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05
may
12

Tres generaciones y una literatura-Mi hermano del alma

A Daniel Ariño

Mi hermano siempre tuvo un gusto exquisito para la estética del arte. Como espectador adivina siempre esas películas perdurables que a veces se cruzan en nuestra retina para ofrecer esperanza en un lenguaje tan poderoso y maltratado. Como lector perezoso que es, selecciona con una intuición asombrosa lo que lee -ahora me pide todo McCarthy de repente, todas sus novelas resguardadas en mis abarrotadas estanterías de libros-, lo desmenuza, lo digiere y lo convierte en acervo eterno y recurrente, en conversación interesante sostenida de guiños y lucidez. En música no exagero si afirmo que es uno de los especialistas mas avezados y exactos de este país, que siempre me alimenta de sonidos novedosos, me ofrece la renovación de mi variada discoteca, me otorga el pulso de lo nuevo y bueno para no perder el tren del futuro.

Mi hermano del alma hizo esta fotografía hace apenas un mes, en la boda de mi hermana. Tal vez fuera la contrapartida de aquel cuento que escribí en 1998, premiado varias veces pero aún así secreto, incomprendido. El relato quedó titulado con aquel Mi hermano del alma que tanto me unió a él. Es un cuento sobre la tristeza.

Él llamó a esta foto Tres generaciones, porque fue su mirada a esos tres nudos vitales que entrelazan a esta antigua familia sin abolengo, pero de alguna forma llena de milagros, y también porque somos importantes para él: nuestro padre, su hermano mayor, y el pequeño Mateo, su encantador y hermoso sobrino, mi hijo.

La fotografía, sin saber la razón, se la envié al día siguiente de recibirla a mi amiga Diana de Concordia. Ella expresó con una precisión extraordinaria lo que le sugería la imagen. De alguna forma me dio claves que, con el peso sentimental de la misma, había obviado. Pienso que es una buena fotografía, y aunque esa sensación pueda deberse al componente afectivo que me ata a su significado, me quedo con la belleza de su mirada. La guardaré toda la vida. Nos retrató en un momento hermoso; un viernes por la mañana de asueto, con la fatiga de la semana en mi rostro, la tensión ante un futuro oscuro; la alegría del pequeño por tener a su papá y a su abuelo en un día inusitado, y por no ir a la guardería; el lógico entusiasmo de mi viejo por el matrimonio civil de mi hermana pequeña, que está en la foto sin que aparezca, contemplando ese instante.

Hace ahora catorce años escribí un texto sobre mi hermano que comenzaba así.

He perdido la sonrisa de aquel niño rechoncho que solía caminar pegado a mí esbozando una sonrisa bonachona, el mismo que alardeaba de ser el futbolista del barrio que más aguantaba el balón.

Mis recuerdos de infancia están en su rostro, en sus ojos, similares a los de entonces. Lo estaban hace catorce años y ahora. Es imposible no tener deseo de acariciar esas mejillas en el presente barbudas y fieras, y recordar la piel suave del niño, sus miedos, la expresión de temor inconsolable. Estaban a nuestro lado los viejos amigos, aquellos que nos acompañaban entonces. Los nombres bailan en su íntima expresión de melancolía. Los rateros nos robaban las canicas y él sentía pánico ante ellos, se refugiaba bajo los faldones de la abuela Carmen, como Oskar, el protagonistas de El tambor de hojalata, que solía esconderse tras las faldas largas de su abuela y descubría aquel particular olor turbador e inolvidable.

Sus miedos fueron siempre una especie de Bestia de la selva, por eso hemos hablado tantas veces de aquel relato de Henry James, uno de los mejores de la historia de la literatura junto al Bartleby de Melville.

No sé porque situé a mi hermano en la encrucijada de una despedida en aquel instante del cuento, cosas de la ficción literaria.

Estoy atado a él de por vida, y no sólo por esta fotografía que vuelve a renovar ese lazo en sus ojos. No se puede ser consciente y parte implicada, pero él lo consigue con la distancia de sus egoísmos y sus exabruptos autodestructivos. Ambos los fuimos, autodestructivos, pero llenos de amor. Autodestructivos como perros mojados huyendo de la vida o abrazándola sin protección.

No sé exactamente cual es la diferencia entre él y yo, aunque sí percibo la suya con respecto a la mayor parte de la gente que trato.

Es un milagro. Él es un milagro lleno de existencia palpitante. Le cuesta levantar su enorme corpachón en la penosa medida de los tiempos analfabetos, pero ahí sigue, aguardando que acuda para escucharle. Tal vez perdió algo de aquel brillo, pero eso nos sucede a todos. El caso es que escribí aquel cuento, pensé en su risa, pero retuve mucho más su tristeza crónica, estética. La tristeza no fue enfermedad, sino genio, aunque eso lo supiera después. Una tristeza desconsolada y enorme, como si en sus ojos se hubiese detenido la del mundo.

A veces se le toma por alguien ensimismado y ausente, pero en realidad lleva en sus entrañas la irracionalidad de cuanto sucede a su alrededor, los desmanes del hermano mayor, los temores de su pequeña Carmen; la historia de mi padre y los antepasados, que generación tras generación construyeron un intento de dignidad; las lágrimas de mi madre y su miedo al poder, a la dictadura asesina y despiadada que tanto apaleó a mi abuelo hasta su muerte -murió asustado y rabioso el 23 de febrero de 1981-. Esos ojos de mi madre están en él. Los ojos a los que aterroriza el discurso menguante, regresivo, del presente, esos señores que azotan los derechos de otros y gimen mirando al cielo divino, auspiciados por el dinero y las iglesias contemporáneas.

Todo eso estaba en él cuando escribí ese cuento, y él tiene ese gesto de rabia que le hace apretar la mandíbula cuando oye los lamentos.

En esa fotografía, mi padre, como dijo Diana, esta en el suelo, tiene los pies en el suelo. Esa es una constancia que siempre alivió mis vuelos, aunque hace años que soy yo quien sostiene tal vez los últimos aspavientos alados de mi viejo, quien recoge la herencia de aquella vieja lucha.

Cuando a los dieciocho años me enamoré de esa mujer más alta que yo e insistí en marcharme a Madrid para ser poeta, mi padre siguió con las plantas de los pies pegados a las baldosas. Luego recogió sin rencor ni ensañamiento mis pobres cenizas. Él está en ese lugar de la solidez, de las suelas de los zapatos desgarradas de tanto caminar, jamás separadas de la superficie de la tierra.

Recuerdo el relato que me hizo de la muerte de Juan el largo, y el cuento que escribí con todo ello, Los testigos, y comprendo porque está ahí. Sabe más de la injusticia que yo, que empiezo a percibirla de verdad ahora. Puede que yo tenga palabras más hermosas, pero él supo, a través de esa vivencia confesada una tarde fría de abril en la sierra, junto a la chimenea del salón, gracias al suicidio de Juan el largo y a las razones de aquella muerte acontecida en 1958 en las calles apacibles del pueblo donde nació, donde suelo ir en cuanto puedo aunque sean sólo unos días, por la propia historia de mi abuelo, su padre, que ejerció algún tiempo como Juez de paz allí, en qué consistía la ceguera, la crueldad y la sumisión de las masas frente al poder. Ese suicidio marcó su vida, hizo aparecer el miedo a lo que es más fuerte y terrible que nosotros, hacia aquello que puede no sólo aplastarnos o matarnos, sino destruir el alma, nuestro entusiasmo. Al fin y al cabo Juan no fue más que un suspiro de dignidad y libertad exterminado, un ejercicio de voluntad suicida encaminado a aliviar el sufrimiento, ese sufrimiento que termina con la resistencia del hombre por insoportable, obsceno y demoledor.

El pequeño Mateo, así lo vio mi hermano, se eleva unos metros, pero no pierde el contacto con la arena de esa playa, ni con la línea del mar, ni con el abuelo, tal vez porque sabe que mi gesto de preocupación, esa expresión desolada en una altura limitada e inútil, pero altura a pesar de todo, no lleva a nadie a ninguna parte. Es como si viera en Mateo una síntesis de siglos acumulados, una especie de lugar intermedio donde no vive ni el romanticismo desesperado ni la preocupación entristecida e inmóvil.

Hay días, al sentarme frente a él, en los que el aire se hace irrespirable. Todas las ventanas y puertas del apartamento están cerradas, como si la vivienda, amplia y agradable, imitara su estado de ánimo decaído o él pretendiera que así fuera; apenas entra luz por la rendijas de las persianas, que llenan de puntitos cuadrados el suelo, la mesa y nuestras caras, y el humo de los cigarrillos queda retenido en la habitación y el pasillo como una tercera presencia que uno termina por sentir encima hasta la asfixia.

Un día mi hermano desapareció. Lo hizo durante mucho tiempo. Se perdió en alguno de sus lugares idílicos, se escondió entre las nubes y sombras que habíamos construido juntos. Lo hizo porque el hermano mayor ya no podía ayudarle, embadurnado hasta las cejas por el mundo. Se fue porque el padre que pisa el suelo ya no lograba protegerlo. Porque el abuelo represaliado murió el día 23 de febrero del año 1981 y no llegó construir nada sólido para nosotros, porque Juan el largo se suicidó ante la intolerancia y el desprecio de un pueblo, porque este país no podrá cambiar jamás.

Cuando volvió a aparecer, en su rostro habían surgido las arrugas, los dientes amarilleaban en exceso por el tabaco, en sus ojos siempre había alegría entre las lágrimas.

Su regreso fue como aquella memoria del ángel que escribí en forma de verso, un arrebato místico, una especie de luz que nunca ha dejado de brillar. Desde sus ideas más solidas y extraordinarias, hasta sus planes más extravagantes -ese hacerse camionero en Noruega, sus discos de slam en español y francés jamás concluidos, los viajes a lugares exóticos que siempre planea y una y otra vez pospone, sus innumerables amores virtuales, un mundo de mujeres solas, incomprendidas, cansadas de hombres ruidosos según su teoría, sus salidas nocturnas incendiando la ciudad de fantasmas perdidos, sus improperios a la banalidad y el engaño-, eso que define todo lo que él es, conforma aquello a lo que un hombre debe agarrarse cuando cae. A veces al mirarlo contemplo esa esencia que siempre me protege cuando el vuelo se alza en exceso, cuando olvido que mi situación en esa fotografía, en esas nubes improbables mirando hacia otro lado, no es más que un deseo de salir corriendo, la inminente posibilidad de desplomarme. Él confía en Mateo, y lo hace en el eco de esa sabiduría de origen impreciso, que comprende que el lugar no está en el aire intoxicado donde yo me sumí media vida, pero tampoco en el paso firme de mi padre asustado por el tiempo terrible que le tocó vivir, por la desconfianza ante el futuro que nos sobreviene con sus nubarrones imprecisos.

Estamos hechos de la misma materia. Todos.

Celebraremos hoy, tal vez mañana, que Bodas en casa de Hrabal, por fin, se ha vuelto a reeditar, como llevamos años pidiendo los dos a voces. Así me lo han confirmado algunos de los maravillosos lectores de este blog, como si fuera un triunfo colectivo, ante esa novela que mi hermano adoró a los cuatro vientos, de la que tanto hemos hablado. Por fin Hrabal. Un pequeño triunfo. La fiesta con mi hermano será una de esas melancólicas reuniones de vicios y memoria que siempre nos acompañaron y nos acompañarán, entre la risa divina que formará siempre el reto que él ponga a los absurdos del mundo y los hombres, a la barbarie y a la miseria que nos quieran echar por encima de la cabeza, y lo hará abriendo sus ojos verdes, mirando los míos y diciendo basta.

La valentía de mi hermano reside en todo lo que ama y en lo que le sirve para sostenerse. Es la valentía que halló en la esencia de esa literatura que relee constantemente y a la que es capaz de llamar sin rubor literatura de la verdad. El se ríe con Faulkner y Joyce. Con lo que no entienden de Faulkner los analfabetos funcionales mi hermano suele rezar en silencio. Faulkner y Onetti, cuenta. Onetti y Cormac MacCarthy. Dostoiesvki y las brumas de Tolstoi. Proust y la llama de la Duras entre los dedos, y la ilusoria supervivencia de Malcom Lowry, a quien quisimos parecernos hace mucho en nuestras citas alcohólicas ahogadas de palabras.

Tal vez toda mi literatura se la deba a mi hermano.

A ese momento en que aquella monja inhumana del colegio religioso al que íbamos lo paseó clase por clase después de mearse, con apenas cinco años, por todos los pasillos, hasta llegar al aula de su hermano. Y yo vi ese dolor, esa humillación, esa bestialidad disfrazada de piedad, y lloré de rabia. Porque era un niño de ocho años y no supe qué hacer, pero reconocí el verdadero rostro de la crueldad, del horror, del miedo y la venganza en los ojos de esa mujer; la humillación de mi hermano por aquella hija de Dios, por aquel efluvio de bondad religiosa que desde entonces siempre fue la imagen injusta y miserable de la Iglesia oficial todopoderosa ante mí, siempre al lado del poder a lo largo de la historia de este país. Y yo entonces, que no supe reaccionar ni pude gritar, me oriné también, y las risas de mis compañeros no fueron más que el dolor del individuo ante los rebaños domesticados, pero fue un dolor lleno de rabia, lleno de odio hacia lo que representaba esa mujer, a su autoridad en ese lugar.

 Fotografía cortesía de Gabriel García

Mi viejo amigo Gabriel, ahora en Paris trabajando tras la crisis que diezmó sus posibilidades aquí, me dijo no hace mucho que los enfrentamientos vienen de lejos, de siglos atrás. Los reconoció Blanco White en el exilio. Goytisolo y Santos Juliá. Un encono que acude desde todos las pasajes de nuestra historia. Desde el franquismo que fue no sólo una dictadura sino una representación radical, no erradicada del todo, de la filosofía de una parte de España que nunca ha dejado de tener el poder ni de reivindicarlo como un derecho y no como una responsabilidad. De aquellos muertos que no han sido enterrados. De todo lo que jamás se ha cumplido ni cerrado en nuestro devenir. Él sabe mucho de esa cosas. Me hace pensar. Como Severine, que estudió nuestro triste destino como país durante siglos hasta sentir un escalofrío. Como esos franceses lúcidos que frecuento en mis viajes y que siempre se asombraron de lo que aquí sucede o sucedió, sea bueno o malo. Veo a Gabriel frente a sus libros, en esas conversaciones que tiene de noche, cuando la ciudad duerme y él se queda a solas en un país extranjero para ganarse la vida en vez de disfrutar de nosotros, de Valencia, de su amante, de su existencia perdida de momento, conversaciones con esos autores que lo miran de reojo y lo acompañan para decirle de donde viene y porqué está en ese agradable apartamento de Paris, tan lejos de su casa.

En esa fotografía se pierde mi mirada y no encuentra ninguna dirección sólida. La de mi pequeño es segura sobre la barra metálica. Mi padre nos vigila a ambos, aguardando sujetarnos con su vejez a cuestas, con sus piernas doloridas y sus ojos azules tan tristes. No hemos olvidado nada o eso espero. Los siglos de la familia flotan en ese cielo, en esas líneas rectas que conforman el cielo, el mar y la arena de la playa. Mateo tal vez busque un navegar más plácido que mis vuelos con caída. Estoy a punto de caerme ante tantos nombre muertos, tantas palabras sin sentido, tantas vidas desaparecidas entre mis dedos, tanta incertidumbre ante el futuro.

Una vez mi hermano nos salvo la vida. Hace muchos años de eso. Esa escena la escribí en Mi hermano de alma. Un momento clave en el que descubrí su enorme fortaleza, no sólo física, sino espiritual. Fue capaz de abandonar el papel del hermano pequeño agazapado en el camal del mayor y se transformó en una especie de ángel vengador, que con una fiereza desconocida, mítica y salvaje, nos salvó a todos, a mí y mis amigos, a esos inocentes que, al contrario que él, no comprendimos hasta que punto al mal hay que combatirlo porque existe. Lo hizo para luego deshacerse, languidecer, desplomarse como un pesado fardo en el suelo días después. Pero en su grandeza de aquella noche aciaga en la que nos defendió de la agresividad y lo imprevisto, encontré siempre una resistencia, una fuerza.

Sé que está, siempre está. En el mismo lugar, con la misma risa.

Se ríe de aquellos hombres que creen avanzar veloces por encima de todo, surcar triunfadores y ufanos el mundo. Lo hace de mí y mis pretensiones huidizas. De las conversaciones ridículas que atrapa al vuelo por doquier, en los cafés y en los bares nocturnos, en los mercados y en los centros comerciales, entre amas de casa insatisfechas y ejecutivos de medio pelo, en las cafeterías elegantes del centro de la ciudad donde se confabulan los grandes negocios o en los bares de barrio obrero, entre los inmigrantes o en las charlas de los paraninfos universitarios. Se ríe de él, de su gravedad y su debilidad, de sus exabruptos románticos, de sus dolorosas profundidades. Se ríe de los ministros y los dirigentes europeos expulsando como marionetas eufemismos que en verdad anuncian el fin de los estados de bienestar. De mis pesares anímicos y mis quebraderos de cabeza. Lo hace con un risa humana, serena, llena de amor. No concibe sino es riendo la ambición sin sentido ni la materia convertida en fin. No es la risa cruel de aquellos que celebran el deterioro y el exterminio, eso no lo puede permitir. Es un ángel humano, grueso y violento, que planea incesante en mi subconsciente para recordarme donde estuve, de dónde vengo, qué lugares fueron importantes, dónde está lo esencial. Es como cuando lee los cuentos completos de Virginia Woolf y es capaz de entresacar la modernidad de su técnica literaria, la profundidad de sus descripciones psicológicas, sus aciertos como narradora, y lo enfrenta sin titubeos, mediante la burla, ante cualquiera de esas malas novelas que todos conocemos. No hay manera de superarle en esa farsa, en ese juego en el que la risa asciende hasta el espíritu y lo llena de inteligencia. Se ríe entre las palabras de Ezra Pound de los libros de autoayuda, baratos prospectos de la banalidad contemporánea. En el gesto rabioso de esos perdedores que nunca lo fueron y a los que siempre defendió.

En una ocasión amamos a la misma mujer, hace mucho tiempo, y yo se la arrebaté por capricho. Durante años no tuvo rencor, pero me ha echado en cara ese gesto más de una vez. El frívolo ángel negro surcaba los mares de su éxito insignificante creyéndolo inmenso e inagotable, pobre iluso, engrandecido, gigante ante ese firmamento de estrellas que pensé duradero e interminable, quitándole el amor para disfrutar de mi ligereza inconsistente entonces. Su gravedad se encontró siempre con cierta tendencia mía a la profusión y a la levedad. Lo curioso es que a simple vista siempre pareció que yo vivía y él contemplaba. Pero no me odió. Ni siquiera en los peores momentos. Siguió amándome incluso cuando lo abandoné, cuando no fui consciente de su dolor.

Luego me callé. Desparecí. Al inicio -y él lo sabe- de toda su demolición humana, toda su grandeza destruida y posteriormente reconstruida a duras penas. Sabe que mi alma, como si fuéramos siameses, es la suya, y viceversa. Mi hijo es su hijo. Mi padre lo es de ambos. Los lugares que yo le relaté, los paraísos y los infiernos que pude contarle, son suyos, como le pertenece la memoria de todas esas mujeres amadas que construyeron mi alegría y que él sólo vio de lejos en su prolongada enfermedad de tristeza, hoy en día libre de nuevo de todas esas tormentas, recuperado y lúcido como un Cristo hablando de amor en los templos de los mercaderes.

Me río de las burlas que puedan hacerle los guerreros de la actividad. Él se ríe con la suavidad de la brisa del mar que acompaña a la fotografía. Sus ojos retratan la absurda comparsa de movimientos incesantes, de estupidez, entre las brumas de la confusión. Hace tiempo que espero algo heroico de él sin comprender que lo que debería hacer es reconocerlo en su grandeza quieta, en su inmóvil contemplación de la existencia.

Su mayor recompensa tal vez ha sido su victoria sobre mí, y no porque esa alegría acuda a través de mi derrota, sino como un premio al presagiar hace mucho la derrota de mi mundo a su pesar. Él tenía razón, incluso ante aquellos que se mofaron de su postración insostenible, de su inmenso corazón.

Un buen día aquella mujer a la que los dos amamos, pero que yo le arrebaté sin piedad, una mujer que yo perdí después, a la que siempre quise volver a ver para decirle cara a cara que lo sentía, que me conoció en una época insensata y que ella valía mucho más de lo que pensé, para decirle que entonces yo no era más que una veleta hinchada de vanidad y viento estéril, volvió a aparecer. No hace mucho de esto, tal vez unos meses antes de que la fotografía en la que fijó a esas tres generaciones que le importan surgiera de sus ojos. Ella le dijo que entonces, hace ya tantos años, se equivocó. No debió haberme elegido a mi sino a él. Tenía razón.

Enciende una lamparilla, con cuidado, como si el interruptor fuera tan delicado que pudiera romperse en caso de apretarlo con fuerza. Obstinado, insiste en esa parsimonia que denota torpeza; abre un cajón, se mueve lento, muy pesado, mientras voy despidiéndome de él, en silencio, contemplando sus gestos, sus movimientos, por última vez, o al menos así lo creo. No volveré, quiero decirle, pero las palabras no salen de mi boca, se ahogan en mi garganta y me limito a observarle con atención. Es como si intuyera que el viaje siguiente va a ser a ninguna parte y que él aceptará la soledad sin más explicaciones, porque en toda su enorme fragilidad existe una dureza rocosa, propia del enfermo mental, una voluntad de hierro que sólo concluirá con la desesperación, algo que ahora veo lejano y que, por el contrario, se me antoja un problema más mío, o de Miguel y Carmen, que suyo. Deja sobre la mesa un grueso álbum de fotografías.

-Ya lo he visto otras veces.- Le digo cortante. Pero él insiste: -Vamos tete, que he organizado las fotos de otra forma-.

Sé que ese es su último intento, y que debió hacer algo parecido con mi padre cuando le dijo que se marchaba. Imagino la escena; Miguel y él en la cocina, mientras oigo como me pide que acerque la silla para poder ver juntos las fotografías, cientos, casi miles, suyas, de toda la familia junta, de sus viejos amigos, en diferentes lugares y momentos de la vida.

-Fíjate en ésta, que cara tenías. Y aquí, mira, que pelos llevaba yo. Mira la mamá, qué guapa, qué joven ¿no crees?

-Muy guapa, Tangofino, muy guapa. Igual que tú.

No se puede tener todo, y yo tuve una familia que se me fue escapando como el agua que fluye por los ríos, resbalando entre los límites del cauce por una ley inexorable. Se le caen las lágrimas y me contagia ese estado de postración a pesar de la entereza con la que yo había planeado esta última visita. Algo me desgarra las entrañas; Miguelón tan joven, al lado de mi madre, que parece llenar de luz la foto y augura la tiniebla de su desaparición.

Toda la dureza de Tangofino va perdiendo fuerza en esa cocina que ilumina con suavidad una lámpara de bombilla blanca, y sólo queda un espeso silencio conforme pasa las páginas, páginas que ha dividido por capítulos y que encabeza con un titulo escrito con rotulador negro, acompañado de unas fechas.

                             LA FELICIDAD DE LAS MARIPOSAS (1984-1987).

-Buenos tiempos ¿Te acuerdas del viaje a la playa? ¿Del restaurante junto al mar donde comíamos sardinas fritas y habas con jamón? Mira Carmen, qué pequeñita, lo mayor que se ha hecho…

Hace mucho que no le oía decirme hermano de ese modo, con ese cariño, y mientras lo dice me pasa la mano por el hombro; no pronuncia esas palabras pero las oigo; no te vayas hermano, no te vayas, no me dejes tú también. Y entonces me señala un capítulo, me avisa antes de pasar la página.

-Ahora viene el mejor de todos, mira, mira como se llama…

                              MI HERMANO DEL ALMA

                                           (1986-1990)

                           * * * * * * * * * * * * * * *

Y sigue vivo. Sigue vivo para esperarme.

Dentro de unos días viajaré hasta donde está, allá perdido en sus lugares elevados y sus actos sociales, para filmar un cortometraje sobre él. Será Mi hermano de alma diez años después de escribir ese relato. Dijo que sí. Mi hermano insiste en que sí mientras sus fotografías siguen inundando de alegría el espacio de mi existencia. Mateo cuenta a todo el mundo que Tito, mi hermano del alma, es el más fuerte. Mi padre sigue buscándolo entre las sombras de su cuarto lleno de humo y música para hallar consuelo. Mamá mira de reojo todas las escenas que hemos vivido juntos y celebra su presencia.

La historia de una familia que le debo a los ojos de Diana y de mi hermano. Tres generaciones, una literatura y un hombre colgado del aire.

El ojo de mi hermano es lo que me retiene. Su voz es el eco de lo que no puede derrotarse.

Una vez me dijo que la escritura debía ser el lugar de la valentía, y él estuvo muchos años sin escribir. Ahora llena cuadernos de palabras sagradas y yo, tal vez, deje de hacerlo.

Cosas de los ángeles.

De los ángeles y de la literatura.


28
ene
10

fin de año

Irvin Penn

FIN DE AÑO


Fin de año una vez más;

sonarán las campanadas de risa amarga,

el desterrado tiempo que celebra su adiós fingido, la uva en docenas

iluminada por el esplendor de las horas ganadas

a la oscuridad, anhelos de un mañana mejor o la posibilidad

adivinada entre el fragor del quizás y la esperanza,

tanta alegría efímera…

…y es posible  que entre el júbilo y el humeante barrunto

se atisben unos ojos familiares,

fugaz lámina en el cielo oscurecido,

una voz que acaricia la memoria y eriza

el vello del olvido…

…también la mirada de esos hombres cayendo

como mantos de celo sobre tu recuerdo,

sus sueños perdidos en la ebriedad de este trópico helado;

tú disfrazada y torpe, hermosa de signos fríos,

traje negro, quien sabe si desnuda la espalda

o rotunda la figura enlazada de tela; te veo

bajo esas providencias, acaso en la ebriedad de los timbales

y las danzas, en la risa que se deshace ante mis ojos;

y acude el champán entre las burbujas del duelo,

tu vida quieta, impávida en este dos mil diez de niebla.

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Estarás espléndida en ese desfile, figura de ébano,

suave desdén por lo ya poseído,

diosa libre, extraña en un paisaje de cadenas fosforescentes,

y te mirarán, seguro que te observarán en el despliegue

de venus, en el paso acalorado

por la bruma y el consuelo,

en la suave cadencia del amanecer soñado.

Anhelarán tu libertad extrema, tu espejo idealizado en la noche

más larga del año.


Quizás te hayan amado frente al fulgor de una chimenea, a pausas,

invierno en esos lugares que no me pertenecen,

donde existe el invierno, no como en estas tierras

de luz cálida donde sopla apenas el aire tibio;

una brisa extraña, cadencia de espejos y reflejos azulados,

de música en sordina hecha para tu estrella.

———————————————————————-

Te habrán amado y duele.

.

Saberte amada en ese instante me duele

quizá más que tu olvido.

Tu felicidad me reconforta en los finales,

provoca que la vida sea justa;

pero ese amor, ese amor cadencioso,

obsceno y secreto,

ese amor al que te arrogas sublime en nocheviejas de nieve,

ese hibernar fugazmente en tu lecho entibiado

por un cuerpo que no fui yo, que no seré yo,

eso duele:


por la tangencia sagrada,

por la imposible consciencia de la ubicuidad,

no poder ser y estar en todos tus tiempos

mientras se transforma incendiada el alma,

a la vez, o en tres lugares como una trinidad bíblica…

…no aspirar a ese efluvio de tu cuerpo ebrio y desnudo,

a esa perfección de tus caderas dispuestas al goce,

a la rara altivez de tu placer inasible.

————————————————————————

Esta noche echaré de menos tu sombra,

cuando a solas sobrevuele

el aire o azote la invisible presencia de todas estas ausencias.

.

Aunque nunca vivimos nocheviejas

como las que imaginamos.

.

Nada de eso fue.

.

Sucedió a lo sumo un gesto, un espejismo,

un pequeño y alado sueño esparcido

en nuestras eternas tardes de primavera antiguas.

Nunca estuve, nunca estaré…

… me duele que te entreguen el amor con velas derramadas,

con el hielo tintineando y la alegría de la voracidad

encendiendo las luces del deseo,

me duele como el mundo desbocado que yerra o como

el trote incontrolable de esos caballos

atormentados huyendo por las laderas de fuego;

como el humo que aspiran los pájaros que ya no vuelan…

.

Duele porque yo no puedo hacerlo.

.

Pena que te deseen, que te devoren los faunos velludos

en la soledad de los hoteles alumbrados de guirnaldas,

que digan te quiero toda una vida  y luego te posean en el silencio del éxtasis

sin mas recompensa que el ligero goce, que la caricia

de una brisa enfurecida soplando unas velas rotas:

amaneceres que ya nunca serán míos y jamás comprenderé.

—————————————————————————-

Fin de año, una vez más,

y habrás paseado por tu propia historia en los cálidos

atardeceres de verano, en los arrebatos de cielo y Circe,

y ese esplendor de lo fugaz y lo eterno conviniendo,

la memoria de piedra grabada en la hoguera de la noche,

seguro el alcohol bendito entre tus dedos, la risa

y un beso de agua en tus ojos como un presagio,

ebria de lisonjas y ávidas caricias.

.

O quizá ese hombre que te ama te cogió de la mano,

tan tierno, tan verdadero, y lo celebro en su ternura:

pero no al otro, al que posee tu desnudez y el delirio,

el que sólo será la bestia que engulla,

el que aproveche la sensualidad que gocé mil veces

y el fragor de aquellas nubes que nos elevaban

entre el sudor y la saliva, evaporación térmica

en su ciclo nebuloso, atmósfera henchida de lluvia,

tierno diluvio del placer alcanzado

en la menstruación de las alucinaciones húmedas

y la eyaculación de las sinfonías interpretadas

con la ferocidad del deseo.

—————————————————————

Lo único que sé, es que pensarás en mi aunque ya no me ames.

.

Así será.

.

Que para ser la estrella que refulge cuando el deseo

te acoja, cuando te derrames como una ninfa

anhelando su pliegue, cuando no tengas nombre

ni palabras, o seas ese gruñido que recogí

tantas veces en madrugadas de insomnio,

tendrás la imagen del amor y la piel,

la electricidad de tu risa entre las sombras

sobre mi risa que besa tu corazón de espinas,

tu rosa perdida entre los estruendos

de la carne sangrante que corté con los dientes,

que nos dejamos olvidada como esteras en el pasillo,

como hojas rotas en un jardín de otoño sin brío

que cesó su cultivo al llegar el alba helada.

.

Pensarás en mí si te aman de ese modo.

.

Si te aman sin respiración, con el ladrido enfurecido,

si alguien pretende alcanzar tu interior

con la llama dispuesta para besar tu rabia.

Así será esta noche si te aman con la determinación de lo que concluye

a pesar de nacer de la chispa de la creación,

lienzo blanco, hoja vacía en el silencio,

la sensación de que nada seguirá mañana

y será eterno en la aspereza diaria.

————————————————————–

Así nos amamos: jamás un fin de año.

.

Pero quizá sabíamos eso para amarnos para siempre,

todos los fin de año en que nos amen hasta el alba,

cenicientas sin zapato arrastradas por la luz,

perros encendidos bajo la tormenta, protegidos

por el calor del cuerpo y el relato de la Odisea,

mojados como labios jamás besados que anhelan la fugacidad

de ser adorados sin razón; sagrados, sagrados ecos,

ciego te contemplo ahora…

———————————————————–

Que no te amen como el cielo derrumbándose,

como la arena huyendo de los dedos o las mareas

alcanzando la retirada,

en la aurora de las veredas ardientes del hechizo,

que no sea en aquel vaivén nocturno y secreto,

en nuestra fatiga y el insomnio de tantas madrugadas entumecidas,

ni en ese delirio perturbado de sentidos.

.

Que no sean como nosotros, que no te alcancen como esos rayos

desprendidos del firmamento, caídos de tiempo y tristeza,

que no sean imposibles quimeras, huellas,

huella de fin de año entre las sombras,

huella de ti rodeada de todas las despedidas,

del anhelo indecente de no haber sido a tu lado otra cosa

posible que deseo, deseo, traza del cuerpo en la sábana,

transpiración esparcida de dicha en la penumbra de los crepúsculos

que nos sirvieron de guarida herida, para no decir

a gritos que nunca tendremos un mañana….

————————————————————-


Copyright Jimarino

25
dic
09

James Joyce-Marilyn Monroe

Las cosas hermosas terminan por atraerse. El gusto de la belleza es exigente y esquivo, en nada se parece a lo uniforme, a lo establecido al por mayor. Anhela sus rincones de digresión, sus espacios de dignidad propios. La masa no consume belleza sino repetición, es la eterna maldición de las marcas de la moda o de los artistas consagrados a la publicidad, las radio formulas o a la industria de cualquier índole. A veces, algo popular desborda por completo su ámbito y adquiere esa extraña hermosura que lo sitúa en el espacio de lo eterno por razones misteriosa. Marilyn Monroe fue un imagen popular, en efecto, pero dotada de los matices necesarios, de una individualidad compleja y una rebeldía poco común. Trágica muerte para alguien tan evocador y frágil, tan auténtico y original a pesar de todo.

Hay en esta fotografía algo que me hace pensar sin remedio en Arthur Miller, es como si algo de él estuviera allí, componiendo el plano, habitando los lugares obviados por la imagen. Aunque Marilyn, eternamente, será un icono mucho más complejo que su mera reproducción superficial, esta fotografía nos la devuelve a un lugar diferente, el que ahora sabemos oscuro y profundo, amargo a menudo, terrible y trágico en la impresión de su belleza.

Cuando vi recientemente las imágenes en las que fumaba marihuana con un grupo de amigas supe por qué estuvo casada con Arthur Miller,  no por el hecho en sí de fumar hierba, sino por algo en su rostro que mas allá de su irresistible belleza,apuntaba a la presencia de la inteligencia y la sensibilidad. No siempre mata la inteligencia, tampoco la sensibilidad. Pero en su caso tal vez sí. La muñeca divina que paseaba su encantadora sonrisa por el mundo tal vez no pudo soportar ser una marioneta en manos del poder de Hollywood, una figura de cera que productores, estudios, revistas, todo el poder fáctico del universo del espectáculo, utilizaban a su antojo. Es posible que esa soledad sea incomprensible para mi o para la mayoría de nosotros. Seguro que encontraremos algunos que aplaudan mi ocurrencia con un tono irónico. Millones de dólares cobrados y uno está triste. Curiosas paradojas, convertirse en lo que se desea para ser infeliz. Quizá buscaba, anhelaba desesperadamente, la inteligencia de un hombre como Miller o como Kennedy, rastreaba una respuesta que en su ruidoso y pequeño mundo real en el fondo nunca pudo resolver. Comprendí que su eterna sonrisa, esa melena rubia tan clara y luminosa, esos labios gruesos, carnosos, dibujados con una perfección geométrica, o ese cuerpo rotundo que desbordaba la pantalla a cada paso, con cada centímetro de piel que mostraba al público, en cada curva, escondían mucho más de lo que los sueños cinematográficos quisieron ofrecer de ella. Tal vez hubiera sido más feliz en una granja del medio oeste, criando niños y malvas, haciendo el amor los sábados por la noche con su marido, leyendo el Riddest Digger, vistiéndose de gala para ir al baile en una sala de fiestas ajada que olía a boñiga de vaca y a heno podrido. El magnífico dramaturgo primero, después el flamante presidente de los Estados Unidos de América, debieron quedar fascinados por su belleza, pero también por algo más que la diferenciaba de la Mansfield, tan exuberante y estúpida. Puede que fuera esa sensualidad aniñada y desvalida, pero seguramente a su vez por ese lado inquietante, por esos ojos intensos que guardaban un abismo, un volcán, la pasión de una vida convertida en un escaparate que protegía la verdad de su alma, el camino improbable de una solución posible.

Tengo la sensación, y ahora más, conforme más cosas sabemos de ella, que esos deslices, esa fragilidad extraña, su aguda sensibilidad, la elevaron por encima de su mito pop, y ser conscientes de ello nos diferencia de sus seguidores mitómanos, de los coleccionistas de reproducciones, exagerados adalides de aquello que menos nos importa. La hemos visto desnuda junto a una piscina, envuelta en telas sedosas, también llorando o cantando el Happy Birthay Mister President. Pero aquí descubro que, aunque puedo coleccionar tazas con la reprografía pastosa del farsante de Warhol, ella alcanza un grado de atractivo que supera cualquier expectativa que barajase antes, que para colmo no  logro reprimir, surgido en la placidez de un atardecer; sus pies desnudos, el bañador a rayas de colores, su gesto concentrado, intensa la mano sobre su piel, los brazos bronceados por la exposición del día al sol, y ese silencio  a su alrededor, esa comunicación profunda y secreta que nace entre el libro y el lector, entre las páginas que pasa y sus ojos, en el hecho ensimismado de la atenta lectura.

Si alguna vez quise desearla, besar sus labios y estrechar su espléndida figura, o simplemente contemplar su irremediable erotismo,  anhelar lo tangible de su belleza, ahora, en ese instante en el que Eve Arnold captó el atardecer sobre un columpio, en un jardín, en su mano el Ulyses de Joyce, el rostro ensimismado, la mirada fija en las hojas, podría llegar a amarla, besar su alma.

No hay pose en su postura ni en el rostro. Todo cuanto sucede en ese instante parece natural, una prolongación del día bajo el sol, de los baños de la mañana, del paseo al mediodía, de la llegada inminente del anochecer. Es como si la fotografía hubiera logrado otorgarnos una intimidad por encima de cualquier artificio o imagen manida de Marilyn Monroe.

Lee el Ulyses de Joyce y me parece más bella que nunca, lo mejor es que además lo está acabando, está cercano el momento de concluir la mejor novela en inglés del siglo XX, la ha recorrido de arriba abajo, ha estado junto a Bloom y Molly, ha paseado por ese Dublin inolvidable, ha gozado con los alardes técnicos de la novela, con la utilización de elementos populares para construir un artefacto literario elevado, que pretende una comparación discreta, quizá lejana, con las aventuras extraordinarias de la Odisea, aunque éstas sean odiseas cotidianas, sin héroes ni heroísmo, o con un heroísmo discreto. Cuando examino la foto creo que Marilyn ha seguido con una atención pasmosa el capítulo de la llegada del carruaje real, el inmenso dominio literario que le permite contar la escena desde varios puntos del recorrido en el que se contempla el paso de los caballos, o quizá ese monólogo vibrante, erótico y deslenguado de Molly, o esa primera escena grandiosa en la torre, con un solemne Dedalus burlándose del gordo Mulligan  a punto de rasurarse la barba. Cuando vuelva a releer el Ulyses sabré que Marilyn leyó lo mismo que yo. Ella, mi admirada Monroe, la mujer de Arthur Miller y la amante de Kennedy. Lleva en los ojos Muerte de un viajante y Las Brujas de Salem, también la disposición de las habitaciones y los recovecos de la Casa blanca, el mundo del cine a su pies, la belleza en cada centímetro de su rostro. Los ojos, sin embargo, pertenecen en ese instante de la imagen a la lectura, a la literatura, el Ulyses de Joyce a punto de finalizar, casi terminado en una tarde apacible de final del verano, quizá últimos de septiembre, tan hermosa como ella o el libro que lee. La imagen la eterniza. Podría hacer más por la literatura que el propio Miller. Las mujeres hermosas lo son más cuando se impregnan de otras cosas bellas, cuando interiorizan otra hermosura posible a su alcance.  Ella lo ha hecho para siempre, lleva en su corazón una de las literaturas más extraordinarias del siglo XX y eso la embellece.

Joyce estaría orgulloso. El espigado irlandés frunciría el ceño tal vez, allá en su pobreza italiana, en sus años franceses, en su prolongado exilio anhelando la novela absoluta que proyectó. Si hubiera imaginado quién era Marilyn Monroe, si hubiera podido decirse así mismo que un día una bellísima mujer rubia leería su obra al calor de un atardecer veraniego, en un lugar tardío y solitario de los Estados Unidos, una mujer más famosa y popular que el más conocido de todos los escritores que él frecuentaba.

Me quedo con esta bonita historia de amor fugaz: Joyce y Marilyn fueron amantes, no hubo sexo, sólo el flechazo de una intimidad inolvidable, el sueño sensual de un Joyce que seguramente mientras escribía el Ulyses tuvo la intuición extraña e incomprensible de que una mujer inteligente y hermosa como una diosa un día suspiraría por él, incluso a pesar del parche en el ojo o el rictus severo con el que miró con desconfianza y asco las poses de Proust en un hotel de Paris. Finnegan´s Wake,  Retrato del artista adolescente, Dublineses, y todo por ella sin saberlo. Por los siglos de los siglos, amen l´amour. Ahora nos pertenecen.

Feliz Navidad a todos los que pasan por aquí

01
oct
08

el tiempo de los hombres

Vuelta al tiempo perdido,
al son de neón
y al canto de los motores,
a los zumbidos infinitos
y al triste rumor posible,
a la ausencia de esplendor,
al anochecer sin estrellas,
al aire de dióxido y
a las luces de colores,
a la risa falsa,
al estruendo interminable.

Vuelta al tiempo perdido,
a sucumbir de hastío
entre inútiles papeles,
a sentir la aspereza
de la ausencia como paso,
a perder el aliento
de los mitos,
la meseta abierta,
tan lejos, donde estuvimos
completamente vivos.

Vuelta al tiempo perdido,
a buscar las cartografías
esporádicas y los caminos
sin rumbo, a otear entre la niebla
y a seguir las huellas
con los dientes apretados,
hasta que los besos helados
(la punta de todos
los labios)
nos despierten los ecos
de lo que está tan cerca:
que no es tiempo perdido,
que es la verdad de todos
los hombres y todos sus tiempos.

Copyright Ariño2008
09
sep
08

cartografías II

Fotografia de Andreas Feininger (1951)

Fotografía de Andreas Feininger (1951)

CARTOGRAFÍAS II

Siento que continuo,
que soy uno más de todo,
pero con la particularidad
de un sueño insignificante.

Tengo que rehacer
los senderos por los que caminé.
Encontrar una brújula
para lo que viene
y volver a soñar con las hadas.
Buscar las cartografías que le dejaré
al futuro, a su futuro.

Soy día nublado
y debo alcanzar el sol,
arder de nuevo
con la sonrisa
y la sencillez,
con el tiempo discreto.
Creer en la nada
de ver crecer
con un augurio feliz en los labios.

Tengo buenos maestros.
Me acompaña una sirena
de las más hermosas,
de las que tienen
los ojos verdes
y siguen creyendo en el mundo.

Tengo un padre
que sigue oteando el horizonte.
Una madre que susurra a los caballos
cuando llega la medianoche.
Hermanos de sangre, un hermano del alma;
algún que otro compinche
de noches en vela
y cientos de recuerdos
para ordenar.

Tengo que levantarme
como si el día naciera para él,
como si las cosas
tuvieran que volver a reinventarse.

¿Acaso soy sólo biología?

Últimamente dudo
hasta de mis estrellas fugaces,
de los besos
que quedaron atrapados
en las noches
mas cálidas que puedan imaginarse.

Tengo que volver a mirar.
¿Serán mis ojos otra vez
tan luminosos como lo fueron?

Tal vez podré apretar los dientes
y decir que la inocencia
vive de nuevo en mi pecho.
Seré capaz de coger
el catalejo de mi padre
y marcar con sangre
los senderos que llevan al mar.

Ojalá sus ojos
sean tan azules como los míos,
y en el camino que él trace
alcance a ver las huellas
de todos mis días completos
como yo viviré en los suyos.

Copyright Ariño2008
19
jul
08

jorcas (sierra de gúdar/sierra de teruel)

Estas tierras estuvieron cubiertas por el mar. Era el lugar de mis sueños infantiles, de aquellos largos paseos en compañía de mi padre, recorriendo la Pedriza en busca de fósiles. Ante mis ojos surgía la magia de las enormes caracolas petrificadas, de las piedras con estrellas de mar grabadas en su superficie, como si fuera aquél, trabajo de alfarero, gustoso entretenimiento de cientos de hombres que decidieron dibujar en la piel de las rocas. Olía a mar, y sin embargo estábamos a más de mil cuatrocientos metros sobre su nivel.

De alguna forma, aquí la historia me resulta comprensible, accesible. Los fantasmas se reúnen al oscurecer y recorren las calles desiertas. Se escucha el fragor de sus voces en cuanto uno aguza el oído. Sierras conquistadas por los árabes, fueron ellos quienes bautizaron a la mayoría de sus poblaciones; Allepuz, Ababuj, El Pobo, Aguilar, Aliaga, Alcalá de la Selva, Jorcas. Los cristianos nombraron otras años después; Miravete, Villarroya, Cantavieja, Castellote, Cedrillas, Monteagudo. Antes se instalaron en la Muela los Íberos, y dejaron primitivos cercados, rutas del agua, cementerios de piedras negras que cubrían el suelo calizo, lápidas vastas, de roca cortada irregularmente, cubriendo el misterio de sus rituales fúnebres en el fondo de la tierra. Aquí siempre hubo una existencia constante, un pugna por la vida.

El mundo empieza y acaba en estas sierras sin remedio. La herencia de la infancia, las historias de mis antepasados, alimentan mi propia identidad y la llenan de ecos y apariciones. Este rincón de Aragón es mi única casa posible.

Fueron lugares de tolerancia islámica, después cortijo violento y salvaje de la santa Inquisición. Por aquí desfilaron soldados franceses, y se enfrentaron las dos Españas en una guerra fraticida. Vivieron aquí suicidas ilustres, existencias misteriosas que flotan en el aire, secretos guardados durante siglos, grutas perdidas, cuevas subterráneas llenas de agua abundante, ríos estrechos, antiguamente caudalosos y hoy secos como charcos al sol. Alguien se pegó un tiro en la boca aguardando la llegada de una enigmática carta de la que nadie supo jamás; quizá fue un viejo profesor enjuto, que gozaba leyendo a los clásicos desde el verdor de una era alta. Subí algún que otro muro escalando hacia la historia, y hallé en los rastros de las ruinas, ese espejo en el que mirarme, un baúl lleno de libros majestuosos, motivo de lucidez y de persecución en otra época. A muchas niñas púberes se les apareció en un tiempo la virgen por doquier, y bautizaron con sus visiones caminos y callejones, parajes y fuentes, embaucadas por aquel temor inmenso a un Dios terrible que no decía ni por asomo aquello de amaos los unos a los otros.

 

 

Fusilaron a demasiada gente en toda la extensión de la Sierra, a veces uno oye el eco lejano de las detonaciones, el gruñido dolorido, el grito de terror y los lamentos de las madres y las viudas. Fueron excelsos poetas aquellos magos del dance y su recorrido anual por las chanzas y anécdotas del año en la plaza. Incluso José Antonio Labordeta llegó aquí para cantar hace muchos años y terminó por quedarse incrustado en el paisaje bajo una tormenta fiera que según los religiosos el mismísimos Dios hacía atronar contra el rojo. Pero Labordeta posee el Don de los bardos, y les dijo a todos ellos que se quedaba por allí, que volvería, y su voz atronadora recorre estos muros rezando, en una afrenta digna de Odiseo, que Esta Tierra Es Aragón por los siglos de los siglos.

Cuando piso estas calles siento que mi caótico y absurdo yo, tan dado al desquite y al exceso, al resuello quejicón y a la vana conciencia del genio, se sume en una tradición que se remonta quince siglos. Oigo a mis antepasados llenando el espectro de mi voz, parloteándome en la oreja inquietando mi inmerecida vanidad, robándome las palabras con descaro, augurando para mi originalidad a lo sumo un pedazo de tierra donde sentirme en paz, algo nada baladí, la esencia real de casi todos mis desvelos, quizá el único sentido posible de la vida. Me dicen que siga en pie para ver, sólo para observar. Camino con los ojos muy abiertos, porque en cualquier esquina te sorprende la mirada reprobadora de una tía abuela que nació en el siglo XVI, maldiciendo tu aspecto bobalicón o la escasa enjundia de tus fines, o surge de entre las sombras de la Iglesia un espectro burlón que dice ser antepasado tuyo y se jacta de su dureza frente a la tibia resistencia del hombrecito dubitativo que soy. Sigo los pasos de lo que me fascina, a veces hasta las inmediaciones del cementerio, uno de los lugares más ruidosos del pueblo, con esa caterva vociferante de almas y disfraces de siglos, alineados sin descanso frente a la valla buscando lanzar ripios a las cabezas de los pocos vivos que osan acercarse. Me gusta la reunión de los malditos, de aquellos que por suicidas y ateos, por profanos y cabezotas, fueron enterrados fuera del campo santo a causa de su herejía; una herejía, por cierto, hecha casi siempre tan sólo de discrepancia o autenticidad.

Sierras convertidas en pasto de hombres sin escrúpulos que utilizaron dioses terribles y salvajes para dominar las almas, para acallar las voces, para convertir a los malditos en unas cuantas apariciones insignificantes que pululan sin tumba. Aún así, se dio aquí un ejemplo comunitario, de solidaridad auténtica, y cayó el yugo feudal antes que en otras partes para que esos mugrientos campesinos se labraran un porvenir, y los de ahora, la mayoría, ni siquiera lo saben. Quedan titanes enrojecidos, con pies de paja, somnolientos susurros de gentes ya sin alma, perdidas, como le sucede a cualquier perro abandonado que topa con un ser humano marcado por la absoluta fealdad de su indiferencia, por su falta de estética frente al entorno.

Habría que repoblarlo todo para hallar esa vieja belleza, para entender el cariz de lo que quedó frente a aquel amargo éxodo de los años sesenta, sumido bajo mis propios ojos, que no desean limitarse a ver la bestialidad estúpida de ahora mismo, la mediocridad y el silencio que no es consciente de toda la historia que asoma ante el observador atento. Se mantiene poco del tiempo posterior, cuando los jóvenes que se habían marchado escuchando El Arremójate la tripa que ya viene la calor trajeron aquí a sus hijos urbanitas y celebraron veraneos y verbenas populares, rescatando aquel gusto por la celebración popular, por el encuentro de todos en el espacio de cuántos quisieran llegar aquí. Se arreglaron las casas, que estuvieron cerradas dos décadas, mejoraron los caserones, se oyó bullicio y alegría durante el estío por estas carreteras silenciosas. Pero España cambió; lo hizo abrazada a una opulencia ensordecedora y estúpida, que lejos de animar el espíritu del tiempo, ese eco fantasmal que podía enriquecer con su éxito posterior la mirada, pareció ocultar lo verdadero que aguantaba a duras penas a la intemperie.

 

Prefiero cerrar mi casa y dejar que el sonido que llega sea el antiguo, o mejor, cerrar los ojos con desprecio ante aquellos que abren sus puertas para dejarte sin oídos con los logros fatuos de la nada, con el murmullo vacío de ensalzar lo que no es verdadero, con la nostalgia hecha añicos de lo que fue, de lo que existió aquí, tan ciegos que no ven más allá de sus narices.

Pero es igual en todas partes; carne de cañón proclamando a los cuatro vientos un triunfo tan improbable como frágil, ojos de populacho endiosado por lo banal, por una promesa de vida en la tierra brillante, oteando catálogos comerciales y tonadillas clonadas de la radio, ufanos de no saber nada. Hace dos décadas, se comprendió por aquí que el paraíso no era un apartamento a la orilla de la playa, sino tal vez un paseo a la sombra de los chopos, junto a la ribera del río, o una merienda en las inmediaciones del Molino en buena y querida compañía, quizá una noche plagada de estrellas atisbada sobre la hierba, desde el silencio. Estas cosas se han olvidado. Resulta como comparar la desesperada elegancia de los versos de Miguel Labordeta con los ladridos de los perros de caza hambrientos.

Aún así, cuando bajo la cuesta de Las Palomas me siento un privilegiado por adentrarme en la extensión de la Sierra, y acuden a mi todas las raíces que dieron sentido a la vida de mis gentes alguna vez. Este lugar no es de ellos, de los que gruñen, de los zafios, de los que se apoderan con sus voces y sus motores de algo que pertenece a los siglos, de los que se jactan de su brutalidad y con media sonrisa insinúan conocer la vida. Esto es mío, de todos, de los que no están, de los que quizá descubran su origen paseando en un futuro lejano por las mismas sendas que pisé alguna vez.

Los duros inviernos bloquean los caminos, el frío es intenso y las camas parecen húmedas al acostarse. Ahora nieva menos, los pastores insisten en que no hay agua, sigo sus pasos y me confiesan que todo ha cambiado, que estas hermosas veredas y valles se mueren, que cada paso que dan, les parece, será el último.

Soñé que compraba el Molino y volvía a recuperar mi historia. Cuando me siento con la espalda apoyada en el tronco de un chopo centenario cierro los ojos y siento el viento que inunda la soledad de los parajes. Deberíamos buscar el camino para llegar otra vez hasta aquí.

 

 

 

 

Michel Lavigne Nació en Reims, Francia, en 1939. Es fotógrafo.

Todas las fotos fueron realizadas en mayo del 2008 por Michel Lavigne. Su mirada consiguió volver a revivir todas las emociones agazapadas en mi alma; de alguna forma me descubrió que él también pertenece a este lugar.

25
jun
08

magia

Magia

a Tchebe y a Ivan Ferreiro.

Magia
para las fusas
y las difusas,
sí bemol
entre lamentos de do
para el sonido
de las tardes de lluvia.

Magia para besarte
en el silencio
de un apagón,
en la marea de una
sentida playa desierta.

Magia para ser dos,
para ser tú y yo:
dos.

Magia de los rincones que perdimos,
magia de pretender,
de no llegar
y rozar.

Magia de tiempo
que suena
como las orquestas
de verbena,
magia de años
que se deslizan
por los dedos.

Magia de quererte,
de lamerte
despacio en la eterna
sonrisa de Eros.

Magia de tristes tigres,
de tardes
moribundas
que huelen
a naftalina rancia.

Magia de errar
e intentar,
magia de caer y volver;
de regresar a las lágrimas
de aquel día
o a la risa
escandolosa de abrazar
ese cuerpo que
se fue.

Magia de vivir
de pie,
de oír el aleteo
de las antiguas palomas.

Magia de creer
que este mundo
tiene alma
y no se partirá
de pena
el tobogan
que nos desliza.

Magia,
de que tu magia y la mia
se encuentren en la nada:
de ser tú
y toda la magia que amé,
de que seas yo
y todo cuanto amaste.

Magia.
La magia
de volver a ser.

Copyright Ariño2008
06
jun
08

los perros de la lluvia (1989-2008)

Gary Cooper, por Robert Capa

Los Perros de la lluvia fue un poema que escribí en 1989, editado un año después por una pequeña revista editora llamada Cavidades, en Barcelona, hace tiempo ya desaparecida. El resto de poemas de la colección eran tan malos que aún me arrepiento de mi osadía, pero Los Perros de la lluvia, sin embargo, siguió viviendo en mí, guardé aquellos versos en la memoria y su pequeña música nocturna hasta hoy en día. De alguna forma he estado sintiendo las palabras que elegí entonces, desmenuzándolas con un significado que sin duda excedía al valor del texto, quiero decir que es probable que no sean los mejores versos que he escrito, pero sí probablemente se trate de uno de los poemas que más he interiorizado.
No siento nostalgia por el tiempo de Los Perros de la lluvia, pero sí quizá por el espíritu que tuve entonces, por la fuerza que hallaba al creer que todo era posible, por aquel aliento de vitalidad que nos llevaba a recorrer de madrugada el puente de La Trinidad con las guitarras colgadas al hombro, el día naciendo gris y las voces alzándose en medio del silencio. Anhelo el alma de entonces, la rapidez con la que oscilaba entre la felicidad más intensa y la infelicidad extrema, la sensación de inocencia y de descubrimiento, la belleza de pensar que no existía el destino porque todo el destino era alcanzable. Recuerdo todos los nombres de antaño; unos pocos, muy pocos, pertenecen a los Perros de la lluvia ahora, a los otros los convertí en estatuas, en memoria; y menudo pienso en ellos con alegría, sobre todo cuando me acuden sin remedio los versos de aquel viejo poema.
Sé que de alguna forma perteneceré siempre a ese tiempo, aunque la existencia sea tan distinta, aunque la libertad haya sido otra y el camino tenga espinas, rostros difusos y sueños podridos. Cuando hace ocho meses empecé este blog y aquellos versos volvieron a asaltarme, me dije que el mejor modo de cumplir con esa deuda era escribir en un lugar que se llamara Los Perros de la lluvia. Al fin y al cabo, viviamos en 1989 con las palabras de On the Road de Jack Kerouack, con los Trópicos de Miller, el cuarteto de Durrel o los excesos alcohólicos de Bukoswki, y descubrí entonces donde se hallaba el valor de los libros, proyectando en aquellas palabras distintas que dibujaban una vida alternativa, que llenaban el recorrido vital de gestos simbólicos y metáforas intensas, la mejor imagen de la libertad, idea que sigo manteniendo a pesar del tiempo transcurrido o de estas nubes que siguen ensuciando el cielo, aun cuando me duele a menudo el alma de no ser. Leer fue una forma de liberación, y es así como traté de afrontar la existencia, como si tuviera que dotar de metáforas verdaderas a los pasos que daba, extraer ejemplo de lo que no tenía sentido, atisbar en la mugre el rescate de lo auténtico.
En fin, una historia de Perros y lluvia, de alguna que otra mujer perdida, de amigos muertos o desaparecidos, de nada tal vez, de reunir en un puñado de versos la vieja alegria de existir.

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LOS PERROS DE LA LLUVIA
(Valencia, 1989)

Ebrios,
cogidos de los hombros.
Sombras.
Una rueda de vértigo e inconsciencia,
un compás alterado.

Por el puente de los perros de la lluvia
la absurda comparsa se desgañita
al antojo de los signos.
¿Qué señales aguardan?

Ahora lo sé.
En el puente de los perros de la lluvia
llueve cuando sale el sol
o al revés.

Copyright Ariño1989

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LOS PERROS DE LA LLUVIA
(Valencia, 2008)

De la verdadera
vida me queda
un eco,
perros de lluvia,
viento,
esperanza ebria.
Quizá el tiempo disipó
algunas nubes,
clareó la tierra
el deseo,
puso agua
donde había tormenta,
dolor donde residió
la alegría.

De la verdadera vida
se guardan
algunos nombres,
signos extraños
y versos antiguos;
pequeños fantasmas de hojas
amarillentas
que adornan el tiempo
de los muertos.

He arrancado matojos
y perdido mil apuestas,
me alcé frente a las
flechas y caí
atravesado de púas.
Morí varias veces,
de absurdo y de amor,
de ausencia.

Hijo de la impaciencia,
todavía me afecta
la tempestad en la mar,
la caida de la lluvia
y el naufragio de
los restos.

De la verdadera vida
queda un eco,
un sonido sordo
que insiste en recordarme
lo que fui,
que aletea en el aburrimiento
de vivir sin sentido,
de perderme
en estos bosques
de fragor.

Fue una historia
de perros de la lluvia
que se prolongó
en la resistencia,
en el afán
de alcanzar un lugar
hermoso,
en la paz de la venganza,
del aire expulsado
a borbotones,
ese aire inmenso
de querer seguir
viviendo
con aquellas viejas
alas.

Copyright Ariño2008
01
jun
08

los poemas del coño – la poesía del origen del mundo

La poesía fue hace mucho un arte popular, accesible para la mayoría. Servía para contar lo que sucedia en el mundo, se utilizó para construir la memoria de ciertos pueblos, como divertimento y acto festivo. Los chinos afirmaban que el ritmo de la poesía tenía propiedades curativas. Siempre trató de temas esenciales del hombre, de lugares comunes que trataba de reinventar con la palabra. Es el arte literario más cercano a la música, y por tanto a la verdad. Después comenzó a alejarse del gusto de las masas, y su propia concepción se desvirtuó. Pasados todos esos siglos inmensos, la poesía con mayúsculas regresó a sus asuntos fundamentales al perder público. Sigue siendo una forma de aprehender el mundo extraordinaria, libre, llena de ramificaciones y criterios. Aunque algunos autores mediocres la relegaron a un arte cursi y barroco -concepción que se mantiene a menudo entre la gente- la esencia de su sabiduría sigue siendo universal. Hay poemas que transforman la mirada, que renombran lo que se contempla, que hablan de lo que ninguna otra ciencia o arte puede recrear más allá del mundo poético.
Hace algunos años comencé a coleccionar poesía erótica. Medía a los elegidos por su presunta calidad y sensualidad, sin importarme la época o los autores, los transcribía en un cuaderno y a menudo me deleitaba releyendo esos versos tiempo después. Repasando la colección me di cuenta de que había llegado a los doscientos poemas. El pasado mes, un soleado domingo por la mañana, decidí pasar unas horas en la librería Carácteres, abierta hace menos de un año en Valencia, junto al mercado central. Subí al segundo piso, revisé los abundantes libros de poesía expuestos hasta descubrir una obra editada por Hiperión titulada El origen del mundo. Al hojearla, descubrí que el autor de la recopilación, el Sr. Juan Abad, había reunido una excelente colección de poemas desde los romanceros de la edad media hasta los poetas más actuales, tomando como referencia la poesía española y latinoamericana y completándola con versos de poetas de otras lenguas. Es verdad que coincidimos en una veintena, pero sin duda, su esfuerzo me pareció más logrado. Transcribo algunas de nuestras elecciones. Es un libro maravilloso, son los poemas del coño; el origen del mundo.

RUFINO
(Éfeso, Jonia, S. II/III d.c.)

Competían Melita, Rodope y Rodoclea
por ver cual de las tres tenía el mejor coño
y me nombraron juez. Como las diosas célebres
se levantan desnudas, ungidas con el néctar.
Brillaba el de Rodope suntuoso en el centro de sus muslos
como hendido por céfiros de rosas.
Como cristal era el de Rodoclea, húmedo como imagen
en un templo, recién acabada de esculpir.
Pero yo, que sabía lo que sufriera París con su fallo,
a la tres ya inmortales coroné.

DEL CANCIONERO TRADICIONAL

Este pradico verde,
Trillémosle y hollémosle.
****************
-Decid, hija, la garrida,
¿quién os manchó la camisa?
-Las moras del zarzal, madre.
-Mentir, hija, mas no tanto,
que no pica la zarza tan alto.
*****************

No sé qué me bulle
en el calcañar
que no puedo andar.

yéndome y viniéndome
a las mis vacas,
no sé que me bulle
entre las faldas
que no puedo andar.

No sé qué me bulle
En el calcañar
Que no puedo andar.
***************

-Madre, la mi madre,
que me come el quiriquiquí.
-Rascate, hija, y calla,
que también me come a mí.
**************
Estábase la moza
de espaldas en el lecho,
las piernas abiertas
y mirando al techo;
dice con despecho:
¡Agua, dadle agua,
que el fuego está en la fragua!

De rato a ratillo
toda se brincaba;
con gesto amarillo
de dolor, sudaba;
con pasión llamaba:
¡Agua, dadle agua,
que el fuego está en la fragua!

Hácese pedazos,
toda se desuella;
quería los brazos
meter por la mella,
dando esta querella:
¡Agua, dadle agua,
que el fuego está en la fragua!

Como estaba así,
pensó que soñaba;
cuando tornó en sí
sintió que meaba
y de presto llama:
¡Agua, dadle agua,
que el fuego está en la fragua!.
******************
Aquí vive y aquí mora
una moza muy gentil;
cada vez que se levanta
va a mear el perejil.

******************

¡Ay, Dios, quién hincase un dardo
en aquel venadico pardo!

PIETRO ARETINO
(Arezzo 1492-venecia 1556)

SONETO LUJURIOSO VI


- Porque he probado tan solemne polla
que me vuelve al revés la orla del coño,
yo querría ser toda entera coño
y también que tú fueses todo polla.
Porque si fuese coño y tu polla,
calmaría por un buen trecho al coño
y también tú tendrías de ese coño
todo el placer de que es capaz la polla.
Mas no pudiendo ser toda yo coño,
ni convertirme tú del todo en polla,
el buen querer acepta de este coño.
- Y acepta tú de mi menguada polla
la buena voluntad; en ella el coño
encaja, y yo le encajaré la polla;
y luego por mi polla
meneáte tú entera con tu coño:
y seré polla yo, y tú seras coño.

Traducción de Juan Abad
ANÓNIMO FRANCÉS DEL SIGLO XVI

Coño, no coño, sino pequeña gracia,
tú, coño, placer mío, mi gentil jardincillo
donde no se plantó, pues, ni cepa ni árbol,
hermoso coño, coño de la boca bermeja,
coño, pituso mío, mi pequeña hondonada,
coño rollizo, en forma de bocado,
todo tú recubierto de un rico vellocino
de hebras finas de oro en su justa sazón,
coño con tanta fuerza como poderío,
que puede, él solo, hacer que hasta el goce bostece,
tú, coño que la mano perezosa y lenta
conviertes, cuando quieres, en atrevida y diligente,
coño que ordena al ojo que diga con un guiño
que tiene lo más digno del amor,
y que ordena a la boca que hable del placer
y que revoque todo aburrimiento;
coño, tienes la fuerza y el poder
de agitar y mover un pezón firme;
coño, que no has olido esta dulce batalla,
tú no eres para nada de esos coños furiosos.
Coño, no hay otro coño que te valga,
coño montado encima de unos muslos tan prietos
que eres como un escudo, y avisas del asalto.
Lo que hacemos, decimos, lo que nos ocupa,
queremos, prometemos o afirmámos,
es para ornar tan digno coño;
¡todos te adoran de rodillas!
¡Oh, coño, bello coño, golosina exquisita,
coño que harías reír a un moribundo,
yo dejo a aquellos que desean la mano,
la suya que hacia arriba tiende hoy más que mañana,
y a los que se contentan con mirar;
es un gran bien el no tener deseo;
y en el beso les dejo también abandonados,
y estoy contento de quedarme aquí,
justo a tu vera, coño, a tu servicios,
aquél que es más propicio para mí.
*******************************

SONETOS ANÓNIMOS
DEL SIGLO DE ORO

I

(A LA ORILLA DEL AGUA ESTANDO UN DÍA)
A la orilla del agua estando un día,
ajena de cuidado, cierta hermosa,
de mirarse su cosa deseosa
por verse sola allí sin compañía,
la camisa se alzó que lo impedía
y, pagada de ver tan rica cosa,
le dijo con voz mansa y amorosa
que de dentro del alma le salía:
“Por vos soy yo de tantos requebrada,
por vos me dan ajorcas, gargantilla,
chapines, saya y manto para el frío.
Un beso quiero daros.” Y abajada
a darle, por estar tan a la orilla,
trompicó de cabeza y dio en el río.
************************
II

(RAPÁNDOSELO ESTABA CIERTA HERMOSA…)

Rapándoselo estaba cierta hermosa,
hasta el ombligo toda arremangada,
las piernas muy abiertas, y asentada
en una silla ancha y espaciosa.
Mirándoselo estaba muy gozosa,
después que ya quedó muy bien rapada,
y estándose burlando, descuidada,
metióse el dedo dentro de la cosa.
Y como menease las caderas,
al usado señuelo respondiendo,
un cierto saborcillo le dio luego.
Mas como conoció no ser de veras,
dijo “¡Cuitada yo! ¿Qué estoy haciendo?
Que no es ésta la leña de este fuego”

*************************

III

(ALZÓ EL AIRE LAS FALDAS DE MI VIDA…)

Alzó el aire las faldas de mi vida
y vi la servillica colorada
y la calcica angosta y estirada,
con un hermoso cenojil ceñida.
Mis ojos fueron luego de corrida
por ver la cosa en fin que más agrada,
pero, de la camisa delicada
les fue la dulce vista defendida.
¡Oh camisa cruel y rigurosa!
¿Por qué no me dejaste ver aquello
en que tan poco te iba que lo viese?
Mas creo debe ser tan bella cosa
que estás tú misma enamorada de ello
y por tanto lo encubres celosa.

*****************************
FRANCISCO DE QUEVEDO
(Madrid 1580-Villanueva de los Infantes 1645)
(ESTABA UNA FREGONA POR ENERO…)

Estaba un fregona por enero
metida hasta los muslos en el río
lavando paños, con tal aire y brío
que mil necios traía al retortero.

Un cierto conde, alegre y pacentero,
le preguntó con gracia: “¿Tenéis frío?”
Respondió la fregona: “Señor mío,
siempre llevo conmigo yo un brasero.”

El conde, que era astuto y supo dónde,
le dijo, haciendo rueda como un pavo,
que le encendiese un cirio que traía;

y dijo entonces la fregona al conde,
alzándose las faldas hasta el rabo:
“Pues sople este tizón vueseñoría.”
*****************************
SEGUIDILLAS ANÓNIMAS
(Siglo XVII)

Al pasar el arroyo del Alamillo,
apartando las piernas se fue el virgo.

Como ya no se usan los virgos madre,
uno que yo tenía dile de balde.

Ya no suben al cielo, madre, los virgos;
como mueren pequeños, se van al limbo.

Igual que los gigantes son las doncellas,
pues se meten hombres entre las piernas.

A cazar pajaritos iba la niña
y en los pechos del papo llevaba la liga.

Veintidós años tengo; madre, casadme,
que me duelen los dedos de tanto hurgarme.

Si la puerta es chiquita y tres no caben,
entre el uno adentro, los dos aguarden.

Ahora que está dentro me desvalija
y se pone lo mío como sortija.

Bien adentro lo tiene, ¿Por qué se brinca?
Mientras más se menea, más me lo hinca.

No me dé tanto gusto, que daré voces
y sabrán en la calle cómo me pone.

*************************
FELIZ DEL VALLE SALDAÑA
(Amsterdam 1699-1755)

Entre pilares dos, ambos hermosos,
y aún, otro que a pirámide camina,
se descubre una raya clandestina
que se fine en extremos angulosos.

cuyos umbrales hacen escabrosos.
Por las puntas que digo se termina
denso monte de venus peregrina,
alta cumbre y próstatas turgentes;

mas quien las mírteas moles glandulosas
cultive con cilíndrica estructura
conseguirá, feliz, frutos vivientes.

***************************

JUAN MELÉNDEZ VALDÉS
(Ribera del fresno -Badajoz- 1754 – Montpellier 1857)

LOS BESOS DE AMOR. ODA III
Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,

cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,

y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,

y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuceante lengua,

ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
y al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,

entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente las glorias
en que el amor me anega
**********************
ANÓNIMO, S. XVIII

(OCTAVA A UNA SEÑORITA QUE USABA UN OLISBO)

Quien goza de tu ardiente delantera
es un alfiletero, ¡qué diablura!
Por tiesa te deleita la madera
y por escurridiza la pintura.
Poca es la leña para tanta hoguera.
Si a un palo le regalas tal dulzura
y con él hoy tu sexo así se huelga,
¿qué haré yo con la carne que me cuelga?.

***************************************
HO XUAN HUONG

(Poetisa vietnamita, siglo XIX)
EL FRUTO DEL ÁRBOL DEL PAN

Mi cuerpo es como el fruto que de el árbol del pan,
de corteza rugosa, de pulpa muy espesa;
amigo, si te gusta, hunde en él tu punzón,
pero, ojo, si lo palpas, te pringarás los dedos.

********************************

PIERRE LOUYS

(Gante 1870- París 1925)

El clítoris

Bajo el tibio repliegue de las ninfas se esconde,
tal pistilo de carne en lirio doloroso,
el clítoris, coral vivo, corazón fosco
que estremece el recuerdo de bocas olvidadas.

La mujer toda entera vibra y se centra en él,
es la fuente del celo en dedos de la virgen,
es el eterno polo en que el deseo converge,
es cielo del espasmo, corazón de la noche.

Lo que al flanco murmura cualquier carne lo entiende,
a su menor temblor los pezones se tensan
y sus sordos latidos ponen fuego en el cuerpo.

Oh clítoris, rubí misterioso agitándote
brillante como joya en el torso de un dios,
¡álzate, sanguinoso, ante las bocas rojas.

Traducción de Juan Abad

********************************

JOSÉ JUAN TABLADA

(México 1871- Nueva York 1945)

COQUILLAGE
Femenina y carnal la ola
Partiendo su blancura me mostró
La caracola
Que a Verlaine turbó.

*********************************
LEOPOLDO LUGONES
(Villa María del Río seco-Córdoba- 1874 – El tigre 1938)

OCEÁNIDA
El mar lleno de urgencias masculinas
bramaba alrededor de tu cintura
y, como un brazo colosal, la oscura
ribera te amparaba. En tus retinas

y en tus cabellos y en tu astral blancura
rieló con decadencia soplinas
esa luz de las tardes mortecinas
que en el agua pacífica perdura.

Palpitando a los ritmos de tu seno
hinchose en una ola el mar sereno
para hundirte en sus vértigos felinos.

Su voz te dijo una caricia vaga
y al penetrar entre tus muslos finos
la onda aguzó como una daga.

***************************

RAINER MARIA RILKE
(Praga 1875 – Mougins 1926)

(AL ESCRIBIRTE, UN JUGO…)
Al escribirte, un jugo
brotó en la masculina flor,
que para mi ser hombre
es rica y enigmática.

¿Sientes, cuando me lees
lejana cariñosa, qué
dulzor fluye en el cáliz
femenino, dispuesto?

Versión de F. Bermúdez Cañete. Hiperion 2000

**************************

BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO
(Buenos Aires 1886-1950)

REVELACIÓN
Yendo para la escuela
con las niñas del pueblo,
por coger unas moras
nos subimos a un cerco.

Entre la carretera
y el espinoso seto
la cuneta se ahondaba
toda blanda de berros.

Yo no sabía nada,
de saber era tiempo.

Una de ellas, de pronto,
Esperanza, me acuerdo,
púsose de cuclillas
a hacer aguas al viento.

Casi instantáneamente
yo me quité el sombrero
y lo eché cuesta abajo
camino de los berros.
Me lancé presuroso
tras él a recogerlo,
y al instante de alzarlo
miré hacia arriba, trémulo.

Vi una rosa bermeja,
tanto, que daba miedo,
dos pétalos de carne
abiertos, gordezuelos,

Y un grueso chorro de oro
rectilíneo, violento,
que levantaba espumas
al chocar contra el suelo.

Yo no sabía nada,
de saber era tiempo.
**************************
CESAR VALLEJO
(Santiago de Cuzco 1892-París 1938)

PIENSO EN TU SEXO

Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el ijar maduro del día.
Palpo el botón de dicha, está en sazón,
y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la Sombra,
aunque la Muerte concibe y pare
de Dios mismo.
Oh Conciencia,
pienso, sí, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

Oh, escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mundo

¡Odumodneurtse!
*************************
E. E. CUMMINGS
(Cambridge -Mass- 1894 -Madison 1962)

SONNETS-ACTUALTIES VII
quiero mi cuerpo cuando está con tu
cuerpo. Es algo tan nuevo.
Los músculos mejor y aún más los nervios.
quiero tu cuerpo. quiero lo que hace,
quiero sus modos. quiero el tacto de su espina
dorsal, sus huesos y la palpitante
-lisura- suavidad que he de
otra vez y otra y otra
besar, quiero besarte aquí y allí,
quiero, lentamente, palpar, rozar el vello
de tu eléctrica piel, y aquel que nace
sobre la hendida carne… Y grandes ojos migas de amor,

y tal vez quiero el estremecimiento

bajo de mí de ti tan nueva

Traducción de Alfonso Canales

*****************************************

BENJAMIN PÉRET
(Rezé 1899-París 1959)

(COÑO)
He aquí el coño tan suave

el verdadero pan de los cojones

cuyos pelos nos cosquillean

hasta en la boca

Traducción de Agustin Cerezales

***********************************

KENNETH REXROTH
(South Bend -Indiana- 1905 -Montecito -California- 1982)
IX

Me despiertas,
separas mis muslos y me besas.
Te regalo el rocío,
de la primera mañana del mundo.

XIII

Tendida en el prado, abierta a ti
bajo el sol del mediodía,
humo brumoso cubre a medias
los pétalos rosados.

XXV

Tu lengua se mueve y rasguea
dentro de mí, y yo me vuelvo
hueca y ardo con luz
en torbellino, como el interior

de una basta perla expandiéndose

Traducción de Diana Bellesi

***********************************
EMILIO ADOLFO WESTPHALEN
(Lima 1911-2001)

¿Fue en la ocasión desvergüenza
de jovenzuela u obligación ritual
de sacerdotisa de Venus?

Estaba recostada en la concurrida
playa del mar -y sus piernas-
recogidas en triángulo – configu-
raban una especie de tabernáculo.

La pose permitía -tendido de
bruces ante Arca de Alianza im-
provisada -venerar la beata hen-
didura y recitarle -acompañado
por bufidos de la resaca en celo-
píamente jaculatorias.

*************************
VICENTE ANDRÉS ESTELLÉS
(Burjassot 1924- L´Horta de Valéncia 1993)

LA AMANTE

XIII
Tientas, primero, los redondos pechos,
su reiterado y eficaz volumen,
su carne flexible y amorosa.
Con cauto amor, no se despierte la furia,
tientas los pelos en la dulce ingle
distraída, más lenta en el extremo,
hasta llegar a un grata inminencia.
y con el dedo, el dedo índice, y hábil,
hábil y experta en tan dulces asuntos,
poco a poco lo metes en el sexo,
presionando levemente no más,
y así llegas al gran placer, autárquica.

*************************************

ANISE KOLTZ
(Luxemburgo 1928)

Mi cuerpo es cálido
como el cuerpo de una iglesia

cuando entras en mí
la biblia divaga

————————

Le he enseñado a mi vientre
a abrirse como una puerta
cuando tu sol llama

para devorarme

Traducción de Jose María Holguera

*******************************

JORGE ARIEL MADRAZO
(Argentina 1931)

TRÓPICOAMOR
Desnudo mi jadeo en tus colinas
(Afuera el Eclipse Mundial)
Tu sexo salobre molusco del trópico
Te acompañé al gineceo a la cosecha de los dientes ávidos
Bebí tu néctar
Tu prohibido vértice
La lluvia fue lágrima de fuego
El monstruo del subsuelo nos dio
la bendición

Devorar quise tu alma luego
Pero reposabas tan muertita
Tus muslos escupieron ruegos impenetrables
Tu jugo de placer colmó mi boca
Estoy muy cansada dijis-
te y decías:
¿Ya bien?
¿Quédate un hilo de alma?
¿Ya bien, sí sí
ya bien?
**************************************
MARGARA SÁENZ
(Ecuador 1937-1964)

EL TIEMPO HA PASADO Y VUELVES A MI MEMORIA

El tiempo ha pasado y vuelves a mi memoria.

Tu auto trepando hacia la sierra, la Cream-Rica ¿recuerdas?
volteando a la derecha, todos esos moteles.

Entonces éramos nosotros; no tú, no yo. Me quiérote, te góza-
me, me amándonos, decíamos.

¿A quien llevas ahora? Contigo entre las piernas ¿quién pega
los alaridos y triza los espejos donde nos repetíamos bes-
tiales y dulcísimos?

¿Qué otro vientre recibe tu miel, peruano? Di que frívola
puta, qué sórdida hipócrita limeña, qué casada cuidadosa
del cornudo.

Hijo de perra, ¿lo haces? Pero allí no, nunca, con nadie vuel-
vas a la habitación 35. Que se te muera para siempre, que
se te pudra si regresas.

Una vez dije allí no, ¿recuerdas?, dije después donde quieras
Tú me observabas igual que un entomólogo, eras un médi-
co lascivo examinando una muchacha muerta de amor: no
hables, eres una muñeca, un cuerpo sin voluntad, y me
tocabas probándome y fui durazno de esos que se abren
con la mano.

Un durazno, dijiste a mis espaldas, a la luz de la tarde, sepa-
rando con suavidad mis carnes, descubriendo lo que ni yo
conozco, mi zona más oscura, la que guarda esa caricia
atroz, obscena y tuya que no olvido.

Júralo: no has de volver a esa cama con nadie. Me has nega-
do tu cuerpo, el que gustaba mirar impúdico y erecto
viniendo a mi, el tuyo que era el mío. Concédeme esto
entonces: anda a otro sitio a hacer tus porquerías.

O vuelve a la habitación 35. El tiempo ha pasado, ya no hay
sino recuerdos y Amarilis qué puede sino juntar palabras.
Ahora somos tú y yo, no existe más nosotros. Uno y uno,
dos solos: yo y esa mierda que tú y yo añoras, desgraciado.
*************************************************
ÓSCAR HAHN
(Santiago de Chile 1938)

MISTERIO GOZOSO

Pongo la punta de mi lengua golosa en el centro mismo
del misterio gozoso que ocultas entre tus piernas
tostadas por un sol calientísimo el muy cabrón ayúdame
a ser mejor amor mío limpia mis lacras libérame de todas
mis culpas y arrásame de nuevo con puros pecados
originales, ya?

**********************************

ANTONIO MARTÍNEZ SARRIÓN
(Albacete 1939)
EN EL ABANICO DE UNA DAMA

No te afeites la vedija
pues desproteges la hendija.

*****************************
JOTAMARIO ARBELÁEZ
(Cali 1940)
ACOSO SEXUAL 2

El sexo
es el camino
más corto
de un corazón
a otro.

******************************

ISABEL ESCUDERO
(Quintana de la Serena- Badajoz- 1944)

(A TI, QUE DE PAR EN PAR…)
A ti, que de par en par a la noche te abres
y sueño de amor mana de tu dulce fuente,

a ti, cuya prieta sombra me da la luz más alta,
primero y último lugar en que me escondo,

a ti, que tan agradecido de mis trémulos dedos
tañes a veces la más dulce melodía,

a ti, oh lengua de las lenguas del silencio,
mudo de temblorosa voz estremecida,

a ti, volcán de mieles, arrullo de palomas,
pez fugitivo, vértigo del nadir, agüita local,

a ti, que no eres mío y todo me lo ofreces,
que igual en frío que en estío desvarías y afloras,

a ti, que llaman demonio meridiano, y tu pecado
capital me lleva al vuelo las penas todas,

a ti, que de la madre coronado me vienes
de olorosa mirra y de lujosos desmanes,

a ti, inteligencia de mis sabias abuelas,
a ti, turbio desvelo de mis viejas mujeres,

a ti, luna roja que del frondoso monte asomas
y viertes tu panal en largas libaciones,

a ti, por quien el padre con el hijo se disputan
por el mullido musgo de tu húmeda gruta,

a ti, mi fuente de alegría, mi rosa, mi granada y mi tesoro,
mi soledad, mi lluvia, mi razón y mi locura,

a ti, a ti, a ti,
te canto ¡coño!

*************************************

IRENE GRUSS
(Argentina 1949)

MASTÚRBATE…

Mastúrbate
úntate cada pezón con miel
y baja el mentón, la lengua
saben dulces, toca
circularmente cada punta morada, agrietada o lisa,
y luego acaricia el vientre, el ombligo,
haz cine o literatura
con la mente pero no olvides los pezones,
la miel, el dedo circular,
hazlo frente al televisor mientras te ríes
y te humillas: mastúrbate, abandona,
cuida el clítoris como a la piel de un niño,
escucha el viento que suena detrás
de la ventana cerrada, guarda tu jugo
a escondidas del mundo
y mastúrbate, que tus piernas
comiencen a abrirse y a cerrarse,
que tu murmullo sea un gemido ronco,
grito agudo en el aire, en el hueco que
pide penetración, contacto,
habla despacio,
hazlo en silencio pero gime,
aúlla,
murmura, aunque sea el goce
el rozarse tu pelo en la almohada,
en la alfombra, en la nuca,
mastúrbate
hasta que las rodillas tiemblen,
hasta que caigan
lágrimas y suene esta vez
no un viento sino un timbre
y otro, regular campanilla,
recién entonces
dilátate como en el parto
lubrica tu vagina, el tubo que
sigue llamando, levántalo, bájalo,
introdúcelo
y escucha ahora su voz,
lejana, ajena,
y cierra tus ojos, su boca
tan adentro.
**********************************

FELIX RAGLAN
(Niza 1950)

LA FUENTE

Vellón hirsuto y suave al mismo tiempo
que mis dedos, por juego, entrelazaban
despertando sutiles apetencias,
provocando los cálidos quejidos
de tus secretas interioridades,
avivando el manar de aquella fuente
donde nunca se sacia, pero que siempre busca
nuestra sed de infinito, inagotable y terca.

**********************************
ALBERTO BLANCO
(México 1951)

Las parejas después del coito
se besan, bajan la vista, se dan la espalda…
levantan las piezas rotas del rompecabezas
y empiezan a armar la vieja historia una vez más.

********************************
EDUARDO LANGAGNE
(México 1952)
ROMANCE ANÓNIMO

Como un lento cangrejo me acerqué
y separó las piernas:

su cuerpo
era un cálido barco a la deriva

yo habité ese lugar sin recordar naufragios.
**********************************
ANGELES MORA
(Rute -Córdoba- 1952)

CAMARA SUBJETIVA

Una mujer sentada en la terraza
se seca el pelo.
La cabeza inclinada
Sobre un albornoz
entreabierto.
Los dos senos redondos
en los muslos dormidos.
Una sombra se asoma
al resplandor del suelo.

*****************************

ANTONIO SOTO
(Librilla -Murica- 1952)

ESPERANDO EL POEMA
Mientras llega el poema
contaré los pelos de tu pubis.
******************************

ISLA CORREYERO
(Miajadas -Cáceres- 1957)

COÑO AZUL

Mi coño es negro como carbón evaporado. Pero se vuelve azul
a la luz de la tele y de la luna.

La característica más peculiar que explica su color y forma
es
que tiene una circulación lenta y estremecida que va navegando
hacia la
tinta de las venas y se abre al desamparo de mi dormitorio
como si
comprendiese que un dedo impenetrable, masculino
no pasará por él, ni por las sábanas.

Sería una esperanza considerar
que sobre mi coño solitario aún pueden caber volúmenes
remotos
o
un pañuelo azul que penetrase las dos mitades húmedas y
abiertas
y así pasar, esta tela azul, ensangrentada, quedándose,
rompiéndome,
porque mi coño ya es invencible,
mi enemigo.
Aislado del amor
cualquier coño es violento.
*****************************************

FERNANDO ARAMBURU
(San sebastián 1959)

Las pinacotecas enseñan que la mujer sólo está de verdad
desnuda cuando abre las piernas.

****************************************

SANTOS JIMENEZ
(Cuevas del Valle -Ávila- 1959)

HASTA QUE EL BARRO SEDIMENTE EN MI COLODRILLO

diecisiete de octubre

Ah, tus caderas,
grupa que cabalga mi lengua.
Los dedos por las aristas
que asoman al abismo.
Allí donde se vuelve
pétalos la carne
y bebemos vino
sin vid y sin arcilla.

*****************************************

AURORA LUQUE
(Almeria 1962)

CARPE noctem, amor. Coge el brusco deseo
ciego como adivino,
los racimos del pubis y las constelaciones,
el romper y romper
de besos con dibujos de las olas y espirales.
Miles de arterias fluyen
mecidas como algas. Carpe Mare.
Seducción de la luz,
de los sexos abiertos como tersas actinias,
de la espuma en las ingles y las olas
y el vello en las orillas, salpicado de sed.

Desear es llevar
el destino del mar dentro del cuerpo.

***********************************

IÑIGO GARCÍA URETA
(Bilbao 1970)

LECCIÓN DE LENGUA

A una florecilla hay que besarla
luchando con sus labios
erizándole el vello
mordiendo campanillas
con ritmos brasileños
una y otra vez,
paciente, enhiesto, suave,
besarla hasta que ría
y sea de contento
y un rastro de saliva
bautice con su aroma

esos muslos que nos iban a ahogar.

El origen del mundo es una colección recopilada por Juan Abad para Poesía Hiperión, editado en el 2004. Reune a más de cien poetas que escribieron sobre la vagina.

04
may
08

resurrección

Hoy estuve a punto
de girar el volante
y escoger otra ruta,
de reír a carcajadas
en el bosque
sobre la hierba mojada,
de abrazar la lluvia
de abril
con la boca abierta,
soñando con todas
las mujeres perdidas
y sus besos de lengua,
empapándome del frescor
del aire,
lleno de los ecos obviados
y las celebraciones,
con la estela del futuro
cogida por los dedos,
y veía salidas,
y creí ser de nuevo
un hombre.

Copyright Ariño2008



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La música de los perros de la lluvia

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El viaje de la memoria. Un cuadro de Pío Cesar Robla. Entrada al almacen de cuadros

Pio Cesar Robla.

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