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Albert Camus-Lourmarin-Antonio Machado-Collioure

No existe ni un sólo cartel o indicación, nada que anuncie la tumba de uno de los escritores más importantes del siglo XX. Lourmarin es un pueblo típico de la Provenza francesa, cuidado, construido en piedra duradera, tan elegante y apacible. Apenas hay edificios nuevos más que en las afueras del centro urbano, y aún así son discretos, acordes con la belleza del paisaje y la extensión montañosa delimitada por campos de lavanda coloridos y rectangulares. La luz de la mañana es tan intensa que ciega los ojos. Caminamos despacio sobre un sendero empedrado escoltado de hileras de gravilla irregulares. Albert Camus fue un hombre tan consecuente en vida como ese modesto camino que se bifurca en un quiebro a las afueras de la población y desciende con una moderada pendiente hacia la carretera. A poco más de un kilómetro se levanta la muralla del cementerio.

Los cabellos rubios de Sara brillan bajo el sol. Su rostro ligeramente hinchado no ha borrado la belleza de su mirada, la limpieza de la cara, los labios carnosos y esos ojos llenos de bondad. Mientras caminamos le cuento que rara vez he mitificado demasiado a la muerte y sus iconos. Con una sonrisa intento explicarle que la única tumba que quise ver a mis diecinueve años fue la de Jim Morrison en el Pére Lachaise de Paris y la decepción que sentí al observar el deterioro del mausoleo, la cabeza esculpida arrancada del sitio para evitar el constante sufrimiento, los grupos de jóvenes bebiendo cerveza y fumando marihuana en las inmediaciones, abandonando los rastros de su presencia en forma de cascotes y colillas, fue inmensa. Preferí el paseo solemne y silencioso entre los setos, la mirada extraviada frente a la tumba de Sara Bernhardt o de Oscar Wilde.

Sara me provoca una ternura conmovedora, despierta el deseo de abrazarla, de acariciar sus mejillas y el cuello. Su voz es apenas un susurro suave. Su cuerpo grande y ancho me hace pensar en un refugio.

La primera vez que la vi fue en aquel Paris nocturno de mediados de los noventa, en la encrucijada de senderos sin luz, de túneles en los que me adentraba sin saber exactamente el destino ni las posibilidades: ella a punto de casarse, tan joven. Me subí a un deportivo de color negro y cristales ahumados y pensé que se equivocaba con aquel tipo guapo y espigado, tocado por una ligera alopecia, que conducía rápido y brusco por callejuelas estrechas. Ebrios nos cogimos por un instante de la mano esa velada en el asiento trasero del coche. La miré a los ojos y sentí todo lo que había sido y sería. El contacto con aquellos dedos huesudos y fríos me produjo uno de esos instantes eróticos jamás cumplidos, con ese esplendor de lo que perdura porque jamás se apuró, sin oscuridad en verdad, más bien como un reflejo de un enamoramiento fugaz e intenso frente a esa figura sublime de la época que contradice la anchura actual. Su boca tembló apenas, su olor impregnaba el vehículo. Cuando salimos del automóvil esa noche en las inmediaciones de la Place de la Bastille para adentrarnos en los subterráneos del barrio me sobrevino una profunda decepción. Helene me preguntó si me sucedía algo pero no conté nada; fue uno de esos suspiros de rara trascendencia en los que nos sentimos capaces de modificar el destino por un impulso, un sentimiento impetuoso de amar otra cosa o a otra persona sabiendo que no sucederá.


Aquel matrimonio primerizo duró apenas seis meses. De la alegría de esa fiesta de despedida en discotecas del Paris oscuro a las que no podría volver, quedó un infierno de silencios, maltrato psicológico y una culpabilidad inmensa e inmerecida. Aquel muchachote alegre y divertido deseó convertirla en una sumisa esclava de tardes de domingo aburridas y desahogos seminales al antojo de la erección. Más tarde sobrevino un viaje de estío a Valencia tras su separación, una estancia en mi casa de tres semanas y una cierta recuperación. Se enamoró de quien menos le convenía otra vez: Bellochi emanaba sus encantos perversos, su lucidez retorcida, y ella era demasiado inocente para un espíritu tan atormentado. Algo sucedió en aquel verano que volvió a trastocar su frágil equilibrio construido con los mimbres de un divorcio doloroso, un padre prematuramente muerto e ilustrado, de una biblioteca sublime, y del rumor otoñal de la casa en Le Bois de Vincennes, cerca de donde Rousseau y Diderot caminaron alegres trescientos años atrás dejando un rastro de solemnidad y presagio. La imaginación vuelve a provocarme pensamientos impuros. Sé que se quedaron a solas varias veces en el viejo apartamento de Bellochi, un mausoleo de la antigua gloria familiar en Embajador Vich, donde mi amigo guardaba un ejemplar de El extranjero firmado por el mismísimo Albert Camus en 1953. Quizá él le propuso alguna de sus oscuras maniobras sensuales, o tal vez una bestialidad física a la que su fragilidad no pudo responder. Nunca lo sabré. No dijo nada, tan cauta y aniñada como siempre, se limitó a fruncir el ceño y a apretar los labios.  A su lado recuerdo sus dudas perpetuas, que aparecen en ese instante cuando hablamos de sus dos hijos: Céline tiene dos años y medio y Robert apenas trece meses.

Camus posee una coherencia que empequeñece a cualquiera que se compare con él. Sus hallazgos fueron literarios, y al tiempo apuntó antes que nadie las barbaries de ciertas expresiones filosóficas a las que se opuso sin importarle las consecuencias. Mientras empujo la puerta del cementerio una extraña emoción me sobreviene. Ayudo a Sara a entrar, sujetando el grueso portalón de madera para que pueda pasar el carro de los niños. Helene y Raoul caminan detrás, a unos veinte pasos. Sé que a pocos kilómetros de aquí murió Albert Camus en un accidente de coche, y entre los restos del vehículo hallaron intacto el manuscrito de la que sería una nueva vuelta de tuerca en su literatura, obra desgraciadamente incompleta: El primer hombre. A Camus le fascinaba La Provenza por muchas razones, aunque él fuera francés nacido en Argelia: Pied Noir pobre y sensual. El mediterráneo lo llenaba de esa luz necesaria para no olvidar que antes que intelectual u hombre de letras era un ser humano impregnado de la sensualidad del mar y la tierra. Su mezcla de vitalidad e inteligencia quedó retratada en las hermosas páginas dedicadas a su infancia, en esa novela que sobrevivió a ese amasijo de hierro y chapa en el que halló su muerte, un camino literario renovado que retomaba asuntos biográficos y que a tenor del resultado, abrían una senda maravillosa para las letras francesas y europeas.

Sara me observa de reojo caminar hacia su tumba, buscar conmovido entre los mausoleos y las pequeña lápidas una inscripción.

Tiempo después me resultará complejo explicarle a alguien la sensación que siento al detenerme frente a una tumba de tierra poblada de plantas de lavanda, cómo me agacho y leo en una pequeña piedra, mal esculpido, su nombre: Albert Camus; de qué modo arranco un pequeño hierbajo y lo dispongo entre las páginas de mi diario de viaje. Un ritual sencillo y austero como su sepulcro. Camus hubiera preferido ese descanso al propuesto por Napoleón Sarkozy, empeñado en enterrarlo junto a los grandes de Francia en el Panteón de París, expresión en verdad de un deseo propio de grandeza soñado para sí mismo sin rigor ni razones de peso. Sé que la familia se negó, respetando la voluntad del escritor.


Cuando Helene llega a la altura de la tumba siento esa mezcla de admiración que yo había expresado con el pequeño gesto de guardar la ramilla de lavanda surgida  de la tierra gruesa. Comprendo que para algunos suceda algo parecido frente al sepulcro de Antonio Machado en Collioure. Todavía me estremece esa anécdota que contaba Maria Zambrano, recuerdos del viaje aciago, de la huida ante el avance de las tropas franquistas por carreteras polvorientas. El vehículo en el que viajaba su familia encontró a Don Antonio caminando por los caminos irregulares hacia Francia, envejecido, dolorido y roto, junto a una hilera interminable de refugiados que buscaban la frontera. El padre de Maria Zambrano, amigo del poeta, le invitó a que subiera con ellos y evitara una caminata a pie. Don Antonio esbozó una de sus afamadas sonrisas, se quitó el sombrero empapado de sudor y le contestó que él quería llegar a Francia junto a su pueblo. A estas alturas, le digo a Sara, la historia puede parecer inocente,  incluso un cierto gesto de altanería propio de un aristócrata de espíritu como fue Machado, sin embargo, en boca de Maria Zambrano, me pareció un gesto auténtico, una descripción precisa de la enorme humanidad del poeta, de su hermosa resistencia, que no pudo aguantar muchos kilómetros más allá, muerto en plena marcha, en Collioure, aguardando un milagro que salvara a la República. A Raoul, como a muchos franceses con cierta sensibilidad hacia España, le impresiona el relato. Su proverbial ironía queda inerme ante la nobleza de la actitud, frente a lo consecuente del gesto en relación a las idea del poeta: quizá he logrado imprimirle la misma emoción que en boca de la Zambrano me hizo llorar de rabia e impotencia sin saber exactamente porqué. Raoul nació aproximadamente treinta años después de la muerte de Antonio Machado, en la Bourgogne y, sin embargo, se siente conmovido por ese relato de emigración y derrota, lo mismo que me sucede a mí ante la huida de Sandor Marai o frente a la lectura de El mundo de ayer de Sweizg o con los personajes de Vida y destino de Grossman, ante los emigrados de Sebbald o los protagonistas de Sefarad de Muñoz Molina. Un siglo de hogares destruidos que no me afecta directamente pero que me emociona aun cuando jamás haya vivido algo similar.

El optimismo del mundo contemporáneo espanta ante la facilidad que puede tener la destrucción y la miseria para apoderarse de todo en un abrir y cerrar de ojos, por el frágil equilibrio que contiene una absurda pretensión de eternidad. Quizá por eso Camus me resulta tan cercano. Muchas veces, cuando algún titular del periódico me altera el ánimo, pienso al instante en qué es lo que pensaría él al respecto, no con la fe de escuchar a un gurú decadente o ufano, tan corriente en nuestros tiempos, voceros sordos, sin influencia profunda, sólo expulsando a gritos opiniones ruidosas, manipuladas, sino como cabal y libre reflexión sobre el destino del mundo, tan necesaria, tan ausente a nuestros alrededor por el estremecimiento de la banalidad y la censura de lo mediocre.

Sara sonríe ahora. Reímos los cuatro frente a la modesta tumba de Albert Camus, bajo un sol mediterráneo que nos inunda de una luz cálida y vital. Ella encontró a su príncipe azul en ese hombre extraño y afable, mitad genial en medio de lo anodino, empeñado en alcanzar un destino que le pertenezca mientras yo me cruzo de brazos y le ofrezco a Helene una vida estéril llena de obligaciones silenciosas, a ella, que  sostiene la frágil armonía, el suelo que se tambalea ante las viejas adicciones y mis suspiros de esperanza; siempre fue así, siempre estuvo a mi lado. Quizá ya no tengo fe en el destino, como muchos otros conscientes. De los inconscientes no hablo, de esos prefiero callar porque no suelo perder el tiempo con lo que me es indiferente.

La luz es tan intensa que quema los ojos. Mi empeño en no llevar gafas de sol me ofrece como resultado una mirada achinada débilmente azul y un halo blanco que envuelve el paisaje. Lourmarin suena como las antiguas canciones de Edith Piaff o las primeras de Gainsbourg. Camus debe sonreír envuelto por el día veraniego y transparente en La Provenza mientras Raoul descorcha una botella de espeso tinto de Bourgogne en un plácido cementerio medio abandonado, donde sobre la tumba de A. Camus los reflejos del sol provocan un hermoso espejismo.

Lourmarin, Marzo de 2011
Copyright Jimarino.

SERVIDUMBRES DEL ODIO

Hace un mes, releyendo las Crónicas de Albert Camus, correspondientes al periodo 1948-1953, encontré este extracto de una  breve entrevista que concedió en la navidad  1951 al periódico Les Progrés de Lyon. La sensación que me sobrevino, como suele ser habitual al leer la mayor parte de las reflexiones camusianas sobre su tiempo, o ante sus maravillosos ensayos, El mito de Sísifo o El hombre rebelde, fue la de comprender que ciertas palabras del premio Nobel de literatura están hechas de algo eterno, que sus presagios y afirmaciones, demasiado a menudo, dibujan el color de otras épocas y no sólo la suya con una certeza y un valor extraordinarios. De alguna forma, con las respuestas que Camus dio al entrevistador, tuve la sensación de que no sólo quedaba retratado aquel año 1951 y  los acontecimientos infaustos sucedidos las tres décadas anteriores, sino que nuestro propio universo renqueante parecía adherirse como un guante a sus diagnósticos. Quizá ahora habría que sustituir a la prensa, cuyo poder ha quedado reducido tal vez en exceso por otros medios de comunicación masivos aún más banales y ensordecedores, o tal vez las formas de poder han perdido sus máscaras y son ahora más invisibles y al tiempo más desnudas y discretas, pero su definición de la servidumbre, el odio y la mentira, mantienen la triste vigencia que él les concedió en este texto. Ojalá generaciones nuevas de políticos a los que probablemente no les dejarán llegar al poder jamás, se impregnasen de la transparencia, la humanidad y la valentía de sus ideas. Por si acaso, transcribo sus palabras a la espera de recoger algún fruto venidero. Valen la pena.


(1951) Entrevista a Albert Camus. Le progés de Lyon.

-¿Le parece lógico comparar las palabras “odio” y “mentira”?

Albert Camus:-El odio es en sí una mentira. Hace el silencio, instintivamente, en torno a toda una parte del hombre. Niega lo que, en cualquier hombre, merece compasión. Miente, por lo tanto, esencialmente sobre el orden de las cosas. La mentira en cambio es más sutil. Cabe mentir sin odio, por simple amor a sí. Por el contrario, todo hombre que odia se detesta en cierto modo a sí mismo. No hay pues, un nexo lógico entre la mentira y el odio, pero hay una filiación casi biológica entre el odio y la mentira.

-En el mundo actual, presa de las exasperaciones internacionales, ¿no adopta a menudo el odio la máscara de la mentira? Y la mentira, ¿no es una de las mejores armas del odio, la más pérfida y quizá la más peligrosa?

Albert Camus: -El odio no puede adaptar otra máscara, no puede privarse de esa arma. No se puede odiar sin mentir. Y, a la inversa, no se puede decir la verdad sin reemplazar el odio por la comprensión, que no tiene nada que ver con la neutralidad. Un noventa por ciento de los periódicos, en el mundo de hoy, mienten más o menos. Y es porque son, en diferentes grados, portavoces del odio y la ceguera. Cuanto más odian, más mienten. La prensa mundial, con algunas excepciones, no conoce hoy otra jerarquía. A falta de cosa mejor, mi simpatía recae en los raros que mienten menos porque odian mal.

-Rostros actuales del odio en el mundo, ¿los hay nuevos, propios de las doctrinas y las circunstancias?

Albert Camus: -El siglo XX no ha inventado el odio, por supuesto. Pero cultiva una variedad particular que se llama odio frío, maridado con las matemáticas y los grandes números. La diferencia entre la matanza  de los inocentes y nuestros ajustes de cuentas es una diferencia de escala. ¿Sabe usted que en veinticinco años, desde 1922 a 1947, setenta millones de europeos, hombres, mujeres y niños, fueron desarraigados, deportados o asesinados? En eso se ha convertido la tierra del humanismo, a la que, pese a todas las protestas, hay que seguir llamando la innoble Europa.

-¿Importancia privilegiada de la mentira?

Albert Camus: -Su importancia proviene de que ninguna virtud puede aliarse con ella sin perecer. El privilegio de la mentira estriba en vencer siempre a quien pretende servirse de ella. Por eso los servidores de Dios y los amantes del hombre traicionan a Dios y al hombre por razones que ellos creen superiores. No, ninguna grandeza se ha fundado jamás sobre la mentira. La mentira permite a veces vivir, pero nunca eleva. La verdadera aristocracia, por ejemplo, no consiste sobre todo en batirse en duelo. Consiste sobre todo en no mentir. La justicia, por su parte, no consiste en abrir ciertas prisiones para cerrar otras. Consiste sobre todo en no llamar mínimo vital a lo que apenas basta para mantener una familia de perros, ni emancipación del proletariado a la supresión radical de todas las ventajas conquistadas por la clase obrera desde hace cien años. La libertad no es decir lo que sea y multiplicar la prensa amarilla, ni instaurar la dictadura en nombre de una futura liberación. La libertad consiste sobre todo en no mentir. Allá donde la mentira prolifera, la tiranía se anuncia o se perpetúa.

-¿Asistimos a una regresión del amor y la verdad?

Albert Camus: En apariencia hoy todos aman a la humanidad (les gusta sangrante, como los chuletones) y todos están en posesión de una verdad. Pero eso no es sino una suprema decadencia. La verdad pulula sobre sus hijos asesinados.

-¿Dónde están “Los justos”de la hora presente?

Albert Camus: En las cárceles y los campos de concentración,  en su mayoría. Pero en ellos se encuentran también los hombres libres. Los verdaderos esclavos están en otras partes, dictando sus órdenes al mundo.

-En las actuales circunstancias, ¿no puede ser la Navidad un motivo de reflexión sobre la idea de tregua?

Albert Camus: ¿Por qué esperar a Navidad? La muerte y la resurrección son de todos los días. De todos los días, la injusticia y la verdadera rebelión.

-¿Cree usted en la posibilidad de una tregua? ¿De qué tipo?

-Albert Camus: La que obtendremos al final de una resistencia sin tregua.

-Ha escrito usted, en el mito de Sísifo: “Sólo hay una acción útil, la que reharía al hombre y a la tierra. Yo no reharé nunca a los hombres. Pero hay que hacer como sí”. ¿Cómo desarrollaría usted hoy esta idea, en el marco de nuestra entrevista?

-Albert Camus: Yo era entonces más pesimista que ahora. Es cierto que no reharemos a los hombres. Pero tampoco los rebajaremos. Al contrario, los levantaremos un poco a fuerza de obstinación, de lucha contra la injusticia, en nosotros y en los demás. Nadie nos ha prometido el alba de la verdad, no hay un contrato, como dice Louis Guilloux. Pero la verdad hay que construirla, como el amor, como la inteligencia. Nada nos ha sido dado ni prometido, en efecto, pero para quién acepta emprender algo y arriesgarse, todo es posible. Esa es la apuesta que hay que hacer en estos momentos. Cuando nos sofocamos bajo la mentira y cuando estamos acorralados. Hay que hacerla con tranquilidad, pero irreductiblemente, y las puertas se abrirán.

Volumen 3. Obras completas Albert Camus. Alianza Editorial. 1996


Categorías:ciudades, literatura

21 replies »

  1. Querido amigo apenas empecé a leer este hermoso texto lo he hecho con la emoción anudándome el alma y así he caminado con los cuatro por ese camino de la Provenza, que tan bien describió y amó Jean Giono. Una cita de Albert Camus encabeza mi primer libro de cuentos. Su ética, su visión de la literatura, sus consideraciones acerca del mito y su tratamiento en la literatura, y, sobre todo, esa descarnada percepción de nuestra extranjeridad que nos da a través de Meursault me había impresionado tan profundamente que sigue siendo el escritor a quien más escucho.
    Gracias querido Jimarino por evocarlo de este modo tan bello. Un abrazo

    • Querido Antonio;
      Vuelvo de viaje y respondo tarde y seguro mal a estos comentarios que siempre me seducen. Tus palabras amables son siempre una especie de fuerza que viene de un lugar inaccesible para mí, que llegan de una voz que admiro y se ha convertido con el tiempo en un referente. Tener la sensación de guardar un amigo de tu envergadura, de tu generosidad, me hace confiar de nuevo en el gremio de los escritores, desmentir ese desprestigio que los malos, los voceros o los ufanos se empeñan en crear en torno a este oficio, un oficio que según tus palabras en alguno de tus correos o comentarios, me revelaste como ético, nacido de la necesidad del ser humano de expresar y respirar una fe laica capaz de entonar algún canto de esperanza y lucidez entre aquello que no posee nada armónico ni consistente. Probablemente me recordaste porqué empecé a escribir, algo que se puede decir de muy poca gente, común a lo qué me provocó la literatura de Camus cuando apenas tenía diecisiete o dieciocho años.
      Van transcurriendo las décadas y tengo la sensación que la imagen de este francés ilustres se hace más grande al tiempo que incomoda a aquellos que pretenden manipularlo. Echar de menos su voz es una especie de pequeño homenaje, como la sensación que tuve al sentarme delante de su tumba en Lourmarin y comprender tras varias biografías que fue ante todo un tipo honesto, alguien magnífico para tomar una copas en Saint-Germain, a quien confiarle tu casa y tus libros -!jamás a tu mujer, en eso era despiadado!-, un hombre inteligente, noble y consecuente casi siempre, algo muy dificil de hallar en este mundo. La entrevista que transcribí me hizo al releerla pensar tanto en el mundo en el que vivimos que decidí colgarla.
      Te vuelvo a agradecer el pequeño homenaje que acompañó al hermoso video de Don Gonzalo Rojas leyendo su poema. Me estremeció su voz frágil yal tiempo rocosa, su seguridad en esa plaza abarrotada. No sé porqué me hizo pensar que todo está relacionado sin darnos cuenta, que lo que nos une se acerca a la magia; Don Antonio Tello, el poeta Gonzalo Rojas, y este aprendiz sin tiempo envueltos en un poema. Tres generaciones que continuan un hilo. hay que buscar ya a la cuarta, compañero. La función no puede terminar…

      Un abrazo y mil gracias como siempre.

    • Querido Jose María;

      Una vez más me alegre tenerte por estos perros empapados. La tertulia va cada día creciendo y me provoca una felicidad inmensa. Ojalá pudiera un día dejarme caer por vuestras tertulias sevillanas para recuperar l´espoir, una palabra que en boca de Albert camus suena tan bien como la palabra libertad o justicia, y qu ene vosotros se convierte en una posiblidad.

      Gracias por el comentario.

      Un abrazo muy fuerte.

  2. Extraordinaria entrevista en 1951, NO SE PUEDE ODIAR SIN MENTIR, creo que en el año 2011, volvería a repetir las mismas contestaciones que hizo 60 años antes. Dijo: POR ESO LOS SERVIDORES DE DIOS Y LOS AMANTES DEL HOMBRE TRAICIONAN A DIOS Y AL HOMBRE POR RAZONES QUE ELLOS CREEN SUPERIORES. Pura actualidad. Un abrazo.

    • Querido canas;

      Ya hablamos de esta entrevista. Lo de la actualidad lo hemos comentado, observemos la evolución política de la Comunidad Valenciana y enmudezcamos dentro de unos meses con el resultado. Este blog literario, como le sucede a toda la literatura que tenga algun pretensión estética y ética, no puede cesar de habitar el mundo en el que vive, el mundo en el que nació. Todo sigue igual que en tiempos de Camus; eso es lo que jode. No apendimso nada. Pero la relación entre la mentira, el odio, la tiranía y al servidumbre, nos sirve para hallar un referente cuando nada parece tenerlo. Palabras hermosas y justas, algo que nos consuela Aunque también ¿donde estarán esos sivergüenzas, esa escoria que organiza el mundo dentro de cien años? Tal vez se llamen de otra forma, pero Albert Camus nos siguiera sirviendo de igual manera.

      Un abrazote

  3. Hace unos años leí en un periódico francés que el autor más vendido de todos los escritores franceses era Albert Camus. Marcó a una generación y conectó sin problemas con las siguientes. Leyendo tu magnífico texto, tan sereno como hermoso, he tenido la sensación de revivir los primeros años ochenta, la época en que leí de cabo a rabo todo lo escrito por él traducido en español. Es una acierto mezclar esa tumba con la de Antonio Machado aunque no tengan que ver demasiado sus literaturas. Detesto a los autores moralistas en la misma medida en que amo a los escritores que poseen una dimensión ética universal. A Camus lo entiende igual un argelino que un francés o un alemán. Su grandeza reside en esa mezcla de valentía y exactitud que nos retrata.
    Debo reconocer que incluso he querido conocer a esa mujer silenciosa, a Sara.
    De nuevo un placer leerte.

    Un abrazo.

    • Querido Carlos;

      Una vez más bievenido a Los perros de la lluvia. Creo recordar esa estadística y es cierta; Albert es el más vendido de los autores franceses, aunque quiza le gane eltipo ese de literatura sobre la prehistoria cuyo nombre no recuerdo, aun muy lejos de Ken Follet o de alguno de esos horripilantes misterios de brujas y templarios, pero con mucha dignidad. Un síntoma de esperanza, y tú ya lo sabes. Los autores moralistas, como me sucede a ti me producen urticaria, completamente de acuerdo, y la universalidad de Camus lo hace útil para cualquier nación, pueblo o circunstancia histórica que apriete las clavijas y pretenda engañarnos. Muy grande monseiur Albert, y ante su tumba, uno suspira conmovido.
      Siento el retraso en la respuesta, pero recibí tus palabras emocionado. Sara es una muejr maravillosa, perdida, como todos, en mitad del camino de la vida. Todavía es hermosa y está llena de bondad.

      Hasta pronto.

  4. Veo que nos lleva usted a toda tumba de Sara a Helen, de un escritor a otro, de un emigrado a otro. A mí me ha tumbado la clarividencia de la entrevista.
    Menos mal que no usa gafas de sol, así le deslumbra todo mucho más y así es como nos lo enseña y nos lo hace llegar. Un placer jimarino.
    un abrazo

    • Olvido;
      Un gusto tenerte una vez más en Los perros de la lluvia. Me hacen feliz tus comentarios, no puedo evitarlo. Vi el mensaje en facebook… lo dejamos pues para madrid, aunque me hací amucha, mucha ilusión.
      La entrevista es magnífica frente a este mundo, en fin, cais todo camus resiste incluso cuando sé pone heroíco. Chapeu por monseiur Albert.

      Un besazo

  5. Jim… No cabe duda que amas la literatura personalizada en sus artífices con todo lo que conlleva de mitomanía o casi. Es verdad que a quienes escribimos nos llamó la atención la personalidad de los susodichos, que veíamos fotografiados de perfil en las solapas de los libros con sus cigarillos prendidos del labio. Aquí creo que entremezclas tu visión de la figura de Camus con una anécdota, más o menos ficticia, que novela lo que podría ser un ensayo de haberte dejado llevar por tus ímpetus admirables en el análisis de los paladines ecuestres más cimeros de las letras. Los géneros mulatos conllevan la amenidad de un camino zigzagueante, imprevisto respecto a la pureza de los textos claramente clasificables. Este sondea dos vertientes y por ello, y por la precisión de tu bisturí verbal, te felicito.

    Te saludo con literario afecto.

    • Querido Fran;

      Me estoy yendo a mis labores alimenticias. Me has dejado impresionado con el comentario, así que te contesto a mi regreso esta noche próxima. Hay mucha chicha en esto de las mitificaciones y los pitillos colgando del labio. Luego te cuento.

      Un abrazo.

    • Querido Fran;
      Es cierto que emepecé a fumar por el maldito Henry Miller y esas fotografías con sombrero en Paris, en las que el calvo lucía chuzo de medio lado colgando de labio. Es verdad. Qué sería de este mundo sin un punto de mitificación, qué pasiones nacerían si no fuésemos a veces ciegos, ligeramente bizcos incluso. Camus era guapo el tipo, atractivo, y los que lo conocieron en persona insistían en que aún resultaba más irresistible cuando hablaba, cuando se emocionaba con sus piezas de teatro o los proyectos de sus libros. Cierto que a la temprana edad en la que fui leyendo las obras completas de Albert, parte de la avaricia con la que cayeron se debió a las imágenes que guardaba de él en contraportadas, libros y fotografías de periódicos. Pero luego el tiempo elimina esos excesos, y uno comprende aquello que decía un viejo compadre mío hace muchos años, que para ser escritor uno tenía que ser feo de cojones, esconderse sin remedio para que nadie lo viera, y que yo jamas sería escritor porque no era lo suficientemente feo como para optar a la reclusión y a la soledad de esta maldición: en fin, fui perdiendo mitificaciones sin sentido porque las palabras de la narración comenzaron a adueñarse de los autores, a convertirse en el objeto y el placer de la literatura, y la vida me fue arrancando tópicos, y deshaciendo imagenes preconcebidas. La verdad es que a estas alturas no creo siquiera en los autores sino en esos raros momentos de inspiración en las que las páginas de un libro alcanzan una extraña divinidad en la que fugazmente tengo fe. Una ráfaga tan breve que justifica el esfuerzo de los millones de frases escritas. Eso sí, Camus es mucho Camus, porque cuanto más sabes de él, más comprendes que alcanzó a vivir de un modo tremendamente consecuente con sus ideas, es de esos pocos escritores cuya honestidad literaria lograba acercarse a su honestidad humana y personal, o viceversa. Lo mismo que le sucedió a Don Antonio. Sabes, hay tantas cosas que detesto en este mundillo y de todos los que tengo que habitar por obligación, que en Los perros de la lluvia no quiero ninguna intoxicación excesiva de la realidad ni hablar de aquello que me repugna: los premios preconcedidos, las vanidades literarias, los malos libros, los escritores mediocres, las tonterias de lo inútil. Tal vez por eso, a veces, parece que regreso a esa ilusión juvenil por entender algo más, por reflejar la pasión que la literatura provocó en mí y en muchos otros, en ti mismo. Eso que nos sirve para resistir tantas veces, que está en nosotros y que se alimenta de un diálogo antiguo, fructífero, hermoso. Lucho dia a día por no convertirme en un cínico aunque me digan inocente.
      La anecdota es real, y al tiempo simboliza un poco esa especie de admiración por el hombre Camus que me acompañó desde mi primeras lecturas de su obra. Lourmarin es un hermoso pueblo y la tumba vale la pena visitarla para comprender que todo lo escrito por él y sobre él, está lleno de verdad. Era un gran tipo al que me hubiese encantando conocer.
      Tus comentarios sobre el texto son como siempre un acicate, un placer viniendo de ti. Siempre necesitamos palabras comunes de personas afines.

      Espero que estés bien.

      De nuevo, como siempre, me marcho corriendo, ya es miércoles desesperante…

    • Adela;
      Bienvenida a Los perros de la lluvia. Muchas gracias por tus palabras de ánimo. Espero volver a verte por estos pasajes lluviosos y perrunos.

      Un saludo.

  6. Estimado Jimarino: En verdad que si hiciesen una encuesta entre la población, los más feos de entre los profesionales más feos serían, casi seguro, los escritores. ¿Por qué? La contestación de esta auto pregunta se halla en las míseras condiciones de ese mundillo literario: Uno empieza a publicar con un pie en el otro barrio, arrugadito y con pinta de mediopensionista. Ese mundillo (no lo conozco más que por vías muy indirectas) lo concibo casposillo, un tanto cutre, de gentes vanidosas, petulantes -algunas moralmente míseras-; no pocas francamente desequilibradas, que continuaron sus delirantes diarios prescritos por sus sufridos terapeutas y concibieron el sádico propósito de hacer carrera de ello, de sus desmanes mentales. El escritor común es un ser solitario, con cierto olor a antipolilla en la ropa; nada que ver con la gloria de las estrellas de la música o aún del cine (porno o no).

  7. Que profunda belleza y verdad se esconde y expone en Camus. Como un río que muestra su frescor, su ímpetu y su sanidad, mas al mismo tiempo, que ofrece algo más escondido y fundamental: la honda vida . ÉL es nuestro orgullo: recibimos una lección de honor y verdad que repara, fortalece. Las palabras , las imágenes de toda la página, a la altura de los maestros Machado y Camus. Gracias por la sencillez: desde Chile que exige verdad, reparación, vida

    • Edgardo;
      Siento el retraso en la respuesta, pero me he perdido en lugares sin red unas cuantas semanas. Me encantó tu comentario por muchas razones. Camus sigue siendo un escritor actual, inmenso, probablemenet eterno a no ser que el mundo se despoje algún día de sus mascaras y sus mentiras. Lo más extraordinairo es que Albert Camus -hay dos excelentes biografías, una muy reciente, editadas en francia (la de Oliver Todd está traducida al español por Tusquets) fue en vida consecuente con lo que pensaba. Quiero decir, que fue un tipo extraordinario en todos lo sentidos, con el único repoche de su incontenible atracción por las mujeres, a las que encima seducía sin demasiado esfuerzo. Lo hermoso es que su literatura y sus ensayos sirvan por igual a un español que a un francés o un chileno o un tunecino. A los indignados españoles, a los políticos del mundo entero, a los que se rebelaron contra la injusticia y el hambre en Egipto, en Túnez, a todos los que pensamos que las cosas se podrían hacer otro modo, nos hace falta un Camus, alguien con esa lucidez y esa valentía intelectual y humana. Lo de Machado es un testimonio de Maria Zambrano que prometo me hizo llorar al escucharlo de sus labios. Uno imagina al corpulento poeta y profesor, polvoriento y envejecido, caminando por esas largas carreteras que conducían a Francia con su pueblo y no puede evitar una punzada en el estómago. De esa guerra hace muy poco tiempo, aunque nos parezca que todo es inmenso presente y espléndido futuro. Por eso este pequeño texto, para recordar que hace apenas sesenta o setenta años, dos seres humanos como Machado y Camus escribieron y viveron el horror.
      Mil gracias por este hermoso comentario y bienvenido a Los perros de la lluvia
      Un abrazo.

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