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Robert Capa
No sé exactamente de qué manera, pero todo termina por alcanzar algún sentido. Tal vez somos nosotros quienes deseamos con tanto fervor que algunas de las cosas que vivimos lo tengan y así concebimos el orden, la metáfora que nos guía.
Hace algo más de un mes acudí a un entierro. Llovía a mares y me uní, a primera hora del atardecer, a la comitiva que recorría el camino de tierra del cementerio municipal de Valencia. Acompañaba a mi padre. Lo hacía porque a estas alturas tengo la sensación –sin ápice de culpa, sólo con la suavidad del agradecimiento- de que le debo un centenar de cosas, miles de inquietudes, alguna visión del mundo rabiosa y esa pequeña dignidad que me suele quedar ante lo descomunal del universo. Caminábamos despacio. Sostenía el paraguas que nos protegía del aguacero y en ese insignificante gesto deseaba poder ofrecerle todo el consuelo posible. Me sucede algo similar cuando un pequeño triunfo asoma en el paisaje yermo de mi existencia y lo primero que pienso es en llamarlo aunque esté a cientos de kilómetros de su casa.
Hace muchos, muchos años que dejé ese hogar alegre y, sin embargo, siempre he sabido que podía volver, regresar con la mochila cargada de dolores, emociones y nuevas derrotas. Eso es impagable en un mundo como el nuestro, tan despiadado e incomprensible. También sabía que la muerte de su viejo amigo lo dejaba huérfano, sin más interlocutor que yo en medio del tiempo vencido, de las alegrías esporádicas, de la ilusión por el pequeño Mateo y sus cuitas, sumido en el descubrimiento de internet o ante la exasperación frente a la crispación de esta pobre democracia, esa inmoralidad de los viejos tiempos autárquicos tratando de apoderarse del presente, de la poca paciencia y la impericia de este país para calmarse y decidir emprender algo juntos sin acritud. Mientras avanzábamos pegado uno y al otro, pensé en la cantidad de cosas hermosas que me había dejado y en la aguda necesidad de decírselo, de que lo supiera. Su fragilidad era en el fondo mi propia historia; una fragilidad rocosa, insistente y decidida, una fragilidad capaz de sobreponerse, de avanzar, de construir y enseñar, pero llena de esa inteligencia que duda, que evoluciona, que es capaz, a pesar de la edad a sus espaldas, de resistir. Deseaba decirle que él había convertido la paternidad en algo sagrado, que sus defectos se habían hecho avisos, sus miedos pequeñas valentías, sus extravagancias un modo de vida, sus pesquisas una guía para mis sirenas. En ese instante, sujetando su pequeño cuerpo, pensé que todo guardaba un profundo sentido, que mis defectos eran cosa mía, que lo que me quedaba bueno nacía de él y que el tiempo había cobrado una razón lógica en ese paseo. Es difícil romper la incertidumbre entre los seres humanos, alcanzar el interior de los otros. Lo es también entre un padre y un hijo.
En agosto de 2008 colgué en este blog un poema llamado Cartografías. Es uno de esos pocos poemas escritos por mí que me satisfacen, y ante su relectura suele desaparecer ese rubor que asola mi rostro cuando me enfrento a la posibilidad de compartir mi escasa poesía. Cuando nos detuvimos frente al nicho del viejo amigo, mediada la ceremonia triste y desconsolada la familia que se aferraba a mi padre como naúfragos en esas escasas maderas que contienen alguna incierta salvación, le noté un temblor que recorría sus brazos. Entonces sentí de nuevo esa necesidad de explicarle en qué consistía mi existencia, este confuso despropósito de sueños incumplidos y vitalidad ciega. Deseaba describirle en qué medida su presencia había sido un regalo irreemplazable, único. En ese momento recordé el breve poema que había escrito hacía un par de años, también los largos paseos compartidos a su lado por la Sierra de Gúdar, la ayuda desinteresada ofrecida sin precio en muchos momentos aciagos de mi vida, la extraña sensación de imaginar una existencia en la que él no estuviera. Aquellos versos, construidos desde las premisas delleuzianas que tanto me obsesionaron algún tiempo, hasta que comprendí que ese mundo filosófico, esquemático y profundo, era en verdad extraño a los elementos emocionales que tantos años atrás me empujaron a amar la literatura, que no me servía para describir pasiones lectoras cuya esencia guardaba relación con hechos sentimentales y poco o nada tenía que ver con conceptos filosóficos, acudieron a mi memoria. Que más tarde llegara a afirmar que la lectura era un goce, una pulsión, un placer estético, moral e intelectual, desmesurado que apaciguaba mi sed, el hambre o la insatisfacción, que me permitía adentrarme en otros mundos y en mi propia vida, y reconocer sin prejuicios ni titubeos que Don Quijote fue siempre humano, era una cuestión aparte respecto a las coordenadas estéticas que conformaron la composición de Cartografías. Esos versos, sin embargo, habían llegado hasta ese instante tan sólo para que pudiera decirle en unas palabras todo lo que había guardado de su mundo en mi alma, esas cosas a las que no pensaba renunciar a pesar de los pesares: la belleza de un sentido, de una lucha, una expresión modesta de su enorme humanidad aprendida durante años.
Entonces recité el poema en su oído, y él, que conocía aquellos versos desde entonces sonrió. Murmuró Cartografías: se sabía esas palabras de memoria porque sin yo intuirlo siquiera fueron importantes para encontrar algún sentido a su existencia, como si el premio hubiera sido en el fondo descubrir que tras las máscaras de su hijo mayor surgía su propia continuidad, distinta y tal vez imperfecta, pero impregnada del hálito con el que quiso insuflar de verdad a todo cuanto hizo. Fue consciente de que era un poema sincero y mi pequeño homenaje a la paternidad, a la figura de la paternidad que a lo largo de mis treinta y cinco años había conformado la relación con él, o con esa especie de padre conocido en otros, leído o entrevisto por casualidad, que constituye en su complejidad lo que yo más admiro del sentido de la paternidad.
Soy consciente de aquello que afirmaba ufano mi querido Oscar Wilde: que sólo la mala poesía es sincera. Pero nuestro admirado Wilde dejó a la posteridad no sólo una sólida obra literaria sino un sinfín de boutades del estilo. Nadie es perfecto. Creo de todas formas que el concepto de sinceridad debería ser desmenuzado a la Wittgestein antes de pronunciar semejante sentencia. En verdad, lo único que había deseado era escribir un buen poema que me sirviera para expresar uno de mis mundos ideales, aunque esta vez el espacio, el lugar, los personajes, eran reales como el paraguas que sostenía bajo la lluvia protegiendo a mi padre, y no sólo a él como persona, sino lo que representaba a mis ojos: la dignidad del sueño, la capacidad de apretar los dientes y aspirar a la dignidad, la entereza de una ilusión de justicia, la necesidad de moral en un mundo amoral, la fuerza que guardé en ese instante y que llegaba desde su catalejo antiguo con el que oteaba el horizonte, de su afán por insistir en mis improbables sirenas en las que nadie creía.
El verano pasado, el resultado de las sesiones musicales con tres fanáticos, David Turksma, Thierry Gedigier y Daniel Ariño, músicos de vocación y de fe que frecuentaban de tanto en tanto mis poemas, dejó una canción de apenas un minuto y medio en la que Cartografías se arrancó de encima las premisas racionales y alcanzó a mostrarse ante mis ojos como un poema breve del que me sentía muy cercano al contrario de lo que me sucede con la mayoría de mis versos. No he tocado en todo el tiempo transcurrido desde su escritura hasta ahora ni una sola coma, ni he cambiado media palabra, algo tan inusual teniendo en cuenta mis eternas dudas.
En el pequeño impasse de tiempo entre finales de agosto y principios de septiembre del 2009, pasando unos días en ese paraíso tan querido de la Sierra de Gúdar, en Teruel, el equipo que formábamos aquella hermosa expedición tomó la decisión de hacer un vídeo en torno al poema y a esa canción compuesta meses atrás. El resultado fue el Videopoema Cartografías. Debo confesar que tardamos un par de días en precisar la idea, y cinco horas de grabación que forman parte de mis recuerdos más hermosos y divertidos de los últimos tiempos. El poema quedó guardado en la memoria de los que participamos, y apenas visionado en formato DVD por un puñado de amigos que lo celebraron.
Si la idea fue adentrarme en la paternidad a través de la palabra poética, el videopoema terminó por reafirmar el sentido de los versos. En febrero de este año, por una casualidad, un compadre nos habló de la posibilidad de distribuirlo en algunos festivales y de participar en algún posible premio. Sostengo la alegría de haber conseguido, junto con las personas que participaron en su creación visual, que la pequeña pieza se haya visto en unos cuantos rincones del mundo. Es posible que técnicamente el vídeo no pueda ganar una competición cinematográfica, así que asumo el destino del mismo y no quiero entrar en mayores valoraciones, al fin y al cabo, primero fue un poema –un homenaje-, y el resultado posterior no es otra cosa que la posibilidad de alcanzar a un público que jamás leería poesía. Pienso que Cartografías alcanza a representar a través de los versos, las imágenes y la música, una digna metáfora que me apetece compartir.
Para colgar el poema en agosto del 2008 utilicé una fotografía de Robert Capa en la que aparecía Ernest Hemingway y su hijo, la misma que encabeza estás notas. A pesar de la escopeta, la imagen representó a mis ojos esa poética de la paternidad respirada. Sólo espero que mi padre sepa la razón de éste impulso, el porqué de esas palabras que en el fondo son suyas, esta ilusión de construir un pequeño regalo a los padres pacientes que como el mío siempre estuvieron dispuestos a buscar a nuestro lado a las sirenas.
Al final todo termina por alcanzar un sentido.
Transcribo el poema una vez más.
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CARTOGRAFÍAS
(La literatura moderna no puede ser otra cosa que Cartografía. Delleuze)
A Miguel Ariño, mon père…
En estos lugares se brilla poco. Todo oscuro, imperfecto y ronco.
Mi padre mira a lo lejos;
guarda su catalejo antiguo, el rumor de otro mundo.
A mí me quedan sus palabras, los ojos azules clavados en mi rostro,
la eterna sonrisa del barquero que me conduce por el lago
y la sensación de alcanzar alguna orilla en la que reposar tus vestidos.
Esto es un viaje alucinante al murmullo de la nada,
a la quietud de estar a punto y no llegar,
de conocer y derramar la poesía en el influjo de esas caderas de aire.
Otea el horizonte una vez más, padre, quizá encontremos
por fin a las sirenas.
Copyright Jimarino2008
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CARTOGRAFÍAS

A Severine Lavigne y Mateo, son inseparables ya, entre sí y de mí,
A Miguel Ariño y Aurora Navarro, por ser tan inmensos
A mis hermanos del alma, Carmen y Tangofino,
A los que esperan lo que llega con el amor que les tengo; a Mario y Sabina, a Jako y Anita, a Chantal y Michel, a Noemi Bloit y a David Turksma, a Ana Luisa y Juan, a Pope, a Manu, a Inma, a Fer y Helena, a David de los madriles, a Josete Ots, a Manolo Monterde y a Gloria Patricia, a Nacho Cagiga, a Jean Romá, a Eddy Sanchis, a Nanou, a Alex, a todos los que olvido y que sé que están aunque ellos no lo sepan…
CARTOGRAFÍAS III
Te diré que fui feliz en las fotografías
-lo verás-.
Que ante el mar siempre guardé silencio,
que grité en las montañas desnudas
y me espanté de los olvidos.
Te diré que los besos alimentaron mis lunas
-lo sabrás-.
Que cada labio que rocé alcanzó una marca
de vuelo junto a las estrellas, me otorgó
el aliento de aguantar a la intemperie la penumbra.
Te diré que fui un espantapájaros dichoso
-lo dirás-.
Que moví mis brazos al cielo y la tierra
amedrentando a los augurios dolientes
y abrazando las corrientes de aire inmenso.
Te diré que tuve buenos momentos
-los tendrás-.
Que la risa y la ebriedad me dieron un don,
que mirar fue siempre insistir y recrear,
perder una razón del miedo sordo.
Te diré que los días amanecen solos
-lo sabrás-.
Pero aún así, estar es ser algo en el cosmos,
existir es dar luz a otro ser,
a otra vida que corretea paralela a tus cielos.
Te diré que he vivido lo que pude
-tú lo harás-.
Que en cada lugar escapé de las trampas,
que gasté la suelas de las botas caminando
y vi los tatuajes en el cuerpo de las sirenas
hasta quedar exhausto de resurrección.
Te diré que tengo lugares de donde soy
-lo sentirás-.
Que hay paisajes que me quemaron de belleza,
rincones que serán tuyos,
que descubrirás tú sólo en los caminos
que surjan, en la rara distancia de este azar.
Te diré que me abrazaron algunos amigos
-serán tus abrazos-.
Que te aguarda el corazón de mis hermanos,
la caída de la tarde primaveral,
el otoño lluvioso y las tormentas de verano
llenas de agua y fresca levedad.
Te diré que el lunar de tu madre lleva la fortuna
agazapada en su seno
-lo comprobarás-.
Que cada palabra suya, ronca y severa,
será un destornillador que deshaga entuertos
y sagradas tempestades de la nada.
Te diré que pienses por ti mismo
-lo harás-.
Que los caminos que escojas sean al menos tuyos,
que cada paso que des viva en tu pecho
hasta construir una biografía verdadera.
Te diré que he gozado de las palabras
-y no fue mucho-
Que mueras por tus causas y palpite el oleaje
de la vida en las veredas y los ríos,
que sientas esta tierra entre la manos
merecedora de la alegría.
Te diré que ha valido la pena
-y lo creerás-.
Que ha valido la pena ser aire empujado,
violencia encerrada y lengua enhiesta,
que todo el discurrir de mi semilla
ha sido alimento de tu alma.
Te diré que durarás cien años y yo moriré
-lo soportarás-.
Que mis objetos muertos y los mapas que abandonaré
serán tus mapas y tú dibujarás las líneas
de tus itinerarios de hombre solo,
en un mundo asombroso de soledad.
Te diré que pienso en ti sin conocer tus ojos,
-lo entenderás-.
Que cada día que pase seré el aliento de tu aliento,
el corazón que palpita en tu pecho,
sobrecogido por tu miedo y tus derivas rotas.
Te diré que en cada naufragio hay un asidero
-te darás cuenta-.
Que será el amor de las sirenas o el mistral del deseo,
la aparecida luz de las palabras o el fluir de las imágenes,
las oraciones que inventes para velar el tiempo.
Te diré que siempre estaré contigo
-lo sentirás-.
Que pase lo que pase este río corre a tu lado
aunque desemboque ciego,
que esta historia que despreciarás
será la historia de tus antepasados.
Te diré que las nubes cubren el cielo
-lo sufrirás-.
Que cuando nada te alivie y duela la vida,
que cuando más sólo duermas tu tristeza,
más cerca de ti estará el espantapájaros
y ese día nuevo que alumbrará la ceniza.
Te diré que sólo escribo para no morir vacío
-lo alcanzarás.-
Porque hasta tú vienes de la literatura de mis sueños,
del dibujo que quise gritarle a las lunas,
de la llama que atrapé de niño al imaginar
despierto inventar una aurora de palabras.
Copyright Ariño2008
cartografías II
CARTOGRAFÍAS II
Siento que continuo,
que soy uno más de todo,
pero con la particularidad
de un sueño insignificante.
Tengo que rehacer
los senderos por los que caminé.
Encontrar una brújula
para lo que viene
y volver a soñar con las hadas.
Buscar las cartografías que le dejaré
al futuro, a su futuro.
Soy día nublado
y debo alcanzar el sol,
arder de nuevo
con la sonrisa
y la sencillez,
con el tiempo discreto.
Creer en la nada
de ver crecer
con un augurio feliz en los labios.
Tengo buenos maestros.
Me acompaña una sirena
de las más hermosas,
de las que tienen
los ojos verdes
y siguen creyendo en el mundo.
Tengo un padre
que sigue oteando el horizonte.
Una madre que susurra a los caballos
cuando llega la medianoche.
Hermanos de sangre, un hermano del alma;
algún que otro compinche
de noches en vela
y cientos de recuerdos
para ordenar.
Tengo que levantarme
como si el día naciera para él,
como si las cosas
tuvieran que volver a reinventarse.
¿Acaso soy sólo biología?
Últimamente dudo
hasta de mis estrellas fugaces,
de los besos
que quedaron atrapados
en las noches
mas cálidas que puedan imaginarse.
Tengo que volver a mirar.
¿Serán mis ojos otra vez
tan luminosos como lo fueron?
Tal vez podré apretar los dientes
y decir que la inocencia
vive de nuevo en mi pecho.
Seré capaz de coger
el catalejo de mi padre
y marcar con sangre
los senderos que llevan al mar.
Ojalá sus ojos
sean tan azules como los míos,
y en el camino que él trace
alcance a ver las huellas
de todos mis días completos
como yo viviré en los suyos.
Copyright Ariño2008
cartografía
CARTOGRAFÍA
(La literatura moderna no puede ser otra cosa que Cartografía. Delleuze)
A Miguel Ariño, mon père…













