
Sé que fue un libro de Bohumil Hrabal, pasada la ráfaga marginal de los bukowski, Burroughs y compañía. Lo sé porque recuerdo las tapas del libro, duras, y la portada luminosa, colorida; una casa, una hermosa casa rodeada de jardines y vegetación, ligeramente sobria, como las de cualquier país del Este comunista, ese espacio de la República Checa, que siempre fue país burgués y elegante, que siempre guardó la esencia de lo europeo a pesar de Stalin y el imperio de la URSS. Fuera como fuese ese libro estuvo en mis manos un tiempo; duró poco, una lectura, cierto repaso indolente, nocturno, y una admiración secreta, incondicional y jocosa.
Un obrero siderúrgico que escribía como los ángeles y hablaba de Kant, de Nietzsche y Schoppenhauer a solas, para luego adentrarse en las tabernas nocturnas y celebrar la vida con esos otros obreros mugrientos y fatigados, llenos de tierra y óxido, de desilusión bañada en alcohol que en otras vidas fueron asesores, contables, profesores de universidad, artistas, y ahora embrutecían sus manos y cantaban a la existencia envueltos en el humo enmohecido del acero bruñido, en la quemazón incesante de las hogueras y las calderas. Sé que fue entonces cuando la alegría se hizo nítida. No puedo explicar por qué, o quizá sí, pero el libro anda difuso en algún lugar de mi memoria. Bodas en casa era el título, ni siquiera recuerdo la editorial. El libro llegó de la mano de mi hermano. Un amigo suyo guardaba como un tesoro aquella edición. Nos encontramos en un concierto de madrugada. Vestía extraño el muchacho. Las guitarras atronaron durante aquella hora y media y al salir de la sala el amigo de mi hermano sacó la novela. La guardaba en un bolso de tela marrón, lleno de chapas con anagramas de bandas garajeras desconocidas para mí. Insistía solemne, casi orgulloso y feliz, convencido en verdad, que la música popular no venía de los Beatles sino de los grupos del underground norteamericano. Recitaba en voz alta una lista terrible que nunca más volví a oír salvo en las páginas de esa revista tan particular que fue Ruta 66, y varios años después. Mi oídos estaban disponibles para otras sonoridades, pero debo reconocer cierta enjundia en los razonamientos del chico. En cierta medida anticipó en su discurso, antes de que yo fuera consciente, la supremacía de las masas consumidoras sobre el valor cultural o artístico de las distintas artes. Decía seguro de sí mismo, algo que probablemente ya sabía mucha gente por aquel entonces, y que yo obviaba con encono quizá por la necesidad de ser crédulo e inocente, que el concepto popular rompería su antiguo significado y se convertiría irremediablemente en una dictadura capaz de borrar la historia o manipularla a su antojo.
-Estamos entrando definitivamente, sino hemos entrado ya hace veinte o treinta años, en la supremacía del gusto superficial, profano y veleidoso de las masas. Ninguna expresión artística podrá alcanzar un lugar de supervivencia más allá de la aceptación popular por más que se esfuerce la crítica o la historia de la distintas artes, y esa aceptación popular es cada días más mediocre, más manipulable, más engreída e insulsa.

El libro que sostuvo un rato entre sus manos parecía una prolongación de su discurso por el modo en que se agitaba al ritmo de sus brazos. Gesticulaba y la timidez le enrojecía las mejillas, aunque no titubeó ni una sola vez. Cuando se lo dio a mi hermano Daniel,le pidió que se lo devolviera al terminarlo, que era uno de sus tesoros más queridos, y me recomendó a su vez que lo leyera. Por entonces yo escribía textos adolescentes en Fruta Fresca, en Cavidades y en Pescara Blues. No puedo precisar el año exacto, quizá 1993 o 1994, pero sí el comienzo de un tiempo difícil. Primero fue mi hermano quien devoró de principio a fin Bodas en casa de Bohumil Hrabal. Después fui yo, en el viejo apartamento de la calle Albocácer, entre el humeante salón lleno de objetos y mi diminuto despacho con ventanal a un patio interior triste y mohoso, donde había una ventana en el piso superior en la que se asomaba un anciano grueso y somnoliento que me pedía cigarrillos de vez en cuando a causa de la prohibición del médico –y su mujer especialmente-.
Era tan distinta esa literatura, tan llena de vida y talento, y a la vez me remitía la fuentes de la contracultura que yo admiraba y anhelaba con encono por entonces, incluso años después de que se disiparan los sueños de rock ´n roll o la vaga comprensión de una vida juvenil alargada para siempre. Bodas en casa fue una de las fascinaciones literarias más intensas de las que me acuerdo. Veo a Daniel hablando de la diferencia de Bohumil Hrabal sobre el resto. Aún no habíamos leído a Gao Xigan ni El archipiélago Gulag de Solzhenitsyn. Sabíamos de la particularidades del comunismo checo a través de la Insoportable levedad del ser y La broma de Milan Kundera, pero no éramos conscientes, o al menos no con la terrible sensación de horror, del significado profundo de la palabra estalinismo o revolución cultural, del terror indescriptible que debieron sufrir millones de personas ante el peso desolador y descomunal del Estado que se descargaba virulento sobre el individuo, sobre la libertad de los hombres, tan terrible como los excesos del nazismo o la violencia del fascismo. Ahora, a estas alturas, comprendo porque Bohumil tenía esa extraña amargura, o mejor, porque sus personajes necesitaban beber y beber para soportar la vida. Es curioso el sentido del humor checo, su tendencia a contar las cosas en literatura de otro modo sin que dejen de ser terribles. La primavera de Praga en el 68 terminó con numerosos sueños de juventud de una buena parte de los habitantes del país. Pero les dejó ese curioso escepticismo, ese modo particular de mirar que Bohumil Hrabal entonaba con una naturalidad pasmosa.

Recuerdo al protagonista de Bodas en casa, siento no poder transcribir el nombre porque no he vuelto a tener la novela en mis manos –hoy está desgraciadamente descatalogada-, el amor que profesaba a su mujer, su vida miserable como obrero y su risa de impotencia ante el silencio. No sé cómo pudo hacerlo, como aguantó tantos años mi querido viejo. No le dieron el premio Nobel, aunque tengo entendido que fue postulado una vez después de la caída del muro. No era demasiado intelectual en su narrativa, quizá fuera ese su pecado. No podría definir con exactitud en qué consistía esa magnífica literatura; quizá estaba llena de alegría y sobre todo de esperanza. Bajo el peso de los racionamientos y las limitaciones desoladoras, no sólo materiales sino humanas, del comunismo, en medio de una cultura hecha irremediablemente de contradicciones -no en vano la antigua Checoslovaquia unida y su capital, Praga, fueron a principios de siglo símbolo del progreso burgués, de la alta cultura europea, inmersa en una sociedad que iba a perecer agitada definitivamente por las consecuencias de la segunda guerra mundial y el imperio de las utopías totalitarias, e igualaba en rango a ciudades tan míticas como la Viena del Imperio Austro-Húngaro, e incluso superaba en esa época en esplendor y brillo a la propia Paris o al sombrío Londres- Hrabal brillaba como un brote espontáneo de júbilo y vitalidad.
Bohumil, hijo de la tradición europea, no podía renunciar a su proverbial optimismo natural por décadas de comunismo gris. Eso no era humano, y él lo era.

El amigo de mi hermano se perdió como muchos otros. Sé que ocultó su pista alguna madrugada insomne y ebria, y dejamos de asistir a conciertos de rock oscuro para adentrarnos en el power pop o el indipop, o como demonios se llamaran esas nuevas corrientes, más luminosas y sensuales. El libro se lo devolvimos, desde luego, pero aún recuerdo las largas charlas con mi hermano comentando el efecto de aquella lectura maravillosa. Hablamos de varias cosas entonces:
-Bohumil Hrabal era alcohólico, sin poses ni exageraciones, un alcohólico que justificaba el alcohol simplemente porque era el único modo a su alcance –junto a la literatura- para soportar la vida gris que no podía cambiar bajo el peso de un régimen que exterminaba la individualidad y el gozo de la libertad. Nada nuevo, lo vemos a diario, de una forma más disimulada y en apariencia humana en nuestros mundos democráticos, con respiros de fin de semana y una supuesta libertad de acción porque compramos moda norteamericana o francesa, ridículas corbatas o libros subversivos, entramos libremente en internet o podemos insultar al presidente de gobierno de turno.
-Hrabal repudiaba por igual a los estalinistas que a los nazis; cualquier totalitarismo que pudiera limitar la libertad del hombre lo llevaba compulsivamente a beber hasta el olvido y a escribir, aunque de sus labios sólo salían hermosas carcajadas de luz. Nos dejó la sensación de que la literatura era un arma valiente de libertad.
-Nuestro querido checo tenía una coraza de esperanza y optimismo que a pesar de las amarguras y la tristeza surgía indemne del paisaje desolador para celebrar la vida. Lo mugriento era el entorno. La luz y la belleza, sin embargo, se hallaban en todas partes.
-Al contrario que nuestro ídolo juvenil de la época, tan repetitivo como limitado, Mister Charles Bukowski, a Hrabal le importaban un comino las putas y el lado oscuro y salvaje de la vida, los estereotipos marginales y el sexo descarnado, más bien se pirraba por el amor, el amor a su mujer, y por la sensualidad sutil de las féminas centroeuropeas, sus mejillas y brazos sonrosados, esos cabellos rubios que le recordaban a la juventud perdida no con nostalgia sino con la festividad de lo vivido y apurado, de lo jamás arrastrado ni siquiera por el peso de la Historia. El paso del tiempo molía el cuerpo, pero alimentaba el alma de una dicha inamovible que irradiaban sus personajes y sus relatos. Quizá hubiera sido capaz de brindar en el infierno.
-Las máscaras de la sociedad comunista, el ocultamiento y el exterminio de profesiones y saberes en pos de la falsa revolución proletaria, permitió que Bohumil llenara sus magníficos textos de personajes que siempre escondían a otros; borrachos ilustres capaces de enumerar teoremas matemáticos de primer orden, asesores fiscales que ejercían de barrenderos o peones agrícolas, filósofos que conducían autobuses, escritores como él que trabajaban en fábricas de escombros y se llenaba de polvo y orines mientras construían en secreto la literatura checa. El mundo capitalista permite una libertad aparente que sólo el dinero y la popularidad compran. Para la mayoría de los habitantes del occidente rico, el fingimiento es practica común sin embargo. No ejercemos de lo que somos, somos lo que podemos y transfiguramos nuestra imagen para ser aceptados o para sobrevivir. En eso, el mundo de Hrabal es reconocible y cercano. Mi hermano decía que en Bohumil había descubierto que tras los rostros derrotados que veía a veces en los bares del barrio podía hallarse, tal vez, un destello de la verdadera vida, y que, por el contrario, era posible que los triunfadores del siglo no fueran más que farsantes sin identidad ni alma. Al menos era un consuelo, susurraba.
-Recuerdo el amor eterno y puro que profesaba a su mujer, personaje memorable de cuya descripción física no me queda nada, pero si de su paciencia, de su entrega a ese narrador derrotado a los puntos mas sin concesiones al K.O.
-El señor Hrabal, siempre deslumbrante y ávido de saber, nos demostró que para escribir no estaba mal conocer la historia de la literatura, y que el testimonio vital no era más que una excusa para el verdadero arte, aun cuando las condiciones de vida fueran tan insoportables que lo único cierto parecía ser el sufrimiento y la impotencia ahogados en vodka y cerveza.
-Ni una sólo página escrita por su manos tuvo un ápice de odio. Francamente, algo increíble para quienes vivieron el siglo XX

Quizá pudo ser aquella hermosa lista de fascinaciones que nos tuvo entretenidos algún tiempo. Daniel inventó aquella frase de la negrura, y a Bohumil como antídoto para su enfermiza y estética tristeza. Debo reconocer que a veces me sirvió; cosas de mi lúcido hermano y del checo. Alguien que tuvo que esconderse de esa manera tanto tiempo merecería sin duda alguna atención por la exhuberancia de su talento: eso hubiera dicho yo sobre Bohumil a un no iniciado en su secta.
Esta noche de cena inminente, de camaradería sincera, antes de beber unas copas y tratar de soportar la existencia diaria que vendrá mañana, pienso en Hrabal. Busco sus libros en la enorme estantería de mi casa y encuentro La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo, también Anuncio una casa en la que ya no quiero vivir, esos cuentos tan extraños y kafkianos que anticipaban su futura oscuridad de alguna forma; ojeo por un instante Una soledad tan ruidosa, también Trenes rigurosamente vigilados y recuerdo la extraordinaria película de Jirí Menzel realizada en los años sesenta que tengo grabada en DVD, aunque en versión original, en checo, sin subtítulos –no se puede tener todo-. Sigo mirando y no encuentro Bodas en casa. Nadie se atrevió posteriormente a editarla, o eso creía, porque mi hermana me aseguró hace poco que Destino publicó de nuevo la novela en 1996, pero debió pasar sin pena ni gloria, siendo un libro tan extraordinario, escrito por uno de los más reputados y excelsos escritores checoslovacos del siglo, y a veces, en las ferias del libro de ocasión rastreo las estanterías buscando la maldita novela que a menudo necesito para arrancarme del corazón la tristeza o las ausencias, para recordar al viejo compadre de mi hermano desaparecido, para decirle a gritos a Daniel que aún es posible, que siga riendo como el viejo Bohumil Hrabal en las tabernas mugrientas de la campiña checa o en los barrios populares de Praga. No lo he hallado, seguiré buscando, o animo a algún editor a que lo vuelva a publicar con merecimientos y cierto interés. Estoy seguro, aunque hace tanto tiempo de su lectura, que sigue sirviendo para vivir, que arrancará sonrisas y deleite, que es hermoso y estéticamente valioso. Bodas en casa.
Estoy pensando en poner un anuncio; Anuncio una casa en la que ya no quiero vivir. Busco Bodas en otra casa, una casa hermosa donde el alcohol abundante hace reír a los simples e inocentes, también a los otros, un alcohol que nace de la hermandad y la esencia de la vida, que no mata, una sensualidad en medio de la negrura y la monotonía, una causa por la que brindar sin ahogos, esa parte de esperanza que se perdió en 1997, cuando Bohumil, anciano y destruido, cayó por el balcón de la residencia en la que vivía tratando de dar de comer a los pájaros risueños que seguían posándose en su balcón. Otra paradoja literaria, hasta para suicidarse tuvo que inventarse una bella metáfora.
Copyright Jimarino

Bohumil Hrbal nacio en Brno, (Moravia), el 28 de marzo de 1914. La mayor parte de su obra vio la luz en ediciones ilegales. Murió en Praga, el 3 de febrero de 1997 al caerse por el balcón de la residencia en la que vivía.
Obra
- Skřivánci na niti (Alondras en el alambre), 1959.
- Perlička na dně (La perlita en el fondo), Praga, Československý spisovatel, 1963.
- Pábitelé (Clases de baile para adultos), Praga, Mladá fronta, 1964.
- Ostře sledované vlaky (Trenes rigurosamente Vigilados), Praga, Československý spisovatel, 1964.
- Taneční hodiny pro starší a pokročilé (Clases de baile para adultos y alumnos aventajados), Praga, Československý spisovatel, 1964.
- Inzerát na dům, ve kterém už nechci bydlet (Anuncio una casa donde ya no quiero vivir), Praga, Mladá fronta, 1965.
- Kopretina (Margarita), 1965.
- Automat Svět (Mundo autómata*), 1966.
- Obsluhoval jsem anglického krále (Yo que he servido al Rey de Inglaterra) Praga, Jazz petit, 1982.
- Něžný barbar (Bárbara ternura*), edicion prohibida de 1973; Index, Cologne, 1981
- «Trilogía» Městečko u vody (La pequeña ciudad al borde del agua)
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- Postřižiny (Tijeretazos), edición prohibida, 1974; Praga, Československý spisovatel, 1976.
- Harlekýnovy milióny (Los millones de Arlequín*), Praga, Československý spisovatel, 1981
- Městečko, kde se zastavil čas (La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo) edición prohibida 1974; Innsbruck, Comenius, 1978.
- Každý den zázrak (Cada día un milagro*), 1979
- Slavnosti sněženek (La fiesta de las campanillas verdes), Praga, Československý spisovatel, 1978.
- Příliš hlučná samota (Una soledad demasiado ruidosa), edición prohibida, 1977; Colonia, Index, 1980.
- Kluby poezie (Clubes de poesía*), Praga, Mladá fronta, 1981.
- Domácí úkoly z pilnosti (Deberes para buenos alumnos*), Praga, Československý spisovatel, 1982.
- Domácí úkoly z poetiky , 1984.
- Život bez smokingu (Una vida sin esmoquin*), československý spisovatel, Prague, 1986
- Svatby v domě (Bodas en casa) edición prohibida, 1986;Toronto, 68’Publishers, 1987.
- Chcete vidět zlatou Prahu? (¿Quiere ver la Praga dorada?*), 1989
- Kličky na kapesníku (Nudos en su pañuelo*), edición prohibida 1987; Praga, Práce, 1990.
- Můj svět (Mi mundo*), 1989
- Schizofrenické evangelium (El evangelio esquizofrénico*), 1990.
- Kouzelná flétna (La flauta mágica*).
- Ponorné říčky (Arroyos subterráneos), Praga, Pražská imaginace, 1991.
- Růžový kavalír (El caballero de la rosa*), Praga, Pražská imaginace, 1991.
- Aurora na mělčině (La «Aurora» fracasada*), Praga, Pražská imaginace, 1992.
- Večerníčky pro Cassia (Bagatelas tardías para Casio*), Praga, Pražská imaginace, 1993.
- Texty (Textos*), 1994.
