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01
may
11

Albert Camus-Lourmarin-Antonio Machado-Collioure

No existe ni un sólo cartel o indicación, nada que anuncie la tumba de uno de los escritores más importantes del siglo XX. Lourmarin es un pueblo típico de la Provenza francesa, cuidado, construido en piedra duradera, tan elegante y apacible. Apenas hay edificios nuevos más que en las afueras del centro urbano, y aún así son discretos, acordes con la belleza del paisaje y la extensión montañosa delimitada por campos de lavanda coloridos y rectangulares. La luz de la mañana es tan intensa que ciega los ojos. Caminamos despacio sobre un sendero empedrado escoltado de hileras de gravilla irregulares. Albert Camus fue un hombre tan consecuente en vida como ese modesto camino que se bifurca en un quiebro a las afueras de la población y desciende con una moderada pendiente hacia la carretera. A poco más de un kilómetro se levanta la muralla del cementerio.

Los cabellos rubios de Sara brillan bajo el sol. Su rostro ligeramente hinchado no ha borrado la belleza de su mirada, la limpieza de la cara, los labios carnosos y esos ojos llenos de bondad. Mientras caminamos le cuento que rara vez he mitificado demasiado a la muerte y sus iconos. Con una sonrisa intento explicarle que la única tumba que quise ver a mis diecinueve años fue la de Jim Morrison en el Pére Lachaise de Paris y la decepción que sentí al observar el deterioro del mausoleo, la cabeza esculpida arrancada del sitio para evitar el constante sufrimiento, los grupos de jóvenes bebiendo cerveza y fumando marihuana en las inmediaciones, abandonando los rastros de su presencia en forma de cascotes y colillas, fue inmensa. Preferí el paseo solemne y silencioso entre los setos, la mirada extraviada frente a la tumba de Sara Bernhardt o de Oscar Wilde.

Sara me provoca una ternura conmovedora, despierta el deseo de abrazarla, de acariciar sus mejillas y el cuello. Su voz es apenas un susurro suave. Su cuerpo grande y ancho me hace pensar en un refugio.

La primera vez que la vi fue en aquel Paris nocturno de mediados de los noventa, en la encrucijada de senderos sin luz, de túneles en los que me adentraba sin saber exactamente el destino ni las posibilidades: ella a punto de casarse, tan joven. Me subí a un deportivo de color negro y cristales ahumados y pensé que se equivocaba con aquel tipo guapo y espigado, tocado por una ligera alopecia, que conducía rápido y brusco por callejuelas estrechas. Ebrios nos cogimos por un instante de la mano esa velada en el asiento trasero del coche. La miré a los ojos y sentí todo lo que había sido y sería. El contacto con aquellos dedos huesudos y fríos me produjo uno de esos instantes eróticos jamás cumplidos, con ese esplendor de lo que perdura porque jamás se apuró, sin oscuridad en verdad, más bien como un reflejo de un enamoramiento fugaz e intenso frente a esa figura sublime de la época que contradice la anchura actual. Su boca tembló apenas, su olor impregnaba el vehículo. Cuando salimos del automóvil esa noche en las inmediaciones de la Place de la Bastille para adentrarnos en los subterráneos del barrio me sobrevino una profunda decepción. Helene me preguntó si me sucedía algo pero no conté nada; fue uno de esos suspiros de rara trascendencia en los que nos sentimos capaces de modificar el destino por un impulso, un sentimiento impetuoso de amar otra cosa o a otra persona sabiendo que no sucederá.


Aquel matrimonio primerizo duró apenas seis meses. De la alegría de esa fiesta de despedida en discotecas del Paris oscuro a las que no podría volver, quedó un infierno de silencios, maltrato psicológico y una culpabilidad inmensa e inmerecida. Aquel muchachote alegre y divertido deseó convertirla en una sumisa esclava de tardes de domingo aburridas y desahogos seminales al antojo de la erección. Más tarde sobrevino un viaje de estío a Valencia tras su separación, una estancia en mi casa de tres semanas y una cierta recuperación. Se enamoró de quien menos le convenía otra vez: Bellochi emanaba sus encantos perversos, su lucidez retorcida, y ella era demasiado inocente para un espíritu tan atormentado. Algo sucedió en aquel verano que volvió a trastocar su frágil equilibrio construido con los mimbres de un divorcio doloroso, un padre prematuramente muerto e ilustrado, de una biblioteca sublime, y del rumor otoñal de la casa en Le Bois de Vincennes, cerca de donde Rousseau y Diderot caminaron alegres trescientos años atrás dejando un rastro de solemnidad y presagio. La imaginación vuelve a provocarme pensamientos impuros. Sé que se quedaron a solas varias veces en el viejo apartamento de Bellochi, un mausoleo de la antigua gloria familiar en Embajador Vich, donde mi amigo guardaba un ejemplar de El extranjero firmado por el mismísimo Albert Camus en 1953. Quizá él le propuso alguna de sus oscuras maniobras sensuales, o tal vez una bestialidad física a la que su fragilidad no pudo responder. Nunca lo sabré. No dijo nada, tan cauta y aniñada como siempre, se limitó a fruncir el ceño y a apretar los labios.  A su lado recuerdo sus dudas perpetuas, que aparecen en ese instante cuando hablamos de sus dos hijos: Céline tiene dos años y medio y Robert apenas trece meses.

Camus posee una coherencia que empequeñece a cualquiera que se compare con él. Sus hallazgos fueron literarios, y al tiempo apuntó antes que nadie las barbaries de ciertas expresiones filosóficas a las que se opuso sin importarle las consecuencias. Mientras empujo la puerta del cementerio una extraña emoción me sobreviene. Ayudo a Sara a entrar, sujetando el grueso portalón de madera para que pueda pasar el carro de los niños. Helene y Raoul caminan detrás, a unos veinte pasos. Sé que a pocos kilómetros de aquí murió Albert Camus en un accidente de coche, y entre los restos del vehículo hallaron intacto el manuscrito de la que sería una nueva vuelta de tuerca en su literatura, obra desgraciadamente incompleta: El primer hombre. A Camus le fascinaba La Provenza por muchas razones, aunque él fuera francés nacido en Argelia: Pied Noir pobre y sensual. El mediterráneo lo llenaba de esa luz necesaria para no olvidar que antes que intelectual u hombre de letras era un ser humano impregnado de la sensualidad del mar y la tierra. Su mezcla de vitalidad e inteligencia quedó retratada en las hermosas páginas dedicadas a su infancia, en esa novela que sobrevivió a ese amasijo de hierro y chapa en el que halló su muerte, un camino literario renovado que retomaba asuntos biográficos y que a tenor del resultado, abrían una senda maravillosa para las letras francesas y europeas.

Sara me observa de reojo caminar hacia su tumba, buscar conmovido entre los mausoleos y las pequeña lápidas una inscripción.

Tiempo después me resultará complejo explicarle a alguien la sensación que siento al detenerme frente a una tumba de tierra poblada de plantas de lavanda, cómo me agacho y leo en una pequeña piedra, mal esculpido, su nombre: Albert Camus; de qué modo arranco un pequeño hierbajo y lo dispongo entre las páginas de mi diario de viaje. Un ritual sencillo y austero como su sepulcro. Camus hubiera preferido ese descanso al propuesto por Napoleón Sarkozy, empeñado en enterrarlo junto a los grandes de Francia en el Panteón de París, expresión en verdad de un deseo propio de grandeza soñado para sí mismo sin rigor ni razones de peso. Sé que la familia se negó, respetando la voluntad del escritor.


Cuando Helene llega a la altura de la tumba siento esa mezcla de admiración que yo había expresado con el pequeño gesto de guardar la ramilla de lavanda surgida  de la tierra gruesa. Comprendo que para algunos suceda algo parecido frente al sepulcro de Antonio Machado en Collioure. Todavía me estremece esa anécdota que contaba Maria Zambrano, recuerdos del viaje aciago, de la huida ante el avance de las tropas franquistas por carreteras polvorientas. El vehículo en el que viajaba su familia encontró a Don Antonio caminando por los caminos irregulares hacia Francia, envejecido, dolorido y roto, junto a una hilera interminable de refugiados que buscaban la frontera. El padre de Maria Zambrano, amigo del poeta, le invitó a que subiera con ellos y evitara una caminata a pie. Don Antonio esbozó una de sus afamadas sonrisas, se quitó el sombrero empapado de sudor y le contestó que él quería llegar a Francia junto a su pueblo. A estas alturas, le digo a Sara, la historia puede parecer inocente,  incluso un cierto gesto de altanería propio de un aristócrata de espíritu como fue Machado, sin embargo, en boca de Maria Zambrano, me pareció un gesto auténtico, una descripción precisa de la enorme humanidad del poeta, de su hermosa resistencia, que no pudo aguantar muchos kilómetros más allá, muerto en plena marcha, en Collioure, aguardando un milagro que salvara a la República. A Raoul, como a muchos franceses con cierta sensibilidad hacia España, le impresiona el relato. Su proverbial ironía queda inerme ante la nobleza de la actitud, frente a lo consecuente del gesto en relación a las idea del poeta: quizá he logrado imprimirle la misma emoción que en boca de la Zambrano me hizo llorar de rabia e impotencia sin saber exactamente porqué. Raoul nació aproximadamente treinta años después de la muerte de Antonio Machado, en la Bourgogne y, sin embargo, se siente conmovido por ese relato de emigración y derrota, lo mismo que me sucede a mí ante la huida de Sandor Marai o frente a la lectura de El mundo de ayer de Sweizg o con los personajes de Vida y destino de Grossman, ante los emigrados de Sebbald o los protagonistas de Sefarad de Muñoz Molina. Un siglo de hogares destruidos que no me afecta directamente pero que me emociona aun cuando jamás haya vivido algo similar.

El optimismo del mundo contemporáneo espanta ante la facilidad que puede tener la destrucción y la miseria para apoderarse de todo en un abrir y cerrar de ojos, por el frágil equilibrio que contiene una absurda pretensión de eternidad. Quizá por eso Camus me resulta tan cercano. Muchas veces, cuando algún titular del periódico me altera el ánimo, pienso al instante en qué es lo que pensaría él al respecto, no con la fe de escuchar a un gurú decadente o ufano, tan corriente en nuestros tiempos, voceros sordos, sin influencia profunda, sólo expulsando a gritos opiniones ruidosas, manipuladas, sino como cabal y libre reflexión sobre el destino del mundo, tan necesaria, tan ausente a nuestros alrededor por el estremecimiento de la banalidad y la censura de lo mediocre.

Sara sonríe ahora. Reímos los cuatro frente a la modesta tumba de Albert Camus, bajo un sol mediterráneo que nos inunda de una luz cálida y vital. Ella encontró a su príncipe azul en ese hombre extraño y afable, mitad genial en medio de lo anodino, empeñado en alcanzar un destino que le pertenezca mientras yo me cruzo de brazos y le ofrezco a Helene una vida estéril llena de obligaciones silenciosas, a ella, que  sostiene la frágil armonía, el suelo que se tambalea ante las viejas adicciones y mis suspiros de esperanza; siempre fue así, siempre estuvo a mi lado. Quizá ya no tengo fe en el destino, como muchos otros conscientes. De los inconscientes no hablo, de esos prefiero callar porque no suelo perder el tiempo con lo que me es indiferente.

La luz es tan intensa que quema los ojos. Mi empeño en no llevar gafas de sol me ofrece como resultado una mirada achinada débilmente azul y un halo blanco que envuelve el paisaje. Lourmarin suena como las antiguas canciones de Edith Piaff o las primeras de Gainsbourg. Camus debe sonreír envuelto por el día veraniego y transparente en La Provenza mientras Raoul descorcha una botella de espeso tinto de Bourgogne en un plácido cementerio medio abandonado, donde sobre la tumba de A. Camus los reflejos del sol provocan un hermoso espejismo.

Lourmarin, Marzo de 2011

Copyright Jimarino.

SERVIDUMBRES DEL ODIO

Hace un mes, releyendo las Crónicas de Albert Camus, correspondientes al periodo 1948-1953, encontré este extracto de una  breve entrevista que concedió en la navidad  1951 al periódico Les Progrés de Lyon. La sensación que me sobrevino, como suele ser habitual al leer la mayor parte de las reflexiones camusianas sobre su tiempo, o ante sus maravillosos ensayos, El mito de Sísifo o El hombre rebelde, fue la de comprender que ciertas palabras del premio Nobel de literatura están hechas de algo eterno, que sus presagios y afirmaciones, demasiado a menudo, dibujan el color de otras épocas y no sólo la suya con una certeza y un valor extraordinarios. De alguna forma, con las respuestas que Camus dio al entrevistador, tuve la sensación de que no sólo quedaba retratado aquel año 1951 y  los acontecimientos infaustos sucedidos las tres décadas anteriores, sino que nuestro propio universo renqueante parecía adherirse como un guante a sus diagnósticos. Quizá ahora habría que sustituir a la prensa, cuyo poder ha quedado reducido tal vez en exceso por otros medios de comunicación masivos aún más banales y ensordecedores, o tal vez las formas de poder han perdido sus máscaras y son ahora más invisibles y al tiempo más desnudas y discretas, pero su definición de la servidumbre, el odio y la mentira, mantienen la triste vigencia que él les concedió en este texto. Ojalá generaciones nuevas de políticos a los que probablemente no les dejarán llegar al poder jamás, se impregnasen de la transparencia, la humanidad y la valentía de sus ideas. Por si acaso, transcribo sus palabras a la espera de recoger algún fruto venidero. Valen la pena.


(1951) Entrevista a Albert Camus. Le progés de Lyon.

-¿Le parece lógico comparar las palabras “odio” y “mentira”?

Albert Camus:-El odio es en sí una mentira. Hace el silencio, instintivamente, en torno a toda una parte del hombre. Niega lo que, en cualquier hombre, merece compasión. Miente, por lo tanto, esencialmente sobre el orden de las cosas. La mentira en cambio es más sutil. Cabe mentir sin odio, por simple amor a sí. Por el contrario, todo hombre que odia se detesta en cierto modo a sí mismo. No hay pues, un nexo lógico entre la mentira y el odio, pero hay una filiación casi biológica entre el odio y la mentira.

-En el mundo actual, presa de las exasperaciones internacionales, ¿no adopta a menudo el odio la máscara de la mentira? Y la mentira, ¿no es una de las mejores armas del odio, la más pérfida y quizá la más peligrosa?

Albert Camus: -El odio no puede adaptar otra máscara, no puede privarse de esa arma. No se puede odiar sin mentir. Y, a la inversa, no se puede decir la verdad sin reemplazar el odio por la comprensión, que no tiene nada que ver con la neutralidad. Un noventa por ciento de los periódicos, en el mundo de hoy, mienten más o menos. Y es porque son, en diferentes grados, portavoces del odio y la ceguera. Cuanto más odian, más mienten. La prensa mundial, con algunas excepciones, no conoce hoy otra jerarquía. A falta de cosa mejor, mi simpatía recae en los raros que mienten menos porque odian mal.

-Rostros actuales del odio en el mundo, ¿los hay nuevos, propios de las doctrinas y las circunstancias?

Albert Camus: -El siglo XX no ha inventado el odio, por supuesto. Pero cultiva una variedad particular que se llama odio frío, maridado con las matemáticas y los grandes números. La diferencia entre la matanza  de los inocentes y nuestros ajustes de cuentas es una diferencia de escala. ¿Sabe usted que en veinticinco años, desde 1922 a 1947, setenta millones de europeos, hombres, mujeres y niños, fueron desarraigados, deportados o asesinados? En eso se ha convertido la tierra del humanismo, a la que, pese a todas las protestas, hay que seguir llamando la innoble Europa.

-¿Importancia privilegiada de la mentira?

Albert Camus: -Su importancia proviene de que ninguna virtud puede aliarse con ella sin perecer. El privilegio de la mentira estriba en vencer siempre a quien pretende servirse de ella. Por eso los servidores de Dios y los amantes del hombre traicionan a Dios y al hombre por razones que ellos creen superiores. No, ninguna grandeza se ha fundado jamás sobre la mentira. La mentira permite a veces vivir, pero nunca eleva. La verdadera aristocracia, por ejemplo, no consiste sobre todo en batirse en duelo. Consiste sobre todo en no mentir. La justicia, por su parte, no consiste en abrir ciertas prisiones para cerrar otras. Consiste sobre todo en no llamar mínimo vital a lo que apenas basta para mantener una familia de perros, ni emancipación del proletariado a la supresión radical de todas las ventajas conquistadas por la clase obrera desde hace cien años. La libertad no es decir lo que sea y multiplicar la prensa amarilla, ni instaurar la dictadura en nombre de una futura liberación. La libertad consiste sobre todo en no mentir. Allá donde la mentira prolifera, la tiranía se anuncia o se perpetúa.

-¿Asistimos a una regresión del amor y la verdad?

Albert Camus: En apariencia hoy todos aman a la humanidad (les gusta sangrante, como los chuletones) y todos están en posesión de una verdad. Pero eso no es sino una suprema decadencia. La verdad pulula sobre sus hijos asesinados.

-¿Dónde están “Los justos”de la hora presente?

Albert Camus: En las cárceles y los campos de concentración,  en su mayoría. Pero en ellos se encuentran también los hombres libres. Los verdaderos esclavos están en otras partes, dictando sus órdenes al mundo.

-En las actuales circunstancias, ¿no puede ser la Navidad un motivo de reflexión sobre la idea de tregua?

Albert Camus: ¿Por qué esperar a Navidad? La muerte y la resurrección son de todos los días. De todos los días, la injusticia y la verdadera rebelión.

-¿Cree usted en la posibilidad de una tregua? ¿De qué tipo?

-Albert Camus: La que obtendremos al final de una resistencia sin tregua.

-Ha escrito usted, en el mito de Sísifo: “Sólo hay una acción útil, la que reharía al hombre y a la tierra. Yo no reharé nunca a los hombres. Pero hay que hacer como sí”. ¿Cómo desarrollaría usted hoy esta idea, en el marco de nuestra entrevista?

-Albert Camus: Yo era entonces más pesimista que ahora. Es cierto que no reharemos a los hombres. Pero tampoco los rebajaremos. Al contrario, los levantaremos un poco a fuerza de obstinación, de lucha contra la injusticia, en nosotros y en los demás. Nadie nos ha prometido el alba de la verdad, no hay un contrato, como dice Louis Guilloux. Pero la verdad hay que construirla, como el amor, como la inteligencia. Nada nos ha sido dado ni prometido, en efecto, pero para quién acepta emprender algo y arriesgarse, todo es posible. Esa es la apuesta que hay que hacer en estos momentos. Cuando nos sofocamos bajo la mentira y cuando estamos acorralados. Hay que hacerla con tranquilidad, pero irreductiblemente, y las puertas se abrirán.

Volumen 3. Obras completas Albert Camus. Alianza Editorial. 1996


02
dic
08

la tarde del espantapájaros y la sirena imaginaria

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I

 

LA LUZ Y EL DESEO

Esa luz que llega.

 

Esa luz que no es de piel

y es piel.

 

Esa voz luminosa,

que no es sonido

pero es sonido.

 

Ese mar calmo

que no es calma.

 

Esa espera lenta

que no es lenta.

 

Te muerdo de repente,

al romper la piel

y el sonido y la luz.

 

Este mar no es calmo,

es eyaculación

de la sal,

de la saliva, y no es calma.

 

Esa luz que llega

y llena.

 

Esa llama

que llena

el sueño que se avecina.

 

Hundir la lengua

enhiesta

en tu sueño

que llega.

 

Sal, esta sal

que se esparce

y no es la sal

de tus escamas.

Sal hacia mí,

sale agua

en esa luz que no alumbra.

 

Esa luz que es piel,

que se abre de piel

hasta la furia

de la tormenta.

II

 

SOBREMESA TRAS LA LUZ

Esta tarde nos hicimos

cosas de lengua.

 

Las unimos en el mar:

 

-Tú mojada y yo húmedo,

nos hicimos el amor

sin tocarnos,

pero un amor de perros,

de perros y gatas estrábicas,

de lengua ocultas,

pero lenguas de agua.

 

Esta tarde nos hicimos el amor

en cada uno de los labios

que no rozamos.

 

Nos hicimos el amor bajo la mesa,

frente al rosado salmón

y la sobremesa blanca,

junto a la cristalera

y los demás testigos.

 

Nos miraban hacernos

el amor sin gemir

otra cosa que susurros.

 

Esta tarde te oí recitar

esperma en tu espalda

y en la suave gota de humedad

de fruta que mordí.

 

Palpé con el dedo el flujo

que surgió de la risa,

y mojaste con pan

la masturbación de las hadas.

Esta tarde hicimos

cosas de lengua

hasta unir tiempos

en una mesa.

 

Mi caos entre espuma

de tarde otoñal y tu

vino inusitado de espera

despertando la idea.

 

Esta tarde hicimos el amor

como perros enjaulados,

como bríos de escarcha,

pero no hubo voces

y pagamos con tarjeta.

 

Soñamos que todo sucedía.

Tú aliada del caos

perdiendo el orden

y yo hijo del orden

dibujando el caos.

 

Cada uno de mis orgasmos

te llegó al alma como un latido

ensordeciendo

la civilización de nuestra risa,

la fría daga que llevabas

a la espalda

mientras clavabas en mi pecho

tus respiros.

 

De haber gritado como

una diosa sobre mis piernas

me hubieras arrancado

el corazón en la misma sábana,

y el sol se hubiera

ido diciéndonos a gritos

que nos comiéramos

de una sola vez

el alma.

III

 

CONFESIONES TRAS LA CRISTALERA DE UN CAFÉ EN EL PARQUE

Extinción del amor

como una carta astral.

 

Tú la dibujas sobre el mundo.

 

Extinción del amor

hasta el chasquido

y la lágrima.

 

Extinción de lo que somos.

 

Ardemos contra el muro

de tristezas y suenan

las sonatas alegres.

 

Renacer de labios.

 

Renacer de estrellas y ecos.

 

Extinción del amor

mientras me abrocho

la cremallera y te subes

la ropa interior por el muslo.

 

Extinción del amor

que surge cuando todo quema.

 

Quema la tarde lluviosa.

 

Queman tus años de gata

en el horizonte roto

de la desexperiencia.

IV

 

IMPRESIONES DEL ESPANTAPÁJAROS EN UNA AUSENCIA DE MINUTOS HASTA QUE VUELVE LA SIRENA.

Me pareció al pisar mi casa

entre las velas de un regocijo

que terminaba de eyacular sobre

los hombros más hermosos

en un mar hinchado

que gozaba con reírse

del salvaje palpitando

hasta convertirlo

en un cordero trinchado

disfrazado de perro hambriento

lleno del deseo de lamer

tu sexo hasta

que el alba le dijera:

-extingue el ruido

y deja la mar calmada

en este atardecer

que no te pertenece

aunque creas ser de escamas

saladas y de labios

que no has besado-”.

V

 

ANOCHECE Y LA INTIMIDAD ESTÁ EN PENUMBRA

Me da miedo no ofrecer más que esta arena,

pero no puedo evitar

que la luz construya estas sombras.

 

Me alejo en la carretera

sufriendo el alboroto del invierno.

 

¿Qué ha sido este espejo?

¿Por qué estas imágenes se falsifican

veraces sin haber sucedido?

 

Sucedió que fuimos otro sexo

de hiel en las fauces del ocaso.

 

Anochecíamos como ovejas

de retiro pero vi esos dientes

que podían inocular

tu sangre en mis venas.

 

Lo raro es que sonreías mientras

quería devorarte la lengua.

 

Lo extraño es que hayas notado

mis brazos estrechar

tus senos que surgían del vaho.

 

Me da miedo no ser más que esta arena

que no podrás asir

bajo la nube que pesa en el adiós.

 

No me des consejos para no llegar

al centro de tu gozo,

no me des consejos para que

no insemine tu imagen de renacimiento.

 

VI

 

CONVERSACIÓN TARDÍA

 

Dije que la vida era azul

y pensaba cómo sería tu cuerpo

desnudo sobre las rosas.

 

Dije que la historia era gris

y pensaba en rizar tu vello

con la lengua.

 

Dije que el pasado era rojo

y pensaba en lamer la humedad

de tus lágrimas en el vientre

 

Dije que el tiempo era verde

y pensaba en morder tu labio

en el alba incendiada.

 

Dije que el hombre es negro

y pensaba hundir en tus muslo

el sol de mi esperma.

 

Dije que el amor era amarillo

y pensaba acariciarte hasta

que tus ojos fueran de arena.

 

Dije que la amistad es morada

y pensaba en levantar tu grupa

para penetrar tus huecos de agua.

 

Dije que el aire era rosa

y pensaba contemplarte

bajo el influjo de la luna herida.

 

Dije que la nada es blanca

y pesaba en gozarte completa

hasta ganar el precio de tu vientre.

 

Dije todos los colores del arco iris

y pensaba morder tu carne

y soñar el sabor de las sirenas.

VII

 

NACE LA MÚSICA DE LAS COSAS

La orquesta sonó para nosotros.

 

Fue tu risa las notas de una sonata

y ese vals de luz declinando

bajo la noche esparcida.

 

Hemos bailado pisándonos

los pies con la torpeza de

lo que nace entre bruma.

 

Aparecida la música aprietas los labios;

el próximo beso que te de

será en el centro del exterminio,

en ese punto donde la energía

del placer articula la odisea humana.

 

Ordenar el caos, música y palabras,

hasta que la oscuridad se apodera

del canto de las gaviotas,

sintiendo que tu olor de mares

es el clítoris de todas las islas perdidas.

VIII

 

VISIÓN INESPERADA DEL FUTURO

Te cogeré de las manos y volaremos

en esta espiral hasta estrellarnos contra el suelo

hechos triza, sanguinolentos y rotos

como muñecos de trapo,

justo en la esfera que dibujó tu dios

para vencernos tan hermosos.

Hay que salir a nado,

aunque sea echando los demonios del cuerpo

a vómitos, con el alma encendida de lluvia,

aunque deba arrancarte los pechos

con los dientes y tú extirparme

de cuajo el sexo que inseminó tus lunas.

Y así, en el suelo, exangües y cadáveres,

abriremos los ojos, los mismos ojos

prisioneros del mal fario del porvenir,

y toda la conciencia

será para vosotros, que nos olvidaréis

como si fuéramos gatos aplastados

en el asfalto, sin más identidad que esta piel

rota que tantas veces nos acariciamos.

IX

 

LUCES DE REALIDAD ANTE EL FOGONAZO Y EL ESPEJISMO

Lo peor es que no podamos jugar

porque ya jugamos demasiado,

que no podamos inventar

porque venimos de tantos reinventos,

y no podemos traspasar un límite

porque somos conscientes

de que no son los dieciochos años

en la esquina de los parques oscuros.

 

Lo peor es que no somos de piedra

y podemos convertirnos en destellos.

 

Lo peor es que tus labios

hacen olvidar el color de la tarde.

 

Lo peor es esta espera que no seduce

la totalidad de tus ojos húmedos,

que no seamos más que espejos

y sólo podamos acariciar cristal,

que tú seas demasiada mujer

para esos hombres de láminas agrietadas.

 

Lo peor es que no te convenceré

de amarnos porque conoces el resultado.

 

Lo peor es que los besos terminan

teniendo un sabor agrio,

que las noches de soledad

se vuelven añoranza acompañados.

 

Lo peor es que hacerte el amor

es cómo nadar en piscinas sin cloro,

que besarte las nalgas al despertar

es el reflejo de todo lo que vivimos.

 

Lo peor es que la culpa dibuja los mares

y nos entrega helados a las sirenas de Odiseo.

 

Lo peor es que no puedo vivir

sin lo peor de todo,

(que es creer lo imposible)

que ese aire que enfría la avenida

tiene el mismo brillo de los espejismos,

que no sea yo un hombre desnudo

sin más historia que el deseo

de las llamas que nacen en invierno.

X

 

DE TRADUCCIONES ITALIANAS

Todo el italiano que surge

de tu lengua se pone en mi

pecho para dibujar Venecia.

Tradúceme a mí, por favor,

traduce mi lengua herida

que aspira a lamerte la sangre

que dejaron en ti los cadáveres

de lo que nunca fue futuro.

XI

 

CONVERSACIÓN SOBRE EL ANDÉN

Me acomodé en el andén para esperar

el tiempo de la hadas,

el cielo protector Y la sirenas de Odiseo,

las gracias de la tarde y la expectación

de los ociosos de alma.

Leía versos sobre palomas y hombres

que escriben en velas y con venas

de tinta, sobre fantasmas de pantallas

blancas mirando el ocaso de las mareas.

Sé que llegan los trenes como

le sucedió al hermano de la sirena.

(¿Por qué esperar esos trenes

en la madrugada helada?)

Estoy en ese andén, en el cruce de caminos

experto en astrología.

Me acomodo sobre el banco

para observar el paso de los viajeros

en la estación de piedra.

Bajan las sirenas y desfilan

sus caderas de escamas.

No me importa la perfección

de su armadura de agua,

prefiero la invitación al deseo tranquilo

mientras leo que la vida se escapa.

XII

EL ESPANTAPÁJAROS, LA SIRENA Y EL AMOR

El espantapájaros y la sirena hablan

de amor.

 

La sirena dice que las mujeres son

madres y putas y naturaleza misma e inteligencia y el futuro.

 

Y el espantapájaros susurra que los hombres son violencia, silencio, inocencia ciega, muerte

y sangre derramada.

 

La sirena insiste

en que las mujeres madres y putas y naturaleza misma e inteligencia y el futuro

acarician con los dedos el horizonte

y suelen llorar la llegada de los hombres

sin rostro y sin alma,

aguardando una redención jamás hallada.

 

-Yo quiero que tú, o la llama que despiertes,

seas primero puta y madre, y luego naturaleza misma e inteligencia y el futuro,

aunque sea derramando

los brazos ávidos y avivando tus labios congelados.

 

El espantapájaros y la sirena hablan del amor

mientras la tarde rompe al sol

con sus grises de oquedades,

y al mirarse en el espejo

él la oye susurrar: soy puta y madre y naturaleza misma e inteligencia y soy el futuro.

 

-Tú futuro.

XIII

RETRATO EN EL PRÓXIMO SILENCIO

No eres permeable como el suelo calizo,

ni tienes en los labios las promesas.

No eres permeable porque alguien te fue

extirpando los huecos y la arena,

y fue quedando una tierra dura

que se disimula con el maquillaje.

No eres permeable a mí ni a nadie,

aunque yo querría penetrar

tus poros y resquicios y henchir

de semen aquello que sólo

es rumor, decepción o espanto.

XIV

 

EL ASOMBRO DEL ESPANTAPÁJAROS

A ti no te asusta la palabra futuro.

 

Tú no la ves terrible y obscena,

no temes a esas estrellas porque las construyes

con el aire y el aliento,

con esas manos que tocaron mi cara

ausente de pánico.

 

A ti no te importan las nubes

ni el cierzo congelado que brota

de la tristeza.

 

Te parece bien este eco

que a mí me ensordece,

y tú lo transformas

en una cálida luz que se me antoja

hermosa y transparente.

 

A ti no te asustan las balas

que suenan en mis oídos,

ni la palabra futuro grabada en el pecho,

ni el rumor de esta decrepitud

que asoma,

ni esas esperanzas ahogadas

en el frío hálito de la espera.

XV

 

RECONSTRUCCIÓN DE LA TARDE DEL ESPANTAPÁJAROS Y LA SIRENA IMAGINARIA.

La imaginación de la sirena acompaña

al sueño.

 

El espantapájaros se olvidó de algunas nubes y aguarda

el caer de la lluvia que limpie

el aire.

 

Será que ahora está en las imágenes

de lo que no fue y en el eco

de lo que sí se hizo.

 

Frente a frente, las manos temblaron

al reír los fantasmas del tiempo,

al dibujar las alas y esa celebración

salvaje del exterminio.

 

No terminará de arreglar

el ventilador si no rueda

para él, sino son tensión en los ojos

y humedad en la boca.

 

Esa cosa húmeda que siempre llevan

dentro de la boca se humedeció

de lo inasible y de la furia

de lo controlado.

 

Eyaculó el espantapájaros tres veces

con cada sombra de las horas;

la sirena gemía en el silencio

y en cada orgasmo

rejuvenecía sus escamas de plata.

 

Después de la mariposa queda un silencio

de larva que huele a primavera,

que renace de los ecos de sus resabios

y de aquello que no dijo.

Se marcharon con la miel en los labios,

goteando espasmos, saciados de tiempo.

Ella para diseñar los pasos del camino,

las huellas que pronunciaron sobre

las marcas de fuego.

 

Le propuso él enlazarse como carcasas

de artificio, y rodar y brillar,

aunque ella prefirió que fueran

carcasas que se cruzaran el cielo

sin caer juntas chamuscadas

de pólvora.

 

Se puede hacer del hilo

la totalidad de cada jersey,

ir destejiendo cada tela y su color

para buscar aquello que define

a la pieza entera.

 

Se desovilla el alma

a pedazos mientras recuerdan

como poseen los cuerpos los jóvenes,

como se ralentiza el deseo

en la edad de todas sus pieles.

 

La imaginación de una tarde con la sirena

apaga las luces de esta madrugada,

la hierba huele en él extraña,

al incienso de las iglesias,

al perfume que atisbó de lejos,

a esa ausencia que no pudo retener.

 

Esperó no haberse olvidado

de las laderas y los ríos justos,

no abusar del espíritu que empuja

la libertad de los poetas.

 

Seguir escuchando esa voz en los parajes,

pensar que tal vez mañana

la sirena alumbrará sus pantallas

y le pida volver a ver su alma.

 

Es posible que esa vez el ruido sea tan ensordecedor

que los expulsen de las salas de luz,

quemados de azufre y mirra,

incendiados por la saliva desparramada

de esa cosa que siempre llevan dentro

de la boca.

 

El cielo ha cambiado de repente,

el aire frío recupera su perfume,

la cadencia del quiebro, la santidad

religiosa de la vida.

¿Acaso no somos más que un exorcismo

de lo sagrado para continuar

construyendo un edifico de utopías

y versos de amores despiadados?

 

La imaginación de la sirena acompaña

ahora al sueño,

se adentra la noche con el rumor ciego

y esparce el espantapájaros sus sonidos,

vive al dormir esperando nacer

al despertar, nadando en un mar

de tristes rizos de luna y danza.

XVI

 

EL EROTISMO INSATISFECHO

Lo más sagrado fue violar

tu imagen, rozarla con los ojos

erizados, con el azul del mar

en tu boca roja.

 

Si me muerdes respiro,

si bebes mi sangre nace la vida.

 

Sagrado y profano sólo queda

la trasgresión del cuerpo.

 

Comulgar es comer la carne.

 

Sólo fuimos expiaciones

hechas de palabras.

 

Lo más sagrado es que violes

mi imagen, rozarla con tus ojos

de gata, con el rojo de tu pelo.

 

Si te muerdo respiras,

si bebo tu sangre nace la vida.

Este es el nacimiento del ritual;

mojados de lluvia fina,

abiertos como vísceras,

te doy un trozo de mí

para que seas un conjuro.

 

Construye el pasillo hacia el cielo,

estoy dispuesto a arrastrar los huesos

para beber tu esencia, romper

esta nada, este vacío de no devorar

el espejismo de las renuncias.

XVII

DESPERTARES

La brisa era marina y tú dormías

abierta en el reposo blanco,

bajo la luz de estás hileras de vida,

cubriendo tu sexo con los dedos.

 

Todos los ecos surgiendo del vello,

el pubis rasgado en el origen del mundo:

de ahí salió la vida,

de ahí se avecinan las catástrofes

del espantapájaros.

XVIII

CONCLUSIONES A LA MEDIANOCHE DEL ESPANTAPÁJAROS Y LA SIRENA IMAGINARIA

Y el espantapájaros, después,

le dijo a la sirena que sus dudas

siempre dibujaban un camino.

 

Que ser el origen del mundo

no era síntoma de saber algo más,

y era posible que el vaivén

de la existencia enseñase

más que la seguridad plana,

que la negación de lo inconcebible

y el contacto de la tierra.

 

(-Al fin y al cabo tu viaje horizontal

no ilumina más que el mío vertical.

Tus pausas no dicen más

que los quiebros de mis mapas.)

 

Construye la cartografía que quieras

que yo construiré la mía,

pero no consideres tus fotografías

más lúcidas que las otras.

 

Estamos hechos de aire,

quieras o no dibujar un edificio

al borde de la orilla.

 

De tu mar aprendo,

de mi tierra aprenderías.

 

Y el espantapájaros comprendió

que nada era posible desde la razón.

Los siglos de la sirena pesaban

como las losas de años en el camino.

Era como enfrentar la longevidad de Ezra Pound

con la intensa brevedad de Guillaume Apollinaire.

Danza frente a quietud,

luz de mediodía frente al atardecer.

 

Entonces le dijo:

-No juzgues los cuidados

ni el exceso, no silbes canciones antiguas

en mi oídos-.

 

(-Sé la madre del mundo

y no la mía, no estoy tan perdido a pesar

de los vientos en contra.

Respiro aire puro,

sueño con calabazas de noviembre

y guardo la magia en un pañuelo-.)

 

La sirena observó de lejos

el caminar alado del espantapájaros

y quiso redimirlo de la angustia.

 

El espantapájaros esbozó la sonrisa de las llamas

y pensó que cuando el fuego se alzara

de esos pechos todo será demasiado

decrépito para asistir a la incineración

del miedo, a las candilejas de la resurrección,

y estaban demasiado ciegos para alcanzar

la lámina del olvido en las grietas de los edificios.

 

(-No me cojas de la mano para llevarme

porque mis kilómetros ya saben el camino.

Si quise acompañarte no me recuerdes mi mapa,

no sigas las pistas de hielo ni los caminos

muertos, mira los tuyos desde las cenizas.

Si un día quieres aire igual puedo dártelo,

pero no me entregues tus pesquisas,

me son tan válidas como las tumbas

que guarecen los féretros.)

 

Seremos amor cuando tú seas olvido,

cuando yo ascienda por los cielos

y miré desde arriba los tejados.

No haber alcanzado mis sueños

no significa que no sepa

de qué están hechos.

 

(-Al fin y al cabo no fui yo quien

enviaba postales a los muertos,

no fui yo quien perdió los asientos

de los trenes ni imaginé que todo

era un premio, ni fui yo quien

aguardó tanto para romper la escarcha.)

 

El espantapájaros pensó que la sirena

no comprendía nada, que lo confundió

con otros perros y otros marineros

sin puerto, pero se dijo que alguna

otra sirena, o ella menos salada,

hallaría el libro escrito con sangre,

aquellos versos que la vida le revelara.

 

(-Entonces sabrás, sirena, de que está

hecho tu mar, a qué saben los beso de luna,

quien llorará más las noches en vela,

a que llamamos insomnio y ebriedad,

de dónde viene la vida,

de cómo mi maternidad es la furia

y crea la misma existencia que tú

alumbraste de las entrañas del cuerpo.)

 

-Tus paredes sólo son más suaves y finas.

Las mías arden de fuego ebrio,

de incombustible esperanza.

 


Copyright Jimarino2008


24
ene
08

oporto-antonio tabucchi

antonio_tabucchi2.jpg

Hace tiempo que no leo a Tabucchi, pero como llevo un día en Oporto, me he puesto a repasar algunos de sus libros. Tuve una época en que no leía otra cosa. Me fascinó el viaje alucinado de Nocturno Hindú, las bellas emociones que sentí al leer las vicisitudes de Pereira, aquel periodista anodino, protagonista de Sostiene Pereira, que a lo largo de las páginas de la novela iba modificando la percepción del mundo que le rodeaba, hasta decidirse, a pesar de su avanzada edad, a inmiscuirse frente a la injusticia -pienso que Tabucchi se ha sentido más de una vez como Pereira-, me encantaba lo directo de su literatura, y al mismo tiempo la complejidad de los personajes. Se enamoró de Portugal siendo estudiante de la Sorbona, a través de la poesía de Fernando Pessoa. Aprendió portugués sólo para entender con precisión al poeta, y se convirtió en uno de sus más sobresalientes estudiosos. Ahora vive allí, y aunque sigue escribiendo, lo hace con menos frecuencia, y con resultados más desiguales.

Biografia Tabucchi

Escritor nacido en Pisa en 1943, uno de los más importantes escritores italianos contemporáneos. Tabucchi vive en Portugal, pero residió algún tiempo en Vecchiano, el pueblo de sus abuelos; cursó allí la escuela primaria y la secundaria. Creador de un mundo único que creíamos reservado a los sueños y a las especulaciones freudianas. Pese a una obra dilatada, a Tabucchi le encanta despistar: cada libro nuevo se niega a parecerse al precedente. Sostiene Pereira, es una novela sobre la lealtad y el valor civil, henchida de melodía y de variaciones musicales. En ésta, como en otros libros, Portugal es fondo y escenario, un país que ahora vemos, gracias a su obra, como reinventado por él. No menos inolvidables son Dama de Porto Pym, relatos sacados de aquí y allá durante un viaje por las Azores; la pieza en un acto Al señor Pirandello lo llaman por teléfono; Réquiem, un recorrido por una Lisboa donde el autor o el yo narrativo van a la busca de su personaje probablemente real llamado Fernando Pessoa, y Sueño de sueños, donde crea literariamente unas vidas en los sueños tomando como base las vidas imaginarias de Marcel Schwob. Otros libros de él son: Piazza d’Italia, La pequeña flota, El juego del revés, Nocturno hindú, Los volátiles del Beato Angélico, La línea del horizonte, El ángel negro, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro y Tristano Muere. Es sin duda uno de los escritores europeos más conocidos. La mayor parte de su obra esta editada por la Editorial Anagrama

Oporto

Cuelgo algunas fotografías de los lugares que he visto, aunque Tchebe todavía no ha descargado la suyas, y un texto de Tabucchi sobre la ciudad. A veces, la ciudad se me aparece tal y como imaginé en las páginas de La cabeza perdida de Damasceno Monteno.

” Comenzó a descender por el pequeño sendero flanqueado de gruesas matas de retama. Era agosto, y aquella retama, quién sabe por qué, seguía floreciendo como si fuera primavera. Manolo olfateó el aire como un entendido. Era capaz de captar los olores más diversos de la naturaleza, como le había enseñado la vida salvaje. Contó: retama, espliego, romero. Por debajo de él, al final del declive, brillaba el río Duero bajo el sol oblícuo que nacía entre las colinas. Dos o tres barcazas de mercancías que venían del interior y se dirigían hacia Oporto tenían las velas henchidas, pero parecían inmóviles sobre la cinta del río. Transportaban barriles de vino para las bodegas de la ciudad, Manolo lo sabía, un vino que después se transformaría en botellas de Oporto y tomaría los caminos del mundo. Manolo sintió una gran nostalgia por el vasto mundo que nunca había conocido. Puertos ignotos, lejanos, llenos de nubes, por los que descendía la niebla como había visto una vez en una película…”

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Oporto (en portugués Porto) es la segunda ciudad más importante de Portugal después de Lisboa. Tiene 233.465 (2007) habitantes, y 1.610.468 en el Gran Oporto. Se encuentra en el norte del país, en la ribera derecha del Duero en su desembocadura en el Océano Atlántico. Es sede del Distrito de Oporto, en la Región Norte de Portugal.




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Pio Cesar Robla.

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