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04
sep
11
Kafka-Roberto Calasso (K.)
(Todas las fotografías de la Sierra de Gúdar (Teruel) por cortesía del fotógrafo francés Michel Lavigne)
La sierra amanece envuelta en la niebla y deja sobre los hierbajos y las hojas de los árboles, sobre el césped y la piedra, un rastro de humedad, una frescura que al respirar inunda los pulmones e irrita las fosas nasales, provocando un picor doloroso para quien no está acostumbrado. Nos contemplan mil años de historia desperdigada entre muros vetustos y piedras cuadradas, talladas a mano, y el campanario viejo, que se alza mudo, y esos caminos empedrados, que suspiran por los pasos de campesinos y mulas y carros de antaño. Soñamos hace algunos años con este paisaje, con un rincón como éste: una casa de dos pisos, planta baja y vivienda, y una luminosa buhardilla con apertura en el tejado gracias a una amplia cristalera incrustada entre las viejas tejas, y ventanales con vista a las montañas. Aquí se puede respirar, a pesar de la historia que asciende como vapor de agua, que impregna cada poro de mi piel y me recuerda que en este lugar, hace años, siendo un niño, un adolescente, fui feliz, y que entonces tenía sueños, una imagen de la vida futura espléndida, llena de posibilidades, y aunque uno siente nostalgia por la existencia que no pudo ser, no me quejo de haber sobrevivido y regresado, a pesar del invierno gélido y silencioso, a pesar de los fantasmas de la memoria que van poblando cada esquina, cada pedazo de muro. Aún me queda algo de aire, de hecho, pienso que antes era menos consciente del aire, y ahora, cuando subo a la montaña y contemplo la inmensidad del valle -Helene apoya su cabeza sobre mi hombro y siento como el viento mueve sus cabellos, que se pegan a mi rostro-, estoy seguro de estar vivo, sin ruido, sin el incesante parloteo de quienes no me interesan: ella y yo, solos, contemplando la inmensidad de las laderas y los ribazos, atentos a los movimientos de las aves que giran alrededor de los picos, o al paso cansino de un vecino que arrastra un carro con cebada para los animales, de los pastores que recorren las veredas con sus ovejas hambrientas.
Camino por los senderos serpenteantes y retorcidos junto a ella, que me estrecha por la cintura y trata de sonreír al paso, a través de las hileras de arbustos y hierba con firme de tierra seca que delimitan los cauces y los terrenos de cultivo. Creo que es feliz, pero se contiene, tal vez porque sabe qué es lo que quedará al final.
Sucede algo similar con Bellochi, que se acerca en coche hasta aquí dos veces al mes, y comienza a parlotear y evita mi mirada tan sólo para no verme como era antes, como soy ahora. A veces Helene y yo nos miramos en el espejo de la cómoda, el mismo que nos ha contemplado durante veinte años, que reflejó los cambios verano tras verano, y ella me acaricia el rostro y descubre el paulatino deterioro con una esperanza de belleza que concibe como cierta. Las canas son notorias en mis cabellos; se han hecho duros y blancos, muy erizados, aunque acabo de cumplir treinta y ocho años, y mis ojeras se esfuerzan por darle un aire sufrido a mis facciones aniñadas. El mentón antaño redondeado, se ha endurecido de un modo excesivo, y mis manos son largas y huesudas; manos de filósofo, que solía decir mi abuelo, las que yo quería, esas manos huesudas de dedos finos y estirados, ligeramente torcidos, como una ironía que me anuncia el tiempo que se disipó, y lo que queda, desde luego, hay que devorarlo. Y entonces llega esa pregunta, que como juego alguna vez expresé al abrigo de una conversación entre amigos, y escucho esas respuestas que en este instante bailan en la memoria, irresponsables, y sonrío con cierta condescendencia, y algo dentro de mí recibe luz en esos momentos en que la oscuridad parece ser la única respuesta. Bellochi se empeña en pronunciar su lista de quehaceres, en vista de un agotamiento irrenunciable y voraz del tiempo de existencia: pretendía la fama, porque en el fondo, palabras textuales, fue lo único que buscó, aunque supo vivir con su media fama, sin reproches, satisfecho, no menos suculenta e interesante que la completa. Inma optaba por viajar, como Nati, recorrer de punta a cabo el mundo, ora en barco, ora en avión o piragua, el amazonas, el desierto, el cañón del Colorado, la estepa rusa, la Provence francesa, y las ciudades colosales, se llenaban sus bocas de París y Nueva York y Berlín y Londres y Praga y Marraquesch, y las enlazaban con aventuras que siempre terminaban bien. Ahora ellas piensan en sus pequeñas, desmienten su heroico pasado de sexo drogas y rock & roll aunque mantienen ese empecinamiento particular de la rebelión a pesar de todo. Viajar, ya lo hice, como un castigo, o como dice Bellochi, como un viaje inconexo; porque mi viaje y el suyo fueron viajes desnudos, sin paracaídas ni salvaguarda, directos al corazón de la podredumbre humana, esparcida por doquier hubiera guerra o hubiese paz en cualquier parte del mundo. Y Jean hablaba de un final apoteósico, pero alejado de la fama, más bien una excelsa dedicación a la exaltación de los sentidos, hasta el karma del exceso, sin más: mujeres, vino y libertad, disponer de tiempo y dinero para gastar en un maremagno de desconcierto, hasta que el corazón dejara de latir y el cerebro se apagase. Pienso ahora en Reinaldo Arenas y su afán por concluir su obra como si fuera lo único que importara, entre la memoria y el esfuerzo. O en Fitzgerald y su Último magnate, o tal vez en un Musil tembloroso, ardiendo entre las páginas de su hombre sin atributos, o en el agotamiento físico y espiritual de un Hemingway borracho y decrépito vencido por la vida, hasta situar el cañón de su escopeta de caza sobre la boca y apretar el gatillo. Cualquier respuesta valía para expresar que algo de la existencia se iba apoderando de todos en el mismo instante en que conversábamos, segundo a segundo agotábamos algo de nosotros, y al pensar en un tiempo acelerado, que produjera un suspiro tan sólo y permitiera fijar la conciencia en esa fugacidad, surgía una vez más esa imaginación precisa, ese carpe diem que fijaba el único sentido posible.
Suelo levantarme muy temprano, porque al ver nacer el día -primero sombras oscuras que acompañan el bullir de la tetera y un frío intenso, despacio una luminosidad creciente que se mezcla con el vapor de la cafetera y la ilusión de extender las páginas del libro que termino de empezar-, tengo la sensación de que gano algo, de que arranco un suspiro más, deseando empaparme de ese amanecer que en el fondo, a pesar de la calma, anhelo. Con sólo mirar los ojos llorosos de Helene cuando contempla el espejo de la cómoda y trata de sostener por un momento la idea de que puedo marcharme sin más, de que puedo desaparecer como se marchitan las hojas de los árboles en otoño y quedan sepultadas en la tierra desmenuzadas y polvorientas, me arrebata una tristeza inmensa que nada tiene que ver con el egoísmo. La consciencia de la vida, o mejor del fin de la misma, se fue diluyendo en un deseo profundo e insistente por unirme a un paisaje, a una manera de vivir que en la ciudad resultaba imposible. Pero esa conciencia me sirvió de acicate y a la vez de motivo. Si los hombres supieran por un instante que el día siguiente puede ser el último, todo cambiaría de la noche a la mañana, y sin embargo es una posibilidad que esta ahí, quieta, que existe, que acto seguido caiga una maceta de cualquier balcón sobre la cabeza de un transeúnte confiado, o que una mala maniobra del automóvil pueda provocar el accidente que finiquite una vida, o quizá una enfermedad misteriosa viva ya en el cuerpo de un ser humano y esté devorando los órganos vitales, anunciando el fin irremediable
-Podemos elegir casi todo.- Diría optimista Mario, al que hace tiempo no veo, pues anda por otras montañas enfrascado en su trabajo, en sus nuevas esperanzas.
Desde la ventana que da al viejo castillo derruido -sus piedras fueron utilizadas a principios de siglo para construir nuevas casas, en una afrenta revolucionaria contra el poder feudal, un gesto de justicia, ignorancia y brutalidad inaudito, sobre el que he pensando muchas veces-, el día surge de nuevo imprevisible y se llena de matices y colores, del sonido de los grillos y los pájaros que van poblando de vida las calles desiertas. He tratado de imaginar una caravana de aldeanos provistos de carretillas, ascendiendo y descendiendo ordenadamente el camino que rodea la iglesia y sube hasta el pico, los he visto arrancando las piedras del monumento, destruyendo los muros, y luego, con la carretilla cargada, descender despacio por el sendero empedrado. Es uno de esos actos subversivos que siempre me han fascinado, que irremediablemente, a pesar de la figura de mi abuelo, que aparece de fondo y niega una y otra vez aquel atentando contra el patrimonio cultural de la Sierra -¡por Dios, arrancar las piedras de un castillo construido en el siglo XV!- me ha recordado a otras grandes revoluciones de la historia de la humanidad. Cuenta la leyenda que fue Ramiro Avisavientos, en mil ochocientos noventa y tres, quién fuera abuelo de Ramón Avisavientos, héroe de guerra republicano durante la guerra civil española en la sierra, muerto al cobijo de una iglesia abandonada en un pequeño pueblo cercano a Madrid después de asesinar por venganza al falangista que violó y fusiló a su esposa, sacó a golpes de su casa a Federico Montseny, el hijo del antiguo marques de la Villa, hombre poderoso y brutal, lo arrastró por el suelo del brazo, ya medio muerto, y junto al pregonero convocó al pueblo a una reunión de urgencia. Deseaba el ajuste de cuentas de la humillación y la miseria después de años de carencias y dureza. La historia fue repetida en un apellido, de igual forma que ahora el airado reproche civil ante un tiempo de sinvergüenzas y avariciosos, de ruido y mentira, tendrá una respuesta: energías humanas que van cobrando sus piezas en un juego de causa-efecto fascinante. Aquella revuelta fue el símbolo de un final, organizado por entero desde allí, un sitio demasiado alejado y abrupto como para que pudiera ser reprimido con la dureza exigida, y se aceptó después en la capital de provincia el reparto de tierras, y nadie puso pegas a la destrucción del castillo. Se acabó el antiguo régimen, y con ello el hambre, se aseguró la supervivencia de todos en un nuevo estadio que permitió al menos la subsistencia y el desarrollo; se hizo a lo grande, y que mejor modo de festejarlo que destruyendo el monumento, como una exégesis del hombre rebelde, tan menospreciado por el poder ciego, tan corriente sin embargo a lo largo de la historia.
Desde hace algún tiempo, suelo prestar atención a las pequeñas cosas, como si fuera posible llevármelas a ese estado sin contenido que me espera, a ese largo sueño sin memoria, que tarde o temprano me empujará hacía la negrura, a pesar de la esperanza de Helene, y siento que en todo ello hay un afán secreto de alcanzar alguna sabiduría, y pienso en ello como síntoma, porque antes, años atrás, nunca tuve semejante curiosidad. Es importante conocer esos cambios, determinarlos, a poder ser aislarlos de lo demás, para saber o reconocer qué es lo importante. No ha muerto en mi el amor, que se expresa de múltiples maneras, no sólo en Helene, a la que quiero más y mejor, a la que considero parte de un recorrido necesario como si hubiese sido destinada a acompañarme, sino que pervive en los rostros familiares, en los libros que repaso a menudo a solas en la buhardilla polvorienta, en el recuerdo de aquellos que me acompañaron y tuvieron que marcharse por la fuerza o por la inercia, tantos cadáveres, en el brillo que a veces se atisba en los seres humanos cuando una ilusión de futuro, de alegría, inunda la insatisfacción. No anhelo el amor infatigable y superficial de la seducción, ni siquiera los años salvajes sin nombres, poseído por la ebriedad de un sentimiento sin dirección ni rostros, como solía decir Jean cuando hablaba de lo que haría si supiera que al día siguiente todo fuese a terminar, en un afán de regresar a la antigua promiscuidad de nuestra adolescencia infatigable; por el contrario, cada minuto a su lado eterniza la vida, la hace, en cierto modo, inmortal. Lo único que echo de menos es el deseo, otra forma del amor igual de intensa, el deseo salvaje y arrebatado de perder la identidad, de echarla por tierra y obviar el yo en las fauces de otro, de gozar y sufrir en el mismo instante en que se detiene el tiempo para expresar el anhelo más eterno del ser humano: la fantasía de la continuidad imposible. Por eso aguardo con impaciencia que lleguen las nueve o las nueve y media, para poder oír desde la buhardilla el crujir del catre, sus pasos por la habitación, y entonces dejó mis papeles y periódicos, mis libros o mis escritos, y me precipito escaleras abajo sólo para desearle los buenos días y sentir el calor de su cuerpo. Y cuando tarda, recorro sigiloso el pasillo, y desde el marco de la puerta la contemplo extasiado dormir desnuda. Hay algo eterno en esa imagen que me sumerge de lleno en la sensualidad y en la historia del arte, en las visiones femeninas de todos los maestros, en los desnudos espaciados de asombro ante la belleza, algo similar al eco que oscila frente al empecinamiento de los cínicos por perdurar. Es como si todo naciera del deseo, la Venus frente al espejo que sueña el pintor Diego Velazquez, las cabezas rodando de los aristócratas franceses, la esperanza de que la servidumbre, el odio, la avaricia y la mentira se desintegren en el mismo instante en que Helene se estremece en la cama y Sophie suspira a kilómetros de esta sierra por aquel deseo interminable y eterno que me une a ella, Courbet se extasía ante las durmientes y estas palabras alcanzan la luz, antes de la cálida tarde en la que negrura lo envuelva todo y yo desaparezca.
Copyright Jimarino
Copyright Jimarino
Hace aproximadamente un año, finales de marzo tal vez, sucedieron en mi existencia tres cosas -quizá fueron más sin saberlo, pero ahora son tres fundamentales las que recuerdo- que me acuden a la memoria de repente y se asocian a esta espera lenta, Mateo con fiebre, que busca con sus ojillos azules mi mirada, que me sonríe ardiendo, con sus mofletes enrojecidos y esos labios gruesos y carnosos, iguales a los de de su madre. Por un instante se aferra a mí, se aprieta contra mi cuerpo y me acaricia el pelo; le oigo proferir sus parrafadas ininteligibles, sus sonidos tan familiares en la tenue luminosidad del cuarto. Hace ya algún tiempo que comprendo lo que pretende brillando en sus ojos cuando me mira y sonríe, la sensación que le acude cuando está a punto de caerse en el transcurso de sus torpes caminatas y lo sostengo en su carrera, o cuando me llama para que le de agua o algún objeto tentador que quiere sostener con sus manos o llevarse a la boca.
En marzo del 2009 yo no tenía ni idea de lo que significaba sentir que alguien dependiera de ese modo de mi, absolutamente nada acerca de que un pequeño bebé sonrosado y angélico buscara que este irresponsable noctámbulo con el mal de Montano y la avaricia de las palabras resolviese los entuertos que pudieran surgirle o la extrañeza con la que contemplaba por primera vez elementos del mundo a los que los adultos ya no prestamos atención. La magia de esta nueva vida diurna es volver a revivir a través de sus ojos aquella capacidad de mirar que perdí, asombrarme de nuevo ante lo corriente, ante lo extraordinario de la tierra, sus colores, sus objetos, luces y texturas. Quizá el sentido mismo de La carretera, esa enigmática y apocaliptica novela que terminé de leer según mis notas el 24 de marzo del pasado año, de la que recuerdo el momento de avanzar entre sus últimas páginas y no poder contener las lágrimas, que el libro se cayera de mis manos sobre las baldosas del salón y a solas, de madrugada, al observar la suave claridad azul del cielo que nacía después de unos días de lluvia, comprendiera que algo se había transfigurado a mi alrededor, que el amanecer surgido claro después de una semana de aguaceros, que el embarazo de Severine pasado el octavo mes o que la angustia de un hombre que quiso ser libre y siempre creyó que la libertad se hallaba en el acto de poder hacer las maletas cualquier mañana y cambiar de vida sin más razón aparente que el capricho de mi real gana o el impulso del viaje y lo renovado, que los ojos que miraban la luz, que todo eso, se había transformado.
Creo que escribí una vez hablando de Proust que la lástima de algunos libros era no poder vivir en ellos eternamente, que fuera imposible escuchar constantemente su prosa –escuchar o leer-, también que el efecto deslumbrante e inspirador de ciertas páginas no posea la misma consecuencia que la que deviene a la lectura primeriza, la cual, como todo lo nuevo, parece una irradiación desconocida o un amanecer en un lugar jamás visitado.
Releyendo hace poco párrafos sueltos de La Carretera de Cormac McCarthy comprendí que no podría volver a revivir de igual forma aquel viaje alucinante a través de un mundo destruido y sin esperanza, acompañar el paso lento y cauteloso de ese padre y su hijo avanzando entre las ruinas de la muerte y la negrura, que no sentiría lo mismo ante ese proceso cuasi religioso experimentado, en ocasiones místico y sublime, que durante una semana recorrí mudo hace ya doce meses. Sin embargo, y a cada nueva lectura que rehago en los últimos días, el aliento de esa prosa que Cormac McCarthy quiso imprimir a cada una de sus frases continua vivo, ya no la emoción en sí misma, sabida, conocida, aunque no por ello menor, sino el placer estético de adentrarme en la destrucción bíblica de una pesadilla tan coherente y firme, tan bien estructurada, que me provoca la intensa sensación de encontrarme –tuve una impresión similar cuando terminé el libro en su día- ante un clásico, ante un libro que seguirá fascinando a lo largo de los años, décadas, a los lectores, y ojalá lo siga haciendo durante siglos, porque será una señal del esplendor de la literatura y su resistencia a morir.
Surgidas dos de las tres cosas mencionadas al principio: el inminente nacimiento de Mateo y la lectura de La carretera de McCarthy, resta una tercera.
En el 2009, después de mucho tiempo intentando hallar el modo adecuado de hacerlo, después de intentos desesperados, aburrimientos y silencios avergonzados, tuve la sensación a principios de año de haber logrado adentrarme en la complejidad maravillosa de la Divina Comedia de Dante. Sería un desagradecido si no mencionaría que fue gracias a la lectura de una extraordinaria conferencia de Umberto Eco sobre la obra, a su modo de asociarla con mi mundo contemporáneo, con la red y la contemporaneidad asfixiante de nuestra vida presente.
La Divina Comedia me acompañó a lo largo de cinco meses, con la mesa llena de notas, garabatos, libros medievales y textos de la mitología, abierta la Biblia, casi como un acertijo en vez de cómo una lectura literaria, pero un acertijo lleno de placeres que había olvidado antes, que tardé tanto en descubrir, y armado de entusiasmo quedó conclusa en Junio del 2009. A la llegada de mi hijo y a la prosa del americano, se le únia por aquel Marzo pasado el deleite del infierno y el purgatorio de Dante, y aún restaba el paraiso. Ahora comprendo en qué consistió la magia de esos meses.
Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Se mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había.
Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Sólo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.
Con el primero de los párrafos transcritos comienza La carretera. Recuerdo haber pensado al instante que me encontraba ante un texto religioso, sumido en una parábola en la que la metáfora o el símbolo guardaban en sus entrañas el conocimiento, esa particular sabiduría de la que se componen los mitos. Novela norteamericana por excelencia, quizá imposible en nuestra Europa –aunque hay una película reciente con una temática parecida, excelente a su vez, El tiempo del lobo, de Haneke- no tiene en su interior ni una sola reflexión filosófica a no ser las impresiones de los protagonistas y pertenece a toda esa literatura de lo heroico heredera de Whitman. Frase corta, sin embargo dotada de una hondura inusual, como si cada palabra escrita no pudiera ser removida sin deshacerse la construcción.
Cuando escribía sobre Pierre Michon después de leer la totalidad de sus libros editados en español tuve la sensación de alcanzar esa misma escritura religiosa a través de un estilo completamente diferente. Michon engrandece el átomo de la palabra con una precisión exuberante; McCarthy es como un cronista sobrio lleno de exactitud. Los diferencia a su vez la cultura: la espléndidad enciclopedía de autores y conocimientos literarios, la exhaustiva sabiduría artística de Michon, y la vanidad, a veces cargante y presuntuosa, puede que simplona en su discurso no literario, incluida esa boutade imperdonable en un escritor de su talla sobre Proust y Tolstoi, que caracteriza a McCarthy. Los une, sin lugar a dudas, el talento y su consideración de la palabra como una cuestión sagrada.
Dos personajes recorren buscando El Sur en un mundo destruido, deshecho, sumidos en la niebla, el gris, la bruma y el desastre. La prosa describe con una maestría insuperable la desesperanza sin necesidad de razonar sobre ella. Las impresiones del paisaje y el color del cielo, la espesura de la noche, la absoluta debacle llena de ruinas y abandono, bastan para describir ese estado de ánimo que surge ante la contemplación de la destrucción. La capacidad del autor para hacernos visible el infierno resulta milagrosa, puntillosa en su afán de ofrecernos un relato de la desolación. Un padre y un hijo; un padre cuya única esperanza es en realidad ese niño que camina a su lado y al que debe transmitirle todo lo que sabe para asegurarle la supervivencia antes de que él muera. Un niño que en sus inocentes palabras y dudas, en las cosas que su padre le enseñó, cosas de la otra vida, de esa existencia anterior a la hecatombe que se le aparece en sueños al adulto, que surge en lo lugares más insospechados cuando parece no haber salida, convierten al pequeño en la palabra de Dios a los ojos del padre. La figura de Dios surge majestuosa a lo largo de las doscientas páginas del relato: un Dios ausente, despiadado, pero aún así presente en el imaginario de esos dos seres humanos náufragos, perdidos. Dios en el sentido originario, en esa invención que necesitaron los hombres primitivos destinada a creer, a seguir, a soportar los temores, los miedos, a encontrar un sentido a la inmensidad y el caos de la naturaleza, a comprender lo ilimitado e infinito del tiempo y el espacio y su efecto en los pensamientos del ser humano, a evitar en definitiva la absoluta orfandad.
Un hombre que vive de la luz del pasado –el amor, el dolor, los afectos, lo comprensible para nosotros- y cuyo presente es una línea recta oscura y terrible, en la que asoma tan sólo esa intención poética, mística casi, de alcanzar un Sur improbable, inexistente en nuestra intuición y en la suya, pero es esa especie de poesía o milagro del espíritu (el Sur) la que guía sus fuerzas, la que le empuja, junto con la mirada de su hijo, a adentrarse en un mundo sin esperanza.
Enseguida pensé que los dos grandes asuntos de La carretera eran Dios y la literatura; ambas como productos del hombre, como partes inherentes a nuestra necesidad de saber, de entender, de sobrevivir. La religión como ese conjunto de valores humanos eternos que en medio de la inmoralidad y la salvaje lucha por la vida asomaron y asoman en el corazón del hombre; me refiero a una religión hecha en el fondo de inocencia y superstición, tan ajena a la que conocemos ahora bruñida de poder, normas, y a menudo de intolerancia. La literatura como esa necesidad de relatar y reconciliar la lucha mediante la palabra y los sentidos, palabra escrita u oral destinada a alimentar el futuro de ese padre que habla de los buenos al niño, de aquellos que, cuando él no esté, su hijo debe buscar; literatura como fuerza de la metáfora –el sur, la carretera-, como acicate y salvaguarda de los rituales civilizados frente a la barbarie inherente al ser humano.
Entre los pasajes memorables de la novela hay uno que me conmueve especialmente con esos sentidos profundos que suele albergar McCarthy en toda su literatura: el padre le lee un cuento antiguo y el niño pregunta por los elementos y emociones que allí aparecen, algo que ya no existe, que él no conoce en la realidad. El muchacho sabe lo que es un perro, también vio el rostro hermoso de su madre siendo un niño, pero en medio de ese largo e imposible recorrido va a olvidando el mundo antiguo ante el horror. Si Conrad construyó el horror con elipsis y silencios en El corazón de las tinieblas, McCarthy se atreve a describirlo como si estuviera viéndolo delante de sus narices. El hombre intenta hablarle de la justicia y el valor en un universo en el que el hambre, el frío y el miedo, han construido la absoluta misería de una tierra en la que lo humano no es más que una reminiscencia del alimento que llevarse a la boca y los jirones de telas putrefactas, mantas y ropas que envuelven los cuerpos mugrientos para no morir congelados. La única voluptuosidad posible, como le sucedía a los antiguos teólogos medievales, es la muerte. No hay nada que brille en el horizonte; cualquier color, algo venido de la imaginación. Los animales han desaparecido, no existe la alegría de los seres inconscientes ni los árboles, convertidos en jirones de madera muerta, quebrados y quemados troncos sin frutos ni hojas que aspiran a la extinción. Sólo queda en pie el más terrible de los seres vivos, el hombre, que dominado por el deseo de sobrevivir y la furia de la existencia que palpita como una maldición en su corazón se afana en destruir la poca vida que perdura.
Ese es el panorama de la hermosa historia que relata La carretera. Temen al canibalismo y a la desesperación, pero él intenta guardar en el espacio miserable en el que viven alguna ráfaga de lo humano, quizá en esa imperiosa necesidad que los grandes escritores desearon para siempre alcanzar con el relato de sus obsesiones: una llama de la existencia capaz de ser rescatada del olvido y la muerte.
Si alguna vez quise encontrar algún estado ideal en el que me viera obligado a justificar el hecho de la literatura, ese maravilloso espacio verbal, espejo del mundo, en el que el hombre proyecta sus sueños, sus obsesiones y pasiones, la moral extraída de la vida en la descripción de personajes e ideas, sin duda hubiera debido remitirme a este universo de La carretera, o quizá a La Divina Comedia surgida en el fragor del caos de la Edad media, en ese periodo histórico que a pesar de no ser tan terrible como imaginamos en nuestro afán de progreso humanista y científico surgido de la Revolución francesa y la Ilustración, sí al menos tuvo el don de convertirse en un mundo sin guía, en el que la iglesia Católica y otras religiones trataron, en medio de la corrupción y la oscuridad, de alumbrar un poso de esperanza a pesar de sus conocidos abusos posteriores.
Como hombres temen el horror que los hombres abominaban en esa otra vida extinguida, aquello que la luminosa civilización escondió bajo la alfombra y trató de evitar durante siglos; la terrible condición humana, el espejo animal en el que nos reflejamos, la cara oculta, las sombras de la luz, lo oscuro de nuestra relación con la supervivencia y el poder.
El hombre habla de los caníbales, grupos hambrientos de seres humanos como ellos que vagan por la tierra desolada y se alimentan de esclavos que capturan y devoran.
De alguna forma, salvando la distancias, Dante encontró en el catolicismo la moral necesaria para evitar los excesos de los hombres, los abusos que se cometían impunemente en el mundo en el que vivía, aunque le costase el ostracismo, el dolor y el exilio, la lenta y triste muerte que le sobrevino después de una juventud rica en sucesos y en dones. El cristianismo albergaba en su seno una serie de valores procedentes de la filosofía griega que aspiraban a la paz y al amor, y de alguna forma, ese acervo pasó a la filosofía occidental posterior y a sus intentos de construir una moral laica -otro asunto sería las manos humanas que a través del miedo y la mentira, la manipulación y el ávido deseo de poder convirtieron el medievo en un tiempo voraz y asesino, o la enorme autoridad que llegó a detentar la jerarquía católica en ciertos periodos, su belicosidad y su desdén por otras religiones, su persecución de herejes y sus luchas intestinas (tan humanas) por el dominio, tan alejado de la religiosidad primigenia y su sentido-. Para Dante, el cristianismo y su filosofía o teología significaban la necesidad de dar un salto civilizado hacia otro estadio de la humanidad que primara la virtud y la bondad sobre las demás pasiones humanas; además tuvo el talento de escribir un hermosísimo poema, cuyo valor literario sustenta sobradamente aquello que a un lector de nuestro siglo XXI nos resulta racionalmente infantil o incluso irracional, alejado de nuestras premisas filosóficas y nuestros planteamientos humanos.
La belleza tenebrosa de La carretera es una imagen del infierno que podría sobrevenir a continuación si todo cuanto conocemos desapareciera; es el segundo después, lo que sucedería evaporado el horizonte de un mundo hecho de los acuerdos básicos de la civilización y olvidados los cacareados derechos fundamentales del hombre que acompañan imperfectamente a casi todas las constituciones de los países democráticos.
A pesar de eso, me parece más una obra profundamente espiritual que un texto de ciencia ficción que trata de anticipar el futuro desde los elementos y circunstancias que articulan el presente. De alguna forma, salvando la distancia, y sin ser desde luego McCarthy un moralista –bastaría leer algunas de sus otras obras, Meridiano de sangre, No es país para viejos por ejemplo, para observar su aguda frialdad, su visión desoladora y apocaliptica de la vida humana- pretendió, a veces creo que inconscientemente, generar un libro que sirviera a los hombres de un mundo exterminado; se dirigió a los espectadores de ese instante en que la existencia que tenemos ante los ojos y que nos acompaña desde los esfuerzos liberales acontecidos en el siglo XIX, que generaron tras las grandes guerras los estados de bienestar y las democracias, y las instituciones internacionales que conocemos, pudiera acaso desaparecer y con ella todo cuanto somos, nuestras costumbres, nuestro modo de relacionarnos y avanzar quedara anegado, algo por otra parte posible, aunque este texto no tiene intención de adivinar el futuro a mi juicio.
Releyendo recientemente La montaña mágica de Thomas Mann, excelente novela comenzada en 1912 y concluida en 1924, que guardaba en su esencia entre otros muchos tesoros las convulsiones políticas y económicas, las ideas contradictorias que pugnaban por dominar el mundo y que terminarían por provocar la primera y la segunda guerra mundial con sus devastadores efectos, volví a pensar en que la batalla de lo luminoso, de la civilización y el progreso, del avance científico y la luz del humanismo, siempre tuvo enfrente la enorme oposición del oscurantismo, el culto a la muerte, la barbarie de los instintos que tiñen la condición humana. Los optimistas ilustrados que creyeron en el avance inexorable del mundo, en un lugar en el que la superstición y el analfabetismo, la miseria y el dolor, quedaran erradicados, toparon de lleno con el lado oscuro del ser humano, con la sensación de que la historia, a pesar de sus innegables avances, suele dar vueltas en círculos concéntricos, quizá porque a pesar de lo ilimitado e infinito de las combinaciones que se dan en el universo físico o matemático, los seres humanos suelen comportarse de modo similar a lo largo de los siglos.
En La carretera no existen los buenos y los malos, aunque el padre se empeñe en que su hijo diferencie a unos y a otros para poder sobrevivir cuando él ya no esté. Sólo hay un planteamiento moral ante el hecho de la supervivencia, una realidad que subyace en nuestras sociedades y que, sin embargo, no percibimos por el efecto de la civilización. La carretera nos hace pensar en la posibilidad de seguir hacia adelante y no dejarnos tentar por aquello que podría desnudar la animalidad del ser humano. Ese padre protector se empeña en afirmar unas cuantas premisas esenciales que el niño memoriza y repite: morir de hambre pero jamás asesinar sin razón o comerse a otro hombre para salvarse, especificar los aspectos irrenunciables que deben unirnos a los de nuestra especie, establecer un código de conducta que ponga límites a la exaltación, el odio, la desolación o la desesperación; buscar a personas que tengan el fuego, ese algo que diferencia entre aquellos que no esclavizan ni devoran a los otros y aquellos que optan por el canibalismo para seguir viviendo: en definitiva ir al encuentro del sur, el sur con ese sentido tan amplio, poético y religioso, que significa la esperanza, la fe en la vida.
La fiebre de Mateo continua, y ahora pretende besarme y abrazarme sobre la cama. Cuando trató de pensar en cómo podré defender su destino dudo ante la inmensidad del futuro, ante aquello que me resulta imposible dirimir tras la maraña de sucesos recientes y de temores desconocidos. La luz siempre fue la esencia de lo humano a pesar de los pesares (tener el fuego, dicen los protagonistas de la novela): el amor, la solidaridad y el mandamiento de no matarnos los unos a los otros. Pero yo no puedo garantizar, como el padre de La carretera ante su hijo, que las cosas vayan a ser de ese modo. La lucha entre el bien y el mal no es más que una invención de las distintas religiones, tan dependientes en verdad, aunque durante siglos negaran esa influencia, de los universos ideales platónicos. La única lucha en todo caso se llamará supervivencia, y a lo que se encaminaron las sociedades tras los millones de muertos y las barbaries acontecidas en el siglo XX fue a borrar de un plumazo esa sensación de que la voluntad humana y el poder heredero del miedo a perder privilegios, alimentos o cualquier otra forma de asegurar la persistencia de la tribu, pudiera ser paradójicamente tan inhumana.
Lo asombroso de la novela es pensar cómo ese hombre que conoció otra tierra mantiene la esperanza en ese trayecto a la orilla de la misteriosa carretera que los conduce hacia el improbable sur. Abundan los pasajes inolvidables que vienen de sus recuerdos, de los momentos posteriores a la catástrofe que asoló el mundo, tiempos en los que les acompañaba la madre del niño. Ella le dice a su marido que no puede más, que esa vida escondidos, sin presente real ni futuro, no vale la pena vivirla. Su elección es comprensible, tanto que nos sobrecoge esa constancia, comprendemos su decisión de desaparecer, y surge la admiración por ese hombre que elige resistir a toda costa para que el muchacho continúe vivo. El protagonista sólo encuentra en el futuro del pequeño algún resquicio de luz.
Pero podría haber elegido, como su mujer le pide en una ocasión, que se suiciden todos juntos, al igual que otras personas a su alrededor deciden hacer ante la constancia del desastre, frente al peso insoportable de pensar que en un espacio desolado no existe para ellos ninguna posibilidad de sobrevivir. La carga es tan abrumadora que casi todos nuestros problemas se difuminan al adentrarnos en las circunstancias de esa familia a través de la maestría de McCarthy, que hace tan creíble y real el infierno que el lector llega a sentirlo con una proximidad conmovedora. Aunque sólo seamos el presente, no podemos existir sin la recreación del pasado ni la proyección del futuro.
Los hermosos versos de Dante expresaron la necesidad de construir una moral destinada a alcanzar un lugar para lo que él consideraba lo humano. Beatrice representaba aquello a lo que el hombre moral siempre aspiró a pesar de sus contradicciones: a la belleza, a la armonía, a la paz y al sentido. En el espacio de La carretera nada de eso es posible a simple vista; el deterioro es tan inmenso que vislumbrar la posibilidad de que algo bondadoso se reconstruya a excepción de esa hermosa relación padre-hijo resulta remota. El amor sólo queda reflejado en esa conmovedora afectividad que constituye lo único humano en un mundo que no tiene futuro. Quizá por eso volví a creer al instante, mientras leía el libro, con una fuerza desmesurada, en que la literatura seguía siendo el pequeño, diminuto e insignificante cajón de lo humano, y que sí esos dos personajes sobrevivieran al desastre, la hallarían en su camino, volverían a encontrar su magia y su sentido fuera a través de la tradición oral o de la escritura, de la manera que fuera, para iniciar de nuevo una posibilidad de existir distinta, para guarecer aquellos preceptos de los hombres que siempre mejoraron y protegieron la vida, en el fondo eso que nos empuja a leer y queda satisfecho entre las maravillosas páginas escritas por Cormac McCarthy.
Sin darme cuenta, conforme sigo abriendo La carretera al azar y adentrándome en su terrible relato, en una relectura fragmentada, alcanzo a a entender la cercanía entre la religión y la literatura que amo; una religión ajena por completo a los extremos actuales que conmocionan al Islam o a esa actitud todopoderosa del Vaticano y sus relaciones evidentes con el poder para garantizarse su preeminencia, a la virulencia de los judíos intransigentes, que desde luego no son la mayoría pero de alguna manera se impusieron al resto. En cada uno de los pequeños párrafos en los que McCarthy estructura la historia, en esas frases cortas y solemnes, sobrias y precisas, despojadas de cualquier recargo o sentimentalismo innecesario, sólo la transcripción exacta de la carretera y los rincones físicos y anímicos por los que padre e hijo avanzan, percibo esa forma inconfundible del sentido religioso que siempre caracterizó el alma humana, el respeto a los muertos y al pasado, el sentido de la organización, de la solidaridad, al anhelo de trascendencia ante la fugacidad, aunque sólo fuera en el entorno inicial de la tribu, en la capacidad de construir en vez de destruir: esos sentimientos humanos que desde tiempos inmemoriales compartieron espacio con todas las formas de brutalidad de las que el hombre es capaz y permitieron la continuidad de la especie y no su exterminio.
A veces, respetando cualquier creencia personal y sin menosprecio alguno, me resultan fascinantes en el siglo XXI esos creyentes que cumplen la normas de las distintas jerarquías religiosas; es como creerse un cuento para niños, y sin embargo, cada vez admiro y respeto más profundamente ese espíritu religioso que no está dirigido por las distintas iglesias, mezquitas, sinagogas o templos grandiosos gobernados por hombres que abusan como hombres y manipulan como hombres. Ese sentimiento religioso, libre, que surge tan a menudo ante hechos de la vida, ante paisajes naturales o entre la empatia que nos une a personas afines, y que simplemente trata de consolar la desolación, la pena, el dolor y el sufrimiento, la incredulidad que surge ante la falta de moral, con elementos extraídos en el fondo, libremente, de las distintas enseñanzas venidas de las grandes religiones en torno a las cuales se amalgamaron las creencias humanas ancestrales. Quizá el secreto de que ciertas religiones alcanzaran la universalidad que las caracterizó fuera que conjuntaron toda esa necesidad humana de encontrar un sentido. La contradicción, para un agnóstico convencido como yo, de alguna manera se resuelve en la literatura, en la gran literatura. ¿Acaso no fue sorprendente que Camus, después de publicar La peste, sintiera que eran los católicos que le enviaron cartas para celebrar la obra quienes más cerca estuvieron del sentido que él quiso darle? ¿O que Tolstoi terminara por abrazar una fe desmesurada hacia el cristianismo, y llegó a despojarse de sus bienes y posesiones, tan alejado de la jerarquía católica u ortodoxa, al final de sus días, repudiando todo cuanto había escrito antes, incluyendo esas dos obras maestras de la literatura de todos los tiempos? Tosltoi quizá no comprendió que su verdadera fe en el ser humano se hallaba en Ana Karenina y en Guerra y Paz, En la muerte de Ivan Ilich, pero esa sería otra historia para contar.
De alguna forma, en la huella incesante que constituye la esencia de la humanidad, sigo observando que ese proceso iniciado por los primeros hombres para explicar la vida, para hacerla más longeva y soportable, que esa especie de trascendencia que empujó al hombre a unirse, a colaborar para sobrevivir, a instaurar la convivencia para que sus crías pudieran seguir existiendo, que estableció rituales y formas de rezo para expresar y convocar su entorno, para alcanzar los astros que contemplaba, los ríos y las montañas, que todo lo que llevó a los griegos a constituir su filosofía y su organización política, que los esfuerzos de los primeros cristianos o de esos sesudos teólogos que trataron de explicarnos brillantemente el sentido de la trinidad, o los escritos islámicos o judíos, las enseñanzas budistas o hindús, que la odisea de Dante y antes la de Homero y Virgilio, que más tarde el Renacimiento tras la oscuridad de la Edad Media, y luego la Ilustración y las primeras e imperfecta democracias europeas, que los movimientos obreros y los estados de bienestar europeo, reunían en sus seno el mismo aliento, compartían normas y preceptos en su esencia destinados a mejorar la vida, a dotarla de sentido. Por supuesto en el arte en general y en la literatura se encuentran esos rastros antiguos que ese hombre y ese niño tratan de rescatar y edificar a lo largo de su desesperanzado viaje.
-Cuando no tengo otra cosa intento tener los sueños de un niño. .-Decía el padre.
La inocencia como regreso, la inocencia como única esperanza. Miedo a ser devorado por otros hombres, a ser pasto del estómago fiero y salvaje del hambre. Miedo a perecer sin nada que sea sólido, de que los recuerdos hermosos de una existencia humana, el amor, la amistad, los afectos filiales, los sueños, la dignidad, desaparezcan y ese niño al que trajimos al mundo convencidos de la posiblidad de otra vida jamás alcance a vivir siquiera algo similar a nuestra experiencia. Esa angustia me sobrecogió tantas veces a lo largo de las páginas de La carretera que es ahora, ante la enfermedad de mi pequeño, que comprendo la razón. Creemos en una existencia bajo control porque los cambios apenas afectan a nuestra vida corriente en apariencia. Esta crisis económica ha agudizado mecanismos que no se han resuelto, y sin embargo, seguiremos manteniendo en general esa visión de eternidad social que la historia, a lo largo de los siglos, siempre se ha encargado de desmentir. A veces pienso que Cormac McCarthy escribió La carretera para dejarnos alguna guía posible, y aunque su visión sea en general desoladora, como sucede en otras de sus obras, la novela está llena de esperanza, aunque no pueda revelar su final para aquellos que no se han adentrado todavía en la belleza de sus páginas.
Sobre las últimas páginas de la novela, extraña digresión del paisaje vivido, emotivo desenlace que alcanza a rozar la perfección del sentido que el autor quiso dar a su epopeya, mi hermana me avisa de ciertos escépticos. En la excelente película de John Hillcoat, una fiel adaptación del relato, magníficamente desarrollada, con una fotografía que captó los espacios de McCarthy con una exactitud pasmosa y unos actores magníficos para encarnar a cada uno de los personajes, cabe la posibilidad de confundir el final con una resolución fácil de la historia, quizá por las propias características del lenguaje cinematográfico y la ausencia de palabras –a parte de los diálogos- en el desarrollo de la narración. Aún así, la película logra a mi juicio preservar los elementos esenciales de la obra literaria, y a poco que el espectador haya seguido el desenlace de la fábula, que haya escuchado los textos de McCarthy extraordinariamente bien elegidos para la voz en off, o que haya intimado con la relación padre-hijo, y la de ambos con esa religiosidad primitiva que les permite la esperanza, pienso que comprenderá la naturaleza simbólica de su conclusión. En la novela, en su literatura, la metáfora, la fuerza expresiva de la aventura, resulta incuestionable y muy dudoso cualquier reproche a su desenlace.
La escena del piano; la del baño en la vieja casa abandonada con el padre, y antes en la cuba donde la madre frota los cabellos del niño preguntándose si vale la pena que el pequeño siga vivo ante el dolor de su marido, que contempla la escena desde la puerta; el pasaje de la lectura de un cuento que el hombre lee en voz junto a la hoguera en una noche oscura y desapacible; las palabras en boca del adulto sobre la justicia y el valor; la diferenciación constante entre buenos y malos, el miedo al canibalismo y la seguridad en que antes es preferible la muerte; el encuentro con el fatigado anciano medio ciego y esa conversación entre el padre y el viejo junto a la hoguera después de compartir su comida gracias a los esfuerzos del muchacho; los sueños y las imágenes de esa otra vida desaparecida, la imagen poética de ese Sur que guía los pasos de los dos protagonistas; ciertos gestos del niño ante el ladrón que trata en la playa de robarles la ropa y el carro donde llevan los alimentos condenándoles a una muerte segura; esos días transcurridos en el sótano de una casa donde hallan comida, cigarrillos, bebida, mantas, una cama, todo aquello que otorga una excepcional visión de lo que nos hace dignos en medio de la desolación; la visión de un perro vivo en un momento fundamental del relato, que nos despierta la inmediata alegría después de haber recorrido durante cientos de páginas la expresión de un mundo moribundo; la escena final que termina por provocar una lágrima alegre, una de esas lágrimas que no tienen nada que ver con lo vacuo y lo absurdo, con la obscenidad de un mundo torpe que apenas sí llora por la sensiblería y la estupidez, sino lágrimas conmovidas ante la creencia de que el ser humano es capaz de lo mejor y de que siempre dibuja a pesar de todo una esperanza en cada uno de sus pasos, lágrimas ante esa poderosa poesía de la palabra y los actos nobles, la fe en que la literatura es capaz de transformar el horizonte de los humanos, de albergar en cada una de su letras mayúsculas la verdadera condición del futuro a pesar de comprender por supuesto la enorme complejidad de cada cambio y cada gesto; todo eso que surge ante nuestros ojos, que llena el relato de ese padre y ese hijo bordeando la carretera, conforma una de las más hermosa metáforas que puede alcanzar el ser humano para recuperar la esperanza.
Le debo McCarthy una posibilidad de seguir asombrándome ante la literatura.
La fiebre de Mateo se está convirtiendo en unas toses sin importancia y está a punto de dormirse entre mis brazos. Sin Dante es posible que no hubiera existido la Ilustración ni los años de progreso que acompañaron los siglos posteriores, tampoco los movimientos proletarios que generaron más tarde en el occidente capitalista formas de vida más dignas y humanas, sociedades, a pesar de sus imperfecciones, más justas; tampoco esos avances científicos que lograron alargar la existencia de los hombres y alcanzar la dignidad de las muertes atendidas o la integración de mayorías en la vida de la sociedad, sin entrar ahora a fondo en la cuestión, aunque podría hacerlo, en los intereses económicos que encontraron necesario el hecho, pues detrás de ellos, de la ceguera y la avaricia, de la destrucción y la barbarie, siempre hubo en lo profundo una necesidad humana de avanzar de otra forma, de empujar la historia hacia lugares más llevaderos, o al menos eso quiero creer.
Sigo con esas frases que un día escribiera Bertrand Russell convencido, aunque desconozco a estas alturas si quizá fueron suyas o si las recuerdo con la suficiente exactitud, pero necesito hacerlo.
La inteligencia siempre es bondadosa. No concibo ni concebiré jamás que la inteligencia sea malvada. La maldad siempre es estúpida y ciega. Nuestra historia está llena de ejemplos al respecto.
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Pasaron allí todo el día, sentados entre las cajas de la tienda.
Tienes que hablarme, dijo.
Estoy hablando.
¿Seguro?
Ahora te estoy hablando.
¿Quieres que te cuente un cuento?
No.
¿Porque?
El chico le miró y apartó la vista.
Esos cuentos no son verdad.
No tiene porqué. Son cuentos.
Sí, pero en esas historia siempre estamos ayudando a gente y nosotros nos ayudamos a la gente.
¿Por qué no me cuentas tú algo?
No tengo ganas.
Vale.
No tengo ninguna historia que contar.
Podrías contarme alguna historia tuya
Ya las conoces todas. Tú estabas allí.
Pero tienes historias dentro que yo no conozco.
¿Quieres decir sueños, por ejemplo?
Por ejemplo. O cosas en las que piensas.
Ya, pero se supone que las historian han de ser alegres.
No tienen porqué serlo.
Tú siempre me cuentas historias alegres.
¿No tienes ninguna alegre que contarme?
Son más bien como la vida real.
Y la mías no lo son.
No, las tuyas no.
El hombre le observó. ¿La vida real es muy mala?
¿Tú que piensas?
Bueno, yo pienso que todavía estamos vivos. Nos han ocurrido muchas cosas malas pero todavía estamos aquí.
Sí.
No te parece que eso sea tan estupendo.
Puede.
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Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarinosa allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujados vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.
Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, julio de 1933). Escritor norteamericano, considerado junto a Richard Ford, Thomas Pynchon, Phillip Roth y Don De Lillo como uno de los más grandes autores vivos de su país. Galardonado con el premio Pulitzer con La carretera en el 2007. No concede entrevistas y hay pocas fotografías de él.
Obra
Novelas
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The Orchard Keeper (El guardián del vergel, 1965)
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Outer Dark (La oscuridad exterior, 1968)
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Child of God (Hijo de Dios, 1974)
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Suttree (Ídem, 1979)
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Blood Meridian, Or the Evening Redness in the West (Meridiano de sangre, 1985)
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Trilogía de la frontera:
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I – All the Pretty Horses (Todos los hermosos caballos, 1992). Ganador del National Book Award
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II – The Crossing (En la frontera, 1994)
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III – Cities of the Plain (Ciudades en la llanura, 1998)
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No Country for Old Men (No es país para viejos, 2005)
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The Road (La carretera, 2006) Ganador del Premio Pulitzer de ficción en 2007
Obras de teatro
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The Stonemason (Escrita en la década de 1970 y publicada por primera vez en 1995)
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The Sunset Limited (2006)
Guiones
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The Gardener’s Son (El hijo del jardinero, 1976)
Adaptaciones cinematográficas
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The Gardener’s Son, película para la televisión realizado por Richard Pearce en el año 1977.
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All the Pretty Horses, ha sido llevada al cine por Billy Bob Thornton en el año 2000, protagonizada por Matt Damon y Penélope Cruz.
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No Country for Old Men, ha sido llevada al cine por Joel e Ethan Coen en el año 2007, protagonizada por Josh Brolin, Tommy Lee Jones, Javier Bardem y Woody Harrelson.
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Outer Dark, ha sido llevada al cine por Stephen Imwalle en el año 2008, en formato de cortometraje.
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The Road, ha sido llevada al cine por John Hillcoat, protagonizada por Viggo Mortensen, Charlize Theron y Robert Duvall. Se estrenó en España el 5 de Febrero del 2010.
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Blood Meridian, Or the Evening Redness in the West, en labores de producción será llevada al cine por Todd Field en el año 2010.
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Cities of the Plain, anunciada para ser llevada al cine por Andrew Dominik en el año 2012.






























