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Feb
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richard ford-la literatura norteamericana

Este texto fue editado originariamente en la revista Shangri-La derivas y ficciones aparte, en Agosto de 2009. Copyright Jimarino

RICHARD FORD Y LA LITERATURA NORTEAMERICANA


LA LITERATURA NORTEAMERICANA

“Estados Unidos es demasiado insular, está demasiado aislado. No traducen lo suficiente y no participan en el gran diálogo de la literatura. Ese tipo de ignorancia les limita. Son demasiado sensibles a las modas de su propia cultura de masas. Obviamente en todas las grandes culturas hay literatura sólida, pero no se puede obviar el hecho de que Europa sigue estando en el centro del universo literario mundial y no Estados Unidos”

Con estas rotundas palabras solventó Horace Engdahl que un año más el Premio Nobel de literatura no recayera sobre un escritor norteamericano. Es posible que tuviera una parte de razón, o quizá sólo fuera una pataleta desafortunada, ese último aliento de nuestra vieja Europa contra el poderío mediático y cultural de los USA. Es conocido que la ciudad más admirada del mundo para las generaciones que están llegando ahora a la treintena –y las que van detrás- ya no es Paris o Londres o Roma o Venecia, sino Nueva York, o que el cine que se consume en la mayor parte de los cinco continentes es masivamente norteamericano, sin mencionar la enorme supremacía que muestran en la música popular, o el peso globalizado de sus personajes e iconos televisivos. Aunque pueda guardar parte de verdad en sus palabras, el Secretario de la Academia sueca no anduvo muy acertado en el tono de su discurso.

Negar la influencia estadounidense –y no me refiero a sus símbolos más vulgares o evidentes, a lo peor de su cultura, a su versión más ruidosa y plana, esos subproductos infantiles de principio a fin con los que coloniza diariamente el mundo desde Pekín a Moscú, pasando por media Asia y por supuesto nuestra vieja Europa- y, sobre todo hacerlo en el ámbito de la literatura, puede ser un error. No estoy pensando únicamente en algunos candidatos que incesantemente se incluyen año tras año entre los candidatos a ganar el máximo galardón literario para un escritor, aunque no mencione nombres, esos son los que menos me interesan. Es verdad que los autores norteamericanos han hecho incesantemente protagonista de sus novelas a su propio país, o que el nivel de traducciones de otras lenguas en sus librerías es francamente bajo en comparación a los niveles de otros países occidentales del primer mundo (apenas llegan al 3% del total de obras editadas); que la mayoría de sus ciudadanos no tienen ni la menor idea de donde está España o Suecia, o que les importa un pimiento lo que acontece en otras partes de la tierra; esas son realidades cotidianas que cualquiera que se adentre ligeramente en su esencia percibe a las primeras de cambio más como una regla que como un tópico de excepción. Pero tampoco sería justo solventar de ese modo aspectos fundamentales que asentaron los grandes autores norteamericanos en la historia de la literatura.

Supongo que la lectura que pretenda cierto rigor crítico exige de una alguna perspectiva histórica de la literatura y eliminar algunos elementos externos que no influyen para nada en esa evolución. Un libro no es ni deja de ser importante porque se venda mucho si hablamos en términos de verdadera crítica, no de exámenes sesgados o de intereses editoriales. También comprendo las debilidades subjetivas, que dependen de aspectos en ocasiones extraliterarios, pero siempre que respondan a unos mínimos críticos de consenso. No sé por qué comienzo de este modo, pero quiero dejarme llevar. La literatura norteamericana tiene en mi existencia –y creo que en buena parte de los buenos lectores de mi generación- una importancia destacada que se debe a sus innumerables virtudes. Francamente, tengo la sensación de que ahora no leería o no hubiera vivido esas magníficas décadas lectoras que han transcurrido, que seguramente no hubiera abierto un libro de Günter Grass o de James Joyce, de Proust o de Albert Camus, sin que antes la literatura norteamericana me hubiese brindado el placer de su inmediatez, el gusto por lo directo, su tendencia a bordear la contracultura, a ser crítica y escandalosa en el buen sentido con su entorno, a su ácida temática general o a su poderío narrativo. Decir que la literatura de los Estados Unidos es más narrativa que intelectual no supone una disminución de su calidad. Creo, y siento cierto pudor al afirmarlo, que los autores norteamericanos encontraron de alguna manera el camino de la alta literatura sin olvidar los medios y las técnicas, las enseñanzas, de la literatura popular, desarrollando un extraordinario modo de acercarse a su realidad, y lo hicieron  -los grandes- desde las alturas, quizá tratando de ser accesibles para llegar al mayor número de lectores y aproximarles a lo profundo que encierran muchas de sus obras.

La retahíla de novelas sobresalientes que nos dejó el siglo pasado  es muy larga. Probablemente, y siento contradecir al señor Engdahl, el siglo XX posee material literario de los Estados Unidos de primera clase. Desde Francis Scott Fitzgerald o William Faulkner; Hemingway, John Updike, John Cheever, Carson McCullers, Nathanel Hawthorne, Harold Brodkey, Thomas Pynchon, James Sales, Salinger, Cormac McCarthy, William Styron, Paul Bowles, John Dos Passos, Ezra Pound, Sherwood Anderson, Sinclair Lewis, Samuel Bellow, Truman Capote, Don de Lillo o Richard Ford entre otros, surgen un puñado de extraordinarias obras literarias. Es posible que actualmente Europa mantenga ese lado experimental o innovador de la literatura como emblema, o que de alguna forma, el diálogo con la historia de la novela sea más amplio, pero obviar esa influencia en nuestra herencia sería una injusticia, y convendría observar la edad de los autores que siguen ejerciendo de faro de esa tendencia, porque, nos guste o no, me parecen mucho más interesantes los David Eggers, Jonathan Franzen, David Foster Wallace, Geofry Eugenides o Junot Díaz, que nuestros insufribles Amelie Nothomb, Frédéric Beigbeder, Angela Bellvey, Michel Houllebecq o Lucia Etxebarria, por poner algunos nombres. Quizá el más claro ejemplo entre la gran literatura norteamericana y ésa a la que se refiere mister Engdahl tenga que ver con el trasunto de este texto, o al menos, pienso, es lo que pretendo.

Hace un par de meses leí una de las primera novelas de Richard Ford, La última oportunidad. A Richard Ford lo había seguido desde que Anagrama editó El periodista deportivo en edición de bolsillo en el 2003. La trilogía de Ford sobre Estados Unidos, que comprende la mencionada El periodista deportivo, El día de la independencia y Acción de gracias, brilla con luz propia en la reciente literatura norteamericana. Es evidente que hablan –el protagonista de todas ellas, es Frank Bascombe y Estados Unidos- de su país. Quizá ser la primera potencia mundial durante tantas décadas ha provocado cierto regusto por el autobombo, una cierta obsesión acerca de su origen, sus causas y los efectos de sus acciones, así como una literatura centrada en la esencia de su propia evolución. Sin embargo, esa presunta reducida mirada que el secretario de la Academia denomina provinciana (aunque hay que reconocer que si los Estados Unidos fueran un país con menor influencia  en el mundo en todos los aspectos, muchos de los críticos que alaban su literatura la despreciarían o la calificarían despectivamente de regional o exótica) en el caso de Ford, trasciende esa idiosincrasia sesgada, ese espacio insistente, seguramente por sus capacidades literarias o intelectuales, por la agudeza de su mirada, pero también porque el mundo se parece cada días más en sus diferentes lugares, porque las obsesiones de cualquier norteamericano con una cultura media similar a la nuestra, vienen a ser parecidas, y la calidad de sus narraciones entierra cualquier sensación de rondar el terruño. Es verdad que La última oportunidad no pasa de ser una novela mediocre, muy bien escrita, llena de esos elementos tan propios de las letras yankees, amena y cautivadora a menudo, pero entronca más con esa intriga superficial tan común a la mala novela norteamericana, más con la cultura de masas, que con la verdadera literatura. La evolución de Richard Ford desde sus primeros libros hasta los tres indicados podía ser el viaje que debería hacer nuestro subversivo Horace Endgahl para descubrir hasta qué punto sus afirmaciones son rebatibles. Y eso es lo que deseo hacer, aunque el resultado de este artículo sea incierto. De alguna forma, amar la literatura, incluye amar las letras norteamericanas de los siglos XIX y XX.


LA MÍSTICA NORTEAMERICANA

Hay algo excesivo en la cultura norteamericana, algo grandilocuente, que expande sus efectos sin remedio a lo largo y ancho del mundo, igual da que sea por fervorosa alianza o por oposición. Poseen algo infantil ajeno por completo a la mirada europea. Cualquier asunto lo convierten en un espectáculo, como si ese fuera su sino, su destino inexorable. A veces resulta imposible dirimir de dónde les llega esa sensación de constante grandeza y heroidicidad, de hazaña. Es como si nosotros, que ya vivimos la majestuosidad del Imperio Romano o la enormidad de la España de los siglos XVI-XVII, o la colonización inglesa y los grandes proyectos faraónicos de esas familias reales que ocuparon los tronos en media Europa, ya no pudiéramos creer en la historia. La juventud de Estados Unidos quizá les permita todavía aferrarse a la fantasía de su superioridad, de su esencia como nación.

La sociedad norteamericana se sustenta en dos pilares básicos que en el fondo engloban a todos los demás, incluso los falsifican: Dios (la religión) y el dinero. Upton Sinclair lo sabía extraordinariamente bien cuando escribió Petróleo. Quizá aquellos antiguos colonos que pagaron con sangre la ocupación de esos territorios inmensos sean los causantes de una filosofía de esa índole. A excepción de algunas grandes ciudades, como San Francisco o Nueva York, o ciertos sectores ilustrados de la población, Estados Unidos parece a menudo un mundo aparte respecto a Europa. Es el país más rico de la tierra y, sin embargo, sustenta un record de pobreza inigualable en el resto del mundo opulento, posee niveles de bienestar para amplios sectores de la población absolutamente intolerables, aglutina una violencia inusitada en sus calles y niveles de analfabetismo muy superiores a cualquier país europeo. A su vez, lleva en sus entrañas una profunda carga metafórica que produce y exporta su mística por doquier. Es como si supieran de que están hechas las masas, en qué consiste vender cualquier cosa por mediocre o insuficiente que sea.

No en vano, el poeta fundador de la literatura norteamericana no es otro que Walt Whitman y sus cantos heroicos a la naturaleza y a la extensión del continente y sus gentes; algo impensable en nuestra fatigada Europa. Bastaría comparar la tierna inocencia y la hermosa grandeza expresada por Whitman, que publicó Hojas de hierba en 1857, con el refinamiento amargo y profundo, tan oscuro, de Baudelaire, que editó sus Flores del mal en 1855. Casi coetáneos, los separan años luz en muchos aspectos. Es posible que Whitman percibiera Estados Unidos en el fondo como un país lleno de la esperanza de su juventud, una enorme extensión de tierras por descubrir, donde los indios seguían defendiendo sus espacios en algunas zonas y los colonos extendían su dominio; una  sociedad de sueño, de ilusión renovada, donde los pioneros protegían sus miserables posesiones con armas de fuego y su propia vida, mientras que el París de Baudaleire olía a rancio y a humanidad, denotaba el cansancio acumulado de los siglos de civilización europea, la escasa actitud estética de la burguesía dominante y su crueldad para el pueblo, los efectos colaterales del desarrollo científico y económico, lo que provocó en el poeta esa primera conciencia clara de la individualidad atormentada y su tenebrosa relación con la negrura, la queja inicial del hombre espantado ante el progreso inminente y salvaje, ante el poder de la máquina frente a la humanidad primigenia, cercano el momento en que la esperanza de la Ilustración se iban desvaneciendo ante la decrepitud de nuestro mundo; Montesquieu ha muerto, cómo dijeron algunos. Podría estar ahí la diferencia, pero tampoco logro adivinarlo.

Walt Whitman

Charles Buadelaire

La concibo en las novelas de Mark Twain, de nuevo me remito a la palabra inocencia frente a la maldad o la bestialidad de las circunstancias. Es como si los personajes se expusieran desde el principio a sufrir, pero una valentía extraña, algo en el paisaje o una fe inmensa en sus posibilidades, parece empujarles a superarse. Pienso en el Londres abominable de Dickens frente a los libros iniciales de Jack London. El primero atisba el mundo desde su profundidad terrible, desde el conocimiento de los mecanismos de poder y la idea de la injusticia como motor del progreso. Es capaz de la magia a veces, pero se le disipa ante su incredulidad (a excepción de ese bello Cuento de Navidad). Ya no es posible dirimir hacia dónde debemos ir, cual es el destino que deben encauzar los hombres para alcanzar un refugio o un lugar de paz. Dickens esboza sus ideas de justicia y libertad desde un profundo pesimismo. Jack London parece sin embargo afrontar el destino como si estuviera montando un caballo salvaje sin montura, como si azotara con sus espuelas los lomos del animal lleno de la fe de salir airoso. Abre su corazón hasta producirnos cierto rubor, esboza sus teorías sin importarle en exceso la perfección formal, o al menos es la sensación que da, y combate la maldad a través de sus héroes con la inocencia de la bondad y el convencimiento en el futuro. Sería inconcebible un Jack London europeo a principios del siglo XX, hubiera sido una falsificación, un artificio intolerable, y pesar de ello, el Martin Eden, quizá su novela más personal y autobiográfica, nos emociona, nos hace pensar en una especie de evolución intensa y conmovedora del hombre primitivo que describió Rosseau unos siglos atrás, del hombre sin miedo, capaz de saltar el listón que la vida le ponga por alto que esté, una constancia que no se pierde aunque el final de la novela sea dramático.

Encontramos por este camino a la figura de Poe, pero éste funda más que una literatura un género–para algunos es dudosa su fama en términos literarios, aunque eso me importa un pimiento-. Poe y Henry James, cada uno con sus inmensas diferencias, parecen surgir de un lugar intermedio, aspiran a alcanzar un lugar distinto, se sitúan a medio camino entre un lado del océano atlántico y el otro. Quizá Henry James sea el más europeo de los autores norteamericanos, encuadrándose -y superando- en el contexto de la literatura victoriana, sofisticado en sus asuntos y excelente y arrollador en su prosa.

A Withman se le describe a menudo como a un Homero perdido por Estados Unidos, durmiendo a la intemperie, arrastrando sus huesos fatigados y su áspera y frondosa barba de la punta Este a la Oeste. Desconozco la veracidad de esa imagen, lo reseñable es que se iniciaba una mística, una metáfora fundacional de las letras norteamericanas. Un país y su naturaleza dispuesta a ser vencida y/o contemplada. Los colonos y aventureros arrastraban sus carromatos y se instalaban buscando el porvenir en lugares perdidos y polvorientos, buscaban oro, las promesas de una vida mejor, lugares ariscos y extraños en los que iniciar un camino posible. Whitman, o al menos eso pienso, vence a Poe por goleada para establecer los hechos iniciáticos de la literatura americana. El viejo Edgar influyó mucho más en Baudelaire –que le dedicó un libro crítico y algunos ensayos- y los simbolistas franceses que en los escritores posteriores de su país. Era demasiado oscuro. Incluso cuando la contracultura surgió como una fuerza alternativa al sueño americano, y llenó el siglo XX de textos incendiarios, les insuflaba el mismo respeto por la grandeza de Whitman, que no era otra cosa que la metáfora de su país con todas sus contradicciones. Mientras los existencialistas franceses pensaban en la cuestión de Dios y la responsabilidad del hombre, el mito de Sísifo o el sentido del ser, los norteamericanos seguían generando iconos como Gatsby o cualquiera de los duros personajes de Hemingway o ese tierno y tramposo anciano, de El viejo y el mar. Moby Dick, para buena parte de la crítica fue unos de los pasos mayúsculos que dio la novela moderna, editada seis años antes que Madame Bovary de Flaubert y catorce años después de Las ilusiones perdidas de Balzac. De nuevo una obra construida en torno a un gigantesco símbolo, la ballena blanca, como si fuera un presagio. Moby Dick y ese capitán Ahab, de nombre y figura tan bíblica, que sufre la ira de la impotencia, el fanatismo de una idea cegadora a pesar de sus aciagas consecuencias. Quizá fuera más metafísica la historia que otras que llegaron después, pero siempre desde esos códigos exquisitos de la novelística norteamericana, obsesionada por la narración por encima de las intromisiones del narrador, pero, de alguna manera, la obra emparenta, no sólo por contemporaneidad, sino por la idea general de la literatura de su país, con Hojas de Hierba.

Franz Kafka

Marcel Proust

Estados Unidos surge ante nuestros ojos majestuoso. Descomunales extensiones de naturaleza a la vista, hombres curtidos al sol, obsesionados con una idea y un objetivo, cargados hasta los ojos de remordimientos y culpa, de religión, de un fanatismo y un silencio conmovedores. Cientos de miles, millones de Ahab pululando por esas tierras. El culto al individuo, algo que forma parte de la esencia espiritual de los USA, impregna su literatura. Todo Estados Unidos es una inmensa maquinaria de construir héroes solitarios, desde los grandes protagonistas de sus obras literarias o cinematográficas destacadas, hasta los aventureros que fundaron el país, pasando por los superhéroes valerosos o esos iconos de la televisión o el cómic, giran en torno a esa idea central del individuo como causante y vencedor (o perdedor en esa otra literatura norteamericana destacable, pero al fin y al cabo perdedores construidos con los mismos mimbres). Qué sería de las novelas de Henry Miller, de Hemingway o Fitzgerald sin ese culto extremo a la individualidad. El individuo es responsable de todos sus actos, tiene que enfrentarse a los hechos, resolverlos, se busca su destino y lo merece, sea donde sea, cambia de lugar, de vida, se reencuentra después de perderse. La primera contracultura norteamericana no dejó de mostrarse completamente seducida por ese hecho individual, no en vano lo utilizó como protesta contra el fin de la inocencia que percibía ante el celo del poder, las grietas y cierta oscuridad del sueño americano. Si para muchos de los defensores del famoso sueño la libertad económica individual y la propiedad privada bastaban para definir la esencia del país, para construir su religión y un motor de progreso, para los más críticos, para aquellos que establecieron otros lugares para la narrativa norteamericana, la oposición surgía en el fondo de un espacio similar. Piensen En el camino de Jack Kerouack si a este se le hubiera ocurrido renunciar a la individualidad como arma arrojadiza, en una novela sobre la libertad personal, casi una caricatura del sentido intransferible de esa experiencia humana.  El pudor que sobra en Europa, supongo a causa de nuestro aprendizaje o a la barbarie de nuestra historia, cobra auténtica forma en norteamérica en distintos ámbitos. Ya no es el ser lo que sostiene el trasunto de la novela, sino la acción del individuo, sus infinitas posibilidades de movimiento. Acción, violencia, aunque también profundidad, de nuevo el dibujo familiar de toda esa cultura que engloba a muchas en su seno.

Mientras Kafka, a comienzos del siglo XX, despojaba parte del sentido de la palabra individuo, y anticipaba de alguna forma el advenimiento de las grandes utopías antihumanistas, al supeditar a sus personajes a unas fuerzas aleatorias, incomprensibles e inexorables que empujaban la vida hacia lugares no deseados, llenos de puntos muertos y rincones de absurdo, fuera con el humor negro de sus formas narrativas o con la angustia de las encrucijadas inevitables, los norteamericanos siguen ensalzando la figura individual por encima de cualquier otra posible reflexión sobre el mundo, como si no hubieran perdido la esperanza en ese sueño, sea desde la literatura de esos autores adorados por la crítica y una buena parte del público europeo, o desde los peores libros imaginables que, sin embargo, venden como churros a lo largo y ancho de la tierra. Inspira confianza ese culto tan norteamericano al héroe. Siempre nos salvarán de alguna de nuestras desgracias.

El canon norteamericano, por más que lo desee Harold Bloom, salvo contadas excepciones, no parte de Shakespeare, sino de La Odisea de Homero. El país de la aventura constituye sus mitos desde el viaje, desde la carretera o el mar, de las altas finanzas o los suburbios, desde cualquier lugar susceptible de ser identificado como inicio de trayecto, rara vez desde la inmovilidad o la contemplación.

Juan Carlos Onetti

Charles Bukowski

Todo esto son aproximaciones, de alguna forma un intento de aunar características que se repiten, no un dogma de fe. Hace años, tuve la fortuna de escribir un artículo junto a otros autores en un especial literario dedicado a Juan Carlos Onetti, uno de los escritores más significativos del siglo XX en lengua española. La época me fue propicia para establecer una comparativa con la obra de Charles Bukowski, muy en boga en determinados ambientes por entonces. Conocía la práctica totalidad de la literatura de ambos, y el ejercicio resultó demoledor para el borracho de Los Ángeles, incluso cuando debo agradecerle sin duda que me hiciera recuperar pasiones lectoras en cierto momento de mi adolescencia, y algunas virtudes más razonadas y menos pasionales que las que adoré hace años de él. Había en aquel texto una idea que rescato ahora. Bukowski (como la mayor parte de lo que viene de Estados Unidos) es hiperactivo en comparación con Onetti y sus personajes, siendo ambos narradores del desastre, escritores de la derrota. El mundo del lumpen onettiano tiene una languidez contemplativa, pertenece a esa América Latina literaria tan europea que se cultiva en Argentina y en Uruguay. Los personajes de Onetti piensan despacio y confuso, fuman, se duelen lentos, y aman con desgana, mientras esbozan sus fracasos. Son un compendió de características basado en la antítesis del movimiento, contrarios a la velocidad. Las putas y los borrachos de Bukoswki corren despavoridos, se protegen aterrados entre cuatro paredes pero aún  así no reposan, no están tranquilos y se ven empujados a la verborrea y el ruido. Hank, el alter ego de Bukowski, bebe compulsivamente, busca un trabajo tras otro para sobrevivir, aspira a alcanzar algún día la normalidad virulenta e incesante de su país.  Entre Bukoswki y Onetti, sin entrar ahora en el valor de su literatura, se atisbaba entre otras, la diferencia entre el sueño americano y su enloquecedora dinámica de la acción y la reflexión europea o latinoamericana. Hagan lo mismo entre Raymond Chandler y Georges Simenon. O planteen un juego que compare los cuentos de Raymond Carver con los de Albert Camus o Dino Buzzati. Pienso en Salinger; hagan una lectura pareja entre Salinger y Miguel Delibes, intenten una lectura paralela entre los paisajes de infancia de ambos, o mezclen La ciudad y los perros de Vargas Llosa con cualquier novela de Cormac McCarthy o de Tom Spanbauer.

Hay un hecho fundamental que retomo de la literatura norteamericana, algo que maneja con soltura y en la que es superior a la europea, aunque establecer diferencias sin cesar me resulte engorroso, o surja en el fondo de cierta subjetividad obligada -al fin y al cabo, toda la buena literatura no deja de ser otra cosa que literatura, y es complejo, e inútil a menudo, encasillarla en naciones o movimientos-, y es el manejo que sus autores hacen de lo popular, sin que sea esta una característica negativa ni mucho menos, por lo menos hasta hace muy poco. Alrededor del término popular, no puedo evitar manejar distintos significados, e incluso, lo siento de un modo distinto en función de la época histórica en la que se produce la mención al adjetivo. No es lo mismo una obra popular en 1960 que en nuestro momento histórico. De alguna forma, lo popular se define en el ámbito de una resistencia o una capacidad de conexión con un público abundante y muy variado en cuanto a formación cultural, educación e intereses. Conrad o Stevenson fueron extraordinarios novelistas de gran popularidad, lo mismo que Victor Hugo o Balzac. El problema del término popular se complica en los últimos veinticinco años, quizá porque el desarrollo de los medios de comunicación, el poder mediático de ciertas compañías editoriales o productoras cinematográficas o musicales, en un mundo globalizado por entero como el nuestro, tiene más que ver con el marketing o la publicidad, con los vendedores que gobiernan el mundo, que con esos valores maravillosos, incontestables y positivos que encierra esa expresión. Ahora, lo popular se convierte en una similitud de masa, pero no con el juicio crítico y el sentido común del ciudadano medio, sino con la manipulación y la premura del consumidor. Cuando hablo de la facilidad de los norteamericanos para conectar con lo popular, me refiero, o al menos es lo que pretendo, al hecho de que su literatura siempre contó con el posible lector, con el receptor. Parece una perogrullada, y probablemente lo sea, pero tengo la sensación de que el ensimismamiento -que no la pedantería o el esnobismo- es una condición más propia de lo autores europeos, que mantienen, de alguna manera, esa mística del escritor ausente, del escritor encerrado que escribe para sí; ese aura de artista en su concepción del oficio.  Al otro lado del continente, la sensación es que los novelistas escriben más hacia fuera, consideran educadamente al lector que tendrán. Vivir en un mundo tan consciente de su movimiento como le sucedió a la mayor parte de los autores de los Estados Unidos les indicó un camino distinto, menos árido para el receptor a menudo. Su manejo de la frase corta, de la literatura directa sin adornos, en la que parecen ausentes elementos intelectuales a simple vista, una preponderancia de la narración dirigida hacia la acción en vez de a la reflexión o a la argumentación, y el trasunto de temas populares que contienen, incluso cuando pretendieron violar ciertas reglas sociales, fueron de alguna manera anticipando la extinción de las novelas totales europeas, ese intento artístico de englobar la totalidad del mundo común a Dostoiesvki y a Tolstoi, a Proust, a Thomas Mann, a Robert Musil, a Herman Broch o a James Joyce, no por capricho tal vez, sino que porque comenzaron a entender que de ello dependía su supervivencia. Supeditaban el genio al hecho de contar. Parece un gesto de modestia, y tenían razón. Con los existencialistas franceses, podemos afirmar la extinción de los intelectuales que intervenían en ámbitos distintos de la literatura como la política, la filosofía, la sociología o la psicología. Intelectual es hoy en día una palabra convertida casi en una lacra, en una pesada losa para las masas, utilizada para insultar. Esa tendencia clara de la literatura norteamericana ha producido sin embargo obras maestras memorables (también abominables y exitosas novelas cuyo predicamento resulta incomprensible). Pero en el fondo, la mala literatura norteamericana, como la europea, adolece de lo mismo. La buena, posee elementos comunes a pesar de las características propias de su nación o de su corriente artística que borran las fronteras.

¿Por qué llegar a este punto de comparaciones? Quizá porque situar a Richard Ford en el contexto de su propia literatura requería de un acercamiento similar para poder afrontar su lugar con alguna garantía. Richard Ford maneja elementos distintos, y a la vez numerosos comunes, del resto de su tradición literaria, pero hay diferencias de peso que lo hacen original y probablemente uno de los más interesantes de los autores estadounidenses vivos. De La última oportunidad a Acción de Gracias surge un camino fascinante que convierte la inicial esencia metafórica del narrador en una fuerza poderosa posterior, dotando a su obra literaria reciente de características y posibilidades mucho más ambiciosas.

Richard Ford

LA TRILOGÍA AMERICANA DE RICHARD FORD.

El 20 de enero del año 1900, Joyce dio una conferencia en la University College Literary and Historical Society, titulada “Drama and Life”. En uno de los momentos que hay registrados sobre su discurso, dijo lo siguiente:   “Sin embargo, creo que de la terrible monotonía de la vida se puede extraer un poco de esencia dramática. Incluso la gente más vulgar, los más muertos entre los vivientes, pueden tener su papel en un gran drama”. El camino de la intertextualidad o de la influencia sería un asunto excesivo para estas líneas, sin embargo, si James Joyce fue capaz de establecer a partir del su discurso de 1900 la consumación de su arte y escribir el Ulysses, sin duda alguna Ford, bien fuera directamente a través de sus palabras, o por medio de la obra cumbre de Joyce u otras lecturas derivadas de la misma que cayeron en sus manos, afines en su esencia o en su sentido estético, sin duda utilizó esa idea para escribir sus tres últimas novelas. A través de Frank Bascombe y sus insignificantes dramas (insignificantes respecto a la enormidad de la evolución del mundo), las tres novelas que llevamos entre manos urden una intensísima tragicomedia que recorre no sólo de un modo extraordinario su vida, sino la historia reciente de los Estados Unidos, sin hacer uso de sus más excelsos acontecimientos más que como un dato en sordina, en apariencia alejado de la realidad de los sucesos, más bien eligiendo el verdadero efecto de esos eventos  en el individuo, en Bascombe y en los personajes que vamos encontrando a lo largo de las más de dos mil páginas que componen la trilogía americana de Ford. Examinar esos efectos y su camino constante de cambio en los ciudadanos, cambios lentos, que van posándose sobre el subconsciente colectivo despacio, modificando lentamente su identidad, y empujando posteriormente, poco a poco, a los mismos hacía otros lugares o en otras direcciones, aunque sea sin concebir de manera lógica esa realidad, no es un asunto baladí o al alcance de ser contado por cualquiera. Llamarle americana tampoco creo que sea demasiado acertado por mi parte, pero utilizaré esa adjetivo si bien es cierto que toda la novelística anterior de Richard Ford se sitúa en Estados Unidos, en su cultura, en su ambiente físico y espiritual, pero tal vez, denominar americanas a estas tres novelas me permite una diferencia basada en la superioridad, y por ello más adecuada para seguir el camino emprendido

En 1986 encontramos a Frank Bascombe ejerciendo de periodista deportivo. Escoger semejante profesión para un personaje de ficción no es un asunto que debamos pasar por alto. Si miran a su alrededor, observarán que una de las nuevas religiones de nuestros tiempos, desde hace ya bastantes años, es el deporte. El periódico con mayor tirada nacional es el Marca, cuyo valor periodístico -y no digamos literario- se haya bajo mínimos, bordeando los limites que separan al analfabeto funcional del analfabeto puro. Lo popular hace ya décadas  que dejó de tratar asuntos importantes o esenciales de la vida –por más que les peses a los nuevos aduladores de la cultura de masas-, y se limita, en periodos de expansión económica como los que hemos vivido, a conformarse con cierto bienestar pecuniario sin molestias, a cierta pereza intelectual que al aburrirse busca otra vuelta de tuerca hedonista, a inventar  héroes de barro, simplezas como entretenimiento, espectáculos banales como elementos de ocio, y que mejor lugar para confrontar los sueños de las masas que ensalzando la labor de los deportistas, sumidos sin remedio en un universo glamouroso de belleza física y riqueza notoria. Richard Ford intuía que el meollo de la sociedad norteamericana de la época encontraba su lugar esencial en el deporte, en los héroes de la pelota, en los atletas que evocaban el esplendor superficial de una nación. De cierto modo, hasta los dictadores fueron conscientes de la facilidad y la tentación de las masas para adorar a los vencedores, y asociarlo a la santidad y a la salud del deporte, así como a sus indudables valores estéticos respecto al cuerpo, sin duda es una mezcla de triunfo seguro. Hay ejemplos notorios que hacen efectiva esta idea, y se puede constatar en aquel primer gobierno de Hitler que organizó las Olimpiadas de 1936, pocos años antes de que Alemania iniciara la segunda guerra mundial. Tampoco escucharán nada en contra respecto a lo que supuso el campeonato mundial de fútbol de 1978, en plena dictadura Argentina. Mientras Kempes y Bertoni marcaban los goles de la victoria en la prórroga de la final contra Holanda, en aquel estadio ya famoso lleno de guirnaldas, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo y provocaron el grito feliz de un pueblo, miles de argentinos eran torturados y asesinados en subterráneos, colegios y academias militares esparcidas en un siniestro recorrido por el Buenos Aires de la represión. El comunismo soviético hizo evidente a su vez este axioma ya casi incontestable; había que crear ídolos para las masas y el deporte permitía este aliento heroico de superación y victoria que excitaba la adrenalina de los simples, provocaba el aplauso y resaltaba el orgullo de un pueblo ante sus logros, por insulsos que fueran. Superación, esfuerzo, sacrifico y triunfo como emblema. Richard Ford sabía que la celebración deportiva en Estados Unidos, a pesar de tener características distintas, ejercía un ascendente similar en la sociedad, aunque sólo fuera por lo fácilmente que entroncaba con los valores nacionales, y jugaba, además, con la riqueza que acarreaba consigo, amén de los valores descritos de pertenencia y jactancia nacional. Es evidente por otra parte que cualquier novela o película o descubrimiento científico que surja en cualquier parte del mundo, por muy importante que sean sus repercusiones o su valor intrínseco, por mucho que provoque el bienestar de un gran numero de personas o encamine  a un pueblo a la supervivencia, a su desarrollo o a la mejora, no será nada comparable con lo que acontece en una final del campeonato nacional de béisbol, de baloncesto o de rugby americano, o en esos mundiales de fútbol que cada cuatro años inundan masivamente los televisores de medio planeta. Richard Ford situó a Frank Bascombe en un lugar privilegiado. Era, tal y como reza el título de la primera novela de la trilogía, el periodista deportivo.


Pero el valor de estas tres novelas está más allá de la cualidad reseñable de rememorar hechos históricos, políticos o sociales más o menos conocidos de Estados Unidos, por mucha potencia mundial que se trate. La trilogía, es sobre todo gran literatura. Las tres obras comienza con un viaje. En El periodista deportivo, Bascombe se desplaza por el país reseñando eventos deportivos. Vive una relación erótico-amorosa, con Viki, personaje que a la postre aparecerá también, o más bien una referencia a ella, en el último de los volúmenes, Acción de gracias, con cierta distancia, como si el autor, veinte años después, observara en aquel amor esporádico algo escasamente trascendental. No en vano, lo que recuerda Frank con mayor nitidez son los pechos de Viki, y aunque es amigo, por una casualidad, de su padre, y éste le invita el día de acción de gracias a comer, anunciándole que ella pasará la fiesta en su casa, quizá pretendiendo que ambos vuelvan a verse, Bascombe lo evita a las primeras de cambio, convencido de que no será una buena idea. En ese momento el tiempo novelesco pasa a ser vital con tal autenticidad, que uno comprende como las dos décadas transcurridas han hecho atisbar el hecho erótico y amoroso de una forma tan distinta. Frank, recuperándose de una compleja operación contra su cáncer de próstata, observa el objeto antaño sensual con una tierna condescendencia. Como siempre, el viaje personal del protagonista organiza la narración, y supone una profunda reflexión respecto a todo lo que ve a su paso. Su mirada va reflejando los matices de la sociedad que palpita ante sus ojos, y en ese continuo observar y meditar, en esa interacción, Bascombe trasciende de lo meramente descriptivo, se adentra en discursos apasionantes. En él no encontraremos el aliento heroico de Moby Dick que tanto adora la crítica seria norteamericana, ni tampoco los excesos solitarios de los héroes que otros autores retrataron tan extraordinariamente bien. Bascombe no posee un lirismo exacerbado, ni una causa que defender y vencer, ni siquiera le oiremos quejarse en exceso, o exponer su voluntad hacia a un fin incuestionable, como si tuviera que ascender una pendiente porque en ello le va la vida. Se aleja por completo de los asuntos de la novela negra, también de la novela sureña, con esos personajes atormentados y oscuros que transitan entre las pasiones del cuerpo y las del alma. Tarantino seguramente se espantaría ante cualquiera de las tres novelas de Ford. Al cineasta la va la mística yankee, aunque se empeñe en mostrar su lado irónico, su aspecto más opuesto y subversivo en apariencia. Los protagonistas de Cormac McCarthy, aunque a años luz de los dibujos animados para niños y adolescentes gamberros de Tarantino por profundidad, hondura, claridad y talento narrativo, comparten sin embargo esa apropiación shakesperiana de la tragedia individual; son de Hamlet, no pertenecen al Shakespeare más colectivo –suena fatal esta frase, aunque me refiero a ese aliento más general y coral que impregna algunas de sus obras teatrales-.


A Estados Unidos le tienta la mística del individuo como ya escribí antes, forma parte de su cultura de base, de los valores que empujan y promueven los cambios en cada estamento de su sociedad. El hombre hecho a sí mismo. El hombre que gana su destino –o lo pierde en la mayoría de los casos-. Bascombe se me antoja más parecido a un escéptico europeo inmerso en la cultura americana. Viene de allí, sería impensable, aun con su diferencia, que guiara esas novelas como lo hace si fuera parisino o londinense, si viviera en Roma o tomara tapas y cañas en los bares de Madrid. Eso tampoco es demasiado importante, pero mencionarlo supone un hecho reseñable para mí. Tiene gestos externos reconocibles en los que se identifica con su país, ciertos espasmos ante la bandera o el himno, una mirada en exceso respetuosa a la figura del presidente (y eso que la historia lo desmiente con cierta recurrencia), un gusto estético concreto respecto a ciertas excentricidades, o unos hábitos alimenticios que causarían una cierta sonrisa en un gourmet francés o español. Sin embargo, su mirada posee una cierta frialdad hacia el contexto nada lírica, sus pasiones se limitan a lo largo de las páginas que protagoniza a ese juego de seducciones, encuentros sexuales, esporádicos que ocupan su vida en la primera parte, en El periodista deportivo, a infidelidades y hechos por los que oscila sin implicarse; luego refina sus percepciones. El día de la independencia posee una nostalgia agudísima, y se centra en la paternidad y en la decisión de construir el amor, mientras Bascombe observa el paisaje de los USA con el pavor y el ojo clínico del agente inmobiliario. En Acción de Gracias el círculo se va cerrando, el paso del tiempo va devorando la energía y surge un equilibrio posible que al alterarse genera el hilo dramático de la historia. Comparado con el héroe de La última oportunidad, mister Quinn, Bascombe, desde el primer párrafo en el que asumió el protagonismo de la novelística de Richard Ford, convierte al otro en un papanatas que resuelve a lo bruto problemillas sin trascendencia. Es como si la evolución del propio escritor hubiera alimentado día a día, aun siendo un personaje de ficción, la vida de Frank, ofreciendo no sólo la belleza auténtica de tres novelas admirables, sino un reflejo de la trayectoria de un escritor con oficio hasta llegar a la figura de un artista brillante y original, a un autor con trazas de perpetuarse si la historia de la literatura sobrevive.

Casi todo lo norteamericano nos es familiar, es inevitable después de cientos de series y películas, novelas, canciones. Richard Ford escribe desde la universalidad de sus elementos culturales para hacernos cercano casi todo lo que Bascombe observa, o quizá porque esa realidad es lo único que le interesa. La poesía que contiene El periodista deportivo, la tragedia que se repetirá como una maldición en el resto de las narraciones, el modo en que este hombre se aproxima a dos días claves de celebración en Estados Unidos, el Día de la independencia y Acción de gracias, marcan el espíritu vivo, inquieto y crítico, de un ciudadano norteamericano que soñó en su juventud con ser escritor, que logró un cierto éxito con una novela años atrás y que, por circunstancias, prefirió posteriormente dedicarse a tareas menos elevadas en apariencia y más fructíferas en lo económico. La practicidad de Bascombe nos resulta en ocasiones casi dolorosa, como si afectara a la nuestra, la que surge de nuestras renuncias. Expresar el valor de las cosas en un país que todo lo vende y todo lo compra (un proceso similar al que se han visto abocadas las sociedades europeas) hace enterrar lo sagrado de lo humano, pero al mismo tiempo, ese hálito inevitable de nuestra esencia, eso que de alguna forma termina por definirnos mucho más que las propiedades o los números que figuran en nuestra cuenta corriente, surge a borbotones en medio de la normalidad de Bascombe.  Su afán por racionalizar aquellos elementos que aparecen en su camino, es un intento de establecer vínculos racionales con casi todo lo que le afecta en menor o en mayor medida, sea en la aceptación o en la absoluta negación, incluso cómo asimila lo irracional de cualquier destino, esas partes incontrolables de nuestro ser que laten, el dolor, el deseo, el erotismo y la trascendencia, van tejiendo una tela de araña en la que Ford nos atrapa para expresar, al final, el sentido de una vida, para acompañar a alguien que podría ser nuestro vecino, sin que nos espante la cercanía, sino al contrario, haciendo surgir un curioso interés. No en vano, una de la novelas españolas recientes más destacadas que he podido leer es Crematorio de Rafael Chirbes, y fue increíble adentrarme en las razones de un atípico constructor, ese tipo de persona detestable que una buena parte de la sociedad rechaza por la inercia y por su falta de respeto hacia el entorno, o por su vulgar exhibición por doquier, tan corriente, de su riqueza y poder, hasta el punto de habernos hecho aplaudir inicialmente -sin pensar en las repercusiones para otras miles de gentes que han ido aconteciendo- la actual crisis inmobiliaria. Bascombe es distinto al ciudadano medio americano, pero a la vez exhibe ese lado cotidiano y popular. No puede elevarse por encima de las necesidades de los otros, le es imposible, vive entre ellos, incluso con cierta holgura económica, pero esta inmerso en ese ámbito, y además, se gana la vida en un principio retransmitiendo eventos deportivos, reproduciendo entrevistas a deportistas o dirigentes de clubes de béisbol y hockey, a personajes de toda índole que pueblan el mundo del deporte. De alguna manera se adentra como todos en la vacuidad de un mundo que carece de entereza moral, de contacto con la esencial y lo sagrado, pero sobrevive entre ellos, lo observa curioso, a veces admirado, otras aterrorizado como si atisbara el final de una civilización, o la decadencia de ese vacío que sin remedio le atrapa. No es prepotente ni siquiera desde la distancia entre él y lo que contempla, no surge un discurso desde la pureza o el endiosamiento, forma parte de todo ello, alimenta su propia existencia, acude la mediocridad con los restos de su matrimonio desecho, con la dolorosa muerte de su hijo. En su renuncia a ser escritor, quizá porque imagina que es imposible, que su camino no puede estar ahí porque el mundo en el que vive niega esa idea, en su pequeño desplazamiento de un espacio a otro, empeñado tan sólo en sobrevivir y en comprender una milésima parte de lo que sucede a su alrededor, modesto mas empecinado en ello, sabio al rozar  esa conclusión sana y coherente de que ir más lejos es inútil, se halla su identidad literaria.

Richard Ford es un escritor de miniaturas, de cuadros casi estáticos que conforman un poso luminoso y lúcido para la comedia/tragedia contemporánea, y con eso, a pesar de que sus novelas cubren como mucho una semana en la vida de Bascombe, teje textos apasionantes que escapan de lo supuestamente aburrido de la cotidianeidad. Su prosa permite esa lentitud. Los puntos de vista que escoge hacen amena cualquier descripción, porque terminamos asociándola con lo fundamental de la historia en la que nos hemos introducido irremediablemente, con el discurso, a veces insignificante, del protagonista, con su mirada y su rara simbiosis con el paisaje y sus habitantes. Debo reconocer que entre lectores muy afines y agudos, siempre he encontrado debilidad por autores considerados intelectualmente más elevados que Ford, como es el caso de Roth o de Norman Mailer y, sin embargo, creo que ninguno como él entendió de que estaba hecha en verdad esa mística norteamericana, y lo hizo de la manera más original posible, convirtiendo al protagonista de su trilogía en la antítesis de muchos de los modelos narrativos norteamericanos.

DE LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD A ACCIÓN DE GRACIAS

Volviendo al ya famoso ex secretario y crítico literario de la Academia sueca, Mr. Engdahl, debemos reconocer que el paisaje de las letras norteamericanas, por mucho que nos pese a sus admiradores  o a sus autores, es efectivamente endógeno, pertenece casi siempre al ámbito cerrado de su sociedad y su historia, y sólo su enorme poderío cultural y simbólico, fruto de una colonización asombrosa, su facilidad expresiva, lo hace reconocible, pero eso no justifica, y de aquí la crítica del sueco, su excesivo provincianismo. Que su literatura enlace mejor con los gustos populares del lector medio de cualquier país occidental no parece una razón de peso en sí misma. Sus malos escritores -precisamente los malos son los que se aúpan con mayor facilidad a los puesto de superventas- siguen el mismo rumbo, hablan de sí mismos, de su sociedad infantil, sin esfuerzo aparente por entender o dudar del valor de su arte, de sus exabruptos individuales, de sus miedos y fobias, que ya son cercanos a los nuestros, tan fácilmente reconocibles por el resto del mundo, eso es verdad. La única excepción que yo incluiría en esta lista de escritores vivos o contemporáneos, sin menospreciar a los autores norteamericanos que adoro aunque pequen de la misma tendencia, sería la endemoniada imaginación de Thomas Pynchon, o la capacidad de síntesis y mito del Salinger de El guardián entre el centeno y esos extraños cuentos llenos de huellas primigenias y, sobre todo, a pesar de haber escrito una trilogía profunda e irrenunciablemente norteamericana,  a Richard Ford. La razón de incluir a este último se halla no sólo en su enorme calidad literaria, sino también en un premio subjetivo que deberíamos concederle por la enorme diferencia que hay entre La última oportunidad y Acción de Gracias, abismo que, de cierta manera, ejemplifica el paso de una literatura cerrada en sus límites fronterizos, a una obra abierta que aspira a conquistar lectores  lúcidos donde quiera que sea leída.

La última oportunidad de Richard Ford es una novela editada en 1981. Cuenta la peripecia de Quinn, un excombatiente de Vietnam, que llega a México para ayudar al hermano de una ex novia a la que dejó para adentrarse en una vida solitaria y auténtica. Pura norteamericana de vodevil, como nuestros mejores textos de enredos. Contar el argumento es llenarse de tópicos por doquier. Lo siento por mi estimado Richard Ford. Quinn se entera de que Sonny –así se llama el hermanito- está encarcelado en una prisión de Oxaca por un asunto de drogas. Rae, la hermana y ex muchacha del ex soldado, decide pedir ayuda al solitario y duro ex amante quien, como buen yankee intrépido y noble, acude a responder a la llamada de auxilio del amor. Inician allí, en medio de la miseria mexicana, siempre intensificada por las opiniones cargantes de Quinn sobre el país, un tórrido romance después de no verse en mucho tiempo. Es un auténtico héroe el chico. Honesto, duro como una piedra, de gatillo fácil y mirada aguda, silencioso como un monje, preparado como uno de eso boinas verdes de las abominables películas de Stallone. Se deja guiar en México por un extraño abogado medio norteamericano medio mexicano. La chica trae el dinero que les pide el picapleitos para sacar al brother del presidio. Quinn decide esconderlo en un bungalow que ha alquilado ¿no se imaginan dónde?. Es fácil, ni siquiera lo digo. Se infiltran discretos en el submundo de los narcos, sufren una serie de peripecias, incluida una entrevista con uno de los capos y su lasciva mujer, quien, por supuesto, se quiere ventilar al fornido muchacho americano. A mitad de la novela, comienza a descubrir que los únicos buenos que pueblan México son ellos dos, Quinn y la estupenda Rae, y que el tal Sonny, el hermanito, es un sinvergüenza de aúpa que ha escondido una parte de la droga.  Quinn escupe contra México cada vez que abre los ojos. A partir de cierto momento, los dos tortolitos, jugando con fuego, piensan que Sonny les importa menos que las jotas aragonesas y la antipatía del país les obliga a tomar una decisión, sobre todo cuando cosen a balazos al pobre abogado, que va de misterioso, y a las ciento cincuenta páginas lo fulminan sin piedad. No revelaré el final, por si alguien desea leerlo.  Hay que reconocerle a Richard Ford, a pesar de lo irónico de la descripción anterior, el ejercicio de estilo, o al menos, ese oficio que luego veremos desarrollado espectacularmente en la trilogía; como asimiló maneras para sobrellevar un argumento por trivial que fuera, de qué modo comenzó a experimentar con la interacción del espacio novelesco y los personajes,  con el tiempo narrativo o la emoción humana. La prosa es ágil, sin duda, propia de la novela negra; en ocasiones paródica, pero el libro emana una seriedad que invita a pensar que lo escribió convencido de la historia y no para burlarse de ciertos estereotipos. Compuesta con frases cortas, es justo destacar al menos lo ameno que desprenden sus páginas.

Es curioso que a raíz de la edición de La última oportunidad, Ford se dedicara a trabajar para el New York Magazine Sport, precisamente como periodista deportivo, y dejara de escribir ficción hasta la publicación en 1986 de El periodista deportivo, que le proporcionó los galardones literarios más importantes de su país. La evolución acontecida en esos cinco años es un misterio. Es posible que algunos lectores prefieran la velocidad de piernas y gatillo de Mister Quinn que la tierna tristeza del señor Bascombe. Están en su derecho. Pero sin duda, entre una y otra novela –o personaje- existe una distancia sideral, la de un autor que ha hallado su voz, un personaje rico y complejo, auténtico e irrepetible, una escritura magnífica y una capacidad narrativa magistral. Es como si de repente se me ocurriera comparar una canción de nuestros juguetones Bee Gees con la Segunda sinfonía de Jean Sibelius. Richard Ford dio un giro radical a la temática de sus libros. De una ficción policíaca, empecinada  inútilmente en captar la atención con una tensión llena de hallazgos tramposos, dio un paso hacia una literatura profunda y veraz, cargada de sabiduría y extraordinarios momentos narrativos. ´

Parte de la crítica, incluso alguna seria perteneciente a medios de comunicación importantes, tachó Acción de gracias con la etiqueta de hiperrealista, algo asombroso. Fue como un contagio que termina desmitificar a buena parte de los críticos. Cualquier mención a lo hiper me pone los pelos de punta, pero encima aplicarla a una novela que no se adecua al adjetivo ni con calzador, me resulta desolador. Es difícil creer en ciertos grupos literarios (o editores) que se apoyan entre sí con alevosía y compadreo, y que juegan a decidir el destino de la literatura desde sus lugares privilegiados. Hiperrealismo, según el diccionario de la RAE posee una definición sencilla: Realismo exacerbado. En arte, se llamó hiperrealismo a esa tendencia artística que proponía retratar la realidad con más fidelidad y objetividad que la fotografía. ¿Qué tendrá que ver Acción de Gracias con el hiperrealismo?. Supongo que lo mismo que con la Santísima Trinidad.

La novela tiene un tono realista en la medida en que describe mundos familiares y situaciones verosímiles para la mayor parte de los lectores, pero no deja de ser otra cosa que un viaje lleno de la subjetividad y la personalidad de Frank Bascombe, a través de cuyos ojos percibimos la realidad que evoca la obra. Aquí no hay excesos de exactitud, ni tampoco un acercamiento detallado a la realidad, es justo lo contrario de lo que significa el hiperrealismo. No hay un fotógrafo/narrador omnisciente que se encarga de retratarnos con precisión el mundo, ni se detallan los hechos más allá de la experiencia emocional e intelectual de Bascombe y sus efectos en su devenir. Al contrario, las tres novelas me parecen construidas de retazos, impresiones vagas algunas, otras más desarrolladas, reflexiones del protagonista, y a lo sumo, se atisba esa verisimilitud que mencioné, lo que podría indicar al crítico de turno que no se trata de una obra de ciencia-ficción, nada que lleve afirmar que estamos ante una novela hiperrealista.

Bascombe era un escritor que abandonó la literatura para dedicarse a  escribir artículos sobre deportes y posteriormente volvió a cambiar de profesión en El Día de la independencia: Agente Inmobiliario, labor que sigue ejerciendo en Acción de gracias, más para entretenerse, por la inercia de años haciendo lo mismo, o para relacionarse con otras personas aunque sea en la superficialidad de un servicio profesional, quizá para sentirse vivo después de sufrir un cáncer de próstata y empezar a percibir la finitud de la existencia.


La profesión de Bascombe en las dos últimas novelas tampoco es casual, revela hasta qué punto Ford era consciente de los mecanismos económicos que empujan el movimiento económico de su país, la importancia capital que tuvo en el desarrollo económico de los noventa y la década primera del nuevo siglo el sector inmobiliario, justo hasta el inicio de la crisis. Acción de gracias tiene una cierta obsesión por el urbanismo, pero no hay que asustarse. Responde a impresiones del protagonista, ágiles descripciones nada complejas de seguir. A través de él podemos comprender la evolución del estado en el que reside, cercano al mar, las subidas y las bajadas de los precios de las distintas zonas urbanas o residenciales, las variadas  causas que afectan al valor de las viviendas y a los barrios. A través de los edificios, identifica los cambios propiciados por el boom inmobiliario en el paisaje, que modifica a velocidad de vértigo el estatus de los distritos, sus costes, el tipo de habitantes que los ocupa, produciendo en su veloz desarrollo la inesperada marginación de ciertas zonas o una riqueza inesperada en otras.

Bascombe tiene ahora una edad avanzada. Estamos en el año 2000, a punto de dirimirse la presidencia de los Estados Unidos entre Al Gore y Georges Bush. Elegir esa fechas para situar la acción vuelve a ser una de esas elecciones brillantes de Ford. No en vano conocemos el resultado nefasto de aquella votación robada en Florida. Bascombe mantiene a pesar de la incipiente debilidad que acomete su existencia su antigua lucidez, incluso la supera.  Hay una cierta indiferencia del ciudadano de clase media hacia el entorno, como si el dinero o la profesión que ejerce y que se lo procura, lo liberara de la participación en oscuros lugares de la sociedad, o lo librase de una relación demasiado estrecha o perversa con el peculio.  Es un hombre como nosotros, como todo el mundo. Ejerce su trabajo con honorabilidad y dignidad, a menudo con cierto talento. Mantiene una honestidad propia de quienes no necesitan engañar para mantenerse. Se dedica a actividades aceptadas por sus vecinos; la inmobiliaria que regenta, la lectura habitual, acude a restaurantes y alguna que otra vez al centro comercial, va al cine, escucha la radio y le gusta estar informado, conduce un bonito coche, participa en algunas actividades sociales. Se parapeta a menudo en su aparente normalidad frente a los fanáticos de cualquier orden. Observa discreto, y a simple vista no parece poseer nada extraordinario ni raro. No encarna en su persona nada simbólico. Más bien arrastra con cierta tristeza una perspicacia amarga, a veces irónica, que le acude desde los restos de su matrimonio frustrado, desde los ecos del drama de su vida, la muerte de su hijo, o de sus antiguas aventuras amorosas, que ahora,  aquejado de la próstata, casi mira con ternura. El tiempo ha transcurrido veloz. Trata de participar en lo que sucede en su comunidad, por sentido común y por interés, de forma parecida a como expresa las ideas que posee respecto a Bush y a Gore, un argumentación evolucionada, sin aspavientos ni excesos, de las diferencias entre republicanos y demócratas.

Bascombe ha llegado en Acción de Gracias a un punto de su vida que él llama constantemente “el periodo permanente”. Tiene que vivir con la enfermedad y la vejez, con el hecho de que, tras elegir convencido a la mujer de su vida, ésta decide abandonarlo por un antiguo marido al que todos creían muerto desde hace veinte años, aparecido en su horizonte vital de repente, casi por un milagro. Frank acepta esas circunstancias con civilización y filosofía, se pierde a veces entre la tibieza y surgen esos arrebatos que lo hacen tan humano, esa nube que en medio de lo que en apariencia parece inevitable, le lleva a pensar que debió elegir alguna forma de evitar los problemas con mayor decisión y virulencia. Constantemente bordea esos límites que le impone el cuerpo y que la mente se empeña en sobrepasar cuando alguna debilidad o malestar le incomoda. La operación de próstata, esa inserción de plomo en algún lugar de su miembro, nos impone la carne y hueso de Bascombe, su conflicto con la vida. Ya lo sabíamos por su largo recorrido, pero la molestia insiste en ofrecernos al personaje constituido por órganos que se rebelan con los años, que acumulan en su seno las miserias y frustraciones abotargadas, revelando una vida erótica mermada en lo físico, pero fina y aguda en lo emocional, entremezclada con el equilibrio que ha alcanzado. Sus relaciones con la amistad son esporádicas y poseen cierta frialdad. Hay algo que le impide acercarse a los otros, y tiene que ver con la imagen que se ha hecho del mundo; un lugar superficial, lleno de prejuicios, cada cual los suyos en función de su cultura, inteligencia e ideas, clases sociales, sueldo mensual o estatus, sin excepciones complacientes. Un vacío de profundidad que sólo parece acercase a la vida verdadera  en su soledad íntima. Es alguien que mira perplejo casi todo, sin comprender en ocasiones ciertas dimensiones de lo que contempla, de las palabras con las que se encuentra, de los rostros que aparecen  y desparecen sin dejar un rastro evidente –todo lo que deja rastro profundo parece venir del pasado, como si las emociones se hubiesen domeñado, incluso su hijo le genera dudas; no lo entiende, le parece un idiota redomado, un patético ejemplar de hombre insulso, sin nada reseñable, que tartamudea y se dedica a gilipolleces para divertirse o ganarse la vida; trata de atisbar de qué esta hecha su hija y apenas logra adivinar una ternura antigua, que le llega desde su infancia. Anhela un lugar de tregua. Observa la ambición de su socio tibetano, Mike, con asombro. Después de haberle enseñado los entresijos del negocio y haberle facilitado  una profesión, éste pretende comprarle su parte de la inmobiliaria. Mira las pancartas políticas que se extienden por la costa a favor o en contra de los dos candidatos, y en el fondo duda del sentido de todo, aunque parece más una desconfianza que el lector conoce, la victoria y la adversa historia posterior del peor presidente jamás habido en los Estados Unidos.

La existencia discurre. Sólo anhela una especie de amor posible que no altere el frágil equilibro que detenta como norma. Busca un amor de ternura y constancia, de hábito y aceptación, de comunicación y sencilla complicidad. Visita a su ex mujer ( la madre de sus dos hijos) y la observa impresionado como juega al golf en un flamante campus para gente adinerada, poco antes de que ella le ofrezca recuperar la vida que perdieron veinte años atrás. Casi todo le susurra lo banal de la vida allí, un reflejo casi infernal de la tierra, pero su horror no es evidente, parece diluido, es como el nuestro, sólo lo percibimos cuando el hálito del diablo ya esta bajo nuestras narices. Observa lentamente la vacuidad de un universo que no tiene palabras para ser definido más que nada porque hace tiempo que abandonó las verdaderas palabras o las palabras esenciales. La antigua filosofía budista de Mike, se disipa entre un montón de premisas adquiridas en su nuevo país sobre el éxito en los negocios o el sentido del sueño americano, y eso le fascina y le incomoda a un tiempo. La culpa surge por todas partes, y es una culpa económica principalmente, luego intuye la otra, la asociada a la religión o a la moral del éxito. Bascombe observa Estados Unidos desde su coche, lo examina discreto una y otra vez, vuelve, regresa, se presiente en los momentos clave del libro, y sin darnos cuenta nos ha descrito absolutamente toda la esencia de su país.

Quizá La última oportunidad planee en el fondo más de lo que parece  a primera vista en Acción de gracias. Todas las técnicas que utilizó entonces para contar una historia sin importancia, se convierten en esta novela en armas de peso que permiten a un libro de más de mil páginas sostener el interés del lector una tras otra. Nos seduce con el ritmo de su prosa mientras los hechos se van sucediendo, hasta que la historia que planea se deshace como un papel mojado por la lluvia,  hasta que uno, a través de los ojos del protagonista, descubre que ni el dinero ni la respetabilidad ni cierta satisfacción que podríamos conseguir es eterna ni nos salva de la miseria de los otros. Los elementos imprevistos truncan su ritmo. El mundo en el que vivimos nos lastra de la forma más estúpida que podamos imaginar, porque no todos son como nosotros, porque tras lo que resulta normal, surge algo que enturbia la razón, nos grita que no podemos mantener este equilibrio tan frágil demasiado tiempo, porque estamos obligados a interaccionar con el universo en el que habitamos y sus gentes.

Los hallazgos de un autor se acumulan conscientes e inconscientes en su obra, hasta llegar a sus límites. Richard Ford utilizó todo cuanto sabía a comienzos de los años ochenta para escribir La última oportunidad y lo hizo desde los parámetros narrativos que seguramente primaban en ese momento de su vida artística y personal. Veinticinco años después, frente a Acción de gracias, la madurez de Ford tiene una extraordinaria variedad de registros, se expresa en todos los ámbitos que componen los mimbres de la novela, aquellos que son puramente literarios o los que pertenecen al espacio de la sabiduría, esa extraña iluminación que alcanza a algunas personas, y que suele alimentar y elevar por encima de las demás a ciertas novelas. A las cualidades literarias y artísticas que se articulan casi inapreciables en la naturalidad del relato, se le une una solidez filosófica que refuerza constantemente la mirada de Bascombe. Cada reflexión parece guiada por una naturalidad deslumbrante y contagiosa, como sucede con algunos clásicos. Seguimos al envejecido periodista deportivo en su recorrido, nos guía, como Virgilio hizo con Dante en La Divina Comedia, pero esta vez el universo no es espectral y oscuro como en los abismos del infierno o el purgatorio, al contrario, las luces de neón y el esplendor aparente ofrecen una imagen artificial, es como si la ciudad de Estigia, que guarda las tumbas de los herejes entre grandes llamaradas, hubiera cambiado las hogueras y la negrura, incluso ese viento asfixiante y denso, por el color apacible y brillante del progreso, por el adorno, el mensaje navideño o la publicidad, el exceso de luz y la exageración, continuando, sin embargo, albergando en su seno las mismas lápidas removidas, el mismo aroma a azufre y a muerte, ahora disimulado.

Quien dijo que la literatura era un placer inútil -nuestro excelso maestro Vladimir Nabokov- murió demasiado pronto o quedó ciego de vanidad estilística. La utilidad es una palabra relativa, y afecta a diferentes niveles de la vida humana. Un libro es útil para aplastar papeles debajo, o quizá para adornar estanterías, sobre todo si el celofán que envuelve la obra, como he visto en numerosos hogares, no se despega y recoge el brillo del día o al anochecer el de las lámparas. No sé si habré errado, pero en las idea de Bascombe sobre la existencia, a lo largo de las tres novelas en las que desarrolla su vida de ficción, creo haber extraído algunas consecuencias que me eran ajenas o desconocidas, algo que se puede afirmar de muy pocas obras literarias. En esos veinte años, sus pasos nos van revelando algunos secretos. Nos habla desde el sosiego económico de la clase media norteamericana, lo que viene a significar que tal vez la bondad sea una cuestión de circunstancias, o que la lógica crítica a la burguesía, afilada arma del siglo XIX y XX en literatura, se ha convertido en el siglo XXI en una hermosa defensa del sentido común frente a las locuras de toda índole que pueblan el mundo a pesar de sus imperfecciones conocidas.

Richard Ford, al contrario que parte de sus compatriotas escritores, inventó a Bascombe para huir de los tópicos, o simplemente porque le dio la gana, pero consiguió huir de una mística que quizá haya alcanzado su límite y su razón fundacional. Intentó insertar un Sancho Panza en una literatura impregnada y abarrotada de Quijotes. Amamos al Quijote, pero nos guiamos en la existencia como Sanchos, quizá porque el mundo, si es que alguna fue así, ya no posee casi nada heroico por lo que valga la pena ofrecer la vida, y si lo hay, será convertido en un negocio que otros poco nobles aprovecharán. Nos dijo a lo largo de estas dos mil páginas de la trilogía que quizá no hay vocación por intensa y auténtica que sea o parezca (casi siempre parecer es más que ser entre nosotros) que merezca la muerte. También que los seres humanos somos infieles, caprichosos, estúpidos, pero siempre hay algunos mejores que otros, o los hay que perciben la realidad con mayor claridad. Nos ofreció la posibilidad de comprender en qué consiste el cambio, reinventar la existencia a través de sus vivencias personales, sin la locura de la trasgresión, sin el exceso del estereotipo. Me gusta que en las tres novelas ningún personaje sea un artista endiosado o atormentado, que no haya individuos bordeando límites vitales o espirituales intolerables que nos remiten al dolor absoluto, a la pasión incendiara o el desastre. Sólo hay una constancia de la brevedad. Hombres y mujeres que corren desorientados, incapaces de atisbar el presente y de iniciar una senda de futuro con la suficiente claridad, intoxicados por ideas dominantes que pesan más que las supuestas esencias del ser, solitarios, a menudo aislados, impotentes ante el paso veloz de la historia que los va arrinconando sin remedio, sin pedirles tan siquiera una opinión discreta, sin que puedan evitarlo. Bascombe sobrevive adaptándose, reconoce, sobre todo en Acción de gracias, sus limitaciones, que vive entre sus límites.

En todas las novelas de la trilogía la realidad termina por colarse en sus planes. Nada es como pensábamos, nos dice al final Ford. Todo vida es una pieza de teatro mal improvisada, sin posibilidad de ser ensayada antes, un pequeño delirio de torpezas y planes rotos, de ilusión, de casualidad y de inconsciencias. Hay algo en Acción de gracias que nos recuerda a la sabiduría y la experiencia de cierta vejez, eso tan despreciado en nuestras sociedades occidentales, tan rápidas y veloces. Tuve la sensación mientras leía cada una de las páginas de la obra, de haber recibido una especie de susurro de alguien que conoce la vida mejor que yo.

Preguntas y preguntas que se articulan en un mundo que sólo inspira con fuerza la duda, la confusión y la desconfianza. ¿Cómo se puede controlar el hecho de que la mujer con la que uno desea pasar el resto de su vida, decida marcharse con un ex marido declarado muerto dos décadas atrás y que aparece, por una casualidad, en el panorama de una existencia que ya planeaba tranquila hacia su extinción en un hermosa casa junto al mar? ¿Cómo soportar con lucidez la finitud del cuerpo cuando un cáncer de próstata comienza a minar la antigua salud, en esa sexualidad vivida primero a través del acicate del deseo puro, de las relaciones esporádicas y vacías, tan artificiales como las habitaciones de hotel impersonales en las que se consuma ese deseo, o después, en la plenitud sin trasgresión, en lo anodino de la ternura? ¿Cómo llevar sobre las espaldas la existencia de unos hijos que no sólo no son lo que quiso que fueran, sino que ni siquiera poseen nada en común con él, o le resultan ajenos, incomprensibles? ¿Cómo soportar la vida de un país dividido entre el fervor religioso y el culto al dinero y al éxito sin volverse loco, sin perder la meditada lucidez del largo esfuerzo de construir una vida? ¿Cómo sentir compasión por esa América profunda, que surge como un coro que odia a gritos y evitar escuchar su voz quebrada, su deseo de ser los otros, con sus rencores acumulados como bilis, su violencia destructiva y esa miseria ciega que trunca el paso? ¿Cómo respetar el sueño americano, hecho de sangre y oraciones y violencia y exclusión y héroes salvajes y aplauso y poder e influencias y secretos inconfesables? ¿Cómo hallar un sentido en uno mismo, tan difícil, cuando todo lo que le rodea se haya infectado por un virus de banalidad y locura, de incomprensión, de mensajes subliminales y desiertos que pueblan el universo, de vacío y simpleza, de agotamiento e infelicidad, de desdén por lo profundo?  ¿Cómo aguantar que no podemos ser sinceros, que las dudas y la extrañeza nos corroen en silencio, que hasta el amor parece un sentimiento que inspira desconfianza? ¿Cómo vivir con la consciencia de la inminente finitud de casi todo, con la amargura de lo que no se hizo, de lo que no pudo evitarse, de tanta y tanta memoria perdida, con el sinsabor de la soledad, con el pequeño run run de la envidia y el miedo que produce el desamparo? ¿Cómo vivir con el silencio de mirarse pero no verse? ¿Cómo mantenerse en pie sabiéndose tan frágil en medio de esa vorágine descomunal que puede engullirnos en cualquier momento sin que controlemos jamás el paso equivocado que daremos?…

Acción de gracias articula todas estas preguntas y muchas otras que se me ocurren a través de la extraña vigilia contemporánea de Bascombe. Pienso que la novela posee un puñado de puntos de inflexión que llevan a su clímax al desarrollo de los hechos. Frank aspira a la tranquilidad que le pide su vida, pero se encuentra con la intranquilidad que habita la tierra . Desea evitar la aspereza de un país enfrentado ante una decisión que a la postre sabemos fundamental como fue elegir a Gore o a Bush como presidente de los Estados Unidos y se encuentra metido sin saber exactamente cómo en un atentado en la cafetería del hospital de Haddam donde él solía almorzar o desayunar años atrás, o unas páginas después enzarzado en una inesperada y virulenta trifulca en un bar con un defensor patético de los republicanos. A mitad de su trayecto descubre la soledad de su ex mujer, que le ofrece un futuro juntos después de decidir tanto tiempo atrás romper su matrimonio. Bascombe no entiende la decisión de Sally, su compañera sentimental, de marcharse con el mencionado ex marido desaparecido, ni el hostigamiento del tibetano Mike, tratando de arrebatarle su inmobiliaria. La visita de sus hijos le supone angustia, le inquieta; no los entiende. No comprende su dimensión humana, el sentido que le dan al vida. Descubre en el entierro de un viejo amigo que esos otros que le acompañaron durante algún tiempo no son más que fantasmas que a duras penas reconoce, ni ellos a él. Bascombe se refugia en la tranquilidad del dinero que tiene ahorrado y en esa casa junto al mar en cuyo titulo de propiedad figura inscrito su nombre. Parece muy poco. Lee de vez en cuando libros, algunos de cierta enjundia, para poder entender y hallar alguna respuesta a su extrañeza. Se limita a aferrarse en el fondo a sus conocimiento urbanísticos para justificar que tiene alguna idea acerca de la existencia. Quiere huir del mundo, pero se lo encuentra de bruces en un local junto a una zona portuaria en la que un grupo de lesbianas se divierten a su costa y charla con una camarera desconocida que en otro tiempo hubiera acabado en su cama. Descubre que hay seres humanos de buena voluntad, como ese muchacho que lo despierta mientras duerme de madrugada dentro de su coche para darle las llaves, dolorido y cansado, después de que el taller donde había ido a reparar un cristal roto hubiese cerrado inesperadamente. Trata de explicarse que le une al padre de una ex amante, Viki, sin demasiada significación en su vida al que frecuenta y quien insiste en volver a juntarles. Descubre que aquello de lo que huimos se encuentra más cerca de lo que parece, y termina por suceder o surgir en el peor momento, de la forma más absurda e inesperada.

No contaré el final del libro, aunque tampoco es una novela de final tramposo que nos exige para hallar algún sentido leer la última página. Aún así logra esa intriga humana que ilumina las grandes obras de la literatura, una intriga auténtica, no las estafadoras y tan comunes aventuras pseudoliterarias que quieren ser excusas y por su torpeza convierten ese acicate en la única razón de ser de lo que se cuenta. Este es un argumento en apariencia modesto, pero toda esa modestia se convierte en algo poderoso a través de la escritura de Richard Ford. No hay concesiones a la sentimentalidad vulgar o simple, a lo sumo se vislumbra el patetismo de Bascombe en algunas ocasiones, y al ser tan parecido al nuestro, nos produce cierta vergüenza. Tampoco es un libro de sueños de papel cuché ni de amores de postal imposible, ni se permite el lujo en ningún momento de mentirnos impunemente. Frank vive de conjeturas. De conjeturas de lo alcanzable, de lo que cualquier ser humano en el mundo occidental puede alcanzar si se empeña o tiene suerte, y a la vez de lo irremediable, de lo que tarde o temprano se cruzará en nuestra vida, y la cambiará, o modificará de raíz algunas cosas y hará tambalearse nuestro suelo construido baldosa a baldosa, tan inconscientes y empecinados.

Quinn era un perfecto idiota norteamericano aferrado a sus pistolas y a su pose de hombre duro, a esos silencios de héroe brillante, a esa carencia absoluta de lucidez, excesivo y sin sustancia (o con una sustancia de tópicos). Bascombe es una especie de último filósofo posible en este sigo XXI que comienza, un filósofo sin método ni demasiadas palabras; un hombre corriente, tranquilo, que mira la comedia de la vida, que la observa perplejo, ya no como el narrador omnisciente de La comedia humana, de La educación sentimental o de Anna Karenina, sino desde la subjetividad que no alcanza a dirimirlo todo, desde la visión sesgada por obligación, y limitada, de un hombre inteligente que intenta comprender, pero su inteligencia resulta insuficiente para atisbar el alcance y la complejidad de una existencia cuya esencia en el fondo es el sin sentido, la vacuidad insoportable que no se puede llenar y a la que no podemos escapar.

Señor Engdahl, tiene usted aquí, una magnífico premio Nobel norteamericano.

Copyright Jimarino
28
Ene
10

fin de año

Irvin Penn

FIN DE AÑO


Fin de año una vez más;

sonarán las campanadas de risa amarga,

el desterrado tiempo que celebra su adiós fingido, la uva en docenas

iluminada por el esplendor de las horas ganadas

a la oscuridad, anhelos de un mañana mejor o la posibilidad

adivinada entre el fragor del quizás y la esperanza,

tanta alegría efímera…

…y es posible  que entre el júbilo y el humeante barrunto

se atisben unos ojos familiares,

fugaz lámina en el cielo oscurecido,

una voz que acaricia la memoria y eriza

el vello del olvido…

…también la mirada de esos hombres cayendo

como mantos de celo sobre tu recuerdo,

sus sueños perdidos en la ebriedad de este trópico helado;

tú disfrazada y torpe, hermosa de signos fríos,

traje negro, quien sabe si desnuda la espalda

o rotunda la figura enlazada de tela; te veo

bajo esas providencias, acaso en la ebriedad de los timbales

y las danzas, en la risa que se deshace ante mis ojos;

y acude el champán entre las burbujas del duelo,

tu vida quieta, impávida en este dos mil diez de niebla.

———————————————————————–

Estarás espléndida en ese desfile, figura de ébano,

suave desdén por lo ya poseído,

diosa libre, extraña en un paisaje de cadenas fosforescentes,

y te mirarán, seguro que te observarán en el despliegue

de venus, en el paso acalorado

por la bruma y el consuelo,

en la suave cadencia del amanecer soñado.

Anhelarán tu libertad extrema, tu espejo idealizado en la noche

más larga del año.


Quizás te hayan amado frente al fulgor de una chimenea, a pausas,

invierno en esos lugares que no me pertenecen,

donde existe el invierno, no como en estas tierras

de luz cálida donde sopla apenas el aire tibio;

una brisa extraña, cadencia de espejos y reflejos azulados,

de música en sordina hecha para tu estrella.

———————————————————————-

Te habrán amado y duele.

.

Saberte amada en ese instante me duele

quizá más que tu olvido.

Tu felicidad me reconforta en los finales,

provoca que la vida sea justa;

pero ese amor, ese amor cadencioso,

obsceno y secreto,

ese amor al que te arrogas sublime en nocheviejas de nieve,

ese hibernar fugazmente en tu lecho entibiado

por un cuerpo que no fui yo, que no seré yo,

eso duele:


por la tangencia sagrada,

por la imposible consciencia de la ubicuidad,

no poder ser y estar en todos tus tiempos

mientras se transforma incendiada el alma,

a la vez, o en tres lugares como una trinidad bíblica…

…no aspirar a ese efluvio de tu cuerpo ebrio y desnudo,

a esa perfección de tus caderas dispuestas al goce,

a la rara altivez de tu placer inasible.

————————————————————————

Esta noche echaré de menos tu sombra,

cuando a solas sobrevuele

el aire o azote la invisible presencia de todas estas ausencias.

.

Aunque nunca vivimos nocheviejas

como las que imaginamos.

.

Nada de eso fue.

.

Sucedió a lo sumo un gesto, un espejismo,

un pequeño y alado sueño esparcido

en nuestras eternas tardes de primavera antiguas.

Nunca estuve, nunca estaré…

… me duele que te entreguen el amor con velas derramadas,

con el hielo tintineando y la alegría de la voracidad

encendiendo las luces del deseo,

me duele como el mundo desbocado que yerra o como

el trote incontrolable de esos caballos

atormentados huyendo por las laderas de fuego;

como el humo que aspiran los pájaros que ya no vuelan…

.

Duele porque yo no puedo hacerlo.

.

Pena que te deseen, que te devoren los faunos velludos

en la soledad de los hoteles alumbrados de guirnaldas,

que digan te quiero toda una vida  y luego te posean en el silencio del éxtasis

sin mas recompensa que el ligero goce, que la caricia

de una brisa enfurecida soplando unas velas rotas:

amaneceres que ya nunca serán míos y jamás comprenderé.

—————————————————————————-

Fin de año, una vez más,

y habrás paseado por tu propia historia en los cálidos

atardeceres de verano, en los arrebatos de cielo y Circe,

y ese esplendor de lo fugaz y lo eterno conviniendo,

la memoria de piedra grabada en la hoguera de la noche,

seguro el alcohol bendito entre tus dedos, la risa

y un beso de agua en tus ojos como un presagio,

ebria de lisonjas y ávidas caricias.

.

O quizá ese hombre que te ama te cogió de la mano,

tan tierno, tan verdadero, y lo celebro en su ternura:

pero no al otro, al que posee tu desnudez y el delirio,

el que sólo será la bestia que engulla,

el que aproveche la sensualidad que gocé mil veces

y el fragor de aquellas nubes que nos elevaban

entre el sudor y la saliva, evaporación térmica

en su ciclo nebuloso, atmósfera henchida de lluvia,

tierno diluvio del placer alcanzado

en la menstruación de las alucinaciones húmedas

y la eyaculación de las sinfonías interpretadas

con la ferocidad del deseo.

—————————————————————

Lo único que sé, es que pensarás en mi aunque ya no me ames.

.

Así será.

.

Que para ser la estrella que refulge cuando el deseo

te acoja, cuando te derrames como una ninfa

anhelando su pliegue, cuando no tengas nombre

ni palabras, o seas ese gruñido que recogí

tantas veces en madrugadas de insomnio,

tendrás la imagen del amor y la piel,

la electricidad de tu risa entre las sombras

sobre mi risa que besa tu corazón de espinas,

tu rosa perdida entre los estruendos

de la carne sangrante que corté con los dientes,

que nos dejamos olvidada como esteras en el pasillo,

como hojas rotas en un jardín de otoño sin brío

que cesó su cultivo al llegar el alba helada.

.

Pensarás en mí si te aman de ese modo.

.

Si te aman sin respiración, con el ladrido enfurecido,

si alguien pretende alcanzar tu interior

con la llama dispuesta para besar tu rabia.

Así será esta noche si te aman con la determinación de lo que concluye

a pesar de nacer de la chispa de la creación,

lienzo blanco, hoja vacía en el silencio,

la sensación de que nada seguirá mañana

y será eterno en la aspereza diaria.

————————————————————–

Así nos amamos: jamás un fin de año.

.

Pero quizá sabíamos eso para amarnos para siempre,

todos los fin de año en que nos amen hasta el alba,

cenicientas sin zapato arrastradas por la luz,

perros encendidos bajo la tormenta, protegidos

por el calor del cuerpo y el relato de la Odisea,

mojados como labios jamás besados que anhelan la fugacidad

de ser adorados sin razón; sagrados, sagrados ecos,

ciego te contemplo ahora…

———————————————————–

Que no te amen como el cielo derrumbándose,

como la arena huyendo de los dedos o las mareas

alcanzando la retirada,

en la aurora de las veredas ardientes del hechizo,

que no sea en aquel vaivén nocturno y secreto,

en nuestra fatiga y el insomnio de tantas madrugadas entumecidas,

ni en ese delirio perturbado de sentidos.

.

Que no sean como nosotros, que no te alcancen como esos rayos

desprendidos del firmamento, caídos de tiempo y tristeza,

que no sean imposibles quimeras, huellas,

huella de fin de año entre las sombras,

huella de ti rodeada de todas las despedidas,

del anhelo indecente de no haber sido a tu lado otra cosa

posible que deseo, deseo, traza del cuerpo en la sábana,

transpiración esparcida de dicha en la penumbra de los crepúsculos

que nos sirvieron de guarida herida, para no decir

a gritos que nunca tendremos un mañana….

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Copyright Jimarino

06
Ene
10

pierre michon-mitologías de invierno

Hace cuatro años ahora, como un mapa de lecturas y memoria, cambiantes las circunstancias y los proyectos que tenía entonces, mi suegra, al anochecer después de la ebriedad del vino, me habló, en el cálido oscurecer de la primavera al raso en la terraza de mi casa, a la espera de la iluminación nocturna, de un escritor francés como ella, francesa y escritora, que al parecer se había apoderado de su alma despacio, como un ritual en el que la literatura alcanzaba un horizonte mágico, recuperaba su antigua función de conjuro, de convocación, y enamorada, quizá también festejando nuestra alegría sanguínea, me dijo que Pierre Michon era el escritor más extraordinario que poblaba la tierra.

Suelo hacer caso a los mayores, sobre todo si responden al gusto de mi querida Chantal, capaz de perder dos días de sueño por una lectura ganada al tiempo, con un gusto sin prejuicios, ecléctico y brillante. Nos hemos aceptado libros sin cesar, aunque reconozca abiertamente, más que nada ante ella con reverencia incluida, su superioridad.

Fuera como fuese, el caso es que, renacidos de dignidad y fantasmas después de la uva fermentada y el comer frugal, charlamos de ciertas debilidades. A pesar de su avanzada edad, que le ha descubierto algunas libertades agazapadas durante años, resistía sin aspavientos el envite de la noche,  y tras dos caladas de tetrahidrocannabinol siguió mentando a Pierre Michon, al que ella conocía de dos o tres encuentros en el Colége de France y de alguna librería visitada por causalidad al mismo tiempo que el autor de Cuerpos del rey, esas casualidades esquivas y asombrosas (uno gira el cuello, alza la cabeza  y tropieza con Michon; eso fue lo que le pasó), y su retahíla de halagos y virtudes despertaron una curiosidad aguda, un ardor guerrero similar al que me enajena cuando algún autor solemne y hermoso se ciñe a mi cánon para amenazarlo con su ascenso.

Su palabra siempre fue motivo de aprendizaje. Acepté el reto entre risas sonoras; las suyas tan graves y las mías tan escandalosas. Seguramente algún vecino con el ceño arrugado pensaría en dos depravados y lascivos veraneantes que en un francés exquisito, el de mi suegra, y chapucero, de acento horripilante, el mío, parecían caer abonados a un inminente amor sensual y a la ebriedad de la intemperie, sin entender que Chantal me descubría una nueva religión, otra de esas hogueras que anunció Cormac MCarthy, que hizo arder Bolaño en los desiertos de Sonora, y que Pierre Michón, como un triángulo sagrado, representaba en las cercanías de nuestra ajada Europa.

Un francés, como sesenta años atrás Camus y Bataille, cuarenta más o menos Perec, como cien años atrás Rimbaud y enseguida Proust, y un poco más remoto Flaubert, volvía a hacerme recuperar la creencia en el rezo de la palabra, en su componente mágico y hierático, en una religión hecha de manchas, blanco y negro, papel en blanco a llenar por la extensión de la frase, por el ritual de la sintaxis y el sentido. Literatura de piedra, inagotable, representativa del acto humano, de lo imperecedero de ciertas construcciones.

Tras aquel éxtasis, concluido de madrugada, mareado, con la cabeza perdida de lugares hermosos y palabras deliciosas, llegaron poco después las Vidas minúsculas, y algo más tarde Cuerpos del Rey, Rimbaud el hijo, Señores y Sirvientes, hasta hoy, que Alfabia nos ofrece a un precio quizá excesivo, única pega,  Mitologías de Invierno y El emperador de Occidente.

Pasados estos pocos años, derrotando las preeminencias antiguas, borrado el paraíso de mis rutas, la esperanza de otra cosa que no concluyó, tengo que darle la razón con creces a mi suegra, fanáticos ya ambos de Michon, y siento la tentación, con total seguridad al afirmarlo, de hallarme ante un evento rico en potestades, ante una literatura que nace de lo imposible, de la fuerza única de la palabra, del esplendor de una cultura a su alrededor en decadencia, cuyos lugares de referencia quedan envenenados o desaparecidos del mapa por la fugacidad de lo efímero triunfante, y que Michon, como muy pocos, mantiene y detenta por encima del declive, envolviéndome con un deslumbramiento y una atracción primigenia que me recordó a las primeras lecturas fascinadas de cuando niño.

Todo consiste, como él mismo escribió en un texto, como Chantal parafraseó en aquella deliciosa noche ebria, en rescatar la mitología del tiempo, sea la historia antigua, el origen del cristianismo, la herencia de la poesía o el esplendor de la pintura, o tal vez el pasado reciente, quizá lo que debe resistir o lo que consideramos necesario que resista, convertir la grandeza, el suceso real, en una bella metáfora; mitología invernal en los símbolos michonianos, en un libro, paradigma de lo calmo entre el caos, de lo profundo, lo escrito para aguantar el paso del tiempo, para dejar rastros perdurables, al menos mientras sea inteligible la narración, mientras haya seres humanos que aviven esa llama, mientras el lector busque una misa laica y no un pasatiempo, una sabiduría de lo metafórico y no un río vacío de enunciación aunque sea erudita o correcta: que no sea estéril el cultivo de los siglos.

A Michon, sin tener nada que ver en el fondo, al menos en lo que se refiere al estilo o a las premisas y vituallas literarias, ni siquiera en sus temas u olfatos propios del oficio, lo sitúo junto a otros dos escritores vivos como lugar irrenunciable de paso a estas alturas. El cielo invernal no merma mi entusiasmo, y aunque uno de esos tres vivos se nos haya muerto -a Bolaño le pudo el hígado, pero sigo pensando en él como un vivo al ser tan reciente su adiós y tan cercano su don-, encuentro a Michon al lado  de Villa-Matas, otro personaje de la cuerda floja, del límite violado por la conjura, otro convocador de magias,  y a pesar de reconocer la superioridad sintáctica de Michon respecto a sus compinches, lo que lo hace a la vez más inaccesible que los otros dos al público neófito –tal vez una apuesta consciente de sus afines para atraer más lectores, para acceder a otras tribunas menos exigentes y elitistas-,  me siento unido  a esta trinidad contemporánea por sus vestidos comunes, por su deseo de llevar más lejos la larga tradición milenaria de la literatura: los celebro juntos, sumidos en ese ectoplasma del arrebato verbal, en ese lugar en el que sufren los analfabetos funcionales, en el que los lectores de raza aspiran al don de lo duradero, leen un efluvio del misterio, una obertura de piezas memorables, un refugio seguro que une el milagro de la página escrita, la belleza de  la narración y el eco incesante los años malgastados escribiendo y leyendo.

Michon nació en La Creuse, en Cards, en esa Francia deprimida y desconocida, moribunda, que como nuestras sierras turolenses o sorianas vivió el exilio, la emigración incesante, el vacío paulatino y la dolorosa extinción.  De ese lugar, como un protagonista inmóvil, terrible y cruel padre vigilante que envuelve a los personajes trazados por el autor, nació Vidas minúsculas. Un viaje alucinante hacia el origen, también una razón de la propia escritura, con varias lecturas acumuladas, ensamblada la herencia familiar como un artefacto semipoético que no decae, con una narración de espasmos e iluminaciones que no redunda a pesar de la tentación de la capacidad, nunca exhibicionista ni barroca, sólo natural como el soplo de sus pulmones, con la que Michon, cuarenta años después de venir al mundo, se descubría ante su lengua, ante el francés, y encontraba la senda de su destino hasta hoy en día. Escritor tardío, quizá por mitos y exagerados ademanes propios de la admiración, por ese encuentro entre el autor samurái y el abismo de la prosa revivida, había dejado pasar el tiempo anterior buscando hallar en una larga oración que no le pertenecía un salmo posible que dejarnos.

En su incesante rastreo, similar a una odisea planteada desde el negro, llegó el alcoholismo reconocido, la dependencia de tranquilizantes, de las anfetaminas, la soledad absoluta de los campos sumidos en el  invierno, la depresión prolongada, de regocijarse en la derrota y en la miseria olvidada e insignificante de sus antepasados, en la sordidez de los amores sin brillo, de la sexualidad descarnada como último refugio de lo sagrado a su alcance, como rincón de la impotencia; gozar y poseer para alcanzar alguna forma de trascendencia, una continuidad a lo Bataille.

El camino de Michon fue tan duro como el reflejo patético del narrador de  esas Vidas minúsculas. Siempre se consideró un archivero más que un inventor, eso demuestra lo cerca que estuvo en verdad del personaje, aunque no sea importante para la obra, tal vez sí para entender su origen. Estaba ya en el gozo de una literatura hecha de sangre, de bilis y humores, de vísceras y soledad apabullante. El viaje no puede decepcionar a los más exigentes, es un delicioso recorrido por la derrota convertida en mito a través de la palabras. Cada frase una novela en sí misma, de ahí quizá la brevedad de cuanto ha escrito Michon, como si hubiera deseado condensar al máximo, medir con exactitud cuanto nombraba.

Mientras me adentraba en semejante libro, sin escuchar por ninguna parte mención alguna a su grandeza, aunque en Francia hacía ya cierto tiempo que se le consideraba el maestro reconocido y discreto, sin algarabías ni fama notoria, el solitario adalid  de la crítica seria, candidato en el próximo combate de la alta literatura contra las miserias de lo masivo, púgil de los académicos, de los escritores con olfato que lo habían adoptado, me di cuenta que Vidas minúsculas no contaba solamente la historia decrépita y sombría de un puñado de campesinos alcohólicos, primitivos y decadentes, tampoco el abandono miserable y forzoso de una tierra, ni siquiera la aventura de una familia a lo largo de cuarenta o cincuenta años, sino el proceso por el cual, iluminado por una varita mágica, un escritor recorría sus infiernos desde la voz anhelada y nunca hallada, hasta el entusiasmo frenético, orgiástico, de hallar las palabras de la literatura propias, una corriente freática que le otorgaba el poder de convocar, de alimentar el futuro, de construir desde dentro y expresar, con una sinceridad apabullante, el sentido de su existencia.

Me acordé de los escritores samurais de Bolaño, de la secta de las máquinas solteras de Villa-Matas, de la fête final de Proust en El tiempo recobrado. Mientras por aquí triunfaban ya los pastelitos franceses de digestión fácil, como las ensaladas de los centros comerciales, sin aceite de oliva ni vinagre, sin cebolla ni ajo para evitar que repita, pasatiempos que vendían miles de libros y nos dejaban una desoladora sensación de que la literatura francesa no servía para nada, Michon descerrajaba de un plumazo la atonía general, y superaba con creces intentos de otras literaturas cuya solemnidad y valor me parecía nimio, a pesar del cacareo, en comparación a su espléndida revolución.

La pregunta de Michon siempre fue la misma. ¿Por qué escribimos? ¿Qué razón nos impulsa a desear llenar la hoja en blanco con la ficción de la literatura, con la síntaxis y el ritmo de la prosa? ¿Qué nos empuja a batallar con la palabra y su sentido, a ahondar en nosotros para hallar el eco de un sentimiento convertido en verbo, en enunciación, en pregunta?

El elefante blanco de Michon, como el de Faulkner u Onetti, es sinceramente a mi juicio el único sendero posible de la literatura en nuestro mundo, aunque suponga la extinción de la misma, el silencio eterno de todos, que se conviertan en Bartlebys convencidos aferrados al preferiría no hacerlo.  Michon ya sabía en 1984, cuando escribió sus Vidas minúsculas, que la batalla estaba perdida, pero lo sabía con la nobleza de esos pocos aristócratas que intuyeron un buen día la llegada de la Revolución francesa y la guillotina. Michon decidió apostar por la mitología invernal a la que pertenecía, esa soledad del macizo, de su región despoblada, por la permanencia, aunque fuera improbable o minúscula, de una literatura resistente, que al ser releída no pudiera ser arrastrada por el lenguaje periodístico, por la corrección de los tiempos, por la vanidad del mundo extasiado por sus más simples y anodinos puntos de fuga. Delleuze o Foucault no sabrían situar a  Michon y a sus fanáticos lectores en algunos de sus brillantes esquemas. Producto de la tradición cultural burguesa,  heredero de la novela, Michon hace años que alcanzó otro lugar, distinto, inclasificable, de una rara erudición, de una sabiduría extraña, tan antigua como novedosa, con más valor si cabe teniendo en cuenta que el producto cultural no deja de ser desde hace varias décadas una imitación continua, una repetición constante de lo mismo, un reduccionismo incesante.

El pasado mes de noviembre en Paris, Michon, ganador del premio de la Academia francesa con su libro Les Onze en el 2009,  presentaba su obra. Observarle desde la platea de público abundante, disimulado entre sus feligreses, fue una experiencia mítica, y ya estoy algo mayor para santificar y mitificar. Lo fue por sus años, por su dignidad tímida, por ese físico rotundo y terrible, por esa voz carrasposa, ronca como un trueno, que se esforzaba en hacernos inteligible a los asistentes sus místicas y extinciones. Quizá entonamos ya algún canto de extinción sin darnos cuenta. Impresionante para mí el encuentro, como uno de esos vientos extraños con los que él compara el hecho de escribir; un viento entre la hojarasca, apenas un puñado de tierra removido que misteriosamente alberga una ligera ráfaga de lo humano.

Michon está junto al octagenario Henry Bauchau y su excelente Edipo sur la route o el Niño Azul en un lugar privilegiado y distante de la francophonie, y seguramente, en cuanto vuelva a ver a mi suegra, a esa cuentista maravillosa creadora de memorables nouevelles sutiles como una brisa de verano, me descubra algún otro compinche.

Oír la voz de Michon fue hacer tangible de alguna forma las proyecciones de un lector entregado a su obra.

A punto de leer Mitologías de Invierno, eché el otro día una ojeada al espléndido prólogo de Ricardo Menéndez Salmón, escritor que si sigue sus gustos literarios debo leer inmediatamente, después de adentrarme en los últimos rituales michonianos traducidos al español. Descubrir que entre los fanáticos los hay bastante más agudos, más finos y precisos que yo, y con ventaja, me llena de beatitud. Lo bueno es que coincidí con él en tratar al viejo Michon no como un escritor normal y moliente,  sino como una especie de sacerdote de la literatura, un místico del lenguaje, un torrente de palabras desnudas, liberadas de cualquier manipulación o uso fraudulento, hechas de carne y espíritu, de una música personal e irrepetible, destinada a contarnos las grandezas de un mundo en extinción que pretende ser salvado por la convocatoria de la narración.

Al ver a Michon, comprendí que su carne y hueso era tan etérea como su literatura, que no me hallaba ante un personaje o un muerto ilustre, sino frente a una encarnación de la grandeur que podía tocar, observar, oír. Aunque parecía tranquilo con su discurso, elocuente y divertido, me atormentaba esa imagen antigua que me había hecho de él, su bebida suelta, su decadencia anímica. Me pareció que en lo apacible de su exposición iba de un momento a otro a desempolvar su espada, a alzarla por encima de su cabeza y a posarla en el suelo sobre la afilada punta, decidido a practicar un rezo extravagante para iniciar la batalla. Me acordé entonces de su biografía esbozada parcialmente en sus libros, deformada tal vez,  de sus dependencias alucinógenas, de su alcoholismo evidente. Lo vi en esos ojos rodeados de arrugas, en su brillante testa rasurada, en su delgadez en apariencia frágil que amenazaba una fortaleza terrible, una dureza rocosa como aquellas lápidas memorables que nos dejó escritas en Vidas minúsculas, como esa Creuse insostenible, virulenta e inasible, de la Francia profunda. Lo mejor es que Michon está vivo, me dije, que aún le quedan un puñado de libros que dejarnos, que resistió a su propio malditismo y celebró la existencia cogido de la mano con Verdier, ese fantástico editor recientemente fallecido. Deberíamos adoptar a Michon: tuve esa sensación en el cuerpo, como si su viejo editor, del que mi suegra hablaba maravillas, al que consideraba uno de los últimos románticos de la literatura, capaz de rastrear por tierra y mar el arte verdadero, o al menos intentarlo, lo hubiese dejado huérfano.

Sólo espero que la creciente leyenda que surge a su alrededor lo salve de la tentación de marcharse. El diario Elpaís nombró este año por fin entre los mejores libros de ficción una obra de Michon: Mitologías de Invierno/El emperador de occidente. Compararlo con el ganador del pasado ejercicio a juicio de los críticos me produce rubor, deja al inglés a la altura del betún, sobrevalorado y desenmascarada esa obra mediocre, aclamada quizá a causa del furor preponderante de lo sajón en la cultura. Michon me reconcilia con la literatura gala, y además por la puerta grande. Hogueras más hogueras que nos alumbren cuando la oscuridad sea descomunal.

Mi pequeño grano de arena es este prólogo de un relato largo que escribí a mi regreso de Paris en noviembre. Extiendo el rumor verdadero de un autor inmenso capaz de reinventar la lengua y sus mitos, sean históricos o fantasmagóricas representaciones literarias y humanas. Da la sensación cuando es leído de ser duro y rocoso como una piedra, hecho para perdurar en su exactitud. Sólo con Cuerpos del rey fascinaría a cualquier lector situado en el mapa adecuado de la historia de las letras. Sólo con Vidas minúsculas podría derrotar el escepticismo, recordar el sentido de desvelamiento e iluminación que siempre albergó en su seno esta vieja y anegada tradición artística. Sus campos son claros, sus afirmaciones giran en torno a lo fundamental; la tradición cultural que nos alberga, la poesía como elemento del lenguaje capaz de renombrar las cosas desde su origen, la novela como artefacto poderoso de enunciación -nombrar y a su vez reinventar-, la pintura y la música como artes de la esencia, del color, el trazo, la figura, el silencio y la emoción. Es como si no pudiera escribir de otra cosa que no fuera la esencia de su propia identidad y su lengua, identidad y lengua que abarcan los siglos y los hombres que lo preceden, la metáfora de la Historia y sus leyendas, la enfermedad de la literatura que posee y alimenta el diálogo de los tiempos, su propia vida hecha de ancestros anónimos rescatados por el intento de la escritura, el lamento de esta Europa  cultural venida del Imperio Romano y el cristianismo que llega exhausta hasta nuestro siglo, la rara expresión de lo humano retenido como una voluta de humo en un vaso, única posibilidad de aferrar por un instante fragmentos de todas esas vidas perdidas.

Cuando todo se acabe beberemos un borgoña, pinot noir espeso para el alma, o un sauternes afrutado y dulzón; celebraremos a su lado uno de esos destinos inesperados e inexplicables que nos hacen seguir leyendo, a veces seguir escribiendo. Michon mira desde las alturas.

Escribió como introducción a Mitologías de Invierno el párrafo que transcribo. Les prometo que no es un prólogo ni una presentación solemne. Toda su literatura parece marcada a fuego de igual forma. Son palabras en una tabla de mármol, inscripciones en un muro milenario.

Poco importa que Gévaudan e Irlanda sean los escenarios donde se representan estos dramas breves. Lo que importa es que con el mundo se hagan países y lenguas; con el caos, sentido; con las praderas, campos de batalla; con nuestros actos, leyendas y esa forma sofisticada de leyenda que es la historia; con los nombres comunes, nombre propio. Que las cosas del verano, el amor, la fe y el ardor se hielen para terminar en el invierno impecable de los libros. Y que sin embargo en este hielo un poco de vida permanezca congelada, fresca, garante de nuestra existencia y nuestra libertad. Ese poco de verdad mortal que arde en el corazón frío del escrito, la belleza parca del uno y el esplendor impasible del otro, esto es lo que me esforcé por decir aquí.

 

Pierre Michon.Mitologías de Invierno. De la traducción Nicolas Valencia, Ediciones Alfabia.
Copyright Jimarino

Pierre Michon nacio en Card, La Creuse, en marzo de 1945. Sigue vivo. Llegado tarde a la literatura, después de un renacimiento sonoro, Vidas minúsculas es su primera novela. Recientemente ha editado Les Onze, todavía inédito en español, libro con el que ha sido premiado con el prestigioso premio de la academia francesa en el 2009.

Obras de Pierre Michon

  • Vies minuscules, Gallimard (1984); Folio (1996).
  • Vie de Joseph Roulin, Verdier (1988).
  • L’empereur d’Occident, Fata Morgana (1989) con grabados de Pierre Alechinsky. Verdier Poche (2007) sin ilustraciones.
  • Maîtres et serviteurs, Verdier (1990).
  • Rimbaud le fils, Gallimard (1991).
  • La Grande Beune, Verdier (1996).
  • Le roi du bois, Verdier (1996).
  • Mythologies d’hiver, Verdier (1997).
  • Trois auteurs, Verdier (1997).
  • Abbés, Verdier (2002).
  • Corps du roi, Verdier (2002), premio Décembre.
  • Le roi vient quand il veut. Propos sur la littérature, Albin Michel (2007), grueso libro de 30 entrevistas revisadas por el autor.
  • Les onze, Verdier, 2009.

Traducciones al español

  • Rimbaud el hijo, traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama (2001).
  • Vidas minúsculas, traducción de Flora Botton-Burlá, Anagrama (2002).
  • Señores y sirvientes, traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama (2004).
  • Cuerpos del rey, traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama (2006).
  • Tres autores (publicado junto con Cuerpos del rey), traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama (2006).
  • Mitologías de invierno. El emperador de Occidente, traducción de Nicolás Valencia, Alfabia (2009).

25
Dic
09

James Joyce-Marilyn Monroe

Las cosas hermosas terminan por atraerse. El gusto de la belleza es exigente y esquivo, en nada se parece a lo uniforme, a lo establecido al por mayor. Anhela sus rincones de digresión, sus espacios de dignidad propios. La masa no consume belleza sino repetición, es la eterna maldición de las marcas de la moda o de los artistas consagrados a la publicidad, las radio formulas o a la industria de cualquier índole. A veces, algo popular desborda por completo su ámbito y adquiere esa extraña hermosura que lo sitúa en el espacio de lo eterno por razones misteriosa. Marilyn Monroe fue un imagen popular, en efecto, pero dotada de los matices necesarios, de una individualidad compleja y una rebeldía poco común. Trágica muerte para alguien tan evocador y frágil, tan auténtico y original a pesar de todo.

Hay en esta fotografía algo que me hace pensar sin remedio en Arthur Miller, es como si algo de él estuviera allí, componiendo el plano, habitando los lugares obviados por la imagen. Aunque Marilyn, eternamente, será un icono mucho más complejo que su mera reproducción superficial, esta fotografía nos la devuelve a un lugar diferente, el que ahora sabemos oscuro y profundo, amargo a menudo, terrible y trágico en la impresión de su belleza.

Cuando vi recientemente las imágenes en las que fumaba marihuana con un grupo de amigas supe por qué estuvo casada con Arthur Miller,  no por el hecho en sí de fumar hierba, sino por algo en su rostro que mas allá de su irresistible belleza,apuntaba a la presencia de la inteligencia y la sensibilidad. No siempre mata la inteligencia, tampoco la sensibilidad. Pero en su caso tal vez sí. La muñeca divina que paseaba su encantadora sonrisa por el mundo tal vez no pudo soportar ser una marioneta en manos del poder de Hollywood, una figura de cera que productores, estudios, revistas, todo el poder fáctico del universo del espectáculo, utilizaban a su antojo. Es posible que esa soledad sea incomprensible para mi o para la mayoría de nosotros. Seguro que encontraremos algunos que aplaudan mi ocurrencia con un tono irónico. Millones de dólares cobrados y uno está triste. Curiosas paradojas, convertirse en lo que se desea para ser infeliz. Quizá buscaba, anhelaba desesperadamente, la inteligencia de un hombre como Miller o como Kennedy, rastreaba una respuesta que en su ruidoso y pequeño mundo real en el fondo nunca pudo resolver. Comprendí que su eterna sonrisa, esa melena rubia tan clara y luminosa, esos labios gruesos, carnosos, dibujados con una perfección geométrica, o ese cuerpo rotundo que desbordaba la pantalla a cada paso, con cada centímetro de piel que mostraba al público, en cada curva, escondían mucho más de lo que los sueños cinematográficos quisieron ofrecer de ella. Tal vez hubiera sido más feliz en una granja del medio oeste, criando niños y malvas, haciendo el amor los sábados por la noche con su marido, leyendo el Riddest Digger, vistiéndose de gala para ir al baile en una sala de fiestas ajada que olía a boñiga de vaca y a heno podrido. El magnífico dramaturgo primero, después el flamante presidente de los Estados Unidos de América, debieron quedar fascinados por su belleza, pero también por algo más que la diferenciaba de la Mansfield, tan exuberante y estúpida. Puede que fuera esa sensualidad aniñada y desvalida, pero seguramente a su vez por ese lado inquietante, por esos ojos intensos que guardaban un abismo, un volcán, la pasión de una vida convertida en un escaparate que protegía la verdad de su alma, el camino improbable de una solución posible.

Tengo la sensación, y ahora más, conforme más cosas sabemos de ella, que esos deslices, esa fragilidad extraña, su aguda sensibilidad, la elevaron por encima de su mito pop, y ser conscientes de ello nos diferencia de sus seguidores mitómanos, de los coleccionistas de reproducciones, exagerados adalides de aquello que menos nos importa. La hemos visto desnuda junto a una piscina, envuelta en telas sedosas, también llorando o cantando el Happy Birthay Mister President. Pero aquí descubro que, aunque puedo coleccionar tazas con la reprografía pastosa del farsante de Warhol, ella alcanza un grado de atractivo que supera cualquier expectativa que barajase antes, que para colmo no  logro reprimir, surgido en la placidez de un atardecer; sus pies desnudos, el bañador a rayas de colores, su gesto concentrado, intensa la mano sobre su piel, los brazos bronceados por la exposición del día al sol, y ese silencio  a su alrededor, esa comunicación profunda y secreta que nace entre el libro y el lector, entre las páginas que pasa y sus ojos, en el hecho ensimismado de la atenta lectura.

Si alguna vez quise desearla, besar sus labios y estrechar su espléndida figura, o simplemente contemplar su irremediable erotismo,  anhelar lo tangible de su belleza, ahora, en ese instante en el que Eve Arnold captó el atardecer sobre un columpio, en un jardín, en su mano el Ulyses de Joyce, el rostro ensimismado, la mirada fija en las hojas, podría llegar a amarla, besar su alma.

No hay pose en su postura ni en el rostro. Todo cuanto sucede en ese instante parece natural, una prolongación del día bajo el sol, de los baños de la mañana, del paseo al mediodía, de la llegada inminente del anochecer. Es como si la fotografía hubiera logrado otorgarnos una intimidad por encima de cualquier artificio o imagen manida de Marilyn Monroe.

Lee el Ulyses de Joyce y me parece más bella que nunca, lo mejor es que además lo está acabando, está cercano el momento de concluir la mejor novela en inglés del siglo XX, la ha recorrido de arriba abajo, ha estado junto a Bloom y Molly, ha paseado por ese Dublin inolvidable, ha gozado con los alardes técnicos de la novela, con la utilización de elementos populares para construir un artefacto literario elevado, que pretende una comparación discreta, quizá lejana, con las aventuras extraordinarias de la Odisea, aunque éstas sean odiseas cotidianas, sin héroes ni heroísmo, o con un heroísmo discreto. Cuando examino la foto creo que Marilyn ha seguido con una atención pasmosa el capítulo de la llegada del carruaje real, el inmenso dominio literario que le permite contar la escena desde varios puntos del recorrido en el que se contempla el paso de los caballos, o quizá ese monólogo vibrante, erótico y deslenguado de Molly, o esa primera escena grandiosa en la torre, con un solemne Dedalus burlándose del gordo Mulligan  a punto de rasurarse la barba. Cuando vuelva a releer el Ulyses sabré que Marilyn leyó lo mismo que yo. Ella, mi admirada Monroe, la mujer de Arthur Miller y la amante de Kennedy. Lleva en los ojos Muerte de un viajante y Las Brujas de Salem, también la disposición de las habitaciones y los recovecos de la Casa blanca, el mundo del cine a su pies, la belleza en cada centímetro de su rostro. Los ojos, sin embargo, pertenecen en ese instante de la imagen a la lectura, a la literatura, el Ulyses de Joyce a punto de finalizar, casi terminado en una tarde apacible de final del verano, quizá últimos de septiembre, tan hermosa como ella o el libro que lee. La imagen la eterniza. Podría hacer más por la literatura que el propio Miller. Las mujeres hermosas lo son más cuando se impregnan de otras cosas bellas, cuando interiorizan otra hermosura posible a su alcance.  Ella lo ha hecho para siempre, lleva en su corazón una de las literaturas más extraordinarias del siglo XX y eso la embellece.

Joyce estaría orgulloso. El espigado irlandés frunciría el ceño tal vez, allá en su pobreza italiana, en sus años franceses, en su prolongado exilio anhelando la novela absoluta que proyectó. Si hubiera imaginado quién era Marilyn Monroe, si hubiera podido decirse así mismo que un día una bellísima mujer rubia leería su obra al calor de un atardecer veraniego, en un lugar tardío y solitario de los Estados Unidos, una mujer más famosa y popular que el más conocido de todos los escritores que él frecuentaba.

Me quedo con esta bonita historia de amor fugaz: Joyce y Marilyn fueron amantes, no hubo sexo, sólo el flechazo de una intimidad inolvidable, el sueño sensual de un Joyce que seguramente mientras escribía el Ulyses tuvo la intuición extraña e incomprensible de que una mujer inteligente y hermosa como una diosa un día suspiraría por él, incluso a pesar del parche en el ojo o el rictus severo con el que miró con desconfianza y asco las poses de Proust en un hotel de Paris. Finnegan´s Wake,  Retrato del artista adolescente, Dublineses, y todo por ella sin saberlo. Por los siglos de los siglos, amen l´amour. Ahora nos pertenecen.

Feliz Navidad a todos los que pasan por aquí

28
Nov
09

generaciones-el reino del vacio

Guilermo Pérez Villalta-El reino del vacio

GENERACIONES

A Ortega y Gasset


Decía Ortega y Gasset que cada quince años

aproximadamente una generacion

tomaba el relevo de la otra, y comenzaba la pugna que destituia

a los mayores de su trono en un largo proceso,

que contenía conflicto y convivencia,

y así sucesivamente, alimentando en la historia

la ilusión del regreso.

Hace más de medio siglo que Ortega y Gasset

murió, y en los ojos de los que vemos

a diario no se observa otra cosa que la misma mirada,

las mismas bocas, las mismas fauces

y  un ladrido familiar.

Si nos bloquearon en este simulacro

de ciertas delicias turcas,

de tardes fosfuorescentes y química ilegal,

deberíamos apretar los dientes para gozar de un astro que llamamos sol,

del aire que nunca debieron dejarnos

respirar, y empezar a perdonar

las promesas de un destino que ya no es nuestro,

y que probablemente no lo será jamás.

Copyright Jimarino2008


25
Ago
09

ezra pound-(un poeta del siglo XX)

Ezra Pound por Richard Avedon

Ezra Pound por Richard Avedon

En Abril de 1972 mi padre pidió un excedencia. Faltaban apenas cinco meses para que yo naciera y, sin embargo, decidió viajar a Italia para buscar a un poeta al que llevaba años leyendo y admirando. Salió en busca de Ezra Pound sin tener idea alguna de su paradero exacto, sólo guardaba esa noticia de prensa publicada en Le Monde en 1958 en la que se informaba del viaje del poeta desde Estados Unidos hasta Italia, después de su liberación del Hospital psiquiátrico de St. Elisabeth. Había pasado catorce años encerrado allí, desde noviembre de 1945, la mayor parte del tiempo recluido en una celda de apenas dos metros cuadrados, herméticamente sellada. Hasta mediados de los cincuenta compartió presidio con enfermos mentales graves y dementes furiosos, sólo a partir de entonces se le permitió un régimen abierto donde sus discípulos y su mujer podían visitarle. En esa época ya tenía sesenta años. Su gloria se había disipado a causa de sus simpatías por el movimiento fascista italiano, aunque nunca comulgó con sus ideas políticas o su sentido de la tiranía. Elaboró en sus años en Rapallo una curiosa teoría económica y política que en 1934 el Congreso de los Estados Unidos rechazó tras su apasionada exposición. Pound abandonó temporalmente la poesía para realizar su sueño económico del Crédito social con la que pretendía reinventar una nueva economía libre de usura, y creyó, en aquella época quijotesca que lo llevó a tratar de convencer de sus ideas a la República española a través de Salvador de Madariaga, que el único sistema que podía poner en práctica su ideario era el fascismo. De alguna manera reconoció después el error, pero nunca se inculpó de traición, simplemente se jactaba de haber expresado su original modo de entender el mundo y de confundir a sus aliados.

Nació en 1885, en una cabaña de Hailey, en Idaho. Con apenas 15 años ya había viajado por Italia, Francia y España. En Londres desarrolló sus labores literarias más fructíferas. Se sabe que corrigió y redujo el largo poema de T.S Elliot La tierra baldía a la mitad hasta dejarlo en la versión actual que conocemos, obra cumbre de la poesía en lengua inglesa del siglo XX. Apoyó la publicación del Retrato del artista adolescente de James Joyce y posteriormente su archifamoso Ulyses. Su relación con W.B. Yeats, de quien fue secretario personal, propició un salto artístico enorme en la producción poética de ambos. Fue tal su cercanía que terminó casándose con la amante de Yeats, Dorothy Shakespear. Vivió en Londres mucho tiempo, y sin que lo supiera por entonces, había inspirado y creado las primeras expresiones poéticas modernas de la poesía inglesa, relacionándose estrechamente con los dos poetas que marcarían el siglo literario británico, Yeats y T.S. Elliot, éste último como declarado discípulo. Llegado  a Londres en los años anteriores a la primera guerra mundial se marchó de la capital habiendo revolucionado de arriba a abajo la literatura de su tiempo.

Mi padre nunca me habló de ese viaje, ni siquiera de lo que sabía sobre Ezra Pound. El poeta vivió algunos años en los que el éxito y el reconocimiento fueron una constante en su vida. Más tarde se instaló en Paris donde se sintió tentado por los dadaístas, pero fue algo pasajero y decidió finalmente quedarse en Rapallo, Italia.

EZRA POUND

Hace un tiempo, cuando me enteré de la existencia de ese viaje misterioso, mi madre me reveló que tuvieron discusiones airadas al respecto. ¿Por qué desplazarse hasta Italia para buscar a un poeta americano medio loco cuando su hijo iba a nacer en apenas unos meses?. Tengo la sensación de que él tenía que cumplir una promesa, algo por lo que se sentía en deuda, quizá con él mismo, o con alguien que conoció. Nunca podré saberlo. Lo cierto es que años más tarde, por mis propios medios, pude descubrir la relación de Pound con la literatura americana y su enorme influencia en la poesía del siglo XX. Participó exitosamente de casi todas sus expresiones y entabló relaciones, como ya dije, con los autores más destacados de su tiempo. Parecía un gurú en esos años en los que todavía esa palabra carecía del sentido actual. Convertido en guía, en centro y faro de la escritura más vanguardista de su época, sus escarceos con las teorías económicas y políticas posteriores resultan un misterio. Quizá creyó que con la poesía no era suficiente y su reto intelectual exigía tareas más útiles o de mayor envergadura, o justo lo contrario, que sus conocimientos poéticos y humanistas, como pensaron los clásicos, podían ayudar a organizar el mundo de otro modo.

Durante la guerra emitió por radio programas en los que críticaba sin mesura la actitud del gobierno americano, de nuevo adscrito a las filas del fascismo que dominaba Italia. Apoyó abiertamente a la República de Saló con la que Mussolini trató de salvar los restos del régimen. Todo un enigma esa transformación, esa imagen de Pound casi intolerable al acercarse a cualquiera de sus poemarios, a la complejidad y a la riqueza artística de los Cantos. Había traducido al inglés numerosas obras maestras de la poesía china y japonesa, adoraba a Confuncio y había trabajado durante años para ofrecer un versión digna del Analectas. En Francia rescató a poetas del romancero medieval y provenzal, también a rapsodas latinos casi perdidos. ¿Cómo un hombre como él pudo unirse a la causa del fascismo, a su vulgaridad, a su tosca masculinidad y a ese ridículo sentido autocrático en torno a un personaje como Mussolini?. Me hubiera gustado preguntárselo a mi padre, que siempre despreció abiertamente cualquier dictadura. Quizá él tuviera alguna respuesta. También desearía conocer la razón que le empujó a buscar  a ese hombre en 1972, dejándonos durante dos meses para recorrer Italia. Por entonces, Pound era un poeta denostado y condenado al olvido. La presión del gobierno norteamericano había sido tan dura que sus libros fueron en los años cincuenta  tesoros secretos. De sus últimos años no se sabe demasiado, y mi padre nunca me confesó si llegó a encontrarse con él. Ese año, Pound cumplía noventa y siete años.

Cuando las tropas norteamericanas liberaron Italia fue arrestado cerca de Génova e interrogado por su colaboración propagandística con el fascismo. Ya en el año 42 fue considerado traidor a la patria. Cuentan, aunque no sé si es un testimonio apócrifo por su empeño en el detalle, que de Genova fue trasladado a Pisa y encerrado en una jaula de tiras de metal y suelo de cemento ( en algunas versiones era de alambres de púa),  a la intemperie, sufriendo la inclemencias del tiempo, violencia física y numerosas humillaciones. La dureza de aquella reclusión propició que comenzaran sus crisis mentales agudísimas. Tras seis meses de encierro, fue extraditado a Estados Unidos donde se le internó en un hospital psiquiátrico. Alli iniciaria sus Cantos, como si todo lo anterior hubiera sido borrado, con sus amistades disipadas, su influencia desprestigiada y obviada, mas con el ímpetu de un creador inigualable, que hizo surgir del dolor su fuerza. Jamás llegó a concluir su plan, aunque vivió casi un centenar de años.

pound

Poco antes de que mi padre decidiera emprender su particular viaje, la generación beat, con Ginsberg y Ferlinghetti a la cabeza, decidieron vistar a Pound como habían hecho con otro icono de la contracultura americana, Paul Bowles. Hay algunas fotografías de esos encuentros. Ginsberg, en su busqueda incesante de trascendencia para su poesía, pensó por supuesto en Walt Whitman como referencia, un ideario que podía servirle, y sobre todo en Ezra Pound, monstruo de la poesía americana, considerado además persona non-grata por el gobierno americano y todavía vivo. No en vano, antes de partir a Italia tras su liberación, dijo en público que los USA no eran mas que un asilo de locos. Semejantes declaraciones, unidas a la definición de su país que dio en varias ocasiones; un país de tenderos y usureros, entroncaban extraordinariamente bien con el espíritu contestatario de la contracultura norteamericana. Es verdad que Pound estaba más cerca de la experimentación literaria de T.S. Elliot, de la poesía de W.H. Auden o Robert Frost, que de los iracundos beats, y que pasado el tiempo, a excepción de algunos versos de Ginsberg, el más dotado del grupo, el destino de esa poesía ha quedado enterrado, mientras que los Cantos de Pound y en general sus diferentes etapas poéticas mantienen su vigencia y su poder de fascinación. Pero a cierta edad, es posible que el corazón se reblandezca, o que el deseo discreto de ser reivindicado sea una necesidad. Pound aceptó esas visitas y de alguna forma las aprovechó. Nos quedan de los años anteriores a su muerte tan sólo un puñado de fotografías esporádicas, donde su figura quijotesca surge foribunda entre los claros oscuros del blanco y negro, los ojos perdidos, el alma llena de dolor.

Hace apenas seis meses encontré en la casa familiar de la Sierra de Gúdar unas notas en uno de los numerosos cuadernos que mi padre escribió a lo largo de su existencia. Fue una casualidad, pues al subir a la buhardilla donde se acumulan las miles de revistas coleccionadas desde 1972 hasta 1995, los polvorientos libros de texto y viejas novelas, los archivos fotográficos de la familia, y kilos de polvo anclado como un espejo eterno de lo acontecido, me senté en el confortable butacón de la abuela desde donde podía ver sin levantarme la montaña donde se alza el castillo derruido y la calle principal. Sentado en esa isla de tiempo, entre el olor de los papeles viejos, encendí un cigarrillo y, a tientas, busqué el interruptor que tenía detrás para conectar la luz. Con torpeza debí rozar la estantería que había sobre mí cabeza y cayeron al suelo varios cuadernos de los que había apilados. Ojeé al azar durante un cuarto de hora algunos, hasta que en uno con las tapas rojas, fechado en 1974, descubrí que mi padre había trascrito Carta del exiliado, un hermoso poema de Ezra Pound que yo conocía desde hacía años en la imperfecta y sonora traducción de Ernesto Cardenal. Volví a leer el poema entusiasmado, y lo cierto es que me resultó tremendamente familiar, como si lo hubiera revisado unos días atrás. Recordé al instante el momento de la primera vez que lo degusté casi veinte años atrás, e incluso aquella idea que me rondó a finales de los años noventa; escribir un cuento o una novela corta utilizando el texto. Había algunas anotaciones escritas con la enrevesada letra de mi padre inmediatamente a continuación del poema y creí que encontraría algún detalle que aclarara las razones de aquel viaje sorprendente.

Ezra Pound con Ford Madox Ford y James Joyce

Ezra Pound con Ford Madox Ford y James Joyce

Todavía dudo de si llegó a hallar a ese hombre fascinante, contradictorio, terrible y brillante, si en alguno de su largos trayectos pudo saber de él, si logró intercambiar alguna frase con el poeta. Lo único que sé es que mi padre fue un buen tipo, y que, como en ese poema que escribí hace tiempo, Cartografías, siempre estuvo dispuesto a sacar el catalejo y a otear el horizonte para ver si hallábamos a nuestras invisibles sirenas. Siento la paternidad como algo positivo. Lo cierto es que las obras de Pound quedaron durante años clavadas en las estanterías del despacho, impávidas, hasta que mi hermana, a finales de los noventa, se vio empujada a escribir poesía y fue rastreando uno a uno todos los libros de versos que mi padre había acumulado en las décadas anteriores. Destino de poetas, debió pensar, observando con temor y emoción el día en que Carmen se adentró fascinada en las páginas de los Cantos ¿Qué debía decirle ese hombre a una persona nacida casi cien años después? ¿Qué efectos provocaría en ella? ¿Sería algo similar a lo que sintió él cuando leyó sus primeros versos?.

Pienso, que en las preguntas que nos hacía mi padre subyacía ese temor a que cruzáramos esa fina línea que separa la lucidez de la locura, ese arrebato que acomete a veces a los hombres inteligentes como Ezra Pound y los arrastra por incomprensión y por desprecio hacia la demencia. Se puede adorar la figura de un hombre como él y, sin embargo, no querríamos que nuestros seres queridos cayeran en destinos tan aciagos. Pound vivió el siglo XX con todas sus miserias y luces. A las relaciones comentadas con Yeats o T.S. Elliot, la ayuda desinteresada que prestó a Joyce, su amistad con Ford Madox Ford, o en Paris años después con Tristan Tzara, Marcel Duchamp o Fernand Léger, se le unió una espléndida retahíla de discípulos brillantes posteriormente. Sus ensayos literarios en torno a la poesía siguen siendo válidos, su modernidad inspiró desde luego mucha de la poesía ulterior, aunque su prestigio manchado, sus extravagancias ideológicas y políticas, hicieran que su nombre quedara silenciado o su influencia disminuida. No podría entenderse la poesía de Robert Frost o la William Carlos William sin su enorme talento lírico.

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A veces imagino ese encuentro; mi viejo tantos años más joven, paseando por un paisaje agradable de Italia, acercándose despacio al parque en el que un anciano con dificultades respiratorias, vestido con cierta elegancia, contempla el horizonte. Es una lástima que nunca llegue a saber que se dijeron. Probablemente en 1972, pocos meses antes de que Pound muriera, éste no era capaz ni de hablar con coherencia a causa de la edad y los fármacos que consumía. Recuerdo un texto de Lawrence Ferlinghetti de 1965, la emoción ante las palabras transparentes, rotas y fatigadas del maestro, su aspecto desvalido y torpe. Estaba ya envejecido y destruido, su rostro expresaba un dolor inexorable e indrescriptible, el mismo que se aprecia en algunas de sus fotografías de anciano. Tengo la sensación de que el siglo que vivimos no será bueno para él tampoco, pero que, tal vez, su enorme modernidad, sustentada en la magnifica aparición de raíces ancestrales, de elementos permanentes y consistentes, y ese sentido extraordinario para la poesía, para la música del verso libre, reivindicarán su figura, y su complejidad serás mas asequible en el futuro. Seguiré leyendo los cuadernos de mi padre, uno por uno, quizá a la espera de hallar alguna respuesta a ese viaje.

Ezra Pound sabía de primera mano que lo que había escrito poseía cierta trascendencia literaria. De hecho, su poema a Walt Whitman –Whitman es el fundador no sólo de la poesía norteamericana sino de toda su literatura- siempre me fascinó. Unos versos inmejorables para describir en qué consiste el diálogo fructífero de las letras, como evoluciona esta historia ya vieja y fatigada. Un día, un poeta de cualquier nacionalidad escribirá un pacto con Ezra Pound para seguir, de eso estoy seguro.

Supongo que mi padre estaría orgulloso de la pequeña lista de poemas que trascribo, y como Pound hubiera dicho, los envío hasta mil millas de distancia a la espera de que contesten los escribas y el tiempo; mientras, quedo pensando.

Copyright Ariño 2009

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POEMAS Y TEXTOS

UN PACTO

Haré un pacto contigo, Walt Whitman-

Te he detestado ya bastante.

Vengo a ti como un niño crecido

Que ha tenido un papá testarudo;

Ya tengo edad de hacer amigos.

Fuiste tú el que cortaste la madera,

Ya es tiempo ahora de labrar.

Tenemos la misma savia y la misma raíz-

Haya comercio, pues, entre nosotros.

El ARTE DE LA POESÍA

Constantemente repito que se necesitaron dos siglos de Provenza y uno de Toscana para desarrollar los instrumentos que utilizó Dante en su obra maestra, y que fueron necesarios los latinistas del Renacimiento y la Pléyade, además del lenguaje colorido de su propia época, para preparar los instrumentos de Shakespeare. Es de enorme importancia que se escriba gran poesía, pero no importa en absoluto quién la escriba.

Si algo se expresó de una manera definitiva en la Atlántida o en la Arcadia, en el año 450 a. c., o en el 1290 de nuestra era, no nos toca a los modernos decirlo de nuevo ni empañar la memoria de los muertos diciendo lo mismo pero con menos habilidad y convicción.

En cada época uno o dos genios descubren algo y lo expresan. Puede estar solo en una o dos líneas, o en alguna cualidad de una cadencia, y después veinte o doscientos o dos mil o más seguidores repiten y diluyen y modifican.

La gran literatura es sencillamente idioma cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades. Tal como en medicina existen el arte de diagnosticar y el arte de curar, también en las artes, y en las artes particulares de la poesía … existe el arte de diagnosticar y el de curar. Uno persigue el culto de la fealdad y el otro el culto de la belleza.

La mayoría de los llamados poetas mayores han regalado su propio don, pero el término de “mayor” es más bien un regalo que les hace Cronos a ellos. Quiero decir que han nacido justamente a su hora y que les fue dado amontonar y arreglar y armonizar los resultados de los trabajos de muchos hombres.

En el verso algo le ha sucedido a la inteligencia. En la prosa la inteligencia ha encontrado un objeto para sus observaciones. El hecho poético preexiste.

Los artistas son las antenas de la raza. … digamos que los escritores de un país son los voltímetros y los manómetros de la vida intelectual de la nación. Son los instrumentos registradores, y si falsifican sus informes no hay límite al daño que pueden causar. El mal arte es un arte inexacto. Es arte que rinde informes falsos.

Toda crítica debería ser admitidamente personal. Al final de cuentas el crítico sólo puede decir “me gusta” o “me conmueve”, o algo por el estilo. Cuando se nos ha mostrado a sí mismo, podemos comprender lo que quiere decir. Todo crítico debería dar información acerca de las fuentes y límites de su conocimiento.

Sugiero mandar al diablo a cuanto crítico emplee términos generales vagos. No sólo a los que usan términos vagos por ser demasiado ignorantes para tener algo que decir, sino también a los críticos que emplean términos vagos para ocultar lo que quieren decir, y a todos los críticos que emplean los términos tan vagamente que el lector puede creer que está de acuerdo con ellos o que asiente a sus afirmaciones cuando de hecho no es así.

Haz que un hombre te diga antes que nada y en especial qué escritores piensa que son buenos escritores; después se pueden escuchar sus explicaciones.

La única crítica realmente viciada es la crítica académica de los que hacen la gran renuncia, que se niegan a decir lo que piensan, si es que piensan, y que citan las opiniones aceptadas… Su traición a la gran obra del pasado es tan grande como la del falso artista del presente. Si no les importa lo suficiente la herencia como para tener convicciones personales, no tienen derecho a escribir.

No hagas caso de la crítica de quienes nunca hayan escrito una obra notable.

Usar tres páginas para no decir nada no es estilo, en el sentido serio de la palabra.

No repitas en versos mediocres lo que ya se haya dicho en buena prosa. No creas que se puede engañar a una persona inteligente esquivando las dificultades del inefablemente difícil arte de la buena prosa mediante el artilugio de fraccionar la composición en versos.

Lo que hoy aburre al entendido aburrirá al público mañana.

Déjate influir por cuantos grandes artistas sea posible, pero ten la decencia de reconocer plenamente la deuda o, si no, trata de ocultarla. Que el aprendiz se llene la cabeza con las mejores cadencias que pueda descubrir, preferiblemente en un idioma extranjero, para que el significado de las palabras tenga menos posibilidades de distraer su atención del movimiento del verso.

No te imagines que algo “saldrá bien” en verso sólo porque resulta pesado en prosa. La poesía es un centauro. La facultad pensante, estructuradora y aclaradora de las palabras debe moverse y saltar con las facultades energizantes, sensitivas y musicales. Es precisamente la dificultad de esta existencia anfibia lo que mantiene bajo el número de buenos poetas de quienes se tiene noticia.

Es cierto que la mayoría de la gente poetiza más o menos, entre los diecisiete y los veintitrés años. Las emociones son nuevas, y para su dueño, interesantes y no hay mucha personalidad o mente que mover. Conforme el hombre, conforme su mente, se vuelve una máquina más y más pesada, una estructura cada vez más complicada, necesita de un voltaje cada vez mayor de energía emotiva para adquirir un movimiento armónico… En el caso de Guido, su obra más fuerte se da a los cincuenta. La poesía más importante la han escrito hombres de más de treinta.

Citando mal a Confucio, se podría decir: No importa que el autor quiera el bien de la raza o que actúe simplemente por vanidad personal. El resultado se produce mecánicamente. En la medida en que su obra es exacta, es decir, fiel a la conciencia humana y a la naturaleza del hombre, en la medida en que formula con exactitud el deseo, será duradera y será “útil”, quiero decir que mantiene la claridad y precisión del pensamiento, no sólo para el beneficio de algunos diletantes y “amantes de la literatura”, sino que mantiene la salud del pensamiento fuera de los círculos literarios y en una existencia no literaria, en la vida general comunal e individual.

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PICADILLY

Bellas, trágicas caras-

vosotras que fuísteis lozanas y estáis tan abatidas;

y, oh, las envilecidas, que pudísteis haber sido amadas,

y estáis tan impacientes y borrachas,

¿quién os habrá olvidado?

Oh, caprichosas, frágiles caras, pocas en muchas,

las gruesas, las toscas, las descaradas,

Dios sabe que no puedo compadecerlas, quizá, como

debiera;

pero, oh, vosotras, delicadas, caprichosas caras,

¿quién os habrá olvidado?

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CARTA DEL EXILIADO

A So-Kin de Racuyo, mi viejo amigo y Canciller de Gen

Recuerdo cuando me hiciste un bar particular

En el extremo sur del puente de Ten-Shin.

Con oro reluciente y transparentes gemas pagábamos

los cantos y las risas

Y pasábamos ebrios un mes tras otro, sin pensar en el

rey ni los príncipes

Hombres inteligentes venían por el mar y la frontera

occidental

Y con ellos, contigo sobre todo,

Nos entendíamos perfectamente

Y nada para ellos cruzar el mar o las montañas

Con tal de estar en nuestra compañía,

Y hablábamos de todo, sin ocultarnos nada, y sin

pesares

Después fui confinando a Wei del Sur,

Encerrado en un bosque de laureles,

Y tú hacia el norte de Raku-hoku

Hasta no haber entre nosotros más que añoranzas y

memorias comunes

Y luego, cuando era ya insufrible continuar separados,

Volvimos a encontrarnos y fuimos a Sen-Go,

Siguiendo las mil vueltas y remolinos de las sinuosas

aguas,

Hasta un lugar resplandeciente con millares de flores,

Que era el primero de los valles,

Y luego otros mil valles llenos de voces y del rumor

del viento en sus pinares.

Y con sillas de plata y riendas de oro

Salió a encontrarnos el capitán Kan del Este y su

comitiva.

Y vino allí también el verdadero mandamás de Shi-yo,

a darme a mí la bienvenida

Sonando un órgano de boca incrustado de piedras

preciosas

Y en las casas de dos y más pisos de San-Ko nos

obsequiaron más música Sennin,

Con muchos instrumentos, como en un coro de Pichones

de Fénix.

El mandarín de Kan Chu, ebrio, bailaba,

porque sus largas mangas no conseguían estar

inmóviles

Con la charanga de aquella música.

Y yo, cubierto de brocados, me lo quedé dormido sobre

las piernas,

Con el espíritu tan encumbrado que me hallaba en el

séptimo cielo,

Y antes del fin del día nos dispersamos como estrellas

o lluvia.

Yo me tenía que marchar a So, muy lejos todavía aguas

arribas,

Tú regresaste a tu puente del río.

Y tu padre, que era valiente como un leopardo,

Gobernaba en Hei-Shu, y sometió a los bárbaros.

Y un mes de mayo te mandó a traerme,

a pesar de la enorme distancia.

Y con las ruedas rotas y lo demás, fue un viaje duro,

sobre caminos retorcidos como tripas de chivo,

Y yo que caminaba todavía a finales de año

bajo el viento cortante que soplaba del norte,

Y pensaba qué poco te preocupaba el gasto

y tú me preocupabas lo suficiente para pagarlo.

Y ¡qué recibimiento!

Copas de jade oro, platos bien arreglados en una mesa

azul toda enjoyada

Y yo borracho, y sin pensar en el regreso,

Y tú caminabas conmigo hasta el extremo occidental

del palacio

Hasta el templo dinástico, rodeado de agua, un agua

transparente como jade azul claro,

Con canoas bogando, y el son de las armónicas y tam-

boriles,

Y las ondas parecidas a las escamas de los dragones,

remedando el verdor de la yerba en el agua,

El placer prolongado en compañía de las cortesanas,

yendo y viniendo sin estorbos,

Con las pelusas de los sauces cayendo como nieve,

Y las chicas pintadas con bermellón, emborrachándose

por fin al caer la tarde

Y el agua, de cien pies de hondo, reflejando sus cejas

verdes,

-Unas cejas pintadas de verde son para verse bajo la

luna tierna,

Lindamente pintadas-

Y las muchachas cantando y respondiéndose con cantos

las unas a las otras

Bailando en trajes transparentes,

Y el viento alzando el canto, interrumpiendo,

Y zarandeando bajo las nubes.

Pero todo esto tiene fin.

No se vuelve a encontrar otra vez.

Me fui a la corte a presentar examen,

Probé la suerte de Layú, ofrecí el canto Choyo,

Sin lograr promoción

Y regresé a las montañas del Este

con la cabeza blanca.

Y más tarde, otra vez, nos encontramos en el puente

del sur,

Y luego el grupo se deshizo, tú partiste hacia el Norte,

para el palacio San,

Y si tú me preguntas cómo es que siento tu partida:

Tal como caen las flores al terminar la primavera,

Confusamente, en agitado remolino.

¿Para qué sirve hablar? -y hablar no tiene fin,

No tienen fin las cosas del corazón.

Llamo al muchacho,

Lo hago sentarse en los talones aquí a mi lado

A sellar esto,

Y te la envío hasta mil millas de distancia, mientras

quedo pensando.

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LA BUHARDILLA

Vamos, compadezcamos a los que están mejor que

nosotros,

Vamos, amigo, recordemos

que los ricos tienen camareros y no

amigos.

Y nosotros tenemos amigos y no camareros.

Vamos, compadezcamos a los casados y a los no

casados.

La aurora entra con pasitos menudos

como una dorada Pavlova,

Y yo estoy junto a mi deseo.

Y la vida no tiene nada mejor.

Que esta hora de diáfana frescura,

la hora de despertarnos juntos.

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LA TUMBA DE AKR ÇAAR

“Yo soy tu alma, Nikoptis. He acechado

estos cinco milenios, y tus ojos muertos

no se han movido, ni responden nunca a mi deseo,

y tus ágiles miembros, en los que yo saltaba ardiendo,

no se queman conmigo, ni con nada azafranado.

Mira, la leve hierba brotó para hacerte de almohada,

Y te besa con sus miles de lengüitas de hierba;

Pero no tú a mí.

Me he cansado de leer todo el oro del muro,

Y mi pensamiento ha agotado todos los signos.

Ya no hay nada nuevo en todo este lugar.

Yo he sido buena contigo. Mira, he sellado las jarras,

No sea que despiertes y solloces por tu vino.

Y todas tus túnicas las tengo asentadas sobre ti.

¡Oh ingrato! ¡Cómo me olvidaré!

-Aún el río hace tanto tiempo,

¿El río? Tú eras demasiado joven.

Y tres almas vinieron sobre ti-

Y yo vine.

Y corrí dentro de ti, las eché;

He tenido intimidad contigo, conocido tu modo.

¿No he tocado la palma de tus manos y las yemas de

tus dedos?

¿Circulando dentro de ti, y en torno tuyo y de tus

talones?

¿Cómo te entré? ¿No era yo acaso tú y Tú?

Y ningún sol viene a darme descanso en este lugar,

Y me destrozo en la dentada sombra,

Y ninguna luz cae sobre mí, y tú no dices

Ni una palabra, día tras día.

¡Oh! Yo me podría salir, a pesar de los signos

y todo el trabajo en la puerta habilmente ejecutado,

afuera sobre los campos de verdura de vidrio…

Pero aquí es quieto:

No me voy.”

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LA ISLA EN EL LAGO

Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrón de los ladrones,

Dame a su tiempo, te suplico, una tiendita de tabaco,

Con las brillantes cajitas

primorosamente apiladas en los estantes

Y el fragante anduyo suelto

y la picadura,

Y el brillante Virginia

suelto en los vasos de vidrio,

y un par de balanzas no demasiado grasientas,

y las prostitutas entrando de pasada para una palabra

o dos,

Para una broma, y arreglarse el pelo un poquito.

Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrón de los ladrones,

Préstame una tiendita de tabaco,

O instalamé en alguna profesión

Que no sea esta maldita profesión de escribir,

Donde uno necesita su cerebro todo el

tiempo.

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CANTO XLV

Con Usura


Con usura ningún hombre tiene una casa de buena

piedra.

Cada bloque pulido bien encajado

para que el dibujo pueda cubrir su cara,

con usura

ningún hombre tiene un paraíso pintado en la pared de

su iglesia

harpes el lutes

o donde virgen reciba mensaje

y halo se proyecte de la incisión,

con usura

ningún hombre ve a Gonzaga sus herederos y sus

concubinas

ninguna pintura es hecha para durar ni para vivir con

ella

sino que es hecha para vender y vender pronto

con usura, pecado contra natura,

tu pan es cada vez más de trapos viejos

seco es tu pan como papel,

sin trigo de montaña ni harina fuerte

con usura la línea se hace gruesa

con usura no hay clara demarcación

y ningún hombre puede hallar sitio para su morada.

El tallador de piedra es alejado de su piedra,

el tejedor alejado de su telar

CON USURA

no viene lana al mercado

la oveja no da ganancia con la usura

La usura es una morriña, la usura

mella la aguja en la mano de la doncella

y detiene la habilidad de la hilandera. Pietro Lombardo

no vino por usura

Duccio no vino por usura

ni Pier della Francesca; Zuan Bellin no por usura

ni fue “La Calumnia” pintada.

No vino por usura Angélico; no vino Amborgio Praedis,

No vino ninguna iglesia de piedra pulida firmada:

Adamo me fecit.

No por usura St Trophine

No por usura Saint Hilaire,

La usura ensarra el cincel

Ensarra el arte y el artesano

Roe el hilo en la rueca

Ninguna aprende a bordar oro en su bastidor;

El azur tiene un chancro por la usura; el cramoisí está

sin bordar.

La esmeralda no encuentra su Henling

La usura asesina al niño en el vientre

Impide el galantear del muchacho

Ha traído parálisis al lehco, yace

Entre la novia y el esposo

CONTRA NATURAM

Han traído putas a Eleusis

Cadáveres se han sentado al banquete

Invitados por la usura.

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12
May
09

el erotismo 2ªparte-(los desnudos de Modigliani)

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Amedeo Clemente Modigliani nació en Livorno en 1884, y murió de meningitis tuberculosa en París, el 24 de Enero de 1920. Desarrolló su labor artística tanto en el ámbito de la pintura como de la escultura. Vivió una vida salvaje, bohemía y libre y murió en la miseria. Su relación con la escuela de París e importantes pintores de su época reividicaron la magnitud de su obra años después de su muerte. Hoy en día está considerado como uno de los pintores más importantes del siglo XX.
Todos los poemas pertenecen al poemario En torno al erotismo  (Octubre 2008-Marzo 2009). Copyright Jimarino

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VI

Entre tus genitales, sus funciones

internas y el erotismo,

se encuentra el hallazgo de tu inteligencia

(o esa poesía o esa mística),

la que desvela esas telas

y saca la lengua de madrugada,

la que impulsa el sentido de esta danza,

del vaivén y la sombra,

del misterio que nos queda por vivir,

lo que da sentido a esta muerte lenta.

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VII

(SPLEEN)

No pudimos vivir de deseo

y pronunciamos aquella maldición

al despedirnos.


“Nunca te acariciarán el alma, ni quedarás

exhausto de la plenitud de esta dicha,

ni correrá la sangre por tus venas hasta

mi garganta, jamás verás el resplandor

de morderme ni la humedad que nos baña.

No respirarás el aire de mi pecho

ni yo el viento de tu cálido abrazo,

no te dejarán sin palabras,

no te arrancarán los ojos y el sentido

cuando el ritual se celebre.

Nadie te hará gozar de no tener nombre,

de la llama que nos quema anónima.

Nunca serás una prolongación de tu sexo

extendido hasta erizar la noche.

Raro será el viento que te empuje hasta elevarte,

no hallarás nunca más mujeres ni hombres de aire

con quienes hacer el amor sea volar

(volar de Girondo, volar de Bataille)

No serás una identidad rota de circos y luces,

una identidad de pura piel y tacto,

ni caricia ni beso largo en el centro

de tu goce; nunca volverás a ser el roce

de este amor sagrado.”


Teníamos razón al despedirnos…

pero no pudimos vivir de deseo.

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XI

Entre una y otra muerte

te apremio a divertirnos.

Quizá esta fascinación es poco

para tu asombrosa herencia,

o nada para tu quietud apacible

que no ceja de moverse.

Pero así es,

entre el día de hoy y tu muerte

sólo tendrás un puñado

de simulacros súbitos

de espasmos plácidos,

o esa ficción de la maternidad.

Soñemos pues con las danzas,

en cada beso que te entrego

todas las muertes serán fascinantes.

Ya lo sabes;

Entre una muerte y la otra

te apremio a divertirnos.

********************

XII

Dejémoslo claro esta noche:

Tu reproducción no me interesa

más allá de tu absoluta entrega.

Yo prefiero el ritual,

aunque disimule,

aunque te diga que esto

es lo que crees.

Quiero dejarlo claro:

todo tu ser no me interesa

en el futuro,

es la pura ceremonia

lo que incendia,

es la invención que construimos

ciegos lo que arde,

es el largo gemido

que expulsa el presente.

Lo fértil espanta:

es la humanidad que gira

y el frío que nos corroe:

quiero morir en ti,

nada más;

la vida está ya en otra parte.

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XV

Cuando ella le miró a los ojos

sintió el silencio,

un eco sordo

y la punzada fina.

El espantapájaros saltó hacia delante

con el pulso tierno

y sus pasos quedaron flotando

en el aire de la tarde.

Fue entonces cuando mordió

su cuello junto al mar,

pero les faltaba el sentimiento

de una violencia elemental

y aquella sangre sabía

demasiado dulce,

demasiado aguada.

No tenemos el aliento que anima,

los movimientos de este compás

cuyo nombre pronuncias;

todo lo que hay entre tú y

y yo es falta de violencia.

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XIX

El erotismo siempre es

nuestro problema,

ya lo sabes;

surge de la brumas

del equilibrio

para acuciarnos,

ensombrece la luz,

enciende la oscuridad a su vez.

Ese misterio inflama

incluso lo anodino

de su consecuencia,

a pesar de la dirección

equivocada.

Tarda en surgir,

y lo hace por error,

o por incoherencia;

pero ahí está, incólume,

inaccesibles a los dos.

Cada uno de sus ecos

me conduce a ti

y a la vez me aparta

de la corriente.

El erotismo siempre

es nuestro problema.

Quizá nos falte

la auténtica

imaginación de la extinción.

*********************

III

Todo lo que lo desea el alma

desnuda es cierto,

posee el don de nuestra coherencia.

Surge de lo que no podemos tocar,

de los labios que no hablan

y del silencio que es ruido ensordecedor.

Abre los ojos ante las apariciones

y teme a los suspiros contenidos.

Desnuda sobre una cama de pétalos

sueña con llegar a la santidad

de una masturbación frenética

que relame húmeda el alma.

Así somos dioses,

así somos polvo de eternidad.

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XVII

(JURAMENTO DE LA SIRENA ETERNA)

Podría vivir dentro

de ti.

Por eso bebo tu semen,

tu continuidad.

La engullo en la certeza

del tiempo,

en la seguridad

de que no me

olvidarás jamás

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24
Abr
09

W.H. AUDEN-Fragmentos de un poema no escrito (1ªparte)

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EXTRACTOS (VARIACIONES) DEL POEMA EN PROSA DE W.H. AUDEN, UN POEMA NO ESCRITO (1959)

La verdad del poeta (como la verdad del auténtico escritor)
difiere por completo de los pronombres personales.
El poeta finge el “yo”, el “tú” y el “él” de manera
inconsciente, pero en su sinceridad se halla la verdad,
jamás en su biografía ( a lo sumo hay que pedirle
que la veracidad parezca auténtica, exigirle que la haya vivido,
que sea una experiencia asimilada de su yo velado).

A cualquier poema escrito por otra persona, lo primero que
le exijo es que sea bueno (quien lo escribió tiene una
importancia menor); a cualquier poema escrito por mi, lo primero
que le exijo es que sea genuino, reconocible, lo mismo
que mi letra, como algo que ha sido escrito, para bien o para mal,
para mi. (En lo tocante a sus propios poemas, las preferencias
del poeta y las de sus lectores a menudo se solapan pero rara
vez coinciden.)

Pero este poema que ahora me gustaría escribir tendría que
ser no sólo bueno y genuino: si ha de satisfacerme, también
debe ser verdadero.
Leo un poema de otra persona en el que se despide de su
amada entre lágrimas: el poema es bueno (me conmueve
como lo hacen otros poemas buenos) y genuino (reconozco la
“letra del poeta”). Luego, en una biografía, descubro que, por
las mismas fechas en que lo escribió, el poeta estaba harto
de la muchacha pero fingió llorar a fin de evitar una escena y
no herir sus sentimientos. ¿Afecta este dato a a mi apreciación
de su poema? En absoluto; nunca conocí a su autor
personalmente y su vida privada no es asunto mío. ¿Afectaría a mi
apreciación si yo hubiera escrito el poema?. Asi lo espero.

******************************

RESPUESTA DE W.H. AUDEN AL SENTIDO DE LA POESIA. ENTREVISTA DE 1965


Me abstengo de expresar mi sentido de la poesía en público, más que nada por que este mundo es tan frágil y paradójico que uno puede llega a ofender a otro de un modo inaudito por acercarse a una teoría estética o por defender un valor amado completamente ajeno a esa otra persona. Lo más increíble es ofender a alguien que ni siquiera ha cruzado dos palabras contigo por el sentido de un poema, o desilusionar a un lector porque descubre en tu biografía que sueles tomarte una copa de vino en el desayuno. Todo lo que sé de poesía (y de literatura, y de vida) lo he dicho en mis poemas. La mayor parte de mis verdades estan precisamente en mis elaboradas mentiras.

Cuando escribo nunca miento. Sólo soy palabra, tiempo, espacio, pronombres, ritmo, donde yace y se expresa mi experiencia, mi yo, mi memoria y mi deseo, mi tradición… lo que todo cambia y siempre permanece, lo que soy, el rostro que busqué y el que encuentro en cada uno de mis momentos, el que se transforma pasado mañana sin perder mis rasgos, sin dejar de ser yo…

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17
Abr
09

el erotismo I

el éxtasis de Santa Teresa. Gian Lorenzo Bernini. (1647-1651)

el éxtasis de Santa Teresa. Gian Lorenzo Bernini. (1647-1651)

La obra Éxtasis de Santa Teresa es la obra más conocida del escultor y pintor Gian Lorenzo Bernini, realizada entre 1647 y 1651 por encargo del cardenal Cornaro, para ser colocada donde iría su tumba en la Iglesia de Santa María de la Victoria de Roma. Esta considerada una de las obras maestras de la escultura del alto barroco romano.

Todos los poemas pertenecen al poemario En torno al erotismo  (Octubre 2008-Marzo 2009). Fotografías de diversas vistas de ka escultura de Bernini Éxtasis de Santa Teresa.

*******************

IX

En el fondo, entre tú y yo,
entre este aliento y esos ojos,
tu labio sobre mi labio,
la cadera apoyada en mi pecho
-miríada de luz
y el aleteo de tu ser
gozando-,
entre tú y yo
sólo hay un abismo
que tratamos de recorrer,
sólo hay la distancia insalvable
de lo discontinuo
que atravesamos en este ritual,
sólo aire que abrazar,
sólo esta aspereza que palpita
-la hinchazón masculina
y la humedad de Eva-,
sólo miedo y tensión,
sólo lo sagrado del suspiro,
buscando, afanoso,
la continuación a esta extinción
sin sentido,
en este roce milagroso,
en ese suspiro que anuncia
el hermoso espasmo.

23

I

Ante la desnudez del espantapájaros
(la verga henchida
en el fondo blanco;
sus dientes afilados
que amenazan)
la santa llena de pavor
mira hacia otro lado.

Vista de la voluptuosidad,
ignora la unidad que existe
entre su mística de santos
y la carne que palpita
en el instante del prepucio.

Son las pasiones inconfesables
de las hadas, que se frotan
las vaginas en la quietud
de un dios enorme
que devora lo sagrado.

Dios y falo
surgen de la aurora de su éxtasis.
Si el espantapájaros penetra
la savia terminará
convertido en un icono
clavado en la cruz

(y ella cantará silencios
con las manos plenas
de semen)


********

XX

Todo tu trance
es un enigma;
los ojos enrojecidos
y los labios crepúsculo,
la caida de la lluvia
sobre el lecho,
inepxugnable a lo real:

(El aire se frota
con tu cuerpo
en la arena esparcida
y silba)

No lo sabes
pero es tu yo más intenso,
se halla en la cima
construido de iconos
y escenas perdidas,
de tardes de noria
que expresan
la mística.

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XIII

Si te dijera que tu abismo
es la savia que bebo,
que tu oscuridad
me estremece de gozo,
que caer sobre la negrura,
-esa muerte de piel-
es el sentido,
que cuando aleteas
vomito humo,
que este abismo es cierto
sentido,
y es la muerte,
la muerte vertiginosa,
la fascinación de ti,
la fascinación de tu cuerpo.

**********

V

Aprobación de la vida.

Sin ello no palpita el límite,
no susurra el alba
y pierde textura la noche.
Quizá no sirva para nada,
o quizá sea sólo malestar.
Pero la aprobación de la vida sí;
erotismo para ser algo más
o algo menos en la frustración.

Para besar los labios que encienden
el sentido.
Para gozar de lo oculto
y lo extraño,
para aceptarlo todo.

No hay mas remedio.

Erotismo para morir antes
y saber de la muerte.
Para gozar,
cuando nada existe como es,
cuando no hay senderos
ni niebla que se disipe.

Ser carne es un peso:
habrá que convertir la piel
en temblor para hallar luego la calma.
Calma de recordar que fue así
cuando ya no se puede ser.

La aprobación de esta vida
requiere la intervención
de otros sabores;
sirenas y espantapájaros
arrodillados, devorados,
almas que comer en la desnudez.
Silencios, silencios apacibles
para morir de éxtasis sin él.

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XVIII

Poesía es ese instante
en el que te poseo,
el río que nos arrastra
hacia la corriente
que nos une,
la hermosura de tu paso
firme sobre la cama,
el segundo en que te sientas
sobre mis ojos
para la oración y el éxtasis.

(De los poemas Copyright Jimarino)

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04
Abr
09

marcel proust y el amor – (La fugitiva-En busca del tiempo perdido)

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(Este texto fue editado en el nº 29 de la Revue Français de Litterature et Pshicologie, con el título, Proust et L´amour. Febrero de 2009. Copyright Jimarino2008.)

Que Albert Proust fuera un auténtico burgués, maniático y extravagante, que no tuvo un trabajo remunerado en toda su vida, no es algo que deba alejarnos de su espléndida literatura. Al fin y al cabo, dedicar la mitad de su existencia a escribir “À la recherche du temps perdu”, una de las obras maestras de la literatura del siglo XX, es algo al alcance de muy pocos. El mundo esta lleno de enormes esfuerzos en materias y empleos variopintos que apenas nos dejan como fruto poco más que un testimonio discreto de su esencial esclavitud, o malos o buenos actos disipados tras las muerte de sus testigos sin evidenciar nada del sentido de su trayecto a no ser ese hermoso –y animal- fin de la reproducción, o de finales anodinos cuyos rastros se suman a otros múltiples y sólo guardan en su seno una razón cuando se corresponden con los de una mayoría pareja que los respalda y acompaña, hasta que la moda se disipa. Es una crueldad afirmar esto, pero tras los cadáveres quedan a lo sumo unas cuantas fotografías amarillentas, ciertos recuerdos reflejados en los objetos y alguna memoria que durará unos cuantos años. A veces no importa la repercusión de una existencia (no todos alcanzan la fama o la mención de la posteridad) sino su autenticidad, eso que W.H Auden definió “como la obligación de cualquier sujeto de hacerse su propio rostro”. Proust, al menos, nos ofreció un riquísimo testimonio de su visión de la vida, o mejor, de cómo creía él que debía vivirse esa fantasía extraña, dolorosa y maravillosa a la vez que es la vida, y lo hizo con inmenso talento, con una fuerza verbal y una hondura intelectual difícilmente superable que espero pueda seguir ejerciendo su influencia y su encanto por los siglos de los siglos.

Acercarse a Proust parece una osadía a causa de su mala fama. Los clichés lo acosan por doquier. Tiene el dudoso mérito de haber escrito la frase más larga de la historia de la literatura; detenta fama de farragoso y enrevesado, se le achacan defectos variados, muchos referidos a su lentitud –que él mismo se encargó de propiciar con aquella frase en la que definió su obra como un trozo de turrón indigerible- y, sin embargo, su literatura es transparente, llena de hermosas subordinadas, es cierto, pero clara y limpia, precisa y poseída por un ritmo endiablado que no desfallece en ninguna de las miles de páginas que nos legó. Lo mejor sería zambullirse en él sin prejuicios, sean favorables o críticos. Aproximarse a los ingentes sentidos que trató y a las aportaciones literarias y humanistas que palpitan en su literatura en este espacio, es para mí como tratar de explicar el enigma de las pirámides en quince minutos, o como si nos viéramos empujados a esbozar una teoría de la relatividad en el rincón de una noticia periodística, una osadía. En busca del tiempo perdido, título que él llegó a detestar hasta el día de su muerte, que a veces le sugería todo el sentido de su obra y otras le hacía calificarlo de pesado y pretencioso, de estéticamente perezoso y feo, es uno de esos monumentos verbales que poseen la misma fuerza iluminadora que emana de las grandes ideas de la historia de la humanidad, y sus hallazgos, para quien se adentra expectante y atento a sus enseñanzas, son, en general, muy enriquecedores, pero esta sería otra cuestión, y tiene mucho de nostalgia, así que la deshecho por ahora.

Hace algo más de quince años escribí un poema sobre alguien que desapareció de mi vida bruscamente. El poema regresó a mí por una casualidad a principios de febrero pasado a través de un curioso correo que terminó por obligarme a recuperar un mundo perdido de mi memoria de un modo abrupto, extraño. No es que quiera revelar nada personal, de todas esas exhibiciones ya sabe mucho el mundo contemporáneo, esta tierra impúdica que ni siquiera conoce en general la ficción como tamiz de la biografía; sería un inconveniente añadir nada más a ese anodino y aburrido relato de la insignificancia humana, pero si me agradan los datos esporádicos, casi dietarios, que abren las puertas de la auténtica vivencia común, del espacio que nos une en el presente y a lo largo de la historia y los siglos. Pienso en un buen número de poetas que adoro, o en ciertos lugares de la red donde la biografía o la sensibilidad conspiran para buscar su lenguaje auténtico. Se trata de espacios personales o incluso autobiográficos cuyo sutil y delicado lenguaje, su hermosa construcción, o ese tránsito en el tiempo eterno de las palabras, permiten lo común y no la obscenidad de la confesión o la creencia en un yo más activo o intenso que el resto (o más convencido de la importancia de unas vidas sobre otras). Pues bien, recibí un correo anónimo mientras leía La fugitiva de Marcel Proust, el sexto volumen de En busca del tiempo perdido, también titulado en algunas ediciones antiguas como Albertine desaparecida. En ese e-mail estaban transcritos unos versos que tardé en reconocer. Es más, el desconocido remitente había escrito al final del poema, entre paréntesis, lo siguiente.

(Jimarino.Poemas de la lluvia. Abril de 1994)

Antes de saber que era mío, leí el poema con atención. No sabía de donde venía, sólo que guardaban en su interior algo que me era muy familiar. Después, cuando llegué a la revelación de su autoría, y supe del título del poemario al que pertenecía y la fecha de composición, sentí una extrañeza indescriptible.

El equipaje que pasará la aduana del tiempo
ya no está, lo guardo efímero,
intangible en este lecho del cuerpo.
Cada vez que tú suspires yo te oiré,
aunque no lo sepa, aunque no lo creas.
Naciste en la construcción de mis mitos,
en la vida misma que seré.
Aunque no bese tus labios,
mis puestas de sol alcohólicas enlazarán
con todos tus amaneceres perdidos.

Las cosas que guardo de ti
ya no existen pero sé dónde encontrarlas.
Son la caricia de ese aire que vendrá,
la reencarnación de cientos de amores
que te serán ajenos, la ilusión
del tiempo desvanecido,
ese pequeño suspiro tuyo y mío
que a cientos de kilómetros coincidirá.

Tal vez te vea en algún cruce fronterizo
o aparezcan esos ojos oscuros iluminando
tu rostro olvidado en una calle de Paris,
o será en la risa perdida, oída por casualidad,
que reconoceré entre las brumas
de los años venideros que viviré.

Has llegado a mi lugar más sagrado
aunque te marches, ya estás
en este olvido forzado,
en las cosas que jamás recuperaré,
aunque cruce cientos de fronteras
y estas aduanas del tiempo me dejen desnudo
bajo la aurora construida
de tu aliento que no volveré a beber.

(Jimarino.Poemas de la lluvia. Abril de 1994)

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El extraño interlocutor que surgía de las sombras y esbozaba opiniones en su correo sobre mis poemas, que sabía mucho acerca de los mitos que alimentan cualquier intento literario, y que para colmo era capaz de relacionar mi propia biografía con mis excesos verbales y esa redundante manera de repartir nostalgia, de convertirla en un sepulcro apolillado, me conocía muy bien, yo diría que demasiado bien, o al menos, poseía información sobre este espantapájaros profunda, muy antigua, esa que queda en los resto de cada uno de los versos escritos, la que asoma a veces en el silencio, en las pausas, en cada una de las imágenes metafóricas que me embriagan.

Pero no sólo ocurrió el misterio del reencuentro posible con los años, sino que, de alguna forma, sus comentarios, amplios –el correo tenía al menos seis hojas-, llegaban hasta mis raíces presentes, como si esos ojos que escribían hubiesen estado pendientes de mí constantemente, siguiendo mis pasos, la esencia de los hechos importantes, los condicionantes sufridos o mis intimidades mejor protegidas.

Durante días leí y releí aquellas palabras, y después abría La fugitiva de Proust, hasta llegar a tener una curiosa sensación de que el bueno de Marcel, con su enorme inteligencia literaria, era capaz de aglutinar en su obra todos los significados del amor y del tiempo, incluido los míos, por supuesto, y absolutamente toda la parafernalia de ambos conceptos, que se relacionan de igual forma que la velocidad y el tiempo en física. Proust poseía el don de desentrañar la mística del amor, su ficción y su verdad reproductora. Mezclaba lo sagrado con lo banal, lo evidente con esas sutilezas que suelen escapársenos cuando menos lo esperamos y truncan nuestro destino amoroso bien por nuestra culpa, bien por la del amante o por impericia mutua. Manejaba con habilidad el sentido de la incomunicación, el silencio que estropea el afecto o el exceso de palabras que lo ensordecen. No creo que exista ninguna novela en la historia de la literatura que posea tanta información acerca del amor como En busca del tiempo perdido, pero no como un mero relato ajeno de personajes o sus peripecias, marcado por la distancia de la trama, sino como un análisis profundo, escrito, sin embargo, con la amenidad de un texto literario consciente de su enorme potencia estilística, cuyo aliento emana directamente de nosotros, los posibles lectores, por el agudo sentido proustiano de la exactitud (o su extraordinario intento).

Es una lastima en ocasiones –aunque sea a menudo una virtud humana- que nos aburramos con la repetición, pero es evidente que si pudiéramos estar leyendo constantemente a Proust con la misma intensidad que la primera vez, o con el afán de esas relecturas que desean adentrarse desde un punto de vista crítico en su obra, probablemente evitaríamos algunos errores que determinan nuestro destino. Pero no podemos ser Proust y sólo tenemos una vida, inconscientemente trágica y cómica a la vez. Incluso él escribió estás palabras a André Gide sobre sí mismo:

“Por más incapaz que sea de obtener algo para mi propio beneficio, y aunque no sepa ahorrarme el menor trastorno, estoy dotado (y ése es sin duda mi único don) del poder de procurar muy a menudo la felicidad de los demás y de aliviarles de los dolores y las penas que tienen. No sólo he reconciliado a personas enemigas entre sí, sino también a amantes; he curado a inválidos al tiempo que sólo soy capaz de agravar mis propias enfermedades; he puesto a trabajar a los vagos sin dejar de ser yo un vago […] Las cualidades (y si le digo todo esto es porque en cualquier otro respecto tengo una paupérrima opinión de mí mismo) que me otorgan estas posibilidades de éxito cuando actúo por el bien de los demás, junto con una cierta diplomacia, una acusada capacidad de olvidarme de mí mismo y una concentración exclusiva en el bienestar de mis amigos, son cualidades que no se encuentran a menudo en una misma persona […]”.


Aquel correo que recibí me pareció poseer un rostro, unas facciones nítidas que venían de lugares anhelados en otro tiempo, lloradas durante muchos meses, quizá algún año, después malditas y denostadas a propósito, más tarde olvidadas, enterradas, sólo aparecidas en lo ajeno a su ámbito, en ciudades europeas lejanas o en algún rincón revisitado por una casualidad inesperada. Tardé mucho en responder. Entonces releí otro párrafo de La Fugitive de monseiur Proust:

Yo era incapaz de resucitar a Albertine porque lo era de resucitarme a mí mismo, de resucitar mi yo de entonces. La vida, por su hábito, que es cambiar la faz del mundo mediante trabajos incesantes infinitamente pequeños, no me dijo al día siguiente de la muerte de Albertina: “Sé otro”, pero, en virtud de unos cambios demasiado imperceptibles para permitirme darme cuenta del hecho mismo del cambio, lo renovó casi todo en mí, de suerte que mi pensamiento estaba ya habituado a su nuevo dueño –mi nuevo yo- cuando se dio cuenta de que había cambiado y mi pensamiento estaba apegado a este nuevo yo. Mi cariño por Albertina, mis celos, estaban adscritos a la irradiación, por asociación de ideas, de ciertos núcleos de impresiones dulces o dolorosas, al recuerdo de mademoiselle Vinteuil en Montjouvain, a los dulces besos de la noche que Albertina me daba en el cuello. Pero a medida que estas impresiones se habían ido debilitando, el inmenso campo que coloreaban con un tinte angustiosos o dulce fue tomando tonos neutros. Una vez que el olvido se fue apoderando de algunos puntos dominantes de sufrimiento y de placer, la resistencia de mi amor quedó vencida, ya no amaba a Albertina. Intenté recordarla.

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La memoria es literaria, no periodística o biográfica (biográfica como enunciación lineal de los hechos de una vida). Proust lo sabía muy bien. Sucede a menudo que algunos viejos amigos que se reúnen después de mucho tiempo separados se acercan a la realidad común del pasado que les unió de un modo distinto. Se cuentan anécdotas, hechos fundamentales de forma desigual, o son diferentes los recuerdos de cada cual, o simplemente existen vivos en algunos y en otros se difuminaron, o se piensa que los acontecimientos alcanzaron otro desarrollo, o tuvieron otra textura y un ritmo disímil. Las pasa a los amantes que llevan largos años juntos y contestan a la pregunta ajena de cómo se conocieron o en qué circunstancias fraguaron su amor. Se han mezclado las fechas, las metáforas del amor difieren. Se establecen mecanismos emocionales disparejos para acercarse a un hecho tan común como el nacimiento y la fragua de su relación, pero es inevitable.

Que la memoria sea literaria y no periodística no significa que no sea verdadera, al contrario, guarda las esencias del estilo, la adecuada mirada subjetiva y auténtica de cada cual ante un hecho, produciendo las infinitas voces ante un mismo suceso, la riqueza que surge de la realidad reinterpretada por cada cual y tamizada por el paso del tiempo. Negar esta verdad sería darles la razón a los dioses mentirosos y manipuladores de nuestra época. Sostengo la opinión proustiana convencido de que los caprichos de la memoria individual, esa literatura propia que entronca de algún modo misterioso con el sentido de la otra, de la Literatura como arte, encierra mucha más verdad en su seno que la realidad sesgada o afirmada como dogma o calificada de única, que esa exactitud que argumentamos infalible y no es más que fruto de nuestra corta perspectiva, llena de nuestros prejuicios y circunstancias, enturbiada y miope, partes de lo vivido o visto sin matices ni careos.

Al insistir en la condición literaria de la memoria, me refiero, por supuesto, a la enseñanzas de Proust. Marcel escribió en abundancia sobre los mitos y tretas del recuerdo, sobre sus sinuosos caminos, sus vulgaridades y extravagancias. Lo hizo desde esa repetidísima escena de la magdalena por ejemplo, tan ridiculizada como inaccesible para los bufones, y llenó toda su extensísima obra de memoria, de la búsqueda del tiempo perdido. Pero insistir en el término memoria a través de la obra de Proust requeriría otro texto, un acercamiento distinto. Sólo quiero retener esa idea fundamental; su memoria era literaria, poética.

La realidad posee una prosa simple, realista en el mal sentido de la palabra, incapaz de adentrarse en la esencia de su propia existencia, de su verdadero eco o suceso o efecto o acto, como quieran llamarlo, tan común al hombre contemporáneo, especialista en creerse las mentiras de la realidad y tan pocas veces la verdad de las mentiras.

Después de leer el párrafo trascrito anteriormente en varias ocasiones, me di cuenta hasta qué punto ese correo venía no del pasado en sí, sino de un presente en el que imaginaba acudía el pasado, o del presente de ese interlocutor anónimo que acababa de reconocer que a su vez su intento de comunicar conmigo no arrancaba tan sólo del influjo del pasado sino del efecto de ese pasado en su vida presente, provocando el nacimiento de un tiempo intercalado que contradecía la linealidad de la existencia humana.

Hay muchos escritores extraordinarios que han hablado en ocasiones de la materia de sus obras mencionando el verbo desenterrar como origen primigenio de su literatura. Determinadas particularidades de una existencia, una vivencia inusual o la lectura de un texto que, por ajeno que nos sea, provoca la aparición de un mundo vívido y escondido, agazapado entre la vida posterior, surgido milagrosamente de su enterramiento, como un hilo bajo tierra que estiramos para descubrir que hay al final de la cuerda, actúan de exorcismo. Existen hilos a través de los cuales, inconscientemente, tiramos del tiempo. A veces un olor que nos sorprende, o la visión de un paisaje familiar. En todos esos casos de memoria inesperada actúa lo poético como resorte, un juego que es en realidad la esencia de la verdadera poesía, aunque la poesía como arte literario utilice la palabra como medio o ritual exclusivamente. Esta poesía que alimenta la remiscencia termina por abarcar a la verbal, hace tañer las teclas y tensa los cables para producir la música, la asociación de ideas que nos traen al presente el espacio perdido.

En el fondo, y Proust lo sabía, no somos más que un frasco de poesía guardada, atrapada entre clichés y apariencias, disminuida por un afán patético de voluntad, de éxito, de solemne y orgulloso recorrido vital, definidos y marcados por ese aroma poético que queda encerrado entre los pobres límites de nuestro lado racional o consciente, o por las limitaciones de la vida, algo común a la mayoría de las personas. Quizá disfrutemos de cosas no por el hecho de hacerlo, sino por la poesía que algo o alguien nos inculcó, puede que en la niñez (o incluso en el útero materno), como si el paso real o el acto amado, no fueran en el fondo más que rastros de aquel antiguo sueño o esa lejana impresión poética; de la primera vez en la que descubrir era adentrarse en la sombra del silencio con un puñado de palabras o gestos, o por imitación o intuición.

La poesía es una esencia del alma o de la mente humana, me es indiferente que nos refiramos a un sentido o al otro. La magia de nuestra consciencia engloba la definición científica del cerebro y sus usos o la poética/religiosa del alma. Ambas están hechas de una poesía que, como dije, contiene a la verbal, a la artística, y a la vez a todas las formas de poesía existentes que llenan nuestra cotidianeidad. Poesía como acicate emocional que dota de sentido al ser humano, que lo hace trascender. Hasta el hombre más primitivo la tiene, la tuvo. Me refiero al significado de ciertos objetos o conceptos o entes que nos traen a seres queridos desaparecidos físicamente, que nos remiten a momentos felices, a tiempos pasados, que dotan al instante vital de un sentido que trasciende el mero hecho fisiológico o sensitivo; al valor de una pieza de Bach o Jean Sibelius, esa matemática del tiempo y el sonido que intercalada produce intensas emociones; al eco del mar en nuestro oído cuando nos acercamos y surge aquella primera emoción de verlo, o ese redescubrimiento que nos trajo contemplarlo desde la amistad, el amor o la soledad incendiada de sensibilidad, sentir como las olas lamen la orilla; recordar de repente unas palabras pronunciadas que nos cambiaron la faz del camino que habíamos contemplado; también el efecto de ese poema escrito que trastocó algo aceptado que era erróneo y lo convirtió en respeto y admiración por la obra humana, en conocimiento sobre nosotros mismos, o ese color del crepúsculo que nos acompañó hace mucho y en cuya primera visión descubrimos la poesía de la vida, que nos llega de su finitud y lo que evoca.

Ese correo era un acto presente. Lo contesté, finalmente, quince días después. Alabé el poema con cierto rubor, porque me gustó y además lo había perdido, como muchos de aquella época. No conté nada de mi vida actual, sólo respondí a lo que ella me escribió (porque era ella, estaba seguro). Dos días después, tras su respuesta, emprendí un viaje. Crucé dos o tres veces la atmósfera que describí en los antiguos versos, me quedé desnudo tratando de reencontrar ese camino, y descubrí que, en el aire que respiraba se hallaba desde hacia décadas, irremediable, ese aliento perdido.

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Proust continuaba escribiendo sobre esa Albertine huida. Primero provocaba el peso de la ausencia, que iba dibujando su verdad en las emociones del narrador. Albertine se marchaba por sus razones, pero él descubría en ello su verdadero valor, incluso el sentido de la palabra amor, hasta entonces algo incomprensible, incluso menospreciado al no haber reconocido ese sentimiento en él. Llegaba a concluir que, poco antes de la marcha de Albertine -ciego, nublado por su presencia insistente, diaria, al pasar ella días enteros alojada en su casa compartiendo todo su tiempo y su misterio a su lado- había pensado dejarla, rechazarla. Al desaparecer, su partida le ofrecía un rastro que, en cierta medida, hería su orgullo y le revelaba el enorme peso de su soledad anterior, el intenso valor de esa compañía que no había valorado por cercana y constante. De esa constancia inesperada, de esa herida por la marcha no anunciada, surgía el amor, o quedaba desenterrado (revelado). Un sentimiento amoroso que estaba más relacionado con la emocionalidad del sujeto que lo experimentaba que con el objeto amoroso en sí (Albertine huida); más con la memoria que con la posible verdad o esencia real de la amante. Pero el dolor del amante despechado suele ser un huracán de ira que todo lo arrastra. Y eso nos desnuda.

Trató de espiarla, sumido todavía en los intolerables pesares del adiós, maquinando su vuelta sin perder su estúpido orgullo; espiándola en secreto a través de su viejo amigo Saint Loup. Tenía que saber la razón de su partida, dónde estaba, convirtiendo despacio el peso de su ausencia en un intento desesperado de recuperarla o bien ensuciarla, de adaptarse al hecho de que quizá jamás volvería, o barajar las posibilidades de su regreso.

El narrador de Proust recibía poco después otra noticia demoledora. Un telegrama le anunciaba que Albertine había muerto al caerse de su caballo y golpearse contra un árbol. La constancia del adiós definitivo era ya un hecho evidente. Con su muerte, Albertine desaparecía definitivamente de la faz de la tierra, del espacio posible del narrador, y lo que a primera vista podía suponer el fin del sufrimiento, extinguido el objeto del amor después del abandono, comenzaba en verdad a erigirse como un sagrado lugar de dolor, que adquiría formas de amor distintas o de una emocionalidad más compleja, penetrante y difícil de dirimir.

En el rencor de los amantes desengañados siempre queda la esperanza de la reconciliación. De alguna forma, el amor mantiene en su odio ante la ruptura la idea del regreso y la vuelta de lo perdido. Tras la muerte, cualquier anhelo de reconstrucción es inútil.

Proust ha pasado a la posteridad a través de esa imagen amanerada y frágil que emanan sus fotografías, también a través de los cientos de anécdotas y extravagancias que se dijeron de él cuando al final de su vida se convirtió en un escritor relativamente célebre que apenas salía de casa y que pasó los últimos catorce años de su existencia en la cama, tratando de terminar “À la recherche du temps perdu”. Se le recuerda interviniendo en cuestiones banales en los periódicos de la época, o enfundado, en esas escasas ocasiones en las que se dejaba ver, en un grueso abrigo que no se quitaba ni siquiera en la mesa. Es famosa su ligerísima dieta en ese periodo de encierro, la debilidad y los ataques que acuciaban su cuerpo. Pero, a pesar de su escasa salud, o de esa tendencia a esconderse después de haber llevado durante los años de juventud una agitada vida social, poseía una lúcida y vigorosa inteligencia. Tuvo, además, el tesón de concluir los sietes volúmenes de su obra literaria antes de morir a los cincuenta y un años, y lo hizo dedicado a ello hasta el último día de su vida. Las circunstancias de su deceso le jugaron una mala pasada y eliminaron el drama embellecedor, algo negativo en cuanto nos acercamos con el mito puesto a escritores de otras épocas: murió de un resfriado mal curado que cogió en una de su raras salidas. Invitado a una fiesta, se envolvió en tres abrigos y dos mantas, y embozado como un justiciero decidió partir. No se encontraba demasiado bien, así que se marchó pronto de la celebración, y aguardando la llegada de un taxi bajo el frío polar que azotaba esa noche París atrapó frío. Horas más tarde murió de un absceso pulmonar, había estado garabateando sus cuadernos sobre la cama casi hasta el último suspiro. Un final tragicómico sin duda, poco digno de la magnitud de su novela.

Leyendo más detalles sobre su compleja biografía, que años antes, cuando yo era un jovencito seducido por la mística del exceso, encontré insustancial y sin valor, tuve la sensación de que Marcel Proust fue un tipo valiente, aunque muchos de sus conocidos más superficiales lo consideraran un diletante que pasaba sus días protegiéndose de la vida exterior, o bromeaban sobre su terrible pavor al frío y acerca de sus excesos con la ropa a partir de cierta edad, o lo tildaban de pusilánime que no tuvo ni oficio ni beneficio conocido. Además de valiente, nos legó una de las obras cumbre de la creación humana de todos los tiempos.

Tengo el convencimiento absoluto de que La fugitiva, esté donde esté, sea el mes próximo, en la década siguiente o ya de viejo, cuando la lágrima sea fácil y el entusiasmo comedido, me traerá a la memoria ese viejo poema o el rostro antiguo –y el nuevo- de la mujer que me envió el correo, que me devolvió mis propias palabras tanto tiempo después. Un ejercicio de magia atemporal, de realidad virtual, que no necesitará de máquinas para su vívida intensidad.

Albertine muere en la novela, y los cambios que provoca en la percepción emocional del narrador poseen una lucidez conmovedora, una riqueza de matices psicológicos que no admiten resquicios. De alguna manera, incluso aunque no hayamos sufrido un amor truncado que ha terminado de desaparecer, o aunque no sea nuestra la experiencia de la muerte de un amante ya despojado antes de su importancia o de su vigencia en vida a causa del desamor o la infidelidad o de algunas de esas causas que truncan las relaciones de pareja, el pequeño descenso abismal iniciado por Proust hacía el vacío ensordecedor de la ausencia resulta tan brillante como eterno y familiar a cualquier ser humano. Ejercer el derecho al olvido, o mejor, escoger el sendero del olvido, requiere de cierta precisión emocional. El narrador de Proust comienza a asimilar la noticia de su muerte, pretende organizar sus pasos sumido en esa constancia: Albertine, definitivamente, no está, y jamás podrá recuperar su presencia. Ya no existe la esperanza del amante despechado que ha convertido la dependencia emocional en rencor. La muerte borra esa perspectiva. Pero el fantasma, y no me refiero al físico, a la aparición sobrenatural, sino a la imagen que extrapolamos del pasado y nos acompaña en el presente con toda su complejidad sentimental, el peso de esa memoria antigua que acude, la facilidad humana para igualar distintos hechos, sucesos, pensamientos y sentimientos en un momento concreto del tiempo, surge por doquier.

El primer afán de la mente humana ante la desaparición de un ser al que queremos o quisimos, después de eliminar el posible malestar por circunstancias, malentendidos o desilusiones, es el de celebrar las bondades del finado. Necesitamos vivir esa tristeza para poder desquitarnos el peso del duelo. Es una especie de desahogo necesario. A partir del instante en que comienza a remitir ese sentimiento, nos protegemos y surge el olvido, paulatino, demoledor y constante. El olvido borra y entierra aquello que nos inquieta o nos molesta. Pero no ejerce su papel con mucho rigor. Nos engaña, nos asegura que va destruyéndolo todo pero en realidad esconde alguna parte, como cuando limpiamos la casa y con disimulo escondemos un puñado de borra bajo la alfombra, basura que aparecerá en algún momento posterior.

El narrador de Proust iniciaba ese trayecto, pero al encontrarse con alguna jovencita hermosa por casualidad en el transcurso de sus paseos por el parque, terminaba por pensar en Albertine. Porque en cualquier fiesta o recepción a la que acudía, alguien que sabía de su antigua historia de amor, lanzaba un recuerdo evocador sobre ella que abría la caja de Pandora. O al acudirle una sonrisa femenina inesperada en cualquier calle revivía la risa de Albertine echada en la cama con las mejilla sonrosadas por el amor.

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Cerca del final de La Fugitiva, el narrador viaja a Venecia con su madre. Hemos ido acompañando el viaje sentimental de ese hombre desde la terrible noticia y el duelo posterior, hasta su largo y frágil proceso de olvido, su ceremonia de desembarazamiento de Albertine. No la ha olvidado, pues sabe que el olvido utiliza artimañas para hacernos creer que su eficacia es incuestionable sin serlo, sino que ha preferido asumir su desaparición cambiando la percepción que tenía de ella, de su amor, de la misma forma que, cuando se enamoró, transformó esa percepción que tenía anteriormente de la persona amada, hasta convertirla en otra con los rasgos que inspiró aquella, hasta adaptarla poco a poco a su propia vida.

Lo observamos caminar por esa Venecia hermosa y decadente que nos remite sin remedio a la personalidad de ese escritor envejecido inventado por Thomas Mann, Gustav Von Aschenbach, envuelto por la decrepitud majestuosa de la ciudad italiana. En ese instante el texto resurge como un fuego que nos confunde al igual que al narrador. Hay un telegrama inesperado que recibe en el hotel en el que se aloja y en el que comparte comedor y espacio con aristócratas y burgueses europeos venidos de Inglaterra, de Francia, y de otras partes de Italia.

“Querido amigo: me crees muerta, perdóname, estoy bien viva; quisiera verte, hablarte de casamiento ¿Cuándo volverás?. Cariñosamente, Albertine.”

Proust escribió sobre el efecto de ese telegrama inesperado que rompía todo el proceso de olvido de la siguiente forma:

La muerte actúa sólo como la ausencia. El monstruo ante cuya aparición se estremeció mi amor, el olvido, había acabado en efecto, como yo creí, por devorarlo. Esta noticia de que Albertina vivía no sólo no despertó mi amor, no sólo me permitió comprobar hasta que punto había avanzado en mi retorno hacía la indiferencia, sino que le hizo sufrir instantáneamente una aceleración tan brusca que me pregunté, retrospectivamente, si ante la noticia contraria, la de la muerte de Albertina, no había exhalado, a la inversa, mi amor, rematando la obra de su partida y retardado su declinación. Si, ahora que saberla viva y poder reunirme con ella me la hacía de pronto tan valiosa, me preguntaba si las insinuaciones de Francisca, la ruptura misma y hasta la muerte (imaginaria, pero cruel), no habían prolongado mi amor; hasta tal punto los esfuerzos de personas ajenas, y hasta el destino por separarnos de una mujer, no hacen sino unirnos más a ella.

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Hojeando una vez más La teoría de los sentimientos, de Carlos Castilla del Pino, he vuelto a encontrar, como suele suceder cuando comparo los hallazgos emocionales de la psiquiatría con las grandes obras de la literatura, un paralelismo extraordinario con las elucubraciones de La fugitiva, que se articula en torno a los sentimientos y conducen a un camino coincidente, a un rincón parejo de conclusiones y descripciones sentimentales. Todo pensamiento humano es emocional, o viene dado por la emoción. Los teóricos del tercer ojo oriental, o los adalides de la voluntad, obvian lo incontrolable de la emoción humana y los problemas del yo para domeñar sus efectos. Quizá pensar bien no sea en el fondo llenarse de conocimientos, sino lograr dirigir con la mayor dignidad posible las consecuencias de la emocionalidad en nuestra parte racional, o minimizar la virulencia de esas transferencias. Los libros de autoayuda, aun cuando puedan servirle a alguien, carecen de valor científico y de profundidad a causa de esa circunstancia; somos animales sentimentales antes que racionales. Lo mismo le sucede a ciertas formas de meditación orientales que pretenden anular el deseo humano o las exigencias del yo consciente para dejar fluir libremente los pensamientos y las emociones hasta que no tengan efecto en nosotros (siempre he sentido que el destino de estos saberes orientales, tomados al pie de la letra, nos conducen al estado de la ameba).

La muerte física es el súmmum de la desaparición, pero mantiene elementos comunes con otras formas de extinción sentimental. El telegrama recibido en Venecia entroncaba directamente con el correo electrónico. El narrador de Proust, después de dudar, decidía coger un tren y regresar a Paris (luego no lo hará, al descubrir un malentendido en el telegrama que no revelaré.) y yo me subí en dos aviones y me adentré en un viaje en el tiempo. Volví a ver los rostros que se habían perdido reflejados en unos ojos y, de golpe y porrazo, recordé el poema y su sentido, el lugar exacto en el que fue escrito, incluso la estación del año. La memoria, con todas sus trampas y peligros, con ese acicate del ocultamiento y la revelación con la que juega, con sus hilos que estiramos por azar, aclarando en ese desenterramiento los caprichos del subconsciente y los hechos del pasado, me había traído ese gesto casi olvidado, ese cuerpo que en otro tiempo se deslizó entre mis manos, esa voz sonora e inolvidable, esa mujer a la que perdí. Y me di cuenta de lo mentiroso que es el olvido, tal y como Marcel Proust, casi cien años atrás, ya sabía.

No fue para Proust una osadía indicarnos que el amor es un hecho social y temporal a la vez que un sentimiento instintivo y primario. Nos enamoramos y perduramos en ese emoción cuando al instinto se le acompaña de circunstancias favorables, cuando se mezclan elementos comunes que construyen la alianza, cuando la metáfora tiene el don de nacer de lo coincidente y desarrollarse en lo que se comparte de antemano, sean gustos, niveles educativos parejos, pasiones, mundos originarios o espacios o secretos compartidos. Lo siento por los defensores del romanticismo filosófico o de la pasión inexplicable, pero nuestro querido Marcel, bastante años antes de que la psiquiatría o la psicología alcanzaran un cierto progreso, ya manejaba estas ideas. No creo, de todas formas, que creyera desde luego en los amores únicamente sociales, ni en los casamientos por interés: nos dio pruebas de que detestaba ese tipo de amor como solía detestar lo impuesto y lo insincero. Sin embargo, concebía con absoluta seguridad cómo el nacimiento del nexo entre los amantes surgía entre las brumas imprecisas de un ambiente y no por combustión espontánea (o eso no lo consideraba amor, sino masturbaciones compartidas), con la promesa de compartir ciertos valores comunes y una idea del mundo similar. La dependencia emocional, física o económica que genera engendros de desequilibrio y dominación no le parecía algo comparable al amor, era otra cosa. El sexo, a su juicio, unía lo que es irreconciliable en el amor, en ese universo de la ficción del deseo y el erotismo instantáneo, pero dudaba que resistiera al suspiro y al deshogo de su razón de ser, a esa simulación de la muerte súbita que es el orgasmo. El erotismo que alcanzaba para él una extensión en el tiempo se nutría de algo más que del deseo; lo necesitaba como causa necesaria, sin duda, como forma de unión sagrada, pero requería de una relación cultural y afectiva más compleja.

El recorrido de monsieur Proust a lo largo de las trescientas cincuentas páginas de La fugitive, aglutinaba en torno a la reflexiones del narrador todas las fases del enamoramiento y el proceso de truncamiento y sus repercusiones. La extinción es una tramposa precursora de la eternidad y sólo el tiempo suaviza sus efectos. Todo lo que no muere no puede extinguirse por completo, pero es curioso que la muerte, a menudo, no haga cesar nada, y por el contrario deje la sensación de no haber concluido algo, prolongando la memoria que llega precisamente de la vida anterior.

Hice ese viaje porque de alguna forma deseaba cerrar un círculo abierto, una resonancia inacabada del tiempo que a pesar de los años no había logrado arrancar del todo de mi memoria. No contaré detalles de esos días, no sería algo fundamental y probablemente las cosas sucedidas no tengan interés alguno. El trayecto inesperado tuvo un regusto de lo vivido sin apurar, de lo que fue importante y se disipó, de aquello que no perdí jamás del todo, que sólo ocultó el olvido, y quedó agazapado bajo el disimulo de cualquier lugar presente. Volví a ver esos ojos que hablaban de los años intensos y de la esperanza futura y eran otros ojos. Sentí que Proust y mi vida se confundían en esa primera imagen que casi no se había modificado. Lo imperceptible del cambio no estaba en las posibles trasmutaciones físicas. De nuevo el poema inconsciente tenía razón, había aprendido antes que la verdadera experiencia (o quizá hubo una experiencia sutil, en el fondo borrada) el sentido de ese equipaje que se guardaba intangible en el cuerpo y ya no estaba disponible físicamente. Era esa sensación de mezclar lo inasible y su contrario, y eso que había pensado que ese encuentro podría cambiar mi vida, qué extraño. Que el pasado renacido en la memoria y rescatado en ese trayecto en avión podía modificar mis pasos, hacer revivir los antiguos sueños y trasladarlos al presente.

La ilusión surgía de algún lugar del tiempo y extendía sus efectos hacia otra dirección. Entonces recordé otros versos que escribí en 1996, viviendo de otra forma, con otra persona.

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Lo malo del olvido es que reinventa
los colores del otoño, el dibujo de las olas,
la arena empujada por el viento y el rastro
del cielo que sangra al atardecer…
Sólo la extinción es verdadera, sólo aquello
que se consume alcanza una verdad.

Proust había hecho revivir mi propio sufrimiento antiguo, el mío y quizá el de todos los seres humanos ante el amor truncado. Se hubiera reído con ciertas torpezas que cometí y que llenaron las escenas de esas semanas anhelando recuperar a mi Albertine; el sudor frío que sentí al bajar del avión y hallar ese rostro guardado celosamente en la memoria, protegido del paso del tiempo, similar en su modo de sonreír, de mirar, allí, en un aeropuerto desconocido, en otra vida. Yo era otro al iniciar ese viaje, y ella también. Quizá me conocía por el pasado, porque estoy hecho de hermosa y positiva nostalgia que se construye con el ímpetu y su anhelo de seguir acumulándose en el presente.

Y Proust regresó con todo su esplendor a mi lado.

En realidad, la añoranza de una amante, los celos supervivientes son enfermedades físicas como la tuberculosis o la leucemia. Sin embargo, entre los males físicos se pueden distinguir los causados por un agente puramente físico y los que sólo actúan sobre el cuerpo a través de la inteligencia. Sobre todo si la parte de la inteligencia que sirve de hilo de transmisión es la memoria –es decir, si la causa ha muerto o se ha alejado- , por cruel que sea el sufrimiento, por profundo que parezca el trastorno producido en el organismo, es muy raro, pues el pensamiento tiene un poder de renovación o más bien una incapacidad de conservación que no tienen los tejidos, que el pronóstico no sea favorable. […]

Era ésta ahora lo que Albertina fue en otro tiempo: mi amor por Albertina no había sido más que una forma pasajera de mi devoción a la juventud. Creemos amar a una muchacha y no amamos, ¡ay!, en ella más que esa aurora cuyo rojo resplandor refleja momentáneamente su rostro. Pasó la noche. […]

Pero entonces pensé: me interesaba Albertina más que yo mismo; ahora ya no me interesa porque he pasado cierto tiempo sin verla. Mi deseo de que la muerte no me separara de mí mismo, de resucitar después de la muerte, no era como el deseo de no separarme jamás de Albertina, era un deseo que seguía durando. Pero ¿sería que me creía más importante que ella, porque cuando la amaba me amaba más a mí mismo?. No; era porque, al dejar de verla, dejé de amarla, y no dejé de amarme a mí porque mis lazos cotidianos conmigo mismo no se habían roto como se rompieron los que me unían con Albertina. Pero ¿y si también se rompían los lazos que me unían con mi cuerpo, conmigo mismo…? Desde luego ocurriría lo mismo. Nuestro amor a la vida no es más que un viejo vínculo del que no sabemos desprendernos. Su fuerza está en su permanencia. Pero la muerte que la rompe nos curará del deseo de la inmortalidad.


Vuelvo a mi existencia, sin anhelar mucho más. Regresé. Supongo que sustituir la felicidad imaginada del pasado por la pacífica decadencia de avanzar a ciegas sea una herencia de la experiencia. Tal vez, contemplar desde la butaca desde la que cierro los libros el verde intenso del jardín, la caseta de madera húmeda por las lluvias, envuelto en las suaves melodías de Satie, mientras oigo pasos familiares detrás de mí, no se parezca mucho a lo que soñé en las antípodas del tiempo. Entonces quería un hermoso cadáver triunfal a los envites de la mortalidad por su don o su osadía, retar a los príncipes alicaídos y a los rostros exprimidos de falsa solemnidad. Quizá ofrecí demasiada resistencia a los Dioses y no quedó de mí más que este ritmo cadencioso que el mundo se empeña en alterar. Me castigaron, pero sigo vivo de todas formas, y me agrada el grito y la agitación de vez en cuando.

Me hubiera gustado decirle otra cosa pero no surgió. Nuestro mundo ha muerto, te digo ahora, ha muerto en su recorrido antiguo y estará vivo en el tiempo recobrado. Creo que nuestro querido Marcel Proust hubiera esbozado una de sus leves sonrisas, se hubiese arrebujado bajo el grueso abrigo y esperado alguna palabra más. Pero eso es todo, y estas son las respuestas inexplicables que dan un sentido: mi pequeño acto poético es una renuncia, aunque posee cierta sofisticación. Estoy construyendo el futuro y, en cierta manera, entre mis agradecimientos destacados, le debo algo a Marcel. El tiempo recobrado no es más que el tiempo de la escritura, o ese edificio nuevo que construyo con mis viejas baldosas, quizá ya demasiado marcadas.

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MARCEL PROUST

Nació en Auteuil, el 10 de Julio de 1871. Proust es el hijo mayor del doctor Adriane Proust famoso médico en su época que escribió numerosos libros sobre medicina, higiene y vida saludable, y Jeanne Weil, la nieta de un antiguo ministro de Justicia. En toda su vida no tuvo un empleo conocido. Frecuentó en su juventud la vida mundana del Paris de su tiempo. Vivió una existencia holgada en lo económico por herencia familiar, pero su salud fue siempre delicada, con recaídas constantes y ataques de asma. La muerte de su madre, con la que mantenía una relación estrechísima, agravó su salud y lo sumió en recurrentes depresiones. Pasó los últimos catorce años de su vida recluido en su casa tratando de concluir su obra maestra En busca del tiempo perdido. En 1919, después de que Andre Gide rechazara en Gallimard el primer volumen de su libro, Por el camino de Swan, gana el Gouncourt con A las sombra de las muchachas el flor, aunque hay pruebas de que movió todos sus contactos y amistades para obtener el afamado premio literario.

Murió en París, el 18 de noviembre del año 1922, siendo ya un escritor reconocido e influyente. Su novela En busca del tiempo perdido es uno de los libros más importantes de la historia de la literatura. Virginia Woolf dejó de escribir durante meses cuando leyó por primera vez la novela, aseguraba que no valía la pena añadir nada más después de una obra de esa envergadura. Amable y reservado, Proust, sin embargo, nunca confió demasiado en el valor de su literatura.

Hay una anécdota conocida acontecida en una recepción en el Hotel Ritz de Paris. Coincidió en la mesa con James Joyce, sin que el uno ni el otro hubiesen leído sus respectivas obras maestras. Apenas hablaron. A Proust le molestaron los cigarrillos que Joyce fumaba con frecuencia y encontró poco adecuadas las ropas que vestía el irlandés para asistir a un evento como aquel. Joyce aseguró que Proust era un tipo rarísimo, que sólo le preguntó por cuestiones banales, y que además, no se quitó el abrigo que llevaba en toda la cena.

Esta enterrado en el cementerio Pere-Lachaise de Paris, al igual que Oscar Wilde.

Obras

  • Los placeres y los días (1896)
  • La Biblia de Amiens, traducción libre de la obra de John Ruskin: The Bible of Amiens (1904)
  • Sésamo y Lys, traducción libre de la obra de John Ruskin: Sesame and Lilies (1906)
  • En busca del tiempo perdido (1913)
    • Por el camino de Swann (1913)
    • A la sombra de las muchachas en flor (1919)
    • El mundo de Guermantes I y II (1921–1922)
    • Sodoma y Gomorra I y II (1922–1923)
    • La prisionera (póstuma, 1925)
    • La fugitiva (póstuma, 1927)
    • El tiempo recobrado (póstuma 1927)
  • Parodias y misceláneas (1919)
  • Crónicas (1927)
  • Jean Santeuil (póstuma, 1952)
  • Contra Sainte-Beuve (póstuma, 1954), ensayo.

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La música de los perros de la lluvia

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El viaje de la memoria. Un cuadro de Pío Cesar Robla. Entrada al almacen de cuadros

Pio Cesar Robla.

texto: Roberto Bolaño. La literatura salvaje en PDF

Texto: Baudelaire y el espantapájaros (Las flores del mal) en PDF