Cartografías

Una casa griega y la leyenda de los santos escritores

                Sé que era una casa oculta entre la abrupta pared de un acantilado y el pliegue de un fino brazo natural de tierra. Una recóndita cala griega de arena blanca y lámina azul.  Soñé con ella muchas veces. Escribí hace muchos años sobre esa casa y el acantilado, y el pliegue natural y la cala de arena blanca, y en ella sucedió una traición y luego lo olvidé todo.

                En 1926 el millonario norteamericano G.Brenan y su mujer Melissa se instalaron allí algún tiempo. Viajaron desde Saint Trópez hasta Grecia pensando que les convendría cambiar de aires. Eran amigos de los Fitzgerald, testigos ocasionales de su fiesta permanente en los salvajes años de la Riviere y la Provenza. Es posible que Scott paseara alguna vez por esa orilla de madrugada o que se quedase dormido en la playa más de una noche, borracho como una cuba, mascullando sus revoluciones literarias. No sabemos si fue el propio mister Brenan quien mandó construir la casa de madera en aquella época feliz o si ya estaba alzada antes de su llegada y se limitó a reparar las maderas en mal estado y a aislar los muros y el tejado para el invierno, a ampliar el salón y alargar el balcón hasta que rodeara por completo toda la superficie de la fachada.

                Cuentan que Lawrence Durrell y Henry Miller gritaron catorce años después a bordo de una barcaza de remos que aquel era un rincón maravilloso para morir, a unos cincuenta metros de la valla, en un amanecer oscuro y ebrio de mar calmo. Los dos se equivocaban sabiendo lo que ocurrió después.

                Ese elegante americano que se enamoró perdidamente de Zelda, que la vio perder paulatinamente su esplendor en un apagado rumor de locura y silencio mientras Scott se bebía las bodegas de Francia tratando de mantener a duras penas su obra y la fama descomunal conseguida años atrás, vio como una fría mañana de febrero del 29 su esposa se subía a una barca de pescadores con varias maletas y se alejaba para siempre de la playa sin decir siquiera adiós. Gerald Brenan no pudo soportar la soledad que sobrevino después, las noches llenas de estrellas que una detrás de otra fueron llenando el espacio de la cala, la compañía constante del mar y el deambular ocasional de los pescadores que traían provisiones una o dos veces por semana, el recuerdo de Zelda y de Melissa, las antiguas fiestas en la Côte D´Azur, el brillo de una época exterminada.

                -Todos estaban destinados al fracaso.-Eso es lo que dijo Ernest Hemingway con una media sonrisa en el rostro una mañana soleada bajo la tenue luminosidad de la sala principal de la Biblioteca Pública de Nueva York, frente a un buen número de periodistas congregados para cubrir la presentación de su nuevo libro. Ernest conocía ese rincón al menos en fotografía, sin que hayamos podido confirmar que llegase a visitar la cala alguna vez.

                 Y esa casa construida para albergar un amor profundo y una utopía de distancia quedó abandonada en 1938, poseída por la crueldad hermosa de los dioses griegos, por las narraciones de Homero que alguna vez, quien sabe, cientos de años atrás, tal vez se acercara a esa playa antigua para buscar la existencia de un poema o el inicio de una aventura. Como me sucedió a mí en esa novela interminable que nunca llegué a concluír, cuando conté que Ricardo Rey se volvió loco tratando de escribir en una hoja la misma palabra una y otra vez, incapaz de comenzar nada que fuera duradero, abandonado por su mejor amigo, por su hermano del alma, también por ella, la mujer de su vida, en un descenso prolongado a los infiernos. Castigo de santos escritores.

                En ese lugar siempre surgirá la aventura, la literatura.

                Cuando Henry Miller viajó a Grecia en 1940 oyó hablar de un americano alcohólico que vagaba desde hacía años por las islas contando historias. Decían que vestía con harapos y lucía una larga barba blanca que le llegaba hasta el inicio del vientre. Durrel nunca creyó aquel relato de pescadores, y pensó que se trataba de un mito, de una leyenda heredada de la antigua literatura griega. Lo que no entendía es porque los isleños se empeñaban en afirmar que aquel hombre era norteamericano.

                -Prefiero los mitos a la historia, desde luego, y los cuentos que se transforman en mitos a los cuentos sin mas.- Eso le respondió Miller, con el pitillo sobre el labio inferior ligeramente torcido y el sombrero protegiéndole el rostro de un sol intenso de mediodía en Corfú, vestido de blanco y sudando ligeramente. Miraba al Colosso de Marussi a los ojos.

                Al final convenció a Lawrence para emprender su búsqueda. Alquilaron un pequeño barco de motor con una barca de remos, y una madrugada de septiembre de 1940 comenzaron a bordear la costa y acercarse a las islas. Si el americano vivía, Henry tenía que encontrarlo. Fue una especie de pálpito inexplicable, una intuición similar a otras que habían ido conduciendo su existencia desde Nueva York hasta Europa. Estaba convencido de que aquel hombre les contaría hermosas e increíbles historias, que quizá lo hallarían en alguna de la tabernas costeras de muros blancos y húmedos, celebrando la santa ebriedad -pensó en la leyenda del Santo Bebedor de Roth-, la locura de una existencia desperdiciada, reclamando a gritos la atención de los lugareños, retándoles en el fondo, acechando con deseo el paso de las mujeres por los caminos polvorientos y pedregosos.

                Victor Lazslo, de origen húngaro y fortuna oscura acumulada durante la segunda guerra mundial, alquiló una gran embarcación de vela en el verano de 1951, y aunque nadie lo ha podido confirmar, se cree que en los camarotes del barco viajaban Miller y Blaise Cendrars, atraídos, más de diez años después de que Miller animara a Lawrence Durell a acompañarle, por la leyenda del norteamericano. Esta vez el trayecto no duró tan sólo un fin de semana, sino que durante diez días recorrieron islas, costas, rincones paradisíacos y hermosos tan sólo accesibles a pie o por el mar. Comían junto a la orilla en pequeños restaurantes costeros, dormían en el barco, hablaban incansables de mitos y leyendas, siempre atentos a cualquiera que pudiera decirles algo sobre el misterioso americano. Se detenían en cada pueblo alzado sobre la arena del mar o encima de escarpados y abruptos acantilados, en cualquier lugar donde pudieran atisbar unas casas, un pequeño puerto pesquero.  Jamás encontraron al legendario vagabundo.

                La historia de la literatura nació a menudo de largos viajes por el mediterráneo.

                Aquella casa quedó extraordinariamente descrita en un texto de 1932 que durante algún tiempo se le adjudicó a Lawrence Durrell, hecho que él negó pocos meses antes de morir, reconociendo que sin duda le hubiese encantado escribir algo así. Aquel manuscrito me lo entregó una fría mañana de febrero en Barcelona el propio Enrique Vila-Matas, plastificado con sumo cuidado, guarecido del aire y el polvo, del tiempo, en una urna transparente y aislante. Me dijo que durante décadas, esa hoja envejecida había pasado de escritor en escritor, con una lista ilustre de propietarios ocasionales, y que a él se la había dado una tarde de primavera en Paris el mismísimo Julien Graq. No podía explicarme la razón exacta por la que me entregaba a mí el dichoso manuscrito. Simplemente se había dejado llevar por la intuición de que debía hacerlo en esa cita prevista entre ambos con casi tres semanas de antelación debido a su apretada agenda. Reconoció que apenas me conocía, y que siempre pensó en entregárselo a Roberto Bolaño, que no sólo sabía de la existencia de aquel escrito, sino que lo deseaba con fervor. Le había dejado leer el texto al menos en tres ocasiones, y cuando creyó convencido que ya no le hacía falta y decidió entregárselo a su amigo éste se murió. Llevaba dos años pensando qué hacer con el documento cuando leyó un artículo mío sobre Fitzgerald y su tormentosa relación con Hemnigway y creyó que aquello era una señal. Supongo que por eso me dio el manuscrito.

                No supe qué decirle en ese momento, emocionado porque me hallaba delante de unos de los escritores vivos que más admiro, y me concedía el honor de poseer por algún tiempo semejante presente del que había oído hablar en varias ocasiones. Pero acepté el regalo. Sólo me puso una condición. A partir de un momento –lo sabría- sería necesario que entregara, tal y como él había hecho, a otro escritor esas hojas.

                Gracias a las palabras sin autor guardadas durante más de setenta años pudimos hacernos una idea de cómo era en realidad la hermosa valla blanca que surgía de la arena, el armazón de madera que sostenía unos metros sobre el suelo la casa, la estructura del balcón que envolvía todos los muros o las escaleras que ascendían desde el pequeño porche hasta la entrada, detalles sobre la decoración, los muebles, o acerca de la forma del tejado. También supimos la historia de una mujer, cuyo nombre no se revelaba en el escrito, cumpliendo desnuda cada mañana temprano un paseo desde la casa hasta la orilla del mar. Los ventanales eran amplios y orientados para recibir con plenitud la luz. Las salas grandes y luminosas durante todo el día. Las cortinas de gasa blanca y fina oscilaban a causa de las leves corrientes procedentes del mar.  No había exceso de lujo, sólo objetos exóticos, tapices y cerámica oriental por todas partes, botines procedentes de viajes lejanos. Desde cualquier punto de la vivienda se podía ver el mar a pocos metros. En el porche se acumulaban media docena de hamacas y tumbonas, también un par de confortables sillones de esparto con cojines en el respaldo y en el asiento alienados junto a la pared. Se hablaba de un gato que maullaba a menudo al llegar la medianoche encaramado a la barandilla, y de un escritor que trataba desesperadamente de escribir una novela.

                Durante años, muchos escritores supieron de aquel relato y lo buscaron afanosamente. Bastaba con que cualquiera empezara a escribir con cierta pretensión literaria para que de una u otra forma la historia de la casa, el americano y la hermosa mujer que se bañaba desnuda con las primeras luces del alba día tras día, apareciera, casi siempre por causalidades, en boca de un tercero o en una novela olvidada que se abría esparciendo polvo, en un documental sobre cierto escritor o en cualquier conversación inesperada sobre literatura, y el rumor sobre la existencia de manuscrito crecía y crecía entre el gremio de escritores sin que nadie se atreviera en verdad a hablar abiertamente del asunto.

                En un texto hallado en el año ochenta y dos entre el legado de Vladimir Nabokov, se descubrió que el autor ruso estaba al corriente de la extraña historia de la casa en una cala griega, aunque dudaba de que el documento que yo guardé tantos meses en un cajón de mi escritorio existiera.

                “Se trata de una especie de vellocino de oro de los escritores de ficción, de un mapa del tesoro secreto, de una leyenda acumulada que sostiene una tradición en sí misma sin que necesite un cuerpo físico. Un invento útil, un soplo de trascendencia que nos une ”

                Cuando leo esas palabras suelo sonreír.  Haber tenido en mis manos semejante texto, y creer en realidad que se trataba del famoso escrito de 1932, fue como flotar en el mullido de un nube, como sentirse elegido por una magia irremediable concedida por los dioses de las letras, por una leyenda hecha carne, sangre, tinta y papel, incluso aun cuando pueda pensar en ocasiones que Enrique me tomó el pelo, o que a él se lo tomó Julián Graq, y así sucesivamente.  La tentación de continuar ese ritual asomó muchas veces con una fuerza desmesurada y pensé maliciosamente en falsificar parte de la leyenda misma, añadir algo que la hiciera más trascendental y poderosa, participar de un modo más heroico en su continuidad para establecer una relación mayor con mi persona que la mera posesión temporal. Algo guardaba ese manuscrito sin embargo que impedía mentir sin saber exactamente en qué consistía esa prohibición. La tentación asomaba pero una voz impredecible aseguraba que la literatura debía ser auténtica, que uno no podía transformar las leyes de un arte como ese así como así incluso aunque con ello publicitara mejor nuestra tradición, que en realidad era necesario escribir bien y ser honesto.

                Durante el tiempo que poseí el manuscrito sucedieron cosas inexplicables, pequeños detalles que cambiaron mi existencia y que sería demasiado largo de contar en estos breves apuntes.  Pero hay un hecho que no puedo pasar por alto, la historia que Pierre Michon me contó una madrugada fría de noviembre en el XIIIem de Paris, coronando la ciudad ebrios en el balcón de la casa de un viejo amigo suyo, Phillipe Sollers.

                Tal y como le conté a mi suegra, Chantal A., la fascinante historia de esa casa en Grecia, el recorrido fabuloso del texto desde 1932 hasta nuestros días, los detalles guardados, la mitología alrededor de ese vagabundo americano que contaba historias, la figura sensual de la mujer que se acercaba a la orilla, de todo lo sucedido en torno a ese lugar, con sus viajes  y visitantes y buscadores ilustres que nombré a conciencia, mi propia escritura inconsciente de los hechos iniciada a principios del año 1998, me estaba comenzando a pesar demasiado, y contemplaba desde hacia unas semanas la posibilidad de traspasar el texto a otro escritor.

                Mientras le relataba esas sensaciones imperiosas de desembarazarme del documento no percibí en mi obsesiva exposición como el rostro de Chantal, escritora de éxito en Francia a su vez, se transformaba, como sí, a pesar de no dar crédito a la famosa historia misteriosa, a la posibilidad de que en realidad el manuscrito existiera y estuviera en manos del marido de su hija, la aproximaba a un secreto conocido por todos los escritores de ficción desde los años treinta hasta ahora. Por un instante apareció en su mente la famosa racionalidad gala y me interrumpió bruscamente.

                Había hablado hacía apenas cuatro semanas en Montpellier con Pierre Michon y Pascal Quignard sobre el asunto precisamente. Pascal estaba convencido de que todo era una invención de Henry Miller, pero Michon no estaba del todo seguro y aseguraba que Fitzgerald mencionó el manuscrito en el transcurso de una conferencia en la universidad de Princenton en 1937, a la que asistieron apenas quince alumnos ante el mito derrumbado, atravesado por el tiempo, naufragando en un mar de alcoholes de alta graduación, es decir, unos tres años antes de que Lawrence Durrell y Miller se subieran al barco para buscar al misterioso norteamericano que contaba historias, y unos catorce años antes de que Lazslo, Cendrars y el propio Miller volvieran a buscarlo.  Pascal Quignard dijo que podían ser ciertas esas palabras de Fitzgerald, pero ¿acaso el vagabundo más antiguo de la literatura, o al menos así habíamos deseado verlo la mayor parte de los escritores a lo largo de los siglos, no había sido otro que el mismísimo Homero ciego que recorría las islas contando las hazañas de la Odisea, leyenda apócrifa pero sugestiva que nos alimenta? ¿O no era verdad que con un poco de imaginación podíamos asociar ese manuscrito y al americano que supuestamente lo había escrito con Moby Dick y el Capitan Ahab de Melville?

                Saber que Chantal A. conocía a Pierre Michon me hizo proferir un aullido animal que la asustó. La miré fijamente a los ojos y le dije que necesitaba ver a Michon lo antes posible, que había sido él precisamente el escritor en el que había pensando para traspasar el texto guardado, y al alejarme de la sala para buscar a Helene entre la sombras del dormitorio, no percibí la mueca de dolor que por un instante ocultó la alegría natural de mi suegra. A pesar de todo su escepticismo, por un instante, creyó convencida que yo había decidido concederle el honor de poseer, como todos los nombres ilustres anteriores que lo hicieron, el famoso manuscrito griego de 1932.

                Su decepción fue menor que el asombro provocado por la historia que le conté. El propio Enrique Vila-Matas me había ofrecido ese texto, un escritor que ella adoraba, al que coquetamente, en alguna ocasión, me había comentado amaba en secreto, o mejor, de quien se había enamorado a través de sus palabras, de sus historias.

                Fue una suerte que apenas una semana después Michon acudiera a una conferencia en Le Halle, que surgiera escuálido y solemne de entre la masa y mirara con sus ojos miopes –o al menos eso me pareció- por encima de la gente acumulada en el salón de actos y me viera. Una hora después, gracias a la mediación impagable de Chantal, cenábamos en un agradable restaurante judío de Les Marais. Entre hummus y bolitas de carne y salsas aromáticas Michon relató su encierro. Era un hombre agradable, nada terrible a pesar de mi turbia imaginación y del respeto excesivo que mostré hacia él y su solemne e impresionante literatura. Monstruo vivo que exhalaba carcajadas gozosas de literatura. Entonces contó esa historia, la de Antonin Artaud, y yo le dije que el manuscrito estaba en mis manos y había decido entregárselo a él por muchas razones. Primero porque lo consideraba un maestro, y segundo porque yo apenas tenía tiempo para escribir, y consideraba un despilfarro que siguiera en mis manos sí dudaba de mi condición de escritor. Sus ojos se humedecieron de repente. Alzó la copa de vino, bebió un trago lento y largo, y cuando abandonó la copa sobre la mesa me contó que veinte años atrás, a mediados de los años ochenta, poco tiempo después de publicar Vidas minúsculas, recibió una carta de un sacerdote de Aix-en Provence, de nombre Bernard Ferrand.

                -Este sacerdote era muy anciano –dijo-, un hombre muy sabio. En los años cuarenta, en plena guerra, había editado un libro de poemas hoy imposible de hallar.

                Se encontraron en un café de Le Cours Maribeau. Lo reconoció enseguida, flaco, diminuto sobre la silla, muy viejo en comparación con la juventud que ocupaba la terraza aprovechando el buen tiempo de un mes de mayo luminoso. Se miraron por unos segundos. Michon encendió un cigarrillo y el sacerdote le confesó que Vies minuscules había sido una experiencia estética deslumbrante. Michon agachó la cabeza y se sentó frente a él.

                -Hace muchos, muchos años, fui a visitar a Antonin Artaud al psiquiátrico donde estaba recluido. Cuando le pregunté por el secreto de su profunda obra, por esa especie de oscuridad lúcida y terrible que planeaba en toda su literatura y en sus ensayos, Artaud dijo que el oscuro era él, que sus textos estaban llenos de una luz heredada, de un secreto ajeno guarecido misteriosamente en su mente confusa. Existía un manuscrito dijo, un manuscrito que él había leído, del que incluso podía recitar de memoria pasajes enteros, rezar esa hermosa prosa que en Grecia, en 1932, un vagabundo americano dejó escrita sobre una casa junto a la orilla del mar, en una cala perdida, rodeada por un brazo de tierra y un abrupto acantilado. Tenía la intuición de que en verdad el americano no había compuesto esas frases en el año que todos fijaban como origen, sino que había encontrado un pergamino algunos años atrás en Atenas, datado varios siglos antes de Jesucristo, y se había limitado a traducirlo al inglés, adaptar ciertas descripciones a su época y a transcribirlo en la hoja de papel que circulaba desde hacía años de escritor en escritor. Me aseguró que Cervantes había tenido en sus manos el texto original, y que incluso Shakespeare llegó a guardarlo egoístamente más de un lustro. Habló emocionado de otros propietarios ilustres; Flaubert, Tolstoi, Dostoiesvki, Proust e incluso Joyce.

                Poco antes del amanecer, cuando bajamos a la calle para despedirnos ebrios y fatigados, a pocas manzanas de la cúpula de Les Invalides, saqué de la carpeta que había arrastrado conmigo toda la noche el supuesto texto de 1932. Los ojos de Pierre se iluminaron ante el papel plastificado. Tardó unos segundos en reaccionar. Se sentó en un banco del puente. De lejos parecíamos dos clochard enfundados en abrigos oscuros, yo con un gorro de lana, y él con una gorra de sport marrón claro, las bufandas apretadas alrededor del cuello, los rostros impresionados. Nada más comenzar a leer las primeras líneas del texto Michón empezó reír, primero con suavidad, enseguida carcajadas que resonaron a través de las aguas del Sena. Quise que me dijera si sabía algo sobre el escritor norteamericano vagabundo, sobre aquella casa que construyó o rehabilitó Brenan, sobre el misterio de esas palabras que había guardado algún tiempo, pero se fue alejando alzando la mano a modo de despedida, sin dejar de reír.

                -Adiós, Jimarino, adiós.

                Le grité que me dijera por qué se reía. Se lo pregunté varias veces. Michon se daba la vuelta y alzaba el brazo,

                -Lo sabía. Lo sabía. Me lo dijo Hugo Clauss. También Claudio Magris. Y Tabucchi. E incluso Günter Grass.

                -¿Qué te dijeron?

               Comenzó a llover. Oí algo de un secreto. La tromba de agua ensordecía sus palabras, ya situado a unos veinte metros de donde estaba empapándome… Letras… El futuro. Un lugar en el mundo. Las carcajadas continuaban… Nuestra casa.

                -¿Nuestra casa?

              Se borró de repente. Tuve la sensación de que la niebla que cubrió en pocos minutos el puente lo había arrastrado hacia L´Ille Saint Louis. Ya no podía ver su figura enjuta, su paso cansino. Inmediatamente pensé a qué escritor le entregaría más tarde el manuscrito. Luego que sucedería si uno de eso escritores que iban a poseerlo decidiera destruirlo o guardarlo para siempre a pesar de su extraño influjo, jamás traspasarlo. O tal vez Michon sabía quien era el misterioso vagabundo norteamericano que quiso escribir en Grecia una novela y decidió dárselo personalmente si es que aún vivía. O puede que incluso ya supiera de la existencia del pergamino griego. Al fin y al cabo, yo estaba convencido de que ya no iba a necesitar ese texto. Mis palabras languidecían. El tiempo había borrado su insistencia, el afán por contar. Necesitaba tiempo tal vez, pero la energía había mermado. En cuanto regresara a España tenía pensado llamar a Ricardo Menéndez Salmón para preguntarle como conseguía mantener la calma y las fuerzas para seguir contando. O mejor al propio Vila-Matas, que tuvo la deferencia conmovedora de entregarme personalmente el famoso manuscrito ¿De donde sacaba la energía ese hombre? Al compararlo conmigo, me sugería el esplendor de una ballena en alta mar, retozando sobre la superficie de las aguas, frente al insignificante navegar de una araña de río.

           Tal vez había perdido el secreto de este arte, eso que permite creer que vale la pena seguir escribiendo.

                El agua empapaba mis cabellos, caía por mi rostro y me mojaba los labios. Recordé muchos días en los que me había calado hasta los ojos de lluvia, días de amores secretos, de tardes de infancia en la sierra, ebrios de vino y deseo adolescente, las manos finas y heladas de Lucía, huella de los centenares de festines eróticos posteriores, de las ramificaciones de los sentidos expresados en todas esas vidas que nunca cumplí reunidas en un nombre que no fue demasiado importante pero definió a todos los demás; me acordé de las fiestas perpetuas, de los insomnios y los saludos al sol con la garganta seca, todo esos años borrados, el rastro efímero y confuso de lo escrito a lo largo de casi tres décadas. Entonces pensé que tal vez la lluvia podía limpiar algo de todas esas cosas que habían ido ensombreciendo la literatura que guardaba mi existencia. No era nada importante en el fondo. Una impresión fugaz de haber tenido el manuscrito, de haber compartido el mismo texto que otros tantos tuvieron por un tiempo. Pero esa impresión dejó una huella más profunda de lo que creí en un principio. Me di cuenta al examinar el efecto que me produjo más tarde una propuesta oída en los últimos meses; se pedía que, ante el probable impago de la deuda griega, el gobierno heleno podía vender algunas islas. Me sentí indignado hasta el punto de que, tras leer la noticia, me puse furioso y comencé a gritar que aquello no era posible. Mi mujer me miró sorprendida, como si la noticia no fuera motivo para esa ira tan impetuosa y visible.

                -No entiendes lo que eso significa.- Dije en voz baja, apenas un susurro que no oyó nadie.-Eso sería entregar nuestra única tierra libre, nuestro único lugar sagrado-.

                Michon se había evaporado por ese puente y nunca más volví a verle. Mi suegra hace meses que no viaja hasta Valencia, según parece está recorriendo la vieja y agujereada Europa en una roulotte con su nuevo amante. En una postal me confesaba que tal vez había perdido el gusto por escribir y prefería beber y morir despacio, leer y hacer el amor mientras el cuerpo resistiera los envites del tiempo.

                -La culpa es de Beckett. Queda ya poco por decir…

                Entonces pensé en una frase de Bauchau –un frase que tal vez inventé, no estoy seguro a estas alturas-.

                -Lo mejor sería perderse en una isla griega, vivir en una casa junto a la orilla, escribir una palabra tan sólo en una hoja de papel día tras día, adquirir el ritmo del mar y finalmente desvanecerse como las olas.

                En ese instante me pregunté porqué demonios había vuelto escribir un texto como éste. En voz alta, a solas, sin que nadie me oyera, me acordé de todos los títulos de libros que inconscientemente otros escritores me habían robado a lo largo de toda mi vida.

                Porque leer es una vida absolutamente maravillosa.

Copyright Jimarino

                         

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22 replies »

  1. Claro que leer es una vida absolutamente maravillosa.
    Y leerte a vos es mi mejor forma de confirmarlo, por si alguna vez me entran dudas.
    Gracias por publicar tus experiencias en esos mundos a los que sin dudas pertenecés, por la emoción que me dejas y que volveré a buscar, una y otra vez, para vivirla de nuevo.
    Un beso.

    • Mi querida Diana;

      Un gusto tenerte por aquí, como siempre. Por saber que cuando cuelgo algo en Los perros de la lluvia tus ojos leerán desde Concordía esas líneas, que habrá una leve expectación al mirar por la ventana y ver los árboles del paseo, la suave cadencia del viento sobre las hojas. Tu próximo verano será mi invierno europeo. Ya anochece pronto aquí a pesar del mar mediterráneo. Leer es una vida absolutamente maravillosa y está llena de secretos. Eso lo sabes muy bien,
      Muchas gracias por tus palabras.
      Un abrazo.

  2. Querido Jimarino, como verás siempre estoy al acecho. Esperando como un condenado en la milla verde que me llegue tu voz conmutándome la pena de soportar tanta banalidad, de oír tanto barulllo y de leer palabras tan desnudas de sentido.
    Siento que, como quería mi adorado Albert Camus, resucitas y alimentas el mito, no como una mera entelequia sino como una referencia fundacional, un tesoro que contiene el secreto de la vida y, en lo que nos concierne, el devenir de la literatura. Hay aquí un canto a la continuidad de una tradición que se remonta a Homero, a los escritores bíblicos y de todos aquellos textos que consideramos sagrados, llámense Divina Comedia, Quijote, Hamlet, Ulises, Mientras agonizo, etc. Quiero decir, todas esas versiones del manuscrito original que se van pasando, como se pasaban a través del tiempo la capa incombustible de mis personajes de El hijo del arquitecto. ¡Cuánto peso! ¡Cuánta responsabilidad recibir el manuscrito y darlo con algo de ti, como quien da una llama viva para que ilumine el corazón de los seres humanos. Y tú, Jimarino, tienes ese don de la iluminación y del sentido! Como todo sacerdote, rindes culto a una metáfora de la existencia, al secreto que la concierne, y lo haces con el coraje de quien tiene fe en el poder transformador de las palabras! Con la fuerza de quien cree que la poesía alumbra el transcurrir del mito de mano en mano!.
    Un fuerte abrazo.

    ps. Qué lista, Durrell, Cendrars, Michon, Quignard, Fitzgerald…

    • Querido Antonio;
      Tu comentario me provoco ayer una alegría desmesurada que me hizo saltar por la casa canturreando y lanzando hurras al viento. No sólo por la constancia cada día más importante de que cuando cuelgo algo en Los perros de la lluvia estás ahí, como uno de eso lectores extraordinarios que siempre pensamos tener alguna vez, quizá uno de esos para los que en realidad escribimos, sino por la absoluta comunión entre El hijo del arquitecto, tu mirada hacia está vieja tradición de letras, y mi pequeño texto sobre “el vellocino de oro” de los escritores”, Que a las pocas horas de colgar Una casa griega y la leyenda de los santos escritores recibiera un comentario como este, y encima viniendo de un escritor y poeta tan extraordinario como tú, es como salvar la deuda pública de un país europeo en estos tiempos aciagos. Te aseguro que tuve una sonrisa instalada en el rostro todo el día y últimamente las ganas de reír se me disipan demasiado pronto.
      Como dices, la literatura está conectada muchos siglo antes de que existiera la red, y esas ramificaciones han ido construyendo nuestros pequeños textos sagrados, que al tiempo no son solemnes, que pueden ser modificados, aceptan añadidos y explicaciones, pueden ser comentados al antojo de los lectores con mayor o menor acierto, como si nuestra religión fuera un juego interminable lleno de reflejos lúdicos, ideas profundas y oraciones laicas con las que nos encomendamos a Dioses nada terribles y tan necesarios para vivir. Esa iluminación, esos libros sagrados que comentas están hechos para la luz. En un mundo de oscuridad siempre nos servirán, como ese descubrimiento que tuve al leer ensayos sobre la obra de Dostoievski para escribir el artículo en Shangrila las navidades pasadas, sobre el influjo sanador y liberador que produjo en los campos de concentración alemanes su literatura entre aquellos que recordaban sus obras.
      Es verdad. La metáfora de la existencia es la misma que ha empujado a lo largo de los siglos a todos los escritores a escribir. Una metáfora inasible y llena de misterio que nos guía y a menudo nos deja sin palabras ante una inmensidad a la que apenas podemos acercarnos. Es una lastima que mi tiempo y mis posibilidades sean tan limitadas, porque siempre he creído que estaba aquí para esto, aunque a ahora se me vayan cayendo las horas y el sueño me adormezca entre cantos de sirenas y ruido ensordecedor.
      Te agradezco profundamente tus palabras, que además sientas que somos (yo incluido) parte de una manada que tiene le mismo ladrido bajo la lluvia. Es como si un huérfano descubriera que su padre vive, como si nuestro K. de El castillo hallase un rincón donde sentirse parte de algo.
      Un abrazo muy fuerte.
      Tengo que viajar a Barcelona antes de que se me escapen las palabras y todo quede en silencio. Es posible que en Enero o Febrero, aunque sea sólo para conocerte y ver a algún buen amigo que todavía me queda por allí pase un fin de semana fugaz. Te avisaré con tiempo. Uno puede conocer en persona a sus maestros muy pocas veces. Hasta pronto.

  3. Querido Jimarino!

    Ya no sé que decirte, francamente. Si alguna vez tuve la sensación de aportarte algo hace ya tiempo que me doy cuenta de que no hace falta. Tienes un don sagrado, como dice Antonio Tello, algo profundamente poderoso y bello en tu escritura. No es sólo que guardes la capacidad de escribir como si cada palabra marcara un ritmo necesario, cada frase fuera un movimiento, un latido exacto y formidable, es que lo que cuentas suele atraparme desde la primera línea hasta la última. Es curioso que me vea obligado a venir hasta aquí para encontrar textos tan hermosos, que tu voz esté situada en este limbo de la red, mientras los lugares oficiales, la prensa seria, la crítica, va languideciendo,encerrándose en sí misma y en el halago pagado ante la indiferencia del mundo. Creo, como dice Antonio, que el futuro está en esos reflejos que acabas de regalarnos en Los perros de la lluvia, un lugar para mi fundamental, extraordinario, siempre reconfortante que me despierta de muchos letargos. Todavía tengo un ligero estremecimiento después de leer hace una hora Una casa griega y la leyenda de los santos escritores. Ojalá me hubieses dado a mí el manuscrito. Después de leerte, estoy seguro de lo que tuviste entre tus manos, que era el auténtico.

    Un fuerte abrazo.

    • Carlos, perdona pero tengo que decirlo. Yo también tuve el mismo estremecimiento que tú y omití decirlo por ¿pudor?¿temor? y por eso acabé escribiendo de la responsabilidad. Creo que al final la manada tiene el mismo ladrido bajo la lluvia.

    • Carlos, Carlos;
      Siempre tengo la sensación de que me enseñas algo, así que aunque me tome tu comentario como una especie de bautismo, sigue aquí aportando nombres, teorías, palabras hermosas. Dudo tanto acerca de si tuve o no el manuscrito verdadero. tengo tan poco tiempo para comprobarlo que tus palabras me producen un ligero rubor. No es falsa modestia, te lo aseguro, es simplemente mucho respeto. A veces tengo la sensación de balbucear en vez de escribir, o que la barrera entre escribir bien y el verdadero arte es demasiado grande como para ser traspasado en estos pequeños textos que me permiten airear obsesiones y pequeñas oraciones literarias. Este blog se convirtió con el tiempo en un mecanismo de salvación propio y enseguida en un lugar donde continuar con el largo historial de una tradición que a estas alturas es la única con la que me siento identificado aun cuando algún día deje de juntar palabras una detrás de otra para expresar algo.
      Que te estremeciera mi casa griega colma las expectativas que puse en la escritura.
      Mil gracias por participar de nuevo en Los perros de la lluvia. Es un aliento impagable.
      No nos mojemos demasiado hasta que la fiesta termine pro si nos queda algo para decir. Ya sabemos que Beckett, a pesar de su grandeza, era demasiado pesimista.
      Un abrazo muy fuerte.

    • M,
      Bienvenido a Los perros de la lluvia.
      Muchas gracias por el comentario que alimenta este raro entusiasmo de escribir. Misteriosa letra en un comentario que me ha hecho pensar un buen rato en identidades perdida o jamás halladas.
      Un abrazo y hasta pronto.

  4. El relato es formidable, con varios niveles de lectura. Me gusta esa idea de que quienes escribimos bebemos de las mismas fuentes. Me encanta esa imágen de una onda expandiéndose en un estanque como disparo inicial propinado en un texto primigenio, big bang expansivo gracias a cada ‘letrilla’. Me gusta pensar que esa ola primigenia es devuelta al mar con la impronta personal de cada orilla, de cada escritor. La Literatura es un océano infinito y cada escritor sólo un rizo de espuma en cualquier ribera, por eso doy por supuesto que escribir es corregirse contínuamente, enderezar en todo momento el surco de ese río interior.

    (la palabra escritor, en mí, es excesiva. Por eso escribo plugo y cielo. Gracias por cierto por comerte ‘mi marrón’)

    Un cordial saludo

    • Fran;
      De nuevo gracias por tu presencia en Los perros de la lluvia y por tus agudos comentarios. Lo curioso es que para mí la palabra escritor posee un respeto inmenso y una modestia añadida tremenda. Si lo piensas, ¿habrá algo más solitario y en el fondo insignificante que un escritor tratando de atrapar el imposible del mundo con un puñado de palabras y una sintaxis? Lo hermoso es que sea tan resistente ese afán, tan misterioso, como si en ello, al igual que sucede con otros pequeños actos de lo humano que nos emocionan, hubiese un misterio, un sentido, ese manuscrito a desentrañar y alcanzar, quizá sin posibilidades, pero firme, como si fuera un mandato inexplicable, constante, incomprensible, y al final, con tan poca recompensa: esa sensación de haber hallado algo tan pequeño en una inmensidad tan descomunal ¿Es o no es insignificante y hermoso?

      Un abrazo y hasta pronto.

      Perdonado por el curso lingüístico… siempre es bueno aprender algo nuevo…

  5. Mª Carmen

    ….Nada más leer tu relato y ver la foto griega, me atrevo a compartir éste recuerdo…..

    ….. inmediatamente recordé un libro que me recomendaron y conservo como un tesoro…. “…Un profesor de origen inglés llega a una isla griega para ocupar una vacante de magisterio. De manera inquietante se entera de que su antecesor se suicidó envuelto en extrañas circunstancias. Conocerá a Conchis, un extraño personaje que le sumergirá poco a poco en un juego perverso a la par que fascinante….John Fowles, El Mago.

    Saludos, enhorabuena por el blog y muchas gracias por tu ayuda con Bodas en casa de Bohumil Habral ! :-)

    • Carmen;

      No conozco el libro, pero tomo nota.
      Gracias por tu comentario y por esa historia. Nuestra Grecia deshecha siempre fue literaria, el origen de toda literatura y su razón de ser en el fondo. Ojalá encuentres Bodas en Casa. De vez en cuando, cada dos o tres meses, me pongo a buscar algún ejemplar o pido a los dioses griegos que nos traigan un editor que la publique de nuevo. A veces, Bohumil aparece en mis sueños, no mucho, quizá un par de veces al año, y me recuerda, cuando todo va mal, que él sobrevivió a todo eso y encima escribió obras maravillosas para recordarnos que siempre nos queda estar vivos y que hay unas cuantas cosas esenciales que no podrán arrancarnos jamás.

      Un abrazo muy fuerte.

  6. No me veo capaz de describir lo que he sentido al leer el texto. Quizá su nombre sea fascinación, sí, seguro es eso.
    Me ha fascinado leerte. Una vez más
    Un abrazo jmarino

    • Mil gracias por el comentario Madison. Es un gozo tenerte por aquí, como siempre. Anima y mucho esas palabras emocionadas. Siento el retraso en la respuesta pero volví de viaje ayer mismo.
      Un abrazo muy muy fuerte,

    • Querido Francisco;

      te agradezco tus palabras, como siempre, quizá algo más ahora, en navidades, en un periodo raro de mi vida, otra vez, el enésimo hundimiento, la suave distancia de todos los silencios emprendidos a lo largo de mi vida. Te deseo lo mejor para estas navidades y por supuesto para el año que viene. Espero que podamos seguir en contacto a través de nuestros lugares de luz, tu Tiempo Ganado, y estos perros cada día más mojados.
      Me ha alegrado mucho tu comentario.
      Un abrazo muy muy fuerte.
      Hasta pronto.

  7. Mi querido jimarino,vuelvo a pasar por aquí como una sombra discreta para desearte lo mejor.He leído tu respuesta y ese “enésimo hundimiento” me deja consternado,amigo. Desde aquí mi soporte auténtico,lejos de lo digital y cerca como persona.

    Un fuerte abrazo.

    • Fran;
      No te puedes imaginar la alegría que sentí al leer la sincera preocupación en tu correo. Te lo agradezco profundamente y me pareció tan cercano que me emocioné. Mil gracias.
      Pero no te preocupes, mis hundimientos nunca me matan del todo y dentro de lo que cabe y teniendo en cuenta el panorama nacional no estoy nada mal, preocupado, pero entero. He tenido una época movida con muy poco tiempo, y el pequeño Mateo es un torbellino que no me deja respirar en cuanto tengo un poco de tiempo libre, así que bien, soportando algunas desvergüenzas en esta Europa tan patética, releyendo tragedias de Shakespeare y los relatos de Virginia Woolfe (por cierto muchos me han dejado mudo, al nivel de los monstruos literarios de su época) y sintiendo pánico ante los nuevos salvadores -morales y económicos- de la patria. Joder que miedo da el panorama y con que tranquilidad se lo toma demasiada gente. Se están repartiendo en Europa los trozos del pastel que supone el Estado de bienestar para un buen puñado de compañías e inversores en detrimento de la calidad de vida de las masas del continente. Siempre me ha costado lo mío por pedante e incrédulo, pero me siento masa desde hace algún tiempo, solidarizado con un expolio de dimensiones todavía imprecisas: nos están robando el presente y están robando el futuro de los que vienen. Luego alguien me dirá agorero, tremendista, que esta época no es mejor ni peor que otras, que los pesimistas son los que aspiran al inmovilismo y a la derrota, pero me importa un pimiento. El poder comienza a volverse insaciable y no tiene límites ni quiere ya máscaras ni disimulos, retorna hacia la dureza del castigo y a una sutil represión de la inteligencia. Eso nunca fue bueno. Eso jamás podrá ser bueno. En literatura todo sigue igual: comparsas residuales, un eco imperceptible, una sordera social, un ligero estremecimiento ante nuestra insignificancia. Si alguien pensara por un instante que parte del deterioro de europa es cultura como anunciaba Thomas Mann hace más de sesenta años, si alguien se hubiese dado cuenta antes…
      Espero que tú estés bien, en plena forma, con una salud de hierro y con ese entusiasmo maravilloso que sueles regalarnos a todos lo que te seguimos.
      Un abrazo muy muy fuerte, amigo.
      Pronto vuelvo…

      • Me alegra saber de ti,amigo y tus miedos son los mios.Todo lo que argumentas tan bien es lo que recorre mi cuerpo a lo largo del día y de las noches en pesadillas donde en un solo plano se concentra todo.Esa indiferencia tranquilidad es solo aparente.Nos ha tocado vivir el final de un tiempo,el final de una civilización y no sabemos muy bien qué és lo que vendrá.Desde la revolución francesa todas las épocas se enfrentaron a cambios radicales,pero todos ellos sabían lo que venía,pero nosotros no.No puede existir renacimientos en nuestra ya agotada especie.Existen antropólogos que creen que nuestra evolución ha llegado a su fin y sinceramente lo creo.Me parece mentira que después de dos mil años de civilización nuestro final sea este.Decía Kafka:”Existe una salvación pero no para el hombre”.Mires por donde mires solo se ve un caos sin sentido. El lenguaje desaparece a pasos agigantados.El comportamiento humano vuelve al neandertal y el pensamiento se ha convertido en visitas al psiquiatra.Vivimos en una época donde impera los medios de comunicación más avanzados,pero nadie sabe qué decir o cómo decirlo.Joyce tenía razón en su Ulises y mucho más Beckett;la vulgaridad y monólogos absurdos y surrealistas.No se si conoces la obra de J.G.Ballard,pero he vuelto a leer sus magníficas obras y da una posible y alarmante respuesta.El ser humano de adapta a todo. La mirada de Ballard es alarmantemente premonitoria y de una contemporaneidad marcada por la muerte del afecto y el relevo del paisaje físico por un paisaje mediático donde la realidad y ficción se confunden. Una visión de un siglo XX y XXI esencialmente psicopatológico, en el que fluyen en una cosmología traumática. La catástrofe es un concepto central en su obra. Lejos de establecer el orden, el personaje ballardiano percibe el cataclismo como un foco de atracción y se muestra dispuesto a aceptar las reglas que esa nueva realidad le impone, aunque eso suponga renunciar a su propia identidad, a la cordura e, inevitablemente, a su supervivencia. Lo que está en juego no es tanto la autodestrucción, sino la reducción del cambio y el tortuoso camino hacia la plenitud psicológica.
        Vivimos en una profunda crisis que no es económica, como la mayoría podría pensar. Como yo lo veo,
        el problema está en la psicología de la gran masa. Estamos siempre en el borde, en el límite de algo latente, presente, pero que en última instancia no podemos ver. El fracturado horizonte de nuestras ciudades parecen el encefalograma zigzagueante de una crisis mental irresuelta.
        Ballard es un buen aditivo para una sociedad que se escuda tras las falsas apariencias y el pensamiento positivo, una sociedad agitada y basada en visiones reduccionistas o simplificadoras. También es un buen aliciente para a aquellos que están sometidos a las esperanzas frustradas que les hacen desesperar de la política como respuesta a todo.

        Un fuerte abrazo,amigo y otro para el pequeño Mateo.

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