James Joyce-Marilyn Monroe

Las cosas hermosas terminan por atraerse. El gusto de la belleza es exigente y esquivo, en nada se parece a lo uniforme, a lo establecido al por mayor. Anhela sus rincones de digresión, sus espacios de dignidad propios. La masa no consume belleza sino repetición, es la eterna maldición de las marcas de la moda o de los artistas consagrados a la publicidad, las radio formulas o a la industria de cualquier índole. A veces, algo popular desborda por completo su ámbito y adquiere esa extraña hermosura que lo sitúa en el espacio de lo eterno por razones misteriosa. Marilyn Monroe fue un imagen popular, en efecto, pero dotada de los matices necesarios, de una individualidad compleja y una rebeldía poco común. Trágica muerte para alguien tan evocador y frágil, tan auténtico y original a pesar de todo.

Hay en esta fotografía algo que me hace pensar sin remedio en Arthur Miller, es como si algo de él estuviera allí, componiendo el plano, habitando los lugares obviados por la imagen. Aunque Marilyn, eternamente, será un icono mucho más complejo que su mera reproducción superficial, esta fotografía nos la devuelve a un lugar diferente, el que ahora sabemos oscuro y profundo, amargo a menudo, terrible y trágico en la impresión de su belleza.

Cuando vi recientemente las imágenes en las que fumaba marihuana con un grupo de amigas supe por qué estuvo casada con Arthur Miller,  no por el hecho en sí de fumar hierba, sino por algo en su rostro que mas allá de su irresistible belleza,apuntaba a la presencia de la inteligencia y la sensibilidad. No siempre mata la inteligencia, tampoco la sensibilidad. Pero en su caso tal vez sí. La muñeca divina que paseaba su encantadora sonrisa por el mundo tal vez no pudo soportar ser una marioneta en manos del poder de Hollywood, una figura de cera que productores, estudios, revistas, todo el poder fáctico del universo del espectáculo, utilizaban a su antojo. Es posible que esa soledad sea incomprensible para mi o para la mayoría de nosotros. Seguro que encontraremos algunos que aplaudan mi ocurrencia con un tono irónico. Millones de dólares cobrados y uno está triste. Curiosas paradojas, convertirse en lo que se desea para ser infeliz. Quizá buscaba, anhelaba desesperadamente, la inteligencia de un hombre como Miller o como Kennedy, rastreaba una respuesta que en su ruidoso y pequeño mundo real en el fondo nunca pudo resolver. Comprendí que su eterna sonrisa, esa melena rubia tan clara y luminosa, esos labios gruesos, carnosos, dibujados con una perfección geométrica, o ese cuerpo rotundo que desbordaba la pantalla a cada paso, con cada centímetro de piel que mostraba al público, en cada curva, escondían mucho más de lo que los sueños cinematográficos quisieron ofrecer de ella. Tal vez hubiera sido más feliz en una granja del medio oeste, criando niños y malvas, haciendo el amor los sábados por la noche con su marido, leyendo el Riddest Digger, vistiéndose de gala para ir al baile en una sala de fiestas ajada que olía a boñiga de vaca y a heno podrido. El magnífico dramaturgo primero, después el flamante presidente de los Estados Unidos de América, debieron quedar fascinados por su belleza, pero también por algo más que la diferenciaba de la Mansfield, tan exuberante y estúpida. Puede que fuera esa sensualidad aniñada y desvalida, pero seguramente a su vez por ese lado inquietante, por esos ojos intensos que guardaban un abismo, un volcán, la pasión de una vida convertida en un escaparate que protegía la verdad de su alma, el camino improbable de una solución posible.

Tengo la sensación, y ahora más, conforme más cosas sabemos de ella, que esos deslices, esa fragilidad extraña, su aguda sensibilidad, la elevaron por encima de su mito pop, y ser conscientes de ello nos diferencia de sus seguidores mitómanos, de los coleccionistas de reproducciones, exagerados adalides de aquello que menos nos importa. La hemos visto desnuda junto a una piscina, envuelta en telas sedosas, también llorando o cantando el Happy Birthay Mister President. Pero aquí descubro que, aunque puedo coleccionar tazas con la reprografía pastosa del farsante de Warhol, ella alcanza un grado de atractivo que supera cualquier expectativa que barajase antes, que para colmo no  logro reprimir, surgido en la placidez de un atardecer; sus pies desnudos, el bañador a rayas de colores, su gesto concentrado, intensa la mano sobre su piel, los brazos bronceados por la exposición del día al sol, y ese silencio  a su alrededor, esa comunicación profunda y secreta que nace entre el libro y el lector, entre las páginas que pasa y sus ojos, en el hecho ensimismado de la atenta lectura.

Si alguna vez quise desearla, besar sus labios y estrechar su espléndida figura, o simplemente contemplar su irremediable erotismo,  anhelar lo tangible de su belleza, ahora, en ese instante en el que Eve Arnold captó el atardecer sobre un columpio, en un jardín, en su mano el Ulyses de Joyce, el rostro ensimismado, la mirada fija en las hojas, podría llegar a amarla, besar su alma.

No hay pose en su postura ni en el rostro. Todo cuanto sucede en ese instante parece natural, una prolongación del día bajo el sol, de los baños de la mañana, del paseo al mediodía, de la llegada inminente del anochecer. Es como si la fotografía hubiera logrado otorgarnos una intimidad por encima de cualquier artificio o imagen manida de Marilyn Monroe.

Lee el Ulyses de Joyce y me parece más bella que nunca, lo mejor es que además lo está acabando, está cercano el momento de concluir la mejor novela en inglés del siglo XX, la ha recorrido de arriba abajo, ha estado junto a Bloom y Molly, ha paseado por ese Dublin inolvidable, ha gozado con los alardes técnicos de la novela, con la utilización de elementos populares para construir un artefacto literario elevado, que pretende una comparación discreta, quizá lejana, con las aventuras extraordinarias de la Odisea, aunque éstas sean odiseas cotidianas, sin héroes ni heroísmo, o con un heroísmo discreto. Cuando examino la foto creo que Marilyn ha seguido con una atención pasmosa el capítulo de la llegada del carruaje real, el inmenso dominio literario que le permite contar la escena desde varios puntos del recorrido en el que se contempla el paso de los caballos, o quizá ese monólogo vibrante, erótico y deslenguado de Molly, o esa primera escena grandiosa en la torre, con un solemne Dedalus burlándose del gordo Mulligan  a punto de rasurarse la barba. Cuando vuelva a releer el Ulyses sabré que Marilyn leyó lo mismo que yo. Ella, mi admirada Monroe, la mujer de Arthur Miller y la amante de Kennedy. Lleva en los ojos Muerte de un viajante y Las Brujas de Salem, también la disposición de las habitaciones y los recovecos de la Casa blanca, el mundo del cine a su pies, la belleza en cada centímetro de su rostro. Los ojos, sin embargo, pertenecen en ese instante de la imagen a la lectura, a la literatura, el Ulyses de Joyce a punto de finalizar, casi terminado en una tarde apacible de final del verano, quizá últimos de septiembre, tan hermosa como ella o el libro que lee. La imagen la eterniza. Podría hacer más por la literatura que el propio Miller. Las mujeres hermosas lo son más cuando se impregnan de otras cosas bellas, cuando interiorizan otra hermosura posible a su alcance.  Ella lo ha hecho para siempre, lleva en su corazón una de las literaturas más extraordinarias del siglo XX y eso la embellece.

Joyce estaría orgulloso. El espigado irlandés frunciría el ceño tal vez, allá en su pobreza italiana, en sus años franceses, en su prolongado exilio anhelando la novela absoluta que proyectó. Si hubiera imaginado quién era Marilyn Monroe, si hubiera podido decirse así mismo que un día una bellísima mujer rubia leería su obra al calor de un atardecer veraniego, en un lugar tardío y solitario de los Estados Unidos, una mujer más famosa y popular que el más conocido de todos los escritores que él frecuentaba.

Me quedo con esta bonita historia de amor fugaz: Joyce y Marilyn fueron amantes, no hubo sexo, sólo el flechazo de una intimidad inolvidable, el sueño sensual de un Joyce que seguramente mientras escribía el Ulyses tuvo la intuición extraña e incomprensible de que una mujer inteligente y hermosa como una diosa un día suspiraría por él, incluso a pesar del parche en el ojo o el rictus severo con el que miró con desconfianza y asco las poses de Proust en un hotel de Paris. Finnegan´s Wake,  Retrato del artista adolescente, Dublineses, y todo por ella sin saberlo. Por los siglos de los siglos, amen l´amour. Ahora nos pertenecen.

Feliz Navidad a todos los que pasan por aquí

8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. cano dice:

    Cano. Mi querido Jim: Preciosa e instructiva manera de divulgar la literatura para comprender a las personas, asi como para felicitar la Navidad. La fotografía de Marilyn leyendo a Joyce, puede ayudar a entender su compleja realidad entre su azorosa y glamurosa vida y las reflexiones que pueden producir la lectura de grandes pensadores en las personas inteligentes. Te felicito.

    1. jimarino dice:

      Cano, de nuevo un gusto tenerte por aquí, tan atento siempre. La fotografía me lo puso muy fácil, aunque espero que no fuera Joyce quien provocara la infelicidad de Marilyn. Más bien fue al contrario. Pienso que Joyce, o todos los libros importantes que ella leyó, fueron intentos de aclarar la negrura, de soportar la insatisfacción o el malestar. Igual Joyce la ayudó un tiempo, seguramente. A estas altura ya no lo sé. Al menos sé que debio alimentar el espíritu de la belleza, que mientras se adentraba en su prosa deslumbrante, en sus palabras vivas, olvidó el dolor. Eso es lo mínimo. El placer estético de la alta literatura posee esas capacidades curativas. Lástima que su efecto no durara demasiado.
      Un beso para este fin de año. El 2010 tiene que ser mejor…

  2. Hilvanes dice:

    Nada es lo que parece, es mi máxima en esta vida. Y, para muestra un botón.

    Feliz Navida!!!

    1. jimarino dice:

      Hilvanes y retales y un botón. No podía ser de otro modo. Muy bueno tu curso acelerado de Jardiel Poncela, divertido. Efectivamente las apariencias engañan. Es un bonita foto desde luego.
      Un abrazo

  3. Zaxanaercis dice:

    Preciosa, inusual y acertadísima la fotografía que has elegido
    de Marilyn. Nunca la había visto antes.
    Maravillosa la manera de enfocar el tema que une a los dos personajes.
    Maravillosa e inteligente. Lo que has escrito me parece bello,bello como
    tú sabes hacerlo. Tu prosa es siempre densa, concentrada, llena de matices
    y, una vez más, el enfoque que has dado a la interpretación de esa fotografía
    de la mujer desconocida y misteriosa, de la diosa herida leyendo al irlandés
    es de una “cosecha” muy tuya, ergo muy buena.
    Et c´est vrai. L´intélligence et la sensibilité, pas toujours,
    mais souvent tuent ou blessent. Ce sont des armes peut-être nuisibles pour
    vivre dans ce monde.

    Bises.

    1. jimarino dice:

      Querida Zaxanercis;
      Viniendo de ti estas palabras me llenan de dicha. Muchas gracias por el comentario y por los halagos. No era dificil viendo esa hermosa fotografía, la bella y Jame Joyce, cara a cara, en la soledad de un jardín al atardecer. Preciosas tus frases en francés, y ese nuisible tan inusual en medio. Ojalá nunca fueran nuisibles la inteligencia y la sensibilidad, pero a veces, es verdad, lo son. Me hubiera gustado verte junto a Gaviero y Kabrablue. Me faltó poder decirte frente a frente lo magnífica que me parece tu poesía, lo profundo y hermoso de cuanto has escrito en tu blog. Quizás un día.
      Feliz año y un beso muy muy fuerte. Hasta pronto.

  4. carlosmonsivas dice:

    Brillante, Jimarino,una vez más. Cuando vi la fotografía en Babelia tuve sensaciones muy similares a las que has escrito. Al verla en Los perros de la lluvia con tu texto me di cuenta de que me habías robado la idea. Digo robado sin acritud, con cariño. Muy buena la asociacion que has hecho. Comparto de pleno la opinión de Zaxanercis.
    Felices fiestas, compañero…

  5. jimarino dice:

    Querido Carlos;
    Siempre tan generoso como siempre. Siento haberte robado la idea, pero era flagrante, un pequeño viento de metáfora, un aliento de esplendor y belleza. Luego pensé en la fragilidad del instante. !Qué hermosa Marrilyn leyendo a Joyce!…
    Un besazo y feliz año…

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