Exagerar es una forma de admirar cortésmente. Roberto Bolaño “La parte de los críticos”. 2666 Barcelona, Anagrama, 2005, p. 181.
INSTRUCCIONES PARA LA LITERATURA SALVAJE
Leí por primera vez a Bolaño en 1996, pocos meses después de que Anagrama editara Estrella Distante. Por entonces a mí me gustaban las novelas enormes, kilos de páginas cosidas que me permitían leer sin descanso durante días, embarcarme en librotes de seiscientas o setecientas páginas y perderme en la ilusión de esa eternidad literaria. Discutía irónicamente con algunos amigos acerca de si el valor de la literatura quedaba determinado finalmente por el número de sus páginas y el peso, y sólo permitía intolerante unas cuantas excepciones ilustres en la época, evidentemente La metamorfosis de Kafka, los libros de cuentos de Chéjov, La muerte de Ivan Illich de Tolstoi, Nocturno Hindú del señor Antonio Tabucchi, Una cuestión personal de Kenzaburo Oé, por supuesto El Extranjero de Albert Camus, Desayuno en Tiffany´s de Mister Capote y las nouvelles de Nicolás Gógol, Maupassant y Julio Cortázar.
Estrella Distante fue un libro raro en medio de aquella retahíla de novelones, pero dejó algo curioso en mi memoria, una sensación de haber leído algo distinto, que al mismo tiempo me remitía sin remedio a todos los libros que había devorado a lo largo de mi vida. Era una novela a priori de aventuras, pero en el fondo trasgredía las normas de las mismas; hablaba de literatura, pero de una literatura que me era extraña. Parecía un texto autobiográfico pero la escritura y el modo fragmentario de contar la historia superaba con creces a cualquier intento de la literatura del yo (por otra parte tan obvia y limitada). Manejaba cierta mística del perdedor pero estaba alejadísimo (por superioridad) de los Bukoswkis y sus temidos secuaces. Sus personajes perdían, pero un hálito extraño los convertía en seres humanos que me fascinaban. Rozaba lo morbosos, lo terrorífico en algunas escenas, pero hallaba siempre, sin buscarlo, sin que se notase, un resquicio moral, puramente literario, no filosófico, que aireaba las cuestiones (La única moral posible a mi juicio de la novela, debe ser su diálogo con su propia historia y el hecho de revelar asuntos del ser que no pueden ser difundidos de otro modo). De alguna manera entroncaba maravillosamente bien con mi pasado literario.
Cuando leí Estrella distante, pienso que ya era consciente del significado de la historia de la literatura, aunque fuera solamente una intuición por entonces.
A Bolaño le perdí después la pista. Entonces terminaba de descubrir a los japoneses y estaba enfangándome en ellos de cabeza, tratando de leer todo lo que había traducido de Oé, de Mishima, de Tanizaki, o de Kawabata. Dos años después, mi fe en las novelas inmensas seguía intacta. Rastreaba en las librerías agazapado, al encuentro de una obra gordísima que me permitiera seguir manteniendo mi teoría. En una estantería de Paris-Valencia vi una novela cuyo nombre me sedujo al instante. Se llamaba Los detectives salvajes. Me acerqué con cuidado al libro, lo cogí entre mis dedos y me maravillé con el cuadro de la portada, que resultó ser The Billy Boys, del genial pintor Jack Vetriano -cuadro que luce hoy en día ,majestuoso y hermoso, ampliado, casualidades de la vida, en el salón de la casa mi buen amigo Fer-, lo abrí, comencé a leer la primera pagina (es la manera que tengo de desechar el 99% por cien de los libros que se publican en la actualidad) y me quedé intrigado.
Recuerdo aquellas dos semanas que pasé con Roberto Bolaño como una época aciaga de mi vida y, sin embargo, sobre todas las desgracias acontecidas, pasando como un torbellino sobre los problemas que me aquejaban, el recuerdo de esa lectura sigue intacto, vivo, y debo decir que muy pocas veces me divertí y disfruté tanto con un libro como en esos días mágicos.
La literatura con mayúsculas quizá se diferencie de la otra en que alumbra lugares del ser, de la vida humana, que sobre todo nuestro tiempo ha reducido a la superficialidad de la vida funcional, social o laboral. Ulises Lima y Arturo Belano me recordaron para qué servía leer, pero entonces no lograba explicarlo con palabras. De alguna forma el olvido de sí que amenaza a la humanidad entera tendrá un rostro más afilado y horrendo que el de antes. El languidecer de la novela moderna quizá no se deba a su agotamiento artístico, sino a que camina alejándose día a día más de esta vida insulsa, del vacío (o mejor es la vida la que se aleja de la novela), y el resultado de esa distancia insalvable son esas pseudo novelas sin interés, nuevos géneros que parecen obviar el lugar al que el siglo XX -cumbre del género narrativo- nos condujo. Estaba convencido al acabar de leer Los detectives salvajes de que lo único que deseaba era escribir algo igual, seguir dialogando con el autor de ese libro. Me sentía tímido y derrotado ante tamaño reto, pero la sensación de haber experimentado el poder de la literatura seguía vivo en mi alma. Es más, ni siquiera tenía razones argumentadas para decir en voz alta que terminaba de leer la mejor novela en español de los últimos veinte años (con permiso en aquel tiempo de Juegos de la Edad Tardía, de Luis Landero , de Escuela de Mandarines de Miguel Espinosa o Fuegos con Limón de Fernando Aramburu). Necesitaba corroborar ese extraño efecto que me embriagaba, así que le pedí a Severine que la leyera, pero ella hacia años que al vivir en España leía en francés para no perder su lengua materna, y prefirió adentrarse en la novela cuando fuera traducida -algo improbable entonces, que ocurrió hace un par de años- (Cómo anécdota, en el 2004, caminando por Le quartier latin, nos detuvimos en una librería. Recuerdo que me emocioné al comprobar que entre los cuadros de escritores que colgaban de los muros, había una fotografía de Roberto Bolaño, y pensé, y Severine hizo lo mismo, que mi viejo compadre lo había conseguido)
Frecuentaba por aquel tiempo a mi amigo Bruno Bellochi, probablemente el lector más agudo y avaricioso que haya podido conocer, que no sólo había leído más libros que yo, sino que encima parecía haber leído incluso aquellos que no habían pasado por sus manos ni de lejos. Le dejé Los detectives salvajes, comentándole modesto que necesitaba otra opinión ante mi asombro, para descubrir si el valor de lo que terminaba de devorar era cierto. Bruno cayó en las fauces de los detectives, luego vino su madre sexagenaria y lectora afamada, de extraordinaria reputación, que se hizo adepta, y además nos reveló algunas claves sobre la novela que tanto mi compadre como yo habíamos pasado por alto, y tras ellos, una retahíla de fanáticos en el desierto que fueron quedando atrapados por la obra.
A partir de ese momento, mi afán fue convertir a Bolaño en el escritor más conocido del mundo. Tenía pocos medios a mi alcance, pero juro que lo intenté con encono. En el fondo, pronto comprendí que Roberto no me necesitaba. Su fama fue extendiéndose despacio, y eso que publicó algunos libros que seguramente sin la premura de la necesidad pecuniaria se hubiera guardado. Cayeron inmediatamente Nocturno de Chile -una novela corta que hoy en día me parece una de las más extraordinarias del siglo XX-, Putas asesinas, Llamadas telefónicas, La literatura nazi en América Latina – la que me hizo comprender en el fondo cual era la verdadera intención artística de Bolaño- El gaucho Insufrible, Monsieur Pain, hasta ese último título que quedó como testamento después de su muerte, 2666. Descubrí que tenía buenos amigos, el crítico Ignacio Echevarría, Don Javier Cercas -que me sedujo con sus Soldados de Salamina, y terminó por atraparme con La velocidad de la Luz-, nuestro ilustre maestro Enrique Vila-Matas, o el argentino veloz Rodrigo Fresán. Después, hasta Vargas Llosa afirmaría que Los detectives salvajes era la novela latinoamericana más importante del final de siglo, pero eso sería más tarde, cuando la crítica académica comenzó a adentrarse en su testamento literario.
¿Qué demonios tenía esa novela para aglutinar un club de fans de semejante enjundia, para captar almas a la velocidad del sonido?. Entre los adjetivos iniciales que fueron acercándose al texto, estoy seguro de que habrá quienes se arrepientan de haberlos pronunciado. Se confundió a Bolaño -y aún hay gente que lo sigue haciendo, como por ejemplo el poeta Darío Jaramillo Agudelo, que nos dejó, pese a ser un magnifico escritor y poeta, uno de los artículos más desganados, insulsos, ciegos y estúpidos que se puedan escribir sobre un autor como Bolaño- con un escritor juvenil, con alguien que escribía, como dijo otro mentecato por ahí, cuyo nombre ni siquiera pronunciaré, para gente menor de cuarenta años. Es verdad que Bolaño escribió mucho, que tuvo que luchar contra el tiempo que le acercaba a la muerte, y eso le hizo quizá editar demasiado, pero bienaventurados aquellos que no necesitan la escritura para vivir, y se deleitan de tanto en tanto con la procacidad lujosa y las bondades de la prosa elevada. A pesar de esa realidad, se malinterpretó una vez más al chileno. Como escribió Javier Cercas en ese magnífico articulo en Babelia que conmemoraba el aniversario de su muerte, algunos, muchos, se habían acercado a Roberto pensando que se trataba de un outsider, un revolucionario al que veían hasta parecido con el Che Guevara, a un escritor heroico que parecía llevar colgada una metralleta en las trincheras, alguien que reivindicaba la vida salvaje. Bolaño era un escritor, nada más y nada menos, con un pasado pintoresco e intenso. Sí su vida fue heroica – algo discutible o no, aunque no me interesa- lo fue sobre todo por la literatura. Convertirlo en un icono rebelde al estilo de Jim Morrison no se correspondería con la realidad, aunque él pudo haber tenido culpa al titular aquel libro que estuvo perdido durante años escrito a cuatro manos con A.G Porta: Confesiones de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce.
Bolaño jugaba a dar muchos rostros distintos, pero tras sus máscaras y alter egos, estaba el escritor, o mejor el lector. Otros vieron en él una especie de reencarnación brillante de la literatura marginal -lectores que le procuraron poca atención sin duda-. Bolaño tenía poco de marginal, si lo entendemos desde el punto de vista social, como mucho vivió al margen porque deseaba escribir por encima de todas las cosas, no había en él ninguna pose bukoswkiana (no necesitaba ensalzarse a sí mismo con presuntos logros autobiográficos), ni exabruptos al estilo de ese Miller tan a menudo excesivo, tampoco poseía la inocente lírica salvaje del Martin Eden de Jack London (con este último libro, aún afirmando que Los detectives salvajes se halla a una distancia sideral, podría asociarlo por su pasión desmesurada hacia la escritura). Bolaño utilizaba las pinceladas estéticas que necesitaba para su proyecto y saqueaba la cultura pop, las novelas pulp, lo popular, de la misma forma que utilizó a escritores más canónicos como a Borges, a Kafka, o al propio Vila-Matas (aunque éste último declaró recientemente que el listón que ponía Bolaño, le exigió superarse en cada libro, dar un paso más allá), o a sus queridos poetas de juventud, o a Conrad y a Chejov. Bolaño era a mi juicio el peso de la literatura, y su verdadero afán no fue escribir historias de aventuras -aunque los detectives salvajes y otras de sus obras puedan superficialmente parecerlo, y enganchen al público menos leído que busca algo apasionante- ni tampoco novelitas lúmpen, Bolaño, como dije engloba, la historia de la literatura en su intento, y lo mejor, se encaminaba hacia el futuro. Sin abandonar un ápice la tradición de la novela estaba diciéndonos a gritos cómo veía él el provenir de la literatura, y cual era su intento desesperado. Bolaño, como escritor salvaje que era, creía en la literatura como forma de vida, pero dudaba del destino mundo. ¡Ah, la paradoja!. ¿Puede un autor pensar en reescribir Don Quijote de la Mancha cinco siglos después a poco que tenga alguna conciencia del universo en el que vive? ¿Qué papel le queda a la novela, a la literatura en general, en un mundo tan aparente y rápido, tan alejado de la vida, como el que vivimos?. Roberto se preguntó a lo largo de toda su obra por el sentido de su pasión, por el sonido de su latido y el efecto que podía tener a su alrededor. Lo hizo a través de Weider en Estrella distante, volvió a hablar de literatura en La literatura nazi en América Latina (un particular artefacto que recogía la herencia de Pierre Menard y la Historia Universal de la infamia de Borges y la reinterpretaba para el futuro), lo hizo con el cura-crítico literario de Nocturno de Chile, nos regaló toda aquella genealogía de poetas indómitos en Los detectives salvajes que hablaban de literatura, que ejercían sus gustos y sus afanes literarios por doquier, y volvió a hacerlo en su última novela 2666, al convertir en uno de sus protagonistas al escritor ficticio Archimboldi. Él creía en el futuro de las letras, pero buscaba cómo construirlo.
La obra de Bolaño, pues, no se puede desligar de dos de sus pilares básicos; uno, y aunque no lo parezca, su respeto y su conocimiento de la historia de la literatura, y dos, su afán por buscar una salida a la misma en una suerte que no podía atisbar muy clara. Sólo esa dos premisas, sin duda alguna, junto con su extraordinario talento, deberían hacer que algunos de los que no lo entendieron en su día, vuelvan a leerlo.
LA APUESTA DE BOLAÑO.
Bolaño dijo en una entrevista -aunque no debiera hacer mucho caso a las mismas, más que como esencia de su carácter contradictorio, de su tendencia al exceso, a engrandecer y criticar con igual pasión- que la literatura se parece mucho a las peleas de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái; pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo precisamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear; eso es literatura.
Se le oyó en alguna ocasión mencionar que su muerte física y el destino de su obra iba a ser una batalla futura. En realidad, como enciclopedia andante de las letras de todos los tiempos, su frase no hacía referencia únicamente a la vigencia de su legado artístico, sino a la propia evolución de la literatura. Es imposible escribir en pleno siglo XXI sin cuestionarse no el hecho en sí -irremediable, uno escribe al final porque lo necesita, porque requiere de palabras, de expresiones, de historias, lo mismo sucede con la lectura, es imposible negar nuestra necesidad de contactar con el tiempo del hombre y sus sucesos, de situarnos en el mundo de otra manera- sino el destino de semejante pasión (o maldición). De alguna forma, toda la gran literatura ha albergado en su seno en el fondo una reflexión sobre su propia existencia. Quienes consideraron que este legado eran un montón de historietas parecidas a las que nos contaban nuestros abuelos o nuestro padres para entretenernos o asustarnos o advertirnos sobre la existencia, sin duda ganaron la partida. La literatura, de alguna manera, languidece en medio de una vorágine de ocios alternativos, quizá porque alguien se encargó de afirmar -e imponer- su versión más superficial, por encima de su valor cultural o lúdico, de su esencia, en la que queda guardada al final la esencia del hombre, el ser de la vida (no hay que confundir esto con el destruido anhelo del siglo de las luces, que creía en los aspectos morales y cívicos de las letras, porque se demostró el fracaso en el transcurso del siglo pasado, ni tampoco con que la literatura nos hace más buenos, una falacia que parte de la buena voluntad, no de la verdad.)
En el caso de Bolaño, su asombroso modo de leer, la sospecha de que escribía precisamente para mantener su propia tradición lectora logró aunar la exigencia estética con al afán liberalizador, espontáneo y ameno de la literatura. Si Conrad fue un escritor fundamental de finales del siglo XIX por su tendencia a convertir aventuras marineras en reflejos absolutos de la condición humana, Bolaño, de otra forma, partiendo de él y de toda la historia literaria del XX, jugará, si es que tenemos algún futuro, un papel similar.
Con su arrojo habitual, quizá desvergüenza, mezclada con seguridad, confianza en él mismo hasta rozar la prepotencia, dijo en alguna ocasión que ya no se podía escribir novelas lineales como en el XIX, que aquello ya lo hicieron otros con mayor enjundia, con un rigor quizá inaccesible para la velocidad de nuestros tiempos. Sabia lo que decía, aunque su tendencia contradijera la evolución del mercado editorial. Los consumidores masivos de arte, hablemos de cine o de literatura o de pintura, o de cualquier expresión que se les antoje, sin saber exactamente la razón, se han quedado en nuestros días sin remedio en el arte del siglo XIX o de principios del XX. La mayor parte de las novelas de éxito no poseen ningún valor literario según el juicio de Bolaño, no porque quizá estén mal escritas o no sean apasionantes, sino porque se han estancado en una repetitiva manera de narrar, que es vieja, que no aporta nada, que no dialoga con el pasado de la literatura, ni esboza su forma futura. Kundera, muchos años antes, dijo al referirse a la novela centro-europea, la que ha su juicio había marcado a partir de Kafka el futuro del género, que la única moral posible de la novela era revelar aquellas partes de la vida humana (del ser) todavía no alumbradas.
Es evidente que el éxito de Bolaño -ahora se comenta la enorme acogida que está teniendo Los detectives salvajes en Estados Unidos- tiene aspectos extra literarios que quizá, a los escritores y lectores que concebimos la lectura como una forma de relacionarnos con la vida, y a la literatura como uno de los universos más ricos y confortable en el que podemos movernos y anhelar, no nos interesa, sin embargo, no deberíamos desmentir esa mística a menudo irreal, quizá con la esperanza de que algunos de los que caigan en las redes del chileno abracen definitivamente nuestra secta. Es como si luchara para nosotros, y tengo la sensación, de que nos ha facilitado las cosas.
El destino de la literatura no está en algunos de esos cacareados bestsellers -esos son destellos fugaces, pequeñas catástrofes que aún perdurando una par de décadas, son otra cosa-, y los editores -con todo lo que significa esa palabra- deberían saber que eso es pan para hoy y hambre para mañana. No se puede repetir eternamente la misma fórmula aunque Hollywood se empeñé en llevar a cabo un meditado plan de extermino del cine como arte y sea todavía lucrativo. Empobrecerse al compás del deterioro cultural europeo o las carencias de la gran Norteamérica no parece una solución a medio plazo. La evolución del cinematógrafo es sin duda el hecho comparativo más ejemplificador. Un arte extraordinario, capaz de aunar la palabra, la imagen y la música, que lejos de evolucionar, da vueltas alrededor de sí mismo sin avanzar un ápice -a excepción de unos cuantos secretos y raros creadores-, haciendo que los antiguos cineastas artistas tengan dificultades para rodar sus películas, convirtiendo el espectáculo intenso del séptimo arte en un mero entretenimiento que sin duda la industria del videojuego terminará por hundir. El poder del cine sucumbió hace mucho a la mercancía, y sin duda el resultado es que el cine parece muerto, parece condenado a hacer la misma película una y mil veces. Aunque quizá, esto sea un síntoma del mundo que viene, y pensar otra cosa distinta de lo que sucede no sea más que un anacronismo trasnochado, una pataleta de lo viejo frente a lo nuevo. Debo recordar sin embargo, que las vanguardias de comienzos de siglo preconizaron el final de la novela, abrazaron el futurismo, el surrealismo, y otros ismos de toda índole, y terminaron sucumbiendo ante la cultura clásica europea, ante el avance extraordinario de la forma narrativa y la impresionante evolución del género.
Bolaño sabía que su apuesta era el futuro, con el lector futuro, con el escritor que buscaba el después, con otro mundo venidero. Quizá suene a místico, y se froten las manos los cínicos de vocación, pero es posible que parte de su enorme talento se debiera precisamente a su tendencia a rozar lo poético y lo místico, la esencia de la poesía en cada uno de sus libros narrativos (hablo de poesía en el sentido que le dio Platón al refutarla). Como poeta no me interesa más allá de poder atisbar el aliento que insufló a sus cuentos y novelas, su verdadera poesía, a mi modesto entender, está en su narrativa, y lo otro -salvo algunos versos memorables que rescataría de entre la ingente cantidad que escribió- fueron esbozos, pequeños arrebatos de lo que luego desarrollaba en sus argumentos novelescos, las historias, los ambientes, lo que necesitaba para sus revoluciones en prosa.
Los detectives salvajes corre el riesgo de convertirse en un libro de una generación, y cuando digo generación, lo vuelvo a repetir, no me refiero a los jóvenes que vienen o que lo leyeron en el presente, sino a lectores contemporáneos de su obra, herederos incluso cuando en lo estético o en el contenido no coincidamos con él.
A veces, he llegado a afirmar en público que leer a Bolaño es contraproducente para los escritores y maravilloso para los lectores. A los escritores los devora. No sé cómo, establece sin remedio una airada paternidad terrible, que nos obliga a seguir buscando, a poner en cuestión lo que utilizamos como medio, como elemento cómodo, como cliché. Reinventar un mundo no es algo al alcance de todos, y él lo hizo. Pero no sólo eso, no sólo escribió, sino que interpretó, se encargó de afirmar qué es lo que le apasionaba de este arte que podía servir para el futuro, de dónde le venía el origen de sus obsesiones, dónde estaba el pozo de petróleo en el que debíamos sacar la materia prima de nuestro porvenir literario.
Leí Estrella distante cuando tenía veinticuatro años, Los detectives salvajes al cumplir los veintiseis, y tuve la intuición de que perdurarían, sin saber por qué entonces, de que la voz de este chileno era capaz de desatar tormentas, de abrir la caja de Pandora y reconvertirnos a todos en voceros de la literatura y de su talento. De su errores prefiero no acordarme ahora: es como si llegara el momento en que me atreviera en público a despreciar de un plumazo a Borges porque siempre me resultó un escritor frío como un témpano sin prestar atención a la innovación y al valor real de su literatura (algo que me ha desmentido recientemente sus primeros escritos de juventud, referidos al Tango y al barrio porteño y algunas relecturas iluminadoras). Bolaño, o al menos así lo creo, con esa subjetividad innata del espíritu que explora en las cosas, que trata de determinarlas en un contexto de impotencia, de soledad y resistencia, lleno de fe, lo reconozco, ha logrado ese lugar en el que un autor pasa a estar por encima del bien y del mal, al que se le puede criticar, pero sólo con la discreción del incrédulo o del desinteresado, o con la amabilidad del que lee sus excesos y los ama aunque les encuentre defectos.
Se encargó de iluminar algo que nos faltaba. No se puede separar la forma y el contenido en literatura -pretenderlo es un empeño inútil, casi estúpido-, pero es evidente que Kafka perdura hoy en día por los logros que alcanzó a contar, por sus espacios originales, extraños, ciertos, poco frecuentados por la novela y el cuento con esa intensidad y convencimiento hasta su obra. Joyce, se afanó sin embargo en buscar la innovación verbal, en revolucionar y agrandar las posibilidades de la estructura narrativa y los modos de contar, de aglutinar bajo el techo de la novela todas las forma escritas como susceptibles de ser consideradas formas literarias, o elementos de la obra literaria, hasta casi dejarnos sin espacio para algo más. De alguna manera, fruto de su herencia y la de un sinfín de extraordinarios novelistas, Bolaño se nos aparece como un gigante de la literatura del futuro, como uno de esos mundos en los que hay que detenerse, quizá no porque él sea el mejor de todos -prefiero a otros, sin negar que su obra mayor se encarama en torno a mis excelencias canónicas-, sino porque encumbró como nadie esa batalla futura a través de la literatura salvaje (híbrida, metaliteraria, mítica, resistente), y a la vez se erigió con distinta voz como imagen de un continente cuya esencia había cambiado; alumbró después del Boom sudamericano otros lugares para narrar, otros rincones en los que seguir combatiendo, anticipando, y debatiendo, acerca del destino de la literatura. A esta alturas, a pesar de unos cuantos improbables lectores pedantes, o algún nostálgico empedernido de la antigua y borrada grandeur, o de aquellos que lo siguen mirando por encima del hombro, podemos afirmar que toda la obra de Bolaño es metaliteraria, que ese fue en el fondo su verdadero afán; hablar de literatura y recobrar con la narrativa los lugares que habían muerto en él: era un lector avaricioso que escribía para hacer perdurar sus lecturas.
CONCLUSIONES SOBRE LA LITERATURA SALVAJE
Que algunos de sus lectores puedan considerarlo un gurú es una interpretación que no depende de Bolaño, sino de quienes lo perciben de ese modo. Él hubiera querido, lo intuyo, que su imagen a la posteridad fuera tan sólo un mapa donde albergar el conjunto de sus escritos, sus novelas, sus obras. Que toda su literatura-lectura hablara de su destino.
Hay varios ejemplos de su originalidad y su talento. Él estaba convencido de su sino de escritor, y al fin y al cabo, si algo podemos saber de Roberto es que la literatura no era un oficio ni una vocación, sino más bien una forma de vivir y entender la vida (literatura salvaje, su propia definición, que lejos de ahuyentar a los académicos y clasicistas, los incluye: ¿acaso Borges no es un salvaje de la palabra escrita?).
Su discurso del samurái no me parecen ninguna boutade en sus labios, al contrario, ejemplifican su resistencia a los mecanismo de deseo delleuzianos, su propia esperanza inconsciente que acompañaba a sus revelaciones literarias, empujado por la constancia de que no tardaría en morir, de que el tiempo apremiaba y la lucha estaba perdida de antemano. Su empeño en pertenece a ese tipo de románticos descreídos -nada que ver con los auténticos románticos de otro siglo- que miraban con ojos fieros a la vida, que golpeaban y enarbolaban el mal como amuleto no fue más que una expresión de su diferencia. Era un melancólico, pero con mala leche, lo que lo separaba sin remedio de otros melancólicos pesados y prescindibles. Fue fruto lúcido (diálogo, digresión y continuación) de la historia de la novela, quizá la única condición mínima que se le puede exigir a un escritor en el siglo XXI.
Quizá sea demasiado pronto para valorar el recorrido de Roberto Bolaño, para establecer el efecto de esos últimos años en los que editó la mayor parte de su obra (1996-2003). Deben, supongo, aparecer más escritos, tendremos que hurgar en su legado. Sin embargo, mi escasa confianza en el futuro y ejemplos como el volumen editado por Candaya, “Bolaño Salvaje”, encumbran el valor de un trabajo tan original como el del chileno, lo someten a sus primeros juicios críticos necesarios, nos ayuda a conseguir una cierta medida de su vigencia. Sobre sus innovaciones literarias, pienso que tenemos que examinar con atención su propensión a la cartografía, en el sentido que le dio a esa palabra Delleuze: la obra literaria moderna no puede ser otra cosa que cartografías, ya no hay espacio para otra totalidad. También a la apertura de la novelística latinoamericana hacia el exterior (derivada de lo anterior, y no referida a la procedencia de sus lectores, sino a sus asuntos literarios) siguiendo su propia ruta biográfica (Bolaño vivió en México, en Santiago de Chile, en Buenos Aires, viajó por gran parte de América Latina y Norteamérica, y terminó, después de un breve periplo en Barcelona, en Blanes). La cartografía es una variante de la antigua literatura de viajes, un hallazgo común de la literatura moderna (o mejor una necesidad), apurada con maestría por Bolaño, hasta ser sustancia ineludible de su escritura. Afirmo de nuevo que después de que Cervantes instaurara la novela como un viaje, definiendo a su paso su particular espacio moral, y Laurence Sterne, unos años más tarde, estableciera la posibilidad de la literatura como juego lúcido-lúdico, como artificio complejo, mecano de palabras y conocimientos, de anécdotas e invenciones, hasta llegar a Georges Perec y a Cortázar en nuestro siglo, así cómo Balzac y Flaubert otorgaron dignidad al arte narrativo, el rigor artístico necesario para afianzar su preponderancia evidente en el siglo diecinueve, o años antes, Rabelais con Gargantúa y Pantagruel -y también Cervantes con el Quijote- convirtieron a la novela en una ofensa a la seriedad del mundo, o a la de Dios, en un canto a la inteligencia al introducir el humor o la aventura humorística como elemento necesario de la trama, tras esa revolución estructural que perpetró Joyce o la elasticidad del tiempo novelístico aportado por Proust, o ese nuevo modo del ser que anticipo Kafka por delante de la filosofía, percibiendo el peso soberano e irrenunciable de la historia sin resquicios sobre el hombre, de toda esa herencia, quizá la cartografía (lugares existenciales, físicos pero sesgados, que sustentan más lo espiritual que lo descriptivo, la novela como universo móvil, como mecanismo global, que se desplaza, híbrido como la vida misma, que pertenece a todos los lugares geográficos posibles, que mezcla géneros y técnicas, que se esfuerza en insuflar valor y sentido de la aventura ), sea la aportación esencial de Bolaño, sin que él, sea el inventor, pero sí uno de sus mejores exponentes. Quizá su pretensión de dirimir la próxima batalla de la literatura nos permitirá heredar un campo posible, pero insisto, tal vez sea demasiado pronto, aunque estoy convencido de que nos allanó el camino.
De manera consciente, Bolaño nos ha dejado indicados los senderos y asuntos de la narrativa que vendrá. A veces con descuidos, otras muy por encima de sus contemporáneos, pero a mi entender, siempre con el tino de una intuición asombrosa. Quizá le faltó tiempo para seguir dibujando el mapa, o tal vez ya lo dejó esbozado, al alcance de la mano en su abundante obra.
A veces sueño con él -es el único escritor con el que sueño de ese modo- y de alguna manera, suelo comparar su obra con la de otros muchos autores contemporáneos, me sirve de referente, el punto medio que me ayuda a interpretar. Siento, con toda sinceridad, celos de quienes se acerquen vírgenes a los territorios de Bolaño, a su particular cartografía, de quien se adentre en su mundo o mire por primera vez esas fotografías de las contraportadas que nos fijarán su imagen. Tengo la sensación de que fue alguien valiente y lúcido, que se encarnó en una especie de ballena inasible (versus Moby Dick), inmenso, imperfecto, que aletea sin remedio en mi subconsciente literario. Aún reconociendo que escribo de otra forma, o que mi empeño literario es distinto, no puedo negar su herencia. Quizá sea el autor que inicia el siglo que viene, y habrá que otorgarle confianza para ver si logra insuflar a las cenizas de la literatura ese fulgor espléndido que se apaga, para afirmar cual será el destino de Thomas Mann, de Samuel Beckett o Saul Bellow, de Thomas Bernard, de Vargas Llosa, de Milan Kundera, de Enrique Vila-Matas, de John Cheever o Carson McCullers, de Truman Capote, de Bohumil Hrabal, de Juan Carlos Onetti o Julio Cortázar, de Sandor Marai, de Scott Fitzgerald, de Albert Camus y André Malraux, de George Perec (impresionante el poema que Bolaño le dedicó sobre sus sueños de literatura), de Anna Seghers, de Borges, de Borowski, de Kertesz o Primo Levi, de Calvino o Claudio Magris, de Tabucchi, de Saramago o Marías, de Ionesco, que será de todos los que olvido, de los que vendrán, de los que en silencio fraguan el futuro, quizá Bolaño lo sabía, pero no lo dijo, o no quiso reconocerlo. Deberíamos seguir contando la historia como en ese párrafo de Cormac McCarthy en No Country for old men, en el que el policía protagonista habla de un sueño a un viejo compañero. Le revela que su padre, en medio del desierto mantiene la llama, y eso lo tranquiliza y la vez lo atormenta cuando piensa en retirarse.
Aunque queden tan sólo brasas para seguir soplando, Bolaño tenía unos pulmones privilegiados.
Copyright Ariño2008
UN PASEO POR LA LITERATURA
57) Soñé que Georges Perec tenía tres años y lloraba desconsoladamente. Yo intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas, libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo de Nueva York y mientras él jugaba en el tobogán yo me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará matarte. Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?.
Un paseo por la literatura, poema nº 57 Tres. Roberto Bolaño. Editorial El acantilado (2000)











Cuántas cosas que me gustan, los detectives sobre la playa, el poema a G. Perec, Bolaño…, que murió tan pronto y cuánto por escribir,
yo si pudiera también viviría en otro universo.
Gracias
y un beso.
Síiiiiiiii, magnífico post! A mí Bolaño me encanta también.
Por cierto, George Steiner no ha leído a Bolaño, porque si lo hubiese leído no diría esto:
En algún momento dice usted, con respecto a la novela, que hoy ése puede parecer a veces un género prehistórico.
Steiner: No, yo colocaría a Proust, Mann, Joyce… entre los mayores creadores. Lo que quiero decir es que quizá las novelas estén llegando a su fin, porque en el mundo de hoy nos llegan infinitas imágenes e historias directamente a casa. Dudo mucho de que tengamos otro Proust, otro Faulkner. Los grandes maestros contemporáneos escriben de manera breve. Fíjese en Kafka, lo fragmentario que es. Hoy Shakespeare sería un guionista.
“Quizá suene a místico, y se froten las manos los cínicos de vocación, pero es posible que parte de su enorme talento se debiera precisamente a su tendencia a rozar lo poético y lo místico, la esencia de la poesía en cada uno de sus libros narrativos”
Ahí le has dao….
Fantástico!, no me canso de decirlo
Alfaro, gracías a tí por leer el larguísimo artículo y encima comentarlo. Es un artículo que está pensado para papel y no para el blog, pero esta ha sido una manera de probarlo antes de que salga editado, si no pasa nada, a finales de año. Bolaño es mucho Bolaño, y llevaba demasiado tiempo oyendo tonterías sobre él, así que me decidí a hacer algo. Las razones de mi afecto hacía Roberto son profundas, y reconozco que a veces subjetivas, pero cuanto más pasa el tiempo, más me acerco a su esencia, a su legado, a su infinita capacidad para sugerir el destino de la novela. Un luz en el camino.
Un abrazo
Carmen, es evidente, sin dudar para nada que Steiner es uno de los grandes pensadores que quedan vivos, que no sólo no leyó a Bolaño, sino a ningún novelista desde Kafka. Es la actitud propia del intelectual humanista que queda, que en vez de reconocer que debe elegir, que no puede acceder a todo, solventa aquello que desconoce con una sentencia de este tipo.
Discrepo de él completamente, aunque hay que reconocer que esplendor social y cultural de la novela ha pasado quizá a mejor vida, o a una vida futura, languideciendo en el presente. No es cierto además que Kafka sea un escritor fragmentario, por Dios, simplemente era distinto a los que menciona. Sería impensable, lo escribí en el artículo, escribir con la prosa del Qujiote en el siglo XXI. El tiempo pasa, desde luego, pero dudo que Shakespeare fuera un guionista caso de vivir ahora, se moriría de hambre, es demasiado profundo para los tiempos que corren. Alguien debería decirle a Steiner, que se ha perdido un buen puñado de novelas extraordinarias que preceden a la literatura de Kafka, pero yo no me atrevo.
Un besote
Leerte es como cuando ves a un mago desplegar la baraja tipo bostezo de pavo real… lo sigues, lo sigues, lo admiras, lo admiras…me estoy empezando a hacer Chal.li addicted, “ya no se pueden escribir novelas lineales”, además es que como tus lecturas van acompañadas de una 335cm3, pues… como que empieza el mamoneo, vamos a llevan.no bien, no primito?? que decía mi coleguita Alcalá-Henaero.
Tiene un aire a Manolo García, no?
Cuando alguien me pregunte y tu quien eres? le diré, yo soy un romántico descreído, como Piel Divina.
Como decía el Fari, si ganas dieciséi ahorra cuatro, lo otro lo mejor es gastal.lo, er dinero, er dinero hay que ganal.lo, pero luego, luego hay que saber gastal.lo, pues con tus lecturas me pasa algo parecido…menos mal que me explico.
Querido Jako, lo tuyo es literatura híbrida, salvaje de cojones. Te entiendo por imaginación, como sucede con las buenas lecturas.
Para que lo sepas, últimamente te estás haciendo famoso entre mis visitantes, recibo mensajes fuera del blog, por e-mail, y en el blog, preguntándose quien es mi querido Jako.
Alfaro, no sé si lo has leído, dice que no escribirá un sólo comentario en ningún post hasta que tú escribas.
Espero que estés bien. Gracias por leerte semejante mamotreto de artículo.
Te contaré lo de mi rayuela, pero es que están sucediendo cosas a la velocidad de la luz y todavía no termino de asimilar nada con la conveniente lucidez française.
Te doy ciento cincuenta mil besazos. Espero que en Argentina la primavera no te altere la sangre, que te conozco.
Ciao, pedaso mosntruo!!!!!!
Minucioso, trabajado y detallado artículo sobre Bolaño, que como tu mismo bien dices resultará insuperable sobre papel. Genial composición, ardua investigación y magnífico análisis, que es todo un placer para quienes admiramos a Bolaño y, espero, un acicate para leerle quienes no lo hayan hecho aún.
Gracias por la informaciñon y un saludo.
He leido algun que otro texto sobre Bolaño y su obra, pero ninguno, por bien armado que teóricamente estuviera, contenía la pasión y sinceridad con que está escrito este magnífico “Roberto Bolaño-Literatura salvaje”. Se respira literatura en él, al margen de formulismos e imposturas. Se percibe, se palpa la literatura como forma de vida. He disfrutado con su lectura. Un saludo.
Ernesto
gracias a tí por dedicarle un rato al artículo, pero tú sabes que escribir sobre Bolaño, para quienes nos encanta, es muy fácil, no tiene demasiado mérito.
Un saludo
Jesús, valoro tu comentario doblemente, primero porque sé lo poco que te gusta hacer comentarios en los blogs, y en segundo lugar, porque viniendo de ti, después de conocer la que has montado con ese monstruo que tienes de compadre, a quien aprecio mucho pese a que parece el Guadiana, esa Shangri-La que casi es una osadía en estos tiempos y una fuente de agua clara en medio de un cercano desierto, me llena de satisfacción.
Me alegra mucho que hayas disfrutado. Un abrazo
Por cierto, ahora, por fin, ya puedo entrar en la Lentitud de los Gramófonos. Impresionantes la fotografías que has utilizado para el viejo Sherwood Anderson, me perderé mañana por tu mundo…
hasta pronto
Una vez más gracias.
Gracias por tu acertado y apasionado texto.
Recuerdo la primera vez que llegó a mis oídos Roberto Bolaño. Recuerdo lo bien que me describiste su biografía y la historia de Los Detectives Salvajes.
En aquel momento me proporcionaste una cantidad abrumadora de detalles. Por supuesto, yo no pude almacenar tal cantidad de información.
Recuerdo tu pasión por él y por su obra.
Ahora, años después, veo que esa fuerza inicial no se ha visto mermada. Me alegro.
Fui una de las victimas de tu predicación, y caí en las “fauces salvajes”. Todo un placer.
Leí parte de sus libros y disfruté con el mundo que descubría.
Al conocer su muerte, recuerdo que ese día nos dimos la mala noticia, tuve una extraña sensación; habíamos perdido un gran Hombre y yo (egoista por naturaleza) no podría leer nuevos libros de Bolaño. Las cartas estaban dadas y no habría más. Me quedan un par de sus títulos por leer y, de momento, no voy a hacerlo; prefiero esperar, sé que el día que los lea ya no habrá más.
Seguí tu ejemplo, seguro que con menos pasión; recomendándolo, regalándolo y cediendo mi ejemplar sin miedo a perderlo. A día de hoy no está en casa, lo tiene un buen amigo de mi super-hermano. Respeto su hueco en la librería, si tarda en regresar de su viaje, me haré con otro ejemplar.
Gracias a tí, Azularena por este hermoso comentario. Leyéndolo me he transportado ¿ocho o nueve? años atrás. He vuelto a vivir ciertos momentos que rondaban por ahí; nuestra ciudad de cemento junto al mar, aquel apartamento oscuro, algunas noches hermosas y lo plasta que era por entonces con Bolaño.
De nuevo un texto de los tuyos, con esa extraña poesía de lo cotidiano, tranquila, sobria y reconfortante.
Un beso grandísimo…
Gracias por este maravilloso texto sobre un escritor y literatura maravillosa.
Duarte, gracias a ti por seguir por aquí.
Tu castellano, esta vez perfecto.
Un abrazo.
Te he leído en la revista Shangrila, precisamente este artículo, y venía a felicitarte, Jimarino. H. es un gran admirador de Bolaño y leímos atentamente lo que había significado para ti su lectura y pensamos que ojalá nosotros también supiéramos expresar ol que nos cambia la vida un libro. Te felicito por la publicación y te dejo un abrazo. Qué sorpresa cuando, al llegar al final, vi tu blog
Muchas gracias a H. y a ti por el comentario. La verdad es que Shangri-La es un hermoso oasis en el desierto, y participar en sus proyectos me seduce. Cuando me invitaron a colaborar con la publicación no tardé nada en aceptar. Es una lástima que haya tan pocas revistas como esa, con esa profundidad y esa ambición de ocupar espacios que nadie pisa en la crítica cinematográfica y literaria. De todas formas, escribir sobre Bolaño es relativamente fácil. Lo era entonces, y cada vez lo es más, borrados ciertos prejuicios extraños sobre su obra y su persona. Posee la luz de una literatura llena de presente y futuro, que alumbra caminos por hacer y nos permite un respiro. Un placer compartir con vosotros mi amor por Bolaño.
Un abrazo.
Siempre que tomo un libro para leerlo, empiezo por prólogo, comentarios, etc.
Cuando leí l984, me fascinó el prólogo escrito por Pedro Laín Entralgo. Este comentario dedicado a Roberto Bolaño no sólo me fascinó sino que me impactó. Es una lectura actrayente y no deja espacio al lector para la distracción.Sólo digo disculpas por mis frases endebles, hasta pronto.-
Gracias por el comentario, Guillermina. Yo suelo hacer como lector al revés, dejó los prólogos para después de leer una novela.
Bienvenida.
Un abrazo.
Bienvenida, Guillermina… a mi me pasa al contrario, suelo leer los prólogos cuando termino los libros, quizá porque así confronto la impresión de la lectura -lo fundamental- con los estudios sobre ella. 1984 es una novela interesantísima aunque tal vez demasiado llena de imperfecciones. Eso sí, lso ojos de Orwell divisaron el peligro del mundo, la evolución del mal y la inhumanidad que se ha visto desde entonces.
Te agradezco el comentario. Bolaño es mucho Bolaño por muchas razones. Tus frases no son nada endebles.
Un saludo.
Muy buen artículo sobre Bolaño. Es un escritor que comienzo a descubrir. Leo ahora Los detectives Salvajes, un gran escritor, sin duda.