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06
jul
10

Dédalo-Delleuze-Cartografías (videopoema)

Robert Capa

No sé exactamente de qué manera, pero todo termina por alcanzar algún sentido.  Tal vez somos nosotros quienes deseamos con tanto fervor que algunas de las cosas que vivimos lo tengan y así concebimos el orden, la metáfora que nos guía.

Hace algo más de un mes acudí a un entierro. Llovía a mares y me uní, a primera hora del atardecer, a la comitiva que recorría el camino de tierra del cementerio municipal de Valencia. Acompañaba a mi padre. Lo hacía porque a estas alturas tengo la sensación –sin ápice de culpa, sólo con la suavidad del agradecimiento- de que le debo un centenar de cosas, miles de inquietudes, alguna visión del mundo rabiosa y esa pequeña dignidad que me suele quedar ante lo descomunal del universo. Caminábamos despacio. Sostenía el paraguas que nos protegía del aguacero y en ese insignificante gesto deseaba poder ofrecerle todo el consuelo posible. Me sucede algo similar cuando un pequeño triunfo asoma en el paisaje yermo de mi existencia y lo primero que pienso es en llamarlo aunque esté a cientos de kilómetros de su casa.

Hace muchos, muchos años que dejé ese hogar alegre y, sin embargo, siempre he sabido que podía volver, regresar con la mochila cargada de dolores, emociones y nuevas derrotas.  Eso es impagable en un mundo como el nuestro, tan  despiadado e incomprensible. También sabía que la muerte de su viejo amigo lo dejaba huérfano, sin más interlocutor que yo en medio del tiempo vencido, de las alegrías esporádicas, de la ilusión por el pequeño Mateo y sus cuitas, sumido en el descubrimiento de internet o ante la exasperación frente a la crispación de esta pobre democracia, esa inmoralidad de los viejos tiempos autárquicos tratando de apoderarse del presente, de la poca paciencia y la impericia de este país para calmarse y decidir emprender algo juntos sin acritud. Mientras avanzábamos pegado uno y al otro, pensé en la cantidad de cosas hermosas que me había dejado y en la aguda necesidad de decírselo, de que lo supiera. Su fragilidad era en el fondo mi propia historia; una fragilidad rocosa, insistente y decidida, una fragilidad capaz de sobreponerse, de avanzar, de construir y enseñar, pero llena de esa inteligencia que duda, que evoluciona, que es capaz, a pesar de la edad a sus espaldas, de resistir. Deseaba decirle que él había convertido la paternidad en algo sagrado, que sus defectos se habían hecho avisos, sus miedos pequeñas valentías, sus extravagancias un modo de vida, sus pesquisas una guía para mis sirenas.  En ese instante, sujetando su pequeño cuerpo, pensé que todo guardaba un profundo sentido, que mis defectos eran cosa mía, que lo que me quedaba bueno nacía de él y que el tiempo había cobrado una razón lógica en ese paseo. Es difícil romper la incertidumbre entre los seres humanos, alcanzar el interior de los otros. Lo es también entre un padre y un hijo.

En agosto de 2008 colgué en este blog un poema llamado Cartografías. Es uno de esos pocos poemas escritos por mí que me satisfacen, y ante su relectura suele desaparecer ese rubor que asola mi rostro cuando me enfrento a la posibilidad de compartir mi escasa poesía. Cuando nos detuvimos frente al nicho del viejo amigo, mediada la ceremonia triste y desconsolada la familia que se aferraba a mi padre como naúfragos en esas escasas maderas que contienen alguna incierta salvación, le noté un temblor que recorría sus brazos. Entonces sentí de nuevo esa necesidad de explicarle en qué consistía mi existencia, este confuso despropósito de sueños incumplidos y vitalidad ciega. Deseaba describirle en qué medida su presencia había sido un regalo irreemplazable, único. En ese momento recordé el breve poema que había escrito hacía un par de años, también los largos paseos compartidos a su lado por la Sierra de Gúdar, la ayuda desinteresada ofrecida sin precio en muchos momentos aciagos de mi vida, la extraña sensación de imaginar una existencia en la que él no estuviera. Aquellos versos, construidos desde las premisas delleuzianas que tanto me obsesionaron algún tiempo, hasta que comprendí que ese mundo filosófico, esquemático y profundo, era en verdad extraño a los elementos emocionales que tantos años atrás me empujaron a amar la literatura, que no me servía para describir pasiones lectoras cuya esencia guardaba relación con hechos sentimentales y poco o nada tenía que ver con conceptos filosóficos, acudieron a mi memoria. Que más tarde llegara a afirmar que la lectura era un goce, una pulsión, un placer estético,  moral e intelectual, desmesurado que apaciguaba mi sed, el hambre o la insatisfacción, que me permitía adentrarme en otros mundos y en mi propia vida, y reconocer sin prejuicios ni titubeos que Don Quijote fue siempre humano, era una cuestión aparte respecto a las coordenadas estéticas que conformaron la composición de Cartografías. Esos versos, sin embargo, habían llegado hasta ese instante tan sólo para que pudiera decirle en unas palabras todo lo que había guardado de su mundo en mi alma, esas cosas a las que no pensaba renunciar a pesar de los pesares: la belleza de un sentido, de una lucha, una expresión modesta de su enorme humanidad aprendida durante años.

Entonces recité el poema en su oído, y él, que conocía aquellos versos desde entonces sonrió. Murmuró Cartografías: se sabía esas palabras de memoria porque sin yo intuirlo siquiera fueron importantes para encontrar algún sentido a su existencia, como si el premio hubiera sido en el fondo descubrir que tras las máscaras de su hijo mayor surgía su propia continuidad, distinta y tal vez imperfecta, pero impregnada del hálito con el que quiso insuflar de verdad a todo cuanto hizo. Fue consciente de que era un poema sincero y mi pequeño homenaje a la paternidad, a la figura de la paternidad que a lo largo de mis treinta y cinco años había conformado la relación con él, o con esa especie de padre conocido en otros, leído o entrevisto por casualidad, que constituye en su complejidad lo que yo más admiro del sentido de la paternidad.

Soy consciente de aquello que afirmaba ufano mi querido Oscar Wilde: que sólo la mala poesía es sincera. Pero nuestro admirado Wilde dejó a la posteridad no sólo una sólida obra literaria sino un sinfín de boutades del estilo. Nadie es perfecto. Creo de todas formas que el concepto de sinceridad debería ser desmenuzado a la Wittgestein antes de pronunciar semejante sentencia. En verdad, lo único que había deseado era escribir un buen poema que me sirviera para expresar  uno de mis mundos ideales, aunque esta vez el espacio, el lugar, los personajes, eran reales como el paraguas que sostenía bajo la lluvia protegiendo a mi padre, y no sólo a él como persona, sino lo que representaba a mis ojos: la dignidad del sueño, la capacidad de apretar los dientes y aspirar a la dignidad, la entereza de una ilusión de justicia, la necesidad de moral en un mundo amoral, la fuerza que guardé en ese instante y que llegaba desde su catalejo antiguo con el que oteaba el horizonte, de su afán por insistir en mis improbables sirenas en las que nadie creía.

El verano pasado, el resultado de las sesiones musicales con tres fanáticos, David Turksma, Thierry Gedigier y Daniel Ariño, músicos de vocación y de fe que frecuentaban de tanto en tanto mis poemas, dejó una canción de apenas un minuto y medio en la que Cartografías se arrancó de encima las premisas racionales y alcanzó a mostrarse ante mis ojos como un poema breve del que me sentía muy cercano al contrario de lo que me sucede con la mayoría de mis versos. No he tocado en todo el tiempo transcurrido desde su escritura hasta ahora ni una sola coma, ni he cambiado media palabra, algo tan inusual teniendo en cuenta mis eternas dudas.

En el pequeño  impasse de tiempo entre finales de agosto y principios de septiembre del 2009, pasando unos días en ese paraíso tan querido de la Sierra de Gúdar, en Teruel, el equipo que formábamos aquella hermosa expedición tomó la decisión de hacer un vídeo en torno al poema y a esa canción compuesta meses atrás. El resultado fue el Videopoema Cartografías. Debo confesar que tardamos un par de días en precisar la idea,  y cinco horas de grabación que forman parte de mis recuerdos más hermosos y divertidos de los últimos tiempos. El poema quedó guardado en la memoria de los que participamos, y apenas visionado en formato DVD por un puñado de amigos que lo celebraron.

Si la idea fue adentrarme en la paternidad a través de la palabra poética, el videopoema terminó por reafirmar el sentido de los versos. En febrero de este año, por una casualidad, un compadre nos habló de la posibilidad de distribuirlo en algunos festivales y de participar en algún posible premio. Sostengo la alegría de haber conseguido, junto con las personas que participaron en su creación visual, que la pequeña pieza se haya visto en unos cuantos rincones del mundo. Es posible que técnicamente el vídeo no pueda ganar una competición cinematográfica, así que asumo el destino del mismo y no quiero entrar en mayores valoraciones, al fin y al cabo, primero fue un poema –un homenaje-, y el resultado posterior no es otra cosa que la posibilidad de alcanzar a un público que jamás leería poesía. Pienso que Cartografías alcanza a representar a través de los versos, las imágenes y la música, una digna metáfora que me apetece compartir.

Para colgar el poema en agosto del 2008 utilicé una fotografía de Robert Capa en la que aparecía Ernest Hemingway y su hijo, la misma que encabeza estás notas. A pesar de la escopeta, la imagen representó a mis ojos esa poética de la paternidad respirada. Sólo espero que mi padre sepa la razón de éste impulso, el porqué de esas palabras que en el fondo son suyas, esta ilusión de construir un pequeño regalo a los padres pacientes que como el mío siempre estuvieron dispuestos a buscar a nuestro lado a las sirenas.

Al final todo termina por alcanzar un sentido.

Transcribo el poema una vez más.

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CARTOGRAFÍAS

(La literatura moderna no puede ser otra cosa que Cartografía. Delleuze)
A Miguel Ariño, mon père…

En estos lugares se brilla poco. Todo oscuro, imperfecto y ronco.

Mi padre mira a lo lejos;

guarda su catalejo antiguo, el rumor de otro mundo.

A mí me quedan sus palabras, los ojos azules clavados en mi rostro,

la eterna sonrisa del barquero que me conduce por el lago

y la sensación de alcanzar alguna orilla en la que reposar tus vestidos.

Esto es un viaje alucinante al murmullo de la nada,

a la quietud de estar a punto y no llegar,

de conocer y derramar la poesía en el influjo de esas caderas de aire.

Otea el horizonte una vez más, padre, quizá encontremos

por fin a las sirenas.

Copyright Jimarino2008

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CARTOGRAFÍAS

14
abr
10

Cormac McCarthy-The Road (La carretera)

Copyright Jimarino

Hace aproximadamente un año, finales de marzo tal vez, sucedieron en mi existencia tres cosas -quizá fueron más sin saberlo, pero ahora son tres fundamentales las que recuerdo- que me acuden a la memoria de repente y se asocian a esta espera lenta, Mateo con fiebre, que busca con sus ojillos azules mi mirada, que me sonríe ardiendo, con sus mofletes enrojecidos y esos labios gruesos y carnosos, iguales a los de de su madre.  Por un instante se aferra a mí, se aprieta contra mi cuerpo y me acaricia el pelo; le oigo proferir sus parrafadas ininteligibles, sus sonidos tan familiares en la tenue luminosidad del cuarto. Hace ya algún tiempo que comprendo lo que pretende brillando en sus ojos cuando me mira y sonríe, la sensación que le acude cuando está a punto de caerse en el transcurso de sus torpes caminatas y lo sostengo en su carrera, o cuando me llama para que le de agua o algún objeto tentador que quiere sostener con sus manos o llevarse a la boca.

En marzo del 2009 yo no tenía ni idea de lo que significaba sentir que alguien dependiera de ese modo de mi, absolutamente nada acerca de que un pequeño bebé sonrosado y angélico buscara que este irresponsable noctámbulo con el mal de Montano y la avaricia de las palabras resolviese los entuertos que pudieran surgirle o la extrañeza con la que contemplaba por primera vez elementos del mundo a los que los adultos ya no prestamos atención. La magia de esta nueva vida diurna  es volver  a revivir  a través de sus ojos aquella capacidad de mirar que perdí, asombrarme de nuevo ante lo corriente, ante lo extraordinario de la tierra, sus colores, sus objetos, luces y texturas. Quizá el sentido mismo de La carretera, esa enigmática y apocaliptica novela que terminé de leer según mis notas el 24 de marzo del pasado año, de la que recuerdo el momento de avanzar entre sus últimas páginas y no poder contener las lágrimas, que el libro se cayera de mis manos sobre las baldosas del salón y a solas, de madrugada, al observar la suave claridad azul del cielo que nacía después de unos días de lluvia, comprendiera que algo se había transfigurado a mi alrededor, que el amanecer surgido claro después de una semana de aguaceros, que el embarazo de Severine pasado el octavo mes o que la angustia de un hombre que quiso ser libre y siempre creyó que la libertad se hallaba en el acto de poder hacer las maletas cualquier mañana y cambiar de vida sin más razón aparente que el capricho de  mi real gana o el impulso del viaje y lo renovado, que los ojos que miraban la luz, que todo eso, se había transformado.

Creo que escribí  una vez hablando de Proust que la lástima de algunos libros era no poder vivir en ellos eternamente, que fuera imposible escuchar constantemente su prosa –escuchar o leer-, también que el efecto deslumbrante e inspirador de ciertas páginas no posea la misma consecuencia que la que deviene a la lectura primeriza, la cual, como todo lo nuevo, parece una irradiación desconocida o un amanecer en un lugar jamás visitado.

Releyendo hace poco párrafos sueltos de La Carretera de Cormac McCarthy comprendí que no podría volver a revivir de igual forma aquel viaje alucinante a través de un mundo destruido y sin esperanza, acompañar el paso lento y cauteloso de ese padre y su hijo avanzando entre las ruinas de la muerte y la negrura, que no sentiría lo mismo ante ese proceso cuasi religioso experimentado, en ocasiones místico y sublime, que durante una semana recorrí mudo hace ya doce meses. Sin embargo, y a cada nueva lectura que rehago en los últimos días, el aliento de esa prosa que Cormac McCarthy quiso imprimir a cada una de sus frases continua vivo, ya no la emoción en sí misma, sabida, conocida, aunque no por ello menor, sino el placer estético de adentrarme en la destrucción bíblica de una pesadilla tan coherente y firme, tan bien estructurada, que me provoca la intensa sensación de encontrarme –tuve una impresión similar cuando terminé el libro en su día- ante un clásico, ante un libro que seguirá fascinando a lo largo de los años, décadas, a los lectores, y ojalá lo siga haciendo durante siglos, porque será una señal del esplendor de la literatura y su resistencia a morir.

Surgidas dos de las tres cosas mencionadas al principio: el inminente nacimiento de Mateo y la lectura de La carretera de McCarthy, resta una tercera.

En el 2009, después de mucho tiempo intentando hallar el modo adecuado de hacerlo, después de intentos desesperados, aburrimientos y silencios avergonzados, tuve la sensación a principios de año de haber logrado adentrarme en la complejidad maravillosa de la Divina Comedia de Dante. Sería un desagradecido si no mencionaría que fue gracias a la lectura de una extraordinaria conferencia de Umberto Eco sobre la obra, a su modo de asociarla con mi mundo contemporáneo, con la red y la contemporaneidad asfixiante de nuestra vida presente.

La Divina Comedia me acompañó a lo largo de cinco meses, con la mesa llena de notas, garabatos, libros medievales y textos de la mitología, abierta la Biblia, casi como un acertijo en vez de cómo una lectura literaria, pero un acertijo lleno de placeres que había olvidado antes, que tardé tanto en descubrir, y armado de entusiasmo quedó conclusa en Junio del 2009. A la llegada de mi hijo y a la prosa del americano, se le únia por aquel Marzo pasado el deleite del infierno y el purgatorio de Dante, y aún restaba el paraiso. Ahora comprendo en qué consistió la magia de esos meses.

Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Se mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había.

Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Sólo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.

Con el primero de los párrafos transcritos comienza La carretera. Recuerdo haber pensado al instante que me encontraba ante un texto religioso, sumido en una parábola en la que la metáfora o el símbolo guardaban en sus entrañas el conocimiento, esa particular sabiduría de la que se componen los mitos. Novela norteamericana por excelencia, quizá imposible en nuestra Europa –aunque hay una película reciente con una temática parecida, excelente a su vez, El tiempo del lobo, de Haneke- no tiene en su interior ni una sola reflexión filosófica a no ser las impresiones de los protagonistas y pertenece a toda esa literatura de lo heroico heredera de Whitman. Frase corta, sin embargo dotada de una hondura inusual, como si cada palabra escrita no pudiera ser removida sin deshacerse la construcción.

Cuando escribía sobre Pierre Michon después de leer la totalidad de sus libros editados en español tuve la sensación de alcanzar esa misma escritura religiosa a través de un estilo completamente diferente. Michon engrandece el átomo de la palabra con una precisión exuberante; McCarthy es como un cronista sobrio lleno de exactitud. Los diferencia a su vez la cultura: la espléndidad enciclopedía de autores y conocimientos literarios, la exhaustiva sabiduría artística de Michon, y la vanidad, a veces cargante y presuntuosa, puede que simplona en su discurso no literario, incluida esa boutade imperdonable en un escritor de su talla sobre Proust y Tolstoi, que caracteriza a McCarthy. Los une, sin lugar a dudas, el talento y su consideración de la palabra como una cuestión sagrada.

Dos personajes recorren buscando El Sur en un mundo destruido, deshecho, sumidos en la niebla, el gris, la bruma y el desastre. La prosa describe con una maestría insuperable la desesperanza sin necesidad de razonar sobre ella. Las impresiones del paisaje y el color del cielo, la espesura de la noche, la absoluta debacle llena de ruinas y abandono, bastan para describir ese estado de ánimo que surge ante la contemplación de la destrucción. La capacidad del autor para hacernos visible el infierno resulta milagrosa, puntillosa en su afán de ofrecernos un relato de la desolación. Un padre y un hijo; un padre cuya única esperanza es en realidad ese niño que camina a su lado y al que debe transmitirle todo lo que sabe para asegurarle la supervivencia antes de que él muera. Un niño que en sus inocentes palabras y dudas, en las cosas que su padre le enseñó, cosas de la otra vida, de esa existencia anterior a la hecatombe que se le aparece en sueños al adulto, que surge en lo lugares más insospechados cuando parece no haber salida, convierten al pequeño en la palabra de Dios a los ojos del padre. La figura de Dios surge majestuosa a lo largo  de las doscientas páginas del relato: un Dios ausente, despiadado, pero aún así presente en el imaginario de esos dos seres humanos náufragos, perdidos. Dios en el sentido originario, en esa invención que necesitaron los hombres primitivos destinada a creer, a seguir, a soportar los temores, los miedos, a encontrar un sentido a la inmensidad y el caos de la naturaleza, a comprender lo ilimitado e infinito del tiempo y el espacio y su efecto en los pensamientos del ser humano, a evitar en definitiva la absoluta orfandad.

Un hombre que vive de la luz del pasado –el amor, el dolor, los afectos, lo comprensible para nosotros- y cuyo presente es una línea recta oscura y terrible, en la que asoma tan sólo esa intención poética, mística casi, de alcanzar un Sur improbable, inexistente en nuestra intuición y en la suya, pero es esa especie de poesía o milagro del espíritu (el Sur) la que guía sus fuerzas, la que le empuja, junto con la mirada de su hijo, a adentrarse en un mundo sin esperanza.

Enseguida pensé que los dos grandes asuntos de La carretera eran Dios y la literatura; ambas como productos del hombre, como partes inherentes a nuestra necesidad de saber, de entender, de sobrevivir. La religión como ese conjunto de valores humanos eternos que en medio de la inmoralidad y la salvaje lucha por la vida asomaron y asoman en el corazón del hombre; me refiero a una religión hecha en el fondo de inocencia y superstición, tan ajena a la que conocemos ahora bruñida de poder, normas, y a menudo de intolerancia. La literatura como esa necesidad de relatar y reconciliar la lucha mediante la palabra y los sentidos, palabra escrita u oral destinada  a alimentar el futuro de ese padre que habla de los buenos al niño, de aquellos que, cuando él no esté, su hijo debe buscar; literatura como fuerza de la metáfora –el sur, la carretera-, como acicate y salvaguarda de los rituales civilizados frente a la barbarie inherente al ser humano.

Entre los pasajes memorables de la novela hay uno que me conmueve especialmente con esos sentidos profundos que suele albergar McCarthy en toda su literatura: el padre le lee un cuento antiguo y el niño pregunta por los elementos y emociones que allí aparecen, algo que ya no existe, que él no conoce en la realidad. El muchacho sabe lo que es un perro, también vio el rostro hermoso de su madre siendo un niño, pero en medio de ese largo e imposible recorrido va a olvidando el mundo antiguo ante el horror. Si Conrad construyó el horror con elipsis y silencios en El corazón de las tinieblas, McCarthy se atreve a describirlo como si estuviera viéndolo delante de sus narices. El hombre intenta hablarle de la justicia y el valor en un universo en el que el hambre, el frío y el miedo, han construido la absoluta misería de una tierra en la que lo humano no es más que una reminiscencia del alimento que llevarse a la boca y los jirones de telas putrefactas, mantas y ropas que envuelven los cuerpos mugrientos para no morir congelados. La única voluptuosidad posible, como le sucedía a los antiguos teólogos medievales, es la muerte. No hay nada que brille en el horizonte; cualquier color, algo venido de la imaginación. Los animales han desaparecido, no existe la alegría de los seres inconscientes ni los árboles, convertidos en jirones de madera muerta, quebrados y quemados troncos sin frutos ni hojas que aspiran a la extinción. Sólo queda en pie el más terrible de los seres vivos, el hombre, que dominado por el deseo de sobrevivir y la furia de la existencia que palpita como una maldición en su corazón se afana en destruir la poca vida que perdura.

Ese es el panorama de la hermosa historia que relata La carretera. Temen al canibalismo y a la desesperación, pero él intenta guardar en el espacio miserable en el que viven alguna ráfaga de lo humano, quizá en esa imperiosa necesidad que los grandes escritores desearon para siempre alcanzar con el relato de sus obsesiones: una llama de la existencia capaz de ser rescatada del olvido y la muerte.

Si alguna vez quise encontrar algún estado ideal en el que me viera obligado a justificar el hecho de la literatura, ese maravilloso espacio verbal, espejo del mundo, en el que el hombre proyecta sus sueños, sus obsesiones y pasiones, la moral extraída de la vida en la descripción de personajes e ideas, sin duda hubiera debido remitirme a este universo  de La carretera, o quizá a La Divina Comedia surgida en el fragor del caos de la Edad media, en ese periodo histórico que a pesar de no ser tan terrible como imaginamos en nuestro afán de progreso humanista y científico surgido de la Revolución francesa y la Ilustración, sí al menos tuvo el don de convertirse en un mundo sin guía, en el que la iglesia Católica y otras religiones trataron, en medio de la corrupción y la oscuridad, de alumbrar un poso de esperanza a pesar de sus conocidos abusos posteriores.

Como hombres temen el horror que los hombres abominaban en esa otra vida extinguida, aquello que la luminosa civilización escondió bajo la alfombra y trató de evitar durante siglos; la terrible condición humana, el espejo animal en el que nos reflejamos,  la cara oculta, las sombras de la luz, lo oscuro de nuestra relación con la supervivencia y el poder.

El hombre habla de los caníbales, grupos hambrientos de seres humanos como ellos que vagan por la tierra desolada y se alimentan de esclavos que capturan y devoran.

De alguna forma, salvando la distancias, Dante encontró en el catolicismo la moral necesaria para evitar los excesos de los hombres, los abusos que se cometían impunemente en el mundo en el que vivía, aunque le costase el ostracismo, el dolor y el exilio, la lenta y triste muerte que le sobrevino después de una juventud rica en sucesos y en dones. El cristianismo albergaba en su seno una serie de valores procedentes de la filosofía griega que aspiraban a la paz y al amor, y de alguna forma, ese acervo pasó a la filosofía occidental posterior y a sus intentos de construir una moral laica -otro asunto sería las manos humanas que a través del miedo y la mentira, la manipulación y el ávido deseo de poder convirtieron el medievo en un tiempo voraz y asesino, o la enorme autoridad que llegó a detentar la jerarquía católica en ciertos periodos, su belicosidad y su desdén por otras religiones, su persecución de herejes y sus luchas intestinas (tan humanas) por el dominio, tan alejado de la religiosidad primigenia y su sentido-. Para Dante, el cristianismo y su filosofía o teología significaban la necesidad de dar un salto civilizado hacia otro estadio de la humanidad que primara la virtud y la bondad sobre las demás pasiones humanas; además tuvo el talento de escribir un hermosísimo poema, cuyo valor literario sustenta sobradamente aquello que a un lector de nuestro siglo XXI nos resulta racionalmente infantil o incluso irracional, alejado de nuestras premisas filosóficas y nuestros planteamientos humanos.

La belleza tenebrosa de La carretera es una imagen del infierno que podría sobrevenir a continuación si todo cuanto conocemos desapareciera; es el segundo después, lo que sucedería evaporado el horizonte de un mundo hecho de los acuerdos básicos de la civilización y olvidados los cacareados derechos fundamentales del hombre que acompañan imperfectamente a casi todas las constituciones de los países democráticos.

A pesar de eso, me parece más una obra profundamente espiritual que un texto de ciencia ficción que trata de anticipar el futuro desde los elementos y circunstancias que articulan el presente. De alguna forma, salvando la distancia, y sin ser desde luego McCarthy un moralista  –bastaría leer algunas de sus otras obras, Meridiano de sangre, No es país para viejos por ejemplo, para observar su aguda frialdad, su visión desoladora y apocaliptica de la vida humana- pretendió,  a veces creo que inconscientemente, generar un libro que sirviera a los hombres de un mundo exterminado; se dirigió a los espectadores de ese instante en que la existencia que tenemos ante los ojos y que nos acompaña desde los esfuerzos liberales acontecidos en el siglo XIX, que generaron tras las grandes guerras los estados de bienestar y las democracias, y las instituciones internacionales que conocemos, pudiera acaso desaparecer y con ella todo cuanto somos, nuestras costumbres, nuestro modo de relacionarnos y avanzar quedara anegado, algo por otra parte posible, aunque este texto no tiene intención de adivinar el futuro a mi juicio.

Releyendo recientemente La montaña mágica de Thomas Mann, excelente novela comenzada en 1912 y concluida en 1924, que guardaba en su esencia entre otros muchos tesoros las convulsiones políticas y económicas, las ideas contradictorias que pugnaban por dominar el mundo y que terminarían por provocar la primera y la segunda guerra mundial con sus devastadores efectos, volví a pensar en que la batalla de lo luminoso, de la civilización y el progreso, del avance científico y la luz del humanismo, siempre tuvo enfrente la enorme oposición del oscurantismo, el culto a la muerte, la barbarie de los instintos que tiñen la condición humana. Los optimistas ilustrados que creyeron en el avance inexorable del mundo, en un lugar en el que la superstición y el analfabetismo, la miseria y el dolor, quedaran erradicados, toparon de lleno con el lado oscuro del ser humano, con la sensación de que la historia, a pesar de sus innegables avances, suele dar vueltas en círculos concéntricos, quizá porque  a pesar de lo ilimitado e infinito de las combinaciones que se dan en el universo físico o matemático, los seres humanos suelen comportarse de modo similar a lo largo de los siglos.

En La carretera no existen los buenos y los malos, aunque el padre se empeñe en que su hijo diferencie a unos y a otros para poder sobrevivir cuando él ya no esté. Sólo hay un planteamiento moral ante el hecho de la supervivencia, una realidad que subyace en nuestras sociedades y que, sin embargo, no percibimos por el efecto de la civilización. La carretera nos hace pensar en la posibilidad de seguir hacia adelante y no dejarnos tentar por aquello que podría desnudar la animalidad del ser humano. Ese padre protector se empeña en afirmar unas cuantas premisas esenciales que el niño memoriza y repite: morir de hambre pero jamás asesinar sin razón o comerse a otro hombre para salvarse, especificar los aspectos irrenunciables que deben unirnos a los de nuestra especie, establecer un código de conducta que ponga límites a la exaltación, el odio, la desolación o la desesperación; buscar a personas que tengan el fuego, ese algo que diferencia entre aquellos que no esclavizan ni devoran a los otros y aquellos que optan por el canibalismo para seguir viviendo: en definitiva ir al encuentro del sur, el sur con ese sentido tan amplio, poético y religioso, que significa la esperanza, la fe en la vida.


La fiebre de Mateo continua, y ahora pretende besarme y abrazarme sobre la cama. Cuando trató de pensar en cómo podré defender su destino dudo ante la inmensidad del futuro, ante aquello que me resulta imposible dirimir tras la maraña de sucesos recientes y de temores desconocidos. La luz siempre fue la esencia de lo humano a pesar de los pesares (tener el fuego, dicen los protagonistas de la novela): el amor, la solidaridad y el mandamiento de no matarnos los unos a los otros. Pero yo no puedo garantizar, como el padre de La carretera ante su hijo, que las cosas vayan a ser de ese modo. La lucha entre el bien y el mal no es más que una invención de las distintas religiones, tan dependientes en verdad, aunque durante siglos negaran esa influencia, de los universos ideales platónicos. La única lucha en todo caso se llamará supervivencia, y a lo que se encaminaron las sociedades tras los millones de muertos y las barbaries acontecidas en el siglo XX fue a borrar de un plumazo esa sensación de que la voluntad humana y el poder heredero del miedo a perder privilegios, alimentos o cualquier otra forma de asegurar la persistencia de la tribu, pudiera ser paradójicamente tan inhumana.

Lo asombroso de la novela es pensar cómo ese hombre que conoció otra tierra mantiene la esperanza en ese trayecto a la orilla de la misteriosa carretera que los conduce hacia el improbable sur. Abundan los pasajes inolvidables que vienen de sus recuerdos, de los momentos posteriores a la catástrofe que asoló el mundo, tiempos en los que les acompañaba la madre del niño. Ella le dice a su marido que no puede más, que esa vida escondidos, sin presente real ni futuro, no vale la pena vivirla. Su elección es comprensible, tanto que nos sobrecoge esa constancia, comprendemos su decisión de desaparecer, y surge la admiración por ese hombre que elige resistir a toda costa para que el muchacho continúe vivo. El protagonista sólo encuentra en el futuro del pequeño algún resquicio de luz.

Pero podría haber elegido, como su mujer le pide en una ocasión, que se suiciden todos juntos, al igual que otras personas a su alrededor deciden hacer ante la constancia del desastre, frente al peso insoportable de pensar que en un espacio desolado no existe para ellos ninguna posibilidad de sobrevivir. La carga es tan abrumadora que casi todos nuestros problemas se difuminan al adentrarnos en las circunstancias de esa familia a través de la maestría de McCarthy, que hace tan creíble y real el infierno que el lector llega a sentirlo con una proximidad conmovedora. Aunque sólo seamos el presente, no podemos existir sin la recreación del pasado ni la proyección del futuro.

Los hermosos versos de Dante expresaron la necesidad de construir una moral destinada a alcanzar un lugar para lo que él consideraba lo humano. Beatrice representaba aquello a lo que el hombre moral siempre aspiró a pesar de sus contradicciones: a la belleza, a la armonía, a la paz y al sentido. En el espacio de  La carretera nada de eso es posible a simple vista; el deterioro es tan inmenso que vislumbrar la posibilidad de que algo bondadoso se reconstruya a excepción de esa hermosa relación padre-hijo resulta remota. El amor sólo queda reflejado en esa conmovedora afectividad que constituye lo único humano en un mundo que no tiene futuro. Quizá por eso volví a creer al instante, mientras leía el libro, con una fuerza desmesurada, en que la literatura seguía siendo el pequeño, diminuto e insignificante cajón de lo humano, y que sí esos dos personajes sobrevivieran al desastre, la hallarían en su camino, volverían a encontrar su magia y su sentido fuera a través de la tradición oral o de la escritura, de la manera que fuera, para iniciar de nuevo una posibilidad de existir distinta, para guarecer aquellos preceptos de los hombres que  siempre mejoraron y protegieron la vida, en el fondo eso que nos empuja a leer y queda satisfecho entre las maravillosas páginas escritas por Cormac McCarthy.

Sin darme cuenta, conforme sigo abriendo La carretera al azar y adentrándome en su terrible relato, en una relectura fragmentada, alcanzo a a entender la cercanía entre la religión y la literatura que amo; una religión ajena por completo a los extremos actuales que conmocionan al Islam o a esa actitud todopoderosa del Vaticano y sus relaciones evidentes con el poder para garantizarse su preeminencia,  a la virulencia de los judíos intransigentes, que desde luego no son la mayoría pero de alguna manera se impusieron al resto. En cada uno de los pequeños párrafos en los que McCarthy estructura la historia, en esas frases cortas y solemnes, sobrias y precisas, despojadas de cualquier recargo o sentimentalismo innecesario, sólo la transcripción exacta de la carretera y los rincones físicos y anímicos por los que padre e hijo avanzan, percibo esa forma inconfundible del sentido religioso que siempre caracterizó el alma humana, el respeto a los muertos y al pasado, el sentido de la organización, de la solidaridad,  al anhelo de trascendencia ante la fugacidad, aunque sólo fuera en el entorno inicial de la tribu, en la capacidad de construir en vez de destruir: esos sentimientos humanos que desde tiempos inmemoriales compartieron espacio con todas las formas de brutalidad de las que el hombre es capaz y permitieron la continuidad de la especie y no su exterminio.

A veces, respetando cualquier creencia personal y sin menosprecio alguno, me resultan fascinantes en el siglo XXI esos creyentes que cumplen la normas de las distintas jerarquías religiosas; es como creerse un cuento para niños, y sin embargo, cada vez admiro y respeto más profundamente ese espíritu religioso que no está dirigido por las distintas iglesias, mezquitas, sinagogas o templos grandiosos gobernados por hombres que abusan como hombres y manipulan como hombres. Ese sentimiento religioso, libre, que surge tan a menudo ante hechos de la vida, ante paisajes naturales o entre la empatia que nos une a personas afines, y que simplemente trata de consolar la desolación, la pena, el dolor y el sufrimiento, la incredulidad que surge ante la falta de moral, con elementos extraídos en el fondo, libremente, de las distintas enseñanzas venidas de las grandes religiones en torno a las cuales se amalgamaron las creencias humanas ancestrales. Quizá el secreto de que ciertas religiones alcanzaran la universalidad que las caracterizó fuera que conjuntaron toda esa necesidad humana de encontrar un sentido. La contradicción, para un agnóstico convencido como yo, de alguna manera se resuelve en la literatura, en la gran literatura. ¿Acaso no fue sorprendente que Camus, después de publicar La peste, sintiera que eran los católicos que le enviaron cartas para celebrar la obra quienes más cerca estuvieron del sentido que él quiso darle? ¿O que Tolstoi terminara por abrazar una fe desmesurada hacia el cristianismo, y llegó a despojarse de sus bienes y posesiones, tan alejado de la jerarquía católica u ortodoxa, al final de sus días, repudiando todo cuanto había escrito antes, incluyendo esas dos obras maestras de la literatura de todos los tiempos? Tosltoi quizá no comprendió que su verdadera fe en el ser humano se hallaba en Ana Karenina y en Guerra y Paz, En la muerte de Ivan Ilich, pero esa sería otra historia para contar.

De alguna forma, en la huella incesante que constituye la esencia de la humanidad, sigo observando que ese proceso iniciado por los primeros hombres para explicar la vida, para hacerla más longeva y soportable, que esa especie de trascendencia que empujó al hombre a unirse, a colaborar para sobrevivir, a instaurar la convivencia para que sus crías pudieran seguir existiendo, que estableció rituales y formas de rezo para expresar y convocar su entorno, para alcanzar los astros que contemplaba, los ríos y las montañas, que todo lo que llevó a los griegos a constituir su filosofía y su organización política, que los esfuerzos de los primeros cristianos o de esos sesudos teólogos que trataron de explicarnos brillantemente el sentido de la trinidad, o los escritos islámicos o judíos, las enseñanzas budistas o hindús, que la odisea de Dante y antes la de Homero y Virgilio, que más tarde el Renacimiento tras la oscuridad de la Edad Media, y luego la Ilustración y las primeras e imperfecta democracias europeas, que los movimientos obreros y los estados de bienestar europeo, reunían en sus seno el mismo aliento, compartían normas y preceptos en su esencia destinados a mejorar la vida, a dotarla de sentido. Por supuesto en el arte en general y en la literatura se encuentran esos rastros antiguos que ese hombre y ese niño tratan de rescatar y edificar a lo largo de su desesperanzado viaje.

-Cuando no tengo otra cosa intento tener los sueños de un niño. .-Decía el padre.

La inocencia como regreso, la inocencia como única esperanza. Miedo a ser devorado por otros hombres, a ser pasto del estómago fiero y salvaje del hambre. Miedo a perecer sin nada que sea sólido, de que los recuerdos hermosos de una existencia humana, el amor, la amistad, los afectos filiales, los sueños, la dignidad, desaparezcan y ese niño al que trajimos al mundo convencidos de la posiblidad de otra vida jamás alcance a vivir siquiera algo similar a nuestra experiencia. Esa angustia me sobrecogió tantas veces a lo largo de las páginas de La carretera que es ahora, ante la enfermedad de mi pequeño, que comprendo la razón.  Creemos en una existencia bajo control porque los cambios apenas afectan a nuestra vida corriente en apariencia. Esta crisis económica ha agudizado mecanismos que no se han resuelto, y sin embargo, seguiremos manteniendo en general esa visión de eternidad social que la historia, a lo largo de los siglos, siempre se ha encargado de desmentir. A veces pienso que Cormac McCarthy escribió La carretera para dejarnos alguna guía posible, y aunque su visión sea en general desoladora, como sucede en otras de sus obras, la novela está llena de esperanza, aunque no pueda revelar su final para aquellos que no se han adentrado todavía en la belleza de sus páginas.

Sobre las últimas páginas de la novela, extraña digresión del paisaje vivido, emotivo desenlace que alcanza a rozar la perfección del sentido que el autor quiso dar a su epopeya, mi hermana me avisa de ciertos escépticos. En la excelente película de John Hillcoat, una fiel adaptación del relato, magníficamente desarrollada, con una fotografía que captó los espacios de McCarthy con una exactitud pasmosa y unos actores magníficos para encarnar a cada uno de los personajes, cabe la posibilidad de confundir el final con una resolución fácil de la historia, quizá por las propias características del lenguaje cinematográfico y la ausencia de palabras –a parte de los diálogos- en el desarrollo de la narración. Aún así, la película logra a mi juicio preservar los elementos esenciales de la obra literaria, y a poco que el espectador haya seguido el desenlace de la fábula, que haya escuchado los textos de McCarthy extraordinariamente bien elegidos para la voz en off, o que haya intimado con la relación padre-hijo, y la de ambos con esa religiosidad primitiva que les permite la esperanza, pienso que comprenderá la naturaleza simbólica de su conclusión. En la novela, en su literatura, la metáfora, la fuerza expresiva de la aventura, resulta incuestionable y muy dudoso cualquier reproche a su desenlace.

La escena del piano; la del baño en la vieja casa abandonada con el padre, y antes en la cuba donde la madre frota los cabellos del niño preguntándose si vale la pena que el pequeño siga vivo ante el dolor de su marido, que contempla la escena desde la puerta; el pasaje de la lectura de un cuento que el hombre lee en voz junto a la hoguera en una noche oscura y desapacible; las palabras en boca del adulto sobre la justicia y el valor; la diferenciación constante entre buenos y malos, el miedo al canibalismo y la seguridad en que antes es preferible la muerte; el encuentro con el fatigado anciano medio ciego y esa conversación entre el padre y el viejo junto a la hoguera después de compartir su comida gracias a los esfuerzos del muchacho; los sueños y las imágenes de esa otra vida desaparecida, la imagen poética de ese Sur que guía los pasos de los dos protagonistas; ciertos gestos del niño ante el ladrón que trata en la playa de robarles la ropa y el carro donde llevan los alimentos condenándoles a una muerte segura; esos días transcurridos en el sótano de una casa donde hallan comida, cigarrillos, bebida, mantas, una cama, todo aquello que otorga una excepcional visión de lo que nos hace dignos en medio de la desolación; la visión de un perro vivo en un momento fundamental del relato, que nos despierta la inmediata alegría después de haber recorrido durante cientos de páginas la expresión de un mundo moribundo; la escena final que termina por provocar una lágrima alegre, una de esas lágrimas que no tienen nada que ver con lo vacuo y lo absurdo, con la obscenidad de un mundo torpe que apenas sí llora por la sensiblería y la estupidez, sino lágrimas conmovidas ante la creencia de que el ser humano es capaz de lo mejor y de que siempre dibuja a pesar de todo una esperanza en cada uno de sus pasos, lágrimas ante esa poderosa poesía de la palabra y los actos nobles, la fe en que la literatura es capaz de transformar el horizonte de los humanos, de albergar en cada una de su letras mayúsculas la verdadera condición del futuro a pesar de comprender por supuesto la enorme complejidad de cada cambio y cada gesto; todo eso que surge ante nuestros ojos, que llena el relato de ese padre y ese hijo bordeando la carretera, conforma una de las más hermosa metáforas que puede alcanzar el ser humano para recuperar la esperanza.

Le debo  McCarthy una posibilidad de seguir asombrándome ante la literatura.

La fiebre de Mateo se está convirtiendo en unas toses sin importancia y está a punto de dormirse entre mis brazos. Sin Dante es posible que no hubiera existido la Ilustración ni los años de progreso que acompañaron los siglos posteriores, tampoco los movimientos proletarios que generaron más tarde en el occidente capitalista formas de vida más dignas y humanas, sociedades, a pesar de sus imperfecciones, más justas; tampoco esos avances científicos que lograron alargar la existencia de los hombres y alcanzar la dignidad de las muertes atendidas o la integración de mayorías en la vida de la sociedad, sin entrar ahora a fondo en la cuestión, aunque podría hacerlo, en los intereses económicos que encontraron necesario el hecho, pues detrás de ellos, de la ceguera y la avaricia, de la destrucción y la barbarie, siempre hubo en lo profundo una necesidad humana de avanzar de otra forma, de empujar la historia hacia lugares más llevaderos, o al menos eso quiero creer.

Sigo con esas frases que un día escribiera Bertrand Russell convencido, aunque desconozco a estas alturas si quizá fueron suyas o si las recuerdo con la suficiente exactitud, pero necesito hacerlo.

La inteligencia siempre es bondadosa. No concibo ni concebiré jamás que la inteligencia sea malvada. La maldad siempre es estúpida y ciega. Nuestra historia está llena de ejemplos al respecto.

——————————————————————————

Pasaron allí todo el día, sentados entre las cajas de la tienda.

Tienes que hablarme, dijo.

Estoy hablando.

¿Seguro?

Ahora te estoy hablando.

¿Quieres que te cuente un cuento?

No.

¿Porque?

El chico le miró y apartó la vista.

Esos cuentos no son verdad.

No tiene porqué. Son cuentos.

Sí, pero en esas historia siempre estamos ayudando a gente  y nosotros nos ayudamos a la gente.

¿Por qué no me cuentas tú algo?

No tengo ganas.

Vale.

No tengo ninguna historia que contar.

Podrías contarme alguna historia tuya

Ya las conoces todas. Tú estabas allí.

Pero tienes historias dentro que yo no conozco.

¿Quieres decir sueños, por ejemplo?

Por ejemplo. O cosas en las que piensas.

Ya, pero se supone que las historian han de ser alegres.

No tienen porqué serlo.

Tú siempre me cuentas historias alegres.

¿No tienes ninguna alegre que contarme?

Son más bien como la vida real.

Y la mías no lo son.

No, las tuyas no.

El hombre le observó. ¿La vida real es muy mala?

¿Tú que piensas?

Bueno, yo pienso que todavía estamos vivos. Nos han ocurrido muchas cosas malas pero todavía estamos aquí.

Sí.

No te parece que eso sea tan estupendo.

Puede.

——————————————————————

Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarinosa allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujados vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.


Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, julio de 1933). Escritor norteamericano, considerado junto a Richard Ford, Thomas Pynchon, Phillip Roth y Don De Lillo como uno de los más grandes autores vivos de su país. Galardonado con el premio Pulitzer con La carretera en el 2007. No concede entrevistas y hay pocas fotografías de él.

Obra

Novelas

  • The Orchard Keeper (El guardián del vergel, 1965)

  • Outer Dark (La oscuridad exterior, 1968)

  • Child of God (Hijo de Dios, 1974)

  • Suttree (Ídem, 1979)

  • Blood Meridian, Or the Evening Redness in the West (Meridiano de sangre, 1985)

  • Trilogía de la frontera:

    • I – All the Pretty Horses (Todos los hermosos caballos, 1992). Ganador del National Book Award

    • II – The Crossing (En la frontera, 1994)

    • III – Cities of the Plain (Ciudades en la llanura, 1998)

  • No Country for Old Men (No es país para viejos, 2005)

  • The Road (La carretera, 2006) Ganador del Premio Pulitzer de ficción en 2007

Obras de teatro

  • The Stonemason (Escrita en la década de 1970 y publicada por primera vez en 1995)

  • The Sunset Limited (2006)

Guiones

  • The Gardener’s Son (El hijo del jardinero, 1976)

Adaptaciones cinematográficas

25
dic
09

James Joyce-Marilyn Monroe

Las cosas hermosas terminan por atraerse. El gusto de la belleza es exigente y esquivo, en nada se parece a lo uniforme, a lo establecido al por mayor. Anhela sus rincones de digresión, sus espacios de dignidad propios. La masa no consume belleza sino repetición, es la eterna maldición de las marcas de la moda o de los artistas consagrados a la publicidad, las radio formulas o a la industria de cualquier índole. A veces, algo popular desborda por completo su ámbito y adquiere esa extraña hermosura que lo sitúa en el espacio de lo eterno por razones misteriosa. Marilyn Monroe fue un imagen popular, en efecto, pero dotada de los matices necesarios, de una individualidad compleja y una rebeldía poco común. Trágica muerte para alguien tan evocador y frágil, tan auténtico y original a pesar de todo.

Hay en esta fotografía algo que me hace pensar sin remedio en Arthur Miller, es como si algo de él estuviera allí, componiendo el plano, habitando los lugares obviados por la imagen. Aunque Marilyn, eternamente, será un icono mucho más complejo que su mera reproducción superficial, esta fotografía nos la devuelve a un lugar diferente, el que ahora sabemos oscuro y profundo, amargo a menudo, terrible y trágico en la impresión de su belleza.

Cuando vi recientemente las imágenes en las que fumaba marihuana con un grupo de amigas supe por qué estuvo casada con Arthur Miller,  no por el hecho en sí de fumar hierba, sino por algo en su rostro que mas allá de su irresistible belleza,apuntaba a la presencia de la inteligencia y la sensibilidad. No siempre mata la inteligencia, tampoco la sensibilidad. Pero en su caso tal vez sí. La muñeca divina que paseaba su encantadora sonrisa por el mundo tal vez no pudo soportar ser una marioneta en manos del poder de Hollywood, una figura de cera que productores, estudios, revistas, todo el poder fáctico del universo del espectáculo, utilizaban a su antojo. Es posible que esa soledad sea incomprensible para mi o para la mayoría de nosotros. Seguro que encontraremos algunos que aplaudan mi ocurrencia con un tono irónico. Millones de dólares cobrados y uno está triste. Curiosas paradojas, convertirse en lo que se desea para ser infeliz. Quizá buscaba, anhelaba desesperadamente, la inteligencia de un hombre como Miller o como Kennedy, rastreaba una respuesta que en su ruidoso y pequeño mundo real en el fondo nunca pudo resolver. Comprendí que su eterna sonrisa, esa melena rubia tan clara y luminosa, esos labios gruesos, carnosos, dibujados con una perfección geométrica, o ese cuerpo rotundo que desbordaba la pantalla a cada paso, con cada centímetro de piel que mostraba al público, en cada curva, escondían mucho más de lo que los sueños cinematográficos quisieron ofrecer de ella. Tal vez hubiera sido más feliz en una granja del medio oeste, criando niños y malvas, haciendo el amor los sábados por la noche con su marido, leyendo el Riddest Digger, vistiéndose de gala para ir al baile en una sala de fiestas ajada que olía a boñiga de vaca y a heno podrido. El magnífico dramaturgo primero, después el flamante presidente de los Estados Unidos de América, debieron quedar fascinados por su belleza, pero también por algo más que la diferenciaba de la Mansfield, tan exuberante y estúpida. Puede que fuera esa sensualidad aniñada y desvalida, pero seguramente a su vez por ese lado inquietante, por esos ojos intensos que guardaban un abismo, un volcán, la pasión de una vida convertida en un escaparate que protegía la verdad de su alma, el camino improbable de una solución posible.

Tengo la sensación, y ahora más, conforme más cosas sabemos de ella, que esos deslices, esa fragilidad extraña, su aguda sensibilidad, la elevaron por encima de su mito pop, y ser conscientes de ello nos diferencia de sus seguidores mitómanos, de los coleccionistas de reproducciones, exagerados adalides de aquello que menos nos importa. La hemos visto desnuda junto a una piscina, envuelta en telas sedosas, también llorando o cantando el Happy Birthay Mister President. Pero aquí descubro que, aunque puedo coleccionar tazas con la reprografía pastosa del farsante de Warhol, ella alcanza un grado de atractivo que supera cualquier expectativa que barajase antes, que para colmo no  logro reprimir, surgido en la placidez de un atardecer; sus pies desnudos, el bañador a rayas de colores, su gesto concentrado, intensa la mano sobre su piel, los brazos bronceados por la exposición del día al sol, y ese silencio  a su alrededor, esa comunicación profunda y secreta que nace entre el libro y el lector, entre las páginas que pasa y sus ojos, en el hecho ensimismado de la atenta lectura.

Si alguna vez quise desearla, besar sus labios y estrechar su espléndida figura, o simplemente contemplar su irremediable erotismo,  anhelar lo tangible de su belleza, ahora, en ese instante en el que Eve Arnold captó el atardecer sobre un columpio, en un jardín, en su mano el Ulyses de Joyce, el rostro ensimismado, la mirada fija en las hojas, podría llegar a amarla, besar su alma.

No hay pose en su postura ni en el rostro. Todo cuanto sucede en ese instante parece natural, una prolongación del día bajo el sol, de los baños de la mañana, del paseo al mediodía, de la llegada inminente del anochecer. Es como si la fotografía hubiera logrado otorgarnos una intimidad por encima de cualquier artificio o imagen manida de Marilyn Monroe.

Lee el Ulyses de Joyce y me parece más bella que nunca, lo mejor es que además lo está acabando, está cercano el momento de concluir la mejor novela en inglés del siglo XX, la ha recorrido de arriba abajo, ha estado junto a Bloom y Molly, ha paseado por ese Dublin inolvidable, ha gozado con los alardes técnicos de la novela, con la utilización de elementos populares para construir un artefacto literario elevado, que pretende una comparación discreta, quizá lejana, con las aventuras extraordinarias de la Odisea, aunque éstas sean odiseas cotidianas, sin héroes ni heroísmo, o con un heroísmo discreto. Cuando examino la foto creo que Marilyn ha seguido con una atención pasmosa el capítulo de la llegada del carruaje real, el inmenso dominio literario que le permite contar la escena desde varios puntos del recorrido en el que se contempla el paso de los caballos, o quizá ese monólogo vibrante, erótico y deslenguado de Molly, o esa primera escena grandiosa en la torre, con un solemne Dedalus burlándose del gordo Mulligan  a punto de rasurarse la barba. Cuando vuelva a releer el Ulyses sabré que Marilyn leyó lo mismo que yo. Ella, mi admirada Monroe, la mujer de Arthur Miller y la amante de Kennedy. Lleva en los ojos Muerte de un viajante y Las Brujas de Salem, también la disposición de las habitaciones y los recovecos de la Casa blanca, el mundo del cine a su pies, la belleza en cada centímetro de su rostro. Los ojos, sin embargo, pertenecen en ese instante de la imagen a la lectura, a la literatura, el Ulyses de Joyce a punto de finalizar, casi terminado en una tarde apacible de final del verano, quizá últimos de septiembre, tan hermosa como ella o el libro que lee. La imagen la eterniza. Podría hacer más por la literatura que el propio Miller. Las mujeres hermosas lo son más cuando se impregnan de otras cosas bellas, cuando interiorizan otra hermosura posible a su alcance.  Ella lo ha hecho para siempre, lleva en su corazón una de las literaturas más extraordinarias del siglo XX y eso la embellece.

Joyce estaría orgulloso. El espigado irlandés frunciría el ceño tal vez, allá en su pobreza italiana, en sus años franceses, en su prolongado exilio anhelando la novela absoluta que proyectó. Si hubiera imaginado quién era Marilyn Monroe, si hubiera podido decirse así mismo que un día una bellísima mujer rubia leería su obra al calor de un atardecer veraniego, en un lugar tardío y solitario de los Estados Unidos, una mujer más famosa y popular que el más conocido de todos los escritores que él frecuentaba.

Me quedo con esta bonita historia de amor fugaz: Joyce y Marilyn fueron amantes, no hubo sexo, sólo el flechazo de una intimidad inolvidable, el sueño sensual de un Joyce que seguramente mientras escribía el Ulyses tuvo la intuición extraña e incomprensible de que una mujer inteligente y hermosa como una diosa un día suspiraría por él, incluso a pesar del parche en el ojo o el rictus severo con el que miró con desconfianza y asco las poses de Proust en un hotel de Paris. Finnegan´s Wake,  Retrato del artista adolescente, Dublineses, y todo por ella sin saberlo. Por los siglos de los siglos, amen l´amour. Ahora nos pertenecen.

Feliz Navidad a todos los que pasan por aquí

26
nov
08

jules et jim

,

Jules et Jim. François Truffaut

Jules et Jim. François Truffaut

a J.P.Romá

Puede ser que sean de nuevo
ese día de veinticuatro horas,
que la noche vaya cayendo
y esparciendo la arena del reloj,
y al marcar un teléfono
suene la desconexión
de éste laberinto urbano,
el dolor de huesos y la lluvia
húmeda.
Pero en el fondo están allí,
gritando esas vidas,
embadurnados de la noche
que fue delirio
y que dejaron morir despacio,
en el abrazo de lo que no sabían,
en la ignorancia de creer
alcanzar otro lugar.

Puedo imaginar qué sucedió
allí hace tanto tiempo.
Puedo verlo desde mis ojos
achinados, desde la perilla
de Jules y las sonrisas de
Helene y Sophie.
Puedo observar el destartalado
marco de lo acontecido, adentrarme
entre las carcasas de la foto
y quitar sus placas amarillas,
la vejez que dobla el recuerdo,
volver al fingimiento de esa noche,
al cigarrillo que se consumirá
después, al torpe amor
de los desconocidos gozando
la vana ilusión de la juventud.

Pero ellos no pueden verme,
no pueden observar donde está ahora
Helene y sus ojos fatigados
tras el largo viaje, su cuerpo alargado
como un junco erizado,
tan suave y cálido entonces
de milagrosas venas.
No pueden ver que camina
por otros mediterráneos,
que se perdió con su Ulyses
griego por las aulas y las lociones
antipiojos, que anhela ser madre
en la imposibilidad de una tierra
con vistas al mar;
La Provenza francesa a la espalda,
el eco del Mistral sureño
en las pupilas dilatadas
mientras se llena de cosas:
quizá un amante
para la tarde de los miércoles,
o sonrisas fingidas en cursos de baile,
de iniciación a la escritura biográfica
y sucesos extraescolares,
y gime de gozo al recordar
esa fotografía en la que falta
su ángel negro, su paraíso
y su tortura después de quince
años de amor imperfecto
pero amor.

Tampoco Jules conocerá
el lugar al que fueron sus cientos
de inquietas preguntas,
cuándo murió su vitalidad
de ojos profundos, el exceso
con el que agitaba sus neuronas
ideando las palabras de una nueva
filosofía (y juro que hubiera sido capaz
de hacerlo de no haber muerto en vida)
Jules, que vive de los despojos,
que apenas llega a fin de mes
para alcanzar el mismo desasosiego
que detestaba en su padre,
mientras se lamenta de asperezas
y emite consejos sin brillo,
umbrío, borrando de una vez
lo que fue hermoso en él,
lo que deslumbraba a las sirenas
y a los ángeles caídos,
lo que significaba un camino,
su destino, un aliento
futuro que nunca se dio.

Sophie no sabrá nunca
que después de construir cientos
de cartografías se le disipó la fe,
se le borró ese lunar del labio
que al besarse convocaba
a las hadas del augurio.
La sirena tiene ahora los ojos
más tristes y esa hermosura
lánguida de lo que no alcanzamos.
Hoy, ilusa y distante,
piensa en renunciar a su vida
para iniciar el futuro de otra,
como si el hastío le exigiera la maternidad
y no la larga autopista que soñó:
confusa por los tiempos,
herida por las burlas del porvenir,
extrañada en un mundo de extraños
aunque mantenga la sonrisa
de sus labios y la sombra
del lunar borrado como un presagio.

Jim ya no baila con pantalones de cuero
y el bourbon ahogándole la garganta
con The End en el alma.
Tampoco es la sonrisa
de la fotografía, cuando pensaban
en la libertad sobre la palma de su mano.
No podrá atisbar como fue muriendo
ese espacio, ni ver la mismas estrellas
que brillaron esa noche en el cielo.
La ebriedad le quemó el corazón
hasta disipar las furias en danzas
primigenias, en reflejos de venganza
bajo el clamor de los tambores
de la resurrección amarga.
Vivió después en las madrugadas
incendiadas, se levantó junto
a pieles desconocidas
y vio sus rostros sin alma,
la obscenidad del mundo desnuda,
acariciando espaldas desde el silencio
con los dedos de la derrota blanca
y la sigilosa fiebre de las batallas.
Ahora mira las noches de luna llena
escuchando el latido de aquel tiempo,
la fotografía de la sensualidad
le acude, va llegando a sus ojos tan azules
como una lámina de mar,
hasta besar alguno de los labios
carnosos de aquella Francia
de música y sonoras palabras.

Esos astros luminosos surgiendo
del infinito del cielo, brillando
tan sólo en la fugacidad
de ese instante cuadriculado
en la inmensidad de lo estático,
de su destello y su cercanía,
mientras Sophie coge la mano de Jim
y Helene acaricia los cabellos de Jules.
Después de la luz
se mirarán poseídos de alegría
en el exterior, y la noche les recordará
que el tiempo transcurre
y no hay tiempo que perder
para escapar al destino o para construirlo
con esos ladrido de perros de lluvia,
tan mojados como ángeles afónicos.

Puede ser que sean solo ese día,
que Helene haya perdido esa fotografía
para no pensarse, para no ser,
igual que Jules la contempla
escondida en un diario sin letras
cuando llega la madrugada,
buscando los ojos de entonces
y las palabras desaparecidas.
A veces, Sophie y Jim la miran
pensando que hubiera sido de ellos
si algo hubiese ocurrido diferente,
si en la madrugada de abril de 1994
hubiera brotado un eco distinto
y la estrella que les contempló besarse
hubiera tenido una luz más intensa,
o Jim hubiese sido más decidido
y ella más cobarde de sueños.
¿De qué está hecho el tiempo,
de qué está fundido ese latido
que nos transforma, que modifica
el cuerpo y afecta a los hilos
del alma que se desconectan
de los espacios desaparecidos,
de los pequeños rincones de ausencia
y presencia articulando los mapas?

No volverán a poseer esa imagen
y la congoja de las tardes de invierno
esparce una fina lluvia en el jardín.
Tendrán otras, pero nunca juntos
en una noche de abril regada de vino,
surgida de las fauces de mil sonrisas
y de los dientes blanquísimos de Sophie,
de los ojos rasgados de Helene
y de la lengua gozosa que se dobla
en la boca de Jules,
mientras se fijan irremediablemente
en aquella película de Truffaut
y en Jeanne Moreau con veinte años,
corriendo vestida de muchacho
por un puente enrejado,
y Jules y Jim la persiguen
tratando de abrazar lo mismo
que se me escapa en la foto.
Tiempo, tiempo, el tiempo
que todo lo borra, el tiempo que ofrece
su particular sentencia como un
fotograma en blanco y negro
de la mejor película que vieron,
de sus vidas detenidas en un fotomatón
y excusas, y todos los labios
que llegaron después
para quedar fijados en la noche
cálida de una primavera viva,
en los sueños encerrados de cuatro
miradas despavoridas
a punto de la renuncia.

Copyright Ariño2008

fotomaton1

07
oct
08

danzad, danzad, malditos

DANZAD MALDITOS

Danzad, danzad, malditos,
alados de esa felicidad
que cae sobre vosotros
y sólo danzáis,
solo escucháis la música de fondo
y os extasiáis
ante los mantos de guirnaldas
y los eventos
de terciopelo raso.

Danzad, seguid danzando
alrededor de esta pista
de baile encerada,
seguid danzando sin mirar alrededor,
sin comprender
que todos mueren,
que afuera se mueren
aquellos que desean
danzar como vosotros.

Danzad, danzad
tan inconscientes,
deleitaros
con esas grandes palabras,
con el sonido
de los motores atronando
y el resplandor de esta luz
artificial,
y seguid danzando,
y no miréis atrás,
no lo hagáis,
no observéis
el dolor del que danza
a vuestro lado,
mirad la pantalla,
obviar este silencio,
enterrad el amor.

Sólo danzad,
hacedlo alrededor
de vosotros mismos,
cerrando los ojos,
dejando que vuestras piernas
os den la confianza
del paso.

Seguid danzando
hasta que no quede nadie,
no miréis a los que caen,
no penséis
en que los próximos seréis vosotros;
seguid danzando felices,
hacedlo por mí,
por todos los demás
tristes del planeta,
seguid danzando
y que vuestros hijos
continúen esta danza,
seguid danzando,
danzad, danzad, malditos.

En vuestra sonrisa blanca y feliz,
justo antes de caer rendidos,
suelo encontrar
la razón de los pájaros.

Copyright Ariño2008
Este video me ha sido facilitado gentilmente por el blog Baile de Salón social y deportivo. Les agradezco haber incluido un enlance con estos versos y el artículo posterior en su página, y me fascina a su vez la polémica en torno al mismo, referida a algo tan ajeno a mi como los concursos de baile. Supongo que Danzad, danzad, malditos es una metáfora de todo lo que sucede en nuestra vida. Creo que las imágenes son tan fascinantes que las voy a incluir. Es un pequeño homenaje a una película que no envejecerá jamás, desgraciadamente.

DANZAD, DANZAD, MALDITOS

No pensé en la película cuando escribí el poema, pero inmediatamente después de corregirlo y darle vueltas como a una peonza, trate de acercarme al poema con los ojos de Sidney Polack, y a la película de Sidney Polack, con los ojos de un poeta.  Es evidente que me refería al mundo presente y no a una época tan aciaga como la que retrato Polack, pero llevaba la película dentro, de eso no me cabe ninguna duda.

Fue realizada en 1969, protagonizada por Jane Fonda y Michel Sarrazin. Basada en la novela de Horace McCoy “They Shoot Horses, Don’t They?” está ambientada en los durísimos años de la Gran depresión americana acontecida tras el crack bursátil de 1929, desastre económico de dimensiones inmensas, que no sólo causó hambrunas en Estados Unidos, sino que extendió sus efectos al resto del mundo, siendo una de las causas ineludibles que explican la llegada del nazismo al poder en Alemania y la Segunda Guerra Mundial. De alguna forma, como sucede con algunos novelistas norteamericanos, la sombra de Walt Whitman planea incesante por las letras y el cine americano, y muchos de sus autores más sobresaliente han rastreado en sus obras los hechos fundacionales del país (ocurre algo similar con la excelente novela de Upton Sinclair -y reciente película de Paul Thomas Anderson- Pozos de ambición (There will be blood), que recrea el origen despiadado de las actuales compañías petroleras que han gobernado a su antojo durante la era Bush a la sombra de un presidente sin importancia. Extrañas alianzas que componen el principio de su historia y perviven en el presente: un batiburrillo complejo de religión, puritanismo,  una concepción del dinero como expresión máxima de lo humano, un origen de violencia e involucionismo, compartiendo frágil equilibrio con la iniciativa personal, el respeto de lo individual o la lucha por los derechos humanos, el desarrollo tecnológico, el entusiasmo de una nación joven,  o el dinamismo de una sociedad en apariencia menos rígida que la europea). Por las razones que fueran volví a ver la película y de nuevo me dejó mudo. La vigencia de la historia, a pesar de su relativa lejanía en el tiempo, es indudable. No sólo por la extraordinaria puesta en escena o el excelente trabajo de los actores, sino por la soberbia adaptación que Sidney Polack hizo de la novela de McCoy.

Se celebra un concurso de baile. Desde las primeras imágenes la farsa que se disponen a vivir un puñado de hambrientos personajes a la deriva se hace evidente, aunque la verdadera repercusión de lo que resulta anodino a primera vista se ira mostrando despacio a lo largo del relato. El maratón de baile invita a cientos de gentes que huyen de la Gran Depresión a inscribirse en el concurso atraídos por un premio en metálico que les puede permitir no sólo cumplir algunos de sus malogrados sueños sino llenar algún tiempo el estómago vacío. Alrededor  de la desgracia humana se encienden las luces de neón, los focos. Un presentador eléctrico, sin escrúpulos, con la mirada perdida de ambición y desprecio, se erige como portavoz de una caravana insaciable de miseria. Todo los sucesos que van a acontecer serán transmitidos por la radio en directo; el espectáculo tiene que empezar a cualquier precio, construirse, extender su gloria, alcanzar el glamour y levantar el ánimo de esos otros cientos de miles de ciudadanos que sufren. Víctimas y verdugos; algunos en apariencia ajenos, indistinguibles entre sí, pero sólo eso, verdugos y víctimas inconscientes. Las víctimas participan y se mueven en torno al escenario, dominados por la vergüenza de la pobreza y la osadía del hambre, a punto de morir de ambición, anhelando aquello que no tienen. Todo les ilumina, pero los protagonistas no son ellos, sino la crueldad humana. El único de los personajes que no quiere estar allí (el encarnado por Michel Sarrazin, que se ve envuelto en la maratón por casualidad) es precisamente el que medirá todo cuanto va a suceder. Sin remedio, será su mirada -aunque no sea evidente- la que comprenderá no sólo hasta que punto todos esos hombres y mujeres están dispuestos a vender el alma por una improbable recompensa, sino también de qué modo el ser humano confunde a sus enemigos, o incluso que, en medio de la hostilidad, también es capaz en ocasiones de articular la solidaridad o el amor, o cómo el poder es tan oscuro y sin rostro, tan caótico, que ya no se pude distinguir, que no es más que la acumulación persistentes de seres heridos que miran el mundo sin emoción. Ni siquiera hay malvados, en la dura competición todo gira en torno a la victoria y ésta determina el fin, nunca el camino que uno emprende para llegar. No queda aire real para unirse. De hecho la mirada confundida no lo permite. Desde la tribuna se lanzan mensajes sobre la entereza y la superación humanas para deleite de los espectadores que acuden a la ceremonia con los ojos bien abiertos, que hacen apuestas sobre quiénes serán los ganadores, sin entender que su propia condición, lo que son en verdad, está en el foso, danzando como malditos hasta la extenuación o la muerte. Sidney Polack quiso con todas sus fuerzas que esa constancia fuera evidente. El esfuerzo de los personajes resulta tan inútil que lo más intenso que queda en el corazón al concluir la obra es esa extraña sensación de desasosiego y lucidez. ¿Hasta qué punto nuestros esfuerzos no son más que la dirección que algunos ciegos marcan por su  interés? ¿Hasta qué punto nuestros deseos son en verdad nuestros? ¿Acaso no bailamos en la misma pista anhelando un premio improbable, una gloria pasajera construida de insolidaridad y dolor ajenos? ¿No es verdad que el pequeño traidor cotidiano que todos conocemos sería un ejecutor despiadado en Auswitch escudando su inmoralidad en el cumplimiento del deber? ¿En qué consiste nuestro deber en el fondo? ¿Tiene sentido una sociedad en la que unos disfrutan del sudor de la mayoría, y la mayoría apenas vislumbra a sus semejantes como el enemigo a batir, reunidos como borregos en torno a una absurda condición de rebaño, sin reflexión ni verdadera consciencia? ¿Dónde está el espíritu de unidad, la solidaridad humana? ¿Es posible poder afirmar que no somos más que miserables animales encandilados por la supervivencia y el premio?

Lo terrorífico de Danzad, danzad, malditos no sólo se percibe a lo largo de toda la película o la novela a través de las vidas que se van entrecruzando alrededor de la pista de baile, sino en el destino -que no revelaré- del personaje de Michel Sarrazin, quizá el único lúcido en todo momento. ¿Que respuesta dio Sydney Poalck-Horac McCoy al espejismo de esta inmensa parábola?. Quizá la dejó entrever en la afirmación de que el hombre no tiene semejantes, sino enemigos estúpidos condenados a matarse entre sí, o que la única escapatoria pasa por la huida o el desarraigo, por reinventar lugares donde poder respirar, por la construcción de espacios comunes a pesar de nuestra inmunda condición. De alguna manera en la última conversación entre los protagonistas uno alcanza a comprender por qué ha hecho ese largo viaje por el infierno, un infierno retransmitido para toda la nación sin los sucios adjetivos que se se esconden tras el escenario, ensordecidos por la grandilocuente narración del locutor, que obvia lo que en verdad ocurre en pos del espectáculo, la esperanza y los ingresos de publicidad de su programa.

No hay que olvidar que hace ochenta años un crisis bursátil fue uno de los desencadenantes de algunas de las matanzas más salvajes acontecidas en la historia del hombre. No es falso afirmar que la actual crisis tiene su origen en la propia idiosincrasia del sector financiero, cuyo poder acumulado ha sido de tal envergadura, que no ha cesado de generar mecanismos de protección inmundos, mentiras acumuladas, sin descanso, durante años, en un juego macabro de escondites fiscales, cotizaciones, falsas valoraciones, objetivos y previsiones de ingentes ganancias, dirigidas por hombres sin otro fin que enriquecerse, ajenos al devenir de la sociedad, al destino de la humanidad. ¿No es acaso esto mucho más inmoral que culpar a los que no afectan un ápice a nuestro destino aunque no sean inocentes?. Se puede aceptar el mérito como expresión de la habilidad para alcanzar el bienestar en la vida, lo que es intolerable es que los que deben ejercer su responsabilidad porque ya poseen los medios, los que ya tienen el poder de hacer y deshacer, pidan honradez y respeto por las leyes a los demás, o que recurran a ellas desesperados cuando su universo se tambalea, mientras violan un código tras otro, no sólo legal, sino ético. De nuevo la época castigará a los más débiles, a los que no pueden reaccionar.  Tal vez sea el momento de pensar de nuevo cómo queremos que sea la vida futura, tenemos la experiencia del horror, la belleza de hermosas películas como ésta, los desgraciados acontecimientos, tan sanguinarios y horribles, sucedidos en el siglo XX. Quizá sea el momento de dejar de danzar como malditos y detenerse a mirar. De buscar palabras mas sabias que las nuestras, de interesarnos por comprender el trasunto de lo que vivimos sin necesidad de titulares en una pantalla.

Ya dijo el poeta que la vida iba en serio. Es posible que no podamos detener nada, que sea imposible modificar un ápice esos valores insostenibles donde hemos existido durante décadas. Quizá todo esté demasiado nublado para verlo.

“La gente es el último espectáculo”, decía el cartel norteamericano de la película.

Sidney Polack nació el 1 de julio de 1934 y murió en Mayo de este año.

No hay que olvidar que el título original de la novela de Horace McCoy, escrita en 1935, es “¿Acaso no se mata a los caballos?”.  Si eso es posible, la sensación es que todo esta permitido.

05
jul
08

volar-oliveiro girondo-eliseo subiela

el lado oscuro del corazón
Fotograma de la película El lado oscuro del corazón de Eliseo Subiela

VOLAR

Podría haber lavado estas manchas,
limpiar las sábanas
para que no quedase nada,
dejar caer la cabeza
sobre la almohada y gritar
que fui yo,
vivir de ese aire
que pasó
de lo que no alcancé,
de lo que jamás tuve.

De alguna manera
perdí hace tiempo
el norte;
suenan las trompetas
del retorno,
aletean
las gaviotas
en este cielo nublado.

Escucho los ecos de otra época.
Fui libertad,
también
he sido
miedo
dolor y rabia.

Anhelo de nuevo
la fuerza de los cuerpos,
-soy joven,
estoy vivo-
se bate
Freud en la consciencia.

Nada fue como esperaba,
o fue muy poco.
Porque hay que ser
esperanza.
Hay que iluminar
la negrura, soñar
con el hambre
y el reloj,
con la espera
que a veces llega.

Veo raro a lo lejos.
Me asusta el asfalto
y tengo el sabor
del neón
entre los labios.

Todo lo que amé
resuena de nuevo.
Deberia volver a Morrison y ponerme
esas viejas botas;
o dejar sonar el teléfono
y ofrecer de nuevo
lo voluptuoso,
la verdadera esencia
de la vela que arde,
de lo que siempre
quise
y apenas atisbo.

Era dificil elegir
entre la metáfora
y el futuro.
La metáfora pesa
y el amor
se desangra, pero
esta metáfora
insiste en dejar
su rastro,
en marcar las huellas
de su paso cansino.

Pude elegir la pasión
y me quedé
con la metáfora.
Ya se dijo
en la insportable levedad…:
-Todo amor,
para ser duradero,
para convertirse
y alcanzar,
requiere una metáfora-.

¡Maldita metáfora!
¡Me duele quedarme inmóvil!
¡Me duele no ganar
el valor!
No saber decir
me voy
o me quedo,
pero todo
será como esta arena
que se desliza entre mis dedos.

Estoy vivo.
Huelo a transpiración
de verano sin guía,
que llega con la sensualidad
de las alas extendidas,
con el eco
de los alcoholes nocturnos,
con la mirada
que uno guiña a la
tarde para morir
antes de que anochezca.

Qué me coman
los labios
igual que bebe el sediento,
qué me abracen como un templo.
¡Sólo quiero deseo!
¡Qué me deseen
con la felicidad
de gozar sin
más propuesta
que aullar
como los perros!

Emborracharme en tu pubis
anónimo,
morder las curvas
que fueron aliento.
El origen
del mundo
volviendo a arrebatarse
con la aspereza
de estas manos llenas
de trucos.

Tengo treinta y cinco miradas al tiempo,
treinta y cinco primaveras
de intensidad
relatada,
de lágrima y risa.
Estoy vivo.
Soy lo que
quieras que sea, días,
quizá ese labio húmedo,
esa estupenda fachada
de verte subir y bajar
escaleras desnuda,
como si esto fuera una tela de
araña construida
para todas las hermosas
mujeres
que jamás conoceré.

Pero hace falta
que lo sepas.
Sin que me pongas
tu culo
en mis labios
encedidos
no llegaré a subirte
al cielo
con el pestañeo
de este aliento,
con esta bajada a los infiernos;
y si no saben volar,
-ya lo dijo
Girondo-,
yo no no vuelo.

Copyright Ariño2008

OLIVEIRO GIRONDO

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”… y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

Oliverio Girondo

BIOGRAFÍA

Oliverio Girondo nació el 17 de agosto de 1891 en Buenos Aires en el seno de una familia adinerada, lo que le permitió desde niño viajar a Europa, gracias a esto estudió en París y en Inglaterra. Escribió y publicó desde muy joven.
Participó en revistas que señalaron la llegada del ultraísmo, la primera vanguardia que se desarrolló en Argentina, con las revistas “Proa”, “Prisma” y “Martín Fierro”, en las que también escribieron Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Macedonio Fernández y Leopoldo Marechal, la mayoría de ellos del Grupo de Florida que en contraposición al Grupo de Boedo se caracterizaba por su estilo elitista y vanguardista.
Girondo fue uno de los animadores principales de ese movimiento. Y ejerció influencia sobre poetas de las generaciones posteriores, entre ellos el surrealista Enrique Molina, con quien tradujo “Una temporada en el infierno”, de Arthur Rimbaud.
Sus primeros poemas, llenos de color e ironía, superan el simple apunte pintoresco y constituyen una exaltación del cosmopolitismo y de la nueva vida urbana e intentan una crítica de costumbres.
En 1926, en un almuerzo organizado en honor a Ricardo Güiraldes, conoció a Norah Lange, poetisa con la cual se casó en 1943 y con quien emprendería innumerables viajes.
Desde 1934 mantuvo una importante amistad con Pablo Neruda y Federico García Lorca, quienes por esa época se hallaban en Buenos Aires. A partir de 1950 comenzó también a pintar con una orientación surrealista, aunque nunca expuso sus cuadros.
Su último libro, “En la masmédula” (1957), es un desesperado intento de expresión absoluta. Enrique Molina señaló: “Hasta la estructura misma del lenguaje sufre el impacto de la energía poética desencadenada en este libro único. Al punto que las palabras mismas dejan de separarse individualmente para fundirse en grupos, en otras unidades más complejas, especie de superpalabras con significaciones múltiples y polivalentes, que proceden tanto de su sentido semántico como de las asociaciones fonéticas”. Algunos críticos relacionaron este último gesto vanguardista de Girondo con un libro igualmente desesperado, constructor y destructor del sentido: “Trilce”, del peruano César Vallejo.
En 1961 sufrió un accidente muy grave que lo dejó imposibilitado físicamente. Murió el 24 de enero de 1967.

Obras

• Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922)
• Calcomanías (1925)
• Espantapájaros (1932)
• Interlunio (relato, 1937)
• Persuasión de los días (1942)
• Campo nuestro (1946)
• En la masmédula (1953)

ELISEO SUBIELA Y EL LADO OSCURO DEL CORAZÓN

En 1992, Eliseo Subiela decidió realizar una película homenaje a Oliveiro Girondo, una adaptación libérrima e imaginativa de sus poemas. Utilizó también versos de Benedetti -que hace un cameo sorprendente interpretando a un marinero alemán que recita sus propios poemas en esa lengua- y de Juan Gelmán. Es posible que la película haya envejecido, pero sigue siendo curioso volver a verla. Esta llena de vida y hermosa poesía.

Eliseo Subiela
Eliseo Subiela

24
jun
08

joseph conrad- francis ford coppola

Joseph Conrad- Francis Ford Coppola.
El corazón de las tinieblas. Apocalypse Now

La literatura es una especie de denominador común que entrelaza a los autores con sus lectores, a los lectores con otros lectores, a los hombres de distintas épocas, razas o lugares, que une en definitiva al ser humano con la compleja red de la vida. En un mundo especializado como el que vivimos, tan a menudo carente de verdad o de autenticidad, la buena literatura establece ese diálogo verdadero con el tiempo y los hombres, tan parecidos entre sí a lo largo de la historia. Renunciar al acto lector, no sólo es una renuncia individual a uno de los placeres más satisfactorios que posee a su alcance el ser humano, ni siquiera significa limitar su comprensión o su capacidad de mirar , sino que es un problema colectivo, un vacío difícil de llenar por otras actividades que apenas iluminan un ápice nuestro devenir, que lo alejan de ese diálogo necesario con el tiempo, las circunstancia de la vida, el pasado y el presente.
Me ha sucedido a menudo que ante una persona con la que no me unía nada, o por la que incluso podía sentir una antipatía inexplicable, un comentario sobre literatura de sus labios la hizo cercana, un interés común sobre algún autor que ambos adoramos propició inmediatamente la proximidad al margen de nuestras diferencias sociales, económicas, culturales o intelectuales, más que nada por que la literatura habla de eso, de lo único importante, de la vida. Siempre pensé que la lectura atenta, frecuentar a los clásicos de todos estos siglos de novela, poesía y cuento, era un extraordinaria forma de lucidez y comprensión, un arma cargada de futuro que permitía atisbar con mayor riqueza el horizonte vital limitado que la existencia nos obliga a cumplir. Los clásicos no son aburridos, y cuando digo clásicos igual menciono a poetas griegos que a algunos de los excelentes novelistas de los siglos XIX y XX, época del esplendor de la novela.
El argumento por el cual los seres humanos justifican su ausencia de pasión lectora resulta fácilmente desarmable, y aunque me provoca hastío hasta su enunciación, e incluso cierta pena por los iletrados -y no me refiero a los analfabetos-, no debemos obviar lo peligroso que puede ser hallarse en una sociedad en la que la literatura sea simplemente una actividad secreta, solitaria y ajena al porvenir, rodeados por aquellos que desprecian la ficción literaria o por esos desconcertados lectores embaucados con sucedáneos novelísticos de escaso nivel.
A lo largo de la historia, todas las artes se han alimentado unas de otras. Hubo épocas, como ese vertiginoso final del siglo XIX, en las que la pujanza de la pintura disparó posteriormente el desarrollo de las vanguardias literarias y poéticas de comienzos del veinte. Ha habido periodos a la inversa, en los que el teatro o la narrativa impregnaban de temas y asuntos la pintura o la música.


El caso de Joseph Conrad y de Francis Ford Coppola es sin duda ejemplificador de las relaciones entre las artes; el encuentro entre uno de los grandes novelistas situados entre el siglo XIX y el XX, y uno de los más excelsos artistas del cine de todos los tiempos.
Cuando afronté este post, la idea llevaba largo tiempo germinando. El diálogo del arte es exigencia para la continuidad de su vigencia. Algunos revolucionarios de las vanguardias creyeron que la ruptura conllevaba la denostación y la negación, y ambas, por sí mismas, bastaban para provocar una evolución, sin embargo se equivocaban, toda revolución efectiva -hablemos en términos artísticos o poéticos- debe partir del profundo conocimiento de lo anterior para convertirse en algo fértil y duradero, idea que los novelistas del XX comprendieron bien, extrapolable a cualquier otro asunto de la existencia y los intereses humanos.
He vuelto a leer el Corazón de las tinieblas y debo reconocer que su lectura ha sido mucho más atenta y enriquecedora que la primera que lleve a cabo a principios de los años noventa. La novela me parece ahora más extraordinaria.
El argumento del libro es en apariencia relativamente sencillo. Gira en torno a un pequeño desplazamiento en barco por la desembocadura del Támesis. Un grupo de hombres, en la cubierta de una pequeña yola de crucero, se detienen a poca distancia del mar. Todos ellos parecen marineros viviendo una época tranquila en agua dulce, sumidos en el crepúsculo de sus vidas. El capitán Marlow comienza entonces el relato de un viaje alucinante que los demás contertulios escuchan. Marlow estuvo en el Congo, en la época en que la Compañía Belga explotaba el país africano.
Joseph Conrad utilizó para urdir la novela su propia experiencia; un viaje terrible que realizara en 1889, contratado por la mencionada Compañía comercial, a la búsqueda de un agente extraviado en el corazón del Congo. La grandeza de la literatura es que a pesar de ser un reflejo de la vida y la experiencia de los hombres que la escriben, sus ramificaciones, sus mentiras convertidas en verdad por el arte del talento, terminan por alcanzar el corazón y la inteligencia de quienes la leen, aunque sean gentes de otro tiempo. En la época en la que Conrad se enroló en el Villa de Macieo, en Burdeos, para embarcar rumbo a África, Leopoldo II, infame rey de los belgas, explotaba el Congo con la avaricia de los grandes genocidas de la historia. Por entonces, casi nadie lo sabía. El Rey dilapidó cantidades ingentes de dinero en disimular la rapiña y el asesinato en que había convertido su supuesta misión económica. Desde distintos foros sociales, religiosos o políticos, Leopoldo se empeñó en mostrar ante el mundo que su lucrativo negocio era una especie de acuerdo de libre comercio entre los africanos y Europa, en un afán digno de las mejores campañas publicitarias de la historia, encaminada a vender las bondades de la civilización y sus efectos beneficiosos para los pueblos salvajes, mientras su reinado se convertía en un baño de sangre atroz. Según algunos historiadores de prestigio como Adam Hochschild, millones de congoleses fueron sometidos a una explotación infame a fin de que se cumplieran las cuotas que la Compañía fijaba a las aldeas, las familias y los individuos del país, y llenaban las arcas del monarca de marfil, caucho y resina y de copal, que vendía luego a precios elevados en el resto de Europa, enriqueciéndose de modo milagroso. La Compañía tenía una organización militar que protegía todo el comercio, y el único gasto que ensuciaba las fabulosas ganancias, era el que destinaba la compañía al pago de los bandidos y mercenarios que se encargaron de extender el terror por toda la selva. La población del Congo fue reducida a la mitad en los veinte años que duró la explotación de Bélgica (se creen que murieron entre cinco y siete millones), y sólo el esfuerzo de un puñado de hombres que denunciaron la situación, impidió que se extinguiera por completo.
Cuando Conrad llegó al Congo, y en vez de dirigir el barco previsto, el Florida, tuvo que subirse al Roi del Belges, bajo la órdenes del capitán sueco Ludwig Koch, muy poca gente en occidente sabía de las barbaridades que se estaban cometiendo allí. De los tres años previstos que el escritor polaco estableció en su contrato, sólo soportó seis meses, y regresó a Europa el 4 de diciembre de 1890, extenuado, vacío, lleno de dudas y del horror que había vivido. Nueve años después, escribió El corazón de las Tinieblas.
Para algunos, la actitud de Conrad podrá ser censurable, porque no denunció lo que había visto como hicieron, por poner ejemplos, el justiciero irlandés Roger Casament (del que Vargas Llosa prepara una novela), o el periodista belga Morel, pero su compromiso fue con el arte, y por añadidura, posteriormente, con la verdad. ¿Acaso no es ahora más terrible y verdadero, más efectivo que cualquier libro de historia o texto periodístico la extraordinaria recreación de El Corazón de las tinieblas, hasta el punto de erigirse como símbolo anticolonialista y de la barbarie de la civilización? Conrad decidió hacer eterna su experiencia.


Los fascinante de esta historia, entronca sin duda alguna con el sentido de la literatura, con el modo en que Coppola, más de sesenta años después, leyó con suma atención la novela de Conrad, y no sólo comprendió el texto, lo hizo suyo, lo asimiló con todas sus consecuencias, sino que, enarbolando su capacidad mítica, inspiró su propia denuncia, su compleja película, iluminando sus experiencias sobre Vietnam, haciéndole comprensible el objeto de esa compleja guerra, sus emociones e ideas al respecto, hasta el punto de pertrechar finalmente esa obra maestra del cine de todos los tiempos, desmesurada e imperfecta, a menudo deslumbrante y maravillosa, que es Apocalypse now.
Resulta enriquecedor observar el paralelismo entre ambas historias, cada una de ellas ambientada en los lugares que fueron experiencia y preocupación de los dos genios, no sólo como un diálogo entre artistas de extraordinario nivel, sino como el encuentro de dos seres humanos que nunca se conocieron ni fueron siquiera contemporáneos, y que, sin embargo, establecieron un diálogo profundo y deslumbrante sobre el mismo asunto: el horror humano.


A Joseph Conrad se le consideró durante años un escritor menor, especializado en novelar aventuras marinas. Fue la crítica años después de su muerte -y sobre todo los lectores, que nunca lo abandonaron- quienes recuperaron el autentico valor de su trabajo.
El corazón de las Tinieblas no es una novela de aventuras al uso. Utiliza la excusa del viaje para emprender un camino hacia la oscuridad interior del ser humano, para describir el efecto de la civilización, su prepotencia técnica, en el alma de los hombres, entendiendo civilización como ese modo artificial de relacionarnos limitando nuestros instintos y organizándonos en comunidades sociales y económicas. Tampoco fue un panfleto anticolonialista sin más, como se quiso ver durante algún tiempo, en esa época en la que la teoría literaria pareció encaminarse hacia un estudio sesgado de su valor. Estoy convencido de que cualquier lector medio que acceda a las páginas de la novela, terminará por hallar en la narración de Marlow aspectos de su propia vida, de su particular modo de pensar y sentir el mundo en el que vive.


La historia que Coppola y Conrad contaron es muy similar salvo en lo accesorio. Marlow -como el capitán Willard en la película- inicia la historia contando años después su fantasmal recorrido por un gran río africano en un barco de vapor. En Apocalypse now, es una barcaza de guerra que tiene que cruzar las líneas del Vietcong por agua. Marlow tiene una misión, encontrar al agente Kurtz y descubrir que está sucediendo, por qué el agente más productivo de toda la Compañía Belga, ha dejado de repente de enviar las cantidades de marfil que enviaba. El Capitán Willard en la película, recibe la orden de encontrar a Kurtz porque se rumorea que sus métodos se han endurecido, y sobrevive cerca de la frontera con Camboya con un ejército de soldados fieles y entregados indígenas que lo veneran. Los informes que recibe del alto mando hacen pensar que el Coronel se ha vuelto loco.
Marlow se adentra en el sinuoso recorrido fluvial, encuentra antes un barco militar francés bombardeando sin razón alguna la costa, como si no luchara contra nada más que la exhuberancia y la naturaleza del continente; puestos medio abandonados en el corazón del Congo, donde hombres civilizados han perdido el sentido y la disciplina, y se entregan a actos irracionales y actitudes extravagantes para combatir el vacío y la desesperación que sufren, bordeando sin remedio la demencia. Willard, en la película de Coppola, atisba en su largo recorrido el sin sentido de la guerra, la indefensión de aquellos soldados enviados lejos de su tierra al infierno sin preparación ni posibilidad de triunfo. Conforme va abriendo los distintos informes que el estado mayor le proporciona sobre el coronel Kurtz, comprende hasta que punto fue un hombre honesto, inteligente y capaz. Su transformación, como la del Kurtz literario, es un misterio que se va entrelazando con la hostilidad del paisaje bélico, con la inmensidad de esa selva en la que se pierden. La imagen del capitán Kurtz, conforme Marlow describe en sus encuentros la información que le van dando los personajes que halla en su recorrido, se convierte en un ejemplo de inteligencia y honestidad, agujerado inesperadamente por un comportamiento ilógico e indigno a partir de cierto momento. Siente una curiosidad inmensa por comprenderlo, conforme más sabe, como le ocurre a Willard en Apocalypse now, más desea aproximarse a él, conocer su secreto.


En ambas obras, Kurtz se relaciona no sólo con las oscuras instituciones históricas y económicas a las que la codicia y la crueldad corrompen, sino con esa propensión escondida a la caída, al abismo, a la corrupción moral del espíritu humano cuando debe sobrevivir por encima de todo. En el caso de Conrad, este acercamiento se adhirió a la propia idiosincrasia de un testamento tan nefasto y asesino como lo fue la Compañía, y en la película de Coppola, se refleja en la maquinaria militar norteamericana, en sus verdaderas motivaciones secretas, tan representadas en el cine y evidentes en los diferentes conflictos en los que ha intervenido. Coppola trasladó la acción a esa guerra quizá para advertirnos que, tras cada gran gesto del gigante norteamericano, teñido de ese patriotismo que resulta tan incomprensible a estas alturas para los europeos , se hallaba la misma amoralidad que el escritor halló en su viaje a las tinieblas.
El Coronel Kurtz acepta el destino que la guerra le pone delante, pero no se limita a fingir, sino que se acerca a las verdaderas motivaciones del ejercito, y proclama que él puede resolver ese conflicto si le dejan, sin aspavientos, sin temor ni tantas bajas humanas. Es evidente que se ha vuelto loco a juicio de las autoridades, pero la razón no es otra que las propias circunstancias de la guerra. ¿Acaso en las escenas en las que vemos a Robert Duvall (teniente coronel Bill Kilgore) admirar a la aviación de los Estados Unidos rociar de Napalm los bosques no encontramos la locura del conflicto bélico, esta vez protegida por la aceptación oficial de sus métodos?. El coronel Kurtz asume el horror de cualquier contienda, lo convierte en el fondo en una metáfora de sí mismo, de su propia barbarie interior, de su condición humana, de ese lugar oscuro que puebla el alma de cualquier hombre por civilizado que sea, y lo hace en nombre de los salvadores que van a liberar del comunismo a Vietnam.
A Conrad, le interesaba alcanzar la esencia de Kurtz y relacionarla con los exceso coloniales, con la falsa moral y la prepotencia de occidente frente al resto de civilizaciones.


Kurtz es en ambos casos un hombre de ideas, un poeta, un músico, un político que, por razones misteriosas, se convierte en la expresión más horrenda del alma humana, empujado por aquellos que lo dirigen. En las dos historias se erige, pese al narrador del corazón de las tinieblas, el capitán Marlow, y el capitán Willard que guía los acontecimientos en Apocalypse now, en el protagonista, es una pura incógnita a resolver, un dato escondido, la luz que guía la historia, una fugaz aparición en el ocaso de la novela que no logra reemplazar todo el trayecto anterior en el que acompaña a los personajes como un fin o una figura inasible, etérea. En la película, gracias al extraordinario papel de Marlon Brando y al modo en que Coppola filma el encuentro, gana un protagonismo presencial, una intensidad mayor que en el texto literario, aun a costa de perder precisamente su aura poética, aunque queden las memorables imágenes sombrías, en las que atisbamos el portentoso físico de Kurtz encarnado por Brando, su modo de rezar, de recitar, de comprender, accediendo a imágenes poderosas y hermosas, que alimentan en el cineasta un final distinto al del escritor.
No contaré el final de las dos historias, sin embargo difieren, quizá por que Coppola era ya un hombre del siglo XX, sumido en ese periodo en el que las utopías terminaban, y la inocencia había sido sustituida por la afilada mandíbula de los poderosos sin trabas ni remordimientos. Los dos artistas fueron críticos con su tiempo, de alguna manera leyeron lo que terminaba de suceder y lo que vendría después. ¿No es cierto que la experiencia de Vietnam -y no me refiero a la derrota de los Estados Unidos y a la enorme carga psicológica para el país y sus combatientes, que necesitaría de un análisis más largo y distinto- se pude trasladar cuarenta y tantos años después a la de Afganistán o a Irak?. Se pelea por un interés político, y las razones de la guerra, tal y como nos contó Coppola, ya no poseen, si es que alguna vez fue así, ningún componente heroico o virtud alguna que no sea el juego de intereses de unos pocos que envían a sus soldados a morir sin importarles otra cosa que su beneficio: Juegos de cuatro generales y un puñado de congresistas avariciosos de hacer negocio.


Coppola supo que aquella era la primera guerra de la era moderna, que detrás del coste de vidas, tras los rastros de las amoralidades allí cometidas y la protesta masiva que se produjo en su país, no había más que razones oscuras, motivaciones sin sentido, desconcierto y abandono, y de ahí su afán por demostrarlo a través de esa antigua historia de Joseph Conrad que le fascinó. El teniente coronel Bill Kilgore toma una zona de la costa tan sólo porque allí se levantan magníficas olas para hacer surf. ¿Puede haber algo más absurdo, mejor ejemplo que la muerte de seres humanos tan sólo por el afán de un oficial empeñado en surcar las olas en su tabla?. Conrad prefirió llevar la novela hacia un conflicto moral distinto, cuyo contenido no adelantaré. Marlow, el narrador de El corazón de las Tinieblas, nos depara como conclusión una escena extraordinaria que trasciende la intención aventurera del texto, cerrando magistralmente una de las obras maestras de la literatura de todos los tiempos.

En el manuscrito original de Joseph Conrad, figuraba una alusión sardónica a Leopoldo II (un rey de tercera clase) y referencias geográficas, así como los nombres auténticos de las estaciones y las factorías de la Compañía que él visitó en su estancia en el Congo. Curiosamente, en el manuscrito que publicó nueve años después, por entregas, entre febrero, marzo y abril de 1899, en la revista Blakwood´s magazine, y en forma de libro tres años después, en 1902, con otros dos relatos, Conrad eliminó esas referencias, quitó las menciones del texto original a Leopoldo II, pretendió borrar esos elementos que le parecían más propios de un libro documental que de una verdadera novela de ficción. Supongo que entendió que la verdad de las mentiras -frase afortunadísima de Vargas Llosa- era algo más poderosa que la propia verdad histórica por terrible que fuera, y que lejos de pretender crear un documento de denuncia, prefirió legarnos una obra literaria con la suficiente entidad como para ser eterna, para ejemplificar no solo los horrores cometidos en el Congo por este reyezuelo ebrio de riqueza, sino a todos los desmanes y rapiñas que Occidente pudo y podrá cometer contra el tercer mundo u otros pueblos menos poderosos.
Lo importante a mi juicio de esta relación, finalmente son las ramificaciones humanas que proporciona la literatura, la posibilidad de relacionar, de utilizar la inteligencia servible y potencialmente enriquecedora del ser humano, la asociativa, la que contradice con su lucidez la excesiva especialización, la tecnificación sin comprensión y la estupidez de los hombres, hasta convertir esta pieza literaria en un mito sobre la decadencia de la gloriosa civilización europea, y sobre todo su efecto posterior, que un artista de la talla de Francis Ford Coppola fuera heredero de aquel texto, lo leyera con precisión, y lograra interpretar, con su enorme talento, la vigencia del Corazón en las tinieblas, que se me antoja, mientras siga viva la llama de la literatura, eterna.

Joseph Conrad

Joseph Konrad nació en Berdiczew (Ucrania), el 3 de diciembre de 1857, el año en que se editó Madame Bovary de Flaubert, en el seno de una familia polaca de la pequeña nobleza. Con el tiempo su apellido perdió su origen polaco y adquirió ese Conrad sajonizado. No fue desde luego un escritor al uso, quiero decir, que empezó a escribir tarde y no en su lengua materna, sino en la que había heredado junto con su nacionalidad años después, el inglés. Huérfano desde niño, se crió con sus tíos. Fue marinero y aventurero. Su primer destino lejos de su tierra fue Marsella, adonde se traslada en 1874, con sólo diecisiete años, para enrolarse en el primero de sus largos viajes. Navegó con bandera francesa inicialmente, en oscuros navíos de contrabando de armas destinados a la causa de los carlistas en España. Su vida fue dura y azarosa, en 1878 se intenta sucidar en Marsella, desesperado y hastiado de la vida, pero la casualidad le hace fracasar en su intento, y parte hacia Inglaterra. Se inscribe después de concluir sus estudios en la Marina británica como segundo oficial, y comienza su andadura por Extremo Oriente, Australia, Singapur e Indonesia.
En 1886 adquiere la nacionalidad británica al tiempo que alcanza el rango de capitan mercante de la Marina, y escribe su primer relato conocido Tit-Bits, que tardaría aún casi una década en publicarse en el London Magazine. Durante dos años se instala en Extremo Oriente y no regresa hasta finales del 88. En 1889 es contratado por la Compañía Belga de Leopoldo II y se adentra en el corazón del Congo, experiencia que sería el germen vital del Corazón en las tinieblas. Hasta 1896 realiza numeroso viajes, y ese año comienza a dedicarse profesionalmente a la literatura. A partir de ese momento su mundo gira en torno a las letras, aunque con periodos de carencias económicas agudos y años de depresiones. Publicó numerosos textos y varias colecciones de relatos. Le fue concedido un título nobiliario que rechazó. Murió en 1924, en Bishoosbourne, dejando incompleta su última novela, Suspense.

Novelas

• La locura de Almayer (Almayer’s Folly) (1895)
• Un vagabundo de las islas (An Outcast of the Islands) (1896)
• El negro del Narciso (The Nigger of the ‘Narcisus’) (1897)
• El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness) (1899)
• Lord Jim (1900)
• Los herederos (The Inheritors) (1901), con Ford Madox Ford.
• Tifón (Typhoon) (comenzado en 1899 y publicado en Pall Mall Magazine en 1902
• Romance (1903), con Ford Madox Ford.
• Nostromo (1904). Publicado por Verticales de Bolsillo, Editorial Belacqva, 2007.
• El duelo (1907)
• El agente secreto (The Secret Agent) 1909; publicado en Harper’s; incluido en el libro Entre la tierra y el mar (Twixt Land and Sea, 1912).
• Una sonrisa de la fortuna (A Smile of Fortune) 1910; publicado en London Magazine en 1911; incluido en el libro Entre la tierra y el mar (Twixt Land and Sea, 1912). Publicado por Editorial Belacqva, 2006.
• Freya, de las siete islas (Freya of the Seven Isles) 1910; publicado en Metropolitan Magazine y London Magazine en 1912; incluido en el libro Entre la tierra y el mar (Twixt Land and Sea, 1912).
• Bajo la mirada de occidente (Under Western Eyes) (1911).
• Crónica personal (A Personal Record) (1912).
• Chance (1913).
• Victoria (Victory) (1915).
• La línea de sombra (The Shadow Line) (1917).
• La flecha de oro (The Arrow of Gold) (1919).
• Salvamento (The Rescue) (1920).
• The Nature of a Crime (1923) con Ford Madox Ford.
• El pirata (The Rover) (1923).
• El espejo del mar


Historia de Apocalypse Now

El plan inicial había sido rodar Apocalypse Now de acuerdo con el guión original de John Milius. Sin embargo, ya antes de partir hacia Filipinas, Coppola había decidido introducir diversos cambios no sólo argumentales sino en cuanto a los personajes, y sobre todo optar por otro final distinto para acercarse más al sentido de la novela. Una vez allí, todo fueron problemas; desde tifones que destruyeron los decorados y el clima asiático que dificultaba enormemente el rodaje en exteriores, la sustitución, con el rodaje ya comenzado, de Harvey Keitel por Martin Sheen en el personaje de Willard, la negativa de Brando a interpretar el papel de Kurtz como el director le pedía y sobre todo, los continuos cambios introducidos en el guión por un Coppola que no estaba nada seguro del rumbo que debía de seguir la historia, provocaron que se rodasen multitud de escenas de diferentes maneras, que otras se abandonasen y que incluso tuviesen que rodarse tomas adicionales mucho después. Para colmo Martin Sheen, que decidió, para dar más realismo, rodar las primeras escenas del guión en las que tenía que interpretar la ebriedad de Willard borracho de verdad, sufrió una crisis cardíaca que pospuso varias semanas el rodaje. Marlon Brando, llegó a Filipinas exageradamente más grueso de lo que requería el personaje, y en vez de lucir el cabello largo como había pensado Coppola, tenía la testa completamente rasurada.

Coppola, al igual que Marlow en la novela, o que Willard en su película, vivió en sus propias carnes su particular descenso a los infiernos, estableciendo un curioso paralelismo con la historia que se disponía a narrar, lo que aportó a la película una autenticidad evidente, y le obligó a afrontar los numerosos cambios que le surgía sobre la marcha, alargando la realizacion más allás de las previsiones más pesimistas. Duró 50 semanas de tiempo activo sin contar las semanas de interrupciones en el rodaje, por otra parte frecuentes.

Ello provocó que el presupuesto de la cinta pasara de los 10 millones iniciales a 30 millones de dólares y que Coppola, en aquel entonces en un estado mental y de salud precario – perdió más de 30 kilos durante el rodaje – llegase a Hollywood con decenas y decenas de rollos de imágenes impactantes, pero que carecían del más mínimo atisbo de unidad narrativa como película.

La publicación del libro Despachos de Guerra, escrito por el periodista Michael Herr (posteriormente co-guionista de La Chaqueta Metálica en 1987), en el cual el autor narraba sus experiencias en Vietnam llamó la atención de Coppola, que inmediatamente reclutó a Herr para el proyecto.”El principal problema de las imágenes residía en que habían sido rodadas pensando en apoyarlas mediante una narración -recuerda Murch – pero debido a los numerosos cambios en el guión, cuando Francis terminó el rodaje esa narración no existía como tal”.

Por ello, a Herr se le encomendó la tarea de escribir una nueva narración en off para el personaje de Willard, con el fin de guiar al espectador a través del infierno.

Coppola estaba obsesionado con la escena inicial del film: “Una imagen sencilla de árboles en la pantalla, cocoteros que se ven a través del velo del tiempo o un sueño. De vez en cuando, se elevan por el fotograma bocanadas de humo de colores. Oímos música sugerente de 1968 o 1969, tal vez los Moody Blues o “The End”, de The Doors. Entonces, los trenes de aterrizaje de los helicópteros se mueven por todo el fotograma, pero sin que podamos distinguirlos del todo, más bien unos bultos sólidos que se mueven por el fotograma. De repente, sin previo aviso, los árboles estallan en una llama de napalm color rojo anaranjado y empezamos los créditos principales, la vista se desplaza de izquierda a derecha por los árboles en llamas, al tiempo que se mueven los helicópteros fantasma”.Walter Murch recuerda al respecto que “poner una canción titulada The End al principio tiene su ironía y a pesar de todo, hay imágenes del principio que anuncian el final, así que, en cierto modo, es telegráfico. Este es el único elemento recurrente (utilizar a The Doors) que investigamos a conciencia en muchos montajes de la película, pero llegó a ser algo tan previsible, por pura curiosidad, que decidimos no exagerar el recurso.

Una vez se pudo conseguir mediante el montaje que la película gozara de cierta estructura lógica, a mediados de 1978 se llevaron a cabo diversos pases privados de prueba de la película, con resultados desastrosos. Francis Coppola escribió en su diario por entonces: “El mayor temor que tengo, y llevo meses teniéndolo: La película es caótica. Caótica en la continuidad, en el estilo, y lo más importante, el final tampoco funciona, ni en el público ni a nivel filosófico. Brando es una decepción para cualquier tipo de público; la película alcanza su nivel más alto en la jodida batalla de los helicópteros”.

Los pagarés vencían, Coppola se quedaba sin dinero y la película era un desastre. Sin embargo, el estudio resultó ser su mejor aliado, aceptando una y otra vez los numerosos retrasos en el estreno final del film, que debía haber tenido lugar en 1977, y permitió a Coppola, Walter Murch y el resto de montadores del film (Richard Marks, Jerry Greenberg y Lisa Fruchtman) gozar del tiempo que estimasen oportuno para terminar el film.

A finales de 1978, Coppola y Murch tomaron una importante decisión; eliminar al completo la escena de la plantación francesa. Habían previsto un intermedio después de la masacre del sampán (según John Milius la única escena íntegramente debida a la pluma de Coppola) y la película seguiría después de la interrupción con la muerte de Limpio, su posterior entierro en la plantación, la cena en la plantación y la escena de amor. La escena gustaba a todos, pero como recuerda Murch “resultaba dificil digerir en esa parte de la película -era un lastre demasiado pesado para la evolución del viaje de Willard hacia Kurtz- y no se nos ocurría cómo meterlo antes, y en el lugar donde sucedía de manera natural parecía demasiado tarde”.

En aquellos momentos fue también cuando desapareció la escena de las playmates, el helicóptero y la gasolina.

Una vez más o menos terminado el montaje, comenzó una nueva y ardua tarea, sonorizar el film. Richard Beggs, que participó en el sonido, recuerda que a pesar de todo el tiempo que la producción había pasado en Filipinas, irónicamente, nadie había reparado en grabar sonidos de la jungla, armamento, helicópteros, municiones, etc. Además, debido a los ruidos naturales de las localizaciones, todo el diálogo debía ser doblado en la postproducción. Por ello, y debido a que querían prescindir de todo catálogo existente de grabaciones de éste tipo, los miembros del equipo de sonido se trasladaron a diversos campamentos militares a rodar en persona cada uno de los efectos de sonido del film, así como los ruidos de la jungla y resto de sonidos más habituales.

Del caos, surgió esta extraordinaria y monstruosa película.

La versión Redux que preparó recientemente Coppola, gracias a los nuevos efectos digitales y al distinto montaje, más personal, así como a las escenas añadidas, es la versión más próxima a la película que el cineasta quiso grabar.

Francis Ford Coppola
(Detroit, EE UU, 1939) Director, guionista y productor de cine estadounidense. Hijo de una familia de emigrantes napolitanos, a los nueve años contrajo la poliomielitis, lo cual le obligó a permanecer en cama durante una larga temporada y a depender, en su primera adolescencia, de los cuidados de sus mayores, tiempo que aprovechó para desenvolverse con la cámara filmando escenas familiares. Tras graduarse en la escuela de cine de la Universidad de Los Ángeles, colaboró con Roger Corman en varias películas de terror, tarea que compatibilizó con sus primeros trabajos como director, los cuales recibieron una tibia respuesta del público y la crítica.
En 1969 fundó sus propios estudios y, aquel mismo año, recibió un Oscar por su trabajo como guionista en Patton. Ello motivó que en 1972 la Paramount le encargara el guión y la dirección de El padrino, basada en la novela de Mario Puzo y galardonada con tres Oscar. Una segunda parte, rodada en 1974, cosechó idéntico éxito. Convertido en una leyenda del cine por esas dos películas extraordinarias, Coppola se enrola en proyectos más personales, y es en 1979 cuando ve la luz Apocalypse Now, para muchos su gran trabajo, cuyo fracaso económico le obligó a rodar películas de menor presupuesto y por encargo. Posteriormente realizó una tercera parte de El padrino, en 1991, y una nueva versión de Drácula (1992).
Actualmente está rodando en argentina su nuevo trabajo Tetro, y asegura estar convencido de abrir nuevos caminos para el cine.

Lista de películas
Peliculas dirigidas

1963 • Dementia 13 • Guión: F.F. Coppola
1966 • Ya eres un gran chico • Guión: F.F. Coppola
1968 • Finian’s Rainbow • Guión: E.Y. Jarburg y Fred Saidy
1969 • LLueve sobre mi corazón • Guión: F.F. Coppola
1972 • El Padrino • Guión: F.F. Coppola y Mario Puzo
1974 • La Conversación. The conversation• Guión: F.F. Coppola
1974 • El Padrino II • Guión: F.F. Coppola y Mario Puzo
1979 • Apocalypse now • Guión: F.F. Coppola y John Milius
1982 • One from the heart • Guión: F.F. Coppola y Armyan Bernstein
1982 • Hammett Director: Wim Wenders y Francis Ford Coppola
1983 • Rebeldes. The Outsiders • Guión: F.F. Coppola y Susan E. Hinton
1983 • La Ley de la Calle. Rumble Fish • Guión: F.F. Coppola y S.E. Hinton
1984 • Cotton Club • Guión: F.F. Coppola
1986 • Peggy Sue got married • Guión: Jerry Leightling y Arlene Sarner
1986 • Captain EO •
1987 • Jardines de piedra • Guión: Ronald Bass
1987 • Faerie Tale Theatre: Rip Van Winckle • Guión: F.F. Coppola
1988 • Tucker: The man and his dream Tucker, el hombre y su sueño • Guión: Arnold Schulman y David Seidler
1989 • Life without Zoe. Episodio de Historias de Nueva York New York Stories- • Guión: F.F. Coppola y Sofia Coppola
1990 • El Padrino III • Guión: F.F. Coppola y Mario Puzo
1992 • Drácula de Bram Stoker • Guión: James V. Hart
1996 • Jack •
1997 • The Rainmaker •
2007 • Youth without youth •
Guiones escritos.

1966 • This property is condemned • Director: Sidney Pollack
1966 • ¿Arde París? • Director: René Clement
1970 • Patton • Director: Franklin J. Schaffner
1974 • El Gran Gatsby • Director: Jack Clayton

Productor
1971 • THX-1138 • Director: George Lucas
1973 • American Graffitti • Director: George Lucas
1979 • The black stallion • Director: Carroll Ballard
1982 • The escape Artists • Director: Caleb Deschanel
1983 • The black stallion returns • Director: Robert Dalva
1985 • Mishima: A life in four Chapters • Director: Paul Schrader 1987 • Lionheart •
1987 • Tough Guys Don’t Dance • Director: Norman Mailer
1992 • Wind • Director: Caroll Ballard
1993 • The secret garden • Director: Agnieszka Holland
1994 • Mary Shelley’s Frankenstein • Director: Kenneth Branagh
1995 • My family • Director: Gregory Nava
1995 • Don Juan De Marco • Director: Jeremy Leven
1995 • Haunted •
1995 • Dead Man • Director: Jim Jarmusch
1997 • Buddy •
Cortometrajes

1961 • Tonight for sure •
1961 • The peeper •
1961 • Come on out •
1962 • Bellboy and the playgirls •
Premios

* Oscars

Año Categoría Película Resultado

1991 Oscar a la mejor película
El padrino III
Nominado
1991 Oscar a la mejor dirección
El padrino III
Nominado
1979 Oscar a la mejor película
Apocalypse Now
Nominado
1979 Oscar a la mejor dirección
Apocalypse Now
Nominado
1979 Oscar al mejor guión adaptado .
Apocalypse Now
Nominado
1974 Oscar a la mejor película
La conversación
Nominado
1974 Oscar a la mejor película
El padrino II
Ganador
1974 Oscar a la mejor dirección
El padrino II
Ganador
1974 Oscar al mejor guión original
La conversación
Nominado
1974 Oscar al mejor guión adaptado
El padrino II
Ganador
1973 Oscar a la mejor película
American Graffiti
Nominado
1972 Oscar a la mejor dirección
El padrino
Nominado
1972 Oscar al mejor guión adaptado
El padrino
Ganador
1970 Oscar al mejor guión original
Patton
Ganador
Globos de Oro

Año Categoría Película Resultado

1991 Globo de Oro al mejor guión
El padrino III
Nominado
1991 Globo de Oro al mejor director
El padrino III
Nominado
1985 Globo de Oro al mejor director
Cotton Club
Nominado
1980 Globo de Oro a la mejor banda sonora
Apocalypse Now
Ganador
1980 Globo de Oro al mejor director
Apocalypse Now
Ganador
1975 Globo de Oro a la mejor película – Drama
La conversación
Nominado
1975 Globo de Oro a la mejor película – Drama
El padrino II
Nominado
1975 Globo de Oro al mejor director
La conversación
Nominado
1975 Globo de Oro al mejor director
El padrino II
Nominado
1973 Globo de Oro al mejor guión
El padrino
Ganador
1973 Globo de Oro al mejor director
El padrino
Ganador
Festival de Cannes
Año Categoría Película Resultado

1979 Palma de Oro
Apocalypse Now
Ganador
1974 Palma de Oro
The Conversation
Ganador
1966 Palma de Oro
You’re a Big Boy Now
Nominado

12
may
08

günter grass- el tambor de hojalata

EL TAMBOR DE HOJALATA

El tambor de hojalata es una fiesta verbal que describe el descenso a los infiernos del pueblo alemán visto a traves de los ojos de Oscar Matzerath. La crisis del 29 tuvo efectos demoledores en Estados Unidos, pero los colaterales fueron terribles en Europa, sobre todo para Alemania, cuya economía dependía en exceso del gigante americano. En medio de una lucha fraticida y una crisis galopante de desempleo masivo, hambre e hiperinflación, Hitler llegó al poder en 1933 y provocó la desintegración de los partidos de izquierdas en Alemania, bajo el beneplácito de los industriales y las autoridades burguesas que creían que su aliado natural era el Partido Nacionalsocialista y no los movimientos obreros. Hitler en el 1934 dio un golpe de efecto en la llamada La Noche de los Cuchillos Largos, en la que murieron asesinados más de doscientos dirigentes políticos, industriales y hombres de poder, acusados de conspiración contra el Estado; tomó el control político defiinitivamente de las Instituciones y el ejercito le juró lealtad.
La historia de Oscar Matzerahz, que cuenta en primera persona sus andanzas desde finales de los años veinte hasta poco después del final de la guerra, fue aclamada en Alemania en 1959 cuando vio la luz, y sirvió para que un buen número de escritores reflexionaran sobre lo que supuso para el país el nazismo y la segunda guerra mundial, para comenzar a liberarse del peso de las atrocidades cometidas y evaluar con sentido el horror que habían vivido, la sensación vergonzosa de haber sido hipnotizados. Encerrado en un psiquiátrico, Oscar cuenta su fantástica vida a lo largo de esas décadas. A los tres años recibe como regalo de cumpleaños un tambor de hojalata que no soltará hasta el fnal de su días. Con una prosa deslumbrante, a menudo barroca como el personaje, rica en matices y llena de lirisimo, Oscar, que no crecerá nunca más y posee una agudísima conciencia de todo desde muy pequeño, comenzará su devenir por el mundo en los dificiles años de la alemania de preguerra. A esa edad temprana ciertos acontecimientos lo llevan a decidir que no desea crecer y descubre que su tambor es una forma de espantar sus demonios personales y su miedos y posee un poder inmenso que irá descubriendo a lo largo de las páginas del libro. La creatividad del texto es extraordinaria, desde la historia de la abuela Ana Bronski y sus siete faldas, bajo las cuales se escondía de niño Oscar, pasando por todo esos personajes memorables, Jan Bronski, Greta Scheffler, Agnes Bronski, El señor Meyn, Segismundo Markus, Bebra, la novela está llena de historia fantásticas, de orígenes inciertos, de anécdotas hilarantes y amargas, de digresiones brillantes en la narración que van dibujando con una precisión extraordinaria y precisa el ambiente que acompañó la llegada de los nazis al poder, el engaño que fueron perpetrando ante la mirada pasmada del pueblo, testigo y participe en su mayoria del desastre, los efectos de la guerra y el vacío y la verguenza posterior. La lucidez de Oscar de alguna manera va anticipando los sucesos con su particular modo de mirar el mundo.
Novela quijotesca, importantísima para la literatura alemana -sin duda aspecto secundario dada su enorme universalidad-, entronca con la picaresca española, con Rabelais y Cervantes, y se convirtió en poco tiempo en una de las grandes obras del siglo. El Premio Nobel del autor en 1999 aumentó la influencia de la novela y su enorme repercusión literaria. Ha encandilado a todo tipo de lectores hasta convertirse en un clásico del siglo XX, de una luz interminable, llena de placer estético y de avisos para el futuro. Nada que ver con el auge de malas novelas ambientadas en el pasado tan de moda ahora.
Recuerdo haber leído El tambor de Hojalata con la boca abierta y la risa en el rostro, con el horror y la emoción de descubrir la esencia de esos años, con la carcajada ruidosa de Oscar reproduciéndose interminable desde las paredes del manicomio, diciendo a gritos que la Historia es terrible y la vida es un juego extraño. Es uno de los libros que más he prestado y recomendado, quizá porque lo leí en 1993, en una época compleja de mi existencia en la que necesitaba de la magia y el impulso de una obra como esta y me sirvió de mucho. Intenté incluso imitarla sin suerte. Es única, y envidio sinceramente a quien vaya a leerla por primera vez, es tan inolvidable como un primer amor.

GÜNTER GRASS

Siempre me pareció una especie de abuelo terrible, con su fiera mirada afilada y esa pipa colgando de sus labios. Posee la sabiduría de la gente de otro siglo, y a menudo me lo he imaginado de joven participando en grandes bacanales, esbozando sus atronadoras ideas, tratando de poner algo de sentido común a una Historia que siempre le tocó las narices. De alguna forma lo veo en su caserón perdido en Behlendorf mirando con ojos tristes el devenir del mundo, también alegrarse de repente porque un niño toca a su puerta y le recuerda que una vez él fue así y se perdió. Sus famosas declaraciones en las que reconoció haber pertenecido al partido nazi durante la guerra no han mermado su honestidad y su lucha por valores universales. Siempre escribió sobre su tiempo, acerca de lo que había vivido o lo que creía que podía suceder. En realidad su afán fue sencillo, no creerse lo que le decían y buscar con sus propios ojos la verdad del mundo, aunque fuera tan extravagante y compleja como algunas de sus novelas. Años después, El Rodaballo o Mi Siglo, volvieron a afirmarme en la sensación de que tenía delante de mí -y encima estaba vivo- a uno de los escritores más grandes del siglo y, probablemente, de la historia de la literatura. Dicen de él que ahora escribe poco y pinta sus cuadros la mayor parte del tiempo. Todas sus palabras, en realidad, fueron el esbozo verbal de unos ojos privilegiados que decidieron colorear el mundo intentando hacerlo comprensible para nosotros.

Biografia

Günter Grass (Ciudad libre de Danzig, 16 de octubre de 1927), escritor y artista alemán, galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1999 y el Premio Nobel de Literatura en el mismo año. Son múltiples sus compromisos en los campos del arte, la cultura, la política y los derechos humanos. Realiza obras de ilustración, como en Der Schatten (La sombra. Los cuentos de H. C. Andersen vistos por G. Grass, por la que obtuvo el premio Hans Christian Andersen de ilustración en 2005, o la edición de sus poemas completos, que llenos de extraordinarios dibujos.

Obras

• Faltan diez minutos para Buffalo, 1958
• El tambor de hojalata, 1959
• El gato y el ratón, 1961
• Años de perro, 1963
• Antes, 1969
• Anestesia local, 1969
• Diario de un caracol, 1973
• El burgués y su voz, 1974
• El rodaballo, 1977
• La Ratesa, 1986
• Sacar la lengua, 1988
• Alemania: una unificación insensata, 1990
• Madera muerta, 1991
• Malos presagios, 1992
• Unkenrufe 1992, 1992
• Tierra de noviembre, 1993
• Es cuento largo, 1996
• Mi siglo, 1999
• A paso de cangrejo, 2002
• Pelando la cebolla, autobiografía, 2007

LA PELÍCULA

El tambor de hojalata es una película de Volker Schlöndorff, de 1979, que ganó el oscar a la mejor película de habla no inglesa en ese mismo año y la Palma de oro del festival de Cannes. Retrata muy bien el mundo de la novela, es original e intensa, muy divertida, pero vale la pena verla después de leer la obra literaria.

21
nov
07

federico fellini

fellini-drawing.jpg

Fellini es un de los grandes artistas del siglo XX. Pertenece a esa última generación de cineastas que creyeron todavía que el cine era un arte. Con una filmografía intensa y personal arraigada en la crítica social, la estética del circo y la imaginación surrealista, Federico Fellini ha pasado a la historia como uno de los creadores más originales e influyentes del cine. Su obra parece hoy en día de otro planeta por su ambición visual y por la libertad de sus contenidos. Aportó al cine maneras nuevas de narrar, inventó ciudades únicas, espacios que siguen impresionando a pesar de los años transcurridos y nos dejó ese sinsabor de pensar que no tenía sucesor.

 

Nació en el puerto de Rimini, a orillas del Adriático, y se educó en varios colegios católicos cuyo ambiente espiritual marcaría su trabajo cinematográfico. Tras trabajar como reportero, caricaturista y autor de guiones cómicos, obtuvo su primera gran oportunidad colaborando en el guión del clásico neorrealista Roma, ciudad abierta (1945), de Roberto Rossellini.

 

Establecido como guionista, debutó cinco años más tarde como director con la historia de un grupo de cómicos itinerantes, Luci del varietà (1950), que rinde testimonio del estilo neorrealista de su primera filmografía. Cuatro años más tarde, La Strada (1954), conmovedora historia de una chica vendida a un artista callejero, lo lanzó a la fama al lado de la actriz Giulietta Masina, su esposa desde 1943, y registró su abandono del neorrealismo a favor de la imaginación desbordada y las escenas surreales. Alma sin conciencia (1955) y Las noches de Cabiria (1957) consolidaron con sendos éxitos su carrera, que conquistó una nueva cumbre con La dolce vita (1959), una sátira implacable de la sociedad italiana que fue condenada por la iglesia católica y se convirtió en éxito mundial de taquilla.

 

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la dolce vita

 

Aclamado como cronista de la vida contemporánea, Fellini deslumbró de nuevo al público tres años más tarde con Ocho y medio (1962), en la que se satiriza a sí mismo como un director célebre que ha realizado hasta la fecha “siete películas y media” y sólo sabe que la siguiente será la número 8 ½. La disolución de las fronteras entre fantasía y realidad dominó también la autobiográfica Giulietta de los espíritus (1965), en la que Masina encarna a una mujer burguesa que, acuciada por los celos, se interna en un mundo de fantasías alucinatorias.

 

Inspirada en el clásico en latín de Petronio, Satyricon (1969) se erigió cuatro años más tarde como la cinta más heterodoxa y fantasmagórica de Fellini, con las aventuras de dos bisexuales que transitan por un mundo pre-cristiano colmado de personajes grotescos e imágenes oníricas de desnudez, sexo y violencia. Elogiado por muchos como el precursor de un nuevo cine que ignoraba todas las convenciones, se suceden sus películas más personales e inclasificables, en las cuales agudiza la originalidad de su mirada legándonos un puñado de películas e imágenes memorables, como Roma de Fellini (1972), un homenaje delirante a su ciudad, Amarcord (1974), especie de meditación autobiográfica de sus vivencias de infancia y Casanova (1976), una extraordinaria película sobre el famoso amante italiano.

 

SATYRICON

 

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CASANOVA

 

Casanova

 

casanova

 

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AMARCORD

 

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ROMA

 

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Durante los ochenta, se vio más de una vez en dificultades para financiar sus proyectos, calificados por algunos de inaccesibles, síntoma del rumbo que tomaba la industria del cine, y obtuvo nuevos éxitos con Y la nave va (1984), Ginger y Fred (1986) y La entrevista (1987), un examen nostálgico de su carrera como cineasta, protagonizado por el equipo de actores que junto con Masina y Marcello Mastroianni lo acompañó durante toda su carrera.

Y LA NAVE VA

 

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Se despidió del cine con La voz de la luna (1990), interpretada por Roberto Benigni.

 

Tras recibir un Oscar en homenaje su larga trayectoria en marzo de 1993, falleció el 31 de octubre de un ataque al corazón, consagrado ya como uno de los máximos artistas del cine de todos los tiempos.

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FILMOGRAFIA

* Luces de variedades (Luci del varietà) (1950), codirigida con Alberto Lattuada. Se trata de una comedia sensible y vital sobre la farándula.

* El jeque blanco (Lo sceicco bianco) (1951), fue su debut oficial y en ella aparece Giulietta Massina en un pequeño papel junto a Alberto Sordi. En ella se perciben algunas características luego reconocibles en el director: el tratamiento de la gran urbe de Roma como espectáculo en sí mismo, la contencion expresiva de los actores, etc.

* Los inútiles (I vitelloni) (1953), segunda comedia de Fellini, esta vez con Sordi y Aldo Fabrizi, convertida hoy dia en todo un clásico del cine italiano. Feroz sátira contra la amoralidad de la vida social de la Italia de entonces, se interna en el patetismo y la acidez que más caracterizarán la posterior filmografía del director.

* Amores en la ciudad (L’amore in città) (1953) – episodio Una agenzia matrimoniale. En este excelente film de episodios que fluctuan entre el drama y la comedia compartió dirección con Rossellini, y contó con Ugo Tognazzi y Antonio Cifariello, entre otros actores.

* La strada (1954). Primera obra maestra del realizador. Anthony Quinn, Giulietta Massina y Richard Basehart quedaron inmortalizados en esta melancólica y triste historia ambientada en el mundo circense, que enamoró al público en su estreno. Poética.

* Alma sin conciencia (Il bidone) (1955). Sin ser un drama negro plenamente neorrealista, sí incluye secuencias propias de esta corriente. En el film, Richard Basehart y Giulietta Massina sobresalen junto a Franco Fabrizi del resto del reparto, y la maestría con que Fellini va abordando cada película se hace palpable para crítica y público.

* Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria) (1957). Segundo gran éxito de su director tras “La strada”, y segunda obra capital de su carrera. La historia de una prostituta y sus anhelos está servida con una realización y una puesta en escena que rayan la perfección técnica, amén de un guión magníficamente trazado, que hacen de éste uno de los títulos más señeros del genial Fellini. François Perier y la Massina brillan en un film único. Como curiosidad, señalar que otro grande el cine con un universo propio (Bob Fosse) rodó un remake en Hollywood de este film en clave musical de considerable éxito (“Noches en la ciudad”, 1968) con Shirley MacLaine, John McMartin y Ricardo Montalbán.

* La Dolce Vita (íd.) (1960). La película por excelencia de su director, de cara al gran público, y uno de los títulos más famosos del cine europeo de los 60. Mastroianni como maestro de ceremonias de la alta sociedad romana, en su labor de cronista de sociedad, y la disección que hace Fellini de toda una época, aparte de la conocidísima escena de Anita Ekberg en la Fontana di Trevi han hecho que la cinta adquiera la categoría de mítica. También en el reparto, convence la siempre desaprovehcada Yvonne Furneaux.

* Boccaccio ’70 (1962) – episodio Le tentazioni del dottor Antonio. En esta película de cuatro episodios, homenajeando las historias de Giovanni Boccaccio, trabajó con otros dos impecables cineastas del cine italiano: Vittorio de Sica y Mario Monnicelli, y volvió a dirigir a su amada Anita Ekberg en su primera propuesta rodada en color.

* 8 ½ (8 e ½) (1963). Para muchos, su mejor film. Las vicisitudes del rodaje de una película y la desintegración personal del director (magistralmente interpretado por Mastroianni) sirvieron a Fellini para saldar cuentas consigo mismo y con la industria, y para establecer las bases definitivas de su estilo (que ya no abandonará ninguna de sus películas posteriores). Recientemente ha sido elegida como una de las 10 mejores películas italianas de todos los tiempos -junto a por ejemplo, la célebre “Cabiria” de 1914 dirigida por Giovanni Pastrone-.

* Giulietta de los espíritus (Giulietta degli spiriti) (1965). Sorprendió a la crítica de entonces por el uso del color como elemento expresivo y simbólico -que luego también usaron Ingmar Bergman en “La pasión de Anna” (1969 o R. W. Fassbinder en “Brehmer Frerit” (1974)-. La película contiene una de las mejores interpretaciones de Giulietta Massina -si no la mejor-, en un papel escrito expresamente para ella donde la actriz logra dotar de una amalgama de matices mucho más rica que hasta la fecha a su muy felliniano y eterno personaje de mujer frágil y desamparado frente a un mundo abigarrado, dentro de un guión sencillamente maravilloso, que rindió a los pies del realizador a los críticos de medio mundo. En esta cinta, de menor acogida comercial que sus antecesoras, comienza a introducirse un cripticismo moderado que se hará totalmente patente en el barroquismo de su “Casanova” (1974).

* Tre passi nel delirio (1968) – episodio Toby Dammit. Louis Malle y Roger Vadim dirigieron los otros dos episodios de este film (“Historias extraordinarias”) basado en relatos de Edgar Allan Poe.

* Block-notes di un regista (1969) – TV

* Satyricon (Fellini Satyricon) (1969), fue seguramente su mayor triunfo a nivel personal junto a “Amarcord” y a su versión de “Casanova”. Todos los egos, genialidades, obsesiones, filosofías y demás cualidades del director están presentes en esta obra, que sigue la célebre obra homónima de Petronio. Metalenguajes e intertextualidad (ahora tan de moda en literatura, ciencias sociales, etc) se dan la mano en un film barroco, visualmente espléndido y muy placentero de ver para todo admirador de una verdadera obra de arte.

* I Clowns (1971). Pequeña, sensible y conmovedora cinta que, sin aportar excesivas novedades a la carrera de Fellini, trasluce el amor del cineasta por el mundo circense y por lo que representa para él.

* Roma de Fellini (Roma) (1972). Excesiva, prolija, repetitiva, y sin embargo un nuevo y lúcido ejercicio de representación simbólica, en este caso en homenaje a una ciudad y sus gentes, un modo de entender la vida, etc. Sociológicamente interesante, Antropología Cultural incluída, la película desborda su argumento.

* Amarcord (1973). Probablemente el último film de Fellini de relevancia internacional, Oscar a la mejor película extranjera incluído. El mundo de su infancia, la familia, la clase obrera, la miseria y la mentalidad de la “Italia profunda” (en el buen sentido) se conjugan excepcionalmente en una disertación viva, alegre y colorista, con mucho sentido del humor (el humor felliniano) y el deleite narrativo del que hacía gala.

* Casanova (1976). Uno de los hitos en la carrera del realizador. Ambiciosa y arriesgada, pese a contener todo el universo de su creador, adapta de forma libre las célebres memorias del conquistador italiano Giacomo Casanova. Pese a que su éxito en taquilla no fue tal, la cinta desborda cine y sabiduría por los cuatro costados, tiene un considerable derroche de fantasía y quizá ilustra mejor que ninguna otra las obsesiones del gran cineasta sobre la vida y la muerte. Imprescindible.

* Ensayo de orquesta (Prova d’orchestra) (1978). Poco conocido pero excelente film agridulce, que anticipa la infinita nostalgia-melancolía-filosofía vital que enmarca “Ginger y Fred”. Estimable de verdad.

* La ciudad de las mujeres (La città delle donne) (1980). Resultó ser su última colaboración con Marcello Mastroianni como protagonista absoluto, y permanece como uno de los mejores trabajos del cineasta. Se ha escrito mucho sobre la figura femenina en el cine de este director, y no siempre se ha entendido la relación de amor-admiración-misoginia-crueldad tan intensa del gran Federico con ésta. Inolvidables interpretaciones aunque ha envejecido considerablemente (Mastroianni, Ekberg, Ettore Manni.

* Y la nave va (E la nave va) (1983). Ópera, cine de época, toques de surrealismo simbólico y vanguardia visual se entremezclan en la penúltima película del realizador que gozaron los espectadores de cine. Quizá no sea la mejor película de su director, pero revisándola hoy en día, uno percibe la serenidad con la que Fellini convivió durante sus últimos años de vida.

* Ginger y Fred (Ginger e Fred) (1986). Obra maestra y punto. Ginger Rogers demandó a Fellini por el título de la cinta, referencia obvia. Inmensos Massina y Mastroianni.

* Entrevista (Intervista) (1987). Film documental donde se habla de Fellini y sus películas por gentes que trabajaron con él. Tiene su aquél, pero no es ninguna joya del cine documental.

* La voz de la luna (La voce della luna) (1989). Con Roberto Benigni. Inédita en los cines españoles y de media Europa (no así en TV, donde se pasó en Canal +

 

 

15
oct
07

las invasiones bárbaras

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-Hemos sido, es increíble, separatistas, independentistas, soberanistas, soberanistas y asociacionistas…

-Al principio fuimos existencialistas…

-Leímos a Sartre, Camus…

-…y después a Frantz Fanon y nos convertimos en anticolonialistas.

-Después de eso leímos a Marcuse y nos volvimos marxistas…

-…marxistas-leninistas

-…troskistas, maoístas…

-… más tarde vino Solzhenitsyn y cambiamos de idea para hacernos estructuralistas…

-… feministas…

-… y deconstructivistas…

- ¿Hay algún ismo que no hallamos adorado?

- El cretinismo ¡por supuesto!

                                                     ************

- ¿Y porque hemos sido tan imbéciles?

-¿Debemos suponer una ineptitud congénita?

-No lo creo, pues al contrario de lo que piensa la gente, la inteligencia no es una cualidad individual sino un fenómeno colectivo, nacional e intermitente…

-¡Una nueva teoria!

-Por supuesto. Atenas, Euripides, en las gradas esos dos rivales, Sofocles y Aristófanes, y esos dos amigos, Sócrates y Platón… la inteligencia estaba allí…

-Tengo una mejor… Florencia, Palacio Vecchio, dos muros opuestos, dos pintores, a la derecha Leonardo Da Vinci, a la izquierda Miguel Ángel. Un aprendiz, Rafael, un mecenas, Nicolas Maquiavelo. ¡Forza Italia!

-Filadelfía, Usa, 1776-1796. Declaración de la Independencia y la Constitución de los Estados Unidos de América… (Cuando, en el transcurso de los acontecimientos humanos…) Adams, Franklin, Jefferson, Washington, Hamilton y Madison… no hay un sólo pais que tenga esa suerte ahora…

-Yo nací en Chicoutimi , Canada, en 1950…

-Es un milagro que no seas más tonto de lo que eres…

-En 1950 el mundo era tan idiota en Chicoutimi  como en Atenas

-Si hubieras nacido en Italia, hubieras defendido a las Brigadas Rojas, muy brillante…

-… y ahora a Berlusconi…

- … y en Filadelfia hubieses votado a George Bush… 

-… ¿has visto? Al final va a resultar que no eres tan idiota.

-La inteligencia ha desaparecido, y no quiero ser pesimista, pero hay veces que está ausente mucho tiempo…

-De la muerte de Tácito al nacimiento de Dante ¿cuánto tiempo transcurrió? ¿once siglos?…

                                                               * * * * * * * *

-… ¿No tienes hambre?

-No…

- Jamás creí que pudiera asistir al día en que rechazaras la trufa fresca…

-Pues fíjate, querido amigo, ese día ha llegado…

-¿Un sorbito de vino al menos?

-Bebed a mi salud y contadme lo bueno que está el vino…

(Todos brindan)

 Las invasiones Bárbaras. Denys Arcand. 




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