marcel schwob-Petronio/Lucrecio (Vidas imaginarias)

Publicado en julio 30, 2012

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               El Petronio de Marcel Schwob es sensual a pesar de su fealdad tuerta, críptico como un jeroglífico, sobrio a la vez. Nació en tiempos de faranduleros que vestían ropas verdes, tal vez en las largas migraciones del teatro del hambre, con los ojos enrojecidos de curiosidad, cargando la miseria y transformándola en luz extravagante, como si avecinara la edad media en esa época temprana del hombre, a punto de extinguirse por la corrupción y la inhumanidad aquel esplendor heredado de los griegos y extendido en Roma, un mundo muerto que no reviviría en las letras hasta el exilio de Dante siglos después, que no resurgiría finalmente hasta el Renacimiento, aunque la vida fuera siempre vida y nunca deje de serlo. Petronio vio con los ojos nublados de cansancio el eco de esos animales monstruosos, la voz engolada de los enanos, la suave cadencia de las bailarinas, el eco de los músicos que parecían recoger la luz, el fuego y el color de la existencia sin rumbo en la armonía hecha de diapasón, silencio y nota, hijos de los que nada pueden perder y anhelan alcanzarlo todo con el espíritu, aunque sea espíritu de supervivencia, de festiva iluminación.

         El mundo era el mismo de todas formas. La mirada de Petronio avanzando por la tierra era similar a los ojos de Marcel Schwob rasgando con la pluma el papel o la mía inquieta frente a la pantalla que parpadea. Mundo de sextercios o euros, de libertos o financieros. Fuera como fuese, la misma ambición y el mismo color sangriento, la expresión desolada en los ojos de los desheredados y arrastrados, de los cojitrancos, los vagabundos y los inflados vencedores, esos altos funcionarios de entonces que aspiraban al poder municipal, a la llamarada impetuosa y distante del éxito y la corrupción. Rapsodas y poetas entonaban sus lamentos en los ligeros vientres de las ciudades, vientres de arena húmeda, de oscuras conspiraciones y lúbricas expresiones de la fascinación. Imperio fálico aquel, dominado por la hombría y la violencia a pesar de todo, a pesar de los rapsodas y los titiriteros, y los pintores que ocupaban esos barrios que olían a mezcla de tierra y hierbas, a alcohol y linimento.

            Cuando leo cada frase del Petronio de Schwob intuyo la ciega fascinación de Borges, que siempre volvió a este relato y a todos los que Schwob dio existencia en Vidas Imaginarias, hasta pensar que Petronio no fue aquel procónsul, y más tarde ese ufano cónsul de Bitinia, sino ese observador fascinado por la agitación del mundo exterior que miró desde las oquedades de su palacio, envuelto en riquezas y placeres hasta quedar condenado a la vida elevada. Era el universo fascinante de una provincia enriquecida, donde toda la exuberancia de Roma pasaba con cuentagotas, despacio, para ser asimilada. Como no escribir después el Satyricon y recordarlo entre la niebla del exilio y la desgracia, hasta quedar exhausto en un suave despojarse. Pero Marcel, inventando, tal vez extasiado ante esa prosa coloquial, esa picaresca que luego Fellini convirtió en deslumbrante imaginación de la lascivia y la decadencia de esa civilización perdida, escribió otro destino, para Borges más verdadero, para mí a su vez también, como si su alma hubiese intervenido en ese milagro y quedara reflejado en su escritura para cobrar otra dimensión más veraz que la Historia.

           Gracias a este periodista francés descreído y brillante, poco antes de su amor desgraciado y su muerte temprana, atisbamos la infancia elegante de Petronio. Jamás dos veces la misma ropa en el fragor del año. La casa sumida en la limpieza absoluta, con el deambular de ramajes atados barriendo, y mujeres y hombres recogiendo restos. Era un lugar distante del mundo a pesar de sus ventanas, las mismas desde las que Petronio se parapetaba para ver pasar la fascinante farsa de la tierra. Roma era el centro del universo, y aunque él estuviera en provincias, aquel reguero residual guardaba ese caos, esa humanidad hacinada que iba y venía de las capitales del imperio hacia los lugares recónditos que las circundaban. Buena comida en la mesa, deliciosos manjares acumulados durante años por esclavos sollozantes y campesinos empobrecidos.

          En ese palacio que a veces he visto en sueños, esa estructura sólida de la antigua arquitectura romana, quizá algo tosca en comparación a otros ostentosos edificios del imperio, pero no exenta de belleza, de sencillez efectiva en las líneas rectas, de sensualidad en las circunferencias y los círculos y los bordes inesperados, se guardaban objetos de todos los consulados romanos, delicadas joyas asiáticas, figuras africanas de marfil o madera, emblemas de otros pueblos bárbaros, flotaban perfumes exóticos, brillaban con la luz del sol cristales embellecidos por la mano del hombre. Los viajes del padre cobraban forma en ese museo, en todo lo que se guarecía entre los muros de los jardines cercados de verjas: animales de todas partes, extraños ojos de reptil, monos y mamíferos pequeños, sonoros pájaros cantores. Era difícil la sorpresa ante ese pedazo de tierra recogido allí año tras año y trasladado a ese lugar, a no ser esa mirada exterior por la ventana que Petronio cumplió curioso a partir de cierto momento de su vida.

          Schwob lo vio vivir en esa molicie, en el entusiasmo menguante de tenerlo todo al alcance en ese rincón, envuelto en el fragor de los bosques cercanos, en el pachulí exótico, en el olor de las maderas al otro lado, en la brisa del mediterráneo a pocos kilómetros, en el eco de las telas sedosas y las obras de arte. Pero él buscaba en toda extensión plana de exuberancia algo distinto.

           No en vano se hizo amigo de aquel esclavo, eso lo cuenta Marcel, con cierto aire sensual. Amigo y compañero de juegos. Siro le enseñó cosas desconocidas siendo joven. Tal vez fuera un artista de los de ahora, mensajeros del hambre silenciosa, de gestos para jugar y modelar en el aire de los bosques, esas palabras sin ruido que nunca repercuten en nada. El caso es que Petronio quedó fascinado por sus manos embrutecidas de trabajo, por ese ingenio desmesurado que llevaba a Siro a atisbar la realidad de otro modo, y se la mostraba generoso, a él, al mismísimo Petronio intocable que vagaba sin entusiasmo entre su melancolía. Petronio comprendió que en Siro y en todo aquello que pudo mostrarle, se hallaba algo distinto a todo lo visto y leído, al tiempo de los antiguos y sus imaginaciones improbables. Pronto se dio cuenta de que sus enormes diferencias poseían una sed, y entonces surgió la poesía en medio de esa planicie deslumbrante que él no veía. Palabras entre sus dedos, que surgían ante cada una de las maravillas que Siro le ofreció.

        Marcel Schwob vio en Siro una especie de iluminación inconsciente. Y así fue como le regaló a Petronio aquellas vidas de gladiadores destruidos y rasgados de cicatrices, de perdedores impenitentes sin más luz que el subterráneo deseo, lugares oscuros de humeantes vapores, prostitutas con defectos físicos innombrables alcanzado el cénit en el entramado opaco de las ciudades secretas, soldados exiliados, viviendo la pobreza de los sextercios escasos, desvanecidos entre tanta taberna y tanto vino, y ese dolor del cuerpo tras todas esas penurias de las campañas militares contra los bárbaros, con esos golpes y heridas lejanas recibidas allí en las fronteras con Renania o en la Galia conquistada; videntes maquilladas con polvos y pinturas africanas, que ofrecían la providencia y el destino por monedas, mirando fijamente a los ojos; vagamundos -como escribió Schwob- que guardaban una historia entre los labios, y luego esa otra imagen que se entrelazaba sin remedio con todo lo oscuro y subyacente en el esplendor de las ciudades; los misteriosos niños adoptados que entraban y salían de casas de senadores, siempre jóvenes y frescos, eternamente; las mujeres hermosas que por las mañanas paseaban por los jardines y al llegar la noche eran despojadas de identidad en las tabernas y los baños públicos, en esa parte de la ciudad que el padre de Petronio jamás frecuentó. Aquel mundo imaginado, apenas atisbado entre las cortinas lujosas de las ventanas del palacio, existía, estaba lleno del eco del otro, de su decadencia abarrotada de grandes palabras, y él lo mantuvo en la retina, participó a veces, se sumió en esos baños y vapores junto a las esclavas, aprovechó la insaciable respetabilidad de esas mujeres con dos rostros, el día plácido y la noche de goce, en el latido de aquella pederastia aceptada por los tribunos y los ciudadanos ilustres, vio a las mujeres llorar de deseo y placer, a los hombre golpear, asestar puñaladas, envenenar, fornicar hasta la sangre y el abandono, así fue, con Siro de la mano, adentrándose en lo que ni siquiera ahora se ve pero existe; imagen del poder real, imagen oscurecida del verdadero anhelo de los poderosos, de su lascivia y su inmoralidad, imitado por ese río secreto de la masa, como una copia decadente sin glamour pero sin dejar de ser pretensión de copia.

           Tuvieron que llegar los treinta años y aceptar esa libertad plena, y luego recoger en los labios las palabras que transformaban toda esa realidad, tenerlas entre los dedos, degustarlas y pensar que valía la pena escribirlas. Las historias de buscavidas y libertinos coparon sus silencios, tenía la materia prima del mundo, el secreto de aquella interminable hilera de desheredados que habían sido destronados del imperio, arrastrados por sus extensiones interminables, sumidos en la luz y las sombras de otro reino secreto al que podía llegarse en cualquier momento.

               Las ideas le acudieron al reflejar lo que había visto de la mano de Siro. Tal vez el criado muriera o fue liberado después ante semejante concentración de sabiduría, porque desapareció algún tiempo. Guardaba la esencia de una vida real y desconocida que abrió la mente y el alma, los ojos de Petronio. El pueblo ignorado surgía ante su mirada y no se diferenciaba de las tribunas en las que él había hallado el poder desde la descendencia de su padre y su familia. La misma miseria, pero extendida entre miles y miles de seres humanos sin domicilio ni rostro. Observó de nuevo, desde la ventana, regresado de nuevo al Palacete tras años de ausencia, ese recorrido incesante de gentes, sumido en su arte muerto, desde las palabras de su padre que le sugirió que se desprendiera de todo lo humano para alcanzar su rango.

         ¿Cómo hacerlo si uno quiere vivir en las palabras, que las palabras reflejen un suspiro sostenible de la existencia, de lo humano? Bajo los cuadros exquisitos y esos bellos objetos que gozaba en silencio, miraba ahora la ventana y enseguida volvió a ver a los enanos y a los saltimbanquis, a esas mujeres sin destino mas hermosas, y luego escribía porque ahora conocía el misterio de muchos de esos itinerarios. Porque la vida estaba en todas partes. En ese palacete, desde luego, en los honores acumulados por su padre, en su triste historia de cónsul defenestrado por envidias y secretos en los que no participó por desgana, despojado del vicio de la mentira y de la ambición, pero también en esos rostros arrugados y envejecidos, en esas barbas canosas tan abundantes, en las cicatrices terribles de los cuerpos guerreros, en la deformidad que anhelaba el espectáculo cruel como sustento y el aplauso discreto como supervivencia. Sabía ya como como eran los mesones infectos cubiertos de chinches y cucarachas, escribió sobre las peleas nocturnas que llenaban de cadáveres las noches oscuras en las ciudades, de las muertes inesperadas, de la sangre y el deseo. El deseo. Y ahí, entonces, se sintió hermanado con otro hombre al que nunca conoció, un poeta que vivió el deseo, aunque Petronio sufriera mucho de desamor, aunque fuese ligeramente bizco, algo tuerto, pequeño y delicado como una mujer.

           Y entonces pensó en Lucrecio, poco antes de alejarse junto a Siro, Siro que había vuelto, que no murió, y que ante la condena a muerte que fijó Nerón para Petronio a causa de las mentiras intoxicadas y pérfidas de Tigelino, decidió acompañarle, ayudarle a sobrevivir en aquel mundo en el que antes anduvo sumido como mero espectador.

          Se fueron. Durmieron al aire libre, se entremezclaron con las catervas de artistas sin techo, comieron pan ázimo y aceitunas pasadas y blandas como bizcochos demasiado mojados, inventaron la magia ambulante, escucharon la historia de los viejos tercios militares en boca de soldados abandonados a su vejez impotente, alejados de todo, a punto de la pobreza pese a sus honores y sus muertos, y la sangre que salpicó sus ojos y sus músculos ahora reblandecidos y curtidos de grietas. Había escrito todos los libros de aquel Satyricon envenenado y en ese instante en que esa vida de paso se convirtió en su habitat presente, tal vez en su futuro, dejó de escribir.

          Quizá debió hacer al revés, porque Petronio vio, escribió y luego vivió. El propio Marcel Schwob hubiera dicho muchos siglos después que era mejor lo contrario, ver, vivir, y finalmente escribir.

          Empezar a vivir fue más fácil de lo que Petronio había pensado. Caminó por sendas empedradas y polvorientas durante meses, se ofreció en ciudades y pueblos, sobornó con lo que guardaba, junto a Siro fueron traicionados varias veces, pero no les importó demasiado. Petronio pensaba en Lucrecio constantemente, mientras bajaba día a día un peldaño más en esa sociedad que contempló desde las ventanas de su palacete perdido. Buscaba algo en ese poeta que había imaginado y al que nunca vio, y por primera vez en su vida se dio cuenta de que estaba siendo protagonista de sus pasos, y a la vez sintió que le faltaba un impulso fundamental: el deseo.

          Creyó que, a lo sumo, había llegado a atisbar simulacros de deseo en los brazos de Siro, en los lugares mórbidos y decadentes en los que se adormiló desnudo y se embadurnó de aceites perfumados. Le faltaba algo esencial por vivir. El ojo se le fue afeando, parecía cerrarse aún mas, y el sano perdió el brillo y ganó negrura.

             Desapareció un buen día, eso escribió Marcel Schwob, y Siro lo buscó, tal vez pensado que había encontrado algún rincón donde detenerse, y lo hizo durante varias noches, y luego creyó que se había ido en busca de aquel poeta del que tanto hablaba, con quien soñaba a menudo, pero no fue así. Sodomizado y ardiente cayó sobre las tumbas de un cementerio abandonado en las cercanías de la provincia, con una ancha hoja de acero clavada en el cuello, desangrado, con los brazos extendidos, como una crucifixión de cristo venidero, yaciente, con el ojo sin brillo, que atisbó el final con su descenso cromático, abierto, afirmando en su mirada aterrorizada que vio el mundo sin conocer finalmente a Lucrecio.

 

       Pero Petronio, y eso Marcel Schwob lo sabía, no pudo haber conocido jamás a Lucrecio, porque murió mucho antes, tal vez cien años, y de como supo de él no podemos llegar a explicarlo con lógica, y tampoco adivinar porque lo buscó.

         Tal vez fuera porque a aquel visionario de la decadencia absoluta le faltaba el brillo de la alta cultura asociada a esa gran familia que superó a la suya en honores y riquezas, porque Petronio no contempló como Lucrecio los pórticos engalanados y gigantescos de esa mansión junto a las montañas, y no conoció esa distancia hacia el mundo, o que en vez del universo lumpen de los desheredados y el vulgo que sobrevivía a duras penas, su espacio, la vida, fuera para Lucrecio durante algunos años la alta política o la veleidosa sofisticación de la Roma Imperial.

         El contacto de Lucrecio con la existencia fue distante, visionario y abstracto. Lo vio todo desde la elegancia y el recogimiento. Conoció a Memnio, eso cuenta Schwob. Lo conoció a pesar de adentrarse en otro de los lugares hermosos de la tierra, en el brillo de los bosques, de la naturaleza ajena a los hombres, creada durante siglos de crecimiento espontáneo y vital; esa luz, esas estrellas, la edad eterna de los arboles gigantescos, la suave luminosidad rasgada de las montañas solitarias donde el ser humano no había llegado. Cada día, el niño Lucrecio atisbaba las infinitas posibilidades de esa naturaleza esencial que contaba más siglos que el hombre. El hombre fue objeto de desprecio ante la sosegada independencia de la familia, y así lo vio: desprecia al hombre y a sus conquistas, sus cuitas y a sus conspiraciones y triquiñuelas. Tal vez por eso Petronio quiso conocerlo sin saber que había muerto tantos años atrás, porque había visto todo de la condición humana, mientras el otro atisbaba el brillo de lo eterno, la placidez, que fue a veces cruel, de la naturaleza y sus luces y sombras.

         Un día recorrieron tal extensión de bosque que llegaron a un círculo despejado en el que apareció un cielo como un pozo azul. Fue el calor después de kilómetros de hojas verdes y reflejos fugaces de un sol inexpugnable. Un círculo mágico que debió convocar con su esplendor inesperado la religión en él. La paz en su espíritu conmovido por la inmensidad de lo creado, su insignificancia ante ese claro, junto a los ojos extasiados de Memmio, tan absorto y fascinado como él. Después de contemplar esa belleza, Lucrecio comprendió que la totalidad percibida en la naturaleza había colmado sus anhelos. Tenía la religión, la moral y el eco de la vida en sus manos, y no sabía que hacer con todo ello. Entonces cogió a Memmio del brazo y le dijo que hablaran con su padre.

           Así fue como, poco después, todavía joven, marchó a Roma y decidió estudiar elocuencia.

           

         Nada dice Marcel del destino de Lucrecio en la capital. Sabemos de su larguísimo poema fragmentariamente, Sobre la naturaleza de las cosas. Nunca olvidó las palabras de aquel guardián adusto de la familia que, con los cabellos encanecidos y el rostro severo, le dijo que lo que debía aprender en verdad era a despreciar los hechos humanos. Tal vez por eso nada hizo cuando el viejo murió, ni tampoco cuando Memmio desapareció seducido por la gloria o quien sabe si por la muerte misma o quizá por el amor. Lucrecio regresó con ciertos honores desconocidos, volvió a ese mismo lugar en el que dejó a su familia, esta vez sólo, acompañado de una hilera larga de esclavos y sirvientes que recorrieron detrás de su carromato los senderos empedrados y serpenteantes que ascendían hasta el bosque. Parecía un comitiva fúnebre, silenciosa giraba y se retorcía a la altura de ladera, oscilaba en los gestos fatigados y sudorosos. Subida a un caballo, al final de la caravana, unos campesinos vieron a una hermosa africana envuelta en un vestido de paño de una pieza, de color blanco intenso. Barbara, bella como aquel claro iluminado que contempló su amigo en la juventud, y tal vez malvada.

           Ya había escrito Lucrecio que los hombres no debían temer a los Dioses ni a la muerte. Quizás había contemplado la fugacidad de la belleza en esa mañana soleada tras la caminata con Memmio, y tomado la decisión de irse para luego volver sin ataduras humanas, colmada la curiosidad, comprobadas las palabras de su padre. Y era ateo no por su escepticismo ante los dioses, sino tal vez por ese extraño secreto de la religión que siempre acompañó al hombre y del que se aprovecharon todas las iglesias y templos posteriores. Había aprendido mucho de los libros y también de la vida, aunque siempre como un espectador ajeno a todo ello. Vio las guerras salvajes, la sangre manando por las calles ensordecidas de odios, la corrupción de cualquier forma de poder y gobierno humana, y estaba perdidamente enamorado.

         Después de contemplar lo que él consideró la única imagen posible de Dios, de negar que todo lo demás pudiera acompañar a esa masa informe de seres humanos que había visto a lo largo y ancho de Roma y sus cercanías, se dio cuenta de que la vida estaba hecha de deseo, el mismo deseo que Petronio no se atrevió jamás a alcanzar a no ser quizá en esa muerte violenta. Lucrecio era poderoso, de complexión fuerte, seguramente capaz del ejercicio físico extremo y la posesión, o así lo veo a través de los ojos de Schwob. Era culto y silencioso, pero su cuerpo poseía el brillo de la musculatura henchida, la suavidad de la piel endurecida sin cortes ni excesos, sino más bien hecha de caminatas y de esfuerzo gozoso, constante y apacible. Y era feliz a su vuelta al palacio, porque algo había colmado toda su existencia.

               El deseo. Ser deseado y desear como acontecía en el lecho, en el dormitorio nocturno en el que la mujer africana se adentraba para el amor, como si el eco salvaje de todo lo natural quedase exprimido en aquella cópula incendiaria mirando a las estrella colarse por el ventanal. Ruidosa y ebria tras el vino, la mujer agitaba sus caderas y montaba la verga insuflada de sangre, y Lucrecio perfeccionaba aquella contención y esa explosión posterior postergada para el placer durante horas, y comprendió que aquella vulva enrojecida, que ese sexo por el cual se introducía noche tras noche, días tras día, era el origen de la vida y lo único humano que podía interesarle.

        Fueron los días de vino y rosas, en el esplendor de aquellos rituales físicos de la reproducción. Adentrarse, pegarse a esa piel para sentirse uno, anhelando en el fondo, de modo inconsciente, la imposible continuidad de lo humano en la inseminación abundante que surgía como el fruto salvaje de la naturaleza ¿Donde estaba la cultura cuando ella abría las piernas y él contemplaba aquella inmensidad desconocida donde nacía la existencia misma, y admiraba los pliegues sedosos, la suavidad, la humedad desbordante que luego apuraba con su sexo, con su lengua, con los ojos, hasta el sueño, hasta quedar exhaustos, ella con la cabellera desparramada de rizos negros sobre la almohada y él respirando entrecortadamente, el corazón latiendo aprisa, y entonces Lucrecio pensaba en la muerte sin miedo.

 

      Marcel Schwob tal vez no se atreviera a llenar de palabras ese vértigo. Porque era el mismo vértigo que a veces acontece en una existencia, el vértigo del amor y el deseo fundidos en el cuerpo. Lucrecio apretaba contra sí los senos endurecidos, brillantes como el metal, cubría su boca de otra oscura que sabía a frutas del bosque, a bayas y a hierbas, sabor similar a ese de antaño, cuando adquirió el hábito de ponerse entre los labios ramillas y hojas perfumadas al lado de Memmio mientras paseaban.

        Se amaron. Se amaron con esa verdad furiosa de la carne, en una comunión salvaje y al tiempo establecida por los siglos, llegada hasta nosotros, con la sensación de que sólo se puede amar una o dos veces así a lo largo de una vida. Eso pensaba él en esos frecuentes espasmos sobre la piel humedecida, en el fragor de los labios húmedos, en la ascensión y la caída de las erecciones y los gemidos, ante el éxtasis impenetrable de esa mujer que se agitaba entre sus brazos, que gritaba excesiva en el placer y arañaba y mordía sus hombros, arrancaba de él la inseminación desbordada. Y ella aprendió palabras de amor que no eran solo la entrega de la piel, la pericia de las piernas entreabiertas, la aspereza irresistible de su lengua sobre el glande y los testículos del amante. Lucrecio el poeta y la bella africana bajo la luna.

          Un día Lucrecio vio el cuerpo exhausto y desnudo de su amante, su piel oscura contrastando con la suavidad blanca de la sabana teñida de flujos, se sumió en ese olor del sexo detenido en silencio, contemplando esa sensualidad del deseo, y entonces pensó que nunca podría poseerla por completo. Siglos después de esa escena de inquietud al amanecer, Virginia Woolfe escribió El estanque para hablar de todo ello con su fabulosa intuición, y yo, casi cien años después de la muerte de la inglesa, compuse aquel cuento titulado La balsa, y tal vez ambos vimos mientras escribíamos a Lucrecio contemplando la desnudez de ese cuerpo inasible que había penetrado y besado durante toda la noche, esa herida misteriosa que había lamido y acariciado hasta sentir el sueño, cayendo como la oscuridad, sin avisar, inconsciente al final, incontenible después de un tiempo largo. Los lamentos del deseo se habían exacerbado quien sabe si impulsados por una caricia que anunciaba la decadencia, al agudizarse las fantasías y anhelar los sentidos otras mayores y más variadas. Era capaz de degustar el placer cada segundo, de cerrar los ojos y adentrarse en esas texturas y en ese perfume de la carne caliente entre los brazos, recordar cada beso, cada gesto y postura, pero no lograba alcanzar ese interior hasta su esencia anhelada.

          Lucrecio se perdió tal vez, y la Africana no se lo perdonó. La esclava poseía la sangre real de aquellos antiguos reinos sometidos por el poder de Roma, su orgullo incontenible, su dignidad arrebatada pero viva. El poeta con el que Petronio soñó se sintió tan poderoso que se rodeó de la humanidad en lugares oscuros y viciados durante algún tiempo. Lo vieron -como Petronio sería visto años más tarde- adentrarse en lumpanares con tres o cuatro mujeres al tiempo, y afilar su potencia y anhelar algo más, fuera con efebos rubicundos o con suaves adolescentes femeninas sin vello en el sexo, con mujeres ardientes de otros, con las que se encontraba en la discreción de mesones alejados de los centros urbanos, amantes experimentadas, refinadas en la infidelidad y el secreto de alcobas contratadas por horas, de secretos innombrables. Era un amante ávido y resistente, adorado por su sexo y sus silencios, por esa pasión con la que achispaba el ánimo de las mujeres y las hacía aullar de gozo. Y cuando regresaba de sus descensos a esos rincones que su viejo años atrás le pidió aprender a despreciar -alejarse y despreciar a los hombres y a los hechos humanos-, él se acercaba a la africana y pese a querer amarla ya no podía contener el semen. Era capaz de fornicar durante horas sin expulsar una gota de semilla pero ante ella, ante su desnudez magnífica y conocida, ante el amor, se derramaba sin llegar a penetrar su sexo como tiempo antes.

          La amante comenzó a esconderse, a agazaparse en las habitaciones y los cuartos solitarios de aquella casa de montaña muriendo despacio. Al tiempo se volvió altiva, recelosa, soberana, y se fue alejando de él , como si cada afrenta de Lucrecio fuera un motivo de retiro, una expresión de la extinción del amor sexual y sentimental que ambos se tuvieron. Ya no se tocaban en los largos pasillos de la mansión, jugaban al gato y el ratón con amargura, y las noches transcurrían en vela, con los ojos abiertos y la distancia sin deseo.

Pero él seguía deseándola, en cada uno de los escasos momentos en que lograba entreverla en la bañera, o cuando la desnudez de ébano surgía del agua enjabonada, o al acostarse, en el momento que ya el sueño inundaba el rostro de esa mujer y él contemplaba ese mismo cuerpo que había gozado durante años, y lloraba desconsolado, sobre todo en esa raras ocasiones en las que lograba aproximarse y ella lo rechazaba y escapaba a otro dormitorio o se escondía de su deseo guareciéndose en el inmenso jardín del palacio en plena noche. A veces, ella no podía escabullirse, y su insistencia la retenía frente a él. La africana surgía de entre las sombras y el duelo se producía. Lo que antes fue dulzura se transformaba en Lucrecio en una violencia que arrancaba las ropas y anhelaba apoderarse de esa desnudez, pero esa bestialidad quedaba rota en el momento en que se miraban a los ojos, y entonces él se derramaba otra vez a pesar del anhelo de abrir esa cadera que antes apretó contra sí extasiado. Entonces Lucrecio huía, huía avergonzado, humillado, y anhelaba encararse a la lasciva obscenidad de los hombres, y allí era poderoso, entre muslos desconocidos y sexos entreabiertos que poco o nada le importaban, fueran amantes ocasionales, prostitutas, lo que fuera, daba igual mientras se tratase de actos sin emoción, sin amor, y regresaba después saciado, colmado de desahogo para atisbar el deseo en la africana y nunca cumplirlo.

          Un día vio caer un rayo sobre una extensión lejana del bosque por la ventana y aquella visión terrible de la luz y la electricidad rasgando el cielo y quemando inexorable la frondosa vegetación, lo devolvió a la vieja biblioteca de su padre. Se adentró en las sombras de la fría sala, hojeó pergaminos y copias, y cuenta Marcel Schwob que releyó con sumo interés un libro de Epicuro. Eran las antiguas palabras del padre soñando otra vida ajena a los hombres, viviendo su encierro y su exilio de la humanidad con la poderosa maquinaria del dinero y la distancia. Entendió que la variedad del mundo era tan excesiva que resultaba inútil seguir manteniendo ideas sobre lo que no podía llenarse, lo que siempre sería refutable, enmascarado o superado, despreciado o simplemente ignorado.

          Se dio cuenta de que lo único verdadero que había vivido eran los momentos en los que pudo fundir sus átomos -descubierto ese concepto además por él- con la naturaleza de aquella loca contemplación junto a Memmio, o en todas esas imágenes del deseo que guardaba proyectadas hacia ella, junto a su amante africana, en ese instante en el que las lagrimas se precipitaron, como antes lloró toda la ausencia de su cuerpo contra el de ella, hasta fundirse ambos en un anhelo inolvidable, en un deseo de la media naranja de la que nos separan al nacer. Un reminiscencia tal vez del embarazo, o su propia mística de la pieza que falta, de la imagen robada, fruto de esa cercanía en la que el feto nace entre los fluidos cálidos de la madre, en el refugio del vientre, en esos pliegues, en esa piel entrelazada que al final se disemina y se escurre en la salida terrible y magnífica a través del útero, en el descenso hacia el exterior entre los labios carnosos y suaves de la vagina.

            ¿Por qué con ella esa diferencia? ¿Porqué con la africana el deseo que trascendía la mera cópula, los excesos de la sangre caliente y la química de los átomos? ¿Por qué era ella la elegida para ese esplendor que no había podido recuperar y que le hacía perder pie día tras día? Todos los movimientos del mundo expresaban sin remedio un caos, una hilera interminable de fuerzas, atracciones y repulsiones constituyendo no sólo la fisonomía particular de su cuerpo, su fortaleza o su inmenso deseo hacia ella, los rituales del acoplamiento, sino la historia, las guerras y conjuras, la sangre vertida de hombres por hombres debida a millones de causas a cual más inútil y enferma.

          Entonces pensó una vez más en Memmio, y se acordó otra vez de la plenitud que vivió con su amante africana, y ni corto ni perezoso cogió un bastón y el papiro de Epicuro, y creyó poder recorrer el mismo camino extenso hasta llegar a ese claro, y tal vez deseó echarse sobre la hierba como entonces y mirar el cielo, y luego leer y seguir contemplando ese pozo eterno de luz azul.

           Había llegado a la mitad del camino de la vida, como Scwhob cuando escribió sus vidas imaginarias, aunque luego murió pronto, sin avanzar más en ese proceso, como Dante expulsado de aquella ciudad poderosa, anhelando revivir a Beatriz, como todos eso hombres descubiertos en la nada de pensar que cada movimiento humano es un justificado error.

          Lucrecio miró cada piedra, cada rama de los árboles, cada tronco y hoja e insecto, se empapó de los colores durante horas, contempló conmovido los cambios en el cielo sin importarle la hora de regreso y las primeras luces apacibles del atardecer, y sintió las variaciones del sol y pronto la llegada de la noche, y comprendió que él y todo lo que conocía era pequeño e insignificante, y desaparecería sin remedio, y sin embargo los días serían por los siglos de los siglos iguales a ese cielo azul que apareció ante sus ojos en el claro, e iguales en esa noche estrellada y tibia que borraba los caminos y oscurecía el espacio circundante hasta dejarlo en la penumbra absoluta. Era un conjunto de átomos anhelando algo imposible, pero que continuaría eternamente sin él y sin ella, y entonces sintió de repente que, tal vez, lo único que no podía concebir era la muerte de su amante africana, la muerte de su deseo hacía ella, aquello que no soportaría sobrevivir, y lloró, como no lo había hecho nunca a no ser de niño, porque su padre no tuvo razón y había hechos humanos que permitían trascender algo de nosotros mismos. Haberla poseído, acariciar con sus dedos su entrega y su amor, tratar de hacerlo en su imposibilidad de entonces, era lo único brillante y continuo que guarecía en sus manos junto a la visión de ese claro, lo que aseguraba una inseminación futura, un esplendor, adentrarse de nuevo en el origen del mundo, y tenía que ser en su sexo, en el de esa africana a la que amaba, única y exclusivamente en el de ella, donde había ardido como un fuego fatuo, en el lugar en el que se había sumido, agitado en una imperiosa y frenética cópula que respondía y comprendía a todas a la vez por un sólo sentimiento incomprensible e incontrolable: el amor.


           Pudo afirmar con el rostro mojado mientras caminaba a tientas por los senderos oscurecidos, perdiéndose, guiándose por la estrella del norte con dificultad, que la muerte provocaba una tristeza injustificada por el cadáver, sin embargo, el muerto dejaba de sufrir, y era la vida la que recibía y guardaba hasta el fin del duelo el pesar, la ausencia, pero aún así no podía comprender su existencia sin ese deseo que lo ataba a ella, y que pensaba duradero incluso cuando su cuerpo ya no pudiera dedicarse al amor y la piel no fuera dura sino floja y arrugada, y pese a ello se sentía capaz de seguir deseando eso en ella. Alcanzaba a comprender la insignificancia, pero no podía aplicarla a la inmensidad de ese sentimiento que lo ataba a la africana. Pobre Lucrecio, que, sin embargo, sí conoció aquello que Petronio no pudo percibir más que por intuición, a ráfagas decadentes y sin demasiado valor. La carne y su amor desnudo, la trascendencia de la carne, su comunión con el pálpito de la naturaleza y con su propia extinción: la enormidad del amor.

           Y a pesar de su espléndida visión, al llegar ante el portalón enorme de madera y a esos arcos ennegrecidos por el tiempo, al contemplar la calma del paisaje y el bosque recorrido detrás suyo, a punto de hacerse de día, siguió temiendo a la muerte y la vida, por ella y por su amor.

           Quiso expresarle esa misma mañana recién nacida a su amante, que quemaba hierbas en un recipiente de barro en la cocina, que había comprendido algo fundamental y que, con paciencia, de nuevo, podrían recuperar ese esplendor. Volvería a desearla como la había deseado, y recuperaría la virilidad a su lado, la fuerza de acariciarla y besarla, de penetrar su vagina y adentrarse en ese ritual del acoplamiento, de la carne abierta, los sexos enardecidos, la felicidad de esas cópulas extasiadas de amor. Pero no lo hizo. Los ojos de ella, que también habían pensado el fin del esplendor, de otro modo, ante el dolor por la huida de Lucrecio, en el desamparo absoluto de sentirse desatendida, vacía, con el sexo infértil, sin ser llenado, con el semen desperdiciado entre las sábanas o en otras vaginas y anos desconocidos, odiaba, odiaba por primera vez en su vida, como si el amor inmenso que Lucrecio guardaba en sus manos fuera el objeto de su dolor y su sufrimiento más agudo, pero sonreía sin saber porqué.

          Sirvió el brebaje de hierbas en dos tazas y aguardó a que Lucrecio bebiera. Él debió pensar en ese momento en un Petronio futuro que iba a morir apaleado, con un filo de acero incrustado en el cuello, o tal vez en el esplendor fugaz de aquella Virginia Woolf que soñó en un estanque todas las muertes de los de antes, el amor a orillas del agua, la interminable sucesión de actos que conducían a ese momento de la escritura a lo largo de los siglos, frente al símbolo eterno de la naturaleza reflejado en esas aguas apacibles, o en aquel texto sobre el deseo que yo escribiría cientos de años después, en el que no supe como expresar que la grandeza de todo el deseo era su contacto con el amor. Y Lucrecio bebió, y al instante se le nubló la vista y olvidó todas las palabras griegas de Epicuro, y sintió un compulsivo deseo de embriagarse, de embriagarse hasta morir, y vio ese cuerpo querido delante suyo y le pido a la africana que se desnudara para él, y ella cumplió.

        Esa misma noche Lucrecio murió envenenado, porque había conocido la muerte, y la muerte, como la vida, estaba en aquel deseo que el brebaje hizo resistir en él hasta que todo se apagó.

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