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Vida de poetas-El bosco

Flaca y de hermosos ojos negros, Blanca guiña un ojo ante el retrato de Julio Cortázar reflejado en mi rostro. De un modo parecido conocí a Jesús, a su hermano, sobre el césped de Blasco Ibáñez, la facultad de Ciencias económicas y empresariales a mi espalda y la de Psicología enfrente, bajo un sol agradable de primavera, con los cuentos completos de Cortázar zumbando en el aire. Escapaba de un examen incómodo, de una tensión nerviosa que alimentaba la ansiedad y el desconcierto. Me sentía lleno de desamor y confusión, sumido en un agudo periodo de renuncias. Blanca siempre llegó después, como un presagio que oscilaba en torno a la serpiente, oscuridad tras la blanca nobleza del hermano mayor, aunque se asemejaban. Ella era más hermosa y menos accesible.

La Facultad de Ciencias Económicas sigue oscilando en ese destino improbable en el que me equivoqué, porque yo estaba con Cortázar y Borges entonces, y aquellas palabras tuvieron que haber alumbrado otro camino mejor, y no me refiero sólo a mí, sino para el mundo. Qué lumbreras económicas alientan el universo, qué ojos más agudos avistaron todo lo que sucedería, qué soluciones más brillantes observamos envueltas en trajes Armani, maletas de Vouitton y chaquetas de Dior allá por los templos del mundo contemporáneo. Ellos no son los sabios de este mundo aunque lo parezcan, eso es algo que no deberíamos olvidar jamás.

El camino de Blanca y su hermano Jesús tampoco fue demasiado ejemplar a simple vista: los dos están muertos. A Jesús le dediqué dos poemas y una vez más, después de su muerte, representamos en su honor Los arrancacorazones, una obra de teatro exterminada, perdida, de la que siento pánico incluso con sólo referirme a ella. La escribimos a dos manos en un mugriento piso del Carmen en el año noventa y tres, a pocos metros del estudio en el que mi querida Amparo copulaba con su viejo pintor por esas fechas, nada importante ahora: hoy el tipo será un cincuentón envejecido prematuramente, con barba blanca y calvo como una bola de billar, y no creo que haya llegado a convertirse en Picasso -tampoco yo parezco Tolstoi-, y seguramente hace mucho que no ve a Amparo, ni la toca, y el tiempo lo cura todo y hace años que me trae sin cuidado su destino. Sin embargo queda rencor en los sentimientos traicionados, en lo que no terminó de morir de forma natural, aunque la importancia en el presente sea ridícula y nos resulte indiferente el destino de los implicados. Pero el sentimiento perdura sin rostro, se transforma en un ronroneo vulgar, en una carcajada exagerada, a veces en un exabrupto, y misteriosamente sigue doliendo. Aprendimos algo cuya esencia no podemos olvidar. Como llamar ciencia a la Economía y ver a los ministros del ECOFIN alardeando como gallos soluciones de rigor impecable que, sin embargo, no llevan a ninguna parte. Hoy toda Europa está en recesión mientras Alemania esboza esa mueca de triunfo, esa expresión indiferente de granjera empecinada, tozuda y austera, que comienza a dirigir un corral que se asemeja al espacio de una película de terror para nosotros, con los rostros contraídos y una sed insostenible.

A Jesús y a Blanca los arrastró el tiempo, como a nosotros nos arrastrará el poder en los próximos años. Un poder sin rostro ni alma ni nombres, gestionado por un puñado de peleles que representan con su solemnidad ridícula una sinfonía del futuro tan negra que me asusta ver a mi hijo crecer.

A ellos, a Jesús y a Blanca, ya no los puedo ver salvo cuando releo los cuentos de Cortázar, llenos de anotaciones y la memoria de entonces. Y no puedo hacerlo demasiado tiempo porque me duele, porque ver esas pocas fotografías que guardo me destruye.

A estas alturas las razones de la supervivencia siguen siendo hermosas, se anteponen sin duda al declive general de cuanto veo, de cuanto oigo, a la tristeza de un país dividido, con un Juez probablemente condenado por razones judiciales, pero juzgado de ese modo por la apisonadora política de un partido y unos intereses que, estén o no estén gobernando, dominan el cotarro. Y tantos ciegos aplauden, y tantos voceros lanzan sus consignas. Ni siquiera fueron capaces de condenar una autarquía que nos maniató durante cuarenta años al atraso y al autismo, a la corrupción. La corrupción no llegó con la democracia, sino desde la historia de España, agudizada por décadas de dictadura construida a base de insectos parasitarios. La indignación da paso a un especie de construcción de un héroe que tal vez no merezca ese apelativo, pero la metáfora siempre fue poderosa, eso es algo que el poder nunca comprendió del todo a pesar de dominar durante siglos nuestros destinos. Cada retroceso en sus privilegios se dio por una metáfora creada a gritos para las masas, misteriosamente asimilada por todos. Sólo me falta confiar en las masas aunque sea tan difícil.

Hoy en día -tal vez nunca pero hoy menos-, las multitudes no se parecen en nada a aquel poeta kamikaze, huérfano de padre y madre, diez años mayor que yo, que desde los diecisiete años tuvo que mantenerse a flote y cuidar de una hermana pequeña. Uno se hace poeta por diferentes razones, incluso deja de serlo temporalmente, y vuelve a recuperar el brío por motivos inaccesibles. Esto se lo susurraría a varias sirenas que conocí. Un poeta viene y va, se deshace y se reconstruye, vomita y desaparece, se esconde y aparece cuando uno menos lo espera, a veces en la vida y otras en la prosa, en un informe médico o profesional, en un argumento legal, pero nunca se es poeta por voluntad propia, como mucho uno se esfuerza en ser corrector de poesía o afilador de poemas, nunca poeta, que se asemeja más aun estado de ánimo, a un spleen ante la existencia o a una iluminación pasajera, a una emoción hecha de palabras esenciales que acuden inesperadamente. Observando el panorama general a veces parece que ser poeta es una cuestión de vanidad, pero no debemos hacer caso al presente. Hay que dirigirse al futuro. Esos poetas oficiales se irán deshaciendo con los años, quedarán muy pocos, y si existe un futuro posible no está ni estará jamás en ellos.

Jesús fue poeta por necesidad que no es poco, o al menos es lo que solía decirme. Por la misma razón yo leí por necesidad, y escribo y escribiré porque el impulso de hacerlo siempre fue mayor que el de no hacerlo, incluso a pesar de la existencia presente o del desánimo que a menudo me envuelve. Tres meses sin estar aquí, en esta página que se llamó Los perros de la lluvia en honor a un tiempo exterminado. Tres meses en los que el tiempo ha ido transcurriendo y he pensando en escribir muchas cosas, y he escrito otras y me he ido de viaje y he sufrido y he amado de nuevo y mi hijo crece y el mundo se vuelve loco y a un señor que hizo lo que en cualquier país europeo se había hecho muchas décadas atrás, condenar una dictadura que no fue blanda, sino terrible y duró cuarenta años, o que se pasó de la raya investigando la red de corrupción más grande de la democracia española, impensable en Alemania, en Dinamarca o Suecia, tanto por el montante de dinero sisado y el número de personas implicadas -desgraciadamente muchos de ellos no serán ni siquiera juzgados- lo inhabilitan once años.

No tengo ninguna simpatía personal por el Sr. Garzón, pero su persecución política me aterra. Tal vez de su martirio nazca esa metáfora necesaria, esa es la esperanza frente a muchas cosas, incluida esa reforma laboral que nos hace retroceder muchas décadas, que nos sitúa en un estadio de media esclavitud teniendo en cuenta la situación real del mercado de trabajo español. No se prima la creación de empleo, sino la facilidad en el despido y la insistencia en el desequilibrio, y se argumenta que será útil para los reajustes empresariales (de nuevo un eufemismo que expresa la legalidad absoluta de la reducción de costes basados en el empleo, no en el incremento de productividad necesario que implica a todas las partes del proceso económico) y para evitar el absentismo laboral (para generar el miedo que nos acerque a la inclinación, a la mediocridad, al sí señor y a la delación del igual), que degrada el trabajo y lo convierte en una especie de mendicidad mal pagada y forzosa, y que contradice numerosos estudios económicos recientes sobre la rigidez del mercado laboral español, anunciándose a su vez con un impacto inmediato -hasta el 2013 los más optimistas- negativo. Pero dicen que es por los parados y por el futuro de este país.

Jesús nació para mí aquella tarde de primavera soleada en la que en una terraza comenzamos a hablar de literatura. Tras las dos horas de charla ininterrumpida me dijo que haberse encontrado por casualidad conmigo, leyendo tumbado en el césped de Blasco Ibañez un libro de Julio Cortázar, le había parecido una señal poderosa para anunciar algo. Creía en esas cosas, en esos misterios que la novela y el cuento siempre albergaron como si supieran de la vida más que nosotros mismos, eso que se olvida cuando nos parece que toda la realidad es única y la expresa el señor De Guindos o la señora Merkel.

Me cuentan que en una población griega un grupo de ciudadanos ha tomado un hospital y lo han declarado de su propiedad. Soy pesimista, pero hay gestos que incendian el optimismo enseguida, porque poseen esa fuerza que provocó que a mediados del siglo XIX los grupos políticos obreros comenzaran a reivindicar sus derechos y a exigir su entrada en los parlamentos. La lucha de todos esos hombres y mujeres durante décadas provocaron un hálito de dignidad en las masas europeas, en las condiciones de trabajo, en el destino de los pueblos, y junto con los terribles desastres de la primera y la segunda guerra mundial y el miedo patológico del poder occidental al comunismo soviético, se produjo en Europa la mayor concentración de integración y bienestar social habido y por haber en la historia de la humanidad. Europa brilló como lugar de los derechos humanos y la integración a pesar de los defectos que podamos encontrarle a cualquier régimen. Hoy me parecen logros soberanos, y esas batallas que nos concedieron a todos nosotros la posibilidad hasta ahora de construir vidas más o menos dignas es la respuesta de este presente al futuro, y nació de un puñado de metáforas sobre la justicia y la libertad.

Un grupo de jóvenes de mi ciudad -una ciudad somnolienta y banal en vista de lo que aquí ha sucedido y el resultado y las tibias reacciones civiles ante semejante expolio- se acercan a la calle Colón, símbolo de la opulencia comercial y burguesa de la ciudad, y se enfrentan a la brutal policía y a la delegada del gobierno enarbolando libros. Cuidado. Tenemos libros. Aún oigo las voces de todos esos que repiten lo que oyen, que todos son perroflautas y antisistema violentos. Que salen a la calle manipulados. Se sale a la calle porque nos da la gana, porque no protestamos ante la derechos que ganan unos libremente sino ante la reducción bestial de derechos de la ciudadanía, los trabajadores y todas las clases sociales que no pintamos nada en esta sociedad, la inmensa mayoría voten a quien voten. Por eso salimos. Por eso salen. Porque la apisonadora política no puede tener respuesta en el parlamento ante su mayoría. Porque por lo menos ante el deterioro y la injusticia podremos expresar el desacuerdo en la calle o donde nos apetezca. Cuidado. Tenemos libros. Es hermoso aunque puede que no trascienda. Poesía y literatura, como me dijo Jesús el día que me citó en su casa la tarde siguiente a nuestro primer encuentro para comenzar a escribir algo juntos, nada que ver con la forma de desprestigio que a veces se entrelaza por culpa de algunos y con razón a esas palabras. Sabía mucho de letras, y precisamente fue él, el poeta de mi generación, sobre todo cuando miro el sombrío panorama de vendedores de humo e imagen, de amiguetes cogidos de la mano odiando al otro, de abominables desiertos silenciosos, el deterioro general de la cultura y el espíritu, la suave cadencia de los días desaparecidos.

Cuanto más sabemos más terrible parece el mundo, tal vez por eso hay tantos optimistas natos. Me acuerdo de mucha gente, cada vez más, como si los fantasmas del tiempo empezaran a anunciar un declive. Entonces no comprendía del todo en qué consistía la consciente decadencia de Jesús, la pendiente afilada y destructiva que remitía a cada una de sus genialidades. Guardo poemas suyos, demasiado pocos, apenas una docena, tan extraordinarios desde hace años, que al releerlos me duele algo, pero son poemas que me obligó a destruir y a silenciar. No puede existir una poesía más que la del instante, la que provoca ese arrebato, ese vértigo, esa construcción del presente. Los poetas pueden llegar a creer que lo que construyen es sólido como las columnas de los templos, pero basta que una generación cambie de palabras para que esa realidad quede convertida en polvo inasible e incomprensible. Tal vez presto mucha más atención desde que conocí a Jesús a los poetas que buscan esa palabra primigenia y eterna que flota para siempre en el inconsciente colectivo, que aletea en cualquier identidad, comprensible a pesar de su extrema dificultad de ser fijada. Esa poesía que sólo leen unos pocos, los guardianes de una larga tradición; una tribu extraña, construida de viejos mitos que ya no importan y sin embargo son esenciales.

Jesús poseía ese aliento. Podía haber escrito como entonces otros exitosos autores de nuestra generación un aliento poético de sexo drogas y rock and roll, pero prefirió buscar otras palabras. Quedaron selladas pero de alguna forma las guardé. Como me sucede ahora, cuando no tengo nada que contar tan a menudo, cuando el silencio terrible se instala entre mí y la hoja en blanco, cuando creo que es mejor no hacerlo -preferiría no hacerlo-, no ponerme a teclear o a alzar el bolígrafo sobre la fina lámina de celulosa para construir las letras, y entonces pienso en él.

¿Cómo traicionarlo? No puedo.

Un día mi querido amigo y extraordinario poeta Antonio Tello me contestó a un correo desolador que le escribí que la obligación del escritor era ética -con toda la hermosa y libre ambigüedad de la palabra ética-, generar un universo verbal de ficción alimentado por un compromiso ético y estético sumido en una tradición de siglos y guiado por esos sentidos fundamentales que a lo largo de las décadas construyeron la historia de la literatura para ofrecer o revelar un conocimiento esencial de lo humano que ayudara al escritor y a los lectores a valorar la justicia y a aspirar a la libertad en el mundo. Lo demás es el espacio de la historia, y la historia, afirmó, es un campo yermo de cadáveres. De qué escribir en un mundo sordo, eso es lo que Jesús habría dicho esbozando una sonora carcajada. Escribir para uno, para ti, para cuarenta, pero escribir porque es necesario. Lo mismo hubiese dicho Bolaño, y seguramente Borges o esos desesperados de la escritura que para no morir siempre construyeron otra frase más.

De Blanca me enamoré perdidamente y su hermano no dijo nada. Fue un breve periodo de transición entre la antigua vida salvaje y el apacible descenso que sobrevino después. Aquella cantante, con un grupo de música formado exclusivamente por mujeres, harapienta y dolorida como un gato callejero, esbozaba lamentos profundos en las cavernas de lo oscuro. Tal vez fuera normal, su destino se truncó desde niña y eso deja un poso inevitable. Alguna vez, cuando nos despertábamos de buena mañana helados y veía mi casa agradable, austera pero agradable, me contaba que ella, desde los ocho o nueve años, jamás había vivido desayunos alegres o en armonía, que pese a los esfuerzos de su hermano por alcanzar la normalidad, por escapar de la pobreza y la miseria, el frío y la inseguridad habitaron en su corazón y en su paisaje. Pero no odiaba a nadie, eso esa cierto. Su rabia era interior, sin dirección. Luego descubrí que toda mi luz le cansaba, que extraer la alegría de mí, la fuerza de ese equilibrio que me propuse ofrecerle entre las brumas de mi propia reencarnación no era suficiente. Que vivir de ese modo le hubiese cansado. Alejado de los dos, toda mi furia adolescente, mis adicciones reiteradas, mi relación afilada con la muerte que me acompañó tanto tiempo, se fue disipando, mostrándose como exabruptos ruidosos sin contenido, retazos de aquel muchacho incapaz de aprehender de alguna forma consistente el mundo.

Porque acaso no se pueda elegir ni siquiera a través del mito. Porque para llegar a ese extremo en el que alguien se suicida, es necesario que las circunstancias aprieten hasta ese punto, porque vivir es un vacío y una plenitud, lo que sucede es que a algunos el vacío les llegó demasiado pronto, y el esplendor al que aspiraron siempre se convirtió tarde o temprano en un pasaje desolado a su alrededor ¿Que iba a hacer un chaval de apenas diecisiete años, que no terminó en un hospicio porque cumplió los dieciocho pocas semanas después de la muerte de sus padres y un viejo amigo de su madre le preparó un contrato de trabajo que justificara medios para poder cuidar de su hermana pequeña, en medio de un mundo descomunal, inmenso, ruidoso como el mar agitado, inasible como el cielo? Sobrevivir, y lo hizo durante treinta y tres años.

En mil novecientos noventa y tres, con viente años, yo canturreaba aquella mítica canción, Loser, de Beck, como si fuera el resumen de mi existencia.

I´m a loser baby, why don´t you kill me?

Ahora prefiero Gagnants perdants de Noir Desir. Puedo aceptar que no me llamen ganador, no ser más que un alma silenciosa que trata de defender su voz, pero jamás aceptaré que somos perdedores, que Jesús perdió. Hemos perdido, pero no somos perdedores.

Cada fornicio traidor de Amparo me había estremecido de arriba a abajo y la vida promiscua posterior, aquel exceso de vacío entre labios sin nombre y noches de absoluta inconsciencia de las que apenas nada recuerdo, me habían dejado en una encrucijada sin pasos que dar, sin caminos que recorrer. El día en que mi pintora cerró las puertas de nuestro infierno y yo quedé helado y destruido frente a una autovía ensordecedora me di cuenta a mis diecinueve años que el mundo ya no vendría hacía mi, que probablemente mi destino como estrella del pop o mi futuro literario nunca serían el soñado, que la existencia estaba delante de mí y que debía pelear con uñas y dientes por ella, acercarme a sus entrañas oscuras y sufrir los mordiscos de los lobos para avanzar unos pasos, que nada iba a ser como imaginé, que todo era un panorama yermo y construir algo sería una cuestión de apretar la mandíbula y subir las mangas de la camisa y tener paciencia. Hoy tendría que darle las gracias, de corazón. Su desamor trajo toda la insatisfacción que necesitaba para adentrarme en el mundo. Ella fue la metáfora de mi crecimiento posterior, de mis cartografías, aquello doloroso que me impulsó a la felicidad una y y otra vez a pesar de todo lo amargo que me sucedió, de todos los límites que crucé, de esas veces en las que me asomé al abismo y a la muerte, de lo que aprendí sobre el amor en esos años posteriores de asombrado desamor, de cómo ensamblé las escaleras, los pasadizos, los recovecos de mis refugios y las ventanas donde asomarme para respirar.

Escribimos Los arrancacorazones en apenas dos meses. La compañía de teatro que iba a interpretar la pieza nos aplaudió a rabiar cuando Jesús y yo ensayamos la primera representación. Yo no sabía nada de teatro, o mejor, ni siquiera sabía escribir, pero Jesús me hizo partícipe y a menudo protagonista.

Como Bergman unos años antes había explicado al anunciar su retirada del cine, Jesús sentía que a sus treinta años la estética moderna lo había convertido en alguien fuera de moda, en un eco de otra época y otro tiempo, y aseguraba necesitar mi contacto con el presente, aquella vida falsamente glamurosa que además terminaba de perder al separarme de mi pintora. Ella no fue la persona más importante de mi vida ni mucho menos, quedó muy por debajo de ese grupo de gente que amé y me amó. Pienso que fue incluso menos importante que Lena años atrás en su exhibicionismo discreto, en la sensualidad que a mis doce o trece años aprendió el sentido de la seducción corriendo detrás de ella y su tristeza, viéndola aparecer desnuda y fantasmal en las sombras de los pasillos de aquellos viejos caserones, anunciando el placer sin recibirlo ni darlo, o en todas las mujeres que he amado después, en esa dualidad del amor esbozado en Helene y en Sophie, pero Amparo tuvo ese don, ese mensaje demoledor: me reveló el fin del sueño, de una posibilidad. Su marcha fue como agujerear el globo hinchado de ilusiones del que colgaba y me elevaba unos metros por encima del suelo, esa fuerza interior que consideraba que creyendo y deseando uno edificaba el destino, que pisando fuerte con aquellas botas de piel de serpiente atadas a los tobillos como una segunda piel en invierno y verano podía dibujar esas huellas y ese recorrido que me llevara donde quería.

Amparo fue el final de la inocencia, y por eso me marcó tanto. Jesús llegó justo después, y fue la primera consciencia de la terrible experiencia de vivir, incrustada sin remedio en la maravillosa intensidad vital, emocional e intelectual de estar vivo.

Se puede pensar que suicidarse es una especie de renuncia. Que sólo se suicidan los desesperados, los locos o los enfermos. A veces es verdad, pero después de pasar algún tiempo al lado de mi viejo amigo tengo mis dudas. Cuando recibí tiempo más tarde la noticia de su suicidio, cuando ya hacía mucho que no lo veía, muchos meses después de que Blanca se fuera a Berlín en julio del año 94, después de que él decidiera trasladarse a Barcelona, pensé que había mucha gente viva que continuaba de pie por una renuncia. Hoy en día estoy más convencido de ello que nunca. La vida está sobrevalorada; es el signo de nuestro estúpido tiempo.

Ayer leí un fragmento de la carta que Stephan Sweizg dejó escrita antes de envenenarse con su mujer en Brasil en plena segunda guerra mundial y me di cuenta de hasta qué punto Jesús era consciente de lo que era la vida:

Prefiero, pues, poner fin a mi vida en el momento apropiado, erguido, como un hombre cuyo trabajo cultural siempre ha sido su felicidad más pura y su libertad personal. Su más preciada posesión en esta tierra”, argumenta antes de desear a todos sus amigos que “vivan para ver el amanecer tras esta larga noche”.

Conforme escribíamos Los arrancacorazones comprendí que estaba aprendiendo más en unos días de lo que había podido aprender en años. Sus lecturas fueron tan enriquecedoras que muchos de los autores que él fue descubriéndome son ahora lugares indiscutibles de mi biblioteca, y libros que de una y otra forma me cambiaron la vida, me ayudaron a seguir, a comprender, a continuar vivo y mantener la esperanza y las uñas afiladas. No sé cómo pudo leer tanto en tan poco tiempo. Tal vez en esas bibliotecas públicas que por inútiles y por falta de presupuesto cerrarán una tras otra a lo largo de los próximos años, en un proceso de ajuste que no afectara a lo superfluo y banal, a los que más poseen, sino al resto, a todo lo que es justo y esencial. Porque Jesús no tuvo dinero en toda su vida. Porque de Malcom Lowry o Joseph Conrad, o Stevenson o Melville, de Dostoievski o Tolstoi, de Margarite Duras, de Faulkner o Sábato, de Onetti, Proust o Virginia Woolfe, de Joyce, jamás hubo libros en su casa. Nunca poseyó más que un reducido puñado que ocupaba una estantería diminuta al lado de un sillón con los muelles rotos y el mullido medio deshecho, la mayor parte de esos libros regalados o robados, sin embargo, y pese a no tenerlos físicamente, fue una de las personas que mejor valoró esas novelas, las leyó como si devorara el tiempo, como si le hablarán directamente al alma de su propia vida y de lo que contemplaba, le sirvieron para vivir intensamente, para pensar en cómo vivía, le permitieron alcanzar ese estado de sabiduría increíble que le permitió escribir su poesía silenciosa y su filosofía de la extinción. Nunca lo menosprecié porque se matara. Las razones para vivir son la mismas que sirven para afrontar la muerte. Eso lo dijo Camus y, francamente, no hay demasiadas personas que tengan el coraje de guiarse de ese modo para vivir lo más posible o para suicidarse antes de tiempo cuando ya no podemos seguir defendiendo la dignidad y la libertad.

A Blanca también le gustaba leer, y mucho. No poseía ese brillo intelectual que asomaba en los ojos de su hermano cada vez que hablábamos de nuestras novelas preferidas, pero leía, de otro modo, como una especie de oración interior que escupía en cada uno de los conciertos de su grupo, en aquella época en la que gozó de cierta fama en el mundillo musical independiente.

Reconozco que verla esa primera vez subida a un escenario, esa noche en la que su hermano me invitó a uno de sus conciertos en un antro del antiguo barrio del Carmen, cerca de donde habíamos escrito y ensayado Los arrancacorazones, fue la razón más importante para sentirme atraído por ella. Fina, de huesos largos y delicados, piel muy blanca, pechos pequeños, casi masculinos, y una figura fibrosa y endurecida, alargada como un cristo. Me sentí pequeño ante su vida, falsamente autodestructivo ante su fuerza, burgués en el fondo a pesar de mi supuesta amoralidad, aficionado ante sus terribles abismos y adicciones, y débil ante la oscuridad majestuosa y bella que desprendía esa mujer. Desde el principio supe que yo no iba a ser el hombre de su vida, así que me tomé su ofrecimiento como un modo de recordar algo memorable, de adentrarme en una personalidad irrepetible. Ella no me necesitaba y yo me propuse no necesitar a nadie tiempo atrás, así que todo fue relativamente intenso, apasionado y fácil. Ella permitía esa distancia, la gozaba incluso, la marcaba con un ímpetu deslumbrante. Me enamoré de ella aún así. Me enamoré de un modo adulto por primera vez en mi existencia, de su particular forma de actuar que tanto nos fascinaba a mi y a Jesús, de su relativa fama en la ciudad, de su descaro y de como hacía el amor, como si fuera la última vez, como si todo cuanto besaran sus labios fuera a exterminarse al día siguiente; de su obscenidad sensual y sutil, de su negrura tierna, de sus juegos malabares frente al corazón y sus excesos.

La imaginé muchas veces subida en una cuerda floja, en un trapecio. Ser estable con su pasado no era cosa fácil, no debemos olvidarnos nunca de ello. La infancia decide casi siempre nuestro equilibrio futuro. Podemos aprender inglés o informática, hacernos economistas, ingenieros o abogados despiadados, pero nuestro equilibrio lo marcará la infancia. También nuestra felicidad y nuestras tristezas, nuestros abismos y nuestros destinos incluso a pesar de esos avatares destructivos y terribles que acontecen en toda vida. Es como si la niñez eligiera por nosotros al nacer.

Yo siempre vi en Blanca, a pesar de todo lo negro, una tremenda vitalidad, y lo mismo me sucedía ante las imponentes carcajadas de Jesús. Pero miré mal, o equivoqué la mirada. Lo importante es que alguien que se suicidó puede enseñarte muchas cosas que sirven para vivir, o darte una cartografía posible, unas señales en el mapa desconocido y enigmático que tenemos que desentrañar con nuestros pasos y decisiones. Tal vez Blanca tuviera un mal viaje y no quisiera morir, ya no lo sé. Había pasado casi un año y medio desde la última vez que la contemplé desnuda, más de un año desde esa tarde en Madrid en la que la vi con vida por última vez para despedirnos y me dijo que era un buen chico y un buen escritor, y que debía tener esperanza. Que las diosas de Blanca y su universo de brujas deslumbrantes y agoreros del tiempo perdido me dieran esperanza es algo que no he podido todavía olvidar. Así es la vida, como diría mi querida amiga Ana Luisa.

Cada vez que abro mi colección de cuentos completos de Julio Cortázar, esa edición de Alfaguara que me entregó mi padre primero, y después, cuando una desvergonzada amiga de mi viejo compadre Jacobo se la llevó para no devolvérmela, fue un celebrado regaló de Helene, tengo la sensación de abrir el cajón donde guardo nuestros experimentos literarios, la obra de teatro de Los arrancacorazones, esa carpeta donde todavía me quedan un puñado de poemas de Jesús que releo con los ojos cerrados. El tiempo todavía sigue doliendo en alguna parte de mi piel, es como si lo hubiese traicionado sobreviviendo, renunciando, recomponiendo mi rincón de laberintos y pasadizos, y anhelo la vejez para reconciliarme con todas las épocas extinguidas. Se acercan los cuarenta a pasos de gigante y tengo la hermosa sensación de que a pesar de todo aún me quedan algunas cosas por apurar. Cuando veo la triste imagen de los triunfadores ahora ya desvelados y ufanos, o la sonrisa satisfecha de ministros y consejeros y señores elegantes hablando de nuestro destino, cuando observó el deterioro de la cultura, cuando cae la noche y esa tristeza bordea los ojos de la gente que me cruzo por la calle y oigo el exabrupto y el grito, la desesperación, cuando leo que en Europa hay ciento trece millones de personas viviendo bajo el umbral de la pobreza, o que la Generalitat Valenciana no paga a las farmacias ni a los colegios ni a las guarderías mientras se descubre el agujero de Emarsa y Camps pasea su inocencia y sus trajes, cuando observo la mueca de hastío que esboza Sarkozy expresando la grandeur siendo tan sólo decadencia, cuando los periódicos asustan y los hombres claman sin vergüenza que son ellos los sabios, pienso que aún puedo reconstruir una o dos veces más mi vida, y si lo pienso para mi, soy capaz de traspasar esa esperanza a toda la gente que conozco y que merece la pena. Tengo la sensación de que la sabiduría ahora mismo está proyectada en el secreto y en el futuro, es silenciosa, tranquila, los lectores son porteros de edificio, empleados de medio pelo, putas de bar de carretera, que los escritores de verdad apenas susurran, que los hombres que cambiarán el mundo están inventando las nuevas metáforas del futuro, que mi pequeño Mateo alienta con su generación una esperanza de transformación, que Garzón será recordado como una especie de Dreyfus machacado por el conservadurismo español que nunca soportó perder el poder después de ejercerlo durante siglos, que esta crisis no es más que un invento y mi compadre Pierre seguirá vendiendo su frutas y verduras bio, y Mario actuará por fin en teatros de verdad y la literatura maravillosa volverá a servir a mucha gente en un futuro cercano, que la vida dará un vuelco o al menos alcanzará ese equilibrio que en algunos momentos de la historia nos ayudó a seguir.

Blanca se lanzó de un cuarto piso en uno de aquellos edificios ocupados del Berlín de la reunificación. Era como si decidiera morir en medio de la historia, o donde la historia celebraba la victoria de los ganadores. A veces la veo planeando como esta Europa perdida, agitando las nubes y tratando de proferir su largo réquiem. Tal vez lo hiciera intoxicada de todas esas drogas que los dos tragamos como caramelos para niños enfermos, los niños engañados que fuimos, ahora sin paraísos consistentes, aunque a ella se le cayera la infancia demasiado pronto y esos engaños fueron pasto de la miseria y la derrota, o tal vez llegó a pensar que ya nada valía la pena, que el recorrido había sido demasiado veloz e intenso, como un relámpago, y su hermano muerto ya no la protegería y la tierra que pisaba se derrumbaría tarde o temprano como caen los castillos de arena construidos por los hombres a la orilla de la playa cuando suben las mareas, y era mejor la dignidad del vuelo que el envejecimiento triste de la desesperanza y la derrota. No puedo saberlo, y durante algún tiempo aquello me atormentó. Pero tal vez, como si a veces los ángeles que nos protegen -rumor de tiempo, viejos trovadores, almas lúcidas encendidas de destellos, la inteligencia y la luz- extendiera sus alas de vez en cuando, llegados como un fragor inesperado, como un pliegue y una chispa, los escucho, los oigo. A Jesús diciendo que la batalla de la literatura era una contienda futura, que ya todo estaba casi perdido, que había que alimentar la hoguera, la llama, y a Blanca extendiendo sus brazos y decidiendo volar como Hrabal, como Walser envuelto en la nieve. Y en sus voces encuentro aquello que tengo que salvar, aquello que todavía me enciende y me obliga a respetar al prójimo, a odiar despiadadamente a los que convierten estos falsos paraísos en infiernos anunciados, a los que engañan a los inocente, a los que pisan a los otros para impulsarse más alto, a los esbirros que masacran la libertad y la dignidad.

Hemos perdido sin remedio por si alguien piensa lo contrario. El espectáculo ha terminado, no queda nada en los inicios del nuevo siglo que sea consistente, que nos una y, sin embargo, no somos perdedores, en cada uno de los abrazos que damos, bajo la piel y en el corazón, entre las brumas de los que construyeron para nosotros un rumor en la historia, una victoria del alma frente al mundo, en todas las canciones y los versos y las novelas hechas de furia y libertad, está el rumor de aquello que debe perdurar, el aliento enfurecido de los que nunca ganaron pero jamás fueron perdedores, como un aviso para navegantes, como un viento silencioso que se cuela entre los pliegues de la mentira y los naufragios, para que entre los restos que nunca recogerán los imbéciles y los esclavos quede esa materia prima de lo humano, aquello que nunca se doblega, el límite que hace ante la injusticia alzar la cabeza, ante la tiranía buscar otras palabras, frente a los límites hallar otro itinerario, ante el absurdo encontrar el sentido, frente al dolor y la mentira acariciar con los dedos erizados el amor y la verdad, aliviar el pesar de vivir.

Jesús siempre me habló de aquellos grupos de desheredados que huían de las hambrunas y las pestes en el medievo, que recorrían Europa con sus troupes de prestidigitadores, poetas, músicos, harapientos vagabundos del hambre y la picaresca. Él solía decir que de ellos nació el arte que le gustaba, que de ellos llegó esa extraña resistencia de los hombres ante los infortunios, la imaginación encendida de los derrotados frente a la derrota despiadada. Se nutría de esa esperanza, y una vez me confesó que tal vez el mundo se iba a poner mucho peor de lo que todos esperaban, y que si yo lo deseaba, lleno de confianza en mí, formaría conmigo una de esas pandillas de inventores de aire, de mercaderes de arena y limpiadores de nubes, de prestidigitadores del tiempo, que a mi lado él podía creer, reinventarse, empezar de nuevo. Ahora me toca a mí comenzar a reunir a todos esos perros de la lluvia que aullarán en las noches de invierno, se lo debo, a él y a mi hijo, al hombre futuro que se negará a ser carne de cañón, aderezo maltrecho en una escenario que no le pertenecerá, masa ruidosa sin alma ni voz, anónimo despojo del poder en su crecida intolerancia, en su dureza orgullosa, que no creerá a los amos ni respetará a los esclavos, aquel que entone las canciones que aliviaran la oscuridad futura, los que conviertan en polvo las indecencias de éste presente, los que alumbren alguna vez un mundo de luz y no estos templos de mercaderes.

Soplemos con fuerza a las brasas para que se mantengan.

Copyright Jimarino

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  1. Querido Jimarino, estoy emocionada, muy muy emocionada, se me sale la emoción por los ojos y las yemas de los dedos con los que torpemente ahora intento escribirte. Emocionada, primero, por haberte reencontrado después de tanto tiempo, entrar aquí y pisar de nuevo tu trampolín, ese que tienta al vértigo con saltos mortales de palabras, por atreverme a saltar. Y emocionada, muy mucho, por leer cuanto he leído. Te diría todo lo que ahora se me atasca, también te dejaría unos versos de Rojas (agradecida siempre de que fueras tú quien me lo descubrieras) y que ahora no dejan de retumbar en mi cabeza. Empezaré por lo segundo, a esperas de poder deshilachar esta maraña de pálpitos que, pum que te pum, de momento crecen y crecen y crecen…

    “A esto vino al mundo el hombre, a combatir
    la serpiente que avanza en el silbido
    de las cosas, entre el fulgor
    y el frenesí, como un polvo centelleante, a besar
    por dentro el hueco de la locura, a poner
    amor y más amor en la sábana
    del huracán, a escribir en la cópula
    el relámpago de seguir siendo, a jugar
    este juego de respirar en el peligro…”

    (Gonzalo Rojas)

    Un grandísimo abrazo.

    • Querida (*

      A veces echo de menos aquella época en la que escribía mucho en Los perros de la lluvia y tú siempre me acompañabas, pero tal vez ahora, por lo emotivo y hermoso que me sueles dejar en estos lugares, creo que me emocionas más aún cada vez que dejas tus comentarios, en esos momentos en los que me haces comprender que estamos cerca, que tu participación aquí siempre es una riqueza. Es un gozo que seas ahora fanática de Gonzalo Rojas, que me envíes ese poema tan hermoso, y que me eches la culpa a mí de haber caído en semejante maldición. Gonzalo te estaba esperando, tarde o temprano, con tu curiosidad, lo habrías encontrado. Además esos versos vienen como anillo al dedo, son tan bellos y armónicos, tienen eso que la poesía de alguna forma siempre debe tener, y huelen a esperanza, maravillosamente bien a esperanza, a palabra para rezar.
      Siento el retraso en la respuesta peor huyendo de las fallas volví a perderme en lugares sin internet ni ordenador, en los que he leído y he escrito con papel y lápiz, como en todos esas docenas de cuadernos que guardó de cada viaje, de cada trayecto libre que hago de vez en cuando en esos raros momentos de libertad de los que dispongo.
      Tu emoción me ha hecho un poco más feliz estas misma noche en la que termino de regresar. También es la mía al escribir o al leer a los otros.
      Te doy mil gracias por tus palabras, me bastan como aliento para el siguiente texto, para regresar a esos lugares en los que la prosa sorda cobra un sentido sonoro.
      Espero que estés bien, por tus poemas, que siempre leo, veo al menos que cada vez eres mejor poeta. Deseo que la vida te sonría en medio de esta tarde lluviosa.
      Un abrazo muy fuerte.

  2. Le escribo desde México, ese paraiso infernal que anunciara Lowry…Le escribo bebiendo cada una de sus palabras construidas con todo lo que conlleva la pasión de vivir y morir, de recordar, de imaginar que todo está perdido por que nada está perdido. Decía el cubano Martí que para pedestal no para sepulcro se hizo la vida y uno puede creerle, aferrarse a su vehemencia lírica, pero al leer su texto brota o resplandece la bocaza del abismo. Son tantas las cosas que duelen en el estar siendo en la tierra, tantos los fracasos, las desventuras, las amarguras que a veces, como decía el buen Canetti, sólo queda aferrarse a lápices. Le agradezco la intensidad de su prosa.
    Gildardo

    • Gildardo;
      Le agradezco profundamente el comentario, desde ese lugar mítico en el que Lowry naufragó para ofrecernos Bajo el volcán. Cada una de sus palabras ha dotado de sentido a un texto escrito así, bebiendo palabras de otros, expulsándolas para definir todo lo que quise decir en esa frase que me escribe. Escribir sobre lo perdido e irrecuperable para no perderlo, para no perder del todo en esa pasión de vivir y morir. ¿Cuántas veces fui ese cónsul sin darme cuenta? ¿Cuántas veces esa extinción fue la dignidad y la respuesta ante lo inmenso y descomunal del mundo?. Por eso Jesús me enseñó tanto, porque él vivió así, y lo mejor, no por filosofía ni con pose, sino porque su existencia fue siempre así, empujada por todo hacia ese lugar, desgraciada en lo externo y productiva, intensa y maravillosa en su interior. A veces pienso que se suicidó por guardar en su seno demasiada vida, no por lo contrario. Sus palabras revelan al menos que mi pequeño homenaje externo -el interno siempre lo llevo dentro, palpitando de vez en cuando, recordándome que no perdimos del todo- puede ser entendido hasta por alguien que no me conoce, que no lo conoció. Canetti era un monstruo literario que sabía lo que decía, por eso que lo mencione me colma de satisfacción. Siempre queda la escritura aunque sea sorda y modesta, insignificante como esta.
      De nuevo gracias por el comentario y bienvenido a Los perros de la lluvia.

  3. ¡Me has tenido en vilo tres meses!
    De nuevo celebro que sigan Los perros de la lluvia. Me has vuelto a emocionar, me he sentido transportado a ese tiempo y he notado la presencia de Jesús y Blanca en todas partes sin saber porqué, sin haberlos conocido jamás. Ha sido trasladarse a un lugar lejano y aprehender el aroma de esa existencia, una vida de poeta que con tu escritura cobra una fuerza poética tan intensa y hermosa que me conmueve y me enardece. Tengo la misma sensación, Jimarino. La sabiduría es ahora secreta, está escondida entre el ruido ensordecedor y no sale en la televisión ni en los diarios. Está construyendo el futuro frente a la oscura y obscena exhibición de poder que nos envuelve. Ahora somos conscientes de lo poco que significábamos a pesar de todo. Y no existe otro refugio que esas voces susurrantes que se van añadiendo al río futuro, a las metáforas venideras que opongan resistencia al abuso. De alguna forma me siento más valiente después de leerte, como si me hubieses insuflado un aliento necesario, una consciencia más intensa de la derrota que lejos de hacernos sentir perdedores nos dispone para la resistencia.
    La lista de autores fabulosa, como suele ser habitual. Una vez más se me hace indispensable que sigas, oírte, adentrarme en la intensidad mágica de tu escritura.
    Y además podemos arrancarles toda su legitimidad, lo saben, eso es lo terrible y lo maravilloso, saben que están ahí por los millones de personas que pagan impuestos, que los votan, que los eligen. No son nada sin los cientos de millones de seres humanos que aceptamos las reglas del juego. No pueden ser tan ufanos cuando no sabe adónde van, cuando no pueden garantizar ni una sola seguridad, cuando van a ciegas, cuando nos empobrecen y nos limitan derechos y posibilidades.
    Un abrazo. Ha sido un placer leerte de nuevo.

    • Querido Carlos;

      Siento el retraso, pero mi huida de Valencia, mis refugios provenzales y y la falta de ordenador durante doce días me han impedido contestar a tu comentario emocionado. Es un auténtico placer tenerte aquí, como siempre. Es como si siempre te esperara, y como me tienes mal acostumbrado, cuando no apareces siento un sonido sordo, una ausencia, sobre todo después de los años que llevas siguiendo este blog. Cada texto me provoca la sensación de pensar qué dirás tú al otro lado del charco, como recibirás mi exabruptos y excesos, como oirás el eco de esta voz que a veces, cada vez menos, me sale. Lo que comentas es justo lo que quise decir en este homenaje. Es esa sensación intensa de que el espectáculo ha terminado. NO sé cómo se articulará el futuro pero no tengo miedo. Hace algún tiempo, por primera vez tal vez en mi vida, sin drogas ni adicciones, sin espacios de ebriedad terribles ni paraísos artificiales excesivos, ya no tengo miedo. O el miedo es tan sólo atisbar el futuro de mi hijo, tratar de aprender como voy a educarle ahora que va a cumplir 3 años para que no tenga miedo, para que sea capaz de construir su fortaleza y sus refugios. Lo único que tengo claro es que debo darle amor, por lo demás me santiguo lleno de herejía para poder otorgárselo.
      Es como siempre un placer inmenso tenerte aquí.

      Un abrazo muy fuerte

  4. Una vez más tu posteo compensa con creces la espera.
    Volví para leerte de nuevo (que no será la última) porque la primera vez me ganaron el silencio y el impulso de retener la sensación sublime que provoca tu ensayo, confesión, denuncia, relato; alegato y plegaria del gran poeta que sos (además de ser un poderoso encantador de almas).
    Mi abrazo admirado.

    • Mi querida Diana;
      Te debo una respuesta a tu hermoso comentario y a ese correo que tenemos aleteando en la red. Me fui precipitadamente y a mi regreso me acude la pulsión irresistible de contarte cosas. Ojala fuera un encantador de almas de verdad, me iba a cansar de hacer hechizos ante tanto farsante, frente a esos poderosos tiranos de las nuevas democracias. Demasiado peligroso para el mundo. Si los economista son esa plaga terrible que se piensan herederos de los antiguos filósofos, esparciendo su desasoiego pro doquier e inventando una relaidad que igual de verdadera que la de los pastores o las abuela beatas ¿Qué sería el mundo si lo gobernaran los poetas? No quiero ni pensarlo. Hubo algún emperador con ínfula lírica, pero la verdad es que los poderosos casi siempre fueron muy malos escritores.
      Te vuelvo agradecer esa cálida presencia aquí, es como un soplo de calor y cariño que siempre admiro.
      Te devuelvo ese abrazo y espero tener un rato en estos días para contarte cosas.
      Un fortísimo abrazo.

  5. Querido, querido Jimarino, empecé a leer este texto con la ansiedad del sediento y, a medida que avanzaba, era como encontrara rastros de mi propio pasado [también yo fui estudiante de ciencias económicas; también yo fui escritor de teatro, miembro de un grupo y amante de Boris Vian a una edad en que las entretelas de tu alma son vulnerables], arrastrados por una vorágine de vida, de pasión, de inteligencia, de amor y, sobre todo, de lealtad y compromiso con los derrotados invencidos. A medida que leía, repito, iba anotando mentalmente lo que iba a comentarte con la contención y la lucidez que avalan y jerarquizan el manifiesto de una opinión. Pero de pronto, cometes el error de nombrarme en este texto y haces que todo lo que te diga quede atravesado por la emoción y la gratitud, siempre sospechosas para la ecuanimidad de un juicio. Aún así me arriesgo y te digo que es un texto maravilloso por su contenido, por su estructuración, por el manejo y articulación de sus distintos nódulos narrativos y, especialmente, por ese tono poético que realza y fortalece su escritura. Un texto valiente, descarnado, que no te arranca el corazón, pero sí que te lo deja en un puño. Un fuerte abrazo, querido amigo.

    • Querido Antonio;
      no puede haber gratitud ante la lectura de tus poemas. Son tan extraordinarios que no entiendo como no tienes ya un par de estatuas en parques públicos y en lugares de renombre, aunque debe ser por tu honestidad y tu lucidez, porque me parece que prefieres la vida a las cagadas de palomas en esos pedestales podridos. Pero creo en la justicia. Así que, aunque no me he atrevido todavía -tengo los dos libros tuyos editados por Candaya manoseados, amarillentos, llenos de manchas de café y anotaciones a bolígrafo- quiero preparar si el tiempo y las fuerzas me lo permiten, un texto sobre tu poesía, que junto con la de Gonzalo Rojas, me parece una de las más brillantes de toda la lengua castellana en los últimos años, aunque es cierto que mis relaciones con la poesía y los poetas hace un tiempo han ido menguando sin saber exactamente la razón, tal vez de tanto frecuentarlos en otras épocas, o de haberme hecho más duro, menos sensible, más ausente. Contigo recupero esa antigua fraternidad, ya lo sabes, desde la primera vez que leí algo tuyo, desde que dejas tus comentarios maravillosos en estos lugares húmedos. Lo cierto es que mientras escribía sobre Jesús, pensé en ti como la imagen de la persona en la que él, en otras circunstancias, con otras posibilidades y fortunas, se hubiera convertido. Tu poesía responde a las mil maravillas no a esta vida de poeta truncada pero si a ese empeño por hallar la palabra primigenia común a la humanidad de todos los tiempos. Es una especie de sabiduría de la existencia inexplicable.
      Me han emocionado tus comentarios, porque sé que vienen de alguien como tú. En general, como me sucede con otros de los asiduos ilustres que me envían correos o comentan en estas páginas, tengo la sensación de que dotáis de sentido a mis pequeños gritos en prosa. Os espero, os quiero como a mis mejores amigos aunque nunca nos hayamos visto en persona.
      Ahora entiendo muchas cosas de ti. Ser economistas produce más espanto que no serlo ante la amalgama de farsantes que nos dirigen. Son curiosas nuestras similitudes vitales a pesra de la edad que nos separa. Espero que tu corazón siga latiendo tan amplio y generoso como siempre.
      El otro día, poco antes de irme, hojeando tu blog, me di cuenta aún más de tu generosidad. De todos esos poetas que tú con tu nivel y tu edad podías obviar y que promocionas incesantemente no como un vendedor sino como una amante de la palabras sincera y hermosa. Tengo que reconocer que me has otorgado un par de descubrimientos que pienso, ahora que estoy tan alejado de la poesía, son muy suculentos. Aunque hace ya más de un año que la poesía no me viene, se ha debido ir con otro más guapo o más listo o con más posibilidades.
      Mil gracias por ese aliento que siempre me hace falta, Antonio.
      Un abrazo muy muy fuerte, compañero.

    • Muchas gracias. Sentimientos lejanos, pero siempre vivos, ya sin dolor, sólo como un arrebato esporádico, un sentido cuando nada parece tenerlo. rabia, mucha rabia.
      Bienvenido a Los perros de la lluvia

  6. Sigue reconstruyendo a ver si entre todos conseguimos entender algo de lo que está pasando en el mundo. Un texto muy emocionante. Y cómete a besos de mi parte al pequeñajo :-D

    • Ay my sister!!!!!!
      Ojalá pudiera reconstruir algo. Me conformaría co reconstruir algo de mi propia existencia tan sólo. Pero intentaremos dejar algo para que el futuro pueda alcanzar otra cosa.
      Al enano me lo como a besos tout les jours!!!!!! Dice que tata mola. Que con ella se va a jugar.
      Un besete y merci por el comentario.
      Nos queda esta Pascua cercana, reunión, espero, armónica.
      Otro besete de tu brother…

    • Mi querida y revoltosa ana… ¡vuelves! y eso me llena de entusiasmo. ¿Qué es de tu life? hace tiempo que no sabía nada de ti. Cuéntame algo desde otro lugar, con esa prosa desvergonzada y llena de ritmo, please.
      Sigo soplando, con cierta debilidad, pero soplaré hasta que pueda.
      ¿Qué demonios significa i am bloody trying (soy afrancesado, algo anglófobo y ligeramente tozolón)
      Cuanto me alegran tus breves comentarios.
      Como siempre, merci por estar aquí.
      Un abrazo muy muy fuerte….

  7. Gracias por este emotivo y hermoso texto.
    Emotivo también ha sido encontrar aquí a amigos virtuales y ya no tanto (Diana, Alba, Antonio Tello).
    No quiero creer que hayamos perdido. Todavía no. Soplemos.

    • Muchas gracias Isabel;
      La lista de amigos maravillosa, tres de los grandes, mi querida Diana de Concordia, Alba, que me acompaña desde los principios, y Antonio, un maestro.
      Ojalás tengás razón. Ya sabes que los pesimistas somos en el fondo los más optimistas, cualquier cosa buena nos llena de alegría.
      Sigo soplando contigo.
      Un abrazo

  8. Después de lo que te han dicho ya, a lo que me uno, poco queda por decir.
    Aunque haya que escribir para un mundo sordo
    …pero escribir, para no morir y porque los ladridos mantengan las brasas.
    Un abrazo grande y gracias por remover el vacío

    • Querida Olvido;
      te debo respuesta doble, pero esta gripe vírica me está dejando sin olfato, sin paladar y sin fuerzas, en fin.
      Merci por el abrazo y por tus palabras, que siempre son ilusión e impulso.
      Un abrazo.

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