“UNAS CUANTAS RAZONES PARA QUE CUALQUIER MUCHACHO CON DOS DEDOS DE FRENTE NO COMETA LA ESTUPIDEZ DE PRETENDER CONVERTIRSE EN ESCRITOR”- (Un correo inesperado)

Publicado en mayo 16, 2010

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Hace unas  noches me encontraba sumido en una irrealidad de ginebra junto a mi sobrino David Turksma, cuando el ordenador portátil abierto al raso de la terraza emitió un pitido familiar: el outlook avisaba de la recepción de un correo electrónico. A simple vista nada extraño. Recibo bastantes a diario, y a esas horas nocturnas y somnolientas trato de contestar a los que puedo mientras apuro como la reina de Inglaterra mi gin tonic de buenas noches. Debo decir que aunque no se trata de una costumbre demasiado saludable tampoco es la peor de todas. Conozco ilustrísimas damas y caballeros que optan por soportar sus existencias a través de los tranquilizantes; los hay adictos al gimnasio, al footing y al tai chi; viciosos noctámbulos; traga televisiones a oscuras, lectores insomnes bajo un flexo de luz pálida, incluso gentes del yoga en aulas anochecidas o partidarios de la meditación; también futboleros inconsolables y jugadores de consola… allá cada cual con su método, francamente. Pero volviendo al asunto fundamental,  aquel correo que leímos anonadados mi querido sobrino y yo venía encabezado por un asunto que he convertido en el encabezamiento de este texto, y firmado por un conocido escritor, cuya identidad, a petición suya expresa, no puedo revelar.

“UNAS CUANTAS RAZONES PARA QUE CUALQUIER MUCHACHO CON DOS DEDOS DE FRENTE NO COMETA LA ESTUPIDEZ DE PRETENDER CONVERTIRSE EN ESCRITOR”

Le dije a David, que aún llevaba la guitarra colgada del hombro después de unas suaves melodías entonadas minutos atrás al aire libre, que el mensaje debía ser alguna broma proveniente de la turbia imaginación de cualquiera de mis amigos, todo ellos bastante leídos y gustosos de la ironía. Cada vez estoy más convencido, por razones que no puedo confesar, que no se trató de una broma.

El autor comenzaba su exposición mencionando que desde hacia aproximadamente un año había seguido todos mi insistentes recorridos literarios con simpatía. Afirmó sin titubeos que alababa mis gustos –aunque los calificó de heterogéneos-, así como mis esfuerzos por poner una digna pica en Flandes en esto de las letras, y que, ante todo, se dirigía a mí porque estaba convencido de que debía ser un buen chaval con educación, fatigado de vez en cuando de observar el mundo, y con una escritura cuanto menos apañada y a menudo atinada, algo a celebrar en este desolador panorama.  A partir de ese momento, y expresadas las razones por las que él no podía publicar en su nombre estas palabras teniendo en cuenta  su prestigio y lo ácido de su contenido -no hay que tirar piedras en el propio tejado ni cagarse encima de quien nos da de comer sin pensar en las consecuencias- escribió lo siguiente, no sin antes exigirme que bajo ningún concepto debía revelar la fuente:

Negaré mi autoría, nadie te creerá y será como caer antes de empezar.

Debo decirle al novelista que no suelo traicionar a nadie, o al menos es lo que he pretendido media vida.

Hechas las presentaciones y expuestos los motivos, anunció que iba a ofrecerme un ejercicio literario para que lo colgase en Los perros de la lluvia si lo creía oportuno. Al tratarse de un texto no solicitado, añadió, no le importaba demasiado que lo hiciera o que decidiera silenciarlo: allá tú.

Se trataba básicamente de extenderse en la explicación del enunciado, de justificar ese lema:

“UNAS CUANTAS RAZONES PARA QUE CUALQUIER MUCHACHO CON DOS DEDOS DE FRENTE NO COMETA LA ESTUPIDEZ DE PRETENDER CONVERTIRSE EN ESCRITOR”.

Trataré de hacer un resumen ajustado a sus palabras.

Comenzó afirmando que a pesar de su exabrupto no estaba dispuesto a renunciar a una tradición sostenida por siglos de esfuerzo y lucidez, pues eso sería imperdonable en alguien que admira profundamente la historia de la literatura. Consideraba la literatura como una de las invenciones más maravillosas, completas y extraordinarias de la razón y la creatividad humana, capaz de reflejar el mundo e incluso de reinventarlo, donde cabía el tiempo y el espacio, los dos grandes límites y enigmas de todo lo humano. A tal argumento añadió varios nombres como ejemplos de esa capacidad: a Shakespeare, Cervantes, Rabelais, Hawthorne, Proust, Joyce, Quevedo, Mann y Virginia Woolfe. Una lista canónica sin duda, nada extravagante, que no terminó y dejó finalizada en un suspiro de puntos suspensivos. Entonces escribió el punto primero.

1) Estos breves consejos están encaminados al hecho de escribir y por tanto no afectan al hecho de leer. Los autores nombrados y otros muchos constituyen un ejercicio intelectual y moral muy provechoso para el lector. No se trata de reducir el papel de la historia de la literatura, sino de cómo el mundo en su intolerable reducción dejará pronto de comprender a sus maestros, y lo peor, llegará a olvidarlos hasta tiempos mejores. Hay que leer, y mucho, para comprender lo que quiero decir; aunque puede bastar con pasear los huesos cansados y los ojos ávidos por cualquier librería para alcanzar esa conclusión. Hojear los argumentos y las primeras páginas de las cientos de novelas que pueblan las estanterías de novedades puede provocar una intensa depresión. Analfabetos funcionales, graciosillos de chiste, iletrados apóstoles de la modernidad, somnolientos repetidores del siglo XIX, mujercitas enfurecidas y sensibleros artefactos, se lo ponen muy difícil a Jorge Luis Borges y a Stendhal, por poner dos ejemplos comparativos de nivel. Mi primer consejo para el pobre muchacho desgraciado que pretenda escribir es que lea y abandone esa absurda idea de rellenar hojas en blanco con un sinfín de sandeces que además ya fueron escritas y mil veces mejor de lo que el chico alcanzará jamás a conseguir probablemente.

En el segundo punto, el escritor introdujo en su argumentación aspectos socioeconómicos. Recuerdo a David Turksma desternillarse con la traducción improvisada mientras nos hacían efecto las burbujas alcoholizadas de ginebra y se reunía en torno a las carcajadas mi querida Severine. El autor consideraba una ridiculez el asunto de escribir, básicamente porque había pocas actividades menos rentables económicamente hablando. Años y años de lecturas y miles de páginas escritas hasta alcanzar apenas un puñado que el narrador o el poeta considera dignas, cuyo pago final no pasa de lo que cobra un abogado en un mes por defender divorcios improbables, vergonzosas infidelidades o asuntos de colisiones entre vehículos. El fino humor de nuestro anónimo interlocutor escribió lo siguiente:

2) Acaso resulte ridículo dedicarse en este mundo nuestro a actividades poco o nada remuneradas. El joven podría tentar la suerte del pop o las bendiciones de una sólida carrera científica. Haciendo cálculos sobre los beneficios que he podido alcanzar en estos cuarenta años de profesión, me sale una cifra de 33 céntimos de euro la hora. No pretendo aburrir a nadie con los cálculos a los que me he dedicado a conciencia durante una semana, introduciendo en la ecuación variables temporales y cuantitativas sobre la dedicación realizada al asunto literario y sus cobros. Simplificando, he contando las horas transcurridas frente a la máquina de escribir y posteriormente delante del ordenador, he adicionado las lecturas profesionales necesarias para mis ensayos y textos críticos -sólo he contado aproximadamente el 10% del tiempo que he pasado leyendo, quizá por una concesión al placer que he sentido, y considerando que el placer no debe quedar englobado en estos cálculos economicistas-, y después he ido calculando con una horquilla de error del 5% máximo los ganancias obtenidas por mis distintos escritos, teniendo en cuenta que  en los últimos quince años he podido holgadamente dedicarme a esto de las letras. Resultado de todo, la cifra es demoledora. Existen pocas profesiones cuya formación exija tantas y tantas horas leídas y escritas, que además obligue a partir de cierto momento a la madurez –no existen obras maestras sin la madurez a pesar de alguna excepción que confirma la regla, como Rimbaud, por mentar a alguien-, con toda la experiencia que conlleva detrás, o que no permita encima, si se tiene algo de pudor, caer en la mera repetición y deba huir de actos rutinarios, y todo ello, señores, todo, todo ello, supone una media aproximada de 0,33.- Euros en mi caso. Comparando la rentabilidad del asunto, debo concluir que la literatura no debe traspasar la barrera del placer para nadie. No digo yo que en este mundo tan absurdo en el que abundan los farsantes y los oportunistas, los advenedizos y los sinvergüenzas, no haya gentes que mejoren esa remuneración, pero no voy a entrar en ese tipo de autores; voy a referirme a aquellos que tiene algún respeto por el arte literario y sienten alguna clase de responsabilidad hacia su tradición. Es mucho más rentable para un mequetrefe –o lo ha sido hasta ahora en vista de la situación actual del mercado discográfico- grabar un disco, hacer una película u optar por la artesanía de los mercadillos. A ese muchacho inocente que pretende ponerse a escribir, le aviso de la patética remuneración que le espera sino le asisten circunstancias extraliterarias, y eso considerando que, como es mi caso, a cierta edad algún éxito le permita mantenerse con cierta suficiencia, gane algún premio que suponga peculio adecuado, y edite regularmente a un precio razonable. No mencionaré, por que la ruina es absoluta, a aquellos que pretendan dedicarse a la poesía.

3) Al punto 2) la añado ahora las consecuencias. Teniendo en cuenta que esos que llaman escritores jóvenes –no quiero ahora referirme a esperpentos bukoswkianos o juveniles a quienes inflan, desgraciados, a sus viente años para quedar enterrados en la más absoluta desolación posteriormente, sino a escritores de verdad- empiezan a publicar en editoriales capaces de cierta distribución que les permita ganarse la vida cuando rondan los cuarenta años, imaginen que clase de presente y futuro puede depararles este empleo. Porque, que publiquen a esa edad, cuyo apelativo joven ya resulta chocante, no les asegura ni mucho menos cobros que puedan garantizar su manutención. Es decir, lo que llaman escritores jóvenes tienen que pasar cuarenta años para empezar a  ganarse las lentejas en condiciones ¿Quién soporta semejantes gasto ¡por Dios!, ese despilfarro intolerable? ¿Qué familia o sociedad puede permitirse el lujo de mantener a genios que hasta esos años maduros, y eso con la milagrosa suerte de por medio o la valentía de algún editor intrépido y romántico que apuesta por ellos, viven de la caridad? A los cuarenta años sus contemporáneos dedicados al funcionariado público, al mundo de las finanzas, la abogacía o al trabajo hostelero, han podido hipotecarse, tener algún hijo, casarse en dos o tres ocasiones, haber cambiado de coche al menos un par veces ¿Qué sensación puede quedarle al muchacho concienzudo que ha dedicado cuatro décadas de existencia a aprender un oficio y una tradición, que encima no domina en la mayoría de los casos, y para colmo el fruto de su eterna representación apenas le da para pagar un alquiler? ¿Cómo responde este joven cultivado a las expresiones de sus borricos compañeros que afirman tener una vida que si la escribieran venderían libros como roscas, como si eso de escribir fuera una cuestión de echarle una media hora los domingo por la tarde antes del partido de fútbol del canal plus? ¿Cómo justifican su dependencia, su falta de cotización a la seguridad social o sus excusas para no ir a cenar a un restaurante de dos tenedores? Honrosas excepciones hay, por fortuna, pero tan pocas que resulta vergonzante y sospechoso ¿Por qué de repente todos los premios los acapara cierto mozalbete concreto durante unos años? ¿Son tan buenas esas renovadas y escasas figuras que aparecen hasta en la sopa? La mayor parte de estos autores jóvenes –no puedo reprimir una carcajada al observar sus barbas ya canosas, las entradas considerables y la miopía notoria que exige gafas carísimas- tiene que dedicarse a otros menesteres ajenos a las letras, y de esa circunstancia devienen las depresiones, las luchas incesantes contra el tiempo, la angustia de no poder cumplir los mandatos del duende cojonero que pide constantemente dedicar tiempo a su reino de letras, la frustración sempiterna, porque la obra personal no avanza entre el maremagno de obligaciones, el desprecio hacia otras formas de vida que habitando el mundo de la literatura parecen a simple vista insignificantes e inútiles.

Sólo aquellos dedicados a este noble arte pueden entender de lo que hablo. De la torre de marfil en la que el escritor de raza atisba el horizonte impotente ante la incomprensión ¿Acaso vale la pena semejante sufrimiento económico y anímico para empezar a ganar cuatro duros a los cuarenta y tres años? ¿Es necesario semejante suplicio pudiendo haber dedicado un esfuerzo y un tiempo menor a la ebanistería, el derecho internacional o el diseño de interiores, con una repercusión económica digna y no ese disparate de 0,33 euros por hora, siempre y cuando suceda el milagro de alcanzar el alma y el bolsillo de un editor y la generosidad de los lectores?

Caso aparte suponen esa mayoría impregnada en el sistema literario: los enchufados, pero no me ocuparé de ellos.

Imagínense, si a las circunstancias de ser un joven escritor de cuarenta años se le une para colmo la imposibilidad de airear su literatura. Remitiría a esos hombretones machuchitos al tratado de la desesperación de Kierkegard. No hay otra solución posible que mesurar la pulsión o desterrarla como a una plaga de piojos.

Continuaba el insigne autor mentando los problemas de adaptación que podía llegar a generar semejante perspectiva. Con tono jocoso, nombraba enfermedades derivadas de la pobreza, como la tuberculosis y la tisis. Al tiempo decía, que una mujer normal en estos tiempos, ante el comentario de uno de esos cuarentones con alopecia y ojeras sobre su profesión, lo más probable es que echara a correr.

¿Cómo iban a compartir gastos del alquiler de un piso que cuesta un ojo de la cara en pleno centro de Madrid o en el Paseo de Gracia de Barcelona? ¿De dónde saldría la pasta con semejante remuneración para irse de viaje en verano como mandan los cánones?

La retahíla de problemas de la profesión, quedaba expuesta en el siguiente párrafo, situado a mitad de recorrido del 5) punto.

5) …llegados a este momento, qué clase de autoestima puede quedarle a ese muchacho que tras tantos años ha logrado a duras penas editar en una pequeña editorial de provincias, y ante la primera liquidación de derechos de autor, pues su libro ha pasado fugazmente por las escasas librerías que no abarrotan las estanterías de insulsos reclamos y apenas sí ha dejado otra reseña a su paso que la de su amigo Javier o su compadre Julián en un fancine de universidad o en  un periodicucho local, y recibe después de tres meses de expectativas, ilusiones a flor de piel y tremendas esperanzas, la ridícula cifra de 170, 56.- Euros, dinero procedente de los envíos que la mencionada editorial ha hecho a bibliotecas de la comunidad autónoma según acuerdo que es en verdad lo que permite subsistir a la empresa, y de tres compras milagrosas a las que el muchacho está tan agradecido, pues misteriosamente no fueron efectuadas por familiares, amigos o conocidos, aunque intuye que tal vez se trate de alguna  ex amante nostálgica, o de alguien  con su mismo apellido que ha creído en esas casualidades de la vida al adquirir la obra hallada por azar. Repito, 170,56.-Euros, y digo esa cifra porque en un correo recibido recientemente del hijo de un conocido que se ha metido a letrilla me hablaba de ello… imaginen los problemas para salir con los compadres de farra, la ausencia de novia formal y de expectativas de tenerla ante la situación económica, el encierro al que se ve abocado el joven escritor para seguir creando, la desolación ante la recepción de su libro que inexplicablemente a su juicio en vista del tiempo y el entusiasmo dedicado no ha aparecido ni por asomo en las páginas culturales ni del diario El Mundo, ni en las del  ABC, ni tampoco en las de ElPaís (en esos diarios importantes sólo aparecen los de la camarilla)…

A esos jóvenes cuarentones que trabajan en otros menesteres a menudo, les trae sin cuidado el peculio, pero no así la repercusión de su esfuerzo ganado a los hijos pequeños, a sus esposas o novias, a su trabajo, que suelen descuidar para cultivar la poesía o el relato breve en horas de servicio con el consiguiente disgusto, para recibir el silencio a cambio… si nadie habla de ti, nadie te lee, así son las cosas, aunque uno pueda encontrarse afortunadamente con una página web honesta, hecha por algún fanático que sí ha dedicado un tiempo a leer su libro, pero poco más: una mención, un pegote en medio de la red que no mejorará la caída veloz del sueño…

…hay que pensar, que según mis cálculos, de cada diez mil escritores activos en España que empiezan por cada generación, muchachotes sanos y llenos de testosterona que entre los dieciocho y los viente años comienzan a ejercer su pulso literario, apenas llegan a editar diez, y de esos diez, apenas alcanzan algún éxito uno (éxito, aviso, a menudo incomprensible sin mencionar nombres), y quizá un segundo logra algún prestigio que compagina con sus tareas de periodismo, de empleado de banca o de profesor de universidad los más afortunado, por eso del sueldo y el tiempo disponible…

(estas estadísticas están basada en la pura observación, y no me atrevo a fijar dominio ni baremo de error)

El autor insistía en que mientras los periódicos y ciertos círculos sociales sigan concediendo algún valor a la literatura, es posible que continúe existiendo una minoría de escritores, muchos de ellos cuestionables, que puedan ejercer la profesión ganándose la vida, pero sí, llegados a un punto, el nivel lector en franco retroceso y la importancia de las letras reducidas a pasatiempo o a una cuestión de moda, provocase la desaparición, como sucede ya en algunos periódicos regionales, de la literatura como noticia, el oficio de escritor en el sentido tradicional desaparecerá, y lo que quedará serán esos sucedáneos que desde hace un tiempo ocupan la poltrona de los escritores auténticos, con sus historias ridículas y su escritura balbuceante. En la mezcla actual, aseguraba, cabía alguna subespecie interesante, incluida la suya. Continuaba hablando del desprestigio social de la profesión: si no hay dinero de  por medio, cualquier actividad termina siendo un hobby o una extravagancia, y si encima resulta incomprensible para la mayoría de contemporáneos, el resultado es el silencio, algo más espantoso en verdad que la persecución respecto al futuro de cualquier arte.

6)… añado que si alguien creyó que con este noble oficio podía llegar al alma y al sexo de las mujeres o los hombres, es el momento de denunciar la poca verosimilitud del hecho… y lo mismo digo respecto a las oportunidades de negocio o las ventajas personales que conlleva ¿De qué sirve la ética propuesta por las novelas si en su mayoría, en el mundo que nos toca vivir, no se entiende o ni siquiera interesa? Es como pretender ejercer de médico en un mundo sin enfermos.

7)… el mayor destino previsible para un muchacho que pretende ser escritor por encima de todas las cosas es sin duda el suicidio o el hambre o el rencor mayúsculo y el ostracismo silencioso que envuelve aquello que carece de importancia para el universo presente… la única razón por la que considero posible escribir en estos momentos aparte de por el dinero, es para ese lector futuro que desconozco por qué extraña fe algunos consideramos que llegará… ser escritor posee tanto abolengo en su seno a los ojos de nuestros coetáneos como ejercer de titiritero en las ferias… quizá la única literatura que puede aspirar a una posibilidad es la infantil, hasta que la juventud alcanza a esos niños antes imaginativos y motivados con la educación tediosa que delimita, ofende y destruye cualquier interés venidero por el asunto de las letras…

… ser original para un escritor del siglo XXI es tan improbable y extraño, a la vez tan extravagante como un músico que copiase el Requiem de Mozart nota por nota y lo presentara en el año 2010 anunciando que se trata de una obra propia y revolucionaria…

8) La capacidad simbólica y de conocimiento que alberga en su seno el mito es tan ajena al devenir del mundo como la poesía mística; apenas un reducto de fanáticos cuyo lenguaje entienden pocas personas.

¿Por qué llenar cientos de hojas con palabras si el resultado no podrá ser extendido sin ese incomprensible batiburrillo de marketing y dinero, y cuyo efecto no moverá el alma humana siquiera a alzar un brazo o agitar suavemente un dedo?…



Al  final del correo, noté como se apresuraban sus razonamientos. Cómo a pesar de la ironía inicial o incluso de cierto cinismo resabiado, su propia argumentación trazaba en su estado de ánimo una notoria amargura. Es curioso como la lucidez puede llegar  traspasar esas líneas sutiles que nos separan de lo patético, no por culpa de ellas, sino por los desiertos del eco, lo vacío de las respuestas. Eso pensé en esa lectura y es lo que pienso ahora. Borges rescataba en muchos de sus ensayos figuras literarias del siglo XIX, a filósofos medievales, estéticas de un tiempo pasado, libros difíciles de hallar e incluso imposibles de encontrar en una librería. Cuando google anunció a bombo y platillo su propósito de digitalizar unos cuantos millones de libros sentí una profunda e inexplicable tristeza (exenta además de interés económico pues nada me une al mundo del libro ni a su explotación a no ser mi devota enfermedad de lector: digo esto para evitar sospechas sobre algún provecho económico). El conocido autor que me escribió el correo hablaba de lo descomunal de esa Torre de Babel y del silencio que generará a su paso en cuanto concluya el escándalo. Por sus primeros escritos siempre tuve la sensación de que era un hombre de letras. Seguí sus novelas durante algún tiempo, hasta que su prosa adquirió esa pátina de lo inocuo del mundo. Se pierde valentía, decía él, valentía y entusiasmo.

Millones de libros colgados en la web que nadie leerá, qué despilfarro.- Afirmó.

9) …preferirán cualquier estupidez con tapas luminosas y una trama subnormal. Preferirán decir que nada existió y esos editores que pagarán con su desaparición la frivolidad cacarearán sus permisos comprados, sus exquisiteces de bazar chino, su ausencia de futuro… en el siglo XXI, lo chocante es que alguien pueda temer la extensión monumental del saber, a que semejante disposición de volúmenes que engloba la sabiduría humana a lo largo de la historia, su mapa universal, provoque el pasmo de los comerciantes y a menudo las sombras en los autores… como si hubiésemos olvidado todos que la literatura es el diálogo con el pasado y el futuro, y que todos los mundos fueron siempre parecidos, que la búsqueda de razones fue pulsión humana eterna… tal vez sea el momento de retirar la antorcha, de apagar los fuegos y buscar los cuarteles de invierno. Guardar un silencio profundo, un silencio de siglos como el que se guardó hasta que Dante alzó la voz; un silencio de décadas, que se ciña el olvido sobre nosotros…

…propongo que dejemos sin palabras literarias a nuestro tiempo para revelar su miseria, porque sino, será nuestro tiempo quien nos dejará a nosotros sin palabras, y eso duele más, y no ya porque escribir no reporte nada suculento, ni siquiera el prestigio de antaño, ni la relación con la nobleza o el éxito, tampoco con la comprensión de los otros o el diálogo con la improbable inmortalidad: hablo de un silencio verdadero, estremecedor, que ensordezca los oídos de los voceros y los tenderos, que se queden solos los economistas díscolos, los teóricos de la nada, los artefactos de las políticas nebulosas, los hombres sin alma de letras que dominan el mundo y los secuaces ignorantes que los acompañan… guardemos silencio para que no se vea nuestra vanidad estéril, como un largo rezo, una protesta silenciosas. Que los editores no tengan otra cosa que lo viejo y ya incomprensible, que se queden con el pastel podrido, con los farsantes y los graciosos, al lado de los hacedores de misterios absurdos, que no haya nada ni nadie…

10) …el mundo ya está lleno de páginas memorables, lo que me provoca hace tiempo la extraña sensación y el remordimiento de haberme convertido también en un farsante, en un hueco sin vida, en una flauta sin viento. Lo peor es que si se tratara de un hecho individual lo podría achacar a la vejez o al cansancio, a la falta de ilusión o al amor incluso, pero es algo que percibo a mí alrededor demasiadas veces, que surge irremediable en el espíritu de la mayoría de las personas que conozco: hartazgo, fatiga, como si reconociéramos que nada sirve, como si fuéramos conscientes de que cualquier acto literario hubiera perdido por completo su repercusión mínima, su sentido.

Existen ilusiones felices en escritores fundamentales atacados por el síndrome de la juventud eterna incluso hoy en día, en algunas páginas de la red que mantienen el pulso, en ciertos periodistas o críticos honestos y esforzados, en editores todavía intrépidos, pero son tan raros, tan ajenos en verdad al devenir del mundo por más que se empeñen; tan estériles en medio de la inmensidad de este desierto sin hogueras…

Ya no nos quedaba ginebra y los rostros se ensombrecieron con la oscuridad nocturna. Iluminados por la pantalla blanca eructó mi sobrino, depositó su guitarra sobre el banco de la pared y suspiró ruidoso. A veces pienso que jamás he salido de mis caparazones porque no creo en el presente de expandir algo que no interesa. En alguna ocasión, sobre todo aquí, el aroma de lo posible me ha embriagado. Admiro la inocencia de quienes buscan con el alma encendida ocupar un lugar, como si quedara alguno libre o alguien en verdad tuviera deseos de que ocupáramos ese espacio que creemos ser, que necesitamos alcanzar. La brisa era fresca ese anochecer. Parpadeaba el ordenador. Seguimos leyendo.

11) …sobre los caminos alternativos de los escritores no entro. Los considero una elección personal, y siempre que se corresponda con un deseo de dedicarse a asuntos relacionados con la escritura, siendo conscientes de que no debe haber nada más, si pueden atender sus necesidades básicas, reconozco que es mejor contar historias o recitar poemas que trabajar en un taller de coches o en una plantación de fresas de invernadero en Almeria a mi juicio. Si alguno pretende vivir de los concursos literarios, el camino es complejo, hace falta amigos en el infierno: es un proceso que recuerda a esos tópicos de los opositores. Insistir hasta que alguien se aviene a otorgarnos un soplo. Quiero certificar aquí, aunque me cueste alguna bronca caso de ser reconocido o incluso algo peor, que jamás compro un premio literario conocido, de esos que aseguran tirada y un mínimo camino profesional, los que patrocinan editoriales con poder en el mercado o los que están relacionado con la política y sus mercadeos; lo afirmo porque lo sé, porque yo mismo he recibido alguno de esa índole: todos los premios importantes que conozcan están dados de antemano. No admito reproche al respecto porque es así. Le diría al muchacho ilusionado que se olvide de esos a los que me refiero y no nombraré, tan conocidos son, que no pierda el tiempo ni el dinero en presentarse, en participar de esa farsa y gastar una energía preciosa.

…si dicho todo esto, aún hay algún muchacho que desee continuar con este oficio, alguien que vivirá todas esas desilusiones y varapalos, un joven que seguirá intentándolo desde una pequeña editorial valiente, o que llegará a los cuarenta a alcanzar una más grande, a ese que seguirá escribiendo en silencio pese a que nadie alzará una bandera en su nombre, ni se le concederá el diminuto honor de darse a conocer, un muchacho que se encomendará a Cervantes, a Flaubert y a Kafka, que resistirá cualquier desplante, el engreimiento de algunos autores ya consagrados, alguien dispuesto a ser vilipendiado o ninguneado por la crítica, un chaval que no pueda reprimir bajo ningún concepto ese impulso de contar, de leer y escribir, esa pulsión de las palabras innecesarias que se nos hacen sin embargo tan esenciales, tan necesitadas de ser escritas… entonces no podrá hacer nada: su destino es vivir con esa maldición, es intentarlo, es pensar en el lector presente que logre cautivar o en ese escritor futuro que tal vez lo rescate más tarde, pensar en él mismo, en su sincera actividad, apretar los dientes y  tentar a la fortuna sin aguardar otra recompensa que el alivio de su intento…

12)… para concluir, y deseoso de que aún haya esperanza, y la hay sin duda, elaboro una lista de razones por las que uno puede, como es mi caso, vivir de las letras, sentirse realizado de alguna forma social y humanamente con este noble arte:

-Ser tan bueno, tan bueno, que nadie logre resistirse a su prosa (Hasta para esto, o para que sea reconocido ese talento, hacen falta padrinos, pero dejo abierta esa posibilidad que, a veces, sucede)

-Tener un padre, o un tío o una madre o una abuela editora o escritora de renombre con contactos, o algún personaje famoso en la familia que permita al menos la posiblidad de ser leído.

-Conocer de primera mano a los que mueven el cotarro (sin entrar en lo concreto de ese conocer)

-Tener el autor a sus espaldas una biografía impactante que la haga interesante al público en general no por su maestría narrativa, sino por el probable morbo de su relato (lo único malo de esta opción es que encasilla)

-Trabajar en medios de comunicación que nos hagan visibles. O trabajar en medios de comunicación que tenga editoriales en el grupo. Trabajar en una editorial.

-Convertirse en guionista de cine de terror (exige pocas luces y es rentable desde hace unos años)

-Caerle bien al periodista de turno que tiene mano en algunos lugares.

-Relacionarse con algún escándalo público sonado (con el problema del encasillamiento posterior)

-Pertenecer a una familia de escritores (el apellido hace mucho)

-Aparecer en la tele, como sea, da igual el modo o la razón.

-Escribir novela rosa para Jazmín y compañía (no asegura el premio Nobel, pero alimenta el bolsillo)

-Que tu padre o tu madre sean agentes literarios.

-Que seas multimillonario, en cuyo caso compras editoriales, o que alguien de tu familia que te quiere mucho lo sea.

-Que te líes amorosamente con alguna muchacha o muchacho con un pie asentado en el mundillo.

-Que te tome como discípulo manejable algún autor muy prestigioso lo que puede abrirte algunas puertas siempre y cuando respetes al padre literario al menos hasta que uno consiga su lugar

-Hacer alguna chorrada con repercusión mediática (de nuevo, el encasillamiento como problema)

-Tener tanta suerte y empecinamiento que las cosas sucedan ( a veces ocurre)

… si ninguno de estos casos, o las variaciones derivadas de ellos se da, lo más habitual que sucede es que el joven con ínfulas literarias se convierta con el tiempo en eso que llaman un letraherido que desprecia todo lo contemporáneo, o en uno de esos críticos despiadados que se dedican a destruir a los que escriben inmisericordemente, o en un amargado defensor a ultranza de que todo lo escrito desde el siglo XVIII es una mierda soberana, o un devoto de rarezas y extravagancias… todo ello muy peligroso y de mal gusto

…lo mejor es aprender a vivir feliz. La literatura es hermosa, lo que es desolador es morir por ella. Animo a esos muchachos y muchachas a que lean, se diviertan y hagan el amor. Si algún día surge algun poema memorable o una novela sobresaliente, será un añadido a su sentido de la felicidad. Ninguna fama, ni siquiera la literaria, vale desperdiciar una vida, y si encima jamás llega o llega tarde, aún menos. Lo digo por experiencia…

Un abrazo. Hasta pronto.

Eso fue todo.



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