
I
Esa luz que llega.
Esa luz que no es de piel
y es piel.
Esa voz luminosa,
que no es sonido
pero es sonido.
Ese mar calmo,
que no es calmo.
Esa espera lenta
que no es lenta.
Te muerdo de repente,
al romper la piel
y el sonido y la luz.
Este mar no es calmo:
tiene la eyaculación
de la sal,
de la saliva, y no es calmo.
Esa luz que llega
y me llena.
Esa llama
que llena
el sueño que avecina.
Hundir la lengua
enhiesta
en tu sueño
que llega.
Sal, esta sal
que se esparce
y no es la sal
de tus escamas.
Sal hacia mí,
sale aire
en esa luz que no alumbra.
Esa luz que es piel,
que se abre de piel
hasta la furia
de la tormenta.
II
Esta tarde nos hicimos
cosas de lengua.
Las unimos en el mar:
-Tú mojada y yo húmedo,
nos hicimos el amor
sin tocarnos,
pero un amor de perros,
de perros y gatas estrábicas,
de lengua ocultas,
pero lenguas de agua.
Esta tarde nos hicimos el amor
en cada uno de los labios
que no rozamos.
Nos hicimos el amor bajo la mesa,
frente al rosado salmón
y la sobremesa blanca,
junto a la cristalera
y los demás testigos.
Nos miraban hacernos
el amor sin gemir
otra cosa que susurros.
Esta tarde te oí recitar
esperma en tu espalda
y en la suave gota de humedad
de fruta que mordí.
Palpé con el dedo el flujo
que surgió de la risa,
y mojaste con pan
la masturbación de las hadas.
Esta tarde hicimos
cosas de lengua
hasta unir tiempos
en una mesa.
Mi caos entre espuma
de tarde otoñal y tu
vino inusitado de espera
despertando la idea.
Esta tarde hicimos el amor
como perros enjaulados,
como bríos de escarcha,
pero no hubo voces
y pagamos con tarjeta.
Soñamos que todo sucedía:
tú aliada del caos
perdiendo el orden
y yo hijo del orden
dibujando el caos.
Cada uno de mis orgasmos
te llegó al alma como un latido
ensordeciendo
la civilización de nuestra risa,
la fría daga que llevabas
a la espalda
mientras clavabas en mi pecho
tus respiros.
De haber gritado como
una diosa sobre mis piernas
me hubieras arrancado
el corazón en la misma sábana,
y el sol se hubiera
ido diciéndonos a gritos
que nos comiéramos
de una sola vez
el alma.
III
Extinción del amor
como una carta astral.
Tú la dibujas sobre el mundo.
Extinción del amor
hasta el chasquido
y la lágrima.
Extinción de lo que somos.
Ardemos contra el muro
de tristezas y suenan
las sonatas alegres.
Renacer de labios.
Renacer de estrellas y ecos.
Extinción del amor
mientras me abrocho
la cremallera y te subes
la ropa interior por el muslo.
Extinción del amor
que surge cuando todo quema.
Quema la tarde lluviosa.
Queman tus años de gata
en el horizonte roto
de la desexperiencia.
IV
Me pareció al pisar mi casa
entre las velas de un regocijo
que terminaba de eyacular sobre
los hombros más hermosos
en un mar hinchado
que gozaba con reírse
del salvaje palpitando
hasta convertirlo
en un cordero trinchado
disfrazado de perro hambriento
lleno del deseo de lamer
tu sexo hasta
que el alba le dijera:
“extingue el ruido
y deja la mar calmada
en este atardecer
que no te pertenece
aunque creas ser de escamas
saladas y de labios
que no has besado”.
V
Me da miedo no dar más que esta arena,
pero no puedo evitar
que la luz construya estas sombras.
Me alejo en la carretera
sufriendo el alboroto del invierno.
¿Qué ha sido este espejo?
¿Por qué estas imágenes se falsifican
veraces sin haber sucedido?
Sucedió que fuimos otro sexo
de hiel en las fauces del ocaso.
Anochecíamos como ovejas
de retiro pero te vi esos dientes
que podían inocular
tu sangre en mis venas.
Lo raro es que sonreías mientras
quería devorarte la lengua.
Lo extraño es que hayas notado
mis brazos estrechar
tus senos que surgían del vaho.
Me da miedo no ser más que esta arena
que no podrás asir
bajo la nube que nos pesa en el adiós.
No me des consejos para no llegar
al centro de tu gozo,
no me des consejos para que
no insemine tu imagen de renacimiento.
VI
Dije que la vida era azul
y pensaba cómo sería tu cuerpo
desnudo sobre las rosas.
Dije que la historia era gris
y pensaba en rizar tu vello
con la lengua.
Dije que el pasado era rojo
y pensaba en lamer la humedad
de tus lágrimas en el vientre
Dije que el tiempo era verde
y pensaba en morder tu labio
en el alba incendiada.
Dije que el hombre es negro
y pensaba hundir en tus muslo
el sol de mi esperma.
Dije que el amor era amarillo
y pensaba acariciarte hasta
que tus ojos fueran de arena.
Dije que la amistad es morada
y pensaba en levantar tu grupa
para penetrar tus huecos de agua.
Dije que el aire era rosa
y pensaba contemplarte
bajo el influjo de la luna.
Dije que la nada es blanca
y pesaba en gozarte completa
hasta ganar el precio de tu vientre.
Dije todos los colores del arco iris
y pensaba morder tu carne
para soñar el sabor de las sirenas.
VII
La orquesta sonó para nosotros.
Fue tu risa las notas de una sonata
y ese vals de luz declinando
bajo la noche esparcida.
Hemos bailado pisándonos
los pies con la torpeza de
lo que nace entre las brumas.
Aparecida la música aprietas los labios;
el próximo beso que te de
será en el centro del exterminio,
en ese punto donde la energía
del placer articula la odisea humana.
Ordenar el caos, música y palabras,
hasta que la oscuridad se apodera
del canto de las gaviotas,
sintiendo que tu olor de mares
es el clítoris de todas las islas.
VIII
(Visiones)
Te cogeré de las manos y volaremos
en esta espiral hasta estrellarnos contra el suelo
hechos triza, sanguinolentos y rotos
como muñecos de trapo,
justo en la esfera que dibujó tu dios
para vencernos tan hermosos.
Hay que salir a nado,
aunque sea echando los demonios del cuerpo
a vómitos, con el alma encendida de lluvia,
aunque deba arrancarte los pechos
con los dientes y tu extirparme
de cuajo el sexo que inseminó tus lunas.
Y así, en el suelo, exangües y cadáveres,
abriremos los ojos, los mismos ojos
prisioneros del mal fario del porvenir,
y toda la conciencia
será para vosotros, que nos olvidaréis
como si fuéramos gatos aplastados
en el asfalto, sin más identidad que esta piel
rota que tantas veces nos acariciamos.
IX
Lo peor es que no podemos jugar
porque ya jugamos demasiado,
que no podamos inventar
porque venimos de tantos reinventos,
que no podamos traspasar un límite
porque somos conscientes
de que no son los dieciochos años
en la esquina de estos parques.
Lo peor es que no somos de piedra
y podemos convertirnos en destellos.
Lo peor es que tus labios
hacen olvidar el color de la tarde.
Lo peor es esta espera que no seduce
la totalidad de tus ojos húmedos,
que no seamos más que espejos
y sólo podamos acariciar cristal,
que tú seas demasiada mujer
para esos hombres de láminas agrietadas.
Lo peor es que no te convenceré
de amarnos porque conoces los resultados.
Lo peor es que los besos terminan
teniendo un sabor agrio,
que las noches de soledad
se vuelven añoranza acompañados.
Lo peor es que hacerte el amor
es cómo nadar en piscinas sin cloro,
que besarte las nalgas al despertar
es el reflejo de todo lo que vivimos.
Lo peor es que la culpa dibuja los mares
y nos los entrega helados en las ventanas.
Lo peor es que no puedo vivir
sin lo peor de todo,
(que es creer lo imposible)
que ese aire que enfría la avenida
tiene el mismo brillo de los espejismos,
que no sea yo un hombre desnudo
sin más historia que el deseo
de las llamas que nacen en invierno.
X
Todo el italiano que surge
de tu lengua se pone en mi
pecho para dibujar Venecia.
Tradúceme a mí, por favor,
traduce mi lengua herida
que aspira a lamerte la sangre
que dejaron en ti los cadáveres
de lo que nunca fue futuro.
XI
Me acomodé en el andén para esperar
el tiempo de la hadas,
el cielo protector, la sirenas de Odiseo,
las gracias de la tarde y la expectación
de los ociosos de alma.
Leía versos sobre palomas y hombres
que escriben en velas y con venas
de tinta, sobre fantasmas de pantallas
blancas mirando el ocaso de las mareas.
Sé que llegan los trenes como
le sucedió al hermano de la sirena.
(¿Por qué esperar esos trenes
en la madrugada helada?)
Estoy en ese andén, en el cruce de caminos
experto en astrología.
Me acomodo sobre el banco
para observar el paso de los viajeros
en la estación de piedra.
Bajan las sirenas y desfilan
sus caderas de escamas.
No me importa la perfección
de su armadura de agua,
prefiero la invitación al deseo tranquilo
mientras leo que la vida se escapa.
XII
El espantapájaros y la sirena hablan
de amor:
La sirena dice que las mujeres son
madres y putas y naturaleza misma e inteligencia y el futuro.
Y el espantapájaros susurra que los hombres son violencia, silencio, inocencia ciega, muerte
y sangre derramada.
La sirena insiste
en que las mujeres madres y putas y naturaleza misma e inteligencia y el futuro
acarician con los dedos el horizonte
y suelen llorar la llegada de los hombres
sin rostro y sin alma,
aguardando una redención jamás hallada.
-Yo quiero que tú, o la llama que despiertes,
seas primero puta y madre, y luego naturaleza misma e inteligencia y el futuro,
aunque sea derramando
los brazos ávidos y avivando tus labios congelados.
El espantapájaros y la sirena hablan del amor
mientras la tarde rompe al sol
con sus grises de oquedades,
y al mirarse en el espejo
él la oye susurrar: soy puta y madre y naturaleza misma e inteligencia y soy el futuro
…tú futuro.
XIII
No eres permeable como el suelo calizo,
ni tienes en los labios las promesas.
No eres permeable porque alguien te fue
extirpando los huecos y la arena,
y fue quedando una tierra dura
que se disimula con el maquillaje.
No eres permeable a mí ni a nadie,
aunque yo querría penetrar
tus poros y resquicios y henchir
de semen aquello que sólo
es rumor, decepción o espanto.
XIV
A ti no te asusta la palabra futuro.
Tú no la ves terrible y obscena,
no temes a esas estrellas porque las construyes
con el aire y el aliento,
con esas manos que tocaron mi cara
ausente de pánico.
A ti no te importan las nubes
ni el cierzo congelado que brota
de la tristeza.
Te parece bien este eco
que a mí me ensordece,
y tú lo transformas
en una cálida luz que se me antoja
hermosa y transparente.
A ti no te asustan las balas
que suenan en mis oídos,
ni la palabra futuro grabada en el pecho,
ni el rumor de esta decrepitud
que asoma,
ni esas esperanzas ahogadas
en el frío hálito de la espera.
XV
(Reconstrucción)
La imaginación de la sirena acompaña
al sueño.
El espantapájaros se olvidó de algunas nubes y aguarda
el caer de la lluvia que limpie
el aire.
Será que ahora está en las imágenes
de lo que no fue y en el eco
de lo que sí se hizo.
Frente a frente, las manos temblaron
al reír los fantasmas del tiempo,
al dibujar las alas y esa celebración
salvaje del exterminio.
No terminará de arreglar
el ventilador si no rueda
para él, sino son tensión en los ojos
y humedad en la boca.
Esa cosa húmeda que siempre llevan
dentro de la boca se humedeció
de lo inasible y de la furia
de lo controlado.
Eyaculó el espantapájaros tres veces
con cada sombra de las horas;
la sirena gemía en el silencio
y en cada orgasmo
rejuvenecía sus escamas de plata.
Después de la mariposa queda un silencio
de larva que huele a primavera,
que renace de los ecos de sus resabios
y de aquello que no dijo.
Se marcharon con la miel en los labios,
goteando espasmos, saciados de tiempo.
Ella para diseñar los pasos del camino,
las huellas que pronunciaron sobre
las marcas de fuego.
Le propuso él enlazarse como carcasas
de artificio, y rodar y brillar,
aunque ella prefirió que fueran
carcasas que se cruzaran el cielo
sin caer juntas chamuscadas
de pólvora.
Se puede hacer del hilo
la totalidad de cada jersey,
ir destejiendo cada tela y su color
para buscar aquello que define
a la pieza entera.
Se desovilla el alma
a pedazos mientras recuerdan
como poseen los cuerpos los jóvenes,
como se ralentiza el deseo
en la edad de todas sus pieles.
La imaginación de una tarde con la sirena
apaga las luces de esta madrugada,
la hierba huele en él extraña,
al incienso de las iglesias,
al perfume que atisbó de lejos,
a esa ausencia que no pudo retener.
Esperó no haberse olvidado
de las laderas y los ríos justos,
no abusar del espíritu que empuja
la libertad de los poetas.
Seguir escuchando esa voz en los parajes,
pensar que tal vez mañana
la sirena alumbrará sus pantallas
y le pida volver a ver su alma.
Es posible que esa vez el ruido sea tan ensordecedor
que los expulsen de las salas de luz,
quemados de azufre y mirra,
incendiados por la saliva desparramada
de esa cosa que siempre llevan dentro
de la boca.
El cielo ha cambiado de repente,
el aire frío recupera su perfume,
la cadencia del quiebro, la santidad
religiosa de la vida.
¿Acaso no somos más que un exorcismo
de lo sagrado para continuar
construyendo un edifico de utopías
y versos de amores despiadados?
La imaginación de la sirena acompaña
ahora al sueño,
se adentra la noche con el rumor ciego
y esparce el espantapájaros sus sonidos,
vive al dormir esperando nacer
al despertar, nadando en un mar
de tristes rizos de luna y danza.
XVI
(El erotismo)
Lo más sagrado fue violar
tu imagen, rozarla con los ojos
erizados, con el azul del mar
en tu boca roja.
Si me muerdes respiro,
si bebes mi sangre nace la vida.
Sagrado y profano sólo queda
la trasgresión del cuerpo.
Comulgar es comer la carne.
Sólo fuimos expiaciones
hechas de palabras.
Lo más sagrado es que violes
mi imagen, rozarla con tus ojos
de gata, con el rojo de tu pelo.
Si te muerdo respiras,
si bebo tu sangre nace la vida.
Este es el nacimiento del ritual;
mojados de lluvia fina,
abiertos como vísceras,
te doy un trozo de mí
para que seas un conjuro.
Construye el pasillo hacia el cielo,
estoy dispuesto a arrastrar los huesos
para beber tu esencia, romper
esta nada, este vacío de no devorar
el espejismo de las renuncias.
XVII
(Despertares)
La brisa era marina y tú dormías
abierta en el reposo blanco,
bajo la luz de estás hileras de vida,
cubriendo tu sexo con los dedos.
Todos los ecos surgiendo del vello,
el pubis rasgado en el origen del mundo:
de ahí salió la vida,
de ahí se avecinan las catástrofes
del espantapájaros.
XVIII
(Conclusiones del espantapájaros y la sirena)
Y el espantapájaros, después,
le dijo a la sirena que sus dudas
siempre dibujaban un camino.
Que ser el origen del mundo
no era síntoma de saber algo más,
y era posible que el vaivén
de la existencia enseñase
más que la seguridad plana,
que la negación de lo inconcebible
y el contacto de la tierra.
(-Al fin y al cabo tu viaje horizontal
no ilumina más que el mío vertical.
Tus pausas no dicen más
que los quiebros de mis mapas.)
Construye la cartografía que quieras
que yo construiré la mía,
pero no consideres tus fotografías
más lúcidas que las mías.
Estamos hechos de aire,
quieras o no dibujar un edificio
al borde de la orilla.
De tu mar aprendo,
de mi tierra aprenderías.
Y el espantapájaros comprendió
que nada era posible desde la razón:
Los siglos de la sirena pesaban
como las losas de los años en el camino.
Era como enfrentar la longevidad de Ezra Pound
con la intensa brevedad de Guillaume Apollinaire:
Danza frente a quietud,
luz de mediodía frente al atardecer.
Entonces le dijo no juzgues los cuidados
ni el exceso, no silbes canciones antiguas
en mi oídos:
(-Sé la madre del mundo
y no la mía, no estoy tan perdido a pesar
de los vientos.
Respiro aire puro,
sueño con calabazas de noviembre
y guardo la magia en un pañuelo.)
La sirena observó de lejos
el caminar alado del espantapájaros
y quiso redimirlo de la angustia.
El espantapájaros esbozó la sonrisa de las llamas,
y pensó que cuando el fuego se alzara
de esos pechos todo será demasiado
decrépito para asistir a la incineración
del miedo, a las candilejas de la resurrección,
y estaban demasiado ciegos para alcanzar
la lámina del olvido en las grietas de los edificios.
(-No me cojas de la mano para llevarme
porque mis kilómetros ya saben el camino.
Si quise acompañarte no me recuerdes mi mapa,
no sigas las pistas de hielo ni los caminos
muertos, mira los tuyos desde las cenizas.
Si un día quieres aire igual puedo dártelo,
pero no me entregues tus pesquisas,
me son tan válidas como las tumbas
que guarecen los féretros.)
Seremos amor cuando tú seas olvido,
cuando yo ascienda por los cielos
y miré desde arriba los tejados.
No haber alcanzado mis sueños
no significa que no sepa
de que están hechos.
(-Al fin y al cabo no fui yo quien
enviaba postales a los muertos,
no fui yo quien perdió los asientos
de los trenes ni imaginé que todo
era un premio, no fui yo quien
aguardó tanto para romper la escarcha.)
El espantapájaros pensó que la sirena
no comprendía nada, que lo confundió
con otros perros y otros marineros
sin puerto, pero se dijo que algún
otra sirena, o ella menos salada,
hallaría el libro escrito con sangre,
aquellos versos que la vida le revelara.
(-Entonces sabrás, sirena, de que está
hecho tu mar, a qué saben los beso de luna,
quien llorará más las noches en vela,
a que llamamos insomnio y ebriedad,
de dónde viene la vida,
de cómo mi maternidad es la furia
y crea la misma existencia que tú
alumbraste de las entrañas del cuerpo.)
-Tus paredes sólo son más suaves y finas;
las mías arden de fuego ebrio,
de incombustible esperanza.
Copyright Jimarino2008