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17
abr
09

el erotismo I

el éxtasis de Santa Teresa. Gian Lorenzo Bernini. (1647-1651)

el éxtasis de Santa Teresa. Gian Lorenzo Bernini. (1647-1651)

La obra Éxtasis de Santa Teresa es la obra más conocida del escultor y pintor Gian Lorenzo Bernini, realizada entre 1647 y 1651 por encargo del cardenal Cornaro, para ser colocada donde iría su tumba en la Iglesia de Santa María de la Victoria de Roma. Esta considerada una de las obras maestras de la escultura del alto barroco romano.

Todos los poemas pertenecen al poemario En torno al erotismo  (Octubre 2008-Marzo 2009). Fotografías de diversas vistas de ka escultura de Bernini Éxtasis de Santa Teresa.

*******************

IX

En el fondo, entre tú y yo,
entre este aliento y esos ojos,
tu labio sobre mi labio,
la cadera apoyada en mi pecho
-miríada de luz
y el aleteo de tu ser
gozando-,
entre tú y yo
sólo hay un abismo
que tratamos de recorrer,
sólo hay la distancia insalvable
de lo discontinuo
que atravesamos en este ritual,
sólo aire que abrazar,
sólo esta aspereza que palpita
-la hinchazón masculina
y la humedad de Eva-,
sólo miedo y tensión,
sólo lo sagrado del suspiro,
buscando, afanoso,
la continuación a esta extinción
sin sentido,
en este roce milagroso,
en ese suspiro que anuncia
el hermoso espasmo.

23

I

Ante la desnudez del espantapájaros
(la verga henchida
en el fondo blanco;
sus dientes afilados
que amenazan)
la santa llena de pavor
mira hacia otro lado.

Vista de la voluptuosidad,
ignora la unidad que existe
entre su mística de santos
y la carne que palpita
en el instante del prepucio.

Son las pasiones inconfesables
de las hadas, que se frotan
las vaginas en la quietud
de un dios enorme
que devora lo sagrado.

Dios y falo
surgen de la aurora de su éxtasis.
Si el espantapájaros penetra
la savia terminará
convertido en un icono
clavado en la cruz

(y ella cantará silencios
con las manos plenas
de semen)


********

XX

Todo tu trance
es un enigma;
los ojos enrojecidos
y los labios crepúsculo,
la caida de la lluvia
sobre el lecho,
inepxugnable a lo real:

(El aire se frota
con tu cuerpo
en la arena esparcida
y silba)

No lo sabes
pero es tu yo más intenso,
se halla en la cima
construido de iconos
y escenas perdidas,
de tardes de noria
que expresan
la mística.

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XIII

Si te dijera que tu abismo
es la savia que bebo,
que tu oscuridad
me estremece de gozo,
que caer sobre la negrura,
-esa muerte de piel-
es el sentido,
que cuando aleteas
vomito humo,
que este abismo es cierto
sentido,
y es la muerte,
la muerte vertiginosa,
la fascinación de ti,
la fascinación de tu cuerpo.

**********

V

Aprobación de la vida.

Sin ello no palpita el límite,
no susurra el alba
y pierde textura la noche.
Quizá no sirva para nada,
o quizá sea sólo malestar.
Pero la aprobación de la vida sí;
erotismo para ser algo más
o algo menos en la frustración.

Para besar los labios que encienden
el sentido.
Para gozar de lo oculto
y lo extraño,
para aceptarlo todo.

No hay mas remedio.

Erotismo para morir antes
y saber de la muerte.
Para gozar,
cuando nada existe como es,
cuando no hay senderos
ni niebla que se disipe.

Ser carne es un peso:
habrá que convertir la piel
en temblor para hallar luego la calma.
Calma de recordar que fue así
cuando ya no se puede ser.

La aprobación de esta vida
requiere la intervención
de otros sabores;
sirenas y espantapájaros
arrodillados, devorados,
almas que comer en la desnudez.
Silencios, silencios apacibles
para morir de éxtasis sin él.

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XVIII

Poesía es ese instante
en el que te poseo,
el río que nos arrastra
hacia la corriente
que nos une,
la hermosura de tu paso
firme sobre la cama,
el segundo en que te sientas
sobre mis ojos
para la oración y el éxtasis.

(De los poemas Copyright Jimarino)

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04
abr
09

marcel proust y el amor – (La fugitiva-En busca del tiempo perdido)

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(Este texto fue editado en el nº 29 de la Revue Français de Litterature et Pshicologie, con el título, Proust et L´amour. Febrero de 2009. Copyright Jimarino2008.)

Que Albert Proust fuera un auténtico burgués, maniático y extravagante, que no tuvo un trabajo remunerado en toda su vida, no es algo que deba alejarnos de su espléndida literatura. Al fin y al cabo, dedicar la mitad de su existencia a escribir “À la recherche du temps perdu”, una de las obras maestras de la literatura del siglo XX, es algo al alcance de muy pocos. El mundo esta lleno de enormes esfuerzos en materias y empleos variopintos que apenas nos dejan como fruto poco más que un testimonio discreto de su esencial esclavitud, o malos o buenos actos disipados tras las muerte de sus testigos sin evidenciar nada del sentido de su trayecto a no ser ese hermoso –y animal- fin de la reproducción, o de finales anodinos cuyos rastros se suman a otros múltiples y sólo guardan en su seno una razón cuando se corresponden con los de una mayoría pareja que los respalda y acompaña, hasta que la moda se disipa. Es una crueldad afirmar esto, pero tras los cadáveres quedan a lo sumo unas cuantas fotografías amarillentas, ciertos recuerdos reflejados en los objetos y alguna memoria que durará unos cuantos años. A veces no importa la repercusión de una existencia (no todos alcanzan la fama o la mención de la posteridad) sino su autenticidad, eso que W.H Auden definió “como la obligación de cualquier sujeto de hacerse su propio rostro”. Proust, al menos, nos ofreció un riquísimo testimonio de su visión de la vida, o mejor, de cómo creía él que debía vivirse esa fantasía extraña, dolorosa y maravillosa a la vez que es la vida, y lo hizo con inmenso talento, con una fuerza verbal y una hondura intelectual difícilmente superable que espero pueda seguir ejerciendo su influencia y su encanto por los siglos de los siglos.

Acercarse a Proust parece una osadía a causa de su mala fama. Los clichés lo acosan por doquier. Tiene el dudoso mérito de haber escrito la frase más larga de la historia de la literatura; detenta fama de farragoso y enrevesado, se le achacan defectos variados, muchos referidos a su lentitud –que él mismo se encargó de propiciar con aquella frase en la que definió su obra como un trozo de turrón indigerible- y, sin embargo, su literatura es transparente, llena de hermosas subordinadas, es cierto, pero clara y limpia, precisa y poseída por un ritmo endiablado que no desfallece en ninguna de las miles de páginas que nos legó. Lo mejor sería zambullirse en él sin prejuicios, sean favorables o críticos. Aproximarse a los ingentes sentidos que trató y a las aportaciones literarias y humanistas que palpitan en su literatura en este espacio, es para mí como tratar de explicar el enigma de las pirámides en quince minutos, o como si nos viéramos empujados a esbozar una teoría de la relatividad en el rincón de una noticia periodística, una osadía. En busca del tiempo perdido, título que él llegó a detestar hasta el día de su muerte, que a veces le sugería todo el sentido de su obra y otras le hacía calificarlo de pesado y pretencioso, de estéticamente perezoso y feo, es uno de esos monumentos verbales que poseen la misma fuerza iluminadora que emana de las grandes ideas de la historia de la humanidad, y sus hallazgos, para quien se adentra expectante y atento a sus enseñanzas, son, en general, muy enriquecedores, pero esta sería otra cuestión, y tiene mucho de nostalgia, así que la deshecho por ahora.

Hace algo más de quince años escribí un poema sobre alguien que desapareció de mi vida bruscamente. El poema regresó a mí por una casualidad a principios de febrero pasado a través de un curioso correo que terminó por obligarme a recuperar un mundo perdido de mi memoria de un modo abrupto, extraño. No es que quiera revelar nada personal, de todas esas exhibiciones ya sabe mucho el mundo contemporáneo, esta tierra impúdica que ni siquiera conoce en general la ficción como tamiz de la biografía; sería un inconveniente añadir nada más a ese anodino y aburrido relato de la insignificancia humana, pero si me agradan los datos esporádicos, casi dietarios, que abren las puertas de la auténtica vivencia común, del espacio que nos une en el presente y a lo largo de la historia y los siglos. Pienso en un buen número de poetas que adoro, o en ciertos lugares de la red donde la biografía o la sensibilidad conspiran para buscar su lenguaje auténtico. Se trata de espacios personales o incluso autobiográficos cuyo sutil y delicado lenguaje, su hermosa construcción, o ese tránsito en el tiempo eterno de las palabras, permiten lo común y no la obscenidad de la confesión o la creencia en un yo más activo o intenso que el resto (o más convencido de la importancia de unas vidas sobre otras). Pues bien, recibí un correo anónimo mientras leía La fugitiva de Marcel Proust, el sexto volumen de En busca del tiempo perdido, también titulado en algunas ediciones antiguas como Albertine desaparecida. En ese e-mail estaban transcritos unos versos que tardé en reconocer. Es más, el desconocido remitente había escrito al final del poema, entre paréntesis, lo siguiente.

(Jimarino.Poemas de la lluvia. Abril de 1994)

Antes de saber que era mío, leí el poema con atención. No sabía de donde venía, sólo que guardaban en su interior algo que me era muy familiar. Después, cuando llegué a la revelación de su autoría, y supe del título del poemario al que pertenecía y la fecha de composición, sentí una extrañeza indescriptible.

El equipaje que pasará la aduana del tiempo
ya no está, lo guardo efímero,
intangible en este lecho del cuerpo.
Cada vez que tú suspires yo te oiré,
aunque no lo sepa, aunque no lo creas.
Naciste en la construcción de mis mitos,
en la vida misma que seré.
Aunque no bese tus labios,
mis puestas de sol alcohólicas enlazarán
con todos tus amaneceres perdidos.

Las cosas que guardo de ti
ya no existen pero sé dónde encontrarlas.
Son la caricia de ese aire que vendrá,
la reencarnación de cientos de amores
que te serán ajenos, la ilusión
del tiempo desvanecido,
ese pequeño suspiro tuyo y mío
que a cientos de kilómetros coincidirá.

Tal vez te vea en algún cruce fronterizo
o aparezcan esos ojos oscuros iluminando
tu rostro olvidado en una calle de Paris,
o será en la risa perdida, oída por casualidad,
que reconoceré entre las brumas
de los años venideros que viviré.

Has llegado a mi lugar más sagrado
aunque te marches, ya estás
en este olvido forzado,
en las cosas que jamás recuperaré,
aunque cruce cientos de fronteras
y estas aduanas del tiempo me dejen desnudo
bajo la aurora construida
de tu aliento que no volveré a beber.

(Jimarino.Poemas de la lluvia. Abril de 1994)

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El extraño interlocutor que surgía de las sombras y esbozaba opiniones en su correo sobre mis poemas, que sabía mucho acerca de los mitos que alimentan cualquier intento literario, y que para colmo era capaz de relacionar mi propia biografía con mis excesos verbales y esa redundante manera de repartir nostalgia, de convertirla en un sepulcro apolillado, me conocía muy bien, yo diría que demasiado bien, o al menos, poseía información sobre este espantapájaros profunda, muy antigua, esa que queda en los resto de cada uno de los versos escritos, la que asoma a veces en el silencio, en las pausas, en cada una de las imágenes metafóricas que me embriagan.

Pero no sólo ocurrió el misterio del reencuentro posible con los años, sino que, de alguna forma, sus comentarios, amplios –el correo tenía al menos seis hojas-, llegaban hasta mis raíces presentes, como si esos ojos que escribían hubiesen estado pendientes de mí constantemente, siguiendo mis pasos, la esencia de los hechos importantes, los condicionantes sufridos o mis intimidades mejor protegidas.

Durante días leí y releí aquellas palabras, y después abría La fugitiva de Proust, hasta llegar a tener una curiosa sensación de que el bueno de Marcel, con su enorme inteligencia literaria, era capaz de aglutinar en su obra todos los significados del amor y del tiempo, incluido los míos, por supuesto, y absolutamente toda la parafernalia de ambos conceptos, que se relacionan de igual forma que la velocidad y el tiempo en física. Proust poseía el don de desentrañar la mística del amor, su ficción y su verdad reproductora. Mezclaba lo sagrado con lo banal, lo evidente con esas sutilezas que suelen escapársenos cuando menos lo esperamos y truncan nuestro destino amoroso bien por nuestra culpa, bien por la del amante o por impericia mutua. Manejaba con habilidad el sentido de la incomunicación, el silencio que estropea el afecto o el exceso de palabras que lo ensordecen. No creo que exista ninguna novela en la historia de la literatura que posea tanta información acerca del amor como En busca del tiempo perdido, pero no como un mero relato ajeno de personajes o sus peripecias, marcado por la distancia de la trama, sino como un análisis profundo, escrito, sin embargo, con la amenidad de un texto literario consciente de su enorme potencia estilística, cuyo aliento emana directamente de nosotros, los posibles lectores, por el agudo sentido proustiano de la exactitud (o su extraordinario intento).

Es una lastima en ocasiones –aunque sea a menudo una virtud humana- que nos aburramos con la repetición, pero es evidente que si pudiéramos estar leyendo constantemente a Proust con la misma intensidad que la primera vez, o con el afán de esas relecturas que desean adentrarse desde un punto de vista crítico en su obra, probablemente evitaríamos algunos errores que determinan nuestro destino. Pero no podemos ser Proust y sólo tenemos una vida, inconscientemente trágica y cómica a la vez. Incluso él escribió estás palabras a André Gide sobre sí mismo:

“Por más incapaz que sea de obtener algo para mi propio beneficio, y aunque no sepa ahorrarme el menor trastorno, estoy dotado (y ése es sin duda mi único don) del poder de procurar muy a menudo la felicidad de los demás y de aliviarles de los dolores y las penas que tienen. No sólo he reconciliado a personas enemigas entre sí, sino también a amantes; he curado a inválidos al tiempo que sólo soy capaz de agravar mis propias enfermedades; he puesto a trabajar a los vagos sin dejar de ser yo un vago […] Las cualidades (y si le digo todo esto es porque en cualquier otro respecto tengo una paupérrima opinión de mí mismo) que me otorgan estas posibilidades de éxito cuando actúo por el bien de los demás, junto con una cierta diplomacia, una acusada capacidad de olvidarme de mí mismo y una concentración exclusiva en el bienestar de mis amigos, son cualidades que no se encuentran a menudo en una misma persona […]”.


Aquel correo que recibí me pareció poseer un rostro, unas facciones nítidas que venían de lugares anhelados en otro tiempo, lloradas durante muchos meses, quizá algún año, después malditas y denostadas a propósito, más tarde olvidadas, enterradas, sólo aparecidas en lo ajeno a su ámbito, en ciudades europeas lejanas o en algún rincón revisitado por una casualidad inesperada. Tardé mucho en responder. Entonces releí otro párrafo de La Fugitive de monseiur Proust:

Yo era incapaz de resucitar a Albertine porque lo era de resucitarme a mí mismo, de resucitar mi yo de entonces. La vida, por su hábito, que es cambiar la faz del mundo mediante trabajos incesantes infinitamente pequeños, no me dijo al día siguiente de la muerte de Albertina: “Sé otro”, pero, en virtud de unos cambios demasiado imperceptibles para permitirme darme cuenta del hecho mismo del cambio, lo renovó casi todo en mí, de suerte que mi pensamiento estaba ya habituado a su nuevo dueño –mi nuevo yo- cuando se dio cuenta de que había cambiado y mi pensamiento estaba apegado a este nuevo yo. Mi cariño por Albertina, mis celos, estaban adscritos a la irradiación, por asociación de ideas, de ciertos núcleos de impresiones dulces o dolorosas, al recuerdo de mademoiselle Vinteuil en Montjouvain, a los dulces besos de la noche que Albertina me daba en el cuello. Pero a medida que estas impresiones se habían ido debilitando, el inmenso campo que coloreaban con un tinte angustiosos o dulce fue tomando tonos neutros. Una vez que el olvido se fue apoderando de algunos puntos dominantes de sufrimiento y de placer, la resistencia de mi amor quedó vencida, ya no amaba a Albertina. Intenté recordarla.

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La memoria es literaria, no periodística o biográfica (biográfica como enunciación lineal de los hechos de una vida). Proust lo sabía muy bien. Sucede a menudo que algunos viejos amigos que se reúnen después de mucho tiempo separados se acercan a la realidad común del pasado que les unió de un modo distinto. Se cuentan anécdotas, hechos fundamentales de forma desigual, o son diferentes los recuerdos de cada cual, o simplemente existen vivos en algunos y en otros se difuminaron, o se piensa que los acontecimientos alcanzaron otro desarrollo, o tuvieron otra textura y un ritmo disímil. Las pasa a los amantes que llevan largos años juntos y contestan a la pregunta ajena de cómo se conocieron o en qué circunstancias fraguaron su amor. Se han mezclado las fechas, las metáforas del amor difieren. Se establecen mecanismos emocionales disparejos para acercarse a un hecho tan común como el nacimiento y la fragua de su relación, pero es inevitable.

Que la memoria sea literaria y no periodística no significa que no sea verdadera, al contrario, guarda las esencias del estilo, la adecuada mirada subjetiva y auténtica de cada cual ante un hecho, produciendo las infinitas voces ante un mismo suceso, la riqueza que surge de la realidad reinterpretada por cada cual y tamizada por el paso del tiempo. Negar esta verdad sería darles la razón a los dioses mentirosos y manipuladores de nuestra época. Sostengo la opinión proustiana convencido de que los caprichos de la memoria individual, esa literatura propia que entronca de algún modo misterioso con el sentido de la otra, de la Literatura como arte, encierra mucha más verdad en su seno que la realidad sesgada o afirmada como dogma o calificada de única, que esa exactitud que argumentamos infalible y no es más que fruto de nuestra corta perspectiva, llena de nuestros prejuicios y circunstancias, enturbiada y miope, partes de lo vivido o visto sin matices ni careos.

Al insistir en la condición literaria de la memoria, me refiero, por supuesto, a la enseñanzas de Proust. Marcel escribió en abundancia sobre los mitos y tretas del recuerdo, sobre sus sinuosos caminos, sus vulgaridades y extravagancias. Lo hizo desde esa repetidísima escena de la magdalena por ejemplo, tan ridiculizada como inaccesible para los bufones, y llenó toda su extensísima obra de memoria, de la búsqueda del tiempo perdido. Pero insistir en el término memoria a través de la obra de Proust requeriría otro texto, un acercamiento distinto. Sólo quiero retener esa idea fundamental; su memoria era literaria, poética.

La realidad posee una prosa simple, realista en el mal sentido de la palabra, incapaz de adentrarse en la esencia de su propia existencia, de su verdadero eco o suceso o efecto o acto, como quieran llamarlo, tan común al hombre contemporáneo, especialista en creerse las mentiras de la realidad y tan pocas veces la verdad de las mentiras.

Después de leer el párrafo trascrito anteriormente en varias ocasiones, me di cuenta hasta qué punto ese correo venía no del pasado en sí, sino de un presente en el que imaginaba acudía el pasado, o del presente de ese interlocutor anónimo que acababa de reconocer que a su vez su intento de comunicar conmigo no arrancaba tan sólo del influjo del pasado sino del efecto de ese pasado en su vida presente, provocando el nacimiento de un tiempo intercalado que contradecía la linealidad de la existencia humana.

Hay muchos escritores extraordinarios que han hablado en ocasiones de la materia de sus obras mencionando el verbo desenterrar como origen primigenio de su literatura. Determinadas particularidades de una existencia, una vivencia inusual o la lectura de un texto que, por ajeno que nos sea, provoca la aparición de un mundo vívido y escondido, agazapado entre la vida posterior, surgido milagrosamente de su enterramiento, como un hilo bajo tierra que estiramos para descubrir que hay al final de la cuerda, actúan de exorcismo. Existen hilos a través de los cuales, inconscientemente, tiramos del tiempo. A veces un olor que nos sorprende, o la visión de un paisaje familiar. En todos esos casos de memoria inesperada actúa lo poético como resorte, un juego que es en realidad la esencia de la verdadera poesía, aunque la poesía como arte literario utilice la palabra como medio o ritual exclusivamente. Esta poesía que alimenta la remiscencia termina por abarcar a la verbal, hace tañer las teclas y tensa los cables para producir la música, la asociación de ideas que nos traen al presente el espacio perdido.

En el fondo, y Proust lo sabía, no somos más que un frasco de poesía guardada, atrapada entre clichés y apariencias, disminuida por un afán patético de voluntad, de éxito, de solemne y orgulloso recorrido vital, definidos y marcados por ese aroma poético que queda encerrado entre los pobres límites de nuestro lado racional o consciente, o por las limitaciones de la vida, algo común a la mayoría de las personas. Quizá disfrutemos de cosas no por el hecho de hacerlo, sino por la poesía que algo o alguien nos inculcó, puede que en la niñez (o incluso en el útero materno), como si el paso real o el acto amado, no fueran en el fondo más que rastros de aquel antiguo sueño o esa lejana impresión poética; de la primera vez en la que descubrir era adentrarse en la sombra del silencio con un puñado de palabras o gestos, o por imitación o intuición.

La poesía es una esencia del alma o de la mente humana, me es indiferente que nos refiramos a un sentido o al otro. La magia de nuestra consciencia engloba la definición científica del cerebro y sus usos o la poética/religiosa del alma. Ambas están hechas de una poesía que, como dije, contiene a la verbal, a la artística, y a la vez a todas las formas de poesía existentes que llenan nuestra cotidianeidad. Poesía como acicate emocional que dota de sentido al ser humano, que lo hace trascender. Hasta el hombre más primitivo la tiene, la tuvo. Me refiero al significado de ciertos objetos o conceptos o entes que nos traen a seres queridos desaparecidos físicamente, que nos remiten a momentos felices, a tiempos pasados, que dotan al instante vital de un sentido que trasciende el mero hecho fisiológico o sensitivo; al valor de una pieza de Bach o Jean Sibelius, esa matemática del tiempo y el sonido que intercalada produce intensas emociones; al eco del mar en nuestro oído cuando nos acercamos y surge aquella primera emoción de verlo, o ese redescubrimiento que nos trajo contemplarlo desde la amistad, el amor o la soledad incendiada de sensibilidad, sentir como las olas lamen la orilla; recordar de repente unas palabras pronunciadas que nos cambiaron la faz del camino que habíamos contemplado; también el efecto de ese poema escrito que trastocó algo aceptado que era erróneo y lo convirtió en respeto y admiración por la obra humana, en conocimiento sobre nosotros mismos, o ese color del crepúsculo que nos acompañó hace mucho y en cuya primera visión descubrimos la poesía de la vida, que nos llega de su finitud y lo que evoca.

Ese correo era un acto presente. Lo contesté, finalmente, quince días después. Alabé el poema con cierto rubor, porque me gustó y además lo había perdido, como muchos de aquella época. No conté nada de mi vida actual, sólo respondí a lo que ella me escribió (porque era ella, estaba seguro). Dos días después, tras su respuesta, emprendí un viaje. Crucé dos o tres veces la atmósfera que describí en los antiguos versos, me quedé desnudo tratando de reencontrar ese camino, y descubrí que, en el aire que respiraba se hallaba desde hacia décadas, irremediable, ese aliento perdido.

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Proust continuaba escribiendo sobre esa Albertine huida. Primero provocaba el peso de la ausencia, que iba dibujando su verdad en las emociones del narrador. Albertine se marchaba por sus razones, pero él descubría en ello su verdadero valor, incluso el sentido de la palabra amor, hasta entonces algo incomprensible, incluso menospreciado al no haber reconocido ese sentimiento en él. Llegaba a concluir que, poco antes de la marcha de Albertine -ciego, nublado por su presencia insistente, diaria, al pasar ella días enteros alojada en su casa compartiendo todo su tiempo y su misterio a su lado- había pensado dejarla, rechazarla. Al desaparecer, su partida le ofrecía un rastro que, en cierta medida, hería su orgullo y le revelaba el enorme peso de su soledad anterior, el intenso valor de esa compañía que no había valorado por cercana y constante. De esa constancia inesperada, de esa herida por la marcha no anunciada, surgía el amor, o quedaba desenterrado (revelado). Un sentimiento amoroso que estaba más relacionado con la emocionalidad del sujeto que lo experimentaba que con el objeto amoroso en sí (Albertine huida); más con la memoria que con la posible verdad o esencia real de la amante. Pero el dolor del amante despechado suele ser un huracán de ira que todo lo arrastra. Y eso nos desnuda.

Trató de espiarla, sumido todavía en los intolerables pesares del adiós, maquinando su vuelta sin perder su estúpido orgullo; espiándola en secreto a través de su viejo amigo Saint Loup. Tenía que saber la razón de su partida, dónde estaba, convirtiendo despacio el peso de su ausencia en un intento desesperado de recuperarla o bien ensuciarla, de adaptarse al hecho de que quizá jamás volvería, o barajar las posibilidades de su regreso.

El narrador de Proust recibía poco después otra noticia demoledora. Un telegrama le anunciaba que Albertine había muerto al caerse de su caballo y golpearse contra un árbol. La constancia del adiós definitivo era ya un hecho evidente. Con su muerte, Albertine desaparecía definitivamente de la faz de la tierra, del espacio posible del narrador, y lo que a primera vista podía suponer el fin del sufrimiento, extinguido el objeto del amor después del abandono, comenzaba en verdad a erigirse como un sagrado lugar de dolor, que adquiría formas de amor distintas o de una emocionalidad más compleja, penetrante y difícil de dirimir.

En el rencor de los amantes desengañados siempre queda la esperanza de la reconciliación. De alguna forma, el amor mantiene en su odio ante la ruptura la idea del regreso y la vuelta de lo perdido. Tras la muerte, cualquier anhelo de reconstrucción es inútil.

Proust ha pasado a la posteridad a través de esa imagen amanerada y frágil que emanan sus fotografías, también a través de los cientos de anécdotas y extravagancias que se dijeron de él cuando al final de su vida se convirtió en un escritor relativamente célebre que apenas salía de casa y que pasó los últimos catorce años de su existencia en la cama, tratando de terminar “À la recherche du temps perdu”. Se le recuerda interviniendo en cuestiones banales en los periódicos de la época, o enfundado, en esas escasas ocasiones en las que se dejaba ver, en un grueso abrigo que no se quitaba ni siquiera en la mesa. Es famosa su ligerísima dieta en ese periodo de encierro, la debilidad y los ataques que acuciaban su cuerpo. Pero, a pesar de su escasa salud, o de esa tendencia a esconderse después de haber llevado durante los años de juventud una agitada vida social, poseía una lúcida y vigorosa inteligencia. Tuvo, además, el tesón de concluir los sietes volúmenes de su obra literaria antes de morir a los cincuenta y un años, y lo hizo dedicado a ello hasta el último día de su vida. Las circunstancias de su deceso le jugaron una mala pasada y eliminaron el drama embellecedor, algo negativo en cuanto nos acercamos con el mito puesto a escritores de otras épocas: murió de un resfriado mal curado que cogió en una de su raras salidas. Invitado a una fiesta, se envolvió en tres abrigos y dos mantas, y embozado como un justiciero decidió partir. No se encontraba demasiado bien, así que se marchó pronto de la celebración, y aguardando la llegada de un taxi bajo el frío polar que azotaba esa noche París atrapó frío. Horas más tarde murió de un absceso pulmonar, había estado garabateando sus cuadernos sobre la cama casi hasta el último suspiro. Un final tragicómico sin duda, poco digno de la magnitud de su novela.

Leyendo más detalles sobre su compleja biografía, que años antes, cuando yo era un jovencito seducido por la mística del exceso, encontré insustancial y sin valor, tuve la sensación de que Marcel Proust fue un tipo valiente, aunque muchos de sus conocidos más superficiales lo consideraran un diletante que pasaba sus días protegiéndose de la vida exterior, o bromeaban sobre su terrible pavor al frío y acerca de sus excesos con la ropa a partir de cierta edad, o lo tildaban de pusilánime que no tuvo ni oficio ni beneficio conocido. Además de valiente, nos legó una de las obras cumbre de la creación humana de todos los tiempos.

Tengo el convencimiento absoluto de que La fugitiva, esté donde esté, sea el mes próximo, en la década siguiente o ya de viejo, cuando la lágrima sea fácil y el entusiasmo comedido, me traerá a la memoria ese viejo poema o el rostro antiguo –y el nuevo- de la mujer que me envió el correo, que me devolvió mis propias palabras tanto tiempo después. Un ejercicio de magia atemporal, de realidad virtual, que no necesitará de máquinas para su vívida intensidad.

Albertine muere en la novela, y los cambios que provoca en la percepción emocional del narrador poseen una lucidez conmovedora, una riqueza de matices psicológicos que no admiten resquicios. De alguna manera, incluso aunque no hayamos sufrido un amor truncado que ha terminado de desaparecer, o aunque no sea nuestra la experiencia de la muerte de un amante ya despojado antes de su importancia o de su vigencia en vida a causa del desamor o la infidelidad o de algunas de esas causas que truncan las relaciones de pareja, el pequeño descenso abismal iniciado por Proust hacía el vacío ensordecedor de la ausencia resulta tan brillante como eterno y familiar a cualquier ser humano. Ejercer el derecho al olvido, o mejor, escoger el sendero del olvido, requiere de cierta precisión emocional. El narrador de Proust comienza a asimilar la noticia de su muerte, pretende organizar sus pasos sumido en esa constancia: Albertine, definitivamente, no está, y jamás podrá recuperar su presencia. Ya no existe la esperanza del amante despechado que ha convertido la dependencia emocional en rencor. La muerte borra esa perspectiva. Pero el fantasma, y no me refiero al físico, a la aparición sobrenatural, sino a la imagen que extrapolamos del pasado y nos acompaña en el presente con toda su complejidad sentimental, el peso de esa memoria antigua que acude, la facilidad humana para igualar distintos hechos, sucesos, pensamientos y sentimientos en un momento concreto del tiempo, surge por doquier.

El primer afán de la mente humana ante la desaparición de un ser al que queremos o quisimos, después de eliminar el posible malestar por circunstancias, malentendidos o desilusiones, es el de celebrar las bondades del finado. Necesitamos vivir esa tristeza para poder desquitarnos el peso del duelo. Es una especie de desahogo necesario. A partir del instante en que comienza a remitir ese sentimiento, nos protegemos y surge el olvido, paulatino, demoledor y constante. El olvido borra y entierra aquello que nos inquieta o nos molesta. Pero no ejerce su papel con mucho rigor. Nos engaña, nos asegura que va destruyéndolo todo pero en realidad esconde alguna parte, como cuando limpiamos la casa y con disimulo escondemos un puñado de borra bajo la alfombra, basura que aparecerá en algún momento posterior.

El narrador de Proust iniciaba ese trayecto, pero al encontrarse con alguna jovencita hermosa por casualidad en el transcurso de sus paseos por el parque, terminaba por pensar en Albertine. Porque en cualquier fiesta o recepción a la que acudía, alguien que sabía de su antigua historia de amor, lanzaba un recuerdo evocador sobre ella que abría la caja de Pandora. O al acudirle una sonrisa femenina inesperada en cualquier calle revivía la risa de Albertine echada en la cama con las mejilla sonrosadas por el amor.

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Cerca del final de La Fugitiva, el narrador viaja a Venecia con su madre. Hemos ido acompañando el viaje sentimental de ese hombre desde la terrible noticia y el duelo posterior, hasta su largo y frágil proceso de olvido, su ceremonia de desembarazamiento de Albertine. No la ha olvidado, pues sabe que el olvido utiliza artimañas para hacernos creer que su eficacia es incuestionable sin serlo, sino que ha preferido asumir su desaparición cambiando la percepción que tenía de ella, de su amor, de la misma forma que, cuando se enamoró, transformó esa percepción que tenía anteriormente de la persona amada, hasta convertirla en otra con los rasgos que inspiró aquella, hasta adaptarla poco a poco a su propia vida.

Lo observamos caminar por esa Venecia hermosa y decadente que nos remite sin remedio a la personalidad de ese escritor envejecido inventado por Thomas Mann, Gustav Von Aschenbach, envuelto por la decrepitud majestuosa de la ciudad italiana. En ese instante el texto resurge como un fuego que nos confunde al igual que al narrador. Hay un telegrama inesperado que recibe en el hotel en el que se aloja y en el que comparte comedor y espacio con aristócratas y burgueses europeos venidos de Inglaterra, de Francia, y de otras partes de Italia.

“Querido amigo: me crees muerta, perdóname, estoy bien viva; quisiera verte, hablarte de casamiento ¿Cuándo volverás?. Cariñosamente, Albertine.”

Proust escribió sobre el efecto de ese telegrama inesperado que rompía todo el proceso de olvido de la siguiente forma:

La muerte actúa sólo como la ausencia. El monstruo ante cuya aparición se estremeció mi amor, el olvido, había acabado en efecto, como yo creí, por devorarlo. Esta noticia de que Albertina vivía no sólo no despertó mi amor, no sólo me permitió comprobar hasta que punto había avanzado en mi retorno hacía la indiferencia, sino que le hizo sufrir instantáneamente una aceleración tan brusca que me pregunté, retrospectivamente, si ante la noticia contraria, la de la muerte de Albertina, no había exhalado, a la inversa, mi amor, rematando la obra de su partida y retardado su declinación. Si, ahora que saberla viva y poder reunirme con ella me la hacía de pronto tan valiosa, me preguntaba si las insinuaciones de Francisca, la ruptura misma y hasta la muerte (imaginaria, pero cruel), no habían prolongado mi amor; hasta tal punto los esfuerzos de personas ajenas, y hasta el destino por separarnos de una mujer, no hacen sino unirnos más a ella.

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Hojeando una vez más La teoría de los sentimientos, de Carlos Castilla del Pino, he vuelto a encontrar, como suele suceder cuando comparo los hallazgos emocionales de la psiquiatría con las grandes obras de la literatura, un paralelismo extraordinario con las elucubraciones de La fugitiva, que se articula en torno a los sentimientos y conducen a un camino coincidente, a un rincón parejo de conclusiones y descripciones sentimentales. Todo pensamiento humano es emocional, o viene dado por la emoción. Los teóricos del tercer ojo oriental, o los adalides de la voluntad, obvian lo incontrolable de la emoción humana y los problemas del yo para domeñar sus efectos. Quizá pensar bien no sea en el fondo llenarse de conocimientos, sino lograr dirigir con la mayor dignidad posible las consecuencias de la emocionalidad en nuestra parte racional, o minimizar la virulencia de esas transferencias. Los libros de autoayuda, aun cuando puedan servirle a alguien, carecen de valor científico y de profundidad a causa de esa circunstancia; somos animales sentimentales antes que racionales. Lo mismo le sucede a ciertas formas de meditación orientales que pretenden anular el deseo humano o las exigencias del yo consciente para dejar fluir libremente los pensamientos y las emociones hasta que no tengan efecto en nosotros (siempre he sentido que el destino de estos saberes orientales, tomados al pie de la letra, nos conducen al estado de la ameba).

La muerte física es el súmmum de la desaparición, pero mantiene elementos comunes con otras formas de extinción sentimental. El telegrama recibido en Venecia entroncaba directamente con el correo electrónico. El narrador de Proust, después de dudar, decidía coger un tren y regresar a Paris (luego no lo hará, al descubrir un malentendido en el telegrama que no revelaré.) y yo me subí en dos aviones y me adentré en un viaje en el tiempo. Volví a ver los rostros que se habían perdido reflejados en unos ojos y, de golpe y porrazo, recordé el poema y su sentido, el lugar exacto en el que fue escrito, incluso la estación del año. La memoria, con todas sus trampas y peligros, con ese acicate del ocultamiento y la revelación con la que juega, con sus hilos que estiramos por azar, aclarando en ese desenterramiento los caprichos del subconsciente y los hechos del pasado, me había traído ese gesto casi olvidado, ese cuerpo que en otro tiempo se deslizó entre mis manos, esa voz sonora e inolvidable, esa mujer a la que perdí. Y me di cuenta de lo mentiroso que es el olvido, tal y como Marcel Proust, casi cien años atrás, ya sabía.

No fue para Proust una osadía indicarnos que el amor es un hecho social y temporal a la vez que un sentimiento instintivo y primario. Nos enamoramos y perduramos en ese emoción cuando al instinto se le acompaña de circunstancias favorables, cuando se mezclan elementos comunes que construyen la alianza, cuando la metáfora tiene el don de nacer de lo coincidente y desarrollarse en lo que se comparte de antemano, sean gustos, niveles educativos parejos, pasiones, mundos originarios o espacios o secretos compartidos. Lo siento por los defensores del romanticismo filosófico o de la pasión inexplicable, pero nuestro querido Marcel, bastante años antes de que la psiquiatría o la psicología alcanzaran un cierto progreso, ya manejaba estas ideas. No creo, de todas formas, que creyera desde luego en los amores únicamente sociales, ni en los casamientos por interés: nos dio pruebas de que detestaba ese tipo de amor como solía detestar lo impuesto y lo insincero. Sin embargo, concebía con absoluta seguridad cómo el nacimiento del nexo entre los amantes surgía entre las brumas imprecisas de un ambiente y no por combustión espontánea (o eso no lo consideraba amor, sino masturbaciones compartidas), con la promesa de compartir ciertos valores comunes y una idea del mundo similar. La dependencia emocional, física o económica que genera engendros de desequilibrio y dominación no le parecía algo comparable al amor, era otra cosa. El sexo, a su juicio, unía lo que es irreconciliable en el amor, en ese universo de la ficción del deseo y el erotismo instantáneo, pero dudaba que resistiera al suspiro y al deshogo de su razón de ser, a esa simulación de la muerte súbita que es el orgasmo. El erotismo que alcanzaba para él una extensión en el tiempo se nutría de algo más que del deseo; lo necesitaba como causa necesaria, sin duda, como forma de unión sagrada, pero requería de una relación cultural y afectiva más compleja.

El recorrido de monsieur Proust a lo largo de las trescientas cincuentas páginas de La fugitive, aglutinaba en torno a la reflexiones del narrador todas las fases del enamoramiento y el proceso de truncamiento y sus repercusiones. La extinción es una tramposa precursora de la eternidad y sólo el tiempo suaviza sus efectos. Todo lo que no muere no puede extinguirse por completo, pero es curioso que la muerte, a menudo, no haga cesar nada, y por el contrario deje la sensación de no haber concluido algo, prolongando la memoria que llega precisamente de la vida anterior.

Hice ese viaje porque de alguna forma deseaba cerrar un círculo abierto, una resonancia inacabada del tiempo que a pesar de los años no había logrado arrancar del todo de mi memoria. No contaré detalles de esos días, no sería algo fundamental y probablemente las cosas sucedidas no tengan interés alguno. El trayecto inesperado tuvo un regusto de lo vivido sin apurar, de lo que fue importante y se disipó, de aquello que no perdí jamás del todo, que sólo ocultó el olvido, y quedó agazapado bajo el disimulo de cualquier lugar presente. Volví a ver esos ojos que hablaban de los años intensos y de la esperanza futura y eran otros ojos. Sentí que Proust y mi vida se confundían en esa primera imagen que casi no se había modificado. Lo imperceptible del cambio no estaba en las posibles trasmutaciones físicas. De nuevo el poema inconsciente tenía razón, había aprendido antes que la verdadera experiencia (o quizá hubo una experiencia sutil, en el fondo borrada) el sentido de ese equipaje que se guardaba intangible en el cuerpo y ya no estaba disponible físicamente. Era esa sensación de mezclar lo inasible y su contrario, y eso que había pensado que ese encuentro podría cambiar mi vida, qué extraño. Que el pasado renacido en la memoria y rescatado en ese trayecto en avión podía modificar mis pasos, hacer revivir los antiguos sueños y trasladarlos al presente.

La ilusión surgía de algún lugar del tiempo y extendía sus efectos hacia otra dirección. Entonces recordé otros versos que escribí en 1996, viviendo de otra forma, con otra persona.

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Lo malo del olvido es que reinventa
los colores del otoño, el dibujo de las olas,
la arena empujada por el viento y el rastro
del cielo que sangra al atardecer…
Sólo la extinción es verdadera, sólo aquello
que se consume alcanza una verdad.

Proust había hecho revivir mi propio sufrimiento antiguo, el mío y quizá el de todos los seres humanos ante el amor truncado. Se hubiera reído con ciertas torpezas que cometí y que llenaron las escenas de esas semanas anhelando recuperar a mi Albertine; el sudor frío que sentí al bajar del avión y hallar ese rostro guardado celosamente en la memoria, protegido del paso del tiempo, similar en su modo de sonreír, de mirar, allí, en un aeropuerto desconocido, en otra vida. Yo era otro al iniciar ese viaje, y ella también. Quizá me conocía por el pasado, porque estoy hecho de hermosa y positiva nostalgia que se construye con el ímpetu y su anhelo de seguir acumulándose en el presente.

Y Proust regresó con todo su esplendor a mi lado.

En realidad, la añoranza de una amante, los celos supervivientes son enfermedades físicas como la tuberculosis o la leucemia. Sin embargo, entre los males físicos se pueden distinguir los causados por un agente puramente físico y los que sólo actúan sobre el cuerpo a través de la inteligencia. Sobre todo si la parte de la inteligencia que sirve de hilo de transmisión es la memoria –es decir, si la causa ha muerto o se ha alejado- , por cruel que sea el sufrimiento, por profundo que parezca el trastorno producido en el organismo, es muy raro, pues el pensamiento tiene un poder de renovación o más bien una incapacidad de conservación que no tienen los tejidos, que el pronóstico no sea favorable. […]

Era ésta ahora lo que Albertina fue en otro tiempo: mi amor por Albertina no había sido más que una forma pasajera de mi devoción a la juventud. Creemos amar a una muchacha y no amamos, ¡ay!, en ella más que esa aurora cuyo rojo resplandor refleja momentáneamente su rostro. Pasó la noche. […]

Pero entonces pensé: me interesaba Albertina más que yo mismo; ahora ya no me interesa porque he pasado cierto tiempo sin verla. Mi deseo de que la muerte no me separara de mí mismo, de resucitar después de la muerte, no era como el deseo de no separarme jamás de Albertina, era un deseo que seguía durando. Pero ¿sería que me creía más importante que ella, porque cuando la amaba me amaba más a mí mismo?. No; era porque, al dejar de verla, dejé de amarla, y no dejé de amarme a mí porque mis lazos cotidianos conmigo mismo no se habían roto como se rompieron los que me unían con Albertina. Pero ¿y si también se rompían los lazos que me unían con mi cuerpo, conmigo mismo…? Desde luego ocurriría lo mismo. Nuestro amor a la vida no es más que un viejo vínculo del que no sabemos desprendernos. Su fuerza está en su permanencia. Pero la muerte que la rompe nos curará del deseo de la inmortalidad.


Vuelvo a mi existencia, sin anhelar mucho más. Regresé. Supongo que sustituir la felicidad imaginada del pasado por la pacífica decadencia de avanzar a ciegas sea una herencia de la experiencia. Tal vez, contemplar desde la butaca desde la que cierro los libros el verde intenso del jardín, la caseta de madera húmeda por las lluvias, envuelto en las suaves melodías de Satie, mientras oigo pasos familiares detrás de mí, no se parezca mucho a lo que soñé en las antípodas del tiempo. Entonces quería un hermoso cadáver triunfal a los envites de la mortalidad por su don o su osadía, retar a los príncipes alicaídos y a los rostros exprimidos de falsa solemnidad. Quizá ofrecí demasiada resistencia a los Dioses y no quedó de mí más que este ritmo cadencioso que el mundo se empeña en alterar. Me castigaron, pero sigo vivo de todas formas, y me agrada el grito y la agitación de vez en cuando.

Me hubiera gustado decirle otra cosa pero no surgió. Nuestro mundo ha muerto, te digo ahora, ha muerto en su recorrido antiguo y estará vivo en el tiempo recobrado. Creo que nuestro querido Marcel Proust hubiera esbozado una de sus leves sonrisas, se hubiese arrebujado bajo el grueso abrigo y esperado alguna palabra más. Pero eso es todo, y estas son las respuestas inexplicables que dan un sentido: mi pequeño acto poético es una renuncia, aunque posee cierta sofisticación. Estoy construyendo el futuro y, en cierta manera, entre mis agradecimientos destacados, le debo algo a Marcel. El tiempo recobrado no es más que el tiempo de la escritura, o ese edificio nuevo que construyo con mis viejas baldosas, quizá ya demasiado marcadas.

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MARCEL PROUST

Nació en Auteuil, el 10 de Julio de 1871. Proust es el hijo mayor del doctor Adriane Proust famoso médico en su época que escribió numerosos libros sobre medicina, higiene y vida saludable, y Jeanne Weil, la nieta de un antiguo ministro de Justicia. En toda su vida no tuvo un empleo conocido. Frecuentó en su juventud la vida mundana del Paris de su tiempo. Vivió una existencia holgada en lo económico por herencia familiar, pero su salud fue siempre delicada, con recaídas constantes y ataques de asma. La muerte de su madre, con la que mantenía una relación estrechísima, agravó su salud y lo sumió en recurrentes depresiones. Pasó los últimos catorce años de su vida recluido en su casa tratando de concluir su obra maestra En busca del tiempo perdido. En 1919, después de que Andre Gide rechazara en Gallimard el primer volumen de su libro, Por el camino de Swan, gana el Gouncourt con A las sombra de las muchachas el flor, aunque hay pruebas de que movió todos sus contactos y amistades para obtener el afamado premio literario.

Murió en París, el 18 de noviembre del año 1922, siendo ya un escritor reconocido e influyente. Su novela En busca del tiempo perdido es uno de los libros más importantes de la historia de la literatura. Virginia Woolf dejó de escribir durante meses cuando leyó por primera vez la novela, aseguraba que no valía la pena añadir nada más después de una obra de esa envergadura. Amable y reservado, Proust, sin embargo, nunca confió demasiado en el valor de su literatura.

Hay una anécdota conocida acontecida en una recepción en el Hotel Ritz de Paris. Coincidió en la mesa con James Joyce, sin que el uno ni el otro hubiesen leído sus respectivas obras maestras. Apenas hablaron. A Proust le molestaron los cigarrillos que Joyce fumaba con frecuencia y encontró poco adecuadas las ropas que vestía el irlandés para asistir a un evento como aquel. Joyce aseguró que Proust era un tipo rarísimo, que sólo le preguntó por cuestiones banales, y que además, no se quitó el abrigo que llevaba en toda la cena.

Esta enterrado en el cementerio Pere-Lachaise de Paris, al igual que Oscar Wilde.

Obras

  • Los placeres y los días (1896)
  • La Biblia de Amiens, traducción libre de la obra de John Ruskin: The Bible of Amiens (1904)
  • Sésamo y Lys, traducción libre de la obra de John Ruskin: Sesame and Lilies (1906)
  • En busca del tiempo perdido (1913)
    • Por el camino de Swann (1913)
    • A la sombra de las muchachas en flor (1919)
    • El mundo de Guermantes I y II (1921–1922)
    • Sodoma y Gomorra I y II (1922–1923)
    • La prisionera (póstuma, 1925)
    • La fugitiva (póstuma, 1927)
    • El tiempo recobrado (póstuma 1927)
  • Parodias y misceláneas (1919)
  • Crónicas (1927)
  • Jean Santeuil (póstuma, 1952)
  • Contra Sainte-Beuve (póstuma, 1954), ensayo.

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20
feb
09

el espantapájaros y el vampiro

Matisse

Matisse

a A.G., in memoriam, que me atormenta en las noches de invierno, febrero extinguido tal noche como hoy, que me hace ser mejor para no ser otra vez el vampiro que heló su sangre, que me hace merecedor del silencio….

a Nacho Vegas, él sabe porqué…

**********************************************************************

Todos los días pienso
en esas noches de incendio,
en el rastro que dejamos
quebrado en los andenes,
en el manto de la oscuridad
que cayó sobre nosotros,
en esos perros de la lluvia
condenados…

…y entonces escucho el eco
de las musas, el aliento
que impregnó la llama
del espantapájaros,
su triste rumor,
la caída de ese otoño
que trasmutó al vampiro
en aire espantado,
en tiempo detenido.

Porque esas tardes aspiré
cegado los caballos blancos
y el galope de los ángeles,
saltaban como perros mojados,
alabando la piel del demonio,
de nuestra inconsciencia…

(…pintamos de rojo los muros,
se impregnó el aliento del suave
murmullo de las hadas.)

Apenas conocía el tiempo,
los lamentos de las sirenas
y el peligro de bordear las farolas,
pero ella me siguió
como los pájaros en bandada,
extendió sus alas
en mi pecho y me acerqué
para morderla.

Fue inutilidad de los colmillos
en su piel de escarcha,
bebí su sangre al igual
que el vino de los cuerpos,
el esplendor de lo sagrado
en esos pechos santificados.

La hice correr en la cuerda
floja, henchido de la ira,
así quiso cogerme de las manos
para beber de los abismos,
para rompernos en la cima,
en las copas de los árboles,
mientras danzábamos aquel
vals que nos partió de aurora…

(…pero no veía nada,
y tú, ciega, tampoco:
ahora te digo tú en esta bruma
con los ojos enrojecidos
de heladas venas
que fundieron el vidrio.)

En el frío atelier de pintura
acrílica, lienzos sudorosos,
sumidos al calor
de nuestra miseria,
abrazados, helados,
bebí tus pezones,
lamí tu ingle,
mi veneno y mi salvación,
extinguiéndote.

El suspiro empaña este silencio,
palpita el subconsciente
con los remordimientos de los peces,
sordos, mudos, apenas
vida de segundos
que anochecen, el olvido
que pudo con ello,
con el destino
y la corona de espinas
que clavé en tu frente.

Nuestro amor estaba hecho
de furia, de labios y dientes,
de respirar entrecortado
y yacer envueltos en la sal
de los mares,
tan salada tu savia,
tan espeso mi desdén
por la ceguera.

Sin miedo ni al tiempo
ni a las nubes de Estigia,
colgados de este infierno
turbio, de este delirio
quemado, de espesura
y hogueras de azufre.

Luego te gocé
desde el origen del mundo
y la voluptuosidad,
te devoré sin rencor
en el viento que agitabas,
de puente en puente,
conversando de la Comedia
hasta llegar al Leteo…

…y al correr entre los muertos
tus ojos se ensombrecieron
con la hiel de mi dolor,
te enseñé las agujas de sangre,
a pincharte en esas venas
y a gozar del artificio
hasta sentir el control
vacío, la dirección
rota en las esquinas.

Un día sonó el teléfono
y vi tu rostro en el cielo,
sentada en el alfeizar
de la ventana me mirabas
con la risa de las sombras:
-¿Dónde está ese vampiro?
¿A dónde fue mi desvelo,
la rabia de esta ausencia,
la muerte que me diste?

El sonido de su voz
anda por la hilera del paseo,
en los tejados
de los edificios húmedos,
en mis manos temblorosas
que lloran y lloran
el agua que expulsé,
en el semen que bebiste
bajo la brisa que acarició
tus hermosos cabellos.

-¿Dónde estás, espantapájaros,
sin alma, sin mí, sin nada?
¿A dónde vas con ese rencor,
a dónde lloras éste silencio?
¿Cuál es el eco de esa melodía
triste, que fue siempre el vals
de los gatos sin dueño?

En su libertad la oí volar
arrojada desde la ventana,
albatros de alas extendidas
y torpes en una defenestración
ilustre que ocupó las noticias
de la nada desgarrada
y su imagen de nieve.

-¿Dónde estás angel turbio,
qué tiniebla te espera?
¿Sabes que me voy
por tu nombre y tu vida,
por no ser el despojo
de esta dependencia,
la costilla de tu bilis
y la dura piedra en la que lloras
este tiempo vedado,
la rotura, el desconsuelo…?

Y voló hasta aplastarse,
voló como el pájaro que fue,
que se había ido
entre los ramajes espesos
de selvas perdidas,
voló y voló
hasta romperse el cráneo
sobre la losa gris
y expulsar el vómito de sangre
feroz sobre la línea
pintada, que recogí
como la espuma
de las olas entre mis dedos…

(…que quedó en aquella calle
para siempre, para verte
por las noches,
cuando a solas aparezco
por el tiempo de la nostalgia,
cuando el deseo se hace vampiro
y muere el espantapájaros.)

Todos los días pienso
en esas noches de incendio,
en el rastro que dejamos
quebrado en los andenes,
en el manto de la oscuridad
que cayó sobre nosotros,
en los perros de la lluvia
condenados….

Copyright Ariño2008

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

17
ene
09

cartografías III- (el espantapájaros y Dédalo)

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A Severine Lavigne y Mateo, son inseparables ya, entre sí y de mí,
A Miguel Ariño y Aurora Navarro, por ser tan inmensos
A mis hermanos del alma, Carmen y Tangofino,
A los que esperan lo que llega con el amor que les tengo; a Mario y Sabina, a Jako y Anita, a Chantal y Michel, a Noemi Bloit y a David Turksma, a Ana Luisa y Juan, a Pope, a Manu, a Inma, a Fer y Helena, a David de los madriles, a Josete Ots, a Manolo Monterde y a Gloria Patricia, a Nacho Cagiga, a Jean Romá, a Eddy Sanchis, a Nanou, a Alex, a todos los que olvido y que sé que están aunque ellos no lo sepan…

CARTOGRAFÍAS III

Te diré que fui feliz en las fotografías
-lo verás-.
Que ante el mar siempre guardé silencio,
que grité en las montañas desnudas
y me espanté de los olvidos.

Te diré que los besos alimentaron mis lunas
-lo sabrás-.
Que cada labio que rocé alcanzó una marca
de vuelo junto a las estrellas, me otorgó
el aliento de aguantar a la intemperie la penumbra.

Te diré que fui un espantapájaros dichoso
-lo dirás-.
Que moví mis brazos al cielo y la tierra
amedrentando a los augurios dolientes
y abrazando las corrientes de aire inmenso.

Te diré que tuve buenos momentos
-los tendrás-.
Que la risa y la ebriedad me dieron un don,
que mirar fue siempre insistir y recrear,
perder una razón del miedo sordo.

Te diré que los días amanecen solos
-lo sabrás-.
Pero aún así, estar es ser algo en el cosmos,
existir es dar luz a otro ser,
a otra vida que corretea paralela a tus cielos.

Te diré que he vivido lo que pude
-tú lo harás-.
Que en cada lugar escapé de las trampas,
que gasté la suelas de las botas caminando
y vi los tatuajes en el cuerpo de las sirenas
hasta quedar exhausto de resurrección.

Te diré que tengo lugares de donde soy
-lo sentirás-.
Que hay paisajes que me quemaron de belleza,
rincones que serán tuyos,
que descubrirás tú sólo en los caminos
que surjan, en la rara distancia de este azar.

Te diré que me abrazaron algunos amigos
-serán tus abrazos-.
Que te aguarda el corazón de mis hermanos,
la caída de la tarde primaveral,
el otoño lluvioso y las tormentas de verano
llenas de agua y fresca levedad.

Te diré que el lunar de tu madre lleva la fortuna
agazapada en su seno
-lo comprobarás-.
Que cada palabra suya, ronca y severa,
será un destornillador que deshaga entuertos
y sagradas tempestades de la nada.

Te diré que pienses por ti mismo
-lo harás-.
Que los caminos que escojas sean al menos tuyos,
que cada paso que des viva en tu pecho
hasta construir una biografía verdadera.

Te diré que he gozado de las palabras
-y no fue mucho-
Que mueras por tus causas y palpite el oleaje
de la vida en las veredas y los ríos,
que sientas esta tierra entre la manos
merecedora de la alegría.

Te diré que ha valido la pena
-y lo creerás-.
Que ha valido la pena ser aire empujado,
violencia encerrada y lengua enhiesta,
que todo el discurrir de mi semilla
ha sido alimento de tu alma.

Te diré que durarás cien años y yo moriré
-lo soportarás-.
Que mis objetos muertos y los mapas que abandonaré
serán tus mapas y tú dibujarás las líneas
de tus itinerarios de hombre solo,
en un mundo asombroso de soledad.

Te diré que pienso en ti sin conocer tus ojos,
-lo entenderás-.
Que cada día que pase seré el aliento de tu aliento,
el corazón que palpita en tu pecho,
sobrecogido por tu miedo y tus derivas rotas.

Te diré que en cada naufragio hay un asidero
-te darás cuenta-.
Que será el amor de las sirenas o el mistral del deseo,
la aparecida luz de las palabras o el fluir de las imágenes,
las oraciones que inventes para velar el tiempo.

Te diré que siempre estaré contigo
-lo sentirás-.
Que pase lo que pase este río corre a tu lado
aunque desemboque ciego,
que esta historia que despreciarás
será la historia de tus antepasados.

Te diré que las nubes cubren el cielo
-lo sufrirás-.
Que cuando nada te alivie y duela la vida,
que cuando más sólo duermas tu tristeza,
más cerca de ti estará el espantapájaros
y ese día nuevo que alumbrará la ceniza.

Te diré que sólo escribo para no morir vacío
-lo alcanzarás.-
Porque hasta tú vienes de la literatura de mis sueños,
del dibujo que quise gritarle a las lunas,
de la llama que atrapé de niño al imaginar
despierto inventar una aurora de palabras.

Copyright Ariño2008
04
ene
09

el silencio de los hombres

Francis Bacon

Francis Bacon

Los hombres se vuelven silenciosos
como lenguas cortadas,
como guitarras sin cuerdas.
Escupen improperios
sin ruido.
Miran de reojo las lágrimas
que caen sobre la tierra.

Hay hombres que no llegan
a eso porque nacieron sin alma,
nacieron rotos,
empujados al espanto
desde las llamas.

Pero los otros,
los que miraban,
los que fueron capaces
de otear el horizonte
y dibujar cartografías,
se vuelven silenciosos
porque el dolor
les corroe las laringes,
porque las celdas
son indestructibles,
porque los barrotes
no se doblan y tienen miedo.

Los hombres estúpidos alardean
del absurdo,
se pavonean por los corrales
agujerados de insignificancia,
pronto silenciosos.

Los hombres se vuelven silenciosos
por el zumbido de los motores
y la ausencia de esperanza.
Hombres que lloran en silencio,
sin lágrimas.
Silenciosos agachan la cabeza:
No inventaron nada,
no cambiaron nada.

Silenciosos, otros se venden
y son aplaudidos,
y al final,
pese a todos,
se vuelven silencio.

Se les ama a ratos,
como esteras de portal.
Se les pide,
se rompen en trozos
descubriendo el oro y la quimera.

Se desgañitan en habitaciones al vacío
para volverse silenciosos,
para ser silencio.
Los hombres se vuelven silenciosos
en el eco de los morteros
y en las ráfagas de amianto.

Las mujeres les aplauden
mientras se pelean por las guirnaldas
y el cacareo,
gritones y ruidosos,
silenciosos más tarde.
Incluso cuando cuentan historias
o dibujan su pecho
terminan por llegar al silencio.

Silenciosos cabecean
por las esquinas,
se muerden enfurecidos
de silencio o se derraman
como las frutas
maduras en el suelo.

Se vuelven silenciosos
porque no pudieron vivir,
porque no pudieron ser otra
cosa que sucedáneos,
que imitadores de porcelana.

Porque se quedaron en comparsas
de los mercaderes
y los mensajeros.
Porque,
por cada hombre
que habla de viejo
hay cientos de millones
que lloran sin que caiga
una sola gota de agua.

02
dic
08

la tarde del espantapájaros y la sirena imaginaria

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I

 

LA LUZ Y EL DESEO

Esa luz que llega.

 

Esa luz que no es de piel

y es piel.

 

Esa voz luminosa,

que no es sonido

pero es sonido.

 

Ese mar calmo

que no es calma.

 

Esa espera lenta

que no es lenta.

 

Te muerdo de repente,

al romper la piel

y el sonido y la luz.

 

Este mar no es calmo,

es eyaculación

de la sal,

de la saliva, y no es calma.

 

Esa luz que llega

y llena.

 

Esa llama

que llena

el sueño que se avecina.

 

Hundir la lengua

enhiesta

en tu sueño

que llega.

 

Sal, esta sal

que se esparce

y no es la sal

de tus escamas.

Sal hacia mí,

sale agua

en esa luz que no alumbra.

 

Esa luz que es piel,

que se abre de piel

hasta la furia

de la tormenta.

II

 

SOBREMESA TRAS LA LUZ

Esta tarde nos hicimos

cosas de lengua.

 

Las unimos en el mar:

 

-Tú mojada y yo húmedo,

nos hicimos el amor

sin tocarnos,

pero un amor de perros,

de perros y gatas estrábicas,

de lengua ocultas,

pero lenguas de agua.

 

Esta tarde nos hicimos el amor

en cada uno de los labios

que no rozamos.

 

Nos hicimos el amor bajo la mesa,

frente al rosado salmón

y la sobremesa blanca,

junto a la cristalera

y los demás testigos.

 

Nos miraban hacernos

el amor sin gemir

otra cosa que susurros.

 

Esta tarde te oí recitar

esperma en tu espalda

y en la suave gota de humedad

de fruta que mordí.

 

Palpé con el dedo el flujo

que surgió de la risa,

y mojaste con pan

la masturbación de las hadas.

Esta tarde hicimos

cosas de lengua

hasta unir tiempos

en una mesa.

 

Mi caos entre espuma

de tarde otoñal y tu

vino inusitado de espera

despertando la idea.

 

Esta tarde hicimos el amor

como perros enjaulados,

como bríos de escarcha,

pero no hubo voces

y pagamos con tarjeta.

 

Soñamos que todo sucedía.

Tú aliada del caos

perdiendo el orden

y yo hijo del orden

dibujando el caos.

 

Cada uno de mis orgasmos

te llegó al alma como un latido

ensordeciendo

la civilización de nuestra risa,

la fría daga que llevabas

a la espalda

mientras clavabas en mi pecho

tus respiros.

 

De haber gritado como

una diosa sobre mis piernas

me hubieras arrancado

el corazón en la misma sábana,

y el sol se hubiera

ido diciéndonos a gritos

que nos comiéramos

de una sola vez

el alma.

III

 

CONFESIONES TRAS LA CRISTALERA DE UN CAFÉ EN EL PARQUE

Extinción del amor

como una carta astral.

 

Tú la dibujas sobre el mundo.

 

Extinción del amor

hasta el chasquido

y la lágrima.

 

Extinción de lo que somos.

 

Ardemos contra el muro

de tristezas y suenan

las sonatas alegres.

 

Renacer de labios.

 

Renacer de estrellas y ecos.

 

Extinción del amor

mientras me abrocho

la cremallera y te subes

la ropa interior por el muslo.

 

Extinción del amor

que surge cuando todo quema.

 

Quema la tarde lluviosa.

 

Queman tus años de gata

en el horizonte roto

de la desexperiencia.

IV

 

IMPRESIONES DEL ESPANTAPÁJAROS EN UNA AUSENCIA DE MINUTOS HASTA QUE VUELVE LA SIRENA.

Me pareció al pisar mi casa

entre las velas de un regocijo

que terminaba de eyacular sobre

los hombros más hermosos

en un mar hinchado

que gozaba con reírse

del salvaje palpitando

hasta convertirlo

en un cordero trinchado

disfrazado de perro hambriento

lleno del deseo de lamer

tu sexo hasta

que el alba le dijera:

-extingue el ruido

y deja la mar calmada

en este atardecer

que no te pertenece

aunque creas ser de escamas

saladas y de labios

que no has besado-”.

V

 

ANOCHECE Y LA INTIMIDAD ESTÁ EN PENUMBRA

Me da miedo no ofrecer más que esta arena,

pero no puedo evitar

que la luz construya estas sombras.

 

Me alejo en la carretera

sufriendo el alboroto del invierno.

 

¿Qué ha sido este espejo?

¿Por qué estas imágenes se falsifican

veraces sin haber sucedido?

 

Sucedió que fuimos otro sexo

de hiel en las fauces del ocaso.

 

Anochecíamos como ovejas

de retiro pero vi esos dientes

que podían inocular

tu sangre en mis venas.

 

Lo raro es que sonreías mientras

quería devorarte la lengua.

 

Lo extraño es que hayas notado

mis brazos estrechar

tus senos que surgían del vaho.

 

Me da miedo no ser más que esta arena

que no podrás asir

bajo la nube que pesa en el adiós.

 

No me des consejos para no llegar

al centro de tu gozo,

no me des consejos para que

no insemine tu imagen de renacimiento.

 

VI

 

CONVERSACIÓN TARDÍA

 

Dije que la vida era azul

y pensaba cómo sería tu cuerpo

desnudo sobre las rosas.

 

Dije que la historia era gris

y pensaba en rizar tu vello

con la lengua.

 

Dije que el pasado era rojo

y pensaba en lamer la humedad

de tus lágrimas en el vientre

 

Dije que el tiempo era verde

y pensaba en morder tu labio

en el alba incendiada.

 

Dije que el hombre es negro

y pensaba hundir en tus muslo

el sol de mi esperma.

 

Dije que el amor era amarillo

y pensaba acariciarte hasta

que tus ojos fueran de arena.

 

Dije que la amistad es morada

y pensaba en levantar tu grupa

para penetrar tus huecos de agua.

 

Dije que el aire era rosa

y pensaba contemplarte

bajo el influjo de la luna herida.

 

Dije que la nada es blanca

y pesaba en gozarte completa

hasta ganar el precio de tu vientre.

 

Dije todos los colores del arco iris

y pensaba morder tu carne

y soñar el sabor de las sirenas.

VII

 

NACE LA MÚSICA DE LAS COSAS

La orquesta sonó para nosotros.

 

Fue tu risa las notas de una sonata

y ese vals de luz declinando

bajo la noche esparcida.

 

Hemos bailado pisándonos

los pies con la torpeza de

lo que nace entre bruma.

 

Aparecida la música aprietas los labios;

el próximo beso que te de

será en el centro del exterminio,

en ese punto donde la energía

del placer articula la odisea humana.

 

Ordenar el caos, música y palabras,

hasta que la oscuridad se apodera

del canto de las gaviotas,

sintiendo que tu olor de mares

es el clítoris de todas las islas perdidas.

VIII

 

VISIÓN INESPERADA DEL FUTURO

Te cogeré de las manos y volaremos

en esta espiral hasta estrellarnos contra el suelo

hechos triza, sanguinolentos y rotos

como muñecos de trapo,

justo en la esfera que dibujó tu dios

para vencernos tan hermosos.

Hay que salir a nado,

aunque sea echando los demonios del cuerpo

a vómitos, con el alma encendida de lluvia,

aunque deba arrancarte los pechos

con los dientes y tú extirparme

de cuajo el sexo que inseminó tus lunas.

Y así, en el suelo, exangües y cadáveres,

abriremos los ojos, los mismos ojos

prisioneros del mal fario del porvenir,

y toda la conciencia

será para vosotros, que nos olvidaréis

como si fuéramos gatos aplastados

en el asfalto, sin más identidad que esta piel

rota que tantas veces nos acariciamos.

IX

 

LUCES DE REALIDAD ANTE EL FOGONAZO Y EL ESPEJISMO

Lo peor es que no podamos jugar

porque ya jugamos demasiado,

que no podamos inventar

porque venimos de tantos reinventos,

y no podemos traspasar un límite

porque somos conscientes

de que no son los dieciochos años

en la esquina de los parques oscuros.

 

Lo peor es que no somos de piedra

y podemos convertirnos en destellos.

 

Lo peor es que tus labios

hacen olvidar el color de la tarde.

 

Lo peor es esta espera que no seduce

la totalidad de tus ojos húmedos,

que no seamos más que espejos

y sólo podamos acariciar cristal,

que tú seas demasiada mujer

para esos hombres de láminas agrietadas.

 

Lo peor es que no te convenceré

de amarnos porque conoces el resultado.

 

Lo peor es que los besos terminan

teniendo un sabor agrio,

que las noches de soledad

se vuelven añoranza acompañados.

 

Lo peor es que hacerte el amor

es cómo nadar en piscinas sin cloro,

que besarte las nalgas al despertar

es el reflejo de todo lo que vivimos.

 

Lo peor es que la culpa dibuja los mares

y nos entrega helados a las sirenas de Odiseo.

 

Lo peor es que no puedo vivir

sin lo peor de todo,

(que es creer lo imposible)

que ese aire que enfría la avenida

tiene el mismo brillo de los espejismos,

que no sea yo un hombre desnudo

sin más historia que el deseo

de las llamas que nacen en invierno.

X

 

DE TRADUCCIONES ITALIANAS

Todo el italiano que surge

de tu lengua se pone en mi

pecho para dibujar Venecia.

Tradúceme a mí, por favor,

traduce mi lengua herida

que aspira a lamerte la sangre

que dejaron en ti los cadáveres

de lo que nunca fue futuro.

XI

 

CONVERSACIÓN SOBRE EL ANDÉN

Me acomodé en el andén para esperar

el tiempo de la hadas,

el cielo protector Y la sirenas de Odiseo,

las gracias de la tarde y la expectación

de los ociosos de alma.

Leía versos sobre palomas y hombres

que escriben en velas y con venas

de tinta, sobre fantasmas de pantallas

blancas mirando el ocaso de las mareas.

Sé que llegan los trenes como

le sucedió al hermano de la sirena.

(¿Por qué esperar esos trenes

en la madrugada helada?)

Estoy en ese andén, en el cruce de caminos

experto en astrología.

Me acomodo sobre el banco

para observar el paso de los viajeros

en la estación de piedra.

Bajan las sirenas y desfilan

sus caderas de escamas.

No me importa la perfección

de su armadura de agua,

prefiero la invitación al deseo tranquilo

mientras leo que la vida se escapa.

XII

EL ESPANTAPÁJAROS, LA SIRENA Y EL AMOR

El espantapájaros y la sirena hablan

de amor.

 

La sirena dice que las mujeres son

madres y putas y naturaleza misma e inteligencia y el futuro.

 

Y el espantapájaros susurra que los hombres son violencia, silencio, inocencia ciega, muerte

y sangre derramada.

 

La sirena insiste

en que las mujeres madres y putas y naturaleza misma e inteligencia y el futuro

acarician con los dedos el horizonte

y suelen llorar la llegada de los hombres

sin rostro y sin alma,

aguardando una redención jamás hallada.

 

-Yo quiero que tú, o la llama que despiertes,

seas primero puta y madre, y luego naturaleza misma e inteligencia y el futuro,

aunque sea derramando

los brazos ávidos y avivando tus labios congelados.

 

El espantapájaros y la sirena hablan del amor

mientras la tarde rompe al sol

con sus grises de oquedades,

y al mirarse en el espejo

él la oye susurrar: soy puta y madre y naturaleza misma e inteligencia y soy el futuro.

 

-Tú futuro.

XIII

RETRATO EN EL PRÓXIMO SILENCIO

No eres permeable como el suelo calizo,

ni tienes en los labios las promesas.

No eres permeable porque alguien te fue

extirpando los huecos y la arena,

y fue quedando una tierra dura

que se disimula con el maquillaje.

No eres permeable a mí ni a nadie,

aunque yo querría penetrar

tus poros y resquicios y henchir

de semen aquello que sólo

es rumor, decepción o espanto.

XIV

 

EL ASOMBRO DEL ESPANTAPÁJAROS

A ti no te asusta la palabra futuro.

 

Tú no la ves terrible y obscena,

no temes a esas estrellas porque las construyes

con el aire y el aliento,

con esas manos que tocaron mi cara

ausente de pánico.

 

A ti no te importan las nubes

ni el cierzo congelado que brota

de la tristeza.

 

Te parece bien este eco

que a mí me ensordece,

y tú lo transformas

en una cálida luz que se me antoja

hermosa y transparente.

 

A ti no te asustan las balas

que suenan en mis oídos,

ni la palabra futuro grabada en el pecho,

ni el rumor de esta decrepitud

que asoma,

ni esas esperanzas ahogadas

en el frío hálito de la espera.

XV

 

RECONSTRUCCIÓN DE LA TARDE DEL ESPANTAPÁJAROS Y LA SIRENA IMAGINARIA.

La imaginación de la sirena acompaña

al sueño.

 

El espantapájaros se olvidó de algunas nubes y aguarda

el caer de la lluvia que limpie

el aire.

 

Será que ahora está en las imágenes

de lo que no fue y en el eco

de lo que sí se hizo.

 

Frente a frente, las manos temblaron

al reír los fantasmas del tiempo,

al dibujar las alas y esa celebración

salvaje del exterminio.

 

No terminará de arreglar

el ventilador si no rueda

para él, sino son tensión en los ojos

y humedad en la boca.

 

Esa cosa húmeda que siempre llevan

dentro de la boca se humedeció

de lo inasible y de la furia

de lo controlado.

 

Eyaculó el espantapájaros tres veces

con cada sombra de las horas;

la sirena gemía en el silencio

y en cada orgasmo

rejuvenecía sus escamas de plata.

 

Después de la mariposa queda un silencio

de larva que huele a primavera,

que renace de los ecos de sus resabios

y de aquello que no dijo.

Se marcharon con la miel en los labios,

goteando espasmos, saciados de tiempo.

Ella para diseñar los pasos del camino,

las huellas que pronunciaron sobre

las marcas de fuego.

 

Le propuso él enlazarse como carcasas

de artificio, y rodar y brillar,

aunque ella prefirió que fueran

carcasas que se cruzaran el cielo

sin caer juntas chamuscadas

de pólvora.

 

Se puede hacer del hilo

la totalidad de cada jersey,

ir destejiendo cada tela y su color

para buscar aquello que define

a la pieza entera.

 

Se desovilla el alma

a pedazos mientras recuerdan

como poseen los cuerpos los jóvenes,

como se ralentiza el deseo

en la edad de todas sus pieles.

 

La imaginación de una tarde con la sirena

apaga las luces de esta madrugada,

la hierba huele en él extraña,

al incienso de las iglesias,

al perfume que atisbó de lejos,

a esa ausencia que no pudo retener.

 

Esperó no haberse olvidado

de las laderas y los ríos justos,

no abusar del espíritu que empuja

la libertad de los poetas.

 

Seguir escuchando esa voz en los parajes,

pensar que tal vez mañana

la sirena alumbrará sus pantallas

y le pida volver a ver su alma.

 

Es posible que esa vez el ruido sea tan ensordecedor

que los expulsen de las salas de luz,

quemados de azufre y mirra,

incendiados por la saliva desparramada

de esa cosa que siempre llevan dentro

de la boca.

 

El cielo ha cambiado de repente,

el aire frío recupera su perfume,

la cadencia del quiebro, la santidad

religiosa de la vida.

¿Acaso no somos más que un exorcismo

de lo sagrado para continuar

construyendo un edifico de utopías

y versos de amores despiadados?

 

La imaginación de la sirena acompaña

ahora al sueño,

se adentra la noche con el rumor ciego

y esparce el espantapájaros sus sonidos,

vive al dormir esperando nacer

al despertar, nadando en un mar

de tristes rizos de luna y danza.

XVI

 

EL EROTISMO INSATISFECHO

Lo más sagrado fue violar

tu imagen, rozarla con los ojos

erizados, con el azul del mar

en tu boca roja.

 

Si me muerdes respiro,

si bebes mi sangre nace la vida.

 

Sagrado y profano sólo queda

la trasgresión del cuerpo.

 

Comulgar es comer la carne.

 

Sólo fuimos expiaciones

hechas de palabras.

 

Lo más sagrado es que violes

mi imagen, rozarla con tus ojos

de gata, con el rojo de tu pelo.

 

Si te muerdo respiras,

si bebo tu sangre nace la vida.

Este es el nacimiento del ritual;

mojados de lluvia fina,

abiertos como vísceras,

te doy un trozo de mí

para que seas un conjuro.

 

Construye el pasillo hacia el cielo,

estoy dispuesto a arrastrar los huesos

para beber tu esencia, romper

esta nada, este vacío de no devorar

el espejismo de las renuncias.

XVII

DESPERTARES

La brisa era marina y tú dormías

abierta en el reposo blanco,

bajo la luz de estás hileras de vida,

cubriendo tu sexo con los dedos.

 

Todos los ecos surgiendo del vello,

el pubis rasgado en el origen del mundo:

de ahí salió la vida,

de ahí se avecinan las catástrofes

del espantapájaros.

XVIII

CONCLUSIONES A LA MEDIANOCHE DEL ESPANTAPÁJAROS Y LA SIRENA IMAGINARIA

Y el espantapájaros, después,

le dijo a la sirena que sus dudas

siempre dibujaban un camino.

 

Que ser el origen del mundo

no era síntoma de saber algo más,

y era posible que el vaivén

de la existencia enseñase

más que la seguridad plana,

que la negación de lo inconcebible

y el contacto de la tierra.

 

(-Al fin y al cabo tu viaje horizontal

no ilumina más que el mío vertical.

Tus pausas no dicen más

que los quiebros de mis mapas.)

 

Construye la cartografía que quieras

que yo construiré la mía,

pero no consideres tus fotografías

más lúcidas que las otras.

 

Estamos hechos de aire,

quieras o no dibujar un edificio

al borde de la orilla.

 

De tu mar aprendo,

de mi tierra aprenderías.

 

Y el espantapájaros comprendió

que nada era posible desde la razón.

Los siglos de la sirena pesaban

como las losas de años en el camino.

Era como enfrentar la longevidad de Ezra Pound

con la intensa brevedad de Guillaume Apollinaire.

Danza frente a quietud,

luz de mediodía frente al atardecer.

 

Entonces le dijo:

-No juzgues los cuidados

ni el exceso, no silbes canciones antiguas

en mi oídos-.

 

(-Sé la madre del mundo

y no la mía, no estoy tan perdido a pesar

de los vientos en contra.

Respiro aire puro,

sueño con calabazas de noviembre

y guardo la magia en un pañuelo-.)

 

La sirena observó de lejos

el caminar alado del espantapájaros

y quiso redimirlo de la angustia.

 

El espantapájaros esbozó la sonrisa de las llamas

y pensó que cuando el fuego se alzara

de esos pechos todo será demasiado

decrépito para asistir a la incineración

del miedo, a las candilejas de la resurrección,

y estaban demasiado ciegos para alcanzar

la lámina del olvido en las grietas de los edificios.

 

(-No me cojas de la mano para llevarme

porque mis kilómetros ya saben el camino.

Si quise acompañarte no me recuerdes mi mapa,

no sigas las pistas de hielo ni los caminos

muertos, mira los tuyos desde las cenizas.

Si un día quieres aire igual puedo dártelo,

pero no me entregues tus pesquisas,

me son tan válidas como las tumbas

que guarecen los féretros.)

 

Seremos amor cuando tú seas olvido,

cuando yo ascienda por los cielos

y miré desde arriba los tejados.

No haber alcanzado mis sueños

no significa que no sepa

de qué están hechos.

 

(-Al fin y al cabo no fui yo quien

enviaba postales a los muertos,

no fui yo quien perdió los asientos

de los trenes ni imaginé que todo

era un premio, ni fui yo quien

aguardó tanto para romper la escarcha.)

 

El espantapájaros pensó que la sirena

no comprendía nada, que lo confundió

con otros perros y otros marineros

sin puerto, pero se dijo que alguna

otra sirena, o ella menos salada,

hallaría el libro escrito con sangre,

aquellos versos que la vida le revelara.

 

(-Entonces sabrás, sirena, de que está

hecho tu mar, a qué saben los beso de luna,

quien llorará más las noches en vela,

a que llamamos insomnio y ebriedad,

de dónde viene la vida,

de cómo mi maternidad es la furia

y crea la misma existencia que tú

alumbraste de las entrañas del cuerpo.)

 

-Tus paredes sólo son más suaves y finas.

Las mías arden de fuego ebrio,

de incombustible esperanza.

 


Copyright Jimarino2008


26
nov
08

jules et jim

,

Jules et Jim. François Truffaut

Jules et Jim. François Truffaut

a J.P.Romá

Puede ser que sean de nuevo
ese día de veinticuatro horas,
que la noche vaya cayendo
y esparciendo la arena del reloj,
y al marcar un teléfono
suene la desconexión
de éste laberinto urbano,
el dolor de huesos y la lluvia
húmeda.
Pero en el fondo están allí,
gritando esas vidas,
embadurnados de la noche
que fue delirio
y que dejaron morir despacio,
en el abrazo de lo que no sabían,
en la ignorancia de creer
alcanzar otro lugar.

Puedo imaginar qué sucedió
allí hace tanto tiempo.
Puedo verlo desde mis ojos
achinados, desde la perilla
de Jules y las sonrisas de
Helene y Sophie.
Puedo observar el destartalado
marco de lo acontecido, adentrarme
entre las carcasas de la foto
y quitar sus placas amarillas,
la vejez que dobla el recuerdo,
volver al fingimiento de esa noche,
al cigarrillo que se consumirá
después, al torpe amor
de los desconocidos gozando
la vana ilusión de la juventud.

Pero ellos no pueden verme,
no pueden observar donde está ahora
Helene y sus ojos fatigados
tras el largo viaje, su cuerpo alargado
como un junco erizado,
tan suave y cálido entonces
de milagrosas venas.
No pueden ver que camina
por otros mediterráneos,
que se perdió con su Ulyses
griego por las aulas y las lociones
antipiojos, que anhela ser madre
en la imposibilidad de una tierra
con vistas al mar;
La Provenza francesa a la espalda,
el eco del Mistral sureño
en las pupilas dilatadas
mientras se llena de cosas:
quizá un amante
para la tarde de los miércoles,
o sonrisas fingidas en cursos de baile,
de iniciación a la escritura biográfica
y sucesos extraescolares,
y gime de gozo al recordar
esa fotografía en la que falta
su ángel negro, su paraíso
y su tortura después de quince
años de amor imperfecto
pero amor.

Tampoco Jules conocerá
el lugar al que fueron sus cientos
de inquietas preguntas,
cuándo murió su vitalidad
de ojos profundos, el exceso
con el que agitaba sus neuronas
ideando las palabras de una nueva
filosofía (y juro que hubiera sido capaz
de hacerlo de no haber muerto en vida)
Jules, que vive de los despojos,
que apenas llega a fin de mes
para alcanzar el mismo desasosiego
que detestaba en su padre,
mientras se lamenta de asperezas
y emite consejos sin brillo,
umbrío, borrando de una vez
lo que fue hermoso en él,
lo que deslumbraba a las sirenas
y a los ángeles caídos,
lo que significaba un camino,
su destino, un aliento
futuro que nunca se dio.

Sophie no sabrá nunca
que después de construir cientos
de cartografías se le disipó la fe,
se le borró ese lunar del labio
que al besarse convocaba
a las hadas del augurio.
La sirena tiene ahora los ojos
más tristes y esa hermosura
lánguida de lo que no alcanzamos.
Hoy, ilusa y distante,
piensa en renunciar a su vida
para iniciar el futuro de otra,
como si el hastío le exigiera la maternidad
y no la larga autopista que soñó:
confusa por los tiempos,
herida por las burlas del porvenir,
extrañada en un mundo de extraños
aunque mantenga la sonrisa
de sus labios y la sombra
del lunar borrado como un presagio.

Jim ya no baila con pantalones de cuero
y el bourbon ahogándole la garganta
con The End en el alma.
Tampoco es la sonrisa
de la fotografía, cuando pensaban
en la libertad sobre la palma de su mano.
No podrá atisbar como fue muriendo
ese espacio, ni ver la mismas estrellas
que brillaron esa noche en el cielo.
La ebriedad le quemó el corazón
hasta disipar las furias en danzas
primigenias, en reflejos de venganza
bajo el clamor de los tambores
de la resurrección amarga.
Vivió después en las madrugadas
incendiadas, se levantó junto
a pieles desconocidas
y vio sus rostros sin alma,
la obscenidad del mundo desnuda,
acariciando espaldas desde el silencio
con los dedos de la derrota blanca
y la sigilosa fiebre de las batallas.
Ahora mira las noches de luna llena
escuchando el latido de aquel tiempo,
la fotografía de la sensualidad
le acude, va llegando a sus ojos tan azules
como una lámina de mar,
hasta besar alguno de los labios
carnosos de aquella Francia
de música y sonoras palabras.

Esos astros luminosos surgiendo
del infinito del cielo, brillando
tan sólo en la fugacidad
de ese instante cuadriculado
en la inmensidad de lo estático,
de su destello y su cercanía,
mientras Sophie coge la mano de Jim
y Helene acaricia los cabellos de Jules.
Después de la luz
se mirarán poseídos de alegría
en el exterior, y la noche les recordará
que el tiempo transcurre
y no hay tiempo que perder
para escapar al destino o para construirlo
con esos ladrido de perros de lluvia,
tan mojados como ángeles afónicos.

Puede ser que sean solo ese día,
que Helene haya perdido esa fotografía
para no pensarse, para no ser,
igual que Jules la contempla
escondida en un diario sin letras
cuando llega la madrugada,
buscando los ojos de entonces
y las palabras desaparecidas.
A veces, Sophie y Jim la miran
pensando que hubiera sido de ellos
si algo hubiese ocurrido diferente,
si en la madrugada de abril de 1994
hubiera brotado un eco distinto
y la estrella que les contempló besarse
hubiera tenido una luz más intensa,
o Jim hubiese sido más decidido
y ella más cobarde de sueños.
¿De qué está hecho el tiempo,
de qué está fundido ese latido
que nos transforma, que modifica
el cuerpo y afecta a los hilos
del alma que se desconectan
de los espacios desaparecidos,
de los pequeños rincones de ausencia
y presencia articulando los mapas?

No volverán a poseer esa imagen
y la congoja de las tardes de invierno
esparce una fina lluvia en el jardín.
Tendrán otras, pero nunca juntos
en una noche de abril regada de vino,
surgida de las fauces de mil sonrisas
y de los dientes blanquísimos de Sophie,
de los ojos rasgados de Helene
y de la lengua gozosa que se dobla
en la boca de Jules,
mientras se fijan irremediablemente
en aquella película de Truffaut
y en Jeanne Moreau con veinte años,
corriendo vestida de muchacho
por un puente enrejado,
y Jules y Jim la persiguen
tratando de abrazar lo mismo
que se me escapa en la foto.
Tiempo, tiempo, el tiempo
que todo lo borra, el tiempo que ofrece
su particular sentencia como un
fotograma en blanco y negro
de la mejor película que vieron,
de sus vidas detenidas en un fotomatón
y excusas, y todos los labios
que llegaron después
para quedar fijados en la noche
cálida de una primavera viva,
en los sueños encerrados de cuatro
miradas despavoridas
a punto de la renuncia.

Copyright Ariño2008

fotomaton1

15
nov
08

el espantapájaros y el amor

egon schiele

egon schiele

* * * *

A Georges Bataille

Debo decirte que amar
es arrancar nuestra soledad inconsolable,
es pretender poseer tu cuerpo, tu alma y tu posteridad,
que tú te empeñes en poseer mi cuerpo, mi alma y
mi posteridad.

Atravesar tus secretos en el limbo
de la inconsciencia erótica,
hacer que seas vagina húmeda
y yo aliento de sangre enhiesta,
lamerse como animales
en el reducto de la piel
para gemir y husmear,
para que expulse en tus senos
la savia que ganará el futuro,
pero si no poseemos el alma
a lengüetazos y delirios,
sin anonimato y suculentos gritos,
será como azotar con cañas
la dura lámina de las rocas.

Si te convierto en icono,
en las palabras sin rostro
sin besar ese pezón incendiado
que ilumina el día,
y tú no encuentras
la llama que arde
sobre ti hasta echar su cera
caliente en el suspiro,
si sólo somos contemplación
y grito sordo, si nos quedamos
en la oración suprema
sin construir la verdadera
carretera del cielo,
o en la caricia tierna y temblorosa
que disimula el miedo,
será como pretender volar
sin ascender un metro del suelo.

Si en la mística de nuestra inmortalidad
anhelo poseer lo que nunca poseí,
si apenas puedo besar los labios
y ni siquiera orar sobre el destino
porque no eres mía y yo no soy tuyo,
si sólo transformamos fotografías
en besos imaginados, en humedades
fingidas bajo los marcos
transparentes de una casa
sobria, en la soledad de todos,
si alardeo del símbolo
y no toco con mis dedos la vela,
será como rezar humildes
a un dios sin efigies ni carne.

Debo decirte que otra cosa que pretender
poseer será compartir, interés, negocio,
cacharerría de simulacros,
ademán sin obscenidad, ni rigor,
sin agujeros de leña,
sin inmortalidad ni saliva,
tan neutros como la primavera
escrita en los anuncios,
tan cínicos como los que ríen
la tibieza del sentido común.

No quiero ser negociante
ni de tu alma ni de tu cuerpo,
y tampoco vender monedas
a cambio de la inmortalidad
que se resbala como la nieve
en las alcantarillas.
Será cuestión de afanarse en todo,
porque penetraré en tu cuerpo
para que mi disolución sea tu vida
y la mía la tuya,
mientras convierto el instante
de eyacular en tu frente
y el despojar de tu miel sobre mi pecho
en las imágenes que construirán la metáfora,
y en medio de los finales
nos abrazaremos como tristes bautizos
sin tierra, sabiendo aún así felices que
con sólo mirarte tu serás
la eternidad de mí y yo seré
la eternidad de ti.

Copyright Ariño2008
09
nov
08

monólogo del espantapájaros frente a las sirenas

Pablo Picasso

Pablo Picasso

Dorados esos muslos,
suenan sus ecos
por el laberinto de Dédalo:
-Hijo, asume el destino,
la pátina que envuelve
tu cuna,
no hagas lo que no debas-.
Los cabellos sobre los hombros:
Así es la expresión
del deseo,
la grupa alzada
y la humedad,
y me pierdo.
Cada momento del aire
tiene un instante de gloria:
-Vuelo, vuelo donde no llegas,
donde me alcanza la paz del amor
y sólo bulle la presión
de la aspereza.-
¿Prefiero el amor o el deseo?
Me pierdo en ti,
pero también en ti.
La disyuntiva se define
por oposición entre
contemplación y furia.
Tú crees que soy
el domesticado que abraza,
y tú el salvaje que ahonda.
Un abrazo al anochecer
sobre el colchón caliente,
mientras rozo con mis dedos
la curva de tu vientre.
Un jadeo en los ojos,
mientras tu deseo inasible
me humedece el pubis
y devora mi carne encarnada.
Dorados esos muslos,
me quema el aire
de tus ojos,
la suave brisa que provocan
las lágrimas.
Soy de arena,
igual caigo sobre la tierra
y reposo,
que me empuja el viento
tan lejos
que sólo ardo de humedad.

Copyright jimarino2008
01
nov
08

la falsificación de las imágenes

Rene Magritte

Rene Magritte

¿Puede ser real el silencio?
¿La espera desterrada
y esta nostalgia de viernes por la tarde?
¿El mundo perdido,
la espesa maraña del abrazo?
¿Los sueños que se evaporan
con el tiempo?
¿La triste mirada al cielo gris y
la áspera caricia de un reproche?

¿Puede ser real la caricia,
la esencia de esta tarde dormida?
¿El cuerpo desnudo
sobre la cama
y el sudor que desprende
la lluvia al besarnos?
¿El abrazo?
¿El gemido que trajo
el anochecer?
¿La figura que pasea
por el cuarto y ese aliento
en mis labios?

¿Puede ser real ser humano?
¿Caer rendido
en esta tarde y reír
de felicidad?
¿Notar el empuje de la noche
justo cuando ella se marcha?
¿El recuerdo de la boca
depositada sobre la piel?
¿La caída de la luz
y el maullido
del gato aproximándose?

¿Puede ser real el simulacro?
¿La causa destruida
y las paredes blancas
del dormitorio que me atrapan?
¿La suave cadencia
de la música en sus pechos?
¿La memoria de los tiempos
quieta en mis dedos?
¿El susurro que se fue?
¿La tarde en la que atisbo
el horizonte y pierdo el sur?
¿Las calles vacías por el otoño?
¿Ser otra vez naufrago y aventura?

¿Puede ser real esta vida que no es mía?
¿Los uniformes que cruzan mi pecho?
¿El fingimiento sin poesía?
¿Los amores de un rato
desperdigados
en las aulas del olvido?
¿La soledad inmensa
de estar acompañado de palabras
que no suenan?
¿Los árboles frondosos
que nos ocultan los jardines?

¿Puede ser real esta nada?
¿O es un todo que refleja
la esencia de mi alma?
¿Nada? ¿Todo? ¿Absoluta
la disyuntiva? ¿Naufragio?
¿Sí? ¿Hacerlo sin asideros?
¿Qué se vaya y correr tras los ojos?
¿Podrá ser verdad este eco
extraño, esta extrañeza de metamorfosis
y aire viciado?
¿De amores acumulados
como capas del subsuelo?

¿Puede ser verdad mi propio rostro?
¿La mirada que se transforma y sólo quedan
los ojos, mis ojos?
¿El reflejo del espejo
que me avisa del otoño que llega?
¿Que me arrebata con viejos anhelos?
¿Puede ser verdad mi delirio?
¿No ser quizá más que aire?
¿Aire a inventar,
reconocible en la mujer que se levanta
de la cama?
¿Por su cuerpo desnudo
en un colchón mullido?
¿Será este sueño la verdad?
¿El sueño que me arrulla y me abate,
el sueño que va llegando?
¿Cerraré los ojos
mañana al amanecer?
¿Hoy ciego? ¿me abalanzaré
en la noche de los tiempos?
¿En mi noche ritual?
¿En la extraña delicia de un calor
nunca olvidado?
¿Perdido y traicionado,
agujerado de todas las traiciones del mundo?

¿Será verdad que en los ojos
desconocidos que encuentre
antes de que amanezca
sueñan las sirenas que deseé
hace tanto?
¿Será verdad que sólo
escupo contra el viento?
¿Qué mis labios están sellados?
¿Qué lo único que amará mi corazón
será el simulacro?

¿Tengo aún mis cartografías?
¿Son verdad las cartografías
del cielo?
¿Mis pequeños delirios?
¿La respuesta que le dejaré a él,
a las preguntas inmensas
que se acumulan?
¿Seré padre de oro?
¿Padre de tiempo o de aire?
¿Seré padre de sirenas
o sólo padre terrible?
¿Qué será de lo perdido?

¿Tal vez este duermevela?
¿Un sueño lánguido
que me va envolviendo?
¿Qué se nutre de imágenes?
¿Seré este sueño enterrado?
¿Los ojos que no ven,
ciego el aire
y espeso el tiempo?
¿La maraña silenciosa
de un atardecer submarino
que gorjea y gime?
¿Será lo casual lo tangible
¿La eyaculación la vida?
¿La caida desde las estrellas,
embadurnado de barro?
¿Este pequeño lamento
silencioso?
¿O son sólo palabras,
palabras, palabras y más palabras
para ocupar el viento?,
¿El miedo de existir?
¿El vértigo de ese café
humeante que beberé al despertar?
¿La hora, la hora de celebrar los mitos?
¿La hora de enterrar la inquietud,
hora de lágrimas y risa?
¿Será esto vivir
o serás tú quien me lo diga?
¿Serás tú la sirena, cuando surjas
de las fauces del mar?
¿cuando seas real?
¿Cómo un presagio?
¿Cómo la respuesta del aire?
¿Como ese sueño
extraño que una vez
tuve en mi vida?

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Pio Cesar Robla.

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