23
mar
11

prólogo de cinco itinerarios para una novela futura

(Prólogo para la recopilación del libro Cinco itinerarios para una novela futura, constituido por textos editados entre el año 2008 y 2010 en diversas publicaciones literarias, algunos de ellos reproducidos en este blog: Los Milagros de Dostoiesvki, Proust y la memoria, La montaña mágica: Una novela de Europa, Richard Ford y la literatura norteamericana y finalmente Instrucciones para la literatura salvaje.)


*   *   *   *   *

Elegir estos cinco itinerarios no deja de ser una opción dotada de cierta subjetividad aunque haya elementos críticos y argumentos de cierta solidez que me permiten establecer un punto de partida o al menos una unidad temática y un desarrollo riguroso del planteamiento. Examinados uno a uno los narradores convocados estoy convencido de que podría haber añadido o incluso sustituido algún autor por otro de igual envergadura y valor. No en vano la ilusión y la riqueza de la literatura permite compaginar genios opuestos, o incluso dejarse llevar por cuestiones más frívolas como la empatía superficial, el mero gusto estético, la preferencia o el interés individual de cada cual.

Empezar en el siglo XIX el trayecto para alcanzar una novela del futuro no es algo baladí ni excluyente. Si la novela moderna nació con Don Quijote de la Mancha, Tirant Lo Blanc, Gargantúa y Pantagruel y Tristram Sandy, no es menos cierto que fue en el siglo XIX cuando el género adquirió su consideración artística, cuando la prosa narrativa se hizo adulta, poderosa, y alargó su preeminencia hasta los inicios del siglo XX. El periodo de declive posterior debería ser explicado en otro lugar distinto de la crítica literaria por la complejidad de los factores implicados en el proceso. A lo sumo surgirán en estas páginas pinceladas al respecto que responden a una obsesión personal expresada con cierta torpeza o guiada tan sólo por la intuición, como una razón que en el fondo escribe junto a la propia tradición y acompaña el empeño de los autores por salvaguardar el tesoro de la biblioteca de Babel a través de la literatura. Toda vida contiene en sí misma su extinción, tal vez sea esa la única verdad exacta y sostenible  con dignidad al respecto.

Aún así, cualquier recorrido posee un trayecto alternativo al menos. Escoger a Tolstoi y a Dostoiesvski para iniciar este viaje me parece sin embargo una línea prioritaria y la asumo con mayor seguridad que el resto de opciones tomadas. Un siglo racional en apariencia, surgido tras la revoluciones del XVIII, necesitó en su día de una lógica narrativa adecuada al momento histórico. El arte alcanzó sus cotas más elevadas de prestigio y recorrido social, y aquella vieja dignidad se alargó hasta las guerras mundiales del XX. Lo que viene después es confusión, es una marginación paulatina de las artes y la filosofía frente a la preeminencia obsesiva y fácilmente transformable en producto de las ciencias y la técnica. La omnipresencia del mercado en todos los ámbitos de la vida está irremediablemente unida al avance imparable de los medios tecnológicos que facilitan la comunicación a lo largo y ancho del planeta. Los motivos de esa prolongada derrota, lenta e incluso detenida en ocasiones por actos de resistencia esporádicos, se escapan de nuevo a la crítica literaria. Asoma el abismo, pero no su origen.

El XIX fue el siglo de los novelistas, y en la lista canónica caben pocas dudas a no ser la preferencia personal. Indiscutibles fueron Stendhal, Balzac, Melville, Dickens, Flaubert, Tolstoi, Dostoiesvki y Henry James, con una lista de hermanos aventajados algo más modestos pero llenos de enjundia: Conrad, Oscar Wilde, Lewis Carroll, Conan Doyle, Mark Twain, Victor Hugo, Stevenson, Maupassant, Turgeniev, Dumas, Chesterton, Kipling, Chejov…   La novela se convirtió en el ocio de las clases pudientes y la burguesía, de los que detentaban el poder. Su discurso fue inteligible –no por ello simple-. Lo popular alcanzó ese grado de perfección que algunos nostálgicos utilizan ahora en el siglo XXI sin comprender la evolución de la palabra, la llegada de la televisión, el ordenador e internet, el caos de la sobreabundancia de información sin criterio, la nebulosa crítica que todo lo envuelve mezclándose con los mecanismos de masas y la fuerza descomunal del marketing, la publicidad y la propaganda. El término popular ya no pude existir en las mismas condiciones que lo hicieron surgir en esa época. Es una incongruencia en un siglo azotado por innumerables líneas de territorialización y desterritorialización controladas tal y como las expresó Delleuze y sus secuaces hace ahora unos treinta años. Una cosa muy distinta es situar la palabra popular en el contexto de la literatura o hacerlo en el ámbito social. Coincido sin embargo en que aquellos novelistas fueron accesibles a un gusto mayoritario y lo alimentaron con un genio indiscutible.

Ezra Pound afirmaba que el arte era la consecución, el desarrollo de un destino prefijado, la atención de un individuo o varios  -nunca una mayoría- que recogen en un momento concreto del tiempo y el espacio una herencia de la sabiduría y el talento de toda una historia contenida tras ellos. Mediums de un discurso, de un proceso intermitente, nunca lineal, que avanza y retrocede en periodos similares, que surge y desaparece como los fuegos fatuos o los geiser humeantes. Empezar por Dostoeivski y Tolstoi es anunciar el intento de la novela total que Balzac esbozó en  sus obras mayores. Pero la totalidad de Dostoievski y Tolstoi, pese a sus diferencias estéticas, aspiraba a la presencia de Dios, algo inusitado y ambicioso, por encima de los intentos de perfección formal de Flaubert o incluso de las parábolas de la divinidad de Melville. La inteligencia se hallaba en Rusia, a eso me refiero al mencionar a Pound, y era una inteligencia capaz de ser comunicada al resto del mundo con garantías, a todos los seres humanos que tuvieran los ojos abiertos y los oídos dispuestos a escuchar ese mensaje literario. En la oposición estética e ideológica de ambos genios, más de ciento cincuenta años después, encontré la propia evolución del mundo, del arte, y de la literatura por supuesto, de los planteamientos humanos que marcarían el siglo siguiente, el terrible escenario que surgió frente a los sueños de la razón llegados desde la ilustración.

Todo hecho histórico o social  posee un largo periodo de fragua, de composición, en el que se intercala incesantemente todo aquello que lo conforma, casi siempre algo imposible de diseccionar hasta el final por sus ramificaciones, entrelazado no sólo con razones políticas o económicas como la historia e incluso la vida moderna se empeñan en afirmar, sino unido irremediablemente a procesos espirituales, culturales y filosóficos, que modifican incesantemente la percepción humana y su capacidad de generar ideas, de crear. Tolstoi y Dostoievski anhelaron en el fondo alcanzar esa capacidad de transcribir como Dioses la complejidad de lo humano, no sólo esos aspectos en apariencia corrientes y fácilmente asequibles a la comprensión de los hombres, sino aquello que conformaba su trascendencia, su resistencia.  Lo sagrado y lo profano, hálito de cualquier obra de arte en su batalla por pervivir, por alcanzar la inmortalidad improbable, es lo que latía constante en cualquiera de los intentos artísticos de ambos autores rusos, por encima de la perfección formal de su propio arte o incluso de su ideas sociales, que en el caso de Tolstoi siempre chocaron con la realidad. Es curioso que la ambición de Dostoievski por encontrarse a Dios le diera la idea más terrible y probablemente esencial, junto con el psicoanálisis freudiano, del siglo posterior: Si dios ha muerto todo está permitido.

El segundo itinerario parte de Marcel Proust por varias razones de peso. Tras Dostoievski y Tolstoi la novela aún albergó una última ambición desmesurada por comprender el mundo, ahora un universo en el que Dios titubeaba. Los Dioses de Proust y Joyce son humanos: Dios desaparece del cuadro y la fe en la capacidad del hombre  ambiciona una religión laica, distinta, hecha de arte y palabra, y al tiempo totalizadora. Ninguno de los dos genios literarios de principios de siglo rastrean la imagen del Dios antiguo, ya no la desean e incluso no la necesitan, poseen la soberbia de creer que puede existir un orden accesible a la capacidad de comprensión de los hombres y se puede expresar en el artificio literario. Desean una totalidad distinta en la que la inteligencia emocional, el lenguaje, la ficción, la memoria, esos elementos esenciales propios del género novelesco, rastrean los significados esenciales de la vida.

El espectacular desarrollo científico y técnico empujó a la novela a desprenderse de lo sobrenatural o lo religioso y a dirigir su particular sabiduría hacia una concepción más pragmática de lo humano. El mito cedía ante el empuje de lo científico.

La insatisfacción de Proust después de más de quince años inmerso en las páginas de En busca del tiempo perdido o la extraña frustración de Joyce que pasó a escribir cada vez textos más y más ininteligibles, renunciando tal vez al esplendor de esa universalidad tan propia del Ulysses, fueron finalmente la condena de la novela como forma de conocimiento ante sus límites, la reducción de una tradición que sucumbía a la tecnificación del mundo, a su velocidad productiva, tan poco apta para la lectura reflexiva y la sabiduría humanista. Kafka, el tercero en discordia, como una imagen de la trinidad bíblica de comienzos de siglo, diseñó en sus obras el dibujo de la pesadilla humorística, la fragilidad de la identidad y los esfuerzos humanos imposibles por sobreponerse  a la magnitud de la historia y sus absurdos. El camino sólo podía comenzar a ser decadente. El acto de resistencia había comprendido su impotencia: sólo podía concebir su existencia en sí mismo.

Ante el tercer itinerario las dudas se acumularon. Envueltos en esa anécdota de la veracidad mitificada en la que en una noche parisina Joyce y Proust se encontraron y fueron incapaces de entablar una mínima conversación, y no sólo eso, sino que expresaron posteriormente su malestar por la actitud del otro, la notoria antipatía que se profesaron en ese breve encuentro, hallé una diferencia metafórica esencial respecto a la relación que unió a Tolstoi y a Dostoiesvki sin que llegaran a verse físicamente jamás, que se refería sin remedio al propio destino de la literatura. La distancia de Proust y Joyce establecía una especie de renuncia a cualquier espíritu colectivo y se ofrecía ante mis ojos como una evidencia de la decepción que se presagiaba. La totalidad anhelada quedaba expuesta a una relativización de todo cuanto podía contemplar y comprender la novela.

Escoger a Thomas Mann tiene una lógica y al tiempo un reflejo irracional, subjetivo. Un comentario de Harold Bloom en su Canon occidental me hizo rebelarme contra una de sus ideas que me parecía imprecisa. Pese a su admiración por el autor de La montaña mágica y La muerte en Venecia, consideraba a Thomas Mann como un escritor que no podría sostenerse ante la mediocridad creciente, a los gustos menores que preveía en los lectores futuros. Creía que no tardaría muchos años en ser incomprensible para la mayoría. Pertenecientes a esa época surgían ante mi tres autores que podían haber sustituido éste itinerario; William Faulkner, Jorge Luis Borges y Samuel Beckett. Todos ellos con sus diferencias estéticas presagiaban y marcaban un nuevo paso desde la novela total del XIX, pasando por el esplendor agnóstico de Proust y Joyce, y la religiosidad laica de Kafka,  hacia una literatura de lo humano consciente de su modestia y sus límites.

Los esfuerzos de los existencialistas franceses y sus antecesores o incluso el brillante surgimiento norteamericano -los primeros empeñados en reinventar una cartografía intelectual para la novela, y los segundos un nuevo escenario de asuntos y personajes, ampliando los horizontes esenciales y temáticos-, quedaban ligeramente por debajo de los tres primeros: Beckett con su negación de lo posible, con su descripción desangelada, minimalista y terrible de un mundo sin Dios en el que la belleza pierde trascendencia, Faulkner con la renovación técnica heredada de Joyce y sus desolados paisajes humanos, y Borges desde la literatura fantástica y esa intelectualización del misterio y el secreto a través de los siglos de literatura acumulados en cada una de las bibliotecas eternas donde la sabiduría  humana inaccesible se acumulaba incesante, en verdad silenciosa. Thomas Mann fue el itinerario elegido por una sencilla razón: la novela tenía un origen europeo a pesar de Melville y Henry James (el más europeo de los autores norteamericanos), y la literatura europea, con el paso del tiempo, había escogido una senda intelectual, casi filosófica, muy afín a la evolución tremenda que supuso la aparición de las novelas mayores de Mann. Había una segunda razón fundamental que me empujó a decidirme por La montaña mágica frente al Aleph, El ruido y la furia o Molloy, expresión de la esencia literaria del alemán. Esa novela no sólo era la historia fascinante de Hans Castorp durante los años transcurridos en un balneario Suizo, sino la particular visión de la decadencia cultural y espiritual europea que conduciría irremediablemente a las dos guerras mundiales, una experiencia que entroncaba directamente con los presagios de Dostoievski, y que de alguna manera recogía la hondura de Proust en En busca del tiempo perdido y en parte la renovación formal de la novela de Joyce, anunciando la futura decadencia no sólo de la historia de Europa, sino de las formas elevadas de arte a todos los niveles, anticipando, o  al menos esa fue la relación que establecí en las dos lecturas que realicé de La montaña mágica, los trágicos sucesos históricos posteriores, o incluso diagnosticando el vacío actual de las democracias occidentales. Su obsesión por los ideales artísticos y sus procesos de decadencia, me permitía, lejos de lo que afirmaba Harold Bloom, alcanzar un horizonte en el que la literatura debía volver a descubrir lo sagrado para su supervivencia, y de alguna forma, con ello, la posibilidad de albergar un futuro. Para los suspicaces adalides de la ligereza: ese retorno de lo sagrado tenía que ser irónico a partir de cierto momento, humorístico teniendo en cuenta que la terrible consciencia de los límites exigen del humor para ser soportada.


Los dos últimos itinerarios están hechos de subjetividad e intuición, guiados en el fondo por dos premisas básicas que abren no el futuro posible que Thomas Mann nos legó sino el futuro a corto plazo, como una premonición de la decadencia avanzada y unas señales de la posible resurrección. Hay extraordinarios novelistas entre Thomas Mann y los dos pasos finales de este viaje. Desde el terrible descenso a los infiernos de impotencia de Céline, la literatura filosófica de Albert Camus, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Andre Gide, y Malraux, la capacidad lúdica de Julio Cortázar, Georges Perec y Raymond Queneau, la prosa sugerente, elíptica y majestuosa de Margarite Duras, Claude Simon , Margaritte Yourcenar o Julien Gracq, la profunda reflexión psicológica y mitológica de Henry Bauchau, pasando por algunos maestros de la novela centroeuropea, Robert Walser, Hrabal, Kundera, Herman Broch, Böll, Günter Grass y Thomas Bernard,  los italianos fabulosos, Italo Calvino, Alberto Moravia, Sciascia, Lampedusa, Buffalino y Tabucchi, la impresionante armada japonesa con Kenzaburo Oé, Mishima, Tanizaki o Kawabata, los numeroso autores que conformaron el boom latinoamericano, los islotes geniales e inclasificables de  Vladimir Nabokov, Elias Canetti o Clarice Lispector, los rusos aplastados por el horror soviético, Mihail Bulgakov, Alexander Solzhenitsyn, Boris Pasternak y Vassily Grossman, los españoles Juan Goytisolo,  Miguel Delibes, Antonio Muñoz Molina, Julián Rios, Juan Benet, Javier Marías, Álvaro Pombo, Miguel Espinosa o Enrique Vila-Matas, los británicos Virginia Woolf, Malcom Lowry,  Georges Orwell,  Lawrence Durrell, John Banville o Kazhuo Ishiguro, los premios  Nobel Isaac Bhsevich Singer, Imre Kertesz, J.M. Coeetze, Gao Xingjian, José Saramago, Naguib Mahfuz y Orham Pamuk, el extraordinario Amos Oz, hasta las excelencias de la narrativa norteamericana contemporánea, había ejemplos de nivel que podía haber utilizado como sendero, pero voy a tratar de explicar el motivo del recorrido emprendido.


La velocidad del mundo casa mal con la reflexión de la literatura, con su pausa, con el tiempo que cualquier individuo puede obtener para desarrollar potenciales espirituales más hondos. Elegir a Richard Ford fue homenajear de alguna forma a una literatura directa y ágil, hecha de acción y osadía, de narración pura, popular en su esencia, como la norteamericana, no por sus similitudes sino por sus diferencias. Richard Ford y la literatura norteamericana es un reconocimiento a la preeminencia de la cultura de los USA frente al resto del mundo a partir de la segunda guerra mundial. Podría afirmar que Ford no es el mejor de todo los escritores vivos norteamericanos, pero si que posee una calidad indiscutible y abre nuevos horizontes para la novela, estableciendo puentes con la literatura europea y el siglo XXI. La lista de narradores norteamericanos sobresalientes del siglo XX era tan extensa que necesitaba cerrar el proceso de hegemonía con un autor todavía vivo al que aún le quedaban algunas novelas para iniciar el siglo futuro. La trilogía de Boscombe adquirió a mis ojos un elemento simbólico necesario para generar mito literario, y de alguna forma guardaba en su seno la literatura de Scott Fitzgerald,  Upton Sinclair, Wallace Stegner, Henry Miller, Truman Capote, John Dos Passos,  Harper Lee,  Katherine Mansfield, John Cheever, Jack Kerouack, Carson McCullers, James Sales, William Styron, Don de Lillo, Paul Auster, Joyce Carol Oates, Cormac McCarthy, Flannery O´Connor, Roth, Toni Morrison o Norman Mailer entre otros. El domino aplastante de la ficción norteamericana, de la mala y de la buena, casi siempre por razones extraliterarias, a lo largo del siglo pasado requería de un autor yanquee para establecer un recorrido y una continuidad para el itinerario. Parte de la salvación de la literatura futura estaba en algunos párrafos de Cormac McCarthy de La carretera o de No es país para viejos, pero Ford establecía vínculos profundos en su propia evolución literaria, con la Europa creadora del género novelístico.

El itinerario queda cerrado con Roberto Bolaño, a quien me siento unido por razones sentimentales y afectivas tal vez subjetivas en exceso. Sin ser el mejor autor de fin de siglo, nos legó al menos tres o cuatro novelas de una envergadura descomunal, de una ambición incuestionable y un talento exquisito, que no sólo representaban la evolución de los grandes escritores del boom latinoamericano, sino que desarrollaban los potenciales adquiridos por todos ellos encaminándose hacia una literatura futura similar a una de esas hogueras en el desierto mccartianas reconfortantes y necesarias. Bolaño, aparente escritor de ficciones de aventuras, escribía en el fondo novelas literarias esencialmente en las que el verdadero diálogo, o el diálogo profundo, no se establecía a través de los mecanismos de la acción narrativa sino a través del conocimiento de los grandes clásicos de la literatura universal,  con la ficción y sobre todo con sus padres literarios, ese recorrido fascinante por una literatura inmensa surgida a partir de los años sesenta en el continente suramericano: principalmente  con la irrupción inicial de Jorge Luis Borges, y posteriormente la retahíla de ilustres autores como Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, José Donoso, Jorge Amado, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Lezama Lima, Augusto Roa Bastos, Monterroso, Pablo Neruda, Alvaro Mutis, Ernesto Sábato, o Carlos Fuentes entre otros. Heredero de una tradición tan brillante como inusitada por el número de autores sobresalientes en un periodo tan corto de tiempo y situados en un continente, Bolaño encarnaba con su éxito de público el ejemplo de una literatura rica en matices y profunda en su diálogo con la tradición, más preocupada por el contenido y la estructura, por la cartografía, que por la estética, que conectaba extraordinariamente bien con las nuevas generaciones de lectores, incluidos el público lector más exigente o la crítica literaria más elitista. El viaje de Bolaño, de alguna forma, abría los territorios delleuzianos que podían establecer las coordenadas del género en el siglo XXI, fijando una línea de fuga construida con la herencia de numerosos autores y literaturas, con el beneplácito de ventas considerables e incluso mitificaciones exageradas que a pesar de sus exabruptos y falsificaciones podían venir bien para establecer un horizonte de salvación.

Fuera como fuere, este itinerario no deja de ser absolutamente personal y discutible. Lo que me empujó a cumplirlo fue simplemente la sensación de exterminio, de decadencia que ya atisbaron en su día consciente o inconscientemente Beckett o Faulkner: el agotamiento de una sabiduría particular y excelsa de lo humano guarecida en la novela, heredera de la extraordinaria mitología griega y romana, que siempre entroncó con la alta cultura europea y con el deseo de conocer, de saber, de experimentar, de crear e imaginar de los hombres. La mística  de la extinción escondió siempre en su seno a mi juicio a la belleza, desde ese punto de vista tan particular expresado en alguna ocasión por Pascal Quignard o a través de la deslumbrante narrativa de ese último escritor soberano, solitario y sublime, que es Pierre Michon, una idea llegada desde Dostoiesvki, autor con el que comenzaba este recorrido particular: la belleza exige de trascendencia para poder ser admirada y comprendida, y esa trascendencia requiere la creencia de la posible inmortalidad del alma frente a la decrepitud del cuerpo físico, del cuerpo social y las civilizaciones.

Aviso sin embargo que todos estos textos son narrativos, pequeños relatos de un viaje, nunca corpus teóricos excesivos ni principios de la teoría literaria. Mi visión es humana, literaria y lectora. Tengo la sensación de que  la supervivencia exige una especialidad de lectores y no de estudiosos, algo que atraiga y no que espante. De alguna forma escribimos en un mundo que abandona paulatinamente la palabra escrita para alcanzar una cultura ajena a Gutenberg, a la imprenta.

Ante los que consideren que la premisa escogida es subjetiva les doy la razón. Pero quiero advertir de que en cada relectura, lejos de buscar el aislamiento, he tratado de encontrar las ramificaciones de lo clásico, de la tradición literaria, con respecto a las pasiones e intereses del hombre, enlazando en la medida de lo posible las obras maestras de la novela con el presente o incluso el futuro, algo nada novedoso, pero sí olvidado por una buena parte de la crítica universitaria, que se asemeja a menudo a las burbujas de jabón con las que juegan los niños.

Frente a los que consideren este intento como una distorsión poco puedo decirles, quizá expresar un aviso entristecido; intuyo que en esa distorsión, en esa extensión de los efectos de la literatura en los seres humanos por encima de la búsqueda de una complejidad cerrada en sí misma y en sus códigos de territorialización que se aíslan en un silencio sin respuesta, haciéndose ininteligibles para los profanos, se encuentra la resistencia de un arte fabuloso, vivo y constante, que sólo desde el amor que profeso a la novela me sirve para preguntarles si su reducción monacal y su élite solitaria puede ser compartida e intercambiada, participar  por tanto del mundo futuro.

Una cuestión de supervivencia al fin y al cabo.

Toulon, 17 de marzo de 2010
Copyright Jimarino

17 Respuestas a “prólogo de cinco itinerarios para una novela futura”


  1. marzo 24, 2011 a las 3:17 pm

    me gusta muxisimo este libro es uno de
    los mejores del del mundo

    • 2 jimarino
      marzo 25, 2011 a las 9:09 pm

      y eso que no lo has leído tere, aunque el itinerario es el descrito. Mil gracias por el comenario y beinvenida a Los perros de la lluvia.

      un saludo.

  2. 3 Carlos Monsivas
    marzo 24, 2011 a las 7:55 pm

    Uff, a veces pienso que tienes 150 años. Ayer por la noche me costó abandonar tu prosa, las suaves caricias de ese descenso prolongado, y el estallido final que, debo reconocerlo, y además es algo que no suele sucederme, me emocionó. Tan hermoso como certero; casi subscribo hasta los nombres, con algún añadido y alguna discusión posible, pero exacto, como un dardo o una explosión. Este texto merece el libro desde luego, y es una lástima que la difusión abundante que tienes no se disparé por catorce veces

    Un vez más, la espera ha valido la pena.

    Encantado.

    Un abrazo.

    • 4 jimarino
      marzo 25, 2011 a las 9:12 pm

      Carlos, una vez más me honra tu participación aquí. ¿Quién demonios eres? Después de tanto tiempo sigo preguntándome que se esconde detrás de ti, de ese nombre. estaba seguro de que suscribirías la mayor parte de los nombres. Al fin y al cabo una cuestión de inteligencia y sentido común, de pasión lectora. No sabes como me anima leerte y esa manera tan particular de estar a mi lado.

      Un abrazo fortísimo.

      Hasta pronto

  3. 5 Madison
    marzo 24, 2011 a las 10:46 pm

    Anoche te leí. Hoy, ahora he vuelto a leer.
    Qué poco puede decirte. Es tan perfecto lo dices y como lo dices.
    Me produce mucha alegria leerte. Ojalá tus apariciones se produjeran mas amenudo
    Un abrazo jmarino

    • 6 jimarino
      marzo 25, 2011 a las 9:16 pm

      Querida Madison;
      Tus comentarios vuelve a ser un acicate, una ilusión. A vece me falta tiempo hasta para respirar, así que disculpa la frecuencia escasa. A veces la vida no da más de sí. Me tomo tus comentarios como una motivación añadida. Conozco tus gustos aunque sea a través de tu blog y tus palabras. En fin, me alegran esas emociones mucho, muchísimo, sirven para no olvidar la razón de todo esto y tomar nota de lo que escribiré después.

      Un abrazo muy fuerte.

  4. marzo 25, 2011 a las 3:32 pm

    El recorrido te hace poner la piel de gallina,amigo.Menudo mapa,como para perderse en él.Magnífico.
    Ayer precisamente,fui a una librería donde Agustín Fernández Mallo,criticaba toda esa cultura literaria que los grandes escritores poséen.A mí me produjo un escalofrío ante semejantes palabras.
    Me repito,esto no es un post,esto es pura literatura a través de un recorrido vertiginoso.

    Un fuerte abrazo.

    • 8 jimarino
      marzo 25, 2011 a las 9:25 pm

      No me extraña, Francisco. Sobre todo viniendo de alguien a quien no deberíamos prestar demasiada atención. No suelo hablar de lo que no me gusta, pero oír semejantes palabras es como escuchar a un físico mentar que se puede concebir la física del siglo XXI sin Einstein, o como escuchar a un economista decir que pasa de Keynes porque le sale de los cojones. Así de triste está el panorama, que gente que no lo merece reciba tiempo, espacios periodísticos y tribuna injustificada a tenor de su triste nivel literario y su moda pasajera. Aun tengo esperanza, compadre: Sonia Hernández, Ricardo Pérez Salmón, Francisco Casavella, David Foster Wallace, Jonhtahan Franzen, Alan Pauls…, gente joven de la literatura, gente buena, gente que conoce su tradición, no expresiones postmodernas de la nada literaria. Un saludo y hasta pronto. Creo que ganaremos, aunque tú y yo no lo veamos. La clave, pienso, está en Thomas Mann…

      Aur revoir compradre. Muchas gracias por tus palabras…

  5. 9 vavalan
    abril 6, 2011 a las 6:51 pm

    Hola Jimarino, desde luego si ese tal Agustin da miedo lo que dice,como será lo que escriba.
    No se si te habras dado cuenta Jimarino que el nombre de Carlos Monsivas,no es ni más ni menos que el de Carlos Monsiváis, Monsi el ensayista para los amigos, y desde luego alguien a quien le encanta,es poco,más bien le apasiona Bolaño, alguien quien se toma muy en serio esto de la literatura.Hay un comentario que dice que Los perros de la lluvia, tendria que salir más a menudo,
    no estoy de acuerdo,porque esto es literatura pura literatura,se cocina a fuego lento.
    Una frase portentosa de Michon,no savia que la escritura era un continente más tenebroso,más incitante y engañoso que África;el escritor,una especie más ávida de perderse que el explorador.
    Un abrazo muy grande Jimarino

    • 10 jimarino
      abril 16, 2011 a las 5:54 pm

      Una vez más, y a pesar del retraso que mi vida alimentaria me provoca, gracias por el comentario. Si el amigo desonocido que me envía sus comentarios tan a menudo es Carlos Monsivaís me voy a poner a temblar. prometo preguntárselo en el próximo correo que le envíe y te digo algo. La lentitud se debe a mi apremiante falta de tiempo, pero es verdad que la literatura se cocina lento, tiene poco que ver con al premura de la vida, tal vez sea es su problema de encaje en un mundo como el nuestro. A veces me gustaría encontrar a unos mecenas al estilo de los Medici para poder terminar todo lo que llevo entre manos, pero bueno, de momento dejo estos pequeños textos y mis exabruptos esporádicos, que le vamos a hacer. Michon, Michon, tan grande como discreto, buena frase, una de las mejores literaturas vivas que se pueden leer en esta época. Es cojonudo que lo vayamos propagando como un pequeño virus de incendios literarios.
      Espero que estés bien.

      Un abrazo muy fuerte.

  6. abril 23, 2011 a las 9:13 pm

    Buenas, Jimarino.Creo entender que lo que aquí nos anticipas es un texto más largo, estudio ensayístico que se prevé ultra interesante. En cuanto a la selección de autores la suscribo, aunque debo decir que yo soy más de artificios (obras) que de artífices.

    Suscribo tu tesis de que en literatura es fácil hacer algo que espante y que no atraiga. “De alguna forma escribimos en un mundo que abandona paulatinamente la palabra escrita para alcanzar una cultura ajena a Gutenberg, a la imprenta”, dices. Prever que estamos llamados a una mayor amenidad nos será útil aunque, al final, uno sólo hace aquello para lo que estaba de antemano llamado, se solape con su siglo o anticipe otros tiempos, no habrá tenido más remedio que ser él.

    Un muy cordial saludo.

    • 12 jimarino
      abril 27, 2011 a las 7:26 pm

      Fran;

      En efecto, es un prólogo de cinco ensayos editados en revistas literarias que espero salga en formato libro unidos antes de que acabe el año. Cruzo los dedos. Tienes razón con lo de artificios en vez de artífices, pero es que me he quedado viejo: todavía confio en los autores, y además es curioso que se repitan artificios sobresalientes casi siempre de la misma autoría, aunque es verdad que hay excelentes escritores de un sólo libro, milagros misteriosos.
      Tu comentario me resulta valioso, pero cuando hablaba de algo que no espante, me refería no a la literatura sino a la crítica, aquellos que deberían despejar el bosque ennegrecido y lo nublan aún más con sus retóricas, su autismos, sus intereses editoriales y sus excesos. En el prólogo hablaba de esa crítica literaria que parece construir mundo cerrados en vez de abrir éste maravilloso arte a a todos, explicando en vez de ocultando, evitando esa pesadísima tendencia de la teoría literaria hacia la lingüística ensordecedora y pedante, abriendo los libros – en el fondo todo libro que vale la pena quiere lectores inteligentes, pero muchos si es posible- al público, extendiendo las ramificaciones hacia el presente desde el pasado, y anhelando el futuro. Es curioso que cuanto más años tengo más me gusten los libros de ensayos de escritores sobre escritores y cada vez menos los libros de eruditos sin obra. ¿te has fijado qu el amayor parte de revistas literarias se dedican a despedazar autores en vez de ofrecer lo bueno?
      Suscribo tu comentario sobre el desarrollo de las obras literarias: a menudo parece que no pertenecen a los escritores, así que hay que dejarse llevar, escribir lo que uno piensa y siente que debe escribir sea complicado y difícil o ligero y accesible. Cada día creo más en el origen misterioso de las historias, de las novelas, de los textos literarios: no sé donde se guardan, como surgen, a lo sumo atisbo la técnica, pero son fascinantes las imágenes, los tonos, las palabras que conforman la literatura.

      Como siempre un placer tenerte por aquí y gracias por tus comentarios.

      Un abrazo.

  7. 13 wilgefortis
    abril 25, 2011 a las 7:05 pm

    hola Jim!
    buf, no sé responder a la pregunta que nos haces en las últimas lineas… llevo media tarde tirándome de los pelos y no sé responderla…puede? debe? verdaderamente a alguien le importa? ni siquiera sé si mi cerebro, tal como lo recibí de mis padres, está capacitado para aprehender correctamente nada desde Mann hacia atrás (y pongo Mann con mucha manga ancha). Pero el caso es que pienso que ser monacal no implica necesariamente elitismo, y tocar el corazón humano, jesús, no obligatoriamente tontuna. Dicho lo cual, pues hijo, no sé, no sé nada, je je, pero apuesto a que sobrevivirán, los que hacen las historias buenas, andarán por aquí, como siempre han hecho, y como siempre hemos hecho, tendremos que salir a buscarlos, tirar de la cuerda, como tú aquí.

    (por cierto, gracias por hacerme pensar tanto… que al final no sé si tiene mucho que ver con lo que contabas pero bueno…)

    • 14 jimarino
      abril 27, 2011 a las 8:02 pm

      Mi querida Wilgefortis, doble mío, ya te echaba de menos con tus ironías y ese desparpajo que adoro.
      Me he preguntado tantas veces eso de si le importa a alguien, que a estas alturas me dedico a cumplir lo que me sale del arco del triunfo sin darle más vueltas. Me censuro tanto en la vida diaria que me dejo llevar por mis apetencias más exageradas en cuanto me desmeleno frente a mis literatos preferé (no sé si se escribe así, y eso que fui a colegio de pago). Estoy seguro de que tu cerebro da para mucho, y lo de Thomas Mann para atrás es cuestión de tiempo. Me comprometo a ofrecerte mi biblioteca y mis modestos conocimientos para asesorarte -aunque estoy seguro que, como siempre, me tomas el pelo- y si no te gustan los clásicos del XIX o los de XVIII te devuelvo el dinero. Tú misma.
      Me reconfortan tus palabras finales, que esto de la historia de la literature continuará, porque a veces lo dudo. ¿Te has fijado como se falsifica todo? ¿cómo se presentan las cosas? Jamás hubo un tiempo en que lo mediocre tuviera tanta influencia, donde lo bueno fuera cuestión de markting y el tiempo una especie de lavadero de mierda donde aquellso que se ríen en nuestra cara encima inventan la realidad?
      No sé si es bueno hacerte pensar, pero me alegra haber escrito el prologuillo para tenerte de nuevo por aquí.

      Un besazo

  8. 15 Anigroll
    abril 27, 2011 a las 8:06 pm

    Me he quedado muda con el texto y el blog en general. Suscribo en el prólogo autores, ideas, novelas… en fin, una delicia, y espero ver ese libro publicado lo antes posible.

  9. diciembre 4, 2011 a las 5:57 pm

    Acabas de entrar en mi reader! Coincido en la mayoría de tus itinerarios…


Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s


VISITAS

  • 250,049

Contacto

losperrosdelalluvia@gmail.com

CARTOGRAFÍAS-VIDEOPOEMA

La música de los perros de la lluvia

Este blog está sujeto a derechos de autor. Cualquier utilizacion de parte o la totalidad de los textos del mismo, deberá ser comunicada para su aceptación.

El viaje de la memoria. Un cuadro de Pío Cesar Robla. Entrada al almacen de cuadros

Pio Cesar Robla.

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 72 seguidores


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 72 seguidores