Intimidad (a la esperanza duradera del movimiento 15-M)

Publicado en junio 19, 2011

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(Todas las fotografías de la Sierra de Gúdar (Teruel) por cortesía del fotógrafo francés Michel Lavigne)

         La sierra amanece envuelta en la niebla y deja sobre los hierbajos y las hojas de los árboles, sobre el césped y la piedra, un rastro de humedad, una frescura que al respirar inunda los pulmones e irrita las fosas nasales, provocando un picor doloroso para quien no está acostumbrado. Nos contemplan mil años de historia desperdigada entre muros vetustos y piedras cuadradas, talladas a mano, y el campanario viejo, que se alza mudo, y esos caminos empedrados, que suspiran por los pasos de campesinos y mulas y carros de antaño. Soñamos hace algunos años con este paisaje, con un rincón como éste: una casa de dos pisos, planta baja y vivienda, y una luminosa buhardilla con apertura en el tejado gracias a una amplia cristalera incrustada entre las viejas tejas, y ventanales con vista a las montañas. Aquí se puede respirar, a pesar de la historia que asciende como vapor de agua, que impregna cada poro de mi piel y me recuerda que en este lugar, hace años, siendo un niño, un adolescente, fui feliz, y que entonces tenía sueños, una imagen de la vida futura espléndida, llena de posibilidades, y aunque uno siente nostalgia por la existencia que no pudo ser, no me quejo de haber sobrevivido y regresado, a pesar del invierno gélido y silencioso, a pesar de los fantasmas de la memoria que van poblando cada esquina, cada pedazo de muro. Aún me queda algo de aire, de hecho, pienso que antes era menos consciente del aire, y ahora, cuando subo a la montaña y contemplo la inmensidad del valle -Helene apoya su cabeza sobre mi hombro y siento como el viento mueve sus cabellos, que se pegan a mi rostro-, estoy seguro de estar vivo, sin ruido, sin el incesante parloteo de quienes no me interesan: ella y yo, solos, contemplando la inmensidad de las laderas y los ribazos, atentos a los movimientos de las aves que giran alrededor de los picos, o al paso cansino de un vecino que arrastra un carro con cebada para los animales, de los pastores que recorren las veredas con sus ovejas hambrientas.

         Camino por los senderos serpenteantes y retorcidos junto a ella, que me estrecha por la cintura y trata de sonreír al paso, a través de las hileras de arbustos y hierba con firme de tierra seca que delimitan los cauces y los terrenos de cultivo. Creo que es feliz, pero se contiene, tal vez porque sabe qué es lo que quedará al final.

         Sucede algo similar con Bellochi, que se acerca en coche hasta aquí dos veces al mes, y comienza a parlotear y evita mi mirada tan sólo para no verme como era antes, como soy ahora. A veces Helene y yo nos miramos en el espejo de la cómoda, el mismo que nos ha contemplado durante veinte años, que reflejó los cambios verano tras verano, y ella me acaricia el rostro y descubre el paulatino deterioro con una esperanza de belleza que concibe como cierta. Las canas son notorias en mis cabellos; se han hecho duros y blancos, muy erizados, aunque acabo de cumplir treinta y ocho años, y mis ojeras se esfuerzan por darle un aire sufrido a mis facciones aniñadas. El mentón antaño redondeado, se ha endurecido de un modo excesivo, y mis manos son largas y huesudas; manos de filósofo, que solía decir mi abuelo, las que yo quería, esas manos huesudas de dedos finos y estirados, ligeramente torcidos, como una ironía que me anuncia el tiempo que se disipó, y lo que queda, desde luego, hay que devorarlo. Y entonces llega esa pregunta, que como juego alguna vez expresé al abrigo de una conversación entre amigos, y escucho esas respuestas que en este instante bailan en la memoria, irresponsables, y sonrío con cierta condescendencia, y algo dentro de mí recibe luz en esos momentos en que la oscuridad parece ser la única respuesta. Bellochi se empeña en pronunciar su lista de quehaceres, en vista de un agotamiento irrenunciable y voraz del tiempo de existencia: pretendía la fama, porque en el fondo, palabras textuales, fue lo único que buscó, aunque supo vivir con su media fama, sin reproches, satisfecho, no menos suculenta e interesante que la completa. Inma optaba por viajar, como Nati, recorrer de punta a cabo el mundo, ora en barco, ora en avión o piragua, el amazonas, el desierto, el cañón del Colorado, la estepa rusa, la Provence francesa, y las ciudades colosales, se llenaban sus bocas de París y Nueva York y Berlín y Londres y Praga y Marraquesch, y las enlazaban con aventuras que siempre terminaban bien. Ahora ellas piensan en sus pequeñas, desmienten su heroico pasado de sexo drogas y rock & roll aunque mantienen ese empecinamiento particular de la rebelión a pesar de todo. Viajar, ya lo hice, como un castigo, o como dice Bellochi, como un viaje inconexo; porque mi viaje y el suyo fueron viajes desnudos, sin paracaídas ni salvaguarda, directos al corazón de la podredumbre humana, esparcida por doquier hubiera guerra o hubiese paz en cualquier parte del mundo. Y Jean hablaba de un final apoteósico, pero alejado de la fama, más bien una excelsa dedicación a la exaltación de los sentidos, hasta el karma del exceso, sin más: mujeres, vino y libertad, disponer de tiempo y dinero para gastar en un maremagno de desconcierto, hasta que el corazón dejara de latir y el cerebro se apagase. Pienso ahora en Reinaldo Arenas y su afán por concluir su obra como si fuera lo único que importara, entre la memoria y el esfuerzo. O en Fitzgerald y su Último magnate, o tal vez en un Musil tembloroso, ardiendo entre las páginas de su hombre sin atributos, o en el agotamiento físico y espiritual de un Hemingway borracho y decrépito vencido por la vida, hasta situar el cañón de su escopeta de caza sobre la boca y apretar el gatillo. Cualquier respuesta valía para expresar que algo de la existencia se iba apoderando de todos en el mismo instante en que conversábamos, segundo a segundo agotábamos algo de nosotros, y al pensar en un tiempo acelerado, que produjera un suspiro tan sólo y permitiera fijar la conciencia en esa fugacidad, surgía una vez más esa imaginación precisa, ese carpe diem que fijaba el único sentido posible.

         Suelo levantarme muy temprano, porque al ver nacer el día -primero sombras oscuras que acompañan el bullir de la tetera y un frío intenso, despacio una luminosidad creciente que se mezcla con el vapor de la cafetera y la ilusión de extender las páginas del libro que termino de empezar-, tengo la sensación de que gano algo, de que arranco un suspiro más, deseando empaparme de ese amanecer que en el fondo, a pesar de la calma, anhelo. Con sólo mirar los ojos llorosos de Helene cuando contempla el espejo de la cómoda y trata de sostener por un momento la idea de que puedo marcharme sin más, de que puedo desaparecer como se marchitan las hojas de los árboles en otoño y quedan sepultadas en la tierra desmenuzadas y polvorientas, me arrebata una tristeza inmensa que nada tiene que ver con el egoísmo. La consciencia de la vida, o mejor del fin de la misma, se fue diluyendo en un deseo profundo e insistente por unirme a un paisaje, a una manera de vivir que en la ciudad resultaba imposible. Pero esa conciencia me sirvió de acicate y a la vez de motivo. Si los hombres supieran por un instante que el día siguiente puede ser el último, todo cambiaría de la noche a la mañana, y sin embargo es una posibilidad que esta ahí, quieta, que existe, que acto seguido caiga una maceta de cualquier balcón sobre la cabeza de un transeúnte confiado, o que una mala maniobra del automóvil pueda provocar el accidente que finiquite una vida, o quizá una enfermedad misteriosa viva ya en el cuerpo de un ser humano y esté devorando los órganos vitales, anunciando el fin irremediable

         -Podemos elegir casi todo.- Diría optimista Mario, al que hace tiempo no veo, pues anda por otras montañas enfrascado en su trabajo, en sus nuevas esperanzas.

         Desde la ventana que da al viejo castillo derruido -sus piedras fueron utilizadas a principios de siglo para construir nuevas casas, en una afrenta revolucionaria contra el poder feudal, un gesto de justicia, ignorancia y brutalidad inaudito, sobre el que he pensando muchas veces-, el día surge de nuevo imprevisible y se llena de matices y colores, del sonido de los grillos y los pájaros que van poblando de vida las calles desiertas. He tratado de imaginar una caravana de aldeanos provistos de carretillas, ascendiendo y descendiendo ordenadamente el camino que rodea la iglesia y sube hasta el pico, los he visto arrancando las piedras del monumento, destruyendo los muros, y luego, con la carretilla cargada, descender despacio por el sendero empedrado. Es uno de esos actos subversivos que siempre me han fascinado, que irremediablemente, a pesar de la figura de mi abuelo, que aparece de fondo y niega una y otra vez aquel atentando contra el patrimonio cultural de la Sierra -¡por Dios, arrancar las piedras de un castillo construido en el siglo XV!-  me ha recordado a otras grandes revoluciones de la historia de la humanidad. Cuenta la leyenda que fue Ramiro Avisavientos, en mil ochocientos noventa y tres, quién fuera abuelo de Ramón Avisavientos, héroe de guerra republicano durante la guerra civil española en la sierra, muerto al cobijo de una iglesia abandonada en un pequeño pueblo cercano a Madrid después de asesinar por venganza al falangista que violó y fusiló a su esposa, sacó a golpes de su casa a Federico Montseny, el hijo del antiguo marques de la Villa, hombre poderoso y brutal, lo arrastró por el suelo del brazo, ya medio muerto, y junto al pregonero convocó al pueblo a una reunión de urgencia. Deseaba el ajuste de cuentas de la humillación y la miseria después de años de carencias y dureza. La historia fue repetida en un apellido, de igual forma que ahora el airado reproche civil ante un tiempo de sinvergüenzas y avariciosos, de ruido y mentira, tendrá una respuesta: energías humanas que van cobrando sus piezas en un juego de causa-efecto fascinante. Aquella revuelta fue el símbolo de un final, organizado por entero desde allí, un sitio demasiado alejado y abrupto como para que pudiera ser reprimido con la dureza exigida, y se aceptó después en la capital de provincia el reparto de tierras, y nadie puso pegas a la destrucción del castillo. Se acabó el antiguo régimen, y con ello el hambre, se aseguró la supervivencia de todos en un nuevo estadio que permitió al menos la subsistencia y el desarrollo; se hizo a lo grande, y que mejor modo de festejarlo que destruyendo el monumento, como una exégesis del hombre rebelde, tan menospreciado por el poder ciego, tan corriente sin embargo a lo largo de la historia.

    

      Desde hace algún tiempo, suelo prestar atención a las pequeñas cosas, como si fuera posible llevármelas a ese estado sin contenido que me espera, a ese largo sueño sin memoria, que tarde o temprano me empujará hacía la negrura, a pesar de la esperanza de Helene, y siento que en todo ello hay un afán secreto de alcanzar alguna sabiduría, y pienso en ello como síntoma, porque antes, años atrás, nunca tuve semejante curiosidad. Es importante conocer esos cambios, determinarlos, a poder ser aislarlos de lo demás, para saber o reconocer qué es lo importante. No ha muerto en mi el amor, que se expresa de múltiples maneras, no sólo en Helene, a la que quiero más y mejor, a la que considero parte de un recorrido necesario como si hubiese sido destinada a acompañarme, sino que pervive en los rostros familiares, en los libros que repaso a menudo a solas en la buhardilla polvorienta, en el recuerdo de aquellos que me acompañaron y tuvieron que marcharse por la fuerza o por la inercia, tantos cadáveres, en el brillo que  a veces se atisba en los seres humanos cuando una ilusión de futuro, de alegría, inunda la insatisfacción. No anhelo el amor infatigable y superficial de la seducción, ni siquiera los años salvajes sin nombres, poseído por la ebriedad de un sentimiento sin dirección ni rostros, como solía decir Jean cuando hablaba de lo que haría si supiera que al día siguiente todo fuese a terminar, en un afán de regresar a la antigua promiscuidad de nuestra adolescencia infatigable; por el contrario, cada minuto a su lado eterniza la vida, la hace, en cierto modo, inmortal. Lo único que echo de menos es el deseo, otra forma del amor igual de intensa, el deseo salvaje y arrebatado de perder la identidad, de echarla por tierra y obviar el yo en las fauces de otro, de gozar y sufrir en el mismo instante en que se detiene el tiempo para expresar el anhelo más eterno del ser humano: la fantasía de la continuidad imposible. Por eso aguardo con impaciencia que lleguen las nueve o las nueve y media, para poder oír desde la buhardilla el crujir del catre, sus pasos por la habitación, y entonces dejó mis papeles y periódicos, mis libros o mis escritos, y me precipito escaleras abajo sólo para desearle los buenos días y sentir el calor de su cuerpo. Y cuando tarda, recorro sigiloso el pasillo, y desde el marco de la puerta la contemplo extasiado dormir desnuda. Hay algo eterno en esa imagen que me sumerge de lleno en la sensualidad y en la historia del arte, en las visiones femeninas de todos los maestros, en los desnudos espaciados de asombro ante la belleza, algo similar al eco que oscila frente al empecinamiento de los cínicos por perdurar. Es como si todo naciera del deseo, la Venus frente al espejo que sueña el pintor Diego Velazquez, las cabezas rodando de los aristócratas franceses, la esperanza de que la servidumbre, el odio, la avaricia y la mentira se desintegren en el mismo instante en que Helene se estremece en la cama y Sophie suspira a kilómetros de esta sierra por aquel deseo interminable y eterno que me une a ella,  Courbet se extasía ante las durmientes y estas palabras alcanzan la luz, antes de la cálida tarde en la que negrura lo envuelva todo y yo desaparezca.

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