Cuenta mi madre que uno de los momentos más emocionantes de su vida sucedió en 1975 si no se equivoca en el año. En la plaza de Jorcas, un pueblecito insignificante y modesto de Aragón, atrapado en un valle montañoso de laderas y quiebros de las Sierra de Gúdar y Teruel, se arremolinaba la gente en la plaza expectante por ver a José Antonio Labordeta. Mi abuelo materno había sido admirador de la poesía de su hermano, Miguel Labordeta, poeta poco conocido de una calidad extraordinaria, que murió joven y se perdió entre las brumas del franquismo ensordecedor. José Antonio tenía un disco grabado en Francia entre cuyas canciones se encontraba El Himno a la libertad. Música clandestina en una época oscura llena de ilusiones futuras. Aquel vinilo ahora rallado y polvoriento fue durante años hilo musical discreto entre las paredes de mi casa. Yo nací en 1972, y francamente tardé años en entender porque mis progenitores adquirían ese aire solemne cada vez que aquellos versos que llegué a aprender de memoria surcaban los vientos del salón surgiendo de aquel viejo tocadiscos color crema de los años setenta.
Mi madre me confesó años después que nadie esperaba aquella reacción, aunque todo lo sucedido, aseguraba, poseía un aire nebuloso en su memoria, una especie de mitificación inevitable. Mi padre, tesorero de aquella mítica comisión de fiestas que inició la recuperación de las celebraciones estivales a lo largo y ancho de la sierra, hasta extenderse como la pólvora años después por todas las poblaciones cercanas, y al igual que el resto de los que dirigieron aquella extraordinaria iniciativa cultural y lúdica en una España inquieta que ya atisbaba el final del régimen y se nutría de expectativas y sueños dorados, sabían que había una lista de canciones prohibidas por la delegación del gobierno, una lista que caía como una losa sobre el repertorio del cantante. Ella no recordaba cuanto tiempo permaneció sobre el escenario o si cantó cinco o diez canciones, sólo percibió ese hermoso cosquilleo que desde el interior de la plaza milenaria inundaba los corazones: veía a los jóvenes alborotándose a la orilla del tablado, se escuchaba el rumor incesante de los asistentes, la mirada torva de los que todavía defendían lo indefendible y de los que condenaban la llegada de Don José Antonio -un rojo de mierda-, por entonces tan joven, con ese bigote eterno y ese vozarrón tan ronco y terrible. Entonces sucedió, me dijo mi madre, y fue como si la luz del atardecer se convirtiera en furia solar de mediodía. Pasó que aquellos acordes sencillos y poderosos anunciaron el inicio del Himno a la libertad. Labordeta se pasaba por el forro la lista y las prohibiciones y entonaba esa letra que todos aguardaban, y aquella maraña de gentes comenzó a alzar los brazos y a ponerse en pie, unieron las manos en el aire y entonaban juntos, imagen tan hermosa en labios de mi madre, y tan distinta a casi todo lo que acontece ahora, no sólo por la estética del instante, sino por la enorme necesidad del momento, por esa espiral de energía que anunciaba el cambio inminente.
Sonaron esas palabras antes de que la guardia civil reaccionara a tiempo.
Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad…
JOSE ANTONIO LABORDETA EN JORCAS (1975)
Por Dios!. Mi tía Magdalena, beata lúcida y algo anticlerical desde que el padre León le sugiriera sin éxito que le cediera las mejores tierras que poseía para fervor y gloria de la Diócesis turolense en 1958, se llevó las manos la cabeza en el balcón de la casa de la plaza. Mi abuela se puso a rezar a todos los santos conocidos que recordaba. Mi abuelo paterno se quito la gorra, y mi madre y mi padre tan jóvenes entonces, se sumieron en ese reconfortante orgullo de pertenecer a esa fiesta, a ese hartazgo que expresaba su triunfo frente al escenario, a ese hermoso himno que despertaba la ilusión de otra vida, que reconciliaba a los perdedores de la guerra, a mi abuelo materno, poeta y concejal del frente popular en 1933, sus sufrimientos y represalias, su existencia silenciosa y fragmentada en imposibles revelaciones, a todos lo que habían soñado con otro lugar y otro mundo, con los silenciados y los apartados, y se entrelazaba todo ello con esa juventud ilusionada que comenzaba a corear la letra mágica, con esa claridad estrepitosa y magnífica que retaba al presente cuando el futuro pareció en ese instante una realidad.
El concierto fue cancelado poco después, o al menos es lo que mi madre contó, y a mi padre y al resto de miembros de la comisión de fiestas los fueron enviando junto a Don José Antonio Labordet a un reservado. Se interrogó al cura del pueblo, quien aseguró sin titubeos que todos esos muchachos eran gentes de buenas familias cristianas y sin malicia.
A veces pienso que yo mismo inventé esta historia, pero me gusta contarla de vez en cuando y mi madre no suele censurarme, forma parte del imaginario familiar. Pensé muchas veces en mi padre, tan modesto y discreto, pasando unas horas en compañía de ese hombre entonces mucho menos conocido de lo que luego sería. Fue valiente José Antonio, de eso estoy seguro al menos.
Durante años desfiló por esa plaza mayor en la que yo caminaba todos los veranos, entraba en las casas, se paseaba por la tasca del pueblo y charlaba con las gentes que se encontraba a su paso. Tenía ese don de llegar al mocerío, ese interés sincero por los ancianos y sus vidas, conocía su tierra de primera mano y siempre agradeció a este pequeño pueblo, a Jorcas, el haberle permitido cantar cuando entonces todo eran dificultades.
Después su éxito creció, llegó a dejar temporalmente su plaza de profesor de historia en un instituto y, sin embargo, regresaba a la Sierra de Gúdar, volvía cada verano a ese lugar al que dedicó una hermosa canción sobre un atardecer nublado y una mujer que lo miraba cantar entre los rostros del público.
Unos días después de la muerte de Labordeta, mi padre me dijo que la primera vez que actuó en Jorcas, lo hizo subido en un remolque improvisado envuelto en la bandera cuatribarrada de la corona de Aragón. Hace unas horas descubrí la fotografía en un periódico aragonés y ese detalle que mi viejo reveló me llenó de orgullo. Todavía hoy en día, en el transcurso de las fiestas de la Virgen de Agosto, fiestas que ya nada tienen que ver con aquellas de los años setenta y las primeras de los ochenta, en la fachada lateral del ayuntamiento puede leerse esa frase memorable de una de su canciones: Esta tierra es Aragón.
De niño aprendí muchas de su letras y aún hoy en día sigo recordándolas: Somos, Esta tierra es Aragón, Arremojate la tripa, el Himno a la libertad, Banderas rotas. Labordeta fue esencial en el aquel proceso de aprendizaje, más que nada porque había sido importante para todos los que me rodeaban, y el recuerdo de niño poseía una admiración y un afecto inolvidable. Tenía esa dignidad compleja de definir, esa mirada serena y plácida que rara vez se agachaba. Recuerdo su sonrisa, incluso siendo muy niño la recuerdo, esa sonrisa entre los bigotazos, esos gestos que luego extendió de pueblo en pueblo en aquel maravilloso programa Un país en la mochila. Años más tarde descubrí que era un lector empedernido de poesía, que además ejercía de poeta de tanto en tanto, algo previsible oyendo sus letras.
Cuando se transformó en un personaje afamado de la televisión me pareció que aquel quizá era otro José Antonio Labordeta, hasta que un viejo conocido de un pueblo cercano, miembro de la Chunta Aragonesista, el partido fundado entre otros por el cantante, me informó una tarde de los esfuerzos personales de este hombretón, maño inconfundible, por poner en el mapa a su comunidad, su empeño por batallar en esa infausta legislatura de comienzos de los noventa contra la intolerancia , la prepotencia y el vacío, el ingente trabajo realizado junto a su gente para convertir a la Chunta Aragonesista en un partido clave de la región y alcanzar esa posición de bisagra necesaria para influir en muchas alcaldías o en el propio gobierno de la comunidad.
He leído tantas cosas en los periódicos tras su muerte que me han recordado su proverbial bondad. Muchas tardes me senté frente al televisor en otra época de mi vida simplemente para sentir esa humanidad contagiosa en sus paseos por los rincones de España, y lo hacía porque necesitaba otro discurso a mi alrededor, otra actitud, aunque fuera en las forzadas representaciones del fraudulento mundo televisivo, incluso a pesar de las críticas de algunos maliciosos que denunciaban cierta falta de espontaneidad en sus actitudes o que insistían sin posibilidad de saberlo en que preparaba como si se tratase de un actor cada uno de sus encuentros con los lugareños. Para mí seguía siendo el mismo tipo sencillo y afable que caminó tantas veces por el antiguo empedrado de Jorcas, el mismo hombre campechano y cercano que se colgaba la guitarra al hombro y desafiaba las tormentas de verano encaramado al escenario que desde aquel viejo remolque oxidado terminó por alcanzar un rango digno, tablado de madera y hierro, con una altura suficiente para ese aragonés ilustre.
Ayer mismo me adentré en You Tube buscando imágenes del viejo profesor. Entre las grabaciones guardadas encontré un concierto multitudinaria de Labordeta. Finalizaba la actuación anunciando como despedida El Himno a la libertad. Se trataba de un recital reciente, ya alejado del origen de aquellos versos que alimentaron la ilusión de mi madre en 1975 y de los conciertos en la plaza de Jorcas en los que tantas veces le oí cantar esa canción. Me emocionó volver a escuchar esa melodía, el viejo Labordeta con escasos cabellos canosos, las ojeras oscuras bajo las cejas pobladas, el gesto adusto y solemne, ciertas arrugas, con sus sempiternas gafas ovaladas y su bigote blanco, entonaba de nuevo esa hermosa letra que tal vez no sería aconsejable olvidar, porque no se hizo contra el franquismo solamente, sino a favor de toda la libertad que diariamente, en cualquier parte del mundo, en cualquier democracia imperfecta, tiranía o infierno que podamos imaginar, nos quitan, nos devoran, nos comen sin que podamos alzar la voz o responder mordiendo. Tchebe entró en ese momento en la habitación y le dije que escuchara esa canción que conocía, que viera las imágenes a mi lado. Lo sucedido después volvió a reafirmarme en algunas ideas sobre esa bella trova y ese hombre fascinante. Una francesa sin raíces españolas, que llegó aquí, a este país canalla, en 1994, escuchaba esa melodía con los labios temblorosos y el rostro demudado, y entonces me acordé del año 1999, si no me equivoco el penúltimo verano en el que Labordeta pasó por Jorcas con su guitarra y su vozarrón. Fue una despedida quizá inconsciente de la que ahora me doy cuenta. La fatiga se aproximaba, y aunque tardó en llegar aún, debimos interpretar aquel regreso como el inicio de un adiós. José Antonio Labordeta vino a tocar a esa plaza en la que había cantado durante más de una década para despedirse de una de las personas de aquella antigua comisión que había muerto joven y en circunstancias desgraciadas, alguien a quien deseaba homenajear en el lugar donde se conocieron, un pueblo en el que en aquellos setenta mediados forjó de alguna manera su carrera pese a las dificultades, un rincón perdido en el mundo donde entonó el Himno a la libertad y vivió esa presunta detención, esa alegría inmensa, ese sentimiento extraordinario que mi madre me revelara muchos años después.
Ese año pasaba el verano en compañía de Tchebe y de una vieja amiga suya, Coco. Les había hablado tanto de Labordeta que tenía cierto temor al concierto, tarde de sábado que amenazaba lluvias, cuando ya las fiestas patronales se habían convertido en excursiones alcohólicas y puramente lúdicas, sin aquellas antigua intención cultural, inquieta y rebelde en cierta manera. Los años habían transcurrido, España era por entonces ya un país supuestamente rico a nuestros ojos, los cantos a favor de la libertad habían perdido fuerza amortiguados por el fluir del dinero, la vida se adormilaba en un paulatino proceso de aburguesamiento consumista y cutre, antiguo, demasiado obvio y obsceno frente a nuestra vecina Francia y a la Europa de primer orden. El tiempo nos dio la razón a los incrédulos desgraciadamente, y lo peor es que quizá nos la siga dando a nuestro pesar, pero ese es otro cantar y no quiero ser agorero. Escuchar a Labordeta tantos años después, situarlo en el mismo escenario no ya con los ojos de aquel niño impresionado, sino con la mirada del joven a punto de inclinarse ante la bestialidad del mundo, susurrando de reojo la vieja rebeldía y aceptando las convenciones y la mediocridad a la fuerza, suponía para mí un reto, contemplar cómo todo había ido cambiando al paso de mi derrota, y tener eso ojos franceses a mi lado me provocaban una ligera tensión, como si Labordeta fuera mi padre o yo mismo, y yo respondiera con mi dignidad de su música.
Estoy viendo su corpachón y esa mirada franca, la guitarra colgada de un cinta sobre el hombro y sus dedos gordezuelos rasgando las cuerdas. Pienso en la extraña sensación que se produjo, con la amenaza de tormenta veraniega una vez más sobre las cabezas de los espectadores, repitiendo aquella vieja maldición de los nostálgicos. Qué demonios tenía ese hombre para que todos guardaran silencio en esa plaza siempre bulliciosa en fiestas, para que las miradas quedasen fijas en él, en su guitarra agarrada como un martillo, en su paso algo torpe por el escenario. Era la antítesis de la rock and roll star y sin embargo su dignidad provocaba ese silencio inmenso cargado de respeto. Cuando casi una hora después de comenzar el recital rascó las cuerdas con esos acordes y cantó El himno de la libertad, la expresión de Tchebe contuvo una emoción que a la fuerza tenía que ser ajena al origen de su letra y su intención de aquellos años setenta mediados, y no obstante le estaba diciendo a gritos algo, estaba apelando a su dignidad, y lo mismo le sucedía a Coco, que chapurreaba español con un acento terrible y con la boca abierta oía ese toque de guitarra basto y poco virtuoso, esa voz profunda que parecía llegar de las rocas de la pedriza, de la seca piedra caliza de las Peñaroyas como un eco de otro tiempo. Incluso Esta tierra es Aragón quedo en el tarareo gabacho al menos unas semanas después de aquellas largas vacaciones inolvidables. Supongo que el estío del año 99 fue memorable en aquel recorrido feliz por el Maestrazgo y las sierras de Teruel, Javalambre y Gúdar, por los baños desnudos en esos ríos de aguas heladas y los paseos despreocupados, por esas fiestas patronales deliciosas que aún entonces guardaban alguna esencia del tiempo perdido y su origen, o quizá todavía la guarden para el mundo aunque yo ya no lo vea, pero de todas aquellas semanas, de la tristeza de nuestra vieja amiga Coco por entonces y la memoria fértil de Tchebe, 1999 quedó encuadrado en esa hermosa tarde de música y poesía que nos regaló José Antonio Labordeta un 14 de agosto, como un eco memorable de la dignidad humana reflejada en el rostro de ese hombre y de todos los poetas, algo que les hacía pensar a las dos en Brel y en Brassens, en el viejo Moustaki, en Leo Ferré o en Aragón. Coco se rió a carcajadas con la historia del mono y el Juez que Labordeta contó a mitad de concierto con la sonrisa en los labios. Se la oí en otros conciertos pero no me importó.
Once años después, hace apenas unos días, cuando Tchebe volvió a escuchar el Himno a la libertad sabiendo que Labordeta había muerto, sus ojos se llenaron de lágrimas, las mismas lagrimas que inundaron el corazón de mi madre tantos años atrás, la misma sensación de hermandad y rebelión que siempre sentimos en el Aragón desierto de sierras escarpadas y secas, de pueblo vacíos y soledades dignas, esa esencia que Labordeta, de puro amor, siempre expresó en todas partes como si fuera un embajador sin título de una tierra que amaba.
Años más tarde vendría la televisión y sus espectaculares legislaturas en el parlamento. Se hizo aún más famoso, no sólo en el entorno antifranquista de los setenta o en ese Aragón que siempre lo tuvo presente, sino para toda España. Fue memorable aquel momento democrático en el que ante el pataleo y la burla incesante de aquel partido popular en mayoría absoluta y con el rumbo atrofiado, que boicoteaba su intervención mientras intentaba una y otra vez hablar, su cabreo ante aquel simulacro de congreso, propició su enfado airado, ese a la mierda ante los insistentes gracioso para dar la vuelta al mundo catódico de la noche a la mañana. Quizá demasiado poco para un luchador de su envergadura, pero lo cierto es que su figura creció, y lo hizo alejada del exabrupto de esa tarde ruidosa. Lo hizo con sus textos de beduino en el congreso y con su literatura, con sus libros de poemas, con todas esas canciones que nos fue dejando a lo largo de tantas décadas.
Ahora, a veces Tchebe canta El himno a libertad a Mateo y tratamos de que posea ese sentido universal y eterno que igual valdría para Aragón o la España del franquismo, para la Cuba de Castro o frente a los sucios tejemanejes de la extrema derecha norteamericana, para los especuladores del populismo barato y falso, o para los aprovechados y los corruptos de las democracias vencedoras, para los tiranos de tantos y tantos países, hecha para todos esos seres humanos que por alguna razón sienten o puedan llegar a sentir que su libertad queda coartada por el ruido ensordecedor de la estupidez, la maldad o la historia de los vencedores. Otras entona los conmovedores versos de Banderas rotas, de todas esas banderas que como las suyas y las de otros muchos antes, y tristemente como las que se quebrarán en el futuro en el incierto devenir del mundo, se alzaron entusiastas para quedar rotas por la vida.
Me cuentan que en algunas de sus reuniones con parlamentarios, silenciosas y discretas, logró unificar a gentes de ideas y mundos opuestos, que hasta el infausto Jiménez Losantos le hizo un hermosa necrológica en su inefable programa de nada y miseria, y que en más de una ocasión mentó en público que el abuelo le ofreció la posibilidad de leer y gratis a la mayoría de los escritores latinoamericanos del boom; que aquellos que compartieron sus ideas en Aragón se citaron con todos los demás en esa capilla ardiente en la que 65.000 personas dejaron sus huellas y el cariño hacia un hombre irrepetible que siempre quiso ser recordado como un árbol caído, como un pájaro herido, como un hombre sin más.
Un viejo amigo de mi padre que asistió hace algo más de un año a uno de sus últimos conciertos en Teruel, le contó que, en una conversación posterior al recital, Labordeta expresó ante un grupo de personas cercanas las ganas que tenía de volver a Jorcas a cantar antes de que todo desapareciera, como si el círculo de aquellos comienzos ilusionantes, aquellos años en la ciudad de Teruel en los que animó e hizo revivir la triste vida cultural de una capital de provincias pequeña y aburrida, algo que fijó su destino en medio de la casualidad para empujarle junto a su voluntad y su bondad hacia lo que luego terminó por convertirse, tuviera que cerrarse en el pequeño pueblo que vio nacer a buena parte de mis antepasados, ese lugar en el que tantas veces fui feliz.
No volví a verlo en vivo después del año 1999, y eso que en mi primera y fallida novela sobre la educación escribí un capítulo acerca de esa noche en la que acabó en el cuartelillo entre los verso del Himno a la libertad y esa joven y esperanzada comisión de fiestas, tal vez porque su presencia siempre fue importante incluso cuando me alejaba de sus pasos tozudo, envuelto en mi vida maldita y en mis deslices autodestructivos.
Los tiempos cambian pero él me hacía pensar que algo podía quedar de toda esta velocidad ciega, era como si saber que al abuelo estaba vivo me diera tranquilidad, me ayudara a situar las cosas de la existencia en su justo lugar. Ahora siento algo más de de orfandad, y quiero recordar sus paseos por las calles de Jorcas, su voz llenando el vacío en aquella sierra pelada y en extinción que durante los estíos recuperaba la magia de otro tiempo habitado, su guitarra colgando del hombro, su sonrisa a los muchachos en los que tanto confiaba, sus trayectos por los pueblos de España con una mochila a cuestas y ese a la mierda que en verdad representaba a una mayoría de la ciudadanía española en ese momento harta de mentiras y manipulaciones, de prepotencia y cinismo. Me quedo con esa frase que solía decir en público y en privado, como si no hubiera diferencia en el ámbito de una y otra existencia, que se sentía un extraño entre parlamentarios, que no servía para ser diputado porque siempre trataba de decir la verdad.
A mi padre le queda un compadre menos y a mí me desaparece un tío abuelo que adoraba. Nací en Valencia y sin embargo siempre sentí como propia a esa tierra aragonesa tan sobria y resistente. Hoy en día, ante la realidad de la Comunidad Valenciana siento un irreprimible deseo de adquirir la nacionalidad aragonesa para alejarme de todos los Gürtel y sus secuaces, de la maligna influencia del endiosamiento y la soberbia, de la triste corrupción aplaudida, o de ese ruidoso circuito de Fórmula 1 que ensordece las miserias de la capital del Turia. Esta ciudad, como dice Tchebe, ya no es lo que era, ya no guarda casi nada de lo que fue. Tal vez sea el momento de convertirnos en sobrios aragoneses, y Labordeta siempre será una de esas razones que justifican el cambio hasta que haya una posibilidad de regresar -porque regresaremos-, quizá porque en aquel Viento niebla polvo y sol, y donde hay agua una huerta, y al norte los pirineos, en esos límites que siempre fueron Aragón, encontré la calida sencillez de un pueblo austero y silencioso, a veces modesto hasta la exasperación, o incluso distante a ojos superficiales, que de alguna forma se apoderó de mí para reflejarme donde se hallaba mi verdadera tierra.
Su lista de acompañantes, amigos y compañeros de viaje es inmensa, tantos que en los homenajes acontecidos tras su muerte los nombres se me arremolinan inasibles y me cuesta desentrañarlos, gentes con las que cantó, personas a las que acompañó o le acompañaron en cientos de causas y actos sociales, muchas personalidades famosas de la canción y la política, otras anónimas que como yo siempre mantuvieron esa memoria hermosa, esa agradable anécdota resguardada en el baúl de los recuerdos, una vida de diferentes caras y prismas, unidos siempre bajo una misma personalidad arrolladora y solemne, sincera y llana como pocas, que hizo de Aragón su bandera y de la libertad una lucha constante, obcecada y terrible. Miro entrevistas, leo palabras sobre él, artículos, textos biográficos y necrológicas emocionadas, y siempre me queda esa misma sensación de haber conocido a la misma persona, ese rostro familiar, esa sonrisa cercana y afable.
Ayer domingo luminoso en la sierra, Lucía, una vieja amiga de José Antonio Labordeta desde sus comienzos en los años setenta, que estuvo en el homenaje principal que se celebró al día siguiente de su muerte en Zaragoza , enumeró algunas de sus anécdotas memorables que compartió a su lado con el rostro solemne, y de repente, a todos los que estábamos a su lado nos contagió esa tristeza y esa alegría irremediable que desprendían sus palabras. De alguna forma algo de él continua vivo en el silencio de esas calles que anochecen en cuanto llega el otoño y se preparan para la dura soledad del invierno. Lo bueno es que en el estrépito del verano, entre esos niños que el 15 de agosto de todos los años alboroten en la plaza, o junto a esos muchachos ideando el amor entre los ramajes del río, o con esos que charlan sobre la roca, con los que beben sus primeras cervezas escondidos en los portales, junto a eso ancianos que con los años a cuestas cuidan apacibles de los huertos de las veredas del río, frente a la iglesia del siglo XVII o a lado de la Ermita de San José, quizá al final del camino de las Palomas, donde antaño en fiestas se alineaban los coches formando un par de kilómetros de cola a cada lado, junto al ayuntamiento donde siempre rezará ese lema de Esta tierra es Aragón, entre los matojos de secano de la Pedriza o en el tejado de los pajares agujereados, en la tasca de piedra con sus bancos de madera, en los chorros del Gamellón o en la corona de la Muela, cuando lleguen las tormentas del atardecer y el trueno ahogue el fragor de la vida, quizá se oiga entre los cientos de fantasmas de la historia allí reunidos esa guitarra bronca y sonora, la risa contagiosa y la mirada serena, los acordes del viejo himno, la ilusión de levantar alguna bandera que perdure, algún canto perdido que nos diga de dónde venimos y a donde, tal vez, deberíamos ir.
Va por usted, Don José Antonio, para que se arremoje la tripa en cuanto llegue la calor, para que veamos un horizonte hermoso que ponga libertad, para que nada de lo esencial muera y evitar preguntarnos aquello que usted rezaba de vez en cuando: a veces me pregunto que hago yo aquí.
Rosana-Banderas Rotas
Biografía
José Antonio Labordeta nació en Zaragoza en marzo de 1935, fue cantautor, escritor, poeta y político. Editó 16 discos aunque él siempre reconoció que le costó años saber el número exacto. Dice no saber donde se hallan la mayor parte de los manuscritos de sus obras literarias. Murió en Zaragoza, el 19 de septiembre de 2010. A su homenaje asistieron 65.000. personas.
Discografía
Andros II
1968
Cantar y callar (EP, discolibro en la edición de Fuendetodos)
1971
Cantar y callar (LP)
1974
Tiempo de espera
1975
Cantes de la tierra adentro
1976
Labordeta en directo
1977
Que no amanece por nada
1978
Cantata para un país
1979
Las cuatro estaciones
1981
Qué queda de ti, qué queda de mí
1984
Aguantando el temporal
1985
Qué vamos a hacer
1987
Trilce
1989
Tú, yo y los demás
1991
Canciones de amor
1993
Recuento (Labordeta en directo)
1995
Paisajes
1997
30 canciones en la mochila
2001
Con la voz a cuestas (discolibro de poemas y canciones propios y de otros autores)
2001
Vayatrés
2009
Bibliografía
Sucede el pensamiento
1959
poesía
Las Sonatas
1965
poesía
Mediometro
1970
cuento, incluido en Papeles de Son Armadans
Cantar y callar
1971
poesía
Treinta y cinco veces uno
1972
poesía
Tribulatorio
1973
poesía
Cada cual que aprenda su juego
1974
dos relatos breves
Poemas y canciones
1976
antología
Método de lectura
1980
poesía
Con la voz a cuestas
1982
memorias
Aragón en la mochila
1983
libro de viajes
Jardín de la memoria
1985
poesía
El comité
1986
novela
Diario de náufrago
1988
poesía
Mitologías de mamá
1992
novela
Los amigos contados
1994
memorias, escritos varios
Monegros
1994
poesía
Un país en la mochila
1995
libro de viajes
Tierra sin mar
1995
ensayo
Banderas rotas
2001
memorias, ensayo
Dulce sabor de días agrestes
2003
antología poética
Cuentos de San Cayetano
2004
cuentos
En el remolino
2007
novela
Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados
No sé exactamente de qué manera, pero todo termina por alcanzar algún sentido. Tal vez somos nosotros quienes deseamos con tanto fervor que algunas de las cosas que vivimos lo tengan y así concebimos el orden, la metáfora que nos guía.
Hace algo más de un mes acudí a un entierro. Llovía a mares y me uní, a primera hora del atardecer, a la comitiva que recorría el camino de tierra del cementerio municipal de Valencia. Acompañaba a mi padre. Lo hacía porque a estas alturas tengo la sensación –sin ápice de culpa, sólo con la suavidad del agradecimiento- de que le debo un centenar de cosas, miles de inquietudes, alguna visión del mundo rabiosa y esa pequeña dignidad que me suele quedar ante lo descomunal del universo. Caminábamos despacio. Sostenía el paraguas que nos protegía del aguacero y en ese insignificante gesto deseaba poder ofrecerle todo el consuelo posible. Me sucede algo similar cuando un pequeño triunfo asoma en el paisaje yermo de mi existencia y lo primero que pienso es en llamarlo aunque esté a cientos de kilómetros de su casa.
Hace muchos, muchos años que dejé ese hogar alegre y, sin embargo, siempre he sabido que podía volver, regresar con la mochila cargada de dolores, emociones y nuevas derrotas. Eso es impagable en un mundo como el nuestro, tan despiadado e incomprensible. También sabía que la muerte de su viejo amigo lo dejaba huérfano, sin más interlocutor que yo en medio del tiempo vencido, de las alegrías esporádicas, de la ilusión por el pequeño Mateo y sus cuitas, sumido en el descubrimiento de internet o ante la exasperación frente a la crispación de esta pobre democracia, esa inmoralidad de los viejos tiempos autárquicos tratando de apoderarse del presente, de la poca paciencia y la impericia de este país para calmarse y decidir emprender algo juntos sin acritud. Mientras avanzábamos pegado uno y al otro, pensé en la cantidad de cosas hermosas que me había dejado y en la aguda necesidad de decírselo, de que lo supiera. Su fragilidad era en el fondo mi propia historia; una fragilidad rocosa, insistente y decidida, una fragilidad capaz de sobreponerse, de avanzar, de construir y enseñar, pero llena de esa inteligencia que duda, que evoluciona, que es capaz, a pesar de la edad a sus espaldas, de resistir. Deseaba decirle que él había convertido la paternidad en algo sagrado, que sus defectos se habían hecho avisos, sus miedos pequeñas valentías, sus extravagancias un modo de vida, sus pesquisas una guía para mis sirenas. En ese instante, sujetando su pequeño cuerpo, pensé que todo guardaba un profundo sentido, que mis defectos eran cosa mía, que lo que me quedaba bueno nacía de él y que el tiempo había cobrado una razón lógica en ese paseo. Es difícil romper la incertidumbre entre los seres humanos, alcanzar el interior de los otros. Lo es también entre un padre y un hijo.
En agosto de 2008 colgué en este blog un poema llamado Cartografías. Es uno de esos pocos poemas escritos por mí que me satisfacen, y ante su relectura suele desaparecer ese rubor que asola mi rostro cuando me enfrento a la posibilidad de compartir mi escasa poesía. Cuando nos detuvimos frente al nicho del viejo amigo, mediada la ceremonia triste y desconsolada la familia que se aferraba a mi padre como naúfragos en esas escasas maderas que contienen alguna incierta salvación, le noté un temblor que recorría sus brazos. Entonces sentí de nuevo esa necesidad de explicarle en qué consistía mi existencia, este confuso despropósito de sueños incumplidos y vitalidad ciega. Deseaba describirle en qué medida su presencia había sido un regalo irreemplazable, único. En ese momento recordé el breve poema que había escrito hacía un par de años, también los largos paseos compartidos a su lado por la Sierra de Gúdar, la ayuda desinteresada ofrecida sin precio en muchos momentos aciagos de mi vida, la extraña sensación de imaginar una existencia en la que él no estuviera. Aquellos versos, construidos desde las premisas delleuzianas que tanto me obsesionaron algún tiempo, hasta que comprendí que ese mundo filosófico, esquemático y profundo, era en verdad extraño a los elementos emocionales que tantos años atrás me empujaron a amar la literatura, que no me servía para describir pasiones lectoras cuya esencia guardaba relación con hechos sentimentales y poco o nada tenía que ver con conceptos filosóficos, acudieron a mi memoria. Que más tarde llegara a afirmar que la lectura era un goce, una pulsión, un placer estético, moral e intelectual, desmesurado que apaciguaba mi sed, el hambre o la insatisfacción, que me permitía adentrarme en otros mundos y en mi propia vida, y reconocer sin prejuicios ni titubeos que Don Quijote fue siempre humano, era una cuestión aparte respecto a las coordenadas estéticas que conformaron la composición de Cartografías. Esos versos, sin embargo, habían llegado hasta ese instante tan sólo para que pudiera decirle en unas palabras todo lo que había guardado de su mundo en mi alma, esas cosas a las que no pensaba renunciar a pesar de los pesares: la belleza de un sentido, de una lucha, una expresión modesta de su enorme humanidad aprendida durante años.
Entonces recité el poema en su oído, y él, que conocía aquellos versos desde entonces sonrió. Murmuró Cartografías: se sabía esas palabras de memoria porque sin yo intuirlo siquiera fueron importantes para encontrar algún sentido a su existencia, como si el premio hubiera sido en el fondo descubrir que tras las máscaras de su hijo mayor surgía su propia continuidad, distinta y tal vez imperfecta, pero impregnada del hálito con el que quiso insuflar de verdad a todo cuanto hizo. Fue consciente de que era un poema sincero y mi pequeño homenaje a la paternidad, a la figura de la paternidad que a lo largo de mis treinta y cinco años había conformado la relación con él, o con esa especie de padre conocido en otros, leído o entrevisto por casualidad, que constituye en su complejidad lo que yo más admiro del sentido de la paternidad.
Soy consciente de aquello que afirmaba ufano mi querido Oscar Wilde: que sólo la mala poesía es sincera. Pero nuestro admirado Wilde dejó a la posteridad no sólo una sólida obra literaria sino un sinfín de boutades del estilo. Nadie es perfecto. Creo de todas formas que el concepto de sinceridad debería ser desmenuzado a la Wittgestein antes de pronunciar semejante sentencia. En verdad, lo único que había deseado era escribir un buen poema que me sirviera para expresar uno de mis mundos ideales, aunque esta vez el espacio, el lugar, los personajes, eran reales como el paraguas que sostenía bajo la lluvia protegiendo a mi padre, y no sólo a él como persona, sino lo que representaba a mis ojos: la dignidad del sueño, la capacidad de apretar los dientes y aspirar a la dignidad, la entereza de una ilusión de justicia, la necesidad de moral en un mundo amoral, la fuerza que guardé en ese instante y que llegaba desde su catalejo antiguo con el que oteaba el horizonte, de su afán por insistir en mis improbables sirenas en las que nadie creía.
El verano pasado, el resultado de las sesiones musicales con tres fanáticos, David Turksma, Thierry Gedigier y Daniel Ariño, músicos de vocación y de fe que frecuentaban de tanto en tanto mis poemas, dejó una canción de apenas un minuto y medio en la que Cartografías se arrancó de encima las premisas racionales y alcanzó a mostrarse ante mis ojos como un poema breve del que me sentía muy cercano al contrario de lo que me sucede con la mayoría de mis versos. No he tocado en todo el tiempo transcurrido desde su escritura hasta ahora ni una sola coma, ni he cambiado media palabra, algo tan inusual teniendo en cuenta mis eternas dudas.
En el pequeño impasse de tiempo entre finales de agosto y principios de septiembre del 2009, pasando unos días en ese paraíso tan querido de la Sierra de Gúdar, en Teruel, el equipo que formábamos aquella hermosa expedición tomó la decisión de hacer un vídeo en torno al poema y a esa canción compuesta meses atrás. El resultado fue el Videopoema Cartografías. Debo confesar que tardamos un par de días en precisar la idea, y cinco horas de grabación que forman parte de mis recuerdos más hermosos y divertidos de los últimos tiempos. El poema quedó guardado en la memoria de los que participamos, y apenas visionado en formato DVD por un puñado de amigos que lo celebraron.
Si la idea fue adentrarme en la paternidad a través de la palabra poética, el videopoema terminó por reafirmar el sentido de los versos. En febrero de este año, por una casualidad, un compadre nos habló de la posibilidad de distribuirlo en algunos festivales y de participar en algún posible premio. Sostengo la alegría de haber conseguido, junto con las personas que participaron en su creación visual, que la pequeña pieza se haya visto en unos cuantos rincones del mundo. Es posible que técnicamente el vídeo no pueda ganar una competición cinematográfica, así que asumo el destino del mismo y no quiero entrar en mayores valoraciones, al fin y al cabo, primero fue un poema –un homenaje-, y el resultado posterior no es otra cosa que la posibilidad de alcanzar a un público que jamás leería poesía. Pienso que Cartografías alcanza a representar a través de los versos, las imágenes y la música, una digna metáfora que me apetece compartir.
Para colgar el poema en agosto del 2008 utilicé una fotografía de Robert Capa en la que aparecía Ernest Hemingway y su hijo, la misma que encabeza estás notas. A pesar de la escopeta, la imagen representó a mis ojos esa poética de la paternidad respirada. Sólo espero que mi padre sepa la razón de éste impulso, el porqué de esas palabras que en el fondo son suyas, esta ilusión de construir un pequeño regalo a los padres pacientes que como el mío siempre estuvieron dispuestos a buscar a nuestro lado a las sirenas.
a A.G., in memoriam, que me atormenta en las noches de invierno, febrero extinguido tal noche como hoy, que me hace ser mejor para no ser otra vez el vampiro que heló su sangre, que me hace merecedor del silencio….
Todos los días pienso
en esas noches de incendio,
en el rastro que dejamos
quebrado en los andenes,
en el manto de la oscuridad
que cayó sobre nosotros,
en esos perros de la lluvia
condenados…
…y entonces escucho el eco
de las musas, el aliento
que impregnó la llama
del espantapájaros,
su triste rumor,
la caída de ese otoño
que trasmutó al vampiro
en aire espantado,
en tiempo detenido.
Porque esas tardes aspiré
cegado los caballos blancos
y el galope de los ángeles,
saltaban como perros mojados,
alabando la piel del demonio,
de nuestra inconsciencia…
(…pintamos de rojo los muros,
se impregnó el aliento del suave
murmullo de las hadas.)
Apenas conocía el tiempo,
los lamentos de las sirenas
y el peligro de bordear las farolas,
pero ella me siguió
como los pájaros en bandada,
extendió sus alas
en mi pecho y me acerqué
para morderla.
Fue inutilidad de los colmillos
en su piel de escarcha,
bebí su sangre al igual
que el vino de los cuerpos,
el esplendor de lo sagrado
en esos pechos santificados.
La hice correr en la cuerda
floja, henchido de la ira,
así quiso cogerme de las manos
para beber de los abismos,
para rompernos en la cima,
en las copas de los árboles,
mientras danzábamos aquel
vals que nos partió de aurora…
(…pero no veía nada,
y tú, ciega, tampoco:
ahora te digo tú en esta bruma
con los ojos enrojecidos
de heladas venas
que fundieron el vidrio.)
En el frío atelier de pintura
acrílica, lienzos sudorosos,
sumidos al calor
de nuestra miseria,
abrazados, helados,
bebí tus pezones,
lamí tu ingle,
mi veneno y mi salvación,
extinguiéndote.
El suspiro empaña este silencio,
palpita el subconsciente
con los remordimientos de los peces,
sordos, mudos, apenas
vida de segundos
que anochecen, el olvido
que pudo con ello,
con el destino
y la corona de espinas
que clavé en tu frente.
Nuestro amor estaba hecho
de furia, de labios y dientes,
de respirar entrecortado
y yacer envueltos en la sal
de los mares,
tan salada tu savia,
tan espeso mi desdén
por la ceguera.
Sin miedo ni al tiempo
ni a las nubes de Estigia,
colgados de este infierno
turbio, de este delirio
quemado, de espesura
y hogueras de azufre.
Luego te gocé
desde el origen del mundo
y la voluptuosidad,
te devoré sin rencor
en el viento que agitabas,
de puente en puente,
conversando de la Comedia
hasta llegar al Leteo…
…y al correr entre los muertos
tus ojos se ensombrecieron
con la hiel de mi dolor,
te enseñé las agujas de sangre,
a pincharte en esas venas
y a gozar del artificio
hasta sentir el control
vacío, la dirección
rota en las esquinas.
Un día sonó el teléfono
y vi tu rostro en el cielo,
sentada en el alfeizar
de la ventana me mirabas
con la risa de las sombras:
-¿Dónde está ese vampiro?
¿A dónde fue mi desvelo,
la rabia de esta ausencia,
la muerte que me diste?
El sonido de su voz
anda por la hilera del paseo,
en los tejados
de los edificios húmedos,
en mis manos temblorosas
que lloran y lloran
el agua que expulsé,
en el semen que bebiste
bajo la brisa que acarició
tus hermosos cabellos.
-¿Dónde estás, espantapájaros,
sin alma, sin mí, sin nada?
¿A dónde vas con ese rencor,
a dónde lloras éste silencio?
¿Cuál es el eco de esa melodía
triste, que fue siempre el vals
de los gatos sin dueño?
En su libertad la oí volar
arrojada desde la ventana,
albatros de alas extendidas
y torpes en una defenestración
ilustre que ocupó las noticias
de la nada desgarrada
y su imagen de nieve.
-¿Dónde estás angel turbio,
qué tiniebla te espera?
¿Sabes que me voy
por tu nombre y tu vida,
por no ser el despojo
de esta dependencia,
la costilla de tu bilis
y la dura piedra en la que lloras
este tiempo vedado,
la rotura, el desconsuelo…?
Y voló hasta aplastarse,
voló como el pájaro que fue,
que se había ido
entre los ramajes espesos
de selvas perdidas,
voló y voló
hasta romperse el cráneo
sobre la losa gris
y expulsar el vómito de sangre
feroz sobre la línea
pintada, que recogí
como la espuma
de las olas entre mis dedos…
(…que quedó en aquella calle
para siempre, para verte
por las noches,
cuando a solas aparezco
por el tiempo de la nostalgia,
cuando el deseo se hace vampiro
y muere el espantapájaros.)
Todos los días pienso
en esas noches de incendio,
en el rastro que dejamos
quebrado en los andenes,
en el manto de la oscuridad
que cayó sobre nosotros,
en los perros de la lluvia
condenados….
Leonard Cohen y Enrique Morente se encontraron por primera vez en Madrid, gracias al poeta Alberto Manzano. En realidad ya les unía sin saberlo su pasión por Lorca, y Alberto se había empeñado en que Morente se interesara por un proyecto que deseba regalarle a Leonard Cohen el día de su sesenta cumpleaños. La idea era adaptar algunas de las canciones míticas del canadiense, y preparar otras con algunos de los poemas que Lorca escribió en Poeta en Nueva York, su libro favorito.
Fue un encuentro de almas afines, a pesar de que no pudieron hablar mucho (Cohen apenas sabía español, y Morente chapurreaba a lo sumo tres o cuatro frases en inglés). Aún así el entendimiento fue profundo y entre traducciones y silencios -ambos, según Alberto Manzano, son muy tímidos- lograron comunicarse, hasta el punto de que Morente debió captar la esencia de este elegante músico y poeta, admirado por varias generaciones de amantes de la música y reconocido ampliamente por sus propios colegas de profesión a tenor de los númerosos homenajes que le han otorgado.
El disco no llegó a a tiempo para el sesenta cumpleaños de Cohen como hubiese querido Alberto Manzano. En 1996 Morente se reunía con una banda inclasificable como era Lagartija Nick, quienes, a pesar de ser del sur, tenían inquietudes musicales que entroncaban más con Sonic Youth y la vanguardía newyorkina que con el flamenco. Aún así, Morente se atrevió a probar suerte; la mezcla de ambas posturas -él, uno de los mejores cantantes flamencos de los últimos veinte años, con permiso de Camarón- y esos rockeros de vanguardia, con un estilo apocalíptico y oscuro, podía llegar a ser un experimento interesante. Antonio Arias, ex miembro de los ilustrísimos 091, padres del pop-rock español, y fundador de Lagartija Nick, contó cientos veces que Morente manejaba de un modo inaudito los materiales que se disponían a grabar, que lejos de ser un cantante de flamenco sin más, sus conocimientos musicales eran notables y variados, y no sólo midió los excesos de Lagartija Nick, sino que convirtió su fuerza en una mezcla explosiva al entrelazarla con su propia voz.
Omega vio la luz en el año 1996, con piezas de una belleza intensa como Pequeño Vals vienes, basada en la canción de Cohen Take this Walz, la maravillosa Aleluya, o ese impresionante alarde de la Aurora de Nueva york. Una obra maestra, en la que Morente no sólo se rodeó de Lagartija Nick, sino de alguno músicos flamencos extraordinarios que dieron el contrapunto necesario a las descargas eléctricas del grupo granadino; Vicente Amigo, Tomatito, Estrella Morente, El Paquete, Juan Manuel Cañizares, Miguel Angel Cortes, Montoyita e Isidro Muñoz. Fue publicado por una pequeña editorial, El Europeo, y para sorpresa de Morente y Lagartija Nick pasó desapercibido. Ellos estaban seguros de haber fraguado una auténtica revolución, y a su alrededor sólo hubo silencio y las quejas irremediables de los puristas.
La leyenda que rezaba en la carátula no podía ser más explícita: Morente y Lagartija Nick (más todos los invitados de lujo) cantando a Federico García Lorca y a Leonard Cohen.
Alberto Manzano envió el disco a Cohen y esté se quedó impresionado, asombrado del inmenso talento de Morente, emocionado por las versiones de sus canciones, por esa voz hermosa y desgarrada que recitaba cada estrofa, cada verso, por la música fascinante y original que contenía aquel presente. Desde entonces, hasta el pasado mes de Julio en Benicassim, no se volvieron a ver, pero Leonard Cohen siguió reuniendo entre sus tesoros los discos de Morente, recordando aquel hermoso encuentro en el Hotel Palace de Madrid del año 93.
Actualmente Omega es uno de los discos más sobresalientes de los últimos veinte años en este país, ensalzado no sólo por el mundo del flamenco, sino por la crítica especilizada en otros estilos musicales. De la pasión de Alberto Manzano, surgió la idea de mezclar a Morente con Leonard Cohen y a ese poeta universal que es Federíco García Lorca, por encima de lenguas, estilos o paises. El resultado fue Omega, cima de la evolución del flamenco y experimento único que pretendió transcender hacia otros públicos la magia del duende. El disco contiene piezas clásicas de extraordinaria calidad, y arreglos deslumbrantes que fueron ensuciando la pureza de la música para alcanzar una cota artistica elevadísima, sin perder, gracias al tino de todos los que participaron, la esencia de ninguna de las partes o estilos implicados.
El efecto Omega no ha parado de crecer en todo este tiempo, se ha reeditado el disco y han comenzado una gira mundial, y a tenor de los rostros del público en el Festival de Benicassim -en su mayoría ingleses- la vigencia de su propuesta sigue siendo duradera. Ante 35.000 espectadores, Morente y Lagartija Nick enmudecieron el escenario principal del festival, dejaron un regusto a eternidad, una sensación general de haber contemplado algo memorable.
Que años después de su primer y único encuentro, Leonard Cohen y Enrique Morente volviera a verse debió producirles una intensa emoción. Tenían frente a sí no sólo el sentido de su propia intención artística, sino el paso del tiempo. La fotografía de El Pais me provocó una extraña felicidad, pues era lo suficientemente explícita como para hacerme pensar que todo es posible. Arte unido por el arte, poesía y música, artistas que buscan encontrarse con otros artistas para seguir tejiendo la ilusión y la belleza del mundo, y que mejor manera de sellar por fin esa alianza que ante esos miles de jóvenes que llenaban la explanada del escenario central. Muchos de los asistentes se fueron convencidos de haber presenciado una extraña revolución que ojalá duré en sus retinas y les ayude a buscar.
Morente, un hombre inquieto, la anticipó en 1996. Sigue colaborando con grupos ajenos al flamenco, siempre con resultados al menos sorprendentes. El penúltimo ejemplo es La Leyenda del Espacio, con Los Planetas.
Notas acerca de Omega
“Omega. Cantando a Federico García Lorca y Leonard Cohen” es un disco en el que colaboran Enrique Morente y Lagartija Nick para poner música a versos de Lorca y en el que además versionean algunos temas de Leonard Cohen, también admirador del poeta.
Además de Enrique Morente y Lagartija Nick, en el disco también participan Estrella Morente, Tomatito, Vicente Amigo, El Paquete, Juan Manuel Cañizares, Miguel Ángel Cortes, Montoyita e Isidro Muñoz.
Contenido de Omega
1. Omega – (10:48)
2. Pequeño vals vienés (Take this waltz) – (05:33)
3. El pastor bobo – (03:42)
4. Manhattan (First we take Manhattan) – (04:44)
5. La aurora de Nueva York – (04:59)
6. Sacerdotes (Priests) – (04:07)
7. Niña ahogada en el pozo – (03:45)
8. Adán – (04:14)
9. Vuelta de paseo – (05:08)
10. Vals en las ramas – (04:01)
11. Aleluya (Hallelujah n. 2) – (06:24)
12. Norma y paraíso de los negros – (04:34)
13. Ciudad sin sueño – (05:46)
Leonard Norman Cohen, poeta, novelista y cantante canadiense, nació el 21 de septiembre de 1934 en Montreal, hijo de una familia judía. Conocido especialmente por su faceta de cantautor, sus letras son muy emotivas y líricamente complejas; sus tres ejes temáticos predominantes, el amor, la religión y las relaciones de pareja, deben más a los juegos de palabras y metáforas poéticas que a las convenciones de la música folk. Cohen canta con una voz peculiarmente grave, su música ha influido en muchos otros autores y sus canciones han sido interpretadas por muchos otros artistas. Ha vivido en Montreal, Londres, Grecia, Nueva York y actualmente reside en Los Ángeles.
Discografía
• Songs of Leonard Cohen (1967)
• Songs from a Room (1969)
• Songs of Love and Hate (1971)
• Live Songs (1973)
• New Skin for the Old Ceremony (1974)
• Death of a Ladies’ Man (1977)
• Recent Songs (1979)
• Various Positions (1984)
• I’m Your Man (1988)
• The Future (1992)
• Cohen Live (1994)
• Field Commander Cohen: Tour of 1979 (2001)
• Ten New Songs (2001)
• Dear Heather (2004)
Recopilatorios [editar]
• The best of Leonard Cohen (1975)
• More best of Leonard Cohen (1997)
• The Essential (2002)
Reediciones
• Songs of Leonard Cohen (Álbum remasterizado, en formato digipack y con 2 temas inéditos, 2007)
• Songs from a Room (Álbum remasterizado, en formato digipack y con 2 tomas inéditas, 2007)
• Songs of Love and Hate (Álbum remasterizado, en formato digipack y con 1 toma inédita, 2007)
Homenajes
• I’m your Fan (1991)
• Tower of Song (1995)
• Omega (1996) Enrique Morente y Lagartija Nick
• Disparen a Cohen: album tributo español (2005)
• Leonard Cohen: I’m your man (2006)
• According to Leonard Cohen / Acordes con Leonard Cohen (2007)
Libros traducidos
• Flores para Hitler, Visor
• El libro del anhelo, Lumen
• La energía de los esclavos, Visor
• La caja de especias de la tierra, Visor
• Comparemos mitologías, Visor
• Parásitos del paraíso, Visor
• Memorias de un mujeriego, Visor
• Poemas escogidos + Nuevos poemas, Editorial Plaza y Janés
• El libro de los salmos, Editorial Fundamentos
• Canciones, Editorial Fundamentos
• Canciones II, Editorial Fundamentos
• El juego favorito, Editorial Fundamentos
• Los hermosos vencidos, Editorial Fundamentos
• Un acorde secreto, Editorial Celeste
• Canciones y nuevos poemas (parte 1), Editorial Edicomunicaciones
• Canciones y nuevos poemas (parte 2), Editorial Edicomunicaciones
Enrique Morente
Ennrique Morente nació en el Albaicín granadino de 1942. De pequeño ejerció como seise en la Catedral de Granada, , y comienzó a interesarse por el ambiente flamenco en las reuniones familiares y vecinales. Aprendió así las bases de este arte, especialmente de mano de Aurelio Sellés (Aurelio de Cádiz).
Su afán de aprendizaje y autoafirmación le llevaron a Madrid, cuando contaba 14 o 15 años de edad. Allí contactó con un grupo de jóvenes aficionados, universitarios en su mayoría, y junto a ellos acudía casi a diario a locales oscuros en donde aprendió el arte de mano de Pepe de la Matrona, cantaor octogenario que había tenido el honor de conocer a todos los grandes y de haber sido alumno del mismísimo D.Antonio Chacón.
El debut de Enrique tiene lugar en la peña flamenca Charlot. A esta actuación siguieron otras allá por el año 1964 en la Casa de Málaga o con la pareja de baile de José Luis Rodríguez y Pepita Sarracena en diversas salas de fiesta, pero debemos considerar su salto a la profesionalidad cuando en ese mismo año es contratado por el Ballet de Marienma, con el que actúa en el Pabellón español de la Feria Mundial de Nueva York y en la embajada española en Washington.
Después actuó en su primer festival flamenco, con el siguiente cartel: Enrique Morente con Juan Talega, Fernanda y Bernarda de Utrera, Gaspar de Utrera, Tomás Torre y Antonio Mairena. La presentación fue a cargo de Ricardo Molina y el evento tuvo lugar en el Teatro de los Alcázares de los Reyes Cristianos.
Al año siguiente fue contratado junto con Susana y José para realizar su primera gira europea por Gran Bretaña, Alemania, Holanda, Suiza y Bélgica, y posteriormente viajó a Japón e Italia junto a Pepita Saracena y José Luis Rodríguez.
Fue también contratado en el tablao las Cuevas de Nemesio de Madrid, pero el prestigio de Enrique entre los profesionales flamencos creció considerablemente cuando entró a formar parte del elenco de artistas de Zambra y posteriormente en el tablao Café de Chinitas, mientras comienzaba a ser reclamado en festivales y espectáculos donde compartió cartel con todos los grandes artistas del momento. En 1967 obtuvo el Primer Premio del Certamen Málaga Cantaora.
Su primer disco no se hizo esperar. En 1967 apareció con el titulo “Cante Flamenco”, acompañado por Felix de Utrera, con la discográfica Hispavox. Esta grabación denotaba el gran conocimiento que Enrique poseía, tanto por su ejecución encomiable, como por la selección de los cantes que incluyó, nada habituales en la época y mucho menos en un joven de 25 años: cantos de Frasquito Hierbabuena, caña, cantes de Pedro “El Morato”, mirabrás, todo ello entre soleás y seguiriyas. En este aspecto, las influencias de Pepe de la Matrona eran palpables y la proyección comercial de este cantaor no era precisamente halagüeña por carecer de presencia en el movimiento estético de aquella época, movimiento que lideraba Fosforito, Manolo Caracol y Antonio Mairena. El reconocimiento a este trabajo discográfico se materializó en una Mención Especial de la Cátedra de Flamencología en 1968.
En ese mismo año, 1967, salió a la luz otro disco, también con la casa Hispavox, denominado “Cantes Antiguos del Flamenco” y en el que era acompañado por el Niño Ricardo, con una selección de cantes que denotaba un profundo conocimiento, sobre todo, por el corto periodo de tiempo con respecto al anterior trabajo, lo que hace suponer que no se trataba de un aprendizaje forzado para la ocasión en ninguno de los dos discos, sino de la exposición honesta y estructurada de lo asimilado, de lo aprendido y de lo vivido.
Durante los siguientes años, tiene lugar el encuentro entre Enrique Morente y Manolo Sanlúcar que provocará una relación profesional que perdurará durante mucho tiempo. Es con éste magnífico guitarrista con quien vivirá la experiencia en 1970 de ser el primer cantaor flamenco que actuaba en el Ateneo de Madrid.
Durante 1971 desarrolló en México con la guitarra de Parrilla de Jerez y la bailaora Ana Parrilla, una serie de actuaciones en tablaos, teatros y centros culturales, que culminó con su participación en el I festival Internacional Cervantino de Guanajuato y su presentación en el Auditorio de la Universidad de las Américas en 1972. Ese mismo año ofreció en Madrid un recital en compañía de María Vargas y Manolo Sanlúcar, recibiendo un homenaje. En compañía de éste último, realizó una serie de recitales en Nueva York (Lincoln Center, Spanish Institute, etc). En 1972 fue reconocido por la Cátedra de Flamencología y Estudios Folklóricos Andaluces de Jerez de la Frontera con el Premio Nacional de Cante y actuó en la sede parisina de la UNESCO. En 1973 volvió a América para cantar en el Lincoln Center neoyorquino.
En 1978, vendría la edición de sus discos “Despegando” y “Homenaje a Don Antonio Chacón”. Por éste último, en el que volvió al cante plenamente ortodoxo, pese a ser una época en la que ya se hallaba inmerso en su particular renovación del cante, obtuvo el I Premio Nacional otorgado al mejor disco de música folclórica que concedía el Ministerio de Cultura.
En el inicio de la década de los ochenta estaban de moda los “mano a mano” entre artistas y fueron varios los que realizó con Camarón. El primero de ellos tuvo lugar en el Frontón de Madrid. En 1981 estrenó en el Centro Musical Piaff de Granada su espectáculo “Andalucía hoy” que posteriormente presentó en diversas ciudades y en el teatro Olimpia de París. En esa segunda mitad de la década de los setenta, Morente participó en el montaje de “La Celestina” junto al pianista Antonio Robledo y su mujer, la bailaora suiza Susana Audeoud. Poco despues, los tres dieron vida al ballet “Obsesion”, estrenado por el Ballet Nacional de Canadá. También junto a Antonio Robledo, Morente creó la “Fantasía del cante Jondo para voz flamenca y Orquesta”, estrenada en el Teatro Real de Madrid el 16 de mayo de 1986, con las guitarras de Juan Habichuela y Gerardo Nuñez y la Orquesta Sinfónica de Madrid, y dirigida por Luis lzquierdo. Ya en estos años se editó un disco pirata en Holanda titulado “Morente en vivo”.
Una de sus experiencias artísticas mas audaces y originales fue el estreno en Granada en 1988 del espectáculo “El loco romántico” basado en la obra cervantina “Don Quijote de la Mancha”. Esta experiencia resumía de alguna manera la trayectoria del maestro de Granada.
En este mismo año (1988) estrenó también su “Misa flamenca”, con textos de San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Lope de Vega y Juan de la Encina. Tambien grabó “En la Casa Museo de Federico García Lorca”, con textos de Lorca. Este fue el primero de sus discos dedicados a Lorca y fue por encargo de Juan de Loxa, director de la Casa Museo.
En 1989 fue nombrado Socio de Honor del Club de Música y Jazz San Juan Evangelista, junto a Angel Barutell Farinós (Jefe Relaciones Externas de El Corte Inglés) y Gustavo Villapalos Salas (Consejero de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid), con motivo del XX aniversario de dicho club.
El 15 de septiembre de 1990, en el Patio de la Montería de los Reales Alcazares de Sevilla se estrenó, dentro de la VI Bienal de Flamenco, el “Allegro soleá” con las guitarras de Pepe Habichuela y Montoyita, el piano de Antonio Robledo y la Orquesta de Cámara de Granada dirigida por Micha Rachelevsky. Era un sueño hecho realidad. Hasta llegar aquí, habían sido muchas las experiencias musicales por las que había pasado. Además de las relacionadas anteriormente, compuso la música de la obra de Martin Recuerda “Las arrecogidas del Beaterío de Santa María Egipciaca”, trabajó con José Luis Gómez en “Edipo Rey” y con Miguel Narros en “Así que pasen cinco años”.
Otra referencia ineludible fue la del marroquí Chekara, ya que en su espectáculo “Macama Jonda”, de José Heredia Maya, reunió a la Orquesta Andalusí de Tetuán con un selecto plantel de artistas flamencos entre los que se encontraba la madre de Lole, nacida en Orán, Antonia la Negra y Enrique Morente. Esta obra intentaba ser un encuentro entre músicos flamencos y magrebíes para crear una atmósfera común.
En 1990 fusionó su expresión musical con las célebres Voces Búlgaras “Angelite” en la Puerta de la Catedral de Barcelona en una producción del Taller de Músicos de Barcelona. En 1991 vió la luz su “Misa Flamenca”, que no tenía nada que ver con las anteriores experiencias flamencas relacionadas con la sacra ceremonia. Posteriormente y aprovechando la que sería la última visita a España de Sabicas, el viejo maestro de la guitarra ya octogenario y en estado crepuscular, pues moriría antes de que la obra saliera al mercado, grabó un disco totalmente conservador con el toque clásico del maestro navarro para el sello Ariola: “Nueva York / Granada , Morente-Sabicas”.
Con “Negra si tú supieras” grabó para Nuevos Medios en el 93, aunque enseguida tomó forma la idea de crear su propio sello discográfico, Discos Probeticos.
En 1994 Morente fue el primer cantaor de flamenco que recibió el Premio Nacional de Música otorgado por el Ministerio de Cultura. En 1995 recibió la Medalla de oro de la “Cátedra de Flamencología” de Jerez de la Frontera y el premio “Compás del Cante” en Sevilla.
En 1996, participó en el homenaje a Manuel de Falla en el Lincoln Center de Nueva York, junto a Tomatito, con el que realizaba una gira por toda la geografía española.
Enrique Morente y Lagartija Nick
En su disco titulado “Omega” colaboró con el grupo de rock granadino Lagartija Nick y numerosos artistas del flamenco, como Vicente Amigo, Tomatito o Cañizares, para adaptar poemas de Federico García Lorca y temas del cantautor canadiense Leonard Cohen. Este disco ha sido todo un referente en la revolución del flamenco, y abrió sendas desconocidas hasta ese momento. Tal ha sido la repercusión de esta obra, que cada cierto tiempo Enrique y el grupo granadino vuelven a reencontrarse para presentar el espectáculo Omega en directo, como ha sucedido recientemente en el festival Primavera Sound 2008 celebrado en Barcelona, dentro de la nueva gira que se está realizando ese mismo año 2008, que les ha llevado hasta a Mejico a presentar su obra.
En 1998 recibió el Galardón de Honor de los Premios de la Música e intervino en el espectáculo “Canción con reflejo” de Cahro Vallés en homenaje a Federico García Lorca, junto al actor Francisco Rabal y su hija Estrella Morente, y que se presentó en mayo en el Teatro Principal de Valencia.
Identificado como uno de los máximos responsables de la renovación del cante, así como el mejor adaptador al flamenco de poemas cultos de poetas como Miguel Hernández, García Lorca, los Machado, Lope de Vega, Al-Mu’tamid, Bergamín, San Juan de la Cruz, Guillén, Rafael Alberti, Hierro, Luis Rius y Pedro Garfias.
Asimismo ha acunado la carrera musical de su hija, Estrella Morente, que se ha consolidado como una de las mejores cantaoras que ha surgido en los últimos años.
En Mallorca, el día 20 de julio de 2002, la Fundación Costa Nord es escenario del estreno absoluto de la primera producción promovida por dicho Centro Cultural : el “ESPECTÁCULO AFRICA, CUBA, CAÍ”. Enrique Morente lideró este proyecto de mestizaje a tres bandas, África, Cuba, y Cádiz, que toma como punto de partida la idea de que el ritmo y la expresión del continente negro tienen un claro reflejo en la tradición musical de América Latina, que a su vez mantiene fuertes conexiones con la música flamenca.
En el 2003 apareció su disco “El pequeño reloj”, con el que rompía el concepto que tradicionalmente se tiene de un disco flamenco, presentando una obra discográfica como una obra de arte completa, desarrollando el concepto del tiempo desde ópticas distintas como si de un libro de poemas se tratase, estructurando el orden de las letras y de las músicas. En su coqueteo con el tiempo, conjugaba lo tradicional, lo añejo y la tecnología. Mientras dejaba constancia de una época fundamental del flamenco, con cantes clásicos sobre toques clásicos (a la cual perteneció y ahora engrandece con su aportación constante), experimentó con nuevas y sorprendentes armonías que aún no han llegado al flamenco moderno.
En el año 2005 se le otorga la Medalla de Andalucía en reconocimiento a una encomiable carrera dedicada al Flamenco y a su apertura con respecto a otras músicas, así como a su divulgación por todo el mundo.
En febrero del año 2006, el trabajo “Morente sueña la Alhambra” en su doble formato (disco y DVD) es reconocido por la Crítica Nacional con varias distinciones. Este mismo disco es considerado como el mejor disco de flamenco en los Premios Nacionales de la Música.
Y siguió recibiendo reconocimientos a su trabajo cuando en junio de 2006 fue condecorado con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.
Su último disco, editado en 2008, se titula “Pablo de Málaga”, y en él, Morente descubre al Picasso poeta, poniendo voz a varios de los poemas escritos por el malagueño universal. La idea surge tras su presencia cantando en la inguración del museo Casa Picasso de Málaga. Este disco de nuevo supone una nueva vuelta de tuerca en su innovación contínua del arte flamenco.
Discografía
“Cante Flamenco” – Hispavox – 1967 – reeditado en 2000
“Cantes antiguos del Flamenco” – Hispavox – 1967
“Homenaje Flamenco a Miguel Hernández” – Hispavox -1971 – reeditado por EMI en 2000
“Morente en Vivo” – Díscolo – 1971
“Se Hace Camino al Andar” – Hispavox – 1975
“Homenaje a D. Antonio Chacón” – Hispavox – 1977 – reeditado por EMI en 2000
“Despegando” – CBS – 1977
“Sacromonte” – Zafiro – 1986
“Cruz y Luna” – Zafiro – 1983
“Esencias Flamencas” – Auvidis – 1988
“Enrique Morente en la Casa Museo García Lorca de Fuentevaqueros” – Diputación Provincial de Granada – 1990 – Bing Bang lo pone en el mercado.
“Nueva York / Granada , Morente-Sabicas” – Ariola – 1990
“Misa Flamenca” – Ariola – 1991
“Aunque es de noche” – Zafiro – 1992
“Negra, si tu supieras” – Nuevos Medios – 1992
“Alegro, Soleá y Fantasía de Cante Jondo” – Discos Probéticos – 1995
“Omega” – El Europeo – 1996
“Lorca” – Virgin – 1999
“El pequeño reloj” – Virgin – 2003
“Morente sueña la Alhambra” – Virgin-Emi Music – 2005
“Pablo de Málaga” – El Caiman – 2008
Es uno de los grandes poetas de la llamada generación de los cincuenta. Su poesía es accesible y en apariencia popular, de una gran emotividad. Nació en Barcelona en 1928, y murió en esa misma ciudad en el año 1999. Fue hermano de Juan y Agustin Goytisolo. Su vida estuvo marcada por la muerte de su madre en 1938, en el transcurso de un bombardeo de la aviación franquista. Su oposición a la dictadura fue visceral y constante. Empezó a estudiar Derecho en la Universidad de Barcelona, y culminó los estudios en la de Madrid, viviendo en el Colegio Mayor Nuestra Señora de Guadalupe, donde conoció a otros poetas de la generación que residían entonces en la capital como José Angel Valente o José Manuel Caballero Bonald. Fue miembro destacado de una generación de grandes escritores (Juan García Hortelano, Jaime Gil de Biedma, Carmen Martin Gaite, Luis Martin Santos, Carlos Barral, Juan Benet) comprometidos contra la dictadura, comunistas o compañeros de viaje algunos años del clandestino PCE, pero también terriblemente vinculados a la literatura y la vida: noctámbulos, bebedores, bohemios, liberales todos ellos; siempre oscilando entre el sexo, el alcohol, la palabra y la vitalidad. Pocos poetas tan ajenos al academicismo como él, tan cercanos a la existencia y a la vez tan intensos. Su poema Palabras para Julia está dedicado a su hija. Fue traductor de poesía y aportó versiones en castellano de poetas italianos y catalanes. Bebedor, fumador, gozoso bon vivant, hombre de la vida como libertad y como exceso, tuvo al final de su camino innumerables depresiones. José Agustín Goytisolo se suicidó el 19 de marzo de 1999 arrojándose al vacío desde el balcón de su casa. De vez en cuando me vienen los versos de éste poema y sonrío; es posible que esa extraña alegría fuera la que él buscó dejarnos toda su vida.
Palabras para Julia
Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.
Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.
Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.
Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Un hombre sólo una mujer
así tomados de uno en uno
son como polvo no son nada.
Pero cuando yo te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otros hombres.
Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.
Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más aquí me quedo.
La vida es bella tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor tendrás amigos.
Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.
Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.
Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Bibliografía
El retorno 1955
Salmos al viento 1956
Claridad 1959
Años decisivos 1961
Algo sucede 1968
Bajo tolerancia 1973
Taller de Arquitectura 1976
Del tiempo y del olvido 1977
Palabras para Julia 1979
Los pasos del cazador 1980
A veces gran amor 1981
Sobre las circunstancias 1983
Final de un adiós 1984
Como los trenes de la noche 1994
Cuadernos de El Escorial 1995
Elegías a Julia Gay 1993
Palabras para Julia; Versión de Paco Ibañez enla sala Olimpya de Paris.
Conocía al Dylan Thomas poeta; también al alcohólico gorrón que paseaban sus carnes hinchadas y sus ojos enrojecidos de casa en casa, viviendo a costa de sus amigos y muriendo despacio. Fue poeta precoz, de un éxito desmesurado que truncó la guerra. Vivió mal y no tuvo demasiada suerte, pero sin duda fue un genio. Sus Eighteen poems o sus Twenty five poems o The Map of Love forman parte de la historia de la literatura inglesa, y es una lástima no poder leerlo en su lengua. Pero también escribió en prosa, como un divertimento, sin la misma pasión y el mismo entusiasmo con el que acometía sus versos. Siempre pensó en sus cuentos y sus novelas cortas como en un arte menor, pero cuando uno lee Con distinta Piel (Adventures in the skin trade) no puede evitar estremecerse. La historia de ese adolescente que decide marcharse de casa rompiendo antes las porcelanas de su madre, las fotografías de su hermana, parte de la vajilla, y los objetos valiosos, y se sube a un tren para abandonar su hogar y llegar a Londres en busca de una mujer que no conoce pero de la que tiene apuntado su nombre y dirección, Lucille Harris, resulta deslumbrante. Su originalidad supera con creces a la de la mayoría de sus prosistas contemporáneos con mayor predicamento. La precisión y el talento de su narrativa provoca rayos fugaces de sabiduría, de esos que proporciona la gran literatura, y encima es un texto divertidísimo. Seguramente leyó a Kafka, pero a mí, Dylan Thomas me resulta más cercano. Las conversaciones fantasmales de Samuel en esa estación a la que llega y de donde no desea moverse porque no sabe qué lugar elegir ni quiere hacerlo se adelantan al teatro del absurdo de Ionesco, al tiempo que Beckett redactaba algunas de sus obras maestras. Pero él no fue consciente del valor de su arte en prosa y durante la segunda guerra mundial abandonó el manuscrito que había comenzado unos años antes. La Guerra terminó con la mayor parte de sus ilusiones, o quizá, a través de ella descubrió el sin sentido. Vivió con toda la intensidad que pudo. Murió alcoholizado en Nueva York, en noviembre del año 53, a los treinta y nueve años, en un invierno triste. Es curioso que falleciera en el hotel Chelsea, lugar mítico de lo suicidas de la tierra.
Por cierto, Bob Dylan se llamó así en su honor.
Con distinta piel
-¿Ha resuelto cuando se va a ir de aquí? -preguntó al cabo el hombre-. Porque usted debe irse, tarde o temprano, ya lo sabe.
-No sé adónde voy a ir. No tengo la menor idea en el mundo. Por eso vine a Londres.
-Mire -dijo el hombre, controlando su voz-, todas las cosas tienen sentido. Tienen que tener. De otro modo no podríamos seguir adelante, ¿no le parece? Todo el mundo sabe adónde va, sobre todo si ha venido en el tren. Eso es elemental.
-Hay gente que huye.
-¿Usted huye?.
-No
-Entonces, no lo diga. No lo diga.-Su voz temblaba; miró los números de sus palmas. Después comenzó otra vez, suavemente, con paciencia-: Aclaremos lo primero. La gente que ha venido debe irse. La gente debe saber adonde va; de otro modo el mundo no podría ser dirigido sobre una base sólida. Las calles estarían llenas de gente vagando, ¿no es así? Vagando de un lado a otro y perdiendo el tiempo en discusiones inútiles con gente que sabe adonde va. Me llamo Allingham, vivo en Sewell Street,cerca de Praed Street, y soy mueblista. Sencillo, ¿verdad? No hay necesidad de complicar las cosas si uno no pierde la cabeza y sabe quién es.
-Yo soy Samuel Bennet. No vivo en ninguna parte. Y tampoco trabajo.
-¿Adónde va a ir, entonces? Yo soy un entrometido, ya le dije de qué me ocupo.
-No sé.
-No sabe -repitió mister Allingham-.No crea que ahora está en alguna parte, ¿sabe?. No puede llamar a este lugar alguna parte, ¿verdad? Respira lugar.
-Estaba preguntándome qué iba a suceder. Eso es lo que he estado discutiendo conmigo mismo. En realidad vine para ver qué me sucedería. No quiero forzar que me suceda algo.
-Estaba discutiendo consigo mismo. Con un muchacho de viente años. ¿Cuántos años tienes?
-Veinte
-Eso es. Discutiendo un problema como ése con un muchacho recién salido de la adolescencia. ¿Qué esperabas que sucediera?
-No sé. Tal vez al comienzo vendría gente y conversaría conmigo?. Mujeres -dijo Samuel.
-¿Por qué debían conversar con usted? ¿Por qué debo hablar yo con usted? Usted no va a ninguna parte. Usted no hace nada. Usted no existe.
Pero toda la fuerza de Samuel estaba en su vientre y en sus ojos. Debía taparse los ojos o el mostrador con tapa de mármol se derritiría y se desprenderían las ropas de las muchachas, detrás de él, y se resquebrajarían todas las tazas de los estantes.
-Cualquiera podía acercarse -dijo. Después pensó en su hermoso comienzo. -Cualquiera -repitió, sin esperanza.
Un empleadillo de la Rotonda, a una docena de puertas de su casa; una mujer de Birminghan, vulgar y fría, asustada por un guiño; cualquiera, cualquiera; un diácono venido del Valle, con un pretexto mezquino y el portamonedas cosido a sus forros; una empleada madura en vacaciones, procedente de un almacén de franelas y calicós, donde las cotizaciones de Bolsa se reciben por cable. Nadie que él hubiera deseado jamás.
-Usted no lo entiende. No espero a esa clase de gente. En realidad, no sé que espero, pero no es eso.
-Modesto.
-No, tampoco soy modesto. No creo en la modestia. Es simplemente que estoy aquí y no sé adónde ir. No quiero saber adónde ir.
Mister Allinghamn comenzó a rogar, echándose sobre la mesa, tirando suavemente de la solapa de Samuel, mostrando las cuentas de sus manos.
-No diga que no quiere saber adónde ir. Por favor. Sea bueno. Debemos tomar las cosas con calma ¿no?. Escuche una simple pregunta. No se apure. Tómese tiempo -cogió una cucharilla de té con la mano-. ¿Dónde estará esta noche?
-No sé. En alguna parte, pero no será ninguna parte que yo haya elegido, porque no voy a elegir nada.
Mister Allinghamn soltó la cucharilla de té.
-¿Qué quiere, Samuel? -Susurró.
-No sé.-Samuel se tocó el bolsillo del pecho, donde estaba la cartera-. Sé que quiero encontrar a Lucille Harris -dijo.
-¿Quién es Lucille Harris?
Entonces mister Allingham lo miró.
-No sabe -dijo-. ¡Oh, no lo sabe!.
(fragmento de Con distinta piel. Dylan Thomas)
Biografía
Dylan Marlais Thomas nació en Swansea, Gales, en 1914. Su precocidad se nota ya desde su infancia, a los 4 años es capaz de recitar de memoria Ricardo II de Shakespeare, preconfigurando no solamente su singularidad, sino también sus dotes histriónicas. Su padre, D. J. Thomas, un escritor frustrado, profesor de una escuela elemental (la Swansea Grammar School, donde estudió Dylan) vio en su hijo el enorme talento que estaba germinando, de hecho soñaba con darle la mejor educación posible, mandándolo a Oxford, lo que no sería posible. Tras terminar su educación secundaria, Thomas emigró a Londres con el deseo ferviente de publicar sus poemas.
Ya antes había dejado la escuela para convertirse, a instancias de su padre, en periodista del South Wales Evening Post. Es en esta publicación donde ya se desatan las dotes de escritor de Thomas. Redacta obituarios poéticamente, y críticas de cine y teatro donde no dejó títere con cabeza, despedazando a lo más granado de las tablas galesas de por aquel entonces (ya muestra su propensión al escándalo). Después de una ardua jornada de trabajo solía apagar su sed insaciable en el bar The Anthelope, donde escuchaba las historias de los marineros ingleses, mientras se embriagaba hasta la médula. Pero el camino no estaba en el periodismo. Tras un año y medio de labor de prensa, la poesía -su “oficio u hosco arte”- lo arrastraría definitivamente hacia sus dominios.
Obras
Su primer libro es Eighteen Poems (1934), recopilación de imágenes transfiguradas que recibió inmediatos elogios de la crítica anglosajona, que apuntó en estos versos la magia y la oscuridad residentes en los mismos. Ya había ganado renombre con publicaciones de los poemas que se reunirían en sus primeros libros en diversas revistas, tales como New Stories, New Verse, Life and Letters Today, The Criterion (donde era director el escritor T. S. Eliot).
Thomas ya se escinde de la poesía de su tiempo, más preocupada de cuestiones sociales, como en la que incursionaban T. S. Eliot o W. H. Auden. Thomas evidencia en estos poemas la influencia del surrealismo inglés, y también recoge influencias de la tradición celta, bíblicas o bien símbolos sexuales. Para Thomas “la poesía debe ser tan orgiástica y orgánica como la cópula, divisoria y unificadora, personal pero no privada, propagando al individuo en la masa y a la masa en el individuo”
La actividad de Thomas no cesa. Ya se había afincado en la capital inglesa, además de procurarse, mediante su poesía, un círculo de lectores y de amistades literarias. Por cierto que no deja de escribir, pero también aprovecha de casarse. En 1936 contrae matrimonio con Gaitlin MacNamara, al tiempo que publica su segundo libro Twenty-Five Poems. Esto ya lo erigen como un elemento a considerar a la hora de entrar a la nueva poesía inglesa. Con todo, las cosas no van bien económicamente. Sumido en una pobreza exasperante, el alcoholismo lo ha tomado por completo y es mediante la bebida como encuentra la lucidez que le permite crear las imágenes oscuras y delirantes que hicieron famosa su poesía.
Hacia 1939 Europa empieza a vivir el horror de la Segunda Guerra Mundial. Dylan Thomas quiere enlistarse, pero se le declara no apto para el combate. Entonces empieza su carrera radiofónica, para la cual demostró un particular talento, especialmente como guionista y locutor. En la radio de la BBC su labor es el comentario de documentales cinematográficos, pero también tendría reservados otros proyectos, como el poema dramático Under Milk Wood (póstumo, 1954). Aparecen sus libros The World I Breath y The Map of Love (El mapa del amor).
En 1946 aparece la que es considerada su obra cumbre Deaths and Entrances (Muertes y entradas). Viaja a Estados Unidos donde incursiona en el guión de cine, que no llegará a ver en pantalla. Mientras redactaba el guión de una obra de Ígor Stravinski, el 9 de noviembre de 1953 a las 12.40 horas, en el Hospital St. Vincent de Nueva York, sufre una hemorragia cerebral que le quita la vida, conclusión fatal a tantos años de alcoholismo desenfrenado. Cuatro días antes había entrado en coma etílico mientras se hospedaba en su habitación del hotel Chelsea.
Like a rolling Stone
Bob Dylan no sólo cogió de Dylan Thoma su sonoro apellido artístico. Estoy seguro de que para componer esta canción leyó Adventures in the skin trade
Nunca fui fan de Nirvana, pero esta canción cambió la música de los años noventa definitivamente, enterró a esos dinosaurios que llegaban ya maltrechos y endiosados desde décadas anteriores, renqueando en ese vacio general de los años ochenta, y rescató la herencia de esa otra gran banda con mucha menos suerte, mas precursora de casi todo lo bueno que vino después, The Pixies. Es una canción extraordinaria, de una fuerza inusitada, que sigue sonando tan nueva y maravillosa como cuando la gente de mi generación la escuchó por primera vez. Ya habíamos pasado la edad del pavo cuando murió Kurt Cobain, su mitificación fue cosa de los que vinieron después, pero es evidente que Smell like teen spirit (Nevermind, 1991) fue una revolución musical cuyos efectos perduran en el tiempo. Su éxito abrió el camino a otros músicos que buscaban otra música, aunque poco o nada tuvieran que ver con Nirvana.
Nirvana
Nirvana fue la más célebre banda estadounidense del llamado movimiento grunge, procedente de Seattle (Washington). Con el éxito de la canción “Smells Like Teen Spirit”, del álbum Nevermind, Nirvana logró una popularidad desconocida hasta la fecha para un grupo con unos presupuestos artísticos minoritarios relacionados con el denominado punk-rock alternativo.
Como líder de la banda, Kurt Cobain se encontró a sí mismo definido en los medios de comunicación como “la voz de una generación” . Cobain se sentía incómodo con la atención que se le brindaba y decidió enfocar el interés del público hacia la música de la banda, que él consideraba lo único importante. En cierto modo su música y su apuesta había sido un esfuerzo dirigido a desmitificar a los falsos iconos del rock, ofreciendo el grupo una imágen casi anodina, una normalidad aparente que enraizaba sus planteamientos musicales con la rabia popular del Punk, muy alejado del divismo y la falsedad de muchas de los artistas populares por entonces. Su movimiento tuvo algo de reflexivo y rabioso; tanto Nirvana como muchos de los grupos de su generáción tuvieron un cierto gusto por lo intelectual y lo profundo, y sobre todo una fuerza musical desconocida que remitía sin remedio a la autenticidad y el talento de las grandes bandas de los sesenta y principios de los setenta.
La corta carrera de Nirvana concluyó con la muerte de Cobain en 1994, pero su popularidad creció aún más en los años posteriores. Ocho años después de su muerte “You Know You’re Right”, una demo nunca terminada que la banda había grabado dos meses antes de la muerte de Cobain, escalaba las listas de radio y música de todo el mundo.
Desde su debut, la banda ha vendido más de 50 millones de álbumes a nivel mundial , incluyendo 10 millones de ejemplares de Nevermind en los Estados Unidos . Su música continúa siendo emitida por estaciones de radio de todo el mundo y aunque no fueron los mejores abrieron un camino interesante lleno de compañeros de viaje y discípulos.
discografía
1989 Bleach Sub Pop Primer álbum de estudio.
1991 Nevermind DGC Records Segundo álbum de estudio.
1992 Incesticide Geffen Compilación de rarezas, lados b, versiones alternativas de canciones, y versiones de canciones originales por otros artistas.
1992 Hormoaning Geffen EP lanzado para promocionar la gira de la banda en Japón y Australia.
1993 In Utero Geffen Tercer álbum de estudio.
1994 MTV Unplugged in New York Geffen Álbum acústico en vivo.
1996 From the Muddy Banks of the Wishkah Geffen Álbum eléctrico en vivo.
2002 Nirvana Universal También llamado como Lo Mejor de o Grandes Éxitos. Contiene la inédita “You Know You’re Right”.
2005 Sliver – The Best of the Box Geffen 19 canciones de With the Lights Out, junto a 3 canciones inéditas.
Gainsbourg nació en 1928. Murió en Marzo de 1991 en París. Si hubiese nacido en el Reino Unido o en Estados Unidos hoy sería sin duda tan conocido o más que Bob Dylan o los Beatles, aunque lleva camino de conseguirlo. Comenzó en el mundo de la música en los años cincuenta. Era pianista de jazz en los bares nocturnos de aquel París noctámbulo y canalla. Grabó sus primeras canciones en el año 58, y con el Poinçonneur des Lilas, una original fusión de jazz y chançon francesa, inició su carrera como autor público en el cincuenta y nueve. A partir de ese momento comienza su leyenda, que no fue sólo musical, aunque es su herencia más duradera, y su continua exhibición durante casi cuarenta años dedicado a la música.
Cumplió ese papel de feo seductor a la perfección y fue amante de las mujeres más hermosas de Francia. Primero cantaban con él, después entraban en su vida. Con Juliette Greco grabó un disco completo. Fue pareja de moda, él joven y talentoso, ella bella, melancólica y consagrada. La hizo cantar como a Gainsbourg siempre le gustó, como si a esas mujeres les faltara el aire. A principios de la década de los sesenta su éxito crece dedicado ya a revisar la Chançon francesa con letras inteligentes y cultivadas que tuvieron un eco extraordinario en aquella Francia inquieta que anticipaba el posterior mayo del sesenta y ocho. Por los estudios de grabación -y por otros lugares más secretos- pasaron en aquellos años a parte de Juliette Greco, Anna Karina, François Galle, Petula Clark, Dalida y Brigitte Bardot. Con François Galle logró un sonado éxito en Eurovisión, en la época en que éste concurso tenía todavía prestigio, con una canción compuesta por él, y grabó con ella Les Sucettes, un tema que hablaba de Annie, una chica a la que le gustaban los dulces (les sucettes sería una especia de pirulí de caramelo) con enorme éxito, siendo en realidad la letra una clara alusión al amor de Annie por las felaciones, hecho que el parecer la Galle comprendió muchos años despúes. Gainsbourg era demasiado inteligente para su tiempo. Buscó la provocación desde el primer momento. Con Brigitte Bardot vivió un sonado romance que disparó su popularidad siendo ella ya un actriz conocídisima en todo el mundo. Cantaron juntos Bonnie and Clyde, y comenzó la época pop de Gainsbourg, donde sus aportaciones musicales, sin ser las más logradas, siguen estando vigentes. Su imagen de feo misterioso y seductor, colgado a un pitillo eternamente, quedó grabada para la posteridad. Después de Briggitte Bardot le tocó el turno a otro mito del cine francés, a Catherine Denueve. Nos queda un disco magnífico y esa canción memorable Dieux est un fumeur de Havane (Dios es un fumador de Habanos).
En el 69 conocerá a la que fue el gran amor de su vida, Jane Birkin, por entonces una jovencísima modelo y actriz de veinte años, inglesa, que apenas hablaba francés. La crítica considera este periodo el más creativo de Gainsbourg. Nos quedan un buen puñado de canciones que dieron la vuelta al mundo (Melody Nelson, Je t´aime… moi non plus, Elisa, La décadanse, Sous le soleil exactement, je suis venu te dire que je m´en vais…). Fue la época más espléndorosa de su vida. Eran una hermosa pareja, admirados, en apariencia felices. De aquella relación nació la actriz y cantante Charlotte Gainsbourg. Estuvieron juntos hasta 1980.
Dirigió películas, con resultados irregulares pero sin duda muy originales para su tiempo, y ejercio de actor secundario en unas cuantas más.
A partir de ese momento, el declive físico de Gainsbourg comienza a ser demasiado evidente. Se decía que, de madrugada, mientras dormía, tenían que ponerle un cigarrillo en la boca y casi dormido se lo fumaba para poder descansar. En todas sus apariciones televisivas aparecía agarrado a su paquete de Gitanes y medio borracho se dedicaba a montar escándalos. Fue sonado su comentario a Witney Houston -por entonces muy famosa- en un progama de televisión en directo, en el que, notoriamente ebrio, pidió al presentador que le tradujera a la cantante que quería follarla, y como el pobre presentador enmudecía, este envejecido Gainsbourg dijo en un perfecto inglés I want to fuck you.
En el setenta y nueve había publicado un extraordinario disco de reagge, grabado en Jamaica, Aux armes et caetera. Los ochenta, con su mal gusto, terminaron con la pulsión creativa de Serge Gainsbourg. Grabó con su hija un disco polémico en el que insinuaba una relación algo más turbia que la paterno filial, hecho incierto según su propia hija o Jean Birkin, pero que le sirvió a Serge para volver a provocar, con alguna canción hermosa como Lemon Incest o Charlotte for ever, pero ya nunca logró alcanzar los hitos de épocas pasadas. A lo largo de la década se reeditaron muchos de sus discos antiguos, se publicaron compilaciones de su obra, y vivió de las rentas de su espléndido pasado. Aprovechó esa vejez decadente para seguir escandalizando a la sociedad francesa con su romance con Bambou, una joven de 21 años que estuvo a su lado hasta su muerte en 1991. Grabó además, poco antes de morir, un buen puñado de canciones para una joven francesa que comenzaba su carrera artística por entonces, ella se llamaba Vanessa Paradise.
Discografía # :
* Du Chant À La Une !
# 1959 :
* Serge Gainsbourg N°2
# 1960 :
* L’eau À La Bouche, BO du film
* Les Loups Dans La Bergerie, BO du film
# 1961 :
* L’étonnant Serge Gainsbourg
# 1962 :
* Serge Gainsbourg N° 4
# 1963 :
* Strip-tease, BO du film
* Gainsbourg Confidentiel
* Comment Trouvez-vous Ma Sœur ?, BO du film
# 1964 :
* Gainsbourg Percussions
# 1966 :
* Vidocq, BO du feuilleton TV
# 1967 :
* Anna, BO de la comédie musicale Anna
* Toutes folles de lui, BO du film
* L’Horizon, BO du film
* Ce sacré grand-père, BO du film
* Le Pacha, BO du film
# 1968 :
* Initials B.B.
* Bonnie And Clyde, album partagé avec Brigitte Bardot
* Manon 70, BO du film
# 1969 :
* Mister Freedom, BO du film
* Slogan, BO du film
* Jane Birkin-Serge Gainsbourg, album partagé avec Jane Birkin
# 1970 :
* Cannabis, BO du film
* Un petit garçon nommé Charlie Brown, BO française du film
# 1971 :
* Histoire de Melody Nelson avec Jane Birkin
# 1972 :
* Sex-Shop, BO du film
* Trop jolies pour être honnêtes, BO du film
# 1973 :
* Vu de l’extérieur
# 1975 :
* Rock around the bunker
# 1976 :
* Je t’aime moi non plus, BO du film
* L’Homme à tête de chou
# 1977 :
* Madame Claude, BO du film
* Vous n’aurez pas l’Alsace et la Lorraine, BO du film
* Goodbye Emmanuelle, BO du film
# 1978 :
* Les Bronzés, BO du film
# 1979 :
* Aux armes et cætera, (célèbre pour la reprise de la Marseillaise en version reggae)
* Tapage Nocturne, BO du film
* Enregistrement public au Théâtre Le Palace, (édité en 1980)
# 1980 :
* Je vous aime, BO du film
# 1981 :
* Le physique Et le Figuré, BO du court métrage
* Mauvaises Nouvelles Des Étoiles
# 1984 :
* Love on the Beat
# 1985 :
* Gainsbourg Live
* Tenue de soirée, BO du film
# 1987 :
* You’re Under Arrest
# 1989 :
* Le Zénith de Gainsbourg
* De Gainsbourg À Gainsbarre (207 chansons, Coffret 9 CD)
Las mujeres de Gainsbourg
Serge Gainsbourg compuso para numerosos intérpretes, en solitario o como duo:
* Isabelle Adjani : Pull Marine
* Elisabeth Anais : Mon père un catholique
* Isabelle Aubret : Il n’y a plus d’abonné au numéro que vous avez demandé
* Brigitte Bardot : Bonnie and Clyde, Harley Davidson, Comic strip, Je t’aime… moi non plus
* Minouche Barelli : Boum badaboum
* Jane Birkin : Je t’aime…moi non plus, La décadanse, Ex-fan des sixties, Baby alone in Babylone, Lolita go home, Ballade de Johnny-Jane
* Petula Clark : La Gadoue
* Pia Colombo : Défense d’afficher
* Dalida : Je préfère naturellement
* Mireille Darc : La Cavaleuse
* Catherine Deneuve : Dieu est un fumeur de havanes
* Diane Dufresne : Suicide
* Jacques Dutronc : Les roses fanées (formando un trío con Serge Gainsbourg y Jane Birkin)
* Marianne Faithfull : Hier ou demain
* France Gall : Poupée de cire, poupée de son, Les Sucettes.
* Juliette Gréco : Accordéon, La Javanaise
* Françoise Hardy : Comment te dire adieu
* Zizi Jeanmaire : Bloody Jack, …
* Anna Karina : Sous le soleil exactement
* Valérie Lagrange : La Guérilla
* Lisette Malidor : Y’a bon
* Michèle Mercier : La Fille qui fait tchic-ti-tchic
* Nana Mouskouri : Les Yeux pour pleurer
* Vanessa Paradis : Dis-lui toi que je t’aime, Tandem
* Régine : Les P’tits papiers
* Catherine Sauvage : Baudelaire, …
* Joëlle Ursul : White And Black Blues
* Marie-Blanche Vergne : Au risque de te déplaire
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