fernando pessoa-un corazón de nadie

Estuve allí el día en que murió. Fui uno de esos dos amigos que lo llevaron a Hospital delirando y permanecieron a su lado. Le oí mencionar las razones de la cábala, esbozar poemas místicos y esotéricos, gritar que él no era Ricardo Reis, ni Chevalier De Pas, sino Fernando Pessoa. Vi con mis propios ojos cómo escribió en un papel “I know not what tomorrow will bring” (No sé lo que el mañana me traerá) justo minutos antes de cerrar los ojos. Estuve allí, o al menos es lo que creo.
Contemplo su sombrero ajado colgado del palo de la silla, algo sucio por las caídas que sufrió en estos días; su traje con lamparones, su corbata descolorida y las lentes sobre la mesa. En las postreras semanas le costaba respirar y salía a la calle con precaución, moviéndose lento, afinando el paso.
A Fernando le tiembla el pulso después de escribir esa frase en un perfecto inglés, y sus ojillos parecen más diminutos que de costumbre. Enflaquecido y ojeroso, con barba de varios días, pretende sonreír, pero apenas lo logra.
Ha escrito, cuentan, más de treinta mil poemas, pero no estoy seguro. Balbucea algo en francés, pero no le entiendo. En los tiempos en los que escribía con el nombre de Alberto Caeiro era un tipo sensible, con un proyecto en la cabeza y un cierto aire anodino. !Disfrutaba tanto con la naturaleza¡. Se tumbaba en el césped y podía pasarse horas mirando una florecilla. Sabía que la vida no era mucho, pero se empeñó en contradecirse. Aspiró a un plenitud literaria que creía posible. Me dijo una vez:
-Mi vida entera gira en torno a mi obra literaria; buena o mala, lo que es o pueda ser, todo lo demás de la vida para mí tiene un sentido secundario.
Era apasionado, pero pocos lo hubieran dicho. Algunos camareros de los cafés que frecuentaba en los descansos de su aburrido trabajo como compositor de cartas comerciales conocían cuánto bebía, observaban las evoluciones de ese hombre pequeño, delgado, vestido con una pulcritud impecable, que mostraba cierto amaneramiento, y pensaban que era alguien famoso, con una vida doble. La tenía, vaya si la tenía. Más que doble, triple, o siete vidas distintas reunidas en torno a su triste figura.
Quijotesco, intentaba esbozar sus planes. La muerte de su querido amigo, el poeta Sa-Carneiro, lo dejó destrozado. Pienso que a partir de su suicidio en París, Pessoa comenzó su declive. Los dos se entendían, creían en el futuro literario que fraguaban, en sus salidas de tono, en su insolencia artística: estaban convencidos de conseguir una revolución poética.
El hombre que escribió con pseudónimo El libro del desasosiego, ese libro tan triste e irónico, lleno de dolor, llevaba un año sufriendo un alcoholismo salvaje que nadie a su alrededor percibía. ¿Cómo alguien tan discreto, tan extraño y solitario, podía beber de ese modo?
-Bebía ingentemente, pero no se le notaba. Tenía esa caballerosidad y ese saber estar que disimulaba el efecto de las copas de aguardiente que tragaba.
Me lo dijo Ricardinho, el camarero del café Montanha, hace unos días, cuando le dije que Fernando estaba en el hospital.
Antes conoció a ese excéntrico poeta y artista inglés Alesteir Cronwley. Se encontraron en Lisboa, después de que Pessoa le enviara una carta advirtiéndole de un error en uno de sus libros satánicos.  Cronwley se sintió tan fascinado por  sus palabras  que decidió visitarle. Montaron una buena, aunque no hablaron demasiado. Alesteir desapareció y la policía interrogó a Fernando al respecto. Su nombre apareció en los diarios mas no por las razones que él hubiera querido, sino por su supuesta participación en el asunto. Fue divertido, decía. Uno de los buenos momentos de Pessoa, que no tuvo una vida demasiado intensa en lo social. Pocos amores y cortos. Siempre dijo que el sexo le preocupaba demasiado como para no tratar de arrancarlo de sí mismo y así poder dedicarse a asuntos del espíritu que consideraba más elevados.
Le marcó profundamente la enfermedad de su abuela, que sufría trastornos psíquicos y violentísimos cambios de personalidad cuando él no era más que un niño. Imagino a la vieja echando baba por la boca, desparramando objetos a su paso, gritando, y al pequeño Pessoa abriendo la boca impresionado, inmóvil, fascinado ante lo incomprensible.
Él inventó los heterónimos. No se crean que es algo así como lo que hizo Shakespeare con sus extraordinarios personajes. No es lo mismo. Los heterónimos de Pessoa (hubo muchos pero siempre nos referimos a los cuatro más logrados) eran capaces de tener su voz, su estilo, su identidad y su pensamiento propio. Diferenciados de los demás, escribían poemas con un sentido estético distinto, con voces completamente disimiles. ¿Estaba loco ya entonces Fernando? ¿Cómo convocar semejante delirio y convertirse él, en el centro de los cuatro mejores poetas portugueses de los últimos doscientos años con su propia identidad y la alteridad de tres invenciones de tal envergadura?. O estaba loco, o era cosa de magia, de sus cábalas y sus sectas, de sus religiones paganas y esas órdenes extrañas que conocía al dedillo.
Debo decir en su favor que fue el único empleado al que su jefe, el señor Almeida, le permitía tomarse descansos cuando le venía en gana, no como a los otros trabajadores, que tenían su horario de pausas estipulado. Podía haber llegado lejos socialmente, o haber aspirado a una vida de lujos. Dominaba cuatro idiomas. Tenía una prosa comercial que reconocían como admirable. Poseía conocimientos comerciales avanzados. Traducía sin problemas, veloz y preciso, y era estimado por sus superiores. Pero a él sólo le importaba eso de escribir, maldita sea. Escribir y beber sin descanso.
En estos últimos años sólo escribía de noche. De día trabajaba -poco- y se emborrachaba. Trató de encontrar no hace mucho un empleo mejor en un servicio de bibliotecas pero no se lo dieron, olvidó poner en su currículum la experiencia en la Revista de comercio y contabilidad.

En algún momento de su existencia la desgracia se ciñó sobre él de un modo inesperado, o quizá no fuera algo tan inesperado y su poesía ya nos revelaba tiempo atrás su destino, su extrañeza. Sólo un espíritu de su fortaleza pudo haber resistido cuarenta y siete años ese encono. De niño, se marchó a Sudafrica con su familia. Allí estudió en excelentes colegios ingleses. Se licenció en la Comercial School y pensó que su destino estaba en Inglaterra. El gobierno sudafricano proponía una beca de estudios para marcharse a las islas británicas y continuar así la formación académica y él optó con toda su ilusión al concurso. Fue segundo y perdió su oportunidad. No sabemos hasta que punto ese fracaso marcó su vida. Le hizo comprender algunas cosas no deseadas, provocó la inquietud en su alma, una sensación constante de desasosiego y temor. Pessoa sintió aquel fracaso de un modo tan íntimo que su perspectiva de la existencia cambió radicalmente.
No tardó en volver a Lisboa, y salvo algunas excursiones al campo, a Sintra o a Belem, o a algunos pueblecitos cercanos a la capital portuguesa, nunca más salió de su amada ciudad.
A veces pienso que él es Lisboa, que vive en el recorrido del Tajo, en su suave melancolía, en esa niebla que al llegar el otoño se instala en la ciudad y deja sin palabras a los parques y a los monumentos que se alargan interminables a las orillas del río.
Yo estaba allí y tuve la intuición de que se moría siendo el más grande poeta de su tiempo, el más importante desde luego en lengua portuguesa, la avanzadilla de una nueva poesía, y eso me llenaba de ira, porque casi nadie lo sabía, y pensaba que los artistas de verdad deberían decir basta y dejar de hacer arte para que el mundo fuera tan miserable como algunos esperan, miserable, mustio y triste sin arte. Él se quedó a medio camino de todo, o mejor, no provocó la revolución que esperaba. El mundo cambió demasiado aprisa como para prestarle atención a ese hombrecillo; lucía autoridad y pose grandiolocuente Salazar, pero en los altares de la literatura, se le consideró años más tarde el gran poeta europeo de comienzos del XX. Tabucchi y algunos fanáticos fueron recogiendo después el testigo de su enorme herencia literaria. Se acumulan en baúles cientos y cientos de escritos que tratan de ser descifrados, clasificados, ordenados para poder ser editados con la suficiente dignidad. Pero esta es su historia hermosa, la que él no vio.
Últimamente lo observaron pasear envejecido prematuramente por el Chiado. Llevaba el sombrero ladeado, ocultando sus ojos enfermos. Se lamentaba a veces de no haber hecho más caso al amor que a la inteligencia. A la sensación que a la razón, pero no pudo evitarlo, mascullaba.
-Hubiera preferido no dejar de lado la sensualidad del cuerpo y de la luz. Haber gozado de cuantas mujeres se hubieran acercado a mí. Después, quizá hubiese terminado por pensar de otra manera, y algunos de mis fantasmas con voz hubieran escrito poemas más carnales. Me atormenta lo que no amé por miedo, lo que no tuve por el temblor, por el pánico que sentía. Si ahora una mujer atractiva me ofreciera su inteligencia, su belleza, su vida agazapada en su mirada, su dulzura, la maternidad, tal vez haría un gesto irreverente a la gravedad…
Para arrancarse sus tormentos eróticos, las escenas en las que por su alcoba asomaban hermosas mujeres desvestidas, y se extasiaba con el sueño de sus fisonomías curvas, con acariciar esos senos y hundir la lengua en los sexos y gozar de la sensualidad, escribió una colección de poemas lascivos y obscenos que no he podido leer todavía. Masturbador impenitente, se entregaba al onanismo mirando a la naturaleza, tratando de aliviar el malestar, convencido de que la vida no era más que la corriente que hacia fluir el río hasta el fin del mar, pero incapaz de aceptar al tiempo esa practicidad sencilla. No podía ser otra cosa que palabras para no perecer de dolor y vacío.
No amó porque sabía que todo se pierde, y tenía pánico a lo que desaparecía sin su consentimiento, a sus efectos desoladores en el alma. ¿Por qué tanto miedo, Fernando, si eras el poeta más grande de Portugal habido y por haber?¿Acaso no podías aspirar a una ligera, e incluso mundana, felicidad humana?.
-Desde que tengo conciencia de mí mismo me apercibí de una tendencia innata a la mixtificación, a la mentira artística, añádase a eso un gran amor por lo espiritual, lo misterioso, lo oscuro… Niño aislado como era y no quería dejar de ser, ya me acompañaban algunas de las figuras de mi ensueño: cierto capitán Thiebaut, cierto Chevalier de Pas, y otros de los que me he olvidado…. Esto parece sencillamente, imaginación infantil que se entretiene atribuyendo vida a sus muñecos. Pero era mucho mas que eso: no necesitaba muñecos para concebir intensamente tales figuras. Claras y visibles en mi ensueño constante, realidades exactamente humanas para mí, cualquier muñeco las habría estropeado por irreal. Eran personas.
Eso fue lo que dijo cuando ya enfermo me contó un día en un café en qué consistían exactamente su heterónimos.

Pessoa compraba cuatro cajetillas diarias de tabaco que fumaba con fruición encendiendo un pitillo y apagando otro al tiempo que apuraba sus copas. Vivió en dieciocho domicilios distintos, frecuentaba restaurantes de comida casera y asistía a tertulias de café en el Montanha, en A Brasileira, o en el Martinho de Arcada. Aunque muchos pensaron que eran un esquizofrénico, sometido a una tensión bipolar extrema, o un ensoñador chiflado, un diletante silencioso, pienso que entendí lo que buscó media vida Si la poesía de Baudelaire nos trajo la concepción de lo individual como centro, y a partir de él, una primera imagen de lo oscuro, lo íntimo o lo abrupto de la psicología humana, Pessoa fue una especie de poeta exaltado de sí mismo y sus invenciones que sin embargo gozaba con la despersonalización del dramaturgo. Se inventó otro, no como el dramaturgo y el novelista, porque él dotó a sus personas de la intimidad de una poesía real, propia, diferenciada y llena de particularidades esenciales, biografías sentimentales e intelectuales completas, hasta tal punto que, de no haber sabido que era él quien estaba detrás, de no tener la constancia de que Pessoa escribió los textos de Alberto Caeiro, de Ricardo Reis o de Álvaro De Campos entre otros, la crítica o los lectores sin duda hubieran creído que se trataba de cuatro poetas diferentes. Fue un intento consciente de sentirlo todo de todas las maneras posibles, una necesidad que él atisbaba como si deseara borrarse para examinar el mundo desde ópticas que le seducían y lo enloquecían constantemente. No eran personajes fingidos, ni siquiera símbolos metafóricos, ya lo dijo, sino personas dentro de él mismo.
-¿Por qué no has tenido éxito, Fernando? ¿Por qué no has sido aclamado? ¿Por qué mueres sólo, olvidado, sin obra editada?.- Le he preguntado esta mañana.
El me sonrió desde el lecho, una sonrisa fantasmal, alejada de mí y de Basilio.
-Amigo. Llamo insinceras a las cosas hechas para sorprender, y también a las cosas que no contienen una idea metafísica fundamental, una noción de la gravedad y el misterio de la vida. Por eso es serio todo lo que he escrito bajo los nombres de Caeiro, Reis, Alvaro De Campos, pues en los tres, un profundo concepto de la vida, distinto en cada uno, pero en todos gravemente atento a la importancia misteriosa de existir.
Hace una hora, a su cuarenta y siete años, Fernando Pessoa ha lanzado su último suspiro, y yo, que lo ví morir, que me hallaba a unos metros, en el hospital de pago de San Luis de los Franceses, 29 de noviembre de 1935, he tratado de retener todo lo que he podido, convencido de presenciar la muerte del último de los grandes poetas de la historia de la literatura. Contemporáneo de Federico García Lorca y de Don Antonio Machado, ha muerto sin saber que habría de convertirse en uno de los hitos de la literatura universal. Se ha marchado discretamente, como vivió, os lo digo, con cierta grandeza y entereza, de una cirrosis hepática, después del sufrimiento de los frecuentes delirium tremens y los temblores, y los problemas respiratorios, en una habitación triste, solitaria, en el Barrio Alto de Lisboa.
He escrito esto en su memoria. Veo su corazón de nadie, su pequeña figura enjuta, y lamento que no haya podido más. Toda su existencia fue un cúmulo tras otro de fracasos y despropósitos y casi nadie se enteró de lo que hacía, de lo que quería, de hacia donde iba.
Me quito el sombrero, el mismo que cuelgo setenta y tantos años después en mi perchero de nogal. Copio unos cuantos de sus poemas. Descanse en paz.

Copyright Ariño2008
Toda la información biografica sobre Fernando Pessoa se la debo a Ángel Campos Pampano, y a su brillante artículo Un corazón de nadie, editado, junto a Antología Poética de Fernando Pessoa por Galaxia Gutenberg, año 2001.

ALBERTO CAEIRO

EL GUARDADOR DE REBAÑOS

V

Bastante metafísica hay en no pensar en nada.

¿Qué pienso yo del mundo?
¡Qué sé yo lo que pienso del mundo!
Si enfermara, pensaría en ello.
¿Qué idea tengo yo de las cosas?
¿Qué opinión es la mía sobre causas y efectos?
¿Qué he meditado sobre Dios y el alma
y sobre la creación del Mundo?
No lo sé. Pensarlo es para mí cerrar los ojos
y no pensar. Es correr las cortinas
de mi ventana (pero no tiene cortinas).

¿El misterio de las cosas? ¡Qué se yo lo que es el misterio!
El único misterio es que haya quien piensa en el misterio.
Quien está al sol y cierra los ojos,
empieza a no saber lo que es el sol.
Y a pensar muchas cosas llenas de calor.
Pero abre los ojos y ve el sol
y ya no puede pensar en nada
porque la luz del sol vale más que los pensamientos
de todos los filósofos y de todos los poetas.
La luz del sol no sabe lo que hace
y por eso no se equivoca y es común y es buena.

¿Metafísica? ¿Qué metafísica tienen esos árboles?
La de ser verdes, la de tener copa y ramas
y la de dar fruto a su hora, lo que no nos hace pensar
que no sabemos tenerlos en cuenta.
¿Pero qué mejor metafísica que la suya,
que es la de no saber para qué viven
ni saber que no lo saben?

“Constitución íntima de las cosas”…
“Sentido íntimo del universo”…
Todo esto es falso, todo esto no quiere decir nada.
Es increíble que se pueda pensar en cosas de éstas.
Es como pensar en razones y fines
cuando empieza a rayar la mañana, y por el flanco de los árboles
un vago lustroso va perdiendo oscuridad.
Pensar en el sentido íntimo de las cosas
es exagerado, como pensar en la salud
o llevar un vaso de agua de los manantiales.

El único sentido íntimo de las cosas
es que no tienen ningún sentido íntimo.

No creo en Dios porque nunca lo he visto.
Si él quisiera que yo creyera en él,
seguro que vendría a hablar conmigo
y entraría por mi puerta
diciéndome: ¡Aquí estoy!

Pero si Dios es las flores y los árboles
y los montes y el sol y el luar,
entonces creo en él,
entonces creo en él a todas horas
y mi vida entera es una oración y una misa
y una comunión con los ojos y por los oídos.

Pero si Dios es las flores y los árboles
y los montes y el luar y el sol,
¿por qué llamarle Dios?
Le llamo flores y árboles y montes y sol y luar;
porque si él hizo, para que yo lo vieses,
sol y luar y flores y árboles y montes,
si se me aparece como árboles y montes
y luar y sol y flores
es porque quiere que lo conozca
como árboles y montes y flores y luar y sol.

Y por eso yo le obedezco
(¿qué más sé yo de Dios que Dios de sí mismo?)
le obedezco viviendo, espontáneamente,
como quien abre los ojos y ve,
y le llamo luar y sol y árboles y montes,
y lo amo sin pensar en él,
y pienso en él viendo y oyendo,
y ando con él a todas horas.

VII

Desde mi aldea veo cuanto desde la tierra se puede ver del universo…
Por eso mi aldea es tan grande como cualquier otra tierra
porque soy del tamaño de lo que veo
y no del tamaño de mi altura…

En las ciudades, la vida es más pequeña
que aquí en mi casa en lo alto de este otero.
En la ciudad, las grandes casas encierran la vista con llave,
esconden el horizonte, empujan nuestra mirada lejos de todo el
cielo,
Nos vuelven pequeños porque nos quitan todo y tampoco podemos mirar
y nos vuelven pobres porque nuestra única riqueza es ver.

IX

Soy un guardador de rebaños.
El rebaño es mis pensamientos
y mis pensamientos son todos sensaciones.
Pienso con los ojos y con los oídos
y con las manos y los pies
y con la nariz y la boca.

Pensar una flor es verla y olerla
y comer un fruto es saber su sentido.

Por eso cuando en un día de calor
me siento triste por gozarlo tanto,
me tumbo a lo largo en la hierba,
y cierro los ojos calientes,
siento todo mi cuerpo tumbado en la realidad,
sé la verdad y soy feliz.

X

“Hola, guardador de rebaños,
ahí, junto al camino,
¿qué te dice el viento que pasa?”

“Que es viento, y que pasa,
y que ya pasó antes,
y que pasará después.
Y a ti ¿qué te dice?”

“Mucho más que eso.
Me habla de muchas otras cosas.
De memorias y de saudades
y de las cosas que nunca fueron.”

“Nunca oíste pasar el viento.
El viento sólo habla del viento.
Lo que oíste fue mentira,
y la mentira está en ti.”

XIV

No me interesan las rimas. Raras veces
hay dos árboles iguales, uno junto a otro.
Pienso y escribo como las flores tienen color
pero con menos perfección en mi modo de expresarme
porque me falta la sencillez divina
de ser todo sólo mi exterior.

Miro y me conmuevo.
Me conmuevo como el agua corre cuando el suelo está inclinado,
y lo que escribo es natural como el que se levante viento….

RIMO cuando se tercia
y las más de las veces no rimo…
Copio la Naturaleza y no la interrogo.
(¿De qué me serviría interrogarla?)
No todo es terreno llano,
por eso muchas veces no rimo….

XXXVIII

Bendito sea el mismo sol de otras tierras
Que hace hermanos míos a todos los hombres,
Porque todos los hombres, un momento en el día, lo miran como yo,
Y en ese puro momento
todo limpio y sensible
regresan imperfectamente
y con un suspiro que apenas sienten
al Hombre verdadero y primitivo
que veía al sol nacer y aún no lo adoraba.
Porque eso es natural, más natural
que adorar al sol y después a Dios
y después a todo lo demás que no existe.

RICARDO REIS

ODAS

IV

No consienten los dioses sino vida.
Todos pues rehusemos, que nos alce
a irrespirables cimas,
perennes mas sin flores.
La ciencia de aceptar tengamos sólo,
y mientras dé la sangre en nuestras sienes,
ni se arruga con nosotros
el mismo amor, duremos,
cual vidrios a las luces transparentes
y dejando escurrir la lluvia triste,
sólo tibios al sol caliente,
y reflejando un poco.

NO TENGAS nada en las manos
Ni un recuerdo en el alma,

Que cuando te pongan
en las manos el óbolo último,

al abrirte las manos
nada te caera.

¿Qué trono quieren darte
que Átropos no te quite?

¿Qué laureles que no se mustien
en los arbitrios de Minos?

¿Qué horas que no te hagan
de la estatura de la la sombra

qué serás cuando estés
en la noche y al final del camino?

Coge las flores pero suéltalas,
de las manos apenas las miraste.

Sientate al sol. Abdica
y sé rey de ti mismo.

NO QUIERO recordar ni conocerme.
Estamos de más si miramos en quienes somos.
Ignorar que vivimos
cumple asaz la vida.

Tanto cuanto vivimos, vive la hora
en que vivimos, igualmente muerta
si pasa con nosotros
que con ella pasamos.

Si el saberlo no sirve saberlo
(pues sin poder ¿qué vale conocernos?)
mejor vida es la vida
que dura sin medirse.

¡Tan pronto pasa todo cuanto pasa!
¡Muere tan joven ante los dioses cuanto
muere! ¡Todo es tan poco!
Nada se sabe, todo se imagina.
Circúndate de rosas, ama, bebe
y calla. Lo demás es nada.

POEMAS DE ÁLVARO DE CAMPOS

Lisbon Revisited
(1923)

No: no quiero nada.
Ya os he dicho que no quiero nada.

¡No me vengáis con conclusiones!
La única conclusión es morir.

¡No me traigáis estéticas!
¡No me hableís de la moral!
¡Llevaos de aquí la metafísica!

¡No me pregonéis sistemas completos, no me pongáis en
fila conquistas
de las ciencias (de las ciencias, Dios mío, de las ciencias);
de las ciencias, de las artes, de la civilización moderna!

¿Qué mal he hecho yo a todos los dioses?

Si tienen la verdad, ¡guárdensela!

Soy un técnico, pero tengo técnica sólo dentro de la técnica.
Aparte de eso, estoy loco, y con todo el derecho a estarlo.
con todo el derecho a estarlo, ¿habéis oído?

¡No me incordiéis más, por el amor de Dios!

¿Me queríais casado, fútil, cotidiano y tributable?
¿O acaso lo contrario? ¿O lo contrario de cualquier cosa?
Si yo fuera otra persona os podría complacer a todos.
Así, tal como soy, ¡tened paciencia!
¡Idos al diablo sin mí,
o dejad que me vaya sólo al diablo!
¿por qué hemos de ir juntos?

¡No me cojáis del brazo!
No me gusta que me cojan del brazo. Quiero estar conmigo
a solas.
Lo repito: ¡conmigo a solas!
¡Ah, qué fastidio querer que sea de compañía!

¡Oh cielo azul -el mismo de mi infancia-,
eterna verdad vacía y perfecta!
Oh suave Tajo ancestral y mudo
pequeña verdad donde el cielo se refleja!
¡Oh pena revisitada, Lisboa de otro tiempo, hoy!
Nada me dais, nada me quitais, nada sois que yo me sienta.

¡Dejadme en paz! No he de tardar, que yo nunca tardo…
Y mientras tardan el Abismo y el Silencio, ¡quiero estar
conmigo a solas!

Apostilla

¡Aprovechar el tiempo!
Pero, ¿qué es el tiempo para que yo lo aproveche?
¡Aprovechar el tiempo!
Ningún día sin línea…
El trabajo honesto y superior…
El trabajo a lo Virgilio, a lo Milton…
¡Pero es tan dificl ser honesto o superior!
¡Y tan poco probable ser Milton o Virgilio!

¡Aprovechar el tiempo!
Sacar del alma los trozos necesarios -ni uno más ni uno
menos-
y reunirlos en cubos que compongan
los grabados adecuados a la historia
(adecuados por el lado de abajo, que no se ve…)
poner las sensaciones en castillo de naipes, pobre China
de las veladas,
y los pensamientos en dominó, igual con igual,
y la voluntad en carambola difícil…
Imágenes de juegos, o de solitarios o de pasatiempos,
imágenes de vida, imágenes de las vidas, imagen de la
Vida…

Verbalismo…
Sí, verbalismo…
¡Aprovechar el tiempo!
No tener un minuto que el examen de conciencia desconozca…
No tener un acto indefinido ni artificioso…
No tener un movimiento que carezca de intención…
Buenos modales del alma…
Elegancia de persistir…

¡Aprovechar el tiempo!
Mi corazón está cansado como un mendigo verdadero.
Mi cerebro está acabado, como el fardo que se deja en mi
rincón.
Mi canto (¡verbalismo!) está tal como está y es triste.
¡Aprovechar el tiempo!
Desde que empecé a escribir han pasado cinco minutos.
¿Los he aprovechado o no?
Si no sé si los he aprovechado, ¿Qué sabré de otros minutos?

(Viajera tantas veces conmigo en el mismo compartimento
de aquel tren suburbano,
¿Te llegaste a interesar por mí?
¿Aproveché el tiempo mirándote?
¿Cuál fue el ritmo de nuestro sosiego en el tren en marcha?
¿Cuál fue el entendimiento que no llegamos a tener?
¿Qué vida hubo en aquello? ¿?Qué fue aquello en la vida?)

¡Aprovechar el tiempo!…
¡Ah, dejadme que no aproveche nada!
¡Ni tiempo, ni ser, ni memoria de tiempo o de ser!
Dejadme ser una hoja de árbol estremecida por la brisa,
la polvareda de un involuntario y solitario camino,
el regato casual de las últimas lluvias,
el surco dejado por las ruedas en el camino mientras otras
no pasan,
la peonza del muchacho que se va a parar,
y oscila, con el mismo movimiento de la tierra,
y se estremece, con el mismo movimiento del alma,
y cae, como caen los dioses, en el suelo del Destino.

Apunte

Mi alma se ha roto como un jarrón vacío.
Se ha caído por la escalera demasiado abajo.
Se ha caído de entre las manos de la criada distraída.
Se ha caído y se ha hecho más pedazos que loza había en
el jarrón.

¿Necedad? ¿Imposible? ¡Yo qué sé!
tengo más sensaciones que las que tenía cuando me sentía
yo.
Soy un esparcimiento de trozos sobre una estera sin sacudir.

Hice ruido en la caída como un jarrón al romperse.
Los dioses presentes, asomados a la barandilla de la escalera,
contemplan los trozos que su criada hizo de mí.

No se enfadan con ella.
Son tolerantes con ella.
¿Qué era yo, un jarrón vacío?

Miran los trozos absurdamente conscientes,
pero conscientes de sí mismos, no de los trozos.

Miran y sonríen.
Sonríen tolerantes a la criada involuntaria.

Se extiende la gran escalinata alfombrada de estrellas.
Un trozo brilla, vuelto por su exterior vidriado, entre los
astros.
¿Mi obra? ¿Mi alma principal? ¿Mi vida?
Un trozo.
Y los dioses lo miran de un modo especial, pues no saben
por qué se ha quedado ahí.

LO QUE hay en mí es sobre todo cansancio;
No de esto ni de aquello,
ni siquiera de todo o de nada:
Cansancio tal cual, en sí mismo,
cansancio.

La sutileza de las sensaciones inútiles,
las pasiones violentas por nada,
los amores intensos por lo imaginado en alguien,
todas esa cosas
-éstas y lo que en ellas falta eternamente-;
todo esto hace un cansancio,
este cansancio,
cansancio.

Hay sin duda quien ama lo infinito,
hay sin duda quien desea lo imposible,
hay sin duda quien nunca quiere nada;
tres tipos idealistas, y yo ninguno de ellos:
Porque yo amo infinitamente lo finito,
porque yo deseo imposiblemente lo posible,
porque lo quiero todo, y un poco más si puede ser,
y hasta si no puede ser…

¿Y el resultado?
Para ellos la vida vivida o soñada,
para ellos el sueño soñado o vivido,
para ellos la media entre todo y nada; es decir, esto…
Para mí sólo un grande, un profundo
y, ah, con qué felicidad, infecundo cansancio,
un supremísimo cansancio,
ísimo, ísimo, ísimo,
Cansancio…

ESTOY cansado, está claro,
porque a estas alturas uno tiene que estar cansado.
De qué estoy cansado, no lo sé.
De nada me serviría saberlo,
porque el cansancio sería el mismo.
La herida duele porque duele
y no en función de la causa que la produjo.
Sí, estoy cansado,
y un poco sonriente
de que el cansancio sea sólo esto:
Ganas de dormir en el cuerpo,
un deseo de no pensar en el alma,
y por encima de todo una tranquilidad lúcida
del entendimiento retrospectivo…

¿Y cambia la lujuria al no tener ya esperanzas?

Soy inteligente: eso es todo.

He visto mucho y entendido mucho lo que he visto,
y hay un cierto placer hasta en el cansancio que esto me da,
pues al final la cabeza siempre sirve para algo.

POEMAS DE FERNANDO PESSOA

III

¿De quién es la mirada
que atisba por mis ojos?
Cuando pienso que veo,
¿Quién continúa viendo
mientras estoy pensando?
¿Y qué caminos siguen
no mis tristes pasos,
sino la realidad
de haber pasos conmigo?

A veces, en la penumbra
de mi cuarto, cuando
aun para mí mismo
en alma apenas existo,
adquiere otro sentido
en mí el Universo:
Es una mancha tenue
de ser yo consciente sobre
mi idea de las cosas.

Si encendierais las velas
y no existiese solo
la vaga luz de afuera
-de no sé que farola-,
dónde, encendida en la calle-
tendré foscos deseos
de que nunca hubiera otra cosa
en el Universo y en la Vida
que el oscuro momento
que es mi vida ahora:

un momento afluente
de un río siempre yendo
a olvidarse de ser,
espaico misterioso
entre espacios desiertos
cuyo sentido es nulo
y donde la nada es nada.

Y así la hora pasa
metafísicamente.

V

¿Por qué las cosas abren alas para que pase?
Tengo miedo de pasar entre ellas, tan paradas conscientes.
Tengo miedo de dejarlas a mi espalda quitándose la Máscara.
Pero siempre hay cosas a mi espalda.
Siento su ausencia de ojos mirándome, y me estremezco.

Sin moverse, las paredes me vibran sentido.
Hablan conmigo sin voz para decirme las sillas.
Los dibujos del mantel de la mesa tienen vida, cada uno es un
abismo.
Brilla sonriendo con visibles labios invisibles
la puerta abriéndose conscientemente
sin que la mano sea más que el camino para abrirse.
¿Desde dónde me están mirando?
¿Qué cosas incapaces de mirar me están mirando?
¿Quién todo lo espía?

Las aristas me miran.
Sonríen realmente las paredes lisas.

Sensación de ser tan sólo mi espinazo.

Las espadas

Navidad

Nace un dios. Otros mueren. La Verdad
ni vino ni se fue: el Error cambió.
Ahora tenemos otra Eternidad,
y siempre fue mejor lo que pasó.

Ciega, la Ciencia inútil gleba labra.
Loca, la Fe vive el sueño de su culto.
Un nuevo dios es sólo una palabra.
No busques ni creas: todo está oculto…

Autopsicografía

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente.

Y quienes leen lo que escribe,
en el dolor leído sienten,
no los dos que el poeta vive
sino sólo aquel que no tienen.

Y así por las vías rueda
entreteniendo a la razón,
el tren de juguete con cuerda
el que llamamos corazón.

SUEÑO. No sé quién soy en este momento.
Duermo sintiéndome. En la hora calma
mi pensamiento olvida el pensamiento,
no tiene alma mi alma.

Si existo, es un error saberlo. Si despiert
parece un error mío. Siento que no sé.
Nada quiero ni tengo ni recuerdo.
No tengo ser ni ley.

Lapso de la conciencia entre ilusiones,
fantasmas me limitan y contienen,
duerme ignorante de ajenos corazones,
Un corazón de nadie.

QUIERO, tendré:
Si no aquí,
en otro lugar que aún no sé.
Nada perdí.
Todo seré.

Traduccion de Ángel Campos Pámpano. Galaxia Gutenberg 2001

Biografía

Fernando António Nogueira Pessoa (Lisboa, 13 de junio de 1888 – Lisboa, 30 de noviembre de 1935), más conocido como Fernando Pessoa, es uno de los mayores poetas y escritores de la lengua portuguesa y de la literatura europea.
Tuvo una vida discreta, centrada en el periodismo, la publicidad, el comercio y, principalmente, la literatura, en la que se desdobló en varias personalidades conocidas como heterónimos.
De día Pessoa se ganaba la vida como traductor. Por la noche escribía poesía. No escribía “su” propia poesía, sino la poesía de diversos autores ficticios, diferentes en voz, estilo y modos. Publicó bajo varios heterónimos (de los cuales los más importantes son Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Bernardo Soares), e incluso publicó críticas contra sus propias obras firmadas por sus heterónimos. Habiendo vivido la mayor parte de su juventud en Sudáfrica, donde estudió durante su juventud, la lengua inglesa tuvo importancia en su vida, pues Pessoa traducía, trabajaba y pensaba en ese idioma.
La figura enigmática en que se convirtió motiva gran parte de los estudios sobre su vida y su obra.
Murió por problemas hepáticos a los 47 años en la misma ciudad en que naciera, dejando una descomunal obra inédita que todavía suscita análisis y controversias.

21 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Carmen dice:

    Precioso homenaje al portugués, y qué ganas de saber más sobre él y de poder entenderle un poco.
    De todas formas a mí la poesía de Pessoa siempre me ha parecido ambigua y contradictoria, al igual quizá que su “personaje”.

  2. Estel Julià dice:

    Ariño,

    Si me lo permites, decirte que lo bordas.
    De nuevo este reportaje que nos traes voy a imprimirlo y volveré a hacerte algún comentario porque estoy segura que me los sugerirá tu monográfico.

    Un abrazo,

    Estel J.

  3. jimarino dice:

    carmen
    Espero que estés bien por los madriles, tu brother te espera como siempre, con lo ambiguo y lo contradictorio de Pessoa, pero con un amor que te envuelve estés donde estés.
    Su poesía es contradictoria porque Pessoa era al menos cuatro poetas distintos. Pero si lees con atención, hay asuntos que los unifican sin remedio y dibujan al autor.
    Un besote.

  4. jimarino dice:

    Estel
    mil veces gracias de nuevo por tus visitas. También por los poemas de poetas asesinados, o por las palomas de mis descuidos.
    Te espero en algunos lugares comunes y en la luna de tus paseos italianos. En Venecia, que yo tampoco conozco.
    Un beso muy fuerte.

  5. (* dice:

    Sorprendente.
    La verdad es que de Pessoa tan sólo había leído un poema que encabezaba una novela que leí hace muchos, muchos años. Hoy tengo que darte las gracias por habérmelo acercado tanto, de este modo tan especial, tan personal y tan original. Ha sido todo un placer leerte y aprender de tus palabras, y de las de Pessoa, y de las de todas y cada una de las personalidades que inventó para sí. Muchas gracias, de verdad.

  6. Cecilia dice:

    Dí de casualidad con esta maravilla de blog. Pessoa está entre mis lecturas y como él, vos estás, a partir de ahora, entre los blogs más visitados.
    (Me estibia el alma, otorga la verdadera dimensión de cualquier angustia y entraña un desasosiego que está en cada uno de nosotros)
    Gracias por haber creado un lugar así…
    Me quedo enredada aquí, un poco más, para volver.
    Siempre
    Un saludo

  7. jimarino dice:

    )* Un gusto tenerte de nuevo por aquí. Sobre Pessoa es fácil escribir si uno se adentra en sus maravillosos poemas y en su extraordinaria personalidad. Te doy las gracias por la generosidad de tus comentarios.
    Nos vemos en tus lunas de papel

  8. jimarino dice:

    Cecilia,
    Enrédate cuanto quieras, y vente a ladrar bajo la lluvia. Quien es amigo de Pessoa es irremediablemente semejante mío. Él supo bucear en el desasosiego cotidiano con la modestia de la aparente insignificancia. Un monstruo del disimulo y la inteligencia. Bebía demasiado y amó poco, fueron sus únicos defectos. Lo quiero desde que lo conocí, hace ahora diez años.
    Muchas gracias por las visitas futuras que adviertes.
    Hasta pronto

  9. Estel Julià dice:

    He leído con detenimiento tu post y la verdad es que parece increíble la vida de este peculiar hombre.
    También me parece un tanto increíble su poesía y que tu estuvieras allí. 😉

    Decirte que hay una poeta Teresa Rita Lopes que ha sido una estudiosa de Pesoa, es poeta nacida en Faro.
    Tiene publicado un libro en castellano: Cicatriz, traducido por Perfecto Cuadrado al castellano, en la colección El Bardo.
    El libro es una edición bilingüe.
    Una poesía sencilla que llega y una mujer que transmitía mucha paz, el año pasado estuvo en Valencia en un recital poético en la UV presentando el libro.
    Los textos suenan casi mejor si se traducen al valenciano, Begonya Pozo tradujo la plaquet del recital y yo precisamente utilicé uno de los sonetos minimalistas como cierre a uno de los poemas de Poliversos: Fado.

    Fue un dia inolvidable, tal vez el alma de Pessoa estuvo aquella tarde allí…

    Un abrazo,

    Estel J.

  10. jimarino dice:

    Querida Estel:
    Estoy reventado, a punto de caerme de sueño, pero te pude asegurar que después de leer todo lo que leí de Pessoa estuve allí, justo en el momento en que murió.
    De nuevo tu información siempre erudita y precisa, y me hubiera encantado estar en esa presentación, porque creo convencido de que ella sabría mucho más que yo de Pessoa, aunque no estuviera frente a él, el día de su adiós.
    Un gustazo verte por aquí con estos comentarios.
    Te debo una, pero mañana sera otro día y volveré…
    Un abrazo.

  11. Ana Maria dice:

    Hermosa lectura me ofreces en el dia de hoy. llegue por casualidad a este sitio que no he dejado de leer y por ahora me pregunto si el tuyo y el mio no seran tambien un corazon de nadie arrastrado por las ruinas del desasosiego?
    un abrazo.

  12. jimarino dice:

    Ana María
    En primer lugar bienvenida a Los perros de la lluvia y gracias por dejar tu comentario. Pessoa aglutina casi todo lo que amo en poesía, y su personalidad, de alguna forma, define nuestro propio naufragio y esa extraña lucidez de los restos acumulados en la playa.
    Apenas te conozco más que por tus palabras, pero tienes razón, el mío es un corazón de nadie arrastrado por las ruinas del desasosiego, pero sonrío, te lo aseguro, y esa sonrisa es la venganza frente a los dioses inexorables, y a un tiempo frente a los hombres devoradores.
    Nada debe ser tan amargo Ana María, y por las mañanas dedicale al mundo las más pura, maravillosa y despectiva de las sonrisas, aun cuando estemos a punto de ahogarnos en un mar bravío que pretenda engullirnos, o emborrachate en los cielos nocturnos de estas ciudades sin alma o abraza algún cuerpo, o reconoceté en los ojos de un espíritu gemelo, o grita que tu corazón de nadie es tuyo y de nadie más hasta que te pique la garganta…
    ¿Sabes?, por eso empecé, o al menos eso creo, hace poco más de un año, Los perros de la lluvia.
    Pessoa siempre tuvo muchas respuestas.
    Un abrazo muy fuerte

  13. Luzdeana dice:

    Acabo de deleitarme con ese retrato de Pessoa que es tu texto. Confieso que de él sólo había leído algo de poesía y que “El año de la muerte de Ricardo Reis” espera pacientemente su turno en mi biblioteca. El texto de Saramago donde habla del verso que te mencioné es de su libro de crónicas “De este mundo y del otro”, que por sus textos más breves me resulta más accesible cuando me falta el tiempo que quisisera para la lectura. Claro que después de leer tu posteo, la frase de Pessoa,”los dioses venden lo que dan”, adquiere para mí más sentido todavía.
    Gracias por tu recomendación, un placer leerte.

    1. jimarino dice:

      Como siempre, feliz de tus lecturas por aquí. El mérito es de Pessoa y de Ángel Pampano. Inmenso el portugués. Hay una magnífica edición de la Galaxia Guttenberg, un poco cara, pero maravillosa de sus obras completas. Una maravilla, Luzdeana. Un abrazo

  14. Kartz dice:

    Hola, alguien me podria ayudar a conseguir el poema de “EL GUARDADOR DE REBAÑOS” DE FERNANDO PESSOA TRADUCIDO POR ANTONIO TABUCCHI?

    1. jimarino dice:

      Lo siento Kartz, no llego a tanto. Pero moveré algunos hilos a ver si es posible encontrarlo.
      Agradecerte tu presencia aquí.

  15. Aldabra dice:

    muchísimas gracias por la aclaración en mi blog, lo corregiré en cuanto pueda, esta tarde.

    tal y como escribes en tu blog: “Toda la información biografica sobre Fernando Pessoa se la debo a Ángel Campos Pampano, y a su brillante artículo Un corazón de nadie, editado, junto a Antología Poética de Fernando Pessoa por Galaxia Gutenberg, año 2001.”, entendí (ahora sé que erróneamente) que la autoría del artículo era de Pámpano, te pido perdón por ello.

    me encanta como lo escribiste.

    biquiños,

  16. Aldabra dice:

    bueno, acabo de corregir ahora la información del post, pásate en cuanto puedas para cerciorarte de que esté correcto… espero que sí.

    biquiños.

    y otra vez perdón.

    1. jimarino dice:

      No te preocupes. Fue un malentendido. Ángel Pampano era el mejor traductor de Pessoa al español de todas formas, un conocedor extraordinario de su obra, y el autor del texto en el que me basé para escribir ese post.
      Te agradezco que hayas cambiado la introducción del texto.
      Un abrazo.

  17. Jaime dice:

    Me considero alma gemela de Pessoa, pero yo soy su discípulo…

  18. Anónimo dice:

    Y de repente una noche caer aqui. No se mucho de Pessoa, creo que mo importa, tan solo cada cierto tiempo leo el el libro del desasosiego y respiro, Cuatro o cinco paginas no mas. Lo cierro. Y pienso. Nada mas. Gracias por tu articulo.

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