Tres generaciones y una literatura-Mi hermano del alma

Publicado en mayo 5, 2012

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A Daniel Ariño

Mi hermano siempre tuvo un gusto exquisito para la estética del arte. Como espectador adivina siempre esas películas perdurables que a veces se cruzan en nuestra retina para ofrecer esperanza en un lenguaje tan poderoso y maltratado. Como lector perezoso que es, selecciona con una intuición asombrosa lo que lee -ahora me pide todo McCarthy de repente, todas sus novelas resguardadas en mis abarrotadas estanterías de libros-, lo desmenuza, lo digiere y lo convierte en acervo eterno y recurrente, en conversación interesante sostenida de guiños y lucidez. En música no exagero si afirmo que es uno de los especialistas mas avezados y exactos de este país, que siempre me alimenta de sonidos novedosos, me ofrece la renovación de mi variada discoteca, me otorga el pulso de lo nuevo y bueno para no perder el tren del futuro.

Mi hermano del alma hizo esta fotografía hace apenas un mes, en la boda de mi hermana. Tal vez fuera la contrapartida de aquel cuento que escribí en 1998, premiado varias veces pero aún así secreto, incomprendido. El relato quedó titulado con aquel Mi hermano del alma que tanto me unió a él. Es un cuento sobre la tristeza.

Él llamó a esta foto Tres generaciones, porque fue su mirada a esos tres nudos vitales que entrelazan a esta antigua familia sin abolengo, pero de alguna forma llena de milagros, y también porque somos importantes para él: nuestro padre, su hermano mayor, y el pequeño Mateo, su encantador y hermoso sobrino, mi hijo.

La fotografía, sin saber la razón, se la envié al día siguiente de recibirla a mi amiga Diana de Concordia. Ella expresó con una precisión extraordinaria lo que le sugería la imagen. De alguna forma me dio claves que, con el peso sentimental de la misma, había obviado. Pienso que es una buena fotografía, y aunque esa sensación pueda deberse al componente afectivo que me ata a su significado, me quedo con la belleza de su mirada. La guardaré toda la vida. Nos retrató en un momento hermoso; un viernes por la mañana de asueto, con la fatiga de la semana en mi rostro, la tensión ante un futuro oscuro; la alegría del pequeño por tener a su papá y a su abuelo en un día inusitado, y por no ir a la guardería; el lógico entusiasmo de mi viejo por el matrimonio civil de mi hermana pequeña, que está en la foto sin que aparezca, contemplando ese instante.

Hace ahora catorce años escribí un texto sobre mi hermano que comenzaba así.

He perdido la sonrisa de aquel niño rechoncho que solía caminar pegado a mí esbozando una sonrisa bonachona, el mismo que alardeaba de ser el futbolista del barrio que más aguantaba el balón.

Mis recuerdos de infancia están en su rostro, en sus ojos, similares a los de entonces. Lo estaban hace catorce años y ahora. Es imposible no tener deseo de acariciar esas mejillas en el presente barbudas y fieras, y recordar la piel suave del niño, sus miedos, la expresión de temor inconsolable. Estaban a nuestro lado los viejos amigos, aquellos que nos acompañaban entonces. Los nombres bailan en su íntima expresión de melancolía. Los rateros nos robaban las canicas y él sentía pánico ante ellos, se refugiaba bajo los faldones de la abuela Carmen, como Oskar, el protagonistas de El tambor de hojalata, que solía esconderse tras las faldas largas de su abuela y descubría aquel particular olor turbador e inolvidable.

Sus miedos fueron siempre una especie de Bestia de la selva, por eso hemos hablado tantas veces de aquel relato de Henry James, uno de los mejores de la historia de la literatura junto al Bartleby de Melville.

No sé porque situé a mi hermano en la encrucijada de una despedida en aquel instante del cuento, cosas de la ficción literaria.

Estoy atado a él de por vida, y no sólo por esta fotografía que vuelve a renovar ese lazo en sus ojos. No se puede ser consciente y parte implicada, pero él lo consigue con la distancia de sus egoísmos y sus exabruptos autodestructivos. Ambos los fuimos, autodestructivos, pero llenos de amor. Autodestructivos como perros mojados huyendo de la vida o abrazándola sin protección.

No sé exactamente cual es la diferencia entre él y yo, aunque sí percibo la suya con respecto a la mayor parte de la gente que trato.

Es un milagro. Él es un milagro lleno de existencia palpitante. Le cuesta levantar su enorme corpachón en la penosa medida de los tiempos analfabetos, pero ahí sigue, aguardando que acuda para escucharle. Tal vez perdió algo de aquel brillo, pero eso nos sucede a todos. El caso es que escribí aquel cuento, pensé en su risa, pero retuve mucho más su tristeza crónica, estética. La tristeza no fue enfermedad, sino genio, aunque eso lo supiera después. Una tristeza desconsolada y enorme, como si en sus ojos se hubiese detenido la del mundo.

A veces se le toma por alguien ensimismado y ausente, pero en realidad lleva en sus entrañas la irracionalidad de cuanto sucede a su alrededor, los desmanes del hermano mayor, los temores de su pequeña Carmen; la historia de mi padre y los antepasados, que generación tras generación construyeron un intento de dignidad; las lágrimas de mi madre y su miedo al poder, a la dictadura asesina y despiadada que tanto apaleó a mi abuelo hasta su muerte -murió asustado y rabioso el 23 de febrero de 1981-. Esos ojos de mi madre están en él. Los ojos a los que aterroriza el discurso menguante, regresivo, del presente, esos señores que azotan los derechos de otros y gimen mirando al cielo divino, auspiciados por el dinero y las iglesias contemporáneas.

Todo eso estaba en él cuando escribí ese cuento, y él tiene ese gesto de rabia que le hace apretar la mandíbula cuando oye los lamentos.

En esa fotografía, mi padre, como dijo Diana, esta en el suelo, tiene los pies en el suelo. Esa es una constancia que siempre alivió mis vuelos, aunque hace años que soy yo quien sostiene tal vez los últimos aspavientos alados de mi viejo, quien recoge la herencia de aquella vieja lucha.

Cuando a los dieciocho años me enamoré de esa mujer más alta que yo e insistí en marcharme a Madrid para ser poeta, mi padre siguió con las plantas de los pies pegados a las baldosas. Luego recogió sin rencor ni ensañamiento mis pobres cenizas. Él está en ese lugar de la solidez, de las suelas de los zapatos desgarradas de tanto caminar, jamás separadas de la superficie de la tierra.

Recuerdo el relato que me hizo de la muerte de Juan el largo, y el cuento que escribí con todo ello, Los testigos, y comprendo porque está ahí. Sabe más de la injusticia que yo, que empiezo a percibirla de verdad ahora. Puede que yo tenga palabras más hermosas, pero él supo, a través de esa vivencia confesada una tarde fría de abril en la sierra, junto a la chimenea del salón, gracias al suicidio de Juan el largo y a las razones de aquella muerte acontecida en 1958 en las calles apacibles del pueblo donde nació, donde suelo ir en cuanto puedo aunque sean sólo unos días, por la propia historia de mi abuelo, su padre, que ejerció algún tiempo como Juez de paz allí, en qué consistía la ceguera, la crueldad y la sumisión de las masas frente al poder. Ese suicidio marcó su vida, hizo aparecer el miedo a lo que es más fuerte y terrible que nosotros, hacia aquello que puede no sólo aplastarnos o matarnos, sino destruir el alma, nuestro entusiasmo. Al fin y al cabo Juan no fue más que un suspiro de dignidad y libertad exterminado, un ejercicio de voluntad suicida encaminado a aliviar el sufrimiento, ese sufrimiento que termina con la resistencia del hombre por insoportable, obsceno y demoledor.

El pequeño Mateo, así lo vio mi hermano, se eleva unos metros, pero no pierde el contacto con la arena de esa playa, ni con la línea del mar, ni con el abuelo, tal vez porque sabe que mi gesto de preocupación, esa expresión desolada en una altura limitada e inútil, pero altura a pesar de todo, no lleva a nadie a ninguna parte. Es como si viera en Mateo una síntesis de siglos acumulados, una especie de lugar intermedio donde no vive ni el romanticismo desesperado ni la preocupación entristecida e inmóvil.

Hay días, al sentarme frente a él, en los que el aire se hace irrespirable. Todas las ventanas y puertas del apartamento están cerradas, como si la vivienda, amplia y agradable, imitara su estado de ánimo decaído o él pretendiera que así fuera; apenas entra luz por la rendijas de las persianas, que llenan de puntitos cuadrados el suelo, la mesa y nuestras caras, y el humo de los cigarrillos queda retenido en la habitación y el pasillo como una tercera presencia que uno termina por sentir encima hasta la asfixia.

Un día mi hermano desapareció. Lo hizo durante mucho tiempo. Se perdió en alguno de sus lugares idílicos, se escondió entre las nubes y sombras que habíamos construido juntos. Lo hizo porque el hermano mayor ya no podía ayudarle, embadurnado hasta las cejas por el mundo. Se fue porque el padre que pisa el suelo ya no lograba protegerlo. Porque el abuelo represaliado murió el día 23 de febrero del año 1981 y no llegó construir nada sólido para nosotros, porque Juan el largo se suicidó ante la intolerancia y el desprecio de un pueblo, porque este país no podrá cambiar jamás.

Cuando volvió a aparecer, en su rostro habían surgido las arrugas, los dientes amarilleaban en exceso por el tabaco, en sus ojos siempre había alegría entre las lágrimas.

Su regreso fue como aquella memoria del ángel que escribí en forma de verso, un arrebato místico, una especie de luz que nunca ha dejado de brillar. Desde sus ideas más solidas y extraordinarias, hasta sus planes más extravagantes -ese hacerse camionero en Noruega, sus discos de slam en español y francés jamás concluidos, los viajes a lugares exóticos que siempre planea y una y otra vez pospone, sus innumerables amores virtuales, un mundo de mujeres solas, incomprendidas, cansadas de hombres ruidosos según su teoría, sus salidas nocturnas incendiando la ciudad de fantasmas perdidos, sus improperios a la banalidad y el engaño-, eso que define todo lo que él es, conforma aquello a lo que un hombre debe agarrarse cuando cae. A veces al mirarlo contemplo esa esencia que siempre me protege cuando el vuelo se alza en exceso, cuando olvido que mi situación en esa fotografía, en esas nubes improbables mirando hacia otro lado, no es más que un deseo de salir corriendo, la inminente posibilidad de desplomarme. Él confía en Mateo, y lo hace en el eco de esa sabiduría de origen impreciso, que comprende que el lugar no está en el aire intoxicado donde yo me sumí media vida, pero tampoco en el paso firme de mi padre asustado por el tiempo terrible que le tocó vivir, por la desconfianza ante el futuro que nos sobreviene con sus nubarrones imprecisos.

Estamos hechos de la misma materia. Todos.

Celebraremos hoy, tal vez mañana, que Bodas en casa de Hrabal, por fin, se ha vuelto a reeditar, como llevamos años pidiendo los dos a voces. Así me lo han confirmado algunos de los maravillosos lectores de este blog, como si fuera un triunfo colectivo, ante esa novela que mi hermano adoró a los cuatro vientos, de la que tanto hemos hablado. Por fin Hrabal. Un pequeño triunfo. La fiesta con mi hermano será una de esas melancólicas reuniones de vicios y memoria que siempre nos acompañaron y nos acompañarán, entre la risa divina que formará siempre el reto que él ponga a los absurdos del mundo y los hombres, a la barbarie y a la miseria que nos quieran echar por encima de la cabeza, y lo hará abriendo sus ojos verdes, mirando los míos y diciendo basta.

La valentía de mi hermano reside en todo lo que ama y en lo que le sirve para sostenerse. Es la valentía que halló en la esencia de esa literatura que relee constantemente y a la que es capaz de llamar sin rubor literatura de la verdad. El se ríe con Faulkner y Joyce. Con lo que no entienden de Faulkner los analfabetos funcionales mi hermano suele rezar en silencio. Faulkner y Onetti, cuenta. Onetti y Cormac MacCarthy. Dostoiesvki y las brumas de Tolstoi. Proust y la llama de la Duras entre los dedos, y la ilusoria supervivencia de Malcom Lowry, a quien quisimos parecernos hace mucho en nuestras citas alcohólicas ahogadas de palabras.

Tal vez toda mi literatura se la deba a mi hermano.

A ese momento en que aquella monja inhumana del colegio religioso al que íbamos lo paseó clase por clase después de mearse, con apenas cinco años, por todos los pasillos, hasta llegar al aula de su hermano. Y yo vi ese dolor, esa humillación, esa bestialidad disfrazada de piedad, y lloré de rabia. Porque era un niño de ocho años y no supe qué hacer, pero reconocí el verdadero rostro de la crueldad, del horror, del miedo y la venganza en los ojos de esa mujer; la humillación de mi hermano por aquella hija de Dios, por aquel efluvio de bondad religiosa que desde entonces siempre fue la imagen injusta y miserable de la Iglesia oficial todopoderosa ante mí, siempre al lado del poder a lo largo de la historia de este país. Y yo entonces, que no supe reaccionar ni pude gritar, me oriné también, y las risas de mis compañeros no fueron más que el dolor del individuo ante los rebaños domesticados, pero fue un dolor lleno de rabia, lleno de odio hacia lo que representaba esa mujer, a su autoridad en ese lugar.

 Fotografía cortesía de Gabriel García

Mi viejo amigo Gabriel, ahora en Paris trabajando tras la crisis que diezmó sus posibilidades aquí, me dijo no hace mucho que los enfrentamientos vienen de lejos, de siglos atrás. Los reconoció Blanco White en el exilio. Goytisolo y Santos Juliá. Un encono que acude desde todos las pasajes de nuestra historia. Desde el franquismo que fue no sólo una dictadura sino una representación radical, no erradicada del todo, de la filosofía de una parte de España que nunca ha dejado de tener el poder ni de reivindicarlo como un derecho y no como una responsabilidad. De aquellos muertos que no han sido enterrados. De todo lo que jamás se ha cumplido ni cerrado en nuestro devenir. Él sabe mucho de esa cosas. Me hace pensar. Como Severine, que estudió nuestro triste destino como país durante siglos hasta sentir un escalofrío. Como esos franceses lúcidos que frecuento en mis viajes y que siempre se asombraron de lo que aquí sucede o sucedió, sea bueno o malo. Veo a Gabriel frente a sus libros, en esas conversaciones que tiene de noche, cuando la ciudad duerme y él se queda a solas en un país extranjero para ganarse la vida en vez de disfrutar de nosotros, de Valencia, de su amante, de su existencia perdida de momento, conversaciones con esos autores que lo miran de reojo y lo acompañan para decirle de donde viene y porqué está en ese agradable apartamento de Paris, tan lejos de su casa.

En esa fotografía se pierde mi mirada y no encuentra ninguna dirección sólida. La de mi pequeño es segura sobre la barra metálica. Mi padre nos vigila a ambos, aguardando sujetarnos con su vejez a cuestas, con sus piernas doloridas y sus ojos azules tan tristes. No hemos olvidado nada o eso espero. Los siglos de la familia flotan en ese cielo, en esas líneas rectas que conforman el cielo, el mar y la arena de la playa. Mateo tal vez busque un navegar más plácido que mis vuelos con caída. Estoy a punto de caerme ante tantos nombre muertos, tantas palabras sin sentido, tantas vidas desaparecidas entre mis dedos, tanta incertidumbre ante el futuro.

Una vez mi hermano nos salvo la vida. Hace muchos años de eso. Esa escena la escribí en Mi hermano de alma. Un momento clave en el que descubrí su enorme fortaleza, no sólo física, sino espiritual. Fue capaz de abandonar el papel del hermano pequeño agazapado en el camal del mayor y se transformó en una especie de ángel vengador, que con una fiereza desconocida, mítica y salvaje, nos salvó a todos, a mí y mis amigos, a esos inocentes que, al contrario que él, no comprendimos hasta que punto al mal hay que combatirlo porque existe. Lo hizo para luego deshacerse, languidecer, desplomarse como un pesado fardo en el suelo días después. Pero en su grandeza de aquella noche aciaga en la que nos defendió de la agresividad y lo imprevisto, encontré siempre una resistencia, una fuerza.

Sé que está, siempre está. En el mismo lugar, con la misma risa.

Se ríe de aquellos hombres que creen avanzar veloces por encima de todo, surcar triunfadores y ufanos el mundo. Lo hace de mí y mis pretensiones huidizas. De las conversaciones ridículas que atrapa al vuelo por doquier, en los cafés y en los bares nocturnos, en los mercados y en los centros comerciales, entre amas de casa insatisfechas y ejecutivos de medio pelo, en las cafeterías elegantes del centro de la ciudad donde se confabulan los grandes negocios o en los bares de barrio obrero, entre los inmigrantes o en las charlas de los paraninfos universitarios. Se ríe de él, de su gravedad y su debilidad, de sus exabruptos románticos, de sus dolorosas profundidades. Se ríe de los ministros y los dirigentes europeos expulsando como marionetas eufemismos que en verdad anuncian el fin de los estados de bienestar. De mis pesares anímicos y mis quebraderos de cabeza. Lo hace con un risa humana, serena, llena de amor. No concibe sino es riendo la ambición sin sentido ni la materia convertida en fin. No es la risa cruel de aquellos que celebran el deterioro y el exterminio, eso no lo puede permitir. Es un ángel humano, grueso y violento, que planea incesante en mi subconsciente para recordarme donde estuve, de dónde vengo, qué lugares fueron importantes, dónde está lo esencial. Es como cuando lee los cuentos completos de Virginia Woolf y es capaz de entresacar la modernidad de su técnica literaria, la profundidad de sus descripciones psicológicas, sus aciertos como narradora, y lo enfrenta sin titubeos, mediante la burla, ante cualquiera de esas malas novelas que todos conocemos. No hay manera de superarle en esa farsa, en ese juego en el que la risa asciende hasta el espíritu y lo llena de inteligencia. Se ríe entre las palabras de Ezra Pound de los libros de autoayuda, baratos prospectos de la banalidad contemporánea. En el gesto rabioso de esos perdedores que nunca lo fueron y a los que siempre defendió.

En una ocasión amamos a la misma mujer, hace mucho tiempo, y yo se la arrebaté por capricho. Durante años no tuvo rencor, pero me ha echado en cara ese gesto más de una vez. El frívolo ángel negro surcaba los mares de su éxito insignificante creyéndolo inmenso e inagotable, pobre iluso, engrandecido, gigante ante ese firmamento de estrellas que pensé duradero e interminable, quitándole el amor para disfrutar de mi ligereza inconsistente entonces. Su gravedad se encontró siempre con cierta tendencia mía a la profusión y a la levedad. Lo curioso es que a simple vista siempre pareció que yo vivía y él contemplaba. Pero no me odió. Ni siquiera en los peores momentos. Siguió amándome incluso cuando lo abandoné, cuando no fui consciente de su dolor.

Luego me callé. Desparecí. Al inicio -y él lo sabe- de toda su demolición humana, toda su grandeza destruida y posteriormente reconstruida a duras penas. Sabe que mi alma, como si fuéramos siameses, es la suya, y viceversa. Mi hijo es su hijo. Mi padre lo es de ambos. Los lugares que yo le relaté, los paraísos y los infiernos que pude contarle, son suyos, como le pertenece la memoria de todas esas mujeres amadas que construyeron mi alegría y que él sólo vio de lejos en su prolongada enfermedad de tristeza, hoy en día libre de nuevo de todas esas tormentas, recuperado y lúcido como un Cristo hablando de amor en los templos de los mercaderes.

Me río de las burlas que puedan hacerle los guerreros de la actividad. Él se ríe con la suavidad de la brisa del mar que acompaña a la fotografía. Sus ojos retratan la absurda comparsa de movimientos incesantes, de estupidez, entre las brumas de la confusión. Hace tiempo que espero algo heroico de él sin comprender que lo que debería hacer es reconocerlo en su grandeza quieta, en su inmóvil contemplación de la existencia.

Su mayor recompensa tal vez ha sido su victoria sobre mí, y no porque esa alegría acuda a través de mi derrota, sino como un premio al presagiar hace mucho la derrota de mi mundo a su pesar. Él tenía razón, incluso ante aquellos que se mofaron de su postración insostenible, de su inmenso corazón.

Un buen día aquella mujer a la que los dos amamos, pero que yo le arrebaté sin piedad, una mujer que yo perdí después, a la que siempre quise volver a ver para decirle cara a cara que lo sentía, que me conoció en una época insensata y que ella valía mucho más de lo que pensé, para decirle que entonces yo no era más que una veleta hinchada de vanidad y viento estéril, volvió a aparecer. No hace mucho de esto, tal vez unos meses antes de que la fotografía en la que fijó a esas tres generaciones que le importan surgiera de sus ojos. Ella le dijo que entonces, hace ya tantos años, se equivocó. No debió haberme elegido a mi sino a él. Tenía razón.

Enciende una lamparilla, con cuidado, como si el interruptor fuera tan delicado que pudiera romperse en caso de apretarlo con fuerza. Obstinado, insiste en esa parsimonia que denota torpeza; abre un cajón, se mueve lento, muy pesado, mientras voy despidiéndome de él, en silencio, contemplando sus gestos, sus movimientos, por última vez, o al menos así lo creo. No volveré, quiero decirle, pero las palabras no salen de mi boca, se ahogan en mi garganta y me limito a observarle con atención. Es como si intuyera que el viaje siguiente va a ser a ninguna parte y que él aceptará la soledad sin más explicaciones, porque en toda su enorme fragilidad existe una dureza rocosa, propia del enfermo mental, una voluntad de hierro que sólo concluirá con la desesperación, algo que ahora veo lejano y que, por el contrario, se me antoja un problema más mío, o de Miguel y Carmen, que suyo. Deja sobre la mesa un grueso álbum de fotografías.

-Ya lo he visto otras veces.- Le digo cortante. Pero él insiste: -Vamos tete, que he organizado las fotos de otra forma-.

Sé que ese es su último intento, y que debió hacer algo parecido con mi padre cuando le dijo que se marchaba. Imagino la escena; Miguel y él en la cocina, mientras oigo como me pide que acerque la silla para poder ver juntos las fotografías, cientos, casi miles, suyas, de toda la familia junta, de sus viejos amigos, en diferentes lugares y momentos de la vida.

-Fíjate en ésta, que cara tenías. Y aquí, mira, que pelos llevaba yo. Mira la mamá, qué guapa, qué joven ¿no crees?

-Muy guapa, Tangofino, muy guapa. Igual que tú.

No se puede tener todo, y yo tuve una familia que se me fue escapando como el agua que fluye por los ríos, resbalando entre los límites del cauce por una ley inexorable. Se le caen las lágrimas y me contagia ese estado de postración a pesar de la entereza con la que yo había planeado esta última visita. Algo me desgarra las entrañas; Miguelón tan joven, al lado de mi madre, que parece llenar de luz la foto y augura la tiniebla de su desaparición.

Toda la dureza de Tangofino va perdiendo fuerza en esa cocina que ilumina con suavidad una lámpara de bombilla blanca, y sólo queda un espeso silencio conforme pasa las páginas, páginas que ha dividido por capítulos y que encabeza con un titulo escrito con rotulador negro, acompañado de unas fechas.

                             LA FELICIDAD DE LAS MARIPOSAS (1984-1987).

-Buenos tiempos ¿Te acuerdas del viaje a la playa? ¿Del restaurante junto al mar donde comíamos sardinas fritas y habas con jamón? Mira Carmen, qué pequeñita, lo mayor que se ha hecho…

Hace mucho que no le oía decirme hermano de ese modo, con ese cariño, y mientras lo dice me pasa la mano por el hombro; no pronuncia esas palabras pero las oigo; no te vayas hermano, no te vayas, no me dejes tú también. Y entonces me señala un capítulo, me avisa antes de pasar la página.

-Ahora viene el mejor de todos, mira, mira como se llama…

                              MI HERMANO DEL ALMA

                                           (1986-1990)

                           * * * * * * * * * * * * * * *

Y sigue vivo. Sigue vivo para esperarme.

Dentro de unos días viajaré hasta donde está, allá perdido en sus lugares elevados y sus actos sociales, para filmar un cortometraje sobre él. Será Mi hermano de alma diez años después de escribir ese relato. Dijo que sí. Mi hermano insiste en que sí mientras sus fotografías siguen inundando de alegría el espacio de mi existencia. Mateo cuenta a todo el mundo que Tito, mi hermano del alma, es el más fuerte. Mi padre sigue buscándolo entre las sombras de su cuarto lleno de humo y música para hallar consuelo. Mamá mira de reojo todas las escenas que hemos vivido juntos y celebra su presencia.

La historia de una familia que le debo a los ojos de Diana y de mi hermano. Tres generaciones, una literatura y un hombre colgado del aire.

El ojo de mi hermano es lo que me retiene. Su voz es el eco de lo que no puede derrotarse.

Una vez me dijo que la escritura debía ser el lugar de la valentía, y él estuvo muchos años sin escribir. Ahora llena cuadernos de palabras sagradas y yo, tal vez, deje de hacerlo.

Cosas de los ángeles.

De los ángeles y de la literatura.