Gary Cooper, por Robert Capa
Los Perros de la lluvia fue un poema que escribí en 1989, editado un año después por una pequeña revista editora llamada Cavidades, en Barcelona, hace tiempo ya desaparecida. El resto de poemas de la colección eran tan malos que aún me arrepiento de mi osadía, pero Los Perros de la lluvia, sin embargo, siguió viviendo en mí, guardé aquellos versos en la memoria y su pequeña música nocturna hasta hoy en día. De alguna forma he estado sintiendo las palabras que elegí entonces, desmenuzándolas con un significado que sin duda excedía al valor del texto, quiero decir que es probable que no sean los mejores versos que he escrito, pero sí probablemente se trate de uno de los poemas que más he interiorizado.
No siento nostalgia por el tiempo de Los Perros de la lluvia, pero sí quizá por el espíritu que tuve entonces, por la fuerza que hallaba al creer que todo era posible, por aquel aliento de vitalidad que nos llevaba a recorrer de madrugada el puente de La Trinidad con las guitarras colgadas al hombro, el día naciendo gris y las voces alzándose en medio del silencio. Anhelo el alma de entonces, la rapidez con la que oscilaba entre la felicidad más intensa y la infelicidad extrema, la sensación de inocencia y de descubrimiento, la belleza de pensar que no existía el destino porque todo el destino era alcanzable. Recuerdo todos los nombres de antaño; unos pocos, muy pocos, pertenecen a los Perros de la lluvia ahora, a los otros los convertí en estatuas, en memoria; y menudo pienso en ellos con alegría, sobre todo cuando me acuden sin remedio los versos de aquel viejo poema.
Sé que de alguna forma perteneceré siempre a ese tiempo, aunque la existencia sea tan distinta, aunque la libertad haya sido otra y el camino tenga espinas, rostros difusos y sueños podridos. Cuando hace ocho meses empecé este blog y aquellos versos volvieron a asaltarme, me dije que el mejor modo de cumplir con esa deuda era escribir en un lugar que se llamara Los Perros de la lluvia. Al fin y al cabo, viviamos en 1989 con las palabras de On the Road de Jack Kerouack, con los Trópicos de Miller, el cuarteto de Durrel o los excesos alcohólicos de Bukoswki, y descubrí entonces donde se hallaba el valor de los libros, proyectando en aquellas palabras distintas que dibujaban una vida alternativa, que llenaban el recorrido vital de gestos simbólicos y metáforas intensas, la mejor imagen de la libertad, idea que sigo manteniendo a pesar del tiempo transcurrido o de estas nubes que siguen ensuciando el cielo, aun cuando me duele a menudo el alma de no ser. Leer fue una forma de liberación, y es así como traté de afrontar la existencia, como si tuviera que dotar de metáforas verdaderas a los pasos que daba, extraer ejemplo de lo que no tenía sentido, atisbar en la mugre el rescate de lo auténtico.
En fin, una historia de Perros y lluvia, de alguna que otra mujer perdida, de amigos muertos o desaparecidos, de nada tal vez, de reunir en un puñado de versos la vieja alegria de existir.
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LOS PERROS DE LA LLUVIA
(Valencia, 1989)
Ebrios,
cogidos de los hombros.
Sombras.
Una rueda de vértigo e inconsciencia,
un compás alterado.
Por el puente de los perros de la lluvia
la absurda comparsa se desgañita
al antojo de los signos.
¿Qué señales aguardan?
Ahora lo sé.
En el puente de los perros de la lluvia
llueve cuando sale el sol
o al revés.
Copyright Ariño1989
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LOS PERROS DE LA LLUVIA
(Valencia, 2008)
De la verdadera
vida me queda
un eco,
perros de lluvia,
viento,
esperanza ebria.
Quizá el tiempo disipó
algunas nubes,
clareó la tierra
el deseo,
puso agua
donde había tormenta,
dolor donde residió
la alegría.
De la verdadera vida
se guardan
algunos nombres,
signos extraños
y versos antiguos;
pequeños fantasmas de hojas
amarillentas
que adornan el tiempo
de los muertos.
He arrancado matojos
y perdido mil apuestas,
me alcé frente a las
flechas y caí
atravesado de púas.
Morí varias veces,
de absurdo y de amor,
de ausencia.
Hijo de la impaciencia,
todavía me afecta
la tempestad en la mar,
la caida de la lluvia
y el naufragio de
los restos.
De la verdadera vida
queda un eco,
un sonido sordo
que insiste en recordarme
lo que fui,
que aletea en el aburrimiento
de vivir sin sentido,
de perderme
en estos bosques
de fragor.
Fue una historia
de perros de la lluvia
que se prolongó
en la resistencia,
en el afán
de alcanzar un lugar
hermoso,
en la paz de la venganza,
del aire expulsado
a borbotones,
ese aire inmenso
de querer seguir
viviendo
con aquellas viejas
alas.

Buenísimos los poemas y excelente la explicación de “los perros de la lluvia” y el análisis autobiográfico. Importante la afición y pasión por los libros para vivir. No conocía el blog pero me parece interesante. Habrá que frecuentarlo.
Un saludo
muchísimas gracias Ernesto, espero tus visitas
Un saludo.
Me ha encantado la segunda versión de Los perros de la lluvia.
Excelentes poemas!
Estoy sorprendida gratamente al haber llegado hasta aquí.
Enhorabuena esos dos perros que nos dejas, son estupendos.
Cada uno en su tiempo, en su momento.
Felicidades.
Me gusta tu blog,
Estel J.
PS. Volveré
Estoy deseando ver ese poema… aunque con ese nombre y teniendo la ligera duda de que sea para mí -sin saberlo- ya me doy por satisfecha.
Un beso, Jimarino.
Los perros de la lluvia del 89 han envejecido muy bien, o mejor dicho, no han envejecido en absoluto. El poema es precioso y ese “En el puente de los perros de la lluvia llueve cuando sale el sol o al revés” es premonitorio y de alguna forma anuncia el poema que escribes años más tarde.
Y por cierto, no te enfades con mío, que todo el mundo tiene días perros y etapas perras
Carmensín
bien por los perros de la lluvia, en el 89 y siempre.
Siempre nos quedarán puentes que cruzar.
Un abrazo.
…no está mal este aullar de perros…