. Somos frágiles, y así se demuestra, frágiles y vulnerables hasta frente a los errores de quienes odiamos por variadas razones. El doctor Aue no es muy distinto de cierta gente común con quienes nos cruzamos diariamente en la calle, y eso es lo que Jonathan Littell, a través de su narración, trató de demostrarnos, utilizando para ello el escenario de la más sangrienta e intolerable de todas las guerras acontecidas en la tierra, dotada de características y elementos ideológicos y de destrucción que irremediablemente comprenden por su virulencia extrema a todas las demás.

La Segunda Guerra Mundial midió la dimensión absoluta del conflicto humano, inició a través de una carnicería la proximidad de todo, la relación entre el aleteo de las alas de una mariposa y el tornado acontecido en la otra punta del mundo. Fue a su vez una lucha de exacerbados nacionalismos, una batalla ideológica convertida en una ceremonia de muerte entre las tres grandes utopías del siglo pasado: la pragmática democracia basada en la fe del libre mercado, el comunismo de origen marxista y su forma de gobierno, y el fascismo en su vertiente más intelectual e intensa, el nacionalsocialismo. Se utilizaron medios técnicos inusitados para matar; jamás la ciencia estuvo tan cerca de trabajar para el exterminio en todos los ámbitos imaginables. Se celebró un progreso técnico cuyos resultados han llegados a nuestro días, supeditando el saber humanista y empujando irremediable a una extraña (y relativa) evolución de la identidad humana a través de los enseres y mecanismos de la ciencia, hasta generar un descontrolado entramado científico informe, inabarcable, dirigido sin rumbo hacia la explotación económica de su progreso, hasta conseguir que cualquier error pueda destruir el mundo que conocemos en unas pocas horas; un reguero de inventos mecánicos y ahora digitales cuyas consecuencias definen nuestros modos sociales y cotidianos, sin alcanzar a variar un ápice nuestra verdadera esencia.

En la guerra se enfrentaron a su vez fanatismos religiosos –con sus mismos mecanismos pasionales y sagrados, con una fe virulenta y excesiva, e intereses económicos y expansionistas abotargados durante décadas, un choque de razas, un enfrentamiento geopolítico contra las fronteras establecidas artificialmente cuyos efectos aún se siguen extendiendo en nuestra época (en el futuro, la próxima guerra sangrienta tendrá que ver con la supervivencia de nuestros modelos económico-sociales y su dependencia de la energía). En el fondo, fue un ataque consciente y meditado contra la raza humana. Una forma de expresión legal de la trasgresión violenta a la que el ser humano se ve abocado.

Se celebró la primera gran guerra global, que ampliaba los frentes y los enemigos a varios continentes y a un sinfín de países. Jonathan Littell necesitaba de una masacre de esa envergadura, que expresara la totalidad voraz de lo humano, con una complejidad y un interminable número de razones y causas pululando en el aire, para poder explorar su inquietud contemporánea. Al fin y al cabo, las Benévolas es la narración de un hombre, de un ser humano, de un personaje que aspira a la discontinuidad pero se ve envuelto en la continuidad animal de la especie, en su pudor ante la muerte y la reproducción, en esa sagrada violación de la prohibición, en un círculo de pasiones, apetencias e instintos individuales, dibujando de alguna manera en su ahondamiento la expresión de todo lo que hemos construido y destruido en la tierra a lo largo de los siglos.

Hay además en su intención subterránea una clara conciencia de la distintas filosofías en torno al individuo. Para quienes se aferren a la superficialidad de la vida o a su sentido práctico, es fácilmente demostrable hasta qué punto ciertas filosofías o concepciones filosóficas del hombre no sólo han cambiado el mundo sino que han transformado incluso esa aparente sencillez o nimiedad de la existencia a la que suelen referirse como refugio. La novela siempre anticipó el espíritu de la época, y se acompañó, a lo largo de la historia, de la filosofía. El esfuerzo de Littell a lo largo de las casi mil páginas del libro anhela en el fondo, como sucede en La Montaña mágica de Thomas Mann, en Guerra y Paz de Tolstoi o en Los Endemoniados de Dostoievsky, definir el marco ideológico-político-filosófico que, en este caso, se apoderó de Europa para conducirla a semejante y bárbara locura.

¿Dónde estaba la gran cultura europea para evitar un odio semejante entre nosotros? ¿o todo sucedió precisamente porque el pueblo, ajeno a esa evidente unidad de letras, música y arte en general que fue y es Europa, se dejó arrastrar por los cantos de sirena del populismo y la salvación en vida que prometían religiosamente las dos grandes utopías antihumanistas del siglo, atacados a su vez por el hambre y la miseria? ¿Hasta que punto el régimen ganador del envite, la democracia, no adquirió un rostro humano ante el miedo real y cercano al comunismo soviético, y tras la caída del muro de Berlín, ha quedado demostrada la inmoralidad del mercado cuando gozaba de todo el poder para expresar su supremacía y su justicia basada en las libertades individuales sobre cualquier otra forma conocida de gobierno y organización socio-económica?

Si los escritores que sobrevivieron al exterminio judío, que fueron víctimas y testigos del mismo, se empeñaron en construir el futuro sin olvidar jamás los efectos demoledores y profundos de la Endlösung Judenfrangen y tratando de elaborar una esperanza en el futuro basada en la memoria de lo acontecido, Jonathan Littell decidió seguir otro camino literario y por supuesto filosófico, que quizá Borowski hubiera aplaudido cuando escribió aquella frase memorable de que en el futuro, habría de llamarse a las cosas por su nombre.

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La dimensión de todo lo acontecido entre 1939 y 1945 no fue fortuita ni accidental, ni se debió tan sólo a las maniobras de un loco como Hitler, ni fue ejecutada y planeada por una pandilla de asesinos y sádicos. El nazismo comprendió con absoluta lucidez en que consistía lo sagrado para los hombres, de qué estaban hechos su tabúes, su relación con lo divino y lo animal de nuestra condición y aprovechó la hambruna y el desastre que provocó el crack bursátil del 29 y la consiguiente crisis económica mundial. Los hallazgos publicitarios del nacionalsocialismo se estudian en cualquier universidad del mundo en materias de Marketing, siempre disimulando su nombre y su fin en un proceso de amaneramiento y de eufemismos impresionante. Los que golpeaban y mataban a las hileras interminables de judíos que llegaban desde media Europa hacinados en trenes, y eran conducidos por las rampas de Auschwitz o Buchenwald hasta los crematorios, eran padres de familia y antiguos oficinistas de bajo rango, dependientes de comercio, agentes de seguros, transportistas, y los altos mandos que dirigían la siniestra planificación de los campos de concentración fueron en su día reputados abogados, honorables marchantes de arte, consignatarios aduaneros, profesores universitarios, doctores en derecho, medicina o en filología francesa, políticos de renombre, aristócratas, lectores empedernidos de los clásicos de la literatura europea y amantes de la música clásica. Los científicos que trabajaban para mejorar la eficacia asesina de los campos de concentración o los que utilizaban a niños, mujeres y hombres judíos como cobayas de sus experimentos, fueron antes estudiosos de laboratorio, catedráticos y docentes, miembros de los comités científicos académicos y gubernamentales. La Segunda Guerra Mundial no la ganaron los buenos y la perdieron los malos. Los monstruos necesitan que les acompañen para poder ejecutar sus enormes masacres, sino se convierten en miserables asesinos en serie, algo anodino y turbador que provoca rechazo y terror pero no logra dar un paso más allá en su proyección maligna, generando a medio plazo la indiferencia social por su rareza. Littell sabía perfectamente que tras las cenizas de Auschwitz y las sangrientas batallas en la Unión Soviética, que tras los colaboracionistas franceses o las arengas de Churchill y el general De Gaulle a sus tropas para defender la democracia y el futuro, que tras la aparición del amigo norteamericano y su maquinaria de guerra, se aglutinaban todas las pasiones humanas habidas y por haber, por tanto una tragedia bélica que dejaban al descubierto una red de enseñanzas que no debíamos olvidar. No somos tan maravillosos como creemos, y sobre todo, no fue la barbarie una mera cuestión de pocos (del poder de unos pocos), sino un enorme evento mundial que ofreció al ser humano su verdadero rostro. Vuelvo a Tocata, primer capítulo de la novela de Littell:

“No estoy arrepentido de nada; hice el trabajo que tenía que hacer, y ya está; en cuando a mis asuntos familiares, que a lo mejor cuento también, sólo me importan a mí, y en lo referido a lo demás, hacia el final, es muy posible que me haya excedido, pero es que estaba ya un tanto fuera de mis casillas, flaqueaba y, encima, a mi alrededor el mundo entero se venía abajo; admitid que no fui el único que perdió la cabeza”

“Pese a mis fallos, que han sido muchos, no he dejado de ser de esos que opinan que las únicas cosas indispensables para la existencia humanas son respirar, comer, beber, defecar y buscar la verdad. El resto es sólo facultativo”

“Ahora bien, si interrumpimos el trabajo, las actividades vulgares, el ajetreo diario, para dedicarnos con trascendencia a una empresa, sucede algo muy diferente. Las cosas no tardan en subir a la superficie, en olas densas y negras. Por la noche, los suelos se desconyuntan, se abren, proliferan y, al despertar, dejan en la cabeza una fina capa agria y húmeda, que tarda mucho en disolverse. Que quede claro: no estamos hablando de culpabilidad y remordimiento. Seguro que esas cosas existen también, no pretendo negarlo, pero me parece que las cosas son mucho más complejas. Incluso a un hombre que no haya tenido que matar, le pasarán esas cosas que digo. Vuelven las malevolencias de poca monta, la cobardía, la falsedad, esas mezquindades que no hay hombre que no padezca. No cabe, pues, asombrarse de que los hombres hayan inventado el trabajo, el alcohol, los parloteos estériles. No cabe asombrarse de que tenga tanto éxito la televisión…”

De alguna forma evidente, el joven autor que se decide a arrancar una novela con éstas frases merece al menos ser leído aunque no viviera ese periodo histórico. Sus ideas iniciales, las que van a sostener después la lógica del libro, aunque el relato extienda sus efectos a lo largo de cuatro largos años de horror y desastre, aunque sin saber nada de todo ello el lector que no logre asociar estas ideas con su contexto histórico en la obra disfrutará por igual de los ojos fríos y el verbo gélido de Maximiliene Aue, de sus pletóricas dotes de supervivencia, de su elevada cultura y de su perversa y anormal sexualidad (anormal en el sentido de poco común), de sus sueños frustrados y su excelente educación, de sus excesos violentos y de su capacidad de resistencia por encima del afecto o de lo humano, nos remiten irremediablemente a la conferencia que Husserl dio en 1935 sobre la crisis de la humanidad europea, conferencia oral transcrita que anticipaba no sólo la Segunda Guerra Mundial, sino incluso el devenir de nuestro mundo actual.

Para simplificar aquellas ideas, que estoy seguro que Littell leyó o al menos respiró su esencia a través de otros textos o relatos de lo allí afirmado entonces, Husserl defendió que el adjetivo europea, señalaba para él una identidad espiritual que iba más allá del espacio de la Europa geográfica y que nació con la antigua filosofía griega. Según su discurso, por primera vez en la Historia del hombre, éste comprendió el mundo en su conjunto en aquella época lejana como un interrogante que debía ser resuelto. Y se enfrentó con ese interrogante, no para satisfacer tal o cual necesidad práctica, sino porque la pasión por el conocimiento se había adueñado del hombre. Para Husserl, en esos momentos convulsos que ya avecinaban el desastre de la guerra, el enfrentamiento de los bloques utópicos, el fin de la Ilustración y del sueño de la razón que conllevaba, tras esa crisis que iba a desembocar en el infierno, se hallaban la renuncia del hombre a comprender el mundo, empujado inconsciente por fuerzas muy superiores a él (fuerzas económicas, políticas, sociales e históricas) que le obligaban a la especialización, a la mirada práctica, matemática y científica de la vida, y al olvido del ser, de su condición humana. Renunciar a la mirada conjunta del mundo era un camino científico vertiginosos que obviaba la verdadera esencia del ser humano, suponía provocar la agitación virulenta de la tierra sin que nadie fuera capaz de asimilar en su totalidad el efecto de dichos cambios.

La crisis de la humanidad europea significaba que no sólo repetiríamos los mismo errores que habíamos cometido durante siglos, sino que su violencia y su absurdo se multiplicarían por diez, como así fue. Para ese hombre que cesó de ser dueño de las cosas y de su propio destino, las fuerzas mencionadas que lo empujan, que exceden, le sobrepasan, le poseen, su ser concreto, su mundo de la vida no tiene ya valor ni interés alguno; es eclipsado, olvidado de antemano. Si alguien duda de la certeza de esas palabras que mire a su alrededor, que observe en qué empresa trabaja, en qué consiste en realidad la mayor parte de su vida, qué es lo que comprende de cuanto le rodea, o mejor, que observe el respeto por el ser humano que mostró Hitler (3 millones de muertos alemanes) o Stalin (20 millones de ciudadanos soviéticos fallecidos) o que examine el funcionamiento sectario y oscuro de las sociedades anónimas, de sus ciegos accionistas que exigen más y más sudor humano a cambio de cantidades ingentes de dólares y euros ganados sin esfuerzos ni mérito, que contemple como los medios de comunicación establecen la moda, el gusto, la idea de la vida predominante. Jonathan Littell sabía de estas cosas, o al menos le preocupaban. Quizá por esos Las benévolas sea una novela tan remarcable, porque su autor era consciente de que las grandes novelas de la literatura continúan ofreciendo la única visión totalizadora del mundo capaz de anhelar la continuidad sin dolor ni oscuridad y unificar todos los criterios dispersos del conocimiento humano a través de lo único importante: nuestro ser.

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LAS BENÉVOLAS Y AUSCHWITZ

Auschwitz se erige en la novela como símbolo metafórico de las razones que impulsaron a Alemania a la guerra. Sé que no es bueno convertir una tragedia en una metáfora, pero tal vez, en el momento en que concluye el inventario de las catástrofes, las cifras del desastre y sus pormenores exactos y sus testigos directos, la mejor manera de guardar la fuerza o el sentido de un acontecimiento quizá sea convirtiéndolo en un mito recurrente. Es evidente que las razones de la guerra fueron más complejas, y darían para un texto único al respecto (un texto inmenso), sin embargo, teniendo en cuenta el odio fanático de Adolf Hitler a los judíos, y su afán por exterminarlos, movido por una fe casi religiosa que se extendió a lo largo de más de una década, convertido él y su pueblo en un destino de ángel caído, en vengador y Dios terrible de esa raza, motivó excesos y decisiones que podían justificar con matices al menos el cariz de la afirmación.

Littell maneja en Las benévolas parte del enorme corpus teórico e ideológico que provocó el exterminio. Recopiló para el lector con habilidad, a través de las diversas labores que va a desempeñar el narrador, un amplio fresco del batiburrillo de argumentos que justificaron la Endlösung Judenfrangen y su evolución desde el inicio de la guerra. En sus primeros testimonios en el frente ruso, describe como se asesinaba de un disparo en la cabeza durante horas o días completos a los presos judíos. Se les llevaba campo a través hasta amplias fosas cavadas en el suelo y allí se les ajusticiaba uno a uno, pero el coste mental y físico de semejantes matanzas pasaba factura a los propios soldados, que se suicidaban o terminaban disparando a sus compañeros o perdían la cabeza tratando de comprender lo que habían hecho, a pesar de apoyarles en sus actos todo el ejercito alemán y el Estado. Las víctimas morían al instante, o quedaban mal heridas y yacían en la fosa donde se iban acumulando, amontonados, los cadáveres. Se escuchaban gemidos y el sonido seco de las constantes detonaciones. Caían y se apilaban, los verdugos pisaban los cuerpos, se llenaban de sangre pero no cesaban de llegar más y más judíos. Toda la ciencia del Tercer Reich trató con encono numerosos asuntos de la cuestión judía. En ella se implicaron hombres de ciencia y humanistas de prestigio que se pusieron al servicio de la barbarie y el absurdo. Hay descripciones en Las benévolas que a pesar de lo macabro de su trasunto terminan por revelar el patetismo de lo irracional y lo desmedido.

Los primeros asesinados judíos por gas, el preludio de las sofisticadas cámaras del sueño, eran introducidos en camiones. Se encerraba al grupo dentro de remolques cubiertos y con un tubo se introducía por alguna rendija el dióxido de carbono de los motores. El resultado era absolutamente dantesco; algunos morían, vomitaban, sufrían deformaciones cutáneas e incluso musculares, otros eran asesinados a balazos cuando se abrían las puertas y salían despavoridos de las cabinas, profiriendo alaridos sobrecogedores, medio envenenados por el gas, ansiosos por respirar oxígeno, pues el gas mortal escapaba por las grietas de los remolques y perdía una buena parte de su efectividad. Entre los miembros del alto mando de las SS se trataban con absoluta prioridad las formas de incrementar la eficacia de los métodos de limpieza, es decir, se realizaban mediciones, se examinaba que con el menor coste posible y el menor número de intervinientes se debía maximizar el volumen de asesinatos, una cuestión de productividad. El lenguaje posee paradojas curiosas, pero no por ello casuales. Cuando el ser humano se afana en algo a conciencia, no es bueno perder lo subjetivo que poseemos en la tarea y apremiarse a cumplir las máximas. Es, como sucede en economía, una reducción de áreas y estadísticas para afrontar mejor los problemas, obviando con desvergüenza los efectos colaterales. Durante largo tiempo se trabajó en la experimentación de gases que fueran lo más mortales posible y al mismo tiempo limpios, que no dejaran otra evidencia de la muerte –a poder ser lo menos obscena posible- que los millones de cadáveres que se fueron acumulando en los campos de concentración. No se aspiraba a asesinar con cierta dulzura, sino que la muerte no salpicara en exceso a los soldados y verdugos que se dedicaban a la vigilancia y a la ejecución, que fuera un gesto casi cotidiano que no diera pie a la duda, o a que se trataba tan sólo del cumplimiento del deber.

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Nos resulta inimaginable semejante precisión, pero bastaría con echar una ojeada al mundo para observar con atención en qué consiste la eficiencia humana, cómo nuestra capacidad domina el entorno, dirige el progreso a ciegas, sin conciencia de lo que sucede, mas afanosos por cumplir. Aue va describiendo con absoluta frialdad que quienes organizaron y perfeccionaron semejante matanza consciente eran seres humanos con aspectos e ideas similares a las nuestras, y eso resulta aterrador. Que un loco diera órdenes poseído por el rencor o la ira, por una indistinguible rabia que resultaba imposible de delimitar, es una cosa, pero que un pueblo entero, millones de alemanes, lo secundara, son palabras mayores. Los mismos hombres que se declararon después inocentes, e incluso, aquellos que aseguraron (en muchos casos con cierta verdad en sus palabras) que desconocían la existencia de los crematorios, fueron los mismos que años atrás colaboraron en hostigar y detener a miles de judíos en la Alemania nazi, aquellos que se divertían llenando de pintadas los comercios, clausurando locales tan sólo por el culto religioso de sus propietarios, dando palizas en la calle a quienes se atrevían a exigir algún derecho, eran todos aquellos que auparon a Hitler al poder.

Las benévolas describe el funcionamiento de Auschwitz, a sus protagonistas, que pululan por la novela enfrascados en sus exigentes tareas, e incluso rastrea en las decisiones políticas que fueron dirigiendo a lo largo de la contienda las prioridades, sobreviviendo en el caos de órdenes y contraórdenes mientras iban perdiendo poco a poco la guerra, con adjetivos sobrios y una distancia terrible. Cuesta imaginar el sentido de un exterminio sistemático pensado con ese refinamiento, a tantos hombres esforzados en racionalizar el hecho de matar, rompiendo lo sagrado del hombre en su relación con la muerte y convirtiéndolo en una banalidad organizativa.

Entre los informes que Aue elabora para el ministro Himmler y su gabinete se ponen en evidencia los conflictos que generaba la Solución Final entre el alto mando. De nuevo el lenguaje científico, sin alma, el lenguaje técnico esparciendo su abominable indiferencia se apodera a menudo del espacio de la novela, otro hallazgo brillante de Littell, otro intento de demostrar hasta que punto la especialización absoluta de cada uno de los sectores y seres humanos que participaron de una u otra forma en los pormenores de ese crimen fueron intoxicados por una propaganda desmesurada y quedaron ciegos, limitados a una información sesgada con la que se dedicaban a ejecutar sus quehaceres. Algunos militares con cierto sentido común abogaron por llenar las fábricas alemanas que necesitaban mano de obra de judíos para seguir alimentando la maquinaria de guerra. No les impulsó desde luego el sentido de la piedad o sentimientos desprendidos en esos momentos en los que exigían que se subieran las raciones diarias de alimentos y se solicitaba el traslado de judíos desde los grandes campos de concentración hasta los centros de producción. Estaban enfangados en la misma inhumanidad, en esa ceguera intolerable que tan sólo les hacía brillar cuando encontraban la idea adecuada para resolver un problema práctico. En las Benévolas abundan las cartas y discusiones al respecto, los estudios dietéticos que establecían el número de calorías mínimas para la supervivencia de un prisionero, para asegurar que podría trabajar durante determinadas horas al día, todo un compendio científico que mezclaba con exactitud asuntos médicos y biológicos, costes económicos, las peticiones de los que dirigían la guerra y observaban la inminente derrota y la oposición enconada de aquellos que seguían viendo en la aniquilación del pueblo judío una especie de expiación necesaria, casi mística, que los liberaría de una plaga y les daría, sin saber cómo, la victoria final.

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La novela posee una brillantez irreprochable en las descripciones de cada uno de los estadios de la guerra, me atrevo a asegurar que hay muy pocas obras literarias capaces de recrear con tal exactitud (o coherencia geográfica y ambiental) el ambiente que rodeó a los diferentes espacios físicos del conflicto, fuera en plena estepa rusa, donde los alemanes avanzaban como aquel Napoleón victorioso que quiso conquistar la tierra de los Zares, o en la retaguardia de los balnearios que funcionaron sobre todo en el Este como refugio de los heridos y fatigados soldados que llegaban del frente para reposar, curarse, o incluso en medio de la carnicería de Auschwitz, con todos esos esfuerzos malogrados por detener lo injustificable, o en esos salones de Berlín y de Viena en los que se enfrentaban los intereses de la Wehrmacht y las SS, o en ese Paris de los fascistas donde los militares alemanes eran premiados con aquellas estancias regadas de champán y belleza, donde los colaboracionistas aprovechaban su breve periodo de poder en la ciudad más hermosa del mundo, o en esos bosques frondosos del norte del continente en los momentos en los que la retirada provocó ríos de desertores, de almas en pena que vagaban huyendo, evitando a las patrullas que aniquilaban a los cobardes que escapaban de los soviéticos.

Pero a Jonathan Littell no le interesó profundizar en las ideas que acompañaron la idiosincrasia del nazismo, o por lo menos, me refiero a esas ideas más conocidas, de las que sabemos tanto a través de textos y documentos históricos rescatados, a través del cine y la literatura; a él le importaba más el modo en que reaccionaron los responsables directos o indirectos en cada uno de esos momentos históricos, qué razones dirigieron el afán cumplidor de los que colaboraban en esas tareas, esos que tenían que decidir día a día, fuera a un alto nivel político o desde la mirada de aquellos que vigilaban los barracones de los campos o la de quienes conectaban los mecanismos para la salida del gas provocando la muerte.

Esta novela, en el fondo, es una revisión (que no se halla adscrita al revisionismo por supuesto) de la historia desde prismas insignificantes que conformaron por separado los datos grandilocuentes, sus grandes cifras. Las benévolas fue construida desde el lugar de aquellos que participaron individualmente, por muy diminuto que fuera su papel, en el conflicto, cómo se guiaron entre la mística gubernamental que arengaba a la tropa y a los asesinos o ejecutores, justificando que se mancharan las manos de sangre en nombre de un país supremo, del Volk, guiada siempre con el acierto de elegir los mejores lugares para atisbar en qué consistió, para alcanzar a comprender como Alemania se lanzó a la conquista de Europa, y como a partir de 1942 fueron perdiendo terreno hasta la caída de Berlín. Es inevitable en este empeño, no sólo examinar las razones políticas, económicas o sociales, sino, como pretendió hacer Littell, ahondar en la condición humana para comprender hasta qué punto fuimos culpables.

Para alguna parte de la crítica, Las Benévolas rompía un acuerdo sobre los sucesos acontecidos en Auschwitz, como si una novela fuera capaz por sí sola de violar un duelo, o si por haber hecho ficción con los distintos estadios que convivían en torno al campo, éste hubiese perdido su sentido hiperbólico. Acercarse a través de un texto vertiginoso y apasionante hacía los misterios que rodearon la administración y la evolución de Auschwitz, reunir documentos en torno a la Solución Judía y todo el enfrentamiento ideológico y práctico que se dio, no me parece ni por asomo una falta de respeto a los muertos, sino al contrario, un recorrido aún más exhausto por los mecanismo del mal, por el modo en que el hombre se pone al servicio de la maldad sin sentido, sin más razón que las arengas del poder. Cuando a comienzos del capítulo Minueto (en Rondós), Aue se entrevista con Himmler y le es encomendada la tarea de reunir información y elaborar con ella documentos acerca del estado de los campos de concentración, lejos de negar lo sucedido o de situar la tragedia en una dimensión menor, surge el verdadero terror que, como hijos de otra época, ajenos por completo a las vivencias de esa Europa que vivió dos guerras salvajes, no viene sólo de los cadáveres y los testimonios históricos, sino directamente de la manera de pensar de los verdugos, de los ejecutores y los inspiradores de la masacre, manteniendo la intensidad del drama aunque sea al leer anotaciones técnicas, entrevistas patéticas e incluso humorísticas, estadísticas aterradoras que tenían como objeto y elemento la vida humana, la existencia de un pueblo reducido a números y a utilidad u odio.

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Los hallazgos literarios de Jonathan Littell continúan, sin entrar todavía en sus capacidades narrativas, sobre todo en lo que respecta a los puntos de vista de los hechos más conocidos por todos. Hasta la fecha, a excepción de algunos libros infames que siguen negando el exterminio sistemático de casi 6 millones de judíos, o de las confesiones de algunos arrepentidos tratando de minar la pena, la vergüenza y las consecuencias de sus actos, o empeñados en justificar lo injustificable siendo lo más precisos posible, nadie había hecho un relato de los verdugos con semejante exactitud, no para redimirlos o eximirlos de culpa, sino para que podamos comprobar nosotros mismos, lectores del siglo XXI, de qué estaban hechos, hasta qué punto lo que guió aquella matanza fue un fanatismo incomprensible, una mística de tres el cuarto que cobraba su forma real a través de la eficiencia que tantos pequeños hombres aplicaron en sus tareas.

Los lectores de nivel, familiarizados con la historia de la literatura, saben fehacientemente que entre las múltiples virtudes del Quijote se encuentra el tratamiento de los personajes desde la ambigüedad moral para distinguir la esencia de la vida y poder contemplarla con la suficiente distancia como para aproximarse a comprender algunos de sus asuntos fundamentales. Al fin y al cabo, el fin de cualquier novela no es otro que revelar aspectos de la vida de los hombres nunca revelados; esa literatura que transita entre esa extraña metafísica (o poética existencial), que aunque esté absolutamente despojada de cualquier filosofía al articularse alrededor de un entramado de aparente veracidad por las acciones, los hechos y los pensamientos de los personajes, a imagen y semejanza del mundo real, incluso cuando su trasunto sea el futuro desconocido o descaradamente hecho de ficción, dependiente su acierto de la capacidad intelectual y el talento del narrador, mantiene las preguntas del ser humano sostenidas en el aire a modo de prueba, de ensayo hecho de la alegría y la vitalidad de las historias. El Quijote, hace ya más de cuatro siglos, desterró esa inocente idea, tan reconfortante y estúpida a un tiempo, de la oposición entre el bien y el mal, de la facilidad para distinguir a las partes. El hombre prefiere juzgar a pensar, y esa constancia evidente por doquier, que incluso puede aplicarse a cierta crítica que atendió Las benévolas con cierto desdén ignorante, lo juzgó antes de leerlo y pensarlo, lo crucificó incluso antes de abrir sus páginas, es fácilmente demostrable. Si hay algo que merece interés es escuchar una voz que reclama la atención a través de sus propios mecanismos literarios. Empuja al lector a inmiscuirse y aunque es probable que muchos puedan escapar de la ceremonia despavoridos, no es menos cierto que eso no le resta un ápice de su valor. Detesto los libros que basan su fama o su sentido en el escándalo, a menudo lo hacen precisamente porque carecen de calidad. Si las Benévolas tuvo un aire escandaloso a su alrededor fue porque alguien lo provocó: el libro a lo sumo puede ser desagradable en ocasiones, se regocija en la extrañeza de su personaje principal, en sus miserias y obsesiones, pero no lo suficiente como para definir toda la obra. Tengo la sensación de que Littell escogió el camino narrativo que más le convenía por razones que sólo le atañen a él, y a la vez osciló en muchas ocasiones –estoy casi seguro dado el nivel que tiene el texto- entre suavizarlo o seguir usando el truco. Pienso que mantuvo el equilibrio, la coherencia con el entorno, y en verdad, Las Benévolas entronca más con la intención de las obras extraordinarias de la historia de la literatura, aunque sea por proximidad en sus intenciones, que con los baratos bestseller históricos o con cualquier libro que aspire a ser una provocación o humo blanco inocuo antes que literatura.

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Conclusiones

¿Cómo podríamos acercarnos a esta novela con garantías sea desde un punto de vista crítico o simplemente desde la mirada de un lector?

Se la puede comparar con Viaje al fin de la noche como mencioné al principio del artículo, pero no posee su osadía lingüística, su arrojo y su ambición literaria, y a la vez se aleja por completo de los estereotipos de la mala novela actual, aproximándose muchísimo a la brillantez de las grandes obras, y augurando un período largo, espero, para su continuidad en el tiempo. Posee cierta dificultad para quien se adentre en sus páginas, que responde a la exactitud de los rangos del ejercito y los distintos cuerpos político-militares alemanes de la época que utiliza, se maneja además con soltura entre palabras del idioma germano intraducibles y que se puede consultar (y no todas) en el pequeño diccionario que hay al final de la edición española, vocablos relacionados con el Tercer Reich y sus lenguaje particular. Está construida a menudo a través de documentos filosóficos, económicos o políticos, aparecen en sus distintos escenarios personajes reales que formaron parte de la historia del periodo. Aue, además, según he podido constatar en algunos buenos lectores que conozco, resulta un personaje demasiado despiadado y frío, tan oscuro y obsesivo, tan obsceno, que provoca repulsión. Su apatía, su personalidad provoca asco, un asco y una nausea que puede impedir el acceso al resto de la narración. Irrita a menudo, espanta muchas veces, pero en sus recorrido, uno siente al menos fascinación por él, por su condición o su sincero modo de ofrecerse.

Transcribo otra parte de Tocata, ese primer capítulo que marca las intenciones del texto, a excepción de la referida al título, cuyo sentido se percibe al final de la novela.

“La conclusión de todo esto, si me permitís otra cita, la última, lo prometo, es como tan bien decía Sófocles: Lo que debes preferir a todo lo demás es no haber nacido. Por lo demás, Schopenhauer escribía más o menos lo mismo: Más valdría que no hubiese nada. Como hay más dolor que placer en la tierra, cualquier satisfacción no es sino transitoria, y crea nuevos deseos y nuevas desesperaciones, y la agonía del animal devorado es mayor que el placer del que devora. Sí, ya sé, son dos citas, pero tratan de la misma idea: en verdad que vivimos en el peor de los mundo posibles. Por supuesto, ya se ha acabado la guerra. Y, además, hemos aprendido la lección; no volverá a suceder. Pero ¿estáis completamente seguros de que no volverá a suceder? ¿Estáis tan siquiera seguros de que se haya acabado la guerra?.

En ciertas discusiones en torno a Las benévolas surgen varias preguntas que provocan desavenencias. Quizá la más común es la que deriva de pensar en las razones de componer una obra como ésta a través de un personaje tan anormal e inmoral como Maximiliene Aue, pero esa es una elección del autor en la que no deberíamos intervenir. Quizá decir amoral sea una boutade, pero es que algunos filósofos del tres al cuarto se atreven en ocasiones a abordar críticas inmisericordes o a inmiscuirse en los dominios de la novela dándoselas de literatos con mayor erudición humanista o científica causada por su aparente superioridad teórica, y creo, de alguna forma, en la necesidad de proteger la ficción y su sabiduría, quizá como último elemento de salvaguarda de lo humano. No hay que olvidar, además, que, salvo en contadas excepciones, la literatura se adelantó a la filosofía o le sirvió de espacio a explorar en todo lo referente al ser.

Jonathan Littell se documentó, y mucho, para escribir este extenso trayecto de mil páginas, sin embargo, el hecho no posee mayor importancia: podría haberse escrito otra historia de haber querido. Si él situó las preguntas de las Benévolas, sus propias inquietudes acerca de la humanidad y su destino o su condición, en el ámbito de la Segunda Guerra Mundial, fue de modo consciente, mas no fundamental. Ni siquiera creo que pretendiera provocar el alboroto que originó la obra, y que le vino muy bien a nivel comercial (aunque esto es una mera intuición con ciertas argumentaciones lógicas que no escribiré).

Frente a otro tipo de éxitos librescos más inofensivos y anodinos, Las benévolas vence con holgura por varias razones esenciales: supone una indagación consciente del trasunto del ser, utiliza con soltura –y a menudo con maestría- las técnicas narrativas necesarias para que un relato se sostenga y resulte creíble, plantea preguntas existenciales de calado e investiga posibles respuestas, está bien escrita se la mire por donde se la mire, ejecutada con un claro dominio de la estructura, lo que cuenta se desliza fascinante y ameno ante los ojos del lector, resulta apropiado el tono utilizado y el punto de vista, el modo en que enlaza la aventura vital de Maximiliene Aue con los datos ingentes que maneja sobre el periodo histórico, incluso a diferentes niveles temáticos (sociología, filología, antropología, política, literatura, filosofía, economía, ciencia médica…) posee párrafos de enorme belleza, consigue impactar verbalmente, trasmite extraordinariamente bien el caos, el desorden y el horror en un buen números de situaciones logrando provocar el temor, haciendo respirar el miedo, la dimensión de la experiencia de esos soldados y oficiales que vivieron el terror de la guerra, mantiene un brillante ritmo narrativo (musical en cierto modo) a través de las divisiones bacherianas y esa prosa directa, sin excesivos adornos, que marca la velocidad de la narración, considerando con suma solvencia el tiempo novelesco como un elemento más, indispensable para construir la obra, y sobre todo estableciendo una mirada distinta y original, enriquecedora, a hechos acontecidos extremadamente conocidos sin que en ningún momento recurra al cliché o a un falso lugar común de nada o de nadie, parte además de planteamientos alternativos para acercarse a los mismos hechos, de una curiosa diferencia del personaje-narrador respecto a otros narradores literarios de la misma historia, situado en el bando opuesto, sin negar la bestialidad de lo acontecido, las cifras escalofriantes que todos conocemos.

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Littell, aunque no lo pareciera, tenían cuarenta años cuando editó su novela. Respeto sobremanera a los autores que hablaron del exterminio judío o se adentraron en el absurdo de la Segunda Guerra Mundial, a aquellos testigos directos que encima supieron contarnos lo sucedido desde una literatura impecable llena de fuerza y coraje, de supervivencia y futuro, pero quizá debería ser éste el momento de pensar que los lectores actuales y los del futuro observan ya los hechos de la historia o de la vida humana de entonces con otros ojos. En un momento tan esencial como el que vivimos, en el cual los últimos supervivientes de los campos de concentración se están muriendo, la memoria parece –y es- un museo de cera en el que apenas jubilados y escolares se pasean los fines de semana para pasar el rato. Revivir bajo la mirada de alguien que no estuvo allí, pero que respeta y conoce en profundidad los hechos históricos, sin ponerlos en duda por su evidencia, sin falsificarlos ni justificarlos, sino simplemente utilizándolos para establecer una visión humana a esos años, pienso que debería ser un motivo de alegría para todos, sobre todo si el resultado es tan solvente como sucede en las Benévolas. Esa es la gran ventaja de Littell, quizá su propia experiencia de cooperante en Chechenia y otras ex repúblicas soviéticas le permitió atisbar el verdadero efecto de la guerra en los seres humanos y en su vida, y la violencia de los más fuertes sobre los más débiles, o simplemente comprendió a los afortunados que se hallaban en el bando correcto, respaldados por su victoria o junto a aquellos que se salvaron por los pelos. Llamar a las cosas por su nombre es simplemente reflexionar sobre la verdad y acercarse a ella con las palabras más justas que a uno le sea posible. Del ruido ensordecedor al silencio absoluto hay una distancia mucho menor de lo que parece. Quizá la observación atenta de una mirada como la de Aue nos permita establecer un diálogo nuevo sobre lo sucedido en vez de contemplar fotografías en blanco y negro con la cara pasmada de falso espanto, aguardando el olvido del tiempo.

Jonathan Littell

Jonathan Littell

CONTEXTOS-EPÍLOGO

Alrededor de Las benévolas podemos establecer redes de intenciones e ideas parecidas, y tengo la sensación de que se abre un periodo de reflexión distinto, construido desde la intuición literaria, algo más artístico, que no renuncia a la carga moral de los hechos, sino que los describe desde los ojos del que ha sido espectador cinematográfico o lector, o asiduo a los museos y a los documentales, y no de quien ha vivido esa realidad en sus carnes. Me satisface además que se empeñen en ahondar en asuntos de tal envergadura y no en historias banales sin interés. Negar que el olvido es uno de los dramas de la historia de la humanidad sería una actitud falsa y poco inteligente. Si encima pretendemos creer que por unos cuantos mausoleos y visitas guiadas, y algún puñado de testimonios de los derrotados, de las víctimas, o de los vencedores incluso, seremos capaces de recordar para siempre, pecaríamos de ingenuos. Es positivo que se siga alimentando el valor de los acontecimientos desmesurados de la humanidad por su repercusión, y que se haga con la perspectiva de lo novedoso siempre y cuando se mantenga la exactitud y a poder ser el valor artístico si nos referimos a la literatura o al cine.

De alguna forma, Las Benévolas, con sus imperfecciones y sus excesos, consiguió rehabilitar sucesos cuya trascendencia no deberíamos olvidar, y reinterpretarlos desde la óptica de una generación que fue ajena tanto a la barbarie como a sus efectos. Ejemplos parecidos se pueden ver en el reciente cine alemán, con dos películas de mucho éxito: El complejo de Baader-Meinhorf y La ola. Calificadas ambas de demasiado estilizadas o en exceso preocupadas por su factura artística o estética por encima de la reflexión histórica sobre el trasunto que examinan, puede ser una buena manera de mantener vivo esos conflictos y su memoria, aun cuando sus protagonistas de ficción, los realizadores que se encargan de ello, carezcan de la emocionalidad de los otros. Quizá lo que hay que pedir es que no se banalice el dolor, que sea lo único que no ensuciemos con nuestra imaginación, pero es evidente que las mejores leyes son aquellas que comprenden el problema, se acercan a él buscando desentrañar la mayor parte posible de verdad y justicia, y reunida esa información, se dictan desde la razón y no precisamente desde el sentimiento. Una cosa es tomar decisiones individuales y seguir pálpitos vitales, reabrir y cerrar espacios personales, dirigir los caminos de cada uno oscilando entre la continuidad y la discontinuidad de la vida, y otra muy distinta redactar leyes para todos o pertrechar obras de arte que aspiran desde lo íntimo alcanzar un lenguaje universal. Los franceses quizá consiguen dar una vuelta de tuerca más, como si a pesar de los pesares –y esta crisis económica vuelve a reafirmarlo- siguieran poseyendo una aptitud innata para reflexión y el arte, o una predisposición a necesitarlo, a financiarlo y apoyarlo, aunque no sea autóctono. François Emmanuelle escribió en el año 2000 una novela que Jonathan Littell tengo la sensación de que leyó, La Question Humaine. De momento no está traducida al español, pero la reciente –y excelente- adaptación cinematográfica dirigida por Nicolás Klotz y protagonizada por Mathieu Amalric, ojalá permita la llegada del texto. A parte del valor intrínseco que poseen tanto la novela como la película, lo extraordinario de ambas es que comparte esa capacidad asociativa tan francesa que consigue ejemplificar lo que parece imposible y traerlo hacia nuestras propias vidas presentes (uno de los intentos de Las benévolas, sin duda). No en vano, una materia esencial en los programas de estudios del país vecino es la dissertation, donde los alumnos, a partir de una frase o texto, elaboran un discurso en el que se valora la capacidad asociativa y la madurez expositiva del estudiante. A través de la terrible historia del funcionamiento de una multinacional alemana con filial en Francia, François Emannuelle, utilizando el vocabulario técnico de la compañía y de la psicología aplicada al trabajo, establece una hermosa y aguda comparación entre el mundo deshumanizado de la empresa y el nazismo, a través de la existencia de dos directores generales con un pasado oscuro examinados desde la mirada de un ejecutivo agresivo de Recursos Humanos a punto de estallar. Lo más destacado de la historia no es sólo su acercamiento a asuntos relacionados con la Segunda Guerra Mundial y la Solución Final, ni tampoco su crítica feroz al salvaje mundo de las grandes empresas, de la esencia de la economía que vivimos en general, sino la capacidad para mezclar ambos universos, para observar hasta qué punto hemos mantenido aquellas teorías de lo malvado, como Hitler, o su fantasma, se sostiene en ámbitos inusitados en nuestro mundo contemporáneo, teñido de una falsa civilización, de una ausencia de objetivos humanos y de un empeño por llevar a los hombres hacia un límite inaguantable, hacia una salvaje extinción individual en nombre de los dividendos que cobrarán los accionistas anónimos de cualquier organización empresarial inmensa que cotice en bolsa.

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Hay un afán en Las benévolas de establecer mecanismos literarios que hagan más efectivo y eterno el discurso, la amenaza latente de volver a convertirnos en bestias defendiendo un fanatismo cualquiera. Probablemente ese sea el valor literario más reseñable junto con otros mencionados, que me deja la novela. ¿Acaso no sigue habiendo hombres y mujeres capaces de inmolarse por una causa divina? ¿No hemos tenido un presidente en los Estados Unidos que se encomendaba a Dios en vez de a la razón para tomar su decisiones bajo el aplauso de la mitad de su país? ¿Hasta que punto las sectas, los movimientos espirituales que exterminan la personalidad no han sufrido un auge espectacular en los últimos años? ¿Cómo es posible todavía siquiera la existencia de corpúsculos de extrema derecha que se llamen nazis o fascistas, después de las consecuencias que provocaron semejantes ideologías? ¿Cuándo llegara en el fondo la verdadera democratización de la empresa, cuando será consciente de que todo debe servir al bien común, sin menospreciar por supuesto la validez de los méritos o la eficiencia, pero sí entendiendo que el mundo globalizado exige una cierta responsabilidad después de mirar a nuestra desgraciada historia?

Son tantas las preguntas y tan difíciles las respuestas, pero creo que en ellas se encuentra el sentido de Las benévolas; recordarnos de donde venimos, qué lugar perdimos y las razones de esa pérdida, y hacerlo bajo el prisma del personaje menos apto para evaluar y utilizar esa información, los ojos de un cínico, de un hombre cualquiera que se olvidó que vivía entre seres humanos y que su condición era la misma que aquellos a los pisaba y asesinaba tan sólo para sobrevivir en el infierno. Las preguntas de Littell son además, algo que añade valor a todo el asunto, desde la literatura.

Para referirme a esto he escogido un pequeño párrafo de Milan Kundera al respecto de la cultura europea, quizá porque todos hemos olvidado algo que era evidente y estaba claro en nosotros. Podemos preferir otras cosas, y seguramente vencerán los de siempre enarbolando la simplicidad y el populismo como arma, o incluso el silencio, algo igual de efectivo para borrar las cosas, pero eso no quita que se pueda seguir defendiendo lo que nos parece más justo. Es curioso como entre las críticas de lectores que escriben blogs o que pude leer en publicaciones de la red, alejándose por completo en general de la crítica literaria periodística o académica a pesar de sus defectos e intereses, lo más que se dijo del libro era que se trataba de un mamotreto, o que resultaba muy complicado adentrarse en sus páginas abarrotadas de las gradaciones militares y policiales del ejercito alemán. ¿Acaso la pereza intelectual ya nubla en exceso al mundo? ¿O los lectores y usuarios de internet deberían apagar de vez en cuando los ordenadores para poder volver a descubrir la pausa del papel? Sé que no es cuestión de formatos, y sí una cuestión de atención y de valor.

“La unificación de la historia del planeta, ese sueño humanista que Dios con maldad ha permitido que se llevara a cabo va acompañado de un vertiginoso proceso de reducción. Es cierto que las termitas carcomen la vida humana desde siempre: incluso el más acerado amor acaba por reducirse a un esqueleto de recuerdos endebles. Pero el carácter de la sociedad moderna refuerza monstruosamente esta maldición: la vida del hombre se reduce a su función social; la historia de un pueblo, a algunos acontecimientos que, a su vez, se ven reducidos a una interpretación tendenciosa; la vida social se reduce a la lucha política y esa a la confrontación de dos únicas grandes potencias[j2] . El hombre se encuentra en un auténtico torbellino de la reducción donde “el mundo de la vida del que hablaba Husserl se oscurece fatalmente y en el cual el ser cae en el olvido.

Por tanto, si la razón de ser de la novela es la de mantener “el mundo de la vida permanentemente iluminado y la de protegernos contra “el olvido del ser” ¿la existencia de la novela no es hoy más necesaria que nunca?

Si, eso me parece. Pero, desgraciadamente también afectan a la novela las termitas de la reducción que no sólo reducen el sentido del mundo sino también el sentido de las obras. La novela (como toda cultura) se encuentra cada vez más en manos de los medios de comunicación; estos, en tanto que agentes de la unificación de la historia planetaria, amplían y canalizan el proceso de reducción; distribuyen en el mundo entero las mismas simplificaciones y clichés que pueden ser aceptado por la mayoría, por todos, por la humanidad entera. Y poco importa que en sus diferentes órganos se manifiesten los distintos intereses políticos. Detrás de estas diferencias reina un espíritu común. Basta con hojear los periódicos políticos norteamericanos o europeos, tanto los de izquierda como los de derechas, del Time al Spiegel todos tienen la misma visión de la vida que se refleja en el mismo orden según el cual se compone el sumario, en las mismas secciones, la misma forma periodística, en el mismo vocabulario y el mismo estilo, en los mismos gustos artísticos y en la misma jerarquía de lo que consideran importante. Este espíritu común de los medios de comunicación, disimulado tras su diversidad política, es el espíritu de nuestro tiempo. Este espíritu me parece contrario al espíritu de la novela.

El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: “Las cosas son más complicadas de lo que tú te crees”. Esa es la verdad eterna de la novela que cada vez se deja oír menos en el barullo de las respuestas simples y rápidas que preceden a la pregunta y la excluyen. Para el espíritu de nuestro tiempo, tiene razón Ana o tiene razón Karenin, y parece molesta e inútil la vieja sabiduría de Cervantes que nos habla de la dificultad de saber y de la inasible verdad.

El espíritu de la novela es el espíritu de la continuidad; cada obra es la respuesta a las obras precedentes, cada obra contiene toda la experiencia anterior de la novela. Pero el espíritu de nuestro tiempo se ha fijado en la actualidad, que es tan expansiva, tan amplia que rechaza el pasado de nuestro horizonte y reduce el tiempo a un único segundo presente. Metida en este sistema la novela ya no es obra (algo destinado a perdurar, a unir el pasado y el porvenir), sino un hecho de actualidad como tantos otros, un gesto sin futuro.”[j3]

Milan Kundera

Milan Kundera


Jonathan Littell no es León Tolstoi, pero vive entre nosotros y tengo la absoluta seguridad de que leyó Guerra y Paz, algo que no puede afirmar la mayoría. Quizá el hecho de vivir en este tiempo influya demasiado a la hora de recuperar cierta grandeur literaria que nos produce nostalgia, aún sabiendo que la gran literatura nunca fue un asunto masivo. Las benévolas nos recuerda el aliento que alimentaba el espíritu de las novelas más sobresalientes de la desprestigiada herencia de Cervantes. Sólo por eso merece la pena leerla y hacer el esfuerzo de adentrarse en su complejidad, porque es algo placentero, porque de alguna forma, fue un proyecto ambicioso, medido e inusitado para nuestra época. Quiero recordar aquello que dijo Camus tiempo después de terminar la Guerra Civil española.

“Fue en España donde los hombres aprendieron que es posible tener razón y aún así sufrir la derrota. Que la fuerza puede vencer al espíritu y que hay momentos en que el coraje no tiene recompensa. Esto es sin duda lo que explica por qué tantos hombres del mundo consideran el drama español como su drama personal.”

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Este texto de Camus tiene que ver con las Benévolas de manera indirecta. Hasta en el título de la obra Jonathan Littell nos dio las claves del sentido de la novela, pero no lo revelaré aquí, para saberlo, hay que llegar a la página 979 y leer la última palabra: “rastro”.


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Louis Ferdinand Céline

Louis Ferdinand Céline

Copyright jimarino


[j1]Texto de la traducción de Maria Teresa Gallego Urrutía. Las Benévolas. R.B.A libros, 2007.

[j2]El artículo se escribió en 1984

[j3]El Arte de la novela. Milan Kundera. Editorial Tusquets. Fabula, año 2000. Traducción de Fernando de Valenzuela y María Victoria Villaverde

02
Dic
08

la tarde del espantapájaros y la sirena imaginaria

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I

Esa luz que llega.

Esa luz que no es de piel

y es piel.

Esa voz luminosa,

que no es sonido

pero es sonido.

Ese mar calmo,

que no es calmo.

Esa espera lenta

que no es lenta.

Te muerdo de repente,

al romper la piel

y el sonido y la luz.

Este mar no es calmo:

tiene la eyaculación

de la sal,

de la saliva, y no es calmo.

Esa luz que llega

y me llena.

Esa llama

que llena

el sueño que avecina.

Hundir la lengua

enhiesta

en tu sueño

que llega.

Sal, esta sal

que se esparce

y no es la sal

de tus escamas.

Sal hacia mí,

sale aire

en esa luz que no alumbra.

Esa luz que es piel,

que se abre de piel

hasta la furia

de la tormenta.

II

Esta tarde nos hicimos

cosas de lengua.

Las unimos en el mar:

-Tú mojada y yo húmedo,

nos hicimos el amor

sin tocarnos,

pero un amor de perros,

de perros y gatas estrábicas,

de lengua ocultas,

pero lenguas de agua.

Esta tarde nos hicimos el amor

en cada uno de los labios

que no rozamos.

Nos hicimos el amor bajo la mesa,

frente al rosado salmón

y la sobremesa blanca,

junto a la cristalera

y los demás testigos.

Nos miraban hacernos

el amor sin gemir

otra cosa que susurros.

Esta tarde te oí recitar

esperma en tu espalda

y en la suave gota de humedad

de fruta que mordí.

Palpé con el dedo el flujo

que surgió de la risa,

y mojaste con pan

la masturbación de las hadas.

Esta tarde hicimos

cosas de lengua

hasta unir tiempos

en una mesa.

Mi caos entre espuma

de tarde otoñal y tu

vino inusitado de espera

despertando la idea.

Esta tarde hicimos el amor

como perros enjaulados,

como bríos de escarcha,

pero no hubo voces

y pagamos con tarjeta.

Soñamos que todo sucedía:

tú aliada del caos

perdiendo el orden

y yo hijo del orden

dibujando el caos.

Cada uno de mis orgasmos

te llegó al alma como un latido

ensordeciendo

la civilización de nuestra risa,

la fría daga que llevabas

a la espalda

mientras clavabas en mi pecho

tus respiros.

De haber gritado como

una diosa sobre mis piernas

me hubieras arrancado

el corazón en la misma sábana,

y el sol se hubiera

ido diciéndonos a gritos

que nos comiéramos

de una sola vez

el alma.

III

Extinción del amor

como una carta astral.

Tú la dibujas sobre el mundo.

Extinción del amor

hasta el chasquido

y la lágrima.

Extinción de lo que somos.

Ardemos contra el muro

de tristezas y suenan

las sonatas alegres.

Renacer de labios.

Renacer de estrellas y ecos.

Extinción del amor

mientras me abrocho

la cremallera y te subes

la ropa interior por el muslo.

Extinción del amor

que surge cuando todo quema.

Quema la tarde lluviosa.

Queman tus años de gata

en el horizonte roto

de la desexperiencia.

IV

Me pareció al pisar mi casa

entre las velas de un regocijo

que terminaba de eyacular sobre

los hombros más hermosos

en un mar hinchado

que gozaba con reírse

del salvaje palpitando

hasta convertirlo

en un cordero trinchado

disfrazado de perro hambriento

lleno del deseo de lamer

tu sexo hasta

que el alba le dijera:

“extingue el ruido

y deja la mar calmada

en este atardecer

que no te pertenece

aunque creas ser de escamas

saladas y de labios

que no has besado”.

V

Me da miedo no dar más que esta arena,

pero no puedo evitar

que la luz construya estas sombras.

Me alejo en la carretera

sufriendo el alboroto del invierno.

¿Qué ha sido este espejo?

¿Por qué estas imágenes se falsifican

veraces sin haber sucedido?

Sucedió que fuimos otro sexo

de hiel en las fauces del ocaso.

Anochecíamos como ovejas

de retiro pero te vi esos dientes

que podían inocular

tu sangre en mis venas.

Lo raro es que sonreías mientras

quería devorarte la lengua.

Lo extraño es que hayas notado

mis brazos estrechar

tus senos que surgían del vaho.

Me da miedo no ser más que esta arena

que no podrás asir

bajo la nube que nos pesa en el adiós.

No me des consejos para no llegar

al centro de tu gozo,

no me des consejos para que

no insemine tu imagen de renacimiento.

VI

Dije que la vida era azul

y pensaba cómo sería tu cuerpo

desnudo sobre las rosas.

Dije que la historia era gris

y pensaba en rizar tu vello

con la lengua.

Dije que el pasado era rojo

y pensaba en lamer la humedad

de tus lágrimas en el vientre

Dije que el tiempo era verde

y pensaba en morder tu labio

en el alba incendiada.

Dije que el hombre es negro

y pensaba hundir en tus muslo

el sol de mi esperma.

Dije que el amor era amarillo

y pensaba acariciarte hasta

que tus ojos fueran de arena.

Dije que la amistad es morada

y pensaba en levantar tu grupa

para penetrar tus huecos de agua.

Dije que el aire era rosa

y pensaba contemplarte

bajo el influjo de la luna.

Dije que la nada es blanca

y pesaba en gozarte completa

hasta ganar el precio de tu vientre.

Dije todos los colores del arco iris

y pensaba morder tu carne

para soñar el sabor de las sirenas.

VII

La orquesta sonó para nosotros.

Fue tu risa las notas de una sonata

y ese vals de luz declinando

bajo la noche esparcida.

Hemos bailado pisándonos

los pies con la torpeza de

lo que nace entre las brumas.

Aparecida la música aprietas los labios;

el próximo beso que te de

será en el centro del exterminio,

en ese punto donde la energía

del placer articula la odisea humana.

Ordenar el caos, música y palabras,

hasta que la oscuridad se apodera

del canto de las gaviotas,

sintiendo que tu olor de mares

es el clítoris de todas las islas.

VIII

(Visiones)

Te cogeré de las manos y volaremos

en esta espiral hasta estrellarnos contra el suelo

hechos triza, sanguinolentos y rotos

como muñecos de trapo,

justo en la esfera que dibujó tu dios

para vencernos tan hermosos.

Hay que salir a nado,

aunque sea echando los demonios del cuerpo

a vómitos, con el alma encendida de lluvia,

aunque deba arrancarte los pechos

con los dientes y tu extirparme

de cuajo el sexo que inseminó tus lunas.

Y así, en el suelo, exangües y cadáveres,

abriremos los ojos, los mismos ojos

prisioneros del mal fario del porvenir,

y toda la conciencia

será para vosotros, que nos olvidaréis

como si fuéramos gatos aplastados

en el asfalto, sin más identidad que esta piel

rota que tantas veces nos acariciamos.

IX

Lo peor es que no podemos jugar

porque ya jugamos demasiado,

que no podamos inventar

porque venimos de tantos reinventos,

que no podamos traspasar un límite

porque somos conscientes

de que no son los dieciochos años

en la esquina de estos parques.

Lo peor es que no somos de piedra

y podemos convertirnos en destellos.

Lo peor es que tus labios

hacen olvidar el color de la tarde.

Lo peor es esta espera que no seduce

la totalidad de tus ojos húmedos,

que no seamos más que espejos

y sólo podamos acariciar cristal,

que tú seas demasiada mujer

para esos hombres de láminas agrietadas.

Lo peor es que no te convenceré

de amarnos porque conoces los resultados.

Lo peor es que los besos terminan

teniendo un sabor agrio,

que las noches de soledad

se vuelven añoranza acompañados.

Lo peor es que hacerte el amor

es cómo nadar en piscinas sin cloro,

que besarte las nalgas al despertar

es el reflejo de todo lo que vivimos.

Lo peor es que la culpa dibuja los mares

y nos los entrega helados en las ventanas.

Lo peor es que no puedo vivir

sin lo peor de todo,

(que es creer lo imposible)

que ese aire que enfría la avenida

tiene el mismo brillo de los espejismos,

que no sea yo un hombre desnudo

sin más historia que el deseo

de las llamas que nacen en invierno.

X

Todo el italiano que surge

de tu lengua se pone en mi

pecho para dibujar Venecia.

Tradúceme a mí, por favor,

traduce mi lengua herida

que aspira a lamerte la sangre

que dejaron en ti los cadáveres

de lo que nunca fue futuro.

XI

Me acomodé en el andén para esperar

el tiempo de la hadas,

el cielo protector, la sirenas de Odiseo,

las gracias de la tarde y la expectación

de los ociosos de alma.

Leía versos sobre palomas y hombres

que escriben en velas y con venas

de tinta, sobre fantasmas de pantallas

blancas mirando el ocaso de las mareas.

Sé que llegan los trenes como

le sucedió al hermano de la sirena.

(¿Por qué esperar esos trenes

en la madrugada helada?)

Estoy en ese andén, en el cruce de caminos

experto en astrología.

Me acomodo sobre el banco

para observar el paso de los viajeros

en la estación de piedra.

Bajan las sirenas y desfilan

sus caderas de escamas.

No me importa la perfección

de su armadura de agua,

prefiero la invitación al deseo tranquilo

mientras leo que la vida se escapa.

XII

El espantapájaros y la sirena hablan

de amor:

La sirena dice que las mujeres son

madres y putas y naturaleza misma e inteligencia y el futuro.

Y el espantapájaros susurra que los hombres son violencia, silencio, inocencia ciega, muerte

y sangre derramada.

La sirena insiste

en que las mujeres madres y putas y naturaleza misma e inteligencia y el futuro

acarician con los dedos el horizonte

y suelen llorar la llegada de los hombres

sin rostro y sin alma,

aguardando una redención jamás hallada.

-Yo quiero que tú, o la llama que despiertes,

seas primero puta y madre, y luego naturaleza misma e inteligencia y el futuro,

aunque sea derramando

los brazos ávidos y avivando tus labios congelados.

El espantapájaros y la sirena hablan del amor

mientras la tarde rompe al sol

con sus grises de oquedades,

y al mirarse en el espejo

él la oye susurrar: soy puta y madre y naturaleza misma e inteligencia y soy el futuro

…tú futuro.

XIII

No eres permeable como el suelo calizo,

ni tienes en los labios las promesas.

No eres permeable porque alguien te fue

extirpando los huecos y la arena,

y fue quedando una tierra dura

que se disimula con el maquillaje.

No eres permeable a mí ni a nadie,

aunque yo querría penetrar

tus poros y resquicios y henchir

de semen aquello que sólo

es rumor, decepción o espanto.

XIV

A ti no te asusta la palabra futuro.

Tú no la ves terrible y obscena,

no temes a esas estrellas porque las construyes

con el aire y el aliento,

con esas manos que tocaron mi cara

ausente de pánico.

A ti no te importan las nubes

ni el cierzo congelado que brota

de la tristeza.

Te parece bien este eco

que a mí me ensordece,

y tú lo transformas

en una cálida luz que se me antoja

hermosa y transparente.

A ti no te asustan las balas

que suenan en mis oídos,

ni la palabra futuro grabada en el pecho,

ni el rumor de esta decrepitud

que asoma,

ni esas esperanzas ahogadas

en el frío hálito de la espera.

XV

(Reconstrucción)

La imaginación de la sirena acompaña

al sueño.

El espantapájaros se olvidó de algunas nubes y aguarda

el caer de la lluvia que limpie

el aire.

Será que ahora está en las imágenes

de lo que no fue y en el eco

de lo que sí se hizo.

Frente a frente, las manos temblaron

al reír los fantasmas del tiempo,

al dibujar las alas y esa celebración

salvaje del exterminio.

No terminará de arreglar

el ventilador si no rueda

para él, sino son tensión en los ojos

y humedad en la boca.

Esa cosa húmeda que siempre llevan

dentro de la boca se humedeció

de lo inasible y de la furia

de lo controlado.

Eyaculó el espantapájaros tres veces

con cada sombra de las horas;

la sirena gemía en el silencio

y en cada orgasmo

rejuvenecía sus escamas de plata.

Después de la mariposa queda un silencio

de larva que huele a primavera,

que renace de los ecos de sus resabios

y de aquello que no dijo.

Se marcharon con la miel en los labios,

goteando espasmos, saciados de tiempo.

Ella para diseñar los pasos del camino,

las huellas que pronunciaron sobre

las marcas de fuego.

Le propuso él enlazarse como carcasas

de artificio, y rodar y brillar,

aunque ella prefirió que fueran

carcasas que se cruzaran el cielo

sin caer juntas chamuscadas

de pólvora.

Se puede hacer del hilo

la totalidad de cada jersey,

ir destejiendo cada tela y su color

para buscar aquello que define

a la pieza entera.

Se desovilla el alma

a pedazos mientras recuerdan

como poseen los cuerpos los jóvenes,

como se ralentiza el deseo

en la edad de todas sus pieles.

La imaginación de una tarde con la sirena

apaga las luces de esta madrugada,

la hierba huele en él extraña,

al incienso de las iglesias,

al perfume que atisbó de lejos,

a esa ausencia que no pudo retener.

Esperó no haberse olvidado

de las laderas y los ríos justos,

no abusar del espíritu que empuja

la libertad de los poetas.

Seguir escuchando esa voz en los parajes,

pensar que tal vez mañana

la sirena alumbrará sus pantallas

y le pida volver a ver su alma.

Es posible que esa vez el ruido sea tan ensordecedor

que los expulsen de las salas de luz,

quemados de azufre y mirra,

incendiados por la saliva desparramada

de esa cosa que siempre llevan dentro

de la boca.

El cielo ha cambiado de repente,

el aire frío recupera su perfume,

la cadencia del quiebro, la santidad

religiosa de la vida.

¿Acaso no somos más que un exorcismo

de lo sagrado para continuar

construyendo un edifico de utopías

y versos de amores despiadados?

La imaginación de la sirena acompaña

ahora al sueño,

se adentra la noche con el rumor ciego

y esparce el espantapájaros sus sonidos,

vive al dormir esperando nacer

al despertar, nadando en un mar

de tristes rizos de luna y danza.

XVI

(El erotismo)

Lo más sagrado fue violar

tu imagen, rozarla con los ojos

erizados, con el azul del mar

en tu boca roja.

Si me muerdes respiro,

si bebes mi sangre nace la vida.

Sagrado y profano sólo queda

la trasgresión del cuerpo.

Comulgar es comer la carne.

Sólo fuimos expiaciones

hechas de palabras.

Lo más sagrado es que violes

mi imagen, rozarla con tus ojos

de gata, con el rojo de tu pelo.

Si te muerdo respiras,

si bebo tu sangre nace la vida.

Este es el nacimiento del ritual;

mojados de lluvia fina,

abiertos como vísceras,

te doy un trozo de mí

para que seas un conjuro.

Construye el pasillo hacia el cielo,

estoy dispuesto a arrastrar los huesos

para beber tu esencia, romper

esta nada, este vacío de no devorar

el espejismo de las renuncias.

XVII

(Despertares)

La brisa era marina y tú dormías

abierta en el reposo blanco,

bajo la luz de estás hileras de vida,

cubriendo tu sexo con los dedos.

Todos los ecos surgiendo del vello,

el pubis rasgado en el origen del mundo:

de ahí salió la vida,

de ahí se avecinan las catástrofes

del espantapájaros.

XVIII

(Conclusiones del espantapájaros y la sirena)

Y el espantapájaros, después,

le dijo a la sirena que sus dudas

siempre dibujaban un camino.

Que ser el origen del mundo

no era síntoma de saber algo más,

y era posible que el vaivén

de la existencia enseñase

más que la seguridad plana,

que la negación de lo inconcebible

y el contacto de la tierra.

(-Al fin y al cabo tu viaje horizontal

no ilumina más que el mío vertical.

Tus pausas no dicen más

que los quiebros de mis mapas.)

Construye la cartografía que quieras

que yo construiré la mía,

pero no consideres tus fotografías

más lúcidas que las mías.

Estamos hechos de aire,

quieras o no dibujar un edificio

al borde de la orilla.

De tu mar aprendo,

de mi tierra aprenderías.

Y el espantapájaros comprendió

que nada era posible desde la razón:

Los siglos de la sirena pesaban

como las losas de los años en el camino.

Era como enfrentar la longevidad de Ezra Pound

con la intensa brevedad de Guillaume Apollinaire:

Danza frente a quietud,

luz de mediodía frente al atardecer.

Entonces le dijo no juzgues los cuidados

ni el exceso, no silbes canciones antiguas

en mi oídos:

(-Sé la madre del mundo

y no la mía, no estoy tan perdido a pesar

de los vientos.

Respiro aire puro,

sueño con calabazas de noviembre

y guardo la magia en un pañuelo.)

La sirena observó de lejos

el caminar alado del espantapájaros

y quiso redimirlo de la angustia.

El espantapájaros esbozó la sonrisa de las llamas,

y pensó que cuando el fuego se alzara

de esos pechos todo será demasiado

decrépito para asistir a la incineración

del miedo, a las candilejas de la resurrección,

y estaban demasiado ciegos para alcanzar

la lámina del olvido en las grietas de los edificios.

(-No me cojas de la mano para llevarme

porque mis kilómetros ya saben el camino.

Si quise acompañarte no me recuerdes mi mapa,

no sigas las pistas de hielo ni los caminos

muertos, mira los tuyos desde las cenizas.

Si un día quieres aire igual puedo dártelo,

pero no me entregues tus pesquisas,

me son tan válidas como las tumbas

que guarecen los féretros.)

Seremos amor cuando tú seas olvido,

cuando yo ascienda por los cielos

y miré desde arriba los tejados.

No haber alcanzado mis sueños

no significa que no sepa

de que están hechos.

(-Al fin y al cabo no fui yo quien

enviaba postales a los muertos,

no fui yo quien perdió los asientos

de los trenes ni imaginé que todo

era un premio, no fui yo quien

aguardó tanto para romper la escarcha.)

El espantapájaros pensó que la sirena

no comprendía nada, que lo confundió

con otros perros y otros marineros

sin puerto, pero se dijo que algún

otra sirena, o ella menos salada,

hallaría el libro escrito con sangre,

aquellos versos que la vida le revelara.

(-Entonces sabrás, sirena, de que está

hecho tu mar, a qué saben los beso de luna,

quien llorará más las noches en vela,

a que llamamos insomnio y ebriedad,

de dónde viene la vida,

de cómo mi maternidad es la furia

y crea la misma existencia que tú

alumbraste de las entrañas del cuerpo.)

-Tus paredes sólo son más suaves y finas;

las mías arden de fuego ebrio,

de incombustible esperanza.

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