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04
dic
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francis scott fitzgerald-ernest hemingway

Siempre fui de Fitzgerald, de toda su obra esparcida como una maldición a lo largo de sus años perdidos, de Fitzgerald y contra Hemingway, tan zafio y vulgar, tan macho y rudo, y al tiempo falso, tramposo, con ese bigote que siempre me produjo urticaria, con esas venganzas viriles que flameaban en sus ojos entre la mediocridad de su obra en general, a excepción de un puñado de cuentos, juicio sumario que no suelo aceptar, no hablo de lo que no me interesa. Soy de Fitzgerald por El Gran Gastby, por Suave es la noche y El Crack-Up, por los cuentos de Pat Hobby y por El último magnate, y sobre todo por Las cartas de amor y de guerra, la correspondencia reunida entre Zelda Fitzgerald y Francis Scott. Soy de Fitzgerald por ese hermoso testimonio de su hija muchos años después. Lo soy por su debilidad y su talento, por su patetismo ocasional tan humano, por Vila-Matas y por La Provenza y la Côte D´Azur, esos rincones hermosos que cada verano visito feliz aguardando a que el año cambie de destino, sintiendo como Fitzgerald no pudo, como no puedo.

En mil novecientos treinta, finalizando el verano, Zelda comenzó a escribir esta carta desde la clínica Prangis, en Nyon, Suiza

Querido Scott:

 

Acabo de escribir a Newman pidiéndole que venga. Me dices que has estado pensando en el pasado. También yo lo he hecho, durante las semanas que llevo sin dormir más que tres o cuatro horas, envuelta en vendas, enferma e incapaz de leer.

Mi querido Fitzgerald, o ese querido Scott que encabeza las hermosas cartas de Zelda siempre tuvo la dirección cariñosa y amorosa de una mujer que comprendió el amor demasiado tarde y lo perdió, dirigido a la persona que la acompañó la mayor parte de su vida. Detesté a la madre de Scott llenándole la cabeza a su hijo de todo aquello superficial y estúpido que rodea al éxito, esos aires de grandeza que tanto lo confundieron a lo largo de su existencia. La filosofía del fracaso y el éxito yanquee siempre me produjo ardores de estómago, no sirve para vivir salvo que seas un excelso triunfador, e incluso en ese caso, y conociendo la biografía de Fitzgerald, bastaría para alcanzar  una simple parábola al respecto: genera insatisfacción. Detesté su éxito por improductivo e infértil más allá de unas cuantas novelas y relatos memorables, esa extraña tendencia a ser moderno que sólo fue útil en su prosa. Odié su mala suerte cuando el genio rondaba a su alrededor, sus imprecisiones y banalidades, sus pérdidas de tiempo constantes y la época en la que le tocó vivir. Soy de Fitzgerald por sus monumentales borracheras de fragilidad y miedo, por sus amaneceres durmiendo en parques, patios y salones, meado, encima de vómitos, tembloroso y tierno como un niño que comete un leve pecado. Y sin embargo, en medio de toda esa debilidad, admiré su humanidad extraordinaria, la fuerza que a pesar de los desplantes y el dolor, aun cargando sobre sus espaldas la enfermedad de Zelda y los remordimientos que le provocaba, la desgracia de un mal de ojo prolongado y feroz que lo arrastró desde las alturas hasta el abismo, siguió brillando, siguió construyendo su paraíso postrero, su pequeño rincón de alivio.

Leo los testimonios de Gerald Muyphy sobre los desplantes y excesos de Fitzgerald y me cuesta creerlos, aunque todo parece cierto. Dos niños adultos acostumbrados a ser mimados por la vida perdían el rumbo entre la exuberancia del mediterráneo francés, visitando ruidosos las casas de los americanos expatriados que correteaban felices y frívolos en esos años veinte por las campiñas y los  secretos de la Riviera. En qué momento se truncó aquella hermosa pareja, donde piso mal y se precipitó al vacio de clínicas psquiátricas, a ese alcholismo decadente y devorador, a la falta de dinero constante, se convirtió hace unos años en una obsesión. Buscaba mi propia mística de la extinción, el momento de agotarme, y trataba de rastrear las pistas en el genio de Scott y su mujer.

Zelda recordaba en esa carta los días pasados, a los periodistas y los vestíbulos de hoteles de lujo habitados por trajes lujosos envueltos en pieles carísimas, el brillo del sol en las cristaleras y el polvo irritante que llenaba los muelles a finales de la primavera. Era el New York de edificios blancos, aquella ciudad feliz que los recibió como triunfadores, que convirtió al pequeño ambicioso de Fitzgerald en una celebridad como deseaba su madre, que pobló de guiños y perfumes el encanto del muchacho seductor con los ojos azules más hermosos de la costa oeste. Fueron los tiempos de los combinados de absenta -hoy prohibida en su gradación antigua por el insostenible celo saludable de la Unión Europea-, la  bebida de Baudelaire y Verlaine, brebaje de Rimbaud que los norteamericanos infantilizaron mezclándola con sus ginger ale y sus bebidas gaseosas. Llamaba a su puerta Vanity Fair y Smart Set. El mundo literario parecía un trampolín hacía la buena sociedad que Mrs. Fitzgerald soñó e inculcó empecinada a su hijo. Una pareja tan hermosa, llena de glamour, obsesionada por la moda y la frivolidad, por las flores que poblaban por doquier los salones. Bebían ginebra y hablaban de moral, cuenta Zelda. Discutían bajo los lilos de madrugada, con la luna fijada en el cielo como si por primera vez estuviese allí sólo para ellos. Entonces Scott soportaba el alcohol con relativa entereza y paseaba de corro en corro desperdiciando el encanto del éxito y la belleza fijada en su rostro, atildado y hermoso como un Dios, tocado por la varita de la modernidad y la fortuna.

Había acertado de lleno. Estuvo en el momento justo y el lugar adecuado para que sus primeras pinceladas literarias que contaban mediante la ficción su propia existencia emergieran del silencio del escritor secreto y se convirtieran en la literatura del presente. Zelda relataba una noche en la que se bañaron desnudos pasadas las cuatro de la mañana, supongo que en una piscina privada, y describía esas fiestas del millonario John Williams, a las que asistían actrices que al emborracharse hablaban francés con los morritos contraídos y los ojos chispeantes. Ella presumía de los besos insignificantes que regaló, de los flirteos con hombres afilados y risueños que caían rendidos a sus pies, de las coqueterías de Fitzgerald con las mujeres, de los aplausos que el hecho de existir les concedía.

Fui de Fitzgerald porque el glamour de las fiestas que yo viví resultó mas mugriento y solitario, pero a pesar de todo comprendí aquella alegría desmesurada que intoxicó sus vidas en los años mágicos. Porque descubrir los antros del Carmen o las calles abandonadas entonces, salvo al anochecer, de Malasaña, surgía como un torbellino de novedad ebria que leyendo esas cartas que Zelda y Scott se escribieron no lo fue tanto, y quedó como algo grisáceo y empobrecido, pero aún así reconocible el sentido que les otorgó Fiztgerald. Bebían whisky contemplando las colinas de arcilla roja de Georgia, en los hermosos lechos fluviales de rodadas de Alabama. Se emborrachaban despreocupados sobre los alerones de un moderno aeroplano a la luz de la luna  acompañados de la felicidad en persona. Se preocupaban de los vestidos y los trajes, de la respetabilidad de las personas, aunque luego en la intimidad les importaba un pimiento la existencia de los otros, la nada cotidiana de millones de seres humanos en esa época exuberante llena de aplausos. En aquellos tiempos primerizos no había aparecido todavía en sus vidas Hemingway y su maldad, su ciega vanidad, ni siquiera atisbaron de lejos que en el reflejo de las estrellas durante las noches de cocktailes que ingerían a litros estuviera escrita la negrura del futuro, el fin de su historia de amor y del mundo que inventaron, aquellas cartas y el rumor alocado de un tiempo que quedaría exterminado sin remedio.

Voy siguiendo sus pasos en esa larga carta de mil novecientos treinta que a estas alturas, con la historia viva todavía y el destino cumplido, me fascina y me estremece. Cambian de casa, a la calle 59. En ese momento surgía algo extraño entre ambos, una tensión que jamás desaparecería, como si toda la felicidad compartida no pudiera repetirse y ese vértigo los empujara al dolor, al sufrimiento de no lograr vivir ya la existencia por primera vez. Eran tan jóvenes. Scott y Zelda discuten en ese piso y él rompe con sus puños afeminados la puerta del cuarto del baño. Una astilla salta y se clava en el ojo de Zelda. La astilla se quedó para siempre en algún lugar entre  el globo ocular y el cerebro. Una ligera cicatriz anunciaba el ocaso aunque estaba lejos. Siguieron paseando despreocupados por Central Park, comían en los mejores restaurantes de la ciudad, dilapidaban dinero a espuertas, sin freno, y continuaron celebrando la existencia de fiesta en fiesta. Todo parecía continuar en la misma dirección, pero la astilla en el ojo de Zelda fue ensombreciendo el futuro sin que se dieran cuenta. Vorágine de alcohol y risa, la alegría de los felices años veinte reflejada en su vacío, en todos los espejos que iban revelando la verdad de la vejez y el fracaso. Había que aprenderlo todo decía Fiztgerald, pero aquella premisa fue demasiado lejos.

Días de vino y rosas a punto de partir hacia Europa, la vieja Europa sangrienta que les diría a la cara que antes de ellos hubo cientos, esa Europa que miraría a los ojos con astilla de Zelda para perderla para siempre.

¿Por qué esa fascinación tan insostenible y terrible? ¿De dónde llegó la gracia de Hemingway para apoderarse de tantos asuntos y tantas personas? Fiztgerald planeaba su Tender is the night entre las brumas de una borrachera perpetua. A veces cedía a la tentación del trabajo, como si en vez de ser un escritor de relativo éxito todavía, menguado por las circunstancias adversas que ensombrecían el mundo y abandonando aquellos felices años veinte, un pasado que dolía, fuese en verdad un bebedor profesional que de vez en cuando escribía. Hemingway falsificó hasta el momento en que se conocieron en una mugrienta taberna de Paris. Fitzgerald lamentaba su insignificancia, dubitativo y perdido en medio de una novela y una realidad que lo superaba, y Hemingway tendía a agrandar sus méritos a las primeras de cambio. Esa fue la diferencia, el encuentro entre un escritor asentado y económicamente abastecido que comenzaba a naufragar y había ido perdiendo autoestima y prestigio, y la llegada de un pobretón americano que soñaban con alcanzar los lugares privilegiados de Sherwood Anderson y el propio Fitzgerald con la mayor celeridad posible, ganar dinero y fama, y convertirse en el escritor más admirado de su generación.

Ernest fue inventando a su antojo los pormenores de aquella larga amistad, de igual forma como actuó con la mayor parte de los asuntos de su existencia, empeñado en generar a su alrededor un aura mítica, una esencia que resultase atractiva y fascinante, y lo hizo a conciencia, al tiempo que Fitzgerald estiraba de todos los hilos que su brillante carrera literaria anterior le había permitido guardar para convertir a Hemingway en un escritor célebre, para ofrecerle lo mejor de sí mismo, editar sus textos en las mejores condiciones y ayudarle por encima de sí mismo. Quizá en su euforia, Scott encontró los lamentos de su titubeante deriva, aquella imposibilidad de afrontar Suave es la noche que iba alargando la escritura año tras año, que lo dejaba vacío y sin esperanza. Fitzgerald tardaría nueve años en concluir la novela. En ese tiempo su hada se extinguió, la ruina planeó por todas y cada una de las cosas que había construido. Zelda comenzó a sufrir sus virulentas recaídas e iniciaba su peregrinaje interminable hasta el día de su muerte de psiquiátrico en psiquiátrico, con Scott tras ella, somnoliento, ebrio, siempre próximo al abismo. Es asombroso como en ese descenso hacia los infiernos pudo encontrar fuerzas para concluir una novela de la envergadura de Tender is the Night, cómo logró aunar sus últimos suspiros creativos para que esa obra viera finalmente la luz. El paseo por el purgatorio de Fitzgerald tuvo brillantes resurrecciones que a menudo coincidían con sus raros periodos de abstinencia, o con las ausencias prolongadas de Zelda, en esos momentos en los que huía y dejaba de enfrentarse a la amargura de ver desintegrarse el presente y confrontarlo con ese pasado majestuoso reflejado en los ojos perdidos de su mujer, y cuando eso sucedía, su escritura no solo mantuvo esporádicamente la fuerza antigua, sino que alcanzaba a brillar con una profundidad y una fuerza conmovedoras.

Nada pudo salvarla, ni siquiera la inmensa fe en el amor que Fitzgerald salvaguardó hasta prácticamente el final de su vida. Mientras esto sucedía la fama de Hemingway creció hasta convertirle en pocos años en el escritor más popular de su tiempo, y ni siquiera Suave es la noche, o la publicación con éxito de Las memorias de Alice B. Tokklas de Gertrud Stein, en las que criticaba a Hemingway abiertamente, pudieron modificar un ápice su ascenso vertiginoso.

Ernest era un escritor instalado en su tiempo, inteligible para sus contemporáneos, con el suficiente rigor estético y el dominio de sus recursos literarios como para perpetuar por algún tiempo su primacía. Había logrado además justificar su proceso creativo e imponía sus criterios literarios anunciando el devenir de un nueva forma de expresarse en literatura. Scott era un autor supuestamente de otra época, un escritor cuyo éxito parecía una cuestión de modas en esos años veinte consumidos que como como un pecado capital desaparecieron con el crack del 29 y las miserias de la década posterior, y que terminarían definitivamente enterrados en el fragor de la segunda guerra mundial.

Es curioso que parte de la crítica considerara Suave es la noche como una novela romántica con cierta tendencia a lo trágico, construida con los mimbres del pasado, siendo un terrible descenso a los abismos, una extraordinario relato psicologico y vital de la derrota, compuesto con una maestría literaria sublime y llena de una modernidad narrativa a estas alturas incuestionable. Hemingway siguió ensañándose con Scott en cuanto tenía la oportunidad, hasta que su muerte dejó ese aire de leyenda que sólo la desaparición violenta produce en escritores de cierto nivel. Pero ni siquiera entonces, sumido en una de su fases depresivas, pudo cerrar la boca. Scott siempre creyó haber tenido un amigo, y de alguna forma, se obsesionó, como le sucedió a tantos, por la figura de Hemingway, con quien competía a su juicio, sin la menor posibilidad de triunfo, por convertirse en el mejor escritor norteamericano de su generación.

Ernest negó una y otra vez la ingente cantidad de sabios consejos literarios y la ayuda que Fitzgerald le proporcionó durante esos primeros años tan duros, tan dificil para él a mediados de los años veinte asomar la cabeza en el mundo literario. De alguna forma, sí se puede apreciar en la correspondencia cruzada entre ambos autores que tuvo gestos amistosos con Scott; que a su particular manera se preocupaba por el viejo amigo, y en cierto modo atendió a su plegarias aunque fuera desde la compasión y la distancia, pero fueron muchas más las innumerables referencias negativas que le concedió, la burla incesante hacia el otro que compartía sin pudor con amigos comunes, la insolidaridad manifiesta que mostró hacia Scott y su ensañamiento crítico, desmedido e incomprensible, en un afán de borrar su ayuda y su influencia, algo que daría para un estudio psicológico profundo.

Pasan los años y sigo siendo de Fitzgerald por la extraña vigencia de su obra, por la fascinación que sigue generando a su alrededor Gatsby o los personajes de Suave es la noche. Incluso releyendo el Crack-Up, esos textos que Hemingway tachó de patéticos e indignos de un escritor con las posibilidades literarias de Fitzgerald, siento la cercanía, una afinidad y una empatía irremediables hacia él. Era mucho más fuerte de lo que creía Hemingway sin duda, y sus desgracias acumuladas entre 1930 y 1940, año de su muerte,  no pudieron mitigar su existencia literaria posterior, el hechizo  que todas las generaciones ulteriores han sentido hacia él. Es posible que se sigan celebrando los famosos concursos de parecidos con Hemingway en los ríos de Alabama y de Missouri, o que su barba blanca sea un icono de la literatura norteamericana, una especie de cliché como la imagen del Che Guevara respecto a la revolución cubana, pero tengo la sensación de que han quedado como reflejos de una fama desmesurada ganada en su época, rastros superficiales que no acompañarán con provecho a su literatura, por otra parte algo ajada, envejecida prematuramente incluso en sus obras más alegóricas –y tramposas- como El viejo y el mar. Debo reconocer que no soporto Por quien doblan las campanas, y que Fiesta o Paris era una fiesta no me provocan otra cosa que el gusto turístico y sociológico, cierto desdén por la masculinidad exacerbada y la testosterona, y un regusto a olvido, sensaciones dispares poco halagüeñas y tremendamente alejadas de la relectura cercana de Suave es la noche o Hermosos y malditos, o de la conmovedora correspondencia entre Scott y Zelda. Es como degustar la sinfonía patética de Tchaikovsky frente a una anodina tonadilla de los Bee Gees.

El vencedor del combate para dirimir al mejor escritor norteamericano de la época se lo llevó de carrera Hemingway mientras estuvo vivo. Fue una lucha desigual entre un hombre pagado de sí mismo, tendente a la megalomanía y obsesionado con su superioridad, competitivo en el peor sentido de la palabra, con unas excelentes dotes para venderse y medrar, y un enorme atractivo personal, frente a un Scott envejecido precozmente, castigado en exceso por su adicción al alcohol, inseguro y destructivo hasta el suicidio, y desequilibrado como un gato al que le arrancan los bigotes. Ernest devoró en vida a Fitzgerald.

La fascinación de Scott hacia Hemingway siempre me resultó un misterio. Alargó sus efectos desde la primera época en que se conocieron a finales de los años veinte hasta prácticamente meses antes de la muerte de Fitzgerald. Incluso cuando percibió la decadencia literaria de Hemingway no se atrevió a concebir siquiera su evidente  superioridad. De alguna forma se enfrentaba contra la moda y la corriente de su tiempo, que solventaba la comparación dedicándole a Fitzgerald el sambenito de pasado y a Hemingway el aplauso del presente y el futuro. Conforme el alejamiento físico y espiritual entre ambos crecía, curiosamente al ritmo con el que Hemingway aumentaba su celebridad, el hundimiento de uno engrandecía las virtudes del otro. Sin embargo, al comparar sus dos literaturas con cierto rigor, alejados del fragor del éxito, la distancia entre ambos me resulta sideral a favor de Fitzgerald.

El ganador del futuro fue Fitzgerald, y por un elevado número de puntos, y si por algún milagro la historia de la literatura progresa hacía alguna parte, sigue su curso natural, sin duda él será el campeón del reino de los pesos pluma, el gran escritor americano de los años veinte y treinta, el sobreviviente más destacado de una época gloriosa, con serias posibilidades de perdurar por los siglos de los siglos. En un texto de hace unos días, firmado por Manuel Rodríguez Rivero en las páginas del diario El país, comentaba que El Gran Gatsby había incrementado desmesuradamente ventas en Estados Unidos en el transcurso los últimos meses, que por alguna razón, la situación económica del país había hecho recuperar a lo grande la vigencia de la novela, por otra parte materia de los planes de estudio en colegios e institutos desde mediados de los años cincuenta. Es hermoso que el tiempo genere alguna justicia, sobre todo al examinar con detalle las distintas fases de trato vejatorio que Hemingway cometió contra el que fuera su amigo del alma durante los años franceses, contra ese escritor que le socorrió como si fuera un hermano, que se comió el orgullo y el rencor de la competencia entre ambos, la rivalidad literaria que irremediablemente surgió al intercambiar su obra frecuentemente aguardando el juicio crítico del otro. Es verdad que no fue por bondad o una generosidad desmedida, sino más bien por problemas mentales graves que el alcohol fue complicando. La autoestima de Fitzgerald a partir de cierto momento, su fragilidad emocional unida a sus circunstancias personales, le obligaron a buscar un referente, a confiar su futuro a alguien, y aunque éste nunca asumió el papel que Scott esperaba, Ernest se convirtió para Fitzgerald en un símbolo de lo que un escritor debía hacer en contraposición a sus innumerables dificultades para seguir escribiendo, así como un albacea de lo que él consideraba su larga despedida.

He leído con suma atención que durante la génesis final de Suave es la noche, Fitzgerald hizo todo lo posible para que el estilo de Ernest quedará erradicado del texto. El esfuerzo debio ser descomunal en un momento en el que su literatura era considerada por la crítica y los lectores como un rastro pasado de rosca de otra epoca, además, ambientada en una década que la mayor parte de los norteamericanos, sumidos en la Gran Depresión posterior al Crack del 29, deseaban olvidar como si se tratase de un tormento. El rudo Hemingway, con sus héroes de baratillo, con sus machos en celo y su capacidad para convencer hasta al demonio, se imponía como influencia estilística en el entorno de la literatura norteamericana. De alguna manera, Scott resistió, incluso podría afirmar que consiguió lo impensable, como si todavía quedase en él a pesar del deterioro físico y anímico, de su mermada capacidad de concentración, algo del orgullo de aquel escritor brillante que a pesar de la insistencia de sus contemporáneos fue mucho más que un cronista de la vida del Jazz  y los felices años veinte.

Es inevitable a estas alturas para mí, comparar aquel exceso vital, esa corriente de estremecedora libertad y vida que surgió al amparo de esos maravillosos años veinte con mi propia época. Tengo grabadas en la memoria las fiestas que de una punta a otra de Estados Unidos celebraban la existencia banal y alegre de una sociedad enriquecida y despreocupada, de una juventud que anhelaba otro lugar y que abrazaba la noche y el exceso, y al hacerlo, veo reflejado, aunque tenga un tono más sobrio y mugriento, esos años ochenta y comienzos de los noventas que a ritmo de la ilusión de una febril libertad largo tiempo aguardada y de un mundo a celebrar se cobraron vidas enteras entre espasmos, adicciones y absurdos. A veces miro al cielo buscando alguna razón por la que sigo vivo, por la que a estas alturas mantengo todavía la cabeza sobre los hombros y los brazos, y aunque las adicciones sobrevuelan como una tentación sin más peso sobre mi existencia que el acicate de desconectar algún día de la misera realidad, aguardo que la nube se disipe y no me obligue a aferrarme a todo aquello que probé, viví y sufrí. Trato de comprender a Fitzgerald, entiendo el miedo descomunal que debió surgir alguna de esas noches de insomnio y alegría, la mirada conmovida ante la descomunal extensión del cielo y el destino de las estrellas, el vacío ante la evidencia de que había alcanzado lo que soñó sin darse cuenta, en un suspiro, con excesiva rapidez, tal vez demasiado pronto.

Fuera como fuese, a Fitzgerald lo devoró su fama y la ceguera de la crítica de su tiempo, aunque él tuviese la mayor parte de la culpa respecto a los malentendidos. Incluso después de muerto tuvo entre sus más fervorosos detractores a su amigo del alma, ese escritor que situándose tres o cuatro escalones por debajo en el canon, era para él, el referente de la literatura del futuro, la entereza de la masculinidad aireada en su resistencia al alcohol, sus conquistas sexuales y su poderosa capacidad de trabajo, convencido Scott, además, de que Hemingway sobreviviría a sus escritos y a sus desvelos. El ensañamiento de Ernest contra Fitzgerald se incrementó sin saber por qué tras la desparición del segundo. Su desprecio fue excesivo, innoble, virulento y mezquino, indigno de un ser humano cuerdo. Conforme la decadencia física y el alcoholismo de Ernest se fueron apoderando de su afamado encanto, de su cuerpo antes atlético y ahora vacío e hinchado como un globo sonda, y las depresiones se hacían más frecuentes al tiempo que su literatura exhalaba pompas de whisky, vino y ron, y quedaba exhausta, moribunda en una repetición de sí mismo, la fama de Fitzgerald crecía y crecía tras su muerte.

Desde 1941 hasta la década de los cincuenta, el viejo amigo común de ambos, y editor exclusivo de las obras de Fitzgerald y las primeras de Ernest, Max Perkins, se dedicó con empeño a recuperar la memoria de ese autor que había sido olvidado incluso en la última década de su vida, alguien de quien se dijo en sus necrológicas que no había pasado de ser un cronista social con ínfulas que se disiparon a las primeras de cambio, un escritor a quien muchísima gente ya creía muerto a finales de los años treinta en plena depresión económica y ante la ausencia de su literatura. Alejados del contexto de esos felices años, con el fondo oscuro y salvaje de la segunda guerra mundial a punto de estallar, y la posterior hegemonía absoluta norteamericana tras la guerra a pesar de los empeños de la URSS por fingir ser una potencia de igual nivel, la literatura del viejo Scott, “el pobre Scott” como llegó a escribir en Las nieves del Kilimanjaro Hemingway, resurgió de sus cenizas para alcanzar un status sólo igualado por el maestro absoluto de las letras norteamericanas del siglo XX, William Faulkner. De repente la crítica seria de los USA y de Europa descubrió que tras el autor de El Ruido y la furia, había un puñado de escritores memorables, y entre ellos, quizá en algún lugar más destacado que el resto, se encontraba Fitzgerald. El Gran Gatsby había dejado de ser una crónica de la derrota de un advenedizo en el mundo de los ricos, para convertirse en una obra maestra, llena de matices y profundas relaciones sobre la vida y la muerte, un relato novedoso de un tiempo inolvidable que no sólo hablaba a los lectores de los años cincuenta de la misma forma que podía haberlo hecho con los de los años viente o treinta, sino que era capaz de generar mitos universales y atemporales, alcanzar ese estado tan complejo y dificil  para cualquier literatura, que permite a una novela perdurar y erigirse como símbolo y metáfora para varias generaciones. Hasta El último magnate, obra póstuma inacabada que no pudo ver editada Fitzgerald en vida, parecía, a pesar de sus imperfecciones, un presagio del escritor que hubiera podido ser Scott caso de que su cuerpo enfermo hubiese soportado alguna embestida de más, con esporádicas iluminaciones que recordaban a su escritura más hermosa y profunda. La envidia de Hemingway aumentaba a la par que su decadencia se agudizaba, las enfermedades derivadas del alcoholismo fueron minando su resistencia y su energia, y aquellas antiguas depresiones que lo hundieron sin remedio durante la mayor parte de su vida, y que sólo el alcohol aliviaban, se fueron convirtiendo en infiernos permanentes. Se moría de ira, no alcanzaba a comprender como el pobre Scott, el afeminado y miserable bebedor, el hombre que jamás pudo resistirle una borrachera, aquel que se había puesto en ridículo tantas veces a su lado, el hombre que lo había admirado y había corregido con maestría sus primeros textos, hasta dejar la esencia del mejor Hemingway en aquellos años viente, lejos de quedar enterrado en la memoria de los escritores perdidos, se erigía como el claro triunfador de la década por encima de él mismo.

Me hubiera gustado escuchar a Hemingway en un arrebato de sinceridad expresar algo más de su admiración por Fitzgerald, que sólo confesó al propio Scott de un modo tímido en relación a Suave es la noche, ese texto que, definió en público como una novela romántica y de otro tiempo, con polillas y polvo, y que, sin embargo, crecía en su cabeza y mejoraba con los años como los recuerdos esenciales y hermosos de una existencia. Es difícil ser tan mezquino. Una y otra vez aprovechó cualquier oportunidad a su alcance para denigrar a Ftizgerald, lo despreció, lo envidió sin que se notase, lo dejó que se pusiera en ridículo, lo abandonó porque quizá no había otra forma de soportarlo, lo ninguneó para que nadie supiera de su verdadera aportación en sus  inicios literarios, y finalmente, o al menos eso quiero pensar, cuando aquella mañana del año 61, veraniega y luminosa, se pegó un tiro con su escopeta de caza, debió recordarlo, al menos en ese reflejo terrible del último de sus pozos negros anímicos, ya impedido y roto en pedazos, que tuvo la decencia de considerar que había sido amigo del mejor escritor de su generación, de alguien que le fue fiel a lo largo de toda su vida, que siempre le admiró con sinceridad, y que se mostró, a pesar de sus extravagancias y excesos, dispuesto a ayudarlo y a defenderlo, aunque a menudo no acertara con el modo de hacerlo.

La historia de amor de Zelda y Scott Fitzgerald me fascinó durante años. Primero porque antes de leer Suave es la noche supe que se trataba de una novela con extensas referencias biográficas, y asocié irremediablemente a los personajes con la pareja literaria. Más tarde, profundizando en la construcción de la novela, leí que los personajes protagonistas de la obra fueron un trasunto de Zelda y Scott, pero también del millonario Gerald Murphy y su esposa. Pienso que a partir de entonces, en una segunda relectura, e incluso recientemente en una tercera, la novela cobró mayor importancia a mis ojos al considerar que se trataba de ficción, de una interpretación desde el prisma de la novela de aquellos años de auge y decadencia que quedaron retratados extraordinariamente bien  en el texto. De alguna forma, el libro cobró una dimensión metafórica mayor al interpretarlo desde una óptica meramente literaria y alejándome de la tendencia adolescente inicial que guiaba mis lecturas hasta convertir la biografia en la materia prima principal de cualquier autor que admirase. Me resulta inevitable creer en la superioridad de la gran ficción sobre cualquier otra forma de conocimiento y reflejo del mundo, no puedo evitarlo aun cuando los tiempos pregonen otro tipo de voceros y otros argumentos para atrapar la realidad.

Una buena parte de los textos de Scott terminaron por retratar y guardar en su seno no sólo la esencia de un tiempo destruido sino la eterna insatisfacción surgida entre los deseos y sueños del hombre y la terrible y destructiva tangencia con la vida corriente. Eran seres humanos traicionados por los caprichos de los Dioses, hombres deseosos de alcanzar cimas divinas condenados a caer una y otra vez como Sísifo. Toda su literatura vivió intoxicada por el drama terrible de su existencia a pesar de todo, fue el pálpito de una larga percepción de la derrota, o quizá fuera al contrario, y el hecho mayúsculo en su caso de desear ser escritor, en el fondo, englobó todo los sucesos de su vida, convirtió el devenir de sus pasos en una novela en la que adentrarse cómplice es atisbar el vértigo y el cansancio de vivir.

Fitzgerald, a finales de los años treinta, estaba ya roto en pedazos tanto en su interior como físicamente. Su historia estaba construida del brillo pasado, de aquella Zelda tan hermosa con la que paseaba de salón en salón cogido de su brazo, esa mujer fascinante que logró eclipsar a todas a pesar de los flirteos posteriores de Scott y de su desgraciada enfermedad. Hemingway solía decirle a Fitzgerald que la desdicha de su vida, aquello que había destruido por completo su talento, su energia y su futuro, había sido precisamente conocer y enamorarse de esa mujer. Durante años, no sólo se lo expresó a él, sino que fue lanzando al aire el rumor de la aniquilación paulatina que Zelda fue perpetrando en la vida del Francis Scott, de cómo un hombre hecho y derecho se había convertido en una piltrafa humana, alcoholizado y arruinado, olvidado para la historia de la literatura. Solía contar como anécdota ingeniosa que una noche de juerga en Francia, cuando se disponían a mear a la intemperie de un camino, Fitzgerald le enseño a Hemingway su sexo y le preguntó si le parecía pequeño. Ernest contaba esa humillante escena a las primeras de cambio, una  historia apócrifa con la que pretendía mostrar su superioridad. Lo imaginé muchas veces humillando con el relato a Scott, su rostro iluminado por una furia renovada y un gesto solemne, como si en verdad buscara mostrar esa compasión insoportable, la carcajada en los labios y los ojos oscuros chispeando de gozo.

-Esa mujer castró a Fitzgerald en todo su ser. Le había dicho que con ese pene tan pequeño resultaba imposible satisfacerla. Eso me dijo el pobre Scott hace muchos años, allá en la Côte D´Azur.

Aquella historia, como la mayor parte de las que Hemingway contaba para su mayor gloria, no eran más que falsos rumores construidos en torno a su persona, dirigidos a empequeñecer a los otros y engrandecer así su figura. Zelda y Fitzgerald se amaron hasta el día de su muerte.

Releyendo las cartas de amor y de guerra, descubro una datada en el año treinta y ocho, cuando ya ambos llevaban tiempo sin verse y morirían sin volver a encontrarse jamás. La carta, escrita por Fitzgerald, hablaba de un viaje que Zelda tenia previsto a California, donde él sobrevivía a duras penas humillado por la apabullante maquinaria de Hollywood, a punto de concluir el único guión de su puño y letra que sería filmado, Three camarades, película basada en el best seller de Eric Maria Remarche. Scott compartía su vida con otra mujer desde hacia tiempo, pagaba a duras penas con lo poco que obtenía las carísimas clínicas en las que Zelda era internada, y sin embargo seguía insistiendo en mantener el contacto con su mujer. La carta concluía con una nota.

Oh, Zelda, esta tenía que haber sido una carta muy fría, pero es eso lo que siento por ti. Una vez fuimos una sola persona y siempre será un poco asi.

Entre las razones de aquel odio visceral de Ernest por Zelda los biógrafos han barajado distintas hipótesis. Lo cierto es que Zelda nunca soportó la vanidad de Hemingway, su exhibicionismo obsceno, esa valentía exagerada que mostraba hacia todo. Lo consideraba un advenedizo machista y ruidoso, hueco como una flauta. Para Hemingway, Zelda era una mujer demasiado inteligente y compleja. En su simpleza argumental, en su ceguera hacia todo lo que no fuera ensalzarse a sí mismo y sus logros, nunca vio en ella otra cosa que una mujer oscura y caprichosa. Tuvo la fortuna de ver como los brotes esquizofrénicos de Zelda le daban la razón. Criticaba abiertamente el lastre que cargó a sus espaldas hasta el día de su muerte Fitzgerald, la nostalgia irremediable que su amigo Scott siempre sintió por ella y por aquel mundo que compartieron.

Entre las cartas de Zelda y las notas de los pocos amigos que le quedaron a Fitzgerald a partir de su proceso de decadencia, se habla a menudo del encanto de Scott ante las mujeres. Zelda decía que cuando no traspasaba esa barrera de la ebriedad salvaje, Fitzgerald resultaba tremendamente atractivo para el sexo opuesto, capaz de conquistar a cualquiera. Era la antítesis del macho Hemingway, pero  ese aire desvalido y frágil que le acompañó media vida resultaba interesante a los ojos de las mujeres. Ernest propagó el rumor a principios de los años treinta de que Scott era impotente y que por esa razón Zelda había buscado acumular uno tras otro amantes hasta volverse loca. Quizá el juicio más verdadero sobre Ernest y su tendencia a adornar su existencia fue el que expresó en algunas cartas Zelda a su marido. El problema fue, que a mediados de los años treinta, a la señora Fitzgerald nadie podía hacerle demasiado caso en su estado. La verdad, es que aunque en el presente la realidad pareció darle la razón a Hemingway, toda la correspondencia entre Zelda y Scott que se publicó años después de la muerte de ambos terminó por destruir los testimonios maliciosos de Ernest sobre la pareja. La sensación que me dejaron sus cartas la primera vez que las leí, o al releer las que consideré más esenciales para preparar este texto, me hicieron comprender que la historia de amor entre Zelda y Fitzgerald duró toda la vida, extendió sus efectos a la practica totalidad de lo que los dos vivieron, y no por su fracaso inevitable, ni por la distancia que la esquizofrenia de Zelda y el alcoholismo de Scott provocó entre ellos, como si fueran pólvora y mecha a punto de la explosión cada vez que se encontraban, mermó un ápice su pasión y su afecto. No fueron, desde luego, una pareja al uso, pero en el fondo, el amor no suele esconderse a menudo en las relaciones convencionales. Los sentimientos de aprecio, la unión que fraguaron durante años fue fructífera e intensa incluso en los peores momentos o en el transcurso de la larga separación postrera desde finales de 1938 hasta diciembre de 1940, y acompañó su existencia hasta el final de sus días.

Es difícil dirimir quién comenzó a a caer primero en esa espiral de desgracias que a partir del éxito de la década de los veinte condenó a los dos en el decenio posterior. Ellos fueron hermosos y malditos, héroes y víctimas de una época y unas circunstancias. Se enzarzaron en la nueva concepción del mundo que se vivía, en una vorágine de adicciones y vida alegre que fue devorándolos. Los comentarios de Zelda a Scott a raíz de la escritura de Suave es la noche fueron un acicate formidable para la pobre autoestima de Fitzgerald. La obra, aunque sin malas críticas unánimes ni mucho menos, fue recibida con frialdad. Scott ya no era el escritor de moda, y aquel libro complejo, estructurado con una originalidad incomparable a esas alturas, aun cuando guardaba la mayor parte del imaginario literario de Fitzgerald y algunas de sus mejores páginas, pasó desapercibida. Con sus defectos y sus virtudes, la novela alcanzaba momentos de una potencia literaria  extraordinaria, y mantenía en sus más de seiscientas páginas la ilusión de un hombre que lograba resucitar entre las frases, que otorgaba la vida a un puñado de personajes memorables, que reconstruía la esencia de una época inolvidable, y de alguna forma anunciaba el cierre de una década y la comprensión inicial de un abismo que se avecinaba sin remedio. Quizá la frívola despreocupación que celebraron en los años veinte los llevó a ser castigados con el peso terrible de lo que acontecería en el mundo poco después de la muerte de Fitzgerald. Sin embargo, se amaron y celebraron una de las historias de amor más hermosas y terribles de la literatura, convirtieron sus vidas en el drama que el propio Fitzgerald siempre atisbó en su obras, se fueron hundiendo como maderos pesados en el agua y quedaron arrastrados por los acontecimientos históricos que acontecieron, por la crisis bursátil y el colapso económico mundial, por la llegada del fascismo y el nazismo, por el fin irremediable de los buenos tiempos y la inocencia, y en todos y cada uno de eso días en los que naufragaban, siempre, siempre, pensaron uno en el otro.

Fitzgerald falleció de un ataque de corazón la víspera de la navidad de 1940, acompañado por la que era entonces su amante, Sheila Graham, en su apartamento. Llevaba tiempo preparando El último magnate, la obra inconclusa que nos legó. Había recuperado en cierto modo breves instantes de sobriedad para poder afrontar el reto de concluir la novela. Sheila Graham dejó posteriormente testimonio de aquellos últimos tiempos a su lado, de las circunstancias que propiciaron su despido de Hollywood por presentarse borracho a una reunión, del modo en que extrajo fuerzas de flaqueza para poder terminar la novela, de esa muerte silenciosa y triste, como si fuera una luz que se va apagando, del que fuera el mejor escritor norteamericano junto a William Faulkner de esas décadas.

Las escasas necrológicas que la prensa le otorgó los días siguientes a su muerte siempre hablaron de lo mismo, de un escritor tocado por una varita mágica que se había extinguido sin llegar a alcanzar el techo que se esperaba de él.

Hay dos hechos, sin embargo, que me parecen reseñables y que de alguna manera terminaron por rescatar su obra del olvido y desautorizar el proceso de demolición emprendido por Hemingway. En primer lugar la figura de Max Perkins, la persona a la que tanto Ernest como Scott utilizaron durante los años en que la relación entre ambos se había destruido para saber uno del otro. Max no dejó testimonio de sus preferencias, pero sus actos y ciertos esfuerzos que llevó a cabo tras la desaparición de su viejo amigo Fitzgerald, me empujan a pensar que no sólo consideraba a Scott como alguien más cercano, fiel y querido, sino que, además, confiaba ciegamente en su obra por encima de la de Hemingway. Perkins hizo todo lo posible para que, paulatinamente a lo largo de la década de los cuarenta, la literatura de Fitzgerald fuera reeditada y el nombre de Scott reivindicado como uno de los más grandes de la literatura contemporánea. Las razones del empeño fueron una mezcla de emociones en torno al autor de El Gran Gastby: una confianza ciega en alguna de las obras que Fitzgerald dejó escritas y el afecto personal que sentía por el que fuera su escritor estrella junto a Sherwood Anderson en los años viente.

Conforme he ido acumulando información sobre este increíble editor más he deseado conocerlo y más admiración me ha causado. Desde la correspondencia intercambiada con Fitzgerald en la época  de bonanza y sus ayudas posteriores incesantes, una lucha empecinada destinada a que terminase Suave es la noche para convertirla en la novela más importante de los años treinta, su esfuerzo por rescatarlo una y otra vez del desastre y reivindicar con una fe ciega el poder de su literatura, me hacen considerarlo sin duda como uno de los editores del siglo XX más honestos y comprometidos de cuantos he sabido. Probablemente, sin Max, sin su amistad y su cercanía, sin su confianza, los lectores hubiesen recuperado del infierno a un autor de la envergadura de Fitzgerald, pero el proceso hubiese sido a buen seguro más lento, y el camino mucho más tortuoso. Perkins poseía dos cualidades fundamentales para su oficio, estaba lleno de conocimientos literarios y era un hombre modesto, algo raro en este mundillo. Su figura engrandecia la ya de por si majestusoa colección de historias y relatos que Scott fue escribiendo a lo largo de su malograda existencia.

El otro factor esencial de esta conjugación de astros que años más tarde pondría las cosas en su sitio fue la pasión literaria de Fitzgerald, que superaba con creces a su deseo de éxito, e incluso a su alcoholismo crónico o el valor de  su propia vida. Si Fitzgerald hizo algo durante el transcurso de su existencia fue escribir y escribir hasta alcanzar la maestria en un puñado de obras memorables. Es cierto que sus precarias condiciones de supervivencia y su salud  a partir de cierta época, su menosprecio a sí mismo y su desconfianza respecto a su persona, hicieron que diera luz textos que en otras circunstancias se hubiesen quedado guardados en un cajón, pero la fe en el poder de su narrativa, un poder efímero que se marchaba y regresaba, que se perdía y era hallado por momentos, en ese destino de escritor que a pesar de la repercusión siempre estuvo vivo como un remordimiento y una obligación, le empujó a resistir dolores y pesadillas, la humillación del olvido forzado, tristezas y ruinas, y a emprender como un último suspiro El último magnate. Fitzgerald no fue otra cosa que un escritor, uno de esos auténticos que sólo inclinaron la pluma finalmente ante la muerte.

Cuando uno repasa los improperios lanzados, la ira del todopoderoso Hemingway de los años cuarenta y cincuenta, y esas alusiones incesantes a la falta de entrega, a lo diletante del caracter de Scott, a su ambición burlada, no puede por menos que enfrentar esos comentarios al grueso de la obra que nos ha llegado de Fitzgerald. En cuarenta años, a pesar de la desgracia, nos dejó miles de páginas literarias de primer orden, y unas cuantas sublimes, lo que contradice con su evidencia la acusación de Ernest acerca de que Scott en vez de escribir prefería beber. Las dos pasiones de Fitzgerald, o las tres si incluimos su desmesurado amor por Zelda incluso en los peores momentos, combatieron durante una década por imponer su preeminencia. El alcohol y la literatura terminaron por hacerse amigos ante la imposiblidad de un pacto de equilibrio, y aunque es cierto que los grados etílicos ingeridos fueron disminuyendo la capacidad de Fitzgerald a pasos agigantados, mermando su salud y destruyendo cualquier atisbo de esperanza posible, la literatura surgió hasta el final de sus días, las palabras continuaron brillando en el horizonte de sus ojos azules tan claros, casi grises, siguió sonriendo cuando una página memorable surgía ante sus ojos y mantuvo el criterio necesario para guardar el nivel de calidad que trató de imprimir a toda su obra a lo largo de su extencia.

A Fitzgerald le preocupaba la literatura, se obsesionaba con la calidad, con el sentido de lo que escribía, investigaba, leía, trataba de continuar en pie como escritor y tal vez eso le permitó vivir y escribir cuarenta años. Detrás de su resurrección y posterior consagración, tras las películas que se realizaron en los años sesenta y setenta sobre sus novelas, después del éxito universal de algunas de sus obras maestras, leídas en medio mundo e intactas en el centro del canon literario del siglo XX, no se encontraba el azar o el capricho, sino el empecinamiento consciente y constante de un hombre desgraciado que siempre miró de frente a su profesión de escritor.

He tratado de leer la mayor parte de los textos y documentos acumulados en torno a una amistad que se fraguó intensa y feliz en apenas un año y medio en Francia, y que luego se convirtió en una obsesión para Ernest y Fitzgerald. ¿Cómo es posible que el gran triunfador en aquel presente de los años treinta y cuarenta, el escritor que ganó el premio Nobel de literatura en 1954 y salía victorioso del reto que silenciosamente se fijaron al pretender ser los mejores escritores de su generación, pudo haber sido tan mezquino y desagradecido con el vencido?

Fitzgerald admiró hasta su muerte la figura literaria y personal de Heminwgay. Acerca de su literatura, hay pruebas de suficiente peso como para que Ernest hubiese reconocido que en lo mejor que escribió, sus primeros escritos a mi juicio, tuvo detrás la inestimable opinión, la sesuda corrección y el consejo de Fitzgerald, que no sólo se ocupó de él en la medida de sus posibilidades a finales de los años 20, cuando él era un escritor de éxito, consagrado y con relaciones literarias estrechas, sino media vida, de difundir la obra de Hemingway, sino que participó activamente en los procesos de corrección de las iniciales recopìlaciones de cuentos y de las dos novelas primeras de Hemingway Fiesta y Adiós a las armas. En la relación de Fitzgerald con él se percibe más la propia incomodidad de Scott con su propio ser que una rivalidad personal y enconada –Scott casi siempre habló en terminos exagerados positivamente de Ernest-. Lo fascinante a mi entender es la postura del otro, su increíble engreimiento y la distancia que marcó a propósito entre él y Scott, su proceso consciente de distorsión de la realidad a su favor, sus comentarios despectivos y falsamente compasivos, su desprecio en ciertas épocas por su obra, y su crucifixión posterior tras su muerte.

Hay una anécdota de finales de los años 20 que me parece importante. En una reunión en casa de Gertrud Stein en Paris, un apocado Fitzgerald había dejado todo el protagonismo al insaciable Hemingway. Stein también hizo lo suyo por Fitzgerald, ese muchacho americano bien parecido y famoso que llegó a Francia en el año 28. Fue en casa de Gertrud donde Hemingway conoció y sedujo nada más y nada menos que a Ezra Pound y comenzó a labrarse su reputación literaria. Ernest, como solía hacer muy a menudo, debió ofender en público a Fitzgerald. La admiración de Scott por su amigo era de tal envergadura que incluso en términos literarios, donde Scott albergaba cierta seguridad, no era capaz siquiera de reprocharle nada o de enfrentarse abiertamente a él. En aquella ocasión fue Gertrud Stein la que le dijo a Hemingway en presencia de Fitzgerald y ante sus impertinencias, a parte de todo el mundo, que a su entender, la obra de Scott perduraría, “sería leída en el futuro”, y la suya no estaba hecha más que de añagazas y superficialidad, una literatura construida para sus contemporáneos sin más, que se iría diluyendo conforme su presencia física se disipara. En la gira que la propia Gertrud Stein realizó por Estados Unidos en el 34 aprovechando su repentina fama como gran dama de las letras americanas del exilio, Steín, a contracorriente y a pesar de que Fitzgerald era ya un escritor olvidado, siguió con buen tino argumentando que Francis Scott Ftizgerald era el mejor escritor norteamericano de su generación, muy por encima de las dotes comerciales y el famoso estilo Hemingway, que se impondría por doquier a lo largo de esa década y la siguiente hasta ganar el premio Nobel por ello.

Tengo la sensación de que Hemingway percibió desde un principio que jamás llegaría a alcanzar los logros literarios de Scott Fitzgerald incluso aun cuando él fuera convertido, a veces pienso que por razones extraliterarias, en el nuevo profeta de las letras futuras. En su fuero interno, cada vez que se hallaba frente a un texto de su viejo amigo no podía evitar pensar que no lograría siquiera aproximarse a su talento, que por mucha fama y éxito que le rodeara, Scott siempre fue mejor, siempre llegó más lejos y con sus obras ensombrecían cuanto pudiera hacer Ernest. La prueba mayor de ello fue que jamas reconoció la enorme ayuda que Fitzgerald le otorgó en sus primeros tiempos. De esta enfermiza comparación, y a pesar de sus bravuconadas y sus salidas de tono, nos queda la sensación de inferioridad frente al otro, que se intensificó tras la desaparición de Fitzgerald y ante los esfuerzos de Wilson y Max Perkins para reeditar y engrandecer la obra de Scott, de ahí su incesante proceso de desmitificación, sus constantes comentarios negativos, sus juicios arbitrarios y virulentos contra el autor de El Gran Gastby.

En algunas cartas halladas tras la muerte de Hemngway se puede apreciar la fascinación que fue sintiendo a lo largo de los años por Suave es la noche, fascinación que nunca confesó en público, y que ni siquiera expresó con claridad a Fitzgerald. A Hemingway le faltaba mucha humanidad a pesar de defender causas justas en la década de los cincuenta por medio mundo como para poder escribir obras de la importancia de El Gran Gatsby y El último magnate, estaba a años luz de la profunda sensibilidad de Scott en Suave es la noche, e incluso su presunta revolución estilística, uno de los motivos fundamentales por el que se le concedió el Nobel, quedó como un asunto insignificante años después ante el resurgir crítico de Fitzgerald, frente a la complejidad estructural y formal de las obras de su amigo, al lado de la perfección estética y la profunda inteligencia narrativa de Scott. Partiendo de esa enorme derrota, que debió planear toda su vida a pesar de los aplausos del presente, nacieron en verdad todos los hartazgos y exhabruptos contra Scott que, a lo largo de los años, no cesaron. Tal vez envidiara incluso la coherencia de su amor por Zelda, o su manera de perder, su extraño mimetismo con el tiempo que les tocó vivir, su debacle interior que a la larga conformaría una parte importante del mito Fitzgerald.

Hemingway repudiaba el alcoholismo lleno de debilidad y de extravagancias de Fitzgerald, y en muchas ocasiones lo trató de memo y afeminado, de bebedor inútil. Es curioso como el destino se cebó con Ernest, alcholizado practicamente desde los años cuarenta hasta el día de su muerte. Tal vez su ensañamiento con la fragilidad de Fitzgeral ante el alcohol no fuera otra cosa que el pavor de verse retratado en el otro, que no fuera en verdad más que una percepción de sí mismo que censuraba y que a la postre terminó por arruinar su literatura y su salud, con repeticiones innecesarias, textos prescindibles y una constante vuelta a los asuntos y temas que le interesaron cuando comenzó a escribir. El alcohol que tanto exasperó a Hemingway al ver reflejado sus efectos en Fitzgerald, terminó por apoderarse de él, como si una extraña maldición se hubiese ceñido a su figura, como si debiera pagar en el fondo por todo lo malo, mezquino y terrible que cometió contra su amigo, por el enseñamiento con el que arruinó del todo la frágil autoestima de un hombre sensible y complejo, de un escritor auténtico y deslumbrante que pasados los años se convertiria en uno de los más importantes del siglo de la literatura universal.

Soy de Fiztgeral por todas estas razones, quiza porque sé que Zelda murió quemada en un incendio accidental que aconteció en la clínica Highland donde estaba recluida, porque sé que ambos escribieron un barrunto de sus años mágicos durante la fatídica década de los treinta, cuando el declive asomaba a sus vidas, quizá porque nunca pudieron abandonar el recuerdo de aquella época; Zelda Save me the waltz, y su marido Tender is the night. Porque quizá Hemingway jamás pudo llegar a amar otra cosa que a si mismo, y Fitzgerald, sin embargo, poseía una humanidad y un amor inmensos que sólo el alcohol una y otra vez estropeaba. Tal vez porque ante la ruina de Scott y el triunfo desmesurado e injustificado de Hemingway, injustificado no sólo en términos literarios, sino bajo un juicio moral, me encuentro siempre más cerca del primero, de su silencioso intento de redención al comenzar El último magnate, de su desgraciada historia de auge, cima impensable y caída abrupta en el dolor, el olvido y la derrota. Soy de Fitzgerald porque él entendió algo más de todo lo que había vivido y no hizo falta volarse la tapa de los sesos con una escopeta al comprender que toda su existencia había sido una farsa, una tragicomedia insoportable al igual que todas. Porque siempre me perderé entre las obras del “pobre Scott” con la fascinación del lector exigente, y tengo la sensacion de que las obras de Hemingway quedarán polvorientas y amarillas en el fondo de la biblioteca, sin más concesión a su recuerdo que los concursos de dobles que año tras año se celebran en Estados Unidos. Quizá porque durante el tiempo que he dedicado a revivir la obra y la biografía de Fitzgerald lo he sentido más cerca que nunca hasta el punto de aproximarme a su dolor con una tristeza que hice propia y que me ha afectado hasta causarme esporádicas depresiones. Tal vez porque Hemingway representa a mis ojos algunas de las actitudes que más detesto en un ser humano pese a sus innegables, aunque sobrevalorados, registros literarios, y Fitzgerald vuelve a reconciliarme con la idea de justicia, una idea que quizá en los tiempos venideros no exista para los escritores presentes y futuros, pero que en su caso, se cumplió.

Me queda un regusto agradable a pesar del viaje a los infiernos de Fitzgerald vivido en este último mes. Cuando afirmo que soy de Fitzgerald, tengo la sensación de que el tiempo puso a cada cual en su sitio, y que, le pese a quien le pese, el mejor novelista americano de los años viente y treinta inmediatamente detrás de William Faulkner, y con permiso de unos cuantos nombres que se me ocurren, no fue Hemingway, sino Francis Scott Fitzgerald. Aquella vieja rivalidad injustificada tuvo al justo vencedor literario.

En cierto modo me aferro a ese triunfo que tal vez logra recordarme que aún es posible, que la materia de lo literario es capaz de reconstruir de las cenizas y los fantasmas, de las huellas de una historia partícular y hermosa, abierta al mundo y capaz de comprenderlo, el camino de esos elefantes con pies de plomo que son amenazados por el olvido. Cuando Fiztgerald escribió El Gran Gatsby alimentaba ya su superioridad sobre la literatura de Hemingway sin ni siquiera conocerse. La diferencia entre Scott y Ernest resultaría tan sencilla  –y tan compleja a un tiempo- de explicar como afirmar cual es la distancia sideral entre El Quijote y las novelas de caballería que leía el personaje de Cervantes. Cuando Hemingway estaba balbuceando la revolución de un estilo, Fitzgerald hacia unos cuantos años que había expresado la riqueza de su literatura reflejada en ese personaje mítico de Jay Gatsby. En el fondo todo lo que surgía entre las páginas de esa hermosa obra tenía una apariencia de realidad que escondía una verdad metaliteraria. La grandeza de Gatsby no es otra que englobar en su esencia una tradición que se relacionaba directamente con obras tan fundamentales como Don Quijote o  Madame Bovary. Era una novela sobre el poder de la literatura, que como la mayor parte de las novelas que adoro cuestionaba y guardaba en sus seno un diálogo con los siglos  de escritura a sus espaldas. Gatsby proyectaba su grandeza en la realidad  del mismo modo que un escritor – Fitzgeral o cualquier otro de envergadura- proyecta sus sueños y fantasías en sus libros, con la diferencia de que trataba de cumplirlos, de construirlos con elementos tangibles, de edificar su propio paraiso en vida con acciones reales cargadas en verdad de literatura, como un arquitecto sueña en sus planos y luego ejecuta ladrillo a ladrillo el fruto de su imaginación. Un viejo sueño imposible de escritores: conseguir que las palabras escritas cobren vida física. Esa sería al fin y al cabo la clave que definiría la distancia entre Fitzgerald y Hemingway.

Escribió Vargas Llosa en uno de sus magníficos ensayos literarios que Gatsby poseía la aptitud para confundir los deseos con la realidad, una aptitud que lo distinguía de la inmensa mayoría de los seres humanos y de muchos escritores de escaso rango. Algo de literatura de nuevo, una de esas metáforas que obligan irremediablemente a ser leídas.

Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacía el pasado.

Copyright Jimarino


FRANCIS SCOTT FITZGERALD

Francis Scott Key Fitzgerald (Saint Paul, MInnesota, 24 de septiembre de 1896-Hollywood, California, 21 de diciembre de 1940. Es uno de los más importantes novelistas norteamericanos del siglo XX. Vivió la época dorada del jazz y los prodigiosos años viente, donde se convirtió en una figura pública conocida. Su carrera de escritor comenzó a menguar en el transcurso de la década posterior hasta morir en el olvido. Las distintas reediciones de sus obras a lo largo de los años cuarenta, tras su muerte, rehablitaron su obra hasta convertirlo en uno de los escritores fundamentales de la literatura norteamericana. Murió de un ataque al corazón la víspera de la navidad de 1940 en compañía de su amante Sheila Graham.

Bibiliografia

Novelas

Otras obras

Colecciones de cuentos y novelas cortas:

Otras obras

  • Los vegetales, o de presidente a cartero The Vegetable, or From President to Postman ( obra de teatro, 1923)
  • El crack-up (The Crack-Up) (ensayos e historias, 1945)

ERNEST HEMINGWAY

Ernest Miller Hemingway (Oak Park, 21 de julio de 1899- Ketchum, 2 de julio de 1961). Escritor y periodista estadounidense y uno de los más famosos novelistas y cuentistas del siglo XX. En vida se convirtió en un fenómeno mediático con una repercusión pública tremenda. Le fue concedido el Premio Pulitzer en 1953 por la novela El Viejo y el mar y al año siguiente ganó el Premio Nobel de Literatura. Se suicidó disparándose un tiro en la cabeza con su escopeta de caza en julio de 1961

Bibliografia

Relatos

  • Tres relatos y diez poemas (Three Stories and Ten Poems) (1923)
  • En nuestro tiempo (In Our Time) (1925)
  • Hombres sin mujeres (Men Without Women) (1927)
  • El ganador no se lleva nada (Winner take Nothing) (1933)
  • La quinta columna y los primeros cuarenta y nueve relatos (The Fifth Column and the First Forty-Nine Stories) (1938).Novelas

Otras

  • Hombres en guerra (Men at War) (1932); antología
  • Muerte en la tarde (Death in the Afternoon) (1982).

Obras publicadas póstumamente

  • The Wild Years (1962); recopilación
  • París era una fiesta (A Moveable Feast) (1964); novela
  • Enviado especial (By-Lines) (1967). Artículos periodísticos para el Toronto Star entre 1921 y 1924
  • Islas en el golfo [o Islas a la deriva] (Islands in the Stream) (1970); novela
  • The Nick Adams Stories (1972)
  • 88 Poems (1979)
  • Selected Letters (1981)
  • Un verano peligroso (The Dangerous Summer) (1985); pensado originalmente como un relato para la revista Life en 1959
  • El jardín del Edén (The Garden of Eden) (1986); comenzada en 1946, Hemingway trabajó en esta novela durante quince años
  • True at First Light (1999).



 

 

 

 

 

23
dic
08

la benévolas (jonathan Littell) – Auschwitz y la crisis de la humanidad europea

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SHANGRI-LA Ediciones

Este texto se publicó originariamente en la carpeta MEMORIAS DE AUSCHWITZ de SHANGRI-LA Ediciones. Se puede descargar completo el especial en la página indicada.

LAS BENÉVOLAS

Antecedentes

Las benévolas fue uno de los acontecimientos literarios del año 2006 en Francia. Lo normal en estos tiempos es desconfiar del halago repetido o la publicidad, no vano, el mundo de las letras se articula en torno a un puñado de grupos editoriales predominantes que apabullan con su capacidad mediática y que ofrecen en general obras literarias mediocres o mediáticas como reclamo. A veces se les cuelan joyas, o se dedican empujados por un extraño remordimiento a sacar a la luz textos deslumbrantes, maravillas literarias que guardaban escondidas, o premian a un autor excelente cuyo destino parecía incierto y su devenir oscuro. El equilibrio surge entonces, se alzan voces distintas que borran de un plumazo afirmaciones categóricas de la crítica y se adentran en un terreno farragoso en el que proclaman el valor, el sentido de esta desprestigiada historia de la literatura. Las benévolas no merece atención por sus valores extra literarios, esos pasarán, se evaporarán como llegaron, desaparecerá de las librerías enterrada por el sinfín de novedades, y será en las ediciones de bolsillo, en un tiempo posterior (o en alguna reedición futura), cuando comenzará a ofrecer esas otras virtudes que esconde, las que motivan -y no ninguna otra razón- un artículo sobre la novela.

Con Las benévolas se dan algunas paradojas de gran interés. La editorial que adquirió en español los derechos no destaca demasiado por sus elecciones artísticas, a pesar de un intento discreto de dignidad literaria en los últimos tiempos, pero apostó fuerte por el libro con una promoción inaudita que provocó un aluvión de ejemplares apilados a la entrada de los centros comerciales y las librerías de todo el país. Aunque tampoco es tan grave, Jonathan Littell, además, con su particular narración de los hechos, era objeto de escándalo allá donde fuera, y un espléndido polemista. Tuvo la fortuna de contar con el beneplácito de los periódicos, que en varios casos, pocos días antes de que la traducción española viera la luz, se encargaron de lanzar portadas en los suplementos culturales con su figura juvenil. Se le reconocía un discurso agudo y coherente, y surgía lleno de aparente importancia en lugares que no correspondían a un escritor novel. Me interesaron sus comentarios acerca de la novela, las ideas y las motivaciones que le inspiraron. Su tono era ligeramente irónico, mostraba una justa incomodidad después de las docenas de entrevistas realizadas, pero era capaz de argumentar esa actitud y describir el entorno en el que construyó las Benévolas con inteligencia.

Todos los comentarios surgidos en torno a la obra que por mi cercanía a Francia había ido recibiendo, quedaron olvidados al leer la charla que Jesús Ruiz Mantilla publicó en el Babelia del 27 de octubre del pasado año. Algo me decía que me encontraba frente a un escritor atípico para el panorama literario actual. Su negativa a recoger el premio Gouncourt, el gran galardón literario y comercial del país vecino, su desprecio por el marketing literario (aunque cumpliera sus obligaciones), acerca de si escribiría o no otra novela (algo que ya ha hecho, y según me cuentan con menor tino y repercusión), el modo en que ventilaba las preguntas incómodas del periodista sobre ideas acumuladas en torno a él y su obra, su forma de expresar juicios acerca de la profesión de escritor o de la literatura en general, todo aquello, a pesar de la enorme publicidad dilapidada a su alrededor, me intrigaba. Aseguraba haber escrito el libro por una necesidad íntima de hacerlo, ajeno por completo al resultado cualesquiera que hubiese sido, y aunque es indudable que alguien debió echarle una mano para poder acceder a un tribuna pública tan amplia como la que tuvo ( a ese respecto, un viejo amigo me reveló que el padre de Jonathan Littell es un conocido escritor norteamericano de novelas de espionaje que reside en Francia desde hace años), la verdad es que, después de leer la novela, uno encuentra justificable su celebridad y termina por aplaudir su recorrido.

Las Benévolas fue a juicio de la crítica europea una de las novelas del año 2007 (aunque se editó en Francia en el 2006), pero no por su impresionante escalada en las listas de los más vendidos, sino por razones literarias. Junto a Vassily Grossman con Vida y destino, dio una agradable sorpresa editorial.

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LAS BENÉVOLAS Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

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Las Benévolas no tiene como argumento principal Auschwitz, aún así, el campo de concentración juega un papel importante en la historia, quizá más como refuerzo de peso a las indagaciones que Jonathan Littell trató de seguir, hasta convertirse en una de las partes fundamentales del texto.

Los escritores revisionistas o los testimonios biográficos referidos a la humanidad de los verdugos que vivieron aquel horror, siempre estuvieron lastrados por la propaganda y la auto justificación miserable, o invalidados por una ínfima calidad. Los verdugos, aunque ganen, desconozco porque ley literaria, suelen expresar bastante mal las argumentaciones que les empujaron a cometer sus atrocidades, se envuelven en justificaciones mal construidas, disimulan la culpa con el peso de una verdad que hace chirriar la posible literatura de sus páginas. Se puede ser un cínico con talento, y tenemos algún ejemplo afamado y evidente en nuestras propias letras, pero hay que ser demasiado agudo y talentoso como para disimular por completo esa mala conciencia sin que afecte al valor de la obra.

Jonathan Littell no escribió tan sólo la historia de un verdugo, ni la de un asesino –esa idea que tanto nos tranquiliza acerca de lo incomprensible, de lo ajeno, para definir comportamientos que nos aterrorizan por la indefensión que nos provocan- ni una detallada descripción de la masacre, aunque la masacre, la ceremonia de la muerte, surja enorme desde las fauces del relato. Se podría hacer un recorrido de aquello que pudiera deslumbrar al lector por su horror, pero sería, en cierto modo, desvirtuar el sentido de la novela o quedarnos con lo que la hace detestable para algunos o bien extraordinaria para otros, sin profundizar en sus verdaderas intenciones.

Nos adentramos en un viaje alucinante –y a menudo alucinógeno- hacia el corazón de las tinieblas. En eso, Littell entronca más con Joseph Conrad que con cualquier escritor bélico en el que piensen, aunque se decide sin duda no por la sutileza del retrato sugerido, o de la descripción emocional del ambiente maligno y perturbador, sino por el retrato directo y sin tapujos de la barbarie, de la forma más descarnada y salvaje posible. En esta diferenciación podríamos encontrar parte de los mecanismos novelísticos y narrativos utilizados por el autor para reforzar la veracidad del narrador, El Doctor Maximiliene Aue, y también algunos de sus excesos

Si en Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline, el médico escritor utilizó su propio desastre humano, su irremediable desilusión llena de cadáveres y de dolor, de guerras, de sufrimiento y despojos, como mecanismo de exorcismo de sus fantasmas y sus fracasos, y para ello echó mano del francés más expresivo que pudo para lograr revolucionar la lengua literaria de su tiempo y ofrecer un relato terrible sobre el siglo XX mediado, las Benévolas no alcanza la capacidad trasgresora de Céline, no posee su fuerza verbal y sobre todo se construye desde una cierta frialdad que pone a menudo los pelos de punta. Céline fue testigo directo de aquel descenso a los infiernos, y está lleno de lo que cuenta. Jonathan Littell escribe con la distancia de los que nacieron mucho después de que todo sucediera.

Con Las benévolas nos aproximamos despacio hacia las tinieblas y en esta ocasión no desde una sufrida justificación vital de los acontecimientos, ni siquiera desde un punto de vista interesadamente moral, sino desde la desnudez alejada de los hechos, despojados esta vez de emocionalidad, sin juicios. Tampoco creo que Littell pretendiera simular las hazañas de aquella revuelta literaria que ideara el malévolo y genial Céline, sino más bien se limitó a construir un relato coherente con un aparente clasicismo narrativo que lo emparenta más con Tolstoi que con el primero.

gen10La Segunda Guerra Mundial provocó la escalofriante cifra de 26,6 millones de muertos según coinciden las estadísticas más repetidas. En la primera parte de Las Benévolas, Tocata, el narrador nos propone un resumen de las intenciones que insuflan lo que vamos a leer. Sus cálculos sobre el número de muertos por minuto en esos cinco años aciagos, al compararlos con otras catástrofes humanas y sus víctimas acontecidas a lo largo de la historia, congelan la sonrisa. Maximiliene Aue nos va a contar una parte de su vida, y en general lo hará con una desafecto intolerable al que no estamos acostumbrados. Sin embargo, esa realidad está ahí, en nosotros, a nuestro alrededor incesantemente, como una expresión de lo que el hombre olvida a conciencia para poder vivir, de su extrema capacidad para cumplir sin pensar, para ocultar el remordimiento y lo que surge escabroso de cualquier biografía, obviando de un plumazo nuestra reprimida animalidad en aras del equilibrio emocional o anímico, o en nombre de esa extraña palabra llamada sociedad.

“Y además no es algo ajeno a vosotros: ya veréis como no es algo ajeno a vosotros”

“Nos pasamos tiempo y tiempo en este mundo arrastrándonos como orugas, a la espera de la mariposa espléndida y diáfana que llevamos dentro. Y, luego, el tiempo pasa, la ninfosis no llega, seguimos siendo larvas; comprobación desalentadora; ¿cómo manejarla? Por supuesto siempre queda la opción del suicidio. Pero, a decir verdad, el suicidio no me tienta gran cosa”.

La evolución interior del individuo a lo largo de los siglos ha sido tan escasa que aterra el futuro. De alguna forma, el esfuerzo más reseñable quizá se haya producido en el seno de la convivencia, pero nada más que en ciertas partes del mundo, y en función de pactos sociales a menudo sesgados, injustos y de origen perverso, así como de una durabilidad limitada, que parten de la prohibición de lo humano para asegurar que la violencia y el caos no anulen la continuidad del modelo. El ser humano siempre ha sido capaz de transgredir las normas, sobre todo si se le ofrecen justificaciones para despertar sin miedo esa animalidad que se esconde en nosotros, esa visión que oculta la atracción de lo sagrado para que no veamos exactamente de qué estamos hechos. Si hay algo que se ha agudizado en nuestro tiempo es el miedo, un miedo inmenso y desconocido, una sensación de que, tras nuestra existencia cotidiana, tras la animosa civilización que emanan la prensa, la radio y la televisión, detrás de los escaparates que ofrecen la calma de una vida sostenida por la ficción, el consumo y el dinero, no hay más que un miedo que acude desde nuestra propia esencia, y la perseverancia protectora y cerrada de los insignificantes espacios que alcanzan a poseer los hombres como refugio parece insuficiente. El mundo se define como globalizado, pero el apego a la cueva con la evidente ceguera que conlleva, augura pocas virtudes futuras a no ser que una nueva generación recupere la inteligencia. Somos frágiles, y así se demuestra, frágiles y vulnerables hasta frente a los errores de quienes odiamos por variadas razones. El doctor Aue no es muy distinto de cierta gente común con quienes nos cruzamos diariamente en la calle, y eso es lo que Jonathan Littell, a través de su narración, trató de demostrarnos, utilizando para ello el escenario de la más sangrienta e intolerable de todas las guerras acontecidas en la tierra, dotada de características y elementos ideológicos y de destrucción que irremediablemente comprenden por su virulencia extrema a todas las demás.

La Segunda Guerra Mundial midió la dimensión absoluta del conflicto humano, inició a través de una carnicería la proximidad de todo, la relación entre el aleteo de las alas de una mariposa y el tornado acontecido en la otra punta del mundo. Fue a su vez una lucha de exacerbados nacionalismos, una batalla ideológica convertida en una ceremonia de muerte entre las tres grandes utopías del siglo pasado: la pragmática democracia basada en la fe del libre mercado, el comunismo de origen marxista y su forma de gobierno, y el fascismo en su vertiente más intelectual e intensa, el nacionalsocialismo. Se utilizaron medios técnicos inusitados para matar; jamás la ciencia estuvo tan cerca de trabajar para el exterminio en todos los ámbitos imaginables. Se celebró un progreso técnico cuyos resultados han llegados a nuestro días, supeditando el saber humanista y empujando irremediable a una extraña (y relativa) evolución de la identidad humana a través de los enseres y mecanismos de la ciencia, hasta generar un descontrolado entramado científico informe, inabarcable, dirigido sin rumbo hacia la explotación económica de su progreso, hasta conseguir que cualquier error pueda destruir el mundo que conocemos en unas pocas horas; un reguero de inventos mecánicos y ahora digitales cuyas consecuencias definen nuestros modos sociales y cotidianos, sin alcanzar a variar un ápice nuestra verdadera esencia.

En la guerra se enfrentaron a su vez fanatismos religiosos –con sus mismos mecanismos pasionales y sagrados, con una fe virulenta y excesiva, e intereses económicos y expansionistas abotargados durante décadas, un choque de razas, un enfrentamiento geopolítico contra las fronteras establecidas artificialmente cuyos efectos aún se siguen extendiendo en nuestra época (en el futuro, la próxima guerra sangrienta tendrá que ver con la supervivencia de nuestros modelos económico-sociales y su dependencia de la energía). En el fondo, fue un ataque consciente y meditado contra la raza humana. Una forma de expresión legal de la trasgresión violenta a la que el ser humano se ve abocado.

Se celebró la primera gran guerra global, que ampliaba los frentes y los enemigos a varios continentes y a un sinfín de países. Jonathan Littell necesitaba de una masacre de esa envergadura, que expresara la totalidad voraz de lo humano, con una complejidad y un interminable número de razones y causas pululando en el aire, para poder explorar su inquietud contemporánea. Al fin y al cabo, las Benévolas es la narración de un hombre, de un ser humano, de un personaje que aspira a la discontinuidad pero se ve envuelto en la continuidad animal de la especie, en su pudor ante la muerte y la reproducción, en esa sagrada violación de la prohibición, en un círculo de pasiones, apetencias e instintos individuales, dibujando de alguna manera en su ahondamiento la expresión de todo lo que hemos construido y destruido en la tierra a lo largo de los siglos.

Hay además en su intención subterránea una clara conciencia de la distintas filosofías en torno al individuo. Para quienes se aferren a la superficialidad de la vida o a su sentido práctico, es fácilmente demostrable hasta qué punto ciertas filosofías o concepciones filosóficas del hombre no sólo han cambiado el mundo sino que han transformado incluso esa aparente sencillez o nimiedad de la existencia a la que suelen referirse como refugio. La novela siempre anticipó el espíritu de la época, y se acompañó, a lo largo de la historia, de la filosofía. El esfuerzo de Littell a lo largo de las casi mil páginas del libro anhela en el fondo, como sucede en La Montaña mágica de Thomas Mann, en Guerra y Paz de Tolstoi o en Los Endemoniados de Dostoievsky, definir el marco ideológico-político-filosófico que, en este caso, se apoderó de Europa para conducirla a semejante y bárbara locura.

¿Dónde estaba la gran cultura europea para evitar un odio semejante entre nosotros? ¿o todo sucedió precisamente porque el pueblo, ajeno a esa evidente unidad de letras, música y arte en general que fue y es Europa, se dejó arrastrar por los cantos de sirena del populismo y la salvación en vida que prometían religiosamente las dos grandes utopías antihumanistas del siglo, atacados a su vez por el hambre y la miseria? ¿Hasta que punto el régimen ganador del envite, la democracia, no adquirió un rostro humano ante el miedo real y cercano al comunismo soviético, y tras la caída del muro de Berlín, ha quedado demostrada la inmoralidad del mercado cuando gozaba de todo el poder para expresar su supremacía y su justicia basada en las libertades individuales sobre cualquier otra forma conocida de gobierno y organización socio-económica?

Si los escritores que sobrevivieron al exterminio judío, que fueron víctimas y testigos del mismo, se empeñaron en construir el futuro sin olvidar jamás los efectos demoledores y profundos de la Endlösung Judenfrangen y tratando de elaborar una esperanza en el futuro basada en la memoria de lo acontecido, Jonathan Littell decidió seguir otro camino literario y por supuesto filosófico, que quizá Borowski hubiera aplaudido cuando escribió aquella frase memorable de que en el futuro, habría de llamarse a las cosas por su nombre.

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La dimensión de todo lo acontecido entre 1939 y 1945 no fue fortuita ni accidental, ni se debió tan sólo a las maniobras de un loco como Hitler, ni fue ejecutada y planeada por una pandilla de asesinos y sádicos. El nazismo comprendió con absoluta lucidez en que consistía lo sagrado para los hombres, de qué estaban hechos su tabúes, su relación con lo divino y lo animal de nuestra condición y aprovechó la hambruna y el desastre que provocó el crack bursátil del 29 y la consiguiente crisis económica mundial. Los hallazgos publicitarios del nacionalsocialismo se estudian en cualquier universidad del mundo en materias de Marketing, siempre disimulando su nombre y su fin en un proceso de amaneramiento y de eufemismos impresionante. Los que golpeaban y mataban a las hileras interminables de judíos que llegaban desde media Europa hacinados en trenes, y eran conducidos por las rampas de Auschwitz o Buchenwald hasta los crematorios, eran padres de familia y antiguos oficinistas de bajo rango, dependientes de comercio, agentes de seguros, transportistas, y los altos mandos que dirigían la siniestra planificación de los campos de concentración fueron en su día reputados abogados, honorables marchantes de arte, consignatarios aduaneros, profesores universitarios, doctores en derecho, medicina o en filología francesa, políticos de renombre, aristócratas, lectores empedernidos de los clásicos de la literatura europea y amantes de la música clásica. Los científicos que trabajaban para mejorar la eficacia asesina de los campos de concentración o los que utilizaban a niños, mujeres y hombres judíos como cobayas de sus experimentos, fueron antes estudiosos de laboratorio, catedráticos y docentes, miembros de los comités científicos académicos y gubernamentales. La Segunda Guerra Mundial no la ganaron los buenos y la perdieron los malos. Los monstruos necesitan que les acompañen para poder ejecutar sus enormes masacres, sino se convierten en miserables asesinos en serie, algo anodino y turbador que provoca rechazo y terror pero no logra dar un paso más allá en su proyección maligna, generando a medio plazo la indiferencia social por su rareza. Littell sabía perfectamente que tras las cenizas de Auschwitz y las sangrientas batallas en la Unión Soviética, que tras los colaboracionistas franceses o las arengas de Churchill y el general De Gaulle a sus tropas para defender la democracia y el futuro, que tras la aparición del amigo norteamericano y su maquinaria de guerra, se aglutinaban todas las pasiones humanas habidas y por haber, por tanto una tragedia bélica que dejaban al descubierto una red de enseñanzas que no debíamos olvidar. No somos tan maravillosos como creemos, y sobre todo, no fue la barbarie una mera cuestión de pocos (del poder de unos pocos), sino un enorme evento mundial que ofreció al ser humano su verdadero rostro. Vuelvo a Tocata, primer capítulo de la novela de Littell:

“No estoy arrepentido de nada; hice el trabajo que tenía que hacer, y ya está; en cuando a mis asuntos familiares, que a lo mejor cuento también, sólo me importan a mí, y en lo referido a lo demás, hacia el final, es muy posible que me haya excedido, pero es que estaba ya un tanto fuera de mis casillas, flaqueaba y, encima, a mi alrededor el mundo entero se venía abajo; admitid que no fui el único que perdió la cabeza”

“Pese a mis fallos, que han sido muchos, no he dejado de ser de esos que opinan que las únicas cosas indispensables para la existencia humanas son respirar, comer, beber, defecar y buscar la verdad. El resto es sólo facultativo”

“Ahora bien, si interrumpimos el trabajo, las actividades vulgares, el ajetreo diario, para dedicarnos con trascendencia a una empresa, sucede algo muy diferente. Las cosas no tardan en subir a la superficie, en olas densas y negras. Por la noche, los suelos se desconyuntan, se abren, proliferan y, al despertar, dejan en la cabeza una fina capa agria y húmeda, que tarda mucho en disolverse. Que quede claro: no estamos hablando de culpabilidad y remordimiento. Seguro que esas cosas existen también, no pretendo negarlo, pero me parece que las cosas son mucho más complejas. Incluso a un hombre que no haya tenido que matar, le pasarán esas cosas que digo. Vuelven las malevolencias de poca monta, la cobardía, la falsedad, esas mezquindades que no hay hombre que no padezca. No cabe, pues, asombrarse de que los hombres hayan inventado el trabajo, el alcohol, los parloteos estériles. No cabe asombrarse de que tenga tanto éxito la televisión…”

De alguna forma evidente, el joven autor que se decide a arrancar una novela con éstas frases merece al menos ser leído aunque no viviera ese periodo histórico. Sus ideas iniciales, las que van a sostener después la lógica del libro, aunque el relato extienda sus efectos a lo largo de cuatro largos años de horror y desastre, aunque sin saber nada de todo ello el lector que no logre asociar estas ideas con su contexto histórico en la obra disfrutará por igual de los ojos fríos y el verbo gélido de Maximiliene Aue, de sus pletóricas dotes de supervivencia, de su elevada cultura y de su perversa y anormal sexualidad (anormal en el sentido de poco común), de sus sueños frustrados y su excelente educación, de sus excesos violentos y de su capacidad de resistencia por encima del afecto o de lo humano, nos remiten irremediablemente a la conferencia que Husserl dio en 1935 sobre la crisis de la humanidad europea, conferencia oral transcrita que anticipaba no sólo la Segunda Guerra Mundial, sino incluso el devenir de nuestro mundo actual.

Para simplificar aquellas ideas, que estoy seguro que Littell leyó o al menos respiró su esencia a través de otros textos o relatos de lo allí afirmado entonces, Husserl defendió que el adjetivo europea, señalaba para él una identidad espiritual que iba más allá del espacio de la Europa geográfica y que nació con la antigua filosofía griega. Según su discurso, por primera vez en la Historia del hombre, éste comprendió el mundo en su conjunto en aquella época lejana como un interrogante que debía ser resuelto. Y se enfrentó con ese interrogante, no para satisfacer tal o cual necesidad práctica, sino porque la pasión por el conocimiento se había adueñado del hombre. Para Husserl, en esos momentos convulsos que ya avecinaban el desastre de la guerra, el enfrentamiento de los bloques utópicos, el fin de la Ilustración y del sueño de la razón que conllevaba, tras esa crisis que iba a desembocar en el infierno, se hallaban la renuncia del hombre a comprender el mundo, empujado inconsciente por fuerzas muy superiores a él (fuerzas económicas, políticas, sociales e históricas) que le obligaban a la especialización, a la mirada práctica, matemática y científica de la vida, y al olvido del ser, de su condición humana. Renunciar a la mirada conjunta del mundo era un camino científico vertiginosos que obviaba la verdadera esencia del ser humano, suponía provocar la agitación virulenta de la tierra sin que nadie fuera capaz de asimilar en su totalidad el efecto de dichos cambios.

La crisis de la humanidad europea significaba que no sólo repetiríamos los mismo errores que habíamos cometido durante siglos, sino que su violencia y su absurdo se multiplicarían por diez, como así fue. Para ese hombre que cesó de ser dueño de las cosas y de su propio destino, las fuerzas mencionadas que lo empujan, que exceden, le sobrepasan, le poseen, su ser concreto, su mundo de la vida no tiene ya valor ni interés alguno; es eclipsado, olvidado de antemano. Si alguien duda de la certeza de esas palabras que mire a su alrededor, que observe en qué empresa trabaja, en qué consiste en realidad la mayor parte de su vida, qué es lo que comprende de cuanto le rodea, o mejor, que observe el respeto por el ser humano que mostró Hitler (3 millones de muertos alemanes) o Stalin (20 millones de ciudadanos soviéticos fallecidos) o que examine el funcionamiento sectario y oscuro de las sociedades anónimas, de sus ciegos accionistas que exigen más y más sudor humano a cambio de cantidades ingentes de dólares y euros ganados sin esfuerzos ni mérito, que contemple como los medios de comunicación establecen la moda, el gusto, la idea de la vida predominante. Jonathan Littell sabía de estas cosas, o al menos le preocupaban. Quizá por esos Las benévolas sea una novela tan remarcable, porque su autor era consciente de que las grandes novelas de la literatura continúan ofreciendo la única visión totalizadora del mundo capaz de anhelar la continuidad sin dolor ni oscuridad y unificar todos los criterios dispersos del conocimiento humano a través de lo único importante: nuestro ser.

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LAS BENÉVOLAS Y AUSCHWITZ

Auschwitz se erige en la novela como símbolo metafórico de las razones que impulsaron a Alemania a la guerra. Sé que no es bueno convertir una tragedia en una metáfora, pero tal vez, en el momento en que concluye el inventario de las catástrofes, las cifras del desastre y sus pormenores exactos y sus testigos directos, la mejor manera de guardar la fuerza o el sentido de un acontecimiento quizá sea convirtiéndolo en un mito recurrente. Es evidente que las razones de la guerra fueron más complejas, y darían para un texto único al respecto (un texto inmenso), sin embargo, teniendo en cuenta el odio fanático de Adolf Hitler a los judíos, y su afán por exterminarlos, movido por una fe casi religiosa que se extendió a lo largo de más de una década, convertido él y su pueblo en un destino de ángel caído, en vengador y Dios terrible de esa raza, motivó excesos y decisiones que podían justificar con matices al menos el cariz de la afirmación.

Littell maneja en Las benévolas parte del enorme corpus teórico e ideológico que provocó el exterminio. Recopiló para el lector con habilidad, a través de las diversas labores que va a desempeñar el narrador, un amplio fresco del batiburrillo de argumentos que justificaron la Endlösung Judenfrangen y su evolución desde el inicio de la guerra. En sus primeros testimonios en el frente ruso, describe como se asesinaba de un disparo en la cabeza durante horas o días completos a los presos judíos. Se les llevaba campo a través hasta amplias fosas cavadas en el suelo y allí se les ajusticiaba uno a uno, pero el coste mental y físico de semejantes matanzas pasaba factura a los propios soldados, que se suicidaban o terminaban disparando a sus compañeros o perdían la cabeza tratando de comprender lo que habían hecho, a pesar de apoyarles en sus actos todo el ejercito alemán y el Estado. Las víctimas morían al instante, o quedaban mal heridas y yacían en la fosa donde se iban acumulando, amontonados, los cadáveres. Se escuchaban gemidos y el sonido seco de las constantes detonaciones. Caían y se apilaban, los verdugos pisaban los cuerpos, se llenaban de sangre pero no cesaban de llegar más y más judíos. Toda la ciencia del Tercer Reich trató con encono numerosos asuntos de la cuestión judía. En ella se implicaron hombres de ciencia y humanistas de prestigio que se pusieron al servicio de la barbarie y el absurdo. Hay descripciones en Las benévolas que a pesar de lo macabro de su trasunto terminan por revelar el patetismo de lo irracional y lo desmedido.

Los primeros asesinados judíos por gas, el preludio de las sofisticadas cámaras del sueño, eran introducidos en camiones. Se encerraba al grupo dentro de remolques cubiertos y con un tubo se introducía por alguna rendija el dióxido de carbono de los motores. El resultado era absolutamente dantesco; algunos morían, vomitaban, sufrían deformaciones cutáneas e incluso musculares, otros eran asesinados a balazos cuando se abrían las puertas y salían despavoridos de las cabinas, profiriendo alaridos sobrecogedores, medio envenenados por el gas, ansiosos por respirar oxígeno, pues el gas mortal escapaba por las grietas de los remolques y perdía una buena parte de su efectividad. Entre los miembros del alto mando de las SS se trataban con absoluta prioridad las formas de incrementar la eficacia de los métodos de limpieza, es decir, se realizaban mediciones, se examinaba que con el menor coste posible y el menor número de intervinientes se debía maximizar el volumen de asesinatos, una cuestión de productividad. El lenguaje posee paradojas curiosas, pero no por ello casuales. Cuando el ser humano se afana en algo a conciencia, no es bueno perder lo subjetivo que poseemos en la tarea y apremiarse a cumplir las máximas. Es, como sucede en economía, una reducción de áreas y estadísticas para afrontar mejor los problemas, obviando con desvergüenza los efectos colaterales. Durante largo tiempo se trabajó en la experimentación de gases que fueran lo más mortales posible y al mismo tiempo limpios, que no dejaran otra evidencia de la muerte –a poder ser lo menos obscena posible- que los millones de cadáveres que se fueron acumulando en los campos de concentración. No se aspiraba a asesinar con cierta dulzura, sino que la muerte no salpicara en exceso a los soldados y verdugos que se dedicaban a la vigilancia y a la ejecución, que fuera un gesto casi cotidiano que no diera pie a la duda, o a que se trataba tan sólo del cumplimiento del deber.

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Nos resulta inimaginable semejante precisión, pero bastaría con echar una ojeada al mundo para observar con atención en qué consiste la eficiencia humana, cómo nuestra capacidad domina el entorno, dirige el progreso a ciegas, sin conciencia de lo que sucede, mas afanosos por cumplir. Aue va describiendo con absoluta frialdad que quienes organizaron y perfeccionaron semejante matanza consciente eran seres humanos con aspectos e ideas similares a las nuestras, y eso resulta aterrador. Que un loco diera órdenes poseído por el rencor o la ira, por una indistinguible rabia que resultaba imposible de delimitar, es una cosa, pero que un pueblo entero, millones de alemanes, lo secundara, son palabras mayores. Los mismos hombres que se declararon después inocentes, e incluso, aquellos que aseguraron (en muchos casos con cierta verdad en sus palabras) que desconocían la existencia de los crematorios, fueron los mismos que años atrás colaboraron en hostigar y detener a miles de judíos en la Alemania nazi, aquellos que se divertían llenando de pintadas los comercios, clausurando locales tan sólo por el culto religioso de sus propietarios, dando palizas en la calle a quienes se atrevían a exigir algún derecho, eran todos aquellos que auparon a Hitler al poder.

Las benévolas describe el funcionamiento de Auschwitz, a sus protagonistas, que pululan por la novela enfrascados en sus exigentes tareas, e incluso rastrea en las decisiones políticas que fueron dirigiendo a lo largo de la contienda las prioridades, sobreviviendo en el caos de órdenes y contraórdenes mientras iban perdiendo poco a poco la guerra, con adjetivos sobrios y una distancia terrible. Cuesta imaginar el sentido de un exterminio sistemático pensado con ese refinamiento, a tantos hombres esforzados en racionalizar el hecho de matar, rompiendo lo sagrado del hombre en su relación con la muerte y convirtiéndolo en una banalidad organizativa.

Entre los informes que Aue elabora para el ministro Himmler y su gabinete se ponen en evidencia los conflictos que generaba la Solución Final entre el alto mando. De nuevo el lenguaje científico, sin alma, el lenguaje técnico esparciendo su abominable indiferencia se apodera a menudo del espacio de la novela, otro hallazgo brillante de Littell, otro intento de demostrar hasta que punto la especialización absoluta de cada uno de los sectores y seres humanos que participaron de una u otra forma en los pormenores de ese crimen fueron intoxicados por una propaganda desmesurada y quedaron ciegos, limitados a una información sesgada con la que se dedicaban a ejecutar sus quehaceres. Algunos militares con cierto sentido común abogaron por llenar las fábricas alemanas que necesitaban mano de obra de judíos para seguir alimentando la maquinaria de guerra. No les impulsó desde luego el sentido de la piedad o sentimientos desprendidos en esos momentos en los que exigían que se subieran las raciones diarias de alimentos y se solicitaba el traslado de judíos desde los grandes campos de concentración hasta los centros de producción. Estaban enfangados en la misma inhumanidad, en esa ceguera intolerable que tan sólo les hacía brillar cuando encontraban la idea adecuada para resolver un problema práctico. En las Benévolas abundan las cartas y discusiones al respecto, los estudios dietéticos que establecían el número de calorías mínimas para la supervivencia de un prisionero, para asegurar que podría trabajar durante determinadas horas al día, todo un compendio científico que mezclaba con exactitud asuntos médicos y biológicos, costes económicos, las peticiones de los que dirigían la guerra y observaban la inminente derrota y la oposición enconada de aquellos que seguían viendo en la aniquilación del pueblo judío una especie de expiación necesaria, casi mística, que los liberaría de una plaga y les daría, sin saber cómo, la victoria final.

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La novela posee una brillantez irreprochable en las descripciones de cada uno de los estadios de la guerra, me atrevo a asegurar que hay muy pocas obras literarias capaces de recrear con tal exactitud (o coherencia geográfica y ambiental) el ambiente que rodeó a los diferentes espacios físicos del conflicto, fuera en plena estepa rusa, donde los alemanes avanzaban como aquel Napoleón victorioso que quiso conquistar la tierra de los Zares, o en la retaguardia de los balnearios que funcionaron sobre todo en el Este como refugio de los heridos y fatigados soldados que llegaban del frente para reposar, curarse, o incluso en medio de la carnicería de Auschwitz, con todos esos esfuerzos malogrados por detener lo injustificable, o en esos salones de Berlín y de Viena en los que se enfrentaban los intereses de la Wehrmacht y las SS, o en ese Paris de los fascistas donde los militares alemanes eran premiados con aquellas estancias regadas de champán y belleza, donde los colaboracionistas aprovechaban su breve periodo de poder en la ciudad más hermosa del mundo, o en esos bosques frondosos del norte del continente en los momentos en los que la retirada provocó ríos de desertores, de almas en pena que vagaban huyendo, evitando a las patrullas que aniquilaban a los cobardes que escapaban de los soviéticos.

Pero a Jonathan Littell no le interesó profundizar en las ideas que acompañaron la idiosincrasia del nazismo, o por lo menos, me refiero a esas ideas más conocidas, de las que sabemos tanto a través de textos y documentos históricos rescatados, a través del cine y la literatura; a él le importaba más el modo en que reaccionaron los responsables directos o indirectos en cada uno de esos momentos históricos, qué razones dirigieron el afán cumplidor de los que colaboraban en esas tareas, esos que tenían que decidir día a día, fuera a un alto nivel político o desde la mirada de aquellos que vigilaban los barracones de los campos o la de quienes conectaban los mecanismos para la salida del gas provocando la muerte.

Esta novela, en el fondo, es una revisión (que no se halla adscrita al revisionismo por supuesto) de la historia desde prismas insignificantes que conformaron por separado los datos grandilocuentes, sus grandes cifras. Las benévolas fue construida desde el lugar de aquellos que participaron individualmente, por muy diminuto que fuera su papel, en el conflicto, cómo se guiaron entre la mística gubernamental que arengaba a la tropa y a los asesinos o ejecutores, justificando que se mancharan las manos de sangre en nombre de un país supremo, del Volk, guiada siempre con el acierto de elegir los mejores lugares para atisbar en qué consistió, para alcanzar a comprender como Alemania se lanzó a la conquista de Europa, y como a partir de 1942 fueron perdiendo terreno hasta la caída de Berlín. Es inevitable en este empeño, no sólo examinar las razones políticas, económicas o sociales, sino, como pretendió hacer Littell, ahondar en la condición humana para comprender hasta qué punto fuimos culpables.

Para alguna parte de la crítica, Las Benévolas rompía un acuerdo sobre los sucesos acontecidos en Auschwitz, como si una novela fuera capaz por sí sola de violar un duelo, o si por haber hecho ficción con los distintos estadios que convivían en torno al campo, éste hubiese perdido su sentido hiperbólico. Acercarse a través de un texto vertiginoso y apasionante hacía los misterios que rodearon la administración y la evolución de Auschwitz, reunir documentos en torno a la Solución Judía y todo el enfrentamiento ideológico y práctico que se dio, no me parece ni por asomo una falta de respeto a los muertos, sino al contrario, un recorrido aún más exhausto por los mecanismo del mal, por el modo en que el hombre se pone al servicio de la maldad sin sentido, sin más razón que las arengas del poder. Cuando a comienzos del capítulo Minueto (en Rondós), Aue se entrevista con Himmler y le es encomendada la tarea de reunir información y elaborar con ella documentos acerca del estado de los campos de concentración, lejos de negar lo sucedido o de situar la tragedia en una dimensión menor, surge el verdadero terror que, como hijos de otra época, ajenos por completo a las vivencias de esa Europa que vivió dos guerras salvajes, no viene sólo de los cadáveres y los testimonios históricos, sino directamente de la manera de pensar de los verdugos, de los ejecutores y los inspiradores de la masacre, manteniendo la intensidad del drama aunque sea al leer anotaciones técnicas, entrevistas patéticas e incluso humorísticas, estadísticas aterradoras que tenían como objeto y elemento la vida humana, la existencia de un pueblo reducido a números y a utilidad u odio.

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Los hallazgos literarios de Jonathan Littell continúan, sin entrar todavía en sus capacidades narrativas, sobre todo en lo que respecta a los puntos de vista de los hechos más conocidos por todos. Hasta la fecha, a excepción de algunos libros infames que siguen negando el exterminio sistemático de casi 6 millones de judíos, o de las confesiones de algunos arrepentidos tratando de minar la pena, la vergüenza y las consecuencias de sus actos, o empeñados en justificar lo injustificable siendo lo más precisos posible, nadie había hecho un relato de los verdugos con semejante exactitud, no para redimirlos o eximirlos de culpa, sino para que podamos comprobar nosotros mismos, lectores del siglo XXI, de qué estaban hechos, hasta qué punto lo que guió aquella matanza fue un fanatismo incomprensible, una mística de tres el cuarto que cobraba su forma real a través de la eficiencia que tantos pequeños hombres aplicaron en sus tareas.

Los lectores de nivel, familiarizados con la historia de la literatura, saben fehacientemente que entre las múltiples virtudes del Quijote se encuentra el tratamiento de los personajes desde la ambigüedad moral para distinguir la esencia de la vida y poder contemplarla con la suficiente distancia como para aproximarse a comprender algunos de sus asuntos fundamentales. Al fin y al cabo, el fin de cualquier novela no es otro que revelar aspectos de la vida de los hombres nunca revelados; esa literatura que transita entre esa extraña metafísica (o poética existencial), que aunque esté absolutamente despojada de cualquier filosofía al articularse alrededor de un entramado de aparente veracidad por las acciones, los hechos y los pensamientos de los personajes, a imagen y semejanza del mundo real, incluso cuando su trasunto sea el futuro desconocido o descaradamente hecho de ficción, dependiente su acierto de la capacidad intelectual y el talento del narrador, mantiene las preguntas del ser humano sostenidas en el aire a modo de prueba, de ensayo hecho de la alegría y la vitalidad de las historias. El Quijote, hace ya más de cuatro siglos, desterró esa inocente idea, tan reconfortante y estúpida a un tiempo, de la oposición entre el bien y el mal, de la facilidad para distinguir a las partes. El hombre prefiere juzgar a pensar, y esa constancia evidente por doquier, que incluso puede aplicarse a cierta crítica que atendió Las benévolas con cierto desdén ignorante, lo juzgó antes de leerlo y pensarlo, lo crucificó incluso antes de abrir sus páginas, es fácilmente demostrable. Si hay algo que merece interés es escuchar una voz que reclama la atención a través de sus propios mecanismos literarios. Empuja al lector a inmiscuirse y aunque es probable que muchos puedan escapar de la ceremonia despavoridos, no es menos cierto que eso no le resta un ápice de su valor. Detesto los libros que basan su fama o su sentido en el escándalo, a menudo lo hacen precisamente porque carecen de calidad. Si las Benévolas tuvo un aire escandaloso a su alrededor fue porque alguien lo provocó: el libro a lo sumo puede ser desagradable en ocasiones, se regocija en la extrañeza de su personaje principal, en sus miserias y obsesiones, pero no lo suficiente como para definir toda la obra. Tengo la sensación de que Littell escogió el camino narrativo que más le convenía por razones que sólo le atañen a él, y a la vez osciló en muchas ocasiones –estoy casi seguro dado el nivel que tiene el texto- entre suavizarlo o seguir usando el truco. Pienso que mantuvo el equilibrio, la coherencia con el entorno, y en verdad, Las Benévolas entronca más con la intención de las obras extraordinarias de la historia de la literatura, aunque sea por proximidad en sus intenciones, que con los baratos bestseller históricos o con cualquier libro que aspire a ser una provocación o humo blanco inocuo antes que literatura.

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Conclusiones

¿Cómo podríamos acercarnos a esta novela con garantías sea desde un punto de vista crítico o simplemente desde la mirada de un lector?

Se la puede comparar con Viaje al fin de la noche como mencioné al principio del artículo, pero no posee su osadía lingüística, su arrojo y su ambición literaria, y a la vez se aleja por completo de los estereotipos de la mala novela actual, aproximándose muchísimo a la brillantez de las grandes obras, y augurando un período largo, espero, para su continuidad en el tiempo. Posee cierta dificultad para quien se adentre en sus páginas, que responde a la exactitud de los rangos del ejercito y los distintos cuerpos político-militares alemanes de la época que utiliza, se maneja además con soltura entre palabras del idioma germano intraducibles y que se puede consultar (y no todas) en el pequeño diccionario que hay al final de la edición española, vocablos relacionados con el Tercer Reich y sus lenguaje particular. Está construida a menudo a través de documentos filosóficos, económicos o políticos, aparecen en sus distintos escenarios personajes reales que formaron parte de la historia del periodo. Aue, además, según he podido constatar en algunos buenos lectores que conozco, resulta un personaje demasiado despiadado y frío, tan oscuro y obsesivo, tan obsceno, que provoca repulsión. Su apatía, su personalidad provoca asco, un asco y una nausea que puede impedir el acceso al resto de la narración. Irrita a menudo, espanta muchas veces, pero en sus recorrido, uno siente al menos fascinación por él, por su condición o su sincero modo de ofrecerse.

Transcribo otra parte de Tocata, ese primer capítulo que marca las intenciones del texto, a excepción de la referida al título, cuyo sentido se percibe al final de la novela.

“La conclusión de todo esto, si me permitís otra cita, la última, lo prometo, es como tan bien decía Sófocles: Lo que debes preferir a todo lo demás es no haber nacido. Por lo demás, Schopenhauer escribía más o menos lo mismo: Más valdría que no hubiese nada. Como hay más dolor que placer en la tierra, cualquier satisfacción no es sino transitoria, y crea nuevos deseos y nuevas desesperaciones, y la agonía del animal devorado es mayor que el placer del que devora. Sí, ya sé, son dos citas, pero tratan de la misma idea: en verdad que vivimos en el peor de los mundo posibles. Por supuesto, ya se ha acabado la guerra. Y, además, hemos aprendido la lección; no volverá a suceder. Pero ¿estáis completamente seguros de que no volverá a suceder? ¿Estáis tan siquiera seguros de que se haya acabado la guerra?.

En ciertas discusiones en torno a Las benévolas surgen varias preguntas que provocan desavenencias. Quizá la más común es la que deriva de pensar en las razones de componer una obra como ésta a través de un personaje tan anormal e inmoral como Maximiliene Aue, pero esa es una elección del autor en la que no deberíamos intervenir. Quizá decir amoral sea una boutade, pero es que algunos filósofos del tres al cuarto se atreven en ocasiones a abordar críticas inmisericordes o a inmiscuirse en los dominios de la novela dándoselas de literatos con mayor erudición humanista o científica causada por su aparente superioridad teórica, y creo, de alguna forma, en la necesidad de proteger la ficción y su sabiduría, quizá como último elemento de salvaguarda de lo humano. No hay que olvidar, además, que, salvo en contadas excepciones, la literatura se adelantó a la filosofía o le sirvió de espacio a explorar en todo lo referente al ser.

Jonathan Littell se documentó, y mucho, para escribir este extenso trayecto de mil páginas, sin embargo, el hecho no posee mayor importancia: podría haberse escrito otra historia de haber querido. Si él situó las preguntas de las Benévolas, sus propias inquietudes acerca de la humanidad y su destino o su condición, en el ámbito de la Segunda Guerra Mundial, fue de modo consciente, mas no fundamental. Ni siquiera creo que pretendiera provocar el alboroto que originó la obra, y que le vino muy bien a nivel comercial (aunque esto es una mera intuición con ciertas argumentaciones lógicas que no escribiré).

Frente a otro tipo de éxitos librescos más inofensivos y anodinos, Las benévolas vence con holgura por varias razones esenciales: supone una indagación consciente del trasunto del ser, utiliza con soltura –y a menudo con maestría- las técnicas narrativas necesarias para que un relato se sostenga y resulte creíble, plantea preguntas existenciales de calado e investiga posibles respuestas, está bien escrita se la mire por donde se la mire, ejecutada con un claro dominio de la estructura, lo que cuenta se desliza fascinante y ameno ante los ojos del lector, resulta apropiado el tono utilizado y el punto de vista, el modo en que enlaza la aventura vital de Maximiliene Aue con los datos ingentes que maneja sobre el periodo histórico, incluso a diferentes niveles temáticos (sociología, filología, antropología, política, literatura, filosofía, economía, ciencia médica…) posee párrafos de enorme belleza, consigue impactar verbalmente, trasmite extraordinariamente bien el caos, el desorden y el horror en un buen números de situaciones logrando provocar el temor, haciendo respirar el miedo, la dimensión de la experiencia de esos soldados y oficiales que vivieron el terror de la guerra, mantiene un brillante ritmo narrativo (musical en cierto modo) a través de las divisiones bacherianas y esa prosa directa, sin excesivos adornos, que marca la velocidad de la narración, considerando con suma solvencia el tiempo novelesco como un elemento más, indispensable para construir la obra, y sobre todo estableciendo una mirada distinta y original, enriquecedora, a hechos acontecidos extremadamente conocidos sin que en ningún momento recurra al cliché o a un falso lugar común de nada o de nadie, parte además de planteamientos alternativos para acercarse a los mismos hechos, de una curiosa diferencia del personaje-narrador respecto a otros narradores literarios de la misma historia, situado en el bando opuesto, sin negar la bestialidad de lo acontecido, las cifras escalofriantes que todos conocemos.

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Littell, aunque no lo pareciera, tenían cuarenta años cuando editó su novela. Respeto sobremanera a los autores que hablaron del exterminio judío o se adentraron en el absurdo de la Segunda Guerra Mundial, a aquellos testigos directos que encima supieron contarnos lo sucedido desde una literatura impecable llena de fuerza y coraje, de supervivencia y futuro, pero quizá debería ser éste el momento de pensar que los lectores actuales y los del futuro observan ya los hechos de la historia o de la vida humana de entonces con otros ojos. En un momento tan esencial como el que vivimos, en el cual los últimos supervivientes de los campos de concentración se están muriendo, la memoria parece –y es- un museo de cera en el que apenas jubilados y escolares se pasean los fines de semana para pasar el rato. Revivir bajo la mirada de alguien que no estuvo allí, pero que respeta y conoce en profundidad los hechos históricos, sin ponerlos en duda por su evidencia, sin falsificarlos ni justificarlos, sino simplemente utilizándolos para establecer una visión humana a esos años, pienso que debería ser un motivo de alegría para todos, sobre todo si el resultado es tan solvente como sucede en las Benévolas. Esa es la gran ventaja de Littell, quizá su propia experiencia de cooperante en Chechenia y otras ex repúblicas soviéticas le permitió atisbar el verdadero efecto de la guerra en los seres humanos y en su vida, y la violencia de los más fuertes sobre los más débiles, o simplemente comprendió a los afortunados que se hallaban en el bando correcto, respaldados por su victoria o junto a aquellos que se salvaron por los pelos. Llamar a las cosas por su nombre es simplemente reflexionar sobre la verdad y acercarse a ella con las palabras más justas que a uno le sea posible. Del ruido ensordecedor al silencio absoluto hay una distancia mucho menor de lo que parece. Quizá la observación atenta de una mirada como la de Aue nos permita establecer un diálogo nuevo sobre lo sucedido en vez de contemplar fotografías en blanco y negro con la cara pasmada de falso espanto, aguardando el olvido del tiempo.

Jonathan Littell

Jonathan Littell

CONTEXTOS-EPÍLOGO

Alrededor de Las benévolas podemos establecer redes de intenciones e ideas parecidas, y tengo la sensación de que se abre un periodo de reflexión distinto, construido desde la intuición literaria, algo más artístico, que no renuncia a la carga moral de los hechos, sino que los describe desde los ojos del que ha sido espectador cinematográfico o lector, o asiduo a los museos y a los documentales, y no de quien ha vivido esa realidad en sus carnes. Me satisface además que se empeñen en ahondar en asuntos de tal envergadura y no en historias banales sin interés. Negar que el olvido es uno de los dramas de la historia de la humanidad sería una actitud falsa y poco inteligente. Si encima pretendemos creer que por unos cuantos mausoleos y visitas guiadas, y algún puñado de testimonios de los derrotados, de las víctimas, o de los vencedores incluso, seremos capaces de recordar para siempre, pecaríamos de ingenuos. Es positivo que se siga alimentando el valor de los acontecimientos desmesurados de la humanidad por su repercusión, y que se haga con la perspectiva de lo novedoso siempre y cuando se mantenga la exactitud y a poder ser el valor artístico si nos referimos a la literatura o al cine.

De alguna forma, Las Benévolas, con sus imperfecciones y sus excesos, consiguió rehabilitar sucesos cuya trascendencia no deberíamos olvidar, y reinterpretarlos desde la óptica de una generación que fue ajena tanto a la barbarie como a sus efectos. Ejemplos parecidos se pueden ver en el reciente cine alemán, con dos películas de mucho éxito: El complejo de Baader-Meinhorf y La ola. Calificadas ambas de demasiado estilizadas o en exceso preocupadas por su factura artística o estética por encima de la reflexión histórica sobre el trasunto que examinan, puede ser una buena manera de mantener vivo esos conflictos y su memoria, aun cuando sus protagonistas de ficción, los realizadores que se encargan de ello, carezcan de la emocionalidad de los otros. Quizá lo que hay que pedir es que no se banalice el dolor, que sea lo único que no ensuciemos con nuestra imaginación, pero es evidente que las mejores leyes son aquellas que comprenden el problema, se acercan a él buscando desentrañar la mayor parte posible de verdad y justicia, y reunida esa información, se dictan desde la razón y no precisamente desde el sentimiento. Una cosa es tomar decisiones individuales y seguir pálpitos vitales, reabrir y cerrar espacios personales, dirigir los caminos de cada uno oscilando entre la continuidad y la discontinuidad de la vida, y otra muy distinta redactar leyes para todos o pertrechar obras de arte que aspiran desde lo íntimo alcanzar un lenguaje universal. Los franceses quizá consiguen dar una vuelta de tuerca más, como si a pesar de los pesares –y esta crisis económica vuelve a reafirmarlo- siguieran poseyendo una aptitud innata para reflexión y el arte, o una predisposición a necesitarlo, a financiarlo y apoyarlo, aunque no sea autóctono. François Emmanuelle escribió en el año 2000 una novela que Jonathan Littell tengo la sensación de que leyó, La Question Humaine. De momento no está traducida al español, pero la reciente –y excelente- adaptación cinematográfica dirigida por Nicolás Klotz y protagonizada por Mathieu Amalric, ojalá permita la llegada del texto. A parte del valor intrínseco que poseen tanto la novela como la película, lo extraordinario de ambas es que comparte esa capacidad asociativa tan francesa que consigue ejemplificar lo que parece imposible y traerlo hacia nuestras propias vidas presentes (uno de los intentos de Las benévolas, sin duda). No en vano, una materia esencial en los programas de estudios del país vecino es la dissertation, donde los alumnos, a partir de una frase o texto, elaboran un discurso en el que se valora la capacidad asociativa y la madurez expositiva del estudiante. A través de la terrible historia del funcionamiento de una multinacional alemana con filial en Francia, François Emannuelle, utilizando el vocabulario técnico de la compañía y de la psicología aplicada al trabajo, establece una hermosa y aguda comparación entre el mundo deshumanizado de la empresa y el nazismo, a través de la existencia de dos directores generales con un pasado oscuro examinados desde la mirada de un ejecutivo agresivo de Recursos Humanos a punto de estallar. Lo más destacado de la historia no es sólo su acercamiento a asuntos relacionados con la Segunda Guerra Mundial y la Solución Final, ni tampoco su crítica feroz al salvaje mundo de las grandes empresas, de la esencia de la economía que vivimos en general, sino la capacidad para mezclar ambos universos, para observar hasta qué punto hemos mantenido aquellas teorías de lo malvado, como Hitler, o su fantasma, se sostiene en ámbitos inusitados en nuestro mundo contemporáneo, teñido de una falsa civilización, de una ausencia de objetivos humanos y de un empeño por llevar a los hombres hacia un límite inaguantable, hacia una salvaje extinción individual en nombre de los dividendos que cobrarán los accionistas anónimos de cualquier organización empresarial inmensa que cotice en bolsa.

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Hay un afán en Las benévolas de establecer mecanismos literarios que hagan más efectivo y eterno el discurso, la amenaza latente de volver a convertirnos en bestias defendiendo un fanatismo cualquiera. Probablemente ese sea el valor literario más reseñable junto con otros mencionados, que me deja la novela. ¿Acaso no sigue habiendo hombres y mujeres capaces de inmolarse por una causa divina? ¿No hemos tenido un presidente en los Estados Unidos que se encomendaba a Dios en vez de a la razón para tomar su decisiones bajo el aplauso de la mitad de su país? ¿Hasta que punto las sectas, los movimientos espirituales que exterminan la personalidad no han sufrido un auge espectacular en los últimos años? ¿Cómo es posible todavía siquiera la existencia de corpúsculos de extrema derecha que se llamen nazis o fascistas, después de las consecuencias que provocaron semejantes ideologías? ¿Cuándo llegara en el fondo la verdadera democratización de la empresa, cuando será consciente de que todo debe servir al bien común, sin menospreciar por supuesto la validez de los méritos o la eficiencia, pero sí entendiendo que el mundo globalizado exige una cierta responsabilidad después de mirar a nuestra desgraciada historia?

Son tantas las preguntas y tan difíciles las respuestas, pero creo que en ellas se encuentra el sentido de Las benévolas; recordarnos de donde venimos, qué lugar perdimos y las razones de esa pérdida, y hacerlo bajo el prisma del personaje menos apto para evaluar y utilizar esa información, los ojos de un cínico, de un hombre cualquiera que se olvidó que vivía entre seres humanos y que su condición era la misma que aquellos a los pisaba y asesinaba tan sólo para sobrevivir en el infierno. Las preguntas de Littell son además, algo que añade valor a todo el asunto, desde la literatura.

Para referirme a esto he escogido un pequeño párrafo de Milan Kundera al respecto de la cultura europea, quizá porque todos hemos olvidado algo que era evidente y estaba claro en nosotros. Podemos preferir otras cosas, y seguramente vencerán los de siempre enarbolando la simplicidad y el populismo como arma, o incluso el silencio, algo igual de efectivo para borrar las cosas, pero eso no quita que se pueda seguir defendiendo lo que nos parece más justo. Es curioso como entre las críticas de lectores que escriben blogs o que pude leer en publicaciones de la red, alejándose por completo en general de la crítica literaria periodística o académica a pesar de sus defectos e intereses, lo más que se dijo del libro era que se trataba de un mamotreto, o que resultaba muy complicado adentrarse en sus páginas abarrotadas de las gradaciones militares y policiales del ejercito alemán. ¿Acaso la pereza intelectual ya nubla en exceso al mundo? ¿O los lectores y usuarios de internet deberían apagar de vez en cuando los ordenadores para poder volver a descubrir la pausa del papel? Sé que no es cuestión de formatos, y sí una cuestión de atención y de valor.

“La unificación de la historia del planeta, ese sueño humanista que Dios con maldad ha permitido que se llevara a cabo va acompañado de un vertiginoso proceso de reducción. Es cierto que las termitas carcomen la vida humana desde siempre: incluso el más acerado amor acaba por reducirse a un esqueleto de recuerdos endebles. Pero el carácter de la sociedad moderna refuerza monstruosamente esta maldición: la vida del hombre se reduce a su función social; la historia de un pueblo, a algunos acontecimientos que, a su vez, se ven reducidos a una interpretación tendenciosa; la vida social se reduce a la lucha política y esa a la confrontación de dos únicas grandes potencias[j2] . El hombre se encuentra en un auténtico torbellino de la reducción donde “el mundo de la vida del que hablaba Husserl se oscurece fatalmente y en el cual el ser cae en el olvido.

Por tanto, si la razón de ser de la novela es la de mantener “el mundo de la vida permanentemente iluminado y la de protegernos contra “el olvido del ser” ¿la existencia de la novela no es hoy más necesaria que nunca?

Si, eso me parece. Pero, desgraciadamente también afectan a la novela las termitas de la reducción que no sólo reducen el sentido del mundo sino también el sentido de las obras. La novela (como toda cultura) se encuentra cada vez más en manos de los medios de comunicación; estos, en tanto que agentes de la unificación de la historia planetaria, amplían y canalizan el proceso de reducción; distribuyen en el mundo entero las mismas simplificaciones y clichés que pueden ser aceptado por la mayoría, por todos, por la humanidad entera. Y poco importa que en sus diferentes órganos se manifiesten los distintos intereses políticos. Detrás de estas diferencias reina un espíritu común. Basta con hojear los periódicos políticos norteamericanos o europeos, tanto los de izquierda como los de derechas, del Time al Spiegel todos tienen la misma visión de la vida que se refleja en el mismo orden según el cual se compone el sumario, en las mismas secciones, la misma forma periodística, en el mismo vocabulario y el mismo estilo, en los mismos gustos artísticos y en la misma jerarquía de lo que consideran importante. Este espíritu común de los medios de comunicación, disimulado tras su diversidad política, es el espíritu de nuestro tiempo. Este espíritu me parece contrario al espíritu de la novela.

El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: “Las cosas son más complicadas de lo que tú te crees”. Esa es la verdad eterna de la novela que cada vez se deja oír menos en el barullo de las respuestas simples y rápidas que preceden a la pregunta y la excluyen. Para el espíritu de nuestro tiempo, tiene razón Ana o tiene razón Karenin, y parece molesta e inútil la vieja sabiduría de Cervantes que nos habla de la dificultad de saber y de la inasible verdad.

El espíritu de la novela es el espíritu de la continuidad; cada obra es la respuesta a las obras precedentes, cada obra contiene toda la experiencia anterior de la novela. Pero el espíritu de nuestro tiempo se ha fijado en la actualidad, que es tan expansiva, tan amplia que rechaza el pasado de nuestro horizonte y reduce el tiempo a un único segundo presente. Metida en este sistema la novela ya no es obra (algo destinado a perdurar, a unir el pasado y el porvenir), sino un hecho de actualidad como tantos otros, un gesto sin futuro.”[j3]

Milan Kundera

Milan Kundera


Jonathan Littell no es León Tolstoi, pero vive entre nosotros y tengo la absoluta seguridad de que leyó Guerra y Paz, algo que no puede afirmar la mayoría. Quizá el hecho de vivir en este tiempo influya demasiado a la hora de recuperar cierta grandeur literaria que nos produce nostalgia, aún sabiendo que la gran literatura nunca fue un asunto masivo. Las benévolas nos recuerda el aliento que alimentaba el espíritu de las novelas más sobresalientes de la desprestigiada herencia de Cervantes. Sólo por eso merece la pena leerla y hacer el esfuerzo de adentrarse en su complejidad, porque es algo placentero, porque de alguna forma, fue un proyecto ambicioso, medido e inusitado para nuestra época. Quiero recordar aquello que dijo Camus tiempo después de terminar la Guerra Civil española.

“Fue en España donde los hombres aprendieron que es posible tener razón y aún así sufrir la derrota. Que la fuerza puede vencer al espíritu y que hay momentos en que el coraje no tiene recompensa. Esto es sin duda lo que explica por qué tantos hombres del mundo consideran el drama español como su drama personal.”

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Este texto de Camus tiene que ver con las Benévolas de manera indirecta. Hasta en el título de la obra Jonathan Littell nos dio las claves del sentido de la novela, pero no lo revelaré aquí, para saberlo, hay que llegar a la página 979 y leer la última palabra: “rastro”.


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Louis Ferdinand Céline

Louis Ferdinand Céline

Copyright jimarino


[j1]Texto de la traducción de Maria Teresa Gallego Urrutía. Las Benévolas. R.B.A libros, 2007.

[j2]El artículo se escribió en 1984

[j3]El Arte de la novela. Milan Kundera. Editorial Tusquets. Fabula, año 2000. Traducción de Fernando de Valenzuela y María Victoria Villaverde

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la tarde del espantapájaros y la sirena imaginaria

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I

 

LA LUZ Y EL DESEO

Esa luz que llega.

 

Esa luz que no es de piel

y es piel.

 

Esa voz luminosa,

que no es sonido

pero es sonido.

 

Ese mar calmo

que no es calma.

 

Esa espera lenta

que no es lenta.

 

Te muerdo de repente,

al romper la piel

y el sonido y la luz.

 

Este mar no es calmo,

es eyaculación

de la sal,

de la saliva, y no es calma.

 

Esa luz que llega

y llena.

 

Esa llama

que llena

el sueño que se avecina.

 

Hundir la lengua

enhiesta

en tu sueño

que llega.

 

Sal, esta sal

que se esparce

y no es la sal

de tus escamas.

Sal hacia mí,

sale agua

en esa luz que no alumbra.

 

Esa luz que es piel,

que se abre de piel

hasta la furia

de la tormenta.

II

 

SOBREMESA TRAS LA LUZ

Esta tarde nos hicimos

cosas de lengua.

 

Las unimos en el mar:

 

-Tú mojada y yo húmedo,

nos hicimos el amor

sin tocarnos,

pero un amor de perros,

de perros y gatas estrábicas,

de lengua ocultas,

pero lenguas de agua.

 

Esta tarde nos hicimos el amor

en cada uno de los labios

que no rozamos.

 

Nos hicimos el amor bajo la mesa,

frente al rosado salmón

y la sobremesa blanca,

junto a la cristalera

y los demás testigos.

 

Nos miraban hacernos

el amor sin gemir

otra cosa que susurros.

 

Esta tarde te oí recitar

esperma en tu espalda

y en la suave gota de humedad

de fruta que mordí.

 

Palpé con el dedo el flujo

que surgió de la risa,

y mojaste con pan

la masturbación de las hadas.

Esta tarde hicimos

cosas de lengua

hasta unir tiempos

en una mesa.

 

Mi caos entre espuma

de tarde otoñal y tu

vino inusitado de espera

despertando la idea.

 

Esta tarde hicimos el amor

como perros enjaulados,

como bríos de escarcha,

pero no hubo voces

y pagamos con tarjeta.

 

Soñamos que todo sucedía.

Tú aliada del caos

perdiendo el orden

y yo hijo del orden

dibujando el caos.

 

Cada uno de mis orgasmos

te llegó al alma como un latido

ensordeciendo

la civilización de nuestra risa,

la fría daga que llevabas

a la espalda

mientras clavabas en mi pecho

tus respiros.

 

De haber gritado como

una diosa sobre mis piernas

me hubieras arrancado

el corazón en la misma sábana,

y el sol se hubiera

ido diciéndonos a gritos

que nos comiéramos

de una sola vez

el alma.

III

 

CONFESIONES TRAS LA CRISTALERA DE UN CAFÉ EN EL PARQUE

Extinción del amor

como una carta astral.

 

Tú la dibujas sobre el mundo.

 

Extinción del amor

hasta el chasquido

y la lágrima.

 

Extinción de lo que somos.

 

Ardemos contra el muro

de tristezas y suenan

las sonatas alegres.

 

Renacer de labios.

 

Renacer de estrellas y ecos.

 

Extinción del amor

mientras me abrocho

la cremallera y te subes

la ropa interior por el muslo.

 

Extinción del amor

que surge cuando todo quema.

 

Quema la tarde lluviosa.

 

Queman tus años de gata

en el horizonte roto

de la desexperiencia.

IV

 

IMPRESIONES DEL ESPANTAPÁJAROS EN UNA AUSENCIA DE MINUTOS HASTA QUE VUELVE LA SIRENA.

Me pareció al pisar mi casa

entre las velas de un regocijo

que terminaba de eyacular sobre

los hombros más hermosos

en un mar hinchado

que gozaba con reírse

del salvaje palpitando

hasta convertirlo

en un cordero trinchado

disfrazado de perro hambriento

lleno del deseo de lamer

tu sexo hasta

que el alba le dijera:

-extingue el ruido

y deja la mar calmada

en este atardecer

que no te pertenece

aunque creas ser de escamas

saladas y de labios

que no has besado-”.

V

 

ANOCHECE Y LA INTIMIDAD ESTÁ EN PENUMBRA

Me da miedo no ofrecer más que esta arena,

pero no puedo evitar

que la luz construya estas sombras.

 

Me alejo en la carretera

sufriendo el alboroto del invierno.

 

¿Qué ha sido este espejo?

¿Por qué estas imágenes se falsifican

veraces sin haber sucedido?

 

Sucedió que fuimos otro sexo

de hiel en las fauces del ocaso.

 

Anochecíamos como ovejas

de retiro pero vi esos dientes

que podían inocular

tu sangre en mis venas.

 

Lo raro es que sonreías mientras

quería devorarte la lengua.

 

Lo extraño es que hayas notado

mis brazos estrechar

tus senos que surgían del vaho.

 

Me da miedo no ser más que esta arena

que no podrás asir

bajo la nube que pesa en el adiós.

 

No me des consejos para no llegar

al centro de tu gozo,

no me des consejos para que

no insemine tu imagen de renacimiento.

 

VI

 

CONVERSACIÓN TARDÍA

 

Dije que la vida era azul

y pensaba cómo sería tu cuerpo

desnudo sobre las rosas.

 

Dije que la historia era gris

y pensaba en rizar tu vello

con la lengua.

 

Dije que el pasado era rojo

y pensaba en lamer la humedad

de tus lágrimas en el vientre

 

Dije que el tiempo era verde

y pensaba en morder tu labio

en el alba incendiada.

 

Dije que el hombre es negro

y pensaba hundir en tus muslo

el sol de mi esperma.

 

Dije que el amor era amarillo

y pensaba acariciarte hasta

que tus ojos fueran de arena.

 

Dije que la amistad es morada

y pensaba en levantar tu grupa

para penetrar tus huecos de agua.

 

Dije que el aire era rosa

y pensaba contemplarte

bajo el influjo de la luna herida.

 

Dije que la nada es blanca

y pesaba en gozarte completa

hasta ganar el precio de tu vientre.

 

Dije todos los colores del arco iris

y pensaba morder tu carne

y soñar el sabor de las sirenas.

VII

 

NACE LA MÚSICA DE LAS COSAS

La orquesta sonó para nosotros.

 

Fue tu risa las notas de una sonata

y ese vals de luz declinando

bajo la noche esparcida.

 

Hemos bailado pisándonos

los pies con la torpeza de

lo que nace entre bruma.

 

Aparecida la música aprietas los labios;

el próximo beso que te de

será en el centro del exterminio,

en ese punto donde la energía

del placer articula la odisea humana.

 

Ordenar el caos, música y palabras,

hasta que la oscuridad se apodera

del canto de las gaviotas,

sintiendo que tu olor de mares

es el clítoris de todas las islas perdidas.

VIII

 

VISIÓN INESPERADA DEL FUTURO

Te cogeré de las manos y volaremos

en esta espiral hasta estrellarnos contra el suelo

hechos triza, sanguinolentos y rotos

como muñecos de trapo,

justo en la esfera que dibujó tu dios

para vencernos tan hermosos.

Hay que salir a nado,

aunque sea echando los demonios del cuerpo

a vómitos, con el alma encendida de lluvia,

aunque deba arrancarte los pechos

con los dientes y tú extirparme

de cuajo el sexo que inseminó tus lunas.

Y así, en el suelo, exangües y cadáveres,

abriremos los ojos, los mismos ojos

prisioneros del mal fario del porvenir,

y toda la conciencia

será para vosotros, que nos olvidaréis

como si fuéramos gatos aplastados

en el asfalto, sin más identidad que esta piel

rota que tantas veces nos acariciamos.

IX

 

LUCES DE REALIDAD ANTE EL FOGONAZO Y EL ESPEJISMO

Lo peor es que no podamos jugar

porque ya jugamos demasiado,

que no podamos inventar

porque venimos de tantos reinventos,

y no podemos traspasar un límite

porque somos conscientes

de que no son los dieciochos años

en la esquina de los parques oscuros.

 

Lo peor es que no somos de piedra

y podemos convertirnos en destellos.

 

Lo peor es que tus labios

hacen olvidar el color de la tarde.

 

Lo peor es esta espera que no seduce

la totalidad de tus ojos húmedos,

que no seamos más que espejos

y sólo podamos acariciar cristal,

que tú seas demasiada mujer

para esos hombres de láminas agrietadas.

 

Lo peor es que no te convenceré

de amarnos porque conoces el resultado.

 

Lo peor es que los besos terminan

teniendo un sabor agrio,

que las noches de soledad

se vuelven añoranza acompañados.

 

Lo peor es que hacerte el amor

es cómo nadar en piscinas sin cloro,

que besarte las nalgas al despertar

es el reflejo de todo lo que vivimos.

 

Lo peor es que la culpa dibuja los mares

y nos entrega helados a las sirenas de Odiseo.

 

Lo peor es que no puedo vivir

sin lo peor de todo,

(que es creer lo imposible)

que ese aire que enfría la avenida

tiene el mismo brillo de los espejismos,

que no sea yo un hombre desnudo

sin más historia que el deseo

de las llamas que nacen en invierno.

X

 

DE TRADUCCIONES ITALIANAS

Todo el italiano que surge

de tu lengua se pone en mi

pecho para dibujar Venecia.

Tradúceme a mí, por favor,

traduce mi lengua herida

que aspira a lamerte la sangre

que dejaron en ti los cadáveres

de lo que nunca fue futuro.

XI

 

CONVERSACIÓN SOBRE EL ANDÉN

Me acomodé en el andén para esperar

el tiempo de la hadas,

el cielo protector Y la sirenas de Odiseo,

las gracias de la tarde y la expectación

de los ociosos de alma.

Leía versos sobre palomas y hombres

que escriben en velas y con venas

de tinta, sobre fantasmas de pantallas

blancas mirando el ocaso de las mareas.

Sé que llegan los trenes como

le sucedió al hermano de la sirena.

(¿Por qué esperar esos trenes

en la madrugada helada?)

Estoy en ese andén, en el cruce de caminos

experto en astrología.

Me acomodo sobre el banco

para observar el paso de los viajeros

en la estación de piedra.

Bajan las sirenas y desfilan

sus caderas de escamas.

No me importa la perfección

de su armadura de agua,

prefiero la invitación al deseo tranquilo

mientras leo que la vida se escapa.

XII

EL ESPANTAPÁJAROS, LA SIRENA Y EL AMOR

El espantapájaros y la sirena hablan

de amor.

 

La sirena dice que las mujeres son

madres y putas y naturaleza misma e inteligencia y el futuro.

 

Y el espantapájaros susurra que los hombres son violencia, silencio, inocencia ciega, muerte

y sangre derramada.

 

La sirena insiste

en que las mujeres madres y putas y naturaleza misma e inteligencia y el futuro

acarician con los dedos el horizonte

y suelen llorar la llegada de los hombres

sin rostro y sin alma,

aguardando una redención jamás hallada.

 

-Yo quiero que tú, o la llama que despiertes,

seas primero puta y madre, y luego naturaleza misma e inteligencia y el futuro,

aunque sea derramando

los brazos ávidos y avivando tus labios congelados.

 

El espantapájaros y la sirena hablan del amor

mientras la tarde rompe al sol

con sus grises de oquedades,

y al mirarse en el espejo

él la oye susurrar: soy puta y madre y naturaleza misma e inteligencia y soy el futuro.

 

-Tú futuro.

XIII

RETRATO EN EL PRÓXIMO SILENCIO

No eres permeable como el suelo calizo,

ni tienes en los labios las promesas.

No eres permeable porque alguien te fue

extirpando los huecos y la arena,

y fue quedando una tierra dura

que se disimula con el maquillaje.

No eres permeable a mí ni a nadie,

aunque yo querría penetrar

tus poros y resquicios y henchir

de semen aquello que sólo

es rumor, decepción o espanto.

XIV

 

EL ASOMBRO DEL ESPANTAPÁJAROS

A ti no te asusta la palabra futuro.

 

Tú no la ves terrible y obscena,

no temes a esas estrellas porque las construyes

con el aire y el aliento,

con esas manos que tocaron mi cara

ausente de pánico.

 

A ti no te importan las nubes

ni el cierzo congelado que brota

de la tristeza.

 

Te parece bien este eco

que a mí me ensordece,

y tú lo transformas

en una cálida luz que se me antoja

hermosa y transparente.

 

A ti no te asustan las balas

que suenan en mis oídos,

ni la palabra futuro grabada en el pecho,

ni el rumor de esta decrepitud

que asoma,

ni esas esperanzas ahogadas

en el frío hálito de la espera.

XV

 

RECONSTRUCCIÓN DE LA TARDE DEL ESPANTAPÁJAROS Y LA SIRENA IMAGINARIA.

La imaginación de la sirena acompaña

al sueño.

 

El espantapájaros se olvidó de algunas nubes y aguarda

el caer de la lluvia que limpie

el aire.

 

Será que ahora está en las imágenes

de lo que no fue y en el eco

de lo que sí se hizo.

 

Frente a frente, las manos temblaron

al reír los fantasmas del tiempo,

al dibujar las alas y esa celebración

salvaje del exterminio.

 

No terminará de arreglar

el ventilador si no rueda

para él, sino son tensión en los ojos

y humedad en la boca.

 

Esa cosa húmeda que siempre llevan

dentro de la boca se humedeció

de lo inasible y de la furia

de lo controlado.

 

Eyaculó el espantapájaros tres veces

con cada sombra de las horas;

la sirena gemía en el silencio

y en cada orgasmo

rejuvenecía sus escamas de plata.

 

Después de la mariposa queda un silencio

de larva que huele a primavera,

que renace de los ecos de sus resabios

y de aquello que no dijo.

Se marcharon con la miel en los labios,

goteando espasmos, saciados de tiempo.

Ella para diseñar los pasos del camino,

las huellas que pronunciaron sobre

las marcas de fuego.

 

Le propuso él enlazarse como carcasas

de artificio, y rodar y brillar,

aunque ella prefirió que fueran

carcasas que se cruzaran el cielo

sin caer juntas chamuscadas

de pólvora.

 

Se puede hacer del hilo

la totalidad de cada jersey,

ir destejiendo cada tela y su color

para buscar aquello que define

a la pieza entera.

 

Se desovilla el alma

a pedazos mientras recuerdan

como poseen los cuerpos los jóvenes,

como se ralentiza el deseo

en la edad de todas sus pieles.

 

La imaginación de una tarde con la sirena

apaga las luces de esta madrugada,

la hierba huele en él extraña,

al incienso de las iglesias,

al perfume que atisbó de lejos,

a esa ausencia que no pudo retener.

 

Esperó no haberse olvidado

de las laderas y los ríos justos,

no abusar del espíritu que empuja

la libertad de los poetas.

 

Seguir escuchando esa voz en los parajes,

pensar que tal vez mañana

la sirena alumbrará sus pantallas

y le pida volver a ver su alma.

 

Es posible que esa vez el ruido sea tan ensordecedor

que los expulsen de las salas de luz,

quemados de azufre y mirra,

incendiados por la saliva desparramada

de esa cosa que siempre llevan dentro

de la boca.

 

El cielo ha cambiado de repente,

el aire frío recupera su perfume,

la cadencia del quiebro, la santidad

religiosa de la vida.

¿Acaso no somos más que un exorcismo

de lo sagrado para continuar

construyendo un edifico de utopías

y versos de amores despiadados?

 

La imaginación de la sirena acompaña

ahora al sueño,

se adentra la noche con el rumor ciego

y esparce el espantapájaros sus sonidos,

vive al dormir esperando nacer

al despertar, nadando en un mar

de tristes rizos de luna y danza.

XVI

 

EL EROTISMO INSATISFECHO

Lo más sagrado fue violar

tu imagen, rozarla con los ojos

erizados, con el azul del mar

en tu boca roja.

 

Si me muerdes respiro,

si bebes mi sangre nace la vida.

 

Sagrado y profano sólo queda

la trasgresión del cuerpo.

 

Comulgar es comer la carne.

 

Sólo fuimos expiaciones

hechas de palabras.

 

Lo más sagrado es que violes

mi imagen, rozarla con tus ojos

de gata, con el rojo de tu pelo.

 

Si te muerdo respiras,

si bebo tu sangre nace la vida.

Este es el nacimiento del ritual;

mojados de lluvia fina,

abiertos como vísceras,

te doy un trozo de mí

para que seas un conjuro.

 

Construye el pasillo hacia el cielo,

estoy dispuesto a arrastrar los huesos

para beber tu esencia, romper

esta nada, este vacío de no devorar

el espejismo de las renuncias.

XVII

DESPERTARES

La brisa era marina y tú dormías

abierta en el reposo blanco,

bajo la luz de estás hileras de vida,

cubriendo tu sexo con los dedos.

 

Todos los ecos surgiendo del vello,

el pubis rasgado en el origen del mundo:

de ahí salió la vida,

de ahí se avecinan las catástrofes

del espantapájaros.

XVIII

CONCLUSIONES A LA MEDIANOCHE DEL ESPANTAPÁJAROS Y LA SIRENA IMAGINARIA

Y el espantapájaros, después,

le dijo a la sirena que sus dudas

siempre dibujaban un camino.

 

Que ser el origen del mundo

no era síntoma de saber algo más,

y era posible que el vaivén

de la existencia enseñase

más que la seguridad plana,

que la negación de lo inconcebible

y el contacto de la tierra.

 

(-Al fin y al cabo tu viaje horizontal

no ilumina más que el mío vertical.

Tus pausas no dicen más

que los quiebros de mis mapas.)

 

Construye la cartografía que quieras

que yo construiré la mía,

pero no consideres tus fotografías

más lúcidas que las otras.

 

Estamos hechos de aire,

quieras o no dibujar un edificio

al borde de la orilla.

 

De tu mar aprendo,

de mi tierra aprenderías.

 

Y el espantapájaros comprendió

que nada era posible desde la razón.

Los siglos de la sirena pesaban

como las losas de años en el camino.

Era como enfrentar la longevidad de Ezra Pound

con la intensa brevedad de Guillaume Apollinaire.

Danza frente a quietud,

luz de mediodía frente al atardecer.

 

Entonces le dijo:

-No juzgues los cuidados

ni el exceso, no silbes canciones antiguas

en mi oídos-.

 

(-Sé la madre del mundo

y no la mía, no estoy tan perdido a pesar

de los vientos en contra.

Respiro aire puro,

sueño con calabazas de noviembre

y guardo la magia en un pañuelo-.)

 

La sirena observó de lejos

el caminar alado del espantapájaros

y quiso redimirlo de la angustia.

 

El espantapájaros esbozó la sonrisa de las llamas

y pensó que cuando el fuego se alzara

de esos pechos todo será demasiado

decrépito para asistir a la incineración

del miedo, a las candilejas de la resurrección,

y estaban demasiado ciegos para alcanzar

la lámina del olvido en las grietas de los edificios.

 

(-No me cojas de la mano para llevarme

porque mis kilómetros ya saben el camino.

Si quise acompañarte no me recuerdes mi mapa,

no sigas las pistas de hielo ni los caminos

muertos, mira los tuyos desde las cenizas.

Si un día quieres aire igual puedo dártelo,

pero no me entregues tus pesquisas,

me son tan válidas como las tumbas

que guarecen los féretros.)

 

Seremos amor cuando tú seas olvido,

cuando yo ascienda por los cielos

y miré desde arriba los tejados.

No haber alcanzado mis sueños

no significa que no sepa

de qué están hechos.

 

(-Al fin y al cabo no fui yo quien

enviaba postales a los muertos,

no fui yo quien perdió los asientos

de los trenes ni imaginé que todo

era un premio, ni fui yo quien

aguardó tanto para romper la escarcha.)

 

El espantapájaros pensó que la sirena

no comprendía nada, que lo confundió

con otros perros y otros marineros

sin puerto, pero se dijo que alguna

otra sirena, o ella menos salada,

hallaría el libro escrito con sangre,

aquellos versos que la vida le revelara.

 

(-Entonces sabrás, sirena, de que está

hecho tu mar, a qué saben los beso de luna,

quien llorará más las noches en vela,

a que llamamos insomnio y ebriedad,

de dónde viene la vida,

de cómo mi maternidad es la furia

y crea la misma existencia que tú

alumbraste de las entrañas del cuerpo.)

 

-Tus paredes sólo son más suaves y finas.

Las mías arden de fuego ebrio,

de incombustible esperanza.

 


Copyright Jimarino2008


12
ene
08

william burroughs – richard evans schultes

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Francis Bacon y William Burroughs, Londres, 1989

Solía llamarlo de joven Sir William Burroughs, escritor norteamericano nacido en 1914, en Kansas. Fue hijo de familia pudiente – su abuelo inventó una máquina de calcular y fundó la compañía Burroughs Adding Machine, empresa que todavía existe-. Estudió en los mejores colegios de Estados Unidos. Fue un prometedor y brillante alumno de Harvard pero el destino le deparó una de las vidas más extrañas, intensas y extravagantes del siglo XX, hasta que, llegado a cierta edad digna, decidió parecer un viejo granjero respetable que residía en una cabaña de Lawrence (Kansas), después de haber recorrido medio mundo y escrito un buen puñado de novelas. Como escritor nos legó ese libro mágico y delirante que es El almuerzo desnudo, (The Naked Lunch), donde no sólo experimentaba con los resultados de su eterna adicción a las drogas, sino con el lenguaje y las estructuras de la novela. Su existencia fue a mi juicio más extraordinaria que su obra, aunque todavía se puede rastrear entre su literatura páginas memorables y hallar un ejemplo de honestidad y compromiso artístico. Se convirtió, sin quererlo, en un icono de la contracultura. Su relato Yonqui, publicado sin pretensiones en los años cincuenta, fue un testimonio lúcido y magnífico de la vida de aquellos adictos a la morfina que mendigaban recetas médicas de una parte a otra de Estados Unidos, y probablemente su única novela de corte tradicional. Burrouhgs fue un adicto con clase, consciente y responsable de sus actos, empeñado en experimentar con nuevas formas de consciencia en una época en que la droga no estaba en manos de las mafias; tenía además conocimientos médicos elevados, lo que le permitía diseccionar el contenido de la sustancias tóxicas que ingería y sus consecuencias. Sabía camuflarse, vestía con cierta elegancia anodina, adrede, según decía, para pasar desapercibido, para esconder su desprecio por la vida de los esclavos. Es curiosa la anécdota que encontré en el libro de Wade Davis, El Río, editado por Pre-Textos hace ahora tres años, tanto que al volver a releerlo me ha hecho pensar en Burroughs de otra manera. Wade Davis fue un botánico que recorrió de punta a cabo el Amazonas investigando sobre todo la planta de la cocaína, sus variedades y usos, sus propiedades terapeúticas, discípulo del más ilustre etnobiólogo del siglo pasado, el señor Richard Evans Schultes, ciéntífico norteamericano, cuyos hallazgos y trabajos están al nivel de los grandes biológos y botánicos de la historia. Schultes fue un personaje curioso, extraño y evasivo , aunque brillante casi siempre, un individuo que había escapado de las restricciones de su época impulsado por un espíritu pionero y curioso, para vivir de lleno la maravilla de una tierra exótica -el Amazonas- en un momento crucial de cambio. Conoció a los indios como pocas personas en este mundo, se adentró por lugares hasta entonces infranqueables para el hombre blanco y conoció de primera mano, sobre el terreno, la sabiduría de aquellas civilizaciones ancestrales, descubrió una inmensa variedad de plantas medicinales y alucinógenas hasta entonces desconocidas para Occidente con un sinfín de usos posteriores; fue inspirador de numerosas técnicas de recolección, reconocido mundialmente por sus trabajos, profesor excelso, miembro durante largos años de numerosos comités científicos del gobierno americano.

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William Burrouhs con David Bowie. Richard Evans Schultes en el amazonas

Mientras leía ese libro, un homenaje a Schultes y a su alumno más brillante, Timothy Plotman, me sentí transportado a esa época ya lejana en la que Schultes se adentraban en aquellas tierras salvajes del Amazonas a la búsquedad de plantas medicinales y los usos que las tribus indígenas hacían de ellas. El afán de gente como Shcultes fue sin duda científico, lo que sucedió después, las barbaridades cometidas por multinacionales y gobiernos occidentales, los saqueos y los asesinatos indiscriminados, no tuvo nada que ver con la aventura de aquel hombre. En la última época de su vida, Richard se dedicó con encono a promover leyes que salvaguardaran el Amazonas y las Selvas latinoamericanas, como si en el fondo adivinara que, tras él, llegaron los febriles buscadores de oro y de tesoros, los amos siniestros de este mundo, y sintiera asco y una cierta culpa por haberles abierto el camino. Toda la novela (quizá sería mejor hablar de documento histórico novelado) es un recorrido por las diferentes edades del río mítico y los sucesos acontecidos allí a lo largo de los últimos dos siglos. Davis se basó para escribirlo sobre todo en sus viajes y en las historias que conocia de Richard Schultes, relatos que Timothy le narraba a menudo; cuando se decidió a hacerlo, ya muerto Plotman, reunió unas treinta horas de entrevistas con el profesor Schultes, que guiaron irremediablemente el destino de la obra. En una de aquellas peligrosísimas expediciones, en las que el famoso etnobiólogo atravesó cientos de kilómetros para adentrarse en la selva, encontrando a su paso poblados perdidos, fronterizos, llenos de corrupción, miseria y decadencia, Schultes se topó con un americano enjuto, y en apariencia frágil, que recorría las mismas rutas que él, buscando, por razones obviamente distintas, los caminos del Yagué, una planta mítica del Amazonas, bejuco del alma, la planta alucinógena más célebre , que los indios utilizaban como intoxicante mágico, capaz de de liberar el alma, permitiendo encuentros místicos con antepasados y espíritus animales. Es evidente que William Burroughs albergaba una motivación muy diferente a la de Richard Schultes para experimentar con la Ayahuaca, otro de los sobrenombres del Yagué. Anhelaba alcanzar otros lugares de conciencia, mientras que el segundo recopilaba datos sobre las farmacología indígena, acerca del empleo que hacían los chamanes de las plantas y sus consideraciones míticas o religiosas, seducido por lo que había oído durante mucho tiempo acerca de las propiedades del Yagué. El encuentro entre ambos debió ser apasionante. Lo contó William Burroughs, cambiando el nombre del famoso científico, -cambio el Schultes por un Schindler alemanizado-, en su libro Las cartas del Yagué, una breve correspondencia reunida que esté le envió a Allen Ginsberg. En esas cartas, no sólo le detalló pormenores de sus viajes y le describió la decadencia de aquellos poblados que hallaba en su deambular por las rutas de la selva, sino que le describió al poeta -y probablemente amante- los efectos alucinantes de las plantas que ingería siguiendo los métodos de los chamanes. Durante algún tiempo se unió a la expedición de Schultes para evitar los problemas de robos, fraudes y ataques que había sufrido en su periplo en solitario. Burroughs sabía además de los enormes conocimientos del doctor en materia de etnofarmacia. Resultó que Schultes y Burroughs habían coincidido como alumnos en Harvard, aunque el etnobiológo era algo mayor que el otro. Imagino que en los momentos conscientes, intercambiaron la información que ambos tenían sobre las drogas naturales de los indios. Debieron lamentarse largo tiempo de la visión que tenían del mundo, tan distinta en apariencia, y al mismo tiempo tan cercana en su diagnóstico. Tuvieron que hablar largo y tendido sobre la decadencia que planeaba sobre el Amazonas y sus tribus perdidas, de cómo las tierras eran esquilmadas, enterradas por la violencia y la rapiña de un mundo que no entendían, en el que un tubo de metal que disparaba balas terminaba en un santiamén con sus experimentados guerreros, condenado a aquellos indios que perdían sus rincones paradisíacos a una vida sin alma, alejados de la selva, confundidos por el alcohol y la miseria. Ellos fueron los primeros en atisbar que la destrucción del paraiso parecía inevitable, llevaba latente un siglo, pero los avances de aquella época auguraban un negro destino para El Amazonas y sus gentes. Pensé en aquellas sesiones extensas que compartieron experimentando los efectos de las diferentes sustancias tóxicas con las que se colocaban juntos, las veladas en las que tomaron Yagué: horas después, o incluso días, hablaban de los efectos, de las sensaciones que habían vivido en sus viajes alucinados y de los rastros que dejaba en el cuerpo durante días la planta. Ambos reconocieron enseguida la inteligencia del otro, pero es curioso que tuvieran después existencias tan dispares. Schultes se convirtió en el fundador de la etnobotánica y la etnofarmacología, y durante muchos años fue el mayor experto en plantas alucinógenas de la tierra. Por su formación y sus conocimientos científicos tuvo una vida de éxito social y económico, trabajó durante años como consejero del gobierno norteamericano, se le concedieron premios académicos de renombre, y puestos de honor dignos de las grandes personalidades docentes de su época. Tras retirarse de su cátedra de Harvard en 1985, donde también era director del Museo de Botánica, Schultes, ya profesor emérito, recibió en 1992 el equivalente del Premio Nobel de Botánica, la Medalla de Oro de la Linnean Society de Londres. Fue editor de la Economic Botany Journal (1962-1980), publicó centenares de artículos científicos y escribió 10 libros, incluido Las plantas de los dioses, en colaboración con Albert Hofmann, químico suizo que sintetizó el LSD. Schultes presenció hasta el final de su vida la continua destrucción de selvas en muchas partes de la Amazonia. Sin embargo, su obra contribuyó a que el Gobierno de Colombia decidiera reservar unos 45 millones de acres para la escasa población indígena del país. De esta gran reserva, un sector de dos millones de acres lleva el nombre de Richard Schultes, como reconocimiento por su trabajo en la región. Fue una vida colmada de trabajo y reconocimientos. Por el contrario, ese hombre que Schultes admiró por su curiosidad intelectual y vital, decidió seguir negando su origen y se empeñó a conciencia en convertirse en un outsider, investigado por la CIA en algunos momentos de su vida, homosexual declarado, adicto a la morfina hasta practicamente su vejez, eterno perseguido por la policia y considerado persona non grata a causa de sus libros subversivos; lider temporal de aquella generación beat desaliñada y marginal (gente más joven que él), que lo tomaron como maestro, extraño amante de las armas que mató a su mujer de un disparo en la cabeza mientras trataba de imitar drogado a Guillermo Tell, y solamente al final de su vida mereció los homenajes que debieron llegarle antes, incluida la admiración de toda una generación que comprendió que Burroughs era una especie única de Chamán occidental, un hombre sabio que experimentó con los barreras de su propia mente y con los prejuicios del lenguaje y sus limitaciones tradicionales, un buscador incesante de emociones y estados de consciencia diferentes. Sus ideas siguen siendo cuanto menos curiosas, y en muchos casos muy acertadas, vigentes: según Burroughs, el ser humano estaba alienado por el lenguaje. Consideraba que el lenguaje (y las normas gramaticales y sintácticas que le caracterizan) era un organismo parásito, un virus, que había elegido nuestras mentes como hábitat. El lenguaje (y más aún la razón) aplastaba nuestra naturaleza real y creaba un universo para nosotros en el que existía el tiempo, la muerte y prácticamente todos nuestros males. De ahí que insistiera tanto en su afán de perder la consciencia. Los seres humanos, aseguraba, no saben que están infectados. Según su propia analogía, “la cárcel perfecta es aquella en la que no sabes que estás dentro de una cárcel”. Para Burroughs, el lenguaje era una cárcel perfecta porque parecía increíblemente amplia y espaciosa. Sin embargo, el lenguaje sólo permite llegar a donde sus propias combinaciones y secuencias consienten, dejando más allá el territorio real de la mente humana, que es el espacio y no el tiempo. Para Burroughs, la auténtica revolución no era de índole social, sino mental. Deshacerse del virus lenguaje era el primer paso. La guerra contra este virus establece una continuidad en gran parte de su obra, donde los protagonistas (humanos, extraterrestres, seres inorgánicos, demonios) están claramente de un bando o de otro y se enfrentan violentamente, sin reglas de ningún tipo. Todos los esfuerzos literarios de Burrouhgs se encaminaron hacia ese empeño, pretendiendo con su ruptura total frente a la literatura tradicional, liberarse él mismo -y por añadidura, a sus lectores más avispados- de esa tiranía. De semejante afán, que conllevaba irremediablemente al fracaso, logró rescatar aspectos tremendamente interesantes de las formas de manipulación y control que rigen la tierra, y en verdad nos dejó algunos pasajes memorables, en los que consiguió expresar imágenes y mundos de una originalidad y una fuerza únicas. De hecho, no fue hasta su madurez, con la trilogía Ciudades de la Noche Roja, El Lugar de los Caminos Muertos y Tierras del Occidente donde el autor consiguió el equilibrio entre accesibilidad, experimentación y revolución.
Tuvo tiempo de ver, antes de morir, la brillante y personal versión que David Cronenberg hizo de The Naked Lunch en 1991 y actuó en un papel secundario -de sí mismo- en la celebrada y mítica película de Gust Van Saint, Drusgtore Cowboy, con Matt Dillon y Kelly Lynch como protagonistas, en 1989.
Murió el 2 de agosto del año 1997, cuatro años antes que el profesor Schultes.

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William Burroughs y Susan Sontang

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Con Allen Ginsberg

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Con Jack Kerouac

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Con Patti Smith

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Obras de William Burroughs

  • Yonqui (1953), bajo el seudónimo de Bill Lee
  • El almuerzo desnudo (1959), escrita en Tánger, un lugar que apreció singularmente.
  • The Soft Machine (1961)
  • Nova Express (1963)
  • Los chicos salvajes (1971)
  • Exterminador (1973)
  • Ciudades de la noche roja (1981)
  • El lugar de los caminos muertos (1984)
  • Marica (1985)
  • Tierras del Occidente (1987)

Obras de Schultes

-El bejuco del alma. Los médicos tradicionales de la amazonía colombiana, sus plantas y sus rituales

El bejuco del alma. Los médicos tradicionales de la amazonía colombiana, sus plantas y sus rituales (Richard Evans Schultes, Robert F. Raffauf)
-Libro sobre chamanismo y etnobotánica, con 160 imágenes y textos descriptivos que las acompañan. Centrado en las plantas enteogénicas y medicinales empleadas por los pueblos del Amazonas, el estudio parte del material fotográfico recopilado por el padre de la etnobotánica contemporánea a lo largo de los años en los que convivió con las tribus de la amazonía.
-Plantas de los Dioses. Orígenes del uso de los alucinógenos. Plantas de los Dioses. Orígenes del uso de los alucinógenos (Albert Hofmann, Richard Evans Schultes)
Uno de los libros históricos sobre plantas enteogénicas. Escrito por el padre de la etnobotánica y por el descubridor de la LSD-25, este libro, con más de 400 imágenes en color y en b/n, es principalmente un repaso al uso de los alucinógenos en diversas culturas alrededor del globo terráqueo.

El libro que cuenta algunos de estos encuentros entre Schulte y Burroughs en el amazonas es El río, de Wade Davis, editado por la editorial Pre-Textos.

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fotograma de The Naked Lunch. David Cronenberg

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19
nov
07

el arte erótico japones del siglo XVII-XVIII

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Los grabados shunga son una clase de ilustraciones ukiyo-e (impresos grabados en madera) producidos en Japón durante los siglos XVII y XVIII. La palabra shunga significa imagen de primavera, eufemismo utilizado para referirse a las relaciones sexuales. El culmen de estas ilustraciones japonesas eróticas se encuentra en el periodo Edo (siglo XVII-XIX) y solían utilizarse como guía sexual para los hijos e hijas de las familias que podían pagar estos pergaminos. Los japoneses guardaban estas ilustraciones junto a los muebles nupciales de la pareja.

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El ukiyo-e, era una producción centrada en lo comercial, dedicada y dispuesta a satisfacer la demanda de materiales impresos, tanto literarios como visuales, de una amplia masa popular que consumía estas obras de manera muy similar a como hoy se consumen los libros y películas eróticas. Debido a aspectos de su estética fueron muy populares en Occidente a partir del siglo XIX. Son dibujos de una modernidad asombrosa, donde la mujer aparece no como un mero objeto erótico, sino que se muestran como amantes activas cuyo placer se halla al mismo nivel que el de los hombres y son complacidas. La diferencia con los grabados indios del Kamasutra es la obscenidad y la pasión que producen las imágenes, con una estética que nos resulta mucho más cercana a nuestro tiempo

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Las ilustraciones japonesas o ukiyo-e, mostraban escenas de la vida nupcial del Japón del siglo XVIII. Entre las que no se enseñaban al público y quedaban escondidas para ser vendidas en secreto por importantes cantidades de dinero, las había que recreaban infidelidades, vouyerismo, masturbación, orgías, mujeres acariciando falos, hombres acariciando clítoris y vaginas, e incluso actos homosexuales.

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De alguna manera, uno descubre que nada se ha inventado en nuestro tiempo, y que, en el fondo, las pasiones de esa humanidad lejana en el tiempo y en su cultura nos muestran una cercanía excitante, un rubor erótico que invita a la risa, al amor, a la sensualidad y al sexo como elevada forma intelectual de goce, de comunicación, de antídoto frente la muerte en estos cantos a la vida que tanto nos hablan de los refinados usos de un pueblo.

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Estas estampas de primavera, realizadas por el método xilográfico tuvieron gran repercusión en Occidente influenciando a algunos estilos como el Art Decó.

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