Este texto fue editado originariamente en la revista Shangri-La derivas y ficciones aparte, en Agosto de 2009. Copyright Jimarino
RICHARD FORD Y LA LITERATURA NORTEAMERICANA
LA LITERATURA NORTEAMERICANA
“Estados Unidos es demasiado insular, está demasiado aislado. No traducen lo suficiente y no participan en el gran diálogo de la literatura. Ese tipo de ignorancia les limita. Son demasiado sensibles a las modas de su propia cultura de masas. Obviamente en todas las grandes culturas hay literatura sólida, pero no se puede obviar el hecho de que Europa sigue estando en el centro del universo literario mundial y no Estados Unidos”
Con estas rotundas palabras solventó Horace Engdahl que un año más el Premio Nobel de literatura no recayera sobre un escritor norteamericano. Es posible que tuviera una parte de razón, o quizá sólo fuera una pataleta desafortunada, ese último aliento de nuestra vieja Europa contra el poderío mediático y cultural de los USA. Es conocido que la ciudad más admirada del mundo para las generaciones que están llegando ahora a la treintena –y las que van detrás- ya no es Paris o Londres o Roma o Venecia, sino Nueva York, o que el cine que se consume en la mayor parte de los cinco continentes es masivamente norteamericano, sin mencionar la enorme supremacía que muestran en la música popular, o el peso globalizado de sus personajes e iconos televisivos. Aunque pueda guardar parte de verdad en sus palabras, el Secretario de la Academia sueca no anduvo muy acertado en el tono de su discurso.
Negar la influencia estadounidense –y no me refiero a sus símbolos más vulgares o evidentes, a lo peor de su cultura, a su versión más ruidosa y plana, esos subproductos infantiles de principio a fin con los que coloniza diariamente el mundo desde Pekín a Moscú, pasando por media Asia y por supuesto nuestra vieja Europa- y, sobre todo hacerlo en el ámbito de la literatura, puede ser un error. No estoy pensando únicamente en algunos candidatos que incesantemente se incluyen año tras año entre los candidatos a ganar el máximo galardón literario para un escritor, aunque no mencione nombres, esos son los que menos me interesan. Es verdad que los autores norteamericanos han hecho incesantemente protagonista de sus novelas a su propio país, o que el nivel de traducciones de otras lenguas en sus librerías es francamente bajo en comparación a los niveles de otros países occidentales del primer mundo (apenas llegan al 3% del total de obras editadas); que la mayoría de sus ciudadanos no tienen ni la menor idea de donde está España o Suecia, o que les importa un pimiento lo que acontece en otras partes de la tierra; esas son realidades cotidianas que cualquiera que se adentre ligeramente en su esencia percibe a las primeras de cambio más como una regla que como un tópico de excepción. Pero tampoco sería justo solventar de ese modo aspectos fundamentales que asentaron los grandes autores norteamericanos en la historia de la literatura.
Supongo que la lectura que pretenda cierto rigor crítico exige de una alguna perspectiva histórica de la literatura y eliminar algunos elementos externos que no influyen para nada en esa evolución. Un libro no es ni deja de ser importante porque se venda mucho si hablamos en términos de verdadera crítica, no de exámenes sesgados o de intereses editoriales. También comprendo las debilidades subjetivas, que dependen de aspectos en ocasiones extraliterarios, pero siempre que respondan a unos mínimos críticos de consenso. No sé por qué comienzo de este modo, pero quiero dejarme llevar. La literatura norteamericana tiene en mi existencia –y creo que en buena parte de los buenos lectores de mi generación- una importancia destacada que se debe a sus innumerables virtudes. Francamente, tengo la sensación de que ahora no leería o no hubiera vivido esas magníficas décadas lectoras que han transcurrido, que seguramente no hubiera abierto un libro de Günter Grass o de James Joyce, de Proust o de Albert Camus, sin que antes la literatura norteamericana me hubiese brindado el placer de su inmediatez, el gusto por lo directo, su tendencia a bordear la contracultura, a ser crítica y escandalosa en el buen sentido con su entorno, a su ácida temática general o a su poderío narrativo. Decir que la literatura de los Estados Unidos es más narrativa que intelectual no supone una disminución de su calidad. Creo, y siento cierto pudor al afirmarlo, que los autores norteamericanos encontraron de alguna manera el camino de la alta literatura sin olvidar los medios y las técnicas, las enseñanzas, de la literatura popular, desarrollando un extraordinario modo de acercarse a su realidad, y lo hicieron -los grandes- desde las alturas, quizá tratando de ser accesibles para llegar al mayor número de lectores y aproximarles a lo profundo que encierran muchas de sus obras.
La retahíla de novelas sobresalientes que nos dejó el siglo pasado es muy larga. Probablemente, y siento contradecir al señor Engdahl, el siglo XX posee material literario de los Estados Unidos de primera clase. Desde Francis Scott Fitzgerald o William Faulkner; Hemingway, John Updike, John Cheever, Carson McCullers, Nathanel Hawthorne, Harold Brodkey, Thomas Pynchon, James Sales, Salinger, Cormac McCarthy, William Styron, Paul Bowles, John Dos Passos, Ezra Pound, Sherwood Anderson, Sinclair Lewis, Samuel Bellow, Truman Capote, Don de Lillo o Richard Ford entre otros, surgen un puñado de extraordinarias obras literarias. Es posible que actualmente Europa mantenga ese lado experimental o innovador de la literatura como emblema, o que de alguna forma, el diálogo con la historia de la novela sea más amplio, pero obviar esa influencia en nuestra herencia sería una injusticia, y convendría observar la edad de los autores que siguen ejerciendo de faro de esa tendencia, porque, nos guste o no, me parecen mucho más interesantes los David Eggers, Jonathan Franzen, David Foster Wallace, Geofry Eugenides o Junot Díaz, que nuestros insufribles Amelie Nothomb, Frédéric Beigbeder, Angela Bellvey, Michel Houllebecq o Lucia Etxebarria, por poner algunos nombres. Quizá el más claro ejemplo entre la gran literatura norteamericana y ésa a la que se refiere mister Engdahl tenga que ver con el trasunto de este texto, o al menos, pienso, es lo que pretendo.
Hace un par de meses leí una de las primera novelas de Richard Ford, La última oportunidad. A Richard Ford lo había seguido desde que Anagrama editó El periodista deportivo en edición de bolsillo en el 2003. La trilogía de Ford sobre Estados Unidos, que comprende la mencionada El periodista deportivo, El día de la independencia y Acción de gracias, brilla con luz propia en la reciente literatura norteamericana. Es evidente que hablan –el protagonista de todas ellas, es Frank Bascombe y Estados Unidos- de su país. Quizá ser la primera potencia mundial durante tantas décadas ha provocado cierto regusto por el autobombo, una cierta obsesión acerca de su origen, sus causas y los efectos de sus acciones, así como una literatura centrada en la esencia de su propia evolución. Sin embargo, esa presunta reducida mirada que el secretario de la Academia denomina provinciana (aunque hay que reconocer que si los Estados Unidos fueran un país con menor influencia en el mundo en todos los aspectos, muchos de los críticos que alaban su literatura la despreciarían o la calificarían despectivamente de regional o exótica) en el caso de Ford, trasciende esa idiosincrasia sesgada, ese espacio insistente, seguramente por sus capacidades literarias o intelectuales, por la agudeza de su mirada, pero también porque el mundo se parece cada días más en sus diferentes lugares, porque las obsesiones de cualquier norteamericano con una cultura media similar a la nuestra, vienen a ser parecidas, y la calidad de sus narraciones entierra cualquier sensación de rondar el terruño. Es verdad que La última oportunidad no pasa de ser una novela mediocre, muy bien escrita, llena de esos elementos tan propios de las letras yankees, amena y cautivadora a menudo, pero entronca más con esa intriga superficial tan común a la mala novela norteamericana, más con la cultura de masas, que con la verdadera literatura. La evolución de Richard Ford desde sus primeros libros hasta los tres indicados podía ser el viaje que debería hacer nuestro subversivo Horace Endgahl para descubrir hasta qué punto sus afirmaciones son rebatibles. Y eso es lo que deseo hacer, aunque el resultado de este artículo sea incierto. De alguna forma, amar la literatura, incluye amar las letras norteamericanas de los siglos XIX y XX.
LA MÍSTICA NORTEAMERICANA
Hay algo excesivo en la cultura norteamericana, algo grandilocuente, que expande sus efectos sin remedio a lo largo y ancho del mundo, igual da que sea por fervorosa alianza o por oposición. Poseen algo infantil ajeno por completo a la mirada europea. Cualquier asunto lo convierten en un espectáculo, como si ese fuera su sino, su destino inexorable. A veces resulta imposible dirimir de dónde les llega esa sensación de constante grandeza y heroidicidad, de hazaña. Es como si nosotros, que ya vivimos la majestuosidad del Imperio Romano o la enormidad de la España de los siglos XVI-XVII, o la colonización inglesa y los grandes proyectos faraónicos de esas familias reales que ocuparon los tronos en media Europa, ya no pudiéramos creer en la historia. La juventud de Estados Unidos quizá les permita todavía aferrarse a la fantasía de su superioridad, de su esencia como nación.
La sociedad norteamericana se sustenta en dos pilares básicos que en el fondo engloban a todos los demás, incluso los falsifican: Dios (la religión) y el dinero. Upton Sinclair lo sabía extraordinariamente bien cuando escribió Petróleo. Quizá aquellos antiguos colonos que pagaron con sangre la ocupación de esos territorios inmensos sean los causantes de una filosofía de esa índole. A excepción de algunas grandes ciudades, como San Francisco o Nueva York, o ciertos sectores ilustrados de la población, Estados Unidos parece a menudo un mundo aparte respecto a Europa. Es el país más rico de la tierra y, sin embargo, sustenta un record de pobreza inigualable en el resto del mundo opulento, posee niveles de bienestar para amplios sectores de la población absolutamente intolerables, aglutina una violencia inusitada en sus calles y niveles de analfabetismo muy superiores a cualquier país europeo. A su vez, lleva en sus entrañas una profunda carga metafórica que produce y exporta su mística por doquier. Es como si supieran de que están hechas las masas, en qué consiste vender cualquier cosa por mediocre o insuficiente que sea.
No en vano, el poeta fundador de la literatura norteamericana no es otro que Walt Whitman y sus cantos heroicos a la naturaleza y a la extensión del continente y sus gentes; algo impensable en nuestra fatigada Europa. Bastaría comparar la tierna inocencia y la hermosa grandeza expresada por Whitman, que publicó Hojas de hierba en 1857, con el refinamiento amargo y profundo, tan oscuro, de Baudelaire, que editó sus Flores del mal en 1855. Casi coetáneos, los separan años luz en muchos aspectos. Es posible que Whitman percibiera Estados Unidos en el fondo como un país lleno de la esperanza de su juventud, una enorme extensión de tierras por descubrir, donde los indios seguían defendiendo sus espacios en algunas zonas y los colonos extendían su dominio; una sociedad de sueño, de ilusión renovada, donde los pioneros protegían sus miserables posesiones con armas de fuego y su propia vida, mientras que el París de Baudaleire olía a rancio y a humanidad, denotaba el cansancio acumulado de los siglos de civilización europea, la escasa actitud estética de la burguesía dominante y su crueldad para el pueblo, los efectos colaterales del desarrollo científico y económico, lo que provocó en el poeta esa primera conciencia clara de la individualidad atormentada y su tenebrosa relación con la negrura, la queja inicial del hombre espantado ante el progreso inminente y salvaje, ante el poder de la máquina frente a la humanidad primigenia, cercano el momento en que la esperanza de la Ilustración se iban desvaneciendo ante la decrepitud de nuestro mundo; Montesquieu ha muerto, cómo dijeron algunos. Podría estar ahí la diferencia, pero tampoco logro adivinarlo.
La concibo en las novelas de Mark Twain, de nuevo me remito a la palabra inocencia frente a la maldad o la bestialidad de las circunstancias. Es como si los personajes se expusieran desde el principio a sufrir, pero una valentía extraña, algo en el paisaje o una fe inmensa en sus posibilidades, parece empujarles a superarse. Pienso en el Londres abominable de Dickens frente a los libros iniciales de Jack London. El primero atisba el mundo desde su profundidad terrible, desde el conocimiento de los mecanismos de poder y la idea de la injusticia como motor del progreso. Es capaz de la magia a veces, pero se le disipa ante su incredulidad (a excepción de ese bello Cuento de Navidad). Ya no es posible dirimir hacia dónde debemos ir, cual es el destino que deben encauzar los hombres para alcanzar un refugio o un lugar de paz. Dickens esboza sus ideas de justicia y libertad desde un profundo pesimismo. Jack London parece sin embargo afrontar el destino como si estuviera montando un caballo salvaje sin montura, como si azotara con sus espuelas los lomos del animal lleno de la fe de salir airoso. Abre su corazón hasta producirnos cierto rubor, esboza sus teorías sin importarle en exceso la perfección formal, o al menos es la sensación que da, y combate la maldad a través de sus héroes con la inocencia de la bondad y el convencimiento en el futuro. Sería inconcebible un Jack London europeo a principios del siglo XX, hubiera sido una falsificación, un artificio intolerable, y pesar de ello, el Martin Eden, quizá su novela más personal y autobiográfica, nos emociona, nos hace pensar en una especie de evolución intensa y conmovedora del hombre primitivo que describió Rosseau unos siglos atrás, del hombre sin miedo, capaz de saltar el listón que la vida le ponga por alto que esté, una constancia que no se pierde aunque el final de la novela sea dramático.
Encontramos por este camino a la figura de Poe, pero éste funda más que una literatura un género–para algunos es dudosa su fama en términos literarios, aunque eso me importa un pimiento-. Poe y Henry James, cada uno con sus inmensas diferencias, parecen surgir de un lugar intermedio, aspiran a alcanzar un lugar distinto, se sitúan a medio camino entre un lado del océano atlántico y el otro. Quizá Henry James sea el más europeo de los autores norteamericanos, encuadrándose -y superando- en el contexto de la literatura victoriana, sofisticado en sus asuntos y excelente y arrollador en su prosa.
A Withman se le describe a menudo como a un Homero perdido por Estados Unidos, durmiendo a la intemperie, arrastrando sus huesos fatigados y su áspera y frondosa barba de la punta Este a la Oeste. Desconozco la veracidad de esa imagen, lo reseñable es que se iniciaba una mística, una metáfora fundacional de las letras norteamericanas. Un país y su naturaleza dispuesta a ser vencida y/o contemplada. Los colonos y aventureros arrastraban sus carromatos y se instalaban buscando el porvenir en lugares perdidos y polvorientos, buscaban oro, las promesas de una vida mejor, lugares ariscos y extraños en los que iniciar un camino posible. Whitman, o al menos eso pienso, vence a Poe por goleada para establecer los hechos iniciáticos de la literatura americana. El viejo Edgar influyó mucho más en Baudelaire –que le dedicó un libro crítico y algunos ensayos- y los simbolistas franceses que en los escritores posteriores de su país. Era demasiado oscuro. Incluso cuando la contracultura surgió como una fuerza alternativa al sueño americano, y llenó el siglo XX de textos incendiarios, les insuflaba el mismo respeto por la grandeza de Whitman, que no era otra cosa que la metáfora de su país con todas sus contradicciones. Mientras los existencialistas franceses pensaban en la cuestión de Dios y la responsabilidad del hombre, el mito de Sísifo o el sentido del ser, los norteamericanos seguían generando iconos como Gatsby o cualquiera de los duros personajes de Hemingway o ese tierno y tramposo anciano, de El viejo y el mar. Moby Dick, para buena parte de la crítica fue unos de los pasos mayúsculos que dio la novela moderna, editada seis años antes que Madame Bovary de Flaubert y catorce años después de Las ilusiones perdidas de Balzac. De nuevo una obra construida en torno a un gigantesco símbolo, la ballena blanca, como si fuera un presagio. Moby Dick y ese capitán Ahab, de nombre y figura tan bíblica, que sufre la ira de la impotencia, el fanatismo de una idea cegadora a pesar de sus aciagas consecuencias. Quizá fuera más metafísica la historia que otras que llegaron después, pero siempre desde esos códigos exquisitos de la novelística norteamericana, obsesionada por la narración por encima de las intromisiones del narrador, pero, de alguna manera, la obra emparenta, no sólo por contemporaneidad, sino por la idea general de la literatura de su país, con Hojas de Hierba.
Estados Unidos surge ante nuestros ojos majestuoso. Descomunales extensiones de naturaleza a la vista, hombres curtidos al sol, obsesionados con una idea y un objetivo, cargados hasta los ojos de remordimientos y culpa, de religión, de un fanatismo y un silencio conmovedores. Cientos de miles, millones de Ahab pululando por esas tierras. El culto al individuo, algo que forma parte de la esencia espiritual de los USA, impregna su literatura. Todo Estados Unidos es una inmensa maquinaria de construir héroes solitarios, desde los grandes protagonistas de sus obras literarias o cinematográficas destacadas, hasta los aventureros que fundaron el país, pasando por los superhéroes valerosos o esos iconos de la televisión o el cómic, giran en torno a esa idea central del individuo como causante y vencedor (o perdedor en esa otra literatura norteamericana destacable, pero al fin y al cabo perdedores construidos con los mismos mimbres). Qué sería de las novelas de Henry Miller, de Hemingway o Fitzgerald sin ese culto extremo a la individualidad. El individuo es responsable de todos sus actos, tiene que enfrentarse a los hechos, resolverlos, se busca su destino y lo merece, sea donde sea, cambia de lugar, de vida, se reencuentra después de perderse. La primera contracultura norteamericana no dejó de mostrarse completamente seducida por ese hecho individual, no en vano lo utilizó como protesta contra el fin de la inocencia que percibía ante el celo del poder, las grietas y cierta oscuridad del sueño americano. Si para muchos de los defensores del famoso sueño la libertad económica individual y la propiedad privada bastaban para definir la esencia del país, para construir su religión y un motor de progreso, para los más críticos, para aquellos que establecieron otros lugares para la narrativa norteamericana, la oposición surgía en el fondo de un espacio similar. Piensen En el camino de Jack Kerouack si a este se le hubiera ocurrido renunciar a la individualidad como arma arrojadiza, en una novela sobre la libertad personal, casi una caricatura del sentido intransferible de esa experiencia humana. El pudor que sobra en Europa, supongo a causa de nuestro aprendizaje o a la barbarie de nuestra historia, cobra auténtica forma en norteamérica en distintos ámbitos. Ya no es el ser lo que sostiene el trasunto de la novela, sino la acción del individuo, sus infinitas posibilidades de movimiento. Acción, violencia, aunque también profundidad, de nuevo el dibujo familiar de toda esa cultura que engloba a muchas en su seno.
Mientras Kafka, a comienzos del siglo XX, despojaba parte del sentido de la palabra individuo, y anticipaba de alguna forma el advenimiento de las grandes utopías antihumanistas, al supeditar a sus personajes a unas fuerzas aleatorias, incomprensibles e inexorables que empujaban la vida hacia lugares no deseados, llenos de puntos muertos y rincones de absurdo, fuera con el humor negro de sus formas narrativas o con la angustia de las encrucijadas inevitables, los norteamericanos siguen ensalzando la figura individual por encima de cualquier otra posible reflexión sobre el mundo, como si no hubieran perdido la esperanza en ese sueño, sea desde la literatura de esos autores adorados por la crítica y una buena parte del público europeo, o desde los peores libros imaginables que, sin embargo, venden como churros a lo largo y ancho de la tierra. Inspira confianza ese culto tan norteamericano al héroe. Siempre nos salvarán de alguna de nuestras desgracias.
El canon norteamericano, por más que lo desee Harold Bloom, salvo contadas excepciones, no parte de Shakespeare, sino de La Odisea de Homero. El país de la aventura constituye sus mitos desde el viaje, desde la carretera o el mar, de las altas finanzas o los suburbios, desde cualquier lugar susceptible de ser identificado como inicio de trayecto, rara vez desde la inmovilidad o la contemplación.
Todo esto son aproximaciones, de alguna forma un intento de aunar características que se repiten, no un dogma de fe. Hace años, tuve la fortuna de escribir un artículo junto a otros autores en un especial literario dedicado a Juan Carlos Onetti, uno de los escritores más significativos del siglo XX en lengua española. La época me fue propicia para establecer una comparativa con la obra de Charles Bukowski, muy en boga en determinados ambientes por entonces. Conocía la práctica totalidad de la literatura de ambos, y el ejercicio resultó demoledor para el borracho de Los Ángeles, incluso cuando debo agradecerle sin duda que me hiciera recuperar pasiones lectoras en cierto momento de mi adolescencia, y algunas virtudes más razonadas y menos pasionales que las que adoré hace años de él. Había en aquel texto una idea que rescato ahora. Bukowski (como la mayor parte de lo que viene de Estados Unidos) es hiperactivo en comparación con Onetti y sus personajes, siendo ambos narradores del desastre, escritores de la derrota. El mundo del lumpen onettiano tiene una languidez contemplativa, pertenece a esa América Latina literaria tan europea que se cultiva en Argentina y en Uruguay. Los personajes de Onetti piensan despacio y confuso, fuman, se duelen lentos, y aman con desgana, mientras esbozan sus fracasos. Son un compendió de características basado en la antítesis del movimiento, contrarios a la velocidad. Las putas y los borrachos de Bukoswki corren despavoridos, se protegen aterrados entre cuatro paredes pero aún así no reposan, no están tranquilos y se ven empujados a la verborrea y el ruido. Hank, el alter ego de Bukowski, bebe compulsivamente, busca un trabajo tras otro para sobrevivir, aspira a alcanzar algún día la normalidad virulenta e incesante de su país. Entre Bukoswki y Onetti, sin entrar ahora en el valor de su literatura, se atisbaba entre otras, la diferencia entre el sueño americano y su enloquecedora dinámica de la acción y la reflexión europea o latinoamericana. Hagan lo mismo entre Raymond Chandler y Georges Simenon. O planteen un juego que compare los cuentos de Raymond Carver con los de Albert Camus o Dino Buzzati. Pienso en Salinger; hagan una lectura pareja entre Salinger y Miguel Delibes, intenten una lectura paralela entre los paisajes de infancia de ambos, o mezclen La ciudad y los perros de Vargas Llosa con cualquier novela de Cormac McCarthy o de Tom Spanbauer.
Hay un hecho fundamental que retomo de la literatura norteamericana, algo que maneja con soltura y en la que es superior a la europea, aunque establecer diferencias sin cesar me resulte engorroso, o surja en el fondo de cierta subjetividad obligada -al fin y al cabo, toda la buena literatura no deja de ser otra cosa que literatura, y es complejo, e inútil a menudo, encasillarla en naciones o movimientos-, y es el manejo que sus autores hacen de lo popular, sin que sea esta una característica negativa ni mucho menos, por lo menos hasta hace muy poco. Alrededor del término popular, no puedo evitar manejar distintos significados, e incluso, lo siento de un modo distinto en función de la época histórica en la que se produce la mención al adjetivo. No es lo mismo una obra popular en 1960 que en nuestro momento histórico. De alguna forma, lo popular se define en el ámbito de una resistencia o una capacidad de conexión con un público abundante y muy variado en cuanto a formación cultural, educación e intereses. Conrad o Stevenson fueron extraordinarios novelistas de gran popularidad, lo mismo que Victor Hugo o Balzac. El problema del término popular se complica en los últimos veinticinco años, quizá porque el desarrollo de los medios de comunicación, el poder mediático de ciertas compañías editoriales o productoras cinematográficas o musicales, en un mundo globalizado por entero como el nuestro, tiene más que ver con el marketing o la publicidad, con los vendedores que gobiernan el mundo, que con esos valores maravillosos, incontestables y positivos que encierra esa expresión. Ahora, lo popular se convierte en una similitud de masa, pero no con el juicio crítico y el sentido común del ciudadano medio, sino con la manipulación y la premura del consumidor. Cuando hablo de la facilidad de los norteamericanos para conectar con lo popular, me refiero, o al menos es lo que pretendo, al hecho de que su literatura siempre contó con el posible lector, con el receptor. Parece una perogrullada, y probablemente lo sea, pero tengo la sensación de que el ensimismamiento -que no la pedantería o el esnobismo- es una condición más propia de lo autores europeos, que mantienen, de alguna manera, esa mística del escritor ausente, del escritor encerrado que escribe para sí; ese aura de artista en su concepción del oficio. Al otro lado del continente, la sensación es que los novelistas escriben más hacia fuera, consideran educadamente al lector que tendrán. Vivir en un mundo tan consciente de su movimiento como le sucedió a la mayor parte de los autores de los Estados Unidos les indicó un camino distinto, menos árido para el receptor a menudo. Su manejo de la frase corta, de la literatura directa sin adornos, en la que parecen ausentes elementos intelectuales a simple vista, una preponderancia de la narración dirigida hacia la acción en vez de a la reflexión o a la argumentación, y el trasunto de temas populares que contienen, incluso cuando pretendieron violar ciertas reglas sociales, fueron de alguna manera anticipando la extinción de las novelas totales europeas, ese intento artístico de englobar la totalidad del mundo común a Dostoiesvki y a Tolstoi, a Proust, a Thomas Mann, a Robert Musil, a Herman Broch o a James Joyce, no por capricho tal vez, sino que porque comenzaron a entender que de ello dependía su supervivencia. Supeditaban el genio al hecho de contar. Parece un gesto de modestia, y tenían razón. Con los existencialistas franceses, podemos afirmar la extinción de los intelectuales que intervenían en ámbitos distintos de la literatura como la política, la filosofía, la sociología o la psicología. Intelectual es hoy en día una palabra convertida casi en una lacra, en una pesada losa para las masas, utilizada para insultar. Esa tendencia clara de la literatura norteamericana ha producido sin embargo obras maestras memorables (también abominables y exitosas novelas cuyo predicamento resulta incomprensible). Pero en el fondo, la mala literatura norteamericana, como la europea, adolece de lo mismo. La buena, posee elementos comunes a pesar de las características propias de su nación o de su corriente artística que borran las fronteras.
¿Por qué llegar a este punto de comparaciones? Quizá porque situar a Richard Ford en el contexto de su propia literatura requería de un acercamiento similar para poder afrontar su lugar con alguna garantía. Richard Ford maneja elementos distintos, y a la vez numerosos comunes, del resto de su tradición literaria, pero hay diferencias de peso que lo hacen original y probablemente uno de los más interesantes de los autores estadounidenses vivos. De La última oportunidad a Acción de Gracias surge un camino fascinante que convierte la inicial esencia metafórica del narrador en una fuerza poderosa posterior, dotando a su obra literaria reciente de características y posibilidades mucho más ambiciosas.
LA TRILOGÍA AMERICANA DE RICHARD FORD.
El 20 de enero del año 1900, Joyce dio una conferencia en la University College Literary and Historical Society, titulada “Drama and Life”. En uno de los momentos que hay registrados sobre su discurso, dijo lo siguiente: “Sin embargo, creo que de la terrible monotonía de la vida se puede extraer un poco de esencia dramática. Incluso la gente más vulgar, los más muertos entre los vivientes, pueden tener su papel en un gran drama”. El camino de la intertextualidad o de la influencia sería un asunto excesivo para estas líneas, sin embargo, si James Joyce fue capaz de establecer a partir del su discurso de 1900 la consumación de su arte y escribir el Ulysses, sin duda alguna Ford, bien fuera directamente a través de sus palabras, o por medio de la obra cumbre de Joyce u otras lecturas derivadas de la misma que cayeron en sus manos, afines en su esencia o en su sentido estético, sin duda utilizó esa idea para escribir sus tres últimas novelas. A través de Frank Bascombe y sus insignificantes dramas (insignificantes respecto a la enormidad de la evolución del mundo), las tres novelas que llevamos entre manos urden una intensísima tragicomedia que recorre no sólo de un modo extraordinario su vida, sino la historia reciente de los Estados Unidos, sin hacer uso de sus más excelsos acontecimientos más que como un dato en sordina, en apariencia alejado de la realidad de los sucesos, más bien eligiendo el verdadero efecto de esos eventos en el individuo, en Bascombe y en los personajes que vamos encontrando a lo largo de las más de dos mil páginas que componen la trilogía americana de Ford. Examinar esos efectos y su camino constante de cambio en los ciudadanos, cambios lentos, que van posándose sobre el subconsciente colectivo despacio, modificando lentamente su identidad, y empujando posteriormente, poco a poco, a los mismos hacía otros lugares o en otras direcciones, aunque sea sin concebir de manera lógica esa realidad, no es un asunto baladí o al alcance de ser contado por cualquiera. Llamarle americana tampoco creo que sea demasiado acertado por mi parte, pero utilizaré esa adjetivo si bien es cierto que toda la novelística anterior de Richard Ford se sitúa en Estados Unidos, en su cultura, en su ambiente físico y espiritual, pero tal vez, denominar americanas a estas tres novelas me permite una diferencia basada en la superioridad, y por ello más adecuada para seguir el camino emprendido
En 1986 encontramos a Frank Bascombe ejerciendo de periodista deportivo. Escoger semejante profesión para un personaje de ficción no es un asunto que debamos pasar por alto. Si miran a su alrededor, observarán que una de las nuevas religiones de nuestros tiempos, desde hace ya bastantes años, es el deporte. El periódico con mayor tirada nacional es el Marca, cuyo valor periodístico -y no digamos literario- se haya bajo mínimos, bordeando los limites que separan al analfabeto funcional del analfabeto puro. Lo popular hace ya décadas que dejó de tratar asuntos importantes o esenciales de la vida –por más que les peses a los nuevos aduladores de la cultura de masas-, y se limita, en periodos de expansión económica como los que hemos vivido, a conformarse con cierto bienestar pecuniario sin molestias, a cierta pereza intelectual que al aburrirse busca otra vuelta de tuerca hedonista, a inventar héroes de barro, simplezas como entretenimiento, espectáculos banales como elementos de ocio, y que mejor lugar para confrontar los sueños de las masas que ensalzando la labor de los deportistas, sumidos sin remedio en un universo glamouroso de belleza física y riqueza notoria. Richard Ford intuía que el meollo de la sociedad norteamericana de la época encontraba su lugar esencial en el deporte, en los héroes de la pelota, en los atletas que evocaban el esplendor superficial de una nación. De cierto modo, hasta los dictadores fueron conscientes de la facilidad y la tentación de las masas para adorar a los vencedores, y asociarlo a la santidad y a la salud del deporte, así como a sus indudables valores estéticos respecto al cuerpo, sin duda es una mezcla de triunfo seguro. Hay ejemplos notorios que hacen efectiva esta idea, y se puede constatar en aquel primer gobierno de Hitler que organizó las Olimpiadas de 1936, pocos años antes de que Alemania iniciara la segunda guerra mundial. Tampoco escucharán nada en contra respecto a lo que supuso el campeonato mundial de fútbol de 1978, en plena dictadura Argentina. Mientras Kempes y Bertoni marcaban los goles de la victoria en la prórroga de la final contra Holanda, en aquel estadio ya famoso lleno de guirnaldas, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo y provocaron el grito feliz de un pueblo, miles de argentinos eran torturados y asesinados en subterráneos, colegios y academias militares esparcidas en un siniestro recorrido por el Buenos Aires de la represión. El comunismo soviético hizo evidente a su vez este axioma ya casi incontestable; había que crear ídolos para las masas y el deporte permitía este aliento heroico de superación y victoria que excitaba la adrenalina de los simples, provocaba el aplauso y resaltaba el orgullo de un pueblo ante sus logros, por insulsos que fueran. Superación, esfuerzo, sacrifico y triunfo como emblema. Richard Ford sabía que la celebración deportiva en Estados Unidos, a pesar de tener características distintas, ejercía un ascendente similar en la sociedad, aunque sólo fuera por lo fácilmente que entroncaba con los valores nacionales, y jugaba, además, con la riqueza que acarreaba consigo, amén de los valores descritos de pertenencia y jactancia nacional. Es evidente por otra parte que cualquier novela o película o descubrimiento científico que surja en cualquier parte del mundo, por muy importante que sean sus repercusiones o su valor intrínseco, por mucho que provoque el bienestar de un gran numero de personas o encamine a un pueblo a la supervivencia, a su desarrollo o a la mejora, no será nada comparable con lo que acontece en una final del campeonato nacional de béisbol, de baloncesto o de rugby americano, o en esos mundiales de fútbol que cada cuatro años inundan masivamente los televisores de medio planeta. Richard Ford situó a Frank Bascombe en un lugar privilegiado. Era, tal y como reza el título de la primera novela de la trilogía, el periodista deportivo.
Pero el valor de estas tres novelas está más allá de la cualidad reseñable de rememorar hechos históricos, políticos o sociales más o menos conocidos de Estados Unidos, por mucha potencia mundial que se trate. La trilogía, es sobre todo gran literatura. Las tres obras comienza con un viaje. En El periodista deportivo, Bascombe se desplaza por el país reseñando eventos deportivos. Vive una relación erótico-amorosa, con Viki, personaje que a la postre aparecerá también, o más bien una referencia a ella, en el último de los volúmenes, Acción de gracias, con cierta distancia, como si el autor, veinte años después, observara en aquel amor esporádico algo escasamente trascendental. No en vano, lo que recuerda Frank con mayor nitidez son los pechos de Viki, y aunque es amigo, por una casualidad, de su padre, y éste le invita el día de acción de gracias a comer, anunciándole que ella pasará la fiesta en su casa, quizá pretendiendo que ambos vuelvan a verse, Bascombe lo evita a las primeras de cambio, convencido de que no será una buena idea. En ese momento el tiempo novelesco pasa a ser vital con tal autenticidad, que uno comprende como las dos décadas transcurridas han hecho atisbar el hecho erótico y amoroso de una forma tan distinta. Frank, recuperándose de una compleja operación contra su cáncer de próstata, observa el objeto antaño sensual con una tierna condescendencia. Como siempre, el viaje personal del protagonista organiza la narración, y supone una profunda reflexión respecto a todo lo que ve a su paso. Su mirada va reflejando los matices de la sociedad que palpita ante sus ojos, y en ese continuo observar y meditar, en esa interacción, Bascombe trasciende de lo meramente descriptivo, se adentra en discursos apasionantes. En él no encontraremos el aliento heroico de Moby Dick que tanto adora la crítica seria norteamericana, ni tampoco los excesos solitarios de los héroes que otros autores retrataron tan extraordinariamente bien. Bascombe no posee un lirismo exacerbado, ni una causa que defender y vencer, ni siquiera le oiremos quejarse en exceso, o exponer su voluntad hacia a un fin incuestionable, como si tuviera que ascender una pendiente porque en ello le va la vida. Se aleja por completo de los asuntos de la novela negra, también de la novela sureña, con esos personajes atormentados y oscuros que transitan entre las pasiones del cuerpo y las del alma. Tarantino seguramente se espantaría ante cualquiera de las tres novelas de Ford. Al cineasta la va la mística yankee, aunque se empeñe en mostrar su lado irónico, su aspecto más opuesto y subversivo en apariencia. Los protagonistas de Cormac McCarthy, aunque a años luz de los dibujos animados para niños y adolescentes gamberros de Tarantino por profundidad, hondura, claridad y talento narrativo, comparten sin embargo esa apropiación shakesperiana de la tragedia individual; son de Hamlet, no pertenecen al Shakespeare más colectivo –suena fatal esta frase, aunque me refiero a ese aliento más general y coral que impregna algunas de sus obras teatrales-.




















Para mí uno de los mejores artículos que has escrito, lo leí hace ya un tiempo, hoy sólo lo he estado hojeando. Sin embargo tengo una pequeña objeción, y es que creo que el formato blog no hace justicia al texto, mejor en pdf o en papel me parece.
Y hablando de literatura norteamericana -aunque sin venir mucho a cuento-, ya he visto la adaptación cinematográfica de “La Carretera” y ay ay ay, que salí del cine con los pelos como escarpias y conteniendo los sollozos. No quiero ni pensar qué hubiese ocurrido si no me llego a saber el final.
Nada más, besetes bisous.
Haciéndote caso, termino de colgar el texto en PDF. Mil gracias por los comentarios sobre el artículo, sabes cuanto sudé para escribirlo y creo que el resultado es al menos digno. Sobre La carretera, es una extraordinaria novela, aunque luego el autor me decepcionara de un modo inaudito, como si pareciera increíble que un tipo tan mediocre y pagado de sí mismo pudiera escribir un libro de esa extraordinaria belleza, con esa fuerza metafórica que quita el aliento y obliga a quitarse el sombrero. No te pierdas Meridiano de Sangre, el tio Harold insiste en que es la mejor novela norteaméricana de los últimos años del siglo XX, quizá algo excesivo, pero desde luego pudiera ser.
Un beso y hasta pronto…
Hace poco leí “Hijo de Dios”, una novela cortita de este autor. Los paisajes no son apocalípticos pero sí igual de ásperos y salvajes. Creo que no me gustó tanto porque en “La carretera” hay al menos algunos hombres buenos y en esta novela no los encontré.
Leí en algún sitio que Cormac McCarthy había sido vagabundo -y no resulta muy disparatado pensarlo después de ver lo que escribe-, quizá por eso está tan pagado de sí mismo.
En fin, buscaré “Meridiano de Sangre” cuando tenga tiempo o ganas o concentración, gracias como siempre por la recomendación.
Suscribo todos los comentarios de este artículo. Felicidades otra vez.
Ya nos vemos,
Muchas felicidades por este artículo. Es excelente.
Me tomo el comentario como un cumplido exquisito viniendo de quien viene. Será un acicate.
Un saludo
De nuevo impactada. El artículo es de una profundidad y un rigor impresionantes. Me he quedado muda, lo he leído de arriba abajo, aunque estoy de acuerdo con el primer comentario. ¡Cuélgalo en PDF!.
Enhorabuena por un texto tan brillante, agudo, ilustrativo y divertido sobre la figura de un autor de la categoría de Richard Ford. Recomendaría en cualquier universidad del mundo este texto como introducción a la literatura norteamericana. No tiene desperdicio
Muchas gracias por el comentario Silvia. Es verdad que la extensión del texto hacia poco propicio el formato blog. Ayer colgué el artículo en PDF. Una vez más, bienvenida a los Perros de la lluvia
Un saludo
Querido compañero, no dejas de sorprenderme. Si yo fuera Richard Ford vendría hasta tu cuidad y te haría un regalo. Es un texto agudo, complejo, lleno de ideas brillantes y en su mayoría acertado. tengo alguna pequeña objeción a tu lista de autores norteamericanos, aunque suscribo a la myoría. Yo añadiría a Wallaces Sterne y a Phillip Roth, quizá también a Joyce Carol Oates, pero en general preciso y vibrante, perfecto para alcanzar a dirimir una idea de la literatura norteamericana, y a la vez una espléndida reflexión filosófica sobre el mundo contemporáneo y sus absurdos. No podría definir el texto como crítica literaria pura, pero la verdad es que contigo, eso es imposible. Nunca logro precisar si escribes ficción-ensayo, ensayo, teoría literaria, filosofía o sociología, pero siempre me entusiasmo con tu prosa. Felicidades por el post…
Un abrazo.
Querido Carlos,
Si Richard Ford viene a esta ciudad a verme no sabría donde meterme. Contemplé la posiblidad cuando escribí el artículo de haberme dejado en el tintero a un puñado de extraordinarios escritores norteamericanos, pero debía elegir un listado de autores para mí representativos que me apasionan. La lista no es un dogma de fe, quizá esté ahí como referencia y su intención sea que el posible lector la complete. Por ejemplo, hubiera metido alguna novela de Paul Auster, aunque no todas me parecen extraordinarias. Lo mismo me sucede con Joyce Carol Oates, capaz de obras maravillosas como La hija del sepulturero, pero también de algún que otro bodrio prescindible; quizá la buena de Joyce escribe demasiado, no lo sé. Me dejé quizá a propósito a Flannery O´connor, aunque tal vez fue porque a pesar de mi rendida admiración a sus cuentos, palpita demasiado en ellos el peso de la religiosidad yankee y eso, como escépctico europeo, me duele. Wallace Sterne quiza sí es un olvido imperdonable, pero ahí estás tú para recordarlo. En fin, me alegra una vez más tu participación y tus comentarios alentadores. Sobre Phillip Roth no hablo, me puedo granjear demasiados enemigos si digo lo que pienso, así que ese, es un gesto de obviar premeditado.
Yo tampoco sé que es lo que escribo exactamente, muchas veces digo que lo que puedo y mi limitadísimo tiempo me permite.
Un abrazo muy fuerte
Realmente me dejas impresionada con tus enormes conocimientos,
con tu capacidad para emitir juicios críticos, con el estilo
de tu prosa.
Estoy segura de que has hecho algo muy bueno pero he de reconocer
que mi cultura literaria es más limitada y no me atrevo a entrar en
profundidades. Sólo me queda felicitarte una vez más por todas tus
facultades.
PS: Pas de problème avec lui, ceci, cela, celui-ci ou celui-là
A bientôt. Bises.
Atrevete, Zaxanercis, todo lo que sé es como lector voraz, por intuición avariciosa de tragarme libros, subrayarlos, destruirlos, meterlos en la bañera, arrugarlos junto a mi mesa de trabajo, deglutirlos y luego expusarlos en uan ceremonia salvaje y alocada, a menudo sin rigor, sólo con pasión, y otras veces poseído como la niña del exorcista, prendido de deseo y de sensualidad hasta el dolor. Algunas palabras me queman, otras me acarician como madres protectores, me insultan, me halagan como plumas sobre una piel desnuda. Cuanto más leo crítica literaria más me espanta el morro que tienen algunos, y lo común de los argumentos y líneas maestras. Atrevete a hacerlo porque la crítica literaria está muerta, y aunque lo hagas de un modo tan imperfecto y subjetivo, tan balbuceante y torpemente como yo. A mi me gustan los escritores que hablan genersosos acerca de libros y autores, como Vila-Matas o Kundera, o Carlos Fuentes o Vargas Llosa etc…, también el trabajo de esos profesores que contemplan la literatura como una pasión necesaria para la vida, como un placer estético lleno de sensualidad y goce casi físico, como si la prosa o los versos curaran más qu elos barbitúricos y las farmacias. Es una cuestión de embriaguez y a mi, afortunada o desgraciadamente, siempre me pirro la ebriedad. Muchas gracias por leer semejante mamotreto. Un placer, comme toujurs, tenerte entre los perros de la lluvia.
Ya me explicarás el sentido de la frase en francés, tienes mi correo en una de estas esquinitas del blog.
Un beso muy fuerte
Le leamos por donde le leamos…es usted fantÁstico, maraVillo, eXtraordinario…que conste, que despues de leer su artículo, he tenido que abrir ventanas. La habitación se había quedado sin oxígeno…
Besos Mil.
Querido Hilvanes,
Como siempre tan generoso. No sólo me encanta tu participación en Los perros de la lluvia, sino que además, con tus palabras de ánimo me llenas de entusiasmo y de empuje. Te doy las gracias por la lectura, que reconzco larga en ocasiones, y sobre todo por esas palabras que me ayudan a continuar aunque el tiempo sea una fugaz aparición de breves instantes de paz tan extraños.
Un abrazo muy fuerte. ¡Pedazo canción Frente a frente!
Magnífico artículo! Reconozco -como dijo alguien más arriba- que el formato de blog, hace que se pierdan detalles valiosísimos de tu escritura.
Lo he leído tres veces, pero conservo (la fortuna o la desgracia) de marcar con lápiz los párrafos o las ideas que más me alcanzan, que más me alborotan o que más me desnudan…¡¡¡cosa que no he podido hacer!!!
Ahora que lo has dejado en pdf, lo voy a imprimir y entre tanto silencio que corta el notable bullicio, me daré el gusto de señalar lo que me ha subyugado de tu análisis.
Igual reconozco que sacando Bukowski,la generación beat y Faulkner…poco de literatura norteamericana se deja tentar por mis reclamos en las librerías…Ansío, por siempre, la europea.
Será cuestión de leer algo de este Ford, quizás…
Un enorme beso para vos…y gracias.
¡Cuanto tiempo, Cleopatra! Siempre es un motivo de alegria saber que de vez en cuando te cuelas en Los perros de la lluvia entre mis tostones. Espero que tu nueva vida sea hermosa -¡cuéntame algo, sé que esperabas algo muy hermoso!- y que la vieja Europa haya quedado ya lejos, tan brumosa y gris, tan rica superficialmente y fabulosa en sus tesoros artísticos. Es verdad lo del formato blog para un artículo tan largo, por eso estoy filpando que lo hayas leído tres veces. Aunque el texto está editado en formato PDF en Shangri-La, en agosto del pasado año, me decidí a colgarlo a su vez en Los perros de la lluvia por varias peticiones que me hicieron enter lso comentarios y por correo electrónico. La literatura norteamericana está llena de sorpresas y de hallazagos. Si con el artículo consigo que leas a Rcihard Ford ya tengo recompensa. Es verdad que mis queridos beatniks fueron parte de mi vida mucho tiempo, pero te aseguro que la tradición delos USA en literatura alcanza cimas extraordinarias, quizá no tan exhuberantes e intelectuales como las europeas, a veces, es verdad, demasiado directas, pero hay autores majestuosos, que no cabría situarlos en un selección regional por su valor. La buena literatura no posee nacionalidad, a lo sumo tan sólo referencias de su espacio geográfico. te aseguro que a estas alturas, me refiero a la literatura que se publica, salvo contadas excepciones, que las hay, prefiero a los jóvenes norteamericanos que alos escritores de éxito europeos. Nosotros tenemos una tradición de quinientos años de novelas y siglos de poesía, pero estoy convencido aunque me duela que la mayor parte de las obras narratvias más interesantes se encuentra actualmete en tu continiente y los Estados Unidos, por ambición, por talento, por deseo de buscar, por inquietud.
Espero que estés bien, muy bien. Un beso muy fuerte
¡Excelente artículo y magnífico blog! Me ha convencido a la primera y lo enlazaré al mío. De todos modos he de decirle que, coincidiendo con la observación de Carmen, quizás el formato del blog no sea el más propicio para la densidad y la extensión de sus artículos.
Gracias por los comentarios halagadores y por haberme enlazado en tu blog. Hago lo propio, me gusta la selección que has hecho, tus notas sobre literatura. Por cierto, siento mucha curiosidad por tu libro de cuentos. Voy a ver si en breve lo encuentro disponible.
Sobre el asunto del papel, es evidente que el blog tiene las límitaciones que tiene. El artículo fue publicado por la revista Shangri-La Derivas y ficciones a parte en agosto del 2009. De todas formas, entre tú y yo ¿conoces alguna revista, e incluso alguna revista de literatura o semanario cultural, que se atreva a editar este tipo de artículos? tengo la sensación de que se extinguió ese tiempo inquieto, así que de momento, con mis PDF de andar por casa y ciertas aventuras de algunos otros locos del estilo que se arriesgan a editar artículos de esta índole trato de ir sacando los textos que me queman.
Un gusto que pases por Los perros de la lluvia. Me voy de viaje, pero en cuanto vuelva espero tener ya disponible El mal de Q.
Un abrazo.
Espero que la lectura de El mal de Q. (editado por Candaya) te sea placentera. Quizás tus artículos puedan interesar a revistas como Claves, que edita el grupo Prisa, o Revista de Occidente, aunque también es cierto que es muy difícil romper el anillo defensivo. Como bien sabes, no basta con escribir bien y con conocimiento de causa sino ser de la tribu. Un abrazo.
p.d. Espero tu opinión sobre El mal de Q.
He venido porque tu hermano es tu mejor seguidor y me sugirió que te leyera. No tengo los conocimientos que pareces tener tu..así que entré y como ví que tus comentarios son extensos me tiré al que mas me interesaba ..que es la literatura norteamericana y que me gusta en especial por eso mismo que pusiste ( que tiene algo infantil, con protagonistas hiperactivos , frases cortas y sin pedanterias que me distraen tanto ).Lo he leído con entusiasmo y he tomado algunas notas.Mi nombre es Berta y da por seguro que seguiré leyéndote. Un abrazo.
Bienvenida a Los perros de la lluvia, Berta.
Gracias por el comentario. Mi hermano me habló de ti, así que me alegro dos veces por tu participación. La literatura norteamericana tiene esas cosas, esa mirada particular, directa, a menudo extraordinaria hacia la vida. Nos llenaron de asuntos nuevos que tratar en literatura, se hicieron queridos por su inmediatez, por ese particular modo de conceder importancia al lector. Entre los mejores escritores del siglo XX hay un buen puñado de autores norteamericanos de primer nivel. De todas maneras, no se debe olvidar que la novela es una invención europea, y que además, como género literario, como patria del lenguaje, no tiene nacionalidad. No existe una sola lengua que no tenga un puñado de obras maestras, y es cierto que nuestra atracción por los USA está llena de factores culturales y sociales impuestos pro su preponderancia publicitaria y su tendencia al cultura de masas. Todo lo yankee nos es familiar.
Hay frases largas que no tiene nada de pedantes y por el contrario, hay escritores de frase corta que producen rubor por su artificio y su mediocridad. Al final la prosa es un ritmo vital de cada escritor, y la historia de novela es en sí misma un país. Sólo hay que entrar en ese maravilloso mundo. Luego descubres que todas las culturas, de una u otra manera, quisieron contar historias y utilizaron para ello una forma y un fondo, trataron de componer un artefacto que les permitiera acercarse, simbolizar o construir metáforas de su existencia. Ahora sólo te resta ir cruzando fronteras despacio. Salir de Nueva York y dirigirte a Moscu o a santiago de Chile, o a Paris, o a Lima, o tal vez a Roma o a Venecia.
Un abrazo.
Hasta pronto.