Archivo de Autores para J.M. Ariño



11
oct
10

jose antonio labordeta en Jorcas-town

Cuenta mi madre que uno de los momentos más emocionantes de su vida sucedió en 1975 si no se equivoca en el año. En la plaza de Jorcas, un pueblecito insignificante y modesto de Aragón, atrapado en un valle montañoso de laderas y quiebros de las Sierra de Gúdar y Teruel,  se arremolinaba la gente en la plaza expectante por ver a José Antonio Labordeta. Mi abuelo materno había sido admirador de la poesía de su hermano, Miguel Labordeta, poeta poco conocido de una calidad extraordinaria, que murió joven y se perdió entre las brumas del franquismo ensordecedor. José Antonio tenía un disco grabado en Francia entre cuyas canciones se encontraba El Himno a la libertad. Música clandestina en una época oscura llena de ilusiones futuras. Aquel vinilo ahora rallado y polvoriento fue durante años hilo musical discreto entre las paredes de mi casa. Yo nací en 1972, y francamente tardé años en entender porque mis progenitores adquirían ese aire solemne cada vez que aquellos versos que llegué a aprender de memoria surcaban los vientos del salón surgiendo de aquel viejo tocadiscos color crema de los años setenta.

Mi madre me confesó años después que nadie esperaba aquella reacción, aunque todo lo sucedido, aseguraba, poseía un aire nebuloso en su memoria, una especie de mitificación inevitable. Mi padre, tesorero de aquella mítica comisión de fiestas que inició la recuperación de las celebraciones estivales a lo largo y ancho de la sierra, hasta extenderse como la pólvora años después por todas las poblaciones cercanas, y al igual que el resto de los que dirigieron aquella extraordinaria iniciativa cultural y lúdica en una España inquieta que ya atisbaba el final del régimen y se nutría de expectativas y sueños dorados, sabían que había una lista de canciones prohibidas por la delegación del gobierno, una lista que caía como una losa sobre el repertorio del cantante. Ella no recordaba cuanto tiempo permaneció sobre el escenario o si cantó cinco o diez canciones, sólo percibió ese hermoso cosquilleo que desde el interior de la plaza milenaria inundaba los corazones: veía a los jóvenes alborotándose a la orilla del tablado, se escuchaba el rumor incesante de los asistentes, la mirada torva de los que todavía defendían lo indefendible y de los que condenaban la llegada de Don José Antonio -un rojo de mierda-, por entonces tan joven, con ese bigote eterno y ese vozarrón tan ronco y terrible. Entonces sucedió, me dijo mi madre, y fue como si la luz del atardecer se convirtiera en furia solar de mediodía. Pasó que aquellos acordes sencillos y poderosos anunciaron el inicio del Himno a la libertad. Labordeta se pasaba por el forro la lista y las prohibiciones y entonaba esa letra que todos aguardaban, y aquella maraña de gentes comenzó a alzar los brazos y a ponerse en pie, unieron las manos en el aire y entonaban juntos, imagen tan hermosa  en labios de mi madre, y tan distinta a casi todo lo que acontece ahora, no sólo por la estética del instante, sino por la enorme necesidad del momento, por esa espiral de energía que anunciaba el cambio inminente.

Sonaron esas palabras antes de que la guardia civil  reaccionara  a tiempo.

Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad…

JOSE ANTONIO LABORDETA EN JORCAS (1975)

Por Dios!. Mi tía Magdalena, beata lúcida y algo anticlerical desde que el padre León le sugiriera sin éxito que le cediera las mejores tierras que poseía para fervor y gloria de la Diócesis turolense en 1958, se llevó las manos la cabeza en el balcón de la casa de la plaza. Mi abuela se puso a rezar a todos los santos conocidos que recordaba. Mi abuelo paterno se quito la gorra, y mi madre y mi padre tan jóvenes entonces, se sumieron en ese reconfortante orgullo de pertenecer a esa fiesta, a ese hartazgo que expresaba su triunfo frente al escenario, a ese hermoso himno que despertaba la ilusión de otra vida, que reconciliaba a los perdedores de la guerra, a mi abuelo materno, poeta y concejal del frente popular en 1933, sus sufrimientos y represalias, su existencia silenciosa y fragmentada en imposibles revelaciones, a todos lo que habían soñado con otro lugar y otro mundo, con los silenciados y los apartados, y se entrelazaba todo ello con esa juventud ilusionada que comenzaba a corear la letra mágica, con esa claridad estrepitosa y magnífica que retaba al presente cuando el futuro pareció en ese instante una realidad.

El concierto fue cancelado poco después, o al menos es lo que  mi madre contó, y a mi padre y al resto de miembros de la comisión de fiestas los fueron enviando junto a Don José Antonio Labordet a un reservado. Se interrogó al cura del pueblo, quien aseguró sin titubeos que todos esos muchachos eran gentes de buenas familias cristianas y sin malicia.

A veces pienso que yo mismo inventé esta historia, pero me gusta contarla de vez en cuando y mi madre no suele censurarme, forma parte del imaginario familiar. Pensé muchas veces en mi padre, tan modesto y discreto, pasando unas horas en compañía de ese hombre entonces mucho menos conocido de lo que luego sería. Fue valiente José Antonio, de eso estoy seguro al menos.

Durante años desfiló por esa plaza mayor en la que yo caminaba todos los veranos, entraba en las casas, se paseaba por la tasca del pueblo y charlaba con las gentes  que se encontraba a su paso. Tenía ese don de llegar al mocerío, ese interés sincero por los ancianos y sus vidas, conocía su tierra de primera mano y siempre agradeció a  este pequeño pueblo, a Jorcas, el haberle permitido cantar cuando entonces todo eran dificultades.

Después su éxito creció, llegó a dejar temporalmente su plaza de profesor de historia en un instituto y, sin embargo, regresaba a la Sierra de Gúdar, volvía cada verano a ese lugar al que dedicó una hermosa canción sobre un atardecer nublado y una mujer que lo miraba cantar entre los rostros del público.

Unos días después de la muerte de Labordeta, mi padre me dijo que la primera vez que actuó en Jorcas, lo hizo subido en un remolque improvisado envuelto en la bandera cuatribarrada de la corona de Aragón. Hace unas horas descubrí la fotografía en un periódico aragonés y ese detalle que mi viejo reveló me llenó de orgullo. Todavía hoy en día, en el transcurso de las fiestas de la Virgen de Agosto, fiestas que ya nada tienen que ver con aquellas de los años setenta y las primeras de los ochenta, en la fachada lateral del ayuntamiento puede leerse esa frase memorable de una de su canciones: Esta tierra es Aragón.

De niño aprendí muchas de su letras y aún hoy en día sigo recordándolas: Somos, Esta tierra es Aragón, Arremojate la tripa, el Himno a la libertad, Banderas rotas. Labordeta fue esencial en el aquel proceso de aprendizaje, más que nada porque había sido importante para todos los que me rodeaban, y el recuerdo de niño poseía una admiración y un afecto inolvidable. Tenía esa dignidad compleja de definir, esa mirada serena y plácida que rara vez se agachaba. Recuerdo su sonrisa, incluso siendo muy niño la recuerdo, esa sonrisa entre los bigotazos, esos gestos que luego extendió de pueblo en pueblo en aquel maravilloso programa Un país en la mochila. Años más tarde descubrí que era un lector empedernido de poesía, que además ejercía de poeta de tanto en tanto, algo previsible oyendo sus letras.

Cuando se transformó en un personaje afamado de la televisión me pareció que aquel quizá era otro José Antonio Labordeta, hasta que un viejo conocido de un pueblo cercano, miembro de la Chunta Aragonesista, el partido fundado entre otros por el cantante, me informó una tarde de los esfuerzos personales de este hombretón, maño inconfundible, por poner en el mapa a su comunidad, su empeño por batallar en esa infausta legislatura de comienzos de los noventa contra la intolerancia , la prepotencia y el vacío, el ingente trabajo realizado junto a su gente para convertir a la Chunta Aragonesista en un partido clave de la región y alcanzar esa posición de bisagra necesaria para influir  en muchas alcaldías o en el propio gobierno de la comunidad.

He leído tantas cosas en los periódicos tras su muerte que me han recordado su proverbial bondad. Muchas tardes me senté frente al televisor en otra época de mi vida simplemente para sentir esa humanidad contagiosa en sus paseos por los rincones de España, y lo hacía porque necesitaba otro discurso a mi alrededor, otra actitud, aunque fuera en las forzadas representaciones del fraudulento mundo televisivo, incluso a pesar de las críticas de algunos maliciosos que denunciaban cierta falta de espontaneidad en sus actitudes o que insistían sin posibilidad de saberlo en que preparaba como si se tratase de un actor cada uno de sus encuentros con los lugareños. Para mí seguía siendo el mismo tipo sencillo y afable que caminó tantas veces por el antiguo empedrado de Jorcas, el mismo hombre campechano y cercano que se colgaba la guitarra al hombro y desafiaba las tormentas de verano encaramado al escenario que desde aquel viejo remolque oxidado terminó por alcanzar un rango digno, tablado de madera y hierro, con una altura suficiente para ese aragonés ilustre.

Ayer mismo me adentré en You Tube buscando imágenes del viejo profesor. Entre las grabaciones guardadas encontré un concierto multitudinaria de Labordeta. Finalizaba la actuación anunciando como despedida El Himno a la libertad. Se trataba de un recital reciente, ya alejado del origen de aquellos versos que alimentaron la ilusión de mi madre en 1975 y de los conciertos en la plaza de Jorcas en los que tantas veces le oí cantar esa canción. Me emocionó volver  a escuchar esa melodía, el viejo Labordeta con escasos cabellos canosos, las ojeras oscuras bajo las cejas pobladas, el gesto adusto y solemne, ciertas arrugas, con sus sempiternas gafas ovaladas y su bigote blanco, entonaba de nuevo esa hermosa letra que tal vez no sería aconsejable olvidar, porque no se hizo contra el franquismo solamente, sino a favor de toda la libertad que diariamente, en cualquier parte del mundo, en cualquier democracia imperfecta, tiranía o infierno que podamos imaginar, nos quitan, nos devoran, nos comen sin que podamos alzar la voz o responder mordiendo. Tchebe entró en ese momento en la habitación y le dije que escuchara esa canción que conocía, que viera las imágenes a mi lado. Lo sucedido después volvió a reafirmarme en algunas ideas sobre esa bella trova y ese hombre fascinante. Una francesa sin raíces españolas, que llegó aquí, a este país canalla, en 1994, escuchaba esa melodía con los labios temblorosos y el rostro demudado, y entonces me acordé del año 1999, si no me equivoco el penúltimo verano en el que Labordeta pasó por Jorcas con su guitarra y su vozarrón. Fue una despedida quizá inconsciente de la que ahora me doy cuenta. La fatiga se aproximaba, y aunque tardó en llegar aún, debimos interpretar aquel regreso como el inicio de un adiós. José Antonio Labordeta vino a tocar a esa plaza en la que había cantado durante más de una década para despedirse de una de las personas de aquella antigua comisión que había muerto joven y en circunstancias desgraciadas, alguien a quien deseaba homenajear en el lugar donde se conocieron, un pueblo en el que en aquellos setenta mediados forjó de alguna manera su carrera pese a las dificultades, un rincón perdido en el mundo donde entonó el Himno a la libertad y vivió esa presunta detención, esa alegría inmensa, ese sentimiento extraordinario que mi madre me revelara muchos años después.

Ese año pasaba el  verano en compañía de Tchebe y de una vieja amiga suya, Coco. Les había hablado tanto de  Labordeta que tenía cierto temor al concierto, tarde de sábado que amenazaba lluvias, cuando ya las fiestas patronales se habían convertido en excursiones alcohólicas y puramente lúdicas, sin aquellas antigua intención cultural, inquieta y rebelde en cierta manera. Los años habían transcurrido, España era por entonces ya un país supuestamente rico a nuestros ojos, los cantos a favor de la libertad habían perdido fuerza amortiguados por el fluir del dinero, la vida se adormilaba en un paulatino proceso de aburguesamiento consumista y cutre, antiguo, demasiado obvio y obsceno frente a nuestra vecina Francia y a la Europa de primer orden. El tiempo nos dio la razón a los incrédulos desgraciadamente, y lo peor es que quizá nos la siga dando a nuestro pesar, pero ese es otro cantar y no quiero ser agorero. Escuchar a Labordeta tantos años después, situarlo en el mismo escenario no ya con los ojos de aquel niño impresionado, sino con la mirada del joven a punto de inclinarse ante la bestialidad del mundo, susurrando de reojo la vieja rebeldía y aceptando las convenciones y la mediocridad a la fuerza, suponía para mí un reto, contemplar cómo todo había ido cambiando al paso de mi derrota, y tener eso ojos franceses a mi lado me provocaban una ligera tensión, como si Labordeta fuera mi padre o yo mismo, y yo respondiera con mi dignidad de su música.

Estoy viendo su corpachón y esa mirada franca, la guitarra colgada de un cinta sobre el hombro y sus dedos gordezuelos rasgando las cuerdas. Pienso en la extraña sensación que se produjo, con la amenaza de tormenta veraniega una vez más sobre las cabezas de los espectadores, repitiendo aquella vieja maldición de los nostálgicos. Qué demonios tenía ese hombre para que todos guardaran silencio en esa plaza siempre bulliciosa en fiestas, para que las miradas quedasen fijas en él, en su guitarra agarrada como un martillo, en su paso algo torpe por el escenario. Era la antítesis de la rock and roll star y sin embargo su dignidad provocaba ese silencio inmenso cargado de respeto. Cuando casi una hora después de comenzar el recital rascó las cuerdas con esos acordes y cantó El himno de la libertad, la expresión de Tchebe contuvo una emoción que a la fuerza tenía que ser ajena al origen de su letra y su intención de aquellos años setenta mediados, y no obstante le estaba diciendo a gritos algo, estaba apelando a su dignidad, y lo mismo le sucedía  a Coco, que chapurreaba español con un acento terrible y con la boca abierta oía ese toque de guitarra basto y poco virtuoso, esa voz profunda que parecía llegar  de las rocas de la pedriza, de la seca piedra caliza de las Peñaroyas como un eco de otro tiempo. Incluso Esta tierra es Aragón quedo en el tarareo gabacho al menos unas semanas después de aquellas largas vacaciones inolvidables.   Supongo que el estío del año 99 fue memorable en aquel recorrido feliz por el Maestrazgo y las sierras de Teruel, Javalambre y Gúdar, por los baños desnudos en esos ríos de aguas heladas y los paseos despreocupados, por esas fiestas patronales deliciosas que aún entonces guardaban alguna esencia del tiempo perdido y su origen, o quizá todavía la guarden para el  mundo aunque yo ya no lo vea, pero de todas aquellas semanas, de la tristeza de nuestra vieja amiga Coco por entonces y  la memoria fértil de Tchebe, 1999 quedó encuadrado en esa hermosa tarde de música y poesía que nos regaló José Antonio Labordeta un 14 de agosto, como un eco memorable de la dignidad humana reflejada en el rostro de ese hombre y de todos los poetas, algo que les hacía pensar a las dos en Brel y en Brassens, en el viejo Moustaki, en Leo Ferré o en Aragón. Coco se rió a carcajadas con la historia del mono y el Juez que Labordeta contó a mitad de concierto con la sonrisa en los labios. Se la oí en otros conciertos pero no me importó.

Once años después, hace apenas unos días, cuando Tchebe volvió a escuchar el Himno a la libertad sabiendo que Labordeta había muerto, sus ojos se llenaron de lágrimas, las mismas lagrimas que inundaron el corazón de mi madre tantos años atrás, la misma sensación de hermandad y rebelión que siempre sentimos en el Aragón desierto de sierras escarpadas y secas, de pueblo vacíos y soledades dignas, esa esencia que Labordeta, de puro amor, siempre expresó en todas partes como si fuera un embajador sin título de una tierra que amaba.

Años más tarde vendría la televisión y sus espectaculares legislaturas en el parlamento. Se hizo aún más famoso, no sólo en el entorno antifranquista de  los setenta o en ese Aragón que siempre lo tuvo presente, sino para toda España. Fue memorable aquel momento democrático en el que ante el pataleo y la burla incesante de aquel partido popular en mayoría absoluta y con el rumbo atrofiado, que boicoteaba su intervención mientras intentaba una y otra vez hablar, su cabreo ante aquel simulacro de congreso, propició su enfado airado, ese a la mierda ante los insistentes gracioso para dar la vuelta al mundo catódico de la noche a la mañana. Quizá demasiado  poco para un luchador de su envergadura, pero lo cierto es que su figura creció, y lo hizo alejada del exabrupto de esa tarde ruidosa. Lo hizo con sus textos de beduino en el congreso y con su literatura, con sus libros de poemas, con todas esas canciones que nos fue dejando a lo largo de tantas décadas.

Ahora, a veces Tchebe canta El himno a libertad a Mateo y tratamos de que posea ese sentido universal y eterno que igual valdría para Aragón o la España del franquismo, para la Cuba de Castro o frente a los sucios tejemanejes de la extrema derecha norteamericana, para los especuladores del populismo barato y falso, o para los aprovechados y los corruptos de las democracias vencedoras, para los tiranos de tantos y tantos países,  hecha para todos esos seres humanos que por alguna razón sienten o puedan llegar a sentir que su libertad queda coartada por el ruido ensordecedor de la estupidez, la maldad o la historia de los vencedores. Otras entona los conmovedores versos de Banderas rotas, de todas esas banderas que como las suyas y las de otros muchos antes, y tristemente como las que se quebrarán en el futuro en el incierto devenir del mundo, se alzaron entusiastas para quedar rotas por la vida.

Me cuentan que en algunas de sus reuniones con parlamentarios, silenciosas y  discretas, logró unificar a gentes de ideas y mundos opuestos, que hasta el infausto Jiménez Losantos le hizo un hermosa necrológica en su inefable programa de nada y miseria, y que en más de una ocasión mentó en público que el abuelo le ofreció la posibilidad de leer y gratis a la mayoría de los escritores latinoamericanos del boom; que aquellos que compartieron sus ideas en Aragón se citaron con todos los demás en esa capilla ardiente en la que 65.000 personas dejaron sus huellas y el cariño hacia un hombre irrepetible que siempre quiso ser recordado como un árbol caído, como un pájaro herido, como un hombre sin más.

Un viejo amigo de mi padre que asistió hace algo más de un año a uno de sus últimos conciertos en Teruel, le contó que, en una conversación posterior al recital, Labordeta expresó ante un grupo de personas cercanas las ganas que tenía de volver a Jorcas a cantar antes de que todo desapareciera, como si el círculo de aquellos comienzos ilusionantes, aquellos años en la ciudad de Teruel en los que animó e hizo revivir la triste vida cultural de una capital de provincias pequeña y aburrida, algo que fijó su destino en medio de la casualidad para empujarle junto a su voluntad y su bondad hacia lo que luego terminó por convertirse, tuviera que cerrarse en el pequeño pueblo que vio nacer a buena parte de mis antepasados, ese lugar en el que tantas veces fui feliz.

No volví a  verlo en vivo después del año 1999, y eso que en mi primera y fallida novela sobre la educación escribí un capítulo acerca de esa noche en la que acabó en el cuartelillo entre los verso del Himno a la libertad y esa joven y esperanzada comisión de fiestas, tal vez porque su presencia siempre fue importante incluso cuando me alejaba de sus pasos tozudo, envuelto en mi vida maldita y en mis deslices autodestructivos.

Los tiempos cambian pero él me hacía pensar que algo podía quedar de toda esta velocidad ciega, era como si saber que al abuelo estaba vivo me diera tranquilidad, me ayudara a situar las cosas de la existencia en su justo lugar. Ahora siento algo más de de orfandad, y quiero recordar sus paseos por las calles de Jorcas, su voz llenando el vacío en aquella sierra pelada y en extinción que durante los  estíos recuperaba la magia de otro tiempo habitado, su guitarra colgando del hombro, su sonrisa a  los  muchachos en los que tanto confiaba, sus trayectos por los pueblos de España con una mochila a cuestas y ese a la mierda que en verdad representaba a una mayoría de la ciudadanía española en ese momento harta de mentiras y manipulaciones, de prepotencia y cinismo. Me quedo con esa frase que solía decir en público y en privado, como si no hubiera diferencia en el ámbito de una y otra existencia, que se sentía un extraño entre parlamentarios, que no servía para ser diputado porque siempre trataba de decir la verdad.

A mi padre le queda un compadre menos y a mí me desaparece un tío abuelo que adoraba. Nací en Valencia y sin embargo siempre sentí como propia a esa tierra aragonesa tan sobria y resistente. Hoy en día, ante la realidad de la Comunidad Valenciana siento un irreprimible deseo de adquirir la nacionalidad aragonesa para alejarme de todos los Gürtel y sus secuaces, de la maligna influencia del endiosamiento y la soberbia, de la triste corrupción aplaudida, o de ese ruidoso circuito de Fórmula 1 que ensordece las miserias de la capital del Turia. Esta ciudad, como dice Tchebe, ya no es lo que era, ya no guarda casi nada de lo que fue. Tal vez sea el momento de convertirnos en sobrios aragoneses, y Labordeta siempre será una de esas razones que justifican el cambio hasta que haya una posibilidad de regresar -porque regresaremos-, quizá porque en aquel Viento niebla polvo y sol, y donde hay agua una huerta, y al norte los pirineos, en esos límites que siempre fueron Aragón, encontré la calida sencillez de un pueblo austero y silencioso, a veces modesto hasta la exasperación, o incluso distante a ojos superficiales, que de alguna forma se apoderó de mí para reflejarme donde se hallaba mi verdadera tierra.

Su lista de acompañantes, amigos y compañeros de viaje es inmensa, tantos que en los homenajes acontecidos tras su muerte los nombres se me arremolinan inasibles y me cuesta desentrañarlos, gentes con las que cantó, personas a las que acompañó o le acompañaron en cientos de causas y actos sociales, muchas  personalidades famosas de la canción y la política, otras anónimas que como yo siempre mantuvieron esa memoria hermosa, esa agradable anécdota resguardada en el baúl de los recuerdos, una vida de diferentes caras y prismas, unidos siempre bajo una misma personalidad arrolladora y solemne, sincera y llana como pocas, que hizo de Aragón su bandera y de la libertad una lucha constante, obcecada y terrible. Miro entrevistas, leo palabras sobre él, artículos, textos  biográficos y necrológicas emocionadas, y siempre me queda esa misma sensación de haber conocido a la misma persona, ese rostro familiar, esa sonrisa cercana y afable.

Ayer domingo luminoso en la sierra, Lucía, una vieja amiga de José Antonio Labordeta desde sus comienzos en los años setenta, que estuvo en el homenaje principal que se celebró al día siguiente de su muerte en Zaragoza , enumeró algunas de sus anécdotas memorables que compartió a su lado con el rostro solemne, y de repente, a todos los que estábamos a su lado nos contagió esa tristeza y esa alegría irremediable que desprendían sus palabras. De alguna forma algo de él continua vivo en el silencio de esas calles que anochecen en cuanto llega el otoño y se preparan para la dura soledad del invierno. Lo bueno es que en el estrépito del verano, entre esos niños que el 15 de agosto de todos los años alboroten en la plaza, o junto a esos  muchachos ideando el amor entre los ramajes del río, o con esos que charlan sobre la roca, con los que beben sus primeras cervezas escondidos en los portales, junto a eso ancianos que con los años a cuestas cuidan apacibles de los huertos de las veredas del río, frente a la iglesia del siglo XVII o a lado de la Ermita de San José, quizá al final del camino de las Palomas, donde antaño en fiestas se alineaban los coches formando un par de kilómetros de cola a cada lado, junto al ayuntamiento donde siempre rezará ese lema de Esta tierra es Aragón, entre los matojos de secano de la Pedriza o en el tejado de los pajares agujereados, en la tasca de piedra con sus bancos de madera, en los chorros del Gamellón o en la corona de la Muela, cuando lleguen las tormentas del atardecer y el trueno ahogue el fragor de la vida, quizá se oiga entre los cientos de fantasmas de la historia allí reunidos esa guitarra bronca y sonora, la risa contagiosa y la mirada serena, los acordes del viejo himno, la ilusión de levantar alguna bandera que perdure, algún canto perdido que nos diga de dónde venimos y a donde, tal vez, deberíamos ir.

Va por usted, Don José Antonio, para que se arremoje la tripa en cuanto llegue la calor, para que veamos un horizonte hermoso que ponga libertad, para que nada de lo esencial muera y evitar preguntarnos aquello que usted rezaba de vez en cuando: a veces me pregunto que hago yo aquí.

Rosana-Banderas Rotas


Biografía

José Antonio Labordeta nació en Zaragoza en marzo de 1935, fue cantautor, escritor, poeta y político. Editó 16 discos aunque él siempre reconoció que le costó años saber el número exacto. Dice no saber donde se hallan la mayor parte de los manuscritos de sus obras literarias. Murió en Zaragoza, el 19 de septiembre de 2010. A su homenaje asistieron 65.000. personas.

Discografía

Andros II

1968

Cantar y callar (EP, discolibro en la edición de Fuendetodos)

1971

Cantar y callar (LP)

1974

Tiempo de espera

1975

Cantes de la tierra adentro

1976

Labordeta en directo

1977

Que no amanece por nada

1978

Cantata para un país

1979

Las cuatro estaciones

1981

Qué queda de ti, qué queda de mí

1984

Aguantando el temporal

1985

Qué vamos a hacer

1987

Trilce

1989

Tú, yo y los demás

1991

Canciones de amor

1993

Recuento (Labordeta en directo)

1995

Paisajes

1997

30 canciones en la mochila

2001

Con la voz a cuestas (discolibro de poemas y canciones propios y de otros autores)

2001

Vayatrés

2009

Bibliografía

Sucede el pensamiento

1959

poesía

Las Sonatas

1965

poesía

Mediometro

1970

cuento, incluido en Papeles de Son Armadans

Cantar y callar

1971

poesía

Treinta y cinco veces uno

1972

poesía

Tribulatorio

1973

poesía

Cada cual que aprenda su juego

1974

dos relatos breves

Poemas y canciones

1976

antología

Método de lectura

1980

poesía

Con la voz a cuestas

1982

memorias

Aragón en la mochila

1983

libro de viajes

Jardín de la memoria

1985

poesía

El comité

1986

novela

Diario de náufrago

1988

poesía

Mitologías de mamá

1992

novela

Los amigos contados

1994

memorias, escritos varios

Monegros

1994

poesía

Un país en la mochila

1995

libro de viajes

Tierra sin mar

1995

ensayo

Banderas rotas

2001

memorias, ensayo

Dulce sabor de días agrestes

2003

antología poética

Cuentos de San Cayetano

2004

cuentos

En el remolino

2007

novela

Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados

2008

memorias

Regular, gracias a Dios. Memorias compartidas

2010

memoria

06
jul
10

Dédalo-Delleuze-Cartografías (videopoema)

Robert Capa

No sé exactamente de qué manera, pero todo termina por alcanzar algún sentido.  Tal vez somos nosotros quienes deseamos con tanto fervor que algunas de las cosas que vivimos lo tengan y así concebimos el orden, la metáfora que nos guía.

Hace algo más de un mes acudí a un entierro. Llovía a mares y me uní, a primera hora del atardecer, a la comitiva que recorría el camino de tierra del cementerio municipal de Valencia. Acompañaba a mi padre. Lo hacía porque a estas alturas tengo la sensación –sin ápice de culpa, sólo con la suavidad del agradecimiento- de que le debo un centenar de cosas, miles de inquietudes, alguna visión del mundo rabiosa y esa pequeña dignidad que me suele quedar ante lo descomunal del universo. Caminábamos despacio. Sostenía el paraguas que nos protegía del aguacero y en ese insignificante gesto deseaba poder ofrecerle todo el consuelo posible. Me sucede algo similar cuando un pequeño triunfo asoma en el paisaje yermo de mi existencia y lo primero que pienso es en llamarlo aunque esté a cientos de kilómetros de su casa.

Hace muchos, muchos años que dejé ese hogar alegre y, sin embargo, siempre he sabido que podía volver, regresar con la mochila cargada de dolores, emociones y nuevas derrotas.  Eso es impagable en un mundo como el nuestro, tan  despiadado e incomprensible. También sabía que la muerte de su viejo amigo lo dejaba huérfano, sin más interlocutor que yo en medio del tiempo vencido, de las alegrías esporádicas, de la ilusión por el pequeño Mateo y sus cuitas, sumido en el descubrimiento de internet o ante la exasperación frente a la crispación de esta pobre democracia, esa inmoralidad de los viejos tiempos autárquicos tratando de apoderarse del presente, de la poca paciencia y la impericia de este país para calmarse y decidir emprender algo juntos sin acritud. Mientras avanzábamos pegado uno y al otro, pensé en la cantidad de cosas hermosas que me había dejado y en la aguda necesidad de decírselo, de que lo supiera. Su fragilidad era en el fondo mi propia historia; una fragilidad rocosa, insistente y decidida, una fragilidad capaz de sobreponerse, de avanzar, de construir y enseñar, pero llena de esa inteligencia que duda, que evoluciona, que es capaz, a pesar de la edad a sus espaldas, de resistir. Deseaba decirle que él había convertido la paternidad en algo sagrado, que sus defectos se habían hecho avisos, sus miedos pequeñas valentías, sus extravagancias un modo de vida, sus pesquisas una guía para mis sirenas.  En ese instante, sujetando su pequeño cuerpo, pensé que todo guardaba un profundo sentido, que mis defectos eran cosa mía, que lo que me quedaba bueno nacía de él y que el tiempo había cobrado una razón lógica en ese paseo. Es difícil romper la incertidumbre entre los seres humanos, alcanzar el interior de los otros. Lo es también entre un padre y un hijo.

En agosto de 2008 colgué en este blog un poema llamado Cartografías. Es uno de esos pocos poemas escritos por mí que me satisfacen, y ante su relectura suele desaparecer ese rubor que asola mi rostro cuando me enfrento a la posibilidad de compartir mi escasa poesía. Cuando nos detuvimos frente al nicho del viejo amigo, mediada la ceremonia triste y desconsolada la familia que se aferraba a mi padre como naúfragos en esas escasas maderas que contienen alguna incierta salvación, le noté un temblor que recorría sus brazos. Entonces sentí de nuevo esa necesidad de explicarle en qué consistía mi existencia, este confuso despropósito de sueños incumplidos y vitalidad ciega. Deseaba describirle en qué medida su presencia había sido un regalo irreemplazable, único. En ese momento recordé el breve poema que había escrito hacía un par de años, también los largos paseos compartidos a su lado por la Sierra de Gúdar, la ayuda desinteresada ofrecida sin precio en muchos momentos aciagos de mi vida, la extraña sensación de imaginar una existencia en la que él no estuviera. Aquellos versos, construidos desde las premisas delleuzianas que tanto me obsesionaron algún tiempo, hasta que comprendí que ese mundo filosófico, esquemático y profundo, era en verdad extraño a los elementos emocionales que tantos años atrás me empujaron a amar la literatura, que no me servía para describir pasiones lectoras cuya esencia guardaba relación con hechos sentimentales y poco o nada tenía que ver con conceptos filosóficos, acudieron a mi memoria. Que más tarde llegara a afirmar que la lectura era un goce, una pulsión, un placer estético,  moral e intelectual, desmesurado que apaciguaba mi sed, el hambre o la insatisfacción, que me permitía adentrarme en otros mundos y en mi propia vida, y reconocer sin prejuicios ni titubeos que Don Quijote fue siempre humano, era una cuestión aparte respecto a las coordenadas estéticas que conformaron la composición de Cartografías. Esos versos, sin embargo, habían llegado hasta ese instante tan sólo para que pudiera decirle en unas palabras todo lo que había guardado de su mundo en mi alma, esas cosas a las que no pensaba renunciar a pesar de los pesares: la belleza de un sentido, de una lucha, una expresión modesta de su enorme humanidad aprendida durante años.

Entonces recité el poema en su oído, y él, que conocía aquellos versos desde entonces sonrió. Murmuró Cartografías: se sabía esas palabras de memoria porque sin yo intuirlo siquiera fueron importantes para encontrar algún sentido a su existencia, como si el premio hubiera sido en el fondo descubrir que tras las máscaras de su hijo mayor surgía su propia continuidad, distinta y tal vez imperfecta, pero impregnada del hálito con el que quiso insuflar de verdad a todo cuanto hizo. Fue consciente de que era un poema sincero y mi pequeño homenaje a la paternidad, a la figura de la paternidad que a lo largo de mis treinta y cinco años había conformado la relación con él, o con esa especie de padre conocido en otros, leído o entrevisto por casualidad, que constituye en su complejidad lo que yo más admiro del sentido de la paternidad.

Soy consciente de aquello que afirmaba ufano mi querido Oscar Wilde: que sólo la mala poesía es sincera. Pero nuestro admirado Wilde dejó a la posteridad no sólo una sólida obra literaria sino un sinfín de boutades del estilo. Nadie es perfecto. Creo de todas formas que el concepto de sinceridad debería ser desmenuzado a la Wittgestein antes de pronunciar semejante sentencia. En verdad, lo único que había deseado era escribir un buen poema que me sirviera para expresar  uno de mis mundos ideales, aunque esta vez el espacio, el lugar, los personajes, eran reales como el paraguas que sostenía bajo la lluvia protegiendo a mi padre, y no sólo a él como persona, sino lo que representaba a mis ojos: la dignidad del sueño, la capacidad de apretar los dientes y aspirar a la dignidad, la entereza de una ilusión de justicia, la necesidad de moral en un mundo amoral, la fuerza que guardé en ese instante y que llegaba desde su catalejo antiguo con el que oteaba el horizonte, de su afán por insistir en mis improbables sirenas en las que nadie creía.

El verano pasado, el resultado de las sesiones musicales con tres fanáticos, David Turksma, Thierry Gedigier y Daniel Ariño, músicos de vocación y de fe que frecuentaban de tanto en tanto mis poemas, dejó una canción de apenas un minuto y medio en la que Cartografías se arrancó de encima las premisas racionales y alcanzó a mostrarse ante mis ojos como un poema breve del que me sentía muy cercano al contrario de lo que me sucede con la mayoría de mis versos. No he tocado en todo el tiempo transcurrido desde su escritura hasta ahora ni una sola coma, ni he cambiado media palabra, algo tan inusual teniendo en cuenta mis eternas dudas.

En el pequeño  impasse de tiempo entre finales de agosto y principios de septiembre del 2009, pasando unos días en ese paraíso tan querido de la Sierra de Gúdar, en Teruel, el equipo que formábamos aquella hermosa expedición tomó la decisión de hacer un vídeo en torno al poema y a esa canción compuesta meses atrás. El resultado fue el Videopoema Cartografías. Debo confesar que tardamos un par de días en precisar la idea,  y cinco horas de grabación que forman parte de mis recuerdos más hermosos y divertidos de los últimos tiempos. El poema quedó guardado en la memoria de los que participamos, y apenas visionado en formato DVD por un puñado de amigos que lo celebraron.

Si la idea fue adentrarme en la paternidad a través de la palabra poética, el videopoema terminó por reafirmar el sentido de los versos. En febrero de este año, por una casualidad, un compadre nos habló de la posibilidad de distribuirlo en algunos festivales y de participar en algún posible premio. Sostengo la alegría de haber conseguido, junto con las personas que participaron en su creación visual, que la pequeña pieza se haya visto en unos cuantos rincones del mundo. Es posible que técnicamente el vídeo no pueda ganar una competición cinematográfica, así que asumo el destino del mismo y no quiero entrar en mayores valoraciones, al fin y al cabo, primero fue un poema –un homenaje-, y el resultado posterior no es otra cosa que la posibilidad de alcanzar a un público que jamás leería poesía. Pienso que Cartografías alcanza a representar a través de los versos, las imágenes y la música, una digna metáfora que me apetece compartir.

Para colgar el poema en agosto del 2008 utilicé una fotografía de Robert Capa en la que aparecía Ernest Hemingway y su hijo, la misma que encabeza estás notas. A pesar de la escopeta, la imagen representó a mis ojos esa poética de la paternidad respirada. Sólo espero que mi padre sepa la razón de éste impulso, el porqué de esas palabras que en el fondo son suyas, esta ilusión de construir un pequeño regalo a los padres pacientes que como el mío siempre estuvieron dispuestos a buscar a nuestro lado a las sirenas.

Al final todo termina por alcanzar un sentido.

Transcribo el poema una vez más.

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CARTOGRAFÍAS

(La literatura moderna no puede ser otra cosa que Cartografía. Delleuze)
A Miguel Ariño, mon père…

En estos lugares se brilla poco. Todo oscuro, imperfecto y ronco.

Mi padre mira a lo lejos;

guarda su catalejo antiguo, el rumor de otro mundo.

A mí me quedan sus palabras, los ojos azules clavados en mi rostro,

la eterna sonrisa del barquero que me conduce por el lago

y la sensación de alcanzar alguna orilla en la que reposar tus vestidos.

Esto es un viaje alucinante al murmullo de la nada,

a la quietud de estar a punto y no llegar,

de conocer y derramar la poesía en el influjo de esas caderas de aire.

Otea el horizonte una vez más, padre, quizá encontremos

por fin a las sirenas.

Copyright Jimarino2008

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CARTOGRAFÍAS

08
jun
10

la vida frustrada de no ser un gato-autobiografía

LA VIDA FRUSTRADA DE NO SER UN GATO (Autobiografía)

(a Swiny,  por catorce años de razones)




Nací un día de lluvia,

otoño espeso,

casi muerto, prematuro

y tierno,

a punto de la extinción.

Fuera por supervivencia

o por amor,

surgió de mi

la curiosidad.

Debí haber sido

gato y me convertí

en hombre,

pero debí haber sido gato.

Prefiero la pausa y el sueño

felino

a la velocidad humana.

Miró con los ojos llorosos.

Suelo entablar diálogos

con mi ronroneo.

Prefiero

el placer de ser rascado

a la ufana satisfacción

de lo bien hecho.

Copyright Jimarino

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Escuchar La vida frustrada de no ser un gato (música)

Guitarras: David Turksma y Jimarino
Bases y efectos: Daniel Ariño
Voz y letra: Jimarino.
Una canción de Los perros de la lluvia. Copyright 2009

Paris. Julio Cortázar y su gato

30
may
10

Un poema de Bolaño sobre las razones irracionales por las que uno termina por convertirse inevitablemente en escritor

Ayer me di cuenta de que llevo la mayor parte de mi vida entre libros, que la literatura fue una especie de apuesta con la existencia, una elección a priori -o eso es lo que pienso demasiado a menudo- antes de conocer siquiera el mundo. No podría concebir todos estos años transcurridos sin ese puñado de escritores que adoro, ni siquiera sabría lo que hacer si esas madrugadas en las que me levanto con el cielo todavía anochecido no estuvieran saturadas y alimentadas de literatura, espacios y suspiros que mi vida cotidiana me permite para seguir cultivando un universo de palabras. No sé cómo hablaría o como contemplaría el mundo sin las palabras de la poesía o la literatura de mis sueños, cómo aprovecharía la existencia sin el eco incesante de esta vieja tradición humana. Quizá por eso algunos de los muchos correos recibidos a raíz del anterior texto y algunos de los comentarios me sugieren la necesidad de afirmar que a pesar de la veracidad de muchas de las ideas del famoso escritor, no comparto sin embargo todos sus puntos de vista -aunque sí la esencia de su discurso- y creo que algunos lectores tomaron su confesión como cinismo siendo a mi juicio, por el contrario, un grito de tristeza y esperanza entremezclado con la amargura de atisbar un final próximo. Lo neguemos o no, estamos en cierto proceso de extinción, aguardando el milagro de que por alguna bendición Félix Rodriguez de la Fuente aparezca de repente resucitado y nos ayude a reproducirnos de nuevo en otro ecosistema menos hostil.

Aún así, el mundo está lleno de locos hermosos como afirmó Baudelaire, que llenan el aire de bellas extravagancias y de destinos imposibles, y nos otorgan al menos el alivio de pensar que hay otra forma de vivir y pensar.  Un correo de hace unos días me hizo arrpentirme de ciertas ilusiones que yo mismo construí a través de las palabras de los otros, y tal vez por eso me pareció tan valioso el  texto de nuestro escritor. Una cosa muy distinta es hablar de literatura y otra de su repercusión o sus posibilidades sociales o prácticas. Un joven me avisaba de su desesperado combate por escribir, de ese deseo incontrolable de no hacer otra cosa, con la consiguiente oposición y desprecio por parte de todos aquellos que conformaban su vida. En su soledad de escritor y lector, me pedía ayuda como si yo tuviera alguna varita mágica. Pensé en un poema que Bolaño dejó inédito en vida y que encabeza ese volumen póstumo titulado La Universidad Desconocida. Bolaño siempre me pareció como narrador muy superior a su condición de poeta, sin embargo recuerdo con nitidez estos versos porque estaban llenos de esa furia que en el fondo nos empuja a seguir escribiendo para nadie o para nada. Una vez me sirvieron, hace mucho, y espero que al muchacho le ocurra lo mismo. Le pediría de corazón que siguiera adelante por todas las razones que alberga la vida en su seno y que por tanto se hallan contenidas en la literatura.

Roberto Bolaño escribió el poema cuando no era conocido, cuando  peleaba en silencio por construir esa obra que ahora admiramos. Entonces ni siquiera imaginaba su futuro destino de escritor. En verdad siempre estuve más cerca de esas palabras que de las del irónico autor del correo. Quizá basta con saber que ambas posturas hablan de ámbitos distintos de la literatura, pero seguramente Bolaño y el escritor anónimo podían haber sido amigos -sino lo fueron- o al menos se hubiesen entendido. Los dos se plantearon este oficio a su manera para alcanzar un lugar semejante, aunque sus destinos terminaran por ofrecer una visión de las letras diferente.

Un pequeño homenaje a todos los que escriben o intentan hacerlo, también a Roberto Bolaño y a los viejos sueños de nuestro escritor sincero.

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MI CARRERA LITERARIA


Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad

también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,

Seix Barral, Destino… Todas las editoriales… Todos los

lectores…

Todos los gerentes de ventas…

Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro

para verme a mí mismo:

como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.

escribiendo poesía en el país de los imbéciles.

escribiendo con mi hijo en las rodillas.

escribiendo hasta que cae la noche

con un estruendo de los mil demonios.

Los demonios que han de llevarme al infierno,

pero escribiendo.

(Roberto Bolaño. Octubre de 1990)

16
may
10

“UNAS CUANTAS RAZONES PARA QUE CUALQUIER MUCHACHO CON DOS DEDOS DE FRENTE NO COMETA LA ESTUPIDEZ DE PRETENDER CONVERTIRSE EN ESCRITOR”- (Un correo inesperado)

Hace unas  noches me encontraba sumido en una irrealidad de ginebra junto a mi sobrino David Turksma, cuando el ordenador portátil abierto al raso de la terraza emitió un pitido familiar: el outlook avisaba de la recepción de un correo electrónico. A simple vista nada extraño. Recibo bastantes a diario, y a esas horas nocturnas y somnolientas trato de contestar a los que puedo mientras apuro como la reina de Inglaterra mi gin tonic de buenas noches. Debo decir que aunque no se trata de una costumbre demasiado saludable tampoco es la peor de todas. Conozco ilustrísimas damas y caballeros que optan por soportar sus existencias a través de los tranquilizantes; los hay adictos al gimnasio, al footing y al tai chi; viciosos noctámbulos; traga televisiones a oscuras, lectores insomnes bajo un flexo de luz pálida, incluso gentes del yoga en aulas anochecidas o partidarios de la meditación; también futboleros inconsolables y jugadores de consola… allá cada cual con su método, francamente. Pero volviendo al asunto fundamental,  aquel correo que leímos anonadados mi querido sobrino y yo venía encabezado por un asunto que he convertido en el encabezamiento de este texto, y firmado por un conocido escritor, cuya identidad, a petición suya expresa, no puedo revelar.

“UNAS CUANTAS RAZONES PARA QUE CUALQUIER MUCHACHO CON DOS DEDOS DE FRENTE NO COMETA LA ESTUPIDEZ DE PRETENDER CONVERTIRSE EN ESCRITOR”

Le dije a David, que aún llevaba la guitarra colgada del hombro después de unas suaves melodías entonadas minutos atrás al aire libre, que el mensaje debía ser alguna broma proveniente de la turbia imaginación de cualquiera de mis amigos, todo ellos bastante leídos y gustosos de la ironía. Cada vez estoy más convencido, por razones que no puedo confesar, que no se trató de una broma.

El autor comenzaba su exposición mencionando que desde hacia aproximadamente un año había seguido todos mi insistentes recorridos literarios con simpatía. Afirmó sin titubeos que alababa mis gustos –aunque los calificó de heterogéneos-, así como mis esfuerzos por poner una digna pica en Flandes en esto de las letras, y que, ante todo, se dirigía a mí porque estaba convencido de que debía ser un buen chaval con educación, fatigado de vez en cuando de observar el mundo, y con una escritura cuanto menos apañada y a menudo atinada, algo a celebrar en este desolador panorama.  A partir de ese momento, y expresadas las razones por las que él no podía publicar en su nombre estas palabras teniendo en cuenta  su prestigio y lo ácido de su contenido -no hay que tirar piedras en el propio tejado ni cagarse encima de quien nos da de comer sin pensar en las consecuencias- escribió lo siguiente, no sin antes exigirme que bajo ningún concepto debía revelar la fuente:

Negaré mi autoría, nadie te creerá y será como caer antes de empezar.

Debo decirle al novelista que no suelo traicionar a nadie, o al menos es lo que he pretendido media vida.

Hechas las presentaciones y expuestos los motivos, anunció que iba a ofrecerme un ejercicio literario para que lo colgase en Los perros de la lluvia si lo creía oportuno. Al tratarse de un texto no solicitado, añadió, no le importaba demasiado que lo hiciera o que decidiera silenciarlo: allá tú.

Se trataba básicamente de extenderse en la explicación del enunciado, de justificar ese lema:

“UNAS CUANTAS RAZONES PARA QUE CUALQUIER MUCHACHO CON DOS DEDOS DE FRENTE NO COMETA LA ESTUPIDEZ DE PRETENDER CONVERTIRSE EN ESCRITOR”.

Trataré de hacer un resumen ajustado a sus palabras.

Comenzó afirmando que a pesar de su exabrupto no estaba dispuesto a renunciar a una tradición sostenida por siglos de esfuerzo y lucidez, pues eso sería imperdonable en alguien que admira profundamente la historia de la literatura. Consideraba la literatura como una de las invenciones más maravillosas, completas y extraordinarias de la razón y la creatividad humana, capaz de reflejar el mundo e incluso de reinventarlo, donde cabía el tiempo y el espacio, los dos grandes límites y enigmas de todo lo humano. A tal argumento añadió varios nombres como ejemplos de esa capacidad: a Shakespeare, Cervantes, Rabelais, Hawthorne, Proust, Joyce, Quevedo, Mann y Virginia Woolfe. Una lista canónica sin duda, nada extravagante, que no terminó y dejó finalizada en un suspiro de puntos suspensivos. Entonces escribió el punto primero.

1) Estos breves consejos están encaminados al hecho de escribir y por tanto no afectan al hecho de leer. Los autores nombrados y otros muchos constituyen un ejercicio intelectual y moral muy provechoso para el lector. No se trata de reducir el papel de la historia de la literatura, sino de cómo el mundo en su intolerable reducción dejará pronto de comprender a sus maestros, y lo peor, llegará a olvidarlos hasta tiempos mejores. Hay que leer, y mucho, para comprender lo que quiero decir; aunque puede bastar con pasear los huesos cansados y los ojos ávidos por cualquier librería para alcanzar esa conclusión. Hojear los argumentos y las primeras páginas de las cientos de novelas que pueblan las estanterías de novedades puede provocar una intensa depresión. Analfabetos funcionales, graciosillos de chiste, iletrados apóstoles de la modernidad, somnolientos repetidores del siglo XIX, mujercitas enfurecidas y sensibleros artefactos, se lo ponen muy difícil a Jorge Luis Borges y a Stendhal, por poner dos ejemplos comparativos de nivel. Mi primer consejo para el pobre muchacho desgraciado que pretenda escribir es que lea y abandone esa absurda idea de rellenar hojas en blanco con un sinfín de sandeces que además ya fueron escritas y mil veces mejor de lo que el chico alcanzará jamás a conseguir probablemente.

En el segundo punto, el escritor introdujo en su argumentación aspectos socioeconómicos. Recuerdo a David Turksma desternillarse con la traducción improvisada mientras nos hacían efecto las burbujas alcoholizadas de ginebra y se reunía en torno a las carcajadas mi querida Severine. El autor consideraba una ridiculez el asunto de escribir, básicamente porque había pocas actividades menos rentables económicamente hablando. Años y años de lecturas y miles de páginas escritas hasta alcanzar apenas un puñado que el narrador o el poeta considera dignas, cuyo pago final no pasa de lo que cobra un abogado en un mes por defender divorcios improbables, vergonzosas infidelidades o asuntos de colisiones entre vehículos. El fino humor de nuestro anónimo interlocutor escribió lo siguiente:

2) Acaso resulte ridículo dedicarse en este mundo nuestro a actividades poco o nada remuneradas. El joven podría tentar la suerte del pop o las bendiciones de una sólida carrera científica. Haciendo cálculos sobre los beneficios que he podido alcanzar en estos cuarenta años de profesión, me sale una cifra de 33 céntimos de euro la hora. No pretendo aburrir a nadie con los cálculos a los que me he dedicado a conciencia durante una semana, introduciendo en la ecuación variables temporales y cuantitativas sobre la dedicación realizada al asunto literario y sus cobros. Simplificando, he contando las horas transcurridas frente a la máquina de escribir y posteriormente delante del ordenador, he adicionado las lecturas profesionales necesarias para mis ensayos y textos críticos -sólo he contado aproximadamente el 10% del tiempo que he pasado leyendo, quizá por una concesión al placer que he sentido, y considerando que el placer no debe quedar englobado en estos cálculos economicistas-, y después he ido calculando con una horquilla de error del 5% máximo los ganancias obtenidas por mis distintos escritos, teniendo en cuenta que  en los últimos quince años he podido holgadamente dedicarme a esto de las letras. Resultado de todo, la cifra es demoledora. Existen pocas profesiones cuya formación exija tantas y tantas horas leídas y escritas, que además obligue a partir de cierto momento a la madurez –no existen obras maestras sin la madurez a pesar de alguna excepción que confirma la regla, como Rimbaud, por mentar a alguien-, con toda la experiencia que conlleva detrás, o que no permita encima, si se tiene algo de pudor, caer en la mera repetición y deba huir de actos rutinarios, y todo ello, señores, todo, todo ello, supone una media aproximada de 0,33.- Euros en mi caso. Comparando la rentabilidad del asunto, debo concluir que la literatura no debe traspasar la barrera del placer para nadie. No digo yo que en este mundo tan absurdo en el que abundan los farsantes y los oportunistas, los advenedizos y los sinvergüenzas, no haya gentes que mejoren esa remuneración, pero no voy a entrar en ese tipo de autores; voy a referirme a aquellos que tiene algún respeto por el arte literario y sienten alguna clase de responsabilidad hacia su tradición. Es mucho más rentable para un mequetrefe –o lo ha sido hasta ahora en vista de la situación actual del mercado discográfico- grabar un disco, hacer una película u optar por la artesanía de los mercadillos. A ese muchacho inocente que pretende ponerse a escribir, le aviso de la patética remuneración que le espera sino le asisten circunstancias extraliterarias, y eso considerando que, como es mi caso, a cierta edad algún éxito le permita mantenerse con cierta suficiencia, gane algún premio que suponga peculio adecuado, y edite regularmente a un precio razonable. No mencionaré, por que la ruina es absoluta, a aquellos que pretendan dedicarse a la poesía.

3) Al punto 2) la añado ahora las consecuencias. Teniendo en cuenta que esos que llaman escritores jóvenes –no quiero ahora referirme a esperpentos bukoswkianos o juveniles a quienes inflan, desgraciados, a sus viente años para quedar enterrados en la más absoluta desolación posteriormente, sino a escritores de verdad- empiezan a publicar en editoriales capaces de cierta distribución que les permita ganarse la vida cuando rondan los cuarenta años, imaginen que clase de presente y futuro puede depararles este empleo. Porque, que publiquen a esa edad, cuyo apelativo joven ya resulta chocante, no les asegura ni mucho menos cobros que puedan garantizar su manutención. Es decir, lo que llaman escritores jóvenes tienen que pasar cuarenta años para empezar a  ganarse las lentejas en condiciones ¿Quién soporta semejantes gasto ¡por Dios!, ese despilfarro intolerable? ¿Qué familia o sociedad puede permitirse el lujo de mantener a genios que hasta esos años maduros, y eso con la milagrosa suerte de por medio o la valentía de algún editor intrépido y romántico que apuesta por ellos, viven de la caridad? A los cuarenta años sus contemporáneos dedicados al funcionariado público, al mundo de las finanzas, la abogacía o al trabajo hostelero, han podido hipotecarse, tener algún hijo, casarse en dos o tres ocasiones, haber cambiado de coche al menos un par veces ¿Qué sensación puede quedarle al muchacho concienzudo que ha dedicado cuatro décadas de existencia a aprender un oficio y una tradición, que encima no domina en la mayoría de los casos, y para colmo el fruto de su eterna representación apenas le da para pagar un alquiler? ¿Cómo responde este joven cultivado a las expresiones de sus borricos compañeros que afirman tener una vida que si la escribieran venderían libros como roscas, como si eso de escribir fuera una cuestión de echarle una media hora los domingo por la tarde antes del partido de fútbol del canal plus? ¿Cómo justifican su dependencia, su falta de cotización a la seguridad social o sus excusas para no ir a cenar a un restaurante de dos tenedores? Honrosas excepciones hay, por fortuna, pero tan pocas que resulta vergonzante y sospechoso ¿Por qué de repente todos los premios los acapara cierto mozalbete concreto durante unos años? ¿Son tan buenas esas renovadas y escasas figuras que aparecen hasta en la sopa? La mayor parte de estos autores jóvenes –no puedo reprimir una carcajada al observar sus barbas ya canosas, las entradas considerables y la miopía notoria que exige gafas carísimas- tiene que dedicarse a otros menesteres ajenos a las letras, y de esa circunstancia devienen las depresiones, las luchas incesantes contra el tiempo, la angustia de no poder cumplir los mandatos del duende cojonero que pide constantemente dedicar tiempo a su reino de letras, la frustración sempiterna, porque la obra personal no avanza entre el maremagno de obligaciones, el desprecio hacia otras formas de vida que habitando el mundo de la literatura parecen a simple vista insignificantes e inútiles.

Sólo aquellos dedicados a este noble arte pueden entender de lo que hablo. De la torre de marfil en la que el escritor de raza atisba el horizonte impotente ante la incomprensión ¿Acaso vale la pena semejante sufrimiento económico y anímico para empezar a ganar cuatro duros a los cuarenta y tres años? ¿Es necesario semejante suplicio pudiendo haber dedicado un esfuerzo y un tiempo menor a la ebanistería, el derecho internacional o el diseño de interiores, con una repercusión económica digna y no ese disparate de 0,33 euros por hora, siempre y cuando suceda el milagro de alcanzar el alma y el bolsillo de un editor y la generosidad de los lectores?

Caso aparte suponen esa mayoría impregnada en el sistema literario: los enchufados, pero no me ocuparé de ellos.

Imagínense, si a las circunstancias de ser un joven escritor de cuarenta años se le une para colmo la imposibilidad de airear su literatura. Remitiría a esos hombretones machuchitos al tratado de la desesperación de Kierkegard. No hay otra solución posible que mesurar la pulsión o desterrarla como a una plaga de piojos.

Continuaba el insigne autor mentando los problemas de adaptación que podía llegar a generar semejante perspectiva. Con tono jocoso, nombraba enfermedades derivadas de la pobreza, como la tuberculosis y la tisis. Al tiempo decía, que una mujer normal en estos tiempos, ante el comentario de uno de esos cuarentones con alopecia y ojeras sobre su profesión, lo más probable es que echara a correr.

¿Cómo iban a compartir gastos del alquiler de un piso que cuesta un ojo de la cara en pleno centro de Madrid o en el Paseo de Gracia de Barcelona? ¿De dónde saldría la pasta con semejante remuneración para irse de viaje en verano como mandan los cánones?

La retahíla de problemas de la profesión, quedaba expuesta en el siguiente párrafo, situado a mitad de recorrido del 5) punto.

5) …llegados a este momento, qué clase de autoestima puede quedarle a ese muchacho que tras tantos años ha logrado a duras penas editar en una pequeña editorial de provincias, y ante la primera liquidación de derechos de autor, pues su libro ha pasado fugazmente por las escasas librerías que no abarrotan las estanterías de insulsos reclamos y apenas sí ha dejado otra reseña a su paso que la de su amigo Javier o su compadre Julián en un fancine de universidad o en  un periodicucho local, y recibe después de tres meses de expectativas, ilusiones a flor de piel y tremendas esperanzas, la ridícula cifra de 170, 56.- Euros, dinero procedente de los envíos que la mencionada editorial ha hecho a bibliotecas de la comunidad autónoma según acuerdo que es en verdad lo que permite subsistir a la empresa, y de tres compras milagrosas a las que el muchacho está tan agradecido, pues misteriosamente no fueron efectuadas por familiares, amigos o conocidos, aunque intuye que tal vez se trate de alguna  ex amante nostálgica, o de alguien  con su mismo apellido que ha creído en esas casualidades de la vida al adquirir la obra hallada por azar. Repito, 170,56.-Euros, y digo esa cifra porque en un correo recibido recientemente del hijo de un conocido que se ha metido a letrilla me hablaba de ello… imaginen los problemas para salir con los compadres de farra, la ausencia de novia formal y de expectativas de tenerla ante la situación económica, el encierro al que se ve abocado el joven escritor para seguir creando, la desolación ante la recepción de su libro que inexplicablemente a su juicio en vista del tiempo y el entusiasmo dedicado no ha aparecido ni por asomo en las páginas culturales ni del diario El Mundo, ni en las del  ABC, ni tampoco en las de ElPaís (en esos diarios importantes sólo aparecen los de la camarilla)…

A esos jóvenes cuarentones que trabajan en otros menesteres a menudo, les trae sin cuidado el peculio, pero no así la repercusión de su esfuerzo ganado a los hijos pequeños, a sus esposas o novias, a su trabajo, que suelen descuidar para cultivar la poesía o el relato breve en horas de servicio con el consiguiente disgusto, para recibir el silencio a cambio… si nadie habla de ti, nadie te lee, así son las cosas, aunque uno pueda encontrarse afortunadamente con una página web honesta, hecha por algún fanático que sí ha dedicado un tiempo a leer su libro, pero poco más: una mención, un pegote en medio de la red que no mejorará la caída veloz del sueño…

…hay que pensar, que según mis cálculos, de cada diez mil escritores activos en España que empiezan por cada generación, muchachotes sanos y llenos de testosterona que entre los dieciocho y los viente años comienzan a ejercer su pulso literario, apenas llegan a editar diez, y de esos diez, apenas alcanzan algún éxito uno (éxito, aviso, a menudo incomprensible sin mencionar nombres), y quizá un segundo logra algún prestigio que compagina con sus tareas de periodismo, de empleado de banca o de profesor de universidad los más afortunado, por eso del sueldo y el tiempo disponible…

(estas estadísticas están basada en la pura observación, y no me atrevo a fijar dominio ni baremo de error)

El autor insistía en que mientras los periódicos y ciertos círculos sociales sigan concediendo algún valor a la literatura, es posible que continúe existiendo una minoría de escritores, muchos de ellos cuestionables, que puedan ejercer la profesión ganándose la vida, pero sí, llegados a un punto, el nivel lector en franco retroceso y la importancia de las letras reducidas a pasatiempo o a una cuestión de moda, provocase la desaparición, como sucede ya en algunos periódicos regionales, de la literatura como noticia, el oficio de escritor en el sentido tradicional desaparecerá, y lo que quedará serán esos sucedáneos que desde hace un tiempo ocupan la poltrona de los escritores auténticos, con sus historias ridículas y su escritura balbuceante. En la mezcla actual, aseguraba, cabía alguna subespecie interesante, incluida la suya. Continuaba hablando del desprestigio social de la profesión: si no hay dinero de  por medio, cualquier actividad termina siendo un hobby o una extravagancia, y si encima resulta incomprensible para la mayoría de contemporáneos, el resultado es el silencio, algo más espantoso en verdad que la persecución respecto al futuro de cualquier arte.

6)… añado que si alguien creyó que con este noble oficio podía llegar al alma y al sexo de las mujeres o los hombres, es el momento de denunciar la poca verosimilitud del hecho… y lo mismo digo respecto a las oportunidades de negocio o las ventajas personales que conlleva ¿De qué sirve la ética propuesta por las novelas si en su mayoría, en el mundo que nos toca vivir, no se entiende o ni siquiera interesa? Es como pretender ejercer de médico en un mundo sin enfermos.

7)… el mayor destino previsible para un muchacho que pretende ser escritor por encima de todas las cosas es sin duda el suicidio o el hambre o el rencor mayúsculo y el ostracismo silencioso que envuelve aquello que carece de importancia para el universo presente… la única razón por la que considero posible escribir en estos momentos aparte de por el dinero, es para ese lector futuro que desconozco por qué extraña fe algunos consideramos que llegará… ser escritor posee tanto abolengo en su seno a los ojos de nuestros coetáneos como ejercer de titiritero en las ferias… quizá la única literatura que puede aspirar a una posibilidad es la infantil, hasta que la juventud alcanza a esos niños antes imaginativos y motivados con la educación tediosa que delimita, ofende y destruye cualquier interés venidero por el asunto de las letras…

… ser original para un escritor del siglo XXI es tan improbable y extraño, a la vez tan extravagante como un músico que copiase el Requiem de Mozart nota por nota y lo presentara en el año 2010 anunciando que se trata de una obra propia y revolucionaria…

8) La capacidad simbólica y de conocimiento que alberga en su seno el mito es tan ajena al devenir del mundo como la poesía mística; apenas un reducto de fanáticos cuyo lenguaje entienden pocas personas.

¿Por qué llenar cientos de hojas con palabras si el resultado no podrá ser extendido sin ese incomprensible batiburrillo de marketing y dinero, y cuyo efecto no moverá el alma humana siquiera a alzar un brazo o agitar suavemente un dedo?…



Al  final del correo, noté como se apresuraban sus razonamientos. Cómo a pesar de la ironía inicial o incluso de cierto cinismo resabiado, su propia argumentación trazaba en su estado de ánimo una notoria amargura. Es curioso como la lucidez puede llegar  traspasar esas líneas sutiles que nos separan de lo patético, no por culpa de ellas, sino por los desiertos del eco, lo vacío de las respuestas. Eso pensé en esa lectura y es lo que pienso ahora. Borges rescataba en muchos de sus ensayos figuras literarias del siglo XIX, a filósofos medievales, estéticas de un tiempo pasado, libros difíciles de hallar e incluso imposibles de encontrar en una librería. Cuando google anunció a bombo y platillo su propósito de digitalizar unos cuantos millones de libros sentí una profunda e inexplicable tristeza (exenta además de interés económico pues nada me une al mundo del libro ni a su explotación a no ser mi devota enfermedad de lector: digo esto para evitar sospechas sobre algún provecho económico). El conocido autor que me escribió el correo hablaba de lo descomunal de esa Torre de Babel y del silencio que generará a su paso en cuanto concluya el escándalo. Por sus primeros escritos siempre tuve la sensación de que era un hombre de letras. Seguí sus novelas durante algún tiempo, hasta que su prosa adquirió esa pátina de lo inocuo del mundo. Se pierde valentía, decía él, valentía y entusiasmo.

Millones de libros colgados en la web que nadie leerá, qué despilfarro.- Afirmó.

9) …preferirán cualquier estupidez con tapas luminosas y una trama subnormal. Preferirán decir que nada existió y esos editores que pagarán con su desaparición la frivolidad cacarearán sus permisos comprados, sus exquisiteces de bazar chino, su ausencia de futuro… en el siglo XXI, lo chocante es que alguien pueda temer la extensión monumental del saber, a que semejante disposición de volúmenes que engloba la sabiduría humana a lo largo de la historia, su mapa universal, provoque el pasmo de los comerciantes y a menudo las sombras en los autores… como si hubiésemos olvidado todos que la literatura es el diálogo con el pasado y el futuro, y que todos los mundos fueron siempre parecidos, que la búsqueda de razones fue pulsión humana eterna… tal vez sea el momento de retirar la antorcha, de apagar los fuegos y buscar los cuarteles de invierno. Guardar un silencio profundo, un silencio de siglos como el que se guardó hasta que Dante alzó la voz; un silencio de décadas, que se ciña el olvido sobre nosotros…

…propongo que dejemos sin palabras literarias a nuestro tiempo para revelar su miseria, porque sino, será nuestro tiempo quien nos dejará a nosotros sin palabras, y eso duele más, y no ya porque escribir no reporte nada suculento, ni siquiera el prestigio de antaño, ni la relación con la nobleza o el éxito, tampoco con la comprensión de los otros o el diálogo con la improbable inmortalidad: hablo de un silencio verdadero, estremecedor, que ensordezca los oídos de los voceros y los tenderos, que se queden solos los economistas díscolos, los teóricos de la nada, los artefactos de las políticas nebulosas, los hombres sin alma de letras que dominan el mundo y los secuaces ignorantes que los acompañan… guardemos silencio para que no se vea nuestra vanidad estéril, como un largo rezo, una protesta silenciosas. Que los editores no tengan otra cosa que lo viejo y ya incomprensible, que se queden con el pastel podrido, con los farsantes y los graciosos, al lado de los hacedores de misterios absurdos, que no haya nada ni nadie…

10) …el mundo ya está lleno de páginas memorables, lo que me provoca hace tiempo la extraña sensación y el remordimiento de haberme convertido también en un farsante, en un hueco sin vida, en una flauta sin viento. Lo peor es que si se tratara de un hecho individual lo podría achacar a la vejez o al cansancio, a la falta de ilusión o al amor incluso, pero es algo que percibo a mí alrededor demasiadas veces, que surge irremediable en el espíritu de la mayoría de las personas que conozco: hartazgo, fatiga, como si reconociéramos que nada sirve, como si fuéramos conscientes de que cualquier acto literario hubiera perdido por completo su repercusión mínima, su sentido.

Existen ilusiones felices en escritores fundamentales atacados por el síndrome de la juventud eterna incluso hoy en día, en algunas páginas de la red que mantienen el pulso, en ciertos periodistas o críticos honestos y esforzados, en editores todavía intrépidos, pero son tan raros, tan ajenos en verdad al devenir del mundo por más que se empeñen; tan estériles en medio de la inmensidad de este desierto sin hogueras…

Ya no nos quedaba ginebra y los rostros se ensombrecieron con la oscuridad nocturna. Iluminados por la pantalla blanca eructó mi sobrino, depositó su guitarra sobre el banco de la pared y suspiró ruidoso. A veces pienso que jamás he salido de mis caparazones porque no creo en el presente de expandir algo que no interesa. En alguna ocasión, sobre todo aquí, el aroma de lo posible me ha embriagado. Admiro la inocencia de quienes buscan con el alma encendida ocupar un lugar, como si quedara alguno libre o alguien en verdad tuviera deseos de que ocupáramos ese espacio que creemos ser, que necesitamos alcanzar. La brisa era fresca ese anochecer. Parpadeaba el ordenador. Seguimos leyendo.

11) …sobre los caminos alternativos de los escritores no entro. Los considero una elección personal, y siempre que se corresponda con un deseo de dedicarse a asuntos relacionados con la escritura, siendo conscientes de que no debe haber nada más, si pueden atender sus necesidades básicas, reconozco que es mejor contar historias o recitar poemas que trabajar en un taller de coches o en una plantación de fresas de invernadero en Almeria a mi juicio. Si alguno pretende vivir de los concursos literarios, el camino es complejo, hace falta amigos en el infierno: es un proceso que recuerda a esos tópicos de los opositores. Insistir hasta que alguien se aviene a otorgarnos un soplo. Quiero certificar aquí, aunque me cueste alguna bronca caso de ser reconocido o incluso algo peor, que jamás compro un premio literario conocido, de esos que aseguran tirada y un mínimo camino profesional, los que patrocinan editoriales con poder en el mercado o los que están relacionado con la política y sus mercadeos; lo afirmo porque lo sé, porque yo mismo he recibido alguno de esa índole: todos los premios importantes que conozcan están dados de antemano. No admito reproche al respecto porque es así. Le diría al muchacho ilusionado que se olvide de esos a los que me refiero y no nombraré, tan conocidos son, que no pierda el tiempo ni el dinero en presentarse, en participar de esa farsa y gastar una energía preciosa.

…si dicho todo esto, aún hay algún muchacho que desee continuar con este oficio, alguien que vivirá todas esas desilusiones y varapalos, un joven que seguirá intentándolo desde una pequeña editorial valiente, o que llegará a los cuarenta a alcanzar una más grande, a ese que seguirá escribiendo en silencio pese a que nadie alzará una bandera en su nombre, ni se le concederá el diminuto honor de darse a conocer, un muchacho que se encomendará a Cervantes, a Flaubert y a Kafka, que resistirá cualquier desplante, el engreimiento de algunos autores ya consagrados, alguien dispuesto a ser vilipendiado o ninguneado por la crítica, un chaval que no pueda reprimir bajo ningún concepto ese impulso de contar, de leer y escribir, esa pulsión de las palabras innecesarias que se nos hacen sin embargo tan esenciales, tan necesitadas de ser escritas… entonces no podrá hacer nada: su destino es vivir con esa maldición, es intentarlo, es pensar en el lector presente que logre cautivar o en ese escritor futuro que tal vez lo rescate más tarde, pensar en él mismo, en su sincera actividad, apretar los dientes y  tentar a la fortuna sin aguardar otra recompensa que el alivio de su intento…

12)… para concluir, y deseoso de que aún haya esperanza, y la hay sin duda, elaboro una lista de razones por las que uno puede, como es mi caso, vivir de las letras, sentirse realizado de alguna forma social y humanamente con este noble arte:

-Ser tan bueno, tan bueno, que nadie logre resistirse a su prosa (Hasta para esto, o para que sea reconocido ese talento, hacen falta padrinos, pero dejo abierta esa posibilidad que, a veces, sucede)

-Tener un padre, o un tío o una madre o una abuela editora o escritora de renombre con contactos, o algún personaje famoso en la familia que permita al menos la posiblidad de ser leído.

-Conocer de primera mano a los que mueven el cotarro (sin entrar en lo concreto de ese conocer)

-Tener el autor a sus espaldas una biografía impactante que la haga interesante al público en general no por su maestría narrativa, sino por el probable morbo de su relato (lo único malo de esta opción es que encasilla)

-Trabajar en medios de comunicación que nos hagan visibles. O trabajar en medios de comunicación que tenga editoriales en el grupo. Trabajar en una editorial.

-Convertirse en guionista de cine de terror (exige pocas luces y es rentable desde hace unos años)

-Caerle bien al periodista de turno que tiene mano en algunos lugares.

-Relacionarse con algún escándalo público sonado (con el problema del encasillamiento posterior)

-Pertenecer a una familia de escritores (el apellido hace mucho)

-Aparecer en la tele, como sea, da igual el modo o la razón.

-Escribir novela rosa para Jazmín y compañía (no asegura el premio Nobel, pero alimenta el bolsillo)

-Que tu padre o tu madre sean agentes literarios.

-Que seas multimillonario, en cuyo caso compras editoriales, o que alguien de tu familia que te quiere mucho lo sea.

-Que te líes amorosamente con alguna muchacha o muchacho con un pie asentado en el mundillo.

-Que te tome como discípulo manejable algún autor muy prestigioso lo que puede abrirte algunas puertas siempre y cuando respetes al padre literario al menos hasta que uno consiga su lugar

-Hacer alguna chorrada con repercusión mediática (de nuevo, el encasillamiento como problema)

-Tener tanta suerte y empecinamiento que las cosas sucedan ( a veces ocurre)

… si ninguno de estos casos, o las variaciones derivadas de ellos se da, lo más habitual que sucede es que el joven con ínfulas literarias se convierta con el tiempo en eso que llaman un letraherido que desprecia todo lo contemporáneo, o en uno de esos críticos despiadados que se dedican a destruir a los que escriben inmisericordemente, o en un amargado defensor a ultranza de que todo lo escrito desde el siglo XVIII es una mierda soberana, o un devoto de rarezas y extravagancias… todo ello muy peligroso y de mal gusto

…lo mejor es aprender a vivir feliz. La literatura es hermosa, lo que es desolador es morir por ella. Animo a esos muchachos y muchachas a que lean, se diviertan y hagan el amor. Si algún día surge algun poema memorable o una novela sobresaliente, será un añadido a su sentido de la felicidad. Ninguna fama, ni siquiera la literaria, vale desperdiciar una vida, y si encima jamás llega o llega tarde, aún menos. Lo digo por experiencia…

Un abrazo. Hasta pronto.

Eso fue todo.





01
may
10

Poetas

POETAS

a W.H.Auden

________________________________


Los principes de estos lugares han perdido su corona.

Ahora yacen entre la bruma

de las tumbas, cubiertos

de ceniza negra;

ahora duermen siestas

y extienden la mano para cobrar a fin de mes.

A veces sonríen

entre las suaves colinas

y lloran al caer el sol.

Lo perdieron todo, pero en el fondo,

los lunes por la mañana

en el trafico de humo

y vapor,

ellos saben que fueron príncipes,

que la sangre azul nunca

deja de fluir por sus venas

aunque se duerman en los laureles

y el tiempo les diga que perdieron sus coronas.

Copyright Jimarino
14
abr
10

Cormac McCarthy-The Road (La carretera)

Copyright Jimarino

Hace aproximadamente un año, finales de marzo tal vez, sucedieron en mi existencia tres cosas -quizá fueron más sin saberlo, pero ahora son tres fundamentales las que recuerdo- que me acuden a la memoria de repente y se asocian a esta espera lenta, Mateo con fiebre, que busca con sus ojillos azules mi mirada, que me sonríe ardiendo, con sus mofletes enrojecidos y esos labios gruesos y carnosos, iguales a los de de su madre.  Por un instante se aferra a mí, se aprieta contra mi cuerpo y me acaricia el pelo; le oigo proferir sus parrafadas ininteligibles, sus sonidos tan familiares en la tenue luminosidad del cuarto. Hace ya algún tiempo que comprendo lo que pretende brillando en sus ojos cuando me mira y sonríe, la sensación que le acude cuando está a punto de caerse en el transcurso de sus torpes caminatas y lo sostengo en su carrera, o cuando me llama para que le de agua o algún objeto tentador que quiere sostener con sus manos o llevarse a la boca.

En marzo del 2009 yo no tenía ni idea de lo que significaba sentir que alguien dependiera de ese modo de mi, absolutamente nada acerca de que un pequeño bebé sonrosado y angélico buscara que este irresponsable noctámbulo con el mal de Montano y la avaricia de las palabras resolviese los entuertos que pudieran surgirle o la extrañeza con la que contemplaba por primera vez elementos del mundo a los que los adultos ya no prestamos atención. La magia de esta nueva vida diurna  es volver  a revivir  a través de sus ojos aquella capacidad de mirar que perdí, asombrarme de nuevo ante lo corriente, ante lo extraordinario de la tierra, sus colores, sus objetos, luces y texturas. Quizá el sentido mismo de La carretera, esa enigmática y apocaliptica novela que terminé de leer según mis notas el 24 de marzo del pasado año, de la que recuerdo el momento de avanzar entre sus últimas páginas y no poder contener las lágrimas, que el libro se cayera de mis manos sobre las baldosas del salón y a solas, de madrugada, al observar la suave claridad azul del cielo que nacía después de unos días de lluvia, comprendiera que algo se había transfigurado a mi alrededor, que el amanecer surgido claro después de una semana de aguaceros, que el embarazo de Severine pasado el octavo mes o que la angustia de un hombre que quiso ser libre y siempre creyó que la libertad se hallaba en el acto de poder hacer las maletas cualquier mañana y cambiar de vida sin más razón aparente que el capricho de  mi real gana o el impulso del viaje y lo renovado, que los ojos que miraban la luz, que todo eso, se había transformado.

Creo que escribí  una vez hablando de Proust que la lástima de algunos libros era no poder vivir en ellos eternamente, que fuera imposible escuchar constantemente su prosa –escuchar o leer-, también que el efecto deslumbrante e inspirador de ciertas páginas no posea la misma consecuencia que la que deviene a la lectura primeriza, la cual, como todo lo nuevo, parece una irradiación desconocida o un amanecer en un lugar jamás visitado.

Releyendo hace poco párrafos sueltos de La Carretera de Cormac McCarthy comprendí que no podría volver a revivir de igual forma aquel viaje alucinante a través de un mundo destruido y sin esperanza, acompañar el paso lento y cauteloso de ese padre y su hijo avanzando entre las ruinas de la muerte y la negrura, que no sentiría lo mismo ante ese proceso cuasi religioso experimentado, en ocasiones místico y sublime, que durante una semana recorrí mudo hace ya doce meses. Sin embargo, y a cada nueva lectura que rehago en los últimos días, el aliento de esa prosa que Cormac McCarthy quiso imprimir a cada una de sus frases continua vivo, ya no la emoción en sí misma, sabida, conocida, aunque no por ello menor, sino el placer estético de adentrarme en la destrucción bíblica de una pesadilla tan coherente y firme, tan bien estructurada, que me provoca la intensa sensación de encontrarme –tuve una impresión similar cuando terminé el libro en su día- ante un clásico, ante un libro que seguirá fascinando a lo largo de los años, décadas, a los lectores, y ojalá lo siga haciendo durante siglos, porque será una señal del esplendor de la literatura y su resistencia a morir.

Surgidas dos de las tres cosas mencionadas al principio: el inminente nacimiento de Mateo y la lectura de La carretera de McCarthy, resta una tercera.

En el 2009, después de mucho tiempo intentando hallar el modo adecuado de hacerlo, después de intentos desesperados, aburrimientos y silencios avergonzados, tuve la sensación a principios de año de haber logrado adentrarme en la complejidad maravillosa de la Divina Comedia de Dante. Sería un desagradecido si no mencionaría que fue gracias a la lectura de una extraordinaria conferencia de Umberto Eco sobre la obra, a su modo de asociarla con mi mundo contemporáneo, con la red y la contemporaneidad asfixiante de nuestra vida presente.

La Divina Comedia me acompañó a lo largo de cinco meses, con la mesa llena de notas, garabatos, libros medievales y textos de la mitología, abierta la Biblia, casi como un acertijo en vez de cómo una lectura literaria, pero un acertijo lleno de placeres que había olvidado antes, que tardé tanto en descubrir, y armado de entusiasmo quedó conclusa en Junio del 2009. A la llegada de mi hijo y a la prosa del americano, se le únia por aquel Marzo pasado el deleite del infierno y el purgatorio de Dante, y aún restaba el paraiso. Ahora comprendo en qué consistió la magia de esos meses.

Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Se mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había.

Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Sólo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.

Con el primero de los párrafos transcritos comienza La carretera. Recuerdo haber pensado al instante que me encontraba ante un texto religioso, sumido en una parábola en la que la metáfora o el símbolo guardaban en sus entrañas el conocimiento, esa particular sabiduría de la que se componen los mitos. Novela norteamericana por excelencia, quizá imposible en nuestra Europa –aunque hay una película reciente con una temática parecida, excelente a su vez, El tiempo del lobo, de Haneke- no tiene en su interior ni una sola reflexión filosófica a no ser las impresiones de los protagonistas y pertenece a toda esa literatura de lo heroico heredera de Whitman. Frase corta, sin embargo dotada de una hondura inusual, como si cada palabra escrita no pudiera ser removida sin deshacerse la construcción.

Cuando escribía sobre Pierre Michon después de leer la totalidad de sus libros editados en español tuve la sensación de alcanzar esa misma escritura religiosa a través de un estilo completamente diferente. Michon engrandece el átomo de la palabra con una precisión exuberante; McCarthy es como un cronista sobrio lleno de exactitud. Los diferencia a su vez la cultura: la espléndidad enciclopedía de autores y conocimientos literarios, la exhaustiva sabiduría artística de Michon, y la vanidad, a veces cargante y presuntuosa, puede que simplona en su discurso no literario, incluida esa boutade imperdonable en un escritor de su talla sobre Proust y Tolstoi, que caracteriza a McCarthy. Los une, sin lugar a dudas, el talento y su consideración de la palabra como una cuestión sagrada.

Dos personajes recorren buscando El Sur en un mundo destruido, deshecho, sumidos en la niebla, el gris, la bruma y el desastre. La prosa describe con una maestría insuperable la desesperanza sin necesidad de razonar sobre ella. Las impresiones del paisaje y el color del cielo, la espesura de la noche, la absoluta debacle llena de ruinas y abandono, bastan para describir ese estado de ánimo que surge ante la contemplación de la destrucción. La capacidad del autor para hacernos visible el infierno resulta milagrosa, puntillosa en su afán de ofrecernos un relato de la desolación. Un padre y un hijo; un padre cuya única esperanza es en realidad ese niño que camina a su lado y al que debe transmitirle todo lo que sabe para asegurarle la supervivencia antes de que él muera. Un niño que en sus inocentes palabras y dudas, en las cosas que su padre le enseñó, cosas de la otra vida, de esa existencia anterior a la hecatombe que se le aparece en sueños al adulto, que surge en lo lugares más insospechados cuando parece no haber salida, convierten al pequeño en la palabra de Dios a los ojos del padre. La figura de Dios surge majestuosa a lo largo  de las doscientas páginas del relato: un Dios ausente, despiadado, pero aún así presente en el imaginario de esos dos seres humanos náufragos, perdidos. Dios en el sentido originario, en esa invención que necesitaron los hombres primitivos destinada a creer, a seguir, a soportar los temores, los miedos, a encontrar un sentido a la inmensidad y el caos de la naturaleza, a comprender lo ilimitado e infinito del tiempo y el espacio y su efecto en los pensamientos del ser humano, a evitar en definitiva la absoluta orfandad.

Un hombre que vive de la luz del pasado –el amor, el dolor, los afectos, lo comprensible para nosotros- y cuyo presente es una línea recta oscura y terrible, en la que asoma tan sólo esa intención poética, mística casi, de alcanzar un Sur improbable, inexistente en nuestra intuición y en la suya, pero es esa especie de poesía o milagro del espíritu (el Sur) la que guía sus fuerzas, la que le empuja, junto con la mirada de su hijo, a adentrarse en un mundo sin esperanza.

Enseguida pensé que los dos grandes asuntos de La carretera eran Dios y la literatura; ambas como productos del hombre, como partes inherentes a nuestra necesidad de saber, de entender, de sobrevivir. La religión como ese conjunto de valores humanos eternos que en medio de la inmoralidad y la salvaje lucha por la vida asomaron y asoman en el corazón del hombre; me refiero a una religión hecha en el fondo de inocencia y superstición, tan ajena a la que conocemos ahora bruñida de poder, normas, y a menudo de intolerancia. La literatura como esa necesidad de relatar y reconciliar la lucha mediante la palabra y los sentidos, palabra escrita u oral destinada  a alimentar el futuro de ese padre que habla de los buenos al niño, de aquellos que, cuando él no esté, su hijo debe buscar; literatura como fuerza de la metáfora –el sur, la carretera-, como acicate y salvaguarda de los rituales civilizados frente a la barbarie inherente al ser humano.

Entre los pasajes memorables de la novela hay uno que me conmueve especialmente con esos sentidos profundos que suele albergar McCarthy en toda su literatura: el padre le lee un cuento antiguo y el niño pregunta por los elementos y emociones que allí aparecen, algo que ya no existe, que él no conoce en la realidad. El muchacho sabe lo que es un perro, también vio el rostro hermoso de su madre siendo un niño, pero en medio de ese largo e imposible recorrido va a olvidando el mundo antiguo ante el horror. Si Conrad construyó el horror con elipsis y silencios en El corazón de las tinieblas, McCarthy se atreve a describirlo como si estuviera viéndolo delante de sus narices. El hombre intenta hablarle de la justicia y el valor en un universo en el que el hambre, el frío y el miedo, han construido la absoluta misería de una tierra en la que lo humano no es más que una reminiscencia del alimento que llevarse a la boca y los jirones de telas putrefactas, mantas y ropas que envuelven los cuerpos mugrientos para no morir congelados. La única voluptuosidad posible, como le sucedía a los antiguos teólogos medievales, es la muerte. No hay nada que brille en el horizonte; cualquier color, algo venido de la imaginación. Los animales han desaparecido, no existe la alegría de los seres inconscientes ni los árboles, convertidos en jirones de madera muerta, quebrados y quemados troncos sin frutos ni hojas que aspiran a la extinción. Sólo queda en pie el más terrible de los seres vivos, el hombre, que dominado por el deseo de sobrevivir y la furia de la existencia que palpita como una maldición en su corazón se afana en destruir la poca vida que perdura.

Ese es el panorama de la hermosa historia que relata La carretera. Temen al canibalismo y a la desesperación, pero él intenta guardar en el espacio miserable en el que viven alguna ráfaga de lo humano, quizá en esa imperiosa necesidad que los grandes escritores desearon para siempre alcanzar con el relato de sus obsesiones: una llama de la existencia capaz de ser rescatada del olvido y la muerte.

Si alguna vez quise encontrar algún estado ideal en el que me viera obligado a justificar el hecho de la literatura, ese maravilloso espacio verbal, espejo del mundo, en el que el hombre proyecta sus sueños, sus obsesiones y pasiones, la moral extraída de la vida en la descripción de personajes e ideas, sin duda hubiera debido remitirme a este universo  de La carretera, o quizá a La Divina Comedia surgida en el fragor del caos de la Edad media, en ese periodo histórico que a pesar de no ser tan terrible como imaginamos en nuestro afán de progreso humanista y científico surgido de la Revolución francesa y la Ilustración, sí al menos tuvo el don de convertirse en un mundo sin guía, en el que la iglesia Católica y otras religiones trataron, en medio de la corrupción y la oscuridad, de alumbrar un poso de esperanza a pesar de sus conocidos abusos posteriores.

Como hombres temen el horror que los hombres abominaban en esa otra vida extinguida, aquello que la luminosa civilización escondió bajo la alfombra y trató de evitar durante siglos; la terrible condición humana, el espejo animal en el que nos reflejamos,  la cara oculta, las sombras de la luz, lo oscuro de nuestra relación con la supervivencia y el poder.

El hombre habla de los caníbales, grupos hambrientos de seres humanos como ellos que vagan por la tierra desolada y se alimentan de esclavos que capturan y devoran.

De alguna forma, salvando la distancias, Dante encontró en el catolicismo la moral necesaria para evitar los excesos de los hombres, los abusos que se cometían impunemente en el mundo en el que vivía, aunque le costase el ostracismo, el dolor y el exilio, la lenta y triste muerte que le sobrevino después de una juventud rica en sucesos y en dones. El cristianismo albergaba en su seno una serie de valores procedentes de la filosofía griega que aspiraban a la paz y al amor, y de alguna forma, ese acervo pasó a la filosofía occidental posterior y a sus intentos de construir una moral laica -otro asunto sería las manos humanas que a través del miedo y la mentira, la manipulación y el ávido deseo de poder convirtieron el medievo en un tiempo voraz y asesino, o la enorme autoridad que llegó a detentar la jerarquía católica en ciertos periodos, su belicosidad y su desdén por otras religiones, su persecución de herejes y sus luchas intestinas (tan humanas) por el dominio, tan alejado de la religiosidad primigenia y su sentido-. Para Dante, el cristianismo y su filosofía o teología significaban la necesidad de dar un salto civilizado hacia otro estadio de la humanidad que primara la virtud y la bondad sobre las demás pasiones humanas; además tuvo el talento de escribir un hermosísimo poema, cuyo valor literario sustenta sobradamente aquello que a un lector de nuestro siglo XXI nos resulta racionalmente infantil o incluso irracional, alejado de nuestras premisas filosóficas y nuestros planteamientos humanos.

La belleza tenebrosa de La carretera es una imagen del infierno que podría sobrevenir a continuación si todo cuanto conocemos desapareciera; es el segundo después, lo que sucedería evaporado el horizonte de un mundo hecho de los acuerdos básicos de la civilización y olvidados los cacareados derechos fundamentales del hombre que acompañan imperfectamente a casi todas las constituciones de los países democráticos.

A pesar de eso, me parece más una obra profundamente espiritual que un texto de ciencia ficción que trata de anticipar el futuro desde los elementos y circunstancias que articulan el presente. De alguna forma, salvando la distancia, y sin ser desde luego McCarthy un moralista  –bastaría leer algunas de sus otras obras, Meridiano de sangre, No es país para viejos por ejemplo, para observar su aguda frialdad, su visión desoladora y apocaliptica de la vida humana- pretendió,  a veces creo que inconscientemente, generar un libro que sirviera a los hombres de un mundo exterminado; se dirigió a los espectadores de ese instante en que la existencia que tenemos ante los ojos y que nos acompaña desde los esfuerzos liberales acontecidos en el siglo XIX, que generaron tras las grandes guerras los estados de bienestar y las democracias, y las instituciones internacionales que conocemos, pudiera acaso desaparecer y con ella todo cuanto somos, nuestras costumbres, nuestro modo de relacionarnos y avanzar quedara anegado, algo por otra parte posible, aunque este texto no tiene intención de adivinar el futuro a mi juicio.

Releyendo recientemente La montaña mágica de Thomas Mann, excelente novela comenzada en 1912 y concluida en 1924, que guardaba en su esencia entre otros muchos tesoros las convulsiones políticas y económicas, las ideas contradictorias que pugnaban por dominar el mundo y que terminarían por provocar la primera y la segunda guerra mundial con sus devastadores efectos, volví a pensar en que la batalla de lo luminoso, de la civilización y el progreso, del avance científico y la luz del humanismo, siempre tuvo enfrente la enorme oposición del oscurantismo, el culto a la muerte, la barbarie de los instintos que tiñen la condición humana. Los optimistas ilustrados que creyeron en el avance inexorable del mundo, en un lugar en el que la superstición y el analfabetismo, la miseria y el dolor, quedaran erradicados, toparon de lleno con el lado oscuro del ser humano, con la sensación de que la historia, a pesar de sus innegables avances, suele dar vueltas en círculos concéntricos, quizá porque  a pesar de lo ilimitado e infinito de las combinaciones que se dan en el universo físico o matemático, los seres humanos suelen comportarse de modo similar a lo largo de los siglos.

En La carretera no existen los buenos y los malos, aunque el padre se empeñe en que su hijo diferencie a unos y a otros para poder sobrevivir cuando él ya no esté. Sólo hay un planteamiento moral ante el hecho de la supervivencia, una realidad que subyace en nuestras sociedades y que, sin embargo, no percibimos por el efecto de la civilización. La carretera nos hace pensar en la posibilidad de seguir hacia adelante y no dejarnos tentar por aquello que podría desnudar la animalidad del ser humano. Ese padre protector se empeña en afirmar unas cuantas premisas esenciales que el niño memoriza y repite: morir de hambre pero jamás asesinar sin razón o comerse a otro hombre para salvarse, especificar los aspectos irrenunciables que deben unirnos a los de nuestra especie, establecer un código de conducta que ponga límites a la exaltación, el odio, la desolación o la desesperación; buscar a personas que tengan el fuego, ese algo que diferencia entre aquellos que no esclavizan ni devoran a los otros y aquellos que optan por el canibalismo para seguir viviendo: en definitiva ir al encuentro del sur, el sur con ese sentido tan amplio, poético y religioso, que significa la esperanza, la fe en la vida.


La fiebre de Mateo continua, y ahora pretende besarme y abrazarme sobre la cama. Cuando trató de pensar en cómo podré defender su destino dudo ante la inmensidad del futuro, ante aquello que me resulta imposible dirimir tras la maraña de sucesos recientes y de temores desconocidos. La luz siempre fue la esencia de lo humano a pesar de los pesares (tener el fuego, dicen los protagonistas de la novela): el amor, la solidaridad y el mandamiento de no matarnos los unos a los otros. Pero yo no puedo garantizar, como el padre de La carretera ante su hijo, que las cosas vayan a ser de ese modo. La lucha entre el bien y el mal no es más que una invención de las distintas religiones, tan dependientes en verdad, aunque durante siglos negaran esa influencia, de los universos ideales platónicos. La única lucha en todo caso se llamará supervivencia, y a lo que se encaminaron las sociedades tras los millones de muertos y las barbaries acontecidas en el siglo XX fue a borrar de un plumazo esa sensación de que la voluntad humana y el poder heredero del miedo a perder privilegios, alimentos o cualquier otra forma de asegurar la persistencia de la tribu, pudiera ser paradójicamente tan inhumana.

Lo asombroso de la novela es pensar cómo ese hombre que conoció otra tierra mantiene la esperanza en ese trayecto a la orilla de la misteriosa carretera que los conduce hacia el improbable sur. Abundan los pasajes inolvidables que vienen de sus recuerdos, de los momentos posteriores a la catástrofe que asoló el mundo, tiempos en los que les acompañaba la madre del niño. Ella le dice a su marido que no puede más, que esa vida escondidos, sin presente real ni futuro, no vale la pena vivirla. Su elección es comprensible, tanto que nos sobrecoge esa constancia, comprendemos su decisión de desaparecer, y surge la admiración por ese hombre que elige resistir a toda costa para que el muchacho continúe vivo. El protagonista sólo encuentra en el futuro del pequeño algún resquicio de luz.

Pero podría haber elegido, como su mujer le pide en una ocasión, que se suiciden todos juntos, al igual que otras personas a su alrededor deciden hacer ante la constancia del desastre, frente al peso insoportable de pensar que en un espacio desolado no existe para ellos ninguna posibilidad de sobrevivir. La carga es tan abrumadora que casi todos nuestros problemas se difuminan al adentrarnos en las circunstancias de esa familia a través de la maestría de McCarthy, que hace tan creíble y real el infierno que el lector llega a sentirlo con una proximidad conmovedora. Aunque sólo seamos el presente, no podemos existir sin la recreación del pasado ni la proyección del futuro.

Los hermosos versos de Dante expresaron la necesidad de construir una moral destinada a alcanzar un lugar para lo que él consideraba lo humano. Beatrice representaba aquello a lo que el hombre moral siempre aspiró a pesar de sus contradicciones: a la belleza, a la armonía, a la paz y al sentido. En el espacio de  La carretera nada de eso es posible a simple vista; el deterioro es tan inmenso que vislumbrar la posibilidad de que algo bondadoso se reconstruya a excepción de esa hermosa relación padre-hijo resulta remota. El amor sólo queda reflejado en esa conmovedora afectividad que constituye lo único humano en un mundo que no tiene futuro. Quizá por eso volví a creer al instante, mientras leía el libro, con una fuerza desmesurada, en que la literatura seguía siendo el pequeño, diminuto e insignificante cajón de lo humano, y que sí esos dos personajes sobrevivieran al desastre, la hallarían en su camino, volverían a encontrar su magia y su sentido fuera a través de la tradición oral o de la escritura, de la manera que fuera, para iniciar de nuevo una posibilidad de existir distinta, para guarecer aquellos preceptos de los hombres que  siempre mejoraron y protegieron la vida, en el fondo eso que nos empuja a leer y queda satisfecho entre las maravillosas páginas escritas por Cormac McCarthy.

Sin darme cuenta, conforme sigo abriendo La carretera al azar y adentrándome en su terrible relato, en una relectura fragmentada, alcanzo a a entender la cercanía entre la religión y la literatura que amo; una religión ajena por completo a los extremos actuales que conmocionan al Islam o a esa actitud todopoderosa del Vaticano y sus relaciones evidentes con el poder para garantizarse su preeminencia,  a la virulencia de los judíos intransigentes, que desde luego no son la mayoría pero de alguna manera se impusieron al resto. En cada uno de los pequeños párrafos en los que McCarthy estructura la historia, en esas frases cortas y solemnes, sobrias y precisas, despojadas de cualquier recargo o sentimentalismo innecesario, sólo la transcripción exacta de la carretera y los rincones físicos y anímicos por los que padre e hijo avanzan, percibo esa forma inconfundible del sentido religioso que siempre caracterizó el alma humana, el respeto a los muertos y al pasado, el sentido de la organización, de la solidaridad,  al anhelo de trascendencia ante la fugacidad, aunque sólo fuera en el entorno inicial de la tribu, en la capacidad de construir en vez de destruir: esos sentimientos humanos que desde tiempos inmemoriales compartieron espacio con todas las formas de brutalidad de las que el hombre es capaz y permitieron la continuidad de la especie y no su exterminio.

A veces, respetando cualquier creencia personal y sin menosprecio alguno, me resultan fascinantes en el siglo XXI esos creyentes que cumplen la normas de las distintas jerarquías religiosas; es como creerse un cuento para niños, y sin embargo, cada vez admiro y respeto más profundamente ese espíritu religioso que no está dirigido por las distintas iglesias, mezquitas, sinagogas o templos grandiosos gobernados por hombres que abusan como hombres y manipulan como hombres. Ese sentimiento religioso, libre, que surge tan a menudo ante hechos de la vida, ante paisajes naturales o entre la empatia que nos une a personas afines, y que simplemente trata de consolar la desolación, la pena, el dolor y el sufrimiento, la incredulidad que surge ante la falta de moral, con elementos extraídos en el fondo, libremente, de las distintas enseñanzas venidas de las grandes religiones en torno a las cuales se amalgamaron las creencias humanas ancestrales. Quizá el secreto de que ciertas religiones alcanzaran la universalidad que las caracterizó fuera que conjuntaron toda esa necesidad humana de encontrar un sentido. La contradicción, para un agnóstico convencido como yo, de alguna manera se resuelve en la literatura, en la gran literatura. ¿Acaso no fue sorprendente que Camus, después de publicar La peste, sintiera que eran los católicos que le enviaron cartas para celebrar la obra quienes más cerca estuvieron del sentido que él quiso darle? ¿O que Tolstoi terminara por abrazar una fe desmesurada hacia el cristianismo, y llegó a despojarse de sus bienes y posesiones, tan alejado de la jerarquía católica u ortodoxa, al final de sus días, repudiando todo cuanto había escrito antes, incluyendo esas dos obras maestras de la literatura de todos los tiempos? Tosltoi quizá no comprendió que su verdadera fe en el ser humano se hallaba en Ana Karenina y en Guerra y Paz, En la muerte de Ivan Ilich, pero esa sería otra historia para contar.

De alguna forma, en la huella incesante que constituye la esencia de la humanidad, sigo observando que ese proceso iniciado por los primeros hombres para explicar la vida, para hacerla más longeva y soportable, que esa especie de trascendencia que empujó al hombre a unirse, a colaborar para sobrevivir, a instaurar la convivencia para que sus crías pudieran seguir existiendo, que estableció rituales y formas de rezo para expresar y convocar su entorno, para alcanzar los astros que contemplaba, los ríos y las montañas, que todo lo que llevó a los griegos a constituir su filosofía y su organización política, que los esfuerzos de los primeros cristianos o de esos sesudos teólogos que trataron de explicarnos brillantemente el sentido de la trinidad, o los escritos islámicos o judíos, las enseñanzas budistas o hindús, que la odisea de Dante y antes la de Homero y Virgilio, que más tarde el Renacimiento tras la oscuridad de la Edad Media, y luego la Ilustración y las primeras e imperfecta democracias europeas, que los movimientos obreros y los estados de bienestar europeo, reunían en sus seno el mismo aliento, compartían normas y preceptos en su esencia destinados a mejorar la vida, a dotarla de sentido. Por supuesto en el arte en general y en la literatura se encuentran esos rastros antiguos que ese hombre y ese niño tratan de rescatar y edificar a lo largo de su desesperanzado viaje.

-Cuando no tengo otra cosa intento tener los sueños de un niño. .-Decía el padre.

La inocencia como regreso, la inocencia como única esperanza. Miedo a ser devorado por otros hombres, a ser pasto del estómago fiero y salvaje del hambre. Miedo a perecer sin nada que sea sólido, de que los recuerdos hermosos de una existencia humana, el amor, la amistad, los afectos filiales, los sueños, la dignidad, desaparezcan y ese niño al que trajimos al mundo convencidos de la posiblidad de otra vida jamás alcance a vivir siquiera algo similar a nuestra experiencia. Esa angustia me sobrecogió tantas veces a lo largo de las páginas de La carretera que es ahora, ante la enfermedad de mi pequeño, que comprendo la razón.  Creemos en una existencia bajo control porque los cambios apenas afectan a nuestra vida corriente en apariencia. Esta crisis económica ha agudizado mecanismos que no se han resuelto, y sin embargo, seguiremos manteniendo en general esa visión de eternidad social que la historia, a lo largo de los siglos, siempre se ha encargado de desmentir. A veces pienso que Cormac McCarthy escribió La carretera para dejarnos alguna guía posible, y aunque su visión sea en general desoladora, como sucede en otras de sus obras, la novela está llena de esperanza, aunque no pueda revelar su final para aquellos que no se han adentrado todavía en la belleza de sus páginas.

Sobre las últimas páginas de la novela, extraña digresión del paisaje vivido, emotivo desenlace que alcanza a rozar la perfección del sentido que el autor quiso dar a su epopeya, mi hermana me avisa de ciertos escépticos. En la excelente película de John Hillcoat, una fiel adaptación del relato, magníficamente desarrollada, con una fotografía que captó los espacios de McCarthy con una exactitud pasmosa y unos actores magníficos para encarnar a cada uno de los personajes, cabe la posibilidad de confundir el final con una resolución fácil de la historia, quizá por las propias características del lenguaje cinematográfico y la ausencia de palabras –a parte de los diálogos- en el desarrollo de la narración. Aún así, la película logra a mi juicio preservar los elementos esenciales de la obra literaria, y a poco que el espectador haya seguido el desenlace de la fábula, que haya escuchado los textos de McCarthy extraordinariamente bien elegidos para la voz en off, o que haya intimado con la relación padre-hijo, y la de ambos con esa religiosidad primitiva que les permite la esperanza, pienso que comprenderá la naturaleza simbólica de su conclusión. En la novela, en su literatura, la metáfora, la fuerza expresiva de la aventura, resulta incuestionable y muy dudoso cualquier reproche a su desenlace.

La escena del piano; la del baño en la vieja casa abandonada con el padre, y antes en la cuba donde la madre frota los cabellos del niño preguntándose si vale la pena que el pequeño siga vivo ante el dolor de su marido, que contempla la escena desde la puerta; el pasaje de la lectura de un cuento que el hombre lee en voz junto a la hoguera en una noche oscura y desapacible; las palabras en boca del adulto sobre la justicia y el valor; la diferenciación constante entre buenos y malos, el miedo al canibalismo y la seguridad en que antes es preferible la muerte; el encuentro con el fatigado anciano medio ciego y esa conversación entre el padre y el viejo junto a la hoguera después de compartir su comida gracias a los esfuerzos del muchacho; los sueños y las imágenes de esa otra vida desaparecida, la imagen poética de ese Sur que guía los pasos de los dos protagonistas; ciertos gestos del niño ante el ladrón que trata en la playa de robarles la ropa y el carro donde llevan los alimentos condenándoles a una muerte segura; esos días transcurridos en el sótano de una casa donde hallan comida, cigarrillos, bebida, mantas, una cama, todo aquello que otorga una excepcional visión de lo que nos hace dignos en medio de la desolación; la visión de un perro vivo en un momento fundamental del relato, que nos despierta la inmediata alegría después de haber recorrido durante cientos de páginas la expresión de un mundo moribundo; la escena final que termina por provocar una lágrima alegre, una de esas lágrimas que no tienen nada que ver con lo vacuo y lo absurdo, con la obscenidad de un mundo torpe que apenas sí llora por la sensiblería y la estupidez, sino lágrimas conmovidas ante la creencia de que el ser humano es capaz de lo mejor y de que siempre dibuja a pesar de todo una esperanza en cada uno de sus pasos, lágrimas ante esa poderosa poesía de la palabra y los actos nobles, la fe en que la literatura es capaz de transformar el horizonte de los humanos, de albergar en cada una de su letras mayúsculas la verdadera condición del futuro a pesar de comprender por supuesto la enorme complejidad de cada cambio y cada gesto; todo eso que surge ante nuestros ojos, que llena el relato de ese padre y ese hijo bordeando la carretera, conforma una de las más hermosa metáforas que puede alcanzar el ser humano para recuperar la esperanza.

Le debo  McCarthy una posibilidad de seguir asombrándome ante la literatura.

La fiebre de Mateo se está convirtiendo en unas toses sin importancia y está a punto de dormirse entre mis brazos. Sin Dante es posible que no hubiera existido la Ilustración ni los años de progreso que acompañaron los siglos posteriores, tampoco los movimientos proletarios que generaron más tarde en el occidente capitalista formas de vida más dignas y humanas, sociedades, a pesar de sus imperfecciones, más justas; tampoco esos avances científicos que lograron alargar la existencia de los hombres y alcanzar la dignidad de las muertes atendidas o la integración de mayorías en la vida de la sociedad, sin entrar ahora a fondo en la cuestión, aunque podría hacerlo, en los intereses económicos que encontraron necesario el hecho, pues detrás de ellos, de la ceguera y la avaricia, de la destrucción y la barbarie, siempre hubo en lo profundo una necesidad humana de avanzar de otra forma, de empujar la historia hacia lugares más llevaderos, o al menos eso quiero creer.

Sigo con esas frases que un día escribiera Bertrand Russell convencido, aunque desconozco a estas alturas si quizá fueron suyas o si las recuerdo con la suficiente exactitud, pero necesito hacerlo.

La inteligencia siempre es bondadosa. No concibo ni concebiré jamás que la inteligencia sea malvada. La maldad siempre es estúpida y ciega. Nuestra historia está llena de ejemplos al respecto.

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Pasaron allí todo el día, sentados entre las cajas de la tienda.

Tienes que hablarme, dijo.

Estoy hablando.

¿Seguro?

Ahora te estoy hablando.

¿Quieres que te cuente un cuento?

No.

¿Porque?

El chico le miró y apartó la vista.

Esos cuentos no son verdad.

No tiene porqué. Son cuentos.

Sí, pero en esas historia siempre estamos ayudando a gente  y nosotros nos ayudamos a la gente.

¿Por qué no me cuentas tú algo?

No tengo ganas.

Vale.

No tengo ninguna historia que contar.

Podrías contarme alguna historia tuya

Ya las conoces todas. Tú estabas allí.

Pero tienes historias dentro que yo no conozco.

¿Quieres decir sueños, por ejemplo?

Por ejemplo. O cosas en las que piensas.

Ya, pero se supone que las historian han de ser alegres.

No tienen porqué serlo.

Tú siempre me cuentas historias alegres.

¿No tienes ninguna alegre que contarme?

Son más bien como la vida real.

Y la mías no lo son.

No, las tuyas no.

El hombre le observó. ¿La vida real es muy mala?

¿Tú que piensas?

Bueno, yo pienso que todavía estamos vivos. Nos han ocurrido muchas cosas malas pero todavía estamos aquí.

Sí.

No te parece que eso sea tan estupendo.

Puede.

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Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarinosa allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujados vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.


Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, julio de 1933). Escritor norteamericano, considerado junto a Richard Ford, Thomas Pynchon, Phillip Roth y Don De Lillo como uno de los más grandes autores vivos de su país. Galardonado con el premio Pulitzer con La carretera en el 2007. No concede entrevistas y hay pocas fotografías de él.

Obra

Novelas

  • The Orchard Keeper (El guardián del vergel, 1965)

  • Outer Dark (La oscuridad exterior, 1968)

  • Child of God (Hijo de Dios, 1974)

  • Suttree (Ídem, 1979)

  • Blood Meridian, Or the Evening Redness in the West (Meridiano de sangre, 1985)

  • Trilogía de la frontera:

    • I – All the Pretty Horses (Todos los hermosos caballos, 1992). Ganador del National Book Award

    • II – The Crossing (En la frontera, 1994)

    • III – Cities of the Plain (Ciudades en la llanura, 1998)

  • No Country for Old Men (No es país para viejos, 2005)

  • The Road (La carretera, 2006) Ganador del Premio Pulitzer de ficción en 2007

Obras de teatro

  • The Stonemason (Escrita en la década de 1970 y publicada por primera vez en 1995)

  • The Sunset Limited (2006)

Guiones

  • The Gardener’s Son (El hijo del jardinero, 1976)

Adaptaciones cinematográficas

27
feb
10

Bohumil Hrabal-Bodas en casa



Sé que fue un libro de Bohumil Hrabal, pasada la ráfaga marginal de los bukowski, Burroughs y compañía. Lo sé porque recuerdo las tapas del libro, duras, y la portada luminosa, colorida; una casa, una hermosa casa rodeada de jardines y vegetación, ligeramente sobria, como las de cualquier país del Este comunista, ese espacio de la República Checa, que siempre fue país burgués y elegante, que siempre guardó la esencia de lo europeo a pesar de Stalin y el imperio de la URSS. Fuera como fuese ese libro estuvo en mis manos un tiempo; duró poco, una lectura, cierto repaso indolente, nocturno, y una admiración secreta, incondicional y jocosa.

Un obrero siderúrgico que escribía como los ángeles y hablaba de Kant, de Nietzsche y Schoppenhauer a solas, para luego adentrarse en las tabernas nocturnas y celebrar la vida con esos otros obreros mugrientos y fatigados, llenos de tierra y óxido, de desilusión bañada en alcohol que en otras vidas fueron asesores, contables, profesores de universidad, artistas, y ahora embrutecían sus manos y cantaban a la existencia envueltos en el humo enmohecido del  acero bruñido, en la quemazón incesante de las hogueras y las calderas. Sé que fue entonces cuando la alegría se hizo nítida. No puedo explicar por qué, o quizá sí, pero el libro anda difuso en algún lugar de mi memoria. Bodas en casa era el título, ni siquiera recuerdo la editorial. El libro llegó de la mano de mi hermano. Un amigo suyo guardaba como un tesoro aquella edición. Nos encontramos en un concierto de madrugada. Vestía extraño el muchacho. Las guitarras atronaron durante aquella hora y media y al salir de la sala el amigo de mi hermano sacó la novela. La guardaba en un bolso de tela marrón, lleno de chapas con anagramas de bandas garajeras desconocidas para mí. Insistía solemne, casi orgulloso y feliz, convencido en verdad, que la música popular no venía de los Beatles sino de los grupos del underground norteamericano. Recitaba en voz alta una lista terrible que nunca más volví a oír salvo en las páginas de esa revista tan particular que fue Ruta 66, y varios años después. Mi oídos estaban disponibles para otras sonoridades, pero debo reconocer cierta enjundia en los razonamientos del chico. En cierta medida anticipó en su discurso, antes de que yo fuera consciente, la supremacía de las masas consumidoras sobre el valor cultural o artístico de las distintas artes. Decía seguro de sí mismo, algo que probablemente ya sabía mucha gente por aquel entonces, y que yo obviaba con encono quizá por la necesidad de ser crédulo e inocente, que el concepto popular rompería su antiguo significado y se convertiría irremediablemente en una dictadura capaz de borrar la historia o manipularla a su antojo.

-Estamos entrando definitivamente, sino hemos entrado ya hace veinte o treinta años, en la supremacía del gusto superficial, profano y veleidoso de las masas. Ninguna expresión artística podrá alcanzar un lugar de supervivencia más allá de la aceptación popular por más que se esfuerce la crítica o la historia de la distintas artes, y esa aceptación popular es cada días más mediocre, más manipulable, más engreída e insulsa.

El libro que sostuvo un rato entre sus manos parecía una prolongación de su discurso por el modo en que se agitaba al ritmo de sus brazos. Gesticulaba y la timidez le enrojecía las mejillas, aunque no titubeó ni una sola vez. Cuando se lo dio a mi hermano Daniel,le pidió que se lo devolviera al terminarlo, que era uno de sus tesoros más queridos, y me recomendó a su vez que lo leyera. Por entonces yo escribía textos adolescentes en Fruta Fresca, en Cavidades y en Pescara Blues. No puedo precisar el año exacto, quizá 1993 o 1994, pero sí el comienzo de un tiempo difícil. Primero fue mi hermano quien devoró de principio a fin Bodas en casa de Bohumil Hrabal. Después fui yo, en el viejo apartamento de la calle Albocácer, entre el humeante salón lleno de objetos y mi diminuto despacho con ventanal a un patio interior triste y mohoso, donde había una ventana en el piso superior en la que se asomaba un anciano grueso y somnoliento que me pedía cigarrillos de vez en cuando a causa de la prohibición del médico –y su mujer especialmente-.

Era tan distinta esa literatura, tan llena de vida y talento, y a la vez me remitía la fuentes de la contracultura que yo admiraba y anhelaba con encono por entonces, incluso años después de que se disiparan los sueños de rock ´n roll o la vaga comprensión de una vida juvenil alargada para siempre. Bodas en casa fue una de las fascinaciones literarias más intensas de las que me acuerdo. Veo a Daniel hablando de la diferencia de Bohumil Hrabal sobre el resto. Aún no habíamos leído a Gao Xigan ni El archipiélago Gulag de Solzhenitsyn. Sabíamos de la particularidades del comunismo checo a través de la Insoportable levedad del ser y La broma de Milan Kundera, pero no éramos conscientes, o al menos no con la terrible sensación de horror, del significado profundo de la palabra estalinismo o revolución cultural, del terror indescriptible que debieron sufrir millones de personas ante el peso desolador y descomunal del Estado que se descargaba virulento sobre el individuo, sobre la libertad de los hombres, tan terrible como los excesos del nazismo o la violencia del fascismo. Ahora, a estas alturas, comprendo porque Bohumil tenía esa extraña amargura, o mejor, porque sus personajes necesitaban beber y beber para soportar la vida. Es curioso el sentido del humor checo, su tendencia a contar las cosas en literatura de otro modo sin que dejen de ser terribles. La primavera de Praga en el 68 terminó con numerosos sueños de juventud de una buena parte de los habitantes del país. Pero les dejó ese curioso escepticismo, ese modo particular de mirar que Bohumil Hrabal entonaba con una naturalidad pasmosa.

Recuerdo al protagonista de Bodas en casa, siento no poder transcribir el nombre porque no he vuelto a tener la novela en mis manos –hoy está desgraciadamente descatalogada-, el amor que profesaba a su mujer, su vida miserable como obrero y su risa de impotencia ante el silencio. No sé cómo pudo hacerlo, como aguantó tantos años mi querido viejo. No le dieron el premio Nobel, aunque tengo entendido que fue postulado una vez después de la caída del muro. No era demasiado intelectual en su narrativa, quizá fuera ese su pecado. No podría definir con exactitud en qué consistía esa magnífica literatura; quizá estaba llena de alegría y sobre todo de esperanza. Bajo el peso de los racionamientos y las limitaciones desoladoras, no sólo materiales sino humanas, del comunismo, en medio de una cultura hecha irremediablemente de contradicciones -no en vano la antigua Checoslovaquia unida y su capital, Praga, fueron a principios de siglo símbolo del progreso burgués, de la alta cultura europea, inmersa en una sociedad que iba a perecer agitada definitivamente por las consecuencias de la segunda guerra mundial y el imperio de las utopías totalitarias, e igualaba en rango a ciudades tan míticas como la Viena del Imperio Austro-Húngaro, e incluso superaba en esa época en esplendor y brillo a la propia Paris o al sombrío Londres- Hrabal brillaba como un brote espontáneo de júbilo y vitalidad.

Bohumil, hijo de la tradición europea, no podía renunciar a su proverbial optimismo natural por décadas de comunismo gris. Eso no era humano, y él lo era.

El amigo de mi hermano se perdió como muchos otros. Sé que ocultó su pista alguna madrugada insomne y ebria, y dejamos de asistir a conciertos de rock oscuro para adentrarnos en el power pop o el indipop, o como demonios se llamaran esas nuevas corrientes, más luminosas y sensuales. El libro se lo devolvimos, desde luego, pero aún recuerdo las largas charlas con mi hermano comentando el efecto de aquella lectura maravillosa.  Hablamos de varias cosas entonces:

-Bohumil Hrabal era alcohólico, sin poses ni exageraciones, un alcohólico que justificaba el alcohol simplemente porque era el único modo a su alcance –junto a la literatura- para soportar la vida gris que no podía cambiar bajo el peso de un régimen que exterminaba la individualidad y el gozo de la libertad. Nada nuevo, lo vemos a diario, de una forma más disimulada y en apariencia humana en nuestros mundos democráticos, con respiros de fin de semana y una supuesta libertad de acción porque compramos moda norteamericana o francesa, ridículas corbatas o libros subversivos, entramos libremente en internet o podemos insultar al presidente de gobierno de turno.

-Hrabal repudiaba por igual a los estalinistas que a los nazis; cualquier totalitarismo que pudiera limitar la libertad del hombre lo llevaba compulsivamente  a beber hasta el olvido y a escribir, aunque de sus labios sólo salían hermosas carcajadas de luz. Nos dejó la sensación de que la literatura era un arma valiente de libertad.

-Nuestro querido checo tenía una coraza de esperanza y optimismo que a pesar de las amarguras y la tristeza surgía indemne del paisaje desolador para celebrar la vida. Lo mugriento era el entorno. La luz y la belleza, sin embargo, se hallaban en todas partes.

-Al contrario que nuestro ídolo juvenil de la época, tan repetitivo como limitado, Mister Charles Bukowski, a Hrabal le importaban un comino las putas y el lado oscuro y salvaje de la vida, los estereotipos marginales y el sexo descarnado, más  bien se pirraba por el amor, el amor a su mujer, y por la sensualidad sutil de las féminas centroeuropeas, sus mejillas y brazos sonrosados, esos cabellos rubios que le recordaban a la juventud perdida no con nostalgia sino con la festividad de lo vivido  y apurado, de lo jamás arrastrado ni siquiera por el peso de la Historia. El paso del tiempo molía el cuerpo, pero alimentaba el alma de una dicha inamovible que irradiaban sus personajes y sus relatos. Quizá hubiera sido capaz de brindar en el infierno.

-Las máscaras de la sociedad comunista, el ocultamiento y el exterminio de profesiones y saberes en pos de la falsa revolución proletaria, permitió que Bohumil llenara sus magníficos textos de personajes que siempre escondían a otros; borrachos ilustres capaces de enumerar teoremas matemáticos de primer orden, asesores fiscales que ejercían de barrenderos o peones agrícolas, filósofos que conducían autobuses, escritores como él que trabajaban en fábricas de escombros y se llenaba de polvo y orines mientras construían en secreto la literatura checa. El mundo capitalista permite una libertad aparente que sólo el dinero y la popularidad compran. Para la mayoría de los habitantes del occidente rico, el fingimiento es practica común sin embargo. No ejercemos de lo que somos, somos lo que podemos y transfiguramos nuestra imagen para ser aceptados o para sobrevivir. En eso, el mundo de Hrabal es reconocible y cercano. Mi hermano decía que en Bohumil había descubierto que tras los rostros derrotados que veía a veces en los bares del barrio podía hallarse, tal vez, un destello de la verdadera vida, y que, por el contrario, era posible que los triunfadores del siglo no fueran más que farsantes sin identidad ni alma. Al menos era un consuelo, susurraba.

-Recuerdo el amor eterno y puro que profesaba a su mujer, personaje memorable de cuya descripción física no me queda nada, pero si de su paciencia, de su entrega a ese narrador derrotado a los puntos mas sin concesiones al K.O.

-El señor Hrabal, siempre deslumbrante y ávido de saber, nos demostró que para escribir no estaba mal conocer la historia de la literatura, y que el testimonio vital no era más que una excusa para el verdadero arte, aun cuando las condiciones de vida fueran tan insoportables que lo único cierto parecía ser el sufrimiento y la impotencia ahogados en vodka y cerveza.

-Ni una sólo página escrita por su manos tuvo un ápice de odio. Francamente, algo increíble para quienes vivieron el siglo XX

Quizá pudo ser aquella hermosa lista de fascinaciones que nos tuvo entretenidos algún tiempo. Daniel inventó aquella frase de la negrura, y a Bohumil como antídoto para su enfermiza y estética tristeza. Debo reconocer que a veces me sirvió; cosas de mi lúcido hermano y del checo. Alguien que tuvo que esconderse de esa manera tanto tiempo merecería sin duda alguna atención por la exhuberancia de su talento: eso hubiera dicho yo sobre Bohumil a un no iniciado en su secta.

Esta noche de cena inminente, de camaradería sincera, antes de beber unas copas y tratar de soportar la existencia diaria que vendrá mañana, pienso en Hrabal. Busco sus libros en la enorme estantería de mi casa y encuentro La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo, también Anuncio una casa en la que ya no quiero vivir, esos cuentos tan extraños y kafkianos que anticipaban su futura oscuridad de alguna forma; ojeo por un instante Una soledad tan ruidosa, también Trenes rigurosamente vigilados y recuerdo la extraordinaria película de Jirí Menzel realizada en los años sesenta que tengo grabada en DVD, aunque en versión original, en checo, sin subtítulos –no se puede tener todo-. Sigo mirando y no encuentro Bodas en casa. Nadie se atrevió posteriormente a editarla, o eso creía, porque mi hermana me aseguró hace poco que Destino  publicó de nuevo la novela en 1996, pero debió pasar sin pena ni gloria, siendo un libro tan extraordinario, escrito por uno de los más reputados y excelsos escritores checoslovacos del siglo, y a veces, en las ferias del libro de ocasión rastreo las estanterías buscando la maldita novela que a menudo necesito para arrancarme del corazón la tristeza o las ausencias, para recordar al viejo compadre de mi hermano desaparecido, para decirle a gritos a Daniel que aún es posible, que siga riendo como el viejo Bohumil Hrabal en las tabernas mugrientas de la campiña checa o en los barrios populares de Praga. No lo he hallado, seguiré buscando, o animo a algún editor a que lo vuelva a publicar con merecimientos y cierto interés. Estoy seguro, aunque hace tanto tiempo de su lectura, que sigue sirviendo para vivir, que arrancará sonrisas y deleite, que es hermoso y estéticamente valioso. Bodas en casa.

Estoy pensando en poner un anuncio; Anuncio una casa en la que ya no quiero vivir. Busco Bodas en otra casa, una casa hermosa donde el alcohol abundante hace reír a los simples e inocentes, también a los otros, un alcohol que nace de la hermandad y la esencia de la vida, que no mata, una sensualidad en medio de la negrura y la monotonía, una causa por la que brindar sin ahogos, esa parte de esperanza que se perdió en 1997,  cuando Bohumil, anciano y destruido, cayó por el balcón de la residencia en la que vivía tratando de dar de comer a los pájaros risueños que seguían posándose en su balcón. Otra paradoja literaria, hasta para suicidarse tuvo que inventarse una bella metáfora.

Copyright Jimarino

Bohumil Hrbal nacio en Brno, (Moravia), el 28 de marzo de 1914. La mayor parte de su obra vio la luz en ediciones ilegales. Murió en Praga, el 3 de febrero de 1997 al caerse por el balcón de la residencia en la que vivía.

Obra

  • Skřivánci na niti (Alondras en el alambre), 1959.
  • Perlička na dně (La perlita en el fondo), Praga, Československý spisovatel, 1963.
  • Pábitelé (Clases de baile para adultos), Praga, Mladá fronta, 1964.
  • Ostře sledované vlaky (Trenes rigurosamente Vigilados), Praga, Československý spisovatel, 1964.
  • Taneční hodiny pro starší a pokročilé (Clases de baile para adultos y alumnos aventajados), Praga, Československý spisovatel, 1964.
  • Inzerát na dům, ve kterém už nechci bydlet (Anuncio una casa donde ya no quiero vivir), Praga, Mladá fronta, 1965.
  • Kopretina (Margarita), 1965.
  • Automat Svět (Mundo autómata*), 1966.
  • Obsluhoval jsem anglického krále (Yo que he servido al Rey de Inglaterra) Praga, Jazz petit, 1982.
  • Něžný barbar (Bárbara ternura*), edicion prohibida de 1973; Index, Cologne, 1981
  • «Trilogía» Městečko u vody (La pequeña ciudad al borde del agua)
  • Postřižiny (Tijeretazos), edición prohibida, 1974; Praga, Československý spisovatel, 1976.
  • Harlekýnovy milióny (Los millones de Arlequín*), Praga, Československý spisovatel, 1981
  • Městečko, kde se zastavil čas (La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo) edición prohibida 1974; Innsbruck, Comenius, 1978.
  • Každý den zázrak (Cada día un milagro*), 1979
  • Slavnosti sněženek (La fiesta de las campanillas verdes), Praga, Československý spisovatel, 1978.
  • Příliš hlučná samota (Una soledad demasiado ruidosa), edición prohibida, 1977; Colonia, Index, 1980.
  • Kluby poezie (Clubes de poesía*), Praga, Mladá fronta, 1981.
  • Domácí úkoly z pilnosti (Deberes para buenos alumnos*), Praga, Československý spisovatel, 1982.
  • Domácí úkoly z poetiky , 1984.
  • Život bez smokingu (Una vida sin esmoquin*), československý spisovatel, Prague, 1986
  • Svatby v domě (Bodas en casa) edición prohibida, 1986;Toronto, 68’Publishers, 1987.
  • Chcete vidět zlatou Prahu? (¿Quiere ver la Praga dorada?*), 1989
  • Kličky na kapesníku (Nudos en su pañuelo*), edición prohibida 1987; Praga, Práce, 1990.
  • Můj svět (Mi mundo*), 1989
  • Schizofrenické evangelium (El evangelio esquizofrénico*), 1990.
  • Kouzelná flétna (La flauta mágica*).
  • Ponorné říčky (Arroyos subterráneos), Praga, Pražská imaginace, 1991.
  • Růžový kavalír (El caballero de la rosa*), Praga, Pražská imaginace, 1991.
  • Aurora na mělčině (La «Aurora» fracasada*), Praga, Pražská imaginace, 1992.
  • Večerníčky pro Cassia (Bagatelas tardías para Casio*), Praga, Pražská imaginace, 1993.
  • Texty (Textos*), 1994.




07
feb
10

richard ford-la literatura norteamericana

Este texto fue editado originariamente en la revista Shangri-La derivas y ficciones aparte, en Agosto de 2009. Copyright Jimarino

RICHARD FORD Y LA LITERATURA NORTEAMERICANA


LA LITERATURA NORTEAMERICANA

“Estados Unidos es demasiado insular, está demasiado aislado. No traducen lo suficiente y no participan en el gran diálogo de la literatura. Ese tipo de ignorancia les limita. Son demasiado sensibles a las modas de su propia cultura de masas. Obviamente en todas las grandes culturas hay literatura sólida, pero no se puede obviar el hecho de que Europa sigue estando en el centro del universo literario mundial y no Estados Unidos”

Con estas rotundas palabras solventó Horace Engdahl que un año más el Premio Nobel de literatura no recayera sobre un escritor norteamericano. Es posible que tuviera una parte de razón, o quizá sólo fuera una pataleta desafortunada, ese último aliento de nuestra vieja Europa contra el poderío mediático y cultural de los USA. Es conocido que la ciudad más admirada del mundo para las generaciones que están llegando ahora a la treintena –y las que van detrás- ya no es Paris o Londres o Roma o Venecia, sino Nueva York, o que el cine que se consume en la mayor parte de los cinco continentes es masivamente norteamericano, sin mencionar la enorme supremacía que muestran en la música popular, o el peso globalizado de sus personajes e iconos televisivos. Aunque pueda guardar parte de verdad en sus palabras, el Secretario de la Academia sueca no anduvo muy acertado en el tono de su discurso.

Negar la influencia estadounidense –y no me refiero a sus símbolos más vulgares o evidentes, a lo peor de su cultura, a su versión más ruidosa y plana, esos subproductos infantiles de principio a fin con los que coloniza diariamente el mundo desde Pekín a Moscú, pasando por media Asia y por supuesto nuestra vieja Europa- y, sobre todo hacerlo en el ámbito de la literatura, puede ser un error. No estoy pensando únicamente en algunos candidatos que incesantemente se incluyen año tras año entre los candidatos a ganar el máximo galardón literario para un escritor, aunque no mencione nombres, esos son los que menos me interesan. Es verdad que los autores norteamericanos han hecho incesantemente protagonista de sus novelas a su propio país, o que el nivel de traducciones de otras lenguas en sus librerías es francamente bajo en comparación a los niveles de otros países occidentales del primer mundo (apenas llegan al 3% del total de obras editadas); que la mayoría de sus ciudadanos no tienen ni la menor idea de donde está España o Suecia, o que les importa un pimiento lo que acontece en otras partes de la tierra; esas son realidades cotidianas que cualquiera que se adentre ligeramente en su esencia percibe a las primeras de cambio más como una regla que como un tópico de excepción. Pero tampoco sería justo solventar de ese modo aspectos fundamentales que asentaron los grandes autores norteamericanos en la historia de la literatura.

Supongo que la lectura que pretenda cierto rigor crítico exige de una alguna perspectiva histórica de la literatura y eliminar algunos elementos externos que no influyen para nada en esa evolución. Un libro no es ni deja de ser importante porque se venda mucho si hablamos en términos de verdadera crítica, no de exámenes sesgados o de intereses editoriales. También comprendo las debilidades subjetivas, que dependen de aspectos en ocasiones extraliterarios, pero siempre que respondan a unos mínimos críticos de consenso. No sé por qué comienzo de este modo, pero quiero dejarme llevar. La literatura norteamericana tiene en mi existencia –y creo que en buena parte de los buenos lectores de mi generación- una importancia destacada que se debe a sus innumerables virtudes. Francamente, tengo la sensación de que ahora no leería o no hubiera vivido esas magníficas décadas lectoras que han transcurrido, que seguramente no hubiera abierto un libro de Günter Grass o de James Joyce, de Proust o de Albert Camus, sin que antes la literatura norteamericana me hubiese brindado el placer de su inmediatez, el gusto por lo directo, su tendencia a bordear la contracultura, a ser crítica y escandalosa en el buen sentido con su entorno, a su ácida temática general o a su poderío narrativo. Decir que la literatura de los Estados Unidos es más narrativa que intelectual no supone una disminución de su calidad. Creo, y siento cierto pudor al afirmarlo, que los autores norteamericanos encontraron de alguna manera el camino de la alta literatura sin olvidar los medios y las técnicas, las enseñanzas, de la literatura popular, desarrollando un extraordinario modo de acercarse a su realidad, y lo hicieron  -los grandes- desde las alturas, quizá tratando de ser accesibles para llegar al mayor número de lectores y aproximarles a lo profundo que encierran muchas de sus obras.

La retahíla de novelas sobresalientes que nos dejó el siglo pasado  es muy larga. Probablemente, y siento contradecir al señor Engdahl, el siglo XX posee material literario de los Estados Unidos de primera clase. Desde Francis Scott Fitzgerald o William Faulkner; Hemingway, John Updike, John Cheever, Carson McCullers, Nathanel Hawthorne, Harold Brodkey, Thomas Pynchon, James Sales, Salinger, Cormac McCarthy, William Styron, Paul Bowles, John Dos Passos, Ezra Pound, Sherwood Anderson, Sinclair Lewis, Samuel Bellow, Truman Capote, Don de Lillo o Richard Ford entre otros, surgen un puñado de extraordinarias obras literarias. Es posible que actualmente Europa mantenga ese lado experimental o innovador de la literatura como emblema, o que de alguna forma, el diálogo con la historia de la novela sea más amplio, pero obviar esa influencia en nuestra herencia sería una injusticia, y convendría observar la edad de los autores que siguen ejerciendo de faro de esa tendencia, porque, nos guste o no, me parecen mucho más interesantes los David Eggers, Jonathan Franzen, David Foster Wallace, Geofry Eugenides o Junot Díaz, que nuestros insufribles Amelie Nothomb, Frédéric Beigbeder, Angela Bellvey, Michel Houllebecq o Lucia Etxebarria, por poner algunos nombres. Quizá el más claro ejemplo entre la gran literatura norteamericana y ésa a la que se refiere mister Engdahl tenga que ver con el trasunto de este texto, o al menos, pienso, es lo que pretendo.

Hace un par de meses leí una de las primera novelas de Richard Ford, La última oportunidad. A Richard Ford lo había seguido desde que Anagrama editó El periodista deportivo en edición de bolsillo en el 2003. La trilogía de Ford sobre Estados Unidos, que comprende la mencionada El periodista deportivo, El día de la independencia y Acción de gracias, brilla con luz propia en la reciente literatura norteamericana. Es evidente que hablan –el protagonista de todas ellas, es Frank Bascombe y Estados Unidos- de su país. Quizá ser la primera potencia mundial durante tantas décadas ha provocado cierto regusto por el autobombo, una cierta obsesión acerca de su origen, sus causas y los efectos de sus acciones, así como una literatura centrada en la esencia de su propia evolución. Sin embargo, esa presunta reducida mirada que el secretario de la Academia denomina provinciana (aunque hay que reconocer que si los Estados Unidos fueran un país con menor influencia  en el mundo en todos los aspectos, muchos de los críticos que alaban su literatura la despreciarían o la calificarían despectivamente de regional o exótica) en el caso de Ford, trasciende esa idiosincrasia sesgada, ese espacio insistente, seguramente por sus capacidades literarias o intelectuales, por la agudeza de su mirada, pero también porque el mundo se parece cada días más en sus diferentes lugares, porque las obsesiones de cualquier norteamericano con una cultura media similar a la nuestra, vienen a ser parecidas, y la calidad de sus narraciones entierra cualquier sensación de rondar el terruño. Es verdad que La última oportunidad no pasa de ser una novela mediocre, muy bien escrita, llena de esos elementos tan propios de las letras yankees, amena y cautivadora a menudo, pero entronca más con esa intriga superficial tan común a la mala novela norteamericana, más con la cultura de masas, que con la verdadera literatura. La evolución de Richard Ford desde sus primeros libros hasta los tres indicados podía ser el viaje que debería hacer nuestro subversivo Horace Endgahl para descubrir hasta qué punto sus afirmaciones son rebatibles. Y eso es lo que deseo hacer, aunque el resultado de este artículo sea incierto. De alguna forma, amar la literatura, incluye amar las letras norteamericanas de los siglos XIX y XX.


LA MÍSTICA NORTEAMERICANA

Hay algo excesivo en la cultura norteamericana, algo grandilocuente, que expande sus efectos sin remedio a lo largo y ancho del mundo, igual da que sea por fervorosa alianza o por oposición. Poseen algo infantil ajeno por completo a la mirada europea. Cualquier asunto lo convierten en un espectáculo, como si ese fuera su sino, su destino inexorable. A veces resulta imposible dirimir de dónde les llega esa sensación de constante grandeza y heroidicidad, de hazaña. Es como si nosotros, que ya vivimos la majestuosidad del Imperio Romano o la enormidad de la España de los siglos XVI-XVII, o la colonización inglesa y los grandes proyectos faraónicos de esas familias reales que ocuparon los tronos en media Europa, ya no pudiéramos creer en la historia. La juventud de Estados Unidos quizá les permita todavía aferrarse a la fantasía de su superioridad, de su esencia como nación.

La sociedad norteamericana se sustenta en dos pilares básicos que en el fondo engloban a todos los demás, incluso los falsifican: Dios (la religión) y el dinero. Upton Sinclair lo sabía extraordinariamente bien cuando escribió Petróleo. Quizá aquellos antiguos colonos que pagaron con sangre la ocupación de esos territorios inmensos sean los causantes de una filosofía de esa índole. A excepción de algunas grandes ciudades, como San Francisco o Nueva York, o ciertos sectores ilustrados de la población, Estados Unidos parece a menudo un mundo aparte respecto a Europa. Es el país más rico de la tierra y, sin embargo, sustenta un record de pobreza inigualable en el resto del mundo opulento, posee niveles de bienestar para amplios sectores de la población absolutamente intolerables, aglutina una violencia inusitada en sus calles y niveles de analfabetismo muy superiores a cualquier país europeo. A su vez, lleva en sus entrañas una profunda carga metafórica que produce y exporta su mística por doquier. Es como si supieran de que están hechas las masas, en qué consiste vender cualquier cosa por mediocre o insuficiente que sea.

No en vano, el poeta fundador de la literatura norteamericana no es otro que Walt Whitman y sus cantos heroicos a la naturaleza y a la extensión del continente y sus gentes; algo impensable en nuestra fatigada Europa. Bastaría comparar la tierna inocencia y la hermosa grandeza expresada por Whitman, que publicó Hojas de hierba en 1857, con el refinamiento amargo y profundo, tan oscuro, de Baudelaire, que editó sus Flores del mal en 1855. Casi coetáneos, los separan años luz en muchos aspectos. Es posible que Whitman percibiera Estados Unidos en el fondo como un país lleno de la esperanza de su juventud, una enorme extensión de tierras por descubrir, donde los indios seguían defendiendo sus espacios en algunas zonas y los colonos extendían su dominio; una  sociedad de sueño, de ilusión renovada, donde los pioneros protegían sus miserables posesiones con armas de fuego y su propia vida, mientras que el París de Baudaleire olía a rancio y a humanidad, denotaba el cansancio acumulado de los siglos de civilización europea, la escasa actitud estética de la burguesía dominante y su crueldad para el pueblo, los efectos colaterales del desarrollo científico y económico, lo que provocó en el poeta esa primera conciencia clara de la individualidad atormentada y su tenebrosa relación con la negrura, la queja inicial del hombre espantado ante el progreso inminente y salvaje, ante el poder de la máquina frente a la humanidad primigenia, cercano el momento en que la esperanza de la Ilustración se iban desvaneciendo ante la decrepitud de nuestro mundo; Montesquieu ha muerto, cómo dijeron algunos. Podría estar ahí la diferencia, pero tampoco logro adivinarlo.

Walt Whitman

Charles Buadelaire

La concibo en las novelas de Mark Twain, de nuevo me remito a la palabra inocencia frente a la maldad o la bestialidad de las circunstancias. Es como si los personajes se expusieran desde el principio a sufrir, pero una valentía extraña, algo en el paisaje o una fe inmensa en sus posibilidades, parece empujarles a superarse. Pienso en el Londres abominable de Dickens frente a los libros iniciales de Jack London. El primero atisba el mundo desde su profundidad terrible, desde el conocimiento de los mecanismos de poder y la idea de la injusticia como motor del progreso. Es capaz de la magia a veces, pero se le disipa ante su incredulidad (a excepción de ese bello Cuento de Navidad). Ya no es posible dirimir hacia dónde debemos ir, cual es el destino que deben encauzar los hombres para alcanzar un refugio o un lugar de paz. Dickens esboza sus ideas de justicia y libertad desde un profundo pesimismo. Jack London parece sin embargo afrontar el destino como si estuviera montando un caballo salvaje sin montura, como si azotara con sus espuelas los lomos del animal lleno de la fe de salir airoso. Abre su corazón hasta producirnos cierto rubor, esboza sus teorías sin importarle en exceso la perfección formal, o al menos es la sensación que da, y combate la maldad a través de sus héroes con la inocencia de la bondad y el convencimiento en el futuro. Sería inconcebible un Jack London europeo a principios del siglo XX, hubiera sido una falsificación, un artificio intolerable, y pesar de ello, el Martin Eden, quizá su novela más personal y autobiográfica, nos emociona, nos hace pensar en una especie de evolución intensa y conmovedora del hombre primitivo que describió Rosseau unos siglos atrás, del hombre sin miedo, capaz de saltar el listón que la vida le ponga por alto que esté, una constancia que no se pierde aunque el final de la novela sea dramático.

Encontramos por este camino a la figura de Poe, pero éste funda más que una literatura un género–para algunos es dudosa su fama en términos literarios, aunque eso me importa un pimiento-. Poe y Henry James, cada uno con sus inmensas diferencias, parecen surgir de un lugar intermedio, aspiran a alcanzar un lugar distinto, se sitúan a medio camino entre un lado del océano atlántico y el otro. Quizá Henry James sea el más europeo de los autores norteamericanos, encuadrándose -y superando- en el contexto de la literatura victoriana, sofisticado en sus asuntos y excelente y arrollador en su prosa.

A Withman se le describe a menudo como a un Homero perdido por Estados Unidos, durmiendo a la intemperie, arrastrando sus huesos fatigados y su áspera y frondosa barba de la punta Este a la Oeste. Desconozco la veracidad de esa imagen, lo reseñable es que se iniciaba una mística, una metáfora fundacional de las letras norteamericanas. Un país y su naturaleza dispuesta a ser vencida y/o contemplada. Los colonos y aventureros arrastraban sus carromatos y se instalaban buscando el porvenir en lugares perdidos y polvorientos, buscaban oro, las promesas de una vida mejor, lugares ariscos y extraños en los que iniciar un camino posible. Whitman, o al menos eso pienso, vence a Poe por goleada para establecer los hechos iniciáticos de la literatura americana. El viejo Edgar influyó mucho más en Baudelaire –que le dedicó un libro crítico y algunos ensayos- y los simbolistas franceses que en los escritores posteriores de su país. Era demasiado oscuro. Incluso cuando la contracultura surgió como una fuerza alternativa al sueño americano, y llenó el siglo XX de textos incendiarios, les insuflaba el mismo respeto por la grandeza de Whitman, que no era otra cosa que la metáfora de su país con todas sus contradicciones. Mientras los existencialistas franceses pensaban en la cuestión de Dios y la responsabilidad del hombre, el mito de Sísifo o el sentido del ser, los norteamericanos seguían generando iconos como Gatsby o cualquiera de los duros personajes de Hemingway o ese tierno y tramposo anciano, de El viejo y el mar. Moby Dick, para buena parte de la crítica fue unos de los pasos mayúsculos que dio la novela moderna, editada seis años antes que Madame Bovary de Flaubert y catorce años después de Las ilusiones perdidas de Balzac. De nuevo una obra construida en torno a un gigantesco símbolo, la ballena blanca, como si fuera un presagio. Moby Dick y ese capitán Ahab, de nombre y figura tan bíblica, que sufre la ira de la impotencia, el fanatismo de una idea cegadora a pesar de sus aciagas consecuencias. Quizá fuera más metafísica la historia que otras que llegaron después, pero siempre desde esos códigos exquisitos de la novelística norteamericana, obsesionada por la narración por encima de las intromisiones del narrador, pero, de alguna manera, la obra emparenta, no sólo por contemporaneidad, sino por la idea general de la literatura de su país, con Hojas de Hierba.

Franz Kafka

Marcel Proust

Estados Unidos surge ante nuestros ojos majestuoso. Descomunales extensiones de naturaleza a la vista, hombres curtidos al sol, obsesionados con una idea y un objetivo, cargados hasta los ojos de remordimientos y culpa, de religión, de un fanatismo y un silencio conmovedores. Cientos de miles, millones de Ahab pululando por esas tierras. El culto al individuo, algo que forma parte de la esencia espiritual de los USA, impregna su literatura. Todo Estados Unidos es una inmensa maquinaria de construir héroes solitarios, desde los grandes protagonistas de sus obras literarias o cinematográficas destacadas, hasta los aventureros que fundaron el país, pasando por los superhéroes valerosos o esos iconos de la televisión o el cómic, giran en torno a esa idea central del individuo como causante y vencedor (o perdedor en esa otra literatura norteamericana destacable, pero al fin y al cabo perdedores construidos con los mismos mimbres). Qué sería de las novelas de Henry Miller, de Hemingway o Fitzgerald sin ese culto extremo a la individualidad. El individuo es responsable de todos sus actos, tiene que enfrentarse a los hechos, resolverlos, se busca su destino y lo merece, sea donde sea, cambia de lugar, de vida, se reencuentra después de perderse. La primera contracultura norteamericana no dejó de mostrarse completamente seducida por ese hecho individual, no en vano lo utilizó como protesta contra el fin de la inocencia que percibía ante el celo del poder, las grietas y cierta oscuridad del sueño americano. Si para muchos de los defensores del famoso sueño la libertad económica individual y la propiedad privada bastaban para definir la esencia del país, para construir su religión y un motor de progreso, para los más críticos, para aquellos que establecieron otros lugares para la narrativa norteamericana, la oposición surgía en el fondo de un espacio similar. Piensen En el camino de Jack Kerouack si a este se le hubiera ocurrido renunciar a la individualidad como arma arrojadiza, en una novela sobre la libertad personal, casi una caricatura del sentido intransferible de esa experiencia humana.  El pudor que sobra en Europa, supongo a causa de nuestro aprendizaje o a la barbarie de nuestra historia, cobra auténtica forma en norteamérica en distintos ámbitos. Ya no es el ser lo que sostiene el trasunto de la novela, sino la acción del individuo, sus infinitas posibilidades de movimiento. Acción, violencia, aunque también profundidad, de nuevo el dibujo familiar de toda esa cultura que engloba a muchas en su seno.

Mientras Kafka, a comienzos del siglo XX, despojaba parte del sentido de la palabra individuo, y anticipaba de alguna forma el advenimiento de las grandes utopías antihumanistas, al supeditar a sus personajes a unas fuerzas aleatorias, incomprensibles e inexorables que empujaban la vida hacia lugares no deseados, llenos de puntos muertos y rincones de absurdo, fuera con el humor negro de sus formas narrativas o con la angustia de las encrucijadas inevitables, los norteamericanos siguen ensalzando la figura individual por encima de cualquier otra posible reflexión sobre el mundo, como si no hubieran perdido la esperanza en ese sueño, sea desde la literatura de esos autores adorados por la crítica y una buena parte del público europeo, o desde los peores libros imaginables que, sin embargo, venden como churros a lo largo y ancho de la tierra. Inspira confianza ese culto tan norteamericano al héroe. Siempre nos salvarán de alguna de nuestras desgracias.

El canon norteamericano, por más que lo desee Harold Bloom, salvo contadas excepciones, no parte de Shakespeare, sino de La Odisea de Homero. El país de la aventura constituye sus mitos desde el viaje, desde la carretera o el mar, de las altas finanzas o los suburbios, desde cualquier lugar susceptible de ser identificado como inicio de trayecto, rara vez desde la inmovilidad o la contemplación.

Juan Carlos Onetti

Charles Bukowski

Todo esto son aproximaciones, de alguna forma un intento de aunar características que se repiten, no un dogma de fe. Hace años, tuve la fortuna de escribir un artículo junto a otros autores en un especial literario dedicado a Juan Carlos Onetti, uno de los escritores más significativos del siglo XX en lengua española. La época me fue propicia para establecer una comparativa con la obra de Charles Bukowski, muy en boga en determinados ambientes por entonces. Conocía la práctica totalidad de la literatura de ambos, y el ejercicio resultó demoledor para el borracho de Los Ángeles, incluso cuando debo agradecerle sin duda que me hiciera recuperar pasiones lectoras en cierto momento de mi adolescencia, y algunas virtudes más razonadas y menos pasionales que las que adoré hace años de él. Había en aquel texto una idea que rescato ahora. Bukowski (como la mayor parte de lo que viene de Estados Unidos) es hiperactivo en comparación con Onetti y sus personajes, siendo ambos narradores del desastre, escritores de la derrota. El mundo del lumpen onettiano tiene una languidez contemplativa, pertenece a esa América Latina literaria tan europea que se cultiva en Argentina y en Uruguay. Los personajes de Onetti piensan despacio y confuso, fuman, se duelen lentos, y aman con desgana, mientras esbozan sus fracasos. Son un compendió de características basado en la antítesis del movimiento, contrarios a la velocidad. Las putas y los borrachos de Bukoswki corren despavoridos, se protegen aterrados entre cuatro paredes pero aún  así no reposan, no están tranquilos y se ven empujados a la verborrea y el ruido. Hank, el alter ego de Bukowski, bebe compulsivamente, busca un trabajo tras otro para sobrevivir, aspira a alcanzar algún día la normalidad virulenta e incesante de su país.  Entre Bukoswki y Onetti, sin entrar ahora en el valor de su literatura, se atisbaba entre otras, la diferencia entre el sueño americano y su enloquecedora dinámica de la acción y la reflexión europea o latinoamericana. Hagan lo mismo entre Raymond Chandler y Georges Simenon. O planteen un juego que compare los cuentos de Raymond Carver con los de Albert Camus o Dino Buzzati. Pienso en Salinger; hagan una lectura pareja entre Salinger y Miguel Delibes, intenten una lectura paralela entre los paisajes de infancia de ambos, o mezclen La ciudad y los perros de Vargas Llosa con cualquier novela de Cormac McCarthy o de Tom Spanbauer.

Hay un hecho fundamental que retomo de la literatura norteamericana, algo que maneja con soltura y en la que es superior a la europea, aunque establecer diferencias sin cesar me resulte engorroso, o surja en el fondo de cierta subjetividad obligada -al fin y al cabo, toda la buena literatura no deja de ser otra cosa que literatura, y es complejo, e inútil a menudo, encasillarla en naciones o movimientos-, y es el manejo que sus autores hacen de lo popular, sin que sea esta una característica negativa ni mucho menos, por lo menos hasta hace muy poco. Alrededor del término popular, no puedo evitar manejar distintos significados, e incluso, lo siento de un modo distinto en función de la época histórica en la que se produce la mención al adjetivo. No es lo mismo una obra popular en 1960 que en nuestro momento histórico. De alguna forma, lo popular se define en el ámbito de una resistencia o una capacidad de conexión con un público abundante y muy variado en cuanto a formación cultural, educación e intereses. Conrad o Stevenson fueron extraordinarios novelistas de gran popularidad, lo mismo que Victor Hugo o Balzac. El problema del término popular se complica en los últimos veinticinco años, quizá porque el desarrollo de los medios de comunicación, el poder mediático de ciertas compañías editoriales o productoras cinematográficas o musicales, en un mundo globalizado por entero como el nuestro, tiene más que ver con el marketing o la publicidad, con los vendedores que gobiernan el mundo, que con esos valores maravillosos, incontestables y positivos que encierra esa expresión. Ahora, lo popular se convierte en una similitud de masa, pero no con el juicio crítico y el sentido común del ciudadano medio, sino con la manipulación y la premura del consumidor. Cuando hablo de la facilidad de los norteamericanos para conectar con lo popular, me refiero, o al menos es lo que pretendo, al hecho de que su literatura siempre contó con el posible lector, con el receptor. Parece una perogrullada, y probablemente lo sea, pero tengo la sensación de que el ensimismamiento -que no la pedantería o el esnobismo- es una condición más propia de lo autores europeos, que mantienen, de alguna manera, esa mística del escritor ausente, del escritor encerrado que escribe para sí; ese aura de artista en su concepción del oficio.  Al otro lado del continente, la sensación es que los novelistas escriben más hacia fuera, consideran educadamente al lector que tendrán. Vivir en un mundo tan consciente de su movimiento como le sucedió a la mayor parte de los autores de los Estados Unidos les indicó un camino distinto, menos árido para el receptor a menudo. Su manejo de la frase corta, de la literatura directa sin adornos, en la que parecen ausentes elementos intelectuales a simple vista, una preponderancia de la narración dirigida hacia la acción en vez de a la reflexión o a la argumentación, y el trasunto de temas populares que contienen, incluso cuando pretendieron violar ciertas reglas sociales, fueron de alguna manera anticipando la extinción de las novelas totales europeas, ese intento artístico de englobar la totalidad del mundo común a Dostoiesvki y a Tolstoi, a Proust, a Thomas Mann, a Robert Musil, a Herman Broch o a James Joyce, no por capricho tal vez, sino que porque comenzaron a entender que de ello dependía su supervivencia. Supeditaban el genio al hecho de contar. Parece un gesto de modestia, y tenían razón. Con los existencialistas franceses, podemos afirmar la extinción de los intelectuales que intervenían en ámbitos distintos de la literatura como la política, la filosofía, la sociología o la psicología. Intelectual es hoy en día una palabra convertida casi en una lacra, en una pesada losa para las masas, utilizada para insultar. Esa tendencia clara de la literatura norteamericana ha producido sin embargo obras maestras memorables (también abominables y exitosas novelas cuyo predicamento resulta incomprensible). Pero en el fondo, la mala literatura norteamericana, como la europea, adolece de lo mismo. La buena, posee elementos comunes a pesar de las características propias de su nación o de su corriente artística que borran las fronteras.

¿Por qué llegar a este punto de comparaciones? Quizá porque situar a Richard Ford en el contexto de su propia literatura requería de un acercamiento similar para poder afrontar su lugar con alguna garantía. Richard Ford maneja elementos distintos, y a la vez numerosos comunes, del resto de su tradición literaria, pero hay diferencias de peso que lo hacen original y probablemente uno de los más interesantes de los autores estadounidenses vivos. De La última oportunidad a Acción de Gracias surge un camino fascinante que convierte la inicial esencia metafórica del narrador en una fuerza poderosa posterior, dotando a su obra literaria reciente de características y posibilidades mucho más ambiciosas.

Richard Ford

LA TRILOGÍA AMERICANA DE RICHARD FORD.

El 20 de enero del año 1900, Joyce dio una conferencia en la University College Literary and Historical Society, titulada “Drama and Life”. En uno de los momentos que hay registrados sobre su discurso, dijo lo siguiente:   “Sin embargo, creo que de la terrible monotonía de la vida se puede extraer un poco de esencia dramática. Incluso la gente más vulgar, los más muertos entre los vivientes, pueden tener su papel en un gran drama”. El camino de la intertextualidad o de la influencia sería un asunto excesivo para estas líneas, sin embargo, si James Joyce fue capaz de establecer a partir del su discurso de 1900 la consumación de su arte y escribir el Ulysses, sin duda alguna Ford, bien fuera directamente a través de sus palabras, o por medio de la obra cumbre de Joyce u otras lecturas derivadas de la misma que cayeron en sus manos, afines en su esencia o en su sentido estético, sin duda utilizó esa idea para escribir sus tres últimas novelas. A través de Frank Bascombe y sus insignificantes dramas (insignificantes respecto a la enormidad de la evolución del mundo), las tres novelas que llevamos entre manos urden una intensísima tragicomedia que recorre no sólo de un modo extraordinario su vida, sino la historia reciente de los Estados Unidos, sin hacer uso de sus más excelsos acontecimientos más que como un dato en sordina, en apariencia alejado de la realidad de los sucesos, más bien eligiendo el verdadero efecto de esos eventos  en el individuo, en Bascombe y en los personajes que vamos encontrando a lo largo de las más de dos mil páginas que componen la trilogía americana de Ford. Examinar esos efectos y su camino constante de cambio en los ciudadanos, cambios lentos, que van posándose sobre el subconsciente colectivo despacio, modificando lentamente su identidad, y empujando posteriormente, poco a poco, a los mismos hacía otros lugares o en otras direcciones, aunque sea sin concebir de manera lógica esa realidad, no es un asunto baladí o al alcance de ser contado por cualquiera. Llamarle americana tampoco creo que sea demasiado acertado por mi parte, pero utilizaré esa adjetivo si bien es cierto que toda la novelística anterior de Richard Ford se sitúa en Estados Unidos, en su cultura, en su ambiente físico y espiritual, pero tal vez, denominar americanas a estas tres novelas me permite una diferencia basada en la superioridad, y por ello más adecuada para seguir el camino emprendido

En 1986 encontramos a Frank Bascombe ejerciendo de periodista deportivo. Escoger semejante profesión para un personaje de ficción no es un asunto que debamos pasar por alto. Si miran a su alrededor, observarán que una de las nuevas religiones de nuestros tiempos, desde hace ya bastantes años, es el deporte. El periódico con mayor tirada nacional es el Marca, cuyo valor periodístico -y no digamos literario- se haya bajo mínimos, bordeando los limites que separan al analfabeto funcional del analfabeto puro. Lo popular hace ya décadas  que dejó de tratar asuntos importantes o esenciales de la vida –por más que les peses a los nuevos aduladores de la cultura de masas-, y se limita, en periodos de expansión económica como los que hemos vivido, a conformarse con cierto bienestar pecuniario sin molestias, a cierta pereza intelectual que al aburrirse busca otra vuelta de tuerca hedonista, a inventar  héroes de barro, simplezas como entretenimiento, espectáculos banales como elementos de ocio, y que mejor lugar para confrontar los sueños de las masas que ensalzando la labor de los deportistas, sumidos sin remedio en un universo glamouroso de belleza física y riqueza notoria. Richard Ford intuía que el meollo de la sociedad norteamericana de la época encontraba su lugar esencial en el deporte, en los héroes de la pelota, en los atletas que evocaban el esplendor superficial de una nación. De cierto modo, hasta los dictadores fueron conscientes de la facilidad y la tentación de las masas para adorar a los vencedores, y asociarlo a la santidad y a la salud del deporte, así como a sus indudables valores estéticos respecto al cuerpo, sin duda es una mezcla de triunfo seguro. Hay ejemplos notorios que hacen efectiva esta idea, y se puede constatar en aquel primer gobierno de Hitler que organizó las Olimpiadas de 1936, pocos años antes de que Alemania iniciara la segunda guerra mundial. Tampoco escucharán nada en contra respecto a lo que supuso el campeonato mundial de fútbol de 1978, en plena dictadura Argentina. Mientras Kempes y Bertoni marcaban los goles de la victoria en la prórroga de la final contra Holanda, en aquel estadio ya famoso lleno de guirnaldas, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo y provocaron el grito feliz de un pueblo, miles de argentinos eran torturados y asesinados en subterráneos, colegios y academias militares esparcidas en un siniestro recorrido por el Buenos Aires de la represión. El comunismo soviético hizo evidente a su vez este axioma ya casi incontestable; había que crear ídolos para las masas y el deporte permitía este aliento heroico de superación y victoria que excitaba la adrenalina de los simples, provocaba el aplauso y resaltaba el orgullo de un pueblo ante sus logros, por insulsos que fueran. Superación, esfuerzo, sacrifico y triunfo como emblema. Richard Ford sabía que la celebración deportiva en Estados Unidos, a pesar de tener características distintas, ejercía un ascendente similar en la sociedad, aunque sólo fuera por lo fácilmente que entroncaba con los valores nacionales, y jugaba, además, con la riqueza que acarreaba consigo, amén de los valores descritos de pertenencia y jactancia nacional. Es evidente por otra parte que cualquier novela o película o descubrimiento científico que surja en cualquier parte del mundo, por muy importante que sean sus repercusiones o su valor intrínseco, por mucho que provoque el bienestar de un gran numero de personas o encamine  a un pueblo a la supervivencia, a su desarrollo o a la mejora, no será nada comparable con lo que acontece en una final del campeonato nacional de béisbol, de baloncesto o de rugby americano, o en esos mundiales de fútbol que cada cuatro años inundan masivamente los televisores de medio planeta. Richard Ford situó a Frank Bascombe en un lugar privilegiado. Era, tal y como reza el título de la primera novela de la trilogía, el periodista deportivo.


Pero el valor de estas tres novelas está más allá de la cualidad reseñable de rememorar hechos históricos, políticos o sociales más o menos conocidos de Estados Unidos, por mucha potencia mundial que se trate. La trilogía, es sobre todo gran literatura. Las tres obras comienza con un viaje. En El periodista deportivo, Bascombe se desplaza por el país reseñando eventos deportivos. Vive una relación erótico-amorosa, con Viki, personaje que a la postre aparecerá también, o más bien una referencia a ella, en el último de los volúmenes, Acción de gracias, con cierta distancia, como si el autor, veinte años después, observara en aquel amor esporádico algo escasamente trascendental. No en vano, lo que recuerda Frank con mayor nitidez son los pechos de Viki, y aunque es amigo, por una casualidad, de su padre, y éste le invita el día de acción de gracias a comer, anunciándole que ella pasará la fiesta en su casa, quizá pretendiendo que ambos vuelvan a verse, Bascombe lo evita a las primeras de cambio, convencido de que no será una buena idea. En ese momento el tiempo novelesco pasa a ser vital con tal autenticidad, que uno comprende como las dos décadas transcurridas han hecho atisbar el hecho erótico y amoroso de una forma tan distinta. Frank, recuperándose de una compleja operación contra su cáncer de próstata, observa el objeto antaño sensual con una tierna condescendencia. Como siempre, el viaje personal del protagonista organiza la narración, y supone una profunda reflexión respecto a todo lo que ve a su paso. Su mirada va reflejando los matices de la sociedad que palpita ante sus ojos, y en ese continuo observar y meditar, en esa interacción, Bascombe trasciende de lo meramente descriptivo, se adentra en discursos apasionantes. En él no encontraremos el aliento heroico de Moby Dick que tanto adora la crítica seria norteamericana, ni tampoco los excesos solitarios de los héroes que otros autores retrataron tan extraordinariamente bien. Bascombe no posee un lirismo exacerbado, ni una causa que defender y vencer, ni siquiera le oiremos quejarse en exceso, o exponer su voluntad hacia a un fin incuestionable, como si tuviera que ascender una pendiente porque en ello le va la vida. Se aleja por completo de los asuntos de la novela negra, también de la novela sureña, con esos personajes atormentados y oscuros que transitan entre las pasiones del cuerpo y las del alma. Tarantino seguramente se espantaría ante cualquiera de las tres novelas de Ford. Al cineasta la va la mística yankee, aunque se empeñe en mostrar su lado irónico, su aspecto más opuesto y subversivo en apariencia. Los protagonistas de Cormac McCarthy, aunque a años luz de los dibujos animados para niños y adolescentes gamberros de Tarantino por profundidad, hondura, claridad y talento narrativo, comparten sin embargo esa apropiación shakesperiana de la tragedia individual; son de Hamlet, no pertenecen al Shakespeare más colectivo –suena fatal esta frase, aunque me refiero a ese aliento más general y coral que impregna algunas de sus obras teatrales-.


A Estados Unidos le tienta la mística del individuo como ya escribí antes, forma parte de su cultura de base, de los valores que empujan y promueven los cambios en cada estamento de su sociedad. El hombre hecho a sí mismo. El hombre que gana su destino –o lo pierde en la mayoría de los casos-. Bascombe se me antoja más parecido a un escéptico europeo inmerso en la cultura americana. Viene de allí, sería impensable, aun con su diferencia, que guiara esas novelas como lo hace si fuera parisino o londinense, si viviera en Roma o tomara tapas y cañas en los bares de Madrid. Eso tampoco es demasiado importante, pero mencionarlo supone un hecho reseñable para mí. Tiene gestos externos reconocibles en los que se identifica con su país, ciertos espasmos ante la bandera o el himno, una mirada en exceso respetuosa a la figura del presidente (y eso que la historia lo desmiente con cierta recurrencia), un gusto estético concreto respecto a ciertas excentricidades, o unos hábitos alimenticios que causarían una cierta sonrisa en un gourmet francés o español. Sin embargo, su mirada posee una cierta frialdad hacia el contexto nada lírica, sus pasiones se limitan a lo largo de las páginas que protagoniza a ese juego de seducciones, encuentros sexuales, esporádicos que ocupan su vida en la primera parte, en El periodista deportivo, a infidelidades y hechos por los que oscila sin implicarse; luego refina sus percepciones. El día de la independencia posee una nostalgia agudísima, y se centra en la paternidad y en la decisión de construir el amor, mientras Bascombe observa el paisaje de los USA con el pavor y el ojo clínico del agente inmobiliario. En Acción de Gracias el círculo se va cerrando, el paso del tiempo va devorando la energía y surge un equilibrio posible que al alterarse genera el hilo dramático de la historia. Comparado con el héroe de La última oportunidad, mister Quinn, Bascombe, desde el primer párrafo en el que asumió el protagonismo de la novelística de Richard Ford, convierte al otro en un papanatas que resuelve a lo bruto problemillas sin trascendencia. Es como si la evolución del propio escritor hubiera alimentado día a día, aun siendo un personaje de ficción, la vida de Frank, ofreciendo no sólo la belleza auténtica de tres novelas admirables, sino un reflejo de la trayectoria de un escritor con oficio hasta llegar a la figura de un artista brillante y original, a un autor con trazas de perpetuarse si la historia de la literatura sobrevive.

Casi todo lo norteamericano nos es familiar, es inevitable después de cientos de series y películas, novelas, canciones. Richard Ford escribe desde la universalidad de sus elementos culturales para hacernos cercano casi todo lo que Bascombe observa, o quizá porque esa realidad es lo único que le interesa. La poesía que contiene El periodista deportivo, la tragedia que se repetirá como una maldición en el resto de las narraciones, el modo en que este hombre se aproxima a dos días claves de celebración en Estados Unidos, el Día de la independencia y Acción de gracias, marcan el espíritu vivo, inquieto y crítico, de un ciudadano norteamericano que soñó en su juventud con ser escritor, que logró un cierto éxito con una novela años atrás y que, por circunstancias, prefirió posteriormente dedicarse a tareas menos elevadas en apariencia y más fructíferas en lo económico. La practicidad de Bascombe nos resulta en ocasiones casi dolorosa, como si afectara a la nuestra, la que surge de nuestras renuncias. Expresar el valor de las cosas en un país que todo lo vende y todo lo compra (un proceso similar al que se han visto abocadas las sociedades europeas) hace enterrar lo sagrado de lo humano, pero al mismo tiempo, ese hálito inevitable de nuestra esencia, eso que de alguna forma termina por definirnos mucho más que las propiedades o los números que figuran en nuestra cuenta corriente, surge a borbotones en medio de la normalidad de Bascombe.  Su afán por racionalizar aquellos elementos que aparecen en su camino, es un intento de establecer vínculos racionales con casi todo lo que le afecta en menor o en mayor medida, sea en la aceptación o en la absoluta negación, incluso cómo asimila lo irracional de cualquier destino, esas partes incontrolables de nuestro ser que laten, el dolor, el deseo, el erotismo y la trascendencia, van tejiendo una tela de araña en la que Ford nos atrapa para expresar, al final, el sentido de una vida, para acompañar a alguien que podría ser nuestro vecino, sin que nos espante la cercanía, sino al contrario, haciendo surgir un curioso interés. No en vano, una de la novelas españolas recientes más destacadas que he podido leer es Crematorio de Rafael Chirbes, y fue increíble adentrarme en las razones de un atípico constructor, ese tipo de persona detestable que una buena parte de la sociedad rechaza por la inercia y por su falta de respeto hacia el entorno, o por su vulgar exhibición por doquier, tan corriente, de su riqueza y poder, hasta el punto de habernos hecho aplaudir inicialmente -sin pensar en las repercusiones para otras miles de gentes que han ido aconteciendo- la actual crisis inmobiliaria. Bascombe es distinto al ciudadano medio americano, pero a la vez exhibe ese lado cotidiano y popular. No puede elevarse por encima de las necesidades de los otros, le es imposible, vive entre ellos, incluso con cierta holgura económica, pero esta inmerso en ese ámbito, y además, se gana la vida en un principio retransmitiendo eventos deportivos, reproduciendo entrevistas a deportistas o dirigentes de clubes de béisbol y hockey, a personajes de toda índole que pueblan el mundo del deporte. De alguna manera se adentra como todos en la vacuidad de un mundo que carece de entereza moral, de contacto con la esencial y lo sagrado, pero sobrevive entre ellos, lo observa curioso, a veces admirado, otras aterrorizado como si atisbara el final de una civilización, o la decadencia de ese vacío que sin remedio le atrapa. No es prepotente ni siquiera desde la distancia entre él y lo que contempla, no surge un discurso desde la pureza o el endiosamiento, forma parte de todo ello, alimenta su propia existencia, acude la mediocridad con los restos de su matrimonio desecho, con la dolorosa muerte de su hijo. En su renuncia a ser escritor, quizá porque imagina que es imposible, que su camino no puede estar ahí porque el mundo en el que vive niega esa idea, en su pequeño desplazamiento de un espacio a otro, empeñado tan sólo en sobrevivir y en comprender una milésima parte de lo que sucede a su alrededor, modesto mas empecinado en ello, sabio al rozar  esa conclusión sana y coherente de que ir más lejos es inútil, se halla su identidad literaria.

Richard Ford es un escritor de miniaturas, de cuadros casi estáticos que conforman un poso luminoso y lúcido para la comedia/tragedia contemporánea, y con eso, a pesar de que sus novelas cubren como mucho una semana en la vida de Bascombe, teje textos apasionantes que escapan de lo supuestamente aburrido de la cotidianeidad. Su prosa permite esa lentitud. Los puntos de vista que escoge hacen amena cualquier descripción, porque terminamos asociándola con lo fundamental de la historia en la que nos hemos introducido irremediablemente, con el discurso, a veces insignificante, del protagonista, con su mirada y su rara simbiosis con el paisaje y sus habitantes. Debo reconocer que entre lectores muy afines y agudos, siempre he encontrado debilidad por autores considerados intelectualmente más elevados que Ford, como es el caso de Roth o de Norman Mailer y, sin embargo, creo que ninguno como él entendió de que estaba hecha en verdad esa mística norteamericana, y lo hizo de la manera más original posible, convirtiendo al protagonista de su trilogía en la antítesis de muchos de los modelos narrativos norteamericanos.

DE LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD A ACCIÓN DE GRACIAS

Volviendo al ya famoso ex secretario y crítico literario de la Academia sueca, Mr. Engdahl, debemos reconocer que el paisaje de las letras norteamericanas, por mucho que nos pese a sus admiradores  o a sus autores, es efectivamente endógeno, pertenece casi siempre al ámbito cerrado de su sociedad y su historia, y sólo su enorme poderío cultural y simbólico, fruto de una colonización asombrosa, su facilidad expresiva, lo hace reconocible, pero eso no justifica, y de aquí la crítica del sueco, su excesivo provincianismo. Que su literatura enlace mejor con los gustos populares del lector medio de cualquier país occidental no parece una razón de peso en sí misma. Sus malos escritores -precisamente los malos son los que se aúpan con mayor facilidad a los puesto de superventas- siguen el mismo rumbo, hablan de sí mismos, de su sociedad infantil, sin esfuerzo aparente por entender o dudar del valor de su arte, de sus exabruptos individuales, de sus miedos y fobias, que ya son cercanos a los nuestros, tan fácilmente reconocibles por el resto del mundo, eso es verdad. La única excepción que yo incluiría en esta lista de escritores vivos o contemporáneos, sin menospreciar a los autores norteamericanos que adoro aunque pequen de la misma tendencia, sería la endemoniada imaginación de Thomas Pynchon, o la capacidad de síntesis y mito del Salinger de El guardián entre el centeno y esos extraños cuentos llenos de huellas primigenias y, sobre todo, a pesar de haber escrito una trilogía profunda e irrenunciablemente norteamericana,  a Richard Ford. La razón de incluir a este último se halla no sólo en su enorme calidad literaria, sino también en un premio subjetivo que deberíamos concederle por la enorme diferencia que hay entre La última oportunidad y Acción de Gracias, abismo que, de cierta manera, ejemplifica el paso de una literatura cerrada en sus límites fronterizos, a una obra abierta que aspira a conquistar lectores  lúcidos donde quiera que sea leída.

La última oportunidad de Richard Ford es una novela editada en 1981. Cuenta la peripecia de Quinn, un excombatiente de Vietnam, que llega a México para ayudar al hermano de una ex novia a la que dejó para adentrarse en una vida solitaria y auténtica. Pura norteamericana de vodevil, como nuestros mejores textos de enredos. Contar el argumento es llenarse de tópicos por doquier. Lo siento por mi estimado Richard Ford. Quinn se entera de que Sonny –así se llama el hermanito- está encarcelado en una prisión de Oxaca por un asunto de drogas. Rae, la hermana y ex muchacha del ex soldado, decide pedir ayuda al solitario y duro ex amante quien, como buen yankee intrépido y noble, acude a responder a la llamada de auxilio del amor. Inician allí, en medio de la miseria mexicana, siempre intensificada por las opiniones cargantes de Quinn sobre el país, un tórrido romance después de no verse en mucho tiempo. Es un auténtico héroe el chico. Honesto, duro como una piedra, de gatillo fácil y mirada aguda, silencioso como un monje, preparado como uno de eso boinas verdes de las abominables películas de Stallone. Se deja guiar en México por un extraño abogado medio norteamericano medio mexicano. La chica trae el dinero que les pide el picapleitos para sacar al brother del presidio. Quinn decide esconderlo en un bungalow que ha alquilado ¿no se imaginan dónde?. Es fácil, ni siquiera lo digo. Se infiltran discretos en el submundo de los narcos, sufren una serie de peripecias, incluida una entrevista con uno de los capos y su lasciva mujer, quien, por supuesto, se quiere ventilar al fornido muchacho americano. A mitad de la novela, comienza a descubrir que los únicos buenos que pueblan México son ellos dos, Quinn y la estupenda Rae, y que el tal Sonny, el hermanito, es un sinvergüenza de aúpa que ha escondido una parte de la droga.  Quinn escupe contra México cada vez que abre los ojos. A partir de cierto momento, los dos tortolitos, jugando con fuego, piensan que Sonny les importa menos que las jotas aragonesas y la antipatía del país les obliga a tomar una decisión, sobre todo cuando cosen a balazos al pobre abogado, que va de misterioso, y a las ciento cincuenta páginas lo fulminan sin piedad. No revelaré el final, por si alguien desea leerlo.  Hay que reconocerle a Richard Ford, a pesar de lo irónico de la descripción anterior, el ejercicio de estilo, o al menos, ese oficio que luego veremos desarrollado espectacularmente en la trilogía; como asimiló maneras para sobrellevar un argumento por trivial que fuera, de qué modo comenzó a experimentar con la interacción del espacio novelesco y los personajes,  con el tiempo narrativo o la emoción humana. La prosa es ágil, sin duda, propia de la novela negra; en ocasiones paródica, pero el libro emana una seriedad que invita a pensar que lo escribió convencido de la historia y no para burlarse de ciertos estereotipos. Compuesta con frases cortas, es justo destacar al menos lo ameno que desprenden sus páginas.

Es curioso que a raíz de la edición de La última oportunidad, Ford se dedicara a trabajar para el New York Magazine Sport, precisamente como periodista deportivo, y dejara de escribir ficción hasta la publicación en 1986 de El periodista deportivo, que le proporcionó los galardones literarios más importantes de su país. La evolución acontecida en esos cinco años es un misterio. Es posible que algunos lectores prefieran la velocidad de piernas y gatillo de Mister Quinn que la tierna tristeza del señor Bascombe. Están en su derecho. Pero sin duda, entre una y otra novela –o personaje- existe una distancia sideral, la de un autor que ha hallado su voz, un personaje rico y complejo, auténtico e irrepetible, una escritura magnífica y una capacidad narrativa magistral. Es como si de repente se me ocurriera comparar una canción de nuestros juguetones Bee Gees con la Segunda sinfonía de Jean Sibelius. Richard Ford dio un giro radical a la temática de sus libros. De una ficción policíaca, empecinada  inútilmente en captar la atención con una tensión llena de hallazgos tramposos, dio un paso hacia una literatura profunda y veraz, cargada de sabiduría y extraordinarios momentos narrativos. ´

Parte de la crítica, incluso alguna seria perteneciente a medios de comunicación importantes, tachó Acción de gracias con la etiqueta de hiperrealista, algo asombroso. Fue como un contagio que termina desmitificar a buena parte de los críticos. Cualquier mención a lo hiper me pone los pelos de punta, pero encima aplicarla a una novela que no se adecua al adjetivo ni con calzador, me resulta desolador. Es difícil creer en ciertos grupos literarios (o editores) que se apoyan entre sí con alevosía y compadreo, y que juegan a decidir el destino de la literatura desde sus lugares privilegiados. Hiperrealismo, según el diccionario de la RAE posee una definición sencilla: Realismo exacerbado. En arte, se llamó hiperrealismo a esa tendencia artística que proponía retratar la realidad con más fidelidad y objetividad que la fotografía. ¿Qué tendrá que ver Acción de Gracias con el hiperrealismo?. Supongo que lo mismo que con la Santísima Trinidad.

La novela tiene un tono realista en la medida en que describe mundos familiares y situaciones verosímiles para la mayor parte de los lectores, pero no deja de ser otra cosa que un viaje lleno de la subjetividad y la personalidad de Frank Bascombe, a través de cuyos ojos percibimos la realidad que evoca la obra. Aquí no hay excesos de exactitud, ni tampoco un acercamiento detallado a la realidad, es justo lo contrario de lo que significa el hiperrealismo. No hay un fotógrafo/narrador omnisciente que se encarga de retratarnos con precisión el mundo, ni se detallan los hechos más allá de la experiencia emocional e intelectual de Bascombe y sus efectos en su devenir. Al contrario, las tres novelas me parecen construidas de retazos, impresiones vagas algunas, otras más desarrolladas, reflexiones del protagonista, y a lo sumo, se atisba esa verisimilitud que mencioné, lo que podría indicar al crítico de turno que no se trata de una obra de ciencia-ficción, nada que lleve afirmar que estamos ante una novela hiperrealista.

Bascombe era un escritor que abandonó la literatura para dedicarse a  escribir artículos sobre deportes y posteriormente volvió a cambiar de profesión en El Día de la independencia: Agente Inmobiliario, labor que sigue ejerciendo en Acción de gracias, más para entretenerse, por la inercia de años haciendo lo mismo, o para relacionarse con otras personas aunque sea en la superficialidad de un servicio profesional, quizá para sentirse vivo después de sufrir un cáncer de próstata y empezar a percibir la finitud de la existencia.


La profesión de Bascombe en las dos últimas novelas tampoco es casual, revela hasta qué punto Ford era consciente de los mecanismos económicos que empujan el movimiento económico de su país, la importancia capital que tuvo en el desarrollo económico de los noventa y la década primera del nuevo siglo el sector inmobiliario, justo hasta el inicio de la crisis. Acción de gracias tiene una cierta obsesión por el urbanismo, pero no hay que asustarse. Responde a impresiones del protagonista, ágiles descripciones nada complejas de seguir. A través de él podemos comprender la evolución del estado en el que reside, cercano al mar, las subidas y las bajadas de los precios de las distintas zonas urbanas o residenciales, las variadas  causas que afectan al valor de las viviendas y a los barrios. A través de los edificios, identifica los cambios propiciados por el boom inmobiliario en el paisaje, que modifica a velocidad de vértigo el estatus de los distritos, sus costes, el tipo de habitantes que los ocupa, produciendo en su veloz desarrollo la inesperada marginación de ciertas zonas o una riqueza inesperada en otras.

Bascombe tiene ahora una edad avanzada. Estamos en el año 2000, a punto de dirimirse la presidencia de los Estados Unidos entre Al Gore y Georges Bush. Elegir esa fechas para situar la acción vuelve a ser una de esas elecciones brillantes de Ford. No en vano conocemos el resultado nefasto de aquella votación robada en Florida. Bascombe mantiene a pesar de la incipiente debilidad que acomete su existencia su antigua lucidez, incluso la supera.  Hay una cierta indiferencia del ciudadano de clase media hacia el entorno, como si el dinero o la profesión que ejerce y que se lo procura, lo liberara de la participación en oscuros lugares de la sociedad, o lo librase de una relación demasiado estrecha o perversa con el peculio.  Es un hombre como nosotros, como todo el mundo. Ejerce su trabajo con honorabilidad y dignidad, a menudo con cierto talento. Mantiene una honestidad propia de quienes no necesitan engañar para mantenerse. Se dedica a actividades aceptadas por sus vecinos; la inmobiliaria que regenta, la lectura habitual, acude a restaurantes y alguna que otra vez al centro comercial, va al cine, escucha la radio y le gusta estar informado, conduce un bonito coche, participa en algunas actividades sociales. Se parapeta a menudo en su aparente normalidad frente a los fanáticos de cualquier orden. Observa discreto, y a simple vista no parece poseer nada extraordinario ni raro. No encarna en su persona nada simbólico. Más bien arrastra con cierta tristeza una perspicacia amarga, a veces irónica, que le acude desde los restos de su matrimonio frustrado, desde los ecos del drama de su vida, la muerte de su hijo, o de sus antiguas aventuras amorosas, que ahora,  aquejado de la próstata, casi mira con ternura. El tiempo ha transcurrido veloz. Trata de participar en lo que sucede en su comunidad, por sentido común y por interés, de forma parecida a como expresa las ideas que posee respecto a Bush y a Gore, un argumentación evolucionada, sin aspavientos ni excesos, de las diferencias entre republicanos y demócratas.

Bascombe ha llegado en Acción de Gracias a un punto de su vida que él llama constantemente “el periodo permanente”. Tiene que vivir con la enfermedad y la vejez, con el hecho de que, tras elegir convencido a la mujer de su vida, ésta decide abandonarlo por un antiguo marido al que todos creían muerto desde hace veinte años, aparecido en su horizonte vital de repente, casi por un milagro. Frank acepta esas circunstancias con civilización y filosofía, se pierde a veces entre la tibieza y surgen esos arrebatos que lo hacen tan humano, esa nube que en medio de lo que en apariencia parece inevitable, le lleva a pensar que debió elegir alguna forma de evitar los problemas con mayor decisión y virulencia. Constantemente bordea esos límites que le impone el cuerpo y que la mente se empeña en sobrepasar cuando alguna debilidad o malestar le incomoda. La operación de próstata, esa inserción de plomo en algún lugar de su miembro, nos impone la carne y hueso de Bascombe, su conflicto con la vida. Ya lo sabíamos por su largo recorrido, pero la molestia insiste en ofrecernos al personaje constituido por órganos que se rebelan con los años, que acumulan en su seno las miserias y frustraciones abotargadas, revelando una vida erótica mermada en lo físico, pero fina y aguda en lo emocional, entremezclada con el equilibrio que ha alcanzado. Sus relaciones con la amistad son esporádicas y poseen cierta frialdad. Hay algo que le impide acercarse a los otros, y tiene que ver con la imagen que se ha hecho del mundo; un lugar superficial, lleno de prejuicios, cada cual los suyos en función de su cultura, inteligencia e ideas, clases sociales, sueldo mensual o estatus, sin excepciones complacientes. Un vacío de profundidad que sólo parece acercase a la vida verdadera  en su soledad íntima. Es alguien que mira perplejo casi todo, sin comprender en ocasiones ciertas dimensiones de lo que contempla, de las palabras con las que se encuentra, de los rostros que aparecen  y desparecen sin dejar un rastro evidente –todo lo que deja rastro profundo parece venir del pasado, como si las emociones se hubiesen domeñado, incluso su hijo le genera dudas; no lo entiende, le parece un idiota redomado, un patético ejemplar de hombre insulso, sin nada reseñable, que tartamudea y se dedica a gilipolleces para divertirse o ganarse la vida; trata de atisbar de qué esta hecha su hija y apenas logra adivinar una ternura antigua, que le llega desde su infancia. Anhela un lugar de tregua. Observa la ambición de su socio tibetano, Mike, con asombro. Después de haberle enseñado los entresijos del negocio y haberle facilitado  una profesión, éste pretende comprarle su parte de la inmobiliaria. Mira las pancartas políticas que se extienden por la costa a favor o en contra de los dos candidatos, y en el fondo duda del sentido de todo, aunque parece más una desconfianza que el lector conoce, la victoria y la adversa historia posterior del peor presidente jamás habido en los Estados Unidos.

La existencia discurre. Sólo anhela una especie de amor posible que no altere el frágil equilibro que detenta como norma. Busca un amor de ternura y constancia, de hábito y aceptación, de comunicación y sencilla complicidad. Visita a su ex mujer ( la madre de sus dos hijos) y la observa impresionado como juega al golf en un flamante campus para gente adinerada, poco antes de que ella le ofrezca recuperar la vida que perdieron veinte años atrás. Casi todo le susurra lo banal de la vida allí, un reflejo casi infernal de la tierra, pero su horror no es evidente, parece diluido, es como el nuestro, sólo lo percibimos cuando el hálito del diablo ya esta bajo nuestras narices. Observa lentamente la vacuidad de un universo que no tiene palabras para ser definido más que nada porque hace tiempo que abandonó las verdaderas palabras o las palabras esenciales. La antigua filosofía budista de Mike, se disipa entre un montón de premisas adquiridas en su nuevo país sobre el éxito en los negocios o el sentido del sueño americano, y eso le fascina y le incomoda a un tiempo. La culpa surge por todas partes, y es una culpa económica principalmente, luego intuye la otra, la asociada a la religión o a la moral del éxito. Bascombe observa Estados Unidos desde su coche, lo examina discreto una y otra vez, vuelve, regresa, se presiente en los momentos clave del libro, y sin darnos cuenta nos ha descrito absolutamente toda la esencia de su país.

Quizá La última oportunidad planee en el fondo más de lo que parece  a primera vista en Acción de gracias. Todas las técnicas que utilizó entonces para contar una historia sin importancia, se convierten en esta novela en armas de peso que permiten a un libro de más de mil páginas sostener el interés del lector una tras otra. Nos seduce con el ritmo de su prosa mientras los hechos se van sucediendo, hasta que la historia que planea se deshace como un papel mojado por la lluvia,  hasta que uno, a través de los ojos del protagonista, descubre que ni el dinero ni la respetabilidad ni cierta satisfacción que podríamos conseguir es eterna ni nos salva de la miseria de los otros. Los elementos imprevistos truncan su ritmo. El mundo en el que vivimos nos lastra de la forma más estúpida que podamos imaginar, porque no todos son como nosotros, porque tras lo que resulta normal, surge algo que enturbia la razón, nos grita que no podemos mantener este equilibrio tan frágil demasiado tiempo, porque estamos obligados a interaccionar con el universo en el que habitamos y sus gentes.

Los hallazgos de un autor se acumulan conscientes e inconscientes en su obra, hasta llegar a sus límites. Richard Ford utilizó todo cuanto sabía a comienzos de los años ochenta para escribir La última oportunidad y lo hizo desde los parámetros narrativos que seguramente primaban en ese momento de su vida artística y personal. Veinticinco años después, frente a Acción de gracias, la madurez de Ford tiene una extraordinaria variedad de registros, se expresa en todos los ámbitos que componen los mimbres de la novela, aquellos que son puramente literarios o los que pertenecen al espacio de la sabiduría, esa extraña iluminación que alcanza a algunas personas, y que suele alimentar y elevar por encima de las demás a ciertas novelas. A las cualidades literarias y artísticas que se articulan casi inapreciables en la naturalidad del relato, se le une una solidez filosófica que refuerza constantemente la mirada de Bascombe. Cada reflexión parece guiada por una naturalidad deslumbrante y contagiosa, como sucede con algunos clásicos. Seguimos al envejecido periodista deportivo en su recorrido, nos guía, como Virgilio hizo con Dante en La Divina Comedia, pero esta vez el universo no es espectral y oscuro como en los abismos del infierno o el purgatorio, al contrario, las luces de neón y el esplendor aparente ofrecen una imagen artificial, es como si la ciudad de Estigia, que guarda las tumbas de los herejes entre grandes llamaradas, hubiera cambiado las hogueras y la negrura, incluso ese viento asfixiante y denso, por el color apacible y brillante del progreso, por el adorno, el mensaje navideño o la publicidad, el exceso de luz y la exageración, continuando, sin embargo, albergando en su seno las mismas lápidas removidas, el mismo aroma a azufre y a muerte, ahora disimulado.

Quien dijo que la literatura era un placer inútil -nuestro excelso maestro Vladimir Nabokov- murió demasiado pronto o quedó ciego de vanidad estilística. La utilidad es una palabra relativa, y afecta a diferentes niveles de la vida humana. Un libro es útil para aplastar papeles debajo, o quizá para adornar estanterías, sobre todo si el celofán que envuelve la obra, como he visto en numerosos hogares, no se despega y recoge el brillo del día o al anochecer el de las lámparas. No sé si habré errado, pero en las idea de Bascombe sobre la existencia, a lo largo de las tres novelas en las que desarrolla su vida de ficción, creo haber extraído algunas consecuencias que me eran ajenas o desconocidas, algo que se puede afirmar de muy pocas obras literarias. En esos veinte años, sus pasos nos van revelando algunos secretos. Nos habla desde el sosiego económico de la clase media norteamericana, lo que viene a significar que tal vez la bondad sea una cuestión de circunstancias, o que la lógica crítica a la burguesía, afilada arma del siglo XIX y XX en literatura, se ha convertido en el siglo XXI en una hermosa defensa del sentido común frente a las locuras de toda índole que pueblan el mundo a pesar de sus imperfecciones conocidas.

Richard Ford, al contrario que parte de sus compatriotas escritores, inventó a Bascombe para huir de los tópicos, o simplemente porque le dio la gana, pero consiguió huir de una mística que quizá haya alcanzado su límite y su razón fundacional. Intentó insertar un Sancho Panza en una literatura impregnada y abarrotada de Quijotes. Amamos al Quijote, pero nos guiamos en la existencia como Sanchos, quizá porque el mundo, si es que alguna fue así, ya no posee casi nada heroico por lo que valga la pena ofrecer la vida, y si lo hay, será convertido en un negocio que otros poco nobles aprovecharán. Nos dijo a lo largo de estas dos mil páginas de la trilogía que quizá no hay vocación por intensa y auténtica que sea o parezca (casi siempre parecer es más que ser entre nosotros) que merezca la muerte. También que los seres humanos somos infieles, caprichosos, estúpidos, pero siempre hay algunos mejores que otros, o los hay que perciben la realidad con mayor claridad. Nos ofreció la posibilidad de comprender en qué consiste el cambio, reinventar la existencia a través de sus vivencias personales, sin la locura de la trasgresión, sin el exceso del estereotipo. Me gusta que en las tres novelas ningún personaje sea un artista endiosado o atormentado, que no haya individuos bordeando límites vitales o espirituales intolerables que nos remiten al dolor absoluto, a la pasión incendiara o el desastre. Sólo hay una constancia de la brevedad. Hombres y mujeres que corren desorientados, incapaces de atisbar el presente y de iniciar una senda de futuro con la suficiente claridad, intoxicados por ideas dominantes que pesan más que las supuestas esencias del ser, solitarios, a menudo aislados, impotentes ante el paso veloz de la historia que los va arrinconando sin remedio, sin pedirles tan siquiera una opinión discreta, sin que puedan evitarlo. Bascombe sobrevive adaptándose, reconoce, sobre todo en Acción de gracias, sus limitaciones, que vive entre sus límites.

En todas las novelas de la trilogía la realidad termina por colarse en sus planes. Nada es como pensábamos, nos dice al final Ford. Todo vida es una pieza de teatro mal improvisada, sin posibilidad de ser ensayada antes, un pequeño delirio de torpezas y planes rotos, de ilusión, de casualidad y de inconsciencias. Hay algo en Acción de gracias que nos recuerda a la sabiduría y la experiencia de cierta vejez, eso tan despreciado en nuestras sociedades occidentales, tan rápidas y veloces. Tuve la sensación mientras leía cada una de las páginas de la obra, de haber recibido una especie de susurro de alguien que conoce la vida mejor que yo.

Preguntas y preguntas que se articulan en un mundo que sólo inspira con fuerza la duda, la confusión y la desconfianza. ¿Cómo se puede controlar el hecho de que la mujer con la que uno desea pasar el resto de su vida, decida marcharse con un ex marido declarado muerto dos décadas atrás y que aparece, por una casualidad, en el panorama de una existencia que ya planeaba tranquila hacia su extinción en un hermosa casa junto al mar? ¿Cómo soportar con lucidez la finitud del cuerpo cuando un cáncer de próstata comienza a minar la antigua salud, en esa sexualidad vivida primero a través del acicate del deseo puro, de las relaciones esporádicas y vacías, tan artificiales como las habitaciones de hotel impersonales en las que se consuma ese deseo, o después, en la plenitud sin trasgresión, en lo anodino de la ternura? ¿Cómo llevar sobre las espaldas la existencia de unos hijos que no sólo no son lo que quiso que fueran, sino que ni siquiera poseen nada en común con él, o le resultan ajenos, incomprensibles? ¿Cómo soportar la vida de un país dividido entre el fervor religioso y el culto al dinero y al éxito sin volverse loco, sin perder la meditada lucidez del largo esfuerzo de construir una vida? ¿Cómo sentir compasión por esa América profunda, que surge como un coro que odia a gritos y evitar escuchar su voz quebrada, su deseo de ser los otros, con sus rencores acumulados como bilis, su violencia destructiva y esa miseria ciega que trunca el paso? ¿Cómo respetar el sueño americano, hecho de sangre y oraciones y violencia y exclusión y héroes salvajes y aplauso y poder e influencias y secretos inconfesables? ¿Cómo hallar un sentido en uno mismo, tan difícil, cuando todo lo que le rodea se haya infectado por un virus de banalidad y locura, de incomprensión, de mensajes subliminales y desiertos que pueblan el universo, de vacío y simpleza, de agotamiento e infelicidad, de desdén por lo profundo?  ¿Cómo aguantar que no podemos ser sinceros, que las dudas y la extrañeza nos corroen en silencio, que hasta el amor parece un sentimiento que inspira desconfianza? ¿Cómo vivir con la consciencia de la inminente finitud de casi todo, con la amargura de lo que no se hizo, de lo que no pudo evitarse, de tanta y tanta memoria perdida, con el sinsabor de la soledad, con el pequeño run run de la envidia y el miedo que produce el desamparo? ¿Cómo vivir con el silencio de mirarse pero no verse? ¿Cómo mantenerse en pie sabiéndose tan frágil en medio de esa vorágine descomunal que puede engullirnos en cualquier momento sin que controlemos jamás el paso equivocado que daremos?…

Acción de gracias articula todas estas preguntas y muchas otras que se me ocurren a través de la extraña vigilia contemporánea de Bascombe. Pienso que la novela posee un puñado de puntos de inflexión que llevan a su clímax al desarrollo de los hechos. Frank aspira a la tranquilidad que le pide su vida, pero se encuentra con la intranquilidad que habita la tierra . Desea evitar la aspereza de un país enfrentado ante una decisión que a la postre sabemos fundamental como fue elegir a Gore o a Bush como presidente de los Estados Unidos y se encuentra metido sin saber exactamente cómo en un atentado en la cafetería del hospital de Haddam donde él solía almorzar o desayunar años atrás, o unas páginas después enzarzado en una inesperada y virulenta trifulca en un bar con un defensor patético de los republicanos. A mitad de su trayecto descubre la soledad de su ex mujer, que le ofrece un futuro juntos después de decidir tanto tiempo atrás romper su matrimonio. Bascombe no entiende la decisión de Sally, su compañera sentimental, de marcharse con el mencionado ex marido desaparecido, ni el hostigamiento del tibetano Mike, tratando de arrebatarle su inmobiliaria. La visita de sus hijos le supone angustia, le inquieta; no los entiende. No comprende su dimensión humana, el sentido que le dan al vida. Descubre en el entierro de un viejo amigo que esos otros que le acompañaron durante algún tiempo no son más que fantasmas que a duras penas reconoce, ni ellos a él. Bascombe se refugia en la tranquilidad del dinero que tiene ahorrado y en esa casa junto al mar en cuyo titulo de propiedad figura inscrito su nombre. Parece muy poco. Lee de vez en cuando libros, algunos de cierta enjundia, para poder entender y hallar alguna respuesta a su extrañeza. Se limita a aferrarse en el fondo a sus conocimiento urbanísticos para justificar que tiene alguna idea acerca de la existencia. Quiere huir del mundo, pero se lo encuentra de bruces en un local junto a una zona portuaria en la que un grupo de lesbianas se divierten a su costa y charla con una camarera desconocida que en otro tiempo hubiera acabado en su cama. Descubre que hay seres humanos de buena voluntad, como ese muchacho que lo despierta mientras duerme de madrugada dentro de su coche para darle las llaves, dolorido y cansado, después de que el taller donde había ido a reparar un cristal roto hubiese cerrado inesperadamente. Trata de explicarse que le une al padre de una ex amante, Viki, sin demasiada significación en su vida al que frecuenta y quien insiste en volver a juntarles. Descubre que aquello de lo que huimos se encuentra más cerca de lo que parece, y termina por suceder o surgir en el peor momento, de la forma más absurda e inesperada.

No contaré el final del libro, aunque tampoco es una novela de final tramposo que nos exige para hallar algún sentido leer la última página. Aún así logra esa intriga humana que ilumina las grandes obras de la literatura, una intriga auténtica, no las estafadoras y tan comunes aventuras pseudoliterarias que quieren ser excusas y por su torpeza convierten ese acicate en la única razón de ser de lo que se cuenta. Este es un argumento en apariencia modesto, pero toda esa modestia se convierte en algo poderoso a través de la escritura de Richard Ford. No hay concesiones a la sentimentalidad vulgar o simple, a lo sumo se vislumbra el patetismo de Bascombe en algunas ocasiones, y al ser tan parecido al nuestro, nos produce cierta vergüenza. Tampoco es un libro de sueños de papel cuché ni de amores de postal imposible, ni se permite el lujo en ningún momento de mentirnos impunemente. Frank vive de conjeturas. De conjeturas de lo alcanzable, de lo que cualquier ser humano en el mundo occidental puede alcanzar si se empeña o tiene suerte, y a la vez de lo irremediable, de lo que tarde o temprano se cruzará en nuestra vida, y la cambiará, o modificará de raíz algunas cosas y hará tambalearse nuestro suelo construido baldosa a baldosa, tan inconscientes y empecinados.

Quinn era un perfecto idiota norteamericano aferrado a sus pistolas y a su pose de hombre duro, a esos silencios de héroe brillante, a esa carencia absoluta de lucidez, excesivo y sin sustancia (o con una sustancia de tópicos). Bascombe es una especie de último filósofo posible en este sigo XXI que comienza, un filósofo sin método ni demasiadas palabras; un hombre corriente, tranquilo, que mira la comedia de la vida, que la observa perplejo, ya no como el narrador omnisciente de La comedia humana, de La educación sentimental o de Anna Karenina, sino desde la subjetividad que no alcanza a dirimirlo todo, desde la visión sesgada por obligación, y limitada, de un hombre inteligente que intenta comprender, pero su inteligencia resulta insuficiente para atisbar el alcance y la complejidad de una existencia cuya esencia en el fondo es el sin sentido, la vacuidad insoportable que no se puede llenar y a la que no podemos escapar.

Señor Engdahl, tiene usted aquí, una magnífico premio Nobel norteamericano.

Copyright Jimarino
28
ene
10

fin de año

Irvin Penn

FIN DE AÑO


Fin de año una vez más;

sonarán las campanadas de risa amarga,

el desterrado tiempo que celebra su adiós fingido, la uva en docenas

iluminada por el esplendor de las horas ganadas

a la oscuridad, anhelos de un mañana mejor o la posibilidad

adivinada entre el fragor del quizás y la esperanza,

tanta alegría efímera…

…y es posible  que entre el júbilo y el humeante barrunto

se atisben unos ojos familiares,

fugaz lámina en el cielo oscurecido,

una voz que acaricia la memoria y eriza

el vello del olvido…

…también la mirada de esos hombres cayendo

como mantos de celo sobre tu recuerdo,

sus sueños perdidos en la ebriedad de este trópico helado;

tú disfrazada y torpe, hermosa de signos fríos,

traje negro, quien sabe si desnuda la espalda

o rotunda la figura enlazada de tela; te veo

bajo esas providencias, acaso en la ebriedad de los timbales

y las danzas, en la risa que se deshace ante mis ojos;

y acude el champán entre las burbujas del duelo,

tu vida quieta, impávida en este dos mil diez de niebla.

———————————————————————–

Estarás espléndida en ese desfile, figura de ébano,

suave desdén por lo ya poseído,

diosa libre, extraña en un paisaje de cadenas fosforescentes,

y te mirarán, seguro que te observarán en el despliegue

de venus, en el paso acalorado

por la bruma y el consuelo,

en la suave cadencia del amanecer soñado.

Anhelarán tu libertad extrema, tu espejo idealizado en la noche

más larga del año.


Quizás te hayan amado frente al fulgor de una chimenea, a pausas,

invierno en esos lugares que no me pertenecen,

donde existe el invierno, no como en estas tierras

de luz cálida donde sopla apenas el aire tibio;

una brisa extraña, cadencia de espejos y reflejos azulados,

de música en sordina hecha para tu estrella.

———————————————————————-

Te habrán amado y duele.

.

Saberte amada en ese instante me duele

quizá más que tu olvido.

Tu felicidad me reconforta en los finales,

provoca que la vida sea justa;

pero ese amor, ese amor cadencioso,

obsceno y secreto,

ese amor al que te arrogas sublime en nocheviejas de nieve,

ese hibernar fugazmente en tu lecho entibiado

por un cuerpo que no fui yo, que no seré yo,

eso duele:


por la tangencia sagrada,

por la imposible consciencia de la ubicuidad,

no poder ser y estar en todos tus tiempos

mientras se transforma incendiada el alma,

a la vez, o en tres lugares como una trinidad bíblica…

…no aspirar a ese efluvio de tu cuerpo ebrio y desnudo,

a esa perfección de tus caderas dispuestas al goce,

a la rara altivez de tu placer inasible.

————————————————————————

Esta noche echaré de menos tu sombra,

cuando a solas sobrevuele

el aire o azote la invisible presencia de todas estas ausencias.

.

Aunque nunca vivimos nocheviejas

como las que imaginamos.

.

Nada de eso fue.

.

Sucedió a lo sumo un gesto, un espejismo,

un pequeño y alado sueño esparcido

en nuestras eternas tardes de primavera antiguas.

Nunca estuve, nunca estaré…

… me duele que te entreguen el amor con velas derramadas,

con el hielo tintineando y la alegría de la voracidad

encendiendo las luces del deseo,

me duele como el mundo desbocado que yerra o como

el trote incontrolable de esos caballos

atormentados huyendo por las laderas de fuego;

como el humo que aspiran los pájaros que ya no vuelan…

.

Duele porque yo no puedo hacerlo.

.

Pena que te deseen, que te devoren los faunos velludos

en la soledad de los hoteles alumbrados de guirnaldas,

que digan te quiero toda una vida  y luego te posean en el silencio del éxtasis

sin mas recompensa que el ligero goce, que la caricia

de una brisa enfurecida soplando unas velas rotas:

amaneceres que ya nunca serán míos y jamás comprenderé.

—————————————————————————-

Fin de año, una vez más,

y habrás paseado por tu propia historia en los cálidos

atardeceres de verano, en los arrebatos de cielo y Circe,

y ese esplendor de lo fugaz y lo eterno conviniendo,

la memoria de piedra grabada en la hoguera de la noche,

seguro el alcohol bendito entre tus dedos, la risa

y un beso de agua en tus ojos como un presagio,

ebria de lisonjas y ávidas caricias.

.

O quizá ese hombre que te ama te cogió de la mano,

tan tierno, tan verdadero, y lo celebro en su ternura:

pero no al otro, al que posee tu desnudez y el delirio,

el que sólo será la bestia que engulla,

el que aproveche la sensualidad que gocé mil veces

y el fragor de aquellas nubes que nos elevaban

entre el sudor y la saliva, evaporación térmica

en su ciclo nebuloso, atmósfera henchida de lluvia,

tierno diluvio del placer alcanzado

en la menstruación de las alucinaciones húmedas

y la eyaculación de las sinfonías interpretadas

con la ferocidad del deseo.

—————————————————————

Lo único que sé, es que pensarás en mi aunque ya no me ames.

.

Así será.

.

Que para ser la estrella que refulge cuando el deseo

te acoja, cuando te derrames como una ninfa

anhelando su pliegue, cuando no tengas nombre

ni palabras, o seas ese gruñido que recogí

tantas veces en madrugadas de insomnio,

tendrás la imagen del amor y la piel,

la electricidad de tu risa entre las sombras

sobre mi risa que besa tu corazón de espinas,

tu rosa perdida entre los estruendos

de la carne sangrante que corté con los dientes,

que nos dejamos olvidada como esteras en el pasillo,

como hojas rotas en un jardín de otoño sin brío

que cesó su cultivo al llegar el alba helada.

.

Pensarás en mí si te aman de ese modo.

.

Si te aman sin respiración, con el ladrido enfurecido,

si alguien pretende alcanzar tu interior

con la llama dispuesta para besar tu rabia.

Así será esta noche si te aman con la determinación de lo que concluye

a pesar de nacer de la chispa de la creación,

lienzo blanco, hoja vacía en el silencio,

la sensación de que nada seguirá mañana

y será eterno en la aspereza diaria.

————————————————————–

Así nos amamos: jamás un fin de año.

.

Pero quizá sabíamos eso para amarnos para siempre,

todos los fin de año en que nos amen hasta el alba,

cenicientas sin zapato arrastradas por la luz,

perros encendidos bajo la tormenta, protegidos

por el calor del cuerpo y el relato de la Odisea,

mojados como labios jamás besados que anhelan la fugacidad

de ser adorados sin razón; sagrados, sagrados ecos,

ciego te contemplo ahora…

———————————————————–

Que no te amen como el cielo derrumbándose,

como la arena huyendo de los dedos o las mareas

alcanzando la retirada,

en la aurora de las veredas ardientes del hechizo,

que no sea en aquel vaivén nocturno y secreto,

en nuestra fatiga y el insomnio de tantas madrugadas entumecidas,

ni en ese delirio perturbado de sentidos.

.

Que no sean como nosotros, que no te alcancen como esos rayos

desprendidos del firmamento, caídos de tiempo y tristeza,

que no sean imposibles quimeras, huellas,

huella de fin de año entre las sombras,

huella de ti rodeada de todas las despedidas,

del anhelo indecente de no haber sido a tu lado otra cosa

posible que deseo, deseo, traza del cuerpo en la sábana,

transpiración esparcida de dicha en la penumbra de los crepúsculos

que nos sirvieron de guarida herida, para no decir

a gritos que nunca tendremos un mañana….

————————————————————-


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Pio Cesar Robla.

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