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12
nov
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Una casa griega y la leyenda de los santos escritores

                Sé que era una casa oculta entre la abrupta pared de un acantilado y el pliegue de un fino brazo natural de tierra. Una recóndita cala griega de arena blanca y lámina azul.  Soñé con ella muchas veces. Escribí hace muchos años sobre esa casa y el acantilado, y el pliegue natural y la cala de arena blanca, y en ella sucedió una traición y luego lo olvidé todo.

                En 1926 el millonario norteamericano G.Brenan y su mujer Melissa se instalaron allí algún tiempo. Viajaron desde Saint Trópez hasta Grecia pensando que les convendría cambiar de aires. Eran amigos de los Fitzgerald, testigos ocasionales de su fiesta permanente en los salvajes años de la Riviere y la Provenza. Es posible que Scott paseara alguna vez por esa orilla de madrugada o que se quedase dormido en la playa más de una noche, borracho como una cuba, mascullando sus revoluciones literarias. No sabemos si fue el propio mister Brenan quien mandó construir la casa de madera en aquella época feliz o si ya estaba alzada antes de su llegada y se limitó a reparar las maderas en mal estado y a aislar los muros y el tejado para el invierno, a ampliar el salón y alargar el balcón hasta que rodeara por completo toda la superficie de la fachada.

                Cuentan que Lawrence Durrell y Henry Miller gritaron catorce años después a bordo de una barcaza de remos que aquel era un rincón maravilloso para morir, a unos cincuenta metros de la valla, en un amanecer oscuro y ebrio de mar calmo. Los dos se equivocaban sabiendo lo que ocurrió después.

                Ese elegante americano que se enamoró perdidamente de Zelda, que la vio perder paulatinamente su esplendor en un apagado rumor de locura y silencio mientras Scott se bebía las bodegas de Francia tratando de mantener a duras penas su obra y la fama descomunal conseguida años atrás, vio como una fría mañana de febrero del 29 su esposa se subía a una barca de pescadores con varias maletas y se alejaba para siempre de la playa sin decir siquiera adiós. Gerald Brenan no pudo soportar la soledad que sobrevino después, las noches llenas de estrellas que una detrás de otra fueron llenando el espacio de la cala, la compañía constante del mar y el deambular ocasional de los pescadores que traían provisiones una o dos veces por semana, el recuerdo de Zelda y de Melissa, las antiguas fiestas en la Côte D´Azur, el brillo de una época exterminada.

                -Todos estaban destinados al fracaso.-Eso es lo que dijo Ernest Hemingway con una media sonrisa en el rostro una mañana soleada bajo la tenue luminosidad de la sala principal de la Biblioteca Pública de Nueva York, frente a un buen número de periodistas congregados para cubrir la presentación de su nuevo libro. Ernest conocía ese rincón al menos en fotografía, sin que hayamos podido confirmar que llegase a visitar la cala alguna vez. 

                 Y esa casa construida para albergar un amor profundo y una utopía de distancia quedó abandonada en 1938, poseída por la crueldad hermosa de los dioses griegos, por las narraciones de Homero que alguna vez, quien sabe, cientos de años atrás, tal vez se acercara a esa playa antigua para buscar la existencia de un poema o el inicio de una aventura. Como me sucedió a mí en esa novela interminable que nunca llegué a concluír, cuando conté que Ricardo Rey se volvió loco tratando de escribir en una hoja la misma palabra una y otra vez, incapaz de comenzar nada que fuera duradero, abandonado por su mejor amigo, por su hermano del alma, también por ella, la mujer de su vida, en un descenso prolongado a los infiernos. Castigo de santos escritores.

                En ese lugar siempre surgirá la aventura, la literatura.

                Cuando Henry Miller viajó a Grecia en 1940 oyó hablar de un americano alcohólico que vagaba desde hacía años por las islas contando historias. Decían que vestía con harapos y lucía una larga barba blanca que le llegaba hasta el inicio del vientre. Durrel nunca creyó aquel relato de pescadores, y pensó que se trataba de un mito, de una leyenda heredada de la antigua literatura griega. Lo que no entendía es porque los isleños se empeñaban en afirmar que aquel hombre era norteamericano.

                -Prefiero los mitos a la historia, desde luego, y los cuentos que se transforman en mitos a los cuentos sin mas.- Eso le respondió Miller, con el pitillo sobre el labio inferior ligeramente torcido y el sombrero protegiéndole el rostro de un sol intenso de mediodía en Corfú, vestido de blanco y sudando ligeramente. Miraba al Colosso de Marussi a los ojos.  

                Al final convenció a Lawrence para emprender su búsqueda. Alquilaron un pequeño barco de motor con una barca de remos, y una madrugada de septiembre de 1940 comenzaron a bordear la costa y acercarse a las islas. Si el americano vivía, Henry tenía que encontrarlo. Fue una especie de pálpito inexplicable, una intuición similar a otras que habían ido conduciendo su existencia desde Nueva York hasta Europa. Estaba convencido de que aquel hombre les contaría hermosas e increíbles historias, que quizá lo hallarían en alguna de la tabernas costeras de muros blancos y húmedos, celebrando la santa ebriedad -pensó en la leyenda del Santo Bebedor de Roth-, la locura de una existencia desperdiciada, reclamando a gritos la atención de los lugareños, retándoles en el fondo, acechando con deseo el paso de las mujeres por los caminos polvorientos y pedregosos.

                Victor Lazslo, de origen húngaro y fortuna oscura acumulada durante la segunda guerra mundial, alquiló una gran embarcación de vela en el verano de 1951, y aunque nadie lo ha podido confirmar, se cree que en los camarotes del barco viajaban Miller y Blaise Cendrars, atraídos, más de diez años después de que Miller animara a Lawrence Durell a acompañarle, por la leyenda del norteamericano. Esta vez el trayecto no duró tan sólo un fin de semana, sino que durante diez días recorrieron islas, costas, rincones paradisíacos y hermosos tan sólo accesibles a pie o por el mar. Comían junto a la orilla en pequeños restaurantes costeros, dormían en el barco, hablaban incansables de mitos y leyendas, siempre atentos a cualquiera que pudiera decirles algo sobre el misterioso americano. Se detenían en cada pueblo alzado sobre la arena del mar o encima de escarpados y abruptos acantilados, en cualquier lugar donde pudieran atisbar unas casas, un pequeño puerto pesquero.  Jamás encontraron al legendario vagabundo.  

                La historia de la literatura nació a menudo de largos viajes por el mediterráneo.

                Aquella casa quedó extraordinariamente descrita en un texto de 1932 que durante algún tiempo se le adjudicó a Lawrence Durrell, hecho que él negó pocos meses antes de morir, reconociendo que sin duda le hubiese encantado escribir algo así. Aquel manuscrito me lo entregó una fría mañana de febrero en Barcelona el propio Enrique Vila-Matas, plastificado con sumo cuidado, guarecido del aire y el polvo, del tiempo, en una urna transparente y aislante. Me dijo que durante décadas, esa hoja envejecida había pasado de escritor en escritor, con una lista ilustre de propietarios ocasionales, y que a él se la había dado una tarde de primavera en Paris el mismísimo Julien Graq. No podía explicarme la razón exacta por la que me entregaba a mí el dichoso manuscrito. Simplemente se había dejado llevar por la intuición de que debía hacerlo en esa cita prevista entre ambos con casi tres semanas de antelación debido a su apretada agenda. Reconoció que apenas me conocía, y que siempre pensó en entregárselo a Roberto Bolaño, que no sólo sabía de la existencia de aquel escrito, sino que lo deseaba con fervor. Le había dejado leer el texto al menos en tres ocasiones, y cuando creyó convencido que ya no le hacía falta y decidió entregárselo a su amigo éste se murió. Llevaba dos años pensando qué hacer con el documento cuando leyó un artículo mío sobre Fitzgerald y su tormentosa relación con Hemnigway y creyó que aquello era una señal. Supongo que por eso me dio el manuscrito.

                No supe qué decirle en ese momento, emocionado porque me hallaba delante de unos de los escritores vivos que más admiro, y me concedía el honor de poseer por algún tiempo semejante presente del que había oído hablar en varias ocasiones. Pero acepté el regalo. Sólo me puso una condición. A partir de un momento –lo sabría- sería necesario que entregara, tal y como él había hecho, a otro escritor esas hojas.

                Gracias a las palabras sin autor guardadas durante más de setenta años pudimos hacernos una idea de cómo era en realidad la hermosa valla blanca que surgía de la arena, el armazón de madera que sostenía unos metros sobre el suelo la casa, la estructura del balcón que envolvía todos los muros o las escaleras que ascendían desde el pequeño porche hasta la entrada, detalles sobre la decoración, los muebles, o acerca de la forma del tejado. También supimos la historia de una mujer, cuyo nombre no se revelaba en el escrito, cumpliendo desnuda cada mañana temprano un paseo desde la casa hasta la orilla del mar. Los ventanales eran amplios y orientados para recibir con plenitud la luz. Las salas grandes y luminosas durante todo el día. Las cortinas de gasa blanca y fina oscilaban a causa de las leves corrientes procedentes del mar.  No había exceso de lujo, sólo objetos exóticos, tapices y cerámica oriental por todas partes, botines procedentes de viajes lejanos. Desde cualquier punto de la vivienda se podía ver el mar a pocos metros. En el porche se acumulaban media docena de hamacas y tumbonas, también un par de confortables sillones de esparto con cojines en el respaldo y en el asiento alienados junto a la pared. Se hablaba de un gato que maullaba a menudo al llegar la medianoche encaramado a la barandilla, y de un escritor que trataba desesperadamente de escribir una novela.  

                Durante años, muchos escritores supieron de aquel relato y lo buscaron afanosamente. Bastaba con que cualquiera empezara a escribir con cierta pretensión literaria para que de una u otra forma la historia de la casa, el americano y la hermosa mujer que se bañaba desnuda con las primeras luces del alba día tras día, apareciera, casi siempre por causalidades, en boca de un tercero o en una novela olvidada que se abría esparciendo polvo, en un documental sobre cierto escritor o en cualquier conversación inesperada sobre literatura, y el rumor sobre la existencia de manuscrito crecía y crecía entre el gremio de escritores sin que nadie se atreviera en verdad a hablar abiertamente del asunto.

                En un texto hallado en el año ochenta y dos entre el legado de Vladimir Nabokov, se descubrió que el autor ruso estaba al corriente de la extraña historia de la casa en una cala griega, aunque dudaba de que el documento que yo guardé tantos meses en un cajón de mi escritorio existiera.

                “Se trata de una especie de vellocino de oro de los escritores de ficción, de un mapa del tesoro secreto, de una leyenda acumulada que sostiene una tradición en sí misma sin que necesite un cuerpo físico. Un invento útil, un soplo de trascendencia que nos une ”

                Cuando leo esas palabras suelo sonreír.  Haber tenido en mis manos semejante texto, y creer en realidad que se trataba del famoso escrito de 1932, fue como flotar en el mullido de un nube, como sentirse elegido por una magia irremediable concedida por los dioses de las letras, por una leyenda hecha carne, sangre, tinta y papel, incluso aun cuando pueda pensar en ocasiones que Enrique me tomó el pelo, o que a él se lo tomó Julián Graq, y así sucesivamente.  La tentación de continuar ese ritual asomó muchas veces con una fuerza desmesurada y pensé maliciosamente en falsificar parte de la leyenda misma, añadir algo que la hiciera más trascendental y poderosa, participar de un modo más heroico en su continuidad para establecer una relación mayor con mi persona que la mera posesión temporal. Algo guardaba ese manuscrito sin embargo que impedía mentir sin saber exactamente en qué consistía esa prohibición. La tentación asomaba pero una voz impredecible aseguraba que la literatura debía ser auténtica, que uno no podía transformar las leyes de un arte como ese así como así incluso aunque con ello publicitara mejor nuestra tradición, que en realidad era necesario escribir bien y ser honesto.  

                Durante el tiempo que poseí el manuscrito sucedieron cosas inexplicables, pequeños detalles que cambiaron mi existencia y que sería demasiado largo de contar en estos breves apuntes.  Pero hay un hecho que no puedo pasar por alto, la historia que Pierre Michon me contó una madrugada fría de noviembre en el XIIIem de Paris, coronando la ciudad ebrios en el balcón de la casa de un viejo amigo suyo, Phillipe Sollers.

                Tal y como le conté a mi suegra, Chantal A., la fascinante historia de esa casa en Grecia, el recorrido fabuloso del texto desde 1932 hasta nuestros días, los detalles guardados, la mitología alrededor de ese vagabundo americano que contaba historias, la figura sensual de la mujer que se acercaba a la orilla, de todo lo sucedido en torno a ese lugar, con sus viajes  y visitantes y buscadores ilustres que nombré a conciencia, mi propia escritura inconsciente de los hechos iniciada a principios del año 1998, me estaba comenzando a pesar demasiado, y contemplaba desde hacia unas semanas la posibilidad de traspasar el texto a otro escritor. 

                Mientras le relataba esas sensaciones imperiosas de desembarazarme del documento no percibí en mi obsesiva exposición como el rostro de Chantal, escritora de éxito en Francia a su vez, se transformaba, como sí, a pesar de no dar crédito a la famosa historia misteriosa, a la posibilidad de que en realidad el manuscrito existiera y estuviera en manos del marido de su hija, la aproximaba a un secreto conocido por todos los escritores de ficción desde los años treinta hasta ahora. Por un instante apareció en su mente la famosa racionalidad gala y me interrumpió bruscamente.

                Había hablado hacía apenas cuatro semanas en Montpellier con Pierre Michon y Pascal Quignard sobre el asunto precisamente. Pascal estaba convencido de que todo era una invención de Henry Miller, pero Michon no estaba del todo seguro y aseguraba que Fitzgerald mencionó el manuscrito en el transcurso de una conferencia en la universidad de Princenton en 1937, a la que asistieron apenas quince alumnos ante el mito derrumbado, atravesado por el tiempo, naufragando en un mar de alcoholes de alta graduación, es decir, unos tres años antes de que Lawrence Durrell y Miller se subieran al barco para buscar al misterioso norteamericano que contaba historias, y unos catorce años antes de que Lazslo, Cendrars y el propio Miller volvieran a buscarlo.  Pascal Quignard dijo que podían ser ciertas esas palabras de Fitzgerald, pero ¿acaso el vagabundo más antiguo de la literatura, o al menos así habíamos deseado verlo la mayor parte de los escritores a lo largo de los siglos, no había sido otro que el mismísimo Homero ciego que recorría las islas contando las hazañas de la Odisea, leyenda apócrifa pero sugestiva que nos alimenta? ¿O no era verdad que con un poco de imaginación podíamos asociar ese manuscrito y al americano que supuestamente lo había escrito con Moby Dick y el Capitan Ahab de Melville?

                Saber que Chantal A. conocía a Pierre Michon me hizo proferir un aullido animal que la asustó. La miré fijamente a los ojos y le dije que necesitaba ver a Michon lo antes posible, que había sido él precisamente el escritor en el que había pensando para traspasar el texto guardado, y al alejarme de la sala para buscar a Helene entre la sombras del dormitorio, no percibí la mueca de dolor que por un instante ocultó la alegría natural de mi suegra. A pesar de todo su escepticismo, por un instante, creyó convencida que yo había decidido concederle el honor de poseer, como todos los nombres ilustres anteriores que lo hicieron, el famoso manuscrito griego de 1932.

                Su decepción fue menor que el asombro provocado por la historia que le conté. El propio Enrique Vila-Matas me había ofrecido ese texto, un escritor que ella adoraba, al que coquetamente, en alguna ocasión, me había comentado amaba en secreto, o mejor, de quien se había enamorado a través de sus palabras, de sus historias.

                Fue una suerte que apenas una semana después Michon acudiera a una conferencia en Le Halle, que surgiera escuálido y solemne de entre la masa y mirara con sus ojos miopes –o al menos eso me pareció- por encima de la gente acumulada en el salón de actos y me viera. Una hora después, gracias a la mediación impagable de Chantal, cenábamos en un agradable restaurante judío de Les Marais. Entre hummus y bolitas de carne y salsas aromáticas Michon relató su encierro. Era un hombre agradable, nada terrible a pesar de mi turbia imaginación y del respeto excesivo que mostré hacia él y su solemne e impresionante literatura. Monstruo vivo que exhalaba carcajadas gozosas de literatura. Entonces contó esa historia, la de Antonin Artaud, y yo le dije que el manuscrito estaba en mis manos y había decido entregárselo a él por muchas razones. Primero porque lo consideraba un maestro, y segundo porque yo apenas tenía tiempo para escribir, y consideraba un despilfarro que siguiera en mis manos sí dudaba de mi condición de escritor. Sus ojos se humedecieron de repente. Alzó la copa de vino, bebió un trago lento y largo, y cuando abandonó la copa sobre la mesa me contó que veinte años atrás, a mediados de los años ochenta, poco tiempo después de publicar Vidas minúsculas, recibió una carta de un sacerdote de Aix-en Provence, de nombre Bernard Ferrand.

                -Este sacerdote era muy anciano –dijo-, un hombre muy sabio. En los años cuarenta, en plena guerra, había editado un libro de poemas hoy imposible de hallar.

                Se encontraron en un café de Le Cours Maribeau. Lo reconoció enseguida, flaco, diminuto sobre la silla, muy viejo en comparación con la juventud que ocupaba la terraza aprovechando el buen tiempo de un mes de mayo luminoso. Se miraron por unos segundos. Michon encendió un cigarrillo y el sacerdote le confesó que Vies minuscules había sido una experiencia estética deslumbrante. Michon agachó la cabeza y se sentó frente a él.

                -Hace muchos, muchos años, fui a visitar a Antonin Artaud al psiquiátrico donde estaba recluido. Cuando le pregunté por el secreto de su profunda obra, por esa especie de oscuridad lúcida y terrible que planeaba en toda su literatura y en sus ensayos, Artaud dijo que el oscuro era él, que sus textos estaban llenos de una luz heredada, de un secreto ajeno guarecido misteriosamente en su mente confusa. Existía un manuscrito dijo, un manuscrito que él había leído, del que incluso podía recitar de memoria pasajes enteros, rezar esa hermosa prosa que en Grecia, en 1932, un vagabundo americano dejó escrita sobre una casa junto a la orilla del mar, en una cala perdida, rodeada por un brazo de tierra y un abrupto acantilado. Tenía la intuición de que en verdad el americano no había compuesto esas frases en el año que todos fijaban como origen, sino que había encontrado un pergamino algunos años atrás en Atenas, datado varios siglos antes de Jesucristo, y se había limitado a traducirlo al inglés, adaptar ciertas descripciones a su época y a transcribirlo en la hoja de papel que circulaba desde hacía años de escritor en escritor. Me aseguró que Cervantes había tenido en sus manos el texto original, y que incluso Shakespeare llegó a guardarlo egoístamente más de un lustro. Habló emocionado de otros propietarios ilustres; Flaubert, Tolstoi, Dostoiesvki, Proust e incluso Joyce.

                Poco antes del amanecer, cuando bajamos a la calle para despedirnos ebrios y fatigados, a pocas manzanas de la cúpula de Les Invalides, saqué de la carpeta que había arrastrado conmigo toda la noche el supuesto texto de 1932. Los ojos de Pierre se iluminaron ante el papel plastificado. Tardó unos segundos en reaccionar. Se sentó en un banco del puente. De lejos parecíamos dos clochard enfundados en abrigos oscuros, yo con un gorro de lana, y él con una gorra de sport marrón claro, las bufandas apretadas alrededor del cuello, los rostros impresionados. Nada más comenzar a leer las primeras líneas del texto Michón empezó reír, primero con suavidad, enseguida carcajadas que resonaron a través de las aguas del Sena. Quise que me dijera si sabía algo sobre el escritor norteamericano vagabundo, sobre aquella casa que construyó o rehabilitó Brenan, sobre el misterio de esas palabras que había guardado algún tiempo, pero se fue alejando alzando la mano a modo de despedida, sin dejar de reír.

                -Adiós, Jimarino, adiós.

                Le grité que me dijera por qué se reía. Se lo pregunté varias veces. Michon se daba la vuelta y alzaba el brazo,

                -Lo sabía. Lo sabía. Me lo dijo Hugo Clauss. También Claudio Magris. Y Tabucchi. E incluso Günter Grass.

                -¿Qué te dijeron?

               Comenzó a llover. Oí algo de un secreto. La tromba de agua ensordecía sus palabras, ya situado a unos veinte metros de donde estaba empapándome… Letras… El futuro. Un lugar en el mundo. Las carcajadas continuaban… Nuestra casa.

                -¿Nuestra casa?

              Se borró de repente. Tuve la sensación de que la niebla que cubrió en pocos minutos el puente lo había arrastrado hacia L´Ille Saint Louis. Ya no podía ver su figura enjuta, su paso cansino. Inmediatamente pensé a qué escritor le entregaría más tarde el manuscrito. Luego que sucedería si uno de eso escritores que iban a poseerlo decidiera destruirlo o guardarlo para siempre a pesar de su extraño influjo, jamás traspasarlo. O tal vez Michon sabía quien era el misterioso vagabundo norteamericano que quiso escribir en Grecia una novela y decidió dárselo personalmente si es que aún vivía. O puede que incluso ya supiera de la existencia del pergamino griego. Al fin y al cabo, yo estaba convencido de que ya no iba a necesitar ese texto. Mis palabras languidecían. El tiempo había borrado su insistencia, el afán por contar. Necesitaba tiempo tal vez, pero la energía había mermado. En cuanto regresara a España tenía pensado llamar a Ricardo Menéndez Salmón para preguntarle como conseguía mantener la calma y las fuerzas para seguir contando. O mejor al propio Vila-Matas, que tuvo la deferencia conmovedora de entregarme personalmente el famoso manuscrito ¿De donde sacaba la energía ese hombre? Al compararlo conmigo, me sugería el esplendor de una ballena en alta mar, retozando sobre la superficie de las aguas, frente al insignificante navegar de una araña de río.

           Tal vez había perdido el secreto de este arte, eso que permite creer que vale la pena seguir escribiendo.

                El agua empapaba mis cabellos, caía por mi rostro y me mojaba los labios. Recordé muchos días en los que me había calado hasta los ojos de lluvia, días de amores secretos, de tardes de infancia en la sierra, ebrios de vino y deseo adolescente, las manos finas y heladas de Lucía, huella de los centenares de festines eróticos posteriores, de las ramificaciones de los sentidos expresados en todas esas vidas que nunca cumplí reunidas en un nombre que no fue demasiado importante pero definió a todos los demás; me acordé de las fiestas perpetuas, de los insomnios y los saludos al sol con la garganta seca, todo esos años borrados, el rastro efímero y confuso de lo escrito a lo largo de casi tres décadas. Entonces pensé que tal vez la lluvia podía limpiar algo de todas esas cosas que habían ido ensombreciendo la literatura que guardaba mi existencia. No era nada importante en el fondo. Una impresión fugaz de haber tenido el manuscrito, de haber compartido el mismo texto que otros tantos tuvieron por un tiempo. Pero esa impresión dejó una huella más profunda de lo que creí en un principio. Me di cuenta al examinar el efecto que me produjo más tarde una propuesta oída en los últimos meses; se pedía que, ante el probable impago de la deuda griega, el gobierno heleno podía vender algunas islas. Me sentí indignado hasta el punto de que, tras leer la noticia, me puse furioso y comencé a gritar que aquello no era posible. Mi mujer me miró sorprendida, como si la noticia no fuera motivo para esa ira tan impetuosa y visible.

                -No entiendes lo que eso significa.- Dije en voz baja, apenas un susurro que no oyó nadie.-Eso sería entregar nuestra única tierra libre, nuestro único lugar sagrado-.

                Michon se había evaporado por ese puente y nunca más volví a verle. Mi suegra hace meses que no viaja hasta Valencia, según parece está recorriendo la vieja y agujereada Europa en una roulotte con su nuevo amante. En una postal me confesaba que tal vez había perdido el gusto por escribir y prefería beber y morir despacio, leer y hacer el amor mientras el cuerpo resistiera los envites del tiempo.

                -La culpa es de Beckett. Queda ya poco por decir…

                Entonces pensé en una frase de Bauchau –un frase que tal vez inventé, no estoy seguro a estas alturas-. 

                -Lo mejor sería perderse en una isla griega, vivir en una casa junto a la orilla, escribir una palabra tan sólo en una hoja de papel día tras día, adquirir el ritmo del mar y finalmente desvanecerse como las olas.

                En ese instante me pregunté porqué demonios había vuelto escribir un texto como éste. En voz alta, a solas, sin que nadie me oyera, me acordé de todos los títulos de libros que inconscientemente otros escritores me habían robado a lo largo de toda mi vida.

                Porque leer es una vida absolutamente maravillosa. 

Copyright Jimarino

                         

06
jul
10

Dédalo-Delleuze-Cartografías (videopoema)

Robert Capa

No sé exactamente de qué manera, pero todo termina por alcanzar algún sentido.  Tal vez somos nosotros quienes deseamos con tanto fervor que algunas de las cosas que vivimos lo tengan y así concebimos el orden, la metáfora que nos guía.

Hace algo más de un mes acudí a un entierro. Llovía a mares y me uní, a primera hora del atardecer, a la comitiva que recorría el camino de tierra del cementerio municipal de Valencia. Acompañaba a mi padre. Lo hacía porque a estas alturas tengo la sensación –sin ápice de culpa, sólo con la suavidad del agradecimiento- de que le debo un centenar de cosas, miles de inquietudes, alguna visión del mundo rabiosa y esa pequeña dignidad que me suele quedar ante lo descomunal del universo. Caminábamos despacio. Sostenía el paraguas que nos protegía del aguacero y en ese insignificante gesto deseaba poder ofrecerle todo el consuelo posible. Me sucede algo similar cuando un pequeño triunfo asoma en el paisaje yermo de mi existencia y lo primero que pienso es en llamarlo aunque esté a cientos de kilómetros de su casa.

Hace muchos, muchos años que dejé ese hogar alegre y, sin embargo, siempre he sabido que podía volver, regresar con la mochila cargada de dolores, emociones y nuevas derrotas.  Eso es impagable en un mundo como el nuestro, tan  despiadado e incomprensible. También sabía que la muerte de su viejo amigo lo dejaba huérfano, sin más interlocutor que yo en medio del tiempo vencido, de las alegrías esporádicas, de la ilusión por el pequeño Mateo y sus cuitas, sumido en el descubrimiento de internet o ante la exasperación frente a la crispación de esta pobre democracia, esa inmoralidad de los viejos tiempos autárquicos tratando de apoderarse del presente, de la poca paciencia y la impericia de este país para calmarse y decidir emprender algo juntos sin acritud. Mientras avanzábamos pegado uno y al otro, pensé en la cantidad de cosas hermosas que me había dejado y en la aguda necesidad de decírselo, de que lo supiera. Su fragilidad era en el fondo mi propia historia; una fragilidad rocosa, insistente y decidida, una fragilidad capaz de sobreponerse, de avanzar, de construir y enseñar, pero llena de esa inteligencia que duda, que evoluciona, que es capaz, a pesar de la edad a sus espaldas, de resistir. Deseaba decirle que él había convertido la paternidad en algo sagrado, que sus defectos se habían hecho avisos, sus miedos pequeñas valentías, sus extravagancias un modo de vida, sus pesquisas una guía para mis sirenas.  En ese instante, sujetando su pequeño cuerpo, pensé que todo guardaba un profundo sentido, que mis defectos eran cosa mía, que lo que me quedaba bueno nacía de él y que el tiempo había cobrado una razón lógica en ese paseo. Es difícil romper la incertidumbre entre los seres humanos, alcanzar el interior de los otros. Lo es también entre un padre y un hijo.

En agosto de 2008 colgué en este blog un poema llamado Cartografías. Es uno de esos pocos poemas escritos por mí que me satisfacen, y ante su relectura suele desaparecer ese rubor que asola mi rostro cuando me enfrento a la posibilidad de compartir mi escasa poesía. Cuando nos detuvimos frente al nicho del viejo amigo, mediada la ceremonia triste y desconsolada la familia que se aferraba a mi padre como naúfragos en esas escasas maderas que contienen alguna incierta salvación, le noté un temblor que recorría sus brazos. Entonces sentí de nuevo esa necesidad de explicarle en qué consistía mi existencia, este confuso despropósito de sueños incumplidos y vitalidad ciega. Deseaba describirle en qué medida su presencia había sido un regalo irreemplazable, único. En ese momento recordé el breve poema que había escrito hacía un par de años, también los largos paseos compartidos a su lado por la Sierra de Gúdar, la ayuda desinteresada ofrecida sin precio en muchos momentos aciagos de mi vida, la extraña sensación de imaginar una existencia en la que él no estuviera. Aquellos versos, construidos desde las premisas delleuzianas que tanto me obsesionaron algún tiempo, hasta que comprendí que ese mundo filosófico, esquemático y profundo, era en verdad extraño a los elementos emocionales que tantos años atrás me empujaron a amar la literatura, que no me servía para describir pasiones lectoras cuya esencia guardaba relación con hechos sentimentales y poco o nada tenía que ver con conceptos filosóficos, acudieron a mi memoria. Que más tarde llegara a afirmar que la lectura era un goce, una pulsión, un placer estético,  moral e intelectual, desmesurado que apaciguaba mi sed, el hambre o la insatisfacción, que me permitía adentrarme en otros mundos y en mi propia vida, y reconocer sin prejuicios ni titubeos que Don Quijote fue siempre humano, era una cuestión aparte respecto a las coordenadas estéticas que conformaron la composición de Cartografías. Esos versos, sin embargo, habían llegado hasta ese instante tan sólo para que pudiera decirle en unas palabras todo lo que había guardado de su mundo en mi alma, esas cosas a las que no pensaba renunciar a pesar de los pesares: la belleza de un sentido, de una lucha, una expresión modesta de su enorme humanidad aprendida durante años.

Entonces recité el poema en su oído, y él, que conocía aquellos versos desde entonces sonrió. Murmuró Cartografías: se sabía esas palabras de memoria porque sin yo intuirlo siquiera fueron importantes para encontrar algún sentido a su existencia, como si el premio hubiera sido en el fondo descubrir que tras las máscaras de su hijo mayor surgía su propia continuidad, distinta y tal vez imperfecta, pero impregnada del hálito con el que quiso insuflar de verdad a todo cuanto hizo. Fue consciente de que era un poema sincero y mi pequeño homenaje a la paternidad, a la figura de la paternidad que a lo largo de mis treinta y cinco años había conformado la relación con él, o con esa especie de padre conocido en otros, leído o entrevisto por casualidad, que constituye en su complejidad lo que yo más admiro del sentido de la paternidad.

Soy consciente de aquello que afirmaba ufano mi querido Oscar Wilde: que sólo la mala poesía es sincera. Pero nuestro admirado Wilde dejó a la posteridad no sólo una sólida obra literaria sino un sinfín de boutades del estilo. Nadie es perfecto. Creo de todas formas que el concepto de sinceridad debería ser desmenuzado a la Wittgestein antes de pronunciar semejante sentencia. En verdad, lo único que había deseado era escribir un buen poema que me sirviera para expresar  uno de mis mundos ideales, aunque esta vez el espacio, el lugar, los personajes, eran reales como el paraguas que sostenía bajo la lluvia protegiendo a mi padre, y no sólo a él como persona, sino lo que representaba a mis ojos: la dignidad del sueño, la capacidad de apretar los dientes y aspirar a la dignidad, la entereza de una ilusión de justicia, la necesidad de moral en un mundo amoral, la fuerza que guardé en ese instante y que llegaba desde su catalejo antiguo con el que oteaba el horizonte, de su afán por insistir en mis improbables sirenas en las que nadie creía.

El verano pasado, el resultado de las sesiones musicales con tres fanáticos, David Turksma, Thierry Gedigier y Daniel Ariño, músicos de vocación y de fe que frecuentaban de tanto en tanto mis poemas, dejó una canción de apenas un minuto y medio en la que Cartografías se arrancó de encima las premisas racionales y alcanzó a mostrarse ante mis ojos como un poema breve del que me sentía muy cercano al contrario de lo que me sucede con la mayoría de mis versos. No he tocado en todo el tiempo transcurrido desde su escritura hasta ahora ni una sola coma, ni he cambiado media palabra, algo tan inusual teniendo en cuenta mis eternas dudas.

En el pequeño  impasse de tiempo entre finales de agosto y principios de septiembre del 2009, pasando unos días en ese paraíso tan querido de la Sierra de Gúdar, en Teruel, el equipo que formábamos aquella hermosa expedición tomó la decisión de hacer un vídeo en torno al poema y a esa canción compuesta meses atrás. El resultado fue el Videopoema Cartografías. Debo confesar que tardamos un par de días en precisar la idea,  y cinco horas de grabación que forman parte de mis recuerdos más hermosos y divertidos de los últimos tiempos. El poema quedó guardado en la memoria de los que participamos, y apenas visionado en formato DVD por un puñado de amigos que lo celebraron.

Si la idea fue adentrarme en la paternidad a través de la palabra poética, el videopoema terminó por reafirmar el sentido de los versos. En febrero de este año, por una casualidad, un compadre nos habló de la posibilidad de distribuirlo en algunos festivales y de participar en algún posible premio. Sostengo la alegría de haber conseguido, junto con las personas que participaron en su creación visual, que la pequeña pieza se haya visto en unos cuantos rincones del mundo. Es posible que técnicamente el vídeo no pueda ganar una competición cinematográfica, así que asumo el destino del mismo y no quiero entrar en mayores valoraciones, al fin y al cabo, primero fue un poema –un homenaje-, y el resultado posterior no es otra cosa que la posibilidad de alcanzar a un público que jamás leería poesía. Pienso que Cartografías alcanza a representar a través de los versos, las imágenes y la música, una digna metáfora que me apetece compartir.

Para colgar el poema en agosto del 2008 utilicé una fotografía de Robert Capa en la que aparecía Ernest Hemingway y su hijo, la misma que encabeza estás notas. A pesar de la escopeta, la imagen representó a mis ojos esa poética de la paternidad respirada. Sólo espero que mi padre sepa la razón de éste impulso, el porqué de esas palabras que en el fondo son suyas, esta ilusión de construir un pequeño regalo a los padres pacientes que como el mío siempre estuvieron dispuestos a buscar a nuestro lado a las sirenas.

Al final todo termina por alcanzar un sentido.

Transcribo el poema una vez más.

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CARTOGRAFÍAS

(La literatura moderna no puede ser otra cosa que Cartografía. Delleuze)
A Miguel Ariño, mon père…

En estos lugares se brilla poco. Todo oscuro, imperfecto y ronco.

Mi padre mira a lo lejos;

guarda su catalejo antiguo, el rumor de otro mundo.

A mí me quedan sus palabras, los ojos azules clavados en mi rostro,

la eterna sonrisa del barquero que me conduce por el lago

y la sensación de alcanzar alguna orilla en la que reposar tus vestidos.

Esto es un viaje alucinante al murmullo de la nada,

a la quietud de estar a punto y no llegar,

de conocer y derramar la poesía en el influjo de esas caderas de aire.

Otea el horizonte una vez más, padre, quizá encontremos

por fin a las sirenas.

Copyright Jimarino2008

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CARTOGRAFÍAS

17
ene
09

cartografías III- (el espantapájaros y Dédalo)

20080703233433-time-by-natdatnl2

A Severine Lavigne y Mateo, son inseparables ya, entre sí y de mí,
A Miguel Ariño y Aurora Navarro, por ser tan inmensos
A mis hermanos del alma, Carmen y Tangofino,
A los que esperan lo que llega con el amor que les tengo; a Mario y Sabina, a Jako y Anita, a Chantal y Michel, a Noemi Bloit y a David Turksma, a Ana Luisa y Juan, a Pope, a Manu, a Inma, a Fer y Helena, a David de los madriles, a Josete Ots, a Manolo Monterde y a Gloria Patricia, a Nacho Cagiga, a Jean Romá, a Eddy Sanchis, a Nanou, a Alex, a todos los que olvido y que sé que están aunque ellos no lo sepan…

CARTOGRAFÍAS III

Te diré que fui feliz en las fotografías
-lo verás-.
Que ante el mar siempre guardé silencio,
que grité en las montañas desnudas
y me espanté de los olvidos.

Te diré que los besos alimentaron mis lunas
-lo sabrás-.
Que cada labio que rocé alcanzó una marca
de vuelo junto a las estrellas, me otorgó
el aliento de aguantar a la intemperie la penumbra.

Te diré que fui un espantapájaros dichoso
-lo dirás-.
Que moví mis brazos al cielo y la tierra
amedrentando a los augurios dolientes
y abrazando las corrientes de aire inmenso.

Te diré que tuve buenos momentos
-los tendrás-.
Que la risa y la ebriedad me dieron un don,
que mirar fue siempre insistir y recrear,
perder una razón del miedo sordo.

Te diré que los días amanecen solos
-lo sabrás-.
Pero aún así, estar es ser algo en el cosmos,
existir es dar luz a otro ser,
a otra vida que corretea paralela a tus cielos.

Te diré que he vivido lo que pude
-tú lo harás-.
Que en cada lugar escapé de las trampas,
que gasté la suelas de las botas caminando
y vi los tatuajes en el cuerpo de las sirenas
hasta quedar exhausto de resurrección.

Te diré que tengo lugares de donde soy
-lo sentirás-.
Que hay paisajes que me quemaron de belleza,
rincones que serán tuyos,
que descubrirás tú sólo en los caminos
que surjan, en la rara distancia de este azar.

Te diré que me abrazaron algunos amigos
-serán tus abrazos-.
Que te aguarda el corazón de mis hermanos,
la caída de la tarde primaveral,
el otoño lluvioso y las tormentas de verano
llenas de agua y fresca levedad.

Te diré que el lunar de tu madre lleva la fortuna
agazapada en su seno
-lo comprobarás-.
Que cada palabra suya, ronca y severa,
será un destornillador que deshaga entuertos
y sagradas tempestades de la nada.

Te diré que pienses por ti mismo
-lo harás-.
Que los caminos que escojas sean al menos tuyos,
que cada paso que des viva en tu pecho
hasta construir una biografía verdadera.

Te diré que he gozado de las palabras
-y no fue mucho-
Que mueras por tus causas y palpite el oleaje
de la vida en las veredas y los ríos,
que sientas esta tierra entre la manos
merecedora de la alegría.

Te diré que ha valido la pena
-y lo creerás-.
Que ha valido la pena ser aire empujado,
violencia encerrada y lengua enhiesta,
que todo el discurrir de mi semilla
ha sido alimento de tu alma.

Te diré que durarás cien años y yo moriré
-lo soportarás-.
Que mis objetos muertos y los mapas que abandonaré
serán tus mapas y tú dibujarás las líneas
de tus itinerarios de hombre solo,
en un mundo asombroso de soledad.

Te diré que pienso en ti sin conocer tus ojos,
-lo entenderás-.
Que cada día que pase seré el aliento de tu aliento,
el corazón que palpita en tu pecho,
sobrecogido por tu miedo y tus derivas rotas.

Te diré que en cada naufragio hay un asidero
-te darás cuenta-.
Que será el amor de las sirenas o el mistral del deseo,
la aparecida luz de las palabras o el fluir de las imágenes,
las oraciones que inventes para velar el tiempo.

Te diré que siempre estaré contigo
-lo sentirás-.
Que pase lo que pase este río corre a tu lado
aunque desemboque ciego,
que esta historia que despreciarás
será la historia de tus antepasados.

Te diré que las nubes cubren el cielo
-lo sufrirás-.
Que cuando nada te alivie y duela la vida,
que cuando más sólo duermas tu tristeza,
más cerca de ti estará el espantapájaros
y ese día nuevo que alumbrará la ceniza.

Te diré que sólo escribo para no morir vacío
-lo alcanzarás.-
Porque hasta tú vienes de la literatura de mis sueños,
del dibujo que quise gritarle a las lunas,
de la llama que atrapé de niño al imaginar
despierto inventar una aurora de palabras.

Copyright Ariño2008
09
sep
08

cartografías II

Fotografia de Andreas Feininger (1951)

Fotografía de Andreas Feininger (1951)

CARTOGRAFÍAS II

Siento que continuo,
que soy uno más de todo,
pero con la particularidad
de un sueño insignificante.

Tengo que rehacer
los senderos por los que caminé.
Encontrar una brújula
para lo que viene
y volver a soñar con las hadas.
Buscar las cartografías que le dejaré
al futuro, a su futuro.

Soy día nublado
y debo alcanzar el sol,
arder de nuevo
con la sonrisa
y la sencillez,
con el tiempo discreto.
Creer en la nada
de ver crecer
con un augurio feliz en los labios.

Tengo buenos maestros.
Me acompaña una sirena
de las más hermosas,
de las que tienen
los ojos verdes
y siguen creyendo en el mundo.

Tengo un padre
que sigue oteando el horizonte.
Una madre que susurra a los caballos
cuando llega la medianoche.
Hermanos de sangre, un hermano del alma;
algún que otro compinche
de noches en vela
y cientos de recuerdos
para ordenar.

Tengo que levantarme
como si el día naciera para él,
como si las cosas
tuvieran que volver a reinventarse.

¿Acaso soy sólo biología?

Últimamente dudo
hasta de mis estrellas fugaces,
de los besos
que quedaron atrapados
en las noches
mas cálidas que puedan imaginarse.

Tengo que volver a mirar.
¿Serán mis ojos otra vez
tan luminosos como lo fueron?

Tal vez podré apretar los dientes
y decir que la inocencia
vive de nuevo en mi pecho.
Seré capaz de coger
el catalejo de mi padre
y marcar con sangre
los senderos que llevan al mar.

Ojalá sus ojos
sean tan azules como los míos,
y en el camino que él trace
alcance a ver las huellas
de todos mis días completos
como yo viviré en los suyos.

Copyright Ariño2008
10
ago
08

cartografía

Robert Capa

Robert Capa

CARTOGRAFÍA

(La literatura moderna no puede ser otra cosa que Cartografía. Delleuze)
A Miguel Ariño, mon père…

En estos lugares se brilla poco. Todo oscuro, imperfecto y ronco.

Mi padre mira a lo lejos;

guarda su catalejo antiguo, el rumor de otro mundo.

A mi me quedan sus palabras, los ojos azules clavados en mi rostro,

la eterna sonrisa del barquero que me conduce por el lago

y la sensación de alcanzar alguna orilla en la que reposar tus vestidos.

Esto es un viaje alucinante al murmullo de la nada,

a la quietud de estar a punto y no llegar,

de conocer y derramar la poesía en el influjo de esas caderas de aire.

Otea el horizonte una vez más, padre, quizá encontremos

por fin a las sirenas.

Copyright Ariño2008



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