otoño

Las bailarinas azules. Edgar Degas

EL OTOÑO DE LAS BAILARINAS

En mil novecientos noventa
tenía los pies
de barro y el corazón de vuelo,
soñaba con el planear
de los arcángeles caídos
mientras esnifaba pedazos
de cielo en madrugadas desoladas.
A veces olía las flores de los jardines,
masticaba tierra en tardes aburridas
y solía pensar
que el destino era más mío
que las manos que acariciaban todos
los cuerpos que tuve.

En mil novecientos noventa
mi vida pudo convertirse
en un tango
pero quedo exageradamente
hinchada por el éxito
de una adolescencia tardía
que surgía milagrosa
de entre los ritos
y las bufonadas del teatro.
Me quedé sin aire enganchado
a una guitarra eléctrica,
y de haber sido famoso
estaría muerto entre gladiolos
y petunias de colores,
olvidado el paso del tiempo
y habiéndome perdido
la historia completa
de la literatura.

En mil novecientos noventa
quería danzar contigo
bajos los vestigios de Roma,
o en esa ribera del Sena al atardecer,
pero tú tenías miedo
a que el corazón llorara hecho trizas
por mi alcoholismo decadente
-puro glamour-
o por ese suicidio a la mode
que ejercía
con elegancia mundana.
Lo entiendo.
Todos los miedos determinan el paso
atrás, convierten
el complejo en rareza
y uno se las da de erudito
y sensible mientras pierde
la vida ante el compás del otoño.
Pero yo quería abrazar
tu pelo negro,
obviar la saliva
que mezclaba entre tragos y besos,
crear un destino
con mi bailarina de mar,
soñar otra vez despierto.

Mil novecientos noventa
fue un año importante;
me di cuenta de que estaba sólo
a pesar del incesante bullicio.
Aquella pintora de lenguas virginales
y la eléctrica inmaculada salvaje,
(tan puta y tan blanca,
tan espléndida en su poder vaginal),
y las amantes de vestuario
de cocktail y after amaneciendo,
me insinuaban que yo te quería
en cada uno de mis pasos,
caminando junto a ti
con esas botas de cuero negro,
afilando tú esa espalda
estirada como un junco
de tanta barra y Lago de los cisnes.

En mil novecientos noventa
querías ser Isadora Duncan
y ser enterrada en el Pére Lachaise.

Tú creías que yo moriría joven
y con un bonito cadáver,
y yo te decía que era pronto
para el au revoire definitivo,
para el aspaviento y el hartazgo,
pero no me creíste.
Pensabas en las cruces
que dejábamos en el camino
y en el tiempo de los poetas
beodos, y en esos perros de la lluvia
que caían como moscas
al ritmo de las gotas en los cristales,
en el borde de los caminos,
sedientos, hambrientos,
muertos antes de nacer.
No confiabas en mi desdén
por los iconos y las postales,
ni siquiera en esa sonrisa
que trataba de decirte
a gritos que eras tú,
o en los astros que sonaban
con sus trompetas
mientras corríamos despavoridos
en medio de la sangre y la risa.
Eras la savia de mis labios,
la musa que tenía
que socorrerme de las penurias,
de la tierra quebrada a nuestros pies,
y elevarse a los altares
del gozo y el aplauso.

En mil novecientos noventa
morí de pena muchas veces,
me dolía el alma y en el córtex
chirriaban las promesas.
Evacuábamos la ira
absorbiendo ya el absurdo,
pero no lo supe hasta después,
hasta que me convertí
en un ángel helado,
en un espectro de dolor,
en ansia y esperma
derramada al compás.
Qué curioso,
y yo sólo te buscaba en las ortigas,
me quemaba con los cigarrillos
encendidos las muñecas,
y fustigaba hasta el delirio
mi espalda de cristal.
Sólo te quería,
sólo quería ese último baile
de heridas y furia,
pero ya no te fiabas
de mi mirada al destino,
no, señora,
ni de aquellos besos
que regalaba por desidía,
ni de esas esperanzas
que depositaba en la fortuna
y en sus ruedas
que jamás comprendí.

En mil novecientos noventa
pudimos convertirnos
en las luces de los bares de antaño,
quizá tú perdiste el norte
para abrazar esos seres marchitos
y los pequeños delirios ambiguos.
Hoy serás infeliz,
lo sé,
te gustaba demasiado la
estúpida belleza.
Y yo elegí el olvido
para no morir de rabia,
y también ese eco impreciso
de otras mujeres
que no tuvieron miedo
al amor o miedo
al dolor, que viene a ser lo mismo
tan a menudo.
Qué curiosa la vida,
ahora ausentes ambos, tantos años
separados sin saber uno del otro
¿Dónde estarás, pequeña sirena?
¿Qué será del monstruo de la selva,
de las barreras que construiste
para luego convertirte en musa
de mutantes de ojos
azules y cuerpos
dionisíacos esculpidos
en tus mismos bailes de sal?

En mil novecientos noventa
yo no sabía si viviría
y tú tenías pánico a vivir.
Fuimos tan hermosos
que aún hoy en día
nos recuerdan las fotografías.
Apenas atisbo esas viejas calles
al anochecer y oigo el lamento de todos
aquellos que te desearon
en el silencio de las largas madrugadas.
Yo echo de menos el alcohol y la inconsciencia,
a veces la extraña alegría de esos días incendiarios,
la aspereza triste de la tardes de otoño,
la llama que creí poder mantener.

Aún así te espero
en las farolas alumbradas
cuando llega la medianoche,
creo que vas a estar en esos rincones
que pisamos,
quiero oír el eco de tus tacones,
ver tu espalda afilada
y adivinarte en la esquina
por la que cruces la acera.
¡Ah, si supieras que después fui feliz!
¡que soy feliz de otra manera!
Quizá si lo hubieses sabido,
aquel antiguo miedo de esfinges,
de almas encerradas,
la mirilla por la que mirabas
el resplandor de la luna
y las estrellas de las noches en vela,
quizás, todo lo que fuimos sería,
todo lo que fuimos hubiera sido,
la estrella que se me apaga
brillaría todavía.
Aunque,
lo que no muere pervive
en algún lugar,
un lugar donde todo se acumula
indeciso, etéreo,
donde cada noche atisbo
los fantasmas de los que no están,
de los que se fueron para siempre
por la fuerza o por la inercia.
Ya dijo Pessoa que quien ama
no sabe lo que ama ni qué es amar,
que amar es la eterna inocencia,
y tú eras miedo,
experiencia de saber.
A veces tomo la última cerveza
en el H. P.,
suena aquella vieja canción de despedida
y veo tus labios embadurnados
de carmín y besos
en aquella noche
helada de mil novecientos noventa
eterna.

Copyright Ariño2008

18 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Bello poema, descarnado. Además, respeto mucho el borde de la vida.
    Gracias por haber pasado por mi blog Indicios de Desorden y dejarme tan hermosas palabras.
    Vuelve cuando quieras.
    Un saludo.
    David

  2. azularena dice:

    es curioso como el pasado, la historia, los recuerdos y la vida se guardan en pequeños cajones, dentro de nuestra cabeza.
    Es curioso como, con el tiempo y con un extraño mecanismo, se abren para luego cerrarse.
    Demasiadas veces borro o pierdo las etiquetas que los identifican, pero su contenido lo conservo aun con el paso de los años.

    Un abrazo mon amic.

  3. Estel Julià dice:

    Ariño,

    Pese a lo largo que es este poema que nos traes, me ha sido fluida su lectura.
    1990
    Historia dura e intensa en la que los interrogantes se plantean constantemente uno tras otro, mezclado con los miedos que todos en ocasiones hemos sentido.

    1990 todos tenemos un 1990, igual, parecido o diferente, todos podemos escribir un 1990, lo importante en este camino es comenzar a reescribirlo en algún momento, aunque sea en 2008, después de tantos años.

    El poema tiene momentos muy bellos, enhorabuena,

    Estel J.

  4. Estel Julià dice:

    Por cierto Ariño, las bailarinas azules sublimes le dan ese toque a pasado a tu poema.

    Me encanta Degas.

    Un abrazo,

    Estel J.

  5. alfaro dice:

    Al fin tienes a tu musa, dentro o fuera o en todo…, porque este poema es maravillosamente fantástico.

  6. jimarino dice:

    Es verdad, estel, que Degas hace buena cualquier cosa. Tiene un aire otoñal, nostálgico, que hace pensar en un día de lluvia contemplado desde los cristales de un aula con el suelo de madera encerada. Casi escuchas el sonido del frúfrú, los cuchicheos de las muchachas que se disponen a bailar, a estirar sus cuerpos esbeltos y fibrosos junto a la barra y el espejo.
    Un abrazo

  7. jimarino dice:

    Azularena;
    si el poema ha abierto alguno de tus muchos cajones y esto sirve modestamente para que tu presente sea más intenso, me siento satisfecho. Nada de melancolías. El pasado es el espejo donde vemos nuestro reflejo en el presente, donde intuimos quienes somos, donde podemos ir, que circunstancias empujaron nuestra vida para vivirla con más plenitud
    Espero que estés bien… un besote para los tres

  8. jimarino dice:

    Gracias david,
    el borde de la vida ayuda a descubrir en que consiste el centro de la misma, siempre que uno sobreviva. Tus indicion de Desorden siempre son ese borde distinto que perdura y al que me apetece acercarme conforme transcurren los años
    Un abrazo

  9. jimarino dice:

    Alfaro… muchas gracias por tu comentario. Sabes que me cuesta decir algo más… tus últimos poemas son cada vez más deslumbrantes
    Un abrazo

  10. (* dice:

    Todavía me huele a danza un hueco que anido dentro, cada día en una parte. Entrar aquí hoy ha llenado un pedazo de ese hueco, que ahora huele más. No importa. Recordar forma parte de nosotros, y ahora que es otoño…

    Saludos crujientes y danzarines.

  11. Ana lanka dice:

    Hoy he llegado aquí para descubrir el Otoño de las bailarinas. Es una casualidad que necesitase esta ola inmensa de palabras y metáforas, y no lo sabía. No sé que decir. No te conozco pero pareces de aire pesado, de rabia y amor, de eterna rebeldía que surge de la nueva cordura. De verdad que el eco de este lamento/esperanza/venganza/memoria me ha hecho pensar en mis espejos del pasado.
    Impresionante.

  12. alfaro dice:

    Pues, muchas gracias.
    Un abrazo

  13. jimarino dice:

    (*
    Recojo con gusto tus saludos crujientes y danzarines, sobre todo después de leer tu comentario.
    ¿danzas que huelen y anidas dentro, y que se desplazan cada día?. Es una hermosa e inquietante imagen
    ¿por qué has llenado un pedazo de hueco, y sigue oliendo más con estos versos?.
    Has despertado algún sentido extraño en mí, pero no sé lo que es, no termino de entenderlo.
    Recordar es mirarse a un espejo que deforma nuestra imagen con disimulo para impedirnos observar con claridad las partes reales de las que estamos hechos. Otoño nos mira a los ojos. Es un mes austero, frágil para vivir dolorido y tierno para compartir.
    Me gustaría apreciar por un momento en qué consisten realmente tus danzas perfumadas, le daré vueltas al asunto aunque será complejo saber de donde viene esa metáfora… en fin, un beso muy fuerte

  14. jimarino dice:

    Ana,
    Últimamente las casualidades me están deparando agradables sorpresa. Debe ser éste, el mes de los descubrimientos, por otra parte muy agradables. Yo tampoco sé quien eres, y es posible que esté hecho de lo que dices, pero no creo en las venganzas, prefiero esa melancolía que nos empuja a saber, a construir desde las raíces, desde la verdad de lo que creemos ser. Prefiero el otoño al verano o al invierno. Es un mes que oscila entre el futuro y el pasado, el mes de las bailarinas azules que danzan, los días en los que uno aprende en verdad por igual a conocer los límites y las posibilidades. Yo nací en otoño, así que me siento una mezcla de entusiasmo y nostalgia a partes iguales, aunque tampoco importa mucho.
    Bienvenida a los Perros de la lluvia y gracias por los comentarios.

  15. The Flows dice:

    He encontrado a tus perros de la lluvia porque el destino, no la casualidad, lo ha querido.

    Las bailarinas han removido todos los posos de mi pasado, me han despertado sentimientos y recuerdos olvidados, nostalgias y decepciones.

    Todos somos quien somos gracias y a pesar de los noventa y, en tu caso, te han guiado al escribir esta maravilla y han conseguido que un viejo amigo se emocione.

    Un abrazo.

  16. El ángel turbio dice:

    Aún puedo recordar algún que otro otoño mojado, dentro de mi pequeño coche blanco, esperando que el tiempo me guardase un futuro de bailarinas chapoteando.

    … el sonido de cada hoja desprendiéndose del árbol… en otoño…

    No puedo evitar acordarme de esa canción de “Surfin” cada vez que empiezan a abandonarnos las noches de bochorno.

    Un abrazo.

  17. jimarino dice:

    Muchas gracias The Flows, por el comentario. Si mi poema te ha emocionado ya ha cumplido su sentido. The Flows evoca tantas cosas que llevo unos días algo melancólico. Espero que estés bien y que el tiempo te haya dado algunas cosas hermosas.
    Un beso fortísimo, amigo…

  18. jimarino dice:

    Angel turbio,

    si las bailarinas te ha recordado ese pedazo de canción me alegro enormemente. Es una de las mejores canciones de la música popular de este país. Si Alfaro fuera norteamericano El ángel turbio se oiría en todas partes.
    Espero que tus otoños mojados posteriores te hayan ofrecido alguna de aquellas bailarinas que aguardabas.
    Un abrazo y bienvenido a los perros de la lluvia.

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