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10
mar
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Vida de poetas-El bosco

Flaca y de hermosos ojos negros, Blanca guiña un ojo ante el retrato de Julio Cortázar reflejado en mi rostro. De un modo parecido conocí a Jesús, a su hermano, sobre el césped de Blasco Ibáñez, la facultad de Ciencias económicas y empresariales a mi espalda y la de Psicología enfrente, bajo un sol agradable de primavera, con los cuentos completos de Cortázar zumbando en el aire. Escapaba de un examen incómodo, de una tensión nerviosa que alimentaba la ansiedad y el desconcierto. Me sentía lleno de desamor y confusión, sumido en un agudo periodo de renuncias. Blanca siempre llegó después, como un presagio que oscilaba en torno a la serpiente, oscuridad tras la blanca nobleza del hermano mayor, aunque se asemejaban. Ella era más hermosa y menos accesible.

La Facultad de Ciencias Económicas sigue oscilando en ese destino improbable en el que me equivoqué, porque yo estaba con Cortázar y Borges entonces, y aquellas palabras tuvieron que haber alumbrado otro camino mejor, y no me refiero sólo a mí, sino para el mundo. Qué lumbreras económicas alientan el universo, qué ojos más agudos avistaron todo lo que sucedería, qué soluciones más brillantes observamos envueltas en trajes Armani, maletas de Vouitton y chaquetas de Dior allá por los templos del mundo contemporáneo. Ellos no son los sabios de este mundo aunque lo parezcan, eso es algo que no deberíamos olvidar jamás.

El camino de Blanca y su hermano Jesús tampoco fue demasiado ejemplar a simple vista: los dos están muertos. A Jesús le dediqué dos poemas y una vez más, después de su muerte, representamos en su honor Los arrancacorazones, una obra de teatro exterminada, perdida, de la que siento pánico incluso con sólo referirme a ella. La escribimos a dos manos en un mugriento piso del Carmen en el año noventa y tres, a pocos metros del estudio en el que mi querida Amparo copulaba con su viejo pintor por esas fechas, nada importante ahora: hoy el tipo será un cincuentón envejecido prematuramente, con barba blanca y calvo como una bola de billar, y no creo que haya llegado a convertirse en Picasso -tampoco yo parezco Tolstoi-, y seguramente hace mucho que no ve a Amparo, ni la toca, y el tiempo lo cura todo y hace años que me trae sin cuidado su destino. Sin embargo queda rencor en los sentimientos traicionados, en lo que no terminó de morir de forma natural, aunque la importancia en el presente sea ridícula y nos resulte indiferente el destino de los implicados. Pero el sentimiento perdura sin rostro, se transforma en un ronroneo vulgar, en una carcajada exagerada, a veces en un exabrupto, y misteriosamente sigue doliendo. Aprendimos algo cuya esencia no podemos olvidar. Como llamar ciencia a la Economía y ver a los ministros del ECOFIN alardeando como gallos soluciones de rigor impecable que, sin embargo, no llevan a ninguna parte. Hoy toda Europa está en recesión mientras Alemania esboza esa mueca de triunfo, esa expresión indiferente de granjera empecinada, tozuda y austera, que comienza a dirigir un corral que se asemeja al espacio de una película de terror para nosotros, con los rostros contraídos y una sed insostenible.

A Jesús y a Blanca los arrastró el tiempo, como a nosotros nos arrastrará el poder en los próximos años. Un poder sin rostro ni alma ni nombres, gestionado por un puñado de peleles que representan con su solemnidad ridícula una sinfonía del futuro tan negra que me asusta ver a mi hijo crecer.

A ellos, a Jesús y a Blanca, ya no los puedo ver salvo cuando releo los cuentos de Cortázar, llenos de anotaciones y la memoria de entonces. Y no puedo hacerlo demasiado tiempo porque me duele, porque ver esas pocas fotografías que guardo me destruye.

A estas alturas las razones de la supervivencia siguen siendo hermosas, se anteponen sin duda al declive general de cuanto veo, de cuanto oigo, a la tristeza de un país dividido, con un Juez probablemente condenado por razones judiciales, pero juzgado de ese modo por la apisonadora política de un partido y unos intereses que, estén o no estén gobernando, dominan el cotarro. Y tantos ciegos aplauden, y tantos voceros lanzan sus consignas. Ni siquiera fueron capaces de condenar una autarquía que nos maniató durante cuarenta años al atraso y al autismo, a la corrupción. La corrupción no llegó con la democracia, sino desde la historia de España, agudizada por décadas de dictadura construida a base de insectos parasitarios. La indignación da paso a un especie de construcción de un héroe que tal vez no merezca ese apelativo, pero la metáfora siempre fue poderosa, eso es algo que el poder nunca comprendió del todo a pesar de dominar durante siglos nuestros destinos. Cada retroceso en sus privilegios se dio por una metáfora creada a gritos para las masas, misteriosamente asimilada por todos. Sólo me falta confiar en las masas aunque sea tan difícil.

Hoy en día -tal vez nunca pero hoy menos-, las multitudes no se parecen en nada a aquel poeta kamikaze, huérfano de padre y madre, diez años mayor que yo, que desde los diecisiete años tuvo que mantenerse a flote y cuidar de una hermana pequeña. Uno se hace poeta por diferentes razones, incluso deja de serlo temporalmente, y vuelve a recuperar el brío por motivos inaccesibles. Esto se lo susurraría a varias sirenas que conocí. Un poeta viene y va, se deshace y se reconstruye, vomita y desaparece, se esconde y aparece cuando uno menos lo espera, a veces en la vida y otras en la prosa, en un informe médico o profesional, en un argumento legal, pero nunca se es poeta por voluntad propia, como mucho uno se esfuerza en ser corrector de poesía o afilador de poemas, nunca poeta, que se asemeja más aun estado de ánimo, a un spleen ante la existencia o a una iluminación pasajera, a una emoción hecha de palabras esenciales que acuden inesperadamente. Observando el panorama general a veces parece que ser poeta es una cuestión de vanidad, pero no debemos hacer caso al presente. Hay que dirigirse al futuro. Esos poetas oficiales se irán deshaciendo con los años, quedarán muy pocos, y si existe un futuro posible no está ni estará jamás en ellos.

Jesús fue poeta por necesidad que no es poco, o al menos es lo que solía decirme. Por la misma razón yo leí por necesidad, y escribo y escribiré porque el impulso de hacerlo siempre fue mayor que el de no hacerlo, incluso a pesar de la existencia presente o del desánimo que a menudo me envuelve. Tres meses sin estar aquí, en esta página que se llamó Los perros de la lluvia en honor a un tiempo exterminado. Tres meses en los que el tiempo ha ido transcurriendo y he pensando en escribir muchas cosas, y he escrito otras y me he ido de viaje y he sufrido y he amado de nuevo y mi hijo crece y el mundo se vuelve loco y a un señor que hizo lo que en cualquier país europeo se había hecho muchas décadas atrás, condenar una dictadura que no fue blanda, sino terrible y duró cuarenta años, o que se pasó de la raya investigando la red de corrupción más grande de la democracia española, impensable en Alemania, en Dinamarca o Suecia, tanto por el montante de dinero sisado y el número de personas implicadas -desgraciadamente muchos de ellos no serán ni siquiera juzgados- lo inhabilitan once años.

No tengo ninguna simpatía personal por el Sr. Garzón, pero su persecución política me aterra. Tal vez de su martirio nazca esa metáfora necesaria, esa es la esperanza frente a muchas cosas, incluida esa reforma laboral que nos hace retroceder muchas décadas, que nos sitúa en un estadio de media esclavitud teniendo en cuenta la situación real del mercado de trabajo español. No se prima la creación de empleo, sino la facilidad en el despido y la insistencia en el desequilibrio, y se argumenta que será útil para los reajustes empresariales (de nuevo un eufemismo que expresa la legalidad absoluta de la reducción de costes basados en el empleo, no en el incremento de productividad necesario que implica a todas las partes del proceso económico) y para evitar el absentismo laboral (para generar el miedo que nos acerque a la inclinación, a la mediocridad, al sí señor y a la delación del igual), que degrada el trabajo y lo convierte en una especie de mendicidad mal pagada y forzosa, y que contradice numerosos estudios económicos recientes sobre la rigidez del mercado laboral español, anunciándose a su vez con un impacto inmediato -hasta el 2013 los más optimistas- negativo. Pero dicen que es por los parados y por el futuro de este país.

Jesús nació para mí aquella tarde de primavera soleada en la que en una terraza comenzamos a hablar de literatura. Tras las dos horas de charla ininterrumpida me dijo que haberse encontrado por casualidad conmigo, leyendo tumbado en el césped de Blasco Ibañez un libro de Julio Cortázar, le había parecido una señal poderosa para anunciar algo. Creía en esas cosas, en esos misterios que la novela y el cuento siempre albergaron como si supieran de la vida más que nosotros mismos, eso que se olvida cuando nos parece que toda la realidad es única y la expresa el señor De Guindos o la señora Merkel.

Me cuentan que en una población griega un grupo de ciudadanos ha tomado un hospital y lo han declarado de su propiedad. Soy pesimista, pero hay gestos que incendian el optimismo enseguida, porque poseen esa fuerza que provocó que a mediados del siglo XIX los grupos políticos obreros comenzaran a reivindicar sus derechos y a exigir su entrada en los parlamentos. La lucha de todos esos hombres y mujeres durante décadas provocaron un hálito de dignidad en las masas europeas, en las condiciones de trabajo, en el destino de los pueblos, y junto con los terribles desastres de la primera y la segunda guerra mundial y el miedo patológico del poder occidental al comunismo soviético, se produjo en Europa la mayor concentración de integración y bienestar social habido y por haber en la historia de la humanidad. Europa brilló como lugar de los derechos humanos y la integración a pesar de los defectos que podamos encontrarle a cualquier régimen. Hoy me parecen logros soberanos, y esas batallas que nos concedieron a todos nosotros la posibilidad hasta ahora de construir vidas más o menos dignas es la respuesta de este presente al futuro, y nació de un puñado de metáforas sobre la justicia y la libertad.

Un grupo de jóvenes de mi ciudad -una ciudad somnolienta y banal en vista de lo que aquí ha sucedido y el resultado y las tibias reacciones civiles ante semejante expolio- se acercan a la calle Colón, símbolo de la opulencia comercial y burguesa de la ciudad, y se enfrentan a la brutal policía y a la delegada del gobierno enarbolando libros. Cuidado. Tenemos libros. Aún oigo las voces de todos esos que repiten lo que oyen, que todos son perroflautas y antisistema violentos. Que salen a la calle manipulados. Se sale a la calle porque nos da la gana, porque no protestamos ante la derechos que ganan unos libremente sino ante la reducción bestial de derechos de la ciudadanía, los trabajadores y todas las clases sociales que no pintamos nada en esta sociedad, la inmensa mayoría voten a quien voten. Por eso salimos. Por eso salen. Porque la apisonadora política no puede tener respuesta en el parlamento ante su mayoría. Porque por lo menos ante el deterioro y la injusticia podremos expresar el desacuerdo en la calle o donde nos apetezca. Cuidado. Tenemos libros. Es hermoso aunque puede que no trascienda. Poesía y literatura, como me dijo Jesús el día que me citó en su casa la tarde siguiente a nuestro primer encuentro para comenzar a escribir algo juntos, nada que ver con la forma de desprestigio que a veces se entrelaza por culpa de algunos y con razón a esas palabras. Sabía mucho de letras, y precisamente fue él, el poeta de mi generación, sobre todo cuando miro el sombrío panorama de vendedores de humo e imagen, de amiguetes cogidos de la mano odiando al otro, de abominables desiertos silenciosos, el deterioro general de la cultura y el espíritu, la suave cadencia de los días desaparecidos.

Cuanto más sabemos más terrible parece el mundo, tal vez por eso hay tantos optimistas natos. Me acuerdo de mucha gente, cada vez más, como si los fantasmas del tiempo empezaran a anunciar un declive. Entonces no comprendía del todo en qué consistía la consciente decadencia de Jesús, la pendiente afilada y destructiva que remitía a cada una de sus genialidades. Guardo poemas suyos, demasiado pocos, apenas una docena, tan extraordinarios desde hace años, que al releerlos me duele algo, pero son poemas que me obligó a destruir y a silenciar. No puede existir una poesía más que la del instante, la que provoca ese arrebato, ese vértigo, esa construcción del presente. Los poetas pueden llegar a creer que lo que construyen es sólido como las columnas de los templos, pero basta que una generación cambie de palabras para que esa realidad quede convertida en polvo inasible e incomprensible. Tal vez presto mucha más atención desde que conocí a Jesús a los poetas que buscan esa palabra primigenia y eterna que flota para siempre en el inconsciente colectivo, que aletea en cualquier identidad, comprensible a pesar de su extrema dificultad de ser fijada. Esa poesía que sólo leen unos pocos, los guardianes de una larga tradición; una tribu extraña, construida de viejos mitos que ya no importan y sin embargo son esenciales.

Jesús poseía ese aliento. Podía haber escrito como entonces otros exitosos autores de nuestra generación un aliento poético de sexo drogas y rock and roll, pero prefirió buscar otras palabras. Quedaron selladas pero de alguna forma las guardé. Como me sucede ahora, cuando no tengo nada que contar tan a menudo, cuando el silencio terrible se instala entre mí y la hoja en blanco, cuando creo que es mejor no hacerlo -preferiría no hacerlo-, no ponerme a teclear o a alzar el bolígrafo sobre la fina lámina de celulosa para construir las letras, y entonces pienso en él.

¿Cómo traicionarlo? No puedo.

Un día mi querido amigo y extraordinario poeta Antonio Tello me contestó a un correo desolador que le escribí que la obligación del escritor era ética -con toda la hermosa y libre ambigüedad de la palabra ética-, generar un universo verbal de ficción alimentado por un compromiso ético y estético sumido en una tradición de siglos y guiado por esos sentidos fundamentales que a lo largo de las décadas construyeron la historia de la literatura para ofrecer o revelar un conocimiento esencial de lo humano que ayudara al escritor y a los lectores a valorar la justicia y a aspirar a la libertad en el mundo. Lo demás es el espacio de la historia, y la historia, afirmó, es un campo yermo de cadáveres. De qué escribir en un mundo sordo, eso es lo que Jesús habría dicho esbozando una sonora carcajada. Escribir para uno, para ti, para cuarenta, pero escribir porque es necesario. Lo mismo hubiese dicho Bolaño, y seguramente Borges o esos desesperados de la escritura que para no morir siempre construyeron otra frase más.

De Blanca me enamoré perdidamente y su hermano no dijo nada. Fue un breve periodo de transición entre la antigua vida salvaje y el apacible descenso que sobrevino después. Aquella cantante, con un grupo de música formado exclusivamente por mujeres, harapienta y dolorida como un gato callejero, esbozaba lamentos profundos en las cavernas de lo oscuro. Tal vez fuera normal, su destino se truncó desde niña y eso deja un poso inevitable. Alguna vez, cuando nos despertábamos de buena mañana helados y veía mi casa agradable, austera pero agradable, me contaba que ella, desde los ocho o nueve años, jamás había vivido desayunos alegres o en armonía, que pese a los esfuerzos de su hermano por alcanzar la normalidad, por escapar de la pobreza y la miseria, el frío y la inseguridad habitaron en su corazón y en su paisaje. Pero no odiaba a nadie, eso esa cierto. Su rabia era interior, sin dirección. Luego descubrí que toda mi luz le cansaba, que extraer la alegría de mí, la fuerza de ese equilibrio que me propuse ofrecerle entre las brumas de mi propia reencarnación no era suficiente. Que vivir de ese modo le hubiese cansado. Alejado de los dos, toda mi furia adolescente, mis adicciones reiteradas, mi relación afilada con la muerte que me acompañó tanto tiempo, se fue disipando, mostrándose como exabruptos ruidosos sin contenido, retazos de aquel muchacho incapaz de aprehender de alguna forma consistente el mundo.

Porque acaso no se pueda elegir ni siquiera a través del mito. Porque para llegar a ese extremo en el que alguien se suicida, es necesario que las circunstancias aprieten hasta ese punto, porque vivir es un vacío y una plenitud, lo que sucede es que a algunos el vacío les llegó demasiado pronto, y el esplendor al que aspiraron siempre se convirtió tarde o temprano en un pasaje desolado a su alrededor ¿Que iba a hacer un chaval de apenas diecisiete años, que no terminó en un hospicio porque cumplió los dieciocho pocas semanas después de la muerte de sus padres y un viejo amigo de su madre le preparó un contrato de trabajo que justificara medios para poder cuidar de su hermana pequeña, en medio de un mundo descomunal, inmenso, ruidoso como el mar agitado, inasible como el cielo? Sobrevivir, y lo hizo durante treinta y tres años.

En mil novecientos noventa y tres, con viente años, yo canturreaba aquella mítica canción, Loser, de Beck, como si fuera el resumen de mi existencia.

I´m a loser baby, why don´t you kill me?

Ahora prefiero Gagnants perdants de Noir Desir. Puedo aceptar que no me llamen ganador, no ser más que un alma silenciosa que trata de defender su voz, pero jamás aceptaré que somos perdedores, que Jesús perdió. Hemos perdido, pero no somos perdedores.

Cada fornicio traidor de Amparo me había estremecido de arriba a abajo y la vida promiscua posterior, aquel exceso de vacío entre labios sin nombre y noches de absoluta inconsciencia de las que apenas nada recuerdo, me habían dejado en una encrucijada sin pasos que dar, sin caminos que recorrer. El día en que mi pintora cerró las puertas de nuestro infierno y yo quedé helado y destruido frente a una autovía ensordecedora me di cuenta a mis diecinueve años que el mundo ya no vendría hacía mi, que probablemente mi destino como estrella del pop o mi futuro literario nunca serían el soñado, que la existencia estaba delante de mí y que debía pelear con uñas y dientes por ella, acercarme a sus entrañas oscuras y sufrir los mordiscos de los lobos para avanzar unos pasos, que nada iba a ser como imaginé, que todo era un panorama yermo y construir algo sería una cuestión de apretar la mandíbula y subir las mangas de la camisa y tener paciencia. Hoy tendría que darle las gracias, de corazón. Su desamor trajo toda la insatisfacción que necesitaba para adentrarme en el mundo. Ella fue la metáfora de mi crecimiento posterior, de mis cartografías, aquello doloroso que me impulsó a la felicidad una y y otra vez a pesar de todo lo amargo que me sucedió, de todos los límites que crucé, de esas veces en las que me asomé al abismo y a la muerte, de lo que aprendí sobre el amor en esos años posteriores de asombrado desamor, de cómo ensamblé las escaleras, los pasadizos, los recovecos de mis refugios y las ventanas donde asomarme para respirar.

Escribimos Los arrancacorazones en apenas dos meses. La compañía de teatro que iba a interpretar la pieza nos aplaudió a rabiar cuando Jesús y yo ensayamos la primera representación. Yo no sabía nada de teatro, o mejor, ni siquiera sabía escribir, pero Jesús me hizo partícipe y a menudo protagonista.

Como Bergman unos años antes había explicado al anunciar su retirada del cine, Jesús sentía que a sus treinta años la estética moderna lo había convertido en alguien fuera de moda, en un eco de otra época y otro tiempo, y aseguraba necesitar mi contacto con el presente, aquella vida falsamente glamurosa que además terminaba de perder al separarme de mi pintora. Ella no fue la persona más importante de mi vida ni mucho menos, quedó muy por debajo de ese grupo de gente que amé y me amó. Pienso que fue incluso menos importante que Lena años atrás en su exhibicionismo discreto, en la sensualidad que a mis doce o trece años aprendió el sentido de la seducción corriendo detrás de ella y su tristeza, viéndola aparecer desnuda y fantasmal en las sombras de los pasillos de aquellos viejos caserones, anunciando el placer sin recibirlo ni darlo, o en todas las mujeres que he amado después, en esa dualidad del amor esbozado en Helene y en Sophie, pero Amparo tuvo ese don, ese mensaje demoledor: me reveló el fin del sueño, de una posibilidad. Su marcha fue como agujerear el globo hinchado de ilusiones del que colgaba y me elevaba unos metros por encima del suelo, esa fuerza interior que consideraba que creyendo y deseando uno edificaba el destino, que pisando fuerte con aquellas botas de piel de serpiente atadas a los tobillos como una segunda piel en invierno y verano podía dibujar esas huellas y ese recorrido que me llevara donde quería.

Amparo fue el final de la inocencia, y por eso me marcó tanto. Jesús llegó justo después, y fue la primera consciencia de la terrible experiencia de vivir, incrustada sin remedio en la maravillosa intensidad vital, emocional e intelectual de estar vivo.

Se puede pensar que suicidarse es una especie de renuncia. Que sólo se suicidan los desesperados, los locos o los enfermos. A veces es verdad, pero después de pasar algún tiempo al lado de mi viejo amigo tengo mis dudas. Cuando recibí tiempo más tarde la noticia de su suicidio, cuando ya hacía mucho que no lo veía, muchos meses después de que Blanca se fuera a Berlín en julio del año 94, después de que él decidiera trasladarse a Barcelona, pensé que había mucha gente viva que continuaba de pie por una renuncia. Hoy en día estoy más convencido de ello que nunca. La vida está sobrevalorada; es el signo de nuestro estúpido tiempo.

Ayer leí un fragmento de la carta que Stephan Sweizg dejó escrita antes de envenenarse con su mujer en Brasil en plena segunda guerra mundial y me di cuenta de hasta qué punto Jesús era consciente de lo que era la vida:

Prefiero, pues, poner fin a mi vida en el momento apropiado, erguido, como un hombre cuyo trabajo cultural siempre ha sido su felicidad más pura y su libertad personal. Su más preciada posesión en esta tierra”, argumenta antes de desear a todos sus amigos que “vivan para ver el amanecer tras esta larga noche”.

Conforme escribíamos Los arrancacorazones comprendí que estaba aprendiendo más en unos días de lo que había podido aprender en años. Sus lecturas fueron tan enriquecedoras que muchos de los autores que él fue descubriéndome son ahora lugares indiscutibles de mi biblioteca, y libros que de una y otra forma me cambiaron la vida, me ayudaron a seguir, a comprender, a continuar vivo y mantener la esperanza y las uñas afiladas. No sé cómo pudo leer tanto en tan poco tiempo. Tal vez en esas bibliotecas públicas que por inútiles y por falta de presupuesto cerrarán una tras otra a lo largo de los próximos años, en un proceso de ajuste que no afectara a lo superfluo y banal, a los que más poseen, sino al resto, a todo lo que es justo y esencial. Porque Jesús no tuvo dinero en toda su vida. Porque de Malcom Lowry o Joseph Conrad, o Stevenson o Melville, de Dostoievski o Tolstoi, de Margarite Duras, de Faulkner o Sábato, de Onetti, Proust o Virginia Woolfe, de Joyce, jamás hubo libros en su casa. Nunca poseyó más que un reducido puñado que ocupaba una estantería diminuta al lado de un sillón con los muelles rotos y el mullido medio deshecho, la mayor parte de esos libros regalados o robados, sin embargo, y pese a no tenerlos físicamente, fue una de las personas que mejor valoró esas novelas, las leyó como si devorara el tiempo, como si le hablarán directamente al alma de su propia vida y de lo que contemplaba, le sirvieron para vivir intensamente, para pensar en cómo vivía, le permitieron alcanzar ese estado de sabiduría increíble que le permitió escribir su poesía silenciosa y su filosofía de la extinción. Nunca lo menosprecié porque se matara. Las razones para vivir son la mismas que sirven para afrontar la muerte. Eso lo dijo Camus y, francamente, no hay demasiadas personas que tengan el coraje de guiarse de ese modo para vivir lo más posible o para suicidarse antes de tiempo cuando ya no podemos seguir defendiendo la dignidad y la libertad.

A Blanca también le gustaba leer, y mucho. No poseía ese brillo intelectual que asomaba en los ojos de su hermano cada vez que hablábamos de nuestras novelas preferidas, pero leía, de otro modo, como una especie de oración interior que escupía en cada uno de los conciertos de su grupo, en aquella época en la que gozó de cierta fama en el mundillo musical independiente.

Reconozco que verla esa primera vez subida a un escenario, esa noche en la que su hermano me invitó a uno de sus conciertos en un antro del antiguo barrio del Carmen, cerca de donde habíamos escrito y ensayado Los arrancacorazones, fue la razón más importante para sentirme atraído por ella. Fina, de huesos largos y delicados, piel muy blanca, pechos pequeños, casi masculinos, y una figura fibrosa y endurecida, alargada como un cristo. Me sentí pequeño ante su vida, falsamente autodestructivo ante su fuerza, burgués en el fondo a pesar de mi supuesta amoralidad, aficionado ante sus terribles abismos y adicciones, y débil ante la oscuridad majestuosa y bella que desprendía esa mujer. Desde el principio supe que yo no iba a ser el hombre de su vida, así que me tomé su ofrecimiento como un modo de recordar algo memorable, de adentrarme en una personalidad irrepetible. Ella no me necesitaba y yo me propuse no necesitar a nadie tiempo atrás, así que todo fue relativamente intenso, apasionado y fácil. Ella permitía esa distancia, la gozaba incluso, la marcaba con un ímpetu deslumbrante. Me enamoré de ella aún así. Me enamoré de un modo adulto por primera vez en mi existencia, de su particular forma de actuar que tanto nos fascinaba a mi y a Jesús, de su relativa fama en la ciudad, de su descaro y de como hacía el amor, como si fuera la última vez, como si todo cuanto besaran sus labios fuera a exterminarse al día siguiente; de su obscenidad sensual y sutil, de su negrura tierna, de sus juegos malabares frente al corazón y sus excesos.

La imaginé muchas veces subida en una cuerda floja, en un trapecio. Ser estable con su pasado no era cosa fácil, no debemos olvidarnos nunca de ello. La infancia decide casi siempre nuestro equilibrio futuro. Podemos aprender inglés o informática, hacernos economistas, ingenieros o abogados despiadados, pero nuestro equilibrio lo marcará la infancia. También nuestra felicidad y nuestras tristezas, nuestros abismos y nuestros destinos incluso a pesar de esos avatares destructivos y terribles que acontecen en toda vida. Es como si la niñez eligiera por nosotros al nacer.

Yo siempre vi en Blanca, a pesar de todo lo negro, una tremenda vitalidad, y lo mismo me sucedía ante las imponentes carcajadas de Jesús. Pero miré mal, o equivoqué la mirada. Lo importante es que alguien que se suicidó puede enseñarte muchas cosas que sirven para vivir, o darte una cartografía posible, unas señales en el mapa desconocido y enigmático que tenemos que desentrañar con nuestros pasos y decisiones. Tal vez Blanca tuviera un mal viaje y no quisiera morir, ya no lo sé. Había pasado casi un año y medio desde la última vez que la contemplé desnuda, más de un año desde esa tarde en Madrid en la que la vi con vida por última vez para despedirnos y me dijo que era un buen chico y un buen escritor, y que debía tener esperanza. Que las diosas de Blanca y su universo de brujas deslumbrantes y agoreros del tiempo perdido me dieran esperanza es algo que no he podido todavía olvidar. Así es la vida, como diría mi querida amiga Ana Luisa.

Cada vez que abro mi colección de cuentos completos de Julio Cortázar, esa edición de Alfaguara que me entregó mi padre primero, y después, cuando una desvergonzada amiga de mi viejo compadre Jacobo se la llevó para no devolvérmela, fue un celebrado regaló de Helene, tengo la sensación de abrir el cajón donde guardo nuestros experimentos literarios, la obra de teatro de Los arrancacorazones, esa carpeta donde todavía me quedan un puñado de poemas de Jesús que releo con los ojos cerrados. El tiempo todavía sigue doliendo en alguna parte de mi piel, es como si lo hubiese traicionado sobreviviendo, renunciando, recomponiendo mi rincón de laberintos y pasadizos, y anhelo la vejez para reconciliarme con todas las épocas extinguidas. Se acercan los cuarenta a pasos de gigante y tengo la hermosa sensación de que a pesar de todo aún me quedan algunas cosas por apurar. Cuando veo la triste imagen de los triunfadores ahora ya desvelados y ufanos, o la sonrisa satisfecha de ministros y consejeros y señores elegantes hablando de nuestro destino, cuando observó el deterioro de la cultura, cuando cae la noche y esa tristeza bordea los ojos de la gente que me cruzo por la calle y oigo el exabrupto y el grito, la desesperación, cuando leo que en Europa hay ciento trece millones de personas viviendo bajo el umbral de la pobreza, o que la Generalitat Valenciana no paga a las farmacias ni a los colegios ni a las guarderías mientras se descubre el agujero de Emarsa y Camps pasea su inocencia y sus trajes, cuando observo la mueca de hastío que esboza Sarkozy expresando la grandeur siendo tan sólo decadencia, cuando los periódicos asustan y los hombres claman sin vergüenza que son ellos los sabios, pienso que aún puedo reconstruir una o dos veces más mi vida, y si lo pienso para mi, soy capaz de traspasar esa esperanza a toda la gente que conozco y que merece la pena. Tengo la sensación de que la sabiduría ahora mismo está proyectada en el secreto y en el futuro, es silenciosa, tranquila, los lectores son porteros de edificio, empleados de medio pelo, putas de bar de carretera, que los escritores de verdad apenas susurran, que los hombres que cambiarán el mundo están inventando las nuevas metáforas del futuro, que mi pequeño Mateo alienta con su generación una esperanza de transformación, que Garzón será recordado como una especie de Dreyfus machacado por el conservadurismo español que nunca soportó perder el poder después de ejercerlo durante siglos, que esta crisis no es más que un invento y mi compadre Pierre seguirá vendiendo su frutas y verduras bio, y Mario actuará por fin en teatros de verdad y la literatura maravillosa volverá a servir a mucha gente en un futuro cercano, que la vida dará un vuelco o al menos alcanzará ese equilibrio que en algunos momentos de la historia nos ayudó a seguir.

Blanca se lanzó de un cuarto piso en uno de aquellos edificios ocupados del Berlín de la reunificación. Era como si decidiera morir en medio de la historia, o donde la historia celebraba la victoria de los ganadores. A veces la veo planeando como esta Europa perdida, agitando las nubes y tratando de proferir su largo réquiem. Tal vez lo hiciera intoxicada de todas esas drogas que los dos tragamos como caramelos para niños enfermos, los niños engañados que fuimos, ahora sin paraísos consistentes, aunque a ella se le cayera la infancia demasiado pronto y esos engaños fueron pasto de la miseria y la derrota, o tal vez llegó a pensar que ya nada valía la pena, que el recorrido había sido demasiado veloz e intenso, como un relámpago, y su hermano muerto ya no la protegería y la tierra que pisaba se derrumbaría tarde o temprano como caen los castillos de arena construidos por los hombres a la orilla de la playa cuando suben las mareas, y era mejor la dignidad del vuelo que el envejecimiento triste de la desesperanza y la derrota. No puedo saberlo, y durante algún tiempo aquello me atormentó. Pero tal vez, como si a veces los ángeles que nos protegen -rumor de tiempo, viejos trovadores, almas lúcidas encendidas de destellos, la inteligencia y la luz- extendiera sus alas de vez en cuando, llegados como un fragor inesperado, como un pliegue y una chispa, los escucho, los oigo. A Jesús diciendo que la batalla de la literatura era una contienda futura, que ya todo estaba casi perdido, que había que alimentar la hoguera, la llama, y a Blanca extendiendo sus brazos y decidiendo volar como Hrabal, como Walser envuelto en la nieve. Y en sus voces encuentro aquello que tengo que salvar, aquello que todavía me enciende y me obliga a respetar al prójimo, a odiar despiadadamente a los que convierten estos falsos paraísos en infiernos anunciados, a los que engañan a los inocente, a los que pisan a los otros para impulsarse más alto, a los esbirros que masacran la libertad y la dignidad.

Hemos perdido sin remedio por si alguien piensa lo contrario. El espectáculo ha terminado, no queda nada en los inicios del nuevo siglo que sea consistente, que nos una y, sin embargo, no somos perdedores, en cada uno de los abrazos que damos, bajo la piel y en el corazón, entre las brumas de los que construyeron para nosotros un rumor en la historia, una victoria del alma frente al mundo, en todas las canciones y los versos y las novelas hechas de furia y libertad, está el rumor de aquello que debe perdurar, el aliento enfurecido de los que nunca ganaron pero jamás fueron perdedores, como un aviso para navegantes, como un viento silencioso que se cuela entre los pliegues de la mentira y los naufragios, para que entre los restos que nunca recogerán los imbéciles y los esclavos quede esa materia prima de lo humano, aquello que nunca se doblega, el límite que hace ante la injusticia alzar la cabeza, ante la tiranía buscar otras palabras, frente a los límites hallar otro itinerario, ante el absurdo encontrar el sentido, frente al dolor y la mentira acariciar con los dedos erizados el amor y la verdad, aliviar el pesar de vivir.

Jesús siempre me habló de aquellos grupos de desheredados que huían de las hambrunas y las pestes en el medievo, que recorrían Europa con sus troupes de prestidigitadores, poetas, músicos, harapientos vagabundos del hambre y la picaresca. Él solía decir que de ellos nació el arte que le gustaba, que de ellos llegó esa extraña resistencia de los hombres ante los infortunios, la imaginación encendida de los derrotados frente a la derrota despiadada. Se nutría de esa esperanza, y una vez me confesó que tal vez el mundo se iba a poner mucho peor de lo que todos esperaban, y que si yo lo deseaba, lleno de confianza en mí, formaría conmigo una de esas pandillas de inventores de aire, de mercaderes de arena y limpiadores de nubes, de prestidigitadores del tiempo, que a mi lado él podía creer, reinventarse, empezar de nuevo. Ahora me toca a mí comenzar a reunir a todos esos perros de la lluvia que aullarán en las noches de invierno, se lo debo, a él y a mi hijo, al hombre futuro que se negará a ser carne de cañón, aderezo maltrecho en una escenario que no le pertenecerá, masa ruidosa sin alma ni voz, anónimo despojo del poder en su crecida intolerancia, en su dureza orgullosa, que no creerá a los amos ni respetará a los esclavos, aquel que entone las canciones que aliviaran la oscuridad futura, los que conviertan en polvo las indecencias de éste presente, los que alumbren alguna vez un mundo de luz y no estos templos de mercaderes.

Soplemos con fuerza a las brasas para que se mantengan.

Copyright Jimarino

28
nov
09

generaciones-el reino del vacio

Guilermo Pérez Villalta-El reino del vacio

GENERACIONES

A Ortega y Gasset


Decía Ortega y Gasset que cada quince años

aproximadamente una generacion

tomaba el relevo de la otra, y comenzaba la pugna que destituia

a los mayores de su trono en un largo proceso,

que contenía conflicto y convivencia,

y así sucesivamente, alimentando en la historia

la ilusión del regreso.

Hace más de medio siglo que Ortega y Gasset

murió, y en los ojos de los que vemos

a diario no se observa otra cosa que la misma mirada,

las mismas bocas, las mismas fauces

y  un ladrido familiar.

Si nos bloquearon en este simulacro

de ciertas delicias turcas,

de tardes fosfuorescentes y química ilegal,

deberíamos apretar los dientes para gozar de un astro que llamamos sol,

del aire que nunca debieron dejarnos

respirar, y empezar a perdonar

las promesas de un destino que ya no es nuestro,

y que probablemente no lo será jamás.

Copyright Jimarino2008


12
may
09

el erotismo 2ªparte-(los desnudos de Modigliani)

modigliani5

Amedeo Clemente Modigliani nació en Livorno en 1884, y murió de meningitis tuberculosa en París, el 24 de Enero de 1920. Desarrolló su labor artística tanto en el ámbito de la pintura como de la escultura. Vivió una vida salvaje, bohemía y libre y murió en la miseria. Su relación con la escuela de París e importantes pintores de su época reividicaron la magnitud de su obra años después de su muerte. Hoy en día está considerado como uno de los pintores más importantes del siglo XX.
Todos los poemas pertenecen al poemario En torno al erotismo  (Octubre 2008-Marzo 2009). Copyright Jimarino

*************************************************************

VI

Entre tus genitales, sus funciones

internas y el erotismo,

se encuentra el hallazgo de tu inteligencia

(o esa poesía o esa mística),

la que desvela esas telas

y saca la lengua de madrugada,

la que impulsa el sentido de esta danza,

del vaivén y la sombra,

del misterio que nos queda por vivir,

lo que da sentido a esta muerte lenta.

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VII

(SPLEEN)

No pudimos vivir de deseo

y pronunciamos aquella maldición

al despedirnos.


“Nunca te acariciarán el alma, ni quedarás

exhausto de la plenitud de esta dicha,

ni correrá la sangre por tus venas hasta

mi garganta, jamás verás el resplandor

de morderme ni la humedad que nos baña.

No respirarás el aire de mi pecho

ni yo el viento de tu cálido abrazo,

no te dejarán sin palabras,

no te arrancarán los ojos y el sentido

cuando el ritual se celebre.

Nadie te hará gozar de no tener nombre,

de la llama que nos quema anónima.

Nunca serás una prolongación de tu sexo

extendido hasta erizar la noche.

Raro será el viento que te empuje hasta elevarte,

no hallarás nunca más mujeres ni hombres de aire

con quienes hacer el amor sea volar

(volar de Girondo, volar de Bataille)

No serás una identidad rota de circos y luces,

una identidad de pura piel y tacto,

ni caricia ni beso largo en el centro

de tu goce; nunca volverás a ser el roce

de este amor sagrado.”


Teníamos razón al despedirnos…

pero no pudimos vivir de deseo.

modigliani_blue_cushion

XI

Entre una y otra muerte

te apremio a divertirnos.

Quizá esta fascinación es poco

para tu asombrosa herencia,

o nada para tu quietud apacible

que no ceja de moverse.

Pero así es,

entre el día de hoy y tu muerte

sólo tendrás un puñado

de simulacros súbitos

de espasmos plácidos,

o esa ficción de la maternidad.

Soñemos pues con las danzas,

en cada beso que te entrego

todas las muertes serán fascinantes.

Ya lo sabes;

Entre una muerte y la otra

te apremio a divertirnos.

********************

XII

Dejémoslo claro esta noche:

Tu reproducción no me interesa

más allá de tu absoluta entrega.

Yo prefiero el ritual,

aunque disimule,

aunque te diga que esto

es lo que crees.

Quiero dejarlo claro:

todo tu ser no me interesa

en el futuro,

es la pura ceremonia

lo que incendia,

es la invención que construimos

ciegos lo que arde,

es el largo gemido

que expulsa el presente.

Lo fértil espanta:

es la humanidad que gira

y el frío que nos corroe:

quiero morir en ti,

nada más;

la vida está ya en otra parte.

Amedeo-Modigliani_red-white-nude

XV

Cuando ella le miró a los ojos

sintió el silencio,

un eco sordo

y la punzada fina.

El espantapájaros saltó hacia delante

con el pulso tierno

y sus pasos quedaron flotando

en el aire de la tarde.

Fue entonces cuando mordió

su cuello junto al mar,

pero les faltaba el sentimiento

de una violencia elemental

y aquella sangre sabía

demasiado dulce,

demasiado aguada.

No tenemos el aliento que anima,

los movimientos de este compás

cuyo nombre pronuncias;

todo lo que hay entre tú y

y yo es falta de violencia.

Amadeo_Modigliani_056

XIX

El erotismo siempre es

nuestro problema,

ya lo sabes;

surge de la brumas

del equilibrio

para acuciarnos,

ensombrece la luz,

enciende la oscuridad a su vez.

Ese misterio inflama

incluso lo anodino

de su consecuencia,

a pesar de la dirección

equivocada.

Tarda en surgir,

y lo hace por error,

o por incoherencia;

pero ahí está, incólume,

inaccesibles a los dos.

Cada uno de sus ecos

me conduce a ti

y a la vez me aparta

de la corriente.

El erotismo siempre

es nuestro problema.

Quizá nos falte

la auténtica

imaginación de la extinción.

*********************

III

Todo lo que lo desea el alma

desnuda es cierto,

posee el don de nuestra coherencia.

Surge de lo que no podemos tocar,

de los labios que no hablan

y del silencio que es ruido ensordecedor.

Abre los ojos ante las apariciones

y teme a los suspiros contenidos.

Desnuda sobre una cama de pétalos

sueña con llegar a la santidad

de una masturbación frenética

que relame húmeda el alma.

Así somos dioses,

así somos polvo de eternidad.

modigliani6

XVII

(JURAMENTO DE LA SIRENA ETERNA)

Podría vivir dentro

de ti.

Por eso bebo tu semen,

tu continuidad.

La engullo en la certeza

del tiempo,

en la seguridad

de que no me

olvidarás jamás

modigliani

17
abr
09

el erotismo I

el éxtasis de Santa Teresa. Gian Lorenzo Bernini. (1647-1651)

el éxtasis de Santa Teresa. Gian Lorenzo Bernini. (1647-1651)

La obra Éxtasis de Santa Teresa es la obra más conocida del escultor y pintor Gian Lorenzo Bernini, realizada entre 1647 y 1651 por encargo del cardenal Cornaro, para ser colocada donde iría su tumba en la Iglesia de Santa María de la Victoria de Roma. Esta considerada una de las obras maestras de la escultura del alto barroco romano.

Todos los poemas pertenecen al poemario En torno al erotismo  (Octubre 2008-Marzo 2009). Fotografías de diversas vistas de ka escultura de Bernini Éxtasis de Santa Teresa.

*******************

IX

En el fondo, entre tú y yo,
entre este aliento y esos ojos,
tu labio sobre mi labio,
la cadera apoyada en mi pecho
-miríada de luz
y el aleteo de tu ser
gozando-,
entre tú y yo
sólo hay un abismo
que tratamos de recorrer,
sólo hay la distancia insalvable
de lo discontinuo
que atravesamos en este ritual,
sólo aire que abrazar,
sólo esta aspereza que palpita
-la hinchazón masculina
y la humedad de Eva-,
sólo miedo y tensión,
sólo lo sagrado del suspiro,
buscando, afanoso,
la continuación a esta extinción
sin sentido,
en este roce milagroso,
en ese suspiro que anuncia
el hermoso espasmo.

23

I

Ante la desnudez del espantapájaros
(la verga henchida
en el fondo blanco;
sus dientes afilados
que amenazan)
la santa llena de pavor
mira hacia otro lado.

Vista de la voluptuosidad,
ignora la unidad que existe
entre su mística de santos
y la carne que palpita
en el instante del prepucio.

Son las pasiones inconfesables
de las hadas, que se frotan
las vaginas en la quietud
de un dios enorme
que devora lo sagrado.

Dios y falo
surgen de la aurora de su éxtasis.
Si el espantapájaros penetra
la savia terminará
convertido en un icono
clavado en la cruz

(y ella cantará silencios
con las manos plenas
de semen)


********

XX

Todo tu trance
es un enigma;
los ojos enrojecidos
y los labios crepúsculo,
la caida de la lluvia
sobre el lecho,
inepxugnable a lo real:

(El aire se frota
con tu cuerpo
en la arena esparcida
y silba)

No lo sabes
pero es tu yo más intenso,
se halla en la cima
construido de iconos
y escenas perdidas,
de tardes de noria
que expresan
la mística.

34bernini2

XIII

Si te dijera que tu abismo
es la savia que bebo,
que tu oscuridad
me estremece de gozo,
que caer sobre la negrura,
-esa muerte de piel-
es el sentido,
que cuando aleteas
vomito humo,
que este abismo es cierto
sentido,
y es la muerte,
la muerte vertiginosa,
la fascinación de ti,
la fascinación de tu cuerpo.

**********

V

Aprobación de la vida.

Sin ello no palpita el límite,
no susurra el alba
y pierde textura la noche.
Quizá no sirva para nada,
o quizá sea sólo malestar.
Pero la aprobación de la vida sí;
erotismo para ser algo más
o algo menos en la frustración.

Para besar los labios que encienden
el sentido.
Para gozar de lo oculto
y lo extraño,
para aceptarlo todo.

No hay mas remedio.

Erotismo para morir antes
y saber de la muerte.
Para gozar,
cuando nada existe como es,
cuando no hay senderos
ni niebla que se disipe.

Ser carne es un peso:
habrá que convertir la piel
en temblor para hallar luego la calma.
Calma de recordar que fue así
cuando ya no se puede ser.

La aprobación de esta vida
requiere la intervención
de otros sabores;
sirenas y espantapájaros
arrodillados, devorados,
almas que comer en la desnudez.
Silencios, silencios apacibles
para morir de éxtasis sin él.

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XVIII

Poesía es ese instante
en el que te poseo,
el río que nos arrastra
hacia la corriente
que nos une,
la hermosura de tu paso
firme sobre la cama,
el segundo en que te sientas
sobre mis ojos
para la oración y el éxtasis.

(De los poemas Copyright Jimarino)

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04
ene
09

el silencio de los hombres

Francis Bacon

Francis Bacon

Los hombres se vuelven silenciosos
como lenguas cortadas,
como guitarras sin cuerdas.
Escupen improperios
sin ruido.
Miran de reojo las lágrimas
que caen sobre la tierra.

Hay hombres que no llegan
a eso porque nacieron sin alma,
nacieron rotos,
empujados al espanto
desde las llamas.

Pero los otros,
los que miraban,
los que fueron capaces
de otear el horizonte
y dibujar cartografías,
se vuelven silenciosos
porque el dolor
les corroe las laringes,
porque las celdas
son indestructibles,
porque los barrotes
no se doblan y tienen miedo.

Los hombres estúpidos alardean
del absurdo,
se pavonean por los corrales
agujerados de insignificancia,
pronto silenciosos.

Los hombres se vuelven silenciosos
por el zumbido de los motores
y la ausencia de esperanza.
Hombres que lloran en silencio,
sin lágrimas.
Silenciosos agachan la cabeza:
No inventaron nada,
no cambiaron nada.

Silenciosos, otros se venden
y son aplaudidos,
y al final,
pese a todos,
se vuelven silencio.

Se les ama a ratos,
como esteras de portal.
Se les pide,
se rompen en trozos
descubriendo el oro y la quimera.

Se desgañitan en habitaciones al vacío
para volverse silenciosos,
para ser silencio.
Los hombres se vuelven silenciosos
en el eco de los morteros
y en las ráfagas de amianto.

Las mujeres les aplauden
mientras se pelean por las guirnaldas
y el cacareo,
gritones y ruidosos,
silenciosos más tarde.
Incluso cuando cuentan historias
o dibujan su pecho
terminan por llegar al silencio.

Silenciosos cabecean
por las esquinas,
se muerden enfurecidos
de silencio o se derraman
como las frutas
maduras en el suelo.

Se vuelven silenciosos
porque no pudieron vivir,
porque no pudieron ser otra
cosa que sucedáneos,
que imitadores de porcelana.

Porque se quedaron en comparsas
de los mercaderes
y los mensajeros.
Porque,
por cada hombre
que habla de viejo
hay cientos de millones
que lloran sin que caiga
una sola gota de agua.

15
nov
08

el espantapájaros y el amor

egon schiele

egon schiele

* * * *

A Georges Bataille

Debo decirte que amar
es arrancar nuestra soledad inconsolable,
es pretender poseer tu cuerpo, tu alma y tu posteridad,
que tú te empeñes en poseer mi cuerpo, mi alma y
mi posteridad.

Atravesar tus secretos en el limbo
de la inconsciencia erótica,
hacer que seas vagina húmeda
y yo aliento de sangre enhiesta,
lamerse como animales
en el reducto de la piel
para gemir y husmear,
para que expulse en tus senos
la savia que ganará el futuro,
pero si no poseemos el alma
a lengüetazos y delirios,
sin anonimato y suculentos gritos,
será como azotar con cañas
la dura lámina de las rocas.

Si te convierto en icono,
en las palabras sin rostro
sin besar ese pezón incendiado
que ilumina el día,
y tú no encuentras
la llama que arde
sobre ti hasta echar su cera
caliente en el suspiro,
si sólo somos contemplación
y grito sordo, si nos quedamos
en la oración suprema
sin construir la verdadera
carretera del cielo,
o en la caricia tierna y temblorosa
que disimula el miedo,
será como pretender volar
sin ascender un metro del suelo.

Si en la mística de nuestra inmortalidad
anhelo poseer lo que nunca poseí,
si apenas puedo besar los labios
y ni siquiera orar sobre el destino
porque no eres mía y yo no soy tuyo,
si sólo transformamos fotografías
en besos imaginados, en humedades
fingidas bajo los marcos
transparentes de una casa
sobria, en la soledad de todos,
si alardeo del símbolo
y no toco con mis dedos la vela,
será como rezar humildes
a un dios sin efigies ni carne.

Debo decirte que otra cosa que pretender
poseer será compartir, interés, negocio,
cacharerría de simulacros,
ademán sin obscenidad, ni rigor,
sin agujeros de leña,
sin inmortalidad ni saliva,
tan neutros como la primavera
escrita en los anuncios,
tan cínicos como los que ríen
la tibieza del sentido común.

No quiero ser negociante
ni de tu alma ni de tu cuerpo,
y tampoco vender monedas
a cambio de la inmortalidad
que se resbala como la nieve
en las alcantarillas.
Será cuestión de afanarse en todo,
porque penetraré en tu cuerpo
para que mi disolución sea tu vida
y la mía la tuya,
mientras convierto el instante
de eyacular en tu frente
y el despojar de tu miel sobre mi pecho
en las imágenes que construirán la metáfora,
y en medio de los finales
nos abrazaremos como tristes bautizos
sin tierra, sabiendo aún así felices que
con sólo mirarte tu serás
la eternidad de mí y yo seré
la eternidad de ti.

Copyright Ariño2008
09
nov
08

monólogo del espantapájaros frente a las sirenas

Pablo Picasso

Pablo Picasso

Dorados esos muslos,
suenan sus ecos
por el laberinto de Dédalo:
-Hijo, asume el destino,
la pátina que envuelve
tu cuna,
no hagas lo que no debas-.
Los cabellos sobre los hombros:
Así es la expresión
del deseo,
la grupa alzada
y la humedad,
y me pierdo.
Cada momento del aire
tiene un instante de gloria:
-Vuelo, vuelo donde no llegas,
donde me alcanza la paz del amor
y sólo bulle la presión
de la aspereza.-
¿Prefiero el amor o el deseo?
Me pierdo en ti,
pero también en ti.
La disyuntiva se define
por oposición entre
contemplación y furia.
Tú crees que soy
el domesticado que abraza,
y tú el salvaje que ahonda.
Un abrazo al anochecer
sobre el colchón caliente,
mientras rozo con mis dedos
la curva de tu vientre.
Un jadeo en los ojos,
mientras tu deseo inasible
me humedece el pubis
y devora mi carne encarnada.
Dorados esos muslos,
me quema el aire
de tus ojos,
la suave brisa que provocan
las lágrimas.
Soy de arena,
igual caigo sobre la tierra
y reposo,
que me empuja el viento
tan lejos
que sólo ardo de humedad.

Copyright jimarino2008
01
nov
08

la falsificación de las imágenes

Rene Magritte

Rene Magritte

¿Puede ser real el silencio?
¿La espera desterrada
y esta nostalgia de viernes por la tarde?
¿El mundo perdido,
la espesa maraña del abrazo?
¿Los sueños que se evaporan
con el tiempo?
¿La triste mirada al cielo gris y
la áspera caricia de un reproche?

¿Puede ser real la caricia,
la esencia de esta tarde dormida?
¿El cuerpo desnudo
sobre la cama
y el sudor que desprende
la lluvia al besarnos?
¿El abrazo?
¿El gemido que trajo
el anochecer?
¿La figura que pasea
por el cuarto y ese aliento
en mis labios?

¿Puede ser real ser humano?
¿Caer rendido
en esta tarde y reír
de felicidad?
¿Notar el empuje de la noche
justo cuando ella se marcha?
¿El recuerdo de la boca
depositada sobre la piel?
¿La caída de la luz
y el maullido
del gato aproximándose?

¿Puede ser real el simulacro?
¿La causa destruida
y las paredes blancas
del dormitorio que me atrapan?
¿La suave cadencia
de la música en sus pechos?
¿La memoria de los tiempos
quieta en mis dedos?
¿El susurro que se fue?
¿La tarde en la que atisbo
el horizonte y pierdo el sur?
¿Las calles vacías por el otoño?
¿Ser otra vez naufrago y aventura?

¿Puede ser real esta vida que no es mía?
¿Los uniformes que cruzan mi pecho?
¿El fingimiento sin poesía?
¿Los amores de un rato
desperdigados
en las aulas del olvido?
¿La soledad inmensa
de estar acompañado de palabras
que no suenan?
¿Los árboles frondosos
que nos ocultan los jardines?

¿Puede ser real esta nada?
¿O es un todo que refleja
la esencia de mi alma?
¿Nada? ¿Todo? ¿Absoluta
la disyuntiva? ¿Naufragio?
¿Sí? ¿Hacerlo sin asideros?
¿Qué se vaya y correr tras los ojos?
¿Podrá ser verdad este eco
extraño, esta extrañeza de metamorfosis
y aire viciado?
¿De amores acumulados
como capas del subsuelo?

¿Puede ser verdad mi propio rostro?
¿La mirada que se transforma y sólo quedan
los ojos, mis ojos?
¿El reflejo del espejo
que me avisa del otoño que llega?
¿Que me arrebata con viejos anhelos?
¿Puede ser verdad mi delirio?
¿No ser quizá más que aire?
¿Aire a inventar,
reconocible en la mujer que se levanta
de la cama?
¿Por su cuerpo desnudo
en un colchón mullido?
¿Será este sueño la verdad?
¿El sueño que me arrulla y me abate,
el sueño que va llegando?
¿Cerraré los ojos
mañana al amanecer?
¿Hoy ciego? ¿me abalanzaré
en la noche de los tiempos?
¿En mi noche ritual?
¿En la extraña delicia de un calor
nunca olvidado?
¿Perdido y traicionado,
agujerado de todas las traiciones del mundo?

¿Será verdad que en los ojos
desconocidos que encuentre
antes de que amanezca
sueñan las sirenas que deseé
hace tanto?
¿Será verdad que sólo
escupo contra el viento?
¿Qué mis labios están sellados?
¿Qué lo único que amará mi corazón
será el simulacro?

¿Tengo aún mis cartografías?
¿Son verdad las cartografías
del cielo?
¿Mis pequeños delirios?
¿La respuesta que le dejaré a él,
a las preguntas inmensas
que se acumulan?
¿Seré padre de oro?
¿Padre de tiempo o de aire?
¿Seré padre de sirenas
o sólo padre terrible?
¿Qué será de lo perdido?

¿Tal vez este duermevela?
¿Un sueño lánguido
que me va envolviendo?
¿Qué se nutre de imágenes?
¿Seré este sueño enterrado?
¿Los ojos que no ven,
ciego el aire
y espeso el tiempo?
¿La maraña silenciosa
de un atardecer submarino
que gorjea y gime?
¿Será lo casual lo tangible
¿La eyaculación la vida?
¿La caida desde las estrellas,
embadurnado de barro?
¿Este pequeño lamento
silencioso?
¿O son sólo palabras,
palabras, palabras y más palabras
para ocupar el viento?,
¿El miedo de existir?
¿El vértigo de ese café
humeante que beberé al despertar?
¿La hora, la hora de celebrar los mitos?
¿La hora de enterrar la inquietud,
hora de lágrimas y risa?
¿Será esto vivir
o serás tú quien me lo diga?
¿Serás tú la sirena, cuando surjas
de las fauces del mar?
¿cuando seas real?
¿Cómo un presagio?
¿Cómo la respuesta del aire?
¿Como ese sueño
extraño que una vez
tuve en mi vida?

Copyright Jimarino
11
abr
08

los esclavos (una historia del mundo)

Georges Grosz

LOS ESCLAVOS

Lo mejor de esta farsa
es la seriedad
con la que el hombre
la afronta,
la gravedad patética del vacío,
expresado en una mueca
mohína;
el grito o la arenga,
sea sonrisa u orden,
como si la vida le fuera
en ello,
y la vida pasa,
y tras su paso no queda
nada, aire.

Pero solemnes
se atreven a hacerlo,
a pensar que
lo más importante de ello
es la farsa, la ignominiosa farsa
hecha para nadie,
para el aire que arrastrará
los rostros y dejará los muertos,
que borrará las bocas
aburridas, malhumoradas,
patéticamente ufanas,
y será nada, elementos de nada,
recuerdos de odio,
pequeñas afrentas a la humanidad,
como todas pero sin alma,
como todas pero convencidos
del alcance de lo inútil,
nada, dije.

Y eso que lo mejor de esta farsa
es la estúpida seriedad
que ilumina el rostro
de los hombres,
como les sucedió a aquellos,
los que ajusticiaron en Auswitzch
o asesinaron niños en Belén,
a los que compusieron odas
gloriosas a Stalin,
infelices, graves, concienzudos,
viviendo la farsa como si esta
fuera trascendental.

Ya dijo el poeta
que la vida iba en serio;
pero ellos confundieron al enemigo,
pensaron que así,
vociferando y cumpliendo,
salvarían las carnes,
nunca creyeron en el alma,
eran pobres desgraciados,
y nosotros siempre sus víctimas.

Copyright Ariño2008

11
abr
08

el arte erotico japonés II-Siglos XVII-XVIII (Uyiko-e eróticos)

78.jpg En vista del éxito del post anterior, y aprovechando mi reciente visita a La Casa de Japón en París, he reunido un buen número de Uyiko-e eróticos. De alguna forma, el tráfico de la entrada, que supera las mil visitas desde que lo colgué en noviembre del año pasado, ha despertado aún más si cabe mi interés por éste tipo de pinturas. Rastreando en la libreria de Japón en París encontré que estos curiosos dibujantes fueron artistas de reconocido prestigio, cuyas obras -no sólo las eróticas- circulaban como tesoros entre las gentes de su tiempo, siendo sus autores auténticos ídolos culturales. He tratado de reunir Uyiko-e eróticos más variados y de más artistas. En estas escenas, a las ya conocidas láminas de pareja, se le unen dibujos con más personajes. También he reunido los dibujos que se hacía como prácticas en las escuelas de Ukiyo-e, e incluso alguna que otra escena homosexual. La mayoría son del siglo XVIII y XIX. Espero que gusten tanto como los que publiqué en su día; siguen pareciéndome hermosos, tremendamente modernos y muy lúdicos. Siguen siendo excitantes y sugerentes. Forman parte de un país extraordinario, lleno de paradojas, con una de las literaturas en el siglo XX más extraordinarias y originales del mundo.

Quien quiera introducirse de un modo más profundo en la cultura y la sexualidad japonesa, disfrutará seguro de las novelas de Januchiro Tanizaki, Kenzaburo Oé, Yukio Mishima, Yanusari Kawabata o más recientemente Haruki Murakami o Ryu Murakami entre otros. Son distintos y fascinantes.

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La música de los perros de la lluvia

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El viaje de la memoria. Un cuadro de Pío Cesar Robla. Entrada al almacen de cuadros

Pio Cesar Robla.

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