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LA EXCURSIÓN DE LAS MUCHACHAS MUERTAS.

Ha pasado casi un mes desde que leí el libro, tres novelas cortas escritas por la alemana Anna Seghers, tiempo suficiente para releer algunos párrafos en frío, y defender esa idea imprevista y espontánea que pronuncié en compañía de algunos amigos, que La excursión de las muchachas muertas, es a mi juicio -con todo el componente subjetivo y emocional que uno implica en estas afirmaciones- una de las mejores novelas cortas escritas en el siglo XX.
Desde hace unos ocho meses, la pasión por el relato ha logrado desterrar la antigua supremacía de la novela en mi canon, de manera misteriosa y natural. En ese tiempo, pude releer la ingente colección de autores de relatos que había ido acumulando a lo largo de mi existencia, y rellenar las lagunas que me faltaban. Fruto de aquella hermosa experiencia, publiqué el post de La historia del cuento moderno, que giraba en torno a los dos grandes maestros del cuento contemporáneo, Chejov y Kafka, y a sus ilustres seguidores, que se reunían en torno a ellos prácticamente hasta nuestro días. No tardaré mucho en añadir a Anna Seghers a esa ilustre -y seguramente imperfecta- reunión de autores que elegí para el artículo, pero quizá debería ponerla con mayúsculas, y única y exclusivamente por el relato de La excursión de las muchachas muertas, obra maestra de la precisión, el talento narrativo, la estructura literaria, la emocionalidad y la imaginación poética.
Debo reconocer que no sabía nada de esta escritora alemana, que me guié, sino recuerdo mal, por una reseña publicada en El país cuando Bruguera tuvo la valentía de editar la obra el año 2007. El título me provocaba esa sensación de falsa envidia ante los grandes títulos de la historia de la literatura que quienes me conocen saben que repito con monótona insistencia; me había robado uno de esos que yo hubiera deseado para mí. Lo bueno de leer algo de lo que apenas sabes nada es que eliminas todos esos prejuicios que suelen albergar los libros recomendados o los de aquellos autores que significan algo más que su literatura -en general ninguno debería ser algo más que su literatura, pero es inevitable en mitómanos de mi calaña, aderezar las excelencias narrativas con pinceladas vitales que me sirven para dar a conocer a otros mis pasiones, o para que yo mismo aumente la satisfacción-, y eso me sucedió con Anna Seghers. Era un paisaje virgen, no tenía referencia alguna, y mi única atracción declarada era el título y la revisión descuidada del artículo. Después de su lectura he podido conocer algunos aspectos de su vida fascinantes, aunque hay que indicar que su página web está escrita en alemán.
A la par que elaboraba las premisas de éste post, un amigo en ciernes me insistió con que leyera La inspiración y el estilo de Juan Benet, libro ensayístico que giraba en torno a las ideas del autor sobre literatura. Con Juan Benet no me atrevo todavía a pertrechar un texto, primero porque tengo pendiente -mancha que espero pronto limpiar- la lectura de la que sus admiradores consideran su mejor obra “Una meditación”, y la época lejana en la que leí Herrumbrosas Lanzas con absoluta devoción me inspira una cierta desconfianza por razones que no vienen a cuento, y se remonta a los primeros años noventa.
Es curioso como la literatura no sólo nos aporta la extraordinaria lucidez de sus autores, no sólo nos sirve como diálogo o referencia más allá del tiempo, o nos permite encontrar espejos en los que mirarnos y reflexionar sobre nosotros mismos y lo que nos rodea, sino que incluso, algo que nunca he obviado, cuando nos acostamos, de noche, se dedica entre sus ilustres, en cualquier estantería que posea volúmenes de cierto nivel, a conversar y a intercambiar opiniones. Semejante imagen me la sugirió Juan Benet, y de alguna manera, espero utilizar con la mayor dignidad que me sea posible sus enseñanzas y teorías literarias para describir la grandeza de Anna Seghers, más allá de aspectos, como dije, subjetivos y emocionales, que giran en torno a La excursión de las muchachas muertas.

Sin menospreciar la calidad de los otros dos relatos que conforman el volumen publicado por la Editorial Bruguera -son cuentos excelentes, muy bien escritos, originales en su asunto, marcados por un estilo inconfundible, amenos y profundos- ¿porqué me atreví a decir en aquella velada alcohólica que terminaba de leer la mejor novela corta de la historia de la literatura contemporánea?

JUAN BENET. LA INSPIRACIÓN Y EL ESTILO

La inspiración y el estilo es un ensayo extraordinario, dotado de una pausa y un conocimiento raro de encontrar en nuestros días. El ingeniero metido a literato no sólo escribió algunas de las obras maestras del siglo XX en nuestra lengua, sino que además fue un lector atento, gustoso de su divagar por la historia de la literatura, atinado en sus juicios, y sobre todo, dotado de un sentido anticipatorio para la crítica literaria. No confundan la verdadera crítica con esos panfletos que los diarios y ciertas revistas culturales se encargan de cacarear a los cuatro vientos para vender los libros que editan editoriales afines. Benet no sintió otro deseo que el de escribir sus juicios literarios, reconociendo primero que era un autodidacta, y segundo que, en ocasiones, iba a caer en aspectos subjetivos que probablemente respondían a algo tan genérico como el gusto, por encima de las esencias canónicas. Tengo la sensación de que su intento valió la pena, y de alguna forma se adelantó a parte de la crítica actual, emparentándose directamente con la tradición anglosajona, él, un afrancesado de pro, aunque severo con ciertos aspectos de la novelística vecina.
Al volver a releer La excursión de las muchachas muertas, pretendí hacerlo desde el prisma benetiano de lectura. Básicamente -aunque esta simplificaciones me avergüenzan, y recomiendo encarecidamente la lectura del libro editado por Alfaguara hace unos años- Benet partía de la inspiración y el estilo como mecanismo de acercamiento al texto literario, y lo enlazaba con el papel que le quedaba a la novela para el futuro. Es evidente que el mundo editorial en la época de Benet era algo distinto al nuestro, y que me hubiera encantado que estuviese vivo para haber completado, o al menos apuntado, algún posible cambio en su punto de vista a tenor de los tristes sucesos acontecidos años después de su muerte.
La excursión de las muchachas muertas tiene el don de manejar con igual talento, de mezclar con extraordinaria pericia ambos aspectos literarios definidos por Benet. La historia alemana reciente, es sin duda una historia de dramas que se alargaron prácticamente hasta la caída del muro de Berlín en 1989. La generación nacida a principios de siglo se vio masacrada, humillada y destruida por la grandilocuencia de sus gobernantes que, aunque elegidos por el pueblo en la mayor parte de los casos, extralimitaron su poder y su locura, conduciendo a una de las guerras mundiales más salvajes y destructivas de toda la historia de la humanidad, la segunda guerra mundial. Durante años, Alemania vivió la culpa de aquel desastre, y sus consecuencias siguieron generando fantasmas en sus ciudadanos con insistencia quizá hasta nuestros días. Lo evidente es que Anna Seghers jamás tuvo sentimiento de culpa alguna. Perteneció a una familia judío-alemana, se casó con el conocido sociólogo húngaro Laszlo Radvany, y se opuso desde el principio -algo que muestra su lucidez ante la hipnosis que vivió su propio pueblo- al nacional socialismo. Fue detenida por la Gestapo antes de la guerra, cuando todavía Hitler y sus secuaces no habían prescrito la Solución final para los judíos, así que tras aquella horrible experiencia se marchó del país. Sus libros fueron prohibidos, quemados públicamente y desterrados de la lengua alemana.
Había publicado en 1928 la novela “Aufstand der Fuiher von St. Barbara”. En 1942 editó su novela más conocida, de la que Fred Zinneman hizo una versión cinematográfica La séptima Cruz. Terminó viviendo el exilio en México, donde estuvo a punto de morir a causa de una misteriosa enfermedad que minó sus vitalidad. Regresó a Berlín en 1947.


La excursión de las muchachas muertas es un cuento editado en 1948. Anna Seghers quedó marcada por una generación rota, exiliada, destruida sin remedio. Podríamos definir aquellas décadas entre 1910 y 1950 como las de las dos grandes guerras mundiales en Europa, el tiempo de las utopías inhumanas, de la barbarie, de los refinados modos de exterminio inventados por el ser humano, desde los gases químicos de la primera guerra mundial, pasando por la maquinaria de guerra alemana o norteamericana, con esa explosión final en Hirosima que hizo enmudecer al mundo ante la capacidad destructiva que el hombre había alcanzado. La escritora alemana pudo haberse acercado a ese tiempo desde un punto de vista histórico o sociológico, y seguramente sus afirmaciones hubieran sido acertadas e incluso poco refutables para el método científico, siendo ella testigo directo y lúcido de esos años. Pudo también haber escrito unas memorias en las que narrase su exótica y trágica aventura, su manera de vivir la llegada de la primera guerra mundial, la humillante derrota posterior de su país y su durísima capitulación, con esas condiciones que terminaron por asfixiar definitivamente a Alemania; haber descrito los efectos del crack bursátil del 29 en Estados Unidos y la miseria que se extendió sin tregua, la forma en la que el partido nazi llegó al poder aprovechando el desempleo y la pobreza, como utilizaron argumentos populistas para convencer a un pueblo que se moría de hambre para embarcarse en aquella locura colectiva que desembocó en la segunda guerra mundial, la experiencia bélica más terrible de la historia de la humanidad -y espero que lo siga siendo por los siglos de los siglos-, pero ella era escritora, una escritora de ficción.
Lo primero que hubiera dicho Juan Benet de haber leído este texto que nunca fue publicado en español hasta que Bruguera se decidió a hacerlo, es que esta mujer había logrado conjugar la inspiración y el estilo para alcanzar ese Gran Style que él tanto admiraba y echaba de menos en la literatura española, extrayendo lo metafórico de su experiencia y su tiempo, la dosis justa de realidad, para alcanzar lo inexpresable de otra forma. Anna Seghers eligió una estructura, un tono literario que, irremediablemente me hizo pensar en mi propia existencia, tan ajena a ese tiempo aciago, y me llevó a creer que, si alguna vez tuviera deseos de contar cómo fue mi vida transcurrida y describir a las gentes desaparecidas que ocuparon mi presente entonces, sin duda alguna estaría convencido de que la mejor forma de hacerlo es como ella lo fraguó.

Una mujer europea camina bajo un sol bochornoso por las calles de un pueblo en pleno desierto mejicano. El tendero de la pulquería le pregunta de dónde viene, y ella le contesta que de Europa. El calor es tan intenso que la mujer camina febril alejándose del pueblo hasta que divisa a lo lejos una construcción de muros blancos. Después de andar unos metros, al entrar en la zona vallada, seca, pelada, cree atisbar un columpio y su memoria se traslada, como si estuviera poseída absolutamente por la ebriedad, a una excursión que celebró a principios de la década de 1910. Escucha un nombre: Netty. Asegura que nadie la ha llamado así desde sus tiempos del colegio. A partir de ese punto el cuento adquiere una senda distinta. La exiliada europea, enferma, que sufre las altas temperaturas del desierto, anhelando su viejo continente cuyo destino no logra vislumbrar, se traslada al pasado sin que exista en el relato una alusión directa, sino más bien una vivencia inmediata que se entrelaza con la fluidez del estilo sin brusquedades y termina por superar la barrera del tiempo, su incongruencia numérica, de fechas, instalada en ese desvencijado vallado mejicano. Un grupo de muchachas se divierten junto a un río, rodeados por el verde exuberante y fresco de la campiña alemana. Dos profesoras vigilan al grupo escolar. Han hecho un trayecto en barco a través del río para pasar allí unas horas. Netty habla de Leni, de Marianne y de ella, son tres amigas hermosas, que juegan algo apartadas del resto. Apenas son adolescentes ensoñadoras que contemplan el mundo desde la curiosidad y las primeras palpitaciones del amor y el deslumbramiento. Vestidas de blanco hablan de esa Europa que la narradora, desde México, ha recuperado por el antojo de la memoria con una nitidez asombrosa, un lugar de lugares muertos, aunque ella pareció obviar por completo al inicio del relato todo lo sucedido después, las razones por las que vive en el exilio, por las que tuvo que huir de Alemania. La hermosura de la composición conmueve, pero no por lo vulgar o lo obsceno de la sensiblería tan común a la mala novela y tan abundante en nuestra cultura diaria, lo suyo es un recorrido paulatino, un estilo comedido y lleno de imágenes evocadoras que van describiendo como era la vida de esas niñas, como se relacionaban con las dos profesoras: una mujer ya entrada en la cincuentena, soltera, muy católica, la señora Mees, y una jovencísima señorita judía a la que todas las alumnas adoraban, la señorita Sichel. Hablan de los muchachos de la escuela masculina, en el entorno idílico de ese paisaje magnífico, rodeados por el agua abundante que corre por la rivera del río, con el esplendor y el verde del jardincillo en el que se hallan las jovencitas.
Juan Benet aseguraba que la literatura debía abandonar sin remedio para encaminarse hacia el futuro los asuntos del periodismo. La anécdota en literatura vale más bien poco, sobre todo si se encuentra, o tiene una intención, de denunciar, de describir el presente. En la búsqueda de los mitos literarios, la intención verdadera y auténtica es aquella que mezcla la maestría en el estilo, esa voz única que sólo logran alcanzar los verdaderos escritores, con los símbolos que se transmiten de generación en generación, como metáforas de la vida, como textos autónomos e independientes la mayor parte de las veces del estilo, para ser comprensibles y disfrutados años, décadas, siglos después.
Benet no era muy partidario del nuevo periodismo, aunque es evidente que Truman Capote no hizo nuevo periodismo, sino literatura de los hechos reales, hasta el punto de que su exactitud documental es algo menor frente a su estilo y su manera de contar la vieja y terrible historia de los Clutter y sus asesinos en “A sangre fría”. Pondría de ejemplo Benet a Flaubert y ese intento desesperado de escribir una novela sobre los acontecimientos de 1848, en plena madurez de sus recursos estilísticos y narrativos, y su imposibilidad de conseguirlo ante la falta de inspiración, de imaginación para hacerlo. Comparado con Madame Bovary, el intento del enorme escritor francés que revolucionó la prosa narrativa y la puso al nivel del prestigio de la poesía -antes fue la novela género vulgar para el público, popular incluso en el mal sentido de la palabra, sin demasiada repercusión a excepción de casos insignes como Cervantes y Rabelais en el mundo académico- se quedo muy corto. La diferencia entre Madame Bovary y esa novela que trató de escribir sobre aquel año fundamental en la historia de su generación estribaba precisamente en la inspiración, ese algo inapreciable que diferenciaba al maestro de la novela francesa del laborioso artesano de la palabra que se peleaba días tras días con las frases y la sintaxis de su novela histórica.
En el caso de Anna Seghers, estoy convencido de que Benet hubiera percibido el enorme acierto de narrar esa memoria nítida de la autora del modo en que lo hizo.
Dueña del material que trabaja -y cuando digo material, me refiero no sólo a las referencias históricas o la solvencia emocional de sus personajes, sino también a los recurso disponibles al alcance de cualquier narrador- la alemana decidió escribir un sueño, un espacio onírico, una imagen que se debió arremolinar en su cabeza durante meses allá en México, y que solo logró plasmar después de su regreso a Berlín en el año 47.

La historia de esas muchachas que corretean por la campiña, sueñan e intercambian cuitas y frivolidades en el presente de esa excursión, comienza a evolucionar con el destino que vivirán posteriormente, destino que la narradora conoce y nos lo va ofeciendo con cuentagotas. Los personajes de La excursión de las muchachas muertas poseen una vida propia, que haría posible leer la novela sin necesidad de dominar los sucesos que acontecieron en esas décadas terribles. Es posible que un lector con pocas referencias encuentre la esencia del relato fácilmente, sin necesidad de tener una cultura histórica elevada, aunque para Anna Seghers, sin duda alguna, ese relato fue su propia mirada emocional e intelectual a un periodo negrísimo del siglo. Como le gustaba a Benet, la historia literaria del relato trasciende con creces a la mera anécdota histórica, la entierra entre la sutileza de la prosa, ante el destino de sus protagonistas, que son individuales, aunque sean hijos -y víctimas- directos del contexto histórico. Vamos apreciando en el cuento, a través de la información que se va intercalando, la evolución de la vida de todas esas muchachas que eran tan felices en ese jardín, alegres e ignorantes de lo que sucederá después, y aguardan la llegada del curso de los muchachos, y admiran la belleza de algunos, la nobleza de otros, cuchichean y se ríen inconscientes de que su destino estará absolutamente sometido a los tiempos que les tocará vivir, por el peso insoportable de los acontecimientos, información que nos va acudiendo despacio, que nos permite observar como fue el paso de la adolescencia a la madurez de todas esas muchachas, de los jóvenes que aguardan expectantes, con el pavor de no poder evitarlo, con la sensación de que todo fue verdad, de que aquel ensueño se trasformó poco después en pesadilla, y cada una de las hermosa muchachas terminó por arrancarse sus alas inocentes y convertirse en cadáveres, en traiciones, en dolor y en rencores, en ira y en crueldad, como su siglo.
Sería una pena contar con mayor detalle el argumento del texto, quizá porque después de la segunda lectura no sólo mantuve lo que afirmé aquel primer día entre mis amigos, sino que la sensación quedó reforzada, sobre todo teniendo en cuenta que utilicé no sólo mi juicio personal sino las interesantísimas anotaciones literarias del señor Benet. Vuelvo a afirmarlo. La excursión de las muchachas muertas es una de las mejores novelas cortas del siglo XX, no sólo por la inspiración del tono, por la magnífica composición literaria y esa fabulosa estructura narrativa, por el modo en que combina los paisajes poéticos y oníricos de una vida reducidos al presente en el instante en que los escribe con un estilo deslumbrante, sino porque de alguna manera tuve la sensación de que era imposible escribir mejor sobre el paso del tiempo.
Me gustaría adelantar que, tras las cuarenta y tres páginas de La excursión de las muchachas muertas, no sólo me quedé en silencio un buen rato y tuve la sensación de haber viajado hacia un lugar impreciso y mágico, sino la constancia de haber comprendido cómo vivió una generación – o probablemente todas- hechos de esa envergadura. Además, Anna Seghers tuvo la osadía de realizar un último alarde técnico. En el postrer párrafo, encontró la solución lógica a sus excesos temporales, con unas sencillez y una exactitud que, espero, provoquen en el lector que no haya leído el cuento, no sólo la enorme veracidad humana que esconden sus páginas, sino la maestría literaria de una escritora con mayúsculas.
Benet -me permitió la licencia de asegurarlo- estaría sin duda de acuerdo.

Anna Seghers

Nació en Maguncia, en 1990. Su nombre verdadero fue Netty Radyanyo. Hija de familia judía se casó con el sociólogo húngaro Lászlo Radvanyi. Se enroló en el partido comunista y escribió su primera novela en el año 28. Fue detenida por la Gestapo alemana con la llegada de Hitler al poder y ante el acoso que comenzaba a percibir contra los judíos decidió exiliarse. Pasó varios años en México y no regresó hasta 1947 para instalarse en Berlín. Ha publicado varias novelas entre las que destacan dos: La séptima Cruz y Tránsito. Fue presidente de la Federación de escritores de la DDR y ha publicado varias colecciones de relatos que desgraciadamente no están traducidos al español. Murió en Berlín en 1983 sin poder ver la reunificación alemana.

Juan Benet

Nació en Madrid, el 7 de octubre de 1927. Al comienzo de la Guerra Civil Española su padre fue fusilado en la zona republicana, y su familia busca refugio en San Sebastián, hasta que en 1939 regresa de nuevo a la capital. Frecuentó la tertulia del Café Gijón donde conoció a su gran amigo, Luis Martín Santos, entre otros autores de la época. Tambíen acudía a la tertulia de Pío Baroja, el único escritor español por quien sentía admiración, y al que dedicó unas páginas memorables en Otoño en Madrid hacia 1950. Por esa época leyó por primera vez a a William Faulkner, el autor que, según sus propias palabras, le empujó a escribir.

En 1961 publicó Nunca llegarás a nada, su primer libros de relatos, en una edición costeada por el propio autor.
En 1966 regresó definitivamente a Madrid, integrándose en la plantilla del entonces potente M.O.P.U., Ministerio en el que también trabajaban, en puestos de típicos y grises funcionarios, su entrañable amigo Juan García Hortelano y el poeta Ángel González. Ese año publicó su ensayo La inspiración y el estilo, auténtica declaración de lo que considera alta literatura y guía del estilo inconfundible que marca su obra toda (por cierto para los fans de Carmen Martín Gaite, la edición de Alfaguara tiene dos textos extraordinarios suyos sobre el libro). Su firma empezó a aparecer a partir de entonces en Revista de Occidente, Cuadernos para el Diálogo, Cuadernos Hispanoamericanos y Triunfo, revistas señeras de la época.
En 1966 murió en accidente de tráfico su hermano Francisco Benet, al que estaba muy unido. A finales de 1967 publicó su novela Volverás a Región, a través de un leonino contrato con la editorial Destino, de la que nunca pudo rescatar los derechos de edición, novela que crea un territorio mítico, Región, en el que se desarrollarán buena parte de sus narraciones, al estilo de su maestro Faulkner y al igual que otros grandes escritores del momento, como García Márquez, Onetti o Juan Rulfo.
En 1969 obtuvo el Premio Biblioteca Breve con Una meditación, una novela que escribió creando un artilugio, mediante un rollo de papel continuo, que le impedía volver sobre lo escrito para seguir escribiendo. Es, además, una de las primeras novelas españolas, si no la primera, en la que no hay un solo punto aparte, algo que después han generalizado algunos escritores menos dotados, y aun algunos de los que siempre desbarraron sobre su obra (y curiosamente en esto coincide con otro autor de su generación, Thomas Bernhard, al que probablemente no conocía por entonces, y con el que podría establecerse más de una similitud, no sólo en cuanto a su obra sino en cuanto a su modo de «actuar» en sociedad y de entender el carácter público de su faceta de escritor).
Se mostró siempre en contra de la estética y retórica inherentes al realismo social o al realismo y naturalismo decimonónicos, que personifica en Benito Pérez Galdós y en tantos novelistas del medio siglo hoy felizmente olvidados, y del mantenimiento de dicho realismo, bajo otras denominaciones, en pleno siglo XX. De ahí que arremetiera tan a menudo contra el tremendismo y los literatos de la España «negra», que defienda el grand style frente a la retórica hueca y de mesa camilla de los Cela, Umbral y compañía. La obra de Benet junto a las de autores como García Márquez, Vargas Llosa u Onetti, el conocido como «boom» hispanoamericano que estalla también en los años sesenta, supusieron la renovación de la literatura escrita en español hasta entonces. Por esa época publica su única traducción conocida, la de la novela A este lado del paraíso, de Scott Fitzgerald.
Su actividad literaria se acelera entre 1970 y 1973, publicando, además de la novela premiada Una meditación, los ensayos recogidos en Puerta de tierra, un volumen que recoge todas su obras, menos una, de Teatro, las novelas Un viaje de invierno y La otra casa de Mazón y los libros de relatos Sub rosa y 5 Narraciones y 2 fábulas, estos cuatro últimos en la editorial La Gaya Ciencia”, fundada por Rosa Regàs.
En 1974 murió su mujer, Nuria Jordana, con la que había tenido cuatro hijos, y se produce una pausa involuntaria en su obra y en sus relaciones personales. Más introvertido que nunca, será en 1976 cuando vea la luz Qué fue la guerra civil, uno de los ensayos más citados por los historiadores, paradójicamente extranjeros, que han estudiado este conflicto. Viaja a China y da conferencias en Estados Unidos, a la vez que publica dos libros que participan del ensayo y la narración entendida al modo benetiano: El ángel del señor abandona a Tobías y Del pozo y del Numa.
En 1980 publicó una de sus grandes obras, Saúl ante Samuel, obra compleja y genial, de reminiscencias bíblicas y clásicas, y quedó finalista en el Premio Planeta con El aire de un crimen, novela superada por Volavérunt, de Antonio Larreta, tras hacerse la apuesta con un amigo de que ese año se presentaría, y ganaría, dicho Premio. Tres años después aparece el primer volumen de Herrumbrosas lanzas, que continuará en 1985 y 1986, obra inacabada en la que levanta un mapa geográfico, personal y social de su territorio narrativo, Región, sin parangón.
En 1985 contrajo matrimonio con la poetisa Blanca Andreu. En esos años se le reconoce su peculiar y original forma de narrar, en la que, lejos del realismo de buena parte del resto de autores españoles de la segunda década del siglo XX, el estilo es parte sustancial, a la vez que sus detractores, cada vez en mayor número, atacan sus obras porque en ellas nunca suceda nada (y aún hoy, tantos años después de su fallecimiento, los escritores de la cuerda aventurera, aquellos para los que una novela solo lo es si cuenta una aventura, en la estela de Pérez-Reverte y sus seguidores, siguen arremetiendo contra esa forma de entender y practicar la literatura). La influencia de William Faulkner se hace evidente en todos sus textos, además de las de Euclides da Cunha, Sir James George Frazer, Henry James, Herman Melville, Franz Kafka, Samuel Beckett, Flavio Josefo, Juan de Sigüenza, algunos otros autores de la antigüedad clásica, la bibliografía de la Guerra civil española, y en general la bibliografía bélica, y los textos bíblicos.
Publica la novela En la penumbra en 1989. En 1990 y 1991 publicará sus dos últimas obras, el ensayo La construcción de la torre de Babel y El caballero de Sajonia. A principios de octubre de 1992 se le detectó un tumor cerebral, por cuya causa murió el 5 de enero de 1993 dejando inacabado el cuarto volumen de Herrumbrosas lanzas. Como tantos grandes escritores Benet falleció sin recibir ninguno de los grandes Premios de las letras españolas del momento. Resulta sorprendente comprobar que uno de los escritores más relevantes y fértiles de la literatura española solo ganó, aparte de Biblioteca Breve de 1969, el Premio de la Crítica de 1984 por el primer volumen de Herrumbrosas lanzas. Tampoco consiguió una plaza en la Real Academia Española, a la que fue presentado solo una vez, en 1983, perdiendo la plaza en favor de Elena Quiroga.
Reconocido en la actualidad como uno de los más grandes escritores del siglo XX, el Times del 18 de enero de 1993 lo comparará con Marcel Proust en Francia, James Joyce en Irlanda y William Faulkner en Estados Unidos.

Obras

Novelas

• “Volverás a Región” (Destino. Barcelona, 1967)
• “Una Meditación” (Seix-Barral, Barcelona, 1970)
• “Una tumba” (con fotografías de Colita) (Lumen, Barcelona, 1971)
• “Un viaje de invierno” (La Gaya Ciencia, Barcelona, 1972)
• “La otra casa de Mazón” (Seix-Barral, Barcelona, 1973)
• “En el estado” (Alfaguara, Madrid, 1977)
• “Saúl ante Samuel” (Alfaguara, Madrid, 1980)
• “El aire de un crimen” (Planeta, Barcelona, 1980)
• “Herrumbrosas lanzas I” (Alfaguara, Madrid, 1983)
• “Herrumbrosas lanzas II” (Alfaguara, Madrid, 1985)
• “Herrumbrosas lanzas III” (Alfaguara, Madrid, 1986)
• “En la penumbra” (Alfaguara, Madrid, 1989)
• “El caballero de Sajonia” (Planeta, Barcelona,1991)
Relatos [editar]
• “Nunca llegarás a nada” (Tebas, Madrid, 1961)
• “5 Narraciones y 2 fábulas” (La Gaya Ciencia, Barcelona, 1972)
• “Sub rosa” (La Gaya Ciencia, Barcelona, 1973)
• “Cuentos completos I y II” (Alianza, Madrid, 1977 y 1981, respectivamente)
• “Trece fábulas y media” (con ilustraciones de Emma Cohen) (Alfaguara, Madrid, 1981)
Ensayos y Artículos [editar]
• “La inspiración y el estilo” (Revista de Occidente, Madrid, 1966)
• “Puerta de tierra” (Seix-Barral, Barcelona, 1970)
• “El ángel del señor abandona a Tobias” (La Gaya Ciencia, Barcelona, 1976)
• “Qué fue la guerra civil” (La Gaya Ciencia, Barcelona, 1976)
• “En ciernes” (Taurus, Madrid, 1976)
• “Del pozo y del Numa” (La Gaya Ciencia, Barcelona, 1978)
• “La moviola de Eurípides” (Taurus, Madrid, 1981)
• “Sobre la incertidumbre” (Ariel, Barcelona, 1982)
• “Artículos I” (Libertarias, Madrid, 1983)
• “El agua en España” (Lunweg, Madrid, 1986)
• “Otoño en Madrid hacia 1950” (Alianza, Madrid, 1987)
• “Londres victoriano” (Planeta, Barcelona, 1989)
• “La construcción de la torre de Babel” (Siruela, Madrid, 1990)
Teatro [editar]
• “Max” (1953)
• “Anastas o el origen de la Constitución” (1958)
• “Agonía confutans” (1966)
• “Un caso de conciencia” (1967)
• “Teatro” (Siglo XXI, Madrid, 1971)
Libros póstumos [editar]
• “Prosas civiles” (con ensayos y dibujos sobre obras de ingeniería) (M.O.P.U., Madrid, 1994)
• “Páginas impares” (antología de artículos al cuidado de Manuel de Lope) (Alfaguara, Madrid, 1996)
• “Cartografía personal” (recopilación de entrevistas al cuidado de Mauricio Jalón) (Cuatro ediciones, Valladolid, 1997)
• “Herrumbrosas lanzas” (edición en un volumen, con inéditos incluidos) (Alfagura, Madrid, 1998)
• “Una biografía literaria” (recopilación de artículos no recogidos antes al cuidado de Mauricio Jalón)(Cuatro ediciones, Valladolid, 2007)
• “Infidelidad del regreso”

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. chupito dice:

    Tu manera de leer es única, no sólo porque con tus textos haces que la literatura vuelva a estar un poco más viva, sino porque tus críticas también son literatura.
    Felicidades.

  2. Natale dice:

    Un auténtico placer leer algo así. Una auténtica sorpresa! espero continuar disfrutando.

    Para acompañar a tus perros:

    «Un escuálido galgo de piel canela con manchas de color de iodo olfateaba unos restos al pie de uno de los pilonos y cuando el conductor cambió la marcha para remontar la breve pendiente del repecho de la entrada, escondió el rabo entre las piernas y se retiró con un trotecillo, pegado a la acribillada tapia, en la imposible búsqueda de un algo que su pobre memoria aún recordaba; y que le llevó, cuando pasó la amenaza y el coche se perdió tras la primera revuelta, a seguir la línea de la tapia a aquel mismo trote sin prisa porque sin ninguna esperanza de encontrar aquel algo debía saber que sólo con el movimiento podía olvidar que no la tenía» Herrumbrosas Lanzas

  3. jimarino dice:

    Menudo texto de Juan Benet!
    Te agradezco muchísimo el párrafo, me vuelve a recordar lo que es ser escritor a pesar de los tiempos. La extraña perfección de la secuencia, del estilo respecto al suceso que se narra, su ritmo narrativo. Dicen que está olvidado, pero con unas líneas como éstas entierra al noventa por cien de los autores “a la mode”
    Muchísimas gracias por el comentario, Natale. Espero que algunos de los Perros de la lluvia te sigan gustando.
    Un abrazo.

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