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richard ford-la literatura norteamericana

Este texto fue editado originariamente en la revista Shangri-La derivas y ficciones aparte, en Agosto de 2009. Copyright Jimarino

RICHARD FORD Y LA LITERATURA NORTEAMERICANA


LA LITERATURA NORTEAMERICANA

“Estados Unidos es demasiado insular, está demasiado aislado. No traducen lo suficiente y no participan en el gran diálogo de la literatura. Ese tipo de ignorancia les limita. Son demasiado sensibles a las modas de su propia cultura de masas. Obviamente en todas las grandes culturas hay literatura sólida, pero no se puede obviar el hecho de que Europa sigue estando en el centro del universo literario mundial y no Estados Unidos”

Con estas rotundas palabras solventó Horace Engdahl que un año más el Premio Nobel de literatura no recayera sobre un escritor norteamericano. Es posible que tuviera una parte de razón, o quizá sólo fuera una pataleta desafortunada, ese último aliento de nuestra vieja Europa contra el poderío mediático y cultural de los USA. Es conocido que la ciudad más admirada del mundo para las generaciones que están llegando ahora a la treintena –y las que van detrás- ya no es Paris o Londres o Roma o Venecia, sino Nueva York, o que el cine que se consume en la mayor parte de los cinco continentes es masivamente norteamericano, sin mencionar la enorme supremacía que muestran en la música popular, o el peso globalizado de sus personajes e iconos televisivos. Aunque pueda guardar parte de verdad en sus palabras, el Secretario de la Academia sueca no anduvo muy acertado en el tono de su discurso.

Negar la influencia estadounidense –y no me refiero a sus símbolos más vulgares o evidentes, a lo peor de su cultura, a su versión más ruidosa y plana, esos subproductos infantiles de principio a fin con los que coloniza diariamente el mundo desde Pekín a Moscú, pasando por media Asia y por supuesto nuestra vieja Europa- y, sobre todo hacerlo en el ámbito de la literatura, puede ser un error. No estoy pensando únicamente en algunos candidatos que incesantemente se incluyen año tras año entre los candidatos a ganar el máximo galardón literario para un escritor, aunque no mencione nombres, esos son los que menos me interesan. Es verdad que los autores norteamericanos han hecho incesantemente protagonista de sus novelas a su propio país, o que el nivel de traducciones de otras lenguas en sus librerías es francamente bajo en comparación a los niveles de otros países occidentales del primer mundo (apenas llegan al 3% del total de obras editadas); que la mayoría de sus ciudadanos no tienen ni la menor idea de donde está España o Suecia, o que les importa un pimiento lo que acontece en otras partes de la tierra; esas son realidades cotidianas que cualquiera que se adentre ligeramente en su esencia percibe a las primeras de cambio más como una regla que como un tópico de excepción. Pero tampoco sería justo solventar de ese modo aspectos fundamentales que asentaron los grandes autores norteamericanos en la historia de la literatura.

Supongo que la lectura que pretenda cierto rigor crítico exige de una alguna perspectiva histórica de la literatura y eliminar algunos elementos externos que no influyen para nada en esa evolución. Un libro no es ni deja de ser importante porque se venda mucho si hablamos en términos de verdadera crítica, no de exámenes sesgados o de intereses editoriales. También comprendo las debilidades subjetivas, que dependen de aspectos en ocasiones extraliterarios, pero siempre que respondan a unos mínimos críticos de consenso. No sé por qué comienzo de este modo, pero quiero dejarme llevar. La literatura norteamericana tiene en mi existencia –y creo que en buena parte de los buenos lectores de mi generación- una importancia destacada que se debe a sus innumerables virtudes. Francamente, tengo la sensación de que ahora no leería o no hubiera vivido esas magníficas décadas lectoras que han transcurrido, que seguramente no hubiera abierto un libro de Günter Grass o de James Joyce, de Proust o de Albert Camus, sin que antes la literatura norteamericana me hubiese brindado el placer de su inmediatez, el gusto por lo directo, su tendencia a bordear la contracultura, a ser crítica y escandalosa en el buen sentido con su entorno, a su ácida temática general o a su poderío narrativo. Decir que la literatura de los Estados Unidos es más narrativa que intelectual no supone una disminución de su calidad. Creo, y siento cierto pudor al afirmarlo, que los autores norteamericanos encontraron de alguna manera el camino de la alta literatura sin olvidar los medios y las técnicas, las enseñanzas, de la literatura popular, desarrollando un extraordinario modo de acercarse a su realidad, y lo hicieron  -los grandes- desde las alturas, quizá tratando de ser accesibles para llegar al mayor número de lectores y aproximarles a lo profundo que encierran muchas de sus obras.

La retahíla de novelas sobresalientes que nos dejó el siglo pasado  es muy larga. Probablemente, y siento contradecir al señor Engdahl, el siglo XX posee material literario de los Estados Unidos de primera clase. Desde Francis Scott Fitzgerald o William Faulkner; Hemingway, John Updike, John Cheever, Carson McCullers, Nathanel Hawthorne, Harold Brodkey, Thomas Pynchon, James Sales, Salinger, Cormac McCarthy, William Styron, Paul Bowles, John Dos Passos, Ezra Pound, Sherwood Anderson, Sinclair Lewis, Samuel Bellow, Truman Capote, Don de Lillo o Richard Ford entre otros, surgen un puñado de extraordinarias obras literarias. Es posible que actualmente Europa mantenga ese lado experimental o innovador de la literatura como emblema, o que de alguna forma, el diálogo con la historia de la novela sea más amplio, pero obviar esa influencia en nuestra herencia sería una injusticia, y convendría observar la edad de los autores que siguen ejerciendo de faro de esa tendencia, porque, nos guste o no, me parecen mucho más interesantes los David Eggers, Jonathan Franzen, David Foster Wallace, Geofry Eugenides o Junot Díaz, que nuestros insufribles Amelie Nothomb, Frédéric Beigbeder, Angela Bellvey, Michel Houllebecq o Lucia Etxebarria, por poner algunos nombres. Quizá el más claro ejemplo entre la gran literatura norteamericana y ésa a la que se refiere mister Engdahl tenga que ver con el trasunto de este texto, o al menos, pienso, es lo que pretendo.

Hace un par de meses leí una de las primera novelas de Richard Ford, La última oportunidad. A Richard Ford lo había seguido desde que Anagrama editó El periodista deportivo en edición de bolsillo en el 2003. La trilogía de Ford sobre Estados Unidos, que comprende la mencionada El periodista deportivo, El día de la independencia y Acción de gracias, brilla con luz propia en la reciente literatura norteamericana. Es evidente que hablan –el protagonista de todas ellas, es Frank Bascombe y Estados Unidos- de su país. Quizá ser la primera potencia mundial durante tantas décadas ha provocado cierto regusto por el autobombo, una cierta obsesión acerca de su origen, sus causas y los efectos de sus acciones, así como una literatura centrada en la esencia de su propia evolución. Sin embargo, esa presunta reducida mirada que el secretario de la Academia denomina provinciana (aunque hay que reconocer que si los Estados Unidos fueran un país con menor influencia  en el mundo en todos los aspectos, muchos de los críticos que alaban su literatura la despreciarían o la calificarían despectivamente de regional o exótica) en el caso de Ford, trasciende esa idiosincrasia sesgada, ese espacio insistente, seguramente por sus capacidades literarias o intelectuales, por la agudeza de su mirada, pero también porque el mundo se parece cada días más en sus diferentes lugares, porque las obsesiones de cualquier norteamericano con una cultura media similar a la nuestra, vienen a ser parecidas, y la calidad de sus narraciones entierra cualquier sensación de rondar el terruño. Es verdad que La última oportunidad no pasa de ser una novela mediocre, muy bien escrita, llena de esos elementos tan propios de las letras yankees, amena y cautivadora a menudo, pero entronca más con esa intriga superficial tan común a la mala novela norteamericana, más con la cultura de masas, que con la verdadera literatura. La evolución de Richard Ford desde sus primeros libros hasta los tres indicados podía ser el viaje que debería hacer nuestro subversivo Horace Endgahl para descubrir hasta qué punto sus afirmaciones son rebatibles. Y eso es lo que deseo hacer, aunque el resultado de este artículo sea incierto. De alguna forma, amar la literatura, incluye amar las letras norteamericanas de los siglos XIX y XX.


LA MÍSTICA NORTEAMERICANA

Hay algo excesivo en la cultura norteamericana, algo grandilocuente, que expande sus efectos sin remedio a lo largo y ancho del mundo, igual da que sea por fervorosa alianza o por oposición. Poseen algo infantil ajeno por completo a la mirada europea. Cualquier asunto lo convierten en un espectáculo, como si ese fuera su sino, su destino inexorable. A veces resulta imposible dirimir de dónde les llega esa sensación de constante grandeza y heroidicidad, de hazaña. Es como si nosotros, que ya vivimos la majestuosidad del Imperio Romano o la enormidad de la España de los siglos XVI-XVII, o la colonización inglesa y los grandes proyectos faraónicos de esas familias reales que ocuparon los tronos en media Europa, ya no pudiéramos creer en la historia. La juventud de Estados Unidos quizá les permita todavía aferrarse a la fantasía de su superioridad, de su esencia como nación.

La sociedad norteamericana se sustenta en dos pilares básicos que en el fondo engloban a todos los demás, incluso los falsifican: Dios (la religión) y el dinero. Upton Sinclair lo sabía extraordinariamente bien cuando escribió Petróleo. Quizá aquellos antiguos colonos que pagaron con sangre la ocupación de esos territorios inmensos sean los causantes de una filosofía de esa índole. A excepción de algunas grandes ciudades, como San Francisco o Nueva York, o ciertos sectores ilustrados de la población, Estados Unidos parece a menudo un mundo aparte respecto a Europa. Es el país más rico de la tierra y, sin embargo, sustenta un record de pobreza inigualable en el resto del mundo opulento, posee niveles de bienestar para amplios sectores de la población absolutamente intolerables, aglutina una violencia inusitada en sus calles y niveles de analfabetismo muy superiores a cualquier país europeo. A su vez, lleva en sus entrañas una profunda carga metafórica que produce y exporta su mística por doquier. Es como si supieran de que están hechas las masas, en qué consiste vender cualquier cosa por mediocre o insuficiente que sea.

No en vano, el poeta fundador de la literatura norteamericana no es otro que Walt Whitman y sus cantos heroicos a la naturaleza y a la extensión del continente y sus gentes; algo impensable en nuestra fatigada Europa. Bastaría comparar la tierna inocencia y la hermosa grandeza expresada por Whitman, que publicó Hojas de hierba en 1857, con el refinamiento amargo y profundo, tan oscuro, de Baudelaire, que editó sus Flores del mal en 1855. Casi coetáneos, los separan años luz en muchos aspectos. Es posible que Whitman percibiera Estados Unidos en el fondo como un país lleno de la esperanza de su juventud, una enorme extensión de tierras por descubrir, donde los indios seguían defendiendo sus espacios en algunas zonas y los colonos extendían su dominio; una  sociedad de sueño, de ilusión renovada, donde los pioneros protegían sus miserables posesiones con armas de fuego y su propia vida, mientras que el París de Baudaleire olía a rancio y a humanidad, denotaba el cansancio acumulado de los siglos de civilización europea, la escasa actitud estética de la burguesía dominante y su crueldad para el pueblo, los efectos colaterales del desarrollo científico y económico, lo que provocó en el poeta esa primera conciencia clara de la individualidad atormentada y su tenebrosa relación con la negrura, la queja inicial del hombre espantado ante el progreso inminente y salvaje, ante el poder de la máquina frente a la humanidad primigenia, cercano el momento en que la esperanza de la Ilustración se iban desvaneciendo ante la decrepitud de nuestro mundo; Montesquieu ha muerto, cómo dijeron algunos. Podría estar ahí la diferencia, pero tampoco logro adivinarlo.

Walt Whitman

Charles Buadelaire

La concibo en las novelas de Mark Twain, de nuevo me remito a la palabra inocencia frente a la maldad o la bestialidad de las circunstancias. Es como si los personajes se expusieran desde el principio a sufrir, pero una valentía extraña, algo en el paisaje o una fe inmensa en sus posibilidades, parece empujarles a superarse. Pienso en el Londres abominable de Dickens frente a los libros iniciales de Jack London. El primero atisba el mundo desde su profundidad terrible, desde el conocimiento de los mecanismos de poder y la idea de la injusticia como motor del progreso. Es capaz de la magia a veces, pero se le disipa ante su incredulidad (a excepción de ese bello Cuento de Navidad). Ya no es posible dirimir hacia dónde debemos ir, cual es el destino que deben encauzar los hombres para alcanzar un refugio o un lugar de paz. Dickens esboza sus ideas de justicia y libertad desde un profundo pesimismo. Jack London parece sin embargo afrontar el destino como si estuviera montando un caballo salvaje sin montura, como si azotara con sus espuelas los lomos del animal lleno de la fe de salir airoso. Abre su corazón hasta producirnos cierto rubor, esboza sus teorías sin importarle en exceso la perfección formal, o al menos es la sensación que da, y combate la maldad a través de sus héroes con la inocencia de la bondad y el convencimiento en el futuro. Sería inconcebible un Jack London europeo a principios del siglo XX, hubiera sido una falsificación, un artificio intolerable, y pesar de ello, el Martin Eden, quizá su novela más personal y autobiográfica, nos emociona, nos hace pensar en una especie de evolución intensa y conmovedora del hombre primitivo que describió Rosseau unos siglos atrás, del hombre sin miedo, capaz de saltar el listón que la vida le ponga por alto que esté, una constancia que no se pierde aunque el final de la novela sea dramático.

Encontramos por este camino a la figura de Poe, pero éste funda más que una literatura un género–para algunos es dudosa su fama en términos literarios, aunque eso me importa un pimiento-. Poe y Henry James, cada uno con sus inmensas diferencias, parecen surgir de un lugar intermedio, aspiran a alcanzar un lugar distinto, se sitúan a medio camino entre un lado del océano atlántico y el otro. Quizá Henry James sea el más europeo de los autores norteamericanos, encuadrándose -y superando- en el contexto de la literatura victoriana, sofisticado en sus asuntos y excelente y arrollador en su prosa.

A Withman se le describe a menudo como a un Homero perdido por Estados Unidos, durmiendo a la intemperie, arrastrando sus huesos fatigados y su áspera y frondosa barba de la punta Este a la Oeste. Desconozco la veracidad de esa imagen, lo reseñable es que se iniciaba una mística, una metáfora fundacional de las letras norteamericanas. Un país y su naturaleza dispuesta a ser vencida y/o contemplada. Los colonos y aventureros arrastraban sus carromatos y se instalaban buscando el porvenir en lugares perdidos y polvorientos, buscaban oro, las promesas de una vida mejor, lugares ariscos y extraños en los que iniciar un camino posible. Whitman, o al menos eso pienso, vence a Poe por goleada para establecer los hechos iniciáticos de la literatura americana. El viejo Edgar influyó mucho más en Baudelaire –que le dedicó un libro crítico y algunos ensayos- y los simbolistas franceses que en los escritores posteriores de su país. Era demasiado oscuro. Incluso cuando la contracultura surgió como una fuerza alternativa al sueño americano, y llenó el siglo XX de textos incendiarios, les insuflaba el mismo respeto por la grandeza de Whitman, que no era otra cosa que la metáfora de su país con todas sus contradicciones. Mientras los existencialistas franceses pensaban en la cuestión de Dios y la responsabilidad del hombre, el mito de Sísifo o el sentido del ser, los norteamericanos seguían generando iconos como Gatsby o cualquiera de los duros personajes de Hemingway o ese tierno y tramposo anciano, de El viejo y el mar. Moby Dick, para buena parte de la crítica fue unos de los pasos mayúsculos que dio la novela moderna, editada seis años antes que Madame Bovary de Flaubert y catorce años después de Las ilusiones perdidas de Balzac. De nuevo una obra construida en torno a un gigantesco símbolo, la ballena blanca, como si fuera un presagio. Moby Dick y ese capitán Ahab, de nombre y figura tan bíblica, que sufre la ira de la impotencia, el fanatismo de una idea cegadora a pesar de sus aciagas consecuencias. Quizá fuera más metafísica la historia que otras que llegaron después, pero siempre desde esos códigos exquisitos de la novelística norteamericana, obsesionada por la narración por encima de las intromisiones del narrador, pero, de alguna manera, la obra emparenta, no sólo por contemporaneidad, sino por la idea general de la literatura de su país, con Hojas de Hierba.

Franz Kafka

Marcel Proust

Estados Unidos surge ante nuestros ojos majestuoso. Descomunales extensiones de naturaleza a la vista, hombres curtidos al sol, obsesionados con una idea y un objetivo, cargados hasta los ojos de remordimientos y culpa, de religión, de un fanatismo y un silencio conmovedores. Cientos de miles, millones de Ahab pululando por esas tierras. El culto al individuo, algo que forma parte de la esencia espiritual de los USA, impregna su literatura. Todo Estados Unidos es una inmensa maquinaria de construir héroes solitarios, desde los grandes protagonistas de sus obras literarias o cinematográficas destacadas, hasta los aventureros que fundaron el país, pasando por los superhéroes valerosos o esos iconos de la televisión o el cómic, giran en torno a esa idea central del individuo como causante y vencedor (o perdedor en esa otra literatura norteamericana destacable, pero al fin y al cabo perdedores construidos con los mismos mimbres). Qué sería de las novelas de Henry Miller, de Hemingway o Fitzgerald sin ese culto extremo a la individualidad. El individuo es responsable de todos sus actos, tiene que enfrentarse a los hechos, resolverlos, se busca su destino y lo merece, sea donde sea, cambia de lugar, de vida, se reencuentra después de perderse. La primera contracultura norteamericana no dejó de mostrarse completamente seducida por ese hecho individual, no en vano lo utilizó como protesta contra el fin de la inocencia que percibía ante el celo del poder, las grietas y cierta oscuridad del sueño americano. Si para muchos de los defensores del famoso sueño la libertad económica individual y la propiedad privada bastaban para definir la esencia del país, para construir su religión y un motor de progreso, para los más críticos, para aquellos que establecieron otros lugares para la narrativa norteamericana, la oposición surgía en el fondo de un espacio similar. Piensen En el camino de Jack Kerouack si a este se le hubiera ocurrido renunciar a la individualidad como arma arrojadiza, en una novela sobre la libertad personal, casi una caricatura del sentido intransferible de esa experiencia humana.  El pudor que sobra en Europa, supongo a causa de nuestro aprendizaje o a la barbarie de nuestra historia, cobra auténtica forma en norteamérica en distintos ámbitos. Ya no es el ser lo que sostiene el trasunto de la novela, sino la acción del individuo, sus infinitas posibilidades de movimiento. Acción, violencia, aunque también profundidad, de nuevo el dibujo familiar de toda esa cultura que engloba a muchas en su seno.

Mientras Kafka, a comienzos del siglo XX, despojaba parte del sentido de la palabra individuo, y anticipaba de alguna forma el advenimiento de las grandes utopías antihumanistas, al supeditar a sus personajes a unas fuerzas aleatorias, incomprensibles e inexorables que empujaban la vida hacia lugares no deseados, llenos de puntos muertos y rincones de absurdo, fuera con el humor negro de sus formas narrativas o con la angustia de las encrucijadas inevitables, los norteamericanos siguen ensalzando la figura individual por encima de cualquier otra posible reflexión sobre el mundo, como si no hubieran perdido la esperanza en ese sueño, sea desde la literatura de esos autores adorados por la crítica y una buena parte del público europeo, o desde los peores libros imaginables que, sin embargo, venden como churros a lo largo y ancho de la tierra. Inspira confianza ese culto tan norteamericano al héroe. Siempre nos salvarán de alguna de nuestras desgracias.

El canon norteamericano, por más que lo desee Harold Bloom, salvo contadas excepciones, no parte de Shakespeare, sino de La Odisea de Homero. El país de la aventura constituye sus mitos desde el viaje, desde la carretera o el mar, de las altas finanzas o los suburbios, desde cualquier lugar susceptible de ser identificado como inicio de trayecto, rara vez desde la inmovilidad o la contemplación.

Juan Carlos Onetti

Charles Bukowski

Todo esto son aproximaciones, de alguna forma un intento de aunar características que se repiten, no un dogma de fe. Hace años, tuve la fortuna de escribir un artículo junto a otros autores en un especial literario dedicado a Juan Carlos Onetti, uno de los escritores más significativos del siglo XX en lengua española. La época me fue propicia para establecer una comparativa con la obra de Charles Bukowski, muy en boga en determinados ambientes por entonces. Conocía la práctica totalidad de la literatura de ambos, y el ejercicio resultó demoledor para el borracho de Los Ángeles, incluso cuando debo agradecerle sin duda que me hiciera recuperar pasiones lectoras en cierto momento de mi adolescencia, y algunas virtudes más razonadas y menos pasionales que las que adoré hace años de él. Había en aquel texto una idea que rescato ahora. Bukowski (como la mayor parte de lo que viene de Estados Unidos) es hiperactivo en comparación con Onetti y sus personajes, siendo ambos narradores del desastre, escritores de la derrota. El mundo del lumpen onettiano tiene una languidez contemplativa, pertenece a esa América Latina literaria tan europea que se cultiva en Argentina y en Uruguay. Los personajes de Onetti piensan despacio y confuso, fuman, se duelen lentos, y aman con desgana, mientras esbozan sus fracasos. Son un compendió de características basado en la antítesis del movimiento, contrarios a la velocidad. Las putas y los borrachos de Bukoswki corren despavoridos, se protegen aterrados entre cuatro paredes pero aún  así no reposan, no están tranquilos y se ven empujados a la verborrea y el ruido. Hank, el alter ego de Bukowski, bebe compulsivamente, busca un trabajo tras otro para sobrevivir, aspira a alcanzar algún día la normalidad virulenta e incesante de su país.  Entre Bukoswki y Onetti, sin entrar ahora en el valor de su literatura, se atisbaba entre otras, la diferencia entre el sueño americano y su enloquecedora dinámica de la acción y la reflexión europea o latinoamericana. Hagan lo mismo entre Raymond Chandler y Georges Simenon. O planteen un juego que compare los cuentos de Raymond Carver con los de Albert Camus o Dino Buzzati. Pienso en Salinger; hagan una lectura pareja entre Salinger y Miguel Delibes, intenten una lectura paralela entre los paisajes de infancia de ambos, o mezclen La ciudad y los perros de Vargas Llosa con cualquier novela de Cormac McCarthy o de Tom Spanbauer.

Hay un hecho fundamental que retomo de la literatura norteamericana, algo que maneja con soltura y en la que es superior a la europea, aunque establecer diferencias sin cesar me resulte engorroso, o surja en el fondo de cierta subjetividad obligada -al fin y al cabo, toda la buena literatura no deja de ser otra cosa que literatura, y es complejo, e inútil a menudo, encasillarla en naciones o movimientos-, y es el manejo que sus autores hacen de lo popular, sin que sea esta una característica negativa ni mucho menos, por lo menos hasta hace muy poco. Alrededor del término popular, no puedo evitar manejar distintos significados, e incluso, lo siento de un modo distinto en función de la época histórica en la que se produce la mención al adjetivo. No es lo mismo una obra popular en 1960 que en nuestro momento histórico. De alguna forma, lo popular se define en el ámbito de una resistencia o una capacidad de conexión con un público abundante y muy variado en cuanto a formación cultural, educación e intereses. Conrad o Stevenson fueron extraordinarios novelistas de gran popularidad, lo mismo que Victor Hugo o Balzac. El problema del término popular se complica en los últimos veinticinco años, quizá porque el desarrollo de los medios de comunicación, el poder mediático de ciertas compañías editoriales o productoras cinematográficas o musicales, en un mundo globalizado por entero como el nuestro, tiene más que ver con el marketing o la publicidad, con los vendedores que gobiernan el mundo, que con esos valores maravillosos, incontestables y positivos que encierra esa expresión. Ahora, lo popular se convierte en una similitud de masa, pero no con el juicio crítico y el sentido común del ciudadano medio, sino con la manipulación y la premura del consumidor. Cuando hablo de la facilidad de los norteamericanos para conectar con lo popular, me refiero, o al menos es lo que pretendo, al hecho de que su literatura siempre contó con el posible lector, con el receptor. Parece una perogrullada, y probablemente lo sea, pero tengo la sensación de que el ensimismamiento -que no la pedantería o el esnobismo- es una condición más propia de lo autores europeos, que mantienen, de alguna manera, esa mística del escritor ausente, del escritor encerrado que escribe para sí; ese aura de artista en su concepción del oficio.  Al otro lado del continente, la sensación es que los novelistas escriben más hacia fuera, consideran educadamente al lector que tendrán. Vivir en un mundo tan consciente de su movimiento como le sucedió a la mayor parte de los autores de los Estados Unidos les indicó un camino distinto, menos árido para el receptor a menudo. Su manejo de la frase corta, de la literatura directa sin adornos, en la que parecen ausentes elementos intelectuales a simple vista, una preponderancia de la narración dirigida hacia la acción en vez de a la reflexión o a la argumentación, y el trasunto de temas populares que contienen, incluso cuando pretendieron violar ciertas reglas sociales, fueron de alguna manera anticipando la extinción de las novelas totales europeas, ese intento artístico de englobar la totalidad del mundo común a Dostoiesvki y a Tolstoi, a Proust, a Thomas Mann, a Robert Musil, a Herman Broch o a James Joyce, no por capricho tal vez, sino que porque comenzaron a entender que de ello dependía su supervivencia. Supeditaban el genio al hecho de contar. Parece un gesto de modestia, y tenían razón. Con los existencialistas franceses, podemos afirmar la extinción de los intelectuales que intervenían en ámbitos distintos de la literatura como la política, la filosofía, la sociología o la psicología. Intelectual es hoy en día una palabra convertida casi en una lacra, en una pesada losa para las masas, utilizada para insultar. Esa tendencia clara de la literatura norteamericana ha producido sin embargo obras maestras memorables (también abominables y exitosas novelas cuyo predicamento resulta incomprensible). Pero en el fondo, la mala literatura norteamericana, como la europea, adolece de lo mismo. La buena, posee elementos comunes a pesar de las características propias de su nación o de su corriente artística que borran las fronteras.

¿Por qué llegar a este punto de comparaciones? Quizá porque situar a Richard Ford en el contexto de su propia literatura requería de un acercamiento similar para poder afrontar su lugar con alguna garantía. Richard Ford maneja elementos distintos, y a la vez numerosos comunes, del resto de su tradición literaria, pero hay diferencias de peso que lo hacen original y probablemente uno de los más interesantes de los autores estadounidenses vivos. De La última oportunidad a Acción de Gracias surge un camino fascinante que convierte la inicial esencia metafórica del narrador en una fuerza poderosa posterior, dotando a su obra literaria reciente de características y posibilidades mucho más ambiciosas.

Richard Ford

LA TRILOGÍA AMERICANA DE RICHARD FORD.

El 20 de enero del año 1900, Joyce dio una conferencia en la University College Literary and Historical Society, titulada “Drama and Life”. En uno de los momentos que hay registrados sobre su discurso, dijo lo siguiente:   “Sin embargo, creo que de la terrible monotonía de la vida se puede extraer un poco de esencia dramática. Incluso la gente más vulgar, los más muertos entre los vivientes, pueden tener su papel en un gran drama”. El camino de la intertextualidad o de la influencia sería un asunto excesivo para estas líneas, sin embargo, si James Joyce fue capaz de establecer a partir del su discurso de 1900 la consumación de su arte y escribir el Ulysses, sin duda alguna Ford, bien fuera directamente a través de sus palabras, o por medio de la obra cumbre de Joyce u otras lecturas derivadas de la misma que cayeron en sus manos, afines en su esencia o en su sentido estético, sin duda utilizó esa idea para escribir sus tres últimas novelas. A través de Frank Bascombe y sus insignificantes dramas (insignificantes respecto a la enormidad de la evolución del mundo), las tres novelas que llevamos entre manos urden una intensísima tragicomedia que recorre no sólo de un modo extraordinario su vida, sino la historia reciente de los Estados Unidos, sin hacer uso de sus más excelsos acontecimientos más que como un dato en sordina, en apariencia alejado de la realidad de los sucesos, más bien eligiendo el verdadero efecto de esos eventos  en el individuo, en Bascombe y en los personajes que vamos encontrando a lo largo de las más de dos mil páginas que componen la trilogía americana de Ford. Examinar esos efectos y su camino constante de cambio en los ciudadanos, cambios lentos, que van posándose sobre el subconsciente colectivo despacio, modificando lentamente su identidad, y empujando posteriormente, poco a poco, a los mismos hacía otros lugares o en otras direcciones, aunque sea sin concebir de manera lógica esa realidad, no es un asunto baladí o al alcance de ser contado por cualquiera. Llamarle americana tampoco creo que sea demasiado acertado por mi parte, pero utilizaré esa adjetivo si bien es cierto que toda la novelística anterior de Richard Ford se sitúa en Estados Unidos, en su cultura, en su ambiente físico y espiritual, pero tal vez, denominar americanas a estas tres novelas me permite una diferencia basada en la superioridad, y por ello más adecuada para seguir el camino emprendido

En 1986 encontramos a Frank Bascombe ejerciendo de periodista deportivo. Escoger semejante profesión para un personaje de ficción no es un asunto que debamos pasar por alto. Si miran a su alrededor, observarán que una de las nuevas religiones de nuestros tiempos, desde hace ya bastantes años, es el deporte. El periódico con mayor tirada nacional es el Marca, cuyo valor periodístico -y no digamos literario- se haya bajo mínimos, bordeando los limites que separan al analfabeto funcional del analfabeto puro. Lo popular hace ya décadas  que dejó de tratar asuntos importantes o esenciales de la vida –por más que les peses a los nuevos aduladores de la cultura de masas-, y se limita, en periodos de expansión económica como los que hemos vivido, a conformarse con cierto bienestar pecuniario sin molestias, a cierta pereza intelectual que al aburrirse busca otra vuelta de tuerca hedonista, a inventar  héroes de barro, simplezas como entretenimiento, espectáculos banales como elementos de ocio, y que mejor lugar para confrontar los sueños de las masas que ensalzando la labor de los deportistas, sumidos sin remedio en un universo glamouroso de belleza física y riqueza notoria. Richard Ford intuía que el meollo de la sociedad norteamericana de la época encontraba su lugar esencial en el deporte, en los héroes de la pelota, en los atletas que evocaban el esplendor superficial de una nación. De cierto modo, hasta los dictadores fueron conscientes de la facilidad y la tentación de las masas para adorar a los vencedores, y asociarlo a la santidad y a la salud del deporte, así como a sus indudables valores estéticos respecto al cuerpo, sin duda es una mezcla de triunfo seguro. Hay ejemplos notorios que hacen efectiva esta idea, y se puede constatar en aquel primer gobierno de Hitler que organizó las Olimpiadas de 1936, pocos años antes de que Alemania iniciara la segunda guerra mundial. Tampoco escucharán nada en contra respecto a lo que supuso el campeonato mundial de fútbol de 1978, en plena dictadura Argentina. Mientras Kempes y Bertoni marcaban los goles de la victoria en la prórroga de la final contra Holanda, en aquel estadio ya famoso lleno de guirnaldas, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo y provocaron el grito feliz de un pueblo, miles de argentinos eran torturados y asesinados en subterráneos, colegios y academias militares esparcidas en un siniestro recorrido por el Buenos Aires de la represión. El comunismo soviético hizo evidente a su vez este axioma ya casi incontestable; había que crear ídolos para las masas y el deporte permitía este aliento heroico de superación y victoria que excitaba la adrenalina de los simples, provocaba el aplauso y resaltaba el orgullo de un pueblo ante sus logros, por insulsos que fueran. Superación, esfuerzo, sacrifico y triunfo como emblema. Richard Ford sabía que la celebración deportiva en Estados Unidos, a pesar de tener características distintas, ejercía un ascendente similar en la sociedad, aunque sólo fuera por lo fácilmente que entroncaba con los valores nacionales, y jugaba, además, con la riqueza que acarreaba consigo, amén de los valores descritos de pertenencia y jactancia nacional. Es evidente por otra parte que cualquier novela o película o descubrimiento científico que surja en cualquier parte del mundo, por muy importante que sean sus repercusiones o su valor intrínseco, por mucho que provoque el bienestar de un gran numero de personas o encamine  a un pueblo a la supervivencia, a su desarrollo o a la mejora, no será nada comparable con lo que acontece en una final del campeonato nacional de béisbol, de baloncesto o de rugby americano, o en esos mundiales de fútbol que cada cuatro años inundan masivamente los televisores de medio planeta. Richard Ford situó a Frank Bascombe en un lugar privilegiado. Era, tal y como reza el título de la primera novela de la trilogía, el periodista deportivo.


Pero el valor de estas tres novelas está más allá de la cualidad reseñable de rememorar hechos históricos, políticos o sociales más o menos conocidos de Estados Unidos, por mucha potencia mundial que se trate. La trilogía, es sobre todo gran literatura. Las tres obras comienza con un viaje. En El periodista deportivo, Bascombe se desplaza por el país reseñando eventos deportivos. Vive una relación erótico-amorosa, con Viki, personaje que a la postre aparecerá también, o más bien una referencia a ella, en el último de los volúmenes, Acción de gracias, con cierta distancia, como si el autor, veinte años después, observara en aquel amor esporádico algo escasamente trascendental. No en vano, lo que recuerda Frank con mayor nitidez son los pechos de Viki, y aunque es amigo, por una casualidad, de su padre, y éste le invita el día de acción de gracias a comer, anunciándole que ella pasará la fiesta en su casa, quizá pretendiendo que ambos vuelvan a verse, Bascombe lo evita a las primeras de cambio, convencido de que no será una buena idea. En ese momento el tiempo novelesco pasa a ser vital con tal autenticidad, que uno comprende como las dos décadas transcurridas han hecho atisbar el hecho erótico y amoroso de una forma tan distinta. Frank, recuperándose de una compleja operación contra su cáncer de próstata, observa el objeto antaño sensual con una tierna condescendencia. Como siempre, el viaje personal del protagonista organiza la narración, y supone una profunda reflexión respecto a todo lo que ve a su paso. Su mirada va reflejando los matices de la sociedad que palpita ante sus ojos, y en ese continuo observar y meditar, en esa interacción, Bascombe trasciende de lo meramente descriptivo, se adentra en discursos apasionantes. En él no encontraremos el aliento heroico de Moby Dick que tanto adora la crítica seria norteamericana, ni tampoco los excesos solitarios de los héroes que otros autores retrataron tan extraordinariamente bien. Bascombe no posee un lirismo exacerbado, ni una causa que defender y vencer, ni siquiera le oiremos quejarse en exceso, o exponer su voluntad hacia a un fin incuestionable, como si tuviera que ascender una pendiente porque en ello le va la vida. Se aleja por completo de los asuntos de la novela negra, también de la novela sureña, con esos personajes atormentados y oscuros que transitan entre las pasiones del cuerpo y las del alma. Tarantino seguramente se espantaría ante cualquiera de las tres novelas de Ford. Al cineasta la va la mística yankee, aunque se empeñe en mostrar su lado irónico, su aspecto más opuesto y subversivo en apariencia. Los protagonistas de Cormac McCarthy, aunque a años luz de los dibujos animados para niños y adolescentes gamberros de Tarantino por profundidad, hondura, claridad y talento narrativo, comparten sin embargo esa apropiación shakesperiana de la tragedia individual; son de Hamlet, no pertenecen al Shakespeare más colectivo –suena fatal esta frase, aunque me refiero a ese aliento más general y coral que impregna algunas de sus obras teatrales-.


A Estados Unidos le tienta la mística del individuo como ya escribí antes, forma parte de su cultura de base, de los valores que empujan y promueven los cambios en cada estamento de su sociedad. El hombre hecho a sí mismo. El hombre que gana su destino –o lo pierde en la mayoría de los casos-. Bascombe se me antoja más parecido a un escéptico europeo inmerso en la cultura americana. Viene de allí, sería impensable, aun con su diferencia, que guiara esas novelas como lo hace si fuera parisino o londinense, si viviera en Roma o tomara tapas y cañas en los bares de Madrid. Eso tampoco es demasiado importante, pero mencionarlo supone un hecho reseñable para mí. Tiene gestos externos reconocibles en los que se identifica con su país, ciertos espasmos ante la bandera o el himno, una mirada en exceso respetuosa a la figura del presidente (y eso que la historia lo desmiente con cierta recurrencia), un gusto estético concreto respecto a ciertas excentricidades, o unos hábitos alimenticios que causarían una cierta sonrisa en un gourmet francés o español. Sin embargo, su mirada posee una cierta frialdad hacia el contexto nada lírica, sus pasiones se limitan a lo largo de las páginas que protagoniza a ese juego de seducciones, encuentros sexuales, esporádicos que ocupan su vida en la primera parte, en El periodista deportivo, a infidelidades y hechos por los que oscila sin implicarse; luego refina sus percepciones. El día de la independencia posee una nostalgia agudísima, y se centra en la paternidad y en la decisión de construir el amor, mientras Bascombe observa el paisaje de los USA con el pavor y el ojo clínico del agente inmobiliario. En Acción de Gracias el círculo se va cerrando, el paso del tiempo va devorando la energía y surge un equilibrio posible que al alterarse genera el hilo dramático de la historia. Comparado con el héroe de La última oportunidad, mister Quinn, Bascombe, desde el primer párrafo en el que asumió el protagonismo de la novelística de Richard Ford, convierte al otro en un papanatas que resuelve a lo bruto problemillas sin trascendencia. Es como si la evolución del propio escritor hubiera alimentado día a día, aun siendo un personaje de ficción, la vida de Frank, ofreciendo no sólo la belleza auténtica de tres novelas admirables, sino un reflejo de la trayectoria de un escritor con oficio hasta llegar a la figura de un artista brillante y original, a un autor con trazas de perpetuarse si la historia de la literatura sobrevive.

Casi todo lo norteamericano nos es familiar, es inevitable después de cientos de series y películas, novelas, canciones. Richard Ford escribe desde la universalidad de sus elementos culturales para hacernos cercano casi todo lo que Bascombe observa, o quizá porque esa realidad es lo único que le interesa. La poesía que contiene El periodista deportivo, la tragedia que se repetirá como una maldición en el resto de las narraciones, el modo en que este hombre se aproxima a dos días claves de celebración en Estados Unidos, el Día de la independencia y Acción de gracias, marcan el espíritu vivo, inquieto y crítico, de un ciudadano norteamericano que soñó en su juventud con ser escritor, que logró un cierto éxito con una novela años atrás y que, por circunstancias, prefirió posteriormente dedicarse a tareas menos elevadas en apariencia y más fructíferas en lo económico. La practicidad de Bascombe nos resulta en ocasiones casi dolorosa, como si afectara a la nuestra, la que surge de nuestras renuncias. Expresar el valor de las cosas en un país que todo lo vende y todo lo compra (un proceso similar al que se han visto abocadas las sociedades europeas) hace enterrar lo sagrado de lo humano, pero al mismo tiempo, ese hálito inevitable de nuestra esencia, eso que de alguna forma termina por definirnos mucho más que las propiedades o los números que figuran en nuestra cuenta corriente, surge a borbotones en medio de la normalidad de Bascombe.  Su afán por racionalizar aquellos elementos que aparecen en su camino, es un intento de establecer vínculos racionales con casi todo lo que le afecta en menor o en mayor medida, sea en la aceptación o en la absoluta negación, incluso cómo asimila lo irracional de cualquier destino, esas partes incontrolables de nuestro ser que laten, el dolor, el deseo, el erotismo y la trascendencia, van tejiendo una tela de araña en la que Ford nos atrapa para expresar, al final, el sentido de una vida, para acompañar a alguien que podría ser nuestro vecino, sin que nos espante la cercanía, sino al contrario, haciendo surgir un curioso interés. No en vano, una de la novelas españolas recientes más destacadas que he podido leer es Crematorio de Rafael Chirbes, y fue increíble adentrarme en las razones de un atípico constructor, ese tipo de persona detestable que una buena parte de la sociedad rechaza por la inercia y por su falta de respeto hacia el entorno, o por su vulgar exhibición por doquier, tan corriente, de su riqueza y poder, hasta el punto de habernos hecho aplaudir inicialmente -sin pensar en las repercusiones para otras miles de gentes que han ido aconteciendo- la actual crisis inmobiliaria. Bascombe es distinto al ciudadano medio americano, pero a la vez exhibe ese lado cotidiano y popular. No puede elevarse por encima de las necesidades de los otros, le es imposible, vive entre ellos, incluso con cierta holgura económica, pero esta inmerso en ese ámbito, y además, se gana la vida en un principio retransmitiendo eventos deportivos, reproduciendo entrevistas a deportistas o dirigentes de clubes de béisbol y hockey, a personajes de toda índole que pueblan el mundo del deporte. De alguna manera se adentra como todos en la vacuidad de un mundo que carece de entereza moral, de contacto con la esencial y lo sagrado, pero sobrevive entre ellos, lo observa curioso, a veces admirado, otras aterrorizado como si atisbara el final de una civilización, o la decadencia de ese vacío que sin remedio le atrapa. No es prepotente ni siquiera desde la distancia entre él y lo que contempla, no surge un discurso desde la pureza o el endiosamiento, forma parte de todo ello, alimenta su propia existencia, acude la mediocridad con los restos de su matrimonio desecho, con la dolorosa muerte de su hijo. En su renuncia a ser escritor, quizá porque imagina que es imposible, que su camino no puede estar ahí porque el mundo en el que vive niega esa idea, en su pequeño desplazamiento de un espacio a otro, empeñado tan sólo en sobrevivir y en comprender una milésima parte de lo que sucede a su alrededor, modesto mas empecinado en ello, sabio al rozar  esa conclusión sana y coherente de que ir más lejos es inútil, se halla su identidad literaria.

Richard Ford es un escritor de miniaturas, de cuadros casi estáticos que conforman un poso luminoso y lúcido para la comedia/tragedia contemporánea, y con eso, a pesar de que sus novelas cubren como mucho una semana en la vida de Bascombe, teje textos apasionantes que escapan de lo supuestamente aburrido de la cotidianeidad. Su prosa permite esa lentitud. Los puntos de vista que escoge hacen amena cualquier descripción, porque terminamos asociándola con lo fundamental de la historia en la que nos hemos introducido irremediablemente, con el discurso, a veces insignificante, del protagonista, con su mirada y su rara simbiosis con el paisaje y sus habitantes. Debo reconocer que entre lectores muy afines y agudos, siempre he encontrado debilidad por autores considerados intelectualmente más elevados que Ford, como es el caso de Roth o de Norman Mailer y, sin embargo, creo que ninguno como él entendió de que estaba hecha en verdad esa mística norteamericana, y lo hizo de la manera más original posible, convirtiendo al protagonista de su trilogía en la antítesis de muchos de los modelos narrativos norteamericanos.

DE LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD A ACCIÓN DE GRACIAS

Volviendo al ya famoso ex secretario y crítico literario de la Academia sueca, Mr. Engdahl, debemos reconocer que el paisaje de las letras norteamericanas, por mucho que nos pese a sus admiradores  o a sus autores, es efectivamente endógeno, pertenece casi siempre al ámbito cerrado de su sociedad y su historia, y sólo su enorme poderío cultural y simbólico, fruto de una colonización asombrosa, su facilidad expresiva, lo hace reconocible, pero eso no justifica, y de aquí la crítica del sueco, su excesivo provincianismo. Que su literatura enlace mejor con los gustos populares del lector medio de cualquier país occidental no parece una razón de peso en sí misma. Sus malos escritores -precisamente los malos son los que se aúpan con mayor facilidad a los puesto de superventas- siguen el mismo rumbo, hablan de sí mismos, de su sociedad infantil, sin esfuerzo aparente por entender o dudar del valor de su arte, de sus exabruptos individuales, de sus miedos y fobias, que ya son cercanos a los nuestros, tan fácilmente reconocibles por el resto del mundo, eso es verdad. La única excepción que yo incluiría en esta lista de escritores vivos o contemporáneos, sin menospreciar a los autores norteamericanos que adoro aunque pequen de la misma tendencia, sería la endemoniada imaginación de Thomas Pynchon, o la capacidad de síntesis y mito del Salinger de El guardián entre el centeno y esos extraños cuentos llenos de huellas primigenias y, sobre todo, a pesar de haber escrito una trilogía profunda e irrenunciablemente norteamericana,  a Richard Ford. La razón de incluir a este último se halla no sólo en su enorme calidad literaria, sino también en un premio subjetivo que deberíamos concederle por la enorme diferencia que hay entre La última oportunidad y Acción de Gracias, abismo que, de cierta manera, ejemplifica el paso de una literatura cerrada en sus límites fronterizos, a una obra abierta que aspira a conquistar lectores  lúcidos donde quiera que sea leída.

La última oportunidad de Richard Ford es una novela editada en 1981. Cuenta la peripecia de Quinn, un excombatiente de Vietnam, que llega a México para ayudar al hermano de una ex novia a la que dejó para adentrarse en una vida solitaria y auténtica. Pura norteamericana de vodevil, como nuestros mejores textos de enredos. Contar el argumento es llenarse de tópicos por doquier. Lo siento por mi estimado Richard Ford. Quinn se entera de que Sonny –así se llama el hermanito- está encarcelado en una prisión de Oxaca por un asunto de drogas. Rae, la hermana y ex muchacha del ex soldado, decide pedir ayuda al solitario y duro ex amante quien, como buen yankee intrépido y noble, acude a responder a la llamada de auxilio del amor. Inician allí, en medio de la miseria mexicana, siempre intensificada por las opiniones cargantes de Quinn sobre el país, un tórrido romance después de no verse en mucho tiempo. Es un auténtico héroe el chico. Honesto, duro como una piedra, de gatillo fácil y mirada aguda, silencioso como un monje, preparado como uno de eso boinas verdes de las abominables películas de Stallone. Se deja guiar en México por un extraño abogado medio norteamericano medio mexicano. La chica trae el dinero que les pide el picapleitos para sacar al brother del presidio. Quinn decide esconderlo en un bungalow que ha alquilado ¿no se imaginan dónde?. Es fácil, ni siquiera lo digo. Se infiltran discretos en el submundo de los narcos, sufren una serie de peripecias, incluida una entrevista con uno de los capos y su lasciva mujer, quien, por supuesto, se quiere ventilar al fornido muchacho americano. A mitad de la novela, comienza a descubrir que los únicos buenos que pueblan México son ellos dos, Quinn y la estupenda Rae, y que el tal Sonny, el hermanito, es un sinvergüenza de aúpa que ha escondido una parte de la droga.  Quinn escupe contra México cada vez que abre los ojos. A partir de cierto momento, los dos tortolitos, jugando con fuego, piensan que Sonny les importa menos que las jotas aragonesas y la antipatía del país les obliga a tomar una decisión, sobre todo cuando cosen a balazos al pobre abogado, que va de misterioso, y a las ciento cincuenta páginas lo fulminan sin piedad. No revelaré el final, por si alguien desea leerlo.  Hay que reconocerle a Richard Ford, a pesar de lo irónico de la descripción anterior, el ejercicio de estilo, o al menos, ese oficio que luego veremos desarrollado espectacularmente en la trilogía; como asimiló maneras para sobrellevar un argumento por trivial que fuera, de qué modo comenzó a experimentar con la interacción del espacio novelesco y los personajes,  con el tiempo narrativo o la emoción humana. La prosa es ágil, sin duda, propia de la novela negra; en ocasiones paródica, pero el libro emana una seriedad que invita a pensar que lo escribió convencido de la historia y no para burlarse de ciertos estereotipos. Compuesta con frases cortas, es justo destacar al menos lo ameno que desprenden sus páginas.

Es curioso que a raíz de la edición de La última oportunidad, Ford se dedicara a trabajar para el New York Magazine Sport, precisamente como periodista deportivo, y dejara de escribir ficción hasta la publicación en 1986 de El periodista deportivo, que le proporcionó los galardones literarios más importantes de su país. La evolución acontecida en esos cinco años es un misterio. Es posible que algunos lectores prefieran la velocidad de piernas y gatillo de Mister Quinn que la tierna tristeza del señor Bascombe. Están en su derecho. Pero sin duda, entre una y otra novela –o personaje- existe una distancia sideral, la de un autor que ha hallado su voz, un personaje rico y complejo, auténtico e irrepetible, una escritura magnífica y una capacidad narrativa magistral. Es como si de repente se me ocurriera comparar una canción de nuestros juguetones Bee Gees con la Segunda sinfonía de Jean Sibelius. Richard Ford dio un giro radical a la temática de sus libros. De una ficción policíaca, empecinada  inútilmente en captar la atención con una tensión llena de hallazgos tramposos, dio un paso hacia una literatura profunda y veraz, cargada de sabiduría y extraordinarios momentos narrativos. ´

Parte de la crítica, incluso alguna seria perteneciente a medios de comunicación importantes, tachó Acción de gracias con la etiqueta de hiperrealista, algo asombroso. Fue como un contagio que termina desmitificar a buena parte de los críticos. Cualquier mención a lo hiper me pone los pelos de punta, pero encima aplicarla a una novela que no se adecua al adjetivo ni con calzador, me resulta desolador. Es difícil creer en ciertos grupos literarios (o editores) que se apoyan entre sí con alevosía y compadreo, y que juegan a decidir el destino de la literatura desde sus lugares privilegiados. Hiperrealismo, según el diccionario de la RAE posee una definición sencilla: Realismo exacerbado. En arte, se llamó hiperrealismo a esa tendencia artística que proponía retratar la realidad con más fidelidad y objetividad que la fotografía. ¿Qué tendrá que ver Acción de Gracias con el hiperrealismo?. Supongo que lo mismo que con la Santísima Trinidad.

La novela tiene un tono realista en la medida en que describe mundos familiares y situaciones verosímiles para la mayor parte de los lectores, pero no deja de ser otra cosa que un viaje lleno de la subjetividad y la personalidad de Frank Bascombe, a través de cuyos ojos percibimos la realidad que evoca la obra. Aquí no hay excesos de exactitud, ni tampoco un acercamiento detallado a la realidad, es justo lo contrario de lo que significa el hiperrealismo. No hay un fotógrafo/narrador omnisciente que se encarga de retratarnos con precisión el mundo, ni se detallan los hechos más allá de la experiencia emocional e intelectual de Bascombe y sus efectos en su devenir. Al contrario, las tres novelas me parecen construidas de retazos, impresiones vagas algunas, otras más desarrolladas, reflexiones del protagonista, y a lo sumo, se atisba esa verisimilitud que mencioné, lo que podría indicar al crítico de turno que no se trata de una obra de ciencia-ficción, nada que lleve afirmar que estamos ante una novela hiperrealista.

Bascombe era un escritor que abandonó la literatura para dedicarse a  escribir artículos sobre deportes y posteriormente volvió a cambiar de profesión en El Día de la independencia: Agente Inmobiliario, labor que sigue ejerciendo en Acción de gracias, más para entretenerse, por la inercia de años haciendo lo mismo, o para relacionarse con otras personas aunque sea en la superficialidad de un servicio profesional, quizá para sentirse vivo después de sufrir un cáncer de próstata y empezar a percibir la finitud de la existencia.


La profesión de Bascombe en las dos últimas novelas tampoco es casual, revela hasta qué punto Ford era consciente de los mecanismos económicos que empujan el movimiento económico de su país, la importancia capital que tuvo en el desarrollo económico de los noventa y la década primera del nuevo siglo el sector inmobiliario, justo hasta el inicio de la crisis. Acción de gracias tiene una cierta obsesión por el urbanismo, pero no hay que asustarse. Responde a impresiones del protagonista, ágiles descripciones nada complejas de seguir. A través de él podemos comprender la evolución del estado en el que reside, cercano al mar, las subidas y las bajadas de los precios de las distintas zonas urbanas o residenciales, las variadas  causas que afectan al valor de las viviendas y a los barrios. A través de los edificios, identifica los cambios propiciados por el boom inmobiliario en el paisaje, que modifica a velocidad de vértigo el estatus de los distritos, sus costes, el tipo de habitantes que los ocupa, produciendo en su veloz desarrollo la inesperada marginación de ciertas zonas o una riqueza inesperada en otras.

Bascombe tiene ahora una edad avanzada. Estamos en el año 2000, a punto de dirimirse la presidencia de los Estados Unidos entre Al Gore y Georges Bush. Elegir esa fechas para situar la acción vuelve a ser una de esas elecciones brillantes de Ford. No en vano conocemos el resultado nefasto de aquella votación robada en Florida. Bascombe mantiene a pesar de la incipiente debilidad que acomete su existencia su antigua lucidez, incluso la supera.  Hay una cierta indiferencia del ciudadano de clase media hacia el entorno, como si el dinero o la profesión que ejerce y que se lo procura, lo liberara de la participación en oscuros lugares de la sociedad, o lo librase de una relación demasiado estrecha o perversa con el peculio.  Es un hombre como nosotros, como todo el mundo. Ejerce su trabajo con honorabilidad y dignidad, a menudo con cierto talento. Mantiene una honestidad propia de quienes no necesitan engañar para mantenerse. Se dedica a actividades aceptadas por sus vecinos; la inmobiliaria que regenta, la lectura habitual, acude a restaurantes y alguna que otra vez al centro comercial, va al cine, escucha la radio y le gusta estar informado, conduce un bonito coche, participa en algunas actividades sociales. Se parapeta a menudo en su aparente normalidad frente a los fanáticos de cualquier orden. Observa discreto, y a simple vista no parece poseer nada extraordinario ni raro. No encarna en su persona nada simbólico. Más bien arrastra con cierta tristeza una perspicacia amarga, a veces irónica, que le acude desde los restos de su matrimonio frustrado, desde los ecos del drama de su vida, la muerte de su hijo, o de sus antiguas aventuras amorosas, que ahora,  aquejado de la próstata, casi mira con ternura. El tiempo ha transcurrido veloz. Trata de participar en lo que sucede en su comunidad, por sentido común y por interés, de forma parecida a como expresa las ideas que posee respecto a Bush y a Gore, un argumentación evolucionada, sin aspavientos ni excesos, de las diferencias entre republicanos y demócratas.

Bascombe ha llegado en Acción de Gracias a un punto de su vida que él llama constantemente “el periodo permanente”. Tiene que vivir con la enfermedad y la vejez, con el hecho de que, tras elegir convencido a la mujer de su vida, ésta decide abandonarlo por un antiguo marido al que todos creían muerto desde hace veinte años, aparecido en su horizonte vital de repente, casi por un milagro. Frank acepta esas circunstancias con civilización y filosofía, se pierde a veces entre la tibieza y surgen esos arrebatos que lo hacen tan humano, esa nube que en medio de lo que en apariencia parece inevitable, le lleva a pensar que debió elegir alguna forma de evitar los problemas con mayor decisión y virulencia. Constantemente bordea esos límites que le impone el cuerpo y que la mente se empeña en sobrepasar cuando alguna debilidad o malestar le incomoda. La operación de próstata, esa inserción de plomo en algún lugar de su miembro, nos impone la carne y hueso de Bascombe, su conflicto con la vida. Ya lo sabíamos por su largo recorrido, pero la molestia insiste en ofrecernos al personaje constituido por órganos que se rebelan con los años, que acumulan en su seno las miserias y frustraciones abotargadas, revelando una vida erótica mermada en lo físico, pero fina y aguda en lo emocional, entremezclada con el equilibrio que ha alcanzado. Sus relaciones con la amistad son esporádicas y poseen cierta frialdad. Hay algo que le impide acercarse a los otros, y tiene que ver con la imagen que se ha hecho del mundo; un lugar superficial, lleno de prejuicios, cada cual los suyos en función de su cultura, inteligencia e ideas, clases sociales, sueldo mensual o estatus, sin excepciones complacientes. Un vacío de profundidad que sólo parece acercase a la vida verdadera  en su soledad íntima. Es alguien que mira perplejo casi todo, sin comprender en ocasiones ciertas dimensiones de lo que contempla, de las palabras con las que se encuentra, de los rostros que aparecen  y desparecen sin dejar un rastro evidente –todo lo que deja rastro profundo parece venir del pasado, como si las emociones se hubiesen domeñado, incluso su hijo le genera dudas; no lo entiende, le parece un idiota redomado, un patético ejemplar de hombre insulso, sin nada reseñable, que tartamudea y se dedica a gilipolleces para divertirse o ganarse la vida; trata de atisbar de qué esta hecha su hija y apenas logra adivinar una ternura antigua, que le llega desde su infancia. Anhela un lugar de tregua. Observa la ambición de su socio tibetano, Mike, con asombro. Después de haberle enseñado los entresijos del negocio y haberle facilitado  una profesión, éste pretende comprarle su parte de la inmobiliaria. Mira las pancartas políticas que se extienden por la costa a favor o en contra de los dos candidatos, y en el fondo duda del sentido de todo, aunque parece más una desconfianza que el lector conoce, la victoria y la adversa historia posterior del peor presidente jamás habido en los Estados Unidos.

La existencia discurre. Sólo anhela una especie de amor posible que no altere el frágil equilibro que detenta como norma. Busca un amor de ternura y constancia, de hábito y aceptación, de comunicación y sencilla complicidad. Visita a su ex mujer ( la madre de sus dos hijos) y la observa impresionado como juega al golf en un flamante campus para gente adinerada, poco antes de que ella le ofrezca recuperar la vida que perdieron veinte años atrás. Casi todo le susurra lo banal de la vida allí, un reflejo casi infernal de la tierra, pero su horror no es evidente, parece diluido, es como el nuestro, sólo lo percibimos cuando el hálito del diablo ya esta bajo nuestras narices. Observa lentamente la vacuidad de un universo que no tiene palabras para ser definido más que nada porque hace tiempo que abandonó las verdaderas palabras o las palabras esenciales. La antigua filosofía budista de Mike, se disipa entre un montón de premisas adquiridas en su nuevo país sobre el éxito en los negocios o el sentido del sueño americano, y eso le fascina y le incomoda a un tiempo. La culpa surge por todas partes, y es una culpa económica principalmente, luego intuye la otra, la asociada a la religión o a la moral del éxito. Bascombe observa Estados Unidos desde su coche, lo examina discreto una y otra vez, vuelve, regresa, se presiente en los momentos clave del libro, y sin darnos cuenta nos ha descrito absolutamente toda la esencia de su país.

Quizá La última oportunidad planee en el fondo más de lo que parece  a primera vista en Acción de gracias. Todas las técnicas que utilizó entonces para contar una historia sin importancia, se convierten en esta novela en armas de peso que permiten a un libro de más de mil páginas sostener el interés del lector una tras otra. Nos seduce con el ritmo de su prosa mientras los hechos se van sucediendo, hasta que la historia que planea se deshace como un papel mojado por la lluvia,  hasta que uno, a través de los ojos del protagonista, descubre que ni el dinero ni la respetabilidad ni cierta satisfacción que podríamos conseguir es eterna ni nos salva de la miseria de los otros. Los elementos imprevistos truncan su ritmo. El mundo en el que vivimos nos lastra de la forma más estúpida que podamos imaginar, porque no todos son como nosotros, porque tras lo que resulta normal, surge algo que enturbia la razón, nos grita que no podemos mantener este equilibrio tan frágil demasiado tiempo, porque estamos obligados a interaccionar con el universo en el que habitamos y sus gentes.

Los hallazgos de un autor se acumulan conscientes e inconscientes en su obra, hasta llegar a sus límites. Richard Ford utilizó todo cuanto sabía a comienzos de los años ochenta para escribir La última oportunidad y lo hizo desde los parámetros narrativos que seguramente primaban en ese momento de su vida artística y personal. Veinticinco años después, frente a Acción de gracias, la madurez de Ford tiene una extraordinaria variedad de registros, se expresa en todos los ámbitos que componen los mimbres de la novela, aquellos que son puramente literarios o los que pertenecen al espacio de la sabiduría, esa extraña iluminación que alcanza a algunas personas, y que suele alimentar y elevar por encima de las demás a ciertas novelas. A las cualidades literarias y artísticas que se articulan casi inapreciables en la naturalidad del relato, se le une una solidez filosófica que refuerza constantemente la mirada de Bascombe. Cada reflexión parece guiada por una naturalidad deslumbrante y contagiosa, como sucede con algunos clásicos. Seguimos al envejecido periodista deportivo en su recorrido, nos guía, como Virgilio hizo con Dante en La Divina Comedia, pero esta vez el universo no es espectral y oscuro como en los abismos del infierno o el purgatorio, al contrario, las luces de neón y el esplendor aparente ofrecen una imagen artificial, es como si la ciudad de Estigia, que guarda las tumbas de los herejes entre grandes llamaradas, hubiera cambiado las hogueras y la negrura, incluso ese viento asfixiante y denso, por el color apacible y brillante del progreso, por el adorno, el mensaje navideño o la publicidad, el exceso de luz y la exageración, continuando, sin embargo, albergando en su seno las mismas lápidas removidas, el mismo aroma a azufre y a muerte, ahora disimulado.

Quien dijo que la literatura era un placer inútil -nuestro excelso maestro Vladimir Nabokov- murió demasiado pronto o quedó ciego de vanidad estilística. La utilidad es una palabra relativa, y afecta a diferentes niveles de la vida humana. Un libro es útil para aplastar papeles debajo, o quizá para adornar estanterías, sobre todo si el celofán que envuelve la obra, como he visto en numerosos hogares, no se despega y recoge el brillo del día o al anochecer el de las lámparas. No sé si habré errado, pero en las idea de Bascombe sobre la existencia, a lo largo de las tres novelas en las que desarrolla su vida de ficción, creo haber extraído algunas consecuencias que me eran ajenas o desconocidas, algo que se puede afirmar de muy pocas obras literarias. En esos veinte años, sus pasos nos van revelando algunos secretos. Nos habla desde el sosiego económico de la clase media norteamericana, lo que viene a significar que tal vez la bondad sea una cuestión de circunstancias, o que la lógica crítica a la burguesía, afilada arma del siglo XIX y XX en literatura, se ha convertido en el siglo XXI en una hermosa defensa del sentido común frente a las locuras de toda índole que pueblan el mundo a pesar de sus imperfecciones conocidas.

Richard Ford, al contrario que parte de sus compatriotas escritores, inventó a Bascombe para huir de los tópicos, o simplemente porque le dio la gana, pero consiguió huir de una mística que quizá haya alcanzado su límite y su razón fundacional. Intentó insertar un Sancho Panza en una literatura impregnada y abarrotada de Quijotes. Amamos al Quijote, pero nos guiamos en la existencia como Sanchos, quizá porque el mundo, si es que alguna fue así, ya no posee casi nada heroico por lo que valga la pena ofrecer la vida, y si lo hay, será convertido en un negocio que otros poco nobles aprovecharán. Nos dijo a lo largo de estas dos mil páginas de la trilogía que quizá no hay vocación por intensa y auténtica que sea o parezca (casi siempre parecer es más que ser entre nosotros) que merezca la muerte. También que los seres humanos somos infieles, caprichosos, estúpidos, pero siempre hay algunos mejores que otros, o los hay que perciben la realidad con mayor claridad. Nos ofreció la posibilidad de comprender en qué consiste el cambio, reinventar la existencia a través de sus vivencias personales, sin la locura de la trasgresión, sin el exceso del estereotipo. Me gusta que en las tres novelas ningún personaje sea un artista endiosado o atormentado, que no haya individuos bordeando límites vitales o espirituales intolerables que nos remiten al dolor absoluto, a la pasión incendiara o el desastre. Sólo hay una constancia de la brevedad. Hombres y mujeres que corren desorientados, incapaces de atisbar el presente y de iniciar una senda de futuro con la suficiente claridad, intoxicados por ideas dominantes que pesan más que las supuestas esencias del ser, solitarios, a menudo aislados, impotentes ante el paso veloz de la historia que los va arrinconando sin remedio, sin pedirles tan siquiera una opinión discreta, sin que puedan evitarlo. Bascombe sobrevive adaptándose, reconoce, sobre todo en Acción de gracias, sus limitaciones, que vive entre sus límites.

En todas las novelas de la trilogía la realidad termina por colarse en sus planes. Nada es como pensábamos, nos dice al final Ford. Todo vida es una pieza de teatro mal improvisada, sin posibilidad de ser ensayada antes, un pequeño delirio de torpezas y planes rotos, de ilusión, de casualidad y de inconsciencias. Hay algo en Acción de gracias que nos recuerda a la sabiduría y la experiencia de cierta vejez, eso tan despreciado en nuestras sociedades occidentales, tan rápidas y veloces. Tuve la sensación mientras leía cada una de las páginas de la obra, de haber recibido una especie de susurro de alguien que conoce la vida mejor que yo.

Preguntas y preguntas que se articulan en un mundo que sólo inspira con fuerza la duda, la confusión y la desconfianza. ¿Cómo se puede controlar el hecho de que la mujer con la que uno desea pasar el resto de su vida, decida marcharse con un ex marido declarado muerto dos décadas atrás y que aparece, por una casualidad, en el panorama de una existencia que ya planeaba tranquila hacia su extinción en un hermosa casa junto al mar? ¿Cómo soportar con lucidez la finitud del cuerpo cuando un cáncer de próstata comienza a minar la antigua salud, en esa sexualidad vivida primero a través del acicate del deseo puro, de las relaciones esporádicas y vacías, tan artificiales como las habitaciones de hotel impersonales en las que se consuma ese deseo, o después, en la plenitud sin trasgresión, en lo anodino de la ternura? ¿Cómo llevar sobre las espaldas la existencia de unos hijos que no sólo no son lo que quiso que fueran, sino que ni siquiera poseen nada en común con él, o le resultan ajenos, incomprensibles? ¿Cómo soportar la vida de un país dividido entre el fervor religioso y el culto al dinero y al éxito sin volverse loco, sin perder la meditada lucidez del largo esfuerzo de construir una vida? ¿Cómo sentir compasión por esa América profunda, que surge como un coro que odia a gritos y evitar escuchar su voz quebrada, su deseo de ser los otros, con sus rencores acumulados como bilis, su violencia destructiva y esa miseria ciega que trunca el paso? ¿Cómo respetar el sueño americano, hecho de sangre y oraciones y violencia y exclusión y héroes salvajes y aplauso y poder e influencias y secretos inconfesables? ¿Cómo hallar un sentido en uno mismo, tan difícil, cuando todo lo que le rodea se haya infectado por un virus de banalidad y locura, de incomprensión, de mensajes subliminales y desiertos que pueblan el universo, de vacío y simpleza, de agotamiento e infelicidad, de desdén por lo profundo?  ¿Cómo aguantar que no podemos ser sinceros, que las dudas y la extrañeza nos corroen en silencio, que hasta el amor parece un sentimiento que inspira desconfianza? ¿Cómo vivir con la consciencia de la inminente finitud de casi todo, con la amargura de lo que no se hizo, de lo que no pudo evitarse, de tanta y tanta memoria perdida, con el sinsabor de la soledad, con el pequeño run run de la envidia y el miedo que produce el desamparo? ¿Cómo vivir con el silencio de mirarse pero no verse? ¿Cómo mantenerse en pie sabiéndose tan frágil en medio de esa vorágine descomunal que puede engullirnos en cualquier momento sin que controlemos jamás el paso equivocado que daremos?…

Acción de gracias articula todas estas preguntas y muchas otras que se me ocurren a través de la extraña vigilia contemporánea de Bascombe. Pienso que la novela posee un puñado de puntos de inflexión que llevan a su clímax al desarrollo de los hechos. Frank aspira a la tranquilidad que le pide su vida, pero se encuentra con la intranquilidad que habita la tierra . Desea evitar la aspereza de un país enfrentado ante una decisión que a la postre sabemos fundamental como fue elegir a Gore o a Bush como presidente de los Estados Unidos y se encuentra metido sin saber exactamente cómo en un atentado en la cafetería del hospital de Haddam donde él solía almorzar o desayunar años atrás, o unas páginas después enzarzado en una inesperada y virulenta trifulca en un bar con un defensor patético de los republicanos. A mitad de su trayecto descubre la soledad de su ex mujer, que le ofrece un futuro juntos después de decidir tanto tiempo atrás romper su matrimonio. Bascombe no entiende la decisión de Sally, su compañera sentimental, de marcharse con el mencionado ex marido desaparecido, ni el hostigamiento del tibetano Mike, tratando de arrebatarle su inmobiliaria. La visita de sus hijos le supone angustia, le inquieta; no los entiende. No comprende su dimensión humana, el sentido que le dan al vida. Descubre en el entierro de un viejo amigo que esos otros que le acompañaron durante algún tiempo no son más que fantasmas que a duras penas reconoce, ni ellos a él. Bascombe se refugia en la tranquilidad del dinero que tiene ahorrado y en esa casa junto al mar en cuyo titulo de propiedad figura inscrito su nombre. Parece muy poco. Lee de vez en cuando libros, algunos de cierta enjundia, para poder entender y hallar alguna respuesta a su extrañeza. Se limita a aferrarse en el fondo a sus conocimiento urbanísticos para justificar que tiene alguna idea acerca de la existencia. Quiere huir del mundo, pero se lo encuentra de bruces en un local junto a una zona portuaria en la que un grupo de lesbianas se divierten a su costa y charla con una camarera desconocida que en otro tiempo hubiera acabado en su cama. Descubre que hay seres humanos de buena voluntad, como ese muchacho que lo despierta mientras duerme de madrugada dentro de su coche para darle las llaves, dolorido y cansado, después de que el taller donde había ido a reparar un cristal roto hubiese cerrado inesperadamente. Trata de explicarse que le une al padre de una ex amante, Viki, sin demasiada significación en su vida al que frecuenta y quien insiste en volver a juntarles. Descubre que aquello de lo que huimos se encuentra más cerca de lo que parece, y termina por suceder o surgir en el peor momento, de la forma más absurda e inesperada.

No contaré el final del libro, aunque tampoco es una novela de final tramposo que nos exige para hallar algún sentido leer la última página. Aún así logra esa intriga humana que ilumina las grandes obras de la literatura, una intriga auténtica, no las estafadoras y tan comunes aventuras pseudoliterarias que quieren ser excusas y por su torpeza convierten ese acicate en la única razón de ser de lo que se cuenta. Este es un argumento en apariencia modesto, pero toda esa modestia se convierte en algo poderoso a través de la escritura de Richard Ford. No hay concesiones a la sentimentalidad vulgar o simple, a lo sumo se vislumbra el patetismo de Bascombe en algunas ocasiones, y al ser tan parecido al nuestro, nos produce cierta vergüenza. Tampoco es un libro de sueños de papel cuché ni de amores de postal imposible, ni se permite el lujo en ningún momento de mentirnos impunemente. Frank vive de conjeturas. De conjeturas de lo alcanzable, de lo que cualquier ser humano en el mundo occidental puede alcanzar si se empeña o tiene suerte, y a la vez de lo irremediable, de lo que tarde o temprano se cruzará en nuestra vida, y la cambiará, o modificará de raíz algunas cosas y hará tambalearse nuestro suelo construido baldosa a baldosa, tan inconscientes y empecinados.

Quinn era un perfecto idiota norteamericano aferrado a sus pistolas y a su pose de hombre duro, a esos silencios de héroe brillante, a esa carencia absoluta de lucidez, excesivo y sin sustancia (o con una sustancia de tópicos). Bascombe es una especie de último filósofo posible en este sigo XXI que comienza, un filósofo sin método ni demasiadas palabras; un hombre corriente, tranquilo, que mira la comedia de la vida, que la observa perplejo, ya no como el narrador omnisciente de La comedia humana, de La educación sentimental o de Anna Karenina, sino desde la subjetividad que no alcanza a dirimirlo todo, desde la visión sesgada por obligación, y limitada, de un hombre inteligente que intenta comprender, pero su inteligencia resulta insuficiente para atisbar el alcance y la complejidad de una existencia cuya esencia en el fondo es el sin sentido, la vacuidad insoportable que no se puede llenar y a la que no podemos escapar.

Señor Engdahl, tiene usted aquí, una magnífico premio Nobel norteamericano.

Copyright Jimarino

20 Respuestas a “richard ford-la literatura norteamericana”


  1. 1 Carmen
    febrero 8, 2010 a las 8:02 pm

    Para mí uno de los mejores artículos que has escrito, lo leí hace ya un tiempo, hoy sólo lo he estado hojeando. Sin embargo tengo una pequeña objeción, y es que creo que el formato blog no hace justicia al texto, mejor en pdf o en papel me parece.
    Y hablando de literatura norteamericana -aunque sin venir mucho a cuento-, ya he visto la adaptación cinematográfica de “La Carretera” y ay ay ay, que salí del cine con los pelos como escarpias y conteniendo los sollozos. No quiero ni pensar qué hubiese ocurrido si no me llego a saber el final.
    Nada más, besetes bisous.

    • 2 jimarino
      febrero 10, 2010 a las 7:43 pm

      Haciéndote caso, termino de colgar el texto en PDF. Mil gracias por los comentarios sobre el artículo, sabes cuanto sudé para escribirlo y creo que el resultado es al menos digno. Sobre La carretera, es una extraordinaria novela, aunque luego el autor me decepcionara de un modo inaudito, como si pareciera increíble que un tipo tan mediocre y pagado de sí mismo pudiera escribir un libro de esa extraordinaria belleza, con esa fuerza metafórica que quita el aliento y obliga a quitarse el sombrero. No te pierdas Meridiano de Sangre, el tio Harold insiste en que es la mejor novela norteaméricana de los últimos años del siglo XX, quizá algo excesivo, pero desde luego pudiera ser.
      Un beso y hasta pronto…

      • 3 Carmen
        febrero 11, 2010 a las 8:20 am

        Hace poco leí “Hijo de Dios”, una novela cortita de este autor. Los paisajes no son apocalípticos pero sí igual de ásperos y salvajes. Creo que no me gustó tanto porque en “La carretera” hay al menos algunos hombres buenos y en esta novela no los encontré.
        Leí en algún sitio que Cormac McCarthy había sido vagabundo -y no resulta muy disparatado pensarlo después de ver lo que escribe-, quizá por eso está tan pagado de sí mismo.
        En fin, buscaré “Meridiano de Sangre” cuando tenga tiempo o ganas o concentración, gracias como siempre por la recomendación.
        Suscribo todos los comentarios de este artículo. Felicidades otra vez.
        Ya nos vemos, ;-)

  2. febrero 9, 2010 a las 3:40 pm

    Muchas felicidades por este artículo. Es excelente.

  3. 6 SilviaM
    febrero 10, 2010 a las 7:47 pm

    De nuevo impactada. El artículo es de una profundidad y un rigor impresionantes. Me he quedado muda, lo he leído de arriba abajo, aunque estoy de acuerdo con el primer comentario. ¡Cuélgalo en PDF!.
    Enhorabuena por un texto tan brillante, agudo, ilustrativo y divertido sobre la figura de un autor de la categoría de Richard Ford. Recomendaría en cualquier universidad del mundo este texto como introducción a la literatura norteamericana. No tiene desperdicio

    • 7 jimarino
      febrero 11, 2010 a las 6:10 am

      Muchas gracias por el comentario Silvia. Es verdad que la extensión del texto hacia poco propicio el formato blog. Ayer colgué el artículo en PDF. Una vez más, bienvenida a los Perros de la lluvia
      Un saludo

  4. 8 Carlos Monsivas
    febrero 10, 2010 a las 7:53 pm

    Querido compañero, no dejas de sorprenderme. Si yo fuera Richard Ford vendría hasta tu cuidad y te haría un regalo. Es un texto agudo, complejo, lleno de ideas brillantes y en su mayoría acertado. tengo alguna pequeña objeción a tu lista de autores norteamericanos, aunque suscribo a la myoría. Yo añadiría a Wallaces Sterne y a Phillip Roth, quizá también a Joyce Carol Oates, pero en general preciso y vibrante, perfecto para alcanzar a dirimir una idea de la literatura norteamericana, y a la vez una espléndida reflexión filosófica sobre el mundo contemporáneo y sus absurdos. No podría definir el texto como crítica literaria pura, pero la verdad es que contigo, eso es imposible. Nunca logro precisar si escribes ficción-ensayo, ensayo, teoría literaria, filosofía o sociología, pero siempre me entusiasmo con tu prosa. Felicidades por el post…
    Un abrazo.

    • 9 jimarino
      febrero 11, 2010 a las 6:19 am

      Querido Carlos,
      Si Richard Ford viene a esta ciudad a verme no sabría donde meterme. Contemplé la posiblidad cuando escribí el artículo de haberme dejado en el tintero a un puñado de extraordinarios escritores norteamericanos, pero debía elegir un listado de autores para mí representativos que me apasionan. La lista no es un dogma de fe, quizá esté ahí como referencia y su intención sea que el posible lector la complete. Por ejemplo, hubiera metido alguna novela de Paul Auster, aunque no todas me parecen extraordinarias. Lo mismo me sucede con Joyce Carol Oates, capaz de obras maravillosas como La hija del sepulturero, pero también de algún que otro bodrio prescindible; quizá la buena de Joyce escribe demasiado, no lo sé. Me dejé quizá a propósito a Flannery O´connor, aunque tal vez fue porque a pesar de mi rendida admiración a sus cuentos, palpita demasiado en ellos el peso de la religiosidad yankee y eso, como escépctico europeo, me duele. Wallace Sterne quiza sí es un olvido imperdonable, pero ahí estás tú para recordarlo. En fin, me alegra una vez más tu participación y tus comentarios alentadores. Sobre Phillip Roth no hablo, me puedo granjear demasiados enemigos si digo lo que pienso, así que ese, es un gesto de obviar premeditado.
      Yo tampoco sé que es lo que escribo exactamente, muchas veces digo que lo que puedo y mi limitadísimo tiempo me permite.
      Un abrazo muy fuerte

  5. febrero 10, 2010 a las 8:20 pm

    Realmente me dejas impresionada con tus enormes conocimientos,
    con tu capacidad para emitir juicios críticos, con el estilo
    de tu prosa.
    Estoy segura de que has hecho algo muy bueno pero he de reconocer
    que mi cultura literaria es más limitada y no me atrevo a entrar en
    profundidades. Sólo me queda felicitarte una vez más por todas tus
    facultades.

    PS: Pas de problème avec lui, ceci, cela, celui-ci ou celui-là
    A bientôt. Bises.

    • 11 jimarino
      febrero 11, 2010 a las 6:28 am

      Atrevete, Zaxanercis, todo lo que sé es como lector voraz, por intuición avariciosa de tragarme libros, subrayarlos, destruirlos, meterlos en la bañera, arrugarlos junto a mi mesa de trabajo, deglutirlos y luego expusarlos en uan ceremonia salvaje y alocada, a menudo sin rigor, sólo con pasión, y otras veces poseído como la niña del exorcista, prendido de deseo y de sensualidad hasta el dolor. Algunas palabras me queman, otras me acarician como madres protectores, me insultan, me halagan como plumas sobre una piel desnuda. Cuanto más leo crítica literaria más me espanta el morro que tienen algunos, y lo común de los argumentos y líneas maestras. Atrevete a hacerlo porque la crítica literaria está muerta, y aunque lo hagas de un modo tan imperfecto y subjetivo, tan balbuceante y torpemente como yo. A mi me gustan los escritores que hablan genersosos acerca de libros y autores, como Vila-Matas o Kundera, o Carlos Fuentes o Vargas Llosa etc…, también el trabajo de esos profesores que contemplan la literatura como una pasión necesaria para la vida, como un placer estético lleno de sensualidad y goce casi físico, como si la prosa o los versos curaran más qu elos barbitúricos y las farmacias. Es una cuestión de embriaguez y a mi, afortunada o desgraciadamente, siempre me pirro la ebriedad. Muchas gracias por leer semejante mamotreto. Un placer, comme toujurs, tenerte entre los perros de la lluvia.
      Ya me explicarás el sentido de la frase en francés, tienes mi correo en una de estas esquinitas del blog.
      Un beso muy fuerte

  6. febrero 13, 2010 a las 7:48 pm

    Le leamos por donde le leamos…es usted fantÁstico, maraVillo, eXtraordinario…que conste, que despues de leer su artículo, he tenido que abrir ventanas. La habitación se había quedado sin oxígeno…

    Besos Mil.

    • 13 jimarino
      febrero 16, 2010 a las 6:13 am

      Querido Hilvanes,
      Como siempre tan generoso. No sólo me encanta tu participación en Los perros de la lluvia, sino que además, con tus palabras de ánimo me llenas de entusiasmo y de empuje. Te doy las gracias por la lectura, que reconzco larga en ocasiones, y sobre todo por esas palabras que me ayudan a continuar aunque el tiempo sea una fugaz aparición de breves instantes de paz tan extraños.
      Un abrazo muy fuerte. ¡Pedazo canción Frente a frente!

  7. febrero 16, 2010 a las 4:03 am

    Magnífico artículo! Reconozco -como dijo alguien más arriba- que el formato de blog, hace que se pierdan detalles valiosísimos de tu escritura.

    Lo he leído tres veces, pero conservo (la fortuna o la desgracia) de marcar con lápiz los párrafos o las ideas que más me alcanzan, que más me alborotan o que más me desnudan…¡¡¡cosa que no he podido hacer!!!

    Ahora que lo has dejado en pdf, lo voy a imprimir y entre tanto silencio que corta el notable bullicio, me daré el gusto de señalar lo que me ha subyugado de tu análisis.

    Igual reconozco que sacando Bukowski,la generación beat y Faulkner…poco de literatura norteamericana se deja tentar por mis reclamos en las librerías…Ansío, por siempre, la europea.

    Será cuestión de leer algo de este Ford, quizás…

    Un enorme beso para vos…y gracias.

    • 15 jimarino
      febrero 16, 2010 a las 6:23 am

      ¡Cuanto tiempo, Cleopatra! Siempre es un motivo de alegria saber que de vez en cuando te cuelas en Los perros de la lluvia entre mis tostones. Espero que tu nueva vida sea hermosa -¡cuéntame algo, sé que esperabas algo muy hermoso!- y que la vieja Europa haya quedado ya lejos, tan brumosa y gris, tan rica superficialmente y fabulosa en sus tesoros artísticos. Es verdad lo del formato blog para un artículo tan largo, por eso estoy filpando que lo hayas leído tres veces. Aunque el texto está editado en formato PDF en Shangri-La, en agosto del pasado año, me decidí a colgarlo a su vez en Los perros de la lluvia por varias peticiones que me hicieron enter lso comentarios y por correo electrónico. La literatura norteamericana está llena de sorpresas y de hallazagos. Si con el artículo consigo que leas a Rcihard Ford ya tengo recompensa. Es verdad que mis queridos beatniks fueron parte de mi vida mucho tiempo, pero te aseguro que la tradición delos USA en literatura alcanza cimas extraordinarias, quizá no tan exhuberantes e intelectuales como las europeas, a veces, es verdad, demasiado directas, pero hay autores majestuosos, que no cabría situarlos en un selección regional por su valor. La buena literatura no posee nacionalidad, a lo sumo tan sólo referencias de su espacio geográfico. te aseguro que a estas alturas, me refiero a la literatura que se publica, salvo contadas excepciones, que las hay, prefiero a los jóvenes norteamericanos que alos escritores de éxito europeos. Nosotros tenemos una tradición de quinientos años de novelas y siglos de poesía, pero estoy convencido aunque me duela que la mayor parte de las obras narratvias más interesantes se encuentra actualmete en tu continiente y los Estados Unidos, por ambición, por talento, por deseo de buscar, por inquietud.
      Espero que estés bien, muy bien. Un beso muy fuerte

  8. febrero 20, 2010 a las 4:38 pm

    ¡Excelente artículo y magnífico blog! Me ha convencido a la primera y lo enlazaré al mío. De todos modos he de decirle que, coincidiendo con la observación de Carmen, quizás el formato del blog no sea el más propicio para la densidad y la extensión de sus artículos.

    • 17 jimarino
      febrero 21, 2010 a las 8:15 pm

      Gracias por los comentarios halagadores y por haberme enlazado en tu blog. Hago lo propio, me gusta la selección que has hecho, tus notas sobre literatura. Por cierto, siento mucha curiosidad por tu libro de cuentos. Voy a ver si en breve lo encuentro disponible.
      Sobre el asunto del papel, es evidente que el blog tiene las límitaciones que tiene. El artículo fue publicado por la revista Shangri-La Derivas y ficciones a parte en agosto del 2009. De todas formas, entre tú y yo ¿conoces alguna revista, e incluso alguna revista de literatura o semanario cultural, que se atreva a editar este tipo de artículos? tengo la sensación de que se extinguió ese tiempo inquieto, así que de momento, con mis PDF de andar por casa y ciertas aventuras de algunos otros locos del estilo que se arriesgan a editar artículos de esta índole trato de ir sacando los textos que me queman.
      Un gusto que pases por Los perros de la lluvia. Me voy de viaje, pero en cuanto vuelva espero tener ya disponible El mal de Q.
      Un abrazo.

      • febrero 22, 2010 a las 10:42 pm

        Espero que la lectura de El mal de Q. (editado por Candaya) te sea placentera. Quizás tus artículos puedan interesar a revistas como Claves, que edita el grupo Prisa, o Revista de Occidente, aunque también es cierto que es muy difícil romper el anillo defensivo. Como bien sabes, no basta con escribir bien y con conocimiento de causa sino ser de la tribu. Un abrazo.
        p.d. Espero tu opinión sobre El mal de Q.

  9. 19 Berta
    febrero 8, 2012 a las 8:12 pm

    He venido porque tu hermano es tu mejor seguidor y me sugirió que te leyera. No tengo los conocimientos que pareces tener tu..así que entré y como ví que tus comentarios son extensos me tiré al que mas me interesaba ..que es la literatura norteamericana y que me gusta en especial por eso mismo que pusiste ( que tiene algo infantil, con protagonistas hiperactivos , frases cortas y sin pedanterias que me distraen tanto ).Lo he leído con entusiasmo y he tomado algunas notas.Mi nombre es Berta y da por seguro que seguiré leyéndote. Un abrazo.

    • 20 jimarino
      febrero 10, 2012 a las 6:30 am

      Bienvenida a Los perros de la lluvia, Berta.
      Gracias por el comentario. Mi hermano me habló de ti, así que me alegro dos veces por tu participación. La literatura norteamericana tiene esas cosas, esa mirada particular, directa, a menudo extraordinaria hacia la vida. Nos llenaron de asuntos nuevos que tratar en literatura, se hicieron queridos por su inmediatez, por ese particular modo de conceder importancia al lector. Entre los mejores escritores del siglo XX hay un buen puñado de autores norteamericanos de primer nivel. De todas maneras, no se debe olvidar que la novela es una invención europea, y que además, como género literario, como patria del lenguaje, no tiene nacionalidad. No existe una sola lengua que no tenga un puñado de obras maestras, y es cierto que nuestra atracción por los USA está llena de factores culturales y sociales impuestos pro su preponderancia publicitaria y su tendencia al cultura de masas. Todo lo yankee nos es familiar.
      Hay frases largas que no tiene nada de pedantes y por el contrario, hay escritores de frase corta que producen rubor por su artificio y su mediocridad. Al final la prosa es un ritmo vital de cada escritor, y la historia de novela es en sí misma un país. Sólo hay que entrar en ese maravilloso mundo. Luego descubres que todas las culturas, de una u otra manera, quisieron contar historias y utilizaron para ello una forma y un fondo, trataron de componer un artefacto que les permitiera acercarse, simbolizar o construir metáforas de su existencia. Ahora sólo te resta ir cruzando fronteras despacio. Salir de Nueva York y dirigirte a Moscu o a santiago de Chile, o a Paris, o a Lima, o tal vez a Roma o a Venecia.
      Un abrazo.
      Hasta pronto.


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