literatura

Paris-Notas para una noche con Michon

La primera vez que vine a Paris no pisé la ciudad. Hace ya tanto tiempo que olvidé cómo fue esa llegada, la manera en que contemplé con los ojos cerrados este esplendor lluvioso. Quizá fuera con Verlaine o Baudelaire, arrebatado en las tabernas mugrientas que bordeaban el Sena, otoñal el espacio y lírico el disfraz, bohemia deshecha y ajados espectros de la vida; o con Hemingway y el desventurado Fitzgerald entre la retahíla de americanos enamorados del Paris canalla y bendito; seguro con el puterío bohemio y decadente, con esa pasión de arte inocente tan propia de Miller, tan artificioso como efectivo a cierta edad, con su Anaïs Nin erótica y esa June a la que gocé en sueños tantas veces, a la que puse cara otras cientos entre las efigies de Clichy que me llevé a la boca. Miller, tal vez… O quizá fuera con Toulouse Lautrec, con Manet y Caillebotte, o al cerrar los ojos contemplando las fotografías de Brassai, o con la música de organillo y piano que me llegaba desde Saint Germain de Prés, o en los pliegues ensoñadores y tristes de las notas de Satie. Todo Paris se construyó con los mitos del amor, el arte y la literatura: se hizo lenta en el paladar de mis sueños. Se lo digo a Michon y vuelve a reírse. Abre la boca, le tiemblan los labios por un instante.

-Cuando bajé de un tren en la Gare D´Austerlitz yo tenía veinte años y una máquina de escribir portátil, una Olivetti de cuerpo rojo y teclas blancas. Me sentía embriagado y enamorado, dispuesto a construir con los hilos de mi imaginación la realidad de Paris, prejuicioso antes de verla. Le había prometido a Amparo años atrás que viajaríamos a esta ciudad juntos, se lo dije entre susurros nocturnos a Carmen mientras le cogía la mano y me acercaba a su cuerpo de bailarina, pero no pudo ser.

Dar un paso desde la altura del vagón hasta el suelo suponía enfrentar la existencia mitificada de la capital con el duro cemento del andén. Pensaba que todo sería extraordinario, que el mundo alcanzaría a cumplir mis anhelos como un cielo estrellado cubre la soledad de la noche. Avanzaba con los tacones alzados y la mirada segura convencido de lo posible. Karine tenía los ojos verdes y el cuerpo menudo, de gimnasta fibrosa, duro como una piedra. Me cogió del brazo y fue arrastrándome entre la multitud de viajeros que correteaban por las inmediaciones de la estación. Austerlitz era un nombre sonoro que evocaba las novelas de Tolstoi y Stendhal. El rugido de las locomotoras, tan distintas a las antiguas, me trajo sin remedio a Proust y a Flaubert, pero era Karine quien me sonreía emocionada ante la expresión asustada y expectante de mi rostro, era ella quien me arrastraba por esas calles y me besaba.

A pocos kilómetros de la Gare D´Austerlitz nos alojamos en un hostal mugriento a las pocas horas de bajar del tren. Junto a la inmensidad de las líneas de metro que atravesaban el subsuelo de la ciudad, llenas de bautizos sonoros, entre la belleza de los barrios parisinos que recorrimos durante horas incansables de caminatas y conversaciones, recuerdo su lengua, suave, embadurnada de nicotina y vino. También las cucarachas diminutas que encontré en la cocina del pequeño apartamento en el que vivimos algún tiempo. Leía entonces La peste de Albert Camus. Karine y La peste, y aquel vello púbico enmarañado y punzante, y su cuerpo extraño, fino al tacto, sus pequeños pechos y esos pezones morados tan desmesurados formaron mi particular educación sentimental de la ciudad real; la dureza de sus habitantes, que se movían agitados y poseídos por la velocidad incesante, expresaron la tristeza de la lluvia, el encuentro irremediable con la inexorable mutación del tiempo. Sin embargo, algo resistió a la desilusión de que aquella capital no fuera tal y como la había soñado. Quizá en esa esencia se hallaba la verdadera resistencia del espíritu a doblegarse ante la inercia del universo, la capacidad humana de alcanzar un lugar distinto a pesar de las fuerzas de la historia que nos anegan. Fui reconstruyendo despacio otro Paris que no era ni el presente ni tampoco aquella fantasía de mis mitos literarios o mis iconos cinematográficos.

Recuerdo la extraña felicidad de despertar bajo un edredón y aspirar el olor de Karine. Volvería amarla si pudiera regresar a ese cuarto que llenamos de trastos y memoria, a ese rincón donde deseamos con fervor ser otra cosa: ella una mujer segura y enamorada de un español ufano y enfático que parloteaba incesantemente de literatura, y yo un escritor a punto de iniciar la obra de mi vida en un Paris reconvertido donde paseaba despreocupado y feliz como Jean Paul Belmondo y Jean Segber en A bout de Souffle. Amaría a Karine una vez más para recordarla mejor aunque todo hubiese cambiado -revivir el ritual necesario, el puñado de acciones y gestos que logran otorgar a la existencia y a sus hechos su necesaria realidad, su sólida raíz- y regresar así a ese Paris de cortinas rojas, de noches lluviosas, que me recibió hace tantos años. En el fondo era yo mismo quien recibía a esa ciudad, quien reinventaba con la furia de los ojos plenos de esperanza el recorrido que otros harían siguiendo mis pasos. Tan iluso y perdido, y a la vez tan extasiado por los cantos de sirena.

Michon me observa divertido. Luego su rostro se ensombrece y examina su copa silencioso como si flotara algo inconveniente en el vino.

-Durante años sólo creí posible escribir para vivir. Arroyos de palabras que iban impregnando la experiencia de la vida, todas las metáforas reunidas en el silencio de una hoja en blanco que trataba de garabatear con una expresión solemne y el empecinamiento de lo que nos hace estar convencidos. Me arrepentí muchas veces de haber nacido con esta maldición que no asegura además el talento, por la dificultad de dejar una huella, una brisa insignificante que arrastrase una hojarasca diminuta donde por un instante hubiese podido hallar una ráfaga auténtica y perdurable de lo humano. Amé demasiado poco, hice el amor siempre con la espátula y la tabla de colores, como si interpretara en vez de vivir, rara vez con el alma henchida de fugacidad, con la levedad del amor que se recuerda o la intrascendencia del tiempo que se dilapida. Ahora, a veces, me atormenta la idea de que, al contrario de lo que creía, el dispendio fue excesivo y la ceguera demasiado prolongada. Debo reconocer que en ocasiones me consuela lo infantil del mundo, la maraña de hombres y mujeres aspirando a esa continuidad imposible a través de mecanismos e ingenios mucho más simples y terriblemente alejados de la verdad. La ilusión de la vida eterna me provoca carcajadas. Enfermo de trascendencia era infeliz. Al final no hice nada que me conviniera. El mundo no necesita literatura, o si la necesita, no se da cuenta. Prefieren las malas novelas, los argumentos grotescos, las palabras sin sentido, las mentiras mal construidas. Pienso en el sexo, en su banalización constante. No hay sentido del humor al acudir la expresión compungida de un orgasmo, ni siquiera hay risa en una inesperada caída o en el torpe ademán de una imperfecta postura animal. Lo banal choca con una sorprendente solemnidad de película ñoña, pretende una absurda perfección imposible entre los seres humanos como si toda ceremonia tuviera que tener unos códigos estéticos concretos y fijados y un ritmo siempre medido.  Se contempla mucho más que se toca: contemplación como el reflejo de un gran escaparate en el que pasean las ninfas y su séquito de imberbes apolíneos, y en esa representación de la sensualidad queda estéril el verdadero erotismo, la fertilidad del deseo. Sombras en un mundo de luces encendidas. Tengo la molesta sensación de que se hace el amor en verdad cuando uno naufraga y luego, cuando se halla el asidero, el sexo se evapora, parece un recuerdo amargo de una época rota o desconsolada. Se tiene miedo a la deriva, al inevitable caos humano, y se aspira al orden regido por una fuerza ciega y descomunal que delimita la libertad para evitar la exhuberancia y el abandono, un orden hecho de tedio y responsabilidad, de ocupaciones incesantes y estériles tan menudo, de datos económicos y orgullos nacionales, de sentimientos convencionales domeñados, convencidos de que aceptar la irracionalidad de lo establecido, obedecer a lo imperante en cada momento nos salvará, inconscientes de que las leyes de la tierra se mueven más rápidas que nosotros afectando a nuestro estado sin remedio, y la supuesta seguridad de la vida siempre está expuesta a ser destruida por el ímpetu de las distintas voluntades de poder que pugnan entre sí para imponer sus designios. La historia reciente de Europa está llena de catástrofes de ese estilo.

Al recordar las alegres esperanzas de un tiempo animo a Michón a seguir bebiendo más vino y ese elixir que alimentó la imperfecta eternidad de nuestros pasos: los jugos de Celine, el olvido de los golpes de la existencia que nos fueron educando y limitando hacia el extraño optimismo de las letras, a apurar las copas de Poe, la potencia oscura y terrible de Dostoiesvky. Pronto será el elixir de Michon, convertido en un faro capaz de iluminar la oscuridad de las tormentas, en un refugio de calma lleno de humanidad trasmutada en literatura sublime. Le empujo a beber no sólo el vino y las letras, sino su propia prosa elevada y sanguínea que en apariencia no sirve al mundo. Le pido que beba y escupa toda esa capacidad una y otra vez para no dejarme huérfano. En ese instante recuerdo haberle dicho a Karine que la única literatura que me interesaba era aquella que alimentaba la vitalidad, el hambre de vivir, que esa era una forma de encontrar sentido a la enfermedad de la lectura y así transformarla en una potencia sanadora.

La voracidad de Michon me hace pensar que él marcaría ese teléfono guardado tantos años en la memoria, que buscaría en esta ciudad a esa mujer. Que trataría de seducirla una vez más arrebatado por el ímpetu de la sensualidad perdida a fin de retener por un instante aquello que fue, y luego escribiría la relación de ese cuerpo inolvidable con el presente y su transformación en el tiempo, describiría las nuevas texturas, la evolución de los colores y los gestos, la metamorfosis de las palabras, como si alcanzara a descubrir  en los brillos de un rostro cambiado por los años aquello que le fascinó en las pinturas de Greuze, eso mismo que a mi me hechizó cuando irrumpí hace muchos años en la vieja casa museo de Courbet donde se exponían copias de sus pinturas más conocidas, cuando miraba El origen del mundo en esa sala con suelo de madera, oyendo bajo mis pies el fragor de las aguas del río, y al mirar el rostro de Helene extasiada ante la vagina velluda ligeramente entreabierta, coronada por esos muslos rotundos y hermosos, no pude pensar en otra cosa que en el deseo de aprovechar la soledad del museo para gozar de su cuerpo frente al cuadro, como si el arte no hiciera otra cosa que alimentar e inspirar la vida, nada más y nada menos.

Karine tendrá ahora cuarenta años, dos hijos y unas bonitas piernas. Quizá viva en el VI eme arrondisment de Paris, cerca del barrio chino, a doscientos metros de la Butt aux Caille, en un piso igual que el de entonces, con las paredes empapeladas de rojo y las cortinas encarnadas, las lámparas granates, con una cocina exactamente igual en la que veinte años atrás encontré dos cucarachas diminutas correteando despavoridas a la búsqueda del calor del horno y su prudente oscuridad.

Flaubert y sus máscaras, afirma. El formalista severo, austero, místico en ese deambular por los recovecos del lenguaje. No es para tanto, responde, y bebo más Borgoña suave, ligero al paladar, en copa histórica en forma de campana invertida con grabado, abarrotada de un caldo casi rosado. Pierre alza su copa y dice que carga con su corazón roto en pedazos, que así se planteó la vida desde aquellos lejanos días en Cards, como una premonición de la elegancia espiritual que La Bella Lengua podía ofrecerle como contrapartida a su condición social, a su vida heredada de campesino. Una parábola como otra cualquiera del dolor y su esperanza, de los sueños convertidos en un posible simulacro de superación espiritual. El que ríe ahora soy yo ante la absoluta veracidad de lo que expresa. Es curioso el poder de la literatura, su esfuerzo por engrandecer y ampliar los horizontes, y como contrapartida el orgullo peligroso que otorga, ese soplo iluminador que insufla la consciencia de las palabras y el eco que provocan, a veces la inevitable desilusión de que no puede facilitarnos nada más, y otras la imperiosa necesidad de seguir creciendo a pesar de los límites de cada cual. Tiene el corazón lleno de verbo, de palabras y sintaxis perfecta y eso es lo que pretendo decirle con esa sonrisa.

Amanece en Paris y crece esa luz particular, extraña a menudo, única. Desde las alturas se vislumbra el empedrado mojado, árboles de un verdor intenso agitados suavemente por el viento, agua que corre abundante por las calles, que humedece los jardines frondosos y exuberantes, que alimenta el musgo que se adhiere a las paredes de piedra. La paleta de grises y verdes es tan amplia que haría las delicias de cualquier pintor atento. Michon mira a lo lejos antes de apurar la copa entera de un trago.

Crece la luminosidad sobre Les Invalides, brilla su cúpula dorada de repente, una furiosa lámina aurífera en un paisaje de apagadas sombras. A lo lejos se vislumbra la figura alargada e inmensa, envuelta entre nubles de algodón ensuciadas, de La Tour Eiffiel. También la silueta de la Tour Montparnase, con esa negrura de los tiempos en sus cristales ahumados, en su cuadratura solemne ¡Paris amanece! Mi Paris de aire nace lleno de sus mitos.

A pocas manzanas de este rincón, a la orilla del Sena, Corinne se agitaba con los ojos cerrados y las caderas contraídas sobre mi rostro, agarrada al cabezal de hierro forjado que golpeaba al ritmo de su cintura la pared: ella se enardecía en ese redoble. Fueron tiempos lejanos, de eso hace ya trece años, pienso, pero aún oigo sus gritos, la suavidad de sus enrojecidas mejillas cuando todo cesaba y se quedaba boca arriba sobre la cama respirando plácida, o cuando rencorosa se atrevía a culparme de sus desgracias e infiernos con los puños apretados y el mismo resuello animal de sus delirios carnales. El tiempo ha disipado la profundidad de ese amor, los rituales que cumplimos para fundar una sociedad afectiva y un hogar mugriento, lleno de la oscuridad de esa época. De cada historia guardamos unos momentos, supongo que a los gritos y la desesperación de un final la memoria se empeña en dibujar lo idílico y perdurable de la alegría, la dichosa agitación del cabezal marcando la pared, la juventud que encerrábamos en nuestros cuerpos y el transcurrir desde la placidez a la furia destructiva. Sin embargo no logro traerla hasta este balcón con la nitidez que deseo pese a estar tan cerca del estudio en el que vivimos. Apenas sobreviven fogonazos que surgen incontrolables entre la marea de luz que nos va inundando. Cuando revelo esas imágenes tiene el color sepia de lo antiguo e inalcanzable. Michon susurra que soy un sentimental. Desde luego prefiero lo sentimental a lo inhumano. Todo literatura. Bebo, y él bebe en abundancia a mi lado

Seis y media de la mañana. Crece el murmullo de la ciudad que el parque cercano amortigua. Llega en sordina, con una intensidad discreta sin estridencias ni brusquedades: un claxon que rompe el rumor de las hojas, un motor revolucionado en exceso entre el fragor de los setos y un clamor lejano bajo el agua. Acude la mañana con aura fantasmal que nos recuerda donde estamos; en un balcón de una onceava planta, en mitad de Paris, reflejados en los espejos de la barandilla y en los charcos que forma la lluvia ante la inmensa vista de una ciudad interminable. Podría enumerar un recorrido a ciegas desde allí, observando los tejados, las cúpulas majestuosas, y los edificios hacinados. Paris no cesa nunca, siempre hay algo que mirar en el intervalo de segundos en el que uno alza la cabeza. La lluvia es fina y fría, constante como agujas en la piel. Paris no se acaba nunca, huele a mausoleo y a teja de pizarra, a antigüedad digna y a parque de atracciones. Su aliento enreda la pálida lámina de este amanecer inesperado en el que los nombres sagrados se cruzan en cada calle, en cada esquina, en los edificios que surgen tras la niebla otoñal, en el influjo secreto de los ásperos despertares. Que se joda Nueva York. Es como un bebé ruidoso ante la majestuosa pátina marmórea de una gran dama de gruesos muslos y labios carnosos que susurra al oído sus encantos interminables mientras resista la dureza de la piel, que dice a gritos que sólo hay una literatura y viene de Paris. El café del Dôme en Montparnasse dibuja junto al Coupole y el Rotonda, con sus estufas circulares de hojalata que calentaban las mesas de la calle invernal, la construcción final del mito, la suave ironía del ceño fruncido de Unamuno recostado en la butaca subiéndose el cuello del abrigo y apretando la bufanda contra la barba blanca. Ahí estuvo la inteligencia y el arte del siglo XX, en los ojos saltones de Picasso y Derain burlándose de los transeúntes anodinos, la estirada dignidad pagana tan similar al gesto de un barman de hotel de lujo en la Riviera que desprendía el solemne Tristan Tzara, la mirada azul y perdida, casi llorosa pese a ser entonces un joven enérgico y fanático, de Ezra Pound, organizando definitivamente su destino entre los pliegues de un Côte du Rhone barato o un pastisse envenenado de poesía antigua, frente al manuscrito imposible de La tierra Baldía, Elliot chispeante y distinguido, tan rico como tacaño.

Surge la luz de la primavera como esta bruma luminosa que cae sobre nosotros; aún veo el rostro perplejo de Sandor Marai a la intemperie de una calzada observando el antiguo esplendor perdido allá por el año 46 cuando sus esperanzas comenzaban a quedar exterminadas, lo mismo que la risa contagiosa de Hemingway ensañándose inconsciente frente a  Scott Fitzgerald ya borracho, dormido con la oreja pegada al frío mármol de la mesa, o las copichuelas diminutas exigidas para el disimulo alcohólico de Faulkner, de paso en ese café, de paso en la vida a no ser por su escritura de hierro forjado. Está Joyce, viviendo del préstamo, jamás de su arte, siempre escoltado por el Pound que iniciaba sus cantos y sus revoluciones imposibles.

Michon brinda por mi mitología cultural del fin. Todas las invasiones son bárbaras y terribles, y arrasan con los tiempos buscando el exterminio y la extinción. Becket hojea furibundo unas páginas del Eclesiastes mientras guiña el ojo a una muchacha juvenil a la que se le atisban los muslos turgentes al estirar las piernas sobre la silla. Todos los libros están enterrados en las catacumbas, en los sótanos, en los rincones más recódnitos de esta cuidad; todos los libros y todas las mujeres pérdidas o aquellas a las que nunca pudimos hallar. Un laberinto del que apenas atisbamos reflejos esporádicos, sublimes visiones baudelerianas entre los tugurios del desastre, el amor que se fue extraviando, los mapas secretos que se construyen diariamente sobre la vieja cartografía de Paris. Michon asegura que él muchas veces ya no ve el antiguo recorrido de las calzadas, ni el aroma putrefacto de las calles empedradas, ni siquiera el esplendor de los reyes antiguos, que a lo sumo contempla inquieto el devenir de los días del terror, esos viejos alaridos de Saint-Just y compañía aspirando al ilimitado reino de la felicidad futura, al borde de la pesadilla, aquel extasiado miedo que sucedió a la libertad. Como si este tiempo y ese ruido que ensombrece la esperanza de la luz en este amanecer hubiesen ya vencido.

Copyright Jimarino


Categorías:literatura

20 replies »

  1. Madre mía que maravilla de fotografías, luego me paso a leer la entrada tranquilamente, pero es que he visto que has escrito y no me he resistido a enviarte un saludo

  2. Magnífico texto, profundo como pocos sobre el arte de la escritura. Lo he leído de un tirón, poseído. Imaginé el pequeño relato en papel y sentí un deseo enrome de bendecir esas palabras. Creo, si no me equivoco, que es uno de los textos más literarios que has escrito aquí, como si ya no fueras el cronista cultural que narra destinos, sino el cuentista excelente que retuerce la prosa y abraza la literatura. El cambio me seduce de nuevo.
    Un abrazo.

    • Querido Carlos, sin conocerte parece que seamos amigos de toda la vida. Siempre me pillas, me interpretas como un alma gemela. Este fragmento formaba parte de una novela corta, de unas cien páginas, escitas en noviembre del 2009 tras el choque brutal que me supuso asistir a un charla de Michon en la Fnac de Les Halles. El texto era literario y personal, tanto que a estas alturas me resulta fallido y está escondido en un archivo silencioso de mi ordenador a la espera de un cultivo. Sin embargo este pequeño fragmento me pareció que tenía fuerza, así que lo transcribí en Los perros de la lluvia. Aún así no creo que se aun cambio. Cada vez que cuelgo algo me asalta el pudor de revelar la literatura que escribo. Prefieorn guardarla hasta que alcance una especie de santidad que elimine el pudor. Ya veremos.

      Un abrazo.

  3. Apenas me atrevo a dejarte unas palabras después de leerte, cuando tus oraciones extendidas y embriagadoras todavía me llaman a no detenerme. Nunca estuve en París. Ahora temo que si algún día llego, no sea tan bello como el que has creado en tu texto.
    Un beso.

    • Diana;
      lo de las oraciones me ha llegado al alma. Desde hace algún tiempo tengo la sensación de que busco precisamente esa literatura en los otros, aquella que responde más a un rezo que a una narración, así que me siento halagado y creo que le texto ha cumplido contigo esa función religiosa. Paris es una ciudad tan hermosa como inalcanzable. Ojalá puedas verla sin prejuicios, con la ojos muy abiertos. A mí me costó un tiempo reconocerla en su esencia, y cada vez que la visito, unas dos veces al año mínimo, descubro algo, una emoción, un lugar, un nombre, una historia. No se acaba nunca, como decía Vilamatas.

      Un beso y muchas gracias pro el comentario.

  4. Felicitaciones. Me ha encantado tu nota sobre París, lleva un caudal profundo, unos laberintos siempre relacionados con la literatura, los deseos y los sueños a menudo tan distintos de esa realidad citadina y cruda. Me encanta París, la he visitado unas tantas veces y siempre me resulta fascinante, cansada porque hay demasiado que mirar, conocer y vivir en la ciudad a veces embriagadora y mítica y otras un tanto caótica y añeja.
    Me encanta tu narración y fluidez. Un abrazo.

    Gina

    • Gracias por el comentario Macpik, porque me hace considerar que el texto puede funcionar. Paris surge siempre ante mis ojos, es uno de lso pocos lugares a los que tengo que volver sin saber porqué. Viví allí un tiempo hace muchos años, y soy consciente de que me costaría residir permanente allí, que como tú dices me cansaría, me agotaría su interminable recorrido subterráneo, sus historias apelmazadas, su antigüedad deslumbrante. Aunque cada vez que voy, esas dos veces al año que transcurren veloces, siempre pienso que tengo que volver, que Paris está fija como reflejo de lo que no puede cambiar porque es esencial en un mundo que corres despavorido y alocado sin descanso. Sentarte en un banco en algún parque cercano a La Sorbonne o pasear por Montmartre es como respirar algo de lo que somos que no pueden cambiar. Gracias por tus palabras de nuevo.
      Un saludo.

  5. Lo imprimí en formato libro y lo metí en el bolso. Luego, cuando en un lugar tranquilo lo leí, apunte: el narrador es tan imperfectamente cercano que rasga con esas ráfagas de lo perdurable. Y debajo una pregunta: ¿por qué no tendrá esto unas doscientas páginas más?
    Ese estupendo “que se joda NY” me hace querer leer algo también suyo sobre esa ciudad.
    Me ocurre que cuando le leo me entran muchas más ganas de literatura…y eso lo agradezco tanto.
    Gracias. Un abrazo

    • Qué gusto tenerte por aquí, Olvido. Terminó de volver de Madrid hace un par de días pero no pudo ser. Estaba agotado, y la cita que había concertado con Nacho, donde le dije que nos viéramos los tres, no se celebró. Nachete tenía trabajo de canguro y con su despiste se le habían olvidado las fechas que le envíe por corre electrónico. No pasa nada, vuelvo en Junio seguramente, o tal vez antes, no lo sé. Tu texto de Shangrila magnífico, profundo y divertido. Cuando te leo me siento como un viejo cebolleta que no puede detener su palabrería. Tu precisión es siempre un motivo para abreviar. Me produces complejo de plasta. debe ser la edad, que me atormenta ya. Te debo un correo que espero poder cumplir estos días. Sabes que tu lectura es uno de mis retos, que funcionas como acicate literario. Me sirve creer que pueda defraudarte, así que trato de esmerarme lo más que puedo. tengo muchas muchas ganas de conocerte. este fragmento form aparte de una novela corta de unas cien páginas,a mi juicio, en su conjunto fallida, con algunas partes decentes, escrita en noviembre del 2009 tras el shock que supuso ver a Michon en una charla en la Fnac de Les Halles y estrechar su mano al final. Tengo la sensación de que fue una escritura en general demasiado fascinada por ese hecho aunque algunas partes funcionen. Me levantaba a las cinco de la mañana y me asomaba al espléndido balcón que tienen mis suegros en Paris y escribía y escribía embutido en un abrigo, con gorro y bufanda. la primera escritura la finalicé en apenas trece días. Tengo que retomarla y cambiar la dirección del artificio.
      Un beso muy fuerte y otar vez gracias pro tus comentarios.

  6. Grandiosa crónica sentimental,mi querido amigo.Llega al alma.No he podido evitar una cierta emoción interior por la similitud de sensaciones cuando estuve en París y me acompañaba George Bataille.Me he imaginado cuando estabas escribiendo en tu cuaderno ” escribía y escribía embutido en un abrigo, con gorro y bufanda”,y yo a pocos metros escribiendo con los mismos atuendos.Tú con el gran Michon (me encanta El último emperador de Occidente y Mitología de invierno),y yo con Bataille.
    Un fuerte abrazo,amigo,desde la ciudad nerviosa.

    • Querido compadre;
      Tenía que ser Bataille, Bataille y Francisco Machuca, un Bataille al que llegué tarde, hace apenas unos dos años, pero qu eme dejó mudo de cojones, cambiado. En relación al erotismo te recomiendo un francés que mi suegra ilustre, lectora terrible, llevaba años ofreciéndome: Pascal Quignard y su fantástico El sexo y el espanto, además tengo una anécdota sobre él que estoy escribiendo, una de las historias de mi suegra que me suelen afilar los dientes. El erotismo o sus novelas perversas y El sexo y el espanto son llibros que cambiaron la percepción de muchas cosas.
      A veces pienso que tú y yo nos conocemos de toda la vida, me pasa contigo como con ese este extraño Carlos Monsivas, que me adivina el pensamiento y al que le he preguntado alguna vez si no es mi vecino y me espía todas las mañanas de madrugada en las que me levanto muy temprano para escribir, para disponer de tiempo al día de mierda. Me siento como si fuera un hermano que os recuerda en la distancia.
      Las ciudades, es verdad, están nerviosas. Espero que estés bien, lento, que es un estado más lúcido y conveniente par el infarto y el cáncer.

      Un abrazo muy fuerte. Una alegría tenerte por aqui, comme toujours!!!!

  7. Apreciado Ariño,

    me alegra ver publicado en tu lugar este pequeño trocito de Paris. Michon tuvo en ti ese efecto mágido deseado. Paris… ahora sé que bien vale una misa (estuve hace un mes allí).
    Cualquier cosa que se diga de la mágica ciudad es poco, es capaz de hacer escribir a los muertos y como a ti, sé que regresaré en algún momento.
    Siempre se regresa… ¿verdad?

    Un abrazo,

    Estel J.

    • Siempre se regresa, Estel, incluso aun cuando se disipen lod mitos y el tiempo transcurra, siempre queda el laberinto de Paris entre los dedos, el dibujo de su calles y sus lugares, incluso aunque lo que se haya vivido allí sea amargo o triste. Vale una misa, una prolongada oración por la extinción, y sino, sólo hay que pensar en que la ciudad está construida sobre civilzaciones antiguas, sobre subterráneos abarrotados de muertos y culturas.
      Una alegría volver a leer un comentario tuyo. Espero que estés bien.

      Un abrazo.

  8. Estimado amigo:

    He leído asombrado varias de sus entradas. Tiene usted el don de la narración, sin duda empujado por su enorme amor a la lectura. Muchas gracias por el rato. Justo hace unas noches acababa de releer El crack up, y en verdad me ha emocionado su entrada sobre Hemingway y Fitzgerald. Sólo una pregunta: He leído en su entrada sobre Richard Ford, en los comentarios, que tuvo la oportunidad de conocer a Cormac McCarthy y que le defraudó como persona. ¿Podría explicarlo un poco más?

    • En primer lugar, Ángel, gracias por el comentario favorecedor. Todos mis pequeños ensayos literario son narrativos por dos cuestiones básicas; una no puedo evitarlo, la otra porque estoy convencido además de que es la mejor forma de hacer atractivo un arte que decae respecto a su proyección pública. Contando historias se llega a Roma o se salva uno de la peste como en el elegante Decameron. Lo de Hemnigway Y Fitzgerald es el modesto relato de una gran historia de justicia literaria. Me alegro que te gustase el texto, porque yo quedé fascinado con la vida y milagros del pobre Scott, y con la recompensa posterior. Se debe estar descojonando en el cielo de todo.
      Cormac McCarthy es uno de mis autores vivos favoritos, pero o bien me expliqué mal o te pudo el entusiasmo, pues no he llegado a conocerlo personalmente. Es un tipo poco dado a ofrecer entrevistas y hay pocas imágenes de él. Le pedí a una vieja amiga del mundillo en los USA que me reuniera información y casi siempre es extraña, contradictoria. Lo peor fue ver algunos videos que me envió con dos entrevistas. Me decepcionó profundamente, pero la literatura tiene esas cosas. McCarhy posee un poder extraordinario para componer historias siendo como persona alguien bastante anodino, fanático en algunos planteamientos y poco interesante en sus ideas. Su gen creador, es sin embargo apabullante.
      Gracia spor la visita y los elogios.
      Un abrazo

  9. a mí es que Paris siempre me parece como de mentira… cuando fui de chavala me decepcionó gravemente, pero claro, tenga en cuenta que las expectativas de mi batiburrillo mental eran un poco de… ejem risa. Bonito post el suyo. Hay un libro sobre la ciudad que me encanta, igual lo ha mencionado alguien más, Calle de los maleficios de Jacques Yonnet, tiene batiburrillo, pero del bueno. Mucha salud, amigo jim.

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