fotografía

Tres generaciones y una literatura-Mi hermano del alma

A Daniel Ariño

Mi hermano siempre tuvo un gusto exquisito para la estética del arte. Como espectador adivina siempre esas películas perdurables que a veces se cruzan en nuestra retina para ofrecer esperanza en un lenguaje tan poderoso y maltratado. Como lector perezoso que es, selecciona con una intuición asombrosa lo que lee -ahora me pide todo McCarthy de repente, todas sus novelas resguardadas en mis abarrotadas estanterías de libros-, lo desmenuza, lo digiere y lo convierte en acervo eterno y recurrente, en conversación interesante sostenida de guiños y lucidez. En música no exagero si afirmo que es uno de los especialistas mas avezados y exactos de este país, que siempre me alimenta de sonidos novedosos, me ofrece la renovación de mi variada discoteca, me otorga el pulso de lo nuevo y bueno para no perder el tren del futuro.

Mi hermano del alma hizo esta fotografía hace apenas un mes, en la boda de mi hermana. Tal vez fuera la contrapartida de aquel cuento que escribí en 1998, premiado varias veces pero aún así secreto, incomprendido. El relato quedó titulado con aquel Mi hermano del alma que tanto me unió a él. Es un cuento sobre la tristeza.

Él llamó a esta foto Tres generaciones, porque fue su mirada a esos tres nudos vitales que entrelazan a esta antigua familia sin abolengo, pero de alguna forma llena de milagros, y también porque somos importantes para él: nuestro padre, su hermano mayor, y el pequeño Mateo, su encantador y hermoso sobrino, mi hijo.

La fotografía, sin saber la razón, se la envié al día siguiente de recibirla a mi amiga Diana de Concordia. Ella expresó con una precisión extraordinaria lo que le sugería la imagen. De alguna forma me dio claves que, con el peso sentimental de la misma, había obviado. Pienso que es una buena fotografía, y aunque esa sensación pueda deberse al componente afectivo que me ata a su significado, me quedo con la belleza de su mirada. La guardaré toda la vida. Nos retrató en un momento hermoso; un viernes por la mañana de asueto, con la fatiga de la semana en mi rostro, la tensión ante un futuro oscuro; la alegría del pequeño por tener a su papá y a su abuelo en un día inusitado, y por no ir a la guardería; el lógico entusiasmo de mi viejo por el matrimonio civil de mi hermana pequeña, que está en la foto sin que aparezca, contemplando ese instante.

Hace ahora catorce años escribí un texto sobre mi hermano que comenzaba así.

He perdido la sonrisa de aquel niño rechoncho que solía caminar pegado a mí esbozando una sonrisa bonachona, el mismo que alardeaba de ser el futbolista del barrio que más aguantaba el balón.

Mis recuerdos de infancia están en su rostro, en sus ojos, similares a los de entonces. Lo estaban hace catorce años y ahora. Es imposible no tener deseo de acariciar esas mejillas en el presente barbudas y fieras, y recordar la piel suave del niño, sus miedos, la expresión de temor inconsolable. Estaban a nuestro lado los viejos amigos, aquellos que nos acompañaban entonces. Los nombres bailan en su íntima expresión de melancolía. Los rateros nos robaban las canicas y él sentía pánico ante ellos, se refugiaba bajo los faldones de la abuela Carmen, como Oskar, el protagonistas de El tambor de hojalata, que solía esconderse tras las faldas largas de su abuela y descubría aquel particular olor turbador e inolvidable.

Sus miedos fueron siempre una especie de Bestia de la selva, por eso hemos hablado tantas veces de aquel relato de Henry James, uno de los mejores de la historia de la literatura junto al Bartleby de Melville.

No sé porque situé a mi hermano en la encrucijada de una despedida en aquel instante del cuento, cosas de la ficción literaria.

Estoy atado a él de por vida, y no sólo por esta fotografía que vuelve a renovar ese lazo en sus ojos. No se puede ser consciente y parte implicada, pero él lo consigue con la distancia de sus egoísmos y sus exabruptos autodestructivos. Ambos los fuimos, autodestructivos, pero llenos de amor. Autodestructivos como perros mojados huyendo de la vida o abrazándola sin protección.

No sé exactamente cual es la diferencia entre él y yo, aunque sí percibo la suya con respecto a la mayor parte de la gente que trato.

Es un milagro. Él es un milagro lleno de existencia palpitante. Le cuesta levantar su enorme corpachón en la penosa medida de los tiempos analfabetos, pero ahí sigue, aguardando que acuda para escucharle. Tal vez perdió algo de aquel brillo, pero eso nos sucede a todos. El caso es que escribí aquel cuento, pensé en su risa, pero retuve mucho más su tristeza crónica, estética. La tristeza no fue enfermedad, sino genio, aunque eso lo supiera después. Una tristeza desconsolada y enorme, como si en sus ojos se hubiese detenido la del mundo.

A veces se le toma por alguien ensimismado y ausente, pero en realidad lleva en sus entrañas la irracionalidad de cuanto sucede a su alrededor, los desmanes del hermano mayor, los temores de su pequeña Carmen; la historia de mi padre y los antepasados, que generación tras generación construyeron un intento de dignidad; las lágrimas de mi madre y su miedo al poder, a la dictadura asesina y despiadada que tanto apaleó a mi abuelo hasta su muerte -murió asustado y rabioso el 23 de febrero de 1981-. Esos ojos de mi madre están en él. Los ojos a los que aterroriza el discurso menguante, regresivo, del presente, esos señores que azotan los derechos de otros y gimen mirando al cielo divino, auspiciados por el dinero y las iglesias contemporáneas.

Todo eso estaba en él cuando escribí ese cuento, y él tiene ese gesto de rabia que le hace apretar la mandíbula cuando oye los lamentos.

En esa fotografía, mi padre, como dijo Diana, esta en el suelo, tiene los pies en el suelo. Esa es una constancia que siempre alivió mis vuelos, aunque hace años que soy yo quien sostiene tal vez los últimos aspavientos alados de mi viejo, quien recoge la herencia de aquella vieja lucha.

Cuando a los dieciocho años me enamoré de esa mujer más alta que yo e insistí en marcharme a Madrid para ser poeta, mi padre siguió con las plantas de los pies pegados a las baldosas. Luego recogió sin rencor ni ensañamiento mis pobres cenizas. Él está en ese lugar de la solidez, de las suelas de los zapatos desgarradas de tanto caminar, jamás separadas de la superficie de la tierra.

Recuerdo el relato que me hizo de la muerte de Juan el largo, y el cuento que escribí con todo ello, Los testigos, y comprendo porque está ahí. Sabe más de la injusticia que yo, que empiezo a percibirla de verdad ahora. Puede que yo tenga palabras más hermosas, pero él supo, a través de esa vivencia confesada una tarde fría de abril en la sierra, junto a la chimenea del salón, gracias al suicidio de Juan el largo y a las razones de aquella muerte acontecida en 1958 en las calles apacibles del pueblo donde nació, donde suelo ir en cuanto puedo aunque sean sólo unos días, por la propia historia de mi abuelo, su padre, que ejerció algún tiempo como Juez de paz allí, en qué consistía la ceguera, la crueldad y la sumisión de las masas frente al poder. Ese suicidio marcó su vida, hizo aparecer el miedo a lo que es más fuerte y terrible que nosotros, hacia aquello que puede no sólo aplastarnos o matarnos, sino destruir el alma, nuestro entusiasmo. Al fin y al cabo Juan no fue más que un suspiro de dignidad y libertad exterminado, un ejercicio de voluntad suicida encaminado a aliviar el sufrimiento, ese sufrimiento que termina con la resistencia del hombre por insoportable, obsceno y demoledor.

El pequeño Mateo, así lo vio mi hermano, se eleva unos metros, pero no pierde el contacto con la arena de esa playa, ni con la línea del mar, ni con el abuelo, tal vez porque sabe que mi gesto de preocupación, esa expresión desolada en una altura limitada e inútil, pero altura a pesar de todo, no lleva a nadie a ninguna parte. Es como si viera en Mateo una síntesis de siglos acumulados, una especie de lugar intermedio donde no vive ni el romanticismo desesperado ni la preocupación entristecida e inmóvil.

Hay días, al sentarme frente a él, en los que el aire se hace irrespirable. Todas las ventanas y puertas del apartamento están cerradas, como si la vivienda, amplia y agradable, imitara su estado de ánimo decaído o él pretendiera que así fuera; apenas entra luz por la rendijas de las persianas, que llenan de puntitos cuadrados el suelo, la mesa y nuestras caras, y el humo de los cigarrillos queda retenido en la habitación y el pasillo como una tercera presencia que uno termina por sentir encima hasta la asfixia.

Un día mi hermano desapareció. Lo hizo durante mucho tiempo. Se perdió en alguno de sus lugares idílicos, se escondió entre las nubes y sombras que habíamos construido juntos. Lo hizo porque el hermano mayor ya no podía ayudarle, embadurnado hasta las cejas por el mundo. Se fue porque el padre que pisa el suelo ya no lograba protegerlo. Porque el abuelo represaliado murió el día 23 de febrero del año 1981 y no llegó construir nada sólido para nosotros, porque Juan el largo se suicidó ante la intolerancia y el desprecio de un pueblo, porque este país no podrá cambiar jamás.

Cuando volvió a aparecer, en su rostro habían surgido las arrugas, los dientes amarilleaban en exceso por el tabaco, en sus ojos siempre había alegría entre las lágrimas.

Su regreso fue como aquella memoria del ángel que escribí en forma de verso, un arrebato místico, una especie de luz que nunca ha dejado de brillar. Desde sus ideas más solidas y extraordinarias, hasta sus planes más extravagantes -ese hacerse camionero en Noruega, sus discos de slam en español y francés jamás concluidos, los viajes a lugares exóticos que siempre planea y una y otra vez pospone, sus innumerables amores virtuales, un mundo de mujeres solas, incomprendidas, cansadas de hombres ruidosos según su teoría, sus salidas nocturnas incendiando la ciudad de fantasmas perdidos, sus improperios a la banalidad y el engaño-, eso que define todo lo que él es, conforma aquello a lo que un hombre debe agarrarse cuando cae. A veces al mirarlo contemplo esa esencia que siempre me protege cuando el vuelo se alza en exceso, cuando olvido que mi situación en esa fotografía, en esas nubes improbables mirando hacia otro lado, no es más que un deseo de salir corriendo, la inminente posibilidad de desplomarme. Él confía en Mateo, y lo hace en el eco de esa sabiduría de origen impreciso, que comprende que el lugar no está en el aire intoxicado donde yo me sumí media vida, pero tampoco en el paso firme de mi padre asustado por el tiempo terrible que le tocó vivir, por la desconfianza ante el futuro que nos sobreviene con sus nubarrones imprecisos.

Estamos hechos de la misma materia. Todos.

Celebraremos hoy, tal vez mañana, que Bodas en casa de Hrabal, por fin, se ha vuelto a reeditar, como llevamos años pidiendo los dos a voces. Así me lo han confirmado algunos de los maravillosos lectores de este blog, como si fuera un triunfo colectivo, ante esa novela que mi hermano adoró a los cuatro vientos, de la que tanto hemos hablado. Por fin Hrabal. Un pequeño triunfo. La fiesta con mi hermano será una de esas melancólicas reuniones de vicios y memoria que siempre nos acompañaron y nos acompañarán, entre la risa divina que formará siempre el reto que él ponga a los absurdos del mundo y los hombres, a la barbarie y a la miseria que nos quieran echar por encima de la cabeza, y lo hará abriendo sus ojos verdes, mirando los míos y diciendo basta.

La valentía de mi hermano reside en todo lo que ama y en lo que le sirve para sostenerse. Es la valentía que halló en la esencia de esa literatura que relee constantemente y a la que es capaz de llamar sin rubor literatura de la verdad. El se ríe con Faulkner y Joyce. Con lo que no entienden de Faulkner los analfabetos funcionales mi hermano suele rezar en silencio. Faulkner y Onetti, cuenta. Onetti y Cormac MacCarthy. Dostoiesvki y las brumas de Tolstoi. Proust y la llama de la Duras entre los dedos, y la ilusoria supervivencia de Malcom Lowry, a quien quisimos parecernos hace mucho en nuestras citas alcohólicas ahogadas de palabras.

Tal vez toda mi literatura se la deba a mi hermano.

A ese momento en que aquella monja inhumana del colegio religioso al que íbamos lo paseó clase por clase después de mearse, con apenas cinco años, por todos los pasillos, hasta llegar al aula de su hermano. Y yo vi ese dolor, esa humillación, esa bestialidad disfrazada de piedad, y lloré de rabia. Porque era un niño de ocho años y no supe qué hacer, pero reconocí el verdadero rostro de la crueldad, del horror, del miedo y la venganza en los ojos de esa mujer; la humillación de mi hermano por aquella hija de Dios, por aquel efluvio de bondad religiosa que desde entonces siempre fue la imagen injusta y miserable de la Iglesia oficial todopoderosa ante mí, siempre al lado del poder a lo largo de la historia de este país. Y yo entonces, que no supe reaccionar ni pude gritar, me oriné también, y las risas de mis compañeros no fueron más que el dolor del individuo ante los rebaños domesticados, pero fue un dolor lleno de rabia, lleno de odio hacia lo que representaba esa mujer, a su autoridad en ese lugar.

Fotografía cortesía de Gabriel García

Mi viejo amigo Gabriel, ahora en Paris trabajando tras la crisis que diezmó sus posibilidades aquí, me dijo no hace mucho que los enfrentamientos vienen de lejos, de siglos atrás. Los reconoció Blanco White en el exilio. Goytisolo y Santos Juliá. Un encono que acude desde todos las pasajes de nuestra historia. Desde el franquismo que fue no sólo una dictadura sino una representación radical, no erradicada del todo, de la filosofía de una parte de España que nunca ha dejado de tener el poder ni de reivindicarlo como un derecho y no como una responsabilidad. De aquellos muertos que no han sido enterrados. De todo lo que jamás se ha cumplido ni cerrado en nuestro devenir. Él sabe mucho de esa cosas. Me hace pensar. Como Severine, que estudió nuestro triste destino como país durante siglos hasta sentir un escalofrío. Como esos franceses lúcidos que frecuento en mis viajes y que siempre se asombraron de lo que aquí sucede o sucedió, sea bueno o malo. Veo a Gabriel frente a sus libros, en esas conversaciones que tiene de noche, cuando la ciudad duerme y él se queda a solas en un país extranjero para ganarse la vida en vez de disfrutar de nosotros, de Valencia, de su amante, de su existencia perdida de momento, conversaciones con esos autores que lo miran de reojo y lo acompañan para decirle de donde viene y porqué está en ese agradable apartamento de Paris, tan lejos de su casa.

En esa fotografía se pierde mi mirada y no encuentra ninguna dirección sólida. La de mi pequeño es segura sobre la barra metálica. Mi padre nos vigila a ambos, aguardando sujetarnos con su vejez a cuestas, con sus piernas doloridas y sus ojos azules tan tristes. No hemos olvidado nada o eso espero. Los siglos de la familia flotan en ese cielo, en esas líneas rectas que conforman el cielo, el mar y la arena de la playa. Mateo tal vez busque un navegar más plácido que mis vuelos con caída. Estoy a punto de caerme ante tantos nombre muertos, tantas palabras sin sentido, tantas vidas desaparecidas entre mis dedos, tanta incertidumbre ante el futuro.

Una vez mi hermano nos salvo la vida. Hace muchos años de eso. Esa escena la escribí en Mi hermano de alma. Un momento clave en el que descubrí su enorme fortaleza, no sólo física, sino espiritual. Fue capaz de abandonar el papel del hermano pequeño agazapado en el camal del mayor y se transformó en una especie de ángel vengador, que con una fiereza desconocida, mítica y salvaje, nos salvó a todos, a mí y mis amigos, a esos inocentes que, al contrario que él, no comprendimos hasta que punto al mal hay que combatirlo porque existe. Lo hizo para luego deshacerse, languidecer, desplomarse como un pesado fardo en el suelo días después. Pero en su grandeza de aquella noche aciaga en la que nos defendió de la agresividad y lo imprevisto, encontré siempre una resistencia, una fuerza.

Sé que está, siempre está. En el mismo lugar, con la misma risa.

Se ríe de aquellos hombres que creen avanzar veloces por encima de todo, surcar triunfadores y ufanos el mundo. Lo hace de mí y mis pretensiones huidizas. De las conversaciones ridículas que atrapa al vuelo por doquier, en los cafés y en los bares nocturnos, en los mercados y en los centros comerciales, entre amas de casa insatisfechas y ejecutivos de medio pelo, en las cafeterías elegantes del centro de la ciudad donde se confabulan los grandes negocios o en los bares de barrio obrero, entre los inmigrantes o en las charlas de los paraninfos universitarios. Se ríe de él, de su gravedad y su debilidad, de sus exabruptos románticos, de sus dolorosas profundidades. Se ríe de los ministros y los dirigentes europeos expulsando como marionetas eufemismos que en verdad anuncian el fin de los estados de bienestar. De mis pesares anímicos y mis quebraderos de cabeza. Lo hace con un risa humana, serena, llena de amor. No concibe sino es riendo la ambición sin sentido ni la materia convertida en fin. No es la risa cruel de aquellos que celebran el deterioro y el exterminio, eso no lo puede permitir. Es un ángel humano, grueso y violento, que planea incesante en mi subconsciente para recordarme donde estuve, de dónde vengo, qué lugares fueron importantes, dónde está lo esencial. Es como cuando lee los cuentos completos de Virginia Woolf y es capaz de entresacar la modernidad de su técnica literaria, la profundidad de sus descripciones psicológicas, sus aciertos como narradora, y lo enfrenta sin titubeos, mediante la burla, ante cualquiera de esas malas novelas que todos conocemos. No hay manera de superarle en esa farsa, en ese juego en el que la risa asciende hasta el espíritu y lo llena de inteligencia. Se ríe entre las palabras de Ezra Pound de los libros de autoayuda, baratos prospectos de la banalidad contemporánea. En el gesto rabioso de esos perdedores que nunca lo fueron y a los que siempre defendió.

En una ocasión amamos a la misma mujer, hace mucho tiempo, y yo se la arrebaté por capricho. Durante años no tuvo rencor, pero me ha echado en cara ese gesto más de una vez. El frívolo ángel negro surcaba los mares de su éxito insignificante creyéndolo inmenso e inagotable, pobre iluso, engrandecido, gigante ante ese firmamento de estrellas que pensé duradero e interminable, quitándole el amor para disfrutar de mi ligereza inconsistente entonces. Su gravedad se encontró siempre con cierta tendencia mía a la profusión y a la levedad. Lo curioso es que a simple vista siempre pareció que yo vivía y él contemplaba. Pero no me odió. Ni siquiera en los peores momentos. Siguió amándome incluso cuando lo abandoné, cuando no fui consciente de su dolor.

Luego me callé. Desparecí. Al inicio -y él lo sabe- de toda su demolición humana, toda su grandeza destruida y posteriormente reconstruida a duras penas. Sabe que mi alma, como si fuéramos siameses, es la suya, y viceversa. Mi hijo es su hijo. Mi padre lo es de ambos. Los lugares que yo le relaté, los paraísos y los infiernos que pude contarle, son suyos, como le pertenece la memoria de todas esas mujeres amadas que construyeron mi alegría y que él sólo vio de lejos en su prolongada enfermedad de tristeza, hoy en día libre de nuevo de todas esas tormentas, recuperado y lúcido como un Cristo hablando de amor en los templos de los mercaderes.

Me río de las burlas que puedan hacerle los guerreros de la actividad. Él se ríe con la suavidad de la brisa del mar que acompaña a la fotografía. Sus ojos retratan la absurda comparsa de movimientos incesantes, de estupidez, entre las brumas de la confusión. Hace tiempo que espero algo heroico de él sin comprender que lo que debería hacer es reconocerlo en su grandeza quieta, en su inmóvil contemplación de la existencia.

Su mayor recompensa tal vez ha sido su victoria sobre mí, y no porque esa alegría acuda a través de mi derrota, sino como un premio al presagiar hace mucho la derrota de mi mundo a su pesar. Él tenía razón, incluso ante aquellos que se mofaron de su postración insostenible, de su inmenso corazón.

Un buen día aquella mujer a la que los dos amamos, pero que yo le arrebaté sin piedad, una mujer que yo perdí después, a la que siempre quise volver a ver para decirle cara a cara que lo sentía, que me conoció en una época insensata y que ella valía mucho más de lo que pensé, para decirle que entonces yo no era más que una veleta hinchada de vanidad y viento estéril, volvió a aparecer. No hace mucho de esto, tal vez unos meses antes de que la fotografía en la que fijó a esas tres generaciones que le importan surgiera de sus ojos. Ella le dijo que entonces, hace ya tantos años, se equivocó. No debió haberme elegido a mi sino a él. Tenía razón.

Enciende una lamparilla, con cuidado, como si el interruptor fuera tan delicado que pudiera romperse en caso de apretarlo con fuerza. Obstinado, insiste en esa parsimonia que denota torpeza; abre un cajón, se mueve lento, muy pesado, mientras voy despidiéndome de él, en silencio, contemplando sus gestos, sus movimientos, por última vez, o al menos así lo creo. No volveré, quiero decirle, pero las palabras no salen de mi boca, se ahogan en mi garganta y me limito a observarle con atención. Es como si intuyera que el viaje siguiente va a ser a ninguna parte y que él aceptará la soledad sin más explicaciones, porque en toda su enorme fragilidad existe una dureza rocosa, propia del enfermo mental, una voluntad de hierro que sólo concluirá con la desesperación, algo que ahora veo lejano y que, por el contrario, se me antoja un problema más mío, o de Miguel y Carmen, que suyo. Deja sobre la mesa un grueso álbum de fotografías.

-Ya lo he visto otras veces.- Le digo cortante. Pero él insiste: -Vamos tete, que he organizado las fotos de otra forma-.

Sé que ese es su último intento, y que debió hacer algo parecido con mi padre cuando le dijo que se marchaba. Imagino la escena; Miguel y él en la cocina, mientras oigo como me pide que acerque la silla para poder ver juntos las fotografías, cientos, casi miles, suyas, de toda la familia junta, de sus viejos amigos, en diferentes lugares y momentos de la vida.

-Fíjate en ésta, que cara tenías. Y aquí, mira, que pelos llevaba yo. Mira la mamá, qué guapa, qué joven ¿no crees?

-Muy guapa, Tangofino, muy guapa. Igual que tú.

No se puede tener todo, y yo tuve una familia que se me fue escapando como el agua que fluye por los ríos, resbalando entre los límites del cauce por una ley inexorable. Se le caen las lágrimas y me contagia ese estado de postración a pesar de la entereza con la que yo había planeado esta última visita. Algo me desgarra las entrañas; Miguelón tan joven, al lado de mi madre, que parece llenar de luz la foto y augura la tiniebla de su desaparición.

Toda la dureza de Tangofino va perdiendo fuerza en esa cocina que ilumina con suavidad una lámpara de bombilla blanca, y sólo queda un espeso silencio conforme pasa las páginas, páginas que ha dividido por capítulos y que encabeza con un titulo escrito con rotulador negro, acompañado de unas fechas.

                             LA FELICIDAD DE LAS MARIPOSAS (1984-1987).

-Buenos tiempos ¿Te acuerdas del viaje a la playa? ¿Del restaurante junto al mar donde comíamos sardinas fritas y habas con jamón? Mira Carmen, qué pequeñita, lo mayor que se ha hecho…

Hace mucho que no le oía decirme hermano de ese modo, con ese cariño, y mientras lo dice me pasa la mano por el hombro; no pronuncia esas palabras pero las oigo; no te vayas hermano, no te vayas, no me dejes tú también. Y entonces me señala un capítulo, me avisa antes de pasar la página.

-Ahora viene el mejor de todos, mira, mira como se llama…

                              MI HERMANO DEL ALMA

                                           (1986-1990)

                           * * * * * * * * * * * * * * *

Y sigue vivo. Sigue vivo para esperarme.

Dentro de unos días viajaré hasta donde está, allá perdido en sus lugares elevados y sus actos sociales, para filmar un cortometraje sobre él. Será Mi hermano de alma diez años después de escribir ese relato. Dijo que sí. Mi hermano insiste en que sí mientras sus fotografías siguen inundando de alegría el espacio de mi existencia. Mateo cuenta a todo el mundo que Tito, mi hermano del alma, es el más fuerte. Mi padre sigue buscándolo entre las sombras de su cuarto lleno de humo y música para hallar consuelo. Mamá mira de reojo todas las escenas que hemos vivido juntos y celebra su presencia.

La historia de una familia que le debo a los ojos de Diana y de mi hermano. Tres generaciones, una literatura y un hombre colgado del aire.

El ojo de mi hermano es lo que me retiene. Su voz es el eco de lo que no puede derrotarse.

Una vez me dijo que la escritura debía ser el lugar de la valentía, y él estuvo muchos años sin escribir. Ahora llena cuadernos de palabras sagradas y yo, tal vez, deje de hacerlo.

Cosas de los ángeles.

De los ángeles y de la literatura.


31 replies »

  1. Pues no dejes de derramar palabras por donde pases, Jimarino… Alguien dijo “El silencio ha adornado el mundo, la palabra lo ha incendiado”. Dejé de pensar hace tiempo en esa frase pero nunca la llegué a entender del todo. Lo último que nos van a arrebatar en estos tiempos de expolio serán las palabras: la voz, la escritura, la expresión más directa de nuestro pensamiento, de nuestra memoria… Nuestra libertad.

    • Libusa;
      Ojalá tengas razón.
      La edad en vez de hacerme optismista me deja con una sensación de negrura permanente; eso sí, con sentido del humor. Tus palabras se agradecen y mucho. No están vendiendo por cuatro duros y traspasando el negocio a un grupo de optimistas que creen en la pasta gansa. Eso sí, que no nos arrebaten nuestras palabras, nuestra memoria, nuestra libertad, tienes razón… alguna vez ganaremos, que se preparen…
      Gracias por el comentario.
      Un abrazo muy fuerte

  2. No hay duda de que de ángeles se trata. Sabés bien que lo veo así.
    Este precioso acto de amor a tu hermano y a los tuyos es un regalo para quienes lo leemos. Nos mueve a creer aún en lo mejor que queda dentro del ser humano. O mejor, que aún quedan seres humanos capaces de combinar el sentimiento y el pensamiento más profundo con tanta belleza. Y en el poder de la palabra escrita. Esa foto en que tu hermano sostiene a Mateo con la nobleza de sus enormes manos es sublime.
    Me faltan palabras cuando tengo que comentar junto a tus textos. Que me hayas hecho un lugar en éste lo vivo como un privilegio y una muestra de afecto y generosidad que me guardaré muy dentro.
    Mi abrazo fuerte y agradecido, querido maestro.

    • Mi querida Diana:
      Te debo un correo y esta respuesta. te quise escribir rápidamente pero un virus cabrón me ha dejado sin fuerzas toda la semana.
      Tu comentario me ha emocionado, y mucho. Este ángel negro, como me bautizaste una vez, cree que el regalo no es el texto, sino tus palabras, las de toda la gente que ha escrito aquí y que me ha enviado correos. Mucha gente quiere conocer a mi hermano del alma, así que tenemos que ponernos manos a la obra con el cortometraje antes de finales de mayo. Casi tengo a todo el grupo movilizado. Ya veremos.
      Que no te falten palabras, princesa de Concordia. Este texto os lo debo a mi hermano y a ti. Lo menos que podía hacer era mencionar que todo surgió por una fotografía y un correo tuyo.
      Siempre me acompañas sin conocerte siquiera, y eso es algo maravilloso. Parece que lees entre las líneas que escribo como si hubiésemos pasado media vida juntos.
      En fin, que lo de maestro me hace viejo, sobre todo ahora que estoy hecho una porquería, pero que me anima muchísimo cuando las cosas parecen tan oscuras.
      Celebro tenerte siempre por aquí.
      Un besazo.

  3. No sabía que se podían tomar fotos en el mismo cielo aunque es lo que se respira en el ambiente cuando os veo juntos. Hoy además, nos has hecho partícipes del privilegio de sentir este fuerte abrazo en cada letra como tan bien sabes hacer, escribiendo con el alma en la punta de los dedos.
    Un abrazo fuerte y amplio, como vuestro cariño.

    • Mi querida Neus;
      Igual, a ese hermano que hace fotos de ángeles lo tienes ahora por las sierras de Teruel que tanto queremos, planeando sus sueños imposibles. Es increíble como resiste el tío a pesar de lo que ve y lo que oye, y con una sonrisa, y con una lucidez de esas llenas de luz. Me alegra mucho que el texto te gustase, que haya podido hacerte partícipe de esta familia tremenda que formamos.
      Mil gracias por tus palabras

    • Gracias de nuevo Olvido, por esos versos que son esa fotografía y este texto. Que el abrazo detenido sea imagen eterna. Lo recibo y me lo quedo emocionado.
      Un montón de besos.

  4. Vengo de la mano de Diana H a la cual admiro por su escritura.
    Un texto muy hermoso y lleno de amor a los tuyos. Además tu escritura tiene calidad.
    Las fotografías responden muy bien al contenido del texto.
    Un placer leerte.
    Un abrazo!!

  5. Aguardando a que volvieras, la casualidad te encuentra.
    El viernes tuve una charla con un profesor en la universidad que me habló de Los perros de la lluvia. Nos reímos a gusto del pecado común de seguir tus textos en la red. No sé que hay en todo lo que haces que posee esa sinceridad, esa trascendencia que lo convierte en necesario en cuanto uno se toma la molestia de leerte con calma. Me dijo que hacia tiempo que no leía una prosa como la tuya y que tenía una enorme curiosidad por saber quién eras en verdad.
    Al leer esta mañana el texto he pensando en él y en mí. Nos pasamos media vida husmeando líneas memorables en libros literarios, y a veces no nos damos cuenta de que lo bueno está mucho más cerca de lo que creemos.
    La sensación vuelve a ser de plenitud, de facilidad, de engaño consentido, de literatura hecha con mayúsculas. Todo lo que tocas se convierte en literatura hermosa y deslumbrante.
    La historia de tu hermano conmovedora, maravillosa, pero lo importante no es en sí mismo su historia, sino el extraordinario modo en que escribes sobre él, las emociones que se extienden hasta hacerlo todo cercano, emocionante y admirable.
    Una vez más me he sentido al otro lado del espejo, contemplando esas fotografías, oyendo el rumor de tu voz de fondo, viendo a tu hermano, notando su respiración, contemplando sus ojos. Es como si ya formara parte de todo ello.
    Eso se puede decir de muy pocos textos.

    Por cierto, maravillosos libros los que figuran en la estantería de tu amigo.

    Y es verdad, “este país no cambiara jamás”.

    Un abrazo.

    • Mi querido Carlos;
      ¿Qué hecho yo para merecerte? Llevas años por aquí y no nos hemos visto en la vida. Llevas años animando, comentando, siendo atinado, compartiendo conmigo este viaje literario. Tus correos suelen ser siempre alegrías lúcidas llenas de sabiduría, tus comentarios no dejan de provocarme asombro y entusiasmo.
      Malo si en la universidad comienza a hablar de mí.
      Sobre la historia de mi hermano la verdad es que no tiene merito. Cuando un tipo es grande, lo es a pesar de todo lo que le rodea. Es fácil respirar su grandeza, sus ecos, su enorme humanidad reflejada en la fotografía que me envío. Tengo mil historias de su envergadura.
      Celebro que te guste el texto. Viviendo de ti me produce aún más satisfacción.
      Nada, que me alegro profundamente de que haya podido inmiscuirte en este culebrón generacional lleno de de luz.
      Los libros son mérito de mi querido amigo Gabriel. la foto es un regalo que me envío después de una maravillosa conversación con cervezas en un atardecer de marzo. Buen lector, como lo suelen ser los buenos arquitectos.
      Triste que tengamos que decir eso de que este país no cambiará jamás. Casi acabo por creerlo después de escribirlo y leerlo en tu comentario.
      Un abrazo muy muy fuerte y mucho ánimo.
      Hasta pronto.

  6. Uno de los textos más hermosos que he leído últimamente,amigo. Aquí está todo;el recuerdo,la imagen,las generaciones,la literatura y esa emoción que transmite tu arte literario.Cosas de escritores como ángeles.

    Un fuerte abrazo.

    • Querido Francisco;
      Te agradezco profundamente el comentario. Mientras comienzo a comprar libros de J.G.Ballard por tu mediación tus palabras me llenan de ánimo.
      Este ángel está un poco ahumado y vírico, tiene ya la cabeza con más canas que cabellos negros y padece de insomnio, pero aún así no dejará de reconocer hermanos aunque sea en la distancia de la red. Un día tenemos que montar algo juntos, coño. Que el panorama se avinagra y aún podemos hacer algo grande.
      Ya veremos.
      Como siempre un placer inmenso tenerte aquí a mi lado.
      Que siga eternamente tu Tiempo ganado.
      Un abrazo.

  7. El viaje hasta éste tu lugar empieza en las palabras de Diana y, heme aquí detenida en la belleza de tus líneas , estremecida con cada una de tus palabras.
    Cuánto me gusta llegar a los rincones en donde lo que se dice nace del alma, frases vestidas de inocencia que crecen e hilvanan retales de vidas
    Un texto para deleitarse

    • Beatriz;
      Bienvenida a los Perros de la lluvia. Te agradezco la lectura del texto, que comienza con mi hermano y con un hermoso correo de Diana, que siempre me comprende, siempre me mira con esa dulzura que debe tener, con esos ojos que me contemplan y aunque no se lo crea me salvan del naufragio muchas veces.
      Me has dejado un hermoso comentario. En el fondo es la única premisa que debería buscar un escritor.
      Mil gracias por tus palabras.
      Espero volver a verte por aquí pronto.

  8. Vi a su padre en la fotografía que ofrenda usted gracias a la lente de su hermano y llegó a mi la sensación de un raro, encantado privilegio de pertenecer a la cofradía, oasis (no espejismo) que encuentra el viajero que se adentra en sus Perros de la lluvia. Pienso que sus lectores, amigo jimarino, tambièn somos “esos perros mojados huyendo de la vida o abrazándola sin protecciòn”. Vi a su padre, digo, a su hijo, a usted mismo con “la tensiòn ante un futuro oscuro” , el mar allà al fondo ensemismado en su sagrado silencio, y a su hermano detràs de la lente y no pude evitar —de vez en cuando los milagros, de vez en cuando la estètica produce carambolas de entraña— pensar, recordar, a mi propio padre, mis dos pequeños hijos, mis hermanos…La imagen de su hermano, mi hermano, plasma con el don de la belleza la tristeza crònica y estètica de los perdedores que no son tal, rechazan a coro el analfabetismo espiritual, buscan esa palabra que tanto hurgó nuestro amigo en comun, Malcom Lowry, perdedores, insisto, que han de salvarse, creo, siento, por “la literatura de la verdad”. Y como sus Perros de la lluvia los distingue la generosidad déjeme desgranar aquì un poema que escribi a mi padre, fallecido recièn, déjeme seguir recordándolo, no quiero, no puedo olvidarlo aunque ya no pueda sostener sus aspavientos alados.

    PÀJAROS DE LA MAR

    ¿Cuándo volveré a mirarnos desnudos padre
    para desatar aquel vuelo de los pájaros?
    Ninguna metáfora. Voy de tu mano, olas rugiendo
    en la playa primera y nuestra desnudez aún sin
    oler el miedo, eso recuerdo.

    • Gildardo;
      El poema tan hermoso a tu padre que me has dejado vale el esfuerzo de haber escrito el post, me colma de satisfacción. Hermoso y lleno de fuerza, que además me ha hecho pensar en mí como padre. En esos baños que, cuando llego intoxicado de mierda por lo que sucede en éste país, por lo que se oye y lo que se ve, me doy con mi pequeño de tres años. Mateo adora esa desnudez de los dos en el agua, esos juegos con burbujas, la espuma abundante, y me hace olvidar muchas de las cosas que dices aquí, en tu bello comentario.
      Suscribo todo. La mirada de mi hermano ese esa. No podría dedicarte una bienvenida más caluroso teniendo en cuenta la cercanía de tus palabras. Hacen que siga teniendo sentido escribir y escribir, aquí o en los sitios en los que me dejan y puedo.
      Bienvenido de nuevo y mil gracias pro tus palabras y ese maravilloso poema
      Espero verte pronto, cada vez que me asome a esta pantalla oscura de perro mojados.
      Un abrazo.

  9. Hace días que vi tu texto, pero no me animé a leerlo. No estaba preparado y quería tener todos mis sentidos en disposición para hacerlo. Debería decir purificado, pero la palabra tiene una connotación sagrada y, bien sabes querido Jimarino, que lo sagrado ha sido privatizada por la vanalidad eclesiástica y se vierte como la chirle consistencia de una purga ritual. Sin embargo, es así, purificado, en el original sentido de la palabra, como uno debe leer aquello que sale del alma y, a fuer de parecer exagerado, todos tus escritos tienen o parecer tener esta procedencia.
    No hay aquí sólo talento, cultura y habilidad literarios, sino también, y fundamentalmente, pasión, honestidad, sinceridad; no hay un juego metaliterario sino una exquisita reflexión sobre el acontecer existencial de una persona transido por el amor a los suyos detrás de quienes es posible vislumbrar y sentir ese amor al prójimo tal como lo concebía aquél que «habló de amor a los mercaderes en el templo» antes de expulsarlos a golpes, que es como hay que expulsar a quienes malversan la vida y la felicidad de las personas para acumular riquezas que ni ellos ni sus hijos ni los hijos de sus hijos podrán gastar nunca.
    Querido amigo no voy a felicitarse por este escrito, sólo voy a decirte que comulgo contigo.

    • Merci Antonio; como siempre;
      Tus comentarios no son comentarios, son otra cosa. Te debo un correo tras la fascinación que me han provocado tu libro Conjeturas acerca del tiempo, el amor y otras apariencias. Atacaré el otro cuando termine de reponerme de la atenta lectura. Me han dado ganas de dialogar modestamente contigo. .
      Hace años que descubrí que yo no era poeta, que a lo sumo podía entresacar algún poema hermoso cada cinco o seis años. Lo peor es que cuando te leo tengo ganas de volver a escribir poesía. Parece tan fácil y es tan difícil, tan hermosa sentirla como la he sentido leyéndote, tan esencial, tan como aquella Vida de poetas de mi viejo amigo Jesús, pero encima con esa pátina de sabiduría que hace que la poesía grande sea algo más, tal vez rezo sin vanidad eclesiastica, sagrado vínculo con lo primigenio del lenguaje y sus sombras y libertades.
      Leerte con calma este mes, leer algunos poemas que a mi pequeño Mateo le encantan (el de la playa, el niño y el soldado me lo pide cada dos por tres fascinado por las imágenes) has sido un modo de comprenderte mejor, de saber porqué como dices comulgas conmigo. Reconocer definitivamente que me encuentro ante uno de los mejores poetas en lengua española vivos. Me quito el sombrero.

      Este texto, como el cuento al que se refiere, salió del alma, es verdad. Del dolor de mi hermano antiguo. de su extraña grandeza. Suscribo y comulgo con todo lo que dices, tal vez por eso sea en el fondo tan evidente ¿Porqué acumular más? ¿Que se puede comprar a partir de cierto momento? ¿Por qué cojones quieren que todos ambicionemos lo mismo para luego quedar huérfanos, con la miel en los labios? Cuantos desgraciados veo por mi trabajo día a día queriendo ser ellos. Y cuanto desprecio de ellos por todos nosotros, por esa inmensa mayoría que las vemos caer encima con una sonrisa de medio lado.

      En fin. Deberías conocer a mi hermano. Esa risa humana que tiene dejaría a Rato sin eco ni sin el millón que cobrará por hundir una entidad bancaria y dimitir. El pastel se lo están repartiendo a una velocidad asombrosa, maestro.
      Te agradezco como siempre profundamente estas palabras que me dejas. Son siempre un aliento y una alegría tremenda. Me empujan a pesar de la falta de tiempo, a pesar de los problemas y esta tristeza que nunca se me va del todo.
      Un abrazo muy muy fuerte.

  10. Estimado Jimarino. Tus textos me han parecido a menudo magníficos y así te lo he denotado sin ambages ni circunloquios (apenas los pocos e irrisorios lusdismos verbales que se me antojan y, estos, siempre en aras de un divertimento inocente) Fueron comentarios loables de textos que me parecieron estimables y esa impresión de mi impresión fue la que traté de trasladarte pues creo, tal y como aprendí leyendo un azucarillo de café hace poco que ‘quien regatea un halago se queda con algo que no es suyo’.
    Pues bien, espero que mi sinceridad pretérita me ayude a conseguir tu perdón presente pues, en aras de esa misma sinceridad aludida, debo decirte que este post me ha gustado menos. Lo encuentro confianzudo en lo familiiar y algo edulcorado en demasía aunque con iguales y admirables logros en tu verbo florido si bien turolense.

    • No pasa nada, Fran.
      Te agradezco de nuevo el comentario y el esfuerzo por leer el texto. No podemos gustar a todo el mundo y mucho menos todo el tiempo. De todas formas tal vez sea un texto que a mi juicio es justo lo contrario a lo que dices. Tres generaciones es un homenaje en efecto a mi hermano, pero el sentido va mucho más allá de una edulcorada representación de mi familia o una loa gratuita, o por lo menos esa fue mi intención el escribirlo.
      Espero que cuando filmemos el cortometraje como tenemos previsto, y si sale algo digno, así lo creo, y veas quien es mi hermano del alma, seguramente olvidarás lo del azucarillo. Tiene mucha mala leche mi brother, y es la antítesis de los miembros de las familias felices: noble y hermoso, sí, pero borde, ácido, depresivo, triste y alado como un Dios del antiguo testamento. Y siempre lúcido. No he añadido creo ni una sola característica de él que no sea cierta.
      Me quedo con el hermoso poema de Gildardo. Porque su recuerdo de la paternidad es el eco que quise darle a esta breve historia. Porque esta saga familiar es en el fondo la historia de España que tuvo pocos años felices en medio de de los siglos, años felices que se pierden por el sumidero en pocos meses, y esa fue la intención del post. Eso sí, a través de unos ojos hermosos como los de mi hermano que hicieron esa fotografía una mañana soleada de marzo. Y esa es mi familia, no he podido escribirlo de otro modo, con más sinceridad o mayor honestidad.
      Un abrazo y hasta otra.
      Merci por participar como siempre en estos lugares.

      • Coño!! jimarino. Yo esperaba que te moslestases siquiera un poquito, pero no hay manera. Soy de Valencia con lo es perfectamente posible que nos hayamos visto y puede que todos los días nos crucemos y hasta puede que yo sea un superior tuyo en tu empresa jajaja. Eso sí, tu constestación me ha parecido un post digno de ser impreso en pan de oro y letras de molde.

        A ver si al final rodais otro “Desencanto” sería estupendo. Saludo a tu buen juego de cintura y a tu buen fajar guantazos.

      • Querido Fran;
        Mi cintura es de seda, boxeo con dos pies alados y un juego de cuello divino; cuando me pegan reboto como una peonza en rodamiento -mi don es la insistencia y el amor-, así que tu segundo asalto es hermoso, querido Fran, es hermoso porque es fácil desenmascarar tu ceño fruncido, queda revelado el humor, que sabes que es don de la inteligencia. Eso sí, me has dejado buen sabor de boca ahora; el aire chistoso te favorece.

        ¿De Valencia? Menuda ciudad en la que vivimos, pero siempre queda gentes de bien, como en todas partes. ¿No serás fallero, espero? Eso sí, querido amigo, ten cuidado no sea yo tu jefe, que mi empresa es muy muy grande.

        Un abrazo contento y como siempre hasta pronto.
        Me va la marcha.

        Ojalas nos acerquemos aunque sea a los pies del Desencanto. Eso sí, será un documental menos escabroso y con mucho mucho humor, eso te lo aseguro.
        Hasta pronto.
        Como siempre un gusto tenerte por aquñi.

    • Querido Juan;

      Sin haber estado nunca en tu mítica librería, pude imaginarla muchas veces. Lástima la pérdida, pero por lo que veo te recuperas. En cuanto tenga un rato me colaré en ese correo de reserva. Curiosidad por tu libro y por tus palabras, por ese hermoso modo de mantener la palabra cultura en este universos sin sonido, hecho de ruido.
      Gracias una vez más por estar aquí, en Los perros de la lluvia.
      ¡Reeditaron Bodas en casa!
      Un abrazo

  11. “Mi hermano del alma” arranca en el 86, cuando yo nací, y acaba en el 90, cuado nació mi hermano. Hoy precisamente es su cumpleaños. Cumple veintidós. Le he escrito un pequeño texto en el que le hablo de mis veintidós. Le hablo desde esos cuatro años de más que yo tengo y que, por tenerlos, nunca me han hecho sentir más experta que su sonrisa. Cuando yo tuve veintidós años, mi hermano me enseñó muchas cosas, mi hermano me salvó de unas cuantas. Si me pusiera a escribir en serio sobre ello, me saldría mi propio “hermano del alma” que, como tú, escondería. El texto de cumpleaños va acompañado de una foto. Salimos los dos, él con su flauta travesera, yo con mi violonchelo. Nos reímos de lo lindo. Yo me siento segura en esa imagen, él, sin embargo, tiene la cara de hermano menor que nunca ha aparantado ser a los ojos de nadie. Hay algo en la relación que me une a él que nunca he sabido explicarme con palabras, algo que siempre he dejado en las manos indecibles de la música que tanto nos ha ofrecido a ambos. Ahora que te he leído, lo entiedo mucho mejor:
    “El ojo de mi hermano es lo que me retiene. Su voz es el eco de lo que no puede derrotarse.”
    Leerte me conmueve siempre, Jimarino, pero hoy ha sido el colmo…
    Un abrazo inmenso.

    • Mi querida (*
      Siento de verdad el retraso, pero ando enfrascado después de mucho tiempo sin hacerlo en la corrección final de una novela que me está agotando, que me agarra por la garganta y no me deja escribir otra cosa. Es como traicionar algo sagrado, y no puedo. Vivo en ella desde marzo del año pasado y creo que ya está, lista, preparada para salir de mí, y después de tantos años postergando esa historia que me costó cinco comenzar, porque no hallaba el modo, la distancia, la forma de hacerlo, respiro, o por lo menos me libero.
      Me emocionó que mi pequeño homenaje a mi hermano te hiciera pensar en el tuyo. No es fácil tener hermanos hermosos, llenos de sentido y de cercanía. Tal vez tú seas así porque tienes un hermano que como el mío respira a nuestro lado, o quizá respire a tu lado porque eres un ser humano tan bello y sensible, o al menos es lo que siempre percibo en tus palabras sin conocerte. Me encantaría echarle un vistazo a esa fotografía y leer tu regalo de cumpleaños, o que tu hubieses visto la cara del mío cuando leyó el texto, cuando vio su fotografía encabezando Mi hermano de alma, o al final, con mi pequeño mateo encerrado en su corpachón.
      Tu emoción es la mía. Me sigue produciendo una alegría inmensa que te cueles después de tanto tiempo en Los perros de la lluvia y me dejes tus pequeñas hojas de hermosa literatura.
      Eres como un rostro desconocido para el que escribo. Y coincidimos, casi siempre, en tus versos delicados y profundos, en mis pequeños exabruptos en prosa, y eso reconforta, y uno siente menos esta soledad de vivir.
      Un beso muy muy fuerte.
      Hasta pronto.

  12. La misma tarde del día que me expulsaron de la tribu me di cuenta de que entre algunos de mis compañeros de viaje había una cadena de afectos. Blanco White, Vicente Llorens, Juan Goytisolo. Los tres fueron expulsados de la tribu.
    Primero musulmanes, después judíos y cuando en virtud de una anoréxica unidad de pensamiento resultó obsceno deshacerse de una cultura entera le tocó el turno a los individuos.
    Hacia 1812 el país quedó huérfano de alguien con más de dos neuronas que pudiera ocuparse de él. La mayoría salió por el Puerto de Cádiz rumbo al barrio londinense de Somers Town, Blanco White entre ellos. A finales de los años treinta del pasado siglo, una riña infantil, devastadora y ridícula, todavía no resuelta, expulsó a Vicente Llorens hacia ‘outremer’ tras una breve estancia en Paris. Juan Goytisolo, pocos años más tarde, acuciado por la asfixia del nacionalcatolicismo ya cómodamente instalado a mediados de los cincuenta, es expulsado a Paris. Y aquí sigue éste, portada con contraportada con Blanco y con Llorens, quien les presentó hace años. Juan, a su vez me habló de ellos un sábado por la mañana. Ahora compartimos un apartamento de veinte metros cuadrados en el número cuatro de la Avenue des Arts.
    De nuevo están vaciando el país, y como otras veces en el pasado quedan más expulsados dentro que fuera.
    Es largo de contar, claro, pero el único rescate posible es la educación.

    Y tu haz lo que quieras, Jimarino, pero no vas a dejar de escribir. (Vaya, esto ha quedado un poco bíblico, no te lo tomes a mal.)

    Besos, gracias por este texto tan grande.

    • Querido Gabriel,

      Siento la tardanza pero es que ando carcomido por la novela. ¡Está acabada, a punto de que mis dos lectores de siempre me la destruyan para dejarla lista! Se acaba la obsesión aunque ha tardado más de la cuenta, te dije que en marzo o en abril,y al final sera junio o julio, pero bueno. Alegría saber que vienes en unas semanas, que me hayas concedido esa fotografía que luce tan hermosa y coquetuela en mi blog, o las ideas que intercambiamos en tu última visita, tan útiles para mí, para este texto y para varias ideas a las que le doy vueltas. Tus comentarios sobre los exiliados me dieron la imagen más precisa de éste país. El poder conservador siempre tuvo el poder, y lo ejerció como un derecho, jamás como una responsabilidad, y lo triste es que no haya un derecha moderna que cambie ese aire de siglos, y que obligue, sea por una razón o por otra, al exilio a aquellos que intentaron cambiar algo en este país. Hace falta una oración laica por el futuro, porque de verdad la democracia se instale en ciertos resortes antiguos que siguen alimentando a esa parte de España, que haya un funeral por esa lista brillante de exiliados que me comentaste, por los muertos, un cierre, un luto reconocido, y empezar de cero de verdad, sin acritud ni temblores. Tal vez ni tu ni yo lo veamos, pero insistiremos. Merecemos un destino mejor como país, coño. Apenas un puñado de experimentos políticos e intelectuales han sido suficiente para modificar algunas cosas, para respirar aquí y tener esa ilusión que a los dos nos asomó a los ojos esa última noche de cervecitas, Imaginaté si fuera un proceso de años, que dure, que tenga continuidad.
      Me debes un texto largo sobre esas teorías brillantes del exilio que entremezclas con tu amigo Juan, brother.
      La educación, es verdad, pero habrá que gritárselo a personas como Esperanza Aguirre, para quienes la educación es de nuevo un derecho de ricos y no una responsabilidad para todo un país.
      Mil gracias por los ánimos. Por el texto de Michon -Por cierto estoy ahora con El origen del mundo, ¡por Dios-. Por tu comentario que me emociona, por la cita próxima, porque estás por allí y por aquí.
      Mi querido exiliado… ¡te espero!!!!!!!
      Hasta pronto.

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