Página de Archivo 3

06
ene
10

pierre michon-mitologías de invierno

Hace cuatro años ahora, como un mapa de lecturas y memoria, cambiantes las circunstancias y los proyectos que tenía entonces, mi suegra, al anochecer después de la ebriedad del vino, me habló, en el cálido oscurecer de la primavera al raso en la terraza de mi casa, a la espera de la iluminación nocturna, de un escritor francés como ella, francesa y escritora, que al parecer se había apoderado de su alma despacio, como un ritual en el que la literatura alcanzaba un horizonte mágico, recuperaba su antigua función de conjuro, de convocación, y enamorada, quizá también festejando nuestra alegría sanguínea, me dijo que Pierre Michon era el escritor más extraordinario que poblaba la tierra.

Suelo hacer caso a los mayores, sobre todo si responden al gusto de mi querida Chantal, capaz de perder dos días de sueño por una lectura ganada al tiempo, con un gusto sin prejuicios, ecléctico y brillante. Nos hemos aceptado libros sin cesar, aunque reconozca abiertamente, más que nada ante ella con reverencia incluida, su superioridad.

Fuera como fuese, el caso es que, renacidos de dignidad y fantasmas después de la uva fermentada y el comer frugal, charlamos de ciertas debilidades. A pesar de su avanzada edad, que le ha descubierto algunas libertades agazapadas durante años, resistía sin aspavientos el envite de la noche,  y tras dos caladas de tetrahidrocannabinol siguió mentando a Pierre Michon, al que ella conocía de dos o tres encuentros en el Colége de France y de alguna librería visitada por causalidad al mismo tiempo que el autor de Cuerpos del rey, esas casualidades esquivas y asombrosas (uno gira el cuello, alza la cabeza  y tropieza con Michon; eso fue lo que le pasó), y su retahíla de halagos y virtudes despertaron una curiosidad aguda, un ardor guerrero similar al que me enajena cuando algún autor solemne y hermoso se ciñe a mi cánon para amenazarlo con su ascenso.

Su palabra siempre fue motivo de aprendizaje. Acepté el reto entre risas sonoras; las suyas tan graves y las mías tan escandalosas. Seguramente algún vecino con el ceño arrugado pensaría en dos depravados y lascivos veraneantes que en un francés exquisito, el de mi suegra, y chapucero, de acento horripilante, el mío, parecían caer abonados a un inminente amor sensual y a la ebriedad de la intemperie, sin entender que Chantal me descubría una nueva religión, otra de esas hogueras que anunció Cormac MCarthy, que hizo arder Bolaño en los desiertos de Sonora, y que Pierre Michón, como un triángulo sagrado, representaba en las cercanías de nuestra ajada Europa.

Un francés, como sesenta años atrás Camus y Bataille, cuarenta más o menos Perec, como cien años atrás Rimbaud y enseguida Proust, y un poco más remoto Flaubert, volvía a hacerme recuperar la creencia en el rezo de la palabra, en su componente mágico y hierático, en una religión hecha de manchas, blanco y negro, papel en blanco a llenar por la extensión de la frase, por el ritual de la sintaxis y el sentido. Literatura de piedra, inagotable, representativa del acto humano, de lo imperecedero de ciertas construcciones.

Tras aquel éxtasis, concluido de madrugada, mareado, con la cabeza perdida de lugares hermosos y palabras deliciosas, llegaron poco después las Vidas minúsculas, y algo más tarde Cuerpos del Rey, Rimbaud el hijo, Señores y Sirvientes, hasta hoy, que Alfabia nos ofrece a un precio quizá excesivo, única pega,  Mitologías de Invierno y El emperador de Occidente.

Pasados estos pocos años, derrotando las preeminencias antiguas, borrado el paraíso de mis rutas, la esperanza de otra cosa que no concluyó, tengo que darle la razón con creces a mi suegra, fanáticos ya ambos de Michon, y siento la tentación, con total seguridad al afirmarlo, de hallarme ante un evento rico en potestades, ante una literatura que nace de lo imposible, de la fuerza única de la palabra, del esplendor de una cultura a su alrededor en decadencia, cuyos lugares de referencia quedan envenenados o desaparecidos del mapa por la fugacidad de lo efímero triunfante, y que Michon, como muy pocos, mantiene y detenta por encima del declive, envolviéndome con un deslumbramiento y una atracción primigenia que me recordó a las primeras lecturas fascinadas de cuando niño.

Todo consiste, como él mismo escribió en un texto, como Chantal parafraseó en aquella deliciosa noche ebria, en rescatar la mitología del tiempo, sea la historia antigua, el origen del cristianismo, la herencia de la poesía o el esplendor de la pintura, o tal vez el pasado reciente, quizá lo que debe resistir o lo que consideramos necesario que resista, convertir la grandeza, el suceso real, en una bella metáfora; mitología invernal en los símbolos michonianos, en un libro, paradigma de lo calmo entre el caos, de lo profundo, lo escrito para aguantar el paso del tiempo, para dejar rastros perdurables, al menos mientras sea inteligible la narración, mientras haya seres humanos que aviven esa llama, mientras el lector busque una misa laica y no un pasatiempo, una sabiduría de lo metafórico y no un río vacío de enunciación aunque sea erudita o correcta: que no sea estéril el cultivo de los siglos.

A Michon, sin tener nada que ver en el fondo, al menos en lo que se refiere al estilo o a las premisas y vituallas literarias, ni siquiera en sus temas u olfatos propios del oficio, lo sitúo junto a otros dos escritores vivos como lugar irrenunciable de paso a estas alturas. El cielo invernal no merma mi entusiasmo, y aunque uno de esos tres vivos se nos haya muerto -a Bolaño le pudo el hígado, pero sigo pensando en él como un vivo al ser tan reciente su adiós y tan cercano su don-, encuentro a Michon al lado  de Villa-Matas, otro personaje de la cuerda floja, del límite violado por la conjura, otro convocador de magias,  y a pesar de reconocer la superioridad sintáctica de Michon respecto a sus compinches, lo que lo hace a la vez más inaccesible que los otros dos al público neófito –tal vez una apuesta consciente de sus afines para atraer más lectores, para acceder a otras tribunas menos exigentes y elitistas-,  me siento unido  a esta trinidad contemporánea por sus vestidos comunes, por su deseo de llevar más lejos la larga tradición milenaria de la literatura: los celebro juntos, sumidos en ese ectoplasma del arrebato verbal, en ese lugar en el que sufren los analfabetos funcionales, en el que los lectores de raza aspiran al don de lo duradero, leen un efluvio del misterio, una obertura de piezas memorables, un refugio seguro que une el milagro de la página escrita, la belleza de  la narración y el eco incesante los años malgastados escribiendo y leyendo.

Michon nació en La Creuse, en Cards, en esa Francia deprimida y desconocida, moribunda, que como nuestras sierras turolenses o sorianas vivió el exilio, la emigración incesante, el vacío paulatino y la dolorosa extinción.  De ese lugar, como un protagonista inmóvil, terrible y cruel padre vigilante que envuelve a los personajes trazados por el autor, nació Vidas minúsculas. Un viaje alucinante hacia el origen, también una razón de la propia escritura, con varias lecturas acumuladas, ensamblada la herencia familiar como un artefacto semipoético que no decae, con una narración de espasmos e iluminaciones que no redunda a pesar de la tentación de la capacidad, nunca exhibicionista ni barroca, sólo natural como el soplo de sus pulmones, con la que Michon, cuarenta años después de venir al mundo, se descubría ante su lengua, ante el francés, y encontraba la senda de su destino hasta hoy en día. Escritor tardío, quizá por mitos y exagerados ademanes propios de la admiración, por ese encuentro entre el autor samurái y el abismo de la prosa revivida, había dejado pasar el tiempo anterior buscando hallar en una larga oración que no le pertenecía un salmo posible que dejarnos.

En su incesante rastreo, similar a una odisea planteada desde el negro, llegó el alcoholismo reconocido, la dependencia de tranquilizantes, de las anfetaminas, la soledad absoluta de los campos sumidos en el  invierno, la depresión prolongada, de regocijarse en la derrota y en la miseria olvidada e insignificante de sus antepasados, en la sordidez de los amores sin brillo, de la sexualidad descarnada como último refugio de lo sagrado a su alcance, como rincón de la impotencia; gozar y poseer para alcanzar alguna forma de trascendencia, una continuidad a lo Bataille.

El camino de Michon fue tan duro como el reflejo patético del narrador de  esas Vidas minúsculas. Siempre se consideró un archivero más que un inventor, eso demuestra lo cerca que estuvo en verdad del personaje, aunque no sea importante para la obra, tal vez sí para entender su origen. Estaba ya en el gozo de una literatura hecha de sangre, de bilis y humores, de vísceras y soledad apabullante. El viaje no puede decepcionar a los más exigentes, es un delicioso recorrido por la derrota convertida en mito a través de la palabras. Cada frase una novela en sí misma, de ahí quizá la brevedad de cuanto ha escrito Michon, como si hubiera deseado condensar al máximo, medir con exactitud cuanto nombraba.

Mientras me adentraba en semejante libro, sin escuchar por ninguna parte mención alguna a su grandeza, aunque en Francia hacía ya cierto tiempo que se le consideraba el maestro reconocido y discreto, sin algarabías ni fama notoria, el solitario adalid  de la crítica seria, candidato en el próximo combate de la alta literatura contra las miserias de lo masivo, púgil de los académicos, de los escritores con olfato que lo habían adoptado, me di cuenta que Vidas minúsculas no contaba solamente la historia decrépita y sombría de un puñado de campesinos alcohólicos, primitivos y decadentes, tampoco el abandono miserable y forzoso de una tierra, ni siquiera la aventura de una familia a lo largo de cuarenta o cincuenta años, sino el proceso por el cual, iluminado por una varita mágica, un escritor recorría sus infiernos desde la voz anhelada y nunca hallada, hasta el entusiasmo frenético, orgiástico, de hallar las palabras de la literatura propias, una corriente freática que le otorgaba el poder de convocar, de alimentar el futuro, de construir desde dentro y expresar, con una sinceridad apabullante, el sentido de su existencia.

Me acordé de los escritores samurais de Bolaño, de la secta de las máquinas solteras de Villa-Matas, de la fête final de Proust en El tiempo recobrado. Mientras por aquí triunfaban ya los pastelitos franceses de digestión fácil, como las ensaladas de los centros comerciales, sin aceite de oliva ni vinagre, sin cebolla ni ajo para evitar que repita, pasatiempos que vendían miles de libros y nos dejaban una desoladora sensación de que la literatura francesa no servía para nada, Michon descerrajaba de un plumazo la atonía general, y superaba con creces intentos de otras literaturas cuya solemnidad y valor me parecía nimio, a pesar del cacareo, en comparación a su espléndida revolución.

La pregunta de Michon siempre fue la misma. ¿Por qué escribimos? ¿Qué razón nos impulsa a desear llenar la hoja en blanco con la ficción de la literatura, con la síntaxis y el ritmo de la prosa? ¿Qué nos empuja a batallar con la palabra y su sentido, a ahondar en nosotros para hallar el eco de un sentimiento convertido en verbo, en enunciación, en pregunta?

El elefante blanco de Michon, como el de Faulkner u Onetti, es sinceramente a mi juicio el único sendero posible de la literatura en nuestro mundo, aunque suponga la extinción de la misma, el silencio eterno de todos, que se conviertan en Bartlebys convencidos aferrados al preferiría no hacerlo.  Michon ya sabía en 1984, cuando escribió sus Vidas minúsculas, que la batalla estaba perdida, pero lo sabía con la nobleza de esos pocos aristócratas que intuyeron un buen día la llegada de la Revolución francesa y la guillotina. Michon decidió apostar por la mitología invernal a la que pertenecía, esa soledad del macizo, de su región despoblada, por la permanencia, aunque fuera improbable o minúscula, de una literatura resistente, que al ser releída no pudiera ser arrastrada por el lenguaje periodístico, por la corrección de los tiempos, por la vanidad del mundo extasiado por sus más simples y anodinos puntos de fuga. Delleuze o Foucault no sabrían situar a  Michon y a sus fanáticos lectores en algunos de sus brillantes esquemas. Producto de la tradición cultural burguesa,  heredero de la novela, Michon hace años que alcanzó otro lugar, distinto, inclasificable, de una rara erudición, de una sabiduría extraña, tan antigua como novedosa, con más valor si cabe teniendo en cuenta que el producto cultural no deja de ser desde hace varias décadas una imitación continua, una repetición constante de lo mismo, un reduccionismo incesante.

El pasado mes de noviembre en Paris, Michon, ganador del premio de la Academia francesa con su libro Les Onze en el 2009,  presentaba su obra. Observarle desde la platea de público abundante, disimulado entre sus feligreses, fue una experiencia mítica, y ya estoy algo mayor para santificar y mitificar. Lo fue por sus años, por su dignidad tímida, por ese físico rotundo y terrible, por esa voz carrasposa, ronca como un trueno, que se esforzaba en hacernos inteligible a los asistentes sus místicas y extinciones. Quizá entonamos ya algún canto de extinción sin darnos cuenta. Impresionante para mí el encuentro, como uno de esos vientos extraños con los que él compara el hecho de escribir; un viento entre la hojarasca, apenas un puñado de tierra removido que misteriosamente alberga una ligera ráfaga de lo humano.

Michon está junto al octagenario Henry Bauchau y su excelente Edipo sur la route o el Niño Azul en un lugar privilegiado y distante de la francophonie, y seguramente, en cuanto vuelva a ver a mi suegra, a esa cuentista maravillosa creadora de memorables nouevelles sutiles como una brisa de verano, me descubra algún otro compinche.

Oír la voz de Michon fue hacer tangible de alguna forma las proyecciones de un lector entregado a su obra.

A punto de leer Mitologías de Invierno, eché el otro día una ojeada al espléndido prólogo de Ricardo Menéndez Salmón, escritor que si sigue sus gustos literarios debo leer inmediatamente, después de adentrarme en los últimos rituales michonianos traducidos al español. Descubrir que entre los fanáticos los hay bastante más agudos, más finos y precisos que yo, y con ventaja, me llena de beatitud. Lo bueno es que coincidí con él en tratar al viejo Michon no como un escritor normal y moliente,  sino como una especie de sacerdote de la literatura, un místico del lenguaje, un torrente de palabras desnudas, liberadas de cualquier manipulación o uso fraudulento, hechas de carne y espíritu, de una música personal e irrepetible, destinada a contarnos las grandezas de un mundo en extinción que pretende ser salvado por la convocatoria de la narración.

Al ver a Michon, comprendí que su carne y hueso era tan etérea como su literatura, que no me hallaba ante un personaje o un muerto ilustre, sino frente a una encarnación de la grandeur que podía tocar, observar, oír. Aunque parecía tranquilo con su discurso, elocuente y divertido, me atormentaba esa imagen antigua que me había hecho de él, su bebida suelta, su decadencia anímica. Me pareció que en lo apacible de su exposición iba de un momento a otro a desempolvar su espada, a alzarla por encima de su cabeza y a posarla en el suelo sobre la afilada punta, decidido a practicar un rezo extravagante para iniciar la batalla. Me acordé entonces de su biografía esbozada parcialmente en sus libros, deformada tal vez,  de sus dependencias alucinógenas, de su alcoholismo evidente. Lo vi en esos ojos rodeados de arrugas, en su brillante testa rasurada, en su delgadez en apariencia frágil que amenazaba una fortaleza terrible, una dureza rocosa como aquellas lápidas memorables que nos dejó escritas en Vidas minúsculas, como esa Creuse insostenible, virulenta e inasible, de la Francia profunda. Lo mejor es que Michon está vivo, me dije, que aún le quedan un puñado de libros que dejarnos, que resistió a su propio malditismo y celebró la existencia cogido de la mano con Verdier, ese fantástico editor recientemente fallecido. Deberíamos adoptar a Michon: tuve esa sensación en el cuerpo, como si su viejo editor, del que mi suegra hablaba maravillas, al que consideraba uno de los últimos románticos de la literatura, capaz de rastrear por tierra y mar el arte verdadero, o al menos intentarlo, lo hubiese dejado huérfano.

Sólo espero que la creciente leyenda que surge a su alrededor lo salve de la tentación de marcharse. El diario Elpaís nombró este año por fin entre los mejores libros de ficción una obra de Michon: Mitologías de Invierno/El emperador de occidente. Compararlo con el ganador del pasado ejercicio a juicio de los críticos me produce rubor, deja al inglés a la altura del betún, sobrevalorado y desenmascarada esa obra mediocre, aclamada quizá a causa del furor preponderante de lo sajón en la cultura. Michon me reconcilia con la literatura gala, y además por la puerta grande. Hogueras más hogueras que nos alumbren cuando la oscuridad sea descomunal.

Mi pequeño grano de arena es este prólogo de un relato largo que escribí a mi regreso de Paris en noviembre. Extiendo el rumor verdadero de un autor inmenso capaz de reinventar la lengua y sus mitos, sean históricos o fantasmagóricas representaciones literarias y humanas. Da la sensación cuando es leído de ser duro y rocoso como una piedra, hecho para perdurar en su exactitud. Sólo con Cuerpos del rey fascinaría a cualquier lector situado en el mapa adecuado de la historia de las letras. Sólo con Vidas minúsculas podría derrotar el escepticismo, recordar el sentido de desvelamiento e iluminación que siempre albergó en su seno esta vieja y anegada tradición artística. Sus campos son claros, sus afirmaciones giran en torno a lo fundamental; la tradición cultural que nos alberga, la poesía como elemento del lenguaje capaz de renombrar las cosas desde su origen, la novela como artefacto poderoso de enunciación -nombrar y a su vez reinventar-, la pintura y la música como artes de la esencia, del color, el trazo, la figura, el silencio y la emoción. Es como si no pudiera escribir de otra cosa que no fuera la esencia de su propia identidad y su lengua, identidad y lengua que abarcan los siglos y los hombres que lo preceden, la metáfora de la Historia y sus leyendas, la enfermedad de la literatura que posee y alimenta el diálogo de los tiempos, su propia vida hecha de ancestros anónimos rescatados por el intento de la escritura, el lamento de esta Europa  cultural venida del Imperio Romano y el cristianismo que llega exhausta hasta nuestro siglo, la rara expresión de lo humano retenido como una voluta de humo en un vaso, única posibilidad de aferrar por un instante fragmentos de todas esas vidas perdidas.

Cuando todo se acabe beberemos un borgoña, pinot noir espeso para el alma, o un sauternes afrutado y dulzón; celebraremos a su lado uno de esos destinos inesperados e inexplicables que nos hacen seguir leyendo, a veces seguir escribiendo. Michon mira desde las alturas.

Escribió como introducción a Mitologías de Invierno el párrafo que transcribo. Les prometo que no es un prólogo ni una presentación solemne. Toda su literatura parece marcada a fuego de igual forma. Son palabras en una tabla de mármol, inscripciones en un muro milenario.

Poco importa que Gévaudan e Irlanda sean los escenarios donde se representan estos dramas breves. Lo que importa es que con el mundo se hagan países y lenguas; con el caos, sentido; con las praderas, campos de batalla; con nuestros actos, leyendas y esa forma sofisticada de leyenda que es la historia; con los nombres comunes, nombre propio. Que las cosas del verano, el amor, la fe y el ardor se hielen para terminar en el invierno impecable de los libros. Y que sin embargo en este hielo un poco de vida permanezca congelada, fresca, garante de nuestra existencia y nuestra libertad. Ese poco de verdad mortal que arde en el corazón frío del escrito, la belleza parca del uno y el esplendor impasible del otro, esto es lo que me esforcé por decir aquí.

 

Pierre Michon.Mitologías de Invierno. De la traducción Nicolas Valencia, Ediciones Alfabia.
Copyright Jimarino

Pierre Michon nacio en Card, La Creuse, en marzo de 1945. Sigue vivo. Llegado tarde a la literatura, después de un renacimiento sonoro, Vidas minúsculas es su primera novela. Recientemente ha editado Les Onze, todavía inédito en español, libro con el que ha sido premiado con el prestigioso premio de la academia francesa en el 2009.

Obras de Pierre Michon

  • Vies minuscules, Gallimard (1984); Folio (1996).
  • Vie de Joseph Roulin, Verdier (1988).
  • L’empereur d’Occident, Fata Morgana (1989) con grabados de Pierre Alechinsky. Verdier Poche (2007) sin ilustraciones.
  • Maîtres et serviteurs, Verdier (1990).
  • Rimbaud le fils, Gallimard (1991).
  • La Grande Beune, Verdier (1996).
  • Le roi du bois, Verdier (1996).
  • Mythologies d’hiver, Verdier (1997).
  • Trois auteurs, Verdier (1997).
  • Abbés, Verdier (2002).
  • Corps du roi, Verdier (2002), premio Décembre.
  • Le roi vient quand il veut. Propos sur la littérature, Albin Michel (2007), grueso libro de 30 entrevistas revisadas por el autor.
  • Les onze, Verdier, 2009.

Traducciones al español

  • Rimbaud el hijo, traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama (2001).
  • Vidas minúsculas, traducción de Flora Botton-Burlá, Anagrama (2002).
  • Señores y sirvientes, traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama (2004).
  • Cuerpos del rey, traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama (2006).
  • Tres autores (publicado junto con Cuerpos del rey), traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama (2006).
  • Mitologías de invierno. El emperador de Occidente, traducción de Nicolás Valencia, Alfabia (2009).

25
dic
09

James Joyce-Marilyn Monroe

Las cosas hermosas terminan por atraerse. El gusto de la belleza es exigente y esquivo, en nada se parece a lo uniforme, a lo establecido al por mayor. Anhela sus rincones de digresión, sus espacios de dignidad propios. La masa no consume belleza sino repetición, es la eterna maldición de las marcas de la moda o de los artistas consagrados a la publicidad, las radio formulas o a la industria de cualquier índole. A veces, algo popular desborda por completo su ámbito y adquiere esa extraña hermosura que lo sitúa en el espacio de lo eterno por razones misteriosa. Marilyn Monroe fue un imagen popular, en efecto, pero dotada de los matices necesarios, de una individualidad compleja y una rebeldía poco común. Trágica muerte para alguien tan evocador y frágil, tan auténtico y original a pesar de todo.

Hay en esta fotografía algo que me hace pensar sin remedio en Arthur Miller, es como si algo de él estuviera allí, componiendo el plano, habitando los lugares obviados por la imagen. Aunque Marilyn, eternamente, será un icono mucho más complejo que su mera reproducción superficial, esta fotografía nos la devuelve a un lugar diferente, el que ahora sabemos oscuro y profundo, amargo a menudo, terrible y trágico en la impresión de su belleza.

Cuando vi recientemente las imágenes en las que fumaba marihuana con un grupo de amigas supe por qué estuvo casada con Arthur Miller,  no por el hecho en sí de fumar hierba, sino por algo en su rostro que mas allá de su irresistible belleza,apuntaba a la presencia de la inteligencia y la sensibilidad. No siempre mata la inteligencia, tampoco la sensibilidad. Pero en su caso tal vez sí. La muñeca divina que paseaba su encantadora sonrisa por el mundo tal vez no pudo soportar ser una marioneta en manos del poder de Hollywood, una figura de cera que productores, estudios, revistas, todo el poder fáctico del universo del espectáculo, utilizaban a su antojo. Es posible que esa soledad sea incomprensible para mi o para la mayoría de nosotros. Seguro que encontraremos algunos que aplaudan mi ocurrencia con un tono irónico. Millones de dólares cobrados y uno está triste. Curiosas paradojas, convertirse en lo que se desea para ser infeliz. Quizá buscaba, anhelaba desesperadamente, la inteligencia de un hombre como Miller o como Kennedy, rastreaba una respuesta que en su ruidoso y pequeño mundo real en el fondo nunca pudo resolver. Comprendí que su eterna sonrisa, esa melena rubia tan clara y luminosa, esos labios gruesos, carnosos, dibujados con una perfección geométrica, o ese cuerpo rotundo que desbordaba la pantalla a cada paso, con cada centímetro de piel que mostraba al público, en cada curva, escondían mucho más de lo que los sueños cinematográficos quisieron ofrecer de ella. Tal vez hubiera sido más feliz en una granja del medio oeste, criando niños y malvas, haciendo el amor los sábados por la noche con su marido, leyendo el Riddest Digger, vistiéndose de gala para ir al baile en una sala de fiestas ajada que olía a boñiga de vaca y a heno podrido. El magnífico dramaturgo primero, después el flamante presidente de los Estados Unidos de América, debieron quedar fascinados por su belleza, pero también por algo más que la diferenciaba de la Mansfield, tan exuberante y estúpida. Puede que fuera esa sensualidad aniñada y desvalida, pero seguramente a su vez por ese lado inquietante, por esos ojos intensos que guardaban un abismo, un volcán, la pasión de una vida convertida en un escaparate que protegía la verdad de su alma, el camino improbable de una solución posible.

Tengo la sensación, y ahora más, conforme más cosas sabemos de ella, que esos deslices, esa fragilidad extraña, su aguda sensibilidad, la elevaron por encima de su mito pop, y ser conscientes de ello nos diferencia de sus seguidores mitómanos, de los coleccionistas de reproducciones, exagerados adalides de aquello que menos nos importa. La hemos visto desnuda junto a una piscina, envuelta en telas sedosas, también llorando o cantando el Happy Birthay Mister President. Pero aquí descubro que, aunque puedo coleccionar tazas con la reprografía pastosa del farsante de Warhol, ella alcanza un grado de atractivo que supera cualquier expectativa que barajase antes, que para colmo no  logro reprimir, surgido en la placidez de un atardecer; sus pies desnudos, el bañador a rayas de colores, su gesto concentrado, intensa la mano sobre su piel, los brazos bronceados por la exposición del día al sol, y ese silencio  a su alrededor, esa comunicación profunda y secreta que nace entre el libro y el lector, entre las páginas que pasa y sus ojos, en el hecho ensimismado de la atenta lectura.

Si alguna vez quise desearla, besar sus labios y estrechar su espléndida figura, o simplemente contemplar su irremediable erotismo,  anhelar lo tangible de su belleza, ahora, en ese instante en el que Eve Arnold captó el atardecer sobre un columpio, en un jardín, en su mano el Ulyses de Joyce, el rostro ensimismado, la mirada fija en las hojas, podría llegar a amarla, besar su alma.

No hay pose en su postura ni en el rostro. Todo cuanto sucede en ese instante parece natural, una prolongación del día bajo el sol, de los baños de la mañana, del paseo al mediodía, de la llegada inminente del anochecer. Es como si la fotografía hubiera logrado otorgarnos una intimidad por encima de cualquier artificio o imagen manida de Marilyn Monroe.

Lee el Ulyses de Joyce y me parece más bella que nunca, lo mejor es que además lo está acabando, está cercano el momento de concluir la mejor novela en inglés del siglo XX, la ha recorrido de arriba abajo, ha estado junto a Bloom y Molly, ha paseado por ese Dublin inolvidable, ha gozado con los alardes técnicos de la novela, con la utilización de elementos populares para construir un artefacto literario elevado, que pretende una comparación discreta, quizá lejana, con las aventuras extraordinarias de la Odisea, aunque éstas sean odiseas cotidianas, sin héroes ni heroísmo, o con un heroísmo discreto. Cuando examino la foto creo que Marilyn ha seguido con una atención pasmosa el capítulo de la llegada del carruaje real, el inmenso dominio literario que le permite contar la escena desde varios puntos del recorrido en el que se contempla el paso de los caballos, o quizá ese monólogo vibrante, erótico y deslenguado de Molly, o esa primera escena grandiosa en la torre, con un solemne Dedalus burlándose del gordo Mulligan  a punto de rasurarse la barba. Cuando vuelva a releer el Ulyses sabré que Marilyn leyó lo mismo que yo. Ella, mi admirada Monroe, la mujer de Arthur Miller y la amante de Kennedy. Lleva en los ojos Muerte de un viajante y Las Brujas de Salem, también la disposición de las habitaciones y los recovecos de la Casa blanca, el mundo del cine a su pies, la belleza en cada centímetro de su rostro. Los ojos, sin embargo, pertenecen en ese instante de la imagen a la lectura, a la literatura, el Ulyses de Joyce a punto de finalizar, casi terminado en una tarde apacible de final del verano, quizá últimos de septiembre, tan hermosa como ella o el libro que lee. La imagen la eterniza. Podría hacer más por la literatura que el propio Miller. Las mujeres hermosas lo son más cuando se impregnan de otras cosas bellas, cuando interiorizan otra hermosura posible a su alcance.  Ella lo ha hecho para siempre, lleva en su corazón una de las literaturas más extraordinarias del siglo XX y eso la embellece.

Joyce estaría orgulloso. El espigado irlandés frunciría el ceño tal vez, allá en su pobreza italiana, en sus años franceses, en su prolongado exilio anhelando la novela absoluta que proyectó. Si hubiera imaginado quién era Marilyn Monroe, si hubiera podido decirse así mismo que un día una bellísima mujer rubia leería su obra al calor de un atardecer veraniego, en un lugar tardío y solitario de los Estados Unidos, una mujer más famosa y popular que el más conocido de todos los escritores que él frecuentaba.

Me quedo con esta bonita historia de amor fugaz: Joyce y Marilyn fueron amantes, no hubo sexo, sólo el flechazo de una intimidad inolvidable, el sueño sensual de un Joyce que seguramente mientras escribía el Ulyses tuvo la intuición extraña e incomprensible de que una mujer inteligente y hermosa como una diosa un día suspiraría por él, incluso a pesar del parche en el ojo o el rictus severo con el que miró con desconfianza y asco las poses de Proust en un hotel de Paris. Finnegan´s Wake,  Retrato del artista adolescente, Dublineses, y todo por ella sin saberlo. Por los siglos de los siglos, amen l´amour. Ahora nos pertenecen.

Feliz Navidad a todos los que pasan por aquí

28
nov
09

generaciones-el reino del vacio

Guilermo Pérez Villalta-El reino del vacio

GENERACIONES

A Ortega y Gasset


Decía Ortega y Gasset que cada quince años

aproximadamente una generacion

tomaba el relevo de la otra, y comenzaba la pugna que destituia

a los mayores de su trono en un largo proceso,

que contenía conflicto y convivencia,

y así sucesivamente, alimentando en la historia

la ilusión del regreso.

Hace más de medio siglo que Ortega y Gasset

murió, y en los ojos de los que vemos

a diario no se observa otra cosa que la misma mirada,

las mismas bocas, las mismas fauces

y  un ladrido familiar.

Si nos bloquearon en este simulacro

de ciertas delicias turcas,

de tardes fosfuorescentes y química ilegal,

deberíamos apretar los dientes para gozar de un astro que llamamos sol,

del aire que nunca debieron dejarnos

respirar, y empezar a perdonar

las promesas de un destino que ya no es nuestro,

y que probablemente no lo será jamás.

Copyright Jimarino2008


25
ago
09

ezra pound-(un poeta del siglo XX)

Ezra Pound por Richard Avedon

Ezra Pound por Richard Avedon

En Abril de 1972 mi padre pidió un excedencia. Faltaban apenas cinco meses para que yo naciera y, sin embargo, decidió viajar a Italia para buscar a un poeta al que llevaba años leyendo y admirando. Salió en busca de Ezra Pound sin tener idea alguna de su paradero exacto, sólo guardaba esa noticia de prensa publicada en Le Monde en 1958 en la que se informaba del viaje del poeta desde Estados Unidos hasta Italia, después de su liberación del Hospital psiquiátrico de St. Elisabeth. Había pasado catorce años encerrado allí, desde noviembre de 1945, la mayor parte del tiempo recluido en una celda de apenas dos metros cuadrados, herméticamente sellada. Hasta mediados de los cincuenta compartió presidio con enfermos mentales graves y dementes furiosos, sólo a partir de entonces se le permitió un régimen abierto donde sus discípulos y su mujer podían visitarle. En esa época ya tenía sesenta años. Su gloria se había disipado a causa de sus simpatías por el movimiento fascista italiano, aunque nunca comulgó con sus ideas políticas o su sentido de la tiranía. Elaboró en sus años en Rapallo una curiosa teoría económica y política que en 1934 el Congreso de los Estados Unidos rechazó tras su apasionada exposición. Pound abandonó temporalmente la poesía para realizar su sueño económico del Crédito social con la que pretendía reinventar una nueva economía libre de usura, y creyó, en aquella época quijotesca que lo llevó a tratar de convencer de sus ideas a la República española a través de Salvador de Madariaga, que el único sistema que podía poner en práctica su ideario era el fascismo. De alguna manera reconoció después el error, pero nunca se inculpó de traición, simplemente se jactaba de haber expresado su original modo de entender el mundo y de confundir a sus aliados.

Nació en 1885, en una cabaña de Hailey, en Idaho. Con apenas 15 años ya había viajado por Italia, Francia y España. En Londres desarrolló sus labores literarias más fructíferas. Se sabe que corrigió y redujo el largo poema de T.S Elliot La tierra baldía a la mitad hasta dejarlo en la versión actual que conocemos, obra cumbre de la poesía en lengua inglesa del siglo XX. Apoyó la publicación del Retrato del artista adolescente de James Joyce y posteriormente su archifamoso Ulyses. Su relación con W.B. Yeats, de quien fue secretario personal, propició un salto artístico enorme en la producción poética de ambos. Fue tal su cercanía que terminó casándose con la amante de Yeats, Dorothy Shakespear. Vivió en Londres mucho tiempo, y sin que lo supiera por entonces, había inspirado y creado las primeras expresiones poéticas modernas de la poesía inglesa, relacionándose estrechamente con los dos poetas que marcarían el siglo literario británico, Yeats y T.S. Elliot, éste último como declarado discípulo. Llegado  a Londres en los años anteriores a la primera guerra mundial se marchó de la capital habiendo revolucionado de arriba a abajo la literatura de su tiempo.

Mi padre nunca me habló de ese viaje, ni siquiera de lo que sabía sobre Ezra Pound. El poeta vivió algunos años en los que el éxito y el reconocimiento fueron una constante en su vida. Más tarde se instaló en Paris donde se sintió tentado por los dadaístas, pero fue algo pasajero y decidió finalmente quedarse en Rapallo, Italia.

EZRA POUND

Hace un tiempo, cuando me enteré de la existencia de ese viaje misterioso, mi madre me reveló que tuvieron discusiones airadas al respecto. ¿Por qué desplazarse hasta Italia para buscar a un poeta americano medio loco cuando su hijo iba a nacer en apenas unos meses?. Tengo la sensación de que él tenía que cumplir una promesa, algo por lo que se sentía en deuda, quizá con él mismo, o con alguien que conoció. Nunca podré saberlo. Lo cierto es que años más tarde, por mis propios medios, pude descubrir la relación de Pound con la literatura americana y su enorme influencia en la poesía del siglo XX. Participó exitosamente de casi todas sus expresiones y entabló relaciones, como ya dije, con los autores más destacados de su tiempo. Parecía un gurú en esos años en los que todavía esa palabra carecía del sentido actual. Convertido en guía, en centro y faro de la escritura más vanguardista de su época, sus escarceos con las teorías económicas y políticas posteriores resultan un misterio. Quizá creyó que con la poesía no era suficiente y su reto intelectual exigía tareas más útiles o de mayor envergadura, o justo lo contrario, que sus conocimientos poéticos y humanistas, como pensaron los clásicos, podían ayudar a organizar el mundo de otro modo.

Durante la guerra emitió por radio programas en los que críticaba sin mesura la actitud del gobierno americano, de nuevo adscrito a las filas del fascismo que dominaba Italia. Apoyó abiertamente a la República de Saló con la que Mussolini trató de salvar los restos del régimen. Todo un enigma esa transformación, esa imagen de Pound casi intolerable al acercarse a cualquiera de sus poemarios, a la complejidad y a la riqueza artística de los Cantos. Había traducido al inglés numerosas obras maestras de la poesía china y japonesa, adoraba a Confuncio y había trabajado durante años para ofrecer un versión digna del Analectas. En Francia rescató a poetas del romancero medieval y provenzal, también a rapsodas latinos casi perdidos. ¿Cómo un hombre como él pudo unirse a la causa del fascismo, a su vulgaridad, a su tosca masculinidad y a ese ridículo sentido autocrático en torno a un personaje como Mussolini?. Me hubiera gustado preguntárselo a mi padre, que siempre despreció abiertamente cualquier dictadura. Quizá él tuviera alguna respuesta. También desearía conocer la razón que le empujó a buscar  a ese hombre en 1972, dejándonos durante dos meses para recorrer Italia. Por entonces, Pound era un poeta denostado y condenado al olvido. La presión del gobierno norteamericano había sido tan dura que sus libros fueron en los años cincuenta  tesoros secretos. De sus últimos años no se sabe demasiado, y mi padre nunca me confesó si llegó a encontrarse con él. Ese año, Pound cumplía noventa y siete años.

Cuando las tropas norteamericanas liberaron Italia fue arrestado cerca de Génova e interrogado por su colaboración propagandística con el fascismo. Ya en el año 42 fue considerado traidor a la patria. Cuentan, aunque no sé si es un testimonio apócrifo por su empeño en el detalle, que de Genova fue trasladado a Pisa y encerrado en una jaula de tiras de metal y suelo de cemento ( en algunas versiones era de alambres de púa),  a la intemperie, sufriendo la inclemencias del tiempo, violencia física y numerosas humillaciones. La dureza de aquella reclusión propició que comenzaran sus crisis mentales agudísimas. Tras seis meses de encierro, fue extraditado a Estados Unidos donde se le internó en un hospital psiquiátrico. Alli iniciaria sus Cantos, como si todo lo anterior hubiera sido borrado, con sus amistades disipadas, su influencia desprestigiada y obviada, mas con el ímpetu de un creador inigualable, que hizo surgir del dolor su fuerza. Jamás llegó a concluir su plan, aunque vivió casi un centenar de años.

pound

Poco antes de que mi padre decidiera emprender su particular viaje, la generación beat, con Ginsberg y Ferlinghetti a la cabeza, decidieron vistar a Pound como habían hecho con otro icono de la contracultura americana, Paul Bowles. Hay algunas fotografías de esos encuentros. Ginsberg, en su busqueda incesante de trascendencia para su poesía, pensó por supuesto en Walt Whitman como referencia, un ideario que podía servirle, y sobre todo en Ezra Pound, monstruo de la poesía americana, considerado además persona non-grata por el gobierno americano y todavía vivo. No en vano, antes de partir a Italia tras su liberación, dijo en público que los USA no eran mas que un asilo de locos. Semejantes declaraciones, unidas a la definición de su país que dio en varias ocasiones; un país de tenderos y usureros, entroncaban extraordinariamente bien con el espíritu contestatario de la contracultura norteamericana. Es verdad que Pound estaba más cerca de la experimentación literaria de T.S. Elliot, de la poesía de W.H. Auden o Robert Frost, que de los iracundos beats, y que pasado el tiempo, a excepción de algunos versos de Ginsberg, el más dotado del grupo, el destino de esa poesía ha quedado enterrado, mientras que los Cantos de Pound y en general sus diferentes etapas poéticas mantienen su vigencia y su poder de fascinación. Pero a cierta edad, es posible que el corazón se reblandezca, o que el deseo discreto de ser reivindicado sea una necesidad. Pound aceptó esas visitas y de alguna forma las aprovechó. Nos quedan de los años anteriores a su muerte tan sólo un puñado de fotografías esporádicas, donde su figura quijotesca surge foribunda entre los claros oscuros del blanco y negro, los ojos perdidos, el alma llena de dolor.

Hace apenas seis meses encontré en la casa familiar de la Sierra de Gúdar unas notas en uno de los numerosos cuadernos que mi padre escribió a lo largo de su existencia. Fue una casualidad, pues al subir a la buhardilla donde se acumulan las miles de revistas coleccionadas desde 1972 hasta 1995, los polvorientos libros de texto y viejas novelas, los archivos fotográficos de la familia, y kilos de polvo anclado como un espejo eterno de lo acontecido, me senté en el confortable butacón de la abuela desde donde podía ver sin levantarme la montaña donde se alza el castillo derruido y la calle principal. Sentado en esa isla de tiempo, entre el olor de los papeles viejos, encendí un cigarrillo y, a tientas, busqué el interruptor que tenía detrás para conectar la luz. Con torpeza debí rozar la estantería que había sobre mí cabeza y cayeron al suelo varios cuadernos de los que había apilados. Ojeé al azar durante un cuarto de hora algunos, hasta que en uno con las tapas rojas, fechado en 1974, descubrí que mi padre había trascrito Carta del exiliado, un hermoso poema de Ezra Pound que yo conocía desde hacía años en la imperfecta y sonora traducción de Ernesto Cardenal. Volví a leer el poema entusiasmado, y lo cierto es que me resultó tremendamente familiar, como si lo hubiera revisado unos días atrás. Recordé al instante el momento de la primera vez que lo degusté casi veinte años atrás, e incluso aquella idea que me rondó a finales de los años noventa; escribir un cuento o una novela corta utilizando el texto. Había algunas anotaciones escritas con la enrevesada letra de mi padre inmediatamente a continuación del poema y creí que encontraría algún detalle que aclarara las razones de aquel viaje sorprendente.

Ezra Pound con Ford Madox Ford y James Joyce

Ezra Pound con Ford Madox Ford y James Joyce

Todavía dudo de si llegó a hallar a ese hombre fascinante, contradictorio, terrible y brillante, si en alguno de su largos trayectos pudo saber de él, si logró intercambiar alguna frase con el poeta. Lo único que sé es que mi padre fue un buen tipo, y que, como en ese poema que escribí hace tiempo, Cartografías, siempre estuvo dispuesto a sacar el catalejo y a otear el horizonte para ver si hallábamos a nuestras invisibles sirenas. Siento la paternidad como algo positivo. Lo cierto es que las obras de Pound quedaron durante años clavadas en las estanterías del despacho, impávidas, hasta que mi hermana, a finales de los noventa, se vio empujada a escribir poesía y fue rastreando uno a uno todos los libros de versos que mi padre había acumulado en las décadas anteriores. Destino de poetas, debió pensar, observando con temor y emoción el día en que Carmen se adentró fascinada en las páginas de los Cantos ¿Qué debía decirle ese hombre a una persona nacida casi cien años después? ¿Qué efectos provocaría en ella? ¿Sería algo similar a lo que sintió él cuando leyó sus primeros versos?.

Pienso, que en las preguntas que nos hacía mi padre subyacía ese temor a que cruzáramos esa fina línea que separa la lucidez de la locura, ese arrebato que acomete a veces a los hombres inteligentes como Ezra Pound y los arrastra por incomprensión y por desprecio hacia la demencia. Se puede adorar la figura de un hombre como él y, sin embargo, no querríamos que nuestros seres queridos cayeran en destinos tan aciagos. Pound vivió el siglo XX con todas sus miserias y luces. A las relaciones comentadas con Yeats o T.S. Elliot, la ayuda desinteresada que prestó a Joyce, su amistad con Ford Madox Ford, o en Paris años después con Tristan Tzara, Marcel Duchamp o Fernand Léger, se le unió una espléndida retahíla de discípulos brillantes posteriormente. Sus ensayos literarios en torno a la poesía siguen siendo válidos, su modernidad inspiró desde luego mucha de la poesía ulterior, aunque su prestigio manchado, sus extravagancias ideológicas y políticas, hicieran que su nombre quedara silenciado o su influencia disminuida. No podría entenderse la poesía de Robert Frost o la William Carlos William sin su enorme talento lírico.

0294

A veces imagino ese encuentro; mi viejo tantos años más joven, paseando por un paisaje agradable de Italia, acercándose despacio al parque en el que un anciano con dificultades respiratorias, vestido con cierta elegancia, contempla el horizonte. Es una lástima que nunca llegue a saber que se dijeron. Probablemente en 1972, pocos meses antes de que Pound muriera, éste no era capaz ni de hablar con coherencia a causa de la edad y los fármacos que consumía. Recuerdo un texto de Lawrence Ferlinghetti de 1965, la emoción ante las palabras transparentes, rotas y fatigadas del maestro, su aspecto desvalido y torpe. Estaba ya envejecido y destruido, su rostro expresaba un dolor inexorable e indrescriptible, el mismo que se aprecia en algunas de sus fotografías de anciano. Tengo la sensación de que el siglo que vivimos no será bueno para él tampoco, pero que, tal vez, su enorme modernidad, sustentada en la magnifica aparición de raíces ancestrales, de elementos permanentes y consistentes, y ese sentido extraordinario para la poesía, para la música del verso libre, reivindicarán su figura, y su complejidad serás mas asequible en el futuro. Seguiré leyendo los cuadernos de mi padre, uno por uno, quizá a la espera de hallar alguna respuesta a ese viaje.

Ezra Pound sabía de primera mano que lo que había escrito poseía cierta trascendencia literaria. De hecho, su poema a Walt Whitman –Whitman es el fundador no sólo de la poesía norteamericana sino de toda su literatura- siempre me fascinó. Unos versos inmejorables para describir en qué consiste el diálogo fructífero de las letras, como evoluciona esta historia ya vieja y fatigada. Un día, un poeta de cualquier nacionalidad escribirá un pacto con Ezra Pound para seguir, de eso estoy seguro.

Supongo que mi padre estaría orgulloso de la pequeña lista de poemas que trascribo, y como Pound hubiera dicho, los envío hasta mil millas de distancia a la espera de que contesten los escribas y el tiempo; mientras, quedo pensando.

Copyright Ariño 2009

Ezra_Pounde3433

POEMAS Y TEXTOS

UN PACTO

Haré un pacto contigo, Walt Whitman-

Te he detestado ya bastante.

Vengo a ti como un niño crecido

Que ha tenido un papá testarudo;

Ya tengo edad de hacer amigos.

Fuiste tú el que cortaste la madera,

Ya es tiempo ahora de labrar.

Tenemos la misma savia y la misma raíz-

Haya comercio, pues, entre nosotros.

El ARTE DE LA POESÍA

Constantemente repito que se necesitaron dos siglos de Provenza y uno de Toscana para desarrollar los instrumentos que utilizó Dante en su obra maestra, y que fueron necesarios los latinistas del Renacimiento y la Pléyade, además del lenguaje colorido de su propia época, para preparar los instrumentos de Shakespeare. Es de enorme importancia que se escriba gran poesía, pero no importa en absoluto quién la escriba.

Si algo se expresó de una manera definitiva en la Atlántida o en la Arcadia, en el año 450 a. c., o en el 1290 de nuestra era, no nos toca a los modernos decirlo de nuevo ni empañar la memoria de los muertos diciendo lo mismo pero con menos habilidad y convicción.

En cada época uno o dos genios descubren algo y lo expresan. Puede estar solo en una o dos líneas, o en alguna cualidad de una cadencia, y después veinte o doscientos o dos mil o más seguidores repiten y diluyen y modifican.

La gran literatura es sencillamente idioma cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades. Tal como en medicina existen el arte de diagnosticar y el arte de curar, también en las artes, y en las artes particulares de la poesía … existe el arte de diagnosticar y el de curar. Uno persigue el culto de la fealdad y el otro el culto de la belleza.

La mayoría de los llamados poetas mayores han regalado su propio don, pero el término de “mayor” es más bien un regalo que les hace Cronos a ellos. Quiero decir que han nacido justamente a su hora y que les fue dado amontonar y arreglar y armonizar los resultados de los trabajos de muchos hombres.

En el verso algo le ha sucedido a la inteligencia. En la prosa la inteligencia ha encontrado un objeto para sus observaciones. El hecho poético preexiste.

Los artistas son las antenas de la raza. … digamos que los escritores de un país son los voltímetros y los manómetros de la vida intelectual de la nación. Son los instrumentos registradores, y si falsifican sus informes no hay límite al daño que pueden causar. El mal arte es un arte inexacto. Es arte que rinde informes falsos.

Toda crítica debería ser admitidamente personal. Al final de cuentas el crítico sólo puede decir “me gusta” o “me conmueve”, o algo por el estilo. Cuando se nos ha mostrado a sí mismo, podemos comprender lo que quiere decir. Todo crítico debería dar información acerca de las fuentes y límites de su conocimiento.

Sugiero mandar al diablo a cuanto crítico emplee términos generales vagos. No sólo a los que usan términos vagos por ser demasiado ignorantes para tener algo que decir, sino también a los críticos que emplean términos vagos para ocultar lo que quieren decir, y a todos los críticos que emplean los términos tan vagamente que el lector puede creer que está de acuerdo con ellos o que asiente a sus afirmaciones cuando de hecho no es así.

Haz que un hombre te diga antes que nada y en especial qué escritores piensa que son buenos escritores; después se pueden escuchar sus explicaciones.

La única crítica realmente viciada es la crítica académica de los que hacen la gran renuncia, que se niegan a decir lo que piensan, si es que piensan, y que citan las opiniones aceptadas… Su traición a la gran obra del pasado es tan grande como la del falso artista del presente. Si no les importa lo suficiente la herencia como para tener convicciones personales, no tienen derecho a escribir.

No hagas caso de la crítica de quienes nunca hayan escrito una obra notable.

Usar tres páginas para no decir nada no es estilo, en el sentido serio de la palabra.

No repitas en versos mediocres lo que ya se haya dicho en buena prosa. No creas que se puede engañar a una persona inteligente esquivando las dificultades del inefablemente difícil arte de la buena prosa mediante el artilugio de fraccionar la composición en versos.

Lo que hoy aburre al entendido aburrirá al público mañana.

Déjate influir por cuantos grandes artistas sea posible, pero ten la decencia de reconocer plenamente la deuda o, si no, trata de ocultarla. Que el aprendiz se llene la cabeza con las mejores cadencias que pueda descubrir, preferiblemente en un idioma extranjero, para que el significado de las palabras tenga menos posibilidades de distraer su atención del movimiento del verso.

No te imagines que algo “saldrá bien” en verso sólo porque resulta pesado en prosa. La poesía es un centauro. La facultad pensante, estructuradora y aclaradora de las palabras debe moverse y saltar con las facultades energizantes, sensitivas y musicales. Es precisamente la dificultad de esta existencia anfibia lo que mantiene bajo el número de buenos poetas de quienes se tiene noticia.

Es cierto que la mayoría de la gente poetiza más o menos, entre los diecisiete y los veintitrés años. Las emociones son nuevas, y para su dueño, interesantes y no hay mucha personalidad o mente que mover. Conforme el hombre, conforme su mente, se vuelve una máquina más y más pesada, una estructura cada vez más complicada, necesita de un voltaje cada vez mayor de energía emotiva para adquirir un movimiento armónico… En el caso de Guido, su obra más fuerte se da a los cincuenta. La poesía más importante la han escrito hombres de más de treinta.

Citando mal a Confucio, se podría decir: No importa que el autor quiera el bien de la raza o que actúe simplemente por vanidad personal. El resultado se produce mecánicamente. En la medida en que su obra es exacta, es decir, fiel a la conciencia humana y a la naturaleza del hombre, en la medida en que formula con exactitud el deseo, será duradera y será “útil”, quiero decir que mantiene la claridad y precisión del pensamiento, no sólo para el beneficio de algunos diletantes y “amantes de la literatura”, sino que mantiene la salud del pensamiento fuera de los círculos literarios y en una existencia no literaria, en la vida general comunal e individual.

pound

PICADILLY

Bellas, trágicas caras-

vosotras que fuísteis lozanas y estáis tan abatidas;

y, oh, las envilecidas, que pudísteis haber sido amadas,

y estáis tan impacientes y borrachas,

¿quién os habrá olvidado?

Oh, caprichosas, frágiles caras, pocas en muchas,

las gruesas, las toscas, las descaradas,

Dios sabe que no puedo compadecerlas, quizá, como

debiera;

pero, oh, vosotras, delicadas, caprichosas caras,

¿quién os habrá olvidado?

JJ_ezra

CARTA DEL EXILIADO

A So-Kin de Racuyo, mi viejo amigo y Canciller de Gen

Recuerdo cuando me hiciste un bar particular

En el extremo sur del puente de Ten-Shin.

Con oro reluciente y transparentes gemas pagábamos

los cantos y las risas

Y pasábamos ebrios un mes tras otro, sin pensar en el

rey ni los príncipes

Hombres inteligentes venían por el mar y la frontera

occidental

Y con ellos, contigo sobre todo,

Nos entendíamos perfectamente

Y nada para ellos cruzar el mar o las montañas

Con tal de estar en nuestra compañía,

Y hablábamos de todo, sin ocultarnos nada, y sin

pesares

Después fui confinando a Wei del Sur,

Encerrado en un bosque de laureles,

Y tú hacia el norte de Raku-hoku

Hasta no haber entre nosotros más que añoranzas y

memorias comunes

Y luego, cuando era ya insufrible continuar separados,

Volvimos a encontrarnos y fuimos a Sen-Go,

Siguiendo las mil vueltas y remolinos de las sinuosas

aguas,

Hasta un lugar resplandeciente con millares de flores,

Que era el primero de los valles,

Y luego otros mil valles llenos de voces y del rumor

del viento en sus pinares.

Y con sillas de plata y riendas de oro

Salió a encontrarnos el capitán Kan del Este y su

comitiva.

Y vino allí también el verdadero mandamás de Shi-yo,

a darme a mí la bienvenida

Sonando un órgano de boca incrustado de piedras

preciosas

Y en las casas de dos y más pisos de San-Ko nos

obsequiaron más música Sennin,

Con muchos instrumentos, como en un coro de Pichones

de Fénix.

El mandarín de Kan Chu, ebrio, bailaba,

porque sus largas mangas no conseguían estar

inmóviles

Con la charanga de aquella música.

Y yo, cubierto de brocados, me lo quedé dormido sobre

las piernas,

Con el espíritu tan encumbrado que me hallaba en el

séptimo cielo,

Y antes del fin del día nos dispersamos como estrellas

o lluvia.

Yo me tenía que marchar a So, muy lejos todavía aguas

arribas,

Tú regresaste a tu puente del río.

Y tu padre, que era valiente como un leopardo,

Gobernaba en Hei-Shu, y sometió a los bárbaros.

Y un mes de mayo te mandó a traerme,

a pesar de la enorme distancia.

Y con las ruedas rotas y lo demás, fue un viaje duro,

sobre caminos retorcidos como tripas de chivo,

Y yo que caminaba todavía a finales de año

bajo el viento cortante que soplaba del norte,

Y pensaba qué poco te preocupaba el gasto

y tú me preocupabas lo suficiente para pagarlo.

Y ¡qué recibimiento!

Copas de jade oro, platos bien arreglados en una mesa

azul toda enjoyada

Y yo borracho, y sin pensar en el regreso,

Y tú caminabas conmigo hasta el extremo occidental

del palacio

Hasta el templo dinástico, rodeado de agua, un agua

transparente como jade azul claro,

Con canoas bogando, y el son de las armónicas y tam-

boriles,

Y las ondas parecidas a las escamas de los dragones,

remedando el verdor de la yerba en el agua,

El placer prolongado en compañía de las cortesanas,

yendo y viniendo sin estorbos,

Con las pelusas de los sauces cayendo como nieve,

Y las chicas pintadas con bermellón, emborrachándose

por fin al caer la tarde

Y el agua, de cien pies de hondo, reflejando sus cejas

verdes,

-Unas cejas pintadas de verde son para verse bajo la

luna tierna,

Lindamente pintadas-

Y las muchachas cantando y respondiéndose con cantos

las unas a las otras

Bailando en trajes transparentes,

Y el viento alzando el canto, interrumpiendo,

Y zarandeando bajo las nubes.

Pero todo esto tiene fin.

No se vuelve a encontrar otra vez.

Me fui a la corte a presentar examen,

Probé la suerte de Layú, ofrecí el canto Choyo,

Sin lograr promoción

Y regresé a las montañas del Este

con la cabeza blanca.

Y más tarde, otra vez, nos encontramos en el puente

del sur,

Y luego el grupo se deshizo, tú partiste hacia el Norte,

para el palacio San,

Y si tú me preguntas cómo es que siento tu partida:

Tal como caen las flores al terminar la primavera,

Confusamente, en agitado remolino.

¿Para qué sirve hablar? -y hablar no tiene fin,

No tienen fin las cosas del corazón.

Llamo al muchacho,

Lo hago sentarse en los talones aquí a mi lado

A sellar esto,

Y te la envío hasta mil millas de distancia, mientras

quedo pensando.

ezrapoundbooking

LA BUHARDILLA

Vamos, compadezcamos a los que están mejor que

nosotros,

Vamos, amigo, recordemos

que los ricos tienen camareros y no

amigos.

Y nosotros tenemos amigos y no camareros.

Vamos, compadezcamos a los casados y a los no

casados.

La aurora entra con pasitos menudos

como una dorada Pavlova,

Y yo estoy junto a mi deseo.

Y la vida no tiene nada mejor.

Que esta hora de diáfana frescura,

la hora de despertarnos juntos.

ezra-pound500x500

LA TUMBA DE AKR ÇAAR

“Yo soy tu alma, Nikoptis. He acechado

estos cinco milenios, y tus ojos muertos

no se han movido, ni responden nunca a mi deseo,

y tus ágiles miembros, en los que yo saltaba ardiendo,

no se queman conmigo, ni con nada azafranado.

Mira, la leve hierba brotó para hacerte de almohada,

Y te besa con sus miles de lengüitas de hierba;

Pero no tú a mí.

Me he cansado de leer todo el oro del muro,

Y mi pensamiento ha agotado todos los signos.

Ya no hay nada nuevo en todo este lugar.

Yo he sido buena contigo. Mira, he sellado las jarras,

No sea que despiertes y solloces por tu vino.

Y todas tus túnicas las tengo asentadas sobre ti.

¡Oh ingrato! ¡Cómo me olvidaré!

-Aún el río hace tanto tiempo,

¿El río? Tú eras demasiado joven.

Y tres almas vinieron sobre ti-

Y yo vine.

Y corrí dentro de ti, las eché;

He tenido intimidad contigo, conocido tu modo.

¿No he tocado la palma de tus manos y las yemas de

tus dedos?

¿Circulando dentro de ti, y en torno tuyo y de tus

talones?

¿Cómo te entré? ¿No era yo acaso tú y Tú?

Y ningún sol viene a darme descanso en este lugar,

Y me destrozo en la dentada sombra,

Y ninguna luz cae sobre mí, y tú no dices

Ni una palabra, día tras día.

¡Oh! Yo me podría salir, a pesar de los signos

y todo el trabajo en la puerta habilmente ejecutado,

afuera sobre los campos de verdura de vidrio…

Pero aquí es quieto:

No me voy.”

pound333

LA ISLA EN EL LAGO

Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrón de los ladrones,

Dame a su tiempo, te suplico, una tiendita de tabaco,

Con las brillantes cajitas

primorosamente apiladas en los estantes

Y el fragante anduyo suelto

y la picadura,

Y el brillante Virginia

suelto en los vasos de vidrio,

y un par de balanzas no demasiado grasientas,

y las prostitutas entrando de pasada para una palabra

o dos,

Para una broma, y arreglarse el pelo un poquito.

Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrón de los ladrones,

Préstame una tiendita de tabaco,

O instalamé en alguna profesión

Que no sea esta maldita profesión de escribir,

Donde uno necesita su cerebro todo el

tiempo.

ezra_pound

CANTO XLV

Con Usura


Con usura ningún hombre tiene una casa de buena

piedra.

Cada bloque pulido bien encajado

para que el dibujo pueda cubrir su cara,

con usura

ningún hombre tiene un paraíso pintado en la pared de

su iglesia

harpes el lutes

o donde virgen reciba mensaje

y halo se proyecte de la incisión,

con usura

ningún hombre ve a Gonzaga sus herederos y sus

concubinas

ninguna pintura es hecha para durar ni para vivir con

ella

sino que es hecha para vender y vender pronto

con usura, pecado contra natura,

tu pan es cada vez más de trapos viejos

seco es tu pan como papel,

sin trigo de montaña ni harina fuerte

con usura la línea se hace gruesa

con usura no hay clara demarcación

y ningún hombre puede hallar sitio para su morada.

El tallador de piedra es alejado de su piedra,

el tejedor alejado de su telar

CON USURA

no viene lana al mercado

la oveja no da ganancia con la usura

La usura es una morriña, la usura

mella la aguja en la mano de la doncella

y detiene la habilidad de la hilandera. Pietro Lombardo

no vino por usura

Duccio no vino por usura

ni Pier della Francesca; Zuan Bellin no por usura

ni fue “La Calumnia” pintada.

No vino por usura Angélico; no vino Amborgio Praedis,

No vino ninguna iglesia de piedra pulida firmada:

Adamo me fecit.

No por usura St Trophine

No por usura Saint Hilaire,

La usura ensarra el cincel

Ensarra el arte y el artesano

Roe el hilo en la rueca

Ninguna aprende a bordar oro en su bastidor;

El azur tiene un chancro por la usura; el cramoisí está

sin bordar.

La esmeralda no encuentra su Henling

La usura asesina al niño en el vientre

Impide el galantear del muchacho

Ha traído parálisis al lehco, yace

Entre la novia y el esposo

CONTRA NATURAM

Han traído putas a Eleusis

Cadáveres se han sentado al banquete

Invitados por la usura.

avedons_pound_1958

12
may
09

el erotismo 2ªparte-(los desnudos de Modigliani)

modigliani5

Amedeo Clemente Modigliani nació en Livorno en 1884, y murió de meningitis tuberculosa en París, el 24 de Enero de 1920. Desarrolló su labor artística tanto en el ámbito de la pintura como de la escultura. Vivió una vida salvaje, bohemía y libre y murió en la miseria. Su relación con la escuela de París e importantes pintores de su época reividicaron la magnitud de su obra años después de su muerte. Hoy en día está considerado como uno de los pintores más importantes del siglo XX.
Todos los poemas pertenecen al poemario En torno al erotismo  (Octubre 2008-Marzo 2009). Copyright Jimarino

*************************************************************

VI

Entre tus genitales, sus funciones

internas y el erotismo,

se encuentra el hallazgo de tu inteligencia

(o esa poesía o esa mística),

la que desvela esas telas

y saca la lengua de madrugada,

la que impulsa el sentido de esta danza,

del vaivén y la sombra,

del misterio que nos queda por vivir,

lo que da sentido a esta muerte lenta.

modiglianidfff

VII

(SPLEEN)

No pudimos vivir de deseo

y pronunciamos aquella maldición

al despedirnos.


“Nunca te acariciarán el alma, ni quedarás

exhausto de la plenitud de esta dicha,

ni correrá la sangre por tus venas hasta

mi garganta, jamás verás el resplandor

de morderme ni la humedad que nos baña.

No respirarás el aire de mi pecho

ni yo el viento de tu cálido abrazo,

no te dejarán sin palabras,

no te arrancarán los ojos y el sentido

cuando el ritual se celebre.

Nadie te hará gozar de no tener nombre,

de la llama que nos quema anónima.

Nunca serás una prolongación de tu sexo

extendido hasta erizar la noche.

Raro será el viento que te empuje hasta elevarte,

no hallarás nunca más mujeres ni hombres de aire

con quienes hacer el amor sea volar

(volar de Girondo, volar de Bataille)

No serás una identidad rota de circos y luces,

una identidad de pura piel y tacto,

ni caricia ni beso largo en el centro

de tu goce; nunca volverás a ser el roce

de este amor sagrado.”


Teníamos razón al despedirnos…

pero no pudimos vivir de deseo.

modigliani_blue_cushion

XI

Entre una y otra muerte

te apremio a divertirnos.

Quizá esta fascinación es poco

para tu asombrosa herencia,

o nada para tu quietud apacible

que no ceja de moverse.

Pero así es,

entre el día de hoy y tu muerte

sólo tendrás un puñado

de simulacros súbitos

de espasmos plácidos,

o esa ficción de la maternidad.

Soñemos pues con las danzas,

en cada beso que te entrego

todas las muertes serán fascinantes.

Ya lo sabes;

Entre una muerte y la otra

te apremio a divertirnos.

********************

XII

Dejémoslo claro esta noche:

Tu reproducción no me interesa

más allá de tu absoluta entrega.

Yo prefiero el ritual,

aunque disimule,

aunque te diga que esto

es lo que crees.

Quiero dejarlo claro:

todo tu ser no me interesa

en el futuro,

es la pura ceremonia

lo que incendia,

es la invención que construimos

ciegos lo que arde,

es el largo gemido

que expulsa el presente.

Lo fértil espanta:

es la humanidad que gira

y el frío que nos corroe:

quiero morir en ti,

nada más;

la vida está ya en otra parte.

Amedeo-Modigliani_red-white-nude

XV

Cuando ella le miró a los ojos

sintió el silencio,

un eco sordo

y la punzada fina.

El espantapájaros saltó hacia delante

con el pulso tierno

y sus pasos quedaron flotando

en el aire de la tarde.

Fue entonces cuando mordió

su cuello junto al mar,

pero les faltaba el sentimiento

de una violencia elemental

y aquella sangre sabía

demasiado dulce,

demasiado aguada.

No tenemos el aliento que anima,

los movimientos de este compás

cuyo nombre pronuncias;

todo lo que hay entre tú y

y yo es falta de violencia.

Amadeo_Modigliani_056

XIX

El erotismo siempre es

nuestro problema,

ya lo sabes;

surge de la brumas

del equilibrio

para acuciarnos,

ensombrece la luz,

enciende la oscuridad a su vez.

Ese misterio inflama

incluso lo anodino

de su consecuencia,

a pesar de la dirección

equivocada.

Tarda en surgir,

y lo hace por error,

o por incoherencia;

pero ahí está, incólume,

inaccesibles a los dos.

Cada uno de sus ecos

me conduce a ti

y a la vez me aparta

de la corriente.

El erotismo siempre

es nuestro problema.

Quizá nos falte

la auténtica

imaginación de la extinción.

*********************

III

Todo lo que lo desea el alma

desnuda es cierto,

posee el don de nuestra coherencia.

Surge de lo que no podemos tocar,

de los labios que no hablan

y del silencio que es ruido ensordecedor.

Abre los ojos ante las apariciones

y teme a los suspiros contenidos.

Desnuda sobre una cama de pétalos

sueña con llegar a la santidad

de una masturbación frenética

que relame húmeda el alma.

Así somos dioses,

así somos polvo de eternidad.

modigliani6

XVII

(JURAMENTO DE LA SIRENA ETERNA)

Podría vivir dentro

de ti.

Por eso bebo tu semen,

tu continuidad.

La engullo en la certeza

del tiempo,

en la seguridad

de que no me

olvidarás jamás

modigliani

24
abr
09

W.H. AUDEN-Fragmentos de un poema no escrito (1ªparte)

kirby1large

EXTRACTOS (VARIACIONES) DEL POEMA EN PROSA DE W.H. AUDEN, UN POEMA NO ESCRITO (1959)

La verdad del poeta (como la verdad del auténtico escritor)
difiere por completo de los pronombres personales.
El poeta finge el “yo”, el “tú” y el “él” de manera
inconsciente, pero en su sinceridad se halla la verdad,
jamás en su biografía ( a lo sumo hay que pedirle
que la veracidad parezca auténtica, exigirle que la haya vivido,
que sea una experiencia asimilada de su yo velado).

A cualquier poema escrito por otra persona, lo primero que
le exijo es que sea bueno (quien lo escribió tiene una
importancia menor); a cualquier poema escrito por mi, lo primero
que le exijo es que sea genuino, reconocible, lo mismo
que mi letra, como algo que ha sido escrito, para bien o para mal,
para mi. (En lo tocante a sus propios poemas, las preferencias
del poeta y las de sus lectores a menudo se solapan pero rara
vez coinciden.)

Pero este poema que ahora me gustaría escribir tendría que
ser no sólo bueno y genuino: si ha de satisfacerme, también
debe ser verdadero.
Leo un poema de otra persona en el que se despide de su
amada entre lágrimas: el poema es bueno (me conmueve
como lo hacen otros poemas buenos) y genuino (reconozco la
“letra del poeta”). Luego, en una biografía, descubro que, por
las mismas fechas en que lo escribió, el poeta estaba harto
de la muchacha pero fingió llorar a fin de evitar una escena y
no herir sus sentimientos. ¿Afecta este dato a a mi apreciación
de su poema? En absoluto; nunca conocí a su autor
personalmente y su vida privada no es asunto mío. ¿Afectaría a mi
apreciación si yo hubiera escrito el poema?. Asi lo espero.

******************************

RESPUESTA DE W.H. AUDEN AL SENTIDO DE LA POESIA. ENTREVISTA DE 1965


Me abstengo de expresar mi sentido de la poesía en público, más que nada por que este mundo es tan frágil y paradójico que uno puede llega a ofender a otro de un modo inaudito por acercarse a una teoría estética o por defender un valor amado completamente ajeno a esa otra persona. Lo más increíble es ofender a alguien que ni siquiera ha cruzado dos palabras contigo por el sentido de un poema, o desilusionar a un lector porque descubre en tu biografía que sueles tomarte una copa de vino en el desayuno. Todo lo que sé de poesía (y de literatura, y de vida) lo he dicho en mis poemas. La mayor parte de mis verdades estan precisamente en mis elaboradas mentiras.

Cuando escribo nunca miento. Sólo soy palabra, tiempo, espacio, pronombres, ritmo, donde yace y se expresa mi experiencia, mi yo, mi memoria y mi deseo, mi tradición… lo que todo cambia y siempre permanece, lo que soy, el rostro que busqué y el que encuentro en cada uno de mis momentos, el que se transforma pasado mañana sin perder mis rasgos, sin dejar de ser yo…

auden768768

17
abr
09

el erotismo I

el éxtasis de Santa Teresa. Gian Lorenzo Bernini. (1647-1651)

el éxtasis de Santa Teresa. Gian Lorenzo Bernini. (1647-1651)

La obra Éxtasis de Santa Teresa es la obra más conocida del escultor y pintor Gian Lorenzo Bernini, realizada entre 1647 y 1651 por encargo del cardenal Cornaro, para ser colocada donde iría su tumba en la Iglesia de Santa María de la Victoria de Roma. Esta considerada una de las obras maestras de la escultura del alto barroco romano.

Todos los poemas pertenecen al poemario En torno al erotismo  (Octubre 2008-Marzo 2009). Fotografías de diversas vistas de ka escultura de Bernini Éxtasis de Santa Teresa.

*******************

IX

En el fondo, entre tú y yo,
entre este aliento y esos ojos,
tu labio sobre mi labio,
la cadera apoyada en mi pecho
-miríada de luz
y el aleteo de tu ser
gozando-,
entre tú y yo
sólo hay un abismo
que tratamos de recorrer,
sólo hay la distancia insalvable
de lo discontinuo
que atravesamos en este ritual,
sólo aire que abrazar,
sólo esta aspereza que palpita
-la hinchazón masculina
y la humedad de Eva-,
sólo miedo y tensión,
sólo lo sagrado del suspiro,
buscando, afanoso,
la continuación a esta extinción
sin sentido,
en este roce milagroso,
en ese suspiro que anuncia
el hermoso espasmo.

23

I

Ante la desnudez del espantapájaros
(la verga henchida
en el fondo blanco;
sus dientes afilados
que amenazan)
la santa llena de pavor
mira hacia otro lado.

Vista de la voluptuosidad,
ignora la unidad que existe
entre su mística de santos
y la carne que palpita
en el instante del prepucio.

Son las pasiones inconfesables
de las hadas, que se frotan
las vaginas en la quietud
de un dios enorme
que devora lo sagrado.

Dios y falo
surgen de la aurora de su éxtasis.
Si el espantapájaros penetra
la savia terminará
convertido en un icono
clavado en la cruz

(y ella cantará silencios
con las manos plenas
de semen)


********

XX

Todo tu trance
es un enigma;
los ojos enrojecidos
y los labios crepúsculo,
la caida de la lluvia
sobre el lecho,
inepxugnable a lo real:

(El aire se frota
con tu cuerpo
en la arena esparcida
y silba)

No lo sabes
pero es tu yo más intenso,
se halla en la cima
construido de iconos
y escenas perdidas,
de tardes de noria
que expresan
la mística.

34bernini2

XIII

Si te dijera que tu abismo
es la savia que bebo,
que tu oscuridad
me estremece de gozo,
que caer sobre la negrura,
-esa muerte de piel-
es el sentido,
que cuando aleteas
vomito humo,
que este abismo es cierto
sentido,
y es la muerte,
la muerte vertiginosa,
la fascinación de ti,
la fascinación de tu cuerpo.

**********

V

Aprobación de la vida.

Sin ello no palpita el límite,
no susurra el alba
y pierde textura la noche.
Quizá no sirva para nada,
o quizá sea sólo malestar.
Pero la aprobación de la vida sí;
erotismo para ser algo más
o algo menos en la frustración.

Para besar los labios que encienden
el sentido.
Para gozar de lo oculto
y lo extraño,
para aceptarlo todo.

No hay mas remedio.

Erotismo para morir antes
y saber de la muerte.
Para gozar,
cuando nada existe como es,
cuando no hay senderos
ni niebla que se disipe.

Ser carne es un peso:
habrá que convertir la piel
en temblor para hallar luego la calma.
Calma de recordar que fue así
cuando ya no se puede ser.

La aprobación de esta vida
requiere la intervención
de otros sabores;
sirenas y espantapájaros
arrodillados, devorados,
almas que comer en la desnudez.
Silencios, silencios apacibles
para morir de éxtasis sin él.

bernini_st_teresa_esctasy2

XVIII

Poesía es ese instante
en el que te poseo,
el río que nos arrastra
hacia la corriente
que nos une,
la hermosura de tu paso
firme sobre la cama,
el segundo en que te sientas
sobre mis ojos
para la oración y el éxtasis.

(De los poemas Copyright Jimarino)

santa_maria_della_vittoria_-_61

04
abr
09

marcel proust y el amor – (La fugitiva-En busca del tiempo perdido)

proust-par-je-blanche
(Este texto fue editado en el nº 29 de la Revue Français de Litterature et Pshicologie, con el título, Proust et L´amour. Febrero de 2009. Copyright Jimarino2008.)

Que Albert Proust fuera un auténtico burgués, maniático y extravagante, que no tuvo un trabajo remunerado en toda su vida, no es algo que deba alejarnos de su espléndida literatura. Al fin y al cabo, dedicar la mitad de su existencia a escribir “À la recherche du temps perdu”, una de las obras maestras de la literatura del siglo XX, es algo al alcance de muy pocos. El mundo esta lleno de enormes esfuerzos en materias y empleos variopintos que apenas nos dejan como fruto poco más que un testimonio discreto de su esencial esclavitud, o malos o buenos actos disipados tras las muerte de sus testigos sin evidenciar nada del sentido de su trayecto a no ser ese hermoso –y animal- fin de la reproducción, o de finales anodinos cuyos rastros se suman a otros múltiples y sólo guardan en su seno una razón cuando se corresponden con los de una mayoría pareja que los respalda y acompaña, hasta que la moda se disipa. Es una crueldad afirmar esto, pero tras los cadáveres quedan a lo sumo unas cuantas fotografías amarillentas, ciertos recuerdos reflejados en los objetos y alguna memoria que durará unos cuantos años. A veces no importa la repercusión de una existencia (no todos alcanzan la fama o la mención de la posteridad) sino su autenticidad, eso que W.H Auden definió “como la obligación de cualquier sujeto de hacerse su propio rostro”. Proust, al menos, nos ofreció un riquísimo testimonio de su visión de la vida, o mejor, de cómo creía él que debía vivirse esa fantasía extraña, dolorosa y maravillosa a la vez que es la vida, y lo hizo con inmenso talento, con una fuerza verbal y una hondura intelectual difícilmente superable que espero pueda seguir ejerciendo su influencia y su encanto por los siglos de los siglos.

Acercarse a Proust parece una osadía a causa de su mala fama. Los clichés lo acosan por doquier. Tiene el dudoso mérito de haber escrito la frase más larga de la historia de la literatura; detenta fama de farragoso y enrevesado, se le achacan defectos variados, muchos referidos a su lentitud –que él mismo se encargó de propiciar con aquella frase en la que definió su obra como un trozo de turrón indigerible- y, sin embargo, su literatura es transparente, llena de hermosas subordinadas, es cierto, pero clara y limpia, precisa y poseída por un ritmo endiablado que no desfallece en ninguna de las miles de páginas que nos legó. Lo mejor sería zambullirse en él sin prejuicios, sean favorables o críticos. Aproximarse a los ingentes sentidos que trató y a las aportaciones literarias y humanistas que palpitan en su literatura en este espacio, es para mí como tratar de explicar el enigma de las pirámides en quince minutos, o como si nos viéramos empujados a esbozar una teoría de la relatividad en el rincón de una noticia periodística, una osadía. En busca del tiempo perdido, título que él llegó a detestar hasta el día de su muerte, que a veces le sugería todo el sentido de su obra y otras le hacía calificarlo de pesado y pretencioso, de estéticamente perezoso y feo, es uno de esos monumentos verbales que poseen la misma fuerza iluminadora que emana de las grandes ideas de la historia de la humanidad, y sus hallazgos, para quien se adentra expectante y atento a sus enseñanzas, son, en general, muy enriquecedores, pero esta sería otra cuestión, y tiene mucho de nostalgia, así que la deshecho por ahora.

Hace algo más de quince años escribí un poema sobre alguien que desapareció de mi vida bruscamente. El poema regresó a mí por una casualidad a principios de febrero pasado a través de un curioso correo que terminó por obligarme a recuperar un mundo perdido de mi memoria de un modo abrupto, extraño. No es que quiera revelar nada personal, de todas esas exhibiciones ya sabe mucho el mundo contemporáneo, esta tierra impúdica que ni siquiera conoce en general la ficción como tamiz de la biografía; sería un inconveniente añadir nada más a ese anodino y aburrido relato de la insignificancia humana, pero si me agradan los datos esporádicos, casi dietarios, que abren las puertas de la auténtica vivencia común, del espacio que nos une en el presente y a lo largo de la historia y los siglos. Pienso en un buen número de poetas que adoro, o en ciertos lugares de la red donde la biografía o la sensibilidad conspiran para buscar su lenguaje auténtico. Se trata de espacios personales o incluso autobiográficos cuyo sutil y delicado lenguaje, su hermosa construcción, o ese tránsito en el tiempo eterno de las palabras, permiten lo común y no la obscenidad de la confesión o la creencia en un yo más activo o intenso que el resto (o más convencido de la importancia de unas vidas sobre otras). Pues bien, recibí un correo anónimo mientras leía La fugitiva de Marcel Proust, el sexto volumen de En busca del tiempo perdido, también titulado en algunas ediciones antiguas como Albertine desaparecida. En ese e-mail estaban transcritos unos versos que tardé en reconocer. Es más, el desconocido remitente había escrito al final del poema, entre paréntesis, lo siguiente.

(Jimarino.Poemas de la lluvia. Abril de 1994)

Antes de saber que era mío, leí el poema con atención. No sabía de donde venía, sólo que guardaban en su interior algo que me era muy familiar. Después, cuando llegué a la revelación de su autoría, y supe del título del poemario al que pertenecía y la fecha de composición, sentí una extrañeza indescriptible.

El equipaje que pasará la aduana del tiempo
ya no está, lo guardo efímero,
intangible en este lecho del cuerpo.
Cada vez que tú suspires yo te oiré,
aunque no lo sepa, aunque no lo creas.
Naciste en la construcción de mis mitos,
en la vida misma que seré.
Aunque no bese tus labios,
mis puestas de sol alcohólicas enlazarán
con todos tus amaneceres perdidos.

Las cosas que guardo de ti
ya no existen pero sé dónde encontrarlas.
Son la caricia de ese aire que vendrá,
la reencarnación de cientos de amores
que te serán ajenos, la ilusión
del tiempo desvanecido,
ese pequeño suspiro tuyo y mío
que a cientos de kilómetros coincidirá.

Tal vez te vea en algún cruce fronterizo
o aparezcan esos ojos oscuros iluminando
tu rostro olvidado en una calle de Paris,
o será en la risa perdida, oída por casualidad,
que reconoceré entre las brumas
de los años venideros que viviré.

Has llegado a mi lugar más sagrado
aunque te marches, ya estás
en este olvido forzado,
en las cosas que jamás recuperaré,
aunque cruce cientos de fronteras
y estas aduanas del tiempo me dejen desnudo
bajo la aurora construida
de tu aliento que no volveré a beber.

(Jimarino.Poemas de la lluvia. Abril de 1994)

proust_060509102040493_wideweb__300x375

El extraño interlocutor que surgía de las sombras y esbozaba opiniones en su correo sobre mis poemas, que sabía mucho acerca de los mitos que alimentan cualquier intento literario, y que para colmo era capaz de relacionar mi propia biografía con mis excesos verbales y esa redundante manera de repartir nostalgia, de convertirla en un sepulcro apolillado, me conocía muy bien, yo diría que demasiado bien, o al menos, poseía información sobre este espantapájaros profunda, muy antigua, esa que queda en los resto de cada uno de los versos escritos, la que asoma a veces en el silencio, en las pausas, en cada una de las imágenes metafóricas que me embriagan.

Pero no sólo ocurrió el misterio del reencuentro posible con los años, sino que, de alguna forma, sus comentarios, amplios –el correo tenía al menos seis hojas-, llegaban hasta mis raíces presentes, como si esos ojos que escribían hubiesen estado pendientes de mí constantemente, siguiendo mis pasos, la esencia de los hechos importantes, los condicionantes sufridos o mis intimidades mejor protegidas.

Durante días leí y releí aquellas palabras, y después abría La fugitiva de Proust, hasta llegar a tener una curiosa sensación de que el bueno de Marcel, con su enorme inteligencia literaria, era capaz de aglutinar en su obra todos los significados del amor y del tiempo, incluido los míos, por supuesto, y absolutamente toda la parafernalia de ambos conceptos, que se relacionan de igual forma que la velocidad y el tiempo en física. Proust poseía el don de desentrañar la mística del amor, su ficción y su verdad reproductora. Mezclaba lo sagrado con lo banal, lo evidente con esas sutilezas que suelen escapársenos cuando menos lo esperamos y truncan nuestro destino amoroso bien por nuestra culpa, bien por la del amante o por impericia mutua. Manejaba con habilidad el sentido de la incomunicación, el silencio que estropea el afecto o el exceso de palabras que lo ensordecen. No creo que exista ninguna novela en la historia de la literatura que posea tanta información acerca del amor como En busca del tiempo perdido, pero no como un mero relato ajeno de personajes o sus peripecias, marcado por la distancia de la trama, sino como un análisis profundo, escrito, sin embargo, con la amenidad de un texto literario consciente de su enorme potencia estilística, cuyo aliento emana directamente de nosotros, los posibles lectores, por el agudo sentido proustiano de la exactitud (o su extraordinario intento).

Es una lastima en ocasiones –aunque sea a menudo una virtud humana- que nos aburramos con la repetición, pero es evidente que si pudiéramos estar leyendo constantemente a Proust con la misma intensidad que la primera vez, o con el afán de esas relecturas que desean adentrarse desde un punto de vista crítico en su obra, probablemente evitaríamos algunos errores que determinan nuestro destino. Pero no podemos ser Proust y sólo tenemos una vida, inconscientemente trágica y cómica a la vez. Incluso él escribió estás palabras a André Gide sobre sí mismo:

“Por más incapaz que sea de obtener algo para mi propio beneficio, y aunque no sepa ahorrarme el menor trastorno, estoy dotado (y ése es sin duda mi único don) del poder de procurar muy a menudo la felicidad de los demás y de aliviarles de los dolores y las penas que tienen. No sólo he reconciliado a personas enemigas entre sí, sino también a amantes; he curado a inválidos al tiempo que sólo soy capaz de agravar mis propias enfermedades; he puesto a trabajar a los vagos sin dejar de ser yo un vago […] Las cualidades (y si le digo todo esto es porque en cualquier otro respecto tengo una paupérrima opinión de mí mismo) que me otorgan estas posibilidades de éxito cuando actúo por el bien de los demás, junto con una cierta diplomacia, una acusada capacidad de olvidarme de mí mismo y una concentración exclusiva en el bienestar de mis amigos, son cualidades que no se encuentran a menudo en una misma persona […]”.


Aquel correo que recibí me pareció poseer un rostro, unas facciones nítidas que venían de lugares anhelados en otro tiempo, lloradas durante muchos meses, quizá algún año, después malditas y denostadas a propósito, más tarde olvidadas, enterradas, sólo aparecidas en lo ajeno a su ámbito, en ciudades europeas lejanas o en algún rincón revisitado por una casualidad inesperada. Tardé mucho en responder. Entonces releí otro párrafo de La Fugitive de monseiur Proust:

Yo era incapaz de resucitar a Albertine porque lo era de resucitarme a mí mismo, de resucitar mi yo de entonces. La vida, por su hábito, que es cambiar la faz del mundo mediante trabajos incesantes infinitamente pequeños, no me dijo al día siguiente de la muerte de Albertina: “Sé otro”, pero, en virtud de unos cambios demasiado imperceptibles para permitirme darme cuenta del hecho mismo del cambio, lo renovó casi todo en mí, de suerte que mi pensamiento estaba ya habituado a su nuevo dueño –mi nuevo yo- cuando se dio cuenta de que había cambiado y mi pensamiento estaba apegado a este nuevo yo. Mi cariño por Albertina, mis celos, estaban adscritos a la irradiación, por asociación de ideas, de ciertos núcleos de impresiones dulces o dolorosas, al recuerdo de mademoiselle Vinteuil en Montjouvain, a los dulces besos de la noche que Albertina me daba en el cuello. Pero a medida que estas impresiones se habían ido debilitando, el inmenso campo que coloreaban con un tinte angustiosos o dulce fue tomando tonos neutros. Una vez que el olvido se fue apoderando de algunos puntos dominantes de sufrimiento y de placer, la resistencia de mi amor quedó vencida, ya no amaba a Albertina. Intenté recordarla.

marcelproust


La memoria es literaria, no periodística o biográfica (biográfica como enunciación lineal de los hechos de una vida). Proust lo sabía muy bien. Sucede a menudo que algunos viejos amigos que se reúnen después de mucho tiempo separados se acercan a la realidad común del pasado que les unió de un modo distinto. Se cuentan anécdotas, hechos fundamentales de forma desigual, o son diferentes los recuerdos de cada cual, o simplemente existen vivos en algunos y en otros se difuminaron, o se piensa que los acontecimientos alcanzaron otro desarrollo, o tuvieron otra textura y un ritmo disímil. Las pasa a los amantes que llevan largos años juntos y contestan a la pregunta ajena de cómo se conocieron o en qué circunstancias fraguaron su amor. Se han mezclado las fechas, las metáforas del amor difieren. Se establecen mecanismos emocionales disparejos para acercarse a un hecho tan común como el nacimiento y la fragua de su relación, pero es inevitable.

Que la memoria sea literaria y no periodística no significa que no sea verdadera, al contrario, guarda las esencias del estilo, la adecuada mirada subjetiva y auténtica de cada cual ante un hecho, produciendo las infinitas voces ante un mismo suceso, la riqueza que surge de la realidad reinterpretada por cada cual y tamizada por el paso del tiempo. Negar esta verdad sería darles la razón a los dioses mentirosos y manipuladores de nuestra época. Sostengo la opinión proustiana convencido de que los caprichos de la memoria individual, esa literatura propia que entronca de algún modo misterioso con el sentido de la otra, de la Literatura como arte, encierra mucha más verdad en su seno que la realidad sesgada o afirmada como dogma o calificada de única, que esa exactitud que argumentamos infalible y no es más que fruto de nuestra corta perspectiva, llena de nuestros prejuicios y circunstancias, enturbiada y miope, partes de lo vivido o visto sin matices ni careos.

Al insistir en la condición literaria de la memoria, me refiero, por supuesto, a la enseñanzas de Proust. Marcel escribió en abundancia sobre los mitos y tretas del recuerdo, sobre sus sinuosos caminos, sus vulgaridades y extravagancias. Lo hizo desde esa repetidísima escena de la magdalena por ejemplo, tan ridiculizada como inaccesible para los bufones, y llenó toda su extensísima obra de memoria, de la búsqueda del tiempo perdido. Pero insistir en el término memoria a través de la obra de Proust requeriría otro texto, un acercamiento distinto. Sólo quiero retener esa idea fundamental; su memoria era literaria, poética.

La realidad posee una prosa simple, realista en el mal sentido de la palabra, incapaz de adentrarse en la esencia de su propia existencia, de su verdadero eco o suceso o efecto o acto, como quieran llamarlo, tan común al hombre contemporáneo, especialista en creerse las mentiras de la realidad y tan pocas veces la verdad de las mentiras.

Después de leer el párrafo trascrito anteriormente en varias ocasiones, me di cuenta hasta qué punto ese correo venía no del pasado en sí, sino de un presente en el que imaginaba acudía el pasado, o del presente de ese interlocutor anónimo que acababa de reconocer que a su vez su intento de comunicar conmigo no arrancaba tan sólo del influjo del pasado sino del efecto de ese pasado en su vida presente, provocando el nacimiento de un tiempo intercalado que contradecía la linealidad de la existencia humana.

Hay muchos escritores extraordinarios que han hablado en ocasiones de la materia de sus obras mencionando el verbo desenterrar como origen primigenio de su literatura. Determinadas particularidades de una existencia, una vivencia inusual o la lectura de un texto que, por ajeno que nos sea, provoca la aparición de un mundo vívido y escondido, agazapado entre la vida posterior, surgido milagrosamente de su enterramiento, como un hilo bajo tierra que estiramos para descubrir que hay al final de la cuerda, actúan de exorcismo. Existen hilos a través de los cuales, inconscientemente, tiramos del tiempo. A veces un olor que nos sorprende, o la visión de un paisaje familiar. En todos esos casos de memoria inesperada actúa lo poético como resorte, un juego que es en realidad la esencia de la verdadera poesía, aunque la poesía como arte literario utilice la palabra como medio o ritual exclusivamente. Esta poesía que alimenta la remiscencia termina por abarcar a la verbal, hace tañer las teclas y tensa los cables para producir la música, la asociación de ideas que nos traen al presente el espacio perdido.

En el fondo, y Proust lo sabía, no somos más que un frasco de poesía guardada, atrapada entre clichés y apariencias, disminuida por un afán patético de voluntad, de éxito, de solemne y orgulloso recorrido vital, definidos y marcados por ese aroma poético que queda encerrado entre los pobres límites de nuestro lado racional o consciente, o por las limitaciones de la vida, algo común a la mayoría de las personas. Quizá disfrutemos de cosas no por el hecho de hacerlo, sino por la poesía que algo o alguien nos inculcó, puede que en la niñez (o incluso en el útero materno), como si el paso real o el acto amado, no fueran en el fondo más que rastros de aquel antiguo sueño o esa lejana impresión poética; de la primera vez en la que descubrir era adentrarse en la sombra del silencio con un puñado de palabras o gestos, o por imitación o intuición.

La poesía es una esencia del alma o de la mente humana, me es indiferente que nos refiramos a un sentido o al otro. La magia de nuestra consciencia engloba la definición científica del cerebro y sus usos o la poética/religiosa del alma. Ambas están hechas de una poesía que, como dije, contiene a la verbal, a la artística, y a la vez a todas las formas de poesía existentes que llenan nuestra cotidianeidad. Poesía como acicate emocional que dota de sentido al ser humano, que lo hace trascender. Hasta el hombre más primitivo la tiene, la tuvo. Me refiero al significado de ciertos objetos o conceptos o entes que nos traen a seres queridos desaparecidos físicamente, que nos remiten a momentos felices, a tiempos pasados, que dotan al instante vital de un sentido que trasciende el mero hecho fisiológico o sensitivo; al valor de una pieza de Bach o Jean Sibelius, esa matemática del tiempo y el sonido que intercalada produce intensas emociones; al eco del mar en nuestro oído cuando nos acercamos y surge aquella primera emoción de verlo, o ese redescubrimiento que nos trajo contemplarlo desde la amistad, el amor o la soledad incendiada de sensibilidad, sentir como las olas lamen la orilla; recordar de repente unas palabras pronunciadas que nos cambiaron la faz del camino que habíamos contemplado; también el efecto de ese poema escrito que trastocó algo aceptado que era erróneo y lo convirtió en respeto y admiración por la obra humana, en conocimiento sobre nosotros mismos, o ese color del crepúsculo que nos acompañó hace mucho y en cuya primera visión descubrimos la poesía de la vida, que nos llega de su finitud y lo que evoca.

Ese correo era un acto presente. Lo contesté, finalmente, quince días después. Alabé el poema con cierto rubor, porque me gustó y además lo había perdido, como muchos de aquella época. No conté nada de mi vida actual, sólo respondí a lo que ella me escribió (porque era ella, estaba seguro). Dos días después, tras su respuesta, emprendí un viaje. Crucé dos o tres veces la atmósfera que describí en los antiguos versos, me quedé desnudo tratando de reencontrar ese camino, y descubrí que, en el aire que respiraba se hallaba desde hacia décadas, irremediable, ese aliento perdido.

imagenphp

Proust continuaba escribiendo sobre esa Albertine huida. Primero provocaba el peso de la ausencia, que iba dibujando su verdad en las emociones del narrador. Albertine se marchaba por sus razones, pero él descubría en ello su verdadero valor, incluso el sentido de la palabra amor, hasta entonces algo incomprensible, incluso menospreciado al no haber reconocido ese sentimiento en él. Llegaba a concluir que, poco antes de la marcha de Albertine -ciego, nublado por su presencia insistente, diaria, al pasar ella días enteros alojada en su casa compartiendo todo su tiempo y su misterio a su lado- había pensado dejarla, rechazarla. Al desaparecer, su partida le ofrecía un rastro que, en cierta medida, hería su orgullo y le revelaba el enorme peso de su soledad anterior, el intenso valor de esa compañía que no había valorado por cercana y constante. De esa constancia inesperada, de esa herida por la marcha no anunciada, surgía el amor, o quedaba desenterrado (revelado). Un sentimiento amoroso que estaba más relacionado con la emocionalidad del sujeto que lo experimentaba que con el objeto amoroso en sí (Albertine huida); más con la memoria que con la posible verdad o esencia real de la amante. Pero el dolor del amante despechado suele ser un huracán de ira que todo lo arrastra. Y eso nos desnuda.

Trató de espiarla, sumido todavía en los intolerables pesares del adiós, maquinando su vuelta sin perder su estúpido orgullo; espiándola en secreto a través de su viejo amigo Saint Loup. Tenía que saber la razón de su partida, dónde estaba, convirtiendo despacio el peso de su ausencia en un intento desesperado de recuperarla o bien ensuciarla, de adaptarse al hecho de que quizá jamás volvería, o barajar las posibilidades de su regreso.

El narrador de Proust recibía poco después otra noticia demoledora. Un telegrama le anunciaba que Albertine había muerto al caerse de su caballo y golpearse contra un árbol. La constancia del adiós definitivo era ya un hecho evidente. Con su muerte, Albertine desaparecía definitivamente de la faz de la tierra, del espacio posible del narrador, y lo que a primera vista podía suponer el fin del sufrimiento, extinguido el objeto del amor después del abandono, comenzaba en verdad a erigirse como un sagrado lugar de dolor, que adquiría formas de amor distintas o de una emocionalidad más compleja, penetrante y difícil de dirimir.

En el rencor de los amantes desengañados siempre queda la esperanza de la reconciliación. De alguna forma, el amor mantiene en su odio ante la ruptura la idea del regreso y la vuelta de lo perdido. Tras la muerte, cualquier anhelo de reconstrucción es inútil.

Proust ha pasado a la posteridad a través de esa imagen amanerada y frágil que emanan sus fotografías, también a través de los cientos de anécdotas y extravagancias que se dijeron de él cuando al final de su vida se convirtió en un escritor relativamente célebre que apenas salía de casa y que pasó los últimos catorce años de su existencia en la cama, tratando de terminar “À la recherche du temps perdu”. Se le recuerda interviniendo en cuestiones banales en los periódicos de la época, o enfundado, en esas escasas ocasiones en las que se dejaba ver, en un grueso abrigo que no se quitaba ni siquiera en la mesa. Es famosa su ligerísima dieta en ese periodo de encierro, la debilidad y los ataques que acuciaban su cuerpo. Pero, a pesar de su escasa salud, o de esa tendencia a esconderse después de haber llevado durante los años de juventud una agitada vida social, poseía una lúcida y vigorosa inteligencia. Tuvo, además, el tesón de concluir los sietes volúmenes de su obra literaria antes de morir a los cincuenta y un años, y lo hizo dedicado a ello hasta el último día de su vida. Las circunstancias de su deceso le jugaron una mala pasada y eliminaron el drama embellecedor, algo negativo en cuanto nos acercamos con el mito puesto a escritores de otras épocas: murió de un resfriado mal curado que cogió en una de su raras salidas. Invitado a una fiesta, se envolvió en tres abrigos y dos mantas, y embozado como un justiciero decidió partir. No se encontraba demasiado bien, así que se marchó pronto de la celebración, y aguardando la llegada de un taxi bajo el frío polar que azotaba esa noche París atrapó frío. Horas más tarde murió de un absceso pulmonar, había estado garabateando sus cuadernos sobre la cama casi hasta el último suspiro. Un final tragicómico sin duda, poco digno de la magnitud de su novela.

Leyendo más detalles sobre su compleja biografía, que años antes, cuando yo era un jovencito seducido por la mística del exceso, encontré insustancial y sin valor, tuve la sensación de que Marcel Proust fue un tipo valiente, aunque muchos de sus conocidos más superficiales lo consideraran un diletante que pasaba sus días protegiéndose de la vida exterior, o bromeaban sobre su terrible pavor al frío y acerca de sus excesos con la ropa a partir de cierta edad, o lo tildaban de pusilánime que no tuvo ni oficio ni beneficio conocido. Además de valiente, nos legó una de las obras cumbre de la creación humana de todos los tiempos.

Tengo el convencimiento absoluto de que La fugitiva, esté donde esté, sea el mes próximo, en la década siguiente o ya de viejo, cuando la lágrima sea fácil y el entusiasmo comedido, me traerá a la memoria ese viejo poema o el rostro antiguo –y el nuevo- de la mujer que me envió el correo, que me devolvió mis propias palabras tanto tiempo después. Un ejercicio de magia atemporal, de realidad virtual, que no necesitará de máquinas para su vívida intensidad.

Albertine muere en la novela, y los cambios que provoca en la percepción emocional del narrador poseen una lucidez conmovedora, una riqueza de matices psicológicos que no admiten resquicios. De alguna manera, incluso aunque no hayamos sufrido un amor truncado que ha terminado de desaparecer, o aunque no sea nuestra la experiencia de la muerte de un amante ya despojado antes de su importancia o de su vigencia en vida a causa del desamor o la infidelidad o de algunas de esas causas que truncan las relaciones de pareja, el pequeño descenso abismal iniciado por Proust hacía el vacío ensordecedor de la ausencia resulta tan brillante como eterno y familiar a cualquier ser humano. Ejercer el derecho al olvido, o mejor, escoger el sendero del olvido, requiere de cierta precisión emocional. El narrador de Proust comienza a asimilar la noticia de su muerte, pretende organizar sus pasos sumido en esa constancia: Albertine, definitivamente, no está, y jamás podrá recuperar su presencia. Ya no existe la esperanza del amante despechado que ha convertido la dependencia emocional en rencor. La muerte borra esa perspectiva. Pero el fantasma, y no me refiero al físico, a la aparición sobrenatural, sino a la imagen que extrapolamos del pasado y nos acompaña en el presente con toda su complejidad sentimental, el peso de esa memoria antigua que acude, la facilidad humana para igualar distintos hechos, sucesos, pensamientos y sentimientos en un momento concreto del tiempo, surge por doquier.

El primer afán de la mente humana ante la desaparición de un ser al que queremos o quisimos, después de eliminar el posible malestar por circunstancias, malentendidos o desilusiones, es el de celebrar las bondades del finado. Necesitamos vivir esa tristeza para poder desquitarnos el peso del duelo. Es una especie de desahogo necesario. A partir del instante en que comienza a remitir ese sentimiento, nos protegemos y surge el olvido, paulatino, demoledor y constante. El olvido borra y entierra aquello que nos inquieta o nos molesta. Pero no ejerce su papel con mucho rigor. Nos engaña, nos asegura que va destruyéndolo todo pero en realidad esconde alguna parte, como cuando limpiamos la casa y con disimulo escondemos un puñado de borra bajo la alfombra, basura que aparecerá en algún momento posterior.

El narrador de Proust iniciaba ese trayecto, pero al encontrarse con alguna jovencita hermosa por casualidad en el transcurso de sus paseos por el parque, terminaba por pensar en Albertine. Porque en cualquier fiesta o recepción a la que acudía, alguien que sabía de su antigua historia de amor, lanzaba un recuerdo evocador sobre ella que abría la caja de Pandora. O al acudirle una sonrisa femenina inesperada en cualquier calle revivía la risa de Albertine echada en la cama con las mejilla sonrosadas por el amor.

3538pag80

Cerca del final de La Fugitiva, el narrador viaja a Venecia con su madre. Hemos ido acompañando el viaje sentimental de ese hombre desde la terrible noticia y el duelo posterior, hasta su largo y frágil proceso de olvido, su ceremonia de desembarazamiento de Albertine. No la ha olvidado, pues sabe que el olvido utiliza artimañas para hacernos creer que su eficacia es incuestionable sin serlo, sino que ha preferido asumir su desaparición cambiando la percepción que tenía de ella, de su amor, de la misma forma que, cuando se enamoró, transformó esa percepción que tenía anteriormente de la persona amada, hasta convertirla en otra con los rasgos que inspiró aquella, hasta adaptarla poco a poco a su propia vida.

Lo observamos caminar por esa Venecia hermosa y decadente que nos remite sin remedio a la personalidad de ese escritor envejecido inventado por Thomas Mann, Gustav Von Aschenbach, envuelto por la decrepitud majestuosa de la ciudad italiana. En ese instante el texto resurge como un fuego que nos confunde al igual que al narrador. Hay un telegrama inesperado que recibe en el hotel en el que se aloja y en el que comparte comedor y espacio con aristócratas y burgueses europeos venidos de Inglaterra, de Francia, y de otras partes de Italia.

“Querido amigo: me crees muerta, perdóname, estoy bien viva; quisiera verte, hablarte de casamiento ¿Cuándo volverás?. Cariñosamente, Albertine.”

Proust escribió sobre el efecto de ese telegrama inesperado que rompía todo el proceso de olvido de la siguiente forma:

La muerte actúa sólo como la ausencia. El monstruo ante cuya aparición se estremeció mi amor, el olvido, había acabado en efecto, como yo creí, por devorarlo. Esta noticia de que Albertina vivía no sólo no despertó mi amor, no sólo me permitió comprobar hasta que punto había avanzado en mi retorno hacía la indiferencia, sino que le hizo sufrir instantáneamente una aceleración tan brusca que me pregunté, retrospectivamente, si ante la noticia contraria, la de la muerte de Albertina, no había exhalado, a la inversa, mi amor, rematando la obra de su partida y retardado su declinación. Si, ahora que saberla viva y poder reunirme con ella me la hacía de pronto tan valiosa, me preguntaba si las insinuaciones de Francisca, la ruptura misma y hasta la muerte (imaginaria, pero cruel), no habían prolongado mi amor; hasta tal punto los esfuerzos de personas ajenas, y hasta el destino por separarnos de una mujer, no hacen sino unirnos más a ella.

224215portrait-of-marcel-proust-1900-posters

Hojeando una vez más La teoría de los sentimientos, de Carlos Castilla del Pino, he vuelto a encontrar, como suele suceder cuando comparo los hallazgos emocionales de la psiquiatría con las grandes obras de la literatura, un paralelismo extraordinario con las elucubraciones de La fugitiva, que se articula en torno a los sentimientos y conducen a un camino coincidente, a un rincón parejo de conclusiones y descripciones sentimentales. Todo pensamiento humano es emocional, o viene dado por la emoción. Los teóricos del tercer ojo oriental, o los adalides de la voluntad, obvian lo incontrolable de la emoción humana y los problemas del yo para domeñar sus efectos. Quizá pensar bien no sea en el fondo llenarse de conocimientos, sino lograr dirigir con la mayor dignidad posible las consecuencias de la emocionalidad en nuestra parte racional, o minimizar la virulencia de esas transferencias. Los libros de autoayuda, aun cuando puedan servirle a alguien, carecen de valor científico y de profundidad a causa de esa circunstancia; somos animales sentimentales antes que racionales. Lo mismo le sucede a ciertas formas de meditación orientales que pretenden anular el deseo humano o las exigencias del yo consciente para dejar fluir libremente los pensamientos y las emociones hasta que no tengan efecto en nosotros (siempre he sentido que el destino de estos saberes orientales, tomados al pie de la letra, nos conducen al estado de la ameba).

La muerte física es el súmmum de la desaparición, pero mantiene elementos comunes con otras formas de extinción sentimental. El telegrama recibido en Venecia entroncaba directamente con el correo electrónico. El narrador de Proust, después de dudar, decidía coger un tren y regresar a Paris (luego no lo hará, al descubrir un malentendido en el telegrama que no revelaré.) y yo me subí en dos aviones y me adentré en un viaje en el tiempo. Volví a ver los rostros que se habían perdido reflejados en unos ojos y, de golpe y porrazo, recordé el poema y su sentido, el lugar exacto en el que fue escrito, incluso la estación del año. La memoria, con todas sus trampas y peligros, con ese acicate del ocultamiento y la revelación con la que juega, con sus hilos que estiramos por azar, aclarando en ese desenterramiento los caprichos del subconsciente y los hechos del pasado, me había traído ese gesto casi olvidado, ese cuerpo que en otro tiempo se deslizó entre mis manos, esa voz sonora e inolvidable, esa mujer a la que perdí. Y me di cuenta de lo mentiroso que es el olvido, tal y como Marcel Proust, casi cien años atrás, ya sabía.

No fue para Proust una osadía indicarnos que el amor es un hecho social y temporal a la vez que un sentimiento instintivo y primario. Nos enamoramos y perduramos en ese emoción cuando al instinto se le acompaña de circunstancias favorables, cuando se mezclan elementos comunes que construyen la alianza, cuando la metáfora tiene el don de nacer de lo coincidente y desarrollarse en lo que se comparte de antemano, sean gustos, niveles educativos parejos, pasiones, mundos originarios o espacios o secretos compartidos. Lo siento por los defensores del romanticismo filosófico o de la pasión inexplicable, pero nuestro querido Marcel, bastante años antes de que la psiquiatría o la psicología alcanzaran un cierto progreso, ya manejaba estas ideas. No creo, de todas formas, que creyera desde luego en los amores únicamente sociales, ni en los casamientos por interés: nos dio pruebas de que detestaba ese tipo de amor como solía detestar lo impuesto y lo insincero. Sin embargo, concebía con absoluta seguridad cómo el nacimiento del nexo entre los amantes surgía entre las brumas imprecisas de un ambiente y no por combustión espontánea (o eso no lo consideraba amor, sino masturbaciones compartidas), con la promesa de compartir ciertos valores comunes y una idea del mundo similar. La dependencia emocional, física o económica que genera engendros de desequilibrio y dominación no le parecía algo comparable al amor, era otra cosa. El sexo, a su juicio, unía lo que es irreconciliable en el amor, en ese universo de la ficción del deseo y el erotismo instantáneo, pero dudaba que resistiera al suspiro y al deshogo de su razón de ser, a esa simulación de la muerte súbita que es el orgasmo. El erotismo que alcanzaba para él una extensión en el tiempo se nutría de algo más que del deseo; lo necesitaba como causa necesaria, sin duda, como forma de unión sagrada, pero requería de una relación cultural y afectiva más compleja.

El recorrido de monsieur Proust a lo largo de las trescientas cincuentas páginas de La fugitive, aglutinaba en torno a la reflexiones del narrador todas las fases del enamoramiento y el proceso de truncamiento y sus repercusiones. La extinción es una tramposa precursora de la eternidad y sólo el tiempo suaviza sus efectos. Todo lo que no muere no puede extinguirse por completo, pero es curioso que la muerte, a menudo, no haga cesar nada, y por el contrario deje la sensación de no haber concluido algo, prolongando la memoria que llega precisamente de la vida anterior.

Hice ese viaje porque de alguna forma deseaba cerrar un círculo abierto, una resonancia inacabada del tiempo que a pesar de los años no había logrado arrancar del todo de mi memoria. No contaré detalles de esos días, no sería algo fundamental y probablemente las cosas sucedidas no tengan interés alguno. El trayecto inesperado tuvo un regusto de lo vivido sin apurar, de lo que fue importante y se disipó, de aquello que no perdí jamás del todo, que sólo ocultó el olvido, y quedó agazapado bajo el disimulo de cualquier lugar presente. Volví a ver esos ojos que hablaban de los años intensos y de la esperanza futura y eran otros ojos. Sentí que Proust y mi vida se confundían en esa primera imagen que casi no se había modificado. Lo imperceptible del cambio no estaba en las posibles trasmutaciones físicas. De nuevo el poema inconsciente tenía razón, había aprendido antes que la verdadera experiencia (o quizá hubo una experiencia sutil, en el fondo borrada) el sentido de ese equipaje que se guardaba intangible en el cuerpo y ya no estaba disponible físicamente. Era esa sensación de mezclar lo inasible y su contrario, y eso que había pensado que ese encuentro podría cambiar mi vida, qué extraño. Que el pasado renacido en la memoria y rescatado en ese trayecto en avión podía modificar mis pasos, hacer revivir los antiguos sueños y trasladarlos al presente.

La ilusión surgía de algún lugar del tiempo y extendía sus efectos hacia otra dirección. Entonces recordé otros versos que escribí en 1996, viviendo de otra forma, con otra persona.

6a00e551f501008833011168958f52970c-800wi

Lo malo del olvido es que reinventa
los colores del otoño, el dibujo de las olas,
la arena empujada por el viento y el rastro
del cielo que sangra al atardecer…
Sólo la extinción es verdadera, sólo aquello
que se consume alcanza una verdad.

Proust había hecho revivir mi propio sufrimiento antiguo, el mío y quizá el de todos los seres humanos ante el amor truncado. Se hubiera reído con ciertas torpezas que cometí y que llenaron las escenas de esas semanas anhelando recuperar a mi Albertine; el sudor frío que sentí al bajar del avión y hallar ese rostro guardado celosamente en la memoria, protegido del paso del tiempo, similar en su modo de sonreír, de mirar, allí, en un aeropuerto desconocido, en otra vida. Yo era otro al iniciar ese viaje, y ella también. Quizá me conocía por el pasado, porque estoy hecho de hermosa y positiva nostalgia que se construye con el ímpetu y su anhelo de seguir acumulándose en el presente.

Y Proust regresó con todo su esplendor a mi lado.

En realidad, la añoranza de una amante, los celos supervivientes son enfermedades físicas como la tuberculosis o la leucemia. Sin embargo, entre los males físicos se pueden distinguir los causados por un agente puramente físico y los que sólo actúan sobre el cuerpo a través de la inteligencia. Sobre todo si la parte de la inteligencia que sirve de hilo de transmisión es la memoria –es decir, si la causa ha muerto o se ha alejado- , por cruel que sea el sufrimiento, por profundo que parezca el trastorno producido en el organismo, es muy raro, pues el pensamiento tiene un poder de renovación o más bien una incapacidad de conservación que no tienen los tejidos, que el pronóstico no sea favorable. […]

Era ésta ahora lo que Albertina fue en otro tiempo: mi amor por Albertina no había sido más que una forma pasajera de mi devoción a la juventud. Creemos amar a una muchacha y no amamos, ¡ay!, en ella más que esa aurora cuyo rojo resplandor refleja momentáneamente su rostro. Pasó la noche. […]

Pero entonces pensé: me interesaba Albertina más que yo mismo; ahora ya no me interesa porque he pasado cierto tiempo sin verla. Mi deseo de que la muerte no me separara de mí mismo, de resucitar después de la muerte, no era como el deseo de no separarme jamás de Albertina, era un deseo que seguía durando. Pero ¿sería que me creía más importante que ella, porque cuando la amaba me amaba más a mí mismo?. No; era porque, al dejar de verla, dejé de amarla, y no dejé de amarme a mí porque mis lazos cotidianos conmigo mismo no se habían roto como se rompieron los que me unían con Albertina. Pero ¿y si también se rompían los lazos que me unían con mi cuerpo, conmigo mismo…? Desde luego ocurriría lo mismo. Nuestro amor a la vida no es más que un viejo vínculo del que no sabemos desprendernos. Su fuerza está en su permanencia. Pero la muerte que la rompe nos curará del deseo de la inmortalidad.


Vuelvo a mi existencia, sin anhelar mucho más. Regresé. Supongo que sustituir la felicidad imaginada del pasado por la pacífica decadencia de avanzar a ciegas sea una herencia de la experiencia. Tal vez, contemplar desde la butaca desde la que cierro los libros el verde intenso del jardín, la caseta de madera húmeda por las lluvias, envuelto en las suaves melodías de Satie, mientras oigo pasos familiares detrás de mí, no se parezca mucho a lo que soñé en las antípodas del tiempo. Entonces quería un hermoso cadáver triunfal a los envites de la mortalidad por su don o su osadía, retar a los príncipes alicaídos y a los rostros exprimidos de falsa solemnidad. Quizá ofrecí demasiada resistencia a los Dioses y no quedó de mí más que este ritmo cadencioso que el mundo se empeña en alterar. Me castigaron, pero sigo vivo de todas formas, y me agrada el grito y la agitación de vez en cuando.

Me hubiera gustado decirle otra cosa pero no surgió. Nuestro mundo ha muerto, te digo ahora, ha muerto en su recorrido antiguo y estará vivo en el tiempo recobrado. Creo que nuestro querido Marcel Proust hubiera esbozado una de sus leves sonrisas, se hubiese arrebujado bajo el grueso abrigo y esperado alguna palabra más. Pero eso es todo, y estas son las respuestas inexplicables que dan un sentido: mi pequeño acto poético es una renuncia, aunque posee cierta sofisticación. Estoy construyendo el futuro y, en cierta manera, entre mis agradecimientos destacados, le debo algo a Marcel. El tiempo recobrado no es más que el tiempo de la escritura, o ese edificio nuevo que construyo con mis viejas baldosas, quizá ya demasiado marcadas.

proust1

MARCEL PROUST

Nació en Auteuil, el 10 de Julio de 1871. Proust es el hijo mayor del doctor Adriane Proust famoso médico en su época que escribió numerosos libros sobre medicina, higiene y vida saludable, y Jeanne Weil, la nieta de un antiguo ministro de Justicia. En toda su vida no tuvo un empleo conocido. Frecuentó en su juventud la vida mundana del Paris de su tiempo. Vivió una existencia holgada en lo económico por herencia familiar, pero su salud fue siempre delicada, con recaídas constantes y ataques de asma. La muerte de su madre, con la que mantenía una relación estrechísima, agravó su salud y lo sumió en recurrentes depresiones. Pasó los últimos catorce años de su vida recluido en su casa tratando de concluir su obra maestra En busca del tiempo perdido. En 1919, después de que Andre Gide rechazara en Gallimard el primer volumen de su libro, Por el camino de Swan, gana el Gouncourt con A las sombra de las muchachas el flor, aunque hay pruebas de que movió todos sus contactos y amistades para obtener el afamado premio literario.

Murió en París, el 18 de noviembre del año 1922, siendo ya un escritor reconocido e influyente. Su novela En busca del tiempo perdido es uno de los libros más importantes de la historia de la literatura. Virginia Woolf dejó de escribir durante meses cuando leyó por primera vez la novela, aseguraba que no valía la pena añadir nada más después de una obra de esa envergadura. Amable y reservado, Proust, sin embargo, nunca confió demasiado en el valor de su literatura.

Hay una anécdota conocida acontecida en una recepción en el Hotel Ritz de Paris. Coincidió en la mesa con James Joyce, sin que el uno ni el otro hubiesen leído sus respectivas obras maestras. Apenas hablaron. A Proust le molestaron los cigarrillos que Joyce fumaba con frecuencia y encontró poco adecuadas las ropas que vestía el irlandés para asistir a un evento como aquel. Joyce aseguró que Proust era un tipo rarísimo, que sólo le preguntó por cuestiones banales, y que además, no se quitó el abrigo que llevaba en toda la cena.

Esta enterrado en el cementerio Pere-Lachaise de Paris, al igual que Oscar Wilde.

Obras

  • Los placeres y los días (1896)
  • La Biblia de Amiens, traducción libre de la obra de John Ruskin: The Bible of Amiens (1904)
  • Sésamo y Lys, traducción libre de la obra de John Ruskin: Sesame and Lilies (1906)
  • En busca del tiempo perdido (1913)
    • Por el camino de Swann (1913)
    • A la sombra de las muchachas en flor (1919)
    • El mundo de Guermantes I y II (1921–1922)
    • Sodoma y Gomorra I y II (1922–1923)
    • La prisionera (póstuma, 1925)
    • La fugitiva (póstuma, 1927)
    • El tiempo recobrado (póstuma 1927)
  • Parodias y misceláneas (1919)
  • Crónicas (1927)
  • Jean Santeuil (póstuma, 1952)
  • Contra Sainte-Beuve (póstuma, 1954), ensayo.

marcel_proust

20
feb
09

el espantapájaros y el vampiro

Matisse

Matisse

a A.G., in memoriam, que me atormenta en las noches de invierno, febrero extinguido tal noche como hoy, que me hace ser mejor para no ser otra vez el vampiro que heló su sangre, que me hace merecedor del silencio….

a Nacho Vegas, él sabe porqué…

**********************************************************************

Todos los días pienso
en esas noches de incendio,
en el rastro que dejamos
quebrado en los andenes,
en el manto de la oscuridad
que cayó sobre nosotros,
en esos perros de la lluvia
condenados…

…y entonces escucho el eco
de las musas, el aliento
que impregnó la llama
del espantapájaros,
su triste rumor,
la caída de ese otoño
que trasmutó al vampiro
en aire espantado,
en tiempo detenido.

Porque esas tardes aspiré
cegado los caballos blancos
y el galope de los ángeles,
saltaban como perros mojados,
alabando la piel del demonio,
de nuestra inconsciencia…

(…pintamos de rojo los muros,
se impregnó el aliento del suave
murmullo de las hadas.)

Apenas conocía el tiempo,
los lamentos de las sirenas
y el peligro de bordear las farolas,
pero ella me siguió
como los pájaros en bandada,
extendió sus alas
en mi pecho y me acerqué
para morderla.

Fue inutilidad de los colmillos
en su piel de escarcha,
bebí su sangre al igual
que el vino de los cuerpos,
el esplendor de lo sagrado
en esos pechos santificados.

La hice correr en la cuerda
floja, henchido de la ira,
así quiso cogerme de las manos
para beber de los abismos,
para rompernos en la cima,
en las copas de los árboles,
mientras danzábamos aquel
vals que nos partió de aurora…

(…pero no veía nada,
y tú, ciega, tampoco:
ahora te digo tú en esta bruma
con los ojos enrojecidos
de heladas venas
que fundieron el vidrio.)

En el frío atelier de pintura
acrílica, lienzos sudorosos,
sumidos al calor
de nuestra miseria,
abrazados, helados,
bebí tus pezones,
lamí tu ingle,
mi veneno y mi salvación,
extinguiéndote.

El suspiro empaña este silencio,
palpita el subconsciente
con los remordimientos de los peces,
sordos, mudos, apenas
vida de segundos
que anochecen, el olvido
que pudo con ello,
con el destino
y la corona de espinas
que clavé en tu frente.

Nuestro amor estaba hecho
de furia, de labios y dientes,
de respirar entrecortado
y yacer envueltos en la sal
de los mares,
tan salada tu savia,
tan espeso mi desdén
por la ceguera.

Sin miedo ni al tiempo
ni a las nubes de Estigia,
colgados de este infierno
turbio, de este delirio
quemado, de espesura
y hogueras de azufre.

Luego te gocé
desde el origen del mundo
y la voluptuosidad,
te devoré sin rencor
en el viento que agitabas,
de puente en puente,
conversando de la Comedia
hasta llegar al Leteo…

…y al correr entre los muertos
tus ojos se ensombrecieron
con la hiel de mi dolor,
te enseñé las agujas de sangre,
a pincharte en esas venas
y a gozar del artificio
hasta sentir el control
vacío, la dirección
rota en las esquinas.

Un día sonó el teléfono
y vi tu rostro en el cielo,
sentada en el alfeizar
de la ventana me mirabas
con la risa de las sombras:
-¿Dónde está ese vampiro?
¿A dónde fue mi desvelo,
la rabia de esta ausencia,
la muerte que me diste?

El sonido de su voz
anda por la hilera del paseo,
en los tejados
de los edificios húmedos,
en mis manos temblorosas
que lloran y lloran
el agua que expulsé,
en el semen que bebiste
bajo la brisa que acarició
tus hermosos cabellos.

-¿Dónde estás, espantapájaros,
sin alma, sin mí, sin nada?
¿A dónde vas con ese rencor,
a dónde lloras éste silencio?
¿Cuál es el eco de esa melodía
triste, que fue siempre el vals
de los gatos sin dueño?

En su libertad la oí volar
arrojada desde la ventana,
albatros de alas extendidas
y torpes en una defenestración
ilustre que ocupó las noticias
de la nada desgarrada
y su imagen de nieve.

-¿Dónde estás angel turbio,
qué tiniebla te espera?
¿Sabes que me voy
por tu nombre y tu vida,
por no ser el despojo
de esta dependencia,
la costilla de tu bilis
y la dura piedra en la que lloras
este tiempo vedado,
la rotura, el desconsuelo…?

Y voló hasta aplastarse,
voló como el pájaro que fue,
que se había ido
entre los ramajes espesos
de selvas perdidas,
voló y voló
hasta romperse el cráneo
sobre la losa gris
y expulsar el vómito de sangre
feroz sobre la línea
pintada, que recogí
como la espuma
de las olas entre mis dedos…

(…que quedó en aquella calle
para siempre, para verte
por las noches,
cuando a solas aparezco
por el tiempo de la nostalgia,
cuando el deseo se hace vampiro
y muere el espantapájaros.)

Todos los días pienso
en esas noches de incendio,
en el rastro que dejamos
quebrado en los andenes,
en el manto de la oscuridad
que cayó sobre nosotros,
en los perros de la lluvia
condenados….

Copyright Ariño2008

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

07
feb
09

baudelaire y el espantapájaros-(Las flores del mal)

u9

El poeta Charles Baudelaire se me apareció en sueños, o quizá yo aparecí en los suyos. Calvo, febril, con la nariz aguileña y el rostro aterrado, abrió la boca. Sudaba en abundancia. Decía haber escapado del infierno seduciendo a los demonios. Me hubiera gustado reconfortarle el cuerpo con alguna esperanza, pero, francamente, su aspecto me produjo una sensación desagradable, un convencimiento de que su largo naufragio se hallaba próximo a llegar a su fin. Había oído hablar cientos de veces sobre él. Sabía de sus Flores del mal, me había embriagado con ellas, y confié ciegamente en otra época de mi vida en Los paraísos artificiales. No era necesario que se presentase pero lo hizo. Estaba pálido y sus ojos brillaban, afirmaba todo el tiempo: me equivoqué, amigos, me equivoqué. Sus viejas ropas de dandy estaban ajadas y ennegrecidas, costras de mugre y lamparones cubrían su antigua elegancia. Había soñado tanto, había deseado con tan inmensa fuerza abrazar tal número de espejismos, a excepción de los que tal vez le hubieran salvado. No creía en el progreso ni en la felicidad, quizá porque nunca fue feliz. Lo intentó a su manera. Es imposible vivir en contra de la inercia de los tiempos, de la extensión del mundo que a todos nos contiene. Aquel fue el primer gran fiasco del final del romanticismo. El hombre ya no podía resistir el progreso ni apelar al pasado, ni a lo primitivo, ni siquiera aferrarse a su condición humana. La civilización crecía por doquier. Mi estimado Charles Baudelaire decidió abrazar la negrura, hasta besó las nalgas peludas de Satán tratando de buscar otra religión posible. Estaba roto de dolor. Sollozaba como un niño, culpable, arrepentido de haber dejado a su paso tanta miseria, toda esa desolación.

Le dije que me hablase. Me invitó a subir por las escaleras estrechas y polvorientas que llevaban a su buhardilla. Vivía en la miseria absoluta, rodeado de chachivaches ruinosos, sin apenas comodidades ni lujos. La sala desnuda se iluminó tenuemente cuando abrió las cortinas. Una mesa, un catre austero y dos sillas eran su único mobiliario. Ya no le quedaba ni su afamada vanidad, sólo fiebre, una fiebre enorme que se apoderaba de su alma. Nadie a su lado. Esa soledad monstruosa que tanto temió le había vencido.

-Cuénteme cosas, monsieur Baudelaire. ¿Sabe usted que en el futuro usted será uno de los poetas más grandes de la historia de la literatura?

- ¡Por Dios, no me haga daño! No me cuente historias para niños, no las merezco. Cada vez que pienso en el futuro de mi arte me atenaza este spleen insoportable. No soy nadie, nadie ni nada. Un pozo de dolor y enfermedad. Me estoy volviendo loco, sólo siento deseos de morir, de morir en silencio, de encontrar la paz que jamás hallé.

-Se lo aseguro. Usted será una celebridad. Tendrá imitadores, admiradores, se hablará de sus versos, de sus virtudes como ensayista. Se dirá que es usted el primer crítico literario moderno, que inventará un género, que consumó el último suspiro de los románticos como nadie para revelar el simbolismo, que inventó usted la poesía del futuro y fue capaz de conceder al verso una fuerza expresiva distinta. A usted se le nombra incesantemente, señor Baudelaire. Se ha ganado la inmortalidad.

-No se burle de mí, joven. Mi vida ha sido un fracaso. Perdí todo, y lo peor es que si naciera de nuevo, creo que volvería a perderlo. No estoy hecho para vivir, a pesar de mis arrebatos. No soy capaz de vivir. No sea cruel conmigo.

Desistí de halagarle. De alguna forma no quería importunar su frágil equilibrio, sólo saber quien era este hombre fabuloso y oscuro, este personaje irrepetible, lleno de los miedos y las pasiones de un mundo extinguido, ese dandy que en el fondo inspiró a tantos otros, esa imagen aterrorizada; mezquino, peligroso y poco fiable, que revolucionó la poesía de su tiempo, que ganó al destino la eternidad sin saberlo, con un puñado de ejemplares editados de las Flores del Mal, hoy libro de texto imprescindible en todos los países francófonos, objeto de culto pese a los ciento cincuenta años transcurridos, referencia de poetas y filósofos, de la belleza y la extinción de una raza. Decidí sacar mi libreta y hacerle preguntas antes de que se fuera, antes de que la fiebre le adormeciera o provocara alguno de sus virulentos ataques.

charles-baudelaire


-Señor Baudelaire, ¿qué le ocurre? ¿se encuentra bien?

-…¡Oh Muerte, vieja capitana, ¡es la hora!, ¡levemos el ancla!. Nos aburre esta tierra, ¡oh Muerte! ¡Aparejemos! Si el cielo y el mar son negros cual la tinta ¡nuestro corazones tú sabes que están llenos de rayos!…

Aquellas exclamaciones eran la última parte de su último poema El viaje. No se le entendía bien, balbuceaba en ocasiones. Un hilillo de baba le colgaba del labio, barbudo el mentón y la barbilla. Los ojos hinchados, como si tuviera una visión lejana y horrible en un lugar alejado de mí y de aquel cuartucho.

-…¡Derrama tu veneno y que él nos reconforte! Hasta tal punto el fuego nuestros cerebros quema, que queremos rodar al fondo del abismo, ¿qué importa Infierno o Cielo? ¡al fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo!…

-Hermosas palabras. Si supiera usted que muchos las sabrán de memoria, que se deleitarán con El vampiro y El albatros tantos años después.

-Dios, cállese buen hombre. No me hace feliz este dolor y sus lisonjas. Marcharse a lo desconocido me alivia; allí ya no habrá ninguna conspiración. El dolor se hará cristal. No soy nada ni nadie, jugué a lo que no debía ¿Sabes usted que yo escribí que no existe en todo hombre, y a todas horas, dos postulaciones simultáneas: una hacia Dios y otra hacia Satán? ¡La invocación a Dios, o espiritualidad, es un deseo de ascender de grado; la de Satán, o animalidad, es un gozo de rebajarse!. Maldita sea para que sirvió mi entendimiento, mis versos, ese deleite en las palabras. Lo dilapidé ¿me comprende? Lo hice extinguirse entre lo estéril y no dejé nada…

-No es cierto, monsieur Baudelaire, usted no se ha extinguido… se dice de usted que fue alguien atormentado. Que tuvo una obligación moral apremiante y destructiva que se identificaba con su necesidad de ser mandado, castigado o querido. Dicen que su genio surgió de una insoportable tensión, ¿me oye?. Que siempre vivió bajo la mirada autoritaria de su padrastro, y a la vez ante los ojos amorosamente recriminatorios de su madre. A usted le confundieron, y era demasiado sensible e inteligente. Se sintió perdido, eso es lo que cuenta. Le faltó afecto, y eso le impidió apreciar la posibilidad de la racionalidad del deber moral y descubrir por usted mismo qué era la virtud, si es que se puede definir. Usted veía a su madre perderse en la alcoba secreta e inexpugnable de su padrastro con sólo ochos años. El señor Aupikc le observaba con sus ojos terribles y sin decir una sola palabra lo expulsaba del paraíso de los senos maternos. Le robaron a su madre, señor Baudelaire. Eso cuentan de usted…

-Madre… ¡Cuánto sufrimiento inútil le he provocado!. Me hicieron ver que la sujeción a la moral tenía que ver con la vida ordenada, con la higiene y la limpieza, con la realización de un programa de trabajo, con la paz familiar y hogareña, con la supresión de todo excitante del alma, con la oración confiada que se dirige a Dios, pero era demasiado inteligente y orgulloso para aceptar eso sin más, ¿me comprende, verdad?. Yo era Charles Baudelaire, y esas cosas eran insignificancias para el poder de mis palabras. Era un mundo mediocre y enfermo, donde no cupe desde el principio, desde que murió mi padre y Jacques Aupick fornicara con mi madre encerrados en la alcoba, y yo la imaginaba gozar de su verga, perder la identidad entre sus brazos peludos, entre su inmenso cuerpo. Tuve que buscar otra cosa, ¡por Dios!. No entiendo porque me castigaron tanto por ello…

-Le entiendo, le prometo que le entiendo.

-No sé si me comprende. Es difícil explicar ese deleite por la trasgresión, suponer con altanería que fui completamente libre y lúcido en el momento de acariciar la falta, y luego sumirse en las delicias de saborear el castigo físico, para después aguardar el perdón. Los hombres no perdonan. Mi madre sí lo hizo durante algunos años, pero los hombres no lo hacen. Soy un farsante en el fondo. Toda mi rebeldía no es más que un deseo encubierto de caer a los pies del castigo, arrodillarme y sufrir dolor, para luego anhelar el imposible perdón. Le puedo asegurar que, en ocasiones, tengo la sensación de que nada pudo ser de otro modo, aunque fuera tan poco y tan horrible. Eso me alivia, pero dura un instante, luego me atormentan mis fantasmas, esta enfermedad pecaminosa que me corroe por dentro. Tengo delirios y fiebres, ¿sabe?. Aunque la visión más grande que viví fue la que todas las generaciones posteriores que vengan tras mis pasos sentirán con fuerza. Sobre todo cuando la mentira de Dios se disipe, cuando llegue un ser humano que pueda vivir sin Dios, comprenderán que el vacío de la radical insatisfacción de los deseos humanos no se puede llenar con nada, ni con arte, ni con amor, ni con amistad y odio, con nada. Los que intenten negarlo fanáticos sufrirán igual que los que abracen la herejía y la rebeldía eterna como sino. Será igual. En cuanto Dios desaparezca de nosotros, algo por otra parte inevitable, porque no existe, porque no está en este infierno, nada habrá para llenar nuestra desesperada condición

-Creo comprenderle, señor Baudelaire. A veces me sobreviene una ansiedad enorme que hace inútil el placer que acude a mis manos. Entonces pienso en el goce sin más, en gozar, en romper el límite, en olvidarme y perder el sentido. Mi parte racional logra vencer en ocasiones a la tendencia de dejar que la ebriedad sea toda mi existencia, me limita, pero no puedo evitar caer en las tentaciones del cuerpo y del alma, en el deseo sin dirección. El placer cumplido alimenta aún más el deseo, usted lo sabe. Obliga a dar un paso más allá, a buscar nuevos objetivos aunque sean incomprensibles.

-Veo que no es usted como muchos de los que me cruzo por las calles de Bruselas.

-Soy de otro tiempo, monseiur Baudelaire. De un tiempo en el que todo el mundo que haga un pequeño esfuerzo llegaría a comprenderle.

-En los tiempos en los que he vivido esas cosas no estaban tan claras. Piense que existía una moral muy rígida e hipócrita, que las enseñanzas de la Iglesia flotaban como losas sobre la vitalidad. Yo tuve que elegir. Recé a Satán para concitar las iras de quienes seguían a Dios para afirmar su individualidad única e irrepetible frente al ser supremo. Necesitaba escandalizar sus almas pacatas y miserables, aniquilar sus excusas. Ninguno de ellos fue mejor que yo, pero eso lo sé ahora, a punto de irme. Yo fui castigado como los ángeles caídos.

Le oí sollozar. Se llevó las manos sucias a la frente y luego se revolvió los escasos cabellos que cubrían su cabeza. Me miró acto seguido, suplicándome alguna respuesta a lo que terminaba de pronunciar, pero yo no pertenecía a esa batalla interior. La mía era distinta, aunque tuviera puntos en común. A mí no me pesaba el Dios inventado por los hombres, sí la culpa y el remordimiento, pero en relación a asuntos menos sagrados. Buscar lo sagrado era una necesidad espiritual muchos más libre, menos influenciada o rota, aunque pesara lo suyo.

-Yo creí que el diablo afirmaba una diferencia y una singularidad auténtica, que era el patrono de los desterrados y los malditos, el sabedor del lugar donde se encuentran los tesoros ocultos, el conocedor de los enigmas que la ciencia se empeña en descifrar. Yo cultivé su amor por inercia, por odio a lo que significaba mi padrastro, por rencor a esa salvaje cotidianeidad del mundo.

Nos callamos unos minutos. Me pidió tabaco y yo saqué de la cajetilla un cigarrillo. Le sorprendió aquella perfección del papel prensado por máquinas, el color anaranjado del filtro.

-¿Qué cosa demoníaca es esto, señor?.

-Monseiur Baudelaire, esta es una de las químicas con las que nos matamos en el siglo XXI.

-¿El siglo XXI? ¿Quién demonios es usted? ¡Un enviado del abismo o del cielo?… maldita sea. Aún quedan unas hora para que el día se haga por completo…

-Ni una cosa ni la otra, señor. Soy un admirador de su poesía.

-Mi poesía ya no existe muchacho No queda absolutamente nada de ella. Fue como el amor de las mujeres. Mujeres. Arrastran al hombre al abismo de la brutalidad, ahogan su inteligencia y sus ansias de elevación. La tendencia irreprimible a la mujer que es objeto de voluptuosidad constituye una manifestación de la inclinación del hombre a ese mal que le priva de la voluntad, que nubla todo posible esfuerzo…

-Es usted un radical, señor Baudelaire…

-¿Un radical? ¿Acaso no sabe que tengo sífilis, que aquella maldita mujer me condenó a morir sumido entre terribles sufrimientos, y no sólo me refiero a lo físico, sino incluso a la locura?. La ira, los celos, la pasión no correspondida, las lagunas de la miseria y la entrega sensual.

-Eso estaba ya en usted, señor Baudelaire, antes de conocer a Jeanne Duval…

-¿Cómo sabe su nombre? ¿la conoce acaso?

-Ya es famosa, monsieur Baudelaire. Si le digo la verdad, aún reconociendo en usted a un espíritu elevado y a un poeta extraordinario, mi generación le considerará a veces un misógino insoportable. Esa parte de usted ha envejecido, o no la supo exprimir como otras de sus obsesiones. Las mujeres son lo único sagrado que hay en el mundo, las mujeres en el sentido de su relación con la vida, el erotismo y la maternidad. Son la inteligencia serena que guardamos como única esperanza. De hecho, ya compartimos ese deseo que usted menciona de elevación, lo sagrado nos roza a ambos sexos por igual. Necesitamos de la excitación porque ya no creemos en otra cosa, pero ellas poseen la maternidad y el futuro. Hasta la mujer más estúpida que pueda imaginar, será mejor que el hombre más estúpido, sabe más de la naturaleza de la creación. Debería usted comprenderlo. Ya no son sólo belleza para contemplar o cuerpos con los que gozar -nunca fueron sólo eso-, o una voluptuosidad estática. Se liberaron de un yugo pesadísimo, de nuestra fuerza física, y entonces descubrimos que usted y otros mucho peores estaban equivocados. La voluptuosidad, mi querido poeta, está en usted, no en ellas. Lo mismo que ellas, en otra época más gloriosa suya, pudieron sentir esa voluptuosidad que usted deplora en su físico, en su persona, en sus versos o en su inteligencia.

-Es usted un tipo curioso. Pero esas ideas no las concibo.

-Usted mismo escribió lo siguiente señor Baudelaire, acuérdese, ya lo intuía: El ángel femenino es belleza, paz, norte y salvación.

Esbozó una sonrisa alegre, como si hubiera recordado algún buen momento de su existencia.

baudelaire_par_nadar

-Tiene razón hijo, eso lo escribí hace mucho.

-Me hubiera gustado que pudiera leer a Bataille.

-¿Bataille? ¿no se referirá el banquero? Semejante mequetrefe…

-No, por Dios, monseiur Baudelaire. A Georges Bataille. Él reconoció lo que usted aportó, se lo aseguro, y escribió un hermoso libro llamado El erotismo. Todo lo que usted apenas intuyó en las relaciones con lo femenino, él lo llevo tan lejos como pudo.

-Hummm…. Curioso ese Bataille. ¿Y no le condenaron?

-No. Ya no condenaban a nadie por eso entonces.

-Pudiera ser que la identificación que yo hice del mal con el contacto sexual, y del bien con la idealización de la relación absolutamente casta y espiritual fuera un error, me remitiera sin remedio a mi educación católica, al sentido de la culpa y a la pena que sentí cuando siendo un niño me internaron en aquel lugar infernal. Oscilar entre una cosa y otra quizá no sea una negación, el deleite carnal y el amor puro son compatibles, se rozan, se entrecruzan, lo sé, pero a mi siempre me atormentó ese juego de lo prohibido y lo permitido….

- Usted escribió que la voluptuosidad única y suprema del amor radica en la certidumbre de hacer el mal, y que tanto la mujer como el hombre saben de nacimiento que el mal se encuentra en toda voluptuosidad. Era una gran frase, solo erró una palabra. No era el mal. La voluptuosidad es una búsqueda de lo sagrado, de la continuidad del ser humano discontinuo que desea perpetuarse y creer que en la reproducción su vida podrá seguir su ritmo indefinidamente, y para acercarse a ello deleitoso, hombres y mujeres alumbraron el ritual de la sexualidad, del erotismo. Un gran gesto de la inteligencia humana, tan poco proclive a la brillantez. Casi lo consigue; usted inspiró a Bataille, se lo aseguro. También a Nietzsche, que fue un filósofo alemán extraordinario…

-Nietzsche… ¿Era romántico?

-No señor. Filósofo.

-Siempre pensé que copular era la aspiración de entrar en otra alma, pero en verdad, el artista no sale jamás de sí mismo. Preferí siempre los placeres sensuales a distancia, se lo aseguro, aunque me ruborice contarlo. Ver, palpar, respirar la carne de la mujer. Preferí mirar a hacer: hacer es demasiado cansado y frustrante, exige algo de atleta no de poeta. Esos vicios aliviaban mi voluptuosidad,y realizaba una posesión simbólica, lejana, por así decirlo.

-Quizá por eso toda su vida fue simbólica y no verdadera señor Baudelaire. Debería usted haber amado. Le falto algo de tangencia.

-¡Amar, amar! ¡Se les llena la boca con el amor, maldita sea! Amar es una ficción, una invención humana. Amar es fornicar, es procrear aunque lo llenen de sonoros y cursis adjetivos ¿Qué me dio amar a Jeanne Duval, o a Madame de Sabatier, o Marie Daubrun, siendo la tres tan distintas? ¡Dígamelo usted, muchacho! ¿Qué me queda de tanto amor?

-Le dio magníficos poemas, señor Baudelaire, poemas que son inmortales…

-¿Inmortales?… sigue usted burlándose de mí impunemente, amigo. Yo no tengo ninguna devoción por el amor, prefiero a las prostitutas ¿sabe?. La simpatía por las fulanas es la que expresa en verdad la relación vedada y culpable con el amor. Se rebelan no sólo contra la empalagosa e hipócrita forma del amor institucional burgués sino también contra la natural forma espiritual de ese amor. Destruyen no sólo la organización moral y social del sentimiento, sino también las bases mínimas de ese sentimiento. La puta es fría en medio de las tormentas de la pasión, es y se mantiene espectadora por encima de la lujuria que despierta, se siente solitaria y apática cuando otros están arrebatados y embriagados; es, en suma, el doble femenino del artista. ¿Qué le parece mi definición? Se parecen a mí, que me prostituyo, porque sé cómo ellas vencen sus más sagrados sentimientos y qué baratos venden sus secretos. Rameras como yo, querido amigo, esas son las únicas mujeres que me interesan, aunque no ejerzan por dinero

-Es una lastima monsieur Baudelaire que sea usted tan tozudo.

Chascó la lengua e hizo un gesto de desagrado. Un sabor extraño debió sentir en el paladar, porque abrió la boca y su rictus se contrajo en una mueca mohína. Se puso de pie y avanzó hasta la sucia ventana del cuarto. Frotó con la manga de la chaqueta el vidrio y miró hacia el exterior.

-Siempre he vivido dolor con las mujeres. Debo reconocer que en ello tengo gran parte de culpa, o quizá toda. He vivido en el filo de su dualidad, una dualidad inventada por mí; las vi a todas ellas como agrupadas en dos bandos. La mujer-demonio encendía la sensualidad y el deseo. Verla era desnudarla, gozarla, contemplarla y apurar su esplendor. Esas mujeres me atormentaron porque jamás fui un buen amante. Soy un degustador de lo voluptuoso, pero no sé entregarme en verdad a la concupiscencia y al deseo por completo. Ese ha sido uno de mis innumerables problemas. La mujer-ángel siempre me inspiró la idea de la paz y ese hogar que en alguna otra reencarnación he debido disfrutar para admirarlo tanto. Pero la mujer ángel me inspira un recuerdo espiritual que no me complace; me aburre, querido amigo. No puedo gozar carnalmente, ni siquiera con la mirada, con ese tipo de mujer, me siento sucio, a punto de manchar esa pureza, siempre me supuso una especie de incesto, así es. Es enfermizo gozar de la desnudez de la hermana o de la madre, esa trasgresión no me alcanza, pues eso me sucedió con algunas de las mujeres que me ofrecieron otra vida; no poseían nada demoníaco, nada que encendiera mi alma, y todo quedó en sosiego, y a mí, por desgracia creo, el sosiego se me escurre como el agua sucia que cae de los tejados de Paris los días de lluvia

-¡Qué desgraciado es usted, señor Baudelaire¡ ¿Cómo es posible su lucidez y al mismo tiempo su recorrido hacia el abismo, su infelicidad?

Rió con una carcajada estremecedora, los ojos casi transparentes y el rostro abotargado, enrojecido. Encontré en el modo de agitarse y mirarme con fijeza algo maligno que surgía de las cenizas de su alma. Ardía por dentro, pero su deterioro físico provocaba escalofríos. Sin embargo, algo en su interior hacía brotar ese genio reconocible, esa chispa divina que siempre hallé en sus poemas.

9782903656324_2

-Ja, maldito idiota. ¡Juego espantoso donde es necesario que uno de los jugadores pierda el gobierno de sí mismo! Le contaré algo, joven. Cierta vez preguntaron delante de mí en que radicaba el placer mas grande del amor. Uno respondió, naturalmente, en recibir; y el otro; entregarse. Éste decía ¡placer de orgullo! Y aquel: ¡voluptuosidad de humillación! Todos estos asquerosos hablaban como La imitación de Cristo. Por Dios, joven ¿ No sé da cuenta que ese es un terreno de vencedores y vencidos, de verdugos y víctimas, de dominadores y dominados?

Se aproximó, después de guardar unos minutos de silencio, con los ojos cerrados, apoyada la espalda en la pared, a la pila de la cocina. Abarrotada de platos, tanteó entre los desperdicios con los dedos erizados. Sacó dos vasos empañados. Abrió un diminuto armario que había a sus pies. Al agacharse le crujieron los huesos y se tambaleó mareado. Cogió una botella. Sirvió cuatro dedos en cada vaso y me ofreció uno.

-No tengo otra cosa con la que agasajarle. Prácticamente no como. Esto me reconforta. Paraísos artificiales. Pero sólo me reconforta. ¿Así que usted viene del siglo XXI?. Siempre pensé que nos extinguiríamos antes, fíjese.

-Hemos estado a punto de hacerlo varias veces, señor Baudelaire.

-El siglo XXI, maldita sea, qué cosas. No he creído en el progreso, pensé que se destruiría a si mismo de ambición y de avaricia. El progreso es la mentira de los que tienen o pueden alcanzar el poder. Eso pienso.

-Es probable que tenga usted razón, pero menosprecia la capacidad humana para seguir anhelado la avaricia y la ambición. Se recompone para querer más. Sobrevive para seguir intensificando la fiebre.

Esbozó una sonrisa triste y dio un sorbo al licor. Se contrajo su cara unos segundos, lanzó un hálito ruidoso y al mirarme me pareció que sus ojos volvían a brillar.

-Nada más absurdo que el progreso, puesto que el hombre, como lo prueban los hechos cotidianos, es siempre semejante e igual al hombre, es decir, se encuentra, le pese a quien le pese, siempre en estado salvaje. ¿Qué representan los peligros del monte y la pradera, comparados con los choques y conflictos cotidianos de la civilización? Que el hombre abrace a sus víctimas en el bulevar o alancee a su presa en selvas desconocidas, ¿no es siempre el hombre eterno, es decir, el más perfecto animal de presa?.

-Seguramente tiene usted razón.

-No necesito que me lo diga, joven. Sé que es verdad, sé que esa idea es bella y además brillante.

Apuró de un trago la copa y volvió rellenarla enseguida. Dio un par de pasos por el cuartucho, observó los objetos que le rodeaban y luego se sentó en una silla.

-Estoy cansado, ni siquiera puedo mantenerme en pie mucho tiempo. Mi sentido de lo estético, como puede ver, ha perdido su razón de ser, su pulsión. Eso es lo que me duele, no haber sido coherente hasta el final ni con lo que me parecía sagrado. ¿Sabe porque fui un dandy?. Por lo mismo por lo que amé en el fondo a las prostitutas y a Satán, y a la mística y el ocultismo, porque socialmente era un signo apto, externo, de una individualidad que se rebelaba contra la grotesca exaltación de lo burgués, contra el mal gusto apestoso de la aristocracia advenediza, contra todo lo que supusieron las ridículas monarquías, contra el ingenuo hombre de bien regido por esa moral de tenderos que es el utilitarismo. Ja, yo era un dandy, muchacho. Un autentico dandy, o al menos quise serlo con todas sus consecuencias.

-El mundo no ha cambiado mucho en ese aspecto, señor Baudelaire. Es verdad que tenemos sus poemas y los de otros muchos, el arte y la música, y han quedado restos de belleza que seguimos apurando con deleite, pero los tenderos siguen siendo los reyes de la tierra, sabe. Tenderos y reyezuelos y horteras y ostentosos idiotas hinchados de mal gusto. Lo mismo. Pero si me lo permite, a estas alturas ya debería saber que a ese poder, que a esa sociedad que le ninguneó y que usted detestaba, le importa un comino que fuera un bohemio o que se vistiera con pieles de vaca sin curtir. Esa provocación, estoy seguro que ha podido llegar a darse cuenta, no les afecta un ápice. A ellos, sólo les interesa su bolsillo y su influencia, que nadie inquiete su apacible recorrido.

-Me sorprende, muchacho, con sus salidas. No es tan tonto como creí a primera vista. A mí me costó mucho llegar a esas conclusiones, pero aún así, mi devoción por la estética me obliga a no perder la compostura bajo ninguna circunstancia, por eso lamento tanto mi estado y no salgo a la calle más que para lo imprescindible. Dejarme caer es reconocer una derrota de manera física, real, aun cuando es posible que la haya reconocido, lleno de pesadumbre, hace años en mi cabeza. ¡Pero que nadie lo note, Dios!. Ser un hombre útil, me resultó toda mi vida algo bastante odioso y, sin embargo, cuanto remordimiento tragué por lo contrario, por ser un inútil para mis congéneres. La bohemia me permitió ejercer de otra cosa, es verdad que vacía y elitista, seguramente tan inútil y estúpida como la utilidad que odié, pero formaba parte de algo que estaba vivo, no de las palabras de maestros que estaban muertos. Era como un modo de empleo.

-No le llevó a ninguna parte…

Llenó de ira dejó el vaso en la mesa.

-¿Qué importa que no me llevara a ninguna parte? ¿Acaso la vida tiene alguna dirección real, joven, a no ser la muerte?. Crear, saber y matar, eso es lo importante. El resto está hecho para el látigo. Los otros hombres son pecheros y jornaleros, buenos para las caballerizas, es decir, para ejercer lo que se llaman profesiones. El especialista acabará con el saber esencial y con lo sagrado del ser…

-¿Sabe usted que eso lo dijeron hombres muy inteligentes a principios del siglo XX?.

Abrió los ojos exageradamente. Aguardaba que añadiera algo más, pero me callé. Quise hablarle de Husserl y de sus discípulos, pero enseguida me pareció un asunto demasiado largo de contar. Yo deseba saber más cosas del poeta, no interferir en sus reflexiones.

-El drama no es nuestro, amigo, nos lo provocaron. Intenté ejercer de otra cosa, pero me fue imposible. Yo estaba hecho para la belleza. ¿Qué consideración merece el artista en una sociedad regida por la utilidad y entregada al trabajo? El trabajo acabó con la esperanza de los antiguos pintores que adornaban las cuevas en la prehistoria. También con el gozo de lo natural. La negrura de lo voluptuoso tiene que ver con las prohibiciones, supongo que se habrá dado cuenta. El mundo moderno nos expulsa, es un mundo de trabajadores silenciosos que toman sobre sí la tarea de dominar científica y técnicamente la naturaleza, que se justifica en función del trabajo y el ejercicio profesional, y que destierra el ocio improductivo del campo de los signos de distinción social. Ya no somos ni seremos nada, eso es lo que he aprendido con el progreso..

-Sabe que han llegado a afirmar que el individuo debe estar activo para poder superar el sentimiento de duda e impotencia. Es algo así como decir que para evitar querer verlo todo es mejor estar ciego ¿no le parece?

-No me extraña, y seguro que lo dijo algún esclavo de otras cosas, de todas, menos de sí mismo. Pero a decir verdad, aunque le duela, es probable que tuviera razón, muchacho. Puede que el que estuviera equivocado fuera yo visto el resultado. Esclavizarse de uno mismo, cuando la miseria asoma en el alma, le aseguro que no es plato de buen gusto, sino una visión horrenda, terrible. Aquí, en estos tiempos, mueren niños y ancianos trabajando en condiciones execrables en talleres, en fábricas, en las minas del norte. Eso es civilización ¿sabe usted?, y nosotros, los poetas, escoria que hace soñar. Un poema, aquello a lo que dediqué casi toda mi vida, vale muy poco en comparación con un mendrugo de pan para la mayoría. Nunca pude soportar el dolor de los niños, aunque alguien me haya tenido por un hombre endemoniado. Se lo confieso. El sufrimiento de los niños me produce una compasión inmensa que se transforma inmediatamente en odio. Un odio que me surge desde el estómago y recorre mi garganta llenándome la boca de bilis. Me hubiera gustado ser soldado y además dedicarme con toda mi alma a matar. Matar a los que son intocables ¿me comprende?. A los que deciden en nombre de Dios y la Ley que los niños y los poetas mueran.

-Qué curioso que todas las ideas que usted ha ido desgranándome aquí, en este cuarto, fueran después grandes movimientos bien filosóficos o artísticos, bien sociales o humanistas. Ha sido usted alguien muy lúcido, monsieur Baudelaire, se lo aseguro.

-¿Lúcido yo? Por Dios, joven, no siga por ese camino. He visto como mis barbas se me quemaban ya cuando olía y me ahogaba con el humo. Estos son fogonazos esporádicos. Le voy a decir en verdad que se escondía tras mi decisión de pertenecer a esos bohemios que usted menosprecia. He podido ver algo con estos ojos, he podido sentirlo con estas manos deterioradas y envejecidas, olerlo con esta enorme nariz que afea mi rostro, degustarlo con estos labios sin sangre. En adelante, el arte tendrá que venderse, adecuarse a los tiempos y a los que tiene el dinero y los medios. Como no se muestre la utilidad moral de una obra instaurada, no disfrutará de ningún predicamento ni será reconocida por hermosa y magnífica que sea. Los dueños de nuestro futuro son los tenderos por fin. Lo consiguieron, joven. Se acabó, mi querido muchacho, y si en el siglo XXI de donde usted viene todavía hay artistas que pretendan descubrir el secreto de la existencia, pensaré que están locos o son estúpidos o que mienten como bellacos. La única verdad posible es la de los comerciantes, se lo aseguro. Todo lo que se salga de ese contexto, a partir de ahora mismo, de hoy, de este treinta de agosto de 1866, estará condenado al silencio a no ser por un milagro. Por eso me hice dandy. Porque todavía creo, fíjese que vana ilusión, en el arte por el arte, arte que habla de arte y de belleza, de vida, no de utilidad.

-Me pregunto de dónde le viene esa conmovedora inocencia, señor Baudelaire. Cómo desde el infierno de azufre y soledad, de miedo y terror, de remordimiento y dolor, usted mantiene intacta esa creencia en la inocencia. No se lo tome a mal, pero usted es tan terrible como un ángel que aletea encima de una nube y, sin embargo, siempre quiso lo espantoso como rostro. Cuando veo sus fotografías observo como posa. Suelo pensar que se le nota la pose, su intención de parecer diabólico y maligno. Mire, yo tampoco tengo ambiciones, ni propósitos gloriosos, ni fines, si le digo la verdad. No quería hablar de mí mismo, pero me veo obligado a ello. El presente pretende ser eterno a mis ojos, despilfarro lo que tengo y me gasto a mí mismo como el perfume contenido en un abrazo destapado cuya fragancia a nadie ha de deleitar: usted me definió. Pero no lo digo, no muestro esa absoluta indolencia que me domina. Me disipo, y descubro entre los rostros que me cruzo una sensación parecida. No necesito provocar a nadie para respirar en vivo el vacío. Es una pelea inútil.

-Es una opción, mi querido joven, pero yo tuve que inventar mi alma, aunque estuviera hecha de retazos de otros y de jirones de mi espíritu. Allá cada cual con sus premisas…

-Usted escribió esta frase, ¿qué le parece?: la vida no posee más que un encanto verdadero: el encanto del juego. Pero, ¿y si nos resulta indiferente ganar o perder? ¿Sabe usted que hasta el gran Anton Chejov la utilizó como modelo de uno de sus magníficos cuentos, o que los existencialista franceses, en los años cuarenta, se empeñaron en desentrañar su alma y al hacerlo, trataron de establecer una nueva filosofía de las circunstancias del ser?

-No sé de que me habla ¿Chejov? ¿Qué diantre son los existencialistas franceses?. Es usted muy raro. Yo sólo deseaba inspirar el terror que deben provocar los seres superiores y demoníacos, ¿comprende?. No ser nada, no alzar la voz, disimular, me pareció siempre algo propio de individuos débiles y asustadizos.

-Y si le dijera que el mundo engulle a los que quieren mover un ápice las cosas hacia otro lugar, o que, en el fondo, su resistencia, o la mía, o la de cualquier poeta, importa menos que un comino.

-¡No me arranque de cuajo mi vanidad, muchacho. Yo estoy hecho de eso, sólo de eso…

-De eso y de sus maravillosas palabras, señor Baudelaire… no lo olvide. Dio a la poesía una especie de sentido psíquico. Superó a los románticos porque ahondó en sus excentricidades, en sus límites barrocos y artificiales. Usted se dirigió al alma al componer versos, no al corazón. Quiso alcanzar el “yo” profundo en el que se debate la angustia del ser humano, su pasado, su presente, lo descomunal del mundo y su futuro. Intentó conmover no a través de lo sentimental, sino directamente en el centro de esa sensibilidad y extrañeza interior común a los mortales, en esas regiones oscuras del espíritu donde se licua lo vivido y la verdadera condición de nuestro destino. Usted ha sido un mago…

-¿Un mago? Suena demasiado solemne, no creo que pasara de ser un prestidigitador del tres al cuarto. Eso sí. Creo en la poesía, siempre creí en ella, aunque no podría explicar porqué. Esta hecha de conjuros, de redención, de todo lo invisible y lo tangible a un tiempo, de su mutación en espíritu mediante su ritmo. Yo era de los que pensaban que la naturaleza estaba allí, delante de nuestros ojos, para ser maleada por el genio, para ser reducida a precisas palabras, y aunque muchos no se lo crean, al rigor de la métrica y la rima. He escrito y reescrito más de cien veces algunos de mis poemas, porque en la creación que gestaba cada uno de ellos, en esa inicial mezcla de las imágenes, y luego en su estructura y en la elección de las palabras, hasta hallar su música secreta, su ritual descubierto, estaba mi único poder ilimitado. ¡Ah, si me hubieran dejado hacerlo, estaría todavía allí sin preocuparme de otras cosas, seguramente hoy no sería la miseria que soy!.

-Pero tampoco le bastaba. Yo leí en Los paraísos artificiales algo suyo al respecto. Usted escribió: La poesía, como los otros paraísos artificiales, sólo logra sumir al sujeto en un estado de embriaguez, en el que el transcurrir del tiempo resulta más llevadero. Esta es la receta: Hay que estar siempre ebrio. Nada más: ese es todo el asunto. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que os fatiga la espalda y os inclina hacia la tierra, tenéis que embriagaros sin tregua. Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como queráis. Pero embriagaos…

-Lo leyó usted… son hermosas palabras, joven, debo reconocerlo. Pero dígame ¿sirvieron de algo? ¿se puede construir una sociedad con hombres embriagados? ¿para quién escribía en el fondo?. Se lo diré. Para mí. Para los pocos que yo podía intuir falazmente como semejantes. Nadie me hizo caso, nadie. Fíjese, yo mismo dudo ahora del consejo, aunque fuera mío y tan bellamente escrito. La embriaguez, por Dios ¿Cuántos ejemplares deben quedar de Los paraíso artificiales que no hayan sido maniatados, pisados, escondidos o quemados, ¿cien? ¿veinte? ¿diez?

Bebió el segundo vaso y con torpeza caminó de nuevo hasta la barra de madera de la cocina. Se sirvió otra copa, mientras que yo ni siquiera había probado el licor. El alcohol comenzó a afectarle al sistema motriz, se desplazaba por el cuartucho con cierta lentitud cansina, con titubeos al posar la planta de los pies en las tablas del suelo.

-No tengo público, y aunque usted me diga que más de un siglo después mis versos son estudiados, admirados o aprendidos de memoria en la escuela, no le creo. No me dirigí jamás a las masas, y esa fue una parte esencial de mi fracaso. Yo buscaba a una minoría elevada, superior en espíritu e inteligencia, no al individuo vulgar y corriente, aficionado a las novelitas lacrimógenas, con final edificante y feliz; ni a los que adoraban cualquier espectáculo banal que los entretuviera con mentiras y sandeces. Yo rocé la truculencia, a la vez que pretendí dotarla de belleza, de refinamiento. Lo normal es que las Flores del mal fuera un poemario tachado de pornográfico y diabólico, que se dictara irremediable ese rechazo de la buena sociedad, su posterior prohibición. ¿Cómo soportar sus miserias arrojadas a la cara?. En eso fui valiente, joven, les dije a todos ellos la clase de simios enfermos que eran. Hablé de mis miserias sin tapujos para que encontraran todas las suyas.

-Hubo quienes hallaron su voz, monsieur Baudelaire. No le sonarán los nombres, pero así fue; Rimbaud, Verlaine, Lautreamont, Mallarmé, Pessoa, Oscar Wilde, Remy de Gourmont, Bataille, Cioran, Chejov, Sartre…, usted influyó en cientos de movimientos estéticos y en la literatura de muchos países, por todas partes donde haya inteligencia y sensibilidad, donde se aplauda el riesgo artístico y el eco de lo inmortal, no se olvide… sí que lo consiguió.

baudelaire1

Su sonrisa me produjo una ternura repentina. Había algo plácido en ella, una emoción agradable que surgió de mis palabras y que inundó de luz la sala a sus ojos. El alcohol se disipó en ese gesto conmovido que le llevó a agachar la cabeza, a mirar al suelo y dejar perder la vista en algún recodo de la puerta de entrada. Esos nombres no le decían nada, pero sonaron hermosos en mis labios por la admiración que despertaban en mí, y alimentaron su alma por un instante como si lo hubiera adivinado en su corazón toda la vida, que su empeño resistiría, como si intuyera un pedazo de inmortalidad flotando en el aire, entre el polvo de los escasos muebles.

-Señor Baudelaire ¿se encuentra bien?

-Sí, sí, por Dios, muy bien. Me pregunto sólo si esa idea de la decadencia que he defendido toda mi existencia, en contra del progreso y de la vida, o quizá con la vida, aunque fuera a través de esa vida oscura al borde del abismo, en verdad ha podido despertar todo eso que dice. Me resulta inimaginable, se lo aseguro. Llevo años sólo, o quizá toda mi existencia. Es increíble que usted hable de gentes que me acompañarán en el futuro. No lo entiendo. Cuando me he perdido aterrado en esta ciudad que crece y crece, y destruye a su paso mis huellas más amadas, anula el sentido de la vida que quise defender, y he pensando que yo no pertenecía a ninguna clase social, a ningún colectivo, ni siquiera los distinguía a ellos, a los transeúntes que a cientos me iba cruzando en las plazas y avenidas, llenos de ojos indiferentes a los sentimientos de los otros. Adentrarme en esa multitud siempre me produjo un desasosiego inmenso, porque suponía experimentar en la propia piel la indiferencia de todo cuanto me rodea, la terrible sensación de que pasara lo que pasase nadie haría nada por mi, nadie me reconocería. La soledad en medio de la masa pienso que es aún más acongojante que la soledad del aislamiento físico, o al menos eso intuyo, tampoco lo sé a ciencia cierta. Me perdía por las callejas del viejo Paris, que conocía como la palma de mi mano, alguna noche, buscando tan sólo una mirada que significase un diminuto intercambio posible, humano, y le aseguro que muchas de esas veladas he regresado aquí sin hallar en verdad ninguna. ¿sabe cómo se llama eso, joven?… no se lo diré.

-Supongo que ya lo dijo en sus textos. Las ciudades han crecido mucho en mis tiempos, señor Baudelaire. Paris le provocaría ahora un terror mayúsculo… usted es de la noche, de lo que no se mueve, de la oscuridad y el misterio, de lo sagrado y lo voluptuoso, no puede evitarlo, incluso cuando no se haya atrevido a vivirlo, cuando a veces no ha sido más que un farsante como usted mismo cuenta. El alba, el día, erizan su sensibilidad.

-La luz del sol destruye al vampiro, joven. Estoy ya destruido. Este día aspira al día completo, no a la noche jocosa, no a la noche del ritual y la pasión, de lo oscuro y lo cálido. Perdí.

Se sentó sobre el borde de la cama, mirando el día que nacía. Era el 31 de agosto de 1866. Yo sabía muchas cosas de ese día, pero no las dije. Buscó mis ojos por un instante y alzó su tercera copa casi mediada.

-¿No bebe?

-Hoy no, monsieur Baudelaire. Siempre bebí por alegría, rara vez por tristeza, y además quiero saberlo todo de usted.

-Hay poco que saber, se lo prometo. Debería beber. El vino es amigo de los miserables, de los asesinos, de aquellos cuya vida se ve truncada o frustrada en la posibilidad de realizar altas apetencias. Sin embargo, el vino es también para el pueblo que trabaja y merece beberlo. En el cuerpo del marginado trapero posee la facultad de aumentar desmesuradamente su personalidad y de encender su conciencia emotiva. Transmite esperanza, juventud, vida y orgullo al solitario, y hace más amable el paraíso que atraviesan juntos los amantes ¡A los amantes embriagados, cómo gozan! Ahora bien, esta forma de intoxicación no deja de ser una de mis Flores del mal, tan inútiles en el fondo, tan afectadamente perversas. La búsqueda directa del placer, y eso lo sabrá usted, porque parece conocerme muy bien, es incomparable con el disfrute de los goces superiores del arte, ya que el acceso a la creación pasa ineludiblemente por el sufrimiento. Me gustó el hachís y el opio, algunas hierbas alegres, leyó usted Los paraísos artificiales, pero no fueron más que curiosidades que pusieron a prueba la fortaleza de mi espíritu. Constituyen la encarnación ficticia de Satán, la evasión a través del fingimiento de la vida demoníaca, que atenta contra la dignidad de la lucidez, pero, fui tan feliz intoxicado, vagando entre versos y visiones, gozando de la libertad de lo inconsciente. Debilidades hermosas, joven, hermosas y, con mesura, reveladoras. Y aunque afirmo lo anterior, aunque me haya oído ahora negar esos paraísos de irrealidad, le juro que si volviera a nacer me adentraría salvaje y desnudo una vez más en ellas, esas drogas serían de nuevo mi alimento, porque esta vida no permite demasiados lugares sagrados. Ya le dije que la sexualidad no fue cosa que se me diera bien. Entiendo que haya hombres, y según dice usted en su tiempo mujeres, que sustituyan la locura de la embriaguez por el placer absoluto de la carne, o mezclen ambas para deleitarse en la totalidad de la inconsciencia erótica. Lo entiendo, porque si encima se embriagan ligeramente, y gozan y gozan perdidos, tal vez encuentren ecos de ese tiempo pasado y de su gloria desaparecida que albergaba el sentido de lo humano. Me parece magnífico. Yo viviría cien veces de la misma forma, tan sólo cambiando esas múltiples derrotas vividas por algún triunfo, o saltando algunos detalles que no pude vencer; me hubiera gustado ser un amante excepcional, o un auténtico asesino, un criminal capaz de crear valores al destruir, poesía de ese deicidio, pero también de esconder entre las manos el arma con la que degüello y quito la vida para acariciar una hermosa y tersa piel de mujer. El criminal es el auténtico poeta que cambia el mundo. Sus crímenes se hacen dignos al ser reales, sólo hay que elegir crímenes dignos de llamarse como tales, no minucias y vanos dolores ajenos…

-No siga por ahí, señor Baudelaire, suele perderse. Los criminales, debe reconocerlo, suelen ser pésimos poetas… a mi no tiene que escandalizarme, le conozco demasiado bien.

-Es usted muy agudo, joven. ¿Cómo dice que se llama?

-No tengo nombre. Me llaman el espantapájaros.

-Vaya esperpento de identidad, amigo..

-Y poeta como usted, cuando la poesía ya esta muerta tal y como usted la concibió. Y encima con ese sambenito. Se lo puedo explicar. Yo sólo me quedo quieto mientras las corrientes de viento pasan a mi lado. Cuando veo a alguien que amo o que me parece verdadero, le espanto los malos augurios, soplo con fuerza y me agito terrible para que siga, para espantarle el sufrimiento. El mundo pasa a mi lado sin tocarme, pero yo tengo una utilidad eterna, ¿sabe?. Justo esa cualidad que le falta a usted. Por eso, en la tristeza del espantapájaros, en su aspecto desvalido y ridículo, hay una fuerza inmensa.

-Es una excelente respuesta, joven. Pero mis imágenes son otras. Escuche; el crimen pasional consuma su maldad con el beso necrofílico. Esa es una imagen auténtica. La exaltación de la voluptuosidad adquiere los rasgos de un verdadero culto; yo rezo a la vagina convirtiéndola en algo divino, en un Dios majestuoso mas lleno de Satán. La vagina rezuma y yo la bebo. No puedo poseerla porque no tengo fuerzas, pero el zumo que surge de los labios de ese sexo me provoca una humillación llena de deleite y un éxtasis sagrado. Sólo quiero que me engulla esa vida dulce y húmeda, entrar con la cabeza erguida de donde salí, perderme allí dentro, en lo primigenio, buscar de nuevo el vientre materno, no la otra, la fe vulgar y sobria, la que huele a excrementos anodinos y a humo e incienso, a dióxido y a metal. Ja, ja. ¿Ha oído bien, espantapájaros? ¿Me ha oído bien?.

-Estoy aquí.

-No veo, maldita sea. Mis ojos ya no ven. Se ha hecho la negrura. La lujuria me arrebata y a la vez me acerca a la muerte que anhelo. Siempre lo mismo.

Se puso a llorar desconsolado. Le cayeron las lágrimas, mojaban sus mejillas, sus labios. Baudelaire se recostó sobre el catre, tan delgado y envejecido que me produjo compasión. Estuve tentado de acercarme y poner mis manos sobre sus hombros, pero no pude. Algo me lo impidió. Siguió hablando, entre sollozos.

-Yo deseaba que Dante viniera a verme como acudió Virgilio a él. Que alguna Beatriz hermosa y virtuosa le mandara buscarme, perderme en su rostro blanquísimo, en su piel y en sus brazos acogedores. Mi Beatriz fue una puta/diosa que me escupió en la cara. Que se rió de mi impotencia y mi mezquindad, de lo pequeño de mi alma en el fondo. Elegí, sí, pero el precio que pagué por ello fue excesivo, joven. Debe usted decírselo a los de su tiempo. Sólo soy un hombre, nada más. Y he sufrido y he gozado y me marcho. No pude ser tan virtuosos como Dante. Lo intenté a veces, pero no lo creí, no pude. Nadie me paseó por el infierno, no aprendí nada de mi éxodo, de mi dolor, de mi pena. Seguí sintiendo, pensando,que tras ese exceso hallaría algo válido, pero no fue así. Mis Flores del mal son lo único que queda de estos despojos. Y amanece. La vida esta ausente, no estamos en el mundo.

-Eso lo dijo un poeta muy famoso después de usted, supongo que lo pensó nada más terminar de leer El viaje.

-El viaje… ¿De verdad que esta frase la dijo otro como homenaje a mí?

-Dentro de unos años lo dirá, monsieur Baudelaire.

-El viaje fue mi larga despedida, pero aún no me he ido. La vida esta ausente, no estamos en el mundo… ¿es brillante, no cree?.

Asentí. Yo sabía que en una hora bajaría la escalera miserable que habíamos subido y caminaría con torpeza, dolorido y exhausto por las calles de Bruselas. Se caería al suelo y un amigo lo llevaría a Namur un par de días más tardes. Que se alojaría muy enfermo en esa casa desconocida. Qué sufriría, poco después, un ataque de afasia muy grave. Que su madre viajaría de Paris a Bruselas para estar a su lado, allí, y en la casa de salud de San Juan y Santa Isabel, regentada por religiosos, gritaría sumido en sus delirios noche tras noche. El 2 de julio su madre dispondría todo para ingresarle en la clínica hidroterapéutica del doctor Emilie Dumas. Ya casi no podría moverse ni escribir. Que pasaría un año paralizado y mudo, observando la vida como un triste vegetal. El 31 de agosto, justo un año más tarde de esta aparición, moriría en brazos de Caroline Archimbaut-Dufays, su madre . Quizá fuera el reencuentro con el amor, pero no se lo dije.

Mientras me despedía, sin pronunciar una sola palabra acerca de mis pensamientos, se puso a reír. Ya estaba en el rellano cuando me miró alzando su mano y llamándome espantapájaros repetidas veces: espere, espantapájaros, espere, por favor. Tengo unos versos que regalarle.

-Adelante, le escucho.

-Son los versos en los que me hubiera gustado vivir, se lo aseguro, los que me empujaron a creer en todo lo que me rodeaba, a aguantar los envites de la vida, su enorme e injustificado sufrimiento.

Sonreía, de alguna forma supe cual sería ese poema, y aquella exaltación de la vida que surgió de sus labios borró de una vez la impresión que me produjo su triste destino que acudiría en cuanto yo me alejara para siempre de allí.


“Desde este tiempo, igual que los profetas,

amo tan tiernamente el desierto y el mar;

desde entonces me río en los duelos y lloro en las fiestas,

y encuentro un gusto suave al vino más amargo;

tomo muy a menudo lo hecho por mentiras,

y, con los ojos en el cielo me caigo en los agujeros.

Pero la voz me consuela diciendo: “Conserva tus sueños;

¡los cuerdos no los tiene tan bellos como los locos”



-Es hermoso señor Baudelaire. Muy hermoso.

Pareció erguirse, solemne, con una sonrisa en el rostro, como si sus palabras le hubieran infundido una esperanza reconocible, familiar a mis ojos; alcanzó a mirar hacia al cielo, leí en sus labios el sonoro au revoire que el viento borró de mis oídos, y en ese instante me pareció que su figura crecía de tamaño, que su rostro se despejaba de brumas iluminado por la risa, hasta que la niebla del amanecer se dipuso entre nosotros y fue haciendo desaparecer su silueta, entonces, ya despierto, me marché.

Copyright jimarino2008
Nota bibliográfica: Este texto no podría haberse escrito sin la lectura atenta de Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos, de Charles Baudelaire. Tampoco puedo obviar mi pasión por elartículo “Baudelaire o La dolorosa complejidad moral” escrito por Enrique López Castellón (P.P.P. Ediciones, año 1988), ni por el magnífico ensayo de Jean Paul Sartre, Baudelaire, editado por Alianza bolsillo, o las excelentes reflexiones sobre el poeta de mister Geroges Bataille, extraidas de su libro La literatura y el mal. Le debo muchas horas además al deleite de Las Flores del Mal, espejo y escondite de toda la fuerza poética y humana de Charles Baudelaire, convertidas ya en rezo de mi memoria.
Dedicado a mi queridísima Carmen Ariño: sé que conoce bien la razón…


469px-charles_baudelaire2

BIOGRAFÍA

Charles Pierre Baudelaire, nació el 9 de abril de 1821 y murió el 31 de agosto de 1867. Fue poeta, crítico de arte y literatura, y traductor. Su vida exagerada lo convirtió en icono eterno del poeta maldito. Estudió en el Collège Louis-le-Grand. Su infancia y su adolescencia le marcaron profundamente- La muerte de su padre y el matrimonio posterior de su madre con Jacques Aupick propiciaron su contradictorio código moral. Odiaba a su padrastro tan intensamente que su vida se guió inconsciente por un deseo constante de oponerse a él y a sus premisas. Los enfrentamientos eran continuos. Decididos a poner freno a su carrera literaria, y con la intención de que abandonara sus propósitos, sus padres lo enviaron a la India en 1841. Pero abandonó el barco y regresó a París en 1842, más dispuesto que nunca a dedicarse a la literatura. Con la intención de solucionar sus problemas económicos, empezó a escribir críticas en la prensa nacional. Sus primeras publicaciones importantes fueron dos cuadernillos de crítica de arte, Los salones de Paris (1845-1846), en los que analizaba con agudeza las pinturas y los dibujos de artistas contemporáneos franceses como Honoré Daumier, Edouard Manet y Eugène Delacroix.

Sus primeros trabajos editados llegaron en 1848, cuando aparecieron sus traducciones del escritor estadounidense Edgar Allan Poe. Animado por los resultados, e inspirado por el fervor que le unía a su obra, Baudelaire continuó traduciendo sus relatos durante nueve años. En 1842 alcanzó la mayoría de edad y heredó la fortuna de su padre, lo que le permitió irse de casa y disfrutar de una vida de lujo. Las grandes sumas de dinero que gastó en su apartamento del Hôtel Lauzun y su estilo de vida decadente le dieron fama de excéntrico, e inmoral y le hicieron endeudarse para el resto de su vida. La vida bohemia y el dandysmo fueron dando forma a su idea del mundo, y por añadidura a la expresión de su arte. Escribió muchos de sus mejores poemas en ese periodo libertino y audaz. La obra magna del poeta fue Las Flores del mal, que vio la luz en 1957 provocando un escándalo a su alrededor. Libro de extraordinaria poesía, hirió a la sociedad de su tiempo a causa de su descarnado erotismo y sus flirteos con lo maligno. Pese a una tímida respuesta de ciertos círculos literarios, el libro fue prohibido algún tiempo, y sólo se permitió su reedición posterior eliminando varios de los poemas aparecidos en la edición original, censura que no se levantó hasta 1949. Escribió Los paraísos artificiales (1860) para rebelar sus experiencias con las drogas, admirado por la obra del escrito inglés Thomas de Quincey Confesiones de un comedor de opio inglés, otra vuelta de tuerca más en su proceso de hostigamiento contra la moral imperante.

A partir de 1864 y hasta 1866, Baudelaire vivió en Bélgica. En 1867, aquejado de parálisis, regresó a París, donde tras una larga agonía murió el 31 de agosto.
Hoy en día Baudelaire se erige como el poeta más importante de la literatura francesa y uno de los más destacados de la literatura de todos los tiempos. Poseía un sentido clásico de la forma, obsesionado por la precisión, sus versos guardan una exactitud deslumbrante en el uso del lenguaje y un gran talento musical. Su originalidad, que causaba tanto asombro como malestar, le hace merecedor de un lugar al margen de las escuelas literarias dominantes en su época, lo elevan por encima de su tiempo, hasta alcanzar nuestro días con una sorprendente vigencia. Su poesía es para algunos la síntesis definitiva del romanticismo, el salto necesario que anunciaba el simbolismo, y con ello la poesía moderna. Baudelaire fue un hombre dividido, atraído con idéntica fuerza por lo divino y lo diabólico. Sus poemas hablan del eterno conflicto entre lo espiritual y lo sensual, entre el spleen y la alegría de lo sagrado. Diseñó como nadie había hecho hasta entonces el mapa de una vida oscura, la experiencia interior humana convertida en oraciones donde lo insignificante compartía espacio con los grandes temas poéticos. Emocional y profundo, sórdido y obsesivo, ahondó en el alma humana con una originalidad rara vez superada. A pesar de su tendencia exagerada a buscar lo miserable jamás renunció a la belleza y a la verdad, lleno de su afamada ira provocadora. La mayor parte de su obra poética se editará tras su muerte.

baudelaire

Obra

444px-charles_baudelaire_1855_nadar1

0163-0135_bildnis_charles_baudelaire




VISITAS

  • 281,651

Contacto

losperrosdelalluvia@gmail.com

CARTOGRAFÍAS-VIDEOPOEMA

La música de los perros de la lluvia

Este blog está sujeto a derechos de autor. Cualquier utilizacion de parte o la totalidad de los textos del mismo, deberá ser comunicada para su aceptación.

El viaje de la memoria. Un cuadro de Pío Cesar Robla. Entrada al almacen de cuadros

Pio Cesar Robla.

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 95 seguidores


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 95 seguidores