Albert Camus-Lourmarin-Antonio Machado-Collioure

Publicado en mayo 1, 2011

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No existe ni un sólo cartel o indicación, nada que anuncie la tumba de uno de los escritores más importantes del siglo XX. Lourmarin es un pueblo típico de la Provenza francesa, cuidado, construido en piedra duradera, tan elegante y apacible. Apenas hay edificios nuevos más que en las afueras del centro urbano, y aún así son discretos, acordes con la belleza del paisaje y la extensión montañosa delimitada por campos de lavanda coloridos y rectangulares. La luz de la mañana es tan intensa que ciega los ojos. Caminamos despacio sobre un sendero empedrado escoltado de hileras de gravilla irregulares. Albert Camus fue un hombre tan consecuente en vida como ese modesto camino que se bifurca en un quiebro a las afueras de la población y desciende con una moderada pendiente hacia la carretera. A poco más de un kilómetro se levanta la muralla del cementerio.

Los cabellos rubios de Sara brillan bajo el sol. Su rostro ligeramente hinchado no ha borrado la belleza de su mirada, la limpieza de la cara, los labios carnosos y esos ojos llenos de bondad. Mientras caminamos le cuento que rara vez he mitificado demasiado a la muerte y sus iconos. Con una sonrisa intento explicarle que la única tumba que quise ver a mis diecinueve años fue la de Jim Morrison en el Pére Lachaise de Paris y la decepción que sentí al observar el deterioro del mausoleo, la cabeza esculpida arrancada del sitio para evitar el constante sufrimiento, los grupos de jóvenes bebiendo cerveza y fumando marihuana en las inmediaciones, abandonando los rastros de su presencia en forma de cascotes y colillas, fue inmensa. Preferí el paseo solemne y silencioso entre los setos, la mirada extraviada frente a la tumba de Sara Bernhardt o de Oscar Wilde.

Sara me provoca una ternura conmovedora, despierta el deseo de abrazarla, de acariciar sus mejillas y el cuello. Su voz es apenas un susurro suave. Su cuerpo grande y ancho me hace pensar en un refugio.

La primera vez que la vi fue en aquel Paris nocturno de mediados de los noventa, en la encrucijada de senderos sin luz, de túneles en los que me adentraba sin saber exactamente el destino ni las posibilidades: ella a punto de casarse, tan joven. Me subí a un deportivo de color negro y cristales ahumados y pensé que se equivocaba con aquel tipo guapo y espigado, tocado por una ligera alopecia, que conducía rápido y brusco por callejuelas estrechas. Ebrios nos cogimos por un instante de la mano esa velada en el asiento trasero del coche. La miré a los ojos y sentí todo lo que había sido y sería. El contacto con aquellos dedos huesudos y fríos me produjo uno de esos instantes eróticos jamás cumplidos, con ese esplendor de lo que perdura porque jamás se apuró, sin oscuridad en verdad, más bien como un reflejo de un enamoramiento fugaz e intenso frente a esa figura sublime de la época que contradice la anchura actual. Su boca tembló apenas, su olor impregnaba el vehículo. Cuando salimos del automóvil esa noche en las inmediaciones de la Place de la Bastille para adentrarnos en los subterráneos del barrio me sobrevino una profunda decepción. Helene me preguntó si me sucedía algo pero no conté nada; fue uno de esos suspiros de rara trascendencia en los que nos sentimos capaces de modificar el destino por un impulso, un sentimiento impetuoso de amar otra cosa o a otra persona sabiendo que no sucederá.


Aquel matrimonio primerizo duró apenas seis meses. De la alegría de esa fiesta de despedida en discotecas del Paris oscuro a las que no podría volver, quedó un infierno de silencios, maltrato psicológico y una culpabilidad inmensa e inmerecida. Aquel muchachote alegre y divertido deseó convertirla en una sumisa esclava de tardes de domingo aburridas y desahogos seminales al antojo de la erección. Más tarde sobrevino un viaje de estío a Valencia tras su separación, una estancia en mi casa de tres semanas y una cierta recuperación. Se enamoró de quien menos le convenía otra vez: Bellochi emanaba sus encantos perversos, su lucidez retorcida, y ella era demasiado inocente para un espíritu tan atormentado. Algo sucedió en aquel verano que volvió a trastocar su frágil equilibrio construido con los mimbres de un divorcio doloroso, un padre prematuramente muerto e ilustrado, de una biblioteca sublime, y del rumor otoñal de la casa en Le Bois de Vincennes, cerca de donde Rousseau y Diderot caminaron alegres trescientos años atrás dejando un rastro de solemnidad y presagio. La imaginación vuelve a provocarme pensamientos impuros. Sé que se quedaron a solas varias veces en el viejo apartamento de Bellochi, un mausoleo de la antigua gloria familiar en Embajador Vich, donde mi amigo guardaba un ejemplar de El extranjero firmado por el mismísimo Albert Camus en 1953. Quizá él le propuso alguna de sus oscuras maniobras sensuales, o tal vez una bestialidad física a la que su fragilidad no pudo responder. Nunca lo sabré. No dijo nada, tan cauta y aniñada como siempre, se limitó a fruncir el ceño y a apretar los labios.  A su lado recuerdo sus dudas perpetuas, que aparecen en ese instante cuando hablamos de sus dos hijos: Céline tiene dos años y medio y Robert apenas trece meses.

Camus posee una coherencia que empequeñece a cualquiera que se compare con él. Sus hallazgos fueron literarios, y al tiempo apuntó antes que nadie las barbaries de ciertas expresiones filosóficas a las que se opuso sin importarle las consecuencias. Mientras empujo la puerta del cementerio una extraña emoción me sobreviene. Ayudo a Sara a entrar, sujetando el grueso portalón de madera para que pueda pasar el carro de los niños. Helene y Raoul caminan detrás, a unos veinte pasos. Sé que a pocos kilómetros de aquí murió Albert Camus en un accidente de coche, y entre los restos del vehículo hallaron intacto el manuscrito de la que sería una nueva vuelta de tuerca en su literatura, obra desgraciadamente incompleta: El primer hombre. A Camus le fascinaba La Provenza por muchas razones, aunque él fuera francés nacido en Argelia: Pied Noir pobre y sensual. El mediterráneo lo llenaba de esa luz necesaria para no olvidar que antes que intelectual u hombre de letras era un ser humano impregnado de la sensualidad del mar y la tierra. Su mezcla de vitalidad e inteligencia quedó retratada en las hermosas páginas dedicadas a su infancia, en esa novela que sobrevivió a ese amasijo de hierro y chapa en el que halló su muerte, un camino literario renovado que retomaba asuntos biográficos y que a tenor del resultado, abrían una senda maravillosa para las letras francesas y europeas.

Sara me observa de reojo caminar hacia su tumba, buscar conmovido entre los mausoleos y las pequeña lápidas una inscripción.

Tiempo después me resultará complejo explicarle a alguien la sensación que siento al detenerme frente a una tumba de tierra poblada de plantas de lavanda, cómo me agacho y leo en una pequeña piedra, mal esculpido, su nombre: Albert Camus; de qué modo arranco un pequeño hierbajo y lo dispongo entre las páginas de mi diario de viaje. Un ritual sencillo y austero como su sepulcro. Camus hubiera preferido ese descanso al propuesto por Napoleón Sarkozy, empeñado en enterrarlo junto a los grandes de Francia en el Panteón de París, expresión en verdad de un deseo propio de grandeza soñado para sí mismo sin rigor ni razones de peso. Sé que la familia se negó, respetando la voluntad del escritor.


Cuando Helene llega a la altura de la tumba siento esa mezcla de admiración que yo había expresado con el pequeño gesto de guardar la ramilla de lavanda surgida  de la tierra gruesa. Comprendo que para algunos suceda algo parecido frente al sepulcro de Antonio Machado en Collioure. Todavía me estremece esa anécdota que contaba Maria Zambrano, recuerdos del viaje aciago, de la huida ante el avance de las tropas franquistas por carreteras polvorientas. El vehículo en el que viajaba su familia encontró a Don Antonio caminando por los caminos irregulares hacia Francia, envejecido, dolorido y roto, junto a una hilera interminable de refugiados que buscaban la frontera. El padre de Maria Zambrano, amigo del poeta, le invitó a que subiera con ellos y evitara una caminata a pie. Don Antonio esbozó una de sus afamadas sonrisas, se quitó el sombrero empapado de sudor y le contestó que él quería llegar a Francia junto a su pueblo. A estas alturas, le digo a Sara, la historia puede parecer inocente,  incluso un cierto gesto de altanería propio de un aristócrata de espíritu como fue Machado, sin embargo, en boca de Maria Zambrano, me pareció un gesto auténtico, una descripción precisa de la enorme humanidad del poeta, de su hermosa resistencia, que no pudo aguantar muchos kilómetros más allá, muerto en plena marcha, en Collioure, aguardando un milagro que salvara a la República. A Raoul, como a muchos franceses con cierta sensibilidad hacia España, le impresiona el relato. Su proverbial ironía queda inerme ante la nobleza de la actitud, frente a lo consecuente del gesto en relación a las idea del poeta: quizá he logrado imprimirle la misma emoción que en boca de la Zambrano me hizo llorar de rabia e impotencia sin saber exactamente porqué. Raoul nació aproximadamente treinta años después de la muerte de Antonio Machado, en la Bourgogne y, sin embargo, se siente conmovido por ese relato de emigración y derrota, lo mismo que me sucede a mí ante la huida de Sandor Marai o frente a la lectura de El mundo de ayer de Sweizg o con los personajes de Vida y destino de Grossman, ante los emigrados de Sebbald o los protagonistas de Sefarad de Muñoz Molina. Un siglo de hogares destruidos que no me afecta directamente pero que me emociona aun cuando jamás haya vivido algo similar.

El optimismo del mundo contemporáneo espanta ante la facilidad que puede tener la destrucción y la miseria para apoderarse de todo en un abrir y cerrar de ojos, por el frágil equilibrio que contiene una absurda pretensión de eternidad. Quizá por eso Camus me resulta tan cercano. Muchas veces, cuando algún titular del periódico me altera el ánimo, pienso al instante en qué es lo que pensaría él al respecto, no con la fe de escuchar a un gurú decadente o ufano, tan corriente en nuestros tiempos, voceros sordos, sin influencia profunda, sólo expulsando a gritos opiniones ruidosas, manipuladas, sino como cabal y libre reflexión sobre el destino del mundo, tan necesaria, tan ausente a nuestros alrededor por el estremecimiento de la banalidad y la censura de lo mediocre.

Sara sonríe ahora. Reímos los cuatro frente a la modesta tumba de Albert Camus, bajo un sol mediterráneo que nos inunda de una luz cálida y vital. Ella encontró a su príncipe azul en ese hombre extraño y afable, mitad genial en medio de lo anodino, empeñado en alcanzar un destino que le pertenezca mientras yo me cruzo de brazos y le ofrezco a Helene una vida estéril llena de obligaciones silenciosas, a ella, que  sostiene la frágil armonía, el suelo que se tambalea ante las viejas adicciones y mis suspiros de esperanza; siempre fue así, siempre estuvo a mi lado. Quizá ya no tengo fe en el destino, como muchos otros conscientes. De los inconscientes no hablo, de esos prefiero callar porque no suelo perder el tiempo con lo que me es indiferente.

La luz es tan intensa que quema los ojos. Mi empeño en no llevar gafas de sol me ofrece como resultado una mirada achinada débilmente azul y un halo blanco que envuelve el paisaje. Lourmarin suena como las antiguas canciones de Edith Piaff o las primeras de Gainsbourg. Camus debe sonreír envuelto por el día veraniego y transparente en La Provenza mientras Raoul descorcha una botella de espeso tinto de Bourgogne en un plácido cementerio medio abandonado, donde sobre la tumba de A. Camus los reflejos del sol provocan un hermoso espejismo.

Lourmarin, Marzo de 2011
Copyright Jimarino.

SERVIDUMBRES DEL ODIO

Hace un mes, releyendo las Crónicas de Albert Camus, correspondientes al periodo 1948-1953, encontré este extracto de una  breve entrevista que concedió en la navidad  1951 al periódico Les Progrés de Lyon. La sensación que me sobrevino, como suele ser habitual al leer la mayor parte de las reflexiones camusianas sobre su tiempo, o ante sus maravillosos ensayos, El mito de Sísifo o El hombre rebelde, fue la de comprender que ciertas palabras del premio Nobel de literatura están hechas de algo eterno, que sus presagios y afirmaciones, demasiado a menudo, dibujan el color de otras épocas y no sólo la suya con una certeza y un valor extraordinarios. De alguna forma, con las respuestas que Camus dio al entrevistador, tuve la sensación de que no sólo quedaba retratado aquel año 1951 y  los acontecimientos infaustos sucedidos las tres décadas anteriores, sino que nuestro propio universo renqueante parecía adherirse como un guante a sus diagnósticos. Quizá ahora habría que sustituir a la prensa, cuyo poder ha quedado reducido tal vez en exceso por otros medios de comunicación masivos aún más banales y ensordecedores, o tal vez las formas de poder han perdido sus máscaras y son ahora más invisibles y al tiempo más desnudas y discretas, pero su definición de la servidumbre, el odio y la mentira, mantienen la triste vigencia que él les concedió en este texto. Ojalá generaciones nuevas de políticos a los que probablemente no les dejarán llegar al poder jamás, se impregnasen de la transparencia, la humanidad y la valentía de sus ideas. Por si acaso, transcribo sus palabras a la espera de recoger algún fruto venidero. Valen la pena.


(1951) Entrevista a Albert Camus. Le progés de Lyon.

-¿Le parece lógico comparar las palabras “odio” y “mentira”?

Albert Camus:-El odio es en sí una mentira. Hace el silencio, instintivamente, en torno a toda una parte del hombre. Niega lo que, en cualquier hombre, merece compasión. Miente, por lo tanto, esencialmente sobre el orden de las cosas. La mentira en cambio es más sutil. Cabe mentir sin odio, por simple amor a sí. Por el contrario, todo hombre que odia se detesta en cierto modo a sí mismo. No hay pues, un nexo lógico entre la mentira y el odio, pero hay una filiación casi biológica entre el odio y la mentira.

-En el mundo actual, presa de las exasperaciones internacionales, ¿no adopta a menudo el odio la máscara de la mentira? Y la mentira, ¿no es una de las mejores armas del odio, la más pérfida y quizá la más peligrosa?

Albert Camus: -El odio no puede adaptar otra máscara, no puede privarse de esa arma. No se puede odiar sin mentir. Y, a la inversa, no se puede decir la verdad sin reemplazar el odio por la comprensión, que no tiene nada que ver con la neutralidad. Un noventa por ciento de los periódicos, en el mundo de hoy, mienten más o menos. Y es porque son, en diferentes grados, portavoces del odio y la ceguera. Cuanto más odian, más mienten. La prensa mundial, con algunas excepciones, no conoce hoy otra jerarquía. A falta de cosa mejor, mi simpatía recae en los raros que mienten menos porque odian mal.

-Rostros actuales del odio en el mundo, ¿los hay nuevos, propios de las doctrinas y las circunstancias?

Albert Camus: -El siglo XX no ha inventado el odio, por supuesto. Pero cultiva una variedad particular que se llama odio frío, maridado con las matemáticas y los grandes números. La diferencia entre la matanza  de los inocentes y nuestros ajustes de cuentas es una diferencia de escala. ¿Sabe usted que en veinticinco años, desde 1922 a 1947, setenta millones de europeos, hombres, mujeres y niños, fueron desarraigados, deportados o asesinados? En eso se ha convertido la tierra del humanismo, a la que, pese a todas las protestas, hay que seguir llamando la innoble Europa.

-¿Importancia privilegiada de la mentira?

Albert Camus: -Su importancia proviene de que ninguna virtud puede aliarse con ella sin perecer. El privilegio de la mentira estriba en vencer siempre a quien pretende servirse de ella. Por eso los servidores de Dios y los amantes del hombre traicionan a Dios y al hombre por razones que ellos creen superiores. No, ninguna grandeza se ha fundado jamás sobre la mentira. La mentira permite a veces vivir, pero nunca eleva. La verdadera aristocracia, por ejemplo, no consiste sobre todo en batirse en duelo. Consiste sobre todo en no mentir. La justicia, por su parte, no consiste en abrir ciertas prisiones para cerrar otras. Consiste sobre todo en no llamar mínimo vital a lo que apenas basta para mantener una familia de perros, ni emancipación del proletariado a la supresión radical de todas las ventajas conquistadas por la clase obrera desde hace cien años. La libertad no es decir lo que sea y multiplicar la prensa amarilla, ni instaurar la dictadura en nombre de una futura liberación. La libertad consiste sobre todo en no mentir. Allá donde la mentira prolifera, la tiranía se anuncia o se perpetúa.

-¿Asistimos a una regresión del amor y la verdad?

Albert Camus: En apariencia hoy todos aman a la humanidad (les gusta sangrante, como los chuletones) y todos están en posesión de una verdad. Pero eso no es sino una suprema decadencia. La verdad pulula sobre sus hijos asesinados.

-¿Dónde están “Los justos”de la hora presente?

Albert Camus: En las cárceles y los campos de concentración,  en su mayoría. Pero en ellos se encuentran también los hombres libres. Los verdaderos esclavos están en otras partes, dictando sus órdenes al mundo.

-En las actuales circunstancias, ¿no puede ser la Navidad un motivo de reflexión sobre la idea de tregua?

Albert Camus: ¿Por qué esperar a Navidad? La muerte y la resurrección son de todos los días. De todos los días, la injusticia y la verdadera rebelión.

-¿Cree usted en la posibilidad de una tregua? ¿De qué tipo?

-Albert Camus: La que obtendremos al final de una resistencia sin tregua.

-Ha escrito usted, en el mito de Sísifo: “Sólo hay una acción útil, la que reharía al hombre y a la tierra. Yo no reharé nunca a los hombres. Pero hay que hacer como sí”. ¿Cómo desarrollaría usted hoy esta idea, en el marco de nuestra entrevista?

-Albert Camus: Yo era entonces más pesimista que ahora. Es cierto que no reharemos a los hombres. Pero tampoco los rebajaremos. Al contrario, los levantaremos un poco a fuerza de obstinación, de lucha contra la injusticia, en nosotros y en los demás. Nadie nos ha prometido el alba de la verdad, no hay un contrato, como dice Louis Guilloux. Pero la verdad hay que construirla, como el amor, como la inteligencia. Nada nos ha sido dado ni prometido, en efecto, pero para quién acepta emprender algo y arriesgarse, todo es posible. Esa es la apuesta que hay que hacer en estos momentos. Cuando nos sofocamos bajo la mentira y cuando estamos acorralados. Hay que hacerla con tranquilidad, pero irreductiblemente, y las puertas se abrirán.

Volumen 3. Obras completas Albert Camus. Alianza Editorial. 1996


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