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04
sep
11

Kafka-Roberto Calasso (K.)

 

 

 

               Una historia de escritores, de buscadores de mitos. Supongo que como siempre. De escritores que escriben para vivir y viven para escribir inmersos en las leyendas de un arte milenario, en el sustrato de un saber que queda contenido en el olvido desmesurado del presente o en esa infantil creencia en el progreso ilimitado que acontece en el mundo; mitos que sin embargo mantienen una pulsión, un aliento necesario incluso hoy, una finitud construida de metáforas eternas, de saber encriptado, siempre a punto de alcanzar sus claves, sus códigos, siempre a punto. Roberto Calasso escribió sobre Kafka un libro llamado K.

 

                Al principio hay un puente de madera cubierto de nieve. Nieve espesa. K. levanta la vista hacía el “aparente vació de allí en lo alto”.

 

                Las palabras de Kafka poseen una exactitud y una precisión extraordinarias en su aparente extrañeza. Calasso –como Canetti unas décadas atrás- nos invita a leer literalmente las frases que Kafka escribió, algo que despoja a la lectura de sus obras de parte de su simbología más obvia, que transforma en cierta medida los textos. Hay un proceso de ahondamiento en la relación entre la biografía y la literatura final despojada de pistas, ofrecida como texto autónomo de ficción. Utiliza dos de sus obras mayores para su extenso ensayo: El proceso (1914) y El castillo (1922), aunque después vendrán alusiones constantes a sus cuentos; La condena, En la colonia penitenciaria, La metamorfosis, El desaparecido, El fogonero, entre otros. Ambas novelas no sólo son obras maestras de la literatura de todos los tiempos, no sólo se erigen como mitos duraderos de este noble arte, sino que de alguna manera anticiparon la venida de un mundo terrible -una cosa distinta es la capacidad humana para la felicidad, o esa ilusión que nos empuja hacia ella, la eterna construcción secreta y constante de las líneas de fuga que alivian la oscuridad, algo que no desmiente la dureza del adjetivo terrible-. El aparente vacío fue la expresión más exacta de un mundo sin Dios sumido en el caos de un equilibrio tan precario como extraño, similar a las afueras del castillo, el mundo al que K. se acerca siguiendo una invitación a trabajar de agrimensor, una invitación que se va transformando en una ironía, en una peripecia absurda, en un juego de laberintos en el que nada se encuentra, en el que apenas hay esperanza o resquicio para la luz, y siempre ese sentido del humor negro que envuelve a la muerte, quizá el único lugar lúcido en el que se libera la tensión humana.

               

                Pero volviendo a ese escritor y a su historia, contaré que hay escritores que escriben viviendo y viven escribiendo, que se ganan la vida con la literatura. De igual forma otros muchos viven de un cuento repetido, de una ausencia de esa mística tan particular de la ficción, de una excepción a la regla, falsos como los monederos de Gide. Hay escritores secretos, bien por decisión propia, bien porque no pudieron encontrar un lugar donde escribir, o mejor, donde reproducir lo escrito. Delleuze afirmaba que las ideas son capaces de remover la existencia, que menospreciamos la importancia de la idea. El mundo científico adolece de esa extensión de la generalidad, de la asociación, de la emocionalidad de la inteligencia, de ahí su finitud, su misterio ausente, su imposibilidad para alcanzar siquiera un intento de verdad completa, su dependencia del presente y de los objetos y mecanismos de fuerza, de las circunstancias temporales y espaciales. El universo de los hombres parece desposeído de cierta humanidad, aunque no pueda ser cierto

 

                          Este escritor de la historia es un escritor a medias secreto, a veces ruidoso, cuando es posible en ciertas épocas de su vida; otras silencioso como una serpiente, sibilino y discreto como ese William Burrouhgs que disimulaba sus adicciones y su inteligencia vistiendo elegante y mostrándose educado.

 

                           Kafka solo nombra un número mínimo, limitado, de elementos de la existencia que ordenaba quizá porque percibió la decadencia, como una especie de salvación posible, de oración mínima para reunir fuerzas, a veces en un intento de alcanzar esos espacios potenciales de la ciencia donde la energía se concentra para expresar una totalidad posible. Un mundo sin Dios exige de una fe humana. Cuando comienza a escribir El castillo, obra incompleta, Joyce ya ha publicado el Ulysses y Proust En busca del tiempo perdido. Todo lo que ve es percibido como una potencia descomunal a la que no podemos asirnos, un sinsentido que mantiene sin embargo un orden, una especie de negrura terrible que apenas deja resquicio para una luz posible, pero la vida continúa como en círculos concéntricos que se van extasiando en sí mismos, encaramándose, dotados del sentido de la copia y la reproducción. Toda la energía había pasado de ser humana a convertirse en centro, en aquello que se nombra como elemento central; me refiero a la taberna, al campamento militar, al castillo, al tribunal, a la diligencia, a una oficina,  a una mísera habitación en la que la metamorfosis sucede. Es algo así como el fin de la aventura, la capitulación del individuo frente a la preeminencia del espacio.

 

 

                Este escritor de la historia que vive para escribir y escribe para vivir se gana el sustento en un centro de poder similar a los descritos por Kafka, multinacional compleja, con aristocracia, jerarquía y círculos de poder y territorialización complejos y constantes, a veces incomprensibles para alguien ajeno e incluso para quienes lo viven. Cómo marca sus consignas y sus afianzamientos el poder resulta un proceso extraordinario; igual sucede en otros lugares, y aunque éste escritor tenga sus propias palabras o haya inventado un lenguaje, un lugar en el que cualquier vocablo descubre su propia identidad y se lanza a explorar el mundo de lo humano, su constante es el conflicto.

               El lenguaje puede ser totalizador, manipulador, construido para imponerse. Todo lenguaje que no sea libre en su intención, o que no tenga otra guía que la naturaleza de lo espontáneo o lo exacto, es un lenguaje que pudre, que atraviesa la humanidad, que funda nudos de imposibilidad. Este escritor percibe esa imposibilidad que organiza el mundo, una imposibilidad de sueños ideados además por otros. Esa no es una frustración hecha en verdad de la materia creadora de lo humano, sino una construcción impuesta por la mentira, la servidumbre y la manipulación.

 

                Calasso escribió sobre Kafka afirmando que lo invisible tiene una tendencia burlona a presentarse como visible, casi como si se distinguiese de todo el resto sólo por la vía de circunstancias particulares, como cuando se disipa la niebla y se hace visible el paisaje. El punto en el que se instala El castillo es siempre la elección, el misterio de la elección, su oscuridad impenetrable. Es como si aconteciera el simulacro de libertad que nos atañe a todos. Es incluso como la pretensión de ser escritor sumido en el seno de su organización, construyendo de libertad ficticia o temporal o sesgada su pequeño espacio de movimiento. La elección atormenta e insufla al tiempo valor, una especie de fuerza interior. Lo mismo sucede en El Proceso, aunque en esa novela, la elección deja de ser un paso adelante, y el estado se transforma en el terrible ser condenado, en verdad otra forma de elección fijada aún más desoladora e insostenible.

 

                Siguiendo a Kafka y Calasso, la impresión es que el poder, representado en El proceso por el tribunal, tiene la potestad de castigar, de condenar en esa novela, y en El castillo, la representación del vacío de allí arriba, de ese lugar todopoderoso y misterioso, de ese rincón oscuro en el que se suceden los actos y se reproducen tanto lo ocurrido en su seno como en aquellos lugares donde extiende su ámbito de acción -que a veces parece abarcar la totalidad de lo existente-, ese mismo poder es el que se encarga de elegir. La agudeza de Kafka dibujó en dos novelas aparentemente humorísticas, absurdas, dos formas de poder que terminarían por encontrarse en la primera guerra mundial y extenderían sus efectos hasta la creación de las democracias europeas tras la segunda guerra y, sin embargo, sólo eran expresiones complejas y extraordinarias del mundo interior de Kafka, de su prodigiosa capacidad de extraer literatura de sí mismo. El símbolo, la metáfora, incluso en el caso que nos trae entre manos, dos obras literarias de Kafka que para ser comprendidas según insiste Calasso es necesario leerlas con literalidad, lograban unificar en sus páginas la expresión de la realidad, la anticipaban, la construían en el fondo.

             Nuestro mundo contemporáneo, el que atisbamos constantemente regido por la incertidumbre, la oscuridad, la incomprensión o la imposibilidad de asimilar cuanto sucede, está lleno de ecos del universo de El castillo. Los totalitarismos, en cierto modo, aunque mezclasen otras cuestiones en su origen, estaban hechos de la materia del descomunal Tribunal que condena a Joseph K. La condena es siempre cierta y sus efectos terribles e inevitables. No existe además posibilidad alguna de una absolución completa, lo que hace todo aún más aterrador. La elección no deja de ser igual de desoladora e inexorable, con la diferencia de que en uno de los casos permite una ligera ilusión de libertad. Ser elegidos sin embargo, ahora y tal vez siempre, no deja de ser un terrible juicio incierto, probablemente sin escapatoria.

 

 

                El escritor del relato está obligado a argumentar propuestas que deben ser aceptadas por estamentos sin rostro en alturas desconocidas. Su poder se limita a aceptar o rechazar desde la base, al principio del proceso, y a elaborar posteriormente con palabras aquello que sostiene el negocio que le encomiendan. Sus palabras se adaptan al lenguaje imperante dentro de la organización, en esos periodos en los que pertenece a quienes le contratan. Jamás ha visto las caras de aquellos de los que dependen las autorizaciones de los estamentos más elevados, sino los rostros furiosos de mandos intermedios, de centrales cercanas. Todo funciona como un engranaje caótico que gira en torno a premisas que llegan desde un lugar incierto de Madrid, centro de poder inasible que decide tantos los cambios como las modificaciones a lo largo y ancho de la pirámide.  Las decisiones caen sobre los empleados incomprensibles e inexorables. Él continua escribiendo incesantemente cuando sale de la oficina después de diez horas de trabajo. La literatura le permite utilizar esas palabras que escapan a la rigidez del lenguaje de la empresa: las palabras de la poesía, la novela, el cuento o el ensayo le pertenecen sean cuales sean sus repercusiones; las otras no, aquellas que reciben organismos como riesgos particulares, centro empresas, inversiones, o intervención general, nudos de energía autoritaria acumulada y vigilancia en las que pululan cadenas de orden y rigor siempre dudosas, y que exigen unos puntos y comas determinados, un vocabulario establecido de antemano, unas normas de uso. Cuando regresa a la literatura sea leyendo o escribiendo, las palabras cobran su vida necesaria. Lamenta que exista un mundo en que las palabras son de otros y no espontáneas, siempre podridas y asociadas, agenciamientos del lenguaje explotadores, tenebrosos, hechos de servidumbre y esclavitud, que carecen de relación con lo primigenio, con las leyendas, con la comunicación, la metáfora, el símbolo o la libertad. Incluso aunque la historia de la literatura sea una tradición, su propia evolución establece los mecanismos por los cuales las líneas de fuga pueden llegar a producir la ruptura, el estallido, el acto creador, la verdadera identidad de un espíritu y su enorme capacidad iluminadora.

                   Todo es público por simpleza, por ocultamiento, y en realidad falsamente público.

 

 

                Calasso vuelve a insistir en la lectura exacta de las palabras de Kafka, y lejos de lo que una parte de la crítica apuntó sobre el autor checo, sus novelas principales como El proceso y El castillo, están lejos de la sensación de lo fantástico, de lo visionario o de lo extraordinario. Kafka maneja los detalles insignificantes desnudándolos de toda simbología y eliminando aquello que no tiene trascendencia en ellos. Teniendo en cuenta la extraordinaria argumentación de Calasso es posible que Kafka posea rasgos de un escritor antimetafórico dada la cercanía de su literatura respecto a su mundo onírico e inconsciente. Lo sobrenatural en apariencia es provocado precisamente por aquello que no se explica, el peso –la condena, la elección- que puede recaer sobre un personaje anodino del que sabemos poco. Casi toda la obra de Kafka sucede en una especie de vida psíquica. Los referentes a la realidad son tan mínimos que establecen una dirección aparentemente confusa, que él afirma sin remedio y que revierten en la llamada vida psíquica. Es como si todo fuera potencialidad, o mejor la potencialidad misma que se agazapa en la mente humana y queda reflejada en los textos. Es difícil hacerse una idea concreta de quien es Gregorio Samsa más allá de su transformación en La metamorfosis.

                Si una de las claves fundamentales de las novelas extraordinarias del siglo XIX era la evolución de los personajes en el transcurso de una narración novelesca, los cambios, las sutiles variaciones o las repercusiones en ellos de los sucesos que acontecen en la historia, para Kafka el instante inicial no es más que un momento de potencialidad que jamás se sacia por completo, las fuerzas del espíritu que chocan irremediablemente con estamentos que superan con desmesura la breve e insignificante intención humana de desarrollarse. Esa es precisamente su grandeza y su enorme originalidad, un mundo que al escritor aplastado diariamente por las palabras impuestas y los modelos que acuden desde las alturas le recuerda irremediablemente a cuanto le rodea: un universo construido en torno a mercados financieros, sean primarios o secundarios, donde cientos de lugares similares emiten señales de su consistencia y su evolución para captar fondos con emisiones de deuda interminables, participaciones constantes que oscilan desprecio e insolencia, como si la humanidad fuera una enorme vaca lechera que otorga réditos a aquellos que no se esfuerzan pero mantienen la abundancia del dinero. Todo es un conjunto interminable, casi infinito de potencialidades humanas que se desperdician, por eso, ese escritor, tal vez comprenda que Kafka fue el más exacto narrador del siglo XX y XXI por muchas razones, incluso cuando la desnudez de su prosa, esa especie de minimalismo a veces hasta anodino, le produzca una cierta monotonía, un sonsonete discreto que temporalmente abandona de vez en cuando.

 

 

 

 

                Pese a la ilusión de la democracia, esa pretendida y ficticia tabla rasa de igualdad, fraternidad y libertad, Kafka planteaba una oposición crítica tozuda, fuera por la presencia autoritaria de un padre que marcó sus pasos o por la vida en una sociedad burguesa y estable, tan bien representada por Thomas Mann al inicio de La montaña mágica. Cosas inamovibles, dirían durante varias generaciones aquellos hombres y mujeres que abrazaron el capitalismo burgués en el Imperio Astro-Húngaro o en la gran Prusia. Para Kafka el totalitarismo no era un lugar, sino mas bien un estado anímico, psíquico, que pertenecía irremediablemente al espíritu del hombre, y por añadidura a las organizaciones cada vez más complejas que generaba incluso en sociedades democráticas. La verdadera dimensión de su mirada hacia la existencia democrática con todos los matices que uno quisiera objetar en el periodo en el que Kafka escribe la ofrece El castillo. La autoridad de ese lugar de allá arriba en lo alto, lugar vacío, nunca podría aceptar otra cosa que sus propios código, códigos dictados por muy pocos hombres desconocidos que deciden los destinos de todos, hasta dejar a K. en la novela sumido en una especie de delirio, en una impostura. Su realidad, al diferir de la marcada por el poder de allá arriba, se convertía en una neurosis. Lo que se debe de hacer tiene poco que ver con un acto moral, sino más bien con un ímpetu, una insistencia, una norma social.

 

 

                 Cuando ese escritor argumenta operaciones de riesgo bajo la luz intensa de los focos blanquecinos, cuando negocia en lujosos despachos de dirección de empresas con nombres impronunciables y rostros que van cambiando diariamente, utiliza palabras fijadas, establecidas, impuestas, y lo único que le queda es el ritmo, esa especie de latido que lo acompaña desde muy joven, su propia música interior que marca la prosa y sus gestos sea cual sea su función. La exactitud de sus frases tiene poco que ver con un acto de libertad cuando se construyen para el argumento ante la invisible dirección.

 

 

                     El capitalismo democrático no posee en realidad ningún consenso, sólo acuerdos aparentes, un envoltorio de pacto; ni siquiera establece mecanismos de participación directa, tan sólo el voto a los representantes en listas cerradas o la asociación inofensiva, o el derecho a la pataleta en forma de huelga o de manifestación sin que se acepte bajo ningún concepto modificar las reglas del juego, tan sólo mecanismos de contención esporádicos, fugaces, espejismos de libertad o participación limitados; es un engranaje oscuro en la mayor parte de sus organizaciones a pesar de su apariencia de claridad y justicia, un engranaje perverso, jerarquizado hasta límites insospechados, asimétrico, un espacio de infelicidad y dominio, cuyo único sentido de pervivencia es la subsistencia que por aceptar sus condiciones integra a dos tercios de las poblaciones occidentales opulentas por lo menos hasta ahora, por una necesidad de supervivencia del sistema.

                       La decadencia de la cultura europea fue retratada por tres excelentes novelistas: Kafka, Beckett y Thomas Mann. La decadencia de la Europa actual no sólo es un imparable proceso de deterioro económico y de mala gestión política, sino un elaborado menoscabo hecho de ceguera e intereses de poder. El diagnóstico de la crisis es terrible por sus consecuencias de peso sobre la ciudadanía anónima y pone en cuestión ante el despropósito la propia legitimación de las democracias europeas al exigir una liberalización económica –por otra parte largo tiempo consolidada- y un empobrecimiento general de las mayorías reduciendo los mecanismo de corrección de desajustes de los que disponían hasta la fecha los distintos gobiernos nacionales cada cual en la medida de sus posibilidades. No se habla del fin de los Estados de Bienestar, sino que el poder esboza la denominación fin de los Estados Asistenciales perversamente, englobando en esa frase una reducción drástica de derechos, acompañada a su vez por un incremento del poder en manos de muy pocos que dejan a los representantes políticos un margen de gestión reducidísimo –los despojan prácticamente de cualquier posibilidad de gestión real-, y utilizando un lenguaje eufemístico destinado a ocultar la tremenda injusticia.

                             Los políticos sugieren a los funcionarios de El castillo y El proceso. Casi toda la creatividad económica y cultural esta en manos de grupos industriales, de organizaciones económicas o financieras: la incapacidad de las sociedades europeas para alcanzar una senda de crecimiento es un problema eminentemente cultural o de utilización del potencial humano, transformado de la noche a la mañana en un problema de costes e incentivos por aquellos que modifican el lenguaje. De igual forma este escritor que sobrevive entre focos y argumentos, descubre que su libertad no es más que un suspiro de unas horas a  lo largo de extensas jornadas sometido a una rigidez que poco o nada tiene que ver con la democracia; sabe que su creatividad se encuentra constantemente aplastada por la insistencia feroz de unos pocos que aplican las directrices auspiciados por la jerarquía, ejecutadas sin escrúpulos ni control, protegidos por ellas, que ejercen sus neurosis avalados por la ley imperante, y caen sobre él como le sucede a K. ante las reglas desconocidas que emanan del mundo de allá arriba, convertido finalmente en una especie de loco, en un ser racional tachado de incongruente ante la maquinaria poderosísima e incesante que emana del castillo. Es como culpar al esclavo de falta de imaginación, aunque ahora la palabra esclavo o esbirro se transforme en trabajador o en desempleado, y la palabra amo es una especie de eufemismo que sugiere emprender. Un emprendedor en nuestros tiempos es aquel que dirige su potencial creativo e intelectual a cubrir una necesidad humana por la cual obtiene réditos: canaliza su enorme fortaleza hacia una cosa, un producto, un servicio o varios: en el fondo un reduccionismo intolerable, y en nuestras sociedades, lleno de asimetría. La influencia o el premio por el esfuerzo siempre está relacionados con el poder que acompaña al acto en sí mismo. Esa es la clave del universo actual sino lo fue a lo largo de toda la historia, con la diferencia de que, ahora, los discursos del poder se extienden a mayor velocidad, su difusión es más sutil y constante, la competencia es día a día más feroz para la mayoría, que no para los que detentan alturas incuestionables, y lo que se pone en juego es la supervivencia de una pirámide de derechos en la que participa la mayor parte de la humanidad.

 

 

                Para los teóricos de las conspiraciones toda crisis es provocada. La idea es exagerada sin duda, pero en verdad toda crisis es un proceso complejo que implica a una buena parte de los estamentos que conforman las sociedades, y cuya responsabilidad mayor deviene de esos círculos de poder que en ocasiones, incluso de manera inconsciente y ciega, motivados por su maximización de beneficios y rédito, empujan al mundo hacia la parálisis y el desastre acompañados de cientos de millones de ciudadanos que juegan a lo mismo aunque esas masas cumplan las directrices a cambio de migajas. Kafka afirmaba que cuando una circunstancia ha sido considerada largo tiempo, puede llegar a suceder que ésta se resuelva de modo fulminante, siquiera sin poseer ninguna razón lógica o un aura de verdad, como si el aparato de la autoridad no tolerase por más tiempo la tensión, la dilatada exacerbación de la cuestión irresuelta y por eso procediera a liquidar adoptando una decisión sin la ayuda de los funcionarios.

 

                Un mundo de esbirros, de esbirros que ofrecen sentido común y sentido de la supervivencia. Eso es. Una élite que opera en el silencio e impone un discurso; unos políticos que lo repiten hasta la saciedad sin ofrecer demasiada resistencia. Una pirámide de esbirros que inconscientes van estableciendo el discurso, la cultura, el método y los límites.

 

 

                El escritor llega a casa tarde, fatigado, lleno de las palabras del poder, del lenguaje de la organización. Cuando se sienta frente al ordenador, en una silla acolchada de cojines, con el teclado en un aparador Louis XIV lujosísimo que heredó de la familia de su mujer, observa la pantalla en blanco y ninguna palabra libre, creadora, surge. Oye las voces de algunas personas que lo aman, ese susurro que habla del deporte y el aire libre, pero el aire libre es el paisaje veloz y devorador de una gran ciudad, sus avenidas lineales y sus hileras de coches interminables, y el deporte en general es una excusa de adictos a la endorfina, simplones de la imagen y adalides de la escasez, salvando toda esas excepciones que él respeta: hasta Murakami hizo un buen libro sobre la maratón, y sabe que su antiguo compadre Mimi se salvó de las adiciones por sus carreras de una hora por el río, o su hermana encuentra un equilibrio en medio de la incertidumbre para alcanzar algo de lo que desea, gente que hace compatible la normalidad del esfuerzo físico con la capacidad intelectual de pensar y alcanzar palabras propias.

                Este escritor no tiene tiempo de salir a la calle a hacer deporte, porque las exigencias de literatura, reducidas a horarios intempestivos y nocturnos o de madrugada, son insaciables, ni tampoco encuentra que ese aire del verano le ofrezca alguna posibilidad de hallar sus palabras anheladas. Decide servirse un gin tonic con hielo, tal vez una copa de vino blanco muy frío, hasta sentir que la ebriedad ligera le despeja de imposiciones la imaginación y surgen unas cuantas palabras, no muchas, sometido, dolorido, la espalda en tensión, el cansancio aflorando, la inutilidad del gesto entre los labios.

                ¿Para qué escribir? ¿Qué clase de resistencia a pesar de Delleuze y Guattari, a pesar de todo lo que ha leído y sabe, lo que ha oído, le ofrece ese acto tan fatigoso de mirarse a sí mismo frente al espejo y construir un mundo de ficción, y encontrar las palabras libres de la literatura de entre la inmensidad de imposiciones del lenguaje del poder que atraviesan el universo? Esa es la batalla interminable, inútil y estéril, perdida de antemano, una ilusión futura, una línea de fuga que se abre seguramente para perderse en la nada, pero que en su extensión encuentra una diminuta justificación.

               

               

 

                Pero el asunto central de El castillo y El Proceso es la escritura, en la medida en que Kafka sólo quiso hablar de sí mismo a través de las palabras de la literatura. Esa es la clave. La historia no es importante en esas novelas en verdad, lo es la escritura. Es el lugar (como afirma Calasso con una exactitud deslumbrante) de la espera de una concesión o del retraso de una diligencia interminable. Caminos tortuosos a un tiempo. Sabe que al llegar K. a esa aldea en la que aguarda que le otorguen el trabajo de agrimensor prometido, éste está condenado a permanecer allí, a la espera. Todo cuanto haga será alinear sus experiencias, jamás desarrollar su potencial, y sus decisiones no modificaran un ápice nada, están sometidas al azar del poder inasible, a las decisiones de sus mecanismos. Acepta su destino porque comprende con cierta rapidez que cualquier acto de rebeldía excesivo o incluso cualquier intento de forzar la situación no será más que una expresión de la desesperación.

 

                Qué motivo podría haberme arrastrado hacia esta tierra desolada sino el deseo de permanecer aquí.

                La tierra desolada es al tiempo la tierra prometida por una carta de la que K. llega en un punto del relato a dudar de su existencia, esa nota que le propuso un trabajo inalcanzable en cuanto llega a la aldea, ser agrimensor en el seno del Castillo.

 

 

                El sentimiento de resignación es similar al que expresa la religión. Es una especie de aceptación de aquello que nunca podremos modificar pese a que nos esforcemos, al tiempo que un alivio que nos permite eximirnos de la responsabilidad o la culpa derivada de esa impotencia. Los discursos sobre la voluntad son tan falaces como aquellos que sólo se encomiendan al destino, al azar o a la suerte. K. sabe que no puede emigrar, sino aceptar. Aceptar es en sí mismo el inicio de la religión, porque para aceptar uno debe encontrar un sentido, un símbolo de aquello inalcanzable, una metáfora que nos permita afrontar nuestra insignificancia. Todo el universo es asimétrico, y a la vez sumido en un caos, en un azar incontenible, imprevisible. Aquella hermosa canción de Antonio Vega, Lucha de gigantes, expresaba la fragilidad ante un mundo descomunal, hablaba de la misma sensación que siente K. ante la complejidad inasible, azarosa e inescrutable del castillo y sus mecanismos de poder. Aún a pesar de la literalidad que pretende Calasso para leer a Kafka, en verdad una lectura mucho mas fiel a la exactitud de su escritura, uno no puede dejar de vislumbrar con su imaginación las ramificaciones de semejantes símbolos, las infinitas sucesiones de analogías e imágenes que nos permite su idiosincrasia particular, lo que sabemos a través del la novela y trasladamos al mundo en que vivimos.

 

 

 

                Tengo la sensación de que Kafka atisbó con una lucidez extraordinaria los efectos de la decadencia, aunque fuera de un modo inconsciente, literario, incluso en ocasiones subterráneo, como su frecuente escritura nocturna e insomne. Si el castillo representaba la figura nebulosa de un poder omnipresente y desconocido que caía sobre K. y contra el cual el individuo no tenía absolutamente ningún poder de resistencia, el tribunal de El proceso distinguía asombrosamente bien los mecanismos de castigo y sus ramificaciones eternas con forma piramidal, la culpa humana que conceden los grandes nudos de poder a aquellos que dependen de él. Si las normas de un mundo inaccesible caían sobre K. y convertían su aventura humorística y en cierto modo absurda en un infierno de imposibilidad, el tribunal se aproximaba a la vida normal para asimilarla y engullirla, extendiendo su influencia a la totalidad de la vida, para dirigirla y aplastarla cuando lo creyera necesario.

                Nunca tribunal alguno perteneció a la vida normal, siempre cualquier condena no es más que un intento de usurpar su propia imagen reflejándola en el espacio incontrolable que sin embargo desea dominar e incluso dirigir.

 

 

                Tanto El proceso como El Castillo se construyen en el mundo imaginario, humorístico y original de Kafka. Es curioso como la rareza, la extrañeza que producen desde la primera frase la mayor parte de los textos mayores de Kafka esté construida desde el autismo y, sin embargo, por una fascinante magia, se convierten sin apenas esfuerzo en paradigmas de tantas y tantas realidades. Como si se hubieran escrito uno para el otro, un libro para dialogar incesantemente con el opuesto, para entrelazarse, ambos reflejan la angustia que se apoderaría en mayor o menor medida de cualquier individuo del siglo XX y el siglo XXI. Nada escapa a esa mirada tan particular, nada queda fuera de esos dos universos absolutamente construidos de ficción, ni siquiera la capacidad humana para la esperanza y la búsqueda de la felicidad.

                Desde la terrible indefensión del ser humano ante la inmensidad del poder desplegado en la tierra, hasta la inhumanidad de las grandes burocracias, de los totalitarismos utópicos, las matanzas, el desprecio por el hombre y su vida expresado por doquier a lo largo del siglo XX, la imposibilidad de la comunicación real y sincera entre seres humanos, la figura terrible de los esclavos y los esbirros, la ausencia de sentido en casi todo, la ceguera general del mundo y sus habitantes, su cobardía, la imposibilidad de alcanzar otra utopía que la mera supervivencia, la frustración inevitable de los espíritus libres frente a las barreras infranqueables de los límites impuestos por el poder y sus voceros, la incongruencia de ese poder sin rostro, articulado en torno a un orden inaccesible y autónomo a través del egoísmo y las expresiones de privilegio y circunstancia, todo ello, todo escrito en un puñado de páginas, construido con una economía de medios encomiable, llena de humor negro, fascinante en su incoherencia que tan a menudo despierta la asociación de elementos o cosas imposibles de asociar a simple vista, todo, absolutamente todo, estaba en esas novelas de Kafka escritas entre 1912 y 1923.

 

 

 

 

                Otro día más ese escritor decide dejar de escribir. Bartleby acucia en medio de una hilera de palabras manipuladas, de pequeños respiros y sueños esporádicos, auroras de luz que duran apenas segundos, una sexualidad constante que convierte la naturaleza en una inseminación furiosa. Ese escritor vuelve a componer informes similares, retahílas interminables de argumentaciones guardadas en archivos o en servidores, utilizando el lenguaje de esa organización que le paga, hasta que un día un texto se transforma. Es inevitable, es escritor. Uno de esos textos anodinos parece estar escrito de otro modo. Las frases se han alargado sin que él se diera cuenta, el vocabulario ha perdido cierta burocracia y las palabras resuenan con cierta exuberancia. Defiende tal vez una propuesta que emocionalmente le hace sentirse implicado más allá de lo profesional por la razón que sea. Tal vez se trate de un riesgo a conceder a una bella mujer o a un buen hombre al que cree correcto ayudar. Sin darse cuenta esa emocionalidad se ha transformado en metáfora y ha cruzado la barrera de las redes para ofrecer una argumentación para una propuesta distinta a las habituales. Tal vez sea hasta un enunciado narrativo sutil entre los pliegues de frases hechas y dichos repetidos. Es un acto inconsciente, pero es un acto libre que transforma ligeramente el entorno, por mínimo que sea su efecto y sin dejar de respetar las normas; no deja de ser una respuesta a la tiranía y a lo descomunal sin pretensiones. Y lo hace sin querer, y cuando dos días después alguien lo llama por teléfono y se presenta como el Director de Área, y al preguntar por él alza el auricular y siente un ligero temblor, ese escritor sabe que ha roto algo, pero todavía no comprende exactamente qué es lo que ha hecho después de meses sin escribir literatura, sin abrir una sola puerta de ficción, qué pretende ese hombre desconocido de voz ronca y autoritaria, en qué consiste lo que comienza a revelarle.

 

 

 

                Ese escritor ha rellenado miles de páginas. Si algo sabe es precisamente que la escritura literaria posee la posibilidad del río, que es en ocasiones corriente espesa y otras clara como esos pasajes fluviales donde las rocas y los ramajes purifican el agua en los cauces. Sea como fuere, las palabras del Director de Área le sorprenden porque él no pasa de tener un rango medio, su importancia es relativa, escasa. ¿Por qué otorgar mensajes de importancia a una argumentación cuyo sentido no es el lenguaje en sí mismo, sino un hecho económico que responde a la actividad de la organización para la que trabaja? El reproche del jerarca encorbatado y artificialmente solemne, que parece arrastrar las frases y las palabras como si su voz llegara de un lugar de ultratumba donde nada está vivo, no es por la operación planteada, por su concepción técnica o la conclusión del análisis de riesgo, ni siquiera por los datos que el escritor ha defendido o por la seguridad del crédito que se pretende asumir; no hay una crítica profesional a la actuación del escritor, ni un error, ni una incongruencia. Lo que subyace en toda esa charla es el miedo del Director de Área a perder el control, la autoridad, a perder la estructura de lo simple y lo que debe ser frente al argumento de la literatura, frente a las palabras libres que con cuentagotas, apenas asomando en el contexto indirecto de un mero informe profesional, surgen. Kafka expresaría con otras palabras esta idea; en el ámbito del castillo, el lugar de allá arriba, ni benévolo ni maligno, sólo un espacio donde se emite todo lo que existe, en el que se articula la existencia, hablaría de la barrera inexorable que debe separar la mente que formula el deseo y la aparición del objeto del deseo. El significado de esa situación, aunque sea en el espacio insignificante de una propuesta entre miles, es la impotencia de la organización. Una sola partícula minúscula construye una línea de fuga, una inercia cuyo destino es improbable y por eso peligroso, aunque responda al acto de un solo hombre entre miles.

                Esa figura de autoridad, situada en un altura consciente, ha sentido la vitalidad de otras palabras y tiene que reprender esa actitud para defender su sentido, su privilegio profesional, su estatus social y económico, su lugar en la empresa, pero en el fondo para protegerse de sí mismo, de eso humano que sigue permaneciendo dentro de su corazón, en sus actos incongruentes, en su ceguera y en su miedo, en su dolor. Es imposible que él racionalice su propia intervención pues vive inmerso en una fe. Entonces le dice al escritor que él, Director de Área desde hace cinco años, emblema y símbolo del poder en la provincia, va a enseñar a escribir a alguien que lleva más de treinta años viviendo en el mundo libre de la literatura. En verdad, un acto que mezcla la soberbia con la inocencia del desconcierto temporal, un gesto de autoridad que pretende borrar una luz, un hecho que dentro de unas horas se le habrá olvidado pero que, inconscientemente, ha significado algo para su anodino discurrir diario. 

 

               

 

                Calasso describe a K. como un modesto agrimensor que trabaja tranquilamente en una mesa de dibujo. Al releer el texto no se atisba ni un sólo brillo heroico en él. No pretende ayudas especiales, ni una salvación posible, ni quiere extender su propia salvación al mundo, ni protesta ni asume. Es su deseo, la potencia incontrolable del deseo humano lo que asusta en el fondo a los funcionarios del Castillo, a todos los esbirros que representan y defienden sin saber exactamente porqué las premisas de allá arriba, a esas gentes que se cruzan en su camino misteriosas ante él y le piden que renuncie. Lo único que no se puede dominar es el deseo humano, la imaginación, aquello que nada puede detener salvo la muerte y está lleno de potencia. Un hombre libre, K., que de igual modo pretende escapar de la opresión constante del poder evita caer al tiempo en la benevolencia de quienes nunca tendrán escrúpulos, de las normas sin alma, del egoísmo sin dirección. Calasso apuntaba con acierto la siguiente frase:

 

                El deseo es lo desconocido y sobre lo desconocido no podemos tener ninguna pretensión.

 

                Añadiría que sobre lo desconocido no se pude ejercer ni la brutalidad ni el poder en la medida en que es imposible comprender su sentido. Lo que más altera a los funcionarios (y a los chivatos, a los esclavos, a los esbirros, a los cobardes, a los mediocres), lo que más escandaliza a quienes defienden las máscaras imaginarias del poder, de lo que debe ser, de lo inamovible e incuestionables, es el deseo, el potencial tremendo y desconocido que todo hombre guarda en su seno, incluso cuando lo único que pretende es la libertad, o el goce, o la posibilidad de sobrevivir. Es curioso como la consciencia de que un puñado de hombres, o mejor, una multitud de hombres y mujeres tratando de hallar una lógica de alguna forma podría hacer caer esa especie de superstición sobre lo que debe ser sin más, sobre lo necesario, el mensaje interminable y omnipresente que emana del castillo y extiende su mensaje hasta perder su sentido y termina por apoderarse de la voluntad y la vida de todos, altera por su potencialidad el equilibrio de lo establecido. Lo intolerable que evoca el texto, o al menos a ese escritor que vuelve a sus páginas y relee los párrafos de la novela y siente auténtica compasión no ya por ese hombre, K., perdido en una burocracia sin lógica que convierte la realidad en un fantasmagórico paisaje del vacío, es que todos esos personajes insignificantes que aparecen encerrados en un mundo que jamás ganarán, que nunca en la vida lograrán alcanzar siquiera por asomo, renunciando al deseo, a la vida en sí misma, conformándose con lo poco que les queda, ese aire torvo y desafiante en su infelicidad que guardan esos aldeanos con los que el protagonista tiene que enfrentarse, llenos de posturas equívocas, ignorantes y al tiempo gozosos de serlo, desconfiados, como le sucede a todos los funcionarios que se cruzan en su camino, o con los delatores que denuncian la digresión del personaje, es que la actitud lógica y en cierto modo razonable de K., despierta en toda esa gente una sospecha, un reproche, una burla o una insoportable condescendencia, simple y únicamente porque K. desconoce las reglas imperantes en el castillo, incluso aunque ellos tampoco las conozcan más allá de su insignificante cotidianidad.

                La imaginación de Kafka desplegada en El castillo dota de una particular simbología a todo el pensamiento conservador que en su cobardía general, lleno de miedo y de descreimiento en la imposibilidad de cambio (como si agitar cualquier pequeña bandera pudiera remover los estratos marinos y destruirlo todo)  condena a aquellos que se expresan de otro modo, a los que anhelan algo distinto, pequeñas variaciones posibles de un guión que no es inamovible, que no es fijo, sino que está hecho de superstición y miedo.

                La razón por la que K. apenas consigue ayuda en su deambular por las afueras del Castillo, el motivo exacto por el que sólo recibe pequeñas muestras de simpatía, gestos condescendientes e incluso dotados de cierta generosidad, jamás apoyo real ni información esencial, ni siquiera ánimos en su proceso de búsqueda, es porque él no emana del poder, de él mismo no emana nada que pueda transformar fehacientemente en apariencia la vida de los otros, y sin embargo, guarecidas en su seno, están todas las posibilidades que todas esas gentes podrían utilizar y escoger para alcanzar otro lugar mejor.

 

 

                El escritor lee a Kafka y trata de comprender la rabia que le ha obligado a callar ante una afirmación ridícula expresada por ese hombre erigido superior por razones que carecen de toda lógica humana o profesional. Cuando avanza entre las frases, con esa particular puntuación propia de la prosa kafkiana, entre esas veladas y mínimas alusiones al espacio, a los objetos, como si cuanto imaginara ante esas palabras fuera un hecho simbólico, una especie de límite psíquico donde encerrar el espacio asfixiante e irónico, patético tan a menudo, en el que se mueve K., atisba sin remedio otras expresiones que comienzan a apoderarse de su propia autoestima, como si la losa que cae sobre él se aviniera más ligera: no cambia nada en verdad, cambia su actitud, esa sensación de derrota, de humillación, que a veces tiene que ver con el orgullo y en muchas otras ocasiones con el sentido común -y tal vez esta vez haya algo de orgullo en su herida-, pero a poco que piense, en el fondo, responde  a una imposibilidad de aceptar la ignorancia y la prepotencia sin más, también a la impotencia para modificar el entorno aunque su inteligencia o sus aptitudes reflejen otra forma de hacer las cosas, de alcanzar un lugar de respeto y colaboración entre seres humanos que viven sujetos a iguales objetivos, hasta que la abrumadora impresión de indefensión, de odio y sumisión sin argumentos, se transforma en una venerada forma de burla.

 

 

 

                El discurrir humorístico y a menudo absurdo de K. por las inmediaciones del castillo comienza a emprender ese destino fantasmagórico y de vigilia que siempre anunció a Kafka como a un escritor cerrado y oscuro, siendo sin embargo un irónico transformador de la existencia, una especie de médium entre la luz y las tinieblas del hombre contemporáneo. A K. no lo echan, pero nadie le abre una puerta, y la penumbra que envuelve el castillo cae sobre él transformando el sueño de trabajar allí como agrimensor en una pesadilla del punto sin retorno, del lugar al que todos, de una u otra forma, terminamos conduciéndonos. Ni siquiera el amor de Frieda deja de ser otra cosa que una forma más de aceptación, una aceptación que además no tiene ninguna recompensa interior y por supuesto tampoco exterior. No tiene forma de regresar de donde viene, y eso es lo que le revela a su amante recién conocida. Toda posibilidad de regreso, afirma Calasso, se ha cerrado para él. A partir de cierto punto ya no hay vuelta atrás. Hay que llegar a ese punto: un paso más allá de ese lugar sin retorno comienza la historia de K., tal vez la historia que todo hombre cruza y sufre, la línea que Kafka atravesó como nadie en su literatura.

 

 

                Los diarios de Kafka en las fechas en las que compone El castillo, e incluso en algunas notas halladas en el cuaderno donde escribió esa historia, revelan un punto en el que el escritor afirma lo siguiente: “la escritura se me niega”. Para un autor tan inaccesible en su biografía como él, un hombre anónimo que murió en el mismo silencio en el que había nacido, semejante premisa articulaba en torno al siglo XX –y por supuesto al XXI- una expresión del sinsentido, y de esa frase sobre la escritura negada un esbozo sobre aquello que no podía realizar, tal vez en ese afán que guió en verdad a todos los escritores de todos los tiempos  pero que quizá alcanzó a convertirse en una constante ya en el siglo XX, cuando las grandes preguntas sobre el sentido de la literatura asomaban en su imparable proceso de decadencia.

                Cuando algo es importante para una sociedad, cuando reporta beneficios a sus actuantes, cuando sirve para alcanzar estatus o importancia, pierde su naturaleza conflictiva. Cualquier arte o actividad que deje de ser significativa para una comunidad o sociedad, comienza a plantearse en su propio seno las razones de su sentido, como algo inevitable. Algo bien asentado en un engranaje cumple su función sin demasiadas complicaciones; es esa pieza que chirría o que se desajusta esporádicamente, es la que percibe la oscuridad del proceso final, del objeto de ese proceso en el que participa, la que plantea inmediatamente una especie de examen de su propia razón y de la coherencia general. Son impensables los espacios vacíos de Beckett sin las intuiciones de Kafka, como si uno hubiese atisbado el abismo y necesitara una continuidad, incluso aunque alrededor, lo único que queda sea el silencio. Kafka comenzaba un baile imposible con toda la historia de la literatura que había existido antes que él.

 

 

                Entonces ese escritor que atisba con una sonrisa la petulante ignorancia de hombre al que se le otorga el poder por sumisión y no por valía, comprende que la existencia no tiene ningún orden real, que el caos sume en el miedo a cientos de millones de seres humanos que aceptan y aceptaron la historia por una inercia (uno de los pecados capitales para Kafka junto con la impaciencia), empuñándola en el fondo con sus decisiones, hundiéndose en los más variados y exuberantes abismos de imposibilidad, cobardía, derrota y miseria. El escritor acaricia con sus dedos huesudos las hojas de los libros de Kafka, siente en sus yemas que para estar vivo necesita la piel, el amor, el deseo, que cada paso que da K. hacia el inflexible destino fijado para él por Kafka es un último gesto de rebeldía y supervivencia sin aspavientos, hecho para sí, cuyo sentido tal vez sea exhalar un suspiro y nada más. En la imposibilidad de modificar un ápice la existencia fijada de antemano, ante la inconsciencia de pretender que quienes les rodean sean conscientes de semejante proceso, el escritor comprende a K., y sobre todo se acerca a Kafka. Lo único que echa de menos en sus páginas es alguna alusión más concreta a la felicidad, a la capacidad ilimitada del ser humano para adaptarse a cualquier medio por hostil que éste sea, al posible cumplimiento y la satisfacción surgida de ese cumplimiento, que envuelve las decisiones interiores del hombre hasta hacerle soportable la banalidad.

                Tal vez la oscuridad de Kafka sea demasiado profunda, tautológica y excesiva para su frágil inteligencia. Que a ese señor de voz ronca y ademanes autoritarios se le noten los cabellos teñidos con tinte para disimular su vejez incipiente, que ante sus ojos inyectados en sangre sólo se atisbe el vacío de un discurso irreal que no le pertenece, una mala copia de la ley o los Reglamentos, que ante su cobardía ejerza el poder como equilibrio con un despiadado gesto de asco, que ante lo que no puede controlar surja la intolerancia, la ira y el malestar, que en sus movimientos nerviosos, histéricos, que se notan tras el auricular, su cambio de ánimo sólo pueda atisbar la mayor infelicidad concebida por cualquier ser humano, le provoca al escritor una  sensación de compasión, una inmensa compasión ante aquellos que lo derrotarán tarde o temprano, que caerán sobre él con los dientes afilados, como el castillo caerá sobre K. inexorable hasta convertirlo o bien en uno más de todos esos aldeanos o campesinos o funcionarios que va a frecuentar o ha visto ya, o en un funcionario inmerso en la particular cosmología incomprensible del lugar de allá arriba en lo alto, cumpliendo su ley sin resquemores, o tal vez en un cadáver sin aire ni tumba.

                El alivio de la religión, atisbado en el poder de las iglesias a lo largo de los siglos, adquiere ahora una nueva forma de sumisión aún más refinada y terrible, que alimenta de igual forma la ausencia de la metáfora religiosa y no posee una dimensión divina o espiritual. Todo cuanto cae sobre el escritor, de igual forma que las circunstancias que oprimen hasta la risa patética a K., es la sociedad. Semejante Dios, como anunció Dostoievski y años más tarde Kafka, significaba la extinción de la inmortalidad, de la trascendencia, de la inmortalidad del espíritu. El coste serían los terribles acontecimientos y matanzas sucedidos en el siglo XX y los que vendrán tal vez en estos inicios del siglo XXI.  

 

 

                Cuando Kafka escribió sobre el secretario Bürgel ni el escritor ni el superior que lo llama desde las sombras de un despacho lujoso, con la superioridad de barro de unos galones concedidos por la servidumbre a la organización, habían nacido y, sin embargo, a través de esos personajes creados para la literatura el escritor llega a comprender la esencia del hombre mediocre, del mediano aplaudido que en un sinfín de rincones en el seno de las sociedades contemporáneas pretende aplastar la figura del hombre libre por una reminiscencia constante del miedo. No existen los hombres libres por completo ni probablemente tampoco los hombres mediocres sean su totalidad más allá de fijar dos extremos utilizados como paradigma. Todo es gradación en el universo, complejidad, cúmulo de circunstancias, como excepciones a la regla que están más cerca de la enfermedad mental o el genio que de la vida.

                En El castillo, Bürgel habla de una crueldad de los funcionarios hacia las partes y hacia sí mismos, con toda la ambigüedad que se respira en esa frase. Añade que tal crueldad es también la suprema consideración, al reflejar en su constancia inexorable la necesidad de una férrea ejecución y actuación del servicio. La necesidad conlleva a simple vista una especie de sadomasoquismo. Todo lo oscuro que contiene semejante declaración de principios, forma parte del mundo en que vivimos examinando cualquier lugar hacia el que miremos, tal vez complicado el asunto por una masiva renuncia a los espacios de intimidad en pos de un mundo de masas intoxicadas por una maquinaria publicitaria ensordecedora, ciega y carente de consistencia que, sin embargo, en su desmesurado afán por imponerse, genera los gustos multitudinarios, guía las corrientes vitales y empuja a los seres humanos hacia el cumplimento de rituales civilizados que rozan lo ritual, lo maquinal. El proceso despoja a su vez de intimidad a los actos compartidos con otros semejantes, como si existiera, o debiera existir, una dualidad al menos en todas las caras de la existencia.  Kafka tuvo el sentido del humor suficiente como para escribir esas palabras en boca del secretario Bürgel, mientras lo describía estirando los brazos y bostezando, mostrando como dice Calasso, un desconcertante contraste entre la vulgaridad de ambos gestos y la gravedad inconmesurable de sus palabras acerca de la esencia del castillo.

                El escritor siente que el mundo que lo rodea está hecho de demasiados Bürgel, incluso de funcionarios aun menos conscientes y lúcidos que el secretario, que muy pocos Kafka esbozan esa sonrisa irónica que alivia esa sensación de peso, al menos en el seno de organizaciones empresariales anónimas, multinacionales construidas en torno a la ambición de unos pocos, al sufrimiento a menudo  de muchos a cambio de una ilusión de libertad y subsistencia, y a la mediocridad de la mayor parte de la humanidad. Los únicos que saben lo que pueden entresacar de ese tipo de organizaciones humanas son los accionistas, cuyo interés no depende de su esfuerzo directo ni de su conocimiento. La sociedad anónima es una perversión, al igual que la preeminencia de lo financiero sobre la economía real se convierte a su vez en una perversión intolerable en nuestro presente. Pero la figura de Brügel no es sólo una descripción de los hombres que en el transcurso de los años siguientes dominarían el mundo, si es que en alguna ocasión dejaron de hacerlo, sino a su vez, puso de manifiesto una realidad nueva, un entorno vital en el que el orden social era capaz de superponerse por completo en mayor o menor medida a cualquier orden espiritual o cosmológico, al individuo. En pocas palabras, representaba el triunfo de una existencia sin sentido sobre cualquier imagen simbólica, religiosa o humana de la existencia, despojaba de heroísmo a los actos de los hombres al arrancarles de cuajo la trascendencia, la inmortalidad y el misterio, desprendía en su bostezo toda la poderosa maquinaria del poder incomprensible y ciego, desterraba de un plumazo con ello cualquier posible sueño de inmanencia, condenados en nombre de un desconocido reglamento a fagocitarnos una y otra vez en un universo sin metáforas.

                El castillo no es solo una excelente novela incompleta, sino que se ha convertido con los años en un acto de rebelión incondicional. Por fortuna, el mundo seguirá siendo mundo mientras los hombres sigan siendo hombres, y cualquier expresión totalizadora chocará eternamente con un sinfín de actos de fuga que en uno de esos incendios inesperados prende la mecha en otra dirección.

                La mirada del humano primitivo al enfrentarse al misterio de la naturaleza y los astros, al misterio de su propia existencia, a la inmensidad de cuanto contemplaba, su necesidad de sentirse protegido y de dotar de contenido a la vida, breve, en el fondo animal e insignificante casi siempre, es a todas luces un acto de negación contra las limitaciones, un hecho que empujó el desarrollo, la imaginación, la técnica necesaria, que permitió al hombre imponerse a las condiciones fijadas por la naturaleza, un prefería no hacerlo que siempre flota alrededor de las decisiones de ese escritor que se resiste a aceptar la realidad constituida de múltiples fantasías de hombres mediocres, por instituciones aún más mediocres e interesadas, consistentes en satisfacer la inmensa necesidad de poder de aquellos que no logran entresacar otra cosa de sus vidas, erigidas a partir de su decepción como una forma de dominio y servidumbre, como una triste justificación.

                La diferencia entre ese escritor y el Director de Área se halla principalmente construida no por el rango profesional que uno y otro detentan, con su consiguiente efecto sobre su propia relación humana y sus cuentas bancarias, sino en la distancia que media entre el vacío existencia de uno y otro, aunque la victima en apariencia sea el escritor o K. El perdedor absoluto del envite sin embargo, salvando las posibles circunstancias inesperadas que acontezcan, siempre será Bürgel, el Bürgel que se cree protegido por un orden férreo y unos usos establecido sin importarle la moralidad de la misión, el origen, o el motivo de que así sea, obligado al mismo tiempo a justificar a menudo entre los demás razonamientos tan frágiles como castillos de naipes. Kafka se refería al miedo de quien se ve obligado a sostener lo que es insostenible por su falta de verdad.

                La argumentación demasiado exuberante del escritor provocó que el suelo de ese otro hombre se tambaleara, simple y únicamente porque tal vez, quien sabe, lo hizo estremecerse inconscientemente al leer palabras libres entre pliegos de anodinas argumentaciones, palabras de la literatura que lo agitaron, que lo obligaron a imponerse, como si cualquier desempeño fuera una sola cara, no contuviera en sí mismo nuestro propio rostro verdadero.  

 

 

 

 

 

                Pero K. no se revela ni desea cambiar ese orden, esa es la verdadera dimensión del acto rebelde que ejecuta con su empecinamiento para que el castillo cumpla aquel contrato propuesto. Es un acto individual, libre y decidido desde la humanidad. Nos recuerda al Bartleby de Melville pero con un grito de afirmación. No se trata de alterar nada de cuanto está hecho, sino de que alguien permita que K. respire y pueda desarrollar aquello para lo que fue requerido. Kafka daba una vuelta de tuerca en la historia del hombre rebelde. Se empeñaba en el que mito tuviera un lenguaje propio, en apariencia común, sin embargo capaz de abrir de improviso puertas del conocimiento y la consciencia hasta entonces nunca visitadas por los hombres, tal vez intuidas desde luego, pero nunca escritas en la ficción. El lenguaje común, el lenguaje del Director de Área que afirma su necesidad de imponer sus criterios de escritura en el ámbito de sus funciones, es el lenguaje de los siervos, algo que no tiene nada que ver con el potencial económico ni con el estatus social, sino con la calidad humana, la inteligencia y la decadencia.

 

 

 

                Lo fascinante es la sucesión de reflejos constantes sobre nuestro propio mundo, siempre desde la poesía de un espacio de ficción cerrado en si mismo, enigmático y válido únicamente en el ámbito de la propia literatura. Los arcontes, eso funcionarios que juzgarán finalmente a Joseph K. en El proceso viven ocupados en algo que solamente para ellos es manifiesto, respecto a lo cual, cualquier hecho externo es un potencial contratiempo. Todo lo que sucede fuera de ese lugar en el que viven se reproduce como un contratiempo, algo similar a un hecho irrelevante, consecuencia de algo ajeno a ellos, que se limitan a recibir a los imputados y sus expedientes, y a aplicar aquello para lo que están hechos y dirigidos. Calasso, con su finura intelectual avanzaba un ápice más, definía esos arcanos como seres humanos que se presuponen soberanos y autosuficientes al ejercer un poder encomendado, pero continuamente son atraídos hacia algo extraño y refractario, que se les resiste y quieren dominar. Siempre temen, aunque no lo digan, que un grano del mundo exterior penetre en las regiones inaccesibles en las que habitan, allí donde sólo viven ellos, y los aniquile como un virus inmenso que todo lo arrastra. Todos los esclavos de espíritu, por muy elevada que sea su situación, terminan por temer que algo los libere de su esclavitud, en definitiva, que se les despoje de su importancia.

 

               

 

 

                Este escritor de alguna forma está harto de esperar acontecimientos que no dependen de él. Cualquier literatura en el siglo XXI está hecha de esa espera desesperada y terrible, extenuante e incierta. Nada tiene el sabor que tenía de tanto reproducirse incesantemente en el imaginario colectivo. La esencia de K. o de Josehp K., protagonistas de El castillo y de El proceso respectivamente, está hecha precisamente de esa espera que tan bien interpretó Beckett en una buena parte de su obra. Sin llegar a ser un síntoma de la desesperación de Kierkegaard, la expresión resulta cuanto menos sombría. El mundo ya no nos pertenece, si es que alguna vez nos perteneció, y ahora somos demasiado conscientes de ese hecho. Tal vez esa constancia sea el único síntoma de madurez que el escritor respeta, el único que le resulta insostenible de cargar, terrible de sostener entre sus dedos frágiles. La misma expresión de terror asoma ante los ojos del Director de Área acostumbrado a la esclavitud con mayor encono a cambio de un estatus o una representación que él creyó adecuada o admirable. Es el mismo terror de todos, cada cual en sus círculos sin conexión con el resto de círculos humanos, siempre con el temor y la superstición de que todo concluirá si uno se descuida, como si descuidarse fuera la cuestión fundamental que conduce a la extinción, o como si de ello dependiera la ruina y o el éxito.

                Joseph K. aguarda una sentencia que lo libere de la angustia, de la culpa, de la ignorancia de haber hecho algo que desconoce y por lo que es acusado. K. espera concienzudamente que alguien cumpla la promesa que lo llevó hasta las inmediaciones del castillo para convertirse en agrimensor. Como dice Calasso, hagan lo que hagan su vida es extenuante, pertenece a esa vasta ciudadanía agonizante que patalea y opta por un partido político nacional, abraza causas más o menos justas o injustas, y se arremolina en las plazas públicas, las playas, los lugares de veraneo, los supermercados y las calles de cualquier ciudad. Están hacinados ahí afuera, incapaces de conocer su destino, creyendo que la voluntad les bastará, o la aceptación o la resignación o el cumplimiento de un improbable e incomprensible deber, una ley impuesta que simplemente por miedo jamás dejarán de acatar. La masa sin límites se extiende invisible e interminable ante los ojos de los poderosos, y atañe a casi todo, a esa mayoría que nunca construirá nada que afecte al mundo. En la torre del castillo y en el tétrico edificio donde se van a celebrar las ceremonias del poder, se asientan todos aquellos que deberían responder a las encrucijadas del destino, que deberían dirimir qué es justo y qué no lo es, pero no tienen respuesta. Pertenecen a un engranaje ciego, obcecado, donde la salvación solo parece ser la ley, misteriosa ley de usos y costumbres, de insistencias y presiones, ley al fin y la cabo, como una conciencia que en este caso es limitada y representativa de una forma única y exclusiva de poder y dominio. Aguardan la chispa y temerosos de que esa especie de brasa inesperada haga arder un círculo nuevo insisten en construir otro aún más opaco y oscuro.

                Kafka elevó con sus personajes la potencia de la escritura, amplió sus horizontes, dibujó nuevos paisajes fantasmagóricos, retrató como nadie la metafísica de la historia sobre el hombre. Lo bueno es que la muerte anónima y silenciosa de ese escritor checo que apenas publicó en vida, le sirve a ese escritor, que seguirá buscando palabras libres si es posible. Tal vez un día la chispa surja de él mismo o de cualquier otro como él, y la autoridad se disipe en nuevas cobardías insostenibles.

 

 

 

                El escritor, en su próxima argumentación no cumplirá nada de lo exigido. Su sentencia es reconstruir el mundo y lo hará con palabras sea cual sea la repercusión del gesto, y cada palabra debe poseer la fuerza de esa libertad aunque sea en el disimulo y la brevedad de un parpadeo, arrancadas las palabras manipuladas, los ensordecedores alientos del poder: a la busqueda de palabras primigenias, de reconstrucciones de esos lugares en los que la prosa o el verso hacen aletear el subconsciente hermoso de lo posible, la potencia positiva de la creación humana, aunque la batalla esté perdida, aunque tenga que rehacer su vida en otro lugar. No hay aceptación posible cuando se trata de eso que es esencial en cualquier hombre. La libertad de otro es la nuestra, dirá ese escritor. Todo cuanto soy son mis palabras y mis afectos. Lo mejor es imaginar el rostro del Director de Área, de ese hombre compungido por el miedo y la deshonra cuando ya no sirva, y sus huesos terminen olvidados en cualquier rincón insignificante, donde su nombre sea exactamente igual a los demás. Ninguna mediocridad puede sobrevivir más allá de la concesión temporal de los amos. Eso lo sabía extraordinariamente bien Kafka.

 

 

                El escritor lee en los diarios de Kafka una curiosa teoría sobre El Quijote de Cervantes. Hay algo en ese texto que facilita una cercanía profunda, que le ofrece algunas de las claves de ese extraño demiurgo que habitó la literatura y la experiencia numinosa, como si en sus ojos, cuando mira una fotografía suya, hallara una especie de reflejo familiar. Como siempre en esas palabras hay algo triste y al tiempo humorístico, como si esa mezcla fuera la combinación exacta, como si Kafka hubiera medido todas las palabras para alcanzar ese efecto tan particular. Escribía que Don Quijote era sólo un títere encargado de sufrir los fantasmas de Sancho Panza, el que recibía las consecuencias de los riesgos y los fantasmas del otro. Sancho Panza se sentaba en silencio, se escondía detrás de muros y árboles, fingía ser práctico y con los pies en la tierra, y reflexionaba sobre lo que había acontecido. Miraba a aquel personaje escuálido y convulso, observaba con ojos atentos la irrisoria figura, los golpes recibidos, la insostenible ternura de un ser desvalido y al tiempo valiente como pocos, lanzando al mundo de la España del Siglo de Oro y a la literatura tal vez por una necesidad del propio Sancho de reírse, de respirar y tratar de atisbar los límites de su propia locura, de su asombro y sus miedos frente al mundo. Don Quijote era capaz de hablar de libros de caballería sin avergonzase, de teología, de amor galante, de justicia y consumir su cuerpo y su alma en todo ello. Sancho Panza sólo lo miraba de reojo, lo seguía en un segundo plano, observaba cuales son las consecuencias de esas pasiones que ardían en el anciano caballero. Nunca se jactó de ello, de lo que hicieron. Para muchos, Sancho Panza se limitó a escribir una novela.

                Cuando las luces se apagan y el piso queda a oscuras, el escritor mira las hojas del libro y encuentra ese alivio que necesita para afrontar esa noche larga y oscura, para acercarse al día de nuevo y soportar las pulsiones, la irracionalidad de cuanto le rodea, la figura del Director de Área, la esencia del castillo, la oscuridad del tribunal, la ausencia de deseo poderoso, la renuncia, tal vez hasta el futuro. Sin embargo, como le ha sucedido cientos de veces, las palabras de la literatura alivian algo, modifican por un instante la realidad, transforman el eco ensordecedor en una suave música que lo reconforta. ¿Por qué escribe? Se vuelve a decir entre las sombras del cuarto mal ventilado, intoxicado de humo en pleno verano caluroso. De nuevo Kafka, como si albergara en su seno todo el saber gnóstico, la espesura de la raíz y el origen, susurra su mito. Tal vez siga escribiendo finalmente por ello.

 

 

                Durante largo tiempo, en la parte más prolongada de su historia, el mito fue para los hombres la fuente primera del saber. Después se convirtió en una serie de historias engañosas y vanas, cuyo significado se reducía a entender la forma en que los hombres habían vivido en el pasado. Las fuentes del saber eran otras. Lo que antes contaba el mito ahora se demostraba y aplicaba. Pero alguien se dio cuenta de que una parte del saber del mito había permanecido cerrada en el interior del nuevo saber. No tiene importancia, pensó la mayoría. Sabemos un poco menos acerca de nuestro pasado. Pero ¿qué importa el pasado cuando tenemos frente a nosotros la inmensidad del presente? Sin embargo, algunos insistían. Se habían dado cuenta de que aquella parte inaccesible del mito trataba de las “sentencias finales del tribunal”. Ningún texto hablaba de ellas precisamente porque esas sentencias “no son publicadas”. Nació así, en algunos, la esperanza de que a través de los mitos se pudiera llegar a conocer algo que de otro modo no se hubiera descubierto. Para la mayoría no fue más que una vana ilusión. Pero no podían probar que lo fuese, porque les faltaban sentencias recientes del tribunal que pudieran contraponer a las antiguas. Mientras tanto, el mundo seguía desarrollándose en procesos y sentencias siempre provisorias. Sustraída toda realidad, toda autenticidad, todo era un amasijo de apariencias y postergaciones.

 Copyright Jimarino

               

 

                 

 

19
jun
11

Intimidad (a la esperanza duradera del movimiento 15-M)


(Todas las fotografías de la Sierra de Gúdar (Teruel) por cortesía del fotógrafo francés Michel Lavigne)

         La sierra amanece envuelta en la niebla y deja sobre los hierbajos y las hojas de los árboles, sobre el césped y la piedra, un rastro de humedad, una frescura que al respirar inunda los pulmones e irrita las fosas nasales, provocando un picor doloroso para quien no está acostumbrado. Nos contemplan mil años de historia desperdigada entre muros vetustos y piedras cuadradas, talladas a mano, y el campanario viejo, que se alza mudo, y esos caminos empedrados, que suspiran por los pasos de campesinos y mulas y carros de antaño. Soñamos hace algunos años con este paisaje, con un rincón como éste: una casa de dos pisos, planta baja y vivienda, y una luminosa buhardilla con apertura en el tejado gracias a una amplia cristalera incrustada entre las viejas tejas, y ventanales con vista a las montañas. Aquí se puede respirar, a pesar de la historia que asciende como vapor de agua, que impregna cada poro de mi piel y me recuerda que en este lugar, hace años, siendo un niño, un adolescente, fui feliz, y que entonces tenía sueños, una imagen de la vida futura espléndida, llena de posibilidades, y aunque uno siente nostalgia por la existencia que no pudo ser, no me quejo de haber sobrevivido y regresado, a pesar del invierno gélido y silencioso, a pesar de los fantasmas de la memoria que van poblando cada esquina, cada pedazo de muro. Aún me queda algo de aire, de hecho, pienso que antes era menos consciente del aire, y ahora, cuando subo a la montaña y contemplo la inmensidad del valle -Helene apoya su cabeza sobre mi hombro y siento como el viento mueve sus cabellos, que se pegan a mi rostro-, estoy seguro de estar vivo, sin ruido, sin el incesante parloteo de quienes no me interesan: ella y yo, solos, contemplando la inmensidad de las laderas y los ribazos, atentos a los movimientos de las aves que giran alrededor de los picos, o al paso cansino de un vecino que arrastra un carro con cebada para los animales, de los pastores que recorren las veredas con sus ovejas hambrientas.

         Camino por los senderos serpenteantes y retorcidos junto a ella, que me estrecha por la cintura y trata de sonreír al paso, a través de las hileras de arbustos y hierba con firme de tierra seca que delimitan los cauces y los terrenos de cultivo. Creo que es feliz, pero se contiene, tal vez porque sabe qué es lo que quedará al final.

         Sucede algo similar con Bellochi, que se acerca en coche hasta aquí dos veces al mes, y comienza a parlotear y evita mi mirada tan sólo para no verme como era antes, como soy ahora. A veces Helene y yo nos miramos en el espejo de la cómoda, el mismo que nos ha contemplado durante veinte años, que reflejó los cambios verano tras verano, y ella me acaricia el rostro y descubre el paulatino deterioro con una esperanza de belleza que concibe como cierta. Las canas son notorias en mis cabellos; se han hecho duros y blancos, muy erizados, aunque acabo de cumplir treinta y ocho años, y mis ojeras se esfuerzan por darle un aire sufrido a mis facciones aniñadas. El mentón antaño redondeado, se ha endurecido de un modo excesivo, y mis manos son largas y huesudas; manos de filósofo, que solía decir mi abuelo, las que yo quería, esas manos huesudas de dedos finos y estirados, ligeramente torcidos, como una ironía que me anuncia el tiempo que se disipó, y lo que queda, desde luego, hay que devorarlo. Y entonces llega esa pregunta, que como juego alguna vez expresé al abrigo de una conversación entre amigos, y escucho esas respuestas que en este instante bailan en la memoria, irresponsables, y sonrío con cierta condescendencia, y algo dentro de mí recibe luz en esos momentos en que la oscuridad parece ser la única respuesta. Bellochi se empeña en pronunciar su lista de quehaceres, en vista de un agotamiento irrenunciable y voraz del tiempo de existencia: pretendía la fama, porque en el fondo, palabras textuales, fue lo único que buscó, aunque supo vivir con su media fama, sin reproches, satisfecho, no menos suculenta e interesante que la completa. Inma optaba por viajar, como Nati, recorrer de punta a cabo el mundo, ora en barco, ora en avión o piragua, el amazonas, el desierto, el cañón del Colorado, la estepa rusa, la Provence francesa, y las ciudades colosales, se llenaban sus bocas de París y Nueva York y Berlín y Londres y Praga y Marraquesch, y las enlazaban con aventuras que siempre terminaban bien. Ahora ellas piensan en sus pequeñas, desmienten su heroico pasado de sexo drogas y rock & roll aunque mantienen ese empecinamiento particular de la rebelión a pesar de todo. Viajar, ya lo hice, como un castigo, o como dice Bellochi, como un viaje inconexo; porque mi viaje y el suyo fueron viajes desnudos, sin paracaídas ni salvaguarda, directos al corazón de la podredumbre humana, esparcida por doquier hubiera guerra o hubiese paz en cualquier parte del mundo. Y Jean hablaba de un final apoteósico, pero alejado de la fama, más bien una excelsa dedicación a la exaltación de los sentidos, hasta el karma del exceso, sin más: mujeres, vino y libertad, disponer de tiempo y dinero para gastar en un maremagno de desconcierto, hasta que el corazón dejara de latir y el cerebro se apagase. Pienso ahora en Reinaldo Arenas y su afán por concluir su obra como si fuera lo único que importara, entre la memoria y el esfuerzo. O en Fitzgerald y su Último magnate, o tal vez en un Musil tembloroso, ardiendo entre las páginas de su hombre sin atributos, o en el agotamiento físico y espiritual de un Hemingway borracho y decrépito vencido por la vida, hasta situar el cañón de su escopeta de caza sobre la boca y apretar el gatillo. Cualquier respuesta valía para expresar que algo de la existencia se iba apoderando de todos en el mismo instante en que conversábamos, segundo a segundo agotábamos algo de nosotros, y al pensar en un tiempo acelerado, que produjera un suspiro tan sólo y permitiera fijar la conciencia en esa fugacidad, surgía una vez más esa imaginación precisa, ese carpe diem que fijaba el único sentido posible.

         Suelo levantarme muy temprano, porque al ver nacer el día -primero sombras oscuras que acompañan el bullir de la tetera y un frío intenso, despacio una luminosidad creciente que se mezcla con el vapor de la cafetera y la ilusión de extender las páginas del libro que termino de empezar-, tengo la sensación de que gano algo, de que arranco un suspiro más, deseando empaparme de ese amanecer que en el fondo, a pesar de la calma, anhelo. Con sólo mirar los ojos llorosos de Helene cuando contempla el espejo de la cómoda y trata de sostener por un momento la idea de que puedo marcharme sin más, de que puedo desaparecer como se marchitan las hojas de los árboles en otoño y quedan sepultadas en la tierra desmenuzadas y polvorientas, me arrebata una tristeza inmensa que nada tiene que ver con el egoísmo. La consciencia de la vida, o mejor del fin de la misma, se fue diluyendo en un deseo profundo e insistente por unirme a un paisaje, a una manera de vivir que en la ciudad resultaba imposible. Pero esa conciencia me sirvió de acicate y a la vez de motivo. Si los hombres supieran por un instante que el día siguiente puede ser el último, todo cambiaría de la noche a la mañana, y sin embargo es una posibilidad que esta ahí, quieta, que existe, que acto seguido caiga una maceta de cualquier balcón sobre la cabeza de un transeúnte confiado, o que una mala maniobra del automóvil pueda provocar el accidente que finiquite una vida, o quizá una enfermedad misteriosa viva ya en el cuerpo de un ser humano y esté devorando los órganos vitales, anunciando el fin irremediable

         -Podemos elegir casi todo.- Diría optimista Mario, al que hace tiempo no veo, pues anda por otras montañas enfrascado en su trabajo, en sus nuevas esperanzas.

         Desde la ventana que da al viejo castillo derruido -sus piedras fueron utilizadas a principios de siglo para construir nuevas casas, en una afrenta revolucionaria contra el poder feudal, un gesto de justicia, ignorancia y brutalidad inaudito, sobre el que he pensando muchas veces-, el día surge de nuevo imprevisible y se llena de matices y colores, del sonido de los grillos y los pájaros que van poblando de vida las calles desiertas. He tratado de imaginar una caravana de aldeanos provistos de carretillas, ascendiendo y descendiendo ordenadamente el camino que rodea la iglesia y sube hasta el pico, los he visto arrancando las piedras del monumento, destruyendo los muros, y luego, con la carretilla cargada, descender despacio por el sendero empedrado. Es uno de esos actos subversivos que siempre me han fascinado, que irremediablemente, a pesar de la figura de mi abuelo, que aparece de fondo y niega una y otra vez aquel atentando contra el patrimonio cultural de la Sierra -¡por Dios, arrancar las piedras de un castillo construido en el siglo XV!-  me ha recordado a otras grandes revoluciones de la historia de la humanidad. Cuenta la leyenda que fue Ramiro Avisavientos, en mil ochocientos noventa y tres, quién fuera abuelo de Ramón Avisavientos, héroe de guerra republicano durante la guerra civil española en la sierra, muerto al cobijo de una iglesia abandonada en un pequeño pueblo cercano a Madrid después de asesinar por venganza al falangista que violó y fusiló a su esposa, sacó a golpes de su casa a Federico Montseny, el hijo del antiguo marques de la Villa, hombre poderoso y brutal, lo arrastró por el suelo del brazo, ya medio muerto, y junto al pregonero convocó al pueblo a una reunión de urgencia. Deseaba el ajuste de cuentas de la humillación y la miseria después de años de carencias y dureza. La historia fue repetida en un apellido, de igual forma que ahora el airado reproche civil ante un tiempo de sinvergüenzas y avariciosos, de ruido y mentira, tendrá una respuesta: energías humanas que van cobrando sus piezas en un juego de causa-efecto fascinante. Aquella revuelta fue el símbolo de un final, organizado por entero desde allí, un sitio demasiado alejado y abrupto como para que pudiera ser reprimido con la dureza exigida, y se aceptó después en la capital de provincia el reparto de tierras, y nadie puso pegas a la destrucción del castillo. Se acabó el antiguo régimen, y con ello el hambre, se aseguró la supervivencia de todos en un nuevo estadio que permitió al menos la subsistencia y el desarrollo; se hizo a lo grande, y que mejor modo de festejarlo que destruyendo el monumento, como una exégesis del hombre rebelde, tan menospreciado por el poder ciego, tan corriente sin embargo a lo largo de la historia.

    

      Desde hace algún tiempo, suelo prestar atención a las pequeñas cosas, como si fuera posible llevármelas a ese estado sin contenido que me espera, a ese largo sueño sin memoria, que tarde o temprano me empujará hacía la negrura, a pesar de la esperanza de Helene, y siento que en todo ello hay un afán secreto de alcanzar alguna sabiduría, y pienso en ello como síntoma, porque antes, años atrás, nunca tuve semejante curiosidad. Es importante conocer esos cambios, determinarlos, a poder ser aislarlos de lo demás, para saber o reconocer qué es lo importante. No ha muerto en mi el amor, que se expresa de múltiples maneras, no sólo en Helene, a la que quiero más y mejor, a la que considero parte de un recorrido necesario como si hubiese sido destinada a acompañarme, sino que pervive en los rostros familiares, en los libros que repaso a menudo a solas en la buhardilla polvorienta, en el recuerdo de aquellos que me acompañaron y tuvieron que marcharse por la fuerza o por la inercia, tantos cadáveres, en el brillo que  a veces se atisba en los seres humanos cuando una ilusión de futuro, de alegría, inunda la insatisfacción. No anhelo el amor infatigable y superficial de la seducción, ni siquiera los años salvajes sin nombres, poseído por la ebriedad de un sentimiento sin dirección ni rostros, como solía decir Jean cuando hablaba de lo que haría si supiera que al día siguiente todo fuese a terminar, en un afán de regresar a la antigua promiscuidad de nuestra adolescencia infatigable; por el contrario, cada minuto a su lado eterniza la vida, la hace, en cierto modo, inmortal. Lo único que echo de menos es el deseo, otra forma del amor igual de intensa, el deseo salvaje y arrebatado de perder la identidad, de echarla por tierra y obviar el yo en las fauces de otro, de gozar y sufrir en el mismo instante en que se detiene el tiempo para expresar el anhelo más eterno del ser humano: la fantasía de la continuidad imposible. Por eso aguardo con impaciencia que lleguen las nueve o las nueve y media, para poder oír desde la buhardilla el crujir del catre, sus pasos por la habitación, y entonces dejó mis papeles y periódicos, mis libros o mis escritos, y me precipito escaleras abajo sólo para desearle los buenos días y sentir el calor de su cuerpo. Y cuando tarda, recorro sigiloso el pasillo, y desde el marco de la puerta la contemplo extasiado dormir desnuda. Hay algo eterno en esa imagen que me sumerge de lleno en la sensualidad y en la historia del arte, en las visiones femeninas de todos los maestros, en los desnudos espaciados de asombro ante la belleza, algo similar al eco que oscila frente al empecinamiento de los cínicos por perdurar. Es como si todo naciera del deseo, la Venus frente al espejo que sueña el pintor Diego Velazquez, las cabezas rodando de los aristócratas franceses, la esperanza de que la servidumbre, el odio, la avaricia y la mentira se desintegren en el mismo instante en que Helene se estremece en la cama y Sophie suspira a kilómetros de esta sierra por aquel deseo interminable y eterno que me une a ella,  Courbet se extasía ante las durmientes y estas palabras alcanzan la luz, antes de la cálida tarde en la que negrura lo envuelva todo y yo desaparezca.

Copyright Jimarino

14
abr
10

Cormac McCarthy-The Road (La carretera)

Copyright Jimarino

Hace aproximadamente un año, finales de marzo tal vez, sucedieron en mi existencia tres cosas -quizá fueron más sin saberlo, pero ahora son tres fundamentales las que recuerdo- que me acuden a la memoria de repente y se asocian a esta espera lenta, Mateo con fiebre, que busca con sus ojillos azules mi mirada, que me sonríe ardiendo, con sus mofletes enrojecidos y esos labios gruesos y carnosos, iguales a los de de su madre.  Por un instante se aferra a mí, se aprieta contra mi cuerpo y me acaricia el pelo; le oigo proferir sus parrafadas ininteligibles, sus sonidos tan familiares en la tenue luminosidad del cuarto. Hace ya algún tiempo que comprendo lo que pretende brillando en sus ojos cuando me mira y sonríe, la sensación que le acude cuando está a punto de caerse en el transcurso de sus torpes caminatas y lo sostengo en su carrera, o cuando me llama para que le de agua o algún objeto tentador que quiere sostener con sus manos o llevarse a la boca.

En marzo del 2009 yo no tenía ni idea de lo que significaba sentir que alguien dependiera de ese modo de mi, absolutamente nada acerca de que un pequeño bebé sonrosado y angélico buscara que este irresponsable noctámbulo con el mal de Montano y la avaricia de las palabras resolviese los entuertos que pudieran surgirle o la extrañeza con la que contemplaba por primera vez elementos del mundo a los que los adultos ya no prestamos atención. La magia de esta nueva vida diurna  es volver  a revivir  a través de sus ojos aquella capacidad de mirar que perdí, asombrarme de nuevo ante lo corriente, ante lo extraordinario de la tierra, sus colores, sus objetos, luces y texturas. Quizá el sentido mismo de La carretera, esa enigmática y apocaliptica novela que terminé de leer según mis notas el 24 de marzo del pasado año, de la que recuerdo el momento de avanzar entre sus últimas páginas y no poder contener las lágrimas, que el libro se cayera de mis manos sobre las baldosas del salón y a solas, de madrugada, al observar la suave claridad azul del cielo que nacía después de unos días de lluvia, comprendiera que algo se había transfigurado a mi alrededor, que el amanecer surgido claro después de una semana de aguaceros, que el embarazo de Severine pasado el octavo mes o que la angustia de un hombre que quiso ser libre y siempre creyó que la libertad se hallaba en el acto de poder hacer las maletas cualquier mañana y cambiar de vida sin más razón aparente que el capricho de  mi real gana o el impulso del viaje y lo renovado, que los ojos que miraban la luz, que todo eso, se había transformado.

Creo que escribí  una vez hablando de Proust que la lástima de algunos libros era no poder vivir en ellos eternamente, que fuera imposible escuchar constantemente su prosa –escuchar o leer-, también que el efecto deslumbrante e inspirador de ciertas páginas no posea la misma consecuencia que la que deviene a la lectura primeriza, la cual, como todo lo nuevo, parece una irradiación desconocida o un amanecer en un lugar jamás visitado.

Releyendo hace poco párrafos sueltos de La Carretera de Cormac McCarthy comprendí que no podría volver a revivir de igual forma aquel viaje alucinante a través de un mundo destruido y sin esperanza, acompañar el paso lento y cauteloso de ese padre y su hijo avanzando entre las ruinas de la muerte y la negrura, que no sentiría lo mismo ante ese proceso cuasi religioso experimentado, en ocasiones místico y sublime, que durante una semana recorrí mudo hace ya doce meses. Sin embargo, y a cada nueva lectura que rehago en los últimos días, el aliento de esa prosa que Cormac McCarthy quiso imprimir a cada una de sus frases continua vivo, ya no la emoción en sí misma, sabida, conocida, aunque no por ello menor, sino el placer estético de adentrarme en la destrucción bíblica de una pesadilla tan coherente y firme, tan bien estructurada, que me provoca la intensa sensación de encontrarme –tuve una impresión similar cuando terminé el libro en su día- ante un clásico, ante un libro que seguirá fascinando a lo largo de los años, décadas, a los lectores, y ojalá lo siga haciendo durante siglos, porque será una señal del esplendor de la literatura y su resistencia a morir.

Surgidas dos de las tres cosas mencionadas al principio: el inminente nacimiento de Mateo y la lectura de La carretera de McCarthy, resta una tercera.

En el 2009, después de mucho tiempo intentando hallar el modo adecuado de hacerlo, después de intentos desesperados, aburrimientos y silencios avergonzados, tuve la sensación a principios de año de haber logrado adentrarme en la complejidad maravillosa de la Divina Comedia de Dante. Sería un desagradecido si no mencionaría que fue gracias a la lectura de una extraordinaria conferencia de Umberto Eco sobre la obra, a su modo de asociarla con mi mundo contemporáneo, con la red y la contemporaneidad asfixiante de nuestra vida presente.

La Divina Comedia me acompañó a lo largo de cinco meses, con la mesa llena de notas, garabatos, libros medievales y textos de la mitología, abierta la Biblia, casi como un acertijo en vez de cómo una lectura literaria, pero un acertijo lleno de placeres que había olvidado antes, que tardé tanto en descubrir, y armado de entusiasmo quedó conclusa en Junio del 2009. A la llegada de mi hijo y a la prosa del americano, se le únia por aquel Marzo pasado el deleite del infierno y el purgatorio de Dante, y aún restaba el paraiso. Ahora comprendo en qué consistió la magia de esos meses.

Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Se mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había.

Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Sólo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.

Con el primero de los párrafos transcritos comienza La carretera. Recuerdo haber pensado al instante que me encontraba ante un texto religioso, sumido en una parábola en la que la metáfora o el símbolo guardaban en sus entrañas el conocimiento, esa particular sabiduría de la que se componen los mitos. Novela norteamericana por excelencia, quizá imposible en nuestra Europa –aunque hay una película reciente con una temática parecida, excelente a su vez, El tiempo del lobo, de Haneke- no tiene en su interior ni una sola reflexión filosófica a no ser las impresiones de los protagonistas y pertenece a toda esa literatura de lo heroico heredera de Whitman. Frase corta, sin embargo dotada de una hondura inusual, como si cada palabra escrita no pudiera ser removida sin deshacerse la construcción.

Cuando escribía sobre Pierre Michon después de leer la totalidad de sus libros editados en español tuve la sensación de alcanzar esa misma escritura religiosa a través de un estilo completamente diferente. Michon engrandece el átomo de la palabra con una precisión exuberante; McCarthy es como un cronista sobrio lleno de exactitud. Los diferencia a su vez la cultura: la espléndidad enciclopedía de autores y conocimientos literarios, la exhaustiva sabiduría artística de Michon, y la vanidad, a veces cargante y presuntuosa, puede que simplona en su discurso no literario, incluida esa boutade imperdonable en un escritor de su talla sobre Proust y Tolstoi, que caracteriza a McCarthy. Los une, sin lugar a dudas, el talento y su consideración de la palabra como una cuestión sagrada.

Dos personajes recorren buscando El Sur en un mundo destruido, deshecho, sumidos en la niebla, el gris, la bruma y el desastre. La prosa describe con una maestría insuperable la desesperanza sin necesidad de razonar sobre ella. Las impresiones del paisaje y el color del cielo, la espesura de la noche, la absoluta debacle llena de ruinas y abandono, bastan para describir ese estado de ánimo que surge ante la contemplación de la destrucción. La capacidad del autor para hacernos visible el infierno resulta milagrosa, puntillosa en su afán de ofrecernos un relato de la desolación. Un padre y un hijo; un padre cuya única esperanza es en realidad ese niño que camina a su lado y al que debe transmitirle todo lo que sabe para asegurarle la supervivencia antes de que él muera. Un niño que en sus inocentes palabras y dudas, en las cosas que su padre le enseñó, cosas de la otra vida, de esa existencia anterior a la hecatombe que se le aparece en sueños al adulto, que surge en lo lugares más insospechados cuando parece no haber salida, convierten al pequeño en la palabra de Dios a los ojos del padre. La figura de Dios surge majestuosa a lo largo  de las doscientas páginas del relato: un Dios ausente, despiadado, pero aún así presente en el imaginario de esos dos seres humanos náufragos, perdidos. Dios en el sentido originario, en esa invención que necesitaron los hombres primitivos destinada a creer, a seguir, a soportar los temores, los miedos, a encontrar un sentido a la inmensidad y el caos de la naturaleza, a comprender lo ilimitado e infinito del tiempo y el espacio y su efecto en los pensamientos del ser humano, a evitar en definitiva la absoluta orfandad.

Un hombre que vive de la luz del pasado –el amor, el dolor, los afectos, lo comprensible para nosotros- y cuyo presente es una línea recta oscura y terrible, en la que asoma tan sólo esa intención poética, mística casi, de alcanzar un Sur improbable, inexistente en nuestra intuición y en la suya, pero es esa especie de poesía o milagro del espíritu (el Sur) la que guía sus fuerzas, la que le empuja, junto con la mirada de su hijo, a adentrarse en un mundo sin esperanza.

Enseguida pensé que los dos grandes asuntos de La carretera eran Dios y la literatura; ambas como productos del hombre, como partes inherentes a nuestra necesidad de saber, de entender, de sobrevivir. La religión como ese conjunto de valores humanos eternos que en medio de la inmoralidad y la salvaje lucha por la vida asomaron y asoman en el corazón del hombre; me refiero a una religión hecha en el fondo de inocencia y superstición, tan ajena a la que conocemos ahora bruñida de poder, normas, y a menudo de intolerancia. La literatura como esa necesidad de relatar y reconciliar la lucha mediante la palabra y los sentidos, palabra escrita u oral destinada  a alimentar el futuro de ese padre que habla de los buenos al niño, de aquellos que, cuando él no esté, su hijo debe buscar; literatura como fuerza de la metáfora –el sur, la carretera-, como acicate y salvaguarda de los rituales civilizados frente a la barbarie inherente al ser humano.

Entre los pasajes memorables de la novela hay uno que me conmueve especialmente con esos sentidos profundos que suele albergar McCarthy en toda su literatura: el padre le lee un cuento antiguo y el niño pregunta por los elementos y emociones que allí aparecen, algo que ya no existe, que él no conoce en la realidad. El muchacho sabe lo que es un perro, también vio el rostro hermoso de su madre siendo un niño, pero en medio de ese largo e imposible recorrido va a olvidando el mundo antiguo ante el horror. Si Conrad construyó el horror con elipsis y silencios en El corazón de las tinieblas, McCarthy se atreve a describirlo como si estuviera viéndolo delante de sus narices. El hombre intenta hablarle de la justicia y el valor en un universo en el que el hambre, el frío y el miedo, han construido la absoluta misería de una tierra en la que lo humano no es más que una reminiscencia del alimento que llevarse a la boca y los jirones de telas putrefactas, mantas y ropas que envuelven los cuerpos mugrientos para no morir congelados. La única voluptuosidad posible, como le sucedía a los antiguos teólogos medievales, es la muerte. No hay nada que brille en el horizonte; cualquier color, algo venido de la imaginación. Los animales han desaparecido, no existe la alegría de los seres inconscientes ni los árboles, convertidos en jirones de madera muerta, quebrados y quemados troncos sin frutos ni hojas que aspiran a la extinción. Sólo queda en pie el más terrible de los seres vivos, el hombre, que dominado por el deseo de sobrevivir y la furia de la existencia que palpita como una maldición en su corazón se afana en destruir la poca vida que perdura.

Ese es el panorama de la hermosa historia que relata La carretera. Temen al canibalismo y a la desesperación, pero él intenta guardar en el espacio miserable en el que viven alguna ráfaga de lo humano, quizá en esa imperiosa necesidad que los grandes escritores desearon para siempre alcanzar con el relato de sus obsesiones: una llama de la existencia capaz de ser rescatada del olvido y la muerte.

Si alguna vez quise encontrar algún estado ideal en el que me viera obligado a justificar el hecho de la literatura, ese maravilloso espacio verbal, espejo del mundo, en el que el hombre proyecta sus sueños, sus obsesiones y pasiones, la moral extraída de la vida en la descripción de personajes e ideas, sin duda hubiera debido remitirme a este universo  de La carretera, o quizá a La Divina Comedia surgida en el fragor del caos de la Edad media, en ese periodo histórico que a pesar de no ser tan terrible como imaginamos en nuestro afán de progreso humanista y científico surgido de la Revolución francesa y la Ilustración, sí al menos tuvo el don de convertirse en un mundo sin guía, en el que la iglesia Católica y otras religiones trataron, en medio de la corrupción y la oscuridad, de alumbrar un poso de esperanza a pesar de sus conocidos abusos posteriores.

Como hombres temen el horror que los hombres abominaban en esa otra vida extinguida, aquello que la luminosa civilización escondió bajo la alfombra y trató de evitar durante siglos; la terrible condición humana, el espejo animal en el que nos reflejamos,  la cara oculta, las sombras de la luz, lo oscuro de nuestra relación con la supervivencia y el poder.

El hombre habla de los caníbales, grupos hambrientos de seres humanos como ellos que vagan por la tierra desolada y se alimentan de esclavos que capturan y devoran.

De alguna forma, salvando la distancias, Dante encontró en el catolicismo la moral necesaria para evitar los excesos de los hombres, los abusos que se cometían impunemente en el mundo en el que vivía, aunque le costase el ostracismo, el dolor y el exilio, la lenta y triste muerte que le sobrevino después de una juventud rica en sucesos y en dones. El cristianismo albergaba en su seno una serie de valores procedentes de la filosofía griega que aspiraban a la paz y al amor, y de alguna forma, ese acervo pasó a la filosofía occidental posterior y a sus intentos de construir una moral laica -otro asunto sería las manos humanas que a través del miedo y la mentira, la manipulación y el ávido deseo de poder convirtieron el medievo en un tiempo voraz y asesino, o la enorme autoridad que llegó a detentar la jerarquía católica en ciertos periodos, su belicosidad y su desdén por otras religiones, su persecución de herejes y sus luchas intestinas (tan humanas) por el dominio, tan alejado de la religiosidad primigenia y su sentido-. Para Dante, el cristianismo y su filosofía o teología significaban la necesidad de dar un salto civilizado hacia otro estadio de la humanidad que primara la virtud y la bondad sobre las demás pasiones humanas; además tuvo el talento de escribir un hermosísimo poema, cuyo valor literario sustenta sobradamente aquello que a un lector de nuestro siglo XXI nos resulta racionalmente infantil o incluso irracional, alejado de nuestras premisas filosóficas y nuestros planteamientos humanos.

La belleza tenebrosa de La carretera es una imagen del infierno que podría sobrevenir a continuación si todo cuanto conocemos desapareciera; es el segundo después, lo que sucedería evaporado el horizonte de un mundo hecho de los acuerdos básicos de la civilización y olvidados los cacareados derechos fundamentales del hombre que acompañan imperfectamente a casi todas las constituciones de los países democráticos.

A pesar de eso, me parece más una obra profundamente espiritual que un texto de ciencia ficción que trata de anticipar el futuro desde los elementos y circunstancias que articulan el presente. De alguna forma, salvando la distancia, y sin ser desde luego McCarthy un moralista  –bastaría leer algunas de sus otras obras, Meridiano de sangre, No es país para viejos por ejemplo, para observar su aguda frialdad, su visión desoladora y apocaliptica de la vida humana- pretendió,  a veces creo que inconscientemente, generar un libro que sirviera a los hombres de un mundo exterminado; se dirigió a los espectadores de ese instante en que la existencia que tenemos ante los ojos y que nos acompaña desde los esfuerzos liberales acontecidos en el siglo XIX, que generaron tras las grandes guerras los estados de bienestar y las democracias, y las instituciones internacionales que conocemos, pudiera acaso desaparecer y con ella todo cuanto somos, nuestras costumbres, nuestro modo de relacionarnos y avanzar quedara anegado, algo por otra parte posible, aunque este texto no tiene intención de adivinar el futuro a mi juicio.

Releyendo recientemente La montaña mágica de Thomas Mann, excelente novela comenzada en 1912 y concluida en 1924, que guardaba en su esencia entre otros muchos tesoros las convulsiones políticas y económicas, las ideas contradictorias que pugnaban por dominar el mundo y que terminarían por provocar la primera y la segunda guerra mundial con sus devastadores efectos, volví a pensar en que la batalla de lo luminoso, de la civilización y el progreso, del avance científico y la luz del humanismo, siempre tuvo enfrente la enorme oposición del oscurantismo, el culto a la muerte, la barbarie de los instintos que tiñen la condición humana. Los optimistas ilustrados que creyeron en el avance inexorable del mundo, en un lugar en el que la superstición y el analfabetismo, la miseria y el dolor, quedaran erradicados, toparon de lleno con el lado oscuro del ser humano, con la sensación de que la historia, a pesar de sus innegables avances, suele dar vueltas en círculos concéntricos, quizá porque  a pesar de lo ilimitado e infinito de las combinaciones que se dan en el universo físico o matemático, los seres humanos suelen comportarse de modo similar a lo largo de los siglos.

En La carretera no existen los buenos y los malos, aunque el padre se empeñe en que su hijo diferencie a unos y a otros para poder sobrevivir cuando él ya no esté. Sólo hay un planteamiento moral ante el hecho de la supervivencia, una realidad que subyace en nuestras sociedades y que, sin embargo, no percibimos por el efecto de la civilización. La carretera nos hace pensar en la posibilidad de seguir hacia adelante y no dejarnos tentar por aquello que podría desnudar la animalidad del ser humano. Ese padre protector se empeña en afirmar unas cuantas premisas esenciales que el niño memoriza y repite: morir de hambre pero jamás asesinar sin razón o comerse a otro hombre para salvarse, especificar los aspectos irrenunciables que deben unirnos a los de nuestra especie, establecer un código de conducta que ponga límites a la exaltación, el odio, la desolación o la desesperación; buscar a personas que tengan el fuego, ese algo que diferencia entre aquellos que no esclavizan ni devoran a los otros y aquellos que optan por el canibalismo para seguir viviendo: en definitiva ir al encuentro del sur, el sur con ese sentido tan amplio, poético y religioso, que significa la esperanza, la fe en la vida.


La fiebre de Mateo continua, y ahora pretende besarme y abrazarme sobre la cama. Cuando trató de pensar en cómo podré defender su destino dudo ante la inmensidad del futuro, ante aquello que me resulta imposible dirimir tras la maraña de sucesos recientes y de temores desconocidos. La luz siempre fue la esencia de lo humano a pesar de los pesares (tener el fuego, dicen los protagonistas de la novela): el amor, la solidaridad y el mandamiento de no matarnos los unos a los otros. Pero yo no puedo garantizar, como el padre de La carretera ante su hijo, que las cosas vayan a ser de ese modo. La lucha entre el bien y el mal no es más que una invención de las distintas religiones, tan dependientes en verdad, aunque durante siglos negaran esa influencia, de los universos ideales platónicos. La única lucha en todo caso se llamará supervivencia, y a lo que se encaminaron las sociedades tras los millones de muertos y las barbaries acontecidas en el siglo XX fue a borrar de un plumazo esa sensación de que la voluntad humana y el poder heredero del miedo a perder privilegios, alimentos o cualquier otra forma de asegurar la persistencia de la tribu, pudiera ser paradójicamente tan inhumana.

Lo asombroso de la novela es pensar cómo ese hombre que conoció otra tierra mantiene la esperanza en ese trayecto a la orilla de la misteriosa carretera que los conduce hacia el improbable sur. Abundan los pasajes inolvidables que vienen de sus recuerdos, de los momentos posteriores a la catástrofe que asoló el mundo, tiempos en los que les acompañaba la madre del niño. Ella le dice a su marido que no puede más, que esa vida escondidos, sin presente real ni futuro, no vale la pena vivirla. Su elección es comprensible, tanto que nos sobrecoge esa constancia, comprendemos su decisión de desaparecer, y surge la admiración por ese hombre que elige resistir a toda costa para que el muchacho continúe vivo. El protagonista sólo encuentra en el futuro del pequeño algún resquicio de luz.

Pero podría haber elegido, como su mujer le pide en una ocasión, que se suiciden todos juntos, al igual que otras personas a su alrededor deciden hacer ante la constancia del desastre, frente al peso insoportable de pensar que en un espacio desolado no existe para ellos ninguna posibilidad de sobrevivir. La carga es tan abrumadora que casi todos nuestros problemas se difuminan al adentrarnos en las circunstancias de esa familia a través de la maestría de McCarthy, que hace tan creíble y real el infierno que el lector llega a sentirlo con una proximidad conmovedora. Aunque sólo seamos el presente, no podemos existir sin la recreación del pasado ni la proyección del futuro.

Los hermosos versos de Dante expresaron la necesidad de construir una moral destinada a alcanzar un lugar para lo que él consideraba lo humano. Beatrice representaba aquello a lo que el hombre moral siempre aspiró a pesar de sus contradicciones: a la belleza, a la armonía, a la paz y al sentido. En el espacio de  La carretera nada de eso es posible a simple vista; el deterioro es tan inmenso que vislumbrar la posibilidad de que algo bondadoso se reconstruya a excepción de esa hermosa relación padre-hijo resulta remota. El amor sólo queda reflejado en esa conmovedora afectividad que constituye lo único humano en un mundo que no tiene futuro. Quizá por eso volví a creer al instante, mientras leía el libro, con una fuerza desmesurada, en que la literatura seguía siendo el pequeño, diminuto e insignificante cajón de lo humano, y que sí esos dos personajes sobrevivieran al desastre, la hallarían en su camino, volverían a encontrar su magia y su sentido fuera a través de la tradición oral o de la escritura, de la manera que fuera, para iniciar de nuevo una posibilidad de existir distinta, para guarecer aquellos preceptos de los hombres que  siempre mejoraron y protegieron la vida, en el fondo eso que nos empuja a leer y queda satisfecho entre las maravillosas páginas escritas por Cormac McCarthy.

Sin darme cuenta, conforme sigo abriendo La carretera al azar y adentrándome en su terrible relato, en una relectura fragmentada, alcanzo a a entender la cercanía entre la religión y la literatura que amo; una religión ajena por completo a los extremos actuales que conmocionan al Islam o a esa actitud todopoderosa del Vaticano y sus relaciones evidentes con el poder para garantizarse su preeminencia,  a la virulencia de los judíos intransigentes, que desde luego no son la mayoría pero de alguna manera se impusieron al resto. En cada uno de los pequeños párrafos en los que McCarthy estructura la historia, en esas frases cortas y solemnes, sobrias y precisas, despojadas de cualquier recargo o sentimentalismo innecesario, sólo la transcripción exacta de la carretera y los rincones físicos y anímicos por los que padre e hijo avanzan, percibo esa forma inconfundible del sentido religioso que siempre caracterizó el alma humana, el respeto a los muertos y al pasado, el sentido de la organización, de la solidaridad,  al anhelo de trascendencia ante la fugacidad, aunque sólo fuera en el entorno inicial de la tribu, en la capacidad de construir en vez de destruir: esos sentimientos humanos que desde tiempos inmemoriales compartieron espacio con todas las formas de brutalidad de las que el hombre es capaz y permitieron la continuidad de la especie y no su exterminio.

A veces, respetando cualquier creencia personal y sin menosprecio alguno, me resultan fascinantes en el siglo XXI esos creyentes que cumplen la normas de las distintas jerarquías religiosas; es como creerse un cuento para niños, y sin embargo, cada vez admiro y respeto más profundamente ese espíritu religioso que no está dirigido por las distintas iglesias, mezquitas, sinagogas o templos grandiosos gobernados por hombres que abusan como hombres y manipulan como hombres. Ese sentimiento religioso, libre, que surge tan a menudo ante hechos de la vida, ante paisajes naturales o entre la empatia que nos une a personas afines, y que simplemente trata de consolar la desolación, la pena, el dolor y el sufrimiento, la incredulidad que surge ante la falta de moral, con elementos extraídos en el fondo, libremente, de las distintas enseñanzas venidas de las grandes religiones en torno a las cuales se amalgamaron las creencias humanas ancestrales. Quizá el secreto de que ciertas religiones alcanzaran la universalidad que las caracterizó fuera que conjuntaron toda esa necesidad humana de encontrar un sentido. La contradicción, para un agnóstico convencido como yo, de alguna manera se resuelve en la literatura, en la gran literatura. ¿Acaso no fue sorprendente que Camus, después de publicar La peste, sintiera que eran los católicos que le enviaron cartas para celebrar la obra quienes más cerca estuvieron del sentido que él quiso darle? ¿O que Tolstoi terminara por abrazar una fe desmesurada hacia el cristianismo, y llegó a despojarse de sus bienes y posesiones, tan alejado de la jerarquía católica u ortodoxa, al final de sus días, repudiando todo cuanto había escrito antes, incluyendo esas dos obras maestras de la literatura de todos los tiempos? Tosltoi quizá no comprendió que su verdadera fe en el ser humano se hallaba en Ana Karenina y en Guerra y Paz, En la muerte de Ivan Ilich, pero esa sería otra historia para contar.

De alguna forma, en la huella incesante que constituye la esencia de la humanidad, sigo observando que ese proceso iniciado por los primeros hombres para explicar la vida, para hacerla más longeva y soportable, que esa especie de trascendencia que empujó al hombre a unirse, a colaborar para sobrevivir, a instaurar la convivencia para que sus crías pudieran seguir existiendo, que estableció rituales y formas de rezo para expresar y convocar su entorno, para alcanzar los astros que contemplaba, los ríos y las montañas, que todo lo que llevó a los griegos a constituir su filosofía y su organización política, que los esfuerzos de los primeros cristianos o de esos sesudos teólogos que trataron de explicarnos brillantemente el sentido de la trinidad, o los escritos islámicos o judíos, las enseñanzas budistas o hindús, que la odisea de Dante y antes la de Homero y Virgilio, que más tarde el Renacimiento tras la oscuridad de la Edad Media, y luego la Ilustración y las primeras e imperfecta democracias europeas, que los movimientos obreros y los estados de bienestar europeo, reunían en sus seno el mismo aliento, compartían normas y preceptos en su esencia destinados a mejorar la vida, a dotarla de sentido. Por supuesto en el arte en general y en la literatura se encuentran esos rastros antiguos que ese hombre y ese niño tratan de rescatar y edificar a lo largo de su desesperanzado viaje.

-Cuando no tengo otra cosa intento tener los sueños de un niño. .-Decía el padre.

La inocencia como regreso, la inocencia como única esperanza. Miedo a ser devorado por otros hombres, a ser pasto del estómago fiero y salvaje del hambre. Miedo a perecer sin nada que sea sólido, de que los recuerdos hermosos de una existencia humana, el amor, la amistad, los afectos filiales, los sueños, la dignidad, desaparezcan y ese niño al que trajimos al mundo convencidos de la posiblidad de otra vida jamás alcance a vivir siquiera algo similar a nuestra experiencia. Esa angustia me sobrecogió tantas veces a lo largo de las páginas de La carretera que es ahora, ante la enfermedad de mi pequeño, que comprendo la razón.  Creemos en una existencia bajo control porque los cambios apenas afectan a nuestra vida corriente en apariencia. Esta crisis económica ha agudizado mecanismos que no se han resuelto, y sin embargo, seguiremos manteniendo en general esa visión de eternidad social que la historia, a lo largo de los siglos, siempre se ha encargado de desmentir. A veces pienso que Cormac McCarthy escribió La carretera para dejarnos alguna guía posible, y aunque su visión sea en general desoladora, como sucede en otras de sus obras, la novela está llena de esperanza, aunque no pueda revelar su final para aquellos que no se han adentrado todavía en la belleza de sus páginas.

Sobre las últimas páginas de la novela, extraña digresión del paisaje vivido, emotivo desenlace que alcanza a rozar la perfección del sentido que el autor quiso dar a su epopeya, mi hermana me avisa de ciertos escépticos. En la excelente película de John Hillcoat, una fiel adaptación del relato, magníficamente desarrollada, con una fotografía que captó los espacios de McCarthy con una exactitud pasmosa y unos actores magníficos para encarnar a cada uno de los personajes, cabe la posibilidad de confundir el final con una resolución fácil de la historia, quizá por las propias características del lenguaje cinematográfico y la ausencia de palabras –a parte de los diálogos- en el desarrollo de la narración. Aún así, la película logra a mi juicio preservar los elementos esenciales de la obra literaria, y a poco que el espectador haya seguido el desenlace de la fábula, que haya escuchado los textos de McCarthy extraordinariamente bien elegidos para la voz en off, o que haya intimado con la relación padre-hijo, y la de ambos con esa religiosidad primitiva que les permite la esperanza, pienso que comprenderá la naturaleza simbólica de su conclusión. En la novela, en su literatura, la metáfora, la fuerza expresiva de la aventura, resulta incuestionable y muy dudoso cualquier reproche a su desenlace.

La escena del piano; la del baño en la vieja casa abandonada con el padre, y antes en la cuba donde la madre frota los cabellos del niño preguntándose si vale la pena que el pequeño siga vivo ante el dolor de su marido, que contempla la escena desde la puerta; el pasaje de la lectura de un cuento que el hombre lee en voz junto a la hoguera en una noche oscura y desapacible; las palabras en boca del adulto sobre la justicia y el valor; la diferenciación constante entre buenos y malos, el miedo al canibalismo y la seguridad en que antes es preferible la muerte; el encuentro con el fatigado anciano medio ciego y esa conversación entre el padre y el viejo junto a la hoguera después de compartir su comida gracias a los esfuerzos del muchacho; los sueños y las imágenes de esa otra vida desaparecida, la imagen poética de ese Sur que guía los pasos de los dos protagonistas; ciertos gestos del niño ante el ladrón que trata en la playa de robarles la ropa y el carro donde llevan los alimentos condenándoles a una muerte segura; esos días transcurridos en el sótano de una casa donde hallan comida, cigarrillos, bebida, mantas, una cama, todo aquello que otorga una excepcional visión de lo que nos hace dignos en medio de la desolación; la visión de un perro vivo en un momento fundamental del relato, que nos despierta la inmediata alegría después de haber recorrido durante cientos de páginas la expresión de un mundo moribundo; la escena final que termina por provocar una lágrima alegre, una de esas lágrimas que no tienen nada que ver con lo vacuo y lo absurdo, con la obscenidad de un mundo torpe que apenas sí llora por la sensiblería y la estupidez, sino lágrimas conmovidas ante la creencia de que el ser humano es capaz de lo mejor y de que siempre dibuja a pesar de todo una esperanza en cada uno de sus pasos, lágrimas ante esa poderosa poesía de la palabra y los actos nobles, la fe en que la literatura es capaz de transformar el horizonte de los humanos, de albergar en cada una de su letras mayúsculas la verdadera condición del futuro a pesar de comprender por supuesto la enorme complejidad de cada cambio y cada gesto; todo eso que surge ante nuestros ojos, que llena el relato de ese padre y ese hijo bordeando la carretera, conforma una de las más hermosa metáforas que puede alcanzar el ser humano para recuperar la esperanza.

Le debo  McCarthy una posibilidad de seguir asombrándome ante la literatura.

La fiebre de Mateo se está convirtiendo en unas toses sin importancia y está a punto de dormirse entre mis brazos. Sin Dante es posible que no hubiera existido la Ilustración ni los años de progreso que acompañaron los siglos posteriores, tampoco los movimientos proletarios que generaron más tarde en el occidente capitalista formas de vida más dignas y humanas, sociedades, a pesar de sus imperfecciones, más justas; tampoco esos avances científicos que lograron alargar la existencia de los hombres y alcanzar la dignidad de las muertes atendidas o la integración de mayorías en la vida de la sociedad, sin entrar ahora a fondo en la cuestión, aunque podría hacerlo, en los intereses económicos que encontraron necesario el hecho, pues detrás de ellos, de la ceguera y la avaricia, de la destrucción y la barbarie, siempre hubo en lo profundo una necesidad humana de avanzar de otra forma, de empujar la historia hacia lugares más llevaderos, o al menos eso quiero creer.

Sigo con esas frases que un día escribiera Bertrand Russell convencido, aunque desconozco a estas alturas si quizá fueron suyas o si las recuerdo con la suficiente exactitud, pero necesito hacerlo.

La inteligencia siempre es bondadosa. No concibo ni concebiré jamás que la inteligencia sea malvada. La maldad siempre es estúpida y ciega. Nuestra historia está llena de ejemplos al respecto.

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Pasaron allí todo el día, sentados entre las cajas de la tienda.

Tienes que hablarme, dijo.

Estoy hablando.

¿Seguro?

Ahora te estoy hablando.

¿Quieres que te cuente un cuento?

No.

¿Porque?

El chico le miró y apartó la vista.

Esos cuentos no son verdad.

No tiene porqué. Son cuentos.

Sí, pero en esas historia siempre estamos ayudando a gente  y nosotros nos ayudamos a la gente.

¿Por qué no me cuentas tú algo?

No tengo ganas.

Vale.

No tengo ninguna historia que contar.

Podrías contarme alguna historia tuya

Ya las conoces todas. Tú estabas allí.

Pero tienes historias dentro que yo no conozco.

¿Quieres decir sueños, por ejemplo?

Por ejemplo. O cosas en las que piensas.

Ya, pero se supone que las historian han de ser alegres.

No tienen porqué serlo.

Tú siempre me cuentas historias alegres.

¿No tienes ninguna alegre que contarme?

Son más bien como la vida real.

Y la mías no lo son.

No, las tuyas no.

El hombre le observó. ¿La vida real es muy mala?

¿Tú que piensas?

Bueno, yo pienso que todavía estamos vivos. Nos han ocurrido muchas cosas malas pero todavía estamos aquí.

Sí.

No te parece que eso sea tan estupendo.

Puede.

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Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarinosa allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujados vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.


Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, julio de 1933). Escritor norteamericano, considerado junto a Richard Ford, Thomas Pynchon, Phillip Roth y Don De Lillo como uno de los más grandes autores vivos de su país. Galardonado con el premio Pulitzer con La carretera en el 2007. No concede entrevistas y hay pocas fotografías de él.

Obra

Novelas

  • The Orchard Keeper (El guardián del vergel, 1965)

  • Outer Dark (La oscuridad exterior, 1968)

  • Child of God (Hijo de Dios, 1974)

  • Suttree (Ídem, 1979)

  • Blood Meridian, Or the Evening Redness in the West (Meridiano de sangre, 1985)

  • Trilogía de la frontera:

    • I – All the Pretty Horses (Todos los hermosos caballos, 1992). Ganador del National Book Award

    • II – The Crossing (En la frontera, 1994)

    • III – Cities of the Plain (Ciudades en la llanura, 1998)

  • No Country for Old Men (No es país para viejos, 2005)

  • The Road (La carretera, 2006) Ganador del Premio Pulitzer de ficción en 2007

Obras de teatro

  • The Stonemason (Escrita en la década de 1970 y publicada por primera vez en 1995)

  • The Sunset Limited (2006)

Guiones

  • The Gardener’s Son (El hijo del jardinero, 1976)

Adaptaciones cinematográficas




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Pio Cesar Robla.

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